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viernes, 31 de mayo de 2019

Como María también nosotros llevamos a Dios cuando vamos al encuentro de los demás con amor, buenos deseos y sincera amistad y en los demás nosotros también encontramos a Dios


Como María también nosotros llevamos a Dios cuando vamos al encuentro de los demás con amor, buenos deseos y sincera amistad y en los demás nosotros también encontramos a Dios

Romanos 12, 9-16b; Sal: Is 12, 2-6; Lucas 1, 39-56
Qué alegría siente uno cuando ante una llamada al abrir la puerta de nuestra casa nos encontramos con un ser querido que quizás por la lejanía en que vive hace años no lo veíamos y ahora viene a visitarnos. Todo se vuelve alegría, los abrazos y cariños se multiplican, todo suena a música a nuestro alrededor y hasta nos parece que el sol se ha vestido de fiesta para unirse a nuestra alegría brillando con un especial resplandor. Entra la alegría por la casa y todo son exclamaciones de ese júbilo quitándonos la palabra para ofrecernos las mejores expresiones de nuestra hospitalidad interesándonos el uno por el otros, recordando mil detalles e interesándonos por los más diversos aspectos de nuestra vida.
Momentos de sorpresa y de jubilo, momentos de reencuentro previamente anunciados, momentos tan esperados como larga se había hecho la distancia y el tiempo de nuestro anterior encuentro o nuestra antigua convivencia. Como en mi familia vivimos la emigración de alguno de sus miembros me hace recordar lo que estamos reflexionando las vueltas a casa de quienes habían emigrado a países lejanos – que lejana parecía en mi niñez la América de la emigración de familiares que pasaban años fuera de nuestra tierra – y cuánta era la alegría y la fiesta a su retorno.
Me ha hecho rememorar estos recuerdos de mi niñez, pero también la experiencia de reencuentro con amigos o seres queridos lo que nos narra hoy el evangelio de la visita de María a su prima Isabel allá en las montañas de Judá. Desde la lejana Galilea – y cuan lejana podría parecer con varias jornadas de camino – se habían reencontrado Isabel con María. En la brevedad del relato del evangelio podemos resaltar, sí, las muestras de júbilo de aquellas dos mujeres en su encuentro y que llenó de alegría aquel hogar de la montaña. Hasta la criatura que llevaba Isabel en su seno tras un embarazo de seis largos meses saltó en el vientre de su madre, porque era muy significativa aquella visita y aquel encuentro.
Quedándonos incluso en estos detalles que hemos resaltado  ya podemos entrever toda la maravilla que allí se estaba desarrollando. Eran las maravillas del Señor que se realizaban en María, pero que abarcaban a cuantos en aquel hogar vivían. Era la madre de su Señor como reconocería Isabel y ahí estaba el gran misterio que allí estaba aconteciendo. Con María era Dios que de manera especial llegaba a aquella casa donde también se estaban obrando por otra parte las obras maravillosas del Señor. Porque si allí llegaba con María el que era esperado de las naciones, allí estaba también aquel que iba a ser señalado como el Precursor del Mesías, el que estaba anunciado como el que había de preparar los caminos del Señor.
La alegría y la alabanza que mutuamente se prodigaban aquellas dos mujeres pronto se iban a convertir en un cántico de alabanza al Señor que viene a visitar a su pueblo para derramar sobre él sus misericordias. Era la aurora bien brillante de un mundo nuevo que iba a comenzar porque quien ya estaba en el seno de María venia para establecer el Reino de Dios entre los hombres. Ese era el anuncio de su presencia, esa iba a ser la Palabra de Buena Nueva que iba a pronunciar, ese era el evangelio, la buena noticia para todos los hombres que allí ya se estaba anunciando y que María sabría traducir con sabiduría en sus cánticos y en sus palabras de alabanza al Señor.
Nos alegramos nosotros también con la visita de María a Isabel en las montañas de Judá. Nos alegramos y nos gozamos con las cosas maravillosas que allí se estaban realizando pero queremos ser nosotros, de manos de María de quien hemos de aprender, esa buena nueva para los demás cuando sepamos ir de verdad con corazón abierto al encuentro de los otros.
Pensemos que cuando vamos al encuentro del otro en nuestras mutuas visitas y en todo lo que significa nuestra convivencia también somos mensajeros de Buena Nueva para los demás; pensemos cómo con nosotros llevamos a Dios cuando nos acercamos con amor, con misericordia, con buenos deseos y sincera amistad a los otros. Dios también va con nosotros y nosotros en los demás también nos vamos a encontrar con Dios.

jueves, 30 de mayo de 2019

Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere


Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20
No entienden los discípulos lo que Jesús les quiere decir y le dan vueltas y vueltas a sus palabras para encontrarles un sentido. Refleja muy bien lo que nos sucede tantas veces. Nos cuesta entender. Serán situaciones que se nos tornan difíciles, enigmáticas, que nos cuesta aceptar o encontrarles un sentido. Serán palabras que escuchamos y no es porque no sepamos el idioma en que se nos habla, sino que se nos hace difícil interpretar; y nos preguntamos por qué nos dijeron eso, qué nos querían decir, qué interpretación tenemos que darle a lo que nos dicen. Como nos puede estar sucediendo ahora mismo cuando hemos escuchado el evangelio y no somos capaces de interpretar, no somos capaces de llevar sus palabras a nuestra vida.
Algunas veces el estado de ánimo que tengamos en ese momento también influye en que seamos capaces de entender lo que se nos dice. No está siempre el horno para bollos, como dice el refrán; pasamos por situaciones de prueba, no entender el rumbo que se va tomando en nuestro mundo, en nuestra sociedad, y hasta nos volvemos desconfiados con lo que se nos dice, no queremos ya creer, todo nos puede parecer mentira o falsedad, porque quizá no nos entendemos ni a nosotros mismos.
¿Qué hacer? busquemos serenar nuestro espíritu, busquemos sosiego y dejemos de correr tantas carreras en las que nos complicamos la vida, hagamos en cierto modo silencio en el corazón, pidamos la luz a quien en verdad puede dárnosla y dejemos que el espíritu divino actúe en nuestro interior.
Jesús les habla de que ahora le ven, le van a dejar de ver, pero que luego volverán a verle. En verdad que parece un trabalenguas. Les habla de momentos tristes que van a vivir, mientras los demás ríen, pero que llegarán momento de alegría completa. Por el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, en la última cena antes de comenzar su pasión, hay una clara referencia lo que van a vivir en aquellos días.
Parece que el mundo triunfa y por eso se ríe, porque han logrado prender a Jesús y su muerte les parece a ellos su victoria. Vendrán los momentos de la soledad del sepulcro, pero tras toda esa pasión vendrá la victoria de la resurrección. Incluso aquella muerte en la cruz es victoria de Cristo, porque es victoria sobre el mal, el pecado y la muerte. Cómo tendríamos que saber interpretar nuestra vida y lo que tantas veces nos pueda parecer fracaso, pero con Cristo no hay fracaso sino victoria.
Pero hay también una clara referencia a lo que será el tiempo de la Iglesia. Jesús tras su ascensión al cielo ya no estará visible para los ojos de la carne. Pudiera parecer orfandad y soledad, pero Jesús nos ha prometido que estará para siempre con nosotros, y para ello nos da la presencia del Espíritu. En el tiempo de la Iglesia, el tiempo que a nosotros nos toca vivir no veremos a Jesús con los ojos de la carne, pero Jesús está con nosotros. Hay momentos que se nos hacen duros, de soledad, de orfandad, de silencio, donde que quizás del entorno en que vivimos lo que vamos a recibir no sea nada bueno porque no nos faltarán las tentaciones, pero también porque estarán presentes las persecuciones.
¿Tiempos de tristeza? Tenemos que aprender a sentir la alegría de la fe en nuestro corazón; tenemos que aprender a valorar la presencia del Espíritu en nosotros; tenemos que saber descubrir que Jesús está siempre con nosotros, y vivimos su presencia en los sacramentos y en la Palabra que escuchamos, pero tenemos que aprender a descubrir la presencia de Jesús en el amor.
Abramos los ojos de la fe y comenzaremos a comprender el sentido de tantas cosas; abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere. Sentiremos entonces la alegría más honda en el corazón.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Jesús promete que enviará su Espíritu nuestra luz y nuestra sabiduría, nuestro apoyo y nuestra fortaleza, quien aliente nuestra esperanza y nos llene de la vida de Dios


Jesús promete que enviará su Espíritu nuestra luz y nuestra sabiduría, nuestro apoyo y nuestra fortaleza, quien aliente nuestra esperanza y nos llene de la vida de Dios

 Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15
Es cierto que todos buscamos nuestra propia autonomía queriendo tomar las decisiones por nosotros mismos, tener nuestra propia iniciativa e ir madurando en la vida para tener nuestros propios planteamientos, nuestra propia manera de pensar y de actuar. Forma parte de nuestro crecimiento personal la formación de nuestra propia identidad y personalidad.
No queremos depender de nadie y ya nos es suficiente que en las actividades de la vida, en los trabajos o en la construcción de nuestra sociedad y de nuestro mundo nos sintamos unidos los unos a los otros colaborando junto en ese proyecto común de nuestra sociedad. Aunque con nuestra autonomía y nuestra personalidad no nos aislamos de los demás sino que tenemos que ser capaces de cooperar unos con otros en esa realización de nuestra vida.
Pero es cierto también que en el fondo de nosotros mismos – porque no queremos ser orgullosos ni autosuficientes – deseamos también tener a nuestro lado un buen consejero, un buen amigo que nos acompañe, en quien descargar esas inquietudes hondas que se pueden convertir en frustraciones cuando no logramos lo que ansiamos, pero que de alguna manera sea nuestra ayuda con su palabra certera, con su apoyo cuando lo necesitamos, o con ese empujoncito que tantas veces necesitamos; ese amigo que también en ocasiones nos abra los ojos, nos ayude a ver con mayor claridad en esos momentos en que parece que todo se nos oscurece, como tantas veces pasamos en la vida.
Es lo que nos ayuda a crecer y a madurar en la vida. Y eso siempre lo necesitamos, porque con autonomía, con la autonomía de nuestra personalidad no nos hemos de creer tan autosuficientes que al final queramos caminar solos y aislados de los demás. Mientras hay vida hay crecimiento; mientras hay vida en nosotros hemos de procurar conseguir lo mejor, crecer más y más en nuestros valores, vivir con responsabilidad esa vida con la que también podemos ser apoyo para los demás, estimulo para los otros. No es creernos mejores que nadie, pero si darnos cuenta que todos nos podemos enriquecer mutuamente.
Hoy Jesús nos habla en el evangelio de ese apoyo en el camino de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Los discípulos se sentían seguros con la presencia de Jesús a su lado. No le van a seguir viendo con los ojos de la cara, pero han de seguir sintiendo su presencia, por eso les habla de que les enviara su Espíritu, el Espíritu Santo que sea como su abogado y defensor, su apoyo y su fortaleza, su luz y su sabiduría.
El Espíritu estará en la vida del creyente para hacerle sentir la presencia de Dios, su gracia y su fortaleza. Quien en los momentos de oscuridad sea luz para los ojos de nuestro corazón; en los momentos de debilidad e inseguridad como tantas veces nos podemos sentir en nuestra vida nuestra fortaleza y nuestra sabiduría. Será el consuelo para nuestro corazón atormentado, será quien aliente nuestra esperanza, será quien está a nuestro lado en nuestras luchas, será quien nos inspire en nuestras dudas, será nos levante de nuestras debilidades y caídas.

martes, 28 de mayo de 2019

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
El tener que separarnos de alguien a quien queremos se convierte en una prueba que se nos hace difícil llevar. Nos gustaría estar siempre con los que amamos, con las personas que apreciamos, con aquellos que nos han hecho mucho bien ya sea con sus palabras, con su ejemplo o simplemente con su presencia. Puede ser una prueba dura que incluso pudiera desencadenar amarguras y hasta rupturas, pero también hemos de saber sacar provecho de momentos así. Ahí están por otra parte, es cierto, las frustraciones tenidas en la infancia cuando el padre o algún hermano tenía que marchar emigrante buscando un futuro mejor para la familia, y cuánto dolor provocaban esos momentos y esa separación.
Pero quizá una prueba así nos viene bien el pasarla. Podemos valorar quizá mucho más el aprecio y el cariño que nos tenemos, nos hace recordar cuanto de bueno recibimos de esa persona y en su memoria quizás nos esforzamos más por querer imitarla, o aprendemos a valorar otra manera de presencia y la sentimos muy fuerte dentro de nuestro corazón, al tiempo que se alienta nuestra esperanza de un nuevo reencuentro que nos será de grande felicidad.
Hay circunstancias y momentos en la vida que quizás nos convenga esa separación, aunque sea dolorosa para nosotros. Como decíamos despierta esperanzas, mueve a responsabilidades, nos hace tener otra visión de las cosas y de la vida, nos mueve a descubrir otro sentido, nos hace tener quizás una nueva sensibilidad porque ya no veremos solo con los ojos, sino que aprenderemos a sentir desde lo hondo del corazón.
Me hago toda esta reflexión porque esas situaciones que vemos en el evangelio no solo quiero verlas como algo quizás lejano en el tiempo de lo que le sucedió entonces a los apóstoles sino que quiero hacer una lectura de lo que ahora vivimos y que podemos ver también reflejado en el evangelio o el evangelio nos puede dar una nueva luz que dé sentido a lo que ahora vivimos. Nunca la Palabra de Dios puede estar lejana de lo concreto que es nuestra vida hoy.
Hoy en el evangelio se nos está hablando de la tristeza que están sintiendo los discípulos en aquellos momentos que suenan a despedida o que son preanuncio de lo que ha de suceder. Y Jesús les dice ‘conviene que yo me vaya’. Les cuesta entender. Pero El les está hablando de una nueva presencia, para la que ya no necesitaran del sentido de la vista. Les habla del Espíritu que estará con ellos, el Espíritu de Jesús que ya nunca les faltará y que les hará sentir una nueva presencia.
Valía entonces para los discípulos en aquellas circunstancia que estaban viviendo, y ellos lo comprenderían más tarde; nos vale para nosotros que con nuestros ojos no hemos visto al Señor, ni lo hemos palpado con nuestras manos, como aquellos que se acercaban a tocar su manto, o como Tomás que quiso meter sus dedos en las llagas de los clavos o su mano en la llaga del costado, o como Juan que se recostaría sobre su pecho. Eso así no lo podemos realizar nosotros, pero nosotros si podemos sentir y vivir con toda intensidad la presencia de Jesús.
Y la presencia del Espíritu nos hará conocer todo, y nos hará sentir todo de una manera distinta, y nos descubrirá allá en lo más hondo de nosotros también las sombras que habremos dejado meter en nuestra vida, y sentiremos una nueva luz y una nueva mirada para descubrir a Jesús tal como El nos había dicho que teníamos que verlo en el hambriento o en el sediento, o en todo aquel que nos tienda la mano pidiendo una ayuda, o aquel que lleno de las llagas de la vida lo veamos pasar a nuestro lado. Y entonces podremos descubrir de una forma nueva a Jesús. Y entonces podremos sentir esa fuerza nueva del amor que moverá nuestros corazones y que llenará de verdadera trascendencia nuestra vida.
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Con la fuerza del Espíritu de Jesús en nosotros algo nuevo va a nacer en nuestros corazones.

lunes, 27 de mayo de 2019

Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu que Jesús nos promete y nos envía



Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu que Jesús nos promete y nos envía

Hechos de los apóstoles 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Muchas veces en la vida nos encontramos sin fuerzas para emprender la tarea que tenemos que realizar, no sabemos cómo comenzar y parece como que nos encontramos a oscuras sin saber realmente a donde ir. Nos entra la desgana, nos sentimos sin fuerzas o sin motivaciones interiores para la lucha de cada día, nos sentimos incapaces porque quizá no terminamos de conocernos a nosotros mismos y vemos más bien defectos y limitaciones pero no hemos llegado a descubrir todos los valores que hay en nuestro interior y que nos capacitarían para cosas bien importantes.
La vida se nos vuelve complicada desde las distintas tareas que tenemos que afrontar, pero también desde los problemas que se nos acumulan y a los que no terminamos de dar respuesta o no sabemos cómo afrontarlos. Eso nos hace que nos entre la desgana o el desánimo y antes de emprender las tareas nos parecen como montañas inalcanzables.
No nos damos cuenta que la subida hay que hacerla paso a paso y no podemos pretender llegar a lo alto de la montaña sin haber dado antes todos los pasos de la escalada. Cada paso ha de tener su momento y su sabor, cada momento hemos de vivirlo y disfrutarlo; pasos que no podemos ver como tormentos sino como peldaños en esa ascensión que nos llevarán paso a paso a poder disfrutar al final de la altura conseguida.
Y es que nos falta en ocasiones esa fuerza interior, ese creer también en nosotros mismos y nuestras posibilidades, tener claras las metas y los ideales de nuestra vida dándonos cuenta que merece la pena luchar por alcanzarlos.
Eso nos sucede en todas las facetas de nuestra vida, desde esas responsabilidades que cada uno tiene cada día consigo mismo y con aquellos que caminan con él ese camino de la vida, pero también de esos compromisos que adquirimos en nuestro trabajo, en esa sociedad en la que vivimos. Eso nos sucede en nuestro mundo interior, en que muchas veces nos parece encontrarnos vacíos y sin fuerzas, porque quizá no hemos cultivado nuestro espíritu como tendríamos que haberlo hecho; eso nos sucede en el mundo de la fe que vivimos y a la que no siempre damos la debida profundidad y en todo lo que es nuestro compromiso cristiano.
Tendríamos que ser más hombres y mujeres llenos de espíritu, espirituales; tendríamos que saber cultivar una espiritualidad profundo en nosotros que nos eleve porque vivimos demasiado apegados a las cosas materiales como si fueran lo único de nuestra vida. El hombre espiritual tiene fuerza interior, pone metas altas en su vida, se llena de trascendencia porque siempre tiende a ir más allá de lo que ahora tiene simplemente delante de sus narices, sabe darle profundidad a su vida.
Hoy nos habla Jesús de esa presencia del Espíritu en nuestras vidas. Como creyentes en Jesús sabemos que no es solo una cosa que tengamos por nosotros mismos. Es cierto que en nosotros hay esa hambre, podríamos decir, de algo grande pero sabemos que es algo que por si mismo nos supera. No es solo una fuerza que encontremos en nosotros mismos, aunque seamos capaces de muchas y grandes cosas, sino que es la fuerza que nos viene de lo alto, que nos viene de Dios.
Mucho podían saber, después de todo el tiempo que habían estado con Jesús, de lo que habían de hacer para vivir el Reino de Dios, pero tenían que ser conscientes de que un día aparecerían dificultades y hasta persecuciones desde el interior de ellos mismos por esas desganas y desilusiones que se nos meten en la vida como antes decíamos pero también desde el exterior de ese mundo que les rodeaba – Jesús les anuncia esas persecuciones – por eso Jesús les promete la presencia del Espíritu.
El Espíritu que les recordaría cuanto Jesús les había enseñado, pero el Espíritu que seria su fortaleza para esa tarea que Jesús les encomendaba. Habían de dejarse llenar del Espíritu, para no perder la meta, para sentirse siempre con fuerzas, para sentirse como elevados y transportados mas allá de esos contratiempos que se iban a encontrar en la vida. El Espíritu que de verdad les haría fuertes interiormente.
Es esa espiritualidad que nosotros hemos de buscar, porque no nos apoyamos en nosotros mismos, por mucha fuerza de voluntad que tengamos. Necesitamos esa gracia, esa luz sobrenatural, esa presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida. Es lo que nos dará verdadera profundidad a nuestro ser, es quien nos hará sentirnos seguros y con fuerzas descubriendo al mismo tiempo todos los valores que tenemos en nuestra vida, es lo que nos elevará y nos llenará de trascendencia para no quedarnos meramente en lo material o en lo terreno que aquí podemos tener o vivir.
Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu Santo que Jesús nos promete y nos envía.

domingo, 26 de mayo de 2019

El cristiano, testigo del amor de Jesús, ha de convertirse en lugar de encuentro entre Dios y los hombres porque somos verdaderos templos de Dios


El cristiano, testigo del amor de Jesús, ha de convertirse en lugar de encuentro entre Dios y los hombres porque somos verdaderos templos de Dios

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29
‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’ nos dice hoy Jesús en el evangelio. Son palabras de Jesús como de despedida en la última cena. Palabras importantes que nos hablan de su presencia permanente junto a nosotros, palabras que nos hacen sentirnos si escuchamos y cumplimos su palabra en morada y en templo de Dios que quiere habitar en nosotros.
Lo hemos reflexionado muchas veces, el hombre quiere encontrar y conocer a Dios; en el ansia de plenitud que hay en nosotros queremos llenarnos de Dios, vivir a Dios y le buscamos. Hay lugares y momentos que nos parece que nos hacen sentir a Dios más cercano y nos construimos lugares donde podamos sentir de manera especial su presencia; el hombre de todos los tiempos ha buscado ese lugar sagrado, ha consagrado lugares para Dios donde sentir y vivir su presencia.
Son los templos que de una forma o de otra en todas las religiones se levantan en honor a Dios y en los que queremos darle culto, sentirle o escucharle, vivir su presencia y mostrarle la respuesta de nuestra fe y de nuestro amor. Hacemos las ofrendas más suntuosas en nuestros templos que quieren expresar también la grandeza del misterio de Dios que nos supera en su inmensidad. Pero de alguna manera, ¿no nos estaremos quedando lejos del verdadero sentido del evangelio?
La novedad del evangelio de Jesús nos hace sentir de una forma nueva su presencia y es lo que realmente viene a decirnos hoy Jesús en el texto evangélico que hemos escuchado. Recordamos cuando el episodio de la expulsión de los vendedores del templo que lo profanaban con su mercadeo y ante las exigencias de los judíos preguntando por su autoridad para hacer lo que hizo, les dice: ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’. No entienden los judíos las palabras de Jesús y las usarán en la acusación ante el Sanedrín, pero como nos comenta el evangelista que ya había captado la plenitud de su mensaje, El se refería al templo de su cuerpo. El es la verdadera morada de Dios entre los hombres.
Pero hoy nos está diciendo que nosotros también podemos ser, tenemos que ser esa morada de Dios. ‘Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dice. Somos nosotros si le escuchamos y aceptamos su Palabra, si hacemos su voluntad y cumplimos sus mandamientos, como nos dice, los que no vamos a convertir en esa morada de Dios, en ese templo de Dios. ‘Haremos morada en El’, que nos dice.
Entendemos entonces las palabras del Apocalipsis que hoy hemos escuchado. Nos habla de la nueva Jerusalén que bajaba del cielo llena de la gloria del Señor, pero  nos dice ‘Templo no ví ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero’. No es lo importante ese templo construido con elementos humanos, porque el verdadadero templo es la gloria del Señor Todopoderoso que en nosotros quiere habitar.
¡Qué maravilla! Esto tiene muchas consecuencias, empezando por la santidad de nuestra vida para no profanar ese templo de Dios que somos nosotros. Así hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo por la fuerza del Espíritu que no solo nos hace hijos de Dios, sino que nos convierte en esa morada de Dios también en medio de los hombres.
Y es que el cristiano, el testigo de Jesús ha de convertirse en medio de la humanidad en lugar de encuentro entre nosotros los hombres pero en lugar de encuentro también con Dios. Ese ha de ser nuestro testimonio, de eso hemos de ser testigos no solo con nuestras palabras sino con nuestra vida. Con nuestro amor – es nuestro distintivo y todo el motor de nuestra vida – nos hemos de convertir en lugar de reconciliación, de perdón y de paz. Y es que allí donde hay verdadero amor allí se hace presente de Dios con su gracia, con su vida, con su perdón, con su paz. Y eso es lo que tenemos que lograr cuando nos sentimos inundados y rebosantes de amor.
Allí por donde vaya un cristiano tiene que ir un testigo del amor; allí donde esté un cristiano inundado de ese verdadero amor tendrá que haber siempre encuentro entre los hombres, estaremos promoviendo siempre la reconciliación y la paz, se tiene que estar creando comunión, será siempre motivo de comunión entre todos, trabajará por el diálogo y el entendimiento, estará buscando siempre la justicia y la fraternidad. Triste sería que fuéramos un anti-testimonio porque provoquemos rupturas y distanciamientos, porque en lugar de la concordia estemos siendo semillas de discordia y de enfrentamiento. Eso sí que sería una profanación de esa morada de Dios en nosotros. Qué testimonio más verdadero tenemos que dar.
Y todo esto lo podremos realizar porque con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu. ‘Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado, nos dice; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. El será nuestra sabiduría y nuestra fuerza, en El encontraremos la verdadera paz, no una paz cualquiera, sino la paz al estilo de Jesús. Con el Espíritu en nosotros se acabarán nuestros miedos y cobardías, porque El está con nosotros, más aún como venimos reflexionando, El está habitando en nosotros que nos hemos convertido en verdadero templo de Dios, en verdadera morada de Dios.
Cuantas conclusiones y compromisos tenemos que sacar de estas palabras de Jesús.

sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.

viernes, 24 de mayo de 2019

Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción


Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción

Hechos 15,22-31; Sal 56: Juan 15, 12-17
Alguien ha definido la pascua como el tiempo del amor. Es el tiempo en que se derrama el Espíritu sobre nuestros corazones y es Espíritu de amor. Ya en el primer día de la pascua contemplábamos como Jesús derramaba su Espíritu sobre los apóstoles en el cenáculo para el perdón de los pecados y concluiremos el tiempo pascual en la fiesta del Espíritu, Pentecostés, que se derrama como espíritu de amor sobre todo los que creemos en Jesús.
Repetidamente en el evangelio vamos escuchando, como lo hacemos estos días, la invitación y el mandato de Jesús que es el amor que ha de ser de verdad nuestro distintivo, nuestra auténtica señal de identidad, y al mismo tiempo vamos invocando al Espíritu que nos anuncia Jesús para que se derrame sobre nosotros y nos transforme los corazones.
Nos pide Jesús que nos amemos y que nos amemos como El nos ha amado y a continuación nos pone el listón bien alto. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y nos dice que somos sus amigos, que El ha sido quien nos ha elegido y que hemos de dar en consecuencia frutos de amor. Significará entonces la entrega que nosotros hemos de vivir para amar con un amor como el de Jesús. ¿Estaremos nosotros también a dar la vida por nuestros amigos? Es el amor más grande, es el amor que nosotros hemos de vivir.
Pero como nos ha ido señalando a lo largo del evangelio no solo hemos de amar a los que nos aman, saludar a los que nos saludan; como nos dice El mismo, eso lo hace cualquiera. Pero nosotros no somos cualquiera, nosotros somos los que hemos experimentado en nuestra vida el amor del Señor, somos los amados de Dios que hemos de amar con un amor igual. Por eso nos hablará de la comprensión y de la misericordia de las que hemos de llenar nuestro corazón, para amar a todos, para ser comprensivos y misericordiosos con todos, para parecernos al Padre que es compasivo y misericordioso, que ha de ser nuestra meta y que vemos reflejado en el rostro de Cristo.
Pero esto no puede ser una doctrina o una teoría, esto hemos de traducirlo en las obras de cada día de nuestra vida, con aquellos que están a nuestro lado que decimos que amamos pero que tantas veces tienen que soportar nuestros desaires y nuestro mal humor, pero que hemos de traducir en lo que hagamos con cualquiera que nos vayamos encontrando en el camino de la vida.
Quien ama con un amor como el de Jesús no podrá ir por la vida con los ojos cerrados para no ver, para que no nos hieran los sufrimientos de los demás, para desentendernos de los problemas de los otros. Nuestro corazón nunca se podrá cerrar, siempre ha de ser un corazón abierto en el que vayamos poniendo el sufrimiento y las carencias de los hermanos con los que nos vamos encontrando. Claro, se necesita llevar los ojos bien abiertos, con las pupilas bien dilatadas con los colirios de la fe y del amor para que quepan todos en nuestro corazón.
Es el tiempo de la pascua que es el tiempo del amor, como decíamos al principio. Es el paso de Dios por nuestra vida que llega a nosotros en tantos crucificados que nos vamos encontrando en los caminos, pero a los que hemos de conducir a la pascua de una nueva vida de amor, el amor que nosotros seamos capaces de compartir con ellos.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena


Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
Qué felices son los que aman de verdad. Es la mayor felicidad, la más honda, la que nace de lo más profundo de nosotros mismos cuando por amor nos damos hasta casi olvidarnos de nosotros mismos. Claro que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es el camino para aprender a valorar a los demás, para amar a los demás.
Alguien podría pensar que el que se ama a si mismo no es capaz de amar a los demás, pero creo que tenemos que darnos cuenta bien lo que es el amor. Amarse a si mismo no es hacerse egoísta ni insolidario; amarse a si mismo es conocerse en su total realidad también con nuestras debilidades y defectos, con nuestros tropiezos y también con nuestros fracasos, y somos capaces de aceptarnos, de valorar por otra parte lo que hay de bueno en nosotros y superar lo que nos debilita y nos llena de cicatrices. No nos destruimos porque veamos que somos débiles, tenemos tropiezos o incluso fracasos, sino que tratamos de levantarnos. Y es también amarnos.
Pues bien, si aprendemos eso de nosotros mismos lo aprendemos también para los demás. Alguien puede decir que no puede amar a quien está lleno de debilidades o hasta de maldades en su corazón. Mira como nosotros nos amamos, porque nos aceptamos para superarnos. Pues amamos a los demás aceptándolos como son, también con sus debilidades y sus defectos, porque el amor que les tengamos a ellos les ayudará a superarse, a querer ser mejores, a corregir sus errores y sus defectos. Ya sé que no es fácil, porque delante de nuestros ojos o nuestra mente aparecerán muchos fantasmas que nos quieren hacer ver solo defectos o debilidades. Pero es posible amar, tenemos que hacer posible ese amor.
Y con nuestro amor nosotros los estamos ayudando a crecer porque les estamos diciendo que les tenemos en cuenta, que creemos que sean capaces de superar muchas cosas y crecer, les ayudaremos a  creer también en si mismos, como nosotros queremos creer también en nosotros mismos.
¿Y no se siente uno feliz entonces cuando ama y ve que con su amor el otro crece, el otro se siente más y más dignificado a pesar de sus debilidades? Amamos y amamos de verdad y sentiremos un gozo muy hondo en nuestro espíritu, pero haremos también que todos nos sintamos más felices. Con nuestro amor verdadero, libre de todo egoísmo, haremos que nuestro mundo sea mejor; desde nuestra fe decimos que estamos construyendo el Reino de Dios.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de aquella despedida en la última cena donde estaba dejando escapar cuanto llevaba en su corazón y lo que deseaba para quienes fueran sus discípulos a los que tanto amaba. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, y nos pide que nosotros amemos de la misma manera. Es su mandamiento, es su deseo para nosotros, es como su última voluntad. Amarnos como El nos ha amado. Por eso termina diciéndonos que ese es el camino de la dicha, de la felicidad. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.
Vivamos, pues, en esa plenitud de amor haciendo lo que es su voluntad. Es el amor que nos conduce a la felicidad plena. Es el amor que haremos que nuestro mundo sea mejor; es el amor que es la mejor flor del Reino de Dios que queremos construir.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida



Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Todos entendemos la alegoría que nos propone hoy Jesús. Aunque no seamos del campo ni agricultores. Más o menos todos entendemos del cuidado de las plantas y de los árboles. Una planta que no es cuidada debidamente no nos dará ni la flor ni el fruto que de ella esperamos. Serán los cuidados de la tierra, la humedad necesaria, los nutrientes que necesita, la eliminación de ramas inútiles o que se secan, la poda que la fortalece.
Y Jesús nos dice que así tiene que ser nuestra vida. En la material, por así decirlo, ya tratamos de cuidarnos, de alimentarnos debidamente, de hacer los ejercicios que necesitamos para la agilidad de nuestros miembros o la fortaleza de nuestro cuerpo, de protegernos o de prevenir enfermedades y cuando surgen acudimos a quien nos pueda ofrecer remedio para recuperar nuestra salud. Hoy en la vida esto es algo que se tiene muy en cuenta, a pesar de tantas cosas nocivas que nos rodean y que pudiera atentar contra nuestra salud como atentan también contra la naturaleza. En eso hay como una nueva cultura y son muchas las campañas que surgen de un lado y de otro en este sentido. Y también el Señor quiere esa buena salud para nuestro cuerpo y para nuestra vida.
Pero bien sabemos que es mucho más lo que nos quiere decir hoy Jesús con esta alegoría de la vid y de los sarmientos que nos ofrece el evangelio. Porque tajantemente nos dirá que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Ya podemos recordar aquel episodio en que Pedro haciendo las cosas en nombre de Jesús, fiándose de la palabra de Jesús echó la red y la redada de peces fue muy grande.
Hoy nos está pidiendo que vivamos unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vida para que circule la savia, para que puedan llegar los nutrientes hasta sus ramos y sus hojas, para que pueda florecer el racimo y ofrecernos hermoso fruto. Es la gracia del Señor que necesitamos, porque es nuestra vida y nuestra fortaleza; porque es su Vida la que nos va a nutrir, la que tenemos que vivir, la que hará que tengamos buenos frutos.
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Tenemos que escuchar estas palabras de Jesús con mucha atención. Hemos de buscar la manera de permanecer bien unidos a Jesús. Quiere El estar presente en nuestra vida; hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra cosa la que vivamos.
Así tenemos que escucharle, así tenemos que meterle bien en nuestra vida, así tiene que ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Ahí está la escucha de su Palabra; ahí tiene que estar muy viva nuestra oración de cada día no hecha de una forma rutinaria sino de una forma muy viva porque es meter a Dios en nuestro corazón y nosotros meternos en el corazón de Dios; ahí está la vivencia de los sacramentos en los que El se hace presente con su gracia, porque los sacramentos no son sino presencia de Dios en nosotros.
‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’, termina diciéndonos hoy Jesús.

martes, 21 de mayo de 2019

Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea



Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
En el devenir de la vida aunque quisiéramos vivir siempre con sosiego y paz hay, sin embargo, muchos momentos en que perdemos ese serenidad y esa paz por las cosas que nos preocupan, la incertidumbre quizá del mañana, de lo que no sabemos, de las sorpresas que nos podemos encontrar, un accidente o un acontecimiento que no esperamos, o ante la separación de un ser querido, un amigo o un familiar, que nos deja, que marcha por otros derroteros o cuando incluso sabemos que la muerte nos lo arranca de nuestro lado.
Queremos enfrentarnos con serenidad ante esos momentos y no podemos. Previamente al hecho nos sentimos intranquilos, después de lo sorpresa de lo que no esperábamos y nos impactó, quizás nos quedamos nerviosos y no encontramos la manera de serenarnos, de seguir con el ritmo normal de la vida, o de centrarnos en lo que quizá por obligación tenemos que seguir haciendo.
Hace falta, es cierto, mucha fuerza interior para encontrar esa serenidad, tener la madurez suficiente para comprender y para aceptar, para darle un sentido a lo que nos sucede y encontrar caminos de luz, rayos de esperanza, fuerza suficiente para no perder esa calma que necesitamos y más aún en los momentos difíciles. Es el espíritu con que nos enfrentamos a la vida, el coraje con que la vivimos, los recursos humanos y espirituales que hemos de saber encontrar. No siempre es fácil por nosotros mismos. El apoyo de una persona fuerte a nuestro lado puede ser un ejemplo y un aliciente.
Pero quienes ponemos en la vida toda nuestra confianza en Dios sabemos que El es nuestra fuerza, la roca salvadora sobre la que podemos apoyarnos y que nunca nos fallará. Hay personas que ante cosas así hablan de resignación, pero creo que es actitud en cierto modo negativa no es lo que mejor nos puede ayudar, aunque muchos se refugien en ello por no haber sabido encontrar otro sentido.
Bien nos viene escuchar las palabras que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Los momentos que vivían los discípulos no eran fáciles, aunque les costara comprender toda la trascendencia de lo que estaba sucediendo; parece que tenían una venda sobre los ojos que no les dejaba ver claro, pero algo intuyan por la solemnidad de todo lo que había sucedido en aquella cena con aquellos signos especiales que Jesús había realizado. Porque no terminaban de comprender estaban como nerviosos e intranquilos.
Por eso Jesús les dice que no pierdan la calma. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice. Es bueno escuchar bonitas palabras pero hay que enfrentarse a los hechos y era lo que les costaba. Por eso les dice Jesús que les da su paz, una paz que no es como la que el mundo pretende darnos. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’.
No es la paz impuesta por la fuerza, la que se gana en batallas y guerras, es la paz que hemos de saber encontrar en el corazón, que es mucho más difícil y costosa en muchas ocasiones. Y es que Jesús les está diciendo que se va, porque se vuelve al Padre, pero les asegura su presencia. Es lo que tenemos que saber descubrir a pesar de las tormentas y de los miedos, la presencia de Jesús no nos falla.
Nos dirá que está con nosotros hasta el final de los tiempos, pero nos prometerá también que nos dará su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza y de verdad. Nos quita los miedos, nos hace sentirnos seguros y fuertes, nos descubre la verdad, nos revela en nuestro corazón todo el misterio de Dios, nos hace comprender cuando Jesús nos ha dicho y nos ha costado entender.
Es cierto que en los momentos oscuros parece que nadie está a nuestro lado, pero hemos de saber vislumbrar las rendijas de luz que nos hacen sentir que El está ahí y que a pesar de todo el corazón nos comienza a latir con fuer.za porque El está llenándonos por dentro. Pero rendijas de luz pueden ser también personas que se acercan a nosotros quizá de una forma ocasional y nos dicen una palabra, nos tienden una mirada, nos hacen sentir el calor de su amor, nos están haciendo sentir también la presencia de Dios.
Es entonces cuando comenzaremos a sentir paz a pesar de que las tormentas puedan ser fuertes. Porque la presencia de Jesús no es hacer el milagro para arrancarnos de esas situaciones, sino que la presencia de Jesús nos serena y da paz para mirar las cosas de otra manera, para encontrar un sentido, para sentir una fuerza interior que nos viene de Dios y que nos hace seguir caminando. Muchas señales de su presencia tenemos que saber descubrir y encontraremos la paz que necesitamos

lunes, 20 de mayo de 2019

Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos


Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos

Hechos 14,5-18: Sal 113B; Juan 14, 21-26
No sé para que te explico yo todo esto si no me vas a hacer caso; te lo digo y te lo explico una y otra vez con toda claridad pero no hay manera que hagas lo que te digo, sabiendo además que lo que te estoy diciendo es por tu bien… Así reacciona a veces un padre ante el hijo que no hace caso y sigue por sus malos caminos; así reaccionamos nosotros y hasta perdemos las ganas de querer ayudar a alguien cuando una y otra vez le decimos las cosas, pero  no hay manera de que nos atienda a lo que le decimos e intente seriamente seguir los cosas, los consejos que le demás para su bien.
¿No será así, de alguna manera, cómo actuamos ante la Palabra del Señor? Continuamente escuchamos el evangelio, escuchamos a aquellos que tratan de comunicarnos la Palabra de Señor, pero no hay manera que cambiemos actitudes, posturas, el actuar de nuestra vida sino que queremos seguir por nuestros propios caminos haciéndonos oídos sordos a lo que el Señor nos dice.
¿Qué nos pide el Señor? Que cumplamos sus mandamientos, lo que es la voluntad del Señor que siempre nos llevará por caminos de felicidad, nos llevará por caminos que nos conducen a la vida eterna. Son los caminos de la bondad y de la rectitud, los caminos de la solidaridad y de la generosidad, caminos de sinceridad, de autenticidad, de verdad, caminos que nos llevarían a ser más hermanos los unos con los otros y a llenar de misericordia nuestro corazón, a mirar con una mirada nueva a los que caminan a nuestro lado, a ser capaces de aceptar a todo persona que llega junto a nosotros alejando todo tipo de discriminación; son caminos que nos llenan de vida.
Pero fijémonos en lo que nos dice hoy Jesús. Con cosas verdaderamente sublimes. Aceptar lo que la voluntad de Dios en nuestra vida nos lleva a la sublimidad de llenarnos de Dios. ¿No preguntaba aquel joven qué tenía que hacer para heredar la vida eterna? Y recordamos que Jesús le decía que cumplir los mandamientos. Hoy nos lo dice con otras palabras pero que es lo mismo.
Primero nos dice: ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’. Qué hermoso, nos vamos a sentir amados de una manera especial por Dios y tanto es su amor que nos manifestará toda la intimidad de su ser. ‘Lo amaré y me revelaré a El’. Por eso dirá a los discípulos que los llama amigos, amados de Dios, y que los llama amigos porque a ellos les ha revelado todo lo que ha recibido de su Padre.
Pero luego abunda más en este concepto. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Como decíamos antes llenarnos de la vida eterna, llenarnos de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. Dios que viene a habitar en nosotros. ¿Qué otra cosa es la vida eterna de la que nos habla y que nos promete?
Por eso decía que es sublime lo que Jesús nos revela, lo que Jesús nos ofrece. Pero tenemos que escucharle, tenemos que aceptar su Palabra, tenemos que cumplir su voluntad, los mandamientos. Porque quien no los cumple es que no ha puesto toda su ve en El. Algo maravilloso que nos ofrece Jesús y que nos dirá que nos enviará su Espíritu para que lleguemos a la plenitud de la verdad. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Finalmente pensemos que si ahora estamos reflexionando sobre todo esto, es una manifestación del Espíritu en nosotros. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios y nos llenaremos de la vida de Dios, El habitará en nosotros.


domingo, 19 de mayo de 2019

Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo




Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo

Hechos 14, 20b-26; Sal 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35
Imaginemos que en una inmensa superficie de agua cristalina y en total quietud en un momento determinado vemos caer una gota, solamente una gota, y veremos cómo inmediatamente surgen ondas expansivas en aquella superficie que se van extendiendo paulatinamente sobre ella, podríamos decir que casi hasta el infinito. Es la imagen también con la que reflejamos ese punto de luz que surge en medio de la oscuridad pero que va igualmente expandiéndose y llenando todo de luz, y la misma imagen utilizamos para el sonido. Son incluso los signos gráficos con que lo significamos.
Es la imagen que nos puede reflejar igualmente lo que significó la presencia de Dios hecho hombre en Jesús en medio de la humanidad y toda la creación que como esa gota expansiva, como ese punto de luz que extiende sus rayos en su entorno así ilumina y transforma nuestra vida y nuestro mundo. ¿Cuál es la fuerza de la honda que se expande y quiere abarcar a toda la humanidad? En una palabra lo podemos decir, el amor. Es la fuerza expansiva del amor que nos arranca de la quietud para ponernos en movimiento a una nueva vida, a un nuevo sentido de vivir, a un mundo nuevo que hemos de crear.
Es lo que Jesús nos ha dejado como testamento y como mandato, que nos amemos. El testamento, manifestación de la última voluntad que se nos quiere dejar como consigna cuando llega el momento de la partida. Hoy plasmamos – que así ha sido también a lo largo de la historia – esa última voluntad, ese testamento en un documento con todas las garantías de la legalidad para designar a quien dejamos aquello que poseemos o de qué manera se ha de repartir en quienes sean nuestros legítimos herederos.
Pero esa última voluntad es mucho más que un documento debidamente legalizado, porque quienes amamos a quien nos va a dejar queremos acompañarle en esos últimos momentos para bebernos sus palabras, sus gestos, los signos y señales de su amor y eso algo mucho más profundo que unos bienes materiales que es decirnos lo que quiere que sea nuestra vida y lo mejor que de esa persona podemos recordar, podemos heredar, que llevaremos para siempre en el corazón.
Me estoy haciendo esta explicación y reflexión escuchando en el corazón lo que hoy el evangelio nos ha ofrecido. Son los últimos momentos de Jesús con sus discípulos, aquellos a los que El ha querido llamar amigos porque a ellos ha querido manifestarles todo lo que es el misterio de Dios, lo que es el Reino de Dios que hemos de construir.
La cena pascual ha ido discurriendo con todos aquellos signos y señales que nos ha ido dejando con el lavatorio de los pies o con la institución de la Eucaristía. Ha llegado el momento de la glorificación y de la entrega, y así lo manifiesta tras la salida del que lo iba a entregar. Es el momento de las últimas confidencias, es el momento en que desde el corazón nos está pidiendo aquello en lo que ha de resplandecer nuestra vida y en lo que ha de notarse para siempre que hemos creído en El y que le hemos seguido. Es cuando nos deja el mandamiento del amor.
No nos viene a decir nada nuevo, porque ese ha sido el tenor de su vida, aquello en lo que El nos ha dejado ejemplo y que continuamente nos ha venido enseñando. Nos ha hablado continuamente de entrega y de servicio, nos ha hablado de comprensión y de perdón cuando nos ha señalado en el evangelio tantas veces que seamos misericordiosos y compasivos como nuestro Padre es misericordioso y compasivo, nos ha hablado de hacernos servidos y esclavos los unos de los otros en el amor, nos ha ido señalando como tenemos que ser humildes y cercanos los unos de los otros mostrándolo El en su propia vida.
Ahora nos dice sencillamente: ‘Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros’.
Es el momento de la despedida y esta es la manifestación de lo que es su última voluntad para nosotros. En nuestras manos deja el testigo, porque a nosotros los confiará la misión de ir por el mundo llevando esa Buena Nueva, ese Evangelio de salvación. Vamos a comunicar al mundo que Dios es amor, que Dios es nuestro Padre, que nos regala su amor y nos ofrece su salvación, y que en consecuencia hemos de comenzar a construir un mundo nuevo, a vivir una vida nueva.
Pero no son solo palabras las que hemos de transmitir. Hemos de transmitir lo que nosotros vivimos, hemos de manifestar en nosotros aquello que nos ha de distinguir como seguidores de Jesús y a quienes nos ha confiado el testigo. Y eso tenemos que manifestarlo en nuestra forma de vivir, en la forma como nosotros nos amamos.
Ese amor que vivimos es esa gota que ha de caer en nuestro mundo y que se ha de expandir a todos los hombres y lugares creando esas ondas expansivas del amor. Es la fuerza expansiva del amor, es la fuerza de la vida nueva en el amor con el que tenemos que contagiar a cuantos nos rodean, y con la que tenemos que transformar nuestro mundo.
Muchas preguntas podrán surgirnos en nuestro interior. Si esa es la fuerza que llevamos en nosotros, ¿por qué el mundo no se ha transformado desde ese amor? ¿Será acaso que no está resplandeciendo ese distintivo en nosotros, no se nos distingue a los que nos llamamos cristianos precisamente por el amor? Mucho tiene que hacernos pensar.