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martes, 2 de octubre de 2012


Desde nuestra rebeldía interior busquemos la luz que nos llena de paz

Job. 3, 1-3.11-17.20-23; Sal. 87; Mt. 18, 1-5.10
¡Qué oscuros se nos vuelven nuestros caminos cuando nos atenaza el dolor, los problemas nos agobian o no vemos salida a nuestros sufrimientos! Perdemos la esperanza, pareciera que nuestra vida carece de sentido y nos preguntamos a veces para qué vivir. En ocasiones pasamos por momentos así de oscuridad, de duda, de rebeldía interior porque decimos que somos maltratados por la vida y lo que nos sucede.
Es la situación en la que se encontraba el justo y paciente Job. Como escuchábamos ayer había perdido todas sus posesiones e incluso sus hijos; lo que parecía en su prosperidad que todo eran bendiciones de Dios ahora pareciera que se volvieran maldiciones. Ahora también una llaga dolorosa envolvía todo su cuerpo y la vida parecía para él un sin sentido. Son las expresiones duras que escuchamos hoy en esta lectura.
Y qué bien reflejan nuestras situaciones cuando pasamos por momentos duros y dolorosos en la vida, en que de una manera u otra aparecen también esos sentimientos de desesperanza y amargura en nuestra vida. Habrán brotado de nuestros labios frases semejantes o las habremos escuchado a nuestro alrededor en momentos de desesperanza y de turbación por una enfermedad, por una muerte repentina, por un accidente que haya podido sufrir un familia, un amigo o una persona querida, cuando no nosotros mismos.
Cuando nosotros estamos escuchando hoy la Palabra de Dios que se nos proclama nos dejamos guiar y conducir por la sabiduría de la Iglesia que en su liturgia nos va ofreciendo pautas para que encontremos esa luz que necesitamos y nos ayude a salir de esas sombras.
Como respuesta a lo escuchado en la primera lectura, pero como respuesta que nosotros hemos de darle al Señor se nos ha ofrecido un salmo que nos ayuda a orar con confianza a Dios, haciendo que surja nuestra súplica desde lo  más hondo de nuestro corazón. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica’, hemos repetido y orado una y otra vez en el salmo. ‘Inclina tu oído a mi clamor… mi alma está colmada de desdichas, mi vida está al borde del abismo… soy como un inválido, como los caídos que yacen en el sepulcro’. Nuestra vida puede estar llena de dolores y de tinieblas, pero seguimos confiando en el Señor.
El salmo es la oración de un hombre enfermo y que ve su vida en peligro, que puede morir, por eso suplica desde lo más hondo de sí mismo al Señor. Así queremos  nosotros también suplicar al Señor, porque aunque todo lo veamos oscuro sabemos que la luz del Señor no nos faltará, que su mirada sobre nosotros es luz que nos ilumina y el Señor siempre escucha nuestra súplica.
Podemos unir esta reflexión que nos estamos haciendo a partir del libro de Job con la celebración que hoy nos ofrece la liturgia. Es la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. El Señor hace sentir su presencia y protección con los santos ángeles que protegen nuestra vida. Esos espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole y cantando su gloria, como el otro día veíamos al celebrar a los santos Arcángeles, pero que Dios he querido poner a nuestro lado para hacernos sentir la presencia y la gracia del Señor.
‘Concédenos que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’, pediremos en una de las oraciones de la liturgia de este día. Que con la tutela de los santos ángeles vayamos siempre por los caminos de la salvación y de la paz. Los ángeles nos inspiran en nuestro corazón para lo bueno, nos iluminan para que descubramos la verdad y el bien, mueven nuestro corazón por los caminos del amor, y en esas situaciones difíciles nos hacen poner toda nuestra confianza en el Señor.
Cuántas veces, casi sin darnos cuenta, sentimos en nuestro interior que somos movidos, impulsados a lo bueno; es nuestro ángel de la guarda que ahí está inspirándonos el camino del bien y que quiere prevenirnos de todo lo malo. Dejémonos conducir por esas inspiraciones divinas que nos llevarán siempre por los caminos de Dios.

lunes, 1 de octubre de 2012


Un hombre justo y honrado que teme al Señor y en El pone toda su esperanza

Job, 1, 6-22; Sal. 16; Lc. 9, 46-50
Durante esta semana, salvo los días que tengamos celebraciones especiales, estaremos escuchando en la primera lectura el libro de Job del Antiguo Testamento. Un libro de hondas reflexiones que en el fondo nos plantea el sentido del dolor y sufrimiento del inocente y la respuesta del creyente ante esta situación.
Hoy hemos escuchado la presentación de Job, ‘un hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’, que ha sido bendecido con toda clase de bendiciones en la prosperidad con que vive su vida y su numerosa familia. En el sentido del antiguo testamento muchas veces aparece el pensamiento de una señal de las bendiciones de Dios en la prosperidad y en la larga vida.
Pero ahí comienza a surgir la cuestión. El relato nos presenta ese encuentro de Dios con Satanás que le dice que si Job es un hombre temeroso de Dios es porque ha sido bendecido de manera especial por el Señor, y que si se viera privado de todas esas cosas no sería la misma su fidelidad a Dios. Un pensamiento que algunas veces de alguna manera nos acompaña a nosotros también que cuando nos vemos rodeados de males y de sufrimientos, de carencias y necesidades llegamos a pensar que hemos sido abandonados de la mano de Dios y de alguna manera castigados por algo que hayamos hecho. Es de donde surge la prueba por la que va a pasar el paciente Job.
Dios permite a Satanás que le arrebate todas esas cosas, pero el Señor no le deja tocar su vida. En estos párrafos que hoy hemos escuchado vemos cómo perecen sus hijos, cómo se pierdan todas sus posesiones y riquezas con robos, incendios y otras catástrofes. Es la gran prueba que va a sufrir Job que al final verá su vida atormentada por el sufrimiento de una terrible enfermedad.
En los próximos días iremos escuchando a través de la visita que recibe de sus amigos o de los improperios incluso de su mujer cuáles son las respuestas que nosotros los humanos vamos dando a esas situaciones difíciles y de dolor. Escucharemos incluso a Job en su sufrimiento hacerse sus consideraciones hasta que escuchemos la voz del Señor que viene a iluminar toda la situación.
Hoy escuchamos ya una primera reacción de Job ante lo que le va pasando que pudiera parecernos de simple resignación, pero que en el fondo esconde una fuerte confianza y fe en el Señor, en cuyas manos se pone confiadamente. ‘Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza - son expresiones y señales de dolor muy usuales en aquellos pueblos -, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’.
Aquí se queda el texto que hoy hemos escuchado. ¿Resignación? ¿Paciencia? ¿Esperanza? ¿Confianza total en el Señor para ponerse en sus manos y dejarse hacer por el Señor? Son las primeras reacciones y actitudes que contemplamos. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante el sufrimiento, el dolor, la enfermedad? Y si nos viéramos privados de todas nuestras cosas, ¿cuál sería nuestra reacción? ¿No habrá en nosotros en alguna ocasión desesperanza, desesperación, rechazo, rebeldía?
Creo que la lectura que iremos haciendo estos días, breve e intermitente por las otras celebraciones intermedias, tendría que hacernos reflexionar. Sabemos que como creyentes en Jesús siempre al final tenemos que mirar a Jesús en su pasión y en su cruz. La esperanza no tendría que faltar en nuestra vida, porque sabemos que el misterio pascual de Cristo que es el que ilumina toda nuestra existencia siempre termina en vida y en resurrección. Pero, reflexiones un poquito en todo esto sin temores, con confianza, tratando de encontrar la luz.

domingo, 30 de septiembre de 2012


En todos hay algo bueno para contribuir a hacer un mundo mejor

Núm. 11, 25-29; Sal. 18; Sant. 5, 1-6; Mc. 9, 38-43.45.47-48
En ocasiones damos la impresión de que nos creemos que nosotros somos los únicos buenos o los únicos que sabemos hacer las cosas bien. Mala cosa es el orgullo de creernos únicos y creernos los mejores. Pero sabemos lo que nos pasa, desconfiamos de los demás, desconfiamos de que puedan hacer las cosas bien, desconfiamos de que haya algo bueno en los que quizá no piensan como nosotros o tienen otras ideas.
Pasa esto en todos los campos, en lo religioso o en lo político, en el tema de los conocimientos o de las experiencias, en muchas facetas de la vida; somos un encanto para poder pegas a lo que hacen los demás… Mala contribución hacemos al bien común y a la construcción de un mundo mejor con estas desconfianzas y con este no saber respetar y valorar las cosas, las ideas o la manera de hacer de los otros. Mal contribuimos a una buena convivencia con actitudes así. Cuántos conflictos nos evitaríamos.
Hoy Jesús nos da una buena lección. Igual que el joven Josué, celoso de salvaguardar la autoridad de Moisés, quiso hacer callar a aquellos que sin estar en la tienda del encuentro recibieron también el espíritu de profecía, en el evangelio vemos como Juan viene diciendo que trataron de impedir que expulsasen demonios aquellos que sin ser del grupo de Jesús pero en su nombre realizaban tales milagros. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mi. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro’.
‘Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor’, le respondió Moisés. Lo que presiente Moisés y de alguna manera habla proféticamente es algo que con Jesús se va a realizar, porque desde el Bautismo que nos une a Jesús con Jesús nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Somos un pueblo santo, sacerdotal y profético. Ungidos estamos todos por el Espíritu del Señor para que podamos hacer las obras de Dios. Lo bueno y lo justo ya no es prerrogativa de unos pocos, sino que quien está haciendo el bien siempre en él también podemos y tenemos que descubrir el Espíritu de Dios que está actuando en él.
Es lo que nos hace sentirnos en verdad pueblo de Dios que camina unido; pueblo de Dios que se siente en comunión verdadera; pueblo de Dios en que cada uno hemos de ir poniendo nuestro grano de arena de bondad y de amor, de obras de justicia y de verdad; pueblo de Dios en que nos queremos y respetamos, y nos valoramos y nos aceptamos; pueblo de Dios en que todos nos sentimos responsables de su marcha, de su caminar; pueblo de Dios que sentimos la preocupación por lo bueno, la preocupación por las cosas de la Iglesia como algo nuestro, la preocupación por ese mundo en que habitamos y aprendemos a convivir con todos aunque nos puedan parecer distintos porque piensen de forma distinta, pero en donde siempre valoramos lo bueno que hacen los demás, porque hasta una cosa tan sencilla como un vaso de agua dado con buena intención ya es una manifestación, una semilla de reino de Dios que estamos encontrando.
Y como pueblo santo que hemos de ser no sólo cada uno ha de evitar lo malo, alejarse de lo malo, sino que además nunca podemos incitar a lo malo a los que están a nuestro lado. Por eso la dureza con que Jesús habla del escándalo, que es ese incitar a lo malo, y como hemos de procurar alejarnos de todo lo que sea malo, poniéndonos esas expresiones tan duras de que es mejor entrar cojo, manco o tuerto en el reino de los cielos que con todos los miembros o sentidos ser arrojado al fuego del infierno.
Jesús en estas conversaciones que va teniendo con sus discípulos más cercanos les va ayudando a descubrir esas actitudes y valores nuevos que han de tener en su corazón y plasmar en su vida quienes quieren seguirle. No tiene que ser sólo el entusiasmo que podamos sentir por Jesús cuando le vemos realizar cosas maravillosas sino que es un irnos impregnando del espíritu de Jesús que nos está enseñando ese nuevo actuar.
Cuando venimos aquí a la Eucaristía y escuchamos su Palabra es así cómo tenemos que escucharla abriendo nuestro corazón a la enseñanza que nos va desgranando Jesús para ir dándole la vuelta a nuestra vida, cambiando esas actitudes muchas veces cerradas y egoístas que se nos han metido en el corazón para comenzar a actuar de una forma nueva y distinta. Es la maravilla del Evangelio que se nos va anunciando y vamos escuchando y que nos va haciendo tener una mirada nueva a cuanto nos rodea.
Cómo tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir todo lo bueno que hay a nuestro alrededor, todo lo bueno que florece también en el corazón y en la vida de los que nos rodean, cómo tenemos que ir quitando prejuicios de nuestra vida que tanto daño nos hacen porque cuando nos acercamos con un prejuicio al otro ya nos costará aceptarlo, comprenderlo y descubrir todo lo bueno que también hay en él.
Tenemos que saber superar esos impulsos primarios que muchas veces surgen en nosotros que si vemos en un momento algo que no nos gusta o con lo que no estamos de acuerdo, ya luego seguimos con ese prejuicio y no somos capaces de ver que también pueden haber otras cosas buenas en la persona, o que también la persona puede cambiar una actitud o una postura no buena que en algún momento haya podido tener. Queremos que nos acepten a nosotros y que reconozcan también que podemos cambiar, pero cuánto nos cuesta reconocerlo en los otros.
Ese estilo de amor que nos enseña Jesús se tiene que traducir en esa mirada nueva al otro, en esa aceptación, en ese respeto, en esa valoración que hacemos de los demás. Siempre será una mirada llena de amor, de comprensión, de amistad, rebosante de paz. Y si con ese estilo de amor que nos enseña Jesús en el evangelio estamos llamados a hacer un mundo nuevo - decimos siempre que queremos construir el Reino de Dios - es por esos caminos donde aprendemos a colaborar juntos cada uno poniendo su granito de bondad y de amor es como podremos lograrlo.
Todo esto hemos de vivirlo con sinceridad dentro de nuestra propia Iglesia, que siempre ha de ser madre de misericordia, como en el ámbito de nuestras relaciones de convivencia de cada día con los que están a nuestro lado, familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, o los que cohabitamos en un mismo lugar. Dijimos en el ámbito de la propia iglesia y hemos de reconocer cuántas divisiones y separaciones se han creado en la Iglesia de Jesús que se han ahondado más y más con el paso de los siglos. Qué distinto sería todo si todos los creyentes en Jesús tuviéramos una mirada distinta y más llena de amor con los hermanos.
De cuántos prejuicios tenemos que liberarnos; intentémoslo y veremos que nuestra convivencia va a florecer en frutos de hermosa amistad y armonía, nuestras relaciones estarán más llenas de paz, y además veremos cómo podemos hacer grandes cosas, hermosas cosas que nos harán a todos mejores.
Llenémonos del Espíritu de Jesús, que es espíritu de fortaleza y de profecía, de comunión y de paz, de temor de Dios y de amor y lograremos un mundo mejor que cada vez más se parezca al Reino de Dios.

sábado, 29 de septiembre de 2012


Con los ángeles y arcángeles cantamos sin cesar el himno de tu gloria

Apoc. 12, 7-12; Sal. 137; Jn. 1, 47-51
‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria’, proclamamos en el prefacio de la plegaria eucarística. Nos unimos así al cántico de gloria celestial como repetimos en el salmo ‘delante de los ángeles tañeré para ti, Señor’.
Así queremos hacerlo mientras aún vamos peregrinos por este mundo, con la esperanza de que un día en el cielo, con los ángeles, con los arcángeles, con todos los coros celestiales, con todos podamos cantar y proclamar eternamente la gloria del Señor. Hoy lo hacemos, podríamos decir con una intensidad especial, cuando estamos celebrando la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
A través de lo que se nos va revelando en la Biblia contemplamos esos diversos coros angélicos que cantan la alabanza del Señor eternamente en el cielo pero que tienen como diversos ministerios o funciones en la relación que establecen con los hombres, como protectores especiales de los hombres y como poderosos ejecutores de las órdenes del Señor. Lo hemos expresado en la oración litúrgica: ‘con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y de los hombres’. Por eso pedíamos también que ‘nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’.
Los arcángeles que hoy celebramos son especiales mensajeros del cielo en relación con la historia de nuestra salvación. Al arcángel san Miguel lo hemos contemplado en el Apocalipsis como en ángel vencedor contra el maligno, Lucifer que era ángel de la luz como su nombre indica, que se había rebelado con sus ángeles contra Dios. ‘¿Quién como Dios?’ es el grito y nombre del arcángel y viene a ser signo de esa victoria sobre el maligno. ‘Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios y el mando de su Mesías’, que es el grito de victoria que se escucha en el cielo.
Gabriel es el mensajero divino que, primero a Zacarías para el anuncio de Juan y luego a María para anunciarle la Buena Nueva del nacimiento del Hijo del Altísimo, nos viene a anunciar el inicio ya de la plenitud de los tiempos que nos traería la salvación a todos los hombres. ‘Yo soy Gabriel, le dice a Zacarías, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta Buena Noticia’.
Al arcángel san Rafael lo contemplamos en el libro de Tobías como compañero, protector y defensor en el camino del joven Tobías que va en búsqueda también de luz y salud para los ojos apagados de su padre ciego. Por eso lo consideramos también como imagen de la medicina de Dios que nos alcanza la salud y la  salvación. O como dice el mismo Rafael su misión era también ser quien presentara ante el trono de Dios las oraciones humildes y confiadas que surgían del corazón lleno de fe y amor de Tobías. ‘Yo presentaba el memorial de vuestra oración delante de la gloria del Señor’, les dice el arcángel cuando se les da a conocer. ‘Soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar su gloria’, les dice.
En ese sentido van las oraciones de la liturgia de este día. Ya hacíamos referencia a la primera de las oraciones, pidiendo vernos siempre protegidos aquí en la tierra por aquellos que están contemplando la gloria del Señor. Que sintamos, sí, la protección de los ángeles para que nos veamos liberados del mal y podamos caminar caminos de santidad.
Pero pediremos también que el Señor reciba nuestras ofrendas y oraciones, con la intercesión de los santos ángeles; o como pedimos en la primera de las plegarias eucarísticas ‘que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel’. Pero también vamos a pedir finalmente que quienes nos hemos alimentado del pan celestial ‘caminemos seguros por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de los ángeles’.
Por eso terminaremos esta reflexión diciendo con los salmos ‘Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti’; con todos los ángeles y los santos queremos cantar para siempre la gloria del Señor.

viernes, 28 de septiembre de 2012

En el silencio misterioso de la oración Dios se nos revela y nos llena de su paz y amor


Eclesiastés 3, 1-11; Sal. 143; Lc. 9, 18-22

Este texto del evangelio según san Lucas hoy proclamado recientemente lo hemos escuchado y meditado (el pasado domingo) en el evangelio de Marcos que vamos leyendo en este ciclo, además de hacer referencias a él en otros momentos de nuestra reflexión de cada día. Pero, como tantas veces hemos dicho, la Palabra de Dios es una palabra viva y que nos llena de vida en todo momento; por mucho que la reflexionemos y oremos nunca se agota el mensaje que el Señor quiere trasmitirnos para nuestra vida.

La Palabra que escuchamos tenemos que hacerla oración, porque no vamos simplemente a hacer un estudio sobre esos textos, sino que es una Palabra que el Señor nos dice y a la que nosotros hemos de dar respuesta. Es con espíritu de fe y oración cómo nos acercamos a la Palabra, y sólo así lograremos que vaya produciendo frutos de vida y salvación en nosotros. Ayer decíamos que es desde la fe como tenemos que acercarnos a Jesús para conocerle, dejándonos conducir por su Espíritu que es el que nos va a ayudar a vivir todo ese misterio de gracia que se nos revela. Así siempre en la escucha de la Palabra.

Es en ese misterioso silencio interior en el que nos adentramos en la oración donde sentiremos que la voz de Dios nos interpela al tiempo que nos hace ir penetrando en su maravilloso misterio de amor. Ahí en ese silencio interior surgirán preguntas que interrogan nuestra vida pero también iremos encontrando esa respuesta que el Espíritu divino nos va trasmitiendo.

Es el camino de la verdadera oración que tenemos que cultivar aunque muchas veces nos cueste. Nos es más fácil quedarnos en nuestras palabras que hacer ese silencio para escuchar la verdadera Palabra que Dios quiere trasmitirnos. Nos contentamos muchas veces en nuestra oración con hacer muchos rezos porque quizá tenemos muchas necesidades o queremos recordar muchas cosas, pero tendríamos que aprender a hacer ese silencio para dejar que Dios nos hable, porque el ruido de las muchas palabras quizá nos impida escucharle bien.

Le tenemos miedo quizá a ese silencio porque no sabemos qué hacer o cómo escuchar, o también porque en ese silencio, como decíamos, surgen esas preguntas hondas que nos interrogan pero que nos llevarían impulsados por el Espíritu a la auténtica verdad del misterio de Dios que al mismo tiempo nos está revelando también el verdadero misterio del hombre, el verdadero sentido del hombre.

Fijémonos en este texto que hoy se nos ha proclamado y que a mi me ha sugerido esta reflexión que ‘estando a solas Jesús en oración en presencia de sus discípulos’ es cuando surgen esas preguntas que Jesús les hace que es una forma de plantearles que se interroguen profundamente por la fe que tienen en El. ‘¿Qué dice la gente que soy yo?... y vosotros ¿quién decís que soy yo?’

Es preguntarse por su fe en Jesús. ¿En qué Jesús creen? ¿cómo es su fe en Jesús? Y aunque Pedro da una respuesta atinada, como le dice Jesús porque el Padre se lo ha revelado en su corazón, a continuación Jesús les hará profundizar más cuando les anuncie su pasión y todo el misterio pascual por el que ha de pasar. Sí, es Jesús ‘el Mesías de Dios’, como le dice Pedro, pero ese Mesías de Dios ha de padecer, ser ejecutado y resucitar, ese Mesías de Dios ha de pasar por la Pascua donde se va a revelar en plenitud quien es Jesús para nosotros y cuál la verdadera salvación que no ofrece.

Fue un momento importante para los apóstoles toda esta confidencia y revelación, aunque fue un momento difícil para ellos porque no terminaban de comprender lo que Jesús les anunciaba. Pero Jesús se les revelaba, los iba preparando para esos acontecimientos porque ellos habían de ser testigos de su pascua, de su resurrección.

Vayamos, pues, con ese espíritu de oración profunda hasta Jesús; introduzcámonos ese silencio misterioso que nos acerca a escuchar mejor a Dios. No temamos ese silencio de nuestra oración, porque escucharemos la voz de Dios en nuestro corazón que se nos revela y que nos inunda con todo su amor y su paz.

jueves, 27 de septiembre de 2012


Herodes tenía ganas de ver a Jesús, ¿tendremos nosotros deseos de conocerle también?
Eclesiastés 1, 2-11; Sal. 89; Lc. 9, 7-9

Herodes ‘tenía ganas de ver a Jesús’. Habían llegado noticias de Jesús a los oídos de Herodes. Era el Virrey de Galilea y era allí donde especialmente Jesús realizaba su actividad. Pero las noticias que le llegaban lo dejaban confundido. Unos le decían una cosa acerca de Jesús, mientras otros le hablaban de otra manera. Los comentarios que ahora se manifiestan vienen a repetir las respuestas que un día los apóstoles dieron a Jesús cuando preguntó por lo que la gente decía de él. Pero el pensar si Jesús podría ser Juan el Bautista que había vuelto a la vida dejaba más perplejo a Herodes, porque había sido él quien lo había mandado matar. Por eso no quería creer nada de lo que le decían sino que ‘tenía ganas de verlo’. 

¿Por qué quería Herodes ver a Jesús? ¿Le interesaba el mensaje que Jesús iba trasmitiendo? ¿El Reino de Dios que Jesús anunciaba le crearía mayor confusión en su mente? Su padre, Herodes el grande, precisamente cuando le dijeron los magos de Oriente que venían buscando un recién nacido rey de los judíos manifestó también deseos de ir a verlo, pero no sabemos con qué intenciones. Bueno, las intenciones se manifestaron cuando burlado por los Magos que no volvieron por Jerusalén mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. 

Como nos preguntábamos ¿estaría Herodes Agripa interesando en el mensaje de Jesús? Decía que escuchaba con gusto al Bautista, pero lo había metido primero en la cárcel y luego lo había mandado matar a instigación de Herodías. ¿Cuál sería el interés por Jesús? Habrían de encontrarse en Jerusalén en medio de la pasión de Jesús y lo trataría como un loco porque Jesús no había ni querido hacer los milagros que le pedía para divertirse ni siquiera le había hablado. Jesús se había sentido libre ante Herodes a pesar de ser llevado preso y estar en peligro su vida ante los deseos y curiosidades de Herodes.  Así lo había manifestado Jesús cuando en una ocasión le dijeron que Herodes tenía deseos de conocerlo.

‘Tenía ganas de verlo’. Todo esto que hemos ido comentando brevemente sobre los deseos de Herodes de ver y conocer a Jesús o la relación que de alguna manera mantuvo con El, tendría que ayudarnos a descubrir el mensaje que el Señor hoy quiere dejarnos para nuestra vida desde esta Palabra de Dios proclamada. 

¿Tendremos nosotros también deseos de ver y conocer a Jesús? Como a todos quizá nos ha sucedido en más de una ocasión habrá aparecido en nuestra imaginación o en nuestro corazón esos deseos o sueños de haber estado allí en Palestina, en Galilea o en Jerusalén en aquellos tiempos para directamente nosotros haber conocido a Jesús. De esa manera en sueños se quedarán porque no vamos ahora a meternos en el túnel del tiempo como aparece en novelas o películas para aparecer caminando en medio de las gentes en tiempos de Jesús. 

¿No podremos, entonces, conocer a Jesús? No necesitaremos el túnel del tiempo, pero sí necesitamos avivar nuestra fe, porque sí podemos conocer a Jesús, sentirnos al lado de Jesús o sentir a Jesús en nuestra vida y en nuestro corazón. Tenemos su Palabra revelada y contenida en la Biblia en la que a partir de esos escritos inspirados por el Espíritu Santo que nos dejaron los evangelista podemos acercarnos a Jesús para no solo conocerle sino llegarle a vivir también. 

No son los evangelios para nosotros unas simples historias cual si de novelas se tratara que nos dejaran la biografía de Jesús. Es algo mucho más hondo y más hermoso, porque cuando nos estamos acercando a los Evangelio o a la Biblia toda nos estamos acercando a lo  que Dios quiere revelarnos de sí mismo. Por eso solo desde la fe tiene sentido el acercarnos a los evangelios, desde la fe y pidiendo también la asistencia del Espíritu Santo que nos vaya revelando, descubriendo allá en lo más hondo de nuestro corazón y nuestra vida, todo ese misterio de Dios. 

Queremos ver a Jesús, queremos conocer a Jesús vayamos a los Evangelios, vayamos a la Biblia toda donde El mismo se nos va a dar a conocer, se nos va a revelar y aún más querrá venir a habitar en nuestro corazón, en nuestra vida. No será conocer simplemente cosas de Jesús sino conocer a Jesús es llegar a vivir a Jesús. Con esa fe y conducidos por su Espíritu es cómo hemos de acercarnos a los evangelios.

miércoles, 26 de septiembre de 2012


Anunciando la Buena Noticia del Reino y curando por todas partes
Prov. 30, 5-9; Sal. 118; Lc. 9, 1-6

‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar enfermos’. Jesús había escogido entre sus discípulos a doce a quienes llamó apóstoles, ‘los enviados’. Hasta ahora había estado con ellos aprovechando toda ocasión para irles enseñando, explicándoles de manera especial. Hemos escuchado en alguna ocasión como Jesús en ocasiones intenta ir a solas con ellos. Ahora los envía. Es lo que hoy escuchamos.

‘Les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’, nos dice el evangelista. Son una prolongación de Jesús. Van a realizar la misma obra de Jesús. ‘Les dio poder y autoridad…’ nos dice. Es la misma misión de Jesús. 

Ahora la realizarán aún estando Jesús en medio de ellos, Un día, cuando regrese al Padre, los enviará por todo el mundo. Hoy les da unas instrucciones concretas sobre la disponibilidad con que han de ir, no apoyándose en fuerzas ni cosas humanas - por eso les dice ‘no llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero’, disponibilidad total, - sino sintiendo que la obra que van a realizar no es su obra sino la obra de Jesús, no es por su propio poder sino con el poder de Jesús.

‘Ellos fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’. Anunciaban la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba y que había que aceptar. Realizaban los signos del amor de que ese Reino de Dios se iba realizando en medio de ellos porque el mal había de ser vencido. Esas curaciones que van realizando y para las que Jesús les ha dado poder, no es solo la liberación de unos dolores o sufrimientos o enfermedades corporales sino que son signo de lo profundo que se va realizando en nosotros cuando vamos aceptando y viviendo el Reino de Dios. 

Aceptar y creer en el Reino de Dios significa que Dios es el único Señor de nuestra vida; ninguna otra cosa u otra realidad puede ser señor nuestro. Y cuando podemos a Dios en el centro de toda nuestra vida, muchos males van siendo derrotados, porque en quien tiene en su corazón a Dios no caben ni los egoísmos ni las envidias, no cabe el que realicemos el mal o llenemos de orgullo nuestro corazón, no valen los apegos a las cosas convirtiéndolas en dioses o señores de nuestra vida, sino que viviremos liberados desde lo más profundo de nosotros mismos.

Y todo eso lo vamos realizando en lo más profundo de nosotros - es un liberarnos del pecado para vivir en la gracia, para vivir en la amistad con Jesús - pero eso vamos ayudando a realizarlo en cuantos nos rodean. Un cristiano, un seguidor de Jesús va siempre haciendo el bien, como Jesús que paso haciendo el bien; un seguidor de Jesús va repartiendo amor y haciendo que el amor sea el sentido también de la vida de los que le rodean; un seguidor de Jesús va desterrando el odio, y la ambición, y el orgullo, el pecado en una palabra. 

Un cristiano, seguidor de Jesús, va siempre enseñando con su palabra y con el testimonio de su vida que el amor es el sentido más profundo de la persona y cuando amemos de verdad iremos haciendo un mundo mejor y un mundo en el que todos vamos a ser más felices. Nos cuesta frente a tanto odio, frente a tanto desamor, frente a tantas injusticias y desigualdades que contemplamos a nuestro alrededor, pero esa tiene que ser siempre la Buena Noticia que tenemos que anunciar. 

Y lo podremos hacer porque con nosotros va el poder y la autoridad de Jesús, Nunca nos faltará su gracia. En la oración, en la escucha de la Palabra, en la celebración de los sacramentos tenemos la fuente de la gracia que necesitamos. Ahí se  nos hace presente Jesús para llenarnos de su gracia.

martes, 25 de septiembre de 2012


Los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen por obra serán los hijos de Dios
Prov. 21, 1-6.10-13; Sal. 118; Lc. 8, 19-21

‘Vinieron a avisarle a Jesús: fuera están tu madre y tus hermanos y quieren verte’. La familia de Jesús, María, sus parientes vienen a ver a Jesús. A alguien pudiera parecerle un rechazo la respuesta que les da Jesús. Pareciera que se desentendiera de ellos. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen por obra’.

Muchas veces hemos comentado este texto y ya todos entendemos que no es un rechazo de Jesús a su madre o a sus familiares, sino que es más bien una alabanza a María. ¿Quién escuchó mejor que ella la Palabra de Dios? ¿quién la plantó con mayor efectividad en su corazón cuando en ella la Palabra se encarnó para hacerse hombre y para ser nuestra salvación?

Para nosotros es modelo de acogida de la Palabra de Dios. Cuando viene el ángel a traerla la Palabra de Dios, ya vemos cómo escuchó, cómo hizo silencio en su interior para rumiarla, para tratar de entenderla, cómo finalmente ella plantó la Palabra de Dios en su vida con su ‘sí’, con su ‘hágase’, porque allí estaba la esclava del Señor y a ella no le tocaba otra cosa que dejarse hacer por la Palabra del Señor. ‘Hágase en mi según tu palabra’, que se cumpla, que se realice, y en ella Dios se encarnó y de sus entrañas salió el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Merecerá María la alabanza por su fe, porque así se cumpliría en ella lo anunciado por el Señor. ‘Dichosa tú que has creído, le dice su prima Isabel, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. 

Pero merecerá María también una alabanza salida de los labios de Jesús, cuando llama dichosos a todos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Es lo que hizo María, escuchó y plantó en su corazón. Por eso las palabras de Jesús hoy en el evangelio cuando nos está señalando quienes son su madre y sus hermanos, está siendo una alabanza también para María.

Como María tenemos que saber hacerlo con fe, con docilidad, con humildad, con generosidad, con disponibilidad. Por su docilidad, por su fe, por su disponibilidad, por su acogida a la Palabra de Dios, en ella se encarnó la Palabra eterna de Dios y nació el Hijo de Dios, hecho hombre. ‘Será grande, será el hijo del Altísimo… y el que va a hacer de ti será santo y se llamará hijo de Dios’, le había dicho el ángel. Ya nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos habla de la Palabra eterna de Dios ‘que viene a los suyos y los suyos no la recibieron, pero a cuantos la recibieron, a cuantos creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. 

Nos preguntábamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos’, quienes son los hijos de Dios? Los que reciben la palabra de Dios se hacen hijos de Dios. No es según la carne, ni según ninguna estirpe humana, no es simplemente fruto de un deseo humano. Es el regalo de Dios a quienes creemos, a quienes aceptamos, recibimos su Palabra, que nos hace hijos de Dios.

Es el camino que nos queda hacer a nosotros. Amemos la Palabra de Dios y escuchémosla siempre con atención. Es Dios que nos habla, es Dios que viene a nosotros y nos eleva y nos engrandece, nos llena de luz y de vida, nos hace vivir como hijos de Dios.

lunes, 24 de septiembre de 2012


Es necesario que brille la luz y recuperemos el entusiasmo de la fe
Prov. 3, 27-35; Sal. 14Lc. 8, 16-18

‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo esconde debajo de la cama’. Dicho en un lenguaje coloquial, es de cajón. No encendemos una luz para esconderla; si encendemos una luz es para que ilumine aquel lugar donde estamos, por donde vayamos a pasar e ilumine también a los demás, porque no vamos a querer la luz para nosotros solos.

¿Qué nos querrá decir Jesús? Creo que el mensaje es claro cuando recordamos que El nos ha dicho que es la luz del mundo y que nosotros también tenemos que ser luz. Pero aunque esto en principio lo veamos tan claro, ha de hacernos reflexionar porque muchas consecuencias podemos y tenemos que sacar. 

Recordamos que esa luz de Jesús se nos puso en nuestras manos en el día de nuestro bautismo cuando nuestros padres y padrinos como un signo encendieron una vela, una luz desde el Cirio Pascual. Así recordamos que Jesús es la luz; que la luz de Cristo resucitado ha de iluminar nuestra vida y nuestro mundo, y si se nos ha dado esa luz es como imagen de cómo nosotros hemos de ser iluminados por la luz de Cristo, pero también como signo de cómo nosotros esa luz hemos de llevarla a los demás, 

Y aquí vienen muchas preguntas que hemos de hacernos con sinceridad en nuestro interior. ¿Le damos importancia a esa Luz? ¿Significa algo para nosotros? ¿Nos dejamos iluminar por Cristo? Y si somos unos iluminados por la luz de Cristo - a los cristianos se les llamaba los iluminados - ¿somos capaces de llevar esa luz a los demás para iluminar de verdad nuestro mundo con la luz de Cristo?

Como decíamos todo esto nos tiene que hacer pensar, reflexionar, revisar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras posturas, lo que hacemos. Decimos que somos tantos los que nos llamamos cristianos y creemos en Jesús. ¿Por qué nuestro mundo sigue aún a oscuras sin que la luz de Jesús sea en verdad el sentido de la vida de tantos que nos rodean? Porque decimos que somos tantos cristianos y en las estadísticas aparecen los millones de cristianos y de católicos, pero pareciera sin embargo que a nuestro alrededor la fe se va debilitando, como que cada día tienen menos influencia en nuestro mundo los valores de Cristo y del Evangelio. ¿Habremos desvirtuado la luz? 

Creo que todo esto nos ha de hacer reflexionar para que cuidemos cada vez más nuestra fe y en verdad sea una luz que brille en nuestra vida porque desde ese sentido de la fe, desde ese sentido de Cristo vayamos nosotros ordenando nuestra vida para no sólo llamarnos sino ser en verdad cristianos. Que este año de la fe que vamos a comenzar sea en verdad un estímulo en nuestra vida para querer formarnos mejor, para crecer más en nuestra fe. 

Otra cosa triste sería que nos avergonzáramos de la fe y por eso ocultemos la luz. Nos puede suceder. Sería triste pero es una realidad en tantos cristianos que nos sentimos temerosos de dar la cara por nuestra fe, porque quizá los familiares, quizá la gente que nos rodea, porque quizá el ambiente en que vivimos eso ya no se lleva y nos pueden decir tantas cosas si nos manifestamos creyentes, Tenemos que despertar nuestra fe y despertar la valentía con que vamos a proclamar nuestra fe para que en verdad nuestro mundo, empezando por nuestro entorno más cercano sea cada día más iluminado por Cristo y su evangelio. 

Como decíamos será una ocasión propicia este año de gracia que vamos a comenzar para que los cristianos revitalicemos nuestra fe. Es lo que el Papa quiere cuando ha convocado este año; que los cristianos nos preocupemos de nuestra fe para hacerla crecer más y más y para que entonces con esa luz de Jesús podamos iluminar de verdad nuestro mundo. No podemos ocultar la luz, tenemos que ponerla muy alta, sentirnos orgullos de la fe que tenemos; orgullos y alegres, para vivir siempre con entusiasmo la alegría de nuestra fe.

domingo, 23 de septiembre de 2012


Unos pasos de humildad, de servicio, de acogida al otro camino de la verdadera grandeza

Muchas veces tenemos en la vida silencios bien significativos; silencios en el desconcierto sin saber a qué quedarnos; silencios llenos de temor porque no entendemos y no sabemos cómo preguntar para no quedarnos como al desnudo; silencios porque quizá nuestros pensamientos o nuestros deseos no están muy en consonancia con aquellos con los que estamos; silencios quizá desde nuestra mala conciencia por lo que nos callamos en cierto modo avergonzados. Muchos silencios que en cierto modo manifiestan una falta de paz en nuestro corazón.

Jesús quiere ir a solas con sus discípulos más cercanos porque con ellos quiere tener una conversación en mayor profundidad para instruirles, para prepararles ante todo lo que está por suceder. Una vez más les está anunciando su entrega hasta la muerte aunque ellos no entienden y no quieren preguntar. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’, les dice.  Pero ellos ‘no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle’. 

Con la imagen que ellos se habían hecho de Jesús y lo que pensaban que tenía que ser el Mesías como alguien que se iba a presentar triunfador y victorioso, les costaba entender lo que Jesús hablaba de entregarse y de entregarse hasta la muerte. Cuesta darnos hasta arrancarnos de nosotros mismos. Cuesta entender el verdadero camino y sentido de la pascua. Siempre tenemos la tentación de hacernos nuestras reservas y pensamos que no es necesario quizá llegar a tanto. Por eso las palabras de Jesús se les hacían duras y difíciles. Y a ellos se les hacía difícil preguntar. Los miedos que crean silencios.

El no aclarar bien las cosas hará que luego sigan con sus sueños, a pesar de lo que Jesús les anunciaba y los caminos que les enseñaba. Por eso, a pesar de las palabras de Jesús, seguirán pensando en triunfos y en honores y por el camino irían discutiendo quien va a ser el más importante, el que va a ser el primero en ese Reino de Dios que ellos sienten que es inminente tras los anuncios que Jesús ha ido haciendo. 

‘Llegados a Cafarnaún y una vez en casa Jesús les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino?’ Y ellos que pensaban que Jesús no los había oído. Una vez más el silencio por respuesta. ‘Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. La mala conciencia les hacía callar. Cuántas veces Jesús les había explicado las cosas y ellos seguían con la mente cerrada. 

‘Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos’. Así claramente, con rotundidad. Hazte el último, hazte el servidor. Por ahí va la verdadera grandeza. Es el camino de Jesús que no vino ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Es el camino que va a hacer Jesús cuando suba a Jerusalén, porque no serán los hombres los que lo entregarán, sino que será el amor el que lo entrega; El mismo se entrega, es una entrega de amor, de amor sin límites, de amor hasta el extremo. Porque El da su vida libremente, nadie se la arrebata. Así es la ofrenda y el sacrificio que va a ofrecer.

Lo hemos reflexionado y hemos escuchado las reflexiones que en este sentido nos ha ofrecido el apóstol Pablo. Se rebajó hasta hacerse el último; pasó por uno de tantos, no quería destacar en grandezas humanas se sometió a la muerte y a la muerte más ignominiosa, a la muerte de Jesús. Ho hay amor más grande.

Y ese es el camino de amor que nos enseña, el camino de la humildad y del servicio. Algunas veces pensamos que tenemos que hacer grandes cosas, algo extraordinario y especial, pero es en las cosas pequeñas de cada día donde tenemos que manifestar ese espíritu. Es la fidelidad de las cosas pequeñas. Es la fidelidad en las cosas ordinarias de cada día, allí donde vivimos, allí donde estamos, allí donde convivimos, con los que nos rodean, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo de cada día, con los que nos vamos encontrando. Dios no nos pide cosas extraordinarias, sino que seamos capaces de hacer extraordinariamente bien, con un extraordinario amo, esas cosas ordinarias de cada día.

Son tantos detalles, pequeños e insignificantes a veces, son tantos los gestos de amor, de servicio, de generosidad que podemos tener en cualquier momento. Una palabra buena, un favor que surge espontáneo con el que está a nuestro lado, una mano que tendemos para ayudar a caminar, a levantarse, a cruzar de un lado a otro, una sonrisa y un gesto de amabilidad, una buena cara para el que está a nuestro lado o con quien nos encontramos, una palabra de gratitud por algo que hayan hecho bien o a favor nuestro. Ahí en esas pequeñas cosas se tiene que manifestar la bondad de nuestro corazón, ese espíritu de servicio que nos hemos propuesto como lema de nuestra vida.

Jesús termina hoy en el evangelio este encuentro y lección con sus discípulos diciéndonos cómo tenemos que ser acogedores con todos. Nos es fácil quizá poner buena cara o tener un gesto de bondad con aquellos que nos hacen bien, o que consideramos importantes para nosotros en la vida. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que ser acogedores para con los pequeños, para los que nos pueden parecer menos importantes. Es por eso,  por lo que ‘acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mi sino al que me ha enviado’.

En el niño está la imagen de lo pequeño, de quien no es importante, del que quizá pasa desapercibido porque no resplandece o destaca por nada especial. En la época de Jesús y en aquella cultura los niños eran poco valorados. Por eso es imagen de quienes son los que tenemos que aprender a acoger. Hay tantos a la vera del camino de nuestra vida que vamos dejando a un lado por un motivo u otro. Son tantas las discriminaciones y distinciones que vamos haciendo con los que nos rodean. Pero Jesús nos está diciendo cómo y a quienes tenemos que aprender a acoger. En ese acercamiento al que es pequeño o nos pueda parecer el último encontraremos nuestra verdadera grandeza.

Vamos a dejar que Jesús nos hable ahí en esos silencios que se nos hacen en el corazón. Seguro que sentiremos el ardor de su Palabra, el fuego de su Espíritu que nos enardece, la Luz que disipa esas tinieblas y oscuridades que se nos meten dentro tantas veces. Aunque en ocasiones sintamos el temor a dar el paso en esa entrega dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos dé valentía y fortaleza. Que nos llenemos de esa Sabiduría de Dios, que nos viene de lo alto, como nos decía Santiago en su carta, que ‘es pura y además amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera’.

sábado, 22 de septiembre de 2012


Desde el silencio una ofrenda de amor que es semilla enriquecedora de nueva vida
Sab. 3, 1-9; Sal. 33; Jn. 12, 24-26

Una pregunta dolorosa para muchas personas y a la que les cuesta encontrar respuesta es el por qué del sufrimiento y la muerte de los inocentes, ya sea desde causas naturales como pueden ser las propias enfermedades y limitaciones, o ya sean impuestas duramente desde el exterior de sí mismas como pueden ser los maltratos, persecuciones o violencias externas. ¿Qué valor puede tener la muerte de un inocente o su sufrimiento? 

Una pregunta a la que desde simples razonamientos humanos nos cuesta encontrar respuesta. Es la pregunta de fondo del paciente Job en el texto sagrado, es la pregunta ante las renuncias y sacrificios a los que nos vemos sometidos en la vida, es la pregunta ante el sufrimiento y muerte de Jesús, o es la pregunta ante, por el ejemplo, la muerte de los mártires de todos los tiempos. 

Y es que sólo desde la fe podemos encontrar iluminación total para nuestra vida y cada una de las situaciones que tengamos que vivir. Una iluminación que nosotros queremos recibir hoy, que buscamos con ansias y con fe, cuando estamos celebrando el martirio de las dos hermanitas que en su vida lo único que hicieron fue amar y servir, humilde y calladamente, dándose y gastándose por sus ancianitos en la consagración que de sus vidas habían hecho a Dios.

Por supuesto, que para encontrar esa luz tenemos que mirar a Cristo, el verdaderamente inocente, que se dio y se entregó hasta el final en la más suprema ofrenda de amor. Y aquel sufrimiento de su pasión y su muerte en la cruz que podría parecer inútil e infecundo para que quien no mira sino efectividades humanas, tuvo ese valor infinito de salvación que puso en camino de vida a nueva a la humanidad entera. Alguien pudiera pensar que hubiera sido más efectivo que la vida de Jesús durara más y tratara de imponer aquel estilo de vida nueva para el mundo, pero no son esas las medidas ni los parámetros de Dios. 

Un grano de trigo que se entierra y se pudre bajo la tierra pudiera parecer que no tiene sentido porque el grano de trigo es para hacer la harina con que confeccionamos el pan que nos alimenta. Sin embargo el grano de trigo enterrado y germinado bajo la tierra será engendrador de nuevas semillas de vida que se multiplican y multiplican para hacer alimento para más personas. 

Jesús se compara a sí mismo como el grano de trigo, hemos escuchado en el evangelio. ‘Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es el valor de la vida de Cristo. Es el valor que hemos de saber dar a nuestra vida, que no hemos de temer perderla, darla, entregarla para alcanzar una vida que dura para siempre. Por eso nos habla Jesús de que seguirle a El es estregarse a servir como El lo hizo.

‘La vida de los justos está en manos de Dios… la gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, su partida de entre nosotros como una destrucción, pero ellos están en paz… ellos esperan de lleno la inmortalidad… probados como oro en el crisol, los recibió como sacrificio de holocausto…’. Así nos decía el libro de la Sabiduría que escuchamos en la primera lectura. Es lo que con fe contemplamos realizado en las Hermanitas mártires, beatas Josefa y María Dolores, que hoy estamos celebrando. 

Calladamente, como es siempre la vida de una hermanita que contempla en silencio a Dios y le sirve en sus hermanos los ancianos, vivieron su vida de entrega a Dios y vivieron su martirio. ¿Por qué ellas y no otros u otras? ‘Dios las puso a prueba y las halló dignas de sí’, como dice el texto sagrado. Pasan casi desapercibidas, pero ahí están como una hermosa ofrenda de la congregación al Señor, ahí están  como esa semilla escondida que un día dará mucho fruto, porque sus vidas estaban llenas de mucho amor; y el amor no hace ruido, el amor nos hace humildes y sencillos y nos llevará siempre al servicio y a la donación de nosotros mismos. Son la riqueza grande y callada de la congregación. Y son para nosotros una luz para nuestra vida y un ejemplo para que sigamos también esos caminos humildes y sencillos del amor.

viernes, 21 de septiembre de 2012


Permanecer unidos en fidelidad a Cristo como san Mateo
Ef. 4, 1-7.11-13; Sal. 18; Mt. 8, 9-13

‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca ante el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’, así proclamamos con la liturgia en la fiesta de los santos apóstoles. 

Por eso es tan importante para nosotros celebrar la fiesta de un apóstol. A través del año vamos celebrando cada uno de los apóstoles como una proclamación de nuestra fe y al mismo tiempo como un estímulo en ese camino de fe y amor que es nuestra vida cristiana. Hoy precisamente cuando estamos celebrando la fiesta del Apóstol san Mateo hemos pedido que ‘fortalecidos con su ejemplo y con su intercesión, podamos seguirte siempre y permanecer unidos a ti con fidelidad’. 

Seguir al Señor y seguirlo con fidelidad. Ejemplo de prontitud en la respuesta a la llamada del Señor es para nosotros san Mateo. Al pasar ‘vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó inmediatamente y lo siguió’. Supo escuchar en lo hondo de su corazón la llamada del Señor y allí estaba pronto para seguirle. Como un día Pedro y los otros pescadores habian dejado las barcas y las redes y se fueron con Jesús, deja ahora Mateo sus ocupaciones, era cobrador de impuestos, - publicano, como los llamaban los judíos - ‘y se va inmediatamente con Jesús’. 

No importa la condición social cuando el Señor llama. Jesús es el médico que viene a curar no a los sanos sino a los enfermos, como nos dirá hoy mismo. Mateo era un publicano, mal considerado por los judíos al que consideraban un colaboracionista con el poder y a los que tenían por ladrones, pero el Señor quiere contar con Mateo. Como un día quisiera entrar en casa de Zaqueo allá en Jericó y mereciera los comentarios maliciosos de los fariseos y escribas, ahora quiere llevarse con El a Mateo y en Mateo está esa disponibilidad de corazón para no sentirse apegado ni por lo material ni otros condicionamientos. ‘Se levantó inmediatamente y lo siguió’. Una lección para nuestra vida. 

De san Mateo tenemos el primer evangelio. Evangelio de Mateo que quiere reafirmarnos en nuestra fe en Jesús que es el Mesías anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento. Hace continuas referencias al Antiguo Testamento para afianzarnos en la seguridad de que Jesús es el Mesias prometido, en quien se cumplen todas las promesas. Así comenzará el evangelio proponiéndonos la ‘genealogía de Jesús, el Mesias, el hijo de David, el hijo de Abrahán…’ Serán muchas las citas del Antiguo Testamento que irán apareciendo a lo largo del evangelio. No podemos hacer en la brevedad de una reflexión homilética un estudio completo de todos estos textos.

Permanecer unidos a Cristo en fidelidad, pedíamos en la oración, para que andemos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados, como nos decía el apóstol. Permanecer firmes en nuestra fe que nos exige que cada día tratemos de profundizar más y más en nuestra fe. Dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza, que nos enseña la Escritura. Necesitamos esa proclamación firme de nuestra fe y nuestra esperanza ante el mundo que nos rodea, lo que nos exige conocer y profundizar en nuestra fe, ahondar en todo el misterio de Cristo y todo el misterio de Dios.

Vamos a comenzar dentro de unos días el ‘año de la fe’ al que nos ha convocado el Papa Benedicto XVI con motivo del cincuenta aniversario del inicio del concilio Vaticano II. Ya pocos años después de concluido el Concilio el Papa Pablo VI convocó también un año de la fe conmemorando el XIX centenario del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. En su conclusión entonces Pablo VI proclamó el ‘Credo del Pueblo de Dios’, que también nos va a servir mucho en la reflexión que a lo largo de este año nos hagamos. 

Ya tendremos ocasión de hablar más de todo esto. Si ahora hacemos mención es, desde esta fiesta del apóstol y evangelista san Mateo, para sentirnos motivados e impulsados a ese crecimiento de nuestra fe e irnos preparando también para aprovechar este año de gracia que vamos a celebrar. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Comunión plena con el Señor y con los hermanos desde la humildad y el amor

1Cor. 15, 1-11; Sal. 117; Lc. 7, 36-50

Para sentarse alrededor de una mesa para comer es necesario sentir una cierta comunión entre aquellos que allí están sentados, o al menos buscar esa comunión y ese encuentro. Seguramente habremos tenido la experiencia desagradable de sentarnos en una misma mesa y haber alguien que nos ignora o no nos presta ninguna intención, quizá porque no hayamos sido debidamente presentados.

Contemplamos a Jesús que ha sido invitado por un fariseo a su mesa. En torno a ella hay o se acercan diferentes personas. Se me ocurre pensar o preguntarme ¿cuál de todas aquellas personas es la que se siente en mayor comunión con Jesús?

Podríamos pensar en Simón el fariseo que lo invitó o sus amigos que con él estaban sentados en la misma mesa. Sin embargo, pronto nos damos cuenta que todos estaban en una actitud recelosa y de desconfianza con Jesús tratando de ver cuál sería la reacción de Jesús ante la mujer que se acercó sin que nadie la invitara y se puso allí a los pies de Jesús. Allí estaban ellos los que se consideraban puros y santos todos reunidos pensando que ningún pecador los iba a molestar, pero que ahora se sentían molestos por la intromisión de aquella mujer pecadora que se había atrevido a meterse allí entre ellos y llegar hasta Jesús.

Pienso que esta mujer es la que estaba en mayor comunión con Jesús en aquellos momentos, a pesar de que era una pecadora, todos los presentes estaban juzgándola, al menos en su interior, y condenándola, como juzgarán y condenarán a Jesús por la acogida y el perdón que ofrece a aquella mujer pecadora. Y es con ella con la que Jesús manifestará de manera especial su amor y su gracia salvadora.

Era una mujer pecadora. Por eso Simón pensaba que si supiera Jesús quién era la hubiera rechazado. Pero Jesús conociendo sus pensamientos les propone la breve parábola de los dos deudores que fueron perdonados por le prestamista. ‘¿Cuál de los dos lo amará más?’ pregunta Jesús. ‘Supongo que aquel a quien le perdonó más’, le responde el fariseo. Y es cuando Jesús le hace comprender bien el significado de todo aquella que está haciendo aquella mujer. Ha pecado mucho, pero lo reconoce, pero ‘sus muchos pecados serán perdonados, porque ama mucho’.

Todo aquello que la mujer está realizando, lavarle los pies con lágrimas y enjugárselos con su cabellera, el perfume que derrama sobre sus pies, que Jesús presenta como signos de la hospitalidad que Simón debería haber tenido con Jesús pero que no realizó, están manifestando el amor grande de aquella mujer.

Por algo les diría Jesús en una ocasión que ‘los publicanos y las prostitutas se les adelantarían en el reino de los cielos’. Allí están aquellos que se creen puros y santos pero con el corazón lleno de maldad en sus juicios y condenas, en sus desconfianzas hacia Jesús y en sus aires de superioridad, frente a la humildad y el amor de aquella mujer pecadora, que lo reconoce, se humilla, pide perdón y ofrece mucho amor. ¿Quién está en verdadera comunión con Jesús?, nos preguntábamos y ya sabemos la respuesta.

Una hermosa lección para nuestra vida. Una lección que nos enseña a caminar por caminos de humildad y de amor que aunque seamos pecadores la misericordia del Señor se manifestará generosa con nosotros. Es Jesús el pastor que va a buscar la oveja perdida, el médico que viene a curar a los enfermos ofreciéndonos la salud de nuestro espíritu y la salvación. Es Jesús el que vemos acercarse y comer con los publicanos y los pecadores aunque haya muchos que no lo entiendan. Es Jesús el que nos está ofreciendo siempre la generosidad de su perdón y de su amor.

Una hermosa lección para que aprendamos también a ir por la vida con sencillez y humildad de corazón, desterrando de nosotros todo signo de prepotencia o de superioridad, arrojando lejos de nosotros todo pensamiento o juicio condenatorio para los demás, aprendiendo a mirarnos a nosotros mismos para que nunca seamos capaces de tirar la piedra de la condena para nadie, porque tenemos que darnos cuenta que somos los primeros pecadores.

Que sintamos que nuestros muchos pecadores serán perdonados si con humildad nos reconocemos pecadores y al mismo tiempo ponemos mucho amor en nuestra vida. Caminos de humildad y de amor que nos llevarán a la salvación. ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’, nos dirá a nosotros también el Señor.



miércoles, 19 de septiembre de 2012


Un amor que nos acerca a Dios y nos hace parecernos a El
1Cor. 12, 31-13, 13; Sal. 32; Lc. 7, 31-35

‘Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño…’ 

¿Habré acabado en verdad con las cosas de niño? En la medida en que vamos creciendo en la vida y en sus conocimientos, vamos creciendo en madurez porque vamos comprendiendo todo con mayor profundidad y le vamos encontrado un sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. 

Pero hemos de reconocer que no es sólo cuestión del paso de los años, sino de la reflexión honda que nos vamos haciendo dentro de nosotros mismos y vayamos encontrando respuestas a esos por qué profundos que se nos van planteando en la vida. 

¿Será así ese crecimiento en madurez no sólo en lo humano, sino también en lo religioso y en los cristiano? Sería triste que siguiéramos siendo niños, en ese sentido de inmaduros, en nuestra fe y en nuestros sentimientos y comportamientos cristianos. 

En el evangelio Jesús les dice a los judíos, por la forma que tienen de reaccionar y responder al misterio que en El se les va revelando, - nos lo dice a nosotros también, tenemos que analizarlo bien - que se parecen a los niños que juegan en la plaza que aún no saben ni lo que quieren.

San Pablo, en este hermoso y conocido texto - aunque no siempre reflexionado lo suficiente de forma madura - de la carta a los Corintios que solemos llamar el himno o cántico del amor, nos habla de ese amor cristiano y verdaderamente maduro. 

‘Ambicionad los carismas mejores’, nos dice. Y nos enseña cómo el amor tiene que ser como el motor de todo lo que hagamos. Un amor que no se reduce simplemente a hacer cosas buenas, sino que tiene que estar en la motivación más profunda de lo que hagamos. 

Así comenzará diciéndonos algo que nos pudiera parecer contradictorio si no lo reflexionamos bien, porque nos habla hasta de repartir todo lo que tenemos, pero que si no tenemos amor de nada nos sirve. Puedo tener la capacidad de hablar todas las lenguas humanas y angélicas, nos dice, pero que si no tenemos amor seremos como una campana que repiquetea o un platillo que nos aturde.

Nos da a continuación una serie de pautas de cómo tiene que ser ese amor para que sea verdadero. Nunca podremos actuar por el interés, nunca podremos estarle poniéndole límites ni medidas, nunca podremos creernos los mejores y los que más amamos o hacemos el bien. Todo eso desvirtuaría el amor verdadero.

Y es que el amor, como nos enseñado Jesús en el evangelio, tiene que parecerse al amor que Dios nos tiene. El amor de Dios es un amor primero, porque nos ama Dios no porque nosotros le hayamos amado, sino que aunque nosotros no le amemos siempre nos amará el Señor. Así nos enseña san Juan en sus cartas. Pero es un amor generoso y universal porque tenemos que amar sin estar esperando recompensas y es un amor a todos sin diferencia ni distinción, como nos ama el Señor. 

Por eso como nos dice ahora el apóstol es un amor siempre comprensivo; un amor que nos hace estar siempre en actitud de servicio; un amor que es paciente y esperanzado; un amor que siempre nos tiene que llevar a confiar en los demás. Un amor del que se ha desterrado para siempre la envidia, el orgullo, la violencia y la ira. Un amor que no se confunde con la pasión ni la búsqueda de mi yo, porque no puede ser nunca egoísta. Un amor siempre abierto al otro, a la verdad, a hacer el bien. Un amor que es olvidadizo de los males que uno haya podido recibir porque siempre está dispuesto a perdonar y a hacerlo con generosidad. Un amor que nunca echa en cara lo bueno que nosotros podamos estar haciendo. Un amor abierto a lo infinito y a la trascendencia. Un amor que nos acerca a Dios y nos hace parecernos a El.

No es fácil amar así. Es necesario un crecimiento interior muy profundo. Es la madurez humana y cristiana de la que hablábamos y que en la medida que nos vamos llenando de Dios podremos ir alcanzando día a día. Siempre decimos que la fe en Jesús nos conduce a la plenitud de la vida. Es el camino que recorreremos llenándonos de Dios para vivir en su amor y con su amor.

martes, 18 de septiembre de 2012


En la encrucijada de los caminos tenemos que hacer brotar el fogonazo del amor
1Cor. 12, 12-14.27-31; Sal. 99; Lc. 7, 11-17

Las puertas de la ciudad de Naín es una encrucijada de caminos. Y ya no me refiero a los caminos que pudieran llegar desde otros lugares o atravesar estos parajes en diferentes direcciones sino que en este pasaje que nos ofrece hoy el evangelio vemos como allí se van a encontrar diferentes caminos. 

Un camino de vida se acerca a la ciudad, mientras una procesión de muerte, de dolor, soledad y sufrimiento va saliendo de ella. Pero va a surgir un fogonazo inmenso de luz y de amor que todo lo transformará para que desaparezcan las sombras de la muerte y comience a reinar la vida. El evangelio nos lo narra así: ‘iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín … y cuando estaba cerca de la ciudad resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda… al verla Jesús le dio lástima…’

Allí estaba Jesús que siempre va al encuentro del hombre, al encuentro de toda persona, sea cual sea su situación. Con Jesús siempre va la luz y va la vida. Por eso, aquel encuentro, como todos los encuentros con Jesús cuando nos dejamos encontrar por El va a ser un encuentro para la vida. Allí está el amor. Y donde hay amor no puede haber muerte ni dolor; donde hay amor todo se llena de luz y de vida; donde está el amor siempre renace la esperanza. Allí está Jesús. Dios es amor. Sintió lástima, dice el evangelista, se estremecieron las entrañas del amor.

Jesús viene a nuestro encuentro. Cuántas veces caminamos entre las lúgubres tristezas de las sombras de la muerte porque no dejamos entrar el amor en nuestra vida. Y pareciera en ocasiones que nos gusta andar entre esas tinieblas, porque sabemos donde está la luz y no vamos a su encuentro, sabemos como podemos iluminarnos y preferimos nuestros egoísmos, nuestras desganas para amar, o nuestros orgullos.

Los que iban saliendo de la ciudad se pararon cuando Jesús llegó hasta ellos. No podían seguir adelante en aquel camino de sombras si Jesús estaba allí. Se dejaron hacer por Jesús; se dejaron conducir y se acabó la muerte porque Jesús entregó aquel muchacho lleno  de vida a su madre. ‘Levántate’, le dice Jesús. ‘Levántate’ nos está diciendo tantas veces a nosotros, pero cuánto nos cuesta entrar en esa órbita del amor y de la vida.  Tenemos que aprender a abrir nuestros oídos, desentumecer nuestra vida tan aturdida en nuestros desamores. Tenemos que dejarnos resucitar.

Pero es que son caminos que nosotros hemos de saber hacer también; tenemos que aprender de Jesús a ir a esas ‘ciudades de Naín’ de nuestro tan lleno de desamor, de egoísmo y de insolidaridad. Los que creemos en Jesús tenemos que hacer su mismo camino y tenemos que ir llevando esa luz, despertando ese amor, suscitando esos deseos de solidaridad y justicia, resucitando a nuestro mundo muerto que nos rodea. Si no nos empeñamos seriamente en llevar esa vida, podríamos terminar nosotros envueltos en esas garras de muerte. Por eso quien cree en Jesús nunca se cruza de brazos o se queda estático simplemente viendo los problemas de nuestro mundo, o de nuestros hermanos, sin poner su mano para su solución.

Nos lamentamos continuamente con situaciones de crisis y de mal que envuelven nuestro mundo. Pero si cada uno de los que creemos en Jesús en lugar de contentarse con lamentaciones pusiera su granito de arena de amor, de más solidaridad, de más compartir generoso, de más responsabilidad ante los problemas de nuestra sociedad o en el cumplimiento de nuestros deberes, seguro que iríamos resucitando nuestro mundo, transformándolo y despertando mayor solidaridad y justicia en tantos que nos rodean. 

Es una responsabilidad que tenemos. Es una tarea en la que tenemos que empañarnos y haremos un mundo mejor. Es un camino que tenemos que recorrer. Es una luz que tenemos que hacer brillar.

lunes, 17 de septiembre de 2012


La fe necesita caminos de humildad para llegar a Dios
1Cor. 11, 17-26; Sal. 39; Lc. 6, 6-11

La fe necesita caminos de humildad para que nos pueda acercar definitivamente a Dios. La fe es depositar confianza en aquel en quien creemos, porque nos fiamos, confiamos, aceptamos, decimos sí. Pero ese aceptar al otro, al Otro con mayúsculas, porque realmente estamos hablando de fe no sólo en lo humano, sino de fe en Dios, exige humildad, porque es en cierto modo despojarnos de nuestro yo, de nuestro saber o desear para aceptar plenamente a aquel en quien creemos. 

Reconocemos a Dios y reconocemos su grandeza, su ser infinito, su omnipotencia, su sabiduría divina, su amor en quien encontramos sentido para todo. Para eso es necesaria la humildad. La humildad nos llevará a Dios; la humildad nos llevará a conocerle y reconocerle. Pero no es una humildad que nos empequeñece sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos va a conducir a Dios y entonces nos va a conducir a caminos de plenitud, la plenitud total de nuestra vida que solo podemos encontrar en Dios. 

Cuando queremos hacer los caminos de nuestra vida no queriendo aceptar esa plenitud mayor que en Dios podemos encontrar volvemos las espaldas a Dios y nos contentamos con decir que solo queremos afirmarnos a nosotros mismos y que para eso no necesitamos a Dios. Grave error en el que se puede caer cuando negamos a Dios. Necesitamos la humildad para saber pedir también el don de la fe. 

Hoy nos encontramos en el evangelio con un hombre que podríamos decir que no necesitaba de nada ni de nadie; era poderoso por su condición y el mismo nos dirá en el relato de los otros evangelistas que tenía poder para mandar y que le obedecieran. Era poderoso pero supo bajar las escaleras de la humildad y de la fe.

La necesidad, el problema de su criado enfermo le hizo abrir los ojos a la trascendencia y comenzar a vislumbrar que podía existir que le diera respuestas a su vida y a sus problemas. Humildemente acude a Jesús. Tan humilde que cuando Jesús quiere incluso ir a su casa para curar a su criado considera que no es digno de que Jesús entre en su casa; tan humilde que ni siquiera se atreve, como nos dice Lucas, a venir él mismo hasta Jesús para pedir la curación de su criado y se vale de unos mediadores. Primero ‘envió a unos ancianos de los judíos para rogarle que fuera a curar a su criado’, y posteriormente cuando Jesús se acerca a su casa envió a otros amigos para decirle ‘Señor, no te molestes, no soy yo quien para que entres bajo mi techo, por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano’.

Y Jesús valorará su fe y su humildad. ‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’, dirá Jesús como una alabanza para aquel hombre. ‘El que se humilla será ensalzado’, que nos dirá Jesús en otra ocasión. ‘Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes’, que cantaría María en el Magnificat. Y aquel hombre recibirá el beneficio y la bendición de Dios porque se le concede lo que ha pedido. ‘Al volver a casa los enviados encontraron al criado sano’. 

Qué lección más hermosa para nuestra vida y para nuestra fe. Caminos de humildad para encontrar a Dios, para llenarnos de Dios. Son caminos de reconocimiento de nuestra pequeñez y de la grandeza de Dios. Son caminos de vaciarnos de nosotros mismos para que nuestro corazón pueda estar abierto a Dios. Lo contemplamos hoy en el centurión romano, como lo hemos contemplado en María la Virgen cada vez que la contemplamos y meditamos en su santidad. Dios la hizo grande, su Madre, la Madre de Dios, cuando ella se hacía pequeña porque se consideraba la humilde esclava del Señor.

Las palabras, pero no pueden ser solo las palabras, sino las actitudes profundas del centurión las hemos tomado para repetirlas nosotros, para reflejarlas en nuestra vida cuando nos vamos a acercar a Cristo en la Eucaristía. Es la humildad con que comenzamos siempre la celebración reconociéndonos pequeños y pecadores, y son las palabras de humildad que repetimos momentos antes de comulgar para pedirle una vez más que nos purifique y nos prepare el corazón para recibirle dignamente. Que no sean palabras que repetimos, sino que sean actitudes profundas que tenemos en nuestra vida para poder llegar hasta Dios.

domingo, 16 de septiembre de 2012


Una confesión de fe anuncio comprometido de pascua
Is. 50, 5-9; Sal. 114; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35

Muchas veces la gente se preguntaba quien era Jesús cuando contemplaban los milagros que hacía o escuchaban sus enseñanzas. Se quedaban admirados ante sus obras, intuían que un gran profeta había aparecido entre ellos y acudían de todas partes a escucharle porque su corazón se llenaba de esperanza. Pero en su mayoría no habían llegado a descubrir la verdad de Jesús. ¿Les sucedería igual a aquellos que más cerca estaban de Jesús, a los que había escogido de manera especial?

Ahora es Jesús el que hace la pregunta. Se la hace a los cercanos. Con el grupo de los que están siempre con El marcha incluso casi fuera del territorio de Israel. ‘Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo’. En la cercanías de las fuentes del Jordán. En ocasiones veremos a Jesús cuando va de camino con los discípulos que aprovecha para hablarles y explicarles a ellos de manera especial muchas cosas. 

Ahora pregunta. Son momentos de una especial intimidad y cercanía. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Es como diríamos hoy una encuesta para ver la opinión de la gente. Opiniones variadas. ‘Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’. 

La presencia de Juan allá en el Jordán había impactado a la gente que acudía a escuchar su palabra y bautizarse en aquel bautismo con que los preparaba para la llegada inminente del Mesías. Pero Herodes lo había metido en la cárcel y lo había mandado decapitar instigado por Herordías y dejándose arrastrar por su cobardía, como ya hemos reflexionado en otras ocasiones. Incluso Herodes llegó a pensar que Jesús era Juan que había vuelto.

Elías era el paradigma de los profetas en tiempos difíciles para Israel y había sido arrebatado al cielo. Vivían con la esperanza de su vuelta, como había expresado otro profeta. Cuando apareció el Bautista, algunos pensaron que era la vuelta de Elías. Ahora hay quien piensa que Jesús es Elías que ha vuelto. 

Pero la mayoría se quedaban con la idea de que era un profeta. Así lo manifestaban cuando contemplaban las obras de Jesús. ‘Un gran profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaron en más de una ocasión. Pero no habían descubierto aún nada más, aunque también algunos le hacían una fuerte oposición. 

Por eso la pregunta ahora va más directa a los discípulos cercanos para que manifiesten que es lo que ellos piensan de Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Pedro se adelanta a responder. Como en otras ocasiones que dirá que por Jesús está dispuesto a todo. Ahora confiesa la fe que ha nacido en él desde un corazón muy lleno de amor a Jesús. ‘Tú eres el Mesías’. 

Los otros evangelistas darán la respuesta más completa, ‘tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Y nos comentarán que Jesús le dice a Pedro que si ha sido capaz de decir eso no lo ha hecho por sí mismo sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Marcos nos dirá que ‘les prohibió terminantemente decírselo a nadie’, como cuando la teofanía del Tabor que les dijo que no hablaran de ello hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

No deben decirlo a nadie para que la gente no entre en confusiones sobre lo que era realmente la misión del Mesías. Ya sabemos lo que pensaban, un Mesías liberador de Israel de la opresión de los romanos, un Mesías con un carácter más político y guerrero que profético. Cuántas confusiones tenemos nosotros también en la cabeza en ocasiones de lo que ha de ser nuestra fe en Jesús. 

Por eso ahora comenzará Jesús a explicarles lo que realmente le va a pasar. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y se los explicaba con toda claridad’, comenta el evangelista.

Pero si era difícil para ellos entender lo que era la misión del Mesías por la idea que se habían hecho, difícil les era ahora comprender y aceptar las palabras de Jesús que anunciaba su pasión, muerte y resurrección. Esto no le podía pasar a Jesús. Había tanta gente que lo quería, como lo querían ellos, como lo quería Pedro. Era inconcebible que sucedieran esas cosas que anunciaba Jesús. Pedro tratará de quitarle la idea de la cabeza a Jesús.

Jesús lo rechaza. Es como una tentación para él. ‘¡Apártate de mí… tu piensas como los hombres, no como Dios!’ Nuestras maneras de pensar a lo humano. Cuánto les costó a los discípulos darle la vuelta de verdad a su corazón, a sus ideas, a su manera de pensar y actuar. Tantas veces vemos a Jesús enseñar y corregir cuales habían de ser esas actitudes nuevas que tendrían que resplandecer en sus vidas.

Los reconocimientos y las grandezas nos encandilan. El poder es una tentación que está ahí al acecho; y cuando hablamos de poder no será necesario en grandes cosas, pero siempre queremos estar por encima, ser más. Ya Jesús allá en el desierto había sido tentado por el diablo con ese brillo del poder, de la grandeza, del reconocimiento a lo humano y había rechazado las tentaciones. Jesús mismo cuando tenga que enfrentarse a lo que estaba ahora anunciando sentiría también en él la debilidad humana y preferiría no beber el cáliz. Pero estaba por encima el cumplir la voluntad del Padre, aceptar el plan de Dios, realizar la salvación desde la entrega y el amor supremo hasta el final.

Subir el camino de la pascua no siempre es fácil cuando vislumbramos que en esa pascua tiene que haber pasión y muerte para poder llegar a la resurrección. Hacer ese camino de entrega hasta el sacrificio, de la donación total hasta olvidarse de sí mismo no siempre es fácil. Seguir a este Jesús que es el Mesías y Salvador, pero implicando nuestra vida totalmente en ese salvación que El nos da que se tiene que manifestar en una vida nueva en la que hemos de dejar atrás ese hombre viejo de la ambición, del orgullo, de los afanes de grandeza y de superioridad, del egoísmo y de la insolidaridad, no siempre es fácil. Proclamar nuestra fe en Jesús con todas sus consecuencias para que no se quede en palabras bonitas es algo realmente comprometido. 

Por eso a Pedro le asustan las palabras de Jesús. Confiesa, es cierto, su fe en Jesús proclamándolo como el Mesías Salvador y el Hijo de Dios pero eso le exigirá emprender un camino nuevo. Preferiría no oír hablar de esas cosas.  Jesús viene a purificar su pensamiento, su corazón; viene a ayudarle a comprender de verdad por donde tienen que ir el camino del Evangelio, del Reino de Dios. Por eso terminará diciéndole que ‘quien quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. 

Es el camino que hace Jesús entregando su vida por amor. Sólo el que es capaz de esa entrega podrá tener vida para siempre, podrá alcanzar la salvación. ‘Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará’. Y nosotros que queremos nadar y guardar la ropa, que queremos seguir haciéndonos nuestras reservas por si acaso, que andamos muchas veces midiendo hasta donde podemos llegar y lo que no podemos traspasar quedándonos en el límite. 

Pero el estilo de los que siguen a Jesús tiene que ser distinto. ‘Sólo los arriesgados, los esforzados, alcanzarán el Reino de los cielos’, como nos dirá en otra ocasión. La generosidad de nuestra entrega, la disponibilidad de nuestro corazón, el entusiasmo que hemos de poner en el seguimiento de Jesús para darlo todo, porque aspiramos a poner nuestro tesoro allí donde no nos lo pueden robar. Cuántas cosas nos enseña Jesús. 

Que nuestra fe no se nos quede en palabras. Confesemos nuestra fe en Jesús pero que se manifieste discesa confesión en las obras de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestro compromiso por un mundo mejor.