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sábado, 22 de junio de 2013

Jesús nos invita a no agobiarnos ni perder la paz

2Cor. 12, 1-10; Sal. 33; Mt. 6, 24-34
Por cuatro veces nos dice Jesús en este corto texto que no vivamos agobiados. Una buena recomendación que nos viene bien escuchar en la hora actual que vivimos porque aún seguimos con nuestros agobios. En otros momentos nos dirá Jesús que no perdamos la calma y para ello nos invita a que confiemos en El y pongamos toda nuestra fe en Dios.
Al sentirnos agobiados perdemos nuestra paz interior y podríamos decir que es síntoma de una falta de confianza. Humanamente hablando incluso nos agobiamos cuando por los problemas que estamos pasando o las situaciones a las que tengamos que enfrentarnos nos hace que lo veamos todo negro y nos pareciera que no hay salida para esas situaciones difíciles que podamos vivir. El agobio diríamos que se opone a una falta de confianza y es como consecuencia de una pérdida de esperanza. Es como encontrarnos en una encrucijada donde no vemos el camino recto de salida y todo nos parece oscuro.
Jesús arranca en esta ocasión para hacernos estas recomendaciones de algo que comienza denunciándonos cuando nos dice que no podemos estar al servicio de dos amos ‘porque despreciará a uno y querrá al otro, o al contrario se dedicará al primero  y no hará caso del segundo’. Por eso nos dice a continuación ‘No podéis servir a Dios y al dinero’. Y ya sabemos cómo cuando nos dejamos cautivar por el dios dinero nos hacemos egoístas e insolidarios.
Partiendo de ahí nos dice que no estemos agobiados ni por lo que vamos a comer ni lo que vamos a vestir, ni por lo que nos pueda suceder en el futuro. Es una invitación a la confianza en Dios y en su divina Providencia que cuida siempre de nosotros. Nos pone el ejemplo de los pájaros que ni siembran, ni siegan, ni almacenan y sin embargo el Padre celestial las alimenta; o las flores o los lirios del campo que ni trabajan ni hilan y nada hay más bello que el resplandor de sus formas y colores. ¿No valemos nosotros mucho más que todo eso?
Hemos de saber descubrir el valor de la persona, de toda persona, de los dones y cualidades de los que Dios le ha dotado y de las capacidades de su ser para poder llegar a vivir su vida con toda dignidad. Todo ello una muestra del amor que Dios nos tiene que así nos ha creado. Están nuestras capacidades creativas y todas las iniciativas que la persona es capaz de tener en el uso de su inteligencia para desarrollar su vida, pero está también ese aspecto tan importante de la persona que nos hace ser social, ser siempre en capacidad de relación con los demás.
Cuando unimos una cosa y otra, nuestras capacidades y dones naturales, pero también esa capacidad de relación y encuentro con los que nos rodean, hará que no caminemos nunca solos ni solo pensando en nosotros mismos y todos seremos capaces de sentir la alegría o el sufrimiento de los demás como cosa nuestra y de ahí surgirán esos sentimientos de solidaridad que harán que mutuamente nos ayudemos a caminar buscando la dignidad y el valor de todos.
No os agobies nos está diciendo el Señor hoy y nos lo está diciendo de forma concreta en la situación por la que pasa nuestra sociedad. Sepamos creer los unos en los otros, sepamos unirnos solidariamente los unos con los otros, sepamos caminar juntos nunca de forma egoísta sino todo lo contrario y veremos cómo irán surgiendo en nosotros muchas cosas buenas que pueden remediar el sufrimiento de los demás.
En los momentos duros y difíciles suelen aflorar esos buenos sentimientos que llevamos en nuestro corazón y que parece que en algunos momentos hayamos olvidado. Rescatemos esos sentimientos de hermandad y de solidaridad que Dios ha puesto como semilla en nuestro corazón y tendiéndonos la mano los unos a los otros podremos ver el camino de la vida con un poco más de luz. El Dios, Padre bueno que nos ha creado, ha puesto esas buenas semillas en nuestro corazón y que nosotros hemos de saber fructificar. De esas encrucijadas oscuras y difíciles por las que pasamos, como está sucediendo hoy en nuestra sociedad, no seremos capaces de salir si cada uno de forma egoísta busca su propia salida sin pensar en los demás. Cuando seamos capaces de unirnos y apoyarnos mutuamente, con los sacrificios que sean necesarios, podremos salir a flote.

Si escuchamos esta llamada del Señor para despertar cosas buenas en nuestro corazón y las ponemos en práctica en el actuar de cada día podremos, a pesar de los agobios en que vivamos, seguir sintiendo paz en el corazón; es más, realizando todo eso de esta manera nuestra paz será mucho mayor porque sentiremos la satisfacción de lo bueno que hacemos y que beneficia a nuestra sociedad. Eso es también trabajar por el Reino de Dios.

viernes, 21 de junio de 2013

Un corazón lleno de fe y de amor es un corazón lleno de luz

2Cor. 11, 18.21-30; Sal. 33; Mt. 6, 19-32
‘Si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ Son las palabras de Jesús con las que termina el texto hoy proclamado. Nos habla de luz y nos habla de oscuridad. ¿Cuál será esa oscuridad de la que nos habla Jesús que se nos mete en la vida?
La vida del cristiano ha de ser la de un iluminado. Era una forma también de referirse a los bautizados. No en vano en el Bautismo ritualmente se nos ha puesto una luz en nuestras manos, una luz tomada precisamente del Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado. Viene a significar esa vida que habrá en nosotros a partir del Bautismo, a partir de nuestra participación en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Una luz que se nos pide en ese momento que mantengamos siempre encendida en nuestra vida. Una luz que nos habla de la fe y que nos habla de las obras del amor con las que hemos de resplandecer. Con nuestras vestiduras blancas, que también se nos entregó en el Bautismo y con nuestras luces encendidas en nuestras manos vamos al encuentro del Señor.
Pero Jesús nos habla hoy de que la luz se nos puede volver oscura y si se nos vuelve oscura, ¡cuánta será la oscuridad! ¿Qué nos querrá decir? Si estamos hablando de la luz y hablamos de la fe y del amor, por ahí pueden ir esas oscuridades cuando se nos debilita la fe, cuando perdemos la intensidad del amor en nuestra vida. Debilitada o perdida la fe andamos como sin rumbo en la vida, se nos llena de oscuridad, de sin sentido. Si se nos debilita la fe se nos debilitará también la intensidad del amor.
La fe es esa luz que nos guía, que nos hace encontrar sentido, que nos llena de esperanza, que nos hace saborear la fuerza que el Señor nos da con su gracia. Por eso cuánto hemos de cuidar nuestra fe. Es una planta bien delicada. Es una luz que cualquier viento nos la puede apagar si no la protegemos lo suficiente. Si tenemos que llevar una lámpara encendida en nuestras manos en un camino abierto y que puede estar sometido a muchas y diversas corrientes de aire, ya procuramos algo que proteja esa luz. Recuerdo aquellas lámparas o luces que utilizábamos en nuestras casas cuando no tenía energía eléctrica, cómo las protegíamos con tubos de cristal, o aquellos faroles para alumbrar nuestros caminos. Y aún así con aquella protección andábamos con cuidado para que una ráfaga de aire más fuerte no nos apagase la luz.
Es como tenemos que proteger nuestra fe. Muchas cosas nos la pueden poner en peligro, muchos vendavales nos vamos encontrando en nuestra vida en un mundo materialista y sensual como vivimos, en un mundo con corrientes de pensamiento tan diversas, en un mundo descreído, indiferente cuando no combativo contra todo lo que signifique fe y religión. Por eso tenemos que protegernos, buscando la gracia del Señor, pero alimentando también nuestra fe con una verdadera formación y conocimiento de lo que creemos para que nada nos haga dudar.
El mundo tan materialista en el que vivimos con la perdida de los valores espirituales que vemos en nuestro entorno es también un peligro grande porque nos va endureciendo el corazón y nos hace mirar demasiado a las cosas de aquí abajo olvidándonos de nuestro espíritu y olvidándonos de las cosas del cielo. Hoy precisamente Jesús nos previene también en este aspecto invitándonos a guardar nuestro tesoro allí donde los ladrones no los roban ni las polillas se los carcomen. ‘No amontonéis tesoros en la tierra… amontonad tesoros en el cielo’, nos dice Jesús. Esos tesoros que guardamos en el cielo no son las cosas ni las riquezas materiales precisamente.
Hay cosas de más valor que son las que realmente tenemos que buscar. Por eso hablábamos antes de luz que tenemos que cuidar como signo de ese amor del que hemos de llenar nuestro corazón para que haya de verdad luz en nuestra vida. Miremos donde tenemos puesto nuestro corazón, o miremos cuales son los tesoros que realmente nosotros valoramos más en nuestra vida. ‘Porque, nos dice Jesús, donde está tu tesoro está tu corazón’.

Un corazón lleno de fe y de amor es un corazón lleno de luz y es el camino que nos lleva de verdad a la plenitud. Que ese sea nuestro verdadero tesoro que nos haga alcanzar la plenitud del Reino de Dios en el cielo. Que nuestra luz nunca se oscurezca para que no llegue nunca la tiniebla de la muerte a nuestra vida.

jueves, 20 de junio de 2013

Oramos con y como Jesús y nos sentimos envueltos por la presencia de Dios

2Cor. 11, 1-11; Sal. 110; Mt. 6, 7-15
Ayer escuchábamos cómo Jesús nos pedía autenticidad en nuestra vida y en concreto nos  hablaba de la limosna, el ayuno y la oración. Nos pedía Jesús que nos alejáramos de apariencias y superficialidades dándole profundidad a todo lo que hiciéramos y en concreto nos señalaba, como decimos, la oración, el ayuno y la limosna.
Por eso nos pedía que para nuestra oración nos introdujéramos en nuestro cuarto interior, en la profundidad de nuestro espíritu, para sentir así más hondamente la presencia y el amor del Señor. Nuestra oración no puede ser nunca al modelo de aquellos que hacían ostentación de sus rezos - ‘de pie en las sinagogas delante de todo el mundo o en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente’, nos decía - sino la oración interior, la oración callada que sale del corazón que vive intensamente la presencia de Dios en su vida.
Hoy nos dice algo más. Si la oración no puede ser la repetición ostentosa y meramente ritual de unas palabras o fórmulas de oración, tampoco se nos puede quedar en palabrería vana e interminable. ‘Cuando recéis, nos dice, no uséis muchas palabras como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis’.
¿Querrá decir esto que entonces no es necesaria la oración porque lo que vamos a pedir ya Dios lo sabe? Ni mucho menos. La oración es necesaria y es esencial, tanto como lo tiene que ser el encuentro amoroso del hijo con su Padre. Por eso primero que nada lo que Jesús nos enseña que tiene que ser nuestra oración es ese reconocimiento del amor que Dios nos tiene y por eso lo llamamos Padre pero también cómo todo tiene que ser siempre para su gloria, glorificando el nombre del Señor realizando siempre lo que es su voluntad.
Son las primeras cosas que le decimos al Señor en nuestra oración. Santificar el nombre de Dios que es proclamar su gloria. ‘Santificado sea tu nombre’, decimos. Todo siempre para la gloria del Señor; en todo momento queremos cantar su alabanza y darle gracias; y santificando el nombre del Señor queremos nosotros al mismo tiempo llenarnos de su santidad.
Reconocerle como nuestro único Dios y Señor queriendo vivir su Reino. ‘Venga a nosotros tu Reino’, decimos pero porque nosotros queremos vivirlo; porque nosotros queremos reconocer que El es el único Señor de nuestra vida; porque queremos vivir en ese estilo y sentido nuevo que nos enseña el Evangelio; porque creemos en el Reino de Dios, que es la primera invitación que nos hizo Jesús, y convertimos nuestra vida al Señor.
Vivencia de ese Reino de Dios y santidad en nuestra vida, porque queremos siempre seguir sus caminos; en todo buscamos su voluntad; en todo queremos hacer siempre su voluntad. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Si en el cielo los ángeles y santos cantan siempre la eterna alabanza y gloria para el Señor, nosotros aquí en la tierra buscamos hacer su voluntad que es la mejor forma de hacer esa alabanza al Señor.
Fijémonos que ahí está el centro de nuestra oración. Ese primer momento, esas primeras palabras que nos enseña Jesús para lo que ha de ser nuestra oración es fundamental que no solo las digamos sino que sean en verdad una forma de vivir esa presencia del Señor en nuestra vida, ahí en lo más hondo del corazón.
Luego vendrán las peticiones, por nuestras necesidades y las necesidades de nuestro mundo, pero también para que sintamos una vez más su amor que nos perdona y nos llena de su gracia, que nos fortalece y está a nuestro lado para librarnos de todo mal. Muchas más cosas podríamos decir comentando este modelo de oración que Jesús nos propone, pero creo que si entramos con buen pie en nuestra oración haciendo que esos primeros momentos sean verdaderamente intensos, luego vendrá casi como de forma espontánea todas esas otras peticiones que le hagamos al Señor.
Lo hemos comentado muchas veces. No es necesario que ahora digamos muchas cosas. Es toda la hondura que hemos de darle siempre a nuestra oración sintiéndonos envueltos por su presencia y por la inmensidad de su amor. No será entonces una oración que nos canse o nos aburra sino que será un verdadero encuentro con el Señor que nos deje siempre inundados de su paz y con deseos de seguir estando siempre en su presencia. Como Pedro en el Tabor también tendríamos que decir en nuestra oración '¡Qué bien se está aquí!' Nos queremos quedar para siempre contigo.

miércoles, 19 de junio de 2013

Un camino de crecimiento espiritual desde la autenticidad de nuestra relación con el Señor

2Cor. 9, 6-11; Sal. 111; Mt. 6, 1-6.16-18
No hace mucho escuchábamos que Jesús les decía a los discípulos que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos no llegarían a entender el Reino de Dios. Así tienen que ser nuestros deseos de santidad, que cada vez con mayor ahínco hemos de buscar para nuestra vida. Tiene que ser una vida en continuo crecimiento donde hemos de ir purificando nuestros deseos, nuestras intenciones, como hemos de ir mejorando nuestra manera de actuar igual que nuestras actitudes interiores.
El llamado sermón del monte que venimos escuchando día a día en el evangelio y tratando de meditarlo para irlo aplicando en nuestro camino de cada día va continuamente recordándonos diversos aspectos de nuestra vida, de nuestras relaciones con los demás, pero también de todo lo que ha de ser nuestra espiritualidad, nuestra relación con Dios, en una palabra, de nuestras prácticas religiosas.
Como siempre Jesús nos pide autenticidad en lo que hacemos y vivimos. De nada nos valen las apariencias si allá en lo más hondo de nosotros mismos no nos llenamos de Dios para ofrecerle lo mejor de nuestro corazón. No hacemos las cosas por el lucimiento para que los demás vean lo buenos que somos, porque con eso estaríamos ya enturbiando nuestras intenciones, podíamos decir, quitándole el brillo de aquellas buenas acciones que realicemos.
Es cierto que cuando los que están a nuestro lado vean nuestras buenas obras ellos darán gloria al Señor por ello, y les puede servir de estímulo para su caminar cristiano, porque realmente mutuamente nos ayudamos los unos a los otros. ‘Que vean vuestras buenas obras, nos dice Jesús cuando nos señala que tenemos que ser luz, para que glorifiquen al Padre del cielo’.
Pero hoy nos dice: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia - la santidad de vuestra vida, traducimos - delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’. Nos señala tres pilares fundamentales de nuestra piedad como son la limosna, el ayuno y la oración. ‘No vayas tocando la trompeta por delante… no te pongas de pie delante de todos o en las esquinas de las plazas… no desfigures tu cara como los farsantes…’ nos señala Jesús. No busquemos ser honrados por los hombres, no busquemos alabanzas humanas que nos llenan de vanidad y orgullo. Como nos dirá en otro lugar que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.
En nuestra oración lo que tenemos que buscar es ese encuentro intimo y profundo con el Señor, por eso hemos de saber hacer ese silencio en nuestro corazón para poder sentirle y escucharle. Que aunque nuestra oración la hagamos unidos a los demás, con un verdadero sentido comunitario, como son nuestras celebraciones litúrgicas, no nos quedemos en realizar, por así decirlo, el rito, porque repitamos los gestos o las palabras rituales de nuestras oraciones, sino que surja esa oración desde lo más profundo de nuestro corazón, sintiendo esa presencia de Dios que me llena y me inunda el alma, disfrutando de su presencia y de su amor.
Por eso tenemos que hacerlo de forma auténtica, de forma viva, haciéndonos conscientes de verdad de lo que estamos haciendo, de cómo nos sentimos en la presencia del Señor, y concentrándonos bien para que nada nos distraiga, para que no se quede en lo ritual, sino que vivamente nos sintamos inundados de la gracia de Dios.
Es así cómo podemos ir creciendo espiritualmente; sintiendo esa fuerza de la gracia en nuestro corazón nuestra vida se irá iluminando para ir descubriendo lo que de verdad merece la pena; nos sentiremos purificados porque iremos descubriendo todo eso en lo que hemos de crecer y con la gracia del Señor, unidos a El íntima y profundamente en nuestra oración, nos sentimos al mismo tiempo fortalecidos en el Señor. Que no nos falte nunca esa gracia del Señor ni la echemos en saco roto para que seamos cada vez más santos. Esa ha de ser la meta y la tarea de todo cristiano que quiere en verdad seguir a Jesús.

martes, 18 de junio de 2013

El amor del cristiano es algo más que ser bueno

2Cor. 8, 1-9; Sal. 145; Mt. 5, 43-48
No se trata simplemente de ser buenos. Decimos que somos buenos porque más o menos tratamos de hacer las cosas bien, no molestamos a nadie ni nos metemos con nadie, porque nos encerramos en nuestras cosas y casi nos olvidamos o prescindimos de los demás, y ya con cosas así nos quedamos satisfechos. Pero ¿con solo eso podemos decir que somos cristianos y vivir con un sentido cristiano la vida?
Está bien que seamos buenos y no molestemos a nadie, ni robemos ni matemos, como solemos decir. Pero hemos de reconocer que ser cristiano tiene que ser algo más, en poca cosa se quedaría el mensaje del evangelio si no pasamos de ahí.
Fijémonos, por ejemplo, en lo que nos ha dicho hoy Jesús. Nos habla, sí, de querernos, pero ya nos advierte que no es solo hacer lo que todos hacen, amar a los que nos aman, hacer cosas buenas con aquellos que previamente han sido buenos con nosotros y si no me molestan yo no los molesto. Leamos con atención las palabras de Jesús.
Primero nos habla del amor al prójimo, pero nos quiere hacer pensar en quien es ese prójimo al que tenemos que amar. No vamos ahora a contar aquí la parábola que le propuso a aquel escriba que aun le preguntaba quién era su prójimo, aunque nos conviene siempre recordarla. Fijémonos simplemente en lo que ahora nos dice: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’.
Esto ya es otra cosa. Primero decir que estaba sobreentendido ese dicho de aborrecer a los enemigos, aunque dicho así no se encuentra en la ley del Señor contenida en la Biblia, sino que era más bien interpretación que se hacía de la ley del Señor. Pero es que Jesús nos está pidiendo algo más, pues nos está pidiendo amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos hayan hecho mal y rezar por los que nos persiguen o calumnian. Nos damos cuenta de que hay que subir unos cuantos puntos aquello que decíamos al principio de que soy bueno y quiero a los que me quieren.
El amor cristiano no se puede quedar reducido a eso; nuestro amor tiene que ser más universal y todos han de ser amados. Nos dirá a continuación Jesús que si amamos solo a los que nos aman ‘¿qué meritos tendréis? Si saludáis solo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los publicanos? ¿No hacen lo mismo también los paganos?’ Algo más que ser bueno es el sentido del amor cristiano. Para un cristiano nadie puede ser considerado enemigo, porque todos han de caber en ese amor.
Recordemos que en la parábola a la que hacíamos antes mención el hombre caído junto al camino y el que lo recogió, podríamos decir que eran en cierto modo enemigos, porque uno era judío y el otro era samaritano, y ya sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban; sin embargo será el samaritano el que bajará de su cabalgadura para atender al judío que está caído allí junto al camino.
Pero además podemos fijarnos en otro detalle. Y es que Jesús nos pide que recemos por aquellos que nos hayan podido hacer mal. ‘Rezad por los que os persiguen y calumnian’, nos dice. Dos cosas podemos decir; primero que a Jesús le vemos rezar por aquellos que le están llevando a la cruz, ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’; rezad y disculpa. Ya nos dirá Jesús que amemos con un amor como el suyo, como el que El nos tiene.
Y otro aspecto es recordar que cuando Mateo escribe el evangelio ya estaban comenzando los cristianos a sufrir las primeras persecuciones, con lo que estas palabras de Jesús que nos recoge el evangelista tendrían que tener un especial valor para aquellos cristianos que ya estaban sufriendo en su carne la persecución por el nombre de Jesús. Lo que ha de tener un significado especial también para nosotros hoy, que tan incomprendidos nos sentimos en medio de nuestro mundo; cómo tenemos que rezar por ese mundo que nos rodea que no nos entiende ni quiere entender el mensaje cristiano.

Como decíamos es algo más que ser bueno porque el amor cristiano tiene una sublimidad mucho mayor, cuando queremos amar con un amor como el de Jesús. Es lo que nos pide cuando nos dice que así seremos ‘hijos del Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y envía la lluvia a justos e injustos’.

lunes, 17 de junio de 2013

Una cultura nueva de la paz y del amor frente a la ley del talión

2Cor. 6, 1-10; Sal. 97; Mt. 5, 38-42
‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’, nos decía san Pablo en el comienzo de la lectura de la segunda carta de los Corintios de hoy.  ‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación’, seguía diciéndonos. Es el hoy de la salvación que vivimos cada día en nuestra vida. Dios va derrochando sus gracias sobre nosotros que hemos de saber aprovechar como una riqueza grande para nuestra vida.
La oportunidad que tenemos cada día de escuchar la Palabra de Dios es una gracia con la que el Señor nos regala y que no podemos desaprovechar. Como les decía Jesús a los discípulos muchos quisieron ver el día del Señor y no pudieron; hacía una referencia a los judíos de todos los tiempos del Antiguo Testamento que vivían con ansia y deseos grandes de poder ver el día del Señor, el día de la llegada del Mesías y sin embargo no pudieron. Los judíos del tiempo de Jesús tenían la oportunidad de ver ese día de gracia y vivirlo y sin embargo muchos no quisieron.
Apliquémonos eso al hoy de nuestra vida. Es una gracia que llega a nosotros en el hoy de nuestra vida y hemos de saber aprovechar. Es la Palabra de Dios que siempre hemos de escuchar con atención y sentir cómo en cada momento el Señor quiere hablarnos a la situación concreta de nuestra vida.
Seguimos escuchando en el evangelio el sermón del monte como una prolongación de las Bienaventuranzas que Jesús pronunciara. San Mateo nos lo recoge en varios capítulos de su evangelio que ahora nosotros vamos escuchando y meditando paso a paso. En él, como ya hemos reflexionado en otra ocasión, se nos va desgranando el mensaje de cómo hemos de vivir los que queremos pertenecer al Reino de Dios. Habrá  cosas que nos puedan parecer más agradables, en otras ocasiones Jesús se nos manifestará con total radicalidad. Hemos de saber escucharlo y aplicarlo a nuestra vida y a las situaciones concretas con sus problemas que vivimos. Siempre la Palabra del Señor es luz que nos ilumina.
Hoy partiendo de la ley del talión que de alguna manera regía el estilo de vida y las relaciones mutuas entre los judíos, Jesús nos hace unas precisiones muy concretas que, como ya nos decía, vienen a dar plenitud a la ley del Señor. Podríamos decir que la ley del talión - el ojo por ojo y diente por diente - venía como a suavizar el espíritu de venganza que podría haberse adueñado del corazón de los hombres. Según la ley del talión - lo del ojo por ojo - significaba como no había que excederse en la revancha que se pudiera tomar para hacer justicia que se hubiera recibido una injuria. Nunca se podía exceder de la injuria que se hubiera recibido.
Pero Jesús sí viene a abolir esa ley del talión, que no estaba en la voluntad ni en la ley del Señor, sino que eran más o menos explicaciones y aplicaciones que se habían introducido en las costumbres y leyes del pueblo de Israel. Como les dirá Jesús cuando hable del divorcio, les dice que Moisés se los permitió por la dureza del corazón. En ese mismo sentido tendríamos que verlo ahora en este aspecto.
Pero Jesús nos dice por el contrario: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Creo que lo entendemos, no podemos responder con violencia a quien haya actuado con violencia contra nosotros. Responder con violencia a la violencia significaría entrar en una espiral que cada día se haría más grande terminando por envolver toda la existencia del hombre. Por eso frente al que nos haya podido hacer daño nuestra respuesta ha de ser la de la paz.
Ojalá hubiéramos aprendido esta lección y mensaje de Jesús y nos hubiera ido bien distinto en la vida. Cuántas cosas se hubieran podido evitar. Desgraciadamente sigue pesando en nosotros de alguna manera esa ley del talión que no hemos terminado de abolir en nuestras costumbres. Que el Espíritu del Señor que es Espíritu de amor y de paz inunde nuestra vida y seamos capaces de entrar en esa civilización del amor y de la paz

domingo, 16 de junio de 2013

La mirada de Jesús y nuestras miradas

2Sam. 12, 7-10.13; Sal. 31; Gál. 2, 16.19-21; Lc. 7, 36-8, 3
La mirada de Jesús y nuestras miradas. Vemos una diferencia grande entre la mirada de Jesús y la mirada de aquel fariseo que lo había invitado a comer, como la mirada de los otros convidados después de todo lo sucedido. ¿Y nuestra mirada a cuál se parecerá más?
Es el primer pensamiento en la reflexión que me hago en torno a este evangelio que hoy se nos ha proclamado. Tal como comienza el relato no parece ser sino otra comida en la que han invitado a Jesús, como sucede en otras ocasiones. Pero ya en otras ocasiones ha sido motivo para que Jesús nos dejara hermosos mensajes. Recordemos cuando los invitados se daban de codazos por conseguir los mejores puestos en torno a la mesa y cómo nos dice Jesús que ese no ha de ser nuestro estilo, ni el de estarnos peleando por puestos principales, ni el de simplemente invitar a los amigos y a quienes pudieran correspondernos invitándonos a su vez a nosotros.
Hoy las cosas van a ir por otro camino. Una vez que estaban recostados en torno a la mesa, según costumbre y estilo de la época, ‘una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba Jesús comiendo en casa del fariseo vino con un frasco de perfume y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’.
Allí está Simón, el fariseo que lo había invitado, nervioso y observando cuanto sucedía. No se atreve a decir nada pero su mirada lo dice todo. No se atreve a decir nada pero allá está pensando en su interior. ¡Cómo se atreve esta pecadora! ¡Cómo lo permite Jesús si es una pecadora! ‘Si éste fuera profeta… - ¿están aflorando sus dudas? ¿serán sus sospechas maliciosas? ¿serán los juicios ya condenatorios de antemano? - si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’.
No lo olvidemos era un fariseo y según sus puritanas ideas aquella mujer pecadora está contaminando con su impureza todo cuanto toque; no olvidemos cuantas purificaciones se hacían cuando llegaban de la plaza, aunque ahora ni agua había ofrecido a Jesús. Allí estaba brotando por sus ojos la malicia de su corazón que no es capaz de ver algo más hondo en cuanto estaba sucediendo.
Pero la mirada de Jesús era distinta porque estaba viendo lo que realmente había en el corazón de aquella mujer. Quien nos estaba enseñando que Dios es compasivo y misericordioso y nos pedía que fuésemos nosotros compasivos como compasivo y misericordioso es Dios, estaba mostrándonos ahora ese rostro misericordioso de Dios.
Jesús que conoce cuanto sucede en nuestro corazón, conociendo cuanto estaba pasando por el corazón y el pensamiento de quien lo había invitado a comer le propone una breve parábola. La hemos escuchado. ‘Un prestamista que tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Y como  no tenían con qué pagar los perdonó a los dos. ¿cuál de los dos lo amará más?’ La respuesta salió lógica de la boca del fariseo. ‘Supongo que aquel a quien le perdonó más’.
Y ahora Jesús se vuelve hacia aquella mujer. Aquella mujer que solo llora en silencio. No le escuchamos ninguna palabra. Aquella mujer que no había buscado puestos especiales, sino se había puesto en el lugar de los sirvientes, postrada detrás a los pies de Jesús, y realizando aquello que quizá a través de sus sirvientes Simón le tenía que haber ofrecido a Jesús en el nombre de la hospitalidad. No lo había hecho Simón; lo estaba haciendo aquella mujer a quien el fariseo consideraba indigna, pero que en la enseñanza de Jesús sería la primera, porque había aprendido a ponerse en el ultimo lugar, a ocupar el lugar de los que sirven.
Allí estaba Jesús, el Maestro y el Señor; el que viene a levantar y a redimir le está devolviendo la dignidad a aquella mujer; el que sabe valorar cuanto amor hay en el corazón de aquella mujer que aunque muy pecadora, sin embargo había sido capaz de amar mucho.  ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’.  ¡Qué hermosa la mirada de Jesús! ¡Qué grande es el corazón de Cristo! ‘Tus pecados están perdonados’, le dice a aquella mujer.
Pero todavía hay por allí algunos que siguen con la mirada de la desconfianza, de la incredulidad, del juicio y la condena que no entienden de misericordia y de perdón.  ‘Los demás convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?’ La cerrazón de sus corazones les impide abrir los ojos para descubrir el amor, para descubrir el rostro misericordioso de Dios que allí se está manifestando.
Y como nos preguntábamos ya desde el principio ¿cuál es nuestra mirada? Seguro que ahora diremos que nuestra mirada tiene que ser como la de Jesús. Ojalá aprendamos la lección y aprendamos a mirar con una mirada como la de Jesús, porque tenemos que reconocer que no ha sido así muchas veces en nuestra vida. Seamos sinceros ¿cómo miramos habitualmente a los demás?
Con cuánta desconfianza miramos tantas veces a los que nos rodean; cuántas veces aparece esa desconfianza o hasta esa sospecha ante quien pueda aparecer de manera inesperada en nuestra vida; cuántas veces seguimos marcando con el sambenito de la duda y de la culpa a quien en un momento quizá tuvo un tropiezo en su vida e hizo quizá lo que no era bueno, y nosotros seguimos desconfiando y pensando que sigue siendo igual; cuánto  nos cuesta dar una oportunidad al caído para levantarse y redimirse. Quizá hasta tenemos miedo de tocar con nuestra mano a aquel pobre a quien vamos a dar una limosna o no me quiero mezclar con aquellos que tienen tan mala apariencia.
Qué fácil nos es acusar y condenar con nuestro juicio y con nuestra crítica a cualquiera que se cruce en nuestra vida porque quizá nos cae mal o no nos es tan simpático o tiene mala presencia. Muchas veces tomamos posturas distantes ante los que nos parece que no son de los nuestros o tienen otra manera de pensar y con ellos no queremos hacer migas. Cómo nos cuesta perdonar a quien nos haya podido molestar en un momento determinado y cómo se guardan los rencores y los resentimientos. Cómo seguimos pensando que aquella persona no puede cambiar y no le damos una oportunidad ni le tendemos la mano para ayudarla a levantarse.
Jesús no le preguntó a la mujer ni le echó en cara por qué había caído en aquella situación de pecado. La mirada de Jesús fue una mirada llena de amor, una mirada que era como una mano tendida para levantarse, para darle como un plus de confianza, para hacerle sentir que su vida podía ser distinta, para que comenzara una nueva vida, para que comenzara a valorarse dentro de sí misma. La mirada de Jesús era una mirada de amor y de paz que inundaría de ese amor y de esa paz el corazón de aquella mujer.
Es la mirada que tenemos nosotros que aprender a tener para dar confianza, para despertar esperanza, para llenar de paz los corazones, para que en verdad se sientan perdonados y transformados, para que puedan valorarse a sí mismos creyendo que pueden comenzar una vida nueva; somos nosotros los que ahora tenemos que ir mostrando con nuestro amor, con nuestra comprensión, con nuestro corazón lleno de misericordia y amor el corazón misericordioso de Dios.
¿Cambiará nuestra mirada, la forma de acercarnos y de amar a los demás?

sábado, 15 de junio de 2013

Un corazón limpio y veraz es lo que agrada al Señor

2Cor. 5, 14-21; Sal. 102; Mt. 5, 33-37
‘A vosotros os basta decir sí o no’. Así nos dice Jesús. ¡Qué hermoso cuando una persona es creíble! No necesita nada más; sabemos que su palabra es siempre sincera, veraz; no necesitamos más argumentos ni pruebas. Es la persona que se muestra siempre y en todo con sinceridad, con sinceridad total. Se le puede creer. Se puede uno fiar.
Jesús nos dice que no nos es necesario nada más. De El también dijeron, llegaron a reconocer aunque les costaba hacerlo, que era veraz, porque en El no había engaño. Y es lo que nos pide Jesús para nuestra vida. Esas actitudes interiores sinceras sin doblez ni engaño, sin apariencias que traten de deslumbrar, mostrándonos siempre con autenticidad, es lo que el Señor quiere que tengamos en nuestro corazón.
Nos hemos comenzado a hacer esta reflexión que creo que nos viene bien a partir de esas palabras de Jesús pronunciadas con la ocasión del comentario que hace sobre el tema de los juramentos. ‘Yo os digo que no juréis en absoluto’, les dice. Era algo muy habitual entre los judíos pero Jesús quiere purificar muchas cosas y muchas costumbres, como nos sucede a nosotros también.
En el mandamiento del Señor está el no tomar el nombre de Dios en vano, y es ahí donde entra el tema de los juramentos. Cuando estamos jurando por cualquier cosa o ante cualquier afirmación que hacemos porque queremos que sea creíble, fácilmente estamos tomando el nombre de Dios en vano en un juramento que realmente es innecesario. Jurar es poner a Dios por testigo de la veracidad de aquello que decimos o de la promesa que hacemos como que la vamos a cumplir.
Claro que jurar con mentira, poniendo a Dios por testigo de una falsedad nuestra es grave pecado, el perjurio y eso tiene que estar siempre lejos de nosotros porque es una ofensa grave al santo nombre de Dios. Pero por otra parte creo que hemos de tener claro que el juramento habría que dejarlo para cosas o momentos que sean realmente importantes. Son las condiciones que siempre se nos ha enseñado en el catecismo que se han de tener para que con el juramento no ofendamos el nombre santo de Dios: Que sea verdadero, que sea justo y que sea necesario por la importancia del momento.
Hay personas que parece que no saben decir dos palabras seguidas sin que por medio haya un juramento para reafirmar la verdad de lo que están diciendo. ¿Será quizá porque son tan poco creíbles por la poca autenticidad y sinceridad que hay habitualmente en sus vidas por lo que creen necesario están haciendo juramento de cualquier cosa que afirmen para que se les pueda creer? A uno le entran algunas veces esas sospechas. Es por lo que Jesús ha terminado diciéndonos hoy que nosotros nos baste decir sí o no, y con la veracidad que hay en nuestra vida será suficiente para que se nos crea.
Como decíamos al principio qué hermoso cuando una persona es creíble, cuando nos hacemos creíbles ante los demás por la sinceridad con que vivimos nuestra vida, por la rectitud de nuestro obrar, por la autenticidad con que nos mostramos en todo momento. Es una persona trasparente, decimos, porque siempre estaremos apreciando la bondad de su corazón, la justicia de su obrar. Qué desagradable se nos hace una persona mentirosa, en la que notamos esa falsedad, esa poca sinceridad; y ya no son las palabras o afirmaciones que puedan hacer en un momento determinado, sino la actitud permanente que pueda haber en sus vidas.
En el evangelio vemos a Jesús condenar con palabras fuertes a esas personas que viven en esa doblez de su vida, en esa hipocresía de querer aparentar una cosa que realmente no están viviendo por dentro. Como le dirá a los fariseos, como tantas veces hemos escuchado, son como sepulcros blanqueados, por fuera muy limpios y muy relucientes de blancura, pero dentro lo que sabemos es que hay podredumbre.

Por eso lo mejor es un corazón limpio y sin maldad, un corazón sincero y sin doblez, una vida auténtica que busca siempre lo bueno y lo justo para todos. Que haya sinceridad en nuestra vida. El Espíritu del Señor nos llene de fortaleza para esa veracidad de nuestra vida. 

viernes, 14 de junio de 2013

Seguimos a Jesús con total radicalidad viviendo su estilo de fidelidad

2Cor. 4, 7-15; Sal. 115; Mt. 5, 27-32
El seguimiento de Jesús tiene sus exigencias que se han de manifestar en nuestros comportamientos, en la manera de actuar en las distintas situaciones en que nos vamos encontrando en la vida y que nos exige también unas actitudes profundas de rectitud, de fidelidad, de generosidad y de disponibilidad para aceptar el planteamiento de Jesús. Es una nueva forma de vivir pero con unas características especiales porque se trata de vivir la misma vida de Jesús.
Somos los discípulos de Jesús, los que seguimos a Jesús. El discípulo es el que sigue a su maestro; y no se trata solo de escucharlo, porque podemos escuchar muchas cosas y que incluso nos sintamos encantados con eso que escuchamos, pero que luego no sea precisamente lo que vivamos. El verdadero discípulo que sigue a Jesús es el que quiere vivir su misma vida. No solo escucha, sino que planta en su corazón para vivirlo.
Por eso nuestros ojos y nuestro corazón están puestos de una manera fija en El, porque no queremos perdernos detalle de lo que Jesús dice y hace, y porque todo eso que vemos en Jesús y todo lo que nos enseña Jesús lo queremos llevar a nuestra vida aunque nos cueste. Con cuanta atención, entonces, estamos pendientes de su evangelio, escuchamos su Palabra, nos dejamos conducir en nuestro corazón por su Espíritu.
Y eso muchas veces nos cuesta. Nos cuesta porque hay cosas que nos distraen y no le prestamos la necesaria atención. Hay otras cosas que nos pueden llamar la atención y atraer nuestro corazón y a la larga nuestra manera de actuar lejos de los valores y principios que vemos en Jesús y El nos enseña en el Evangelio.
El tentador siempre estará detrás de nosotros para arrastrarnos por otros caminos y como a Eva en el paraíso tratará de confundirnos presentándonos como bueno lo que sabemos que no lo es; nos sugerirá en el corazón que son cosas sin importancia, que total todo el mundo lo hace así, y con mil insinuaciones, nos arrastrará lejos de esos valores que nos enseña Jesús en el evangelio. Y si somos cristianos de verdad no es simplemente hacer lo que todos hacen y porque todos lo hagan pensar ya que es bueno, sino que tenemos que analizar bien las cosas para no dejarnos seducir por el maligno.
Por eso vemos la radicalidad con que nos habla Jesús. ‘Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo… si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo’. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilándonos por ahí, sino que está diciéndonos cómo tenemos que apartarnos del mal, como tenemos que alejar de nosotros todo lo que pueda poner en peligro nuestra fe y la santidad de nuestra vida. Creo que tenemos la experiencia de que cuando condescendemos con algo que no es tan bueno, terminamos al fin dejándonos arrastrar por el mal y haciendo aquello que en principio no queríamos hacer.
Nos habla hoy Jesús en concreto de la fidelidad del amor matrimonial que no podemos nunca poner en peligro, sino que desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber guardar esa fidelidad en el amor, alejando de nosotros toda tentación que nos haga desear lo que no nos está permitido. Tema este el de la fidelidad matrimonial, o de la infidelidad, del adulterio o del divorcio tan extendido en el mundo en que vivimos y que nos vamos acostumbrando a verlo tan al corriente en nuestro derredor que al final no le damos importancia.
Es triste que lleguemos a acostumbrarnos a vivir una vida así donde tanto se ha devaluado el valor de la fidelidad. Andamos como marionetas dejándonos arrastrar por el primer viento que nos llegue de nuevo y cambiando fidelidades y amores como si nos cambiáramos de camisa. Y es triste también como estos valores se van perdiendo a la hora de la educación y formación de nuestros jóvenes porque parece que ya nos guiáramos solamente por los caprichitos de la vida.

Somos discípulos de Jesús y tenemos que mirar mucho a Jesús y escuchar sus palabras y aprender de lo que nos enseña en el Evangelio para que nuestro seguimiento sea total y lo hagamos con total radicalidad. Que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos dé fuerza.

jueves, 13 de junio de 2013

Una profundidad y una autencidad de vida nacida del amor

2Cor. 3, 15.18-4, 1.3-6; Sal. 84; Mt. 5, 20-26
Cuando en nuestro trato o relación con los demás apreciamos que las personas actúan solo por el mero cumplimiento o por la apariencia o simplemente para hacer méritos sentimos algo así como pena en nuestro interior por la superficialidad con que se actúa sin hacer las cosas sintiéndolo desde lo más hondo o con la mayor autenticidad.
Es algo que nos puede suceder en nuestra relación con el Señor y con lo que ha de ser la práctica de nuestra vida cristiana; no nos podemos quedar en meras apariencias, porque denotarían una falsedad cuando hacemos algo que no lo sentimos en nuestro interior, o cuando hacemos las cosas como mero cumplimiento porque denotaría una cierta superficialidad en nuestro obrar.
Jesús nos pide autenticidad, profundidad a aquello que hacemos o con lo que queremos responder en nuestra vida cristiana a todo lo que El nos ofrece. Ayer le escuchábamos que nos decía que no venía a abolir sino a dar plenitud; hoy nos dice que si no somos mejores que los escribas y fariseos no entenderíamos lo que es el Reino de los cielos. Ya sabemos cómo los fariseos eran muy minuciosos en sus cumplimientos quedándose en el cumplimiento estricto de las más pequeñas cosas pero sin darle hondura a sus vidas, porque mientras tanto sus posturas iban bien lejos de lo que les pedía el Señor con sus interpretaciones tan a la letra de la ley de Dios.
Como escuchamos decir tantas veces ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecados’, sin embargo Jesús quiere abrirnos los ojos para que nos demos cuenta de que en ese mandamiento de amor no se trata de quitar o no la vida de alguien, sino que el amor ha de ir mucho más allá.
‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado’. Luego ese mandamiento no es el hecho de matar o no, sino que ahí entrará todo lo que sea falta de amor hacia el hermano; nos habla de peleas, como nos habla de los insultos o palabras que con violencia digamos contra los demás, pero bien sabemos que no nos podemos quedar en la letra solamente de lo que nos dice Jesús.
Ahí tenemos que saber apreciar todo lo que es la delicadeza del amor, el buen trato, el respeto, las buenas palabras, lo que seamos capaces de compartir con el otro, la sinceridad con que vivamos nuestras mutuas relaciones. En muchas cosas, en muchos detalles tendríamos que fijarnos, muchas actitudes nuevas se necesitan en nuestro corazón.
Y nos hablará también de reconciliación, de reencuentro y de búsqueda de entendimiento en aquellas cosas en las que podamos discrepar. Lo que entrañaría también la capacidad de comprendernos y de perdonarnos. Si nos amamos de verdad, porque ahí está la raíz y lo que le va a dar profundidad y autenticidad a lo que hacemos, es la búsqueda siempre de lo bueno para los otros porque todos hemos de sentirnos siempre hermanos.
No es solo ya que no nos ofendamos o dañemos mutuamente sino que amándonos hemos de buscar siempre el bien para el otro que es mi hermano. Por eso  nos habla de reconciliarnos antes de presentar nuestra ofrenda en el altar o de buscar la armonía y la paz en los pleitos que podamos tener antes de que sea tarde y más difícil la reconciliación.
¿Cómo podemos presentarnos ante Dios para presenta nuestra ofrenda o nuestra acción de gracias o para pedir misericordia para nosotros, si no somos capaces de tener misericordia con el hermano? Ese amor, esa reconciliación, ese entendimiento y esa búsqueda de armonía y paz, aunque nos cueste, es la mejor ofrenda que podemos presentar al Señor.

Seguiremos escuchando el sermón del monte donde Jesús nos va desgranando ese mensaje para que lleguemos a entender de verdad y a vivir todo lo que es el Reino de Dios.

miércoles, 12 de junio de 2013

No olvidemos que la ley del Señor nos conduce a la plenitud

2Cor. 3, 4-11; Sal. 98; Mt. 5, 17-19
Hoy nadie quiere someterse a normas o leyes; pensamos que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer y que  no nos haga falta que nadie nos diga lo que hemos de hacer, como no  nos gusta que nos digan lo que es bueno o lo que no es bueno. Yo actúo según mi conciencia, decimos, pero quizá eso de nuestra conciencia es simplemente nuestro yo subjetivo sin referencia a ningún principio objetivo. Creo que somos muy subjetivistas y nos convertimos nosotros en norma de nosotros mismos sin querer aceptar una norma objetiva que nos ayude.
Pero eso nos pasa hoy y tenemos que decir que ha pasado siempre. Cuando hay cualquier cambio de tipo social enseguida lo que se pretende es que se nos quiten esas normas o leyes y a la larga caemos en una pendiente peligrosa porque en nombre de nuestra libertad personal podemos estar conculcando la libertad o los derechos que puedan tener también las otras personas.
Creo que detrás de las palabras que le escuchamos a Jesús hoy está una reacción o unos deseos en este sentido de muchos de los que lo escuchaban. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas, les dice, no he venido a abolir sino a dar plenitud’. Y nos habla de que hasta lo más pequeño o lo que nos parece menos importante tiene su valor y su significado.
Ya sabemos que no es aceptar la ley por la ley. Ya nos decía el apóstol en la carta a los corintios que Dios ‘nos ha capacitado para servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, sino en el Espíritu, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida’. Por eso tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor para que alcancemos esa plenitud de la que nos ha hablado Jesús que viene a darle a la ley del Señor.
Los mandamientos no son un capricho de Dios, por así decirlo. Son un camino, inscrito además en nuestros corazones en lo que llamamos la ley natural, que conducen nuestra vida por esos caminos de plenitud. Nunca el mandamiento del Señor daña o merma la libertad del hombre, sino todo lo contrario. Nos está señalando el camino, un camino que si respetamos nos hace felices a nosotros y ayudaremos a ser felices a cuantos nos rodean, porque siempre el mandamiento del Señor lo que busca es el bien y la felicidad del hombre, de toda persona.
No somos esclavos de la ley, sino que siguiendo ese mandamiento del Señor y dejándonos conducir y además fortalecer por el Espíritu divino nos hace más libres, nos hace más felices, y en ese respeto que surge hacia los demás, que con el mandato de Jesús además se convierte en amor, haremos un mundo mejor, un mundo donde reine la felicidad y la paz, porque reinará la justicia y el bien de toda persona. Es precisamente por esos caminos del amor por donde Jesús nos quiere llevar a la plenitud.
Pero ya sabemos que se nos mete por dentro el orgullo en nuestro corazón que nos incita a la rebeldía, a creernos dioses de nosotros mismos y al tiempo en dioses y señores de los demás porque terminaremos queriendo a la larga imponer lo nuestro a cuantos nos rodean.
Recordemos cómo allá en la primera página de la Biblia ya aparece esa tentación al hombre, la tentación al orgullo, a rebelarse y no querer reconocer lo que el Señor había señalado para el hombre; recordemos que el tentador le dice a Eva que serían dioses si comían del fruto de aquel árbol. Queremos ser dioses; no queremos nunca que nada ni nadie esté por encima de nosotros y por eso tanto nos cuesta aceptar lo que es la voluntad del Señor olvidando qué es lo que realmente Dios quiere para el hombre.

Desde el reconocimiento del Dios que nos ama y siempre quiere lo mejor para nosotros buscamos y aceptamos su voluntad siendo conscientes de que buscaremos la gloria del Señor cuando buscamos el bien del hombre, de todo hombre, de toda persona que está a nuestro lado. Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que comprendamos de verdad lo que es la voluntad del Señor y dejándonos conducir por el Espíritu hagamos esos caminos de plenitud a los que estamos llamados, caminos siempre para la gloria del Señor.

martes, 11 de junio de 2013

Bernabé, hombre de bien lleno de Espíritu Santo y de fe

Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Sal. 97; Mt. 10, 7-13
‘Dichoso este santo que mereció ser contado entre los apóstoles, pues era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Con esta bendicion y alabanza ha comenzado la liturgia de hoy para honrar y celebrar a san Bernabé.
Cuando en el tiempo de pascua escuchábamos en la lectura de cada día el libro de los Hechos de los Apostoles nos apareció repetidamente la figura de Bernabé. Su nombre era José pero los apóstoles lo llamaron Bernabé que significa algo así como el que sabe consolar, el consolador. Hombre de bien lo llama la liturgia recogiendo también esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando fue enviado a la comunidad de Antioquía de Siria.
Esta expresión puede hacer referencia por una parte a la generosidad de su corazón pues, como habíamos escuchado en los Hechos, había vendido sus campos para poner a los pies de los apóstoles el dinero recibido en beneficio de los pobres de la comunidad de Jerusalén. Hombre de bien en su generosidad en compartir, como destacaba aquella comunidad donde nadie pasaba necesidad porque todo lo ponían en común.
Pero decir hombre de bien es reconocer su rectitud y su prudencia, su saber hacer y estar en cada momento de la manera oportuna para buscar la paz y la armonía o para saber sacar a flote también los valores de los demás en beneficio de la comunidad. Es lo que le vemos hacer en aquella comunidad de Antioquía a donde fue enviado animando a aquella comunidad que iba creciendo más y más en el número de los creyentes, que como sabemos fue allí donde comenzaron a llamarse cristianos los que seguían el camino de Jesús.
Pero habría que destacar cómo supo ir a buscar a Saulo, recién convertido, que se había refugiado en su pueblo natal de Tarso, pero que ahora Bernabé trae y presenta a la comunidad para el buen servicio y todo el bien que va a hacer a la Iglesia.
En el texto que hemos escuchado hay otro aspecto que tendríamos que destacar. Saulo y Bernabé son señalados por el Espíritu Santo para una misión importante que se les va a confiar. ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado’. En medio de oraciones y ayunos les imponen las manos, como signo de esa presencia del Espíritu en sus corazones, y comienza lo que va a ser el primer viaje apostólico de Saulo, que pronto se llamará Pablo, acompañado de Bernabé. Ya hemos escuchado y comentado ese hecho y ese viaje apóstolico en el tiempo de Pascua.
Con lo que vamos comentando de alguna manera ya vamos explicando lo que recordábamos al principio de la antífona del comienzo de la celebración. Allí se decía de Bernabé ‘hombre de bien, lleno del Espíritu Santo y de fe’. Casi no es necesario explicar más porque lo estamos viendo claramente cómo es el hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo. Impulsado por el Espíritu fue enviado a aquella comunidad; impulsado por el Espíritu va a Tarso a buscar a Pablo para presentarlo a la comunidad; y ahora impulsado por el Espíritu, junto con Pablo, saldrá por el mundo siguiendo el mandato de Jesús para anunciar el Evangelio. ¿Quién puede vivir esa disponibilidad tan exquisita si no es un hombre de una fe profunda y llena de vida? ‘Lleno del Espíritu Santo y de fe’. En Chipre, su tierra, alcanzará el final de sus días y sufriría el martirio cerca de Salamina.
Y todo esto que venimos comentando y reflexionando, ¿para nuestra vida qué? ¿Qué mensaje podríamos aprender de san Bernabé? Hemos hablado de su generosidad y de su disponibilidad, de la rectitud de su vida y de su inquietud apóstolica, que le merecerá ser contado entre los apóstoles, aunque no formara parte del grupo de los Doce. Es lo que tendríamos que pedir al Señor con la intercesión de san Bernabé. Esa disponibilidad del corazón para el compartir, pero esa generosidad para ser capaces de darnos por los demás en el nombre del Evangelio.

‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, les dice Jesús a los discípulos que envía para anunciar el evangelio. Y si nos fijamos bien en lo que nos dice hoy el evangelio es necesario esa disponibilidad y esa generosidad del corazón de manera amplia para hacer ese anuncio. No vamos a ir apoyados en elementos humanos y por eso Jesús nos manda ir desprendidos de todo. La confianza la ponemos en el Señor; la fuerza la tenemos en el Señor; será el Espíritu divino el que nos inspirará lo que hemos de hacer y lo que hemos de anunciar. A nosotros nos toca dejarnos conducir por el Espíriu del Señor, como lo estamos viendo hoy en Bernabé. Que el Señor nos dé esa generosidad y esa disponibilidad.

lunes, 10 de junio de 2013

Las bienaventuranzas un mensaje que nos anuncia el Reino y despierta nuestros corazones

2Cor. 1, 1-7; Sal. 33; Mt. 5, 1-12
El primer anuncio que va haciendo Jesús cuando comienza su predicación y su actuar en público es el Reino de Dios. Invitaba a la conversión del corazón para creer en el Reino de Dios que llegaba y por eso les invitaba al mismo tiempo a creer en El. En el corazón de la gente se despierta la esperanza que había sido alimentada durante siglos por los profetas pero había momentos que parecía que esas promesas se marchitaban porque no terminaban de cumplirse todos aquellos anuncios de los profetas.
Primero había aparecido Juan en el desierto junto al Jordán bautizando e invitando también a la conversión porque la llegada era inminente y ahora era Jesús el que recorría los caminos de toda Palestina, pero de manera especial por Galilea anunciando que el Reino de Dios ya estaba ahí. La gente le seguía, veían sus milagros, cómo curaba a los enfermos y todos acudían a El. Se despertaban de nuevo las esperanzas.
Aunque había momentos en que no terminaban de entender y seguro que se entablaría un diálogo hermoso entre Jesús y las gentes; Jesús que anunciaba la llegada del Reino y ellos que mirando su situación y su vida no entendían que el Reino pudiera llegar para ellos. Seguían sumidos en la pobreza, muchos sufrimientos atenazaban sus corazones y ponían limitación al movimiento de sus propios cuerpos; tenían deseos de justicia y de un mundo nuevo, pero campaban a su alrededor las injusticias, las discriminaciones, los odios en muchos corazones; mucho intentaban lo bueno y no eran comprendidos o incluso perseguidos, faltaba verdadera paz y muchas eran las lágrimas que seguían corriendo por sus rostros y amargando sus corazones, ¿cómo podía decir Jesús que llegaba el Reino de Dios y el Reino era para ellos? ¿cómo podía decirles Jesús que serian felices si había tantas carencias en su pobreza y tantas amarguras en sus corazones?
Pero Jesús se los dice claramente y con firmeza; los llama dichosos y les dice que serán felices de verdad porque el Reino de Dios es para los pobres; porque los que lloran serán consolados y los que buscan la paz serán llamados hijos de Dios; los que sufren por tantas cosas van a poseer lo que más desean y los que tienen verdaderas ansias de justicia, de bien y de verdad van a ver cumplidas sus aspiraciones; que los que son buenos y tienen un buen corazón para los demás se verán premiados con una misericordia infinita y los que son perseguidos tienen que estar felices porque es señal de que están haciendo presente de verdad el Reino de Dios en sus vidas y anunciándoselo a los demás aunque no lo comprendan.
Pueden parecer palabras no del todo comprensibles y hasta en cierto modo contradictorias mirándolo desde lo humano, pero cuando lo van pensando bien sus corazones se llenan de esperanza. Algo nuevo puede comenzar en sus vidas y renace la esperanza. La pobreza de bienes materiales no es obstáculo para alcanzar la verdadera felicidad pero el ser feliz y dichoso es algo mucho más hondo que la posesión de unos bienes. Y así con todas las cosas que les va diciendo Jesús. Aunque haya sufrimientos hay una paz y una alegría que se vive en el corazón que nada nos la podrá arrancar. Con Jesús aprendemos a buscar las cosas que verdaderamente merecen la pena y no las cosas efímeras que brillan un momento y pronto se acaban.
Son palabras de Jesús que tenemos que seguir escuchando hoy. Si escucháramos con corazón abierto el mensaje de las bienaventuranzas otra paz sentiríamos en el corazón y en verdad nos convenceríamos de que podemos hacer un mundo nuevo y mejor y nos pondríamos a ello inmediatamente. Si llegamos a comenzar a pensar así y a actuar en consecuencia es señal de que el Reino de Dios está llegando a nosotros. Y eso nos va a producir una inmensa paz en el corazón porque aprenderemos a darnos sin esperar recompensas humanas y sentiremos la satisfacción del bien que hemos hecho y de lo felices que podemos comenzar a ver a los que están a nuestro lado.

Escuchemos con corazón abierto su mensaje porque también necesitamos despertar la esperanza en nuestros corazones y animar a cuantos están a nuestro lado envueltos en tantos sufrimientos que les han llevado a la desesperanza para que rehagan sus vidas y sus corazones. En Jesús encontraremos esa plenitud y esa felicidad que El nos promete. Estemos ciertos de sus palabras que tendrán cumplimiento y no pasarán. 

domingo, 9 de junio de 2013

El Emmanuel nos sale al encuentro en medio de un mundo de dolor

1Reyes, 17, 17-24; Sal. 29; Gál. 1, 11-19; Lc. 7, 11-17
Jesús es el Emmanuel anunciado por los profetas; Dios con nosotros que camina en medio de nosotros, que ha tomado nuestra misma vida y está a nuestro lado haciendo nuestro mismo camino. Cuando meditamos el misterio de la Encarnación de Dios muchas veces tenemos el peligro o la tentación de quedarnos en el hecho de la Navidad, y porque le vemos nacer niño en Belén en medio de aquella pobreza al pensar en el Dios encarnado fácilmente nos quedamos con esa imagen de Dios hecho niño en el portal de Belén.
Hemos de saberle ver en todas las situaciones de su vida, tal como nos lo narra el evangelio, pero verlo también en todas las situaciones de la vida por las que nosotros pasamos y donde tenemos que contemplarle también como el Emmanuel, el Dios que está con nosotros, a nuestro lado en cualquiera de esas situaciones que vivimos. Una lectura atenta del Evangelio nos hace ver y comprender cómo Jesús está en verdad en medio de los hombres, acercándose al hombre, cualquiera que sea la situación que vivamos. En todo momento El se acerca a nosotros como luz, como vida, como salvación, llenándonos de su gracia salvadora.
Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. Jesús caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pasando de una a otra por todas las situaciones y circunstancias humanas. ‘Jesús de camino llega a una ciudad llamada Naim’ y ahí se va a encontrar con una situación bien dolorosa y donde se nos va a manifestar la vida que nos ofrece y todo su amor. Lo acompañaban los discípulos y mucho gentío, nos dice el evangelista. Se encuentra ‘cuando se acercaba a la entrada de la ciudad que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda; y un gentío considerable de la ciudad lo acompañaba’.
El impacto del encuentro de los que venían con Jesús con aquel cortejo y aquella multitud silenciosa que acompañaba al difunto que iban a enterrar y a su madre tenía que ser fuerte. Allí estaba el dolor y el sufrimiento que siempre se produce ante la muerte de alguien, en este caso joven; dolor y sufrimiento aumentado si cabe en aquella madre que ha perdido a su hijo único y se va a quedar sola y desamparada.
La situación de las viudas no era fácil en Israel en aquellos tiempos; veremos siempre que cuando se trata de socorrer a alguien que pasa necesidad se hablará de huérfanos y viudas. En este caso doblemente, podríamos decir, porque aquella madre viuda no tenía más hijo que el que había fallecido. Grande sería la soledad y el desamparo que la esperaba. Por eso podemos imaginar sin mucha equivocación el silencio impactante que envolvía a los que iban en aquel cortejo.
Y allí está Jesús. Jesús que nos sale al encuentro en la vida allí donde estamos con nuestros sufrimientos o  nuestra muerte. Sólo se oye el llanto doloroso de aquella madre a la que Jesús le dirá: ‘No llores’. Y Jesús que se acerca al ataúd haciendo detenerse a los que lo llevaban. ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!... y el muerto se incorporó y comenzó a hablar, entregándoselo Jesús a su madre’.
Ahora el silencio se rompe y como a coro todos ‘sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Aquella gente sencilla sabe descubrir las obras maravillosas del Señor. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, es el grito ahora y el clamor. Nos recuerda las bendiciones de Zacarías en el nacimiento de su hijo. ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y ha redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es Dios que se está haciendo presente allí. Lo reconocen en Jesús y en sus obras, aunque más tarde otros quieran negarlo. Pero allí están los pequeños y los sencillos que son los que saben descubrir las obras de Dios, que son a los que Dios quiere revelarse.
Si los filósofos quieren definir al ser humano como homo patiens, el ser que sufre, que tiene la capacidad del sufrimiento, ahora podemos descubrir el rostro del Dios compasivo, del Dios que sufriendo con nosotros nos manifiesta su amor acercándose a nuestra vida y a nuestro mundo en esa situación de dolor y sufrimiento que podamos padecer. Compasivo que es ‘padecer con’; el Señor es compasivo con nosotros porque nuestro sufrimiento no le es ajeno; ante nuestro sufrimiento El nos manifiesta su ternura y su amor acercándose a nosotros, padeciendo con nosotros, haciendo suyos nuestros sufrimientos, derramando su gracia y su amor sobre nuestra vida.
Ahí le vemos en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, sufriendo con nosotros y amándonos y regalándonos la ternura de su amor y de su vida en nuestro propio sufrimiento. El Evangelio de Lucas que estamos siguiendo en este ciclo C nos habla continuamente de esa misericordia y de esa ternura de Jesús con los pobres, los enfermos, los pecadores.
‘No llores’, le dice de entrada a aquella mujer que está envuelta en el dolor y sufrimiento de la muerte de su hijo con todo lo que ello significaba para su vida y lo que podría ser su futuro. Y nos dice el evangelista que Jesús sintió lástima, se conmovió, se le revolvieron sus entrañas, podríamos decir, y se manifestó en verdad compasivo de aquella mujer. Allí estaba a su lado Jesús con sus entrañas conmovidas, como cuando le vemos sufrir ante la tumba de Lázaro, su amigo, en que le brotan lágrimas de sus ojos, o como cuando lo vemos sufrir por su ciudad querida, Jerusalén, sabiendo todo lo que la va a destruir, llorando también por ella.
‘Dios ha visitado a su pueblo’. Dios se sigue haciendo presente en medio del sufrimiento de nuestro mundo. Dios no es ajeno al sufrimiento que padecemos los hombres. Recordamos lo que le decía a Moisés, allá en medio de la zarza ardiente, que ha escuchado el clamor de su pueblo y va a enviarle a Libertador para que lo libere. Dios ha escuchado el clamor de la humanidad sufriente y nos envió a su Hijo único porque así tan grande era su amor que nos lo entregaba. Dios sigue escuchando el clamor de su pueblo, de toda la humanidad y en nuestras manos está el hacer presente a Dios en medio de los hombres.
¿No nos estará pidiendo el Señor que a través de nuestra solidaridad y de nuestro amor, a través de nuestro compromiso serio por hacer que nuestro mundo sea más justo y viva en paz se manifieste ese rostro compasivo de Dios para todos los hombres? Tenemos que ser sembradores de paz y de esperanza; tenemos que seguir repartiendo amor entre los que nos rodean; con nuestros gestos de solidaridad al compartir con los demás tenemos que despertar esos sentimientos en cuantos nos rodean; hemos da aprender a poner los verdaderos cimientos de un mundo mejor y más justo que entre todos construyamos.
Mucho sufrimiento hay en nuestro derredor con los problemas que vive la gente de hoy. Tenemos que aprender como Jesús a acercarnos al lado del que sufre; tenemos que buscar la manera de detener esa carrera de muerte en la que viven tantos con la falsedad de sus vidas, con su trato injusto para con los demás, con esa violencia de la que hemos llenado nuestra vida en palabras, en gestos y muchos hechos muy concretos; tenemos que tender la mano como lo hizo Jesús con aquel muchacho que llevaban a enterrar porque con nuestra mano de solidaridad tendida podemos levantar a tantos de su postración y de su sufrimiento. Mostrando con sinceridad nuestro rostro compasivo estaremos mostrando el rostro compasivo y misericordioso de Dios.
Dios sigue siendo el Emmanuel, pero mucho de nosotros depende que el mundo crea y descubra ese rostro compasivo de Dios. Es el mensaje que quiere dejarnos hoy el Señor en su Palabra. ¿Qué respuesta le vamos a dar?