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sábado, 6 de junio de 2015

Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… vanidades de las que tenemos que despojarnos

Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… vanidades de las que tenemos que despojarnos

Tobías 12, 1.5-15.20;Sal: Tb 13; Marcos 12,38-44
Por qué y para qué hacemos las cosas es algo que quizá muchas veces nos planteamos pero a lo que intentamos dar una respuesta rápida y que en cierto modo nos satisfaga. Nos complacemos en decir que en nosotros no hay mala voluntad, que lejos de nosotros la vanidad o que busquemos con aquello bueno que hacemos algun tipo de beneficio para nuestra vida o nuestras cosas. Digo es una respuesta fácil y rápida que queremos dar queriendo justificarnos o quizá ocultar lo que se nos puede meter por medio de vanidad o vanagloria por aquello que hacemos. Al final nos sentimos buenos y nos autojustificamos.
Sí, es algo que tenemos que plantearnos seriamente, porque en el fondo no queremos pasar desapercibos. Decimos que no buscamos la vanidad, pero bueno que nos reconozcan aquello que hacemos no nos hace daño. En el fondo sentimos un cierto orgullo dentro de nosotros cuando nos reconocen algo bueno que hemos hecho, y tenemos la tentación de presentarlo como tarjeta de visita medio camuflada ante los demás para que vean que somos buenos y se puede confiar en nosotros.
Pero digo algo más, en mi reflexión, ¿no nos puede suceder esto también ante Dios cuando desde nuestros apuros o nuestras necesidades acudimos a El pidiendo su ayuda, pero en el fondo queriendo algo asi como recordarle que nosotros hemos sido buenos y hemos hecho tantas cosas buenas? Estaría bien que ahora Dios nos escuchara y nos concediera aquello que le pedimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos quiere hacer reflexionar sobre esas actitudes que ocultamos, pero que en el fondo podemos tener. Está Jesús observando a la puerta del templo a los que van entrando en él, y como por allí cerca está el arca de las ofrendas va viendo también los que allí se acercan para poner sus limosnas.
Y Jesús que ha visto los que con toda pomposidad  han puesto sus generosas y ricas ofrendas sin embargo se fija en una pobre y humilde viuda que pone solamente dos reales en su ofrenda. Y Jesús dirá de ella que ha puesto mucho más que los que pusieron grandes cantidades, porque Jesús ha visto el corazón de aquella pobre mujer que calladamente ha querido pasar desapercibida pero ha puesto de lo poco que tenía para vivir.
‘Cuidado con aquellos a los que les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos’. Jesús les advierte, cuando ve a los que ostentosamente ahora van poniendo sus ofrendas. Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… que nos tengan en cuenta, que vean lo que nosotros valemos, que nosotros también hacemos muchas cosas buenas… cuantas cosas se nos pasan por nuestro interior tantas  veces. ¡Cúanto nos cuesta despojarnos de esas vanidades!
Pero Jesús se fija en los pequeños, en los humildes, los que pasan desapercibidos. De aquella pobre viuda no sabemos el nombre, no sabemos como se llamaba aquella mujer adultera y pecadora que iban a apedrear, ni sabemos como se llamaba la samaritana, pero recordamos su generosidad, su humildad para sentirse pequeña y pecadora allá tirada por los suelos, o su búsqueda de Dios.
El Señor mira nuestro corazón. Valora nuestra humildad y que nos sintamos pequeños. El Señor enaltece a los humildes, mientras a los ricos y poderosos dejó sin nada, como cantaría María en el Magnificat. ¿Cuáles son las verdaderas actitudes que hay en nuestro corazón? Cuanto nos cuesta vivir las actitudes y los valores que nos enseña el Evangelio.


viernes, 5 de junio de 2015

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Tobías 11, 5-17; Sal 145; Marcos 12, 35-37
Durante la semana en la primera lectura hemos venido escuchando la historia de Tobías a través de unas cuantas pinceladas. Aquel hombre y con un corazón compasivo y misericordioso que dejaba la comida en la mesa para ir a enterrar a los muertos en una hermosa obra de misericordia. Pero la desgracia cayó sobre él, como escuchamos estos días, quedándose ciego; la ceguera entrañaba pobreza al no poder realizar ningún trabajo pero no decayó su esperanza y la fe que había puesto en el Señor. Hoy hemos escuchado como recobra la visión al regreso de su hijo de un largo viaje acompañado por el arcángel Rafael, como un signo de la presencia del Señor que nunca les abandonaba.
Puede decirnos muchas cosas. Con ojos de fe también hemos de saber leer el devenir de nuestra vida en la que también muchas veces nos vemos envueltos en muchas oscuridades, como le sucedió a Tobías. No debe decaer nuestra fe y nuestra esperanza.
Muchas veces los errores que cometemos en nuestra vida o el mal por el que nos dejamos arrastrar nos trae consecuencias llenas de problemas y dificultades, pero otras veces, sin buscar ninguna culpa personal, la vida nos trae también esos problemas, esas nubes que nos ensombrecen; pueden ser también las limitaciones que nos aparecen en la vida, las enfermedades que afectan a nuestro cuerpo, o quizá también la convivencia que se nos pueda hacer difícil con los que nos rodean.
¿Nos dejamos hundir en nuestro mal? ¿O sabremos hacer una lectura de lo que nos sucede para descubrir quizá una llamada del Señor que de alguna manera quiere manifestarse en nuestra vida? Detrás de esos acontecimientos de la vida, muchas veces duros que el Señor permite que nos aflijan, hemos de mirar más allá y llenos de esperanza vislumbrar o esperar aquello que el Señor un día querrá darnos.
Tobías no perdió la fe ni la esperanza y un día recobrará de nuevo la visión, la luz volvió a sus ojos. La luz del Señor siempre nos ilumina, aunque algunas veces no sepamos distinguirla. Nos toca mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza. El camino puede ser duro y difícil, pero tengamos la certeza de la presencia del Señor a nuestro lado. Vendrá la salud, vendrá la solución de los problemas, vendrán caminos nuevos que se nos abren en la vida donde podamos seguir dando frutos. Mantengamos la esperanza. Siempre pondrá un ángel a nuestro lado, como el arcángel Rafael acompaño al joven Tobías indicándole en cada momento lo que tenía que hacer y aquel joven se dejó conducir.
Qué hermosa lección para nuestra vida que nos hace mantener firme esa confianza en el Señor. Algo quizá esté preparando el Señor para nosotros.

jueves, 4 de junio de 2015

Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás

Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás

Tobías,  6,10-11;7,1.9 -17;8,4-9a; Sal 127; Marcos 12,28b-34
‘Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. El que había hecho la pregunta es el que ahora hace la afirmación como corroborando lo que Jesús había respondido.
Era un maestro de la ley. Luego la pregunta no era porque no lo supiera. Jesús se limitará a citar textualmente lo que estaba en la Escritura y cada día todo buen judío repetía. Luego aquella pregunta tenía sus intenciones. Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica pero enseñaba a gente y les hablaba de Dios. Con que autoridad se habían preguntado en alguna ocasión e incluso habían venido hasta El para reclamarle. La pregunta que ahora le hace este maestro de la Ley ¿podría ser como un examen para cerciorarse de que enseñaba correctamente? Ya sabemos cómo andaban a ver cómo lo cazaban en sus palabras porque había algo nuevo en Jesús que rompía sus esquemas.
Pero quedémonos en la pregunta en sí y en la respuesta de Jesús porque podría tener hermosa enseñanza para nuestra vida que nos hiciera reflexionar. Amar y amar con todo el corazón y todo el entendimiento a Dios y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Cuántos holocaustos y sacrificios se ofrecían cada día en el templo de Jerusalén y Jesús les dirá que solo le aman con los labios, que su corazón está lejos de Dios.
Nos puede suceder también a nosotros. También cumplimos, también hacemos cosas, también hay momentos hasta en los que nos sacrificamos, hasta nos desprendemos muchas veces de lo nuestro porque queremos colaborar o respondemos a llamadas que nos hacen, pero eso no impide que nos preguntemos cómo es nuestro amor.
Sí, es cierto, que hacemos todo eso en nombre de una fe y también porque decimos que amamos a Dios, pero ¿cuál es la medida de nuestro amor? ¿Es un amor así, como se nos está diciendo hoy, con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser o,  como decimos en la formulación de los mandamientos, sobre todas las cosas? Y el amor que le tenemos al prójimo, ¿cómo es? ¿lo amamos de verdad como a nosotros mismos? Lo que queremos o no queremos para nosotros, ¿lo queremos o no lo queremos para los demás?
Eso tenemos que examinarlo de forma práctica en el día a día de nuestra vida fijándonos a la hora de nuestra relación con Dios, por ejemplo, si nos sucede que no tenemos tiempo para Dios y para su culto - la celebración de la Eucaristía del domingo - porque hay otras preferencias en nuestra vida.
Y lo mismo en nuestra relación con los demás. Examinemos de forma concreta cómo somos comprensivos con ellos como queremos que sean comprensivos con nosotros, por ejemplo; cómo sentimos las necesidades de los demás como si fueran algo que nos pasa a nosotros y somos capaces de compartir aunque nos saquemos el pan de nuestra boca para dárselo a los otros; cómo defendemos el honor de los demás en nuestras conversaciones, en juicios y criticas, como si de nuestro honor se tratara. Muchas cosas podríamos seguir preguntándonos de forma concreta.
Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

Tobías 3,1-11.24-25; Sal 24; Marcos 12,18-27
 ‘A ti, Señor, levanto mi alma. Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mi con misericordia, por tu bondad, Señor…’ Así hemos rezado hoy poniendo toda nuestra confianza y toda nuestra esperanza en el Señor. Es grande la misericordia del Señor y a ella nos acogemos.
Este salmo lo hemos rezado hoy en la Eucaristía después de escuchar la oración, la súplica llena de esperanza de Tobías en la primera lectura. Hemos venido escuchando desde el lunes la historia de Tobías. Un hombre bueno, un hombre justo, un hombre lleno de misericordia que la ejercitaba para con los demás. Se manifiesta en la obra de misericordia de enterrar a los muertos aunque su vida se viera en peligro. Pero él confiaba en el Señor.
Sin embargo su vida se ve turbada por una ceguera grande en sus ojos. En su pobreza y necesidad, ser ciego era sinónimo de ser pobre porque no podía ejercer ningún trabajo con el que ganarse la vida, sigue poniendo su esperanza en el Señor. Sentirá los reproches de su mujer, la lástima pero también los comentarios y murmuraciones de las gentes. El se mantenía firme e ‘imperturbable en el temor del Señor, dándole gracias todos los días de su vida’. Respondía a lo que le decían expresando su esperanza porque, les decía, ‘somos descendientes de un pueblo santo y esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.
Es la oración que hoy escuchamos. Se siente pecador, se siente humillado y despreciado, pero sigue confiando en Dios. ‘Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad, tú eres el juez del mundo. Tu, Señor, acuérdate de mi y mírame; no me castigues por mis pecados, mis errores…’ suplica al Señor. Desea morir pero pone su vida en las manos del Señor y el Señor lo escucha, que es lo que escucharemos en los próximos días. ‘El Dios de la gloria escuchó la oración de los dos, y envió a Rafael para curarlos’, haciendo referencia también a Sara, la que sería la esposa de su hijo Tobías.
Es la oración llena de esperanza que nosotros también hemos de hacer. Nuestra vida se ve perturbada por muchas cosas, problemas, sufrimientos, abandonos, soledades, incomprensiones, descalificaciones y desprecios que podamos sufrir de los demás, pero nuestra esperanza la hemos de tener puesta en el Señor, manteniéndonos en el camino recto, haciendo el bien, actuando con misericordia siempre para con los demás y en la esperanza de la vida eterna.
Sepamos descubrir la presencia de ese ángel del Señor que Dios nos envía y pone a nuestro lado para ayudarnos a caminar por ese camino recto de bondad y de justicia. No busquemos señales extraordinarias, sino en quienes están a nuestro lado el Señor puede dejarnos las señales de su presencia.
Recordamos siempre que la ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza.



martes, 2 de junio de 2015

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17
¿Está reñida nuestra fe en Dios con el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas en medio de la sociedad en la que vivimos? Podría ser quizá la pregunta que nos surja en nuestro interior al escuchar los planteamientos que le hacen los herodianos a Jesús, tal como escuchamos hoy en el evangelio.
Sabido es que con la pregunta capciosa que le hacían a Jesús pretendían ver en que podían cazarlo para tener de qué acusarlo. No podemos olvidar que cuando acuden a Pilatos buscando la sentencia de muerte para Jesús lo acusan de querer hacerse rey, y en consecuencia que Jesús pretendía subvertir el orden establecido. En la época de Jesús bien sabemos la situación que vivían los judíos sometidos a Roma y cómo había movimientos como los zelotas o los herodianos que se oponían de la forma que fuera a esa situación y en cierto modo había como una guerra de guerrillas en contra de los romanos. Pretenden quizá mezclar a Jesús en esos asuntos y bien vemos cómo Jesús no se deja cazar.
Pero en el fondo para nuestra reflexión sigue estando la pregunta que nos hacíamos al principio. Hoy Jesús responde que dar al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, fijándose en la moneda al uso entonces con la inscripción de la figura del César. ¿Dónde están nuestras obligaciones cívicas y qué lugar ha de ocupar en todo ello nuestra fe, nuestra relación con Dios? o podíamos hacernos la pregunta al revés, ¿dónde está nuestra fe en Dios y que lugar han de ocupar en todo ello nuestros deberes para con la sociedad en la que vivimos?
Como creyentes con una fe auténtica y bien fundamentada sabemos que Dios ha de ser, es cierto, el centro y el sentido de toda nuestra vida. En El encontramos la razón de ser de nuestra existencia y desde su luz encontramos el sentido de todo lo que hacemos y vivimos. Y vivimos en un mundo concreto, insertos en una sociedad, porque no somos unos individuos aislados, sino que hemos de tener bien claro ese sentido social de nuestra existencia que nos hace vivir en medio de los demás y con los demás. Y juntos construimos ese mundo en el que vivimos queriendo hacerlo cada día mejor, donde todos vivamos dignamente y donde también cada día podamos ser más felices.
Ahí están, tienen que estar, nuestras luchas y nuestros compromisos. Y desde el sentido de vida que tenemos queremos poner los fundamentos de ese mundo y de esa sociedad. Y aportamos nuestros valores, y actuamos movidos desde nuestros principios que además van a dar mayor humanidad a nuestro mundo y nos ayudan a trabajar más comprometidamente por el bien y la justicia.
Y ahí tenemos que decir entonces nos encontramos con nuestra fe en el Dios que da sentido a nuestra vida y nos plantea un estilo y un sentido de vivir. Y desde ahí no solo encontramos la fuerza para esa lucha y esos compromisos sino que viene a iluminar nuestra manera de actuar. No es ajena entonces nuestra fe a nuestros deberes cívicos. Es más ahí tenemos que manifestarnos con respeto, pero también valientemente con nuestra fe que también puede iluminar a los demás. No podemos ocultar nuestra fe. No podemos ocultar lo que es el sentido profundo de nuestra vida. 

lunes, 1 de junio de 2015

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Tobías 1,3;2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12
Veían que la parábola iba por ellos, pero temieron a la gente y dejándolo allí se marcharon’. Entendieron lo que Jesús les decía, pero eso no significaba que lo iban a aceptar y recibirlo como una palabra de salvación para ellos. ‘Querían echarle mano… temieron a la gente… dejándolo se marcharon’.
Cuanto nos dice esto. Es cierto que en aquel momento Jesús pronunció aquella parábola haciendo una referencia muy concreta y específica por aquellos sumos sacerdotes, letrados y fariseos que allí estaban escuchándole. La parábola de la viña tan cuidadosamente preparada por su propietario es todo un resumen de lo que había sido la historia de la salvación para aquel pueblo, que ahora llegando el Hijo de Dios le rechazaban; fuera de Jerusalén habría de morir Jesús también, pero no le íbamos a arrebatar la herencia, sino que El quería hacernos sus coherederos.
Pero nosotros hoy tenemos que escuchar esta Palabra como dicha en concreto a nosotros. También tenemos que decir que la parábola va por nosotros. Y también nosotros en realidad muchas veces nos hacemos oídos sordos a la Palabra que el Señor nos dirige; nos damos cuenta que está diciéndola por nosotros pero miramos para otra parte; tenemos la tentación de la rebeldía ante lo que nos dice o nos pide el Señor, o también nos sentimos tentados por nuestras cobardías, porque sabiendo lo que tenemos que hacer no lo hacemos; como decíamos, miramos hacia otra parte, nos hacemos sordos, decimos que no va por nosotros sino que esto le valdría bien a los que nos rodean.
Cuantas veces en la vida rehuimos a aquel que sabemos que nos va a decir la verdad, que nos va a hablar claramente; cuando veces no queremos ponernos a tiro y buscamos disculpas para irnos por aquí o por allá, con tal de no escuchar aquello que en fondo sabemos que no nos conviene. Pero somos cobardes, no damos el paso hacia adelante en eso que tenemos que mejorar en la vida o en aquello a lo que tenemos que comprometernos.
Ahí tenemos la viña del Señor puesta en nuestras manos y ¿qué hacemos? ¿Damos frutos? Es nuestra vida con tantas cosas buenos que hemos recibido; son esos dones de Dios, esos talentos, esos valores que Dios ha sembrado en nosotros, en nuestras cualidades, en eso para lo que estamos capacitados, pero que sin embargo tantas veces enterramos el talento.
Y al final nos damos cuenta que tenemos las manos vacías, que no tenemos nada que presentarle al Señor porque hemos ido dejando pasar la vida de una forma insulsa, sin compromiso, sin desarrollar esas cualidades, sin hacer esas cosas buenas que estaba en nuestras manos poder realizarlas.
Que también nos demos cuenta que el Señor habla por nosotros, para nosotros; y el Señor se vale de muchas cosas y muchas personas a nuestro lado para hacernos llegar su mensaje de salvación. No nos hagamos oídos sordos.

domingo, 31 de mayo de 2015

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20
Cuando terminamos el ciclo de todas las grandes fiestas litúrgicas hoy la Iglesia nos invita a decir, a gritar, a proclamar con todo el ser de nuestra vida, ¡Gloria! Sí, gloria a Dios que nos ha revelado el misterio de su ser, que nos ha manifestado su amor, que nos ha inundado con su gracia, que en su amor nos ha enviado a su Hijo para ser nuestra salvación, que nos regala la fuerza de su Espíritu para que en su Hijo seamos hijos. Sí, ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!
Es lo que hemos venido celebrando desde la Navidad a la que nos preparábamos con el espíritu del Adviento; es lo que hemos celebrado en la Pascua haciendo el camino purificador de la Cuaresma; es lo que se ha ido prolongando a través de todo el tiempo pascual hasta que celebramos el don del Espíritu en el pasado domingo de Pentecostés.
Pero todo eso no ha sido sino revelarnos ese amor de comunión que hay en Dios, en sus tres divinas personas, para que vivamos en El, para que vivamos en esa misma comunión, en ese mismo amor, viviendo la misma vida de Dios.
Hoy en el final del evangelio de san Mateo hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo ‘haciendo discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’.
¿Qué significan estas palabras de Jesús, este mandato de Jesús? No es simplemente a hacer un rito para el que se nos dan unos signos y se nos señalan unas palabras que hemos de decir. Comienza diciéndonos que hagamos discípulos de todas las gentes; como lo había hecho Jesús con ellos. ¿Qué es el discípulo sino el que vive lo mismo que vive su maestro? El discípulo no es solo el que aprende algunas cosas de su maestro; discípulo es el que sigue el mismo camino, vive la misma vida.
Es lo que está pidiendo Jesús, hacer discípulos para vivir la misma vida de Jesús, que es vivir la misma vida de amor y de comunión que hay en Dios. ¿No nos había dicho Jesús que El y el Padre eran uno y quien le veía a El veía al Padre? ¿No nos había dicho Jesús que si le amábamos y cumplíamos sus mandamientos El habitaría en nosotros y nosotros en El?
Nos dice Jesús que nos hagamos discípulos para sumergirnos en Dios, para vivir en Dios en su misma vida que es vivir en su mismo amor y comunión y Dios viva en nosotros. Es lo que nos está diciendo con sus palabras, ‘bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’.
¿Qué significa eso? Bautizar no es simplemente echar agua por encima; bautizar es sumergirse en el agua - hemos simplificado demasiado el rito del agua y del bautismo haciendo que en cierto modo se diluya su sentido - . Nos bautizamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que es sumergirnos en Dios, empaparnos de Dios llenándonos e inundándonos de Dios, viviendo, repito, su misma vida y su mismo amor; viviendo en nosotros también esa comunión de amor que existe en Dios.
Llenos así e inundados de Dios y de su amor y su vida, nos sentimos amados de Dios como hijos. Aquello que nos decía san Juan ‘mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Lo que hoy nos está diciendo san Pablo, ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios. Habéis recibido… un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’.
Claro que tenemos que decir ¡Gloria! El misterio de Dios que hoy contemplamos y celebramos no lo vemos como a distancia y lejano a nosotros, sino que tenemos que estarlo sintiendo y experimentando en nuestra propia vida con todas sus consecuencias. Quienes confesamos nuestra fe en Dios, en el misterio admirable y maravilloso de Dios, ya nos tenemos que sentir de otra manera, nuestra vida tiene que ser distinta, tener otros parámetros, otra manera de vivir y de actuar.
Y es que estamos sintiendo un Dios cercano, tan cercano que llena nuestra propia vida. Si Moisés en el Deuteronomio les hacía reflexionar para que consideraran lo que era la grandeza de su fe en un Dios cercano, un Dios que estaba con ellos caminando en su misma historia y eso tendría que hacerles caminar en una fidelidad mayor, cuánto más nosotros cuando descubrimos todo este misterio de amor y de comunión que nos revela Jesús, del que nos podemos llenar en su Espíritu.
¿Por qué nos dice Jesús que su único mandamiento es el amor? Porque no tenemos que hacer otra cosa que vivir en ese mismo amor de Dios, que se hace comunión, que abre nuestro corazón y nuestra vida a los demás, que nos hace caminar juntos de una manera nueva, que nos lleva a que por nuestra comunión de hermanos revelemos al mundo la maravilla de la comunión de amor que es Dios. ‘Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, os he manifestado’, que nos decía Jesús.
Y tenemos la certeza de estará con nosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Así habita Dios en nuestros corazones inundándonos de su amor.

sábado, 30 de mayo de 2015

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

Eclesiástico 51,17-27; Sal 18; Marcos 11,27-33
‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ vienen los judíos a reclamarle a Jesús. El día anterior había limpiado Jesús el templo arrojando fuera a los vendedores y cambistas que habían convertido en un mercado el templo del Señor. En lugar de casa de oración, de lugar de encuentro con Dios se había convertido en una cueva de bandidos.
Ya conocemos bien lo que sucede siempre en todas partes. En torno a cualquiera lugar de especial devoción aparece enseguida como un enjambre la multitud de los que quieren aprovecharse de la situación. Sucede así en torno a todos los santuarios religiosos hoy también. Todos queremos llevarnos un recuerdo del lugar o tener quien nos facilite las ofrendas religiosas que queremos hacer y aparecen los comercios, aparece el mercado, aparece la utilización de lo sagrado.
Terrible sería que no solo sucediera en los alrededores sino que sucede también dentro de nuestros lugares sagrados. Creo que a pesar de los siglos y a pesar de muchas cosas buenas que intentamos hacer este evangelio no ha hecho mucha mella en nosotros los cristianos. Cuánta renovación y cuanta purificación también de nuestra Iglesia y nuestras prácticas religiosas tendríamos que hacer.
Pero centrémonos en lo que cuestionan a Jesús. No entendían, o no querían entender lo que Jesús hacia. Además aquello trastocaba sus planes y su manera pensar y de actuar. Cuesta entrar en un camino de renovación. No solo son dudas sino muchas veces reticencias que nos ciegan, nos impiden ver con claridad. Se sentían muy seguros de si mismos y no abrían su corazón a lo que Jesús les ofrecía, a su nueva vida.
Por eso vienen con sus planteamientos y exigencias. ¿Con qué autoridad? ¿Quién te ha dado velas en este asunto?  Pero eso no era lo que pensaban por ejemplo aquellos que acudían a Jesús reconociendo sus propios males, sus sufrimientos físicos o del corazón. Que se lo digan al ciego Bartimeo allá del camino de Jericó; o aquel ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, o al paralítico de la piscina que llevaba treinta y ocho años enfrente del agua que podría sanarle y había venido Jesús y le había salvado;  que se lo pregunten a los leprosos que se atrevían a acercase a Jesús con la seguridad de que en El iban a encontrar la salud y la salvación; que se lo pregunten a Zaqueo el que bajó de la higuera para recibir a Jesús en su casa o a la mujer pecadora que se lo gastó todo en perfumes para ir a llorar a los pies de Jesús.
Todos ellos se sentían necesitados de salvación y acudían a Jesús porque sabían que en El podían encontrarla. Los que se mantenían a distancia, mirando las cosas desde lejos pero para juzgar y condenar no podrían ver la luz, no podrían encontrarse con la salvación y siempre estarán preguntando lo mismo, ¿con qué autoridad haces esto? ¿quién eres tú para que creamos en ti?
Nosotros, ¿en qué grupo estamos? ¿Nos sentiremos necesitados de la salvación y en el amor de Jesús seremos capaces de descubrir todo el amor que Dios nos tiene?

viernes, 29 de mayo de 2015

La higuera muy frondosa y llena de hojas pero sin fruto es imagen de nuestra propia vida y los frutos que no damos

La higuera muy frondosa y llena de hojas pero sin fruto es imagen de nuestra propia vida y los frutos que no damos

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11,11-26
Escuchando el evangelio de hoy comienzo preguntándome si en verdad mi oración al Señor es con verdadera y profunda fe poniendo radicalmente mi confianza en Dios. Presuponemos la fe en nuestra oración, porque de lo contrario no tendría sentido salvo que sea una rutina tan grande que no sepa ni lo que estoy haciendo. Pero ¿mi fe y mi confianza son totales en que Dios de verdad me escucha?
Reconocemos que muchas veces nos llenamos de dudas porque nos parece que Dios no nos concede lo que le pedimos tal como se lo pedimos. Claro que tenemos que entender que poner totalmente esa fe en Dios no es para mover montañas o higueras de un sitio para otro. Lo primero que tiene que moverse de verdad es mi corazón para confiar en el Señor y creer en su Palabra. Es a lo que nos está invitando hoy Jesús en el evangelio.
Todo parte en el evangelio del hecho de que Jesús en el camino de Betania a Jerusalén se acerca a una higuera muy frondosa y llena de hojas pero en la que no encuentra fruto. Por las palabras de Jesús al día siguiente Pedro se dará cuenta de que la higuera está seca. De ahí parte lo que Jesús nos dirá de la oración.
Pero en esa higuera muy frondosa y llena de hojas pero que no tiene fruto también tendríamos que reflexionar en relación a nuestra propia vida y a los frutos que tendríamos que dar y que quizá no damos. Entre los agricultores una planta muy llena de hojas pero que no da fruto se suele decir que está llena de vicio; así recuerdo oírle decir a mi padre. Esto tendría que hacernos reflexionar sobre nuestra vida en muchas ocasiones muy llena de apariencias pero que realmente no da fruto. ¿Será acaso porque no la hemos cuidado convenientemente?
Los agricultores podan las vides y los árboles para que puedan dar buenos frutos además de todos los cuidados de abonos y demás atenciones que les dan. ¿No será algo de eso lo que nos puede faltar en nuestra vida porque quizá no tenemos una honda espiritualidad o no somos capaces de podar en nosotros aquellos brotes malos, viciosos, que pudieran ir apareciendo en nuestra vida?
Tenemos que purificar nuestra vida. Hoy también contemplamos a Jesús que purifica el templo de todas aquellas cosas que se habían ido introduciendo en él, traficantes, vendedores, cambistas… de manera que más parecía un mercado o una cueva de bandidos, como hoy nos dice. Son tantas las cosas de las que vamos llenando nuestra vida, tantos los apegos a los que nos esclavizamos, tanta la superficialidad con que muchas veces vivimos, de los que tenemos que purificarnos para darle verdadera profundidad a nuestro ser, crecer en una auténtica espiritualidad, hacer crecer nuestra fe para que demos verdaderos frutos de santidad.
Y Jesús terminará dándonos una hermosa recomendación. ‘Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. Con un corazón limpio de maldad, del que hemos alejado toda clase de rencores y resentimientos tenemos que acudir al Señor en nuestra oración. Por eso cuando nos dé el modelo de nuestra oración en la petición de perdón a Dios nos enseñará: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Y es que cuando oramos al Señor y le pedimos perdón ya ha de ir por delante ese perdón que nosotros les ofrecemos siempre generosamente a los demás. En la misma oración el Señor nos ayudará para que podamos hacerlo.


jueves, 28 de mayo de 2015

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23; Sal. 39; Lc. 22, 14-20
‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios…’ Así hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
El es el Sacerdote eterno, que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la Nueva Alianza en su Sangre derramada para el perdón de los pecados; es nuestro Redentor y nuestro Salvador; es el Pontífice que está sentado para siempre a la derecha del Padre en los cielos, como confesamos en el Credo, intercediendo para siempre por nosotros.
Tenemos ya para siempre ‘entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ por el sacrificio de su vida. En la antigua alianza al Santuario no podía entrar sino el sumo sacerdote una vez al año; ahora ya tenemos la entrada libre porque Cristo nos ha abierto las puertas de los cielos; El se ha ofrecido, ha derramado su sangre para siempre para que para siempre podamos acercarnos a Dios. El se ha ofrecido en sacrificio por nosotros y nuestros pecados están perdonados; El en su Sangre nos ha consagrado haciéndonos participes de su vida para siempre.
Es lo que hoy celebramos contemplando a Cristo sumo y eterno sacerdote, pero que a nosotros, a todos en virtud del bautismo nos hace sacerdotes, para que podamos hacer ofrendas espirituales y agradables a Dios con nuestra vida. Al ser ungidos en el Bautismo con Cristo nos hemos convertido en sacerdotes, profetas y reyes. Todos tenemos que darle gracias a Dios; hoy es una oportunidad grande para hacerlo.
Pero como decimos en el prefacio de la misa de este día ‘El no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo tu pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de esta sagrada misión’. Como hemos escuchado en el Evangelio cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía instituye también el nuevo sacerdocio; ‘haced esto en memoria mía’, les dice a los apóstoles para que para siempre pudiéramos seguir haciendo presente de forma sacramental el sacrificio de Cristo. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte de Jesús, como nos dice san Pablo, estamos celebrando el sacrificio de Cristo en la Cruz; y eso por el ministerio de los sacerdotes.
Es por lo que este día se convierte en un día sacerdotal por excelencia; por el sacerdocio de Cristo del que todos somos partícipes, pero también por el sacerdocio ministerial de aquellos elegidos del Señor para este servicio del pueblo de Dios.
Como decíamos, un día de acción de gracias por el sacerdocio de Cristo y por los sacerdotes que El ha elegido para servir al pueblo santo; un día para orar con intensidad por los sacerdotes para que podamos vivir en la gracia del Señor con esa santidad de nuestro ministerio. Un día para pedir también al dueño de la mies que envíe suficientes operarios a su mies, para que sean muchas las vocaciones al sacerdocio; un día para pedir por las vocaciones. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

La verdadera grandeza de la persona y nuestra verdadera felicidad está en la capacidad para servir haciendo felices a los demás

La verdadera grandeza de la persona y nuestra verdadera felicidad está en la capacidad para servir haciendo felices a los demás

Eclesiástico 36,1-2a.5-6.13-19; Sal 78; Marcos 10,32-45
La verdadera grandeza de la persona está en su capacidad para servir, en su disponibilidad para ponerse siempre en esa actitud de servicio a los demás. No está nuestra grandeza en los títulos que poseamos ni en el poder que podamos tener, sino en esa actitud de servicio.
Esto dicho así a todos nos puede parecer hermoso, pero tenemos el peligro que se nos quede en bonitas palabras, porque en el fondo, aunque hagamos muchas cosas buenas y de servicio hacia los demás, pueden aparecernos nuestros orgullos y ambiciones quizá de una forma camuflada y en aquello bueno que hagamos estemos buscando un reconocimiento o algún tipo de ventaja para nuestra vida.
Y esto que tenemos que vivirlo en todos los ámbitos de nuestra vida porque además siempre hemos de estar en una relación con los demás se tendría que hacer como más visible y palpable en aquellos que puedan ejercer algún tipo de responsabilidad en medio de la comunidad, en medio de la sociedad, ya sea en el ámbito de la sociedad civil en sus muchas instituciones, como también en nuestro ámbito eclesial.
En momentos pasados de nuestra historia quienes ocupaban algún tipo de responsabilidad en esos ámbitos tenían y hasta exigían el reconocimiento en los tratamientos o títulos con que se les trataba. En la sociedad actual hemos hecho desaparecer esos títulos de excelencia y se nos llena la boca al decir que somos iguales que los demás y que esos títulos de excelencia son cosas anacrónicas que no queremos utilizar.
Pero nos sucede también que sin embargo nos sentimos tentados a buscar otro tipo de reconocimiento por nuestras influencias o nuestro poder que se pudieran transformar en una serie de ganancias y ya sabemos a lo que nos referimos. Pronto quitando los brillos de las excelencias sin embargo tenemos el peligro de la manipulación de los individuos o de las cosas que desembocan en muchos tipos de corrupción de lo que estamos cansados de escuchar en nuestra sociedad actual. Y eso nos puede suceder en todos los ámbitos del entramado de la vida social.
A todos nos viene bien escuchar el evangelio que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia. Por allá andaban tentados los discípulos a buscar esas ganancias o reconocimientos del poder. Y no fueron solo los dos discípulos que se atrevieron a pedir primeros puestos a Jesús, uno a la derecha y otro a la izquierda. Pronto vemos que el resto de los discípulos llenos de envidia y ocultado quizá sus ambiciones andaban por allá inquietos y murmurando. Jesús les dice que ese no puede ser nunca el sentido ni el estilo de ninguno de sus discípulos.
‘No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’, les dice a los dos hermanos Zebedeos. Pero a continuación les dice a todos: ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Nos ayuda a descubrir la verdadera grandeza, el verdadero estilo y sentido de nuestro vivir.
Pero añade el gran motivo: ‘Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’. Nuestro modelo lo tenemos en Jesús. El servicio nos dolerá en ocasiones en el alma, porque nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos y de nuestras primarias ambiciones. Pero tendremos el gozo del  bien y del amor que derramamos sobre los demás que es lo que haciendo felices a los otros nos hará a nosotros también las personas más felices del mundo.

martes, 26 de mayo de 2015

Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor que en El está nuestra gloria

Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor que en El está nuestra gloria

Eclesiástico 35,1-15; Sal 49; Marcos 10,28-31
‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Creo que estas palabras tienen un eco muy concreto en actitudes y posturas que tenemos o podemos tener en la vida.
Por una parte está esa actitud orgullosa que va haciendo cuentas, queriendo sumar y multiplicar en méritos gananciales todo aquello bueno que vamos haciendo en la vida. Y nos creemos buenos y nos comparamos con los demás; y directamente o o acaso de una forma muy sutil echamos en cara o le contamos a los demás lo que hemos hecho por ellos. Y claro nos subimos a los pedestales de nuestros méritos. Y hasta nos hacemos exigentes cuando no nos vemos recompensados como a nos gustaría.
Pero no es solo en nuestra relación con los demás sino que eso tenemos el peligro de traducirlo también en nuestra relación con el Señor. Siempre recuerdo lo que me decía alguien en una ocasión que ya él se tenía ganado el cielo porque cuando chico hizo muchas veces los primeros viernes de mes y eso era una garantía de que ya estábamos salvados, fuera como fuera nuestra vida hoy. Son los que van haciendo alarde de lo que ayudan a la Iglesia, o de las cofradías a las que pertenecen o si un día hicieron una limosna a un pobre. Si yo soy tan bueno, cómo Dios me trata así, terminan diciendo cuando le surgen los problemas o las cosas en la vida no le salen como deseaban.
Como le decía Pedro a Jesús: ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. ¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que vamos buscando? ¿Nuestra gloria o la gloria del Señor?
Es cierto que Jesús nos promete una recompensa eterna. Pero eso es gracia del Señor. Pero nos dice también que no nos faltarán dificultades, habla en concreto de persecuciones, y al final nos enseña a hacernos los últimos y los servidores de todos. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. Cuidado, nos viene a decir, que si nos hacemos los primeros, si nos subimos en pedestales, vamos a caer y vamos a ser los últimos. Porque el que se ensalce será humillado, pero el que se humilla será enaltecido. Y podríamos recordar muchos más textos de las palabras de Jesús.
Es hermosa la reflexión del sabio del Antiguo Testamento que escuchamos hoy en la primera lectura: ‘El sacrificio del justo es aceptado, su ofrenda memorial no se olvidará. Honra al Señor con generosidad y no seas mezquino en tus ofrendas; cuando ofreces, pon buena cara, y paga de buena gana los diezmos. Da al Altísimo como él te dio: generosamente, según tus posibilidades, porque el Señor sabe pagar y te dará siete veces más’. Y nos dice a continuación que no andemos con sobornos interesados.
Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor. Seamos generosos que El nos gana en generosidad.

lunes, 25 de mayo de 2015

Vaciemos el corazón de nuestras materialidades y nuestros orgullos para que quepan en él nuestros hermanos

Vaciemos el corazón de nuestras materialidades y nuestros orgullos para que quepan en él nuestros hermanos

Eclesiástico 17,20-28; Sal 31; Marcos 10,17-27
Hay quien sigue pensando que con el dinero lo puede comprar todo y sobre todo que las riquezas son las que le van a dar la felicidad. Dicho así quizá podemos decir fácilmente que estamos de acuerdo, que la felicidad no consiste precisamente en la posesión de cosas, pero quien no ha escuchado o se ha dicho a si mismo aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla.
Es algo que con frecuencia escuchamos y estamos tentados en el fondo de nosotros mismos a pensar así. Pero tendríamos que preguntarnos con toda sinceridad si es el dinero el que nos va a ofrecer de verdad ilusión, sentido, esperanza, amor, ternura, compañía, amistad…
Es el dilema en que se encontró el joven del que nos habla hoy el evangelio. Era bueno, había sido cumplidor desde siempre en todo en su vida, soñaba con cosas grandes, pero le llegó la confusión a su alma. Cuando Jesús complacido en lo que le estaba diciendo aquel joven le ofrece el camino para esas metas altas con las que soñaba diciéndole que se despojara de todo, que vendiera sus posesiones, que lo repartiera todo con los pobres para poder seguirle con un corazón verdaderamente libre, aquel muchacho se volvió atrás. Era muy rico, tenía muchas cosas, pero lo peor es que tenía el corazón apegado a ellas y desprenderse de esos apegos le haría sangrar el corazón. Y erró el camino. ‘A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico’.
Y ya escuchamos las palabras de Jesús que ve marcharse con tristeza a aquel joven que podía soñar con metas grandes. ‘Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por todo el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios’.
A los discípulos les va a costar entender estas palabras de Jesús y dirán que lo que Jesús propone es imposible. Claro por nosotros mismos no seremos capaces porque los apegos del corazón se nos enraízan de tal manera que nos harán sangrar cuando tratamos de arrancarlos. Cuánto nos cuesta desprendernos de nuestras cosas, de nuestras ideas, de nuestros caprichos, de nuestro yo. Cómo nos sentimos tentados a encerrarnos en nuestras cosas y en nosotros mismos. Cuánto nos cuesta compartir y no es solo lo material sino lo nosotros mismos somos.
Pero como nos dirá Jesús esto no será algo que hagamos por nosotros mismos, sino que Dios actuará en nosotros. ‘Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo’. Si Dios está con nosotros, ¿Quién podrá contra nosotros? Ayer celebrábamos con Pentecostés el don del Espíritu Santo que se nos ha concedido. Sintamos en verdad su fuerza, la gracia que nos acompaña.
No busquemos cosas extraordinarias que hacer, sino en ese día a día que hemos de vivir con desprendimiento, con generosidad, abriéndonos a los otros y dejándolos entrar en nuestro corazón sintamos la presencia del Espíritu. Pensemos que si tenemos el corazón lleno de esas materialidades o lleno de nuestro yo o nuestro orgullo no podremos dejar entrar a los demás en él; para que quepan nuestros hermanos, hemos de vaciarlo. Es lo que nos está hoy pidiendo el Señor y con la fuerza de su Espíritu podremos realizarlo.

domingo, 24 de mayo de 2015

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Hechos, 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Con la Pascua por la fuerza y la gracia del Espíritu que Cristo resucitado nos concede iniciamos el camino de una nueva creación. Recordemos lo que nos ha dicho san Pablo y tantas veces habremos meditado, somos una nueva creatura, unos hombres nuevos nacidos por el agua y el Espíritu como nos había anunciado Jesús. Es lo que hemos pedido en el salmo:Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla, renueva la faz de la tierra’.
Hoy, Pentecostés, estamos celebrando ese don del Espíritu que realiza esa nueva creación, que nos hace hombres nuevos y creatura nueva. Es el don de la Pascua. El evangelista Juan nos sitúa esa donación del Espíritu en la tarde de ese primer día, el día de la resurrección del Señor. San Lucas nos lo situará en el mismo lugar también, el cenáculo, cincuenta días después cuando los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés.
Aquella creación salida buena de las manos del Creador - vio Dios que todo era bueno, nos decía el Génesis - fue destruida con el mal que se metió en el corazón del hombre creando división entre los hombres - ya Adán y Eva se echaban la culpa el uno al otro de ese mismo mal expresándose así esa división - que viene a tener una expresión bien significativa en la confusión de las lenguas de Babel que dividió y dispersó a la humanidad que era incapaz de entenderse.
Ahora un signo que manifiesta esa nueva unidad y comunión nacida en esta nueva creación de la Pascua será que gentes venidas de todos los lugares conocidos, aunque con lenguas distintas, serán capaces de oír hablar de las maravillas de Dios a una en su propia lengua. La confusión del orgullo del corazón de los hombres que los había dispersado se ha transformado en esta nueva creación en unidad y entendimiento para crear una nueva humanidad.
La fuerza del Espíritu todo lo transforma. Pero ya san Lucas nos va dando pautas de cómo hemos de prepararnos a esa acción del Espíritu. Si Juan nos había dicho que estaban encerrados por miedo a los judíos en aquel primer día de la nueva Pascua con la presencia de Cristo resucitado habían comenzado a cambiar las posturas y las actitudes. San Lucas, en versículos anteriores a los que hoy hemos escuchado, nos relataba cómo el grupo de los discípulos después de la Ascensión de Jesús se habían quedado reunidos y unánimes perseveraban en la oración en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. En la oración en común habían comenzado, por así decirlo, a ensayar ese nuevo estilo de vivir la nueva creación que se estaba realizando en sus corazones.
Juan nos dirá que Jesús sopló sobre ellos y les dio la fuerza de su Espíritu para el perdón delos pecados; el pecado que nos había dividido y creado el hombre viejo había sido vencido en la Pascua por la muerte y la resurrección del Señor; ahora caerían todas esas barreras con que el pecado nos había dividido y distanciado porque por la fuerza del Espíritu el perdón de los pecados que nos restauraba para hacer un hombre nuevo sería el anuncio de salvación que habría de llegar a todos los hombres.
Lucas en los Hechos nos describirá grandes señales del cielo como el viento impetuoso y las lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de ellos para manifestarnos así la fuerza y la presencia del Espíritu realizando esa nueva creación. ‘Y todos se llenaron del Espíritu Santo…’ Y ya hemos hecho referencia a ese nuevo entendimiento que nacía en el corazón de todos porque ‘cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua’.
Maravillas de Pentecostés. Una nueva humanidad y una nueva creación en la que todos estamos llamados a la comunión, al entendimiento, a caminar juntos sin que nada nos divida ni separe. Unos nuevos lazos, los lazos del amor del que el Espíritu nos inunda, comenzarán a anudar los corazones para que caminemos juntos y cada uno desde sus diversos y particulares dones pueda contribuir al bien común. ‘Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; diversidad de servicios, pero un mismo Señor; diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’.
Cuando hoy estamos nosotros celebrando Pentecostés y el don del Espíritu que también nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo y de manera especial en la Confirmación tendríamos que reflexionar cómo vivimos ese don del Espíritu en nuestra vida. ¿En verdad nos sentimos esas nuevas creaturas, esos hombres nuevos nacidos de la Pascua y llamados a vivir siempre en la comunión y en la unidad? ¿Cómo se manifiesta esa comunión entre nosotros, en mi vida? El lenguaje de mi vida, mis gestos, mis actitudes, mis comportamientos ¿son signos que hablan a los demás de las maravillas del Señor para que todos puedan entenderlos?
Esos dones que hemos recibido, esos valores que hay en nuestra vida ¿somos capaces de ponerlos en verdad en servicio de los otros, en servicio del bien común? ¿En verdad sentimos que el pecado - ese pecado que nos divide y nos destruye - por la fuerza del Espíritu está realmente vencido en nuestra vida sintiéndonos ese hombre nuevo de la gracia?
Es cierto que la tentación nos acecha, que el pecado ronda a nuestro alrededor y muchas veces quizá nos enreda; pero no podemos olvidar que tenemos la fuerza del Espíritu, que tenemos que vivir como esa nueva creatura, que tenemos que saber invocar al Espíritu del Señor que nos fortalezca con la gracia, conscientes que siempre tenemos que manifestarnos como esos hombres nuevos que están inundados del Espíritu del Señor.
Ven, Espíritu divino, penetra hasta lo más hondo de mi ser llenando con tu luz mis oscuridades y con la riqueza de tu gracia los vacíos de mi vida.

sábado, 23 de mayo de 2015

Hemos de aprender a poner nuestro corazón junto al corazón de Cristo como Juan para sentir las palpitaciones del corazón de Dios

Hemos de aprender a poner nuestro corazón junto al corazón de Cristo como Juan para sentir las palpitaciones del corazón de Dios

Hechos, 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
‘Volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho…’ Fue tras el diálogo entre Jesús y Pedro donde le preguntaba si le amaba. Continúan caminando y ve que Juan les sigue. ‘El discípulo a quien Jesús tanto amaba’; aquel discípulo que desde ese amor de Jesús se había acercado como para hablarle al oído y arrancarle a Jesús una confidencia; ‘el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho…’, recuerda.
Confieso que cuando escucho el relato de estos hechos me entran celos de Juan en mi interior. Quién hubiera podido recostarse así también en el pecho de Jesús. Así le arrancaba Juan aquellas confidencias a Jesús. Era aquel discípulo a quien Jesús tanto amaba; muestra la cercanía, la sintonía de los corazones. Así nos hablará Juan con tanta intensidad en su evangelio y en sus cartas del amor de Jesús y del amor que hemos de tenernos unos a otros. Es el mandamiento del amor del que con tanta intensidad nos habla Juan. ‘Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.
¿Podremos recostarnos también nosotros en el pecho de Jesús? También podemos, sí, recostarnos en el pecho de Jesús. El abre las puertas de su corazón para llevarnos siempre junto a sí. Pero, ¿no seremos nosotros los que tendríamos que abrir las puertas de nuestro corazón para que El habite en nosotros? Ya nos lo dice en el Evangelio, si le amamos y guardamos sus mandamientos el Padre nos amará y vendrá a nosotros y habitará en nosotros para que nosotros habitemos en El.
Tenemos que crecer en nuestra espiritualidad; tenemos que crecer en esa intimidad con el Señor. Tendríamos que hacer que nuestra oración sea en verdad ese encuentro profundo, íntimo con el Señor dejándonos inundar por su presencia. Ya sabemos, tenemos el peligro de la superficialidad en nuestra oración, de caer en un ritualismo vacío donde nos contentamos con repetir unas formulas de oración, pero no terminamos de hacer esa oración viva, de corazón a corazón con el Señor donde nos dejemos inundar por su intimidad, por esas confidencias de amor que El quiere hacernos en nuestro interior.
Lo entendieron muy bien los santos; lo lograron con toda intensidad los místicos que se sintieron transverberados por Dios. Es cierto que nos les faltaron noches oscuras; que fue un camino muchas veces duro de fe ciega para confiarse en el Señor aunque nada sintieran, un camino de dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Tenemos que aprender a hacerlo poniendo nuestra cabeza, nuestro corazón junto a su corazón, que fue lo que hizo Juan aquella noche en la cena pascual para sentir las palpitaciones del corazón de Dios y hacer que su corazón palpitar en el mismo ritmo de Jesús.
Que el Espíritu del Señor, al que estamos invocando con intensidad en estas vísperas de Pentecostés, nos conceda el don de la oración y de la intimidad con Dios.