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sábado, 20 de abril de 2013


Comulgar a Cristo en la Eucaristía para entrar en una comunión total con El

Hechos, 9, 31-42; Sal. 115; Jn. 6, 61-70
‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’ No entendían las palabras de Jesús. Les había hablado del Pan que quien lo comiera no volvería a tener más hambre y le habían pedido ‘danos siempre de ese pan’. Les había hablado del Pan bajado del cielo y ellos solo pensaban en el maná que sus padres habían comido en el desierto. Había terminado por decirles que El era el pan bajado del cielo ‘y el pan que yo les daré es mi carne, para la vida del mundo’, y ya no habían podido aguantar más.
‘Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’, dice el evangelista. Jesús había insistido, como escuchábamos ayer aunque no lo comentamos por hacer referencia más a la conversión de san Pablo en el encuentro con Jesús en el camino de Damasco, y les había dicho que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… de modo que el que me come vivirá por mí’. Esto ya se les hacía difícil de entender.
Cuesta muchas veces entender, quizá porque ya tenemos muchas ideas preconcebidas, y cuesta aceptar, sobre todo cuando eso implique que tendrá que realizarse un cambio no solo en nuestra manera de pensar sino también en lo que ha de ser nuestra manera de vivir. Esto nos sucede hoy también, porque muchas veces andamos medio anquilosados en nuestras ideas, en lo que quizá de siempre hemos pensado o hecho quizá dejándonos llevar por la rutina de la vida; algunas veces somos un tanto inmovilistas en muchos aspectos.
En este camino de la fe, de seguimiento de Jesús, de aceptación del evangelio hemos de saber tener apertura del corazón porque siendo la fe vida ha de estar como en continuo crecimiento y siempre el evangelio ha de ser nueva noticia, nueva vida - Buena Nueva le decimos - para nosotros  y una nueva vida que nos ha de inquietar porque nos transforma, nos ha de hacer sentir una continua renovación en nosotros.
Este mensaje de la Eucaristía que nos está dejando el evangelio tendríamos que rumiarlo mucho en nuestro interior para saber captar todo su hondo sentido. Es maravilloso lo que estamos escuchando decir a Jesús. Nos está hablando de habitar en Dios y que Dios habite en nosotros. Esto es algo grande. Si ya podríamos pensar lo maravilloso que sería que alguien habitase en nuestra casa o nosotros lo hiciéramos en su casa, en este caso la comunión eucarística es mucho más que eso. No es solo un habitar de forma física, como alguien que venga de visita un momento, sino que es entrar en una comunión espiritual tan profunda que es llenarnos de la vida de Dios, sentirnos inmersos en Dios, inundados por Dios. Y todo eso sería algo que tendríamos que vivir ya para siempre.
Algunas veces cuando comulgamos es como si recibiéramos la visita de alguien al que le dedicamos unos minutos de atención, le hacemos unas peticiones o le damos las gracias por sus dones y pronto parece que damos por despachado todo el asunto. Hemos rezado nuestras oraciones y parece que ya está todo. Comulgar es mucho más que todo eso. El sentirnos en comunión con Dios es algo mucho más profundo que ha de prolongarse en nuestra vida no unos minutos para siempre. Por eso después de cada comunión, por decirlo así, hemos de sentirnos inundados por la santidad de Dios y ya para siempre tendríamos que ser santos.
Quien coma a Cristo y deja que Cristo de verdad habite en él y él habite también en Cristo ya su vida no podrá ser igual, ha de sentirse verdaderamente transformado para vivir una vida nueva que no es otra que vivir a Cristo. Será entonces unos nuevos valores, una nueva forma de vivir, unas nuevas actitudes y sentimientos, una nueva forma de actuar en todas las circunstancias y problemas de la vida los que ha de vivir ya para siempre. Cuando comulgamos a Cristo en la Eucaristía, ¿de verdad estamos dispuestos a vivir esa nueva comunión total con El?
Ya hemos escuchado que a aquellas gentes de Cafarnaún esto se les hacía difícil y muchos se marcharon. Jesús pregunta a los apóstoles, sus discípulos más cercanos, si ellos también quieren irse, a lo que Pedro responderá como tantas veces hemos meditado, ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir? Tú tienes Palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. ¿Será esa la respuesta viva que nosotros le demos al Señor? 

viernes, 19 de abril de 2013


En el camino de Damasco un encuentro, una conversión y una vocación

Hechos, 9, 1-20; Sal. 116; Jn. 6, 3-60
En la lectura continuada que venimos haciendo de los Hechos de los Apóstoles en este tiempo de Pascua hemos escuchado el anuncio valiente que los Apóstoles hacían de Jesús resucitado y cómo poco a poco se va constituyendo la Iglesia porque nos narra cómo se iban agregando muchos a la fe y al camino de Jesús y se iba formando la comunidad con ejemplos admirables de comunión que se daban en medio de ellos.
Pero hemos contemplado también las dificultades y persecuciones que iban sufriendo quienes creían en el nombre de Jesús como nuestro único Salvador, o bien los prohibían las autoridades hablar del nombre de Jesús, los metían en la cárcel o como escuchamos hace unos días el martirio de Esteban que fue llevado ante el tribunal y luego apedreado. Eso originó, por otra parte la expansión de la Iglesia, pues aquellos que marchaban de Jerusalén llevaban el mensaje de Jesús a otros lugares.
Hoy contemplamos cómo Saulo, aquel joven que aprobaba la lapidación de Esteban y a cuyos pies habían puesto sus vestiduras los que habían participado en aquel crimen, ahora con cartas del Sumo Sacerdote para las sinagogas de Damasco allí se dirigía ‘para traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres’.
Pero los caminos de Dios son otros y El nos sale al encuentro de muchas maneras en la vida. Es lo que le sucedió a Saulo y nos narra el texto que hoy hemos escuchado. Contemplamos un encuentro, una llamada y una conversión que concluirá con una misión. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor? Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.
Saulo luchaba contra Jesús pero no se había encontrado con El. Pero es el Señor el que viene a su encuentro. Bastó una palabra para que Saulo se llenara de Luz, de tanta luz que en principio se quedó ciego. ‘Se levantó del suelo y aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco’.
‘¿Quién eres, Señor?’ pregunta Saulo. Y comenzó su búsqueda. Ahora aquel hombre impetuoso que luego le veremos recorrer el mundo, ahora lo vemos que se deja conducir. Lo llevan de la mano. Era la mano del Señor que lo llamaba. Era el Espíritu de Jesús resucitado con quien se había encontrado quien lo estaba conduciendo a la luz. Pondrá el Señor en el camino de Pablo quien venga a él en el nombre de Jesús para hacerle encontrarse con la luz y pudiera abrir bien sus ojos.
‘Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías’. Fue con quien quiso contar el Señor. ‘Ve a la calle Mayor y pregunta por un tal Saulo de Tarso… Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén… Anda, ve, que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes’. Y Ananías se dejó conducir por el Señor y cumplió con todo  lo que le pedía el Señor.
El encuentro de Saulo con Jesús que le salía al paso en el camino de Damasco provocó la conversión del corazón. Ya comienza llamándole ‘Señor’. Pero allí está una vocación, una llamada, porque es el Señor el que lo ha elegido, lo ha llamado, le ha salido al encuentro en aquel camino de muerte que Saulo iba recorriendo. A los pescadores de Galilea o a Leví que estaba sentado en su garita, Jesús les dice ‘venid conmigo… os haré pescadores de hombres’. A Saulo le sale al encuentro y le dice que entre en la ciudad que allí le dirán lo que tiene que hacer. Es que el Señor lo había elegido, ‘instrumento elegido, para dar a conocer su nombre a pueblos y reyes’.
Lo ha elegido porque tiene una misión que confiarle. No importa lo que hasta entonces había sido. Lo importante es la llamada del Señor y la respuesta que dará Saulo. A Pedro le mantuvo en la misión que le había anunciado a pesar de que lo había negado hasta tres veces. Y es que el Señor confía en el hombre y le da fuerzas, le dará su gracia para la misión que le haya encomendado.
Somos una piedra preciosa en las manos del Señor que El ya irá tallando y purificando a lo largo de la vida, como se limpia y se talla el bello diamante que puede parecer en principio un simple trozo de carbón, o como purifica el oro para quitarle todas las escorias que podrían ensombrecer su brillo. Así nos irá purificando el Señor porque muchas son las escorias que hay en nuestra vida, pero el Señor sigue amándonos y confiando en nosotros. Cada uno puede ir recordando la historia de su vida en la que de tantas maneras se ha manifestado el amor del Señor y la confianza que desde su amor sigue poniendo en nosotros.
Qué hermoso es el amor del Señor que nos llama una y otra vez para que sigamos sus pasos y realicemos su misión. Ojalá nos dejemos encontrar por su luz.

jueves, 18 de abril de 2013


El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Hechos, 8, 26-40; Sal. 65; Jn. 6, 44-52
‘Yo soy el pan de la vida… yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre…’ Nos ha pedido Jesús que pongamos toda nuestra fe en El. Nos ha dicho quien viene a El y nunca tendrá hambre y nunca más tendrá sed. Teniéndole a El tendremos vida en plenitud porque El es la vida, porque El es la verdad, porque El lo es todo para nosotros, para nuestra vida.
Podríamos decir que nos va ayudando a dar pasos en su conocimiento y en nuestra fe. Se nos va revelando y nos va revelando como El es todo nuestro vivir. Pero, como tantas veces hemos dicho, hemos de dejarnos conducir por El, por su Espíritu para que así vayamos en verdad creciendo en nuestra fe. Vamos sintiéndonos llamados e impulsados a vivir totalmente unidos a El. Y es que en la medida que crece nuestra fe crece nuestro amor. Se suele decir que no se ama lo que no se conoce; pues en la medida en que vamos creciendo en nuestro conocimiento de Jesús vamos creciendo en su amor, porque al conocerle nos sentimos más atraídos con fuerza para vivir en esa comunión de amor tan hermosa que El nos ofrece.
Y es el paso que damos hoy con lo que nos dice en el Evangelio, aunque como veremos mañana no todos lo van a entender. ‘El que come de este pan, vivirá para siempre’,  nos dice. Pero a continuación añade: ‘Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’. Es a Cristo mismo a quien hemos de comer. Ya no es un pan caído del cielo como aquel maná que comieron sus antepasados en el desierto.
Aquel pan, aunque venía a ser también un signo del amor de Dios que les protegía y acompañaba en su duro caminar, era simplemente un alimento para el cuerpo, y como todo alimento humano nos da fuerza y valor para hacer el camino de la vida, pero esa vida y ese camino tiene un fin. ‘Vuestros padres comieron del maná en el desierto, y murieron; pero éste es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera’. Es distinto, porque ahora es Cristo mismo quien es ese pan bajado del cielo; es a Cristo mismo al que tenemos que comer, nos da su cuerpo, nos da su carne, nos da su sangre, nos dará su vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, terminará diciéndonos.
‘El que cree tiene vida eterna’, nos dice. Queremos creer en Jesús y queremos tener vida eterna. Queremos comer a Jesús para llenarnos de vida para siempre. Queremos mantener viva nuestra fe en Jesús para llenarnos de su vida, para sentirnos resucitados por El, Como ya nos ha dicho: ‘Todo el que ve al Hijo y cree en El, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Llamados a la vida eterna, llamados a la resurrección, llamados a la vida en plenitud, pongamos toda nuestra fe en Jesús, crezcamos más y más en nuestra fe en Jesús para que así nos sintamos inundados por su amor y ese amor nos lleve a la plenitud.
Y todo esto lo vivimos en la Eucaristía. Aquí está ese milagro maravilloso que a algunos les costaba entender, les sigue costando entender. Cada día ante nuestros ojos se realiza el milagro de que podamos comer a Cristo, podamos comer su carne para llenarnos de vida. Algunas veces no terminamos de comprender, de vivir, de impregnarnos plenamente de este milagro de amor que nos ha dejado Jesús en la Eucaristía.
Tenemos el peligro de caer en rutinas, de acostumbrarnos tanto al misterio de la Eucaristía que ya no seamos capaces de admirarnos ante lo maravilloso que ante nosotros sucede. Por eso tenemos que detenernos muchas veces a reflexionar sobre lo que es la Eucaristía para tener la capacidad de asombro ante el misterio que ante nosotros se celebra y entonces en verdad podamos prorrumpir con todo sentido en ese cántico de alabanza y de acción de gracias al Señor que tiene que ser siempre la Eucaristía. Que se despierte nuestra fe, que se reavive nuestra fe.

miércoles, 17 de abril de 2013


No para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado

Hechos, 8, 1-8; Sal. 65; Jn. 6, 35-40
‘He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado…’ Es una constante en la vida de Jesús. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como nos recuerda la carta a los Hebreos que fue el grito de Cristo al entrar en el mundo.
De una forma u otra lo escucharemos repetidas veces a lo largo del evangelio. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, le responde a los discípulos cuando estos le insisten en que coman allá junto al pozo de Jacob cuando el episodio de la samaritana. Y en el momento cumbre del inicio de su pasión en Getsemaní, aunque siente todo lo que significa su entrega hasta el final y lo duro que era el cáliz que había de beber, por encima estará siempre su obediencia al Padre. ‘Que pase de mi este cáliz, pedirá, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya’.
¿Por qué y para qué podríamos preguntarnos? El había venido para traer vida al mundo. La voluntad de Dios es manifestarnos su amor, por el que nos había entregado a su Hijo y en ese amor que se manifestaba en Jesús estaba la salvación del hombre, la salvación del mundo. ‘Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite el último día. Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
Y Cristo se nos da, no solo entregándose hasta la muerte de Cruz por nosotros, sino que además se hará alimento, será Pan de vida para que tengamos vida. Pero ¿qué es necesario por nuestra parte? Que pongamos toda nuestra fe en El. ‘El que cree en El tenga vida eterna… el que cree en El resucitará en el ultimo día’. Necesaria es nuestra fe. Creemos en Jesús dándole el sí de toda nuestra vida. Creemos en Jesús y queremos seguirle, y queremos vivir su vida, y queremos hacernos uno con El. Creer en Jesús es configurarnos con Cristo de manera que ya no vivimos nosotros sino que será Cristo quien viva en nosotros. Es Cristo quien vive en mí.
La misma obediencia que Cristo manifestó con El Padre para hacer siempre su voluntad, es la obediencia de la fe que nosotros hemos de vivir. Como Jesús hemos de decir ‘no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado’. Y esto ha de traducirse en muchas cosas en nuestra vida, en una vida nueva y distinta.
Creemos y aceptamos su Palabra de manera que ya para nosotros no hay otra palabra de salvación. Y creer no será solo palabras sino que será ya toda nuestra vida, porque será ya vivir esa salvación que Cristo nos ha ofrecido; será entrar en esa órbita, por así decirlo, de vida eterna. Ser cristiano no es como un adorno que nos pongamos como si fuera una vestidura que nos pongamos por fuera que nos podamos poner o quitar según nos convenga, sino ha de ser lo que se viva desde lo más hondo de sí mismo.
Por eso, para el cristiano, para el que ha puesto toda su fe en Cristo, ya su vida será distinta, un nuevo sentido y estilo de vivir, una nueva forma de vivir. Su manera de pensar, su manera de actuar, las motivaciones que tiene para su vida, sus sentimientos no serán sino los de Cristo. Por eso qué contradictorio cuando decimos que somos muy religiosos, que creemos mucho, pero luego nuestra vida dista mucho de lo que es el sentido del evangelio y ante las diferentes situaciones de la vida se toman posturas encontradas con el sentir de Cristo. Esa es la Buena Nueva de Salvación que Cristo nos ofrece para cada una de las situaciones de la vida. Esa es la resurrección más honda que Cristo realiza en nosotros para transformar totalmente nuestra vida.
Allí donde esté un cristiano se ha de estar siempre reflejando el evangelio, el sentir de Cristo, la vida de Cristo; un cristiano, en cualquiera que sea la situación de la vida, hará que su trabajo, su familia, su amor, su manera de vivir en la sociedad, su alegría o su manera de enfrentarse al dolor o a la muerte, siempre lo hará desde el sentido de Cristo. Un cristiano siempre estará confrontando su vida con el sentido del evangelio de Jesús para que sea en verdad siempre el sentido de su vivir.
Pero Jesús se quejaba de aquella gente ‘como os he dicho, habéis visto y no creéis’. ¿Creemos nosotros? ¿Queremos sentirnos en verdad transformados por esa nueva vida que Cristo nos ofrece? Para ser alimento de vida eterna El se  nos da en la Eucaristía.

martes, 16 de abril de 2013


Conocemos el don de Dios y queremos pedir el Pan de Vida

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
‘El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’, le hemos escuchado decir a Jesús. ¡Qué hermosas son las palabras de Jesús! ¡Qué sentido más hondo tienen para nuestra vida!
Un día allá junto al pozo de Sicar en Samaría una mujer le pedía a Jesús ‘dame de esa agua y no tendré más sed y no tendré que venir aquí para sacarla’ como reacción a las palabras de Jesús. ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva… porque el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
Ahora es la gente de Cafarnaún la que le pide a Jesús ‘danos siempre de ese pan’. Jesús les había hablado de ‘un pan que baja del cielo y da vida al mundo’. Pero no era como ellos pensaban aquel maná que habían recibido en su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida del que decían que era un pan bajado del cielo. Recuerdan ellos ese episodio del peregrinar por el desierto ‘les dio a comer un pan del cielo’. Pero Jesús les asegura que ‘no fue Moisés quien os dio un pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da verdadero pan del cielo’.
El diálogo que había ido surgiendo entre las gentes de Cafarnaún y Jesús haciéndoles pensar en qué es lo importante que han de buscar en El viene a conducir a esta afirmación tan importante que Jesús nos hace. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’. Jesús nos está definiendo su ser y su misión; lo que El tiene que ser para nuestra vida y lo que nos ofrece que va mucho mas allá de un hambre o una sed física que El quiera saciarnos. Es algo mucho más hondo lo que Jesús nos ofrece.
Igual que en otro momento nos dirá que es la luz de nuestra vida o que es el Camino o que es la verdad, ahora nos dice que es el pan de vida y que comiéndole a El saciaremos plenamente nuestra vida. En El encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida; siguiéndole a El caminaremos siempre por caminos que nos lleven a plenitud; dejándonos iluminar por su vida, por su palabra nos vamos a encontrar con la plenitud mas honda para nuestra existencia, con lo que es la verdad, toda la verdad de nuestra vida.
Ojalá nosotros fuéramos capaces de hacerle la misma petición de aquella mujer de  Samaría o de estas gentes de Cafarnaún, ‘dame de esa agua’ que me lleve a la plenitud y yo nunca más busque saciarme en otras aguas que siempre me dejarán sediento; ‘Dame, Señor, de ese pan’ que me dará la vida para siempre y que ya nadie me podrá arrebatar. Nosotros podemos ya hacerlo con un sentido más hondo que aquellas gentes de los tiempos de Jesús porque ya hemos tenido oportunidad de comprender mejor las palabras de Jesús. No nos vamos a quedar en el agua que saquemos de un pozo, ni de un pan que amasemos con nuestras harinas y cozamos en nuestros hornos.
Nosotros sí conocemos el don de Dios y queremos hacerle esta petición con todo sentido. Que no nos tenga que decir a nosotros Jesús como ayer le escuchábamos que le decía a la gente que le buscaba en Cafarnaún después de la multiplicación de los panes en el desierto ‘me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.
Nosotros sí sabemos ya cuál es el verdadero pan del cielo que El quiere darnos, porque le queremos comer a El, porque queremos entender y vivir con toda hondura lo que es nuestra fe en Jesús, porque queremos en verdad alimentar nuestra vida de la Eucaristía no como un rito mágico que realicemos, sino como algo hondo y vivo porque sabemos que estamos comiendo a Cristo y comer a Cristo es seguirle y es vivirle, es escuchar su Palabra y hacerla vida en nosotros porque para siempre ya su Palabra lo va a ser todo para nuestra vida.
Comer este Pan de Vida que Cristo nos ofrece y que es El mismo es para nosotros ya el gran signo, la gran señal de que en verdad queremos vivir a Cristo; va a ser la gran señal de nuestra fe en Cristo - ‘este es el sacramento de nuestro fe’, decimos y aclamamos en cada eucaristía - porque para siempre estaremos poniéndonos en su camino, para siempre vamos a vivir con toda intensidad, con toda nuestra vida nuestra fe en El. Y cuando celebramos la Eucaristía, nos alimentamos del Pan de Vida que es Cristo con nosotros está toda la gracia, toda la vida divina que El quiere ofrecernos y que nosotros hacemos vida nuestra.

lunes, 15 de abril de 2013


Creyendo en Jesús descubramos los valores que nos llevan a una vida de plenitud

Hechos, 6, 8-15; Sal. 118; Jn. 6, 22-29
‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. El día anterior Jesús les había dado de comer pan en abundancia allá en el descampado. Cuando quisieron proclamarlo rey Jesús se había retirado él solo a la montaña. Los discípulos habían embarcado rumbo a la otra orilla. Ahora los que quedaron, al llegar unas lanchas de Tiberíades, se embarcaron también rumbo a Cafarnaún buscando a Jesús.
¿Por qué lo buscaban? ¿Por qué lo buscamos? También quizá nosotros tendríamos que preguntarnos. Podríamos suponer que lo buscamos, como lo buscaba aquella gente, por fe. Sin embargo, es lo que Jesús les plantea cuando al llegar a Cafarnaún se encuentran allí a Jesús. ‘Maestro, ¿cómo has venido aquí?’ Ellos habían visto que  no se había montado en la barca con el grupo de los apóstoles.
Jesús les dice: ‘Os aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. El signo había sido la multiplicación de los panes por lo que habían comido hasta saciarse, pero no veían más allá. Algunas veces no vemos más allá de lo primero que está delante de nuestros ojos, pero que quizá sucede porque quiere decirnos algo más. Hay que saber leer los signos. Encontrar su significado. Los milagros que Jesús realiza no es solo el milagro, en este caso de multiplicar los panes, o en otros casos de curar de una enfermedad, dar la vista o hacer caminar a un inválido. En todo eso hemos de saber leer lo que Jesús quiere decirnos, lo que realmente Jesús quiere darnos.
Por eso les dice ahora Jesús: ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios’. Quiere Jesús que busquemos otra vida que va más allá de esta vida terrena, aunque por supuesto no tenemos que descuidarla; Jesús cura al enfermo, alimenta al hambriento, hace hablar al mudo… es importante ese vida humana en todas sus características y funciones, que forman parte de una vida con dignidad.
Pero no nos quedamos ahí. Jesús quiere darnos algo más. Ahí esta el amor de Dios que es misericordioso y compasivo y atiende nuestras necesidades, pero hay algo más hondo en la vida del hombre que quizá no vemos o palpamos con nuestros sentidos materiales, pero que en verdad nos pueden llevar por caminos de mayor plenitud y grandeza.
Muchas veces en esas cosas que nos suceden, incluso en las situaciones duras o difíciles que podamos vivir podemos descubrir, tenemos que aprender a descubrir cosas buenas que nos pueden ayudar o que pueden enriquecer nuestra vida desde lo más hondo. Lo que nos sucede puede ser un signo que nos ayude a pensar y a tratar de descubrir valores más hondos. Siempre podemos aprender una lección.
Pienso en la situación concreta en que vive hoy nuestra sociedad con sus crisis de todo tipo, que provocan también muchas carencias y necesidades en muchas personas que realmente lo están pasando mal. Pero a pesar de todo eso uno puede percibir, aunque no siempre sean noticias que salgan en los titulares, que quizá se está suscitando un movimiento por ejemplo de solidaridad que está comenzando a brillar con su luz propia en medio de tantas oscuridades de nuestra sociedad. Cada vez se escucha más hablar de la generosidad de muchas personas que comparten su tiempo, sus cosas, sus bienes incluso para ayudar a estas personas que lo están pasando mal.
Va surgiendo un movimiento en nuestra sociedad que clama por mayor justicia y la búsqueda de un verdadero bienestar, aunque siempre haya quien se aproveche de estas cosas para crear inestabilidades y situaciones difíciles. Pero estos movimientos solidarios son cosas positivas, son valores que se van suscitando y que van floreciendo cada vez más. Y hemos de aprender la lección, descubrir también esas cosas positivas y buenas.
Desde nuestra fe hemos de saber hacer una lectura positiva de cuanto  nos sucede y ver lo que el Señor realmente nos va pidiendo. Cuando aquella gente le pregunta a Jesús ‘¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’ Jesús les dirá que lo que Dios nos está pidiendo, ‘el trabajo que Dios quiere es que creamos en el que El ha enviado’; en una palabra, que pongamos toda nuestra fe en Jesús.
¿Qué buscamos en Jesús?, nos preguntábamos antes. Que encontremos la fe verdadera. Y es que creyendo en Jesús encontraremos ese sentido nuevo de nuestra vida que nos conducirá a una vida plena; creyendo en Jesús en El vamos a tener también la fuerza que necesitamos, la gracia divina, para emprender esa tarea de conducir nuestra vida a la plenitud; creyendo en Jesús vamos a tener esa luz para descubrir esos valores nuevos que hemos de vivir y hacer germinar en nuestra sociedad.

domingo, 14 de abril de 2013


Una nueva experiencia de Cristo resucitado para crecer en el amor

Hechos, 5, 27-32.40-41; Apoc. 5, 11-14; Jn. 21, 1-19
Una nueva experiencia de Cristo resucitado. Para los apóstoles y para nosotros que queremos seguir viviendo con intensidad la pascua. Cada experiencia pascual supone un aumento de fe, de amor, de esperanza. Así queremos vivirlo. Así queremos enriquecernos con la presencia del Señor. El evangelista dice que ‘fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos’. Las otras dos apariciones que nos narra Juan las escuchamos el pasado domingo.
Ahora están en Galilea. En la aparición a las mujeres que habían ido de mañana al sepulcro para embalsamar su cuerpo Jesús les había dicho: ‘Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. Han vuelto los discípulos a donde habían comenzado sus encuentros con Jesús y donde un día lo habían dejado todo para seguirle. Cuántos recuerdos y cuántas experiencias. Pero ahora se han vuelto de nuevo a la pesca.
Aunque han experimentado ya su presencia y la alegría del encuentro con El en las apariciones en el Cenáculo, les pasaría como nos pasa a nosotros tantas veces que fácilmente nos desalentamos porque se nos enfría el espíritu. La experiencia de la muerte de Jesús había sido muy dura para ellos y aunque ya se les había aparecido ahora todo parecía distinto, porque físicamente no siempre estaba con ellos y tenían que aprender a descubrirlo y verlo de una manera nueva. Fácilmente el corazón se les llenaba de tinieblas y de noche y parecía que ahora las cosas no les salían.
‘Me voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen también los otros. Pero ‘aquella noche no cogieron nada’. Volvían los recuerdos y se revivían muchas cosas; a veces parecía que la tristeza se les metía en alma como si fueran tinieblas y se les cegaban los ojos y la mente y el corazón.
Cuántas veces nos pasa en nuestros caminos de fe; nos asaltan las dudas, nos parece imposible eso de creer, nos sentimos arrastrados a la vuelta a las cosas de antes que ya un día habiamos querido dejar, el mar de la vida nos zarandea de muchas maneras, pareciera que hay vientos contrarios que no nos dejan caminar, nos sentimos en ocasiones frustrados porque no siempre conseguimos lo que nos proponemos, perdemos la ilusión y se nos apaga la esperanza, nos parece que andamos solos, sentimos ausencias que quizá nos hacen daño en el alma.
Y ahora un extraño - no lo reconcen - desde la orilla encima pregunta si han cogido algo y tienen pescado. No habían cogido nada. Pero aquel que les parece extraño les dice que a la derecha de la barca hay peces, que echen allí la red. Quizá pensarían para sus adentros ¡qué sabrá ese si nosotros hemos estado aquí toda la noche dando vueltas! Pero aunque sus orgullos pudieran verse abatidos, sin embargo le hacen caso, se dejan guiar, y echan la red por donde se les dice. ‘No tenían fuerzas para sacarla por la multitud de peces’.
Pero alguien tiene una mirada distinta, o es que el amor que ha sentido cerca de su corazón le hace despertar, y ‘aquel a quien Jesús tanto quería le dice a Pedro: ¡Es el Señor!’ Bastó esa palabra para que Pedro reaccionara y quizá se diera cuenta de algo que estaba también sintiendo en su corazón pero hasta entonces no había aprendido a leerlo. ‘Se ató la túnica y se echó al agua’. Algo comenzaba a cambiar en ellos.
Cuando se dejaron guiar comenzaron a reconocer a Jesús. Hasta entonces había sido de noche pero ahora comenzaba a amanecer, no solo porque la claridad del día asomaba por el horizonte, sino porque sus corazones se estaban llenando de nuevo de luz. ¡Qué bello amanecer en la orilla del mar de Galilea!
Donde está Jesús empieza a brillar con fuerza la luz, huyen los miedos que antes nos agarrotaban el alma, se siente de nuevo la paz en el corazón, no se siente ya nunca frío ni soledad, se acaban para siempre las frustaciones y las cobardias, brota de nuevo el amor y la amistad, la vida se llena de ilusión y de esperanza, florece el invierno en una nueva primavera, no faltarán los peces y el pan que nos alimenten en el camino.
‘Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces’. Llegaron hasta Jesús y ya Jesús les tenía preparado el almuerzo. ‘Al saltar a tierra, ven unas brazas con un pescado puesto encima y pan’. Jesús queriendo siempre alimentar nuestra fe y nuestro amor.
Estaban aprendiendo a reconocer a Jesús; estaban aprendiendo a poner amor en el corazón par tener unos ojos claros para tener una nueva mirada y ver todo con un nuevo resplandor; estaban aprendiendo a dejarse guiar de verdad y sin poner condiciones ni obstáculos; estaban aprendiendo también a llevar la barca repleta de peces, la barca de la Iglesia que tendrían que conducir en el nombre de Jesús. No hacía falta ya preguntar quien era. ‘Ninguno de los discípulos se atrevia a preguntarle quien era, porque sabían bien que era el Señor’.
San Juan de la Cruz meditando el evangelio nos dejó una frase lapidaria que muchas veces nos ha ayudado a pensar: ‘al atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Esta vez el examen fue por la mañana, pero siempre el Señor nos está preguntando por nuestro amor. Es un examen por el que tendríamos que pasar muchas veces por si acaso se nos debilite o se nos enfrie.
Es lo que ahora hace Jesús con Pedro y tres veces le preguntará por su amor. ‘Simon, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ La respuesta de Pedro está pronto como siempre estuvo pronto para responder a las preguntas del Señor. En otra ocasión será sobre su fe y hará una proclamación bien hermosa. En otro  momento será Pedro quien porfíe con Jesús prometiendo que le seguiría a donde quiera que fuese, aunque luego pronto llegara la negación. Ahora Jesús le pregunta por el amor no una sino hasta tres veces, de manera que Pedro ya no sabe cómo responderle y le dirá ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo’.
Al preguntarle sobre el amor le está preguntando sobre Dios, que es Amor. Le pregunta sobre los hermanos que son su misma presencia. Le pregunta sobre la comunidad que es comunión de amor. Le pregunta por su amor porque le va a confiar una misión prometida. ‘Tú eres piedra y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia’, le dijo un día tras la confesión de fe, y ahora tras la protesta del amor le va a confiar el cuidado de los hermanos. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá Jesús porque ha de mantenerse firme en esa fe y en ese amor para poder confirmar en esa fe y en ese amor a los hermanos en la misión que le confía.
¿Qué le responderemos nosotros al hacernos esa pregunta? Sí, Señor, tú sabes que te amo, porque eres mi Dios y mi Señor, porque eres mi Salvador; tú sabes que te amo y que te amo en mis hermanos, a todos quiero amar, a los pequeños y a los pobres, a los enfermos y a los marginados; te amo, Señor, pero que no se me cieguen los ojos para saberte descubrir porque vienes a mi en el pequeño y en el pobre, en el enfermo y en el que está solo, en el que me puede parecer repugnante o aquel que no me cae en gracia.
Señor, tú sabes que te amo, pero dame de tu amor, repártenos tu pan para que aprendamos a amar, para que aprendamos y tengamos fuerza para reconocerte en los hermanos, para que seamos capaces de amarte siempre y en todos con los que nos vamos cruzando en el camino. Señor, yo te amo, pero haz crecer cada vez más mi amor incendiándolo en el fuego de tu amor.

sábado, 13 de abril de 2013


El servicio del amor esencial en el anuncio de Cristo resucitado

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
Cuando vamos recorriendo el camino del libro de los Hechos de los Apóstoles enseguida vamos apreciando que en la medida en que va creciendo la fe en Jesús, se va propagando el anuncio de Cristo resucitado y van surgiendo las primeras comunidades cristianas vemos al mismo tiempo cómo va floreciendo el amor. Una comunidad, y una comunidad que se siente convocada y reunida en el  nombre del Señor Jesús si le falta el amor le faltaría algo esencial que tiene que nacer de esa fe en Cristo resucitado como es la comunión de los hermanos.
Ya hemos contemplado como va floreciendo ese amor y son capaces de vivir en comunión y en sincero compartir para que nadie pase necesidad. Hace poco hemos visto como vendían sus posesiones y lo ponían a disposición de los apóstoles para ese bien común y para la atención sobre todo de los huérfanos y las viudas que en aquella sociedad se sentían totalmente desamparados.
Pero en toda comunidad, aunque sea una comunidad cristiana que intenta vivir intensamente su fe en Jesús y su amor surgen los problemas y está el peligro de que alguien no sea debidamente atendido. Es la queja que surge en Jerusalén en la que cierto sector de la comunidad se siente desatendido. Los Apóstoles no pueden estar en todo y es como surgirá la diaconía, el servicio de aquellos que de manera especial en nombre de la comunidad van a atender a los pobres y más necesitados.
‘No podemos desatender el anuncio de la Palabra de Dios’, dicen los apóstoles, ‘escoged a siete de entre vosotros, hombre de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y les encargaremos de esta tarea…’ Y se nos hace la relación de los siete que fueron escogidos, ‘que presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos orando’. Nació así el diaconado, ese ministerio de servicio dentro de la comunidad cristiana. Origen, podríamos decir, de los diversos ministerios y servicios que van surgiendo en medio de la comunidad y para el servicio de la comunidad.
Escuchando y meditando este texto pensamos, por supuesto, en ese ministerio participación de Sacerdocio de Cristo Sacramento de Salvación, que son los diáconos - precisamente en este día en nuestra diócesis son ordenados dos nuevos diáconos para nuestra Iglesia diocesana -. Pero con una mirada amplia, sin reducirla al sacramento, podemos pensar en cuantos ejercen en el seno de la comunidad cristiana ese servicio pastoral de la caridad. Pensamos en nuestras parroquias en los agentes de Cáritas para la atención de los pobres y necesitados; pero podemos pensar en el ámbito de nuestras parroquias en los que atienden y visitan a los enfermos en una atención pastoral, aunque aquí cabría pensar en todos los que realizan una acción pastoral en medio de nuestras comunidades que en fin de cuentas es un servicio a la comunidad eclesial.
Pero podemos pensar en tantos y tantos religiosas y religiosas que en hospitales, Centros de Mayores, Asilos, residencias de ancianos o de enfermos, casas de acogida, atención a discapacitados físicos o síquicos y así una lista interminable están ejerciendo este ministerio de la caridad, del amor cristiano. Creo que tenemos que abrir bien los ojos para descubrir y ver ese ejército innumerable de religiosos y religiosas, como de tantos voluntarios también viven para los demás en un servicio de amor a los más pobres y necesitados. Es la diaconía de la Iglesia que se sigue realizando y que sigue dando ese testimonio de lo que es el amor cristiano vivido sin límites, con una donación y dedicación total.
Hay quien se atreve a poner en duda la acción de la Iglesia y cierra los ojos - ¿de manera interesada quizá? - y no es capaz de ver toda esta maravillosa acción social, pero acción desde la justicia y el amor que realiza la Iglesia. Bueno, no importa que no nos lo reconozcan, no se puede mermar la intensidad de nuestro amor y seguiremos amando y dándonos porque sabemos que nuestro premio y recompensa lo tendremos en el Señor cuando nos diga ‘venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer… porque estaba enfermo y solo, y me atendiste’.

viernes, 12 de abril de 2013


El muchacho que comparte sus panes una señal del Reino

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26Jn. 6, 1-15
‘Si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondréis a luchar contra Dios’, fue el sensato consejo de ‘Gamaliel, doctor de la ley, respetado por el pueblo’ ante los hechos que estaban sucediendo que habían traído de nuevo a los apóstoles a la presencia del Consejo del Sanedrín para juzgarlos por la predicación que hacían del nombre de Jesús.
‘Será una bandera discutida, había anunciado el anciano Simeón en el templo, y está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten’. Lo fue Jesús en el tiempo de su predicación por los caminos y pueblos de Palestina, mientras unos se admiraban y lo aclamaban, otros tramaron su condena y su muerte; lo siguió siendo en la predicación de los Apóstoles en aquellos primeros momentos después de Pentecostés como lo estamos viendo, y lo ha sido a través de todos los tiempos.
Por la fuerza del Espíritu los apóstoles llegaban a salir contentos de la presencia del Sanedrín aunque los hubieran azotado y les quisieran prohibir hablar del nombre de Jesús. Pero ‘no dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando el evangelio de Jesucristo’, como nos resume el texto que hoy hemos escuchado. También nosotros queremos sentir el gozo de nuestra fe, el gozo del anuncio del nombre de Jesús como nuestra única salvación. El ejemplo de los apóstoles nos estimula y nos empuja para vivir y proclamar con toda hondura nuestra fe.
Pero detengámonos un momento en nuestra reflexión en el evangelio proclamado que va a tener su continuidad en los próximos días. Una vez más escuchamos el relato de la multiplicación de los panes y de los peces. Importante fue en la catequesis de los apóstoles y primeros cristianos este hecho, porque hasta seis veces se nos repite el milagro, o los milagros, de la multiplicación de los panes en los cuatro evangelios.
‘Lo seguía mucha gente, nos dice el evangelista, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Ante la multitud que se arremolinaba alrededor de Jesús, ‘al ver que acudía tanta gente, Jesús le dice a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman estos?’ Ya el evangelista nos comenta que Jesús sabía lo que iba a hacer y lo que estaba era tanteando la reacción de los discípulos más cercanos a Jesús, los apóstoles.
En lo que allí iba a suceder habían o tenían que manifestarse muchas señales del Reino que Jesús estaba anunciando y constituyendo con su persona y su predicación. Podríamos decir que Jesús estaba tanteando también a ver hasta donde habían ido aprendiendo lo que Jesús les había ido enseñando, en las señales a través de las cuales habría de manifestarse el Reino de Dios. Aunque se preguntan por la cantidad de dinero que necesitarían - y que seguro no tendrían - y dónde podrían conseguir pan para toda aquella gente estando como estaban en descampado, pronto aparecerán las primeras señales.
Por allí hay alguien dispuesto a compartir. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero allí está la disponibilidad de los pobres - los panes de cebada eran la comida de los pobres, lo normal hubiera sido que fueran de harina de trigo -, disponibilidad para desprenderse y para compartir.
Y desde aquel compartir en la pobreza surgirá la abundancia, porque siempre la generosidad del Señor es mucho más grande que la nuestra. Ya conocemos el hecho y lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’. Sentados en el suelo, como quizá habían estado escuchando a Jesús, alimentando su vida con la Palabra, ahora se alimentan con aquel pan que va a ser un signo del pan de vida que un día Cristo nos dará. Será lo que más tarde les anunciará en la Sinagoga de Cafarnaún; ya lo iremos escuchando en los próximos días.
Reunidos también nosotros en torno a Jesús, sentados a sus pies como aquella multitud, queremos alimentarnos y venimos a escuchar su Palabra cada día; hasta Jesús venimos también trayendo lo que son nuestras necesidades y lo que son nuestras inquietudes; en Jesús ponemos toda nuestra esperanza porque sabemos bien que nos va a alimentar porque es El mismo el que se nos va a dar en comida. 

jueves, 11 de abril de 2013


La fortaleza del Espíritu para confesar y testimoniar nuestra fe

Hechos, 5, 27-33; Sal. 33; Jn. 3, 31-36
Con que fortaleza nos sentimos cuando vivimos intensamente nuestra fe. ‘Sé de quien me he fiado’, como le escuchamos decir a san Pablo en alguna ocasión en sus cartas. Y es que nos sentimos seguros en el Señor, ponemos nuestra vida en sus manos, y desde El sentiremos esa fortaleza que nos lleva a vivir ese nuevo sentido de nuestra vida que nos da nuestra fe, a proclamar valientemente nuestra fe en Jesús y a testimoniarla ante los demás, y a superar todas las dificultades o tentaciones que nos vayan apareciendo en la vida. ‘En Dios pongo mi esperanza y confío en su palabra’, como decimos también con algún salmo.
El evangelio que continúa con esa prolongación de la conversación de Jesús con Nicodemo nos está invitando una vez más a vivir nuestra fe. ‘El que Dios envió  habla las Palabras de Dios, nos dice, y El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. Y el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Desde la fe que tenemos en Jesús nos llenamos de su vida, de su gracia, de su fortaleza; nos sentiremos distintos y fortalecidos para ese testimonio.
Pero fijémonos en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Con qué valentía se presentan los apóstoles ante el pueblo y también ante el Sanedrín y los sumos sacerdotes. Qué diferencia podemos apreciar entre aquellos discípulos temerosos que abandonaron a Jesús tras su prendimiento, le negaron o se mantuvieron lejos, o luego tristes y asustados se mantenían encerrados en el cenáculo, ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Tras la llegada de Jesús, su encuentro con Cristo resucitado todo cambió.
Los hemos ido contemplando estos días tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. Como escuchábamos ayer los metieron en la cárcel de la que un ángel les libró y, como hemos escuchado hoy, a la mañana siguiente ya estaban de nuevo en el templo hablando de Jesús. Los habían mandado a buscar a la cárcel pero no los encuentran. Alguien les dice que están predicando en el templo. De allí los traen, los interrogan de nuevo. ‘¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?’ Ni siquiera quieren decir el nombre de Jesús. Pero ya hemos escuchado su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Y vuelven a hacer el anuncio de Cristo resucitado. ‘Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Entendemos que estos hechos suceden ya después de Pentecostés, que es lo que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. En ellos estamos viendo la fortaleza del Espíritu que les hace sentirse libres y seguros en su fe y en su testimonio. No temen la cárcel, no se dejan amedrentar por las prohibiciones y amenazas. Sienten la fortaleza del Espíritu en su corazón.
Es el ejemplo y el testimonio que hemos de sacar para nuestra vida. Es la fortaleza que hemos de sentir en nuestro espíritu y la valentía para el testimonio cristiano. Es la fortaleza que nos da nuestra fe que nos ha de llevar a proclamarla con valentía. Muchas veces nos sentimos acobardados porque vivimos en un mundo muy adverso que no entiende nuestro mensaje ni quiere entenderlo en muchas ocasiones. Pero tenemos que sentirnos seguros en el Señor y vivir nuestra fe con alegría.
El Papa Francisco estos días nos lo está repitiendo continuamente para que nos salgamos de nosotros mismos, para que no nos quedemos encerrados sino que llevemos a nuestro mundo la luz de Cristo resucitado. Lo que estamos escuchando estos días en los Hechos de los Apóstoles es un buen testimonio que tiene que animar y fortalecer nuestra fe.
Tenemos también en nosotros la fuerza del Espíritu para dar ese testimonio y no caben cobardías. También nosotros hemos de ser testigos. El sacramento de la confirmación que un día recibimos para eso nos ha fortalecido con el don del Espíritu Santo. Algunas veces parece que olvidamos que esa gracia del Señor está en nosotros. Abramos nuestro corazón a Dios y a su gracia.

miércoles, 10 de abril de 2013


Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
‘Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. La voluntad de Dios es la salvación del hombre, porque el querer de Dios es el amor. Quien ama no condena; quien ama ofrece siempre caminos de salvación; quien ama nos estará mostrando siempre la ternura de su corazón. El deseo de Dios es la vida y la vida sin fin para nosotros que somos los amados de Dios. Muchas veces nos lo hemos repetido: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’
Casi sería suficiente quedarse rumiando no solo en la cabeza sino en el corazón este pensamiento y no tendría que ser necesario añadir más. Aunque cuando contemplamos toda esa ternura y todo ese amor de Dios nos preguntaríamos, ¿y qué tenemos que hacer? ¿cuál de ser nuestra respuesta?
Ante tanto amor lo que tenemos que hacer es darle nuestro sí, creer. ¿Cómo no vamos a creer en El? A veces queremos buscarnos razonamientos y pruebas para la fe que nos den seguridades para nuestro creer. La razón grande es la del amor porque la prueba grande que nos está ofreciendo es el amor que El nos tiene. Hemos de creer en El, poner toda nuestra fe, abandonándonos a ese querer de Dios porque es donde más seguros nos podemos sentir. Es el riesgo del amor que será el riesgo de la fe, porque es confiarnos, fiarnos, ponernos en sus manos.
‘El que cree en El, no será condenado’, nos sigue diciendo Jesús. Claro el que no cree no podrá alcanzar una salvación que ni cree, ni desea, ni espera. Y es que creyendo en El, ‘en el  nombre del Hijo único de Dios’ tenemos la certeza de la salvación, la garantía de la vida eterna. Para eso ha venido Jesús, para darnos la salvación, para alcanzarnos la vida eterna, porque se entregó ‘para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna’.
Pero seguimos preguntándonos, ¿y qué hemos de hacer? Aceptar su luz, realizar las obras de la luz; rechazar las tinieblas, no dejarnos envolver por las tinieblas de la muerte y del pecado. Y vivir en las obras de la luz significará hacer las obras de Jesús que son y serán siempre las obras del amor.
Pero ya sabemos las tinieblas nos acechan, nos quieren envolver, quieren ahogar la luz. ‘Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz’. Nuestra gran tentación y nuestro gran pecado, dejarnos embaucar por las tinieblas del pecado. ‘El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’. Queremos acercarnos a la luz, queremos acercarnos a Jesús, queremos dejarnos iluminar por su luz, queremos renacer a esa vida nueva que El  nos ofrece.
La imagen de la luz tan repetida en el evangelio de Juan. Nos hablaba ya en su primera página pero nos lo irá repitiendo para que en verdad escuchemos en lo más hondo de nosotros esa invitación a vivir en la luz que es lo mismo que vivir a Jesús que es la verdadera luz del mundo. Son las palabras que le escuchamos a Jesús, como este texto del evangelio de hoy, pero serán los signos que va realizando como cuando devuelve la vista a los ciegos, o cura a aquel ciego que mandó lavarse a la piscina de Siloé.
Como diría entonces Jesús ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y cuando le replican los fariseos si cree que ellos acaso están ciegos, les dirá: ‘Si estuvieseis ciegos, no seríais culpables, pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Ansiemos esa luz de Jesús. Al celebrar la resurrección del Señor ha sido un signo que ha brillado con fuerza, la luz del Cirio Pascual. Que en verdad nos dejemos iluminar por su luz. Que la fe que ponemos en Jesús ilumine plenamente nuestra vida para que, creyendo en El, nos llenemos de su salvación y alcancemos la vida eterna. Caminemos siempre a su luz. Pongamos totalmente nuestra fe en El.

martes, 9 de abril de 2013


Un testimonio valiente de la fe en la resurrección: la comunión y el compartir de los hermanos

Hechos, 4, 32-37; Sal. 92; Jn. 3, 11-15
‘Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor’, nos resume el texto de los Hechos de los Apóstoles lo que venía a ser el centro y vida de aquella primera comunidad cristiana.
Como  hemos comentado en otro momento en el tiempo de pascua en la primera lectura iremos haciendo una lectura continuada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos ido escuchando en la primera semana ese anuncio claro y valiente que hacen de Cristo resucitado, y de manera especial hemos escuchado lo sucedido en torno a la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. La predicación de Pedro ante el pueblo primero, luego ante el Sanedrín ante el cual son conducidos, la prohibición de que hablen del nombre de Jesús, son aspectos que hemos ido escuchando estos días.
En el texto de hoy se nos presenta lo que era la vida de la comunidad, en lo que se expresaba ese testimonio vivo y en la propia vida que iban haciendo de la resurrección de Jesús. ¿Cuál era el testimonio?, podríamos preguntarnos. La comunión profunda que había entre todos los que creían en Jesús. Ya en capítulos anteriores se nos hablaba de cómo eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en las oraciones y en la Fracción del Pan que celebraban por la casas, para hablarnos de la Eucaristía.
Hoy se nos dice que ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía’. Era una comunión profunda la que sentían y vivían entre ellos, confesando una misma fe: ‘pensaban y sentían lo mismo’. Pero de esa comunión en la misma fe nacía la comunión en el amor, pues todo lo compartían, ‘lo poseían todo en común’.
Y nos hablará de cómo hasta llegaban a vender sus posesiones poniendo el dinero a disposición de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Cuando hay amor verdadero vamos a sentir la necesidad del hermano que amamos como nuestra propia necesidad; cuando hay amor verdadero ¿cómo puedo yo sentirme satisfecho ampliamente en mis cosas y necesidades, pero olvidándome de la necesidad que pueda tener el que está a mi lado?
Os confieso el dolor y hasta la rabia que me asalta en mi interior cuando veo cómo somos capaces de desperdiciar lo que tenemos y hasta tiramos los alimentos y no somos capaces de pensar en aquella persona que quizá no tiene un pedazo de pan que llevarse a la boca. Somos muy descuidados en estos aspectos muchas veces, pero si fuéramos capaces de poner rostro y nombre a quienes pasan esa necesidad seguro que actuaríamos de manera distinta.
No sé si sería porque en los tiempos de mi niñez eran tiempos duros de escasez o también por los valores cristianos que se vivían en mi familia y en los que fui educado, pero eran cosas que aprendí de mi madre, de mi familia, a no tirar nada, a saber aprovechar todo pero no por egoísmo sino para saber pensar en los demás y compartir con ellos.
Estos pensamientos concretos han venido a mi mente y a mi recuerdo ante lo que nos está relatando el libro de los Hechos de los Apóstoles de lo que era la manera de vivir de aquellas primeras comunidades cristianas. Terminará el texto hablándonos de Bernabé, levita y chipriota que vendió su campo y puso el dinero a disposición de los apóstoles. Es la primera vez que se nos hablará de Bernabé a quien veremos más tarde que la comunidad le confía diversas misiones y a que escogido por el Espíritu veremos con Pablo en el primero de los viajes apostólicos que desarrollará con mucho detalle el libro de los Hechos.
En el evangelio estamos escuchando el diálogo de Jesús con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue a verlo de noche. Aquel a quien Jesús le dijo que era necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, en clara referencia al  nuevo sentido de vida que se tiene cuando en verdad nos encontramos con Jesús; una clara referencia al Bautismo, en el agua y el Espíritu le dice que hay que nacer. Es lo que hubiéramos escuchado ayer si no hubiera sido la celebración de la Encarnación del Señor. Y es lo que hemos contemplado reflejado en aquellos primeros creyentes de la comunidad de Jerusalén; realmente habían nacido de nuevo porque el estilo y sentido de sus vidas eran bien distinto, todo era vivir en comunión de amor entre ellos y así lo compartían todo.
En el texto del evangelio de hoy escuchamos el anuncio de la cruz en la que había de ser levantado en alto Jesús que tantas veces hemos reflexionado. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.

lunes, 8 de abril de 2013


Creo en un solo Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero

Is. 7, 10-14; Sal. 39; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 26-38
‘Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Dios verdadero de Dios verdadero… de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…’
Así confesamos en el Credo que luego proclamaremos en su integridad. He querido comenzar esta breve reflexión entresacando estas palabras del Credo sobre todo en referencia a lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, misterio por el cual el Hijo de Dios se hizo hombre verdadero. No lo pudimos celebrar en la fecha habitual de la celebración de este misterio de nuestra fe al coincidir en las ferias mayores de la Semana Santa por lo que ha sido trasladada litúrgicamente a este lunes siguiente a la octava de la Pascua de la Resurrección del Señor.
Hemos escuchado en el libro de Isaías anuncio profético de por el que una doncella dará a luz un  hijo al que se le pone por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros. Anuncio con pleno sentido mesiánico como lo ha visto siempre la Iglesia y que nos ofrece la liturgia en este día en que en el Evangelio veremos la Anunciación del Ángel a María que iba a ser la Madre de Dios.
‘Has encontrado gracia ante Dios y concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús… se llamará el Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin… el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Así hemos escuchado al ángel anunciar a María.
María encontró gracia ante de Dios y la gracia de Dios se derramó sobre toda la humanidad con la presencia del Emmanuel, del Dios con nosotros. ‘Por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen, y se hizo hombre’, como confesamos en el Credo. ‘Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de los otros pueblos’, como cantaremos en el prefacio.
Es el misterio de Dios que hoy celebramos. Es el misterio del amor de Dios que no abandona al hombre sino que lo busca para salvarlo y porque tanto amaba Dios al hombre envía a su único Hijo para que nadie perezca, para que todos alcancemos la salvación de Dios. Hijo de Dios, ‘de la misma naturaleza del Padre’. Desde toda la eternidad, ‘nacido del Padre antes de todos los siglos’ como decimos en el Credo, ‘Dios verdadero de Dios verdadero’ se hace hombre, verdadero hombre, tomando nuestra naturaleza humana para elevarnos y hacernos ‘semejantes a El en su naturaleza divina’ como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Es grande el misterio que hoy celebramos que supera todas nuestras expectativas y esperanzas, todo lo que nuestra mente humana podría imaginar. Así es el amor de Dios. Así se derrama su gracia sobre nosotros. Así es la grandeza del hombre que ha sido elevado a una nueva dignidad porque al participar de la vida divina de Jesús nos hacemos también hijos de Dios.
Estamos hoy recordando aspectos fundamentales de nuestra fe que, aunque conocidos y confesados continuamente cuando recitamos el Credo, muchas veces tenemos que rumiarlos y reflexionarlos para hacerlo vida de nuestra vida. Como tantas veces hemos dicho y la celebración del Año de la fe en el que estamos metidos nos impulsa hemos de ahondar cada vez más en ese misterio de nuestra fe para conocerle mejor y para poder confesarlo con toda firmeza. Por eso nos conviene ir recordando y reflexionando sobre los diferentes artículos de fe nuestro credo.
Una fe que nos lleve a vivir una vida en consecuencia buscando siempre lo que es la voluntad de Dios. Ejemplo tenemos en María en el texto de la Anunciación que hemos escuchado y tantas veces reflexionado. Que como María sepamos abrirnos al misterio de Dios y sepamos en todo hacer su voluntad por encima de nuestras humanas voluntades. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, decía María y Dios se encarnó en su seno. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, como hemos escuchado en el Apocalipsis y así nos veamos justificados y santificados por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
‘Confirma en nosotros la verdadera fe, pediremos en la oración después de la comunión, para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su Resurrección’. Es nuestra fe, es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de confesar.

domingo, 7 de abril de 2013


Seguimos viviendo y celebrando la Pascua del Señor

Hechos, 5, 12-16; Sal. 17; Apoc. 1, 9-19; Jn. 20, 19-31
Seguimos celebrando la Pascua. Seguimos queriendo vivir con igual intensidad que lo hacíamos el domingo de la resurrección del Señor la alegría de la pascua. No puede decaer. La liturgia de la Iglesia en su sabiduría ha querido prolongar durante estos ochos días la misma solemnidad para que sigamos viviendo intensamente a Cristo resucitado. Se prolongará cincuenta días del tiempo pascual hasta que lleguemos a Pentecostés. Lo seguiremos repitiendo - que no solo es repetir sino mucho más porque es celebrar y vivir - cada domingo cuando celebremos el día del Señor en la memoria del día en que el Señor resucitó.
Todo eso será posible porque estamos impregnados por el Espíritu de Cristo resucitado que nos hace gustar la misericordia del Señor, que reanima la fe del pueblo cristiano con la celebración de la Pascua, que nos hace recordar la riqueza grande del bautismo que hemos recibido por el que participamos del misterio de su muerte y resurrección, que nos hace vivir con gozo hondo nuestra fe manifestando a todos lo que es la alegría del cristiano en todo momento de su vida.
Su Espíritu fue el regalo de Pascua a sus discípulos como escuchamos hoy en el evangelio. Por la fuerza de su Espíritu nos llenamos de paz con el perdón de los pecados y se nos acaban los miedos y temores; por la fuerza del Espíritu en el Bautismo hemos comenzado a ser hijos de Dios, partícipes de su vida divina; con la presencia de su Espíritu en nosotros nos llenamos de esperanza y comenzamos a amar de una manera nueva con el amor que El con su entrega nos enseñó.
Es de lo que nos está hablando la Palabra que hoy se nos ha proclamado. En el evangelio hemos contemplado el encuentro de Cristo resucitado con los apóstoles reunidos en el cenáculo. ‘Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Muchos temores quedaban en sus corazones. La experiencia por la que habían pasado de la crucifixión y muerte de Jesús había, podíamos decir así, desestabilizado sus vidas. Parecía que sus esperanzas se acababan. Como dirían los discípulos que marchaban a Emaús ‘nosotros esperábamos que el fuera el futuro liberador de Israel’. Ahora temían incluso por sus vidas si acaso no les pudiera pasar lo mismo olvidando quizá todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Pero Jesús está allí en medio con un anuncio de paz. Aunque se sienten turbados con su inesperada presencia ‘se llenaron de alegría al ver al Señor’ como comenta el evangelista. ‘Paz a vosotros’, les repite por dos veces Jesús. Y les regala su Espíritu para el perdón de los pecados. Su Sangre había sido derramada en el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados. La misericordia del Señor se derramaba sobre ellos y sus corazones se sentían para siempre inundados de paz.
Les había costado aceptar la cruz porque, ya desde los primeros anuncios que había hecho Jesús de su pasión, se habían rebelado contra esa posibilidad. Recordemos las reacciones de Pedro y lo que les costaba entender las palabras de Jesús. Tampoco quizá habían terminado de entender todo lo que Jesús había realizado y dicho en la última cena. Pero ahora derramando su Espíritu sobre ellos podrían terminar de comprender lo que es la misericordia divina y lo que es la paz que alcanzamos cuando así nos sentimos amados, con esa ternura de Dios - ¿misericordia no significaba algo así como la ternura de Dios? - y en El ya nos veremos liberados para siempre de todas nuestras culpas. Por eso hablamos en hoy del domingo de la misericordia, por eso podemos sentir de manera intensa ese saludo de paz de Jesús ya para siempre para nosotros.
Pero decíamos también que la celebración de este domingo viene a reanimar la fe del pueblo cristiano. El evangelio nos dice que Tomás no estaba entre ellos en esa primera aparición de Cristo resucitado a los discípulos. Le comentan ‘hemos visto al Señor’, pero a Tomás le cuesta creer. Quiere pruebas; quiere palpar por si mismo. ‘Si no veo en sus manos las señal de sus clavos, si no meto el dedo en el agujero de sus clavos y no meto la mano en su costado, no creo’. No ha sido el único que ha puesto en duda la resurrección del Señor que bien sabemos que eso se repite a lo largo de la historia de todos los tiempos. Que también pueden ser nuestras dudas, que nosotros también las tenemos en muchas ocasiones, que no siempre aceptamos todo con fidelidad, que hacemos nuestros distingos para ver lo que aceptamos y lo que no aceptamos, que nos hacemos nuestras reservas.
‘A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Y llegó de nuevo Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio’ y saludo de la misma manera, con la paz. Se dirige a Tomas ofreciéndole sus manos y su costado para que realice aquellas pruebas que había pedido. Pero no será necesario porque Tomás caerá a sus pies: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Será la exclamación y la proclamación de fe. ‘¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’.
El testimonio de lo que contemplamos en la reacción de Tomás con sus dudas y con su proclamación de fe nos ayudan también a nosotros en nuestra fe. ‘Se reanima la fe de tu Iglesia’, como decíamos en la oración litúrgica. Todo sucede como en ejemplo para nosotros. Queremos proclamar nuestra fe no solo con nuestras palabras sino con toda nuestra vida. Ya no tienen que quedar dudas ni temores. Con Cristo resucitado y la fuerza de su Espíritu nos sentimos fuertes en nuestra fe y frente a todos los avatares que nos pueda presentar la vida.
Recitamos el Credo, resumen de nuestra fe, le damos nuestro Sí al Señor, pero queremos crecer en nuestra fe, queremos alimentar nuestra fe, queremos formarnos debidamente en nuestra fe conociendo cada vez con mayor hondura el misterio de Dios para que podamos llegar a dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es necesario conocer bien lo que creemos para que podamos proclamarlo con toda claridad y valentía.
Testimonio que daremos con nuestras palabras sabiendo bien lo que creemos, pero testimonio que hemos de dar con las obras de nuestra vida. El texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de cómo ‘crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’. El Espíritu del Señor estaba en medio de aquella comunidad y crecían más y más en la fe y en el amor.
‘Hacían muchos prodigios y signos en medio del pueblo’; eran los prodigios del amor que se manifestaba en la comunión que vivían entre ellos porque ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo’; eran los prodigios del amor ‘donde nadie pasaba necesidad’ y todo se remediaba todo sufrimiento en el ejercicio de la caridad. ‘Acudían llevando enfermos y poseídos del espíritus inmundos y todos eran curados’.
Sigamos viviendo con toda intensidad la Pascua del Señor. Que no decaiga nuestro espíritu ni se enfríe nuestra fe. Acojámonos a la misericordia del Señor y nos llenaremos de paz. Consideremos bien la grandeza a la que nos ha elevado Cristo cuando El se ha abajado para tomar nuestra naturaleza, nuestra vida. Recordemos el Bautismo de nuestra fe y la riqueza de gracia que se ha derramado sobre nosotros. Seamos en verdad conscientes de que por la sangre de Cristo hemos renacido a una vida nueva.
Demos gracias al Señor porque es bueno, porque su misericordia es eterna. Aleluya, cantemos al Señor.