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sábado, 15 de abril de 2023

Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

 


Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Completamos casi la semana de la octava de Pascua en que hemos venido proclamando con toda alegría e intensidad la alegría de la pascua, la alegría de nuestra fe, que venimos a concluir mañana, octava de pascua y fiesta de la misericordia, pero la palabra de Dios que ha ido resonando en estos días aun nos hace detenernos para que nos revisemos cual es la intensidad de la fe que estamos viviendo y celebrando.

Y lo hace en este como resumen que nos hace el evangelista Marcos, es el más breve como lo ha sido todo su evangelio, de lo que fueron esos momentos de pascua de los discípulos de Jesús. Ya Juan en especial, aunque también Lucas, nos recordarán como estaban encerrados los discípulos en el cenáculo desde el momento del prendimiento de Jesús en el huerto. En ese momento se nos dice que lo abandonaron y huyeron.

Salvo la aparición esporádica de Pedro en el patio del Sumo Sacerdote, y ya conocemos sus resultados, y de Juan al pie de la cruz como nos narrará el evangelio de Juan, el refugio, por así decirlo, fue el Cenáculo. Había sido el lugar de la despedida con todas las maravillas que aquella noche en el cenáculo se fueron sucediendo. Habían sido momentos también de tensión y de hondas emociones, donde los signos se habían multiplicado. Y allí vinieron a refugiarse, de manera que se va a convertir como en el centro de la Iglesia naciente.

Allí acude en la mañana de aquel primer día, como nos cuenta hoy Marcos, María Magdalena tras sus experiencias en el sepulcro a donde había acudido con las otras mujeres a querer completar el embalsamamiento del cuerpo muerto de Jesús. Pero Jesús no está en la tumba; los otros evangelistas nos hablarán de aparición de ángeles para decirles que no busquen en el lugar de los muertos al que está vivo, y será María Magdalena la última que regrese al cenáculo para anunciar que Jesús había resucitado. Habría ella vivido, como nos narra Juan, la experiencia de su encuentro con Jesús, al que había confundido con el hortelano. Pero ante la noticia los discípulos no la creen.

Otros discípulos se habían querido marchar a su pueblo, Emaús, pero alguien les había salido al encuentro en el camino, y aunque en principio no lo reconocieron a pesar de que les ardía el corazón mientras les hablaba, cuando sentados a la mesa partió el pan para ellos, lo reconocieron y volvieron a Jesús con la noticia. Pero los que estaban reunidos en el cenáculo tampoco los creyeron.

Será Jesús mismo el que haga sentir su presencia en medio de ellos, entre su estupor, su asombro y finalmente su alegría, y les echará en cara la dureza de su corazón porque no habían querido creer a los testigos. Les abrirá ahora el corazón para que entendieran las Escrituras pero al mismo tiempo les encomienda una misión. Han de ir a llevar esa buena noticia por todo el mundo. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’, les había dicho. Es la misión que tienen, que tenemos que realizar.

¿Seremos también nosotros duros de corazón para no creer, para no aceptar el testimonio que nos pueden ofrecer otros testigos? ¿Seremos también nosotros duros de corazón, se nos habrá encallecido el corazón, nos habremos acostumbrado tanto a esto de la pascua y de la resurrección que en nosotros no haga mella este anuncio?

Aquí con sinceridad tendríamos que preguntarnos muchas cosas, si, preguntarnos por la intensidad que hemos vivido y seguimos viviendo esta pascua. ¿Esa alegría de la pascua de verdad ha estado presente en nuestra vida en estos días? ¿En qué se ha notado? ¿Hemos sido capaces de anunciarla, de testimoniarla con nuestra vida a ese mundo que nos rodea? 

Tenemos que reconocer que a la mayoría de la gente que nos rodea no les dice nada la pascua, ha sido eso, Semana Santa, una ocasión quizás para unas vacaciones, algo que hacen en la Iglesia, unas procesiones que salen a la calle, pero no se han visto en nada implicados. ¿Habrá faltado un testimonio autentico de quienes nos decimos cristianos, un testimonio más intenso y lleno de vida de la misma Iglesia para ser un signo de luz y de esperanza en medio del mundo?

 

viernes, 14 de abril de 2023

Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

 


Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Una noche bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas veces en la vida.

No tenían claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle. ¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.

En el amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros aires, otro sentido.

No hace falta mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro. Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres?  Aquí tenemos la señal.

Ahora ya nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.

No siempre es fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que ese es mi camino?

Alguien quizá está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las voces y señales que nos llegan desde la orilla.

jueves, 13 de abril de 2023

Cada vez que nos reunimos los cristianos hemos de aprender a tener estas vivencias de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros para sentirlo siempre con nosotros

 


Cada vez que nos reunimos los cristianos hemos de aprender a tener estas vivencias de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros para sentirlo siempre con nosotros

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

Alguna vez nos ha sucedido que estando un grupo de amigos reunidos charlando de un amigo que por las circunstancias fatales de la vida ya no está con nosotros, pero recordándolo con cariño habrá un momento en que los recuerdos son tan intensos que nos parece que el amigo está allí como uno más entre ellos. Sentimos quizás una sensación extraña que, como solemos decir, nos pone carne de gallina, nos pone los pelos de punta.

Es algo más que todo eso lo que aquella tarde sintieron todos los discípulos que estaban reunidos en el cenáculo. Habían llegado los de Emaús y contaban cuanto les había sucedido, como no eran sus ojos incapaces de verlo, pero en el momento de partir el pan lo reconocieron. Con entusiasmo contaban unos la experiencia vivida, otros hablaban  de que Jesús incluso se había aparecido a Simón, todos recordaban una y otra vez al maestro, pero al final se dieron cuenta que Jesús estaba allí en medio de ellos.

La fe se había ido despertando en aquellos corazones y los nubarrones que les impedían comprender todo lo sucedido se iban difuminando. Comenzaban a comprender las palabras de Jesús que todo se los había anunciado, pero que ellos no habían querido o no habían podido entender. Su mente se iba abriendo porque Jesús seguía con ellos, y Jesús seguía explicándoles las Escrituras, y ya no era simplemente un recuerdo emocionado, que antes había estado demasiado cargado por los tintes del miedo, pero que ahora se les iba abriendo el Espíritu y podían sentir que era verdad lo que Jesús les había dicho, les había anunciado.

Allí estaba Jesús en medio de ellos. Y no como un fantasma que se aparece, sino como quien está siempre con nosotros pero que tenemos que encender la luz de la vez para poderle ver, para poderle descubrir. Es lo que ahora estaban experimentando. Quizás les ayudaba mucho también lo que venían contando aquellos discípulos que se habían ido a Emaús, que les contaban como Jesús en el camino les había explicado las Escrituras. Y es lo mismo que ahora están sintiendo, es lo mismo que ahora están viviendo porque Jesús está allí con ellos. Es la nueva manera de entender las palabras de Jesús que hablaban de resurrección. Es la nueva manera que a partir de ahora ya para siempre nos hará sentir esa presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros.

No puede ser una cosa efímera lo que vivimos en esta pascua. Tiene que ser algo muy hondo que nos ayude para que de ahora en adelante sigamos sintiendo la pascua, para que de ahora en adelante ya para siempre seamos capaces de ver en todo momento la presencia de Jesús en medio de su Iglesia.

Por eso cada vez que nos reunimos los cristianos tenemos que aprender a tener estas vivencias intensas de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros. El siempre  nos llenará de su paz. Lo viviremos intensamente mientras estamos en nuestro cenáculo, en nuestras celebraciones, pero eso nos enseñará como en cada momento vamos a sentir que Jesús nos sale al encuentro, que a Jesús los podemos ver en los hermanos, que Jesús está ahí en ese pobre que nos tiende la mano, o en ese corazón atormentado que nos mira con ojos quizás desorientados, pero que está esperando algo de nosotros.

¿Qué le vamos a dar? Mejor, ¿Qué es lo que vamos a recibir? Vamos a recibir a Jesús que nos está saliendo a nuestro encuentro. Por eso despertemos nuestra fe, despertemos nuestras entrañas de solidaridad, despertemos el amor en nuestro corazón para que no quedarnos adormilados, despertemos nuestra vida al Espíritu de Jesús que viene a nosotros y nos inunda.

miércoles, 12 de abril de 2023

Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 


Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104; Lucas 24, 13-35

¡Qué ceguera llevaban los discípulos que caminaban aquel día hacia Emaús que no fueron capaces de reconocer al caminante que se unió a su camino! Se puso a caminar con ellos, comenzaron a comentar lo sucedido ante sus preguntas al verlos tan absorbidos en su dolor, pero ni le miraron a la cara. No podemos decir que fuera de noche, porque aun tardaron tiempo en llegar y porque entonces se hacía de noche le invitaron a no seguir el camino y quedarse con ellos.

¿Nos sucederán cosas así? No es que sea normal pero son cosas que de una forma o de otra muchas veces suceden. Hablamos pero no miramos. Y si vamos ensimismados en nuestras preocupaciones más mirándonos a nosotros mismos vamos por la calle. Cuantas veces alguien nos detiene y nos dice que si no miramos por donde vamos que no conocemos a nadie. Tenemos también la tentación de mirar hacia otro lado porque mirando de cara a cara quizás nos sentimos más comprometidos. Hay veces que nos falta esa humanidad, esa comunicación, ese mirarnos porque quizá queremos ocultar nuestra cara o queremos ocultar nuestra mirada.

Pero Jesús si les estaba mirando y hasta lo más hondo. Brotaron casi sin querer las preocupaciones, las esperanzas que se habían visto frustradas, los desencantos y desconfianzas y cómo se habían venido abajo. Aquel camino en cierto modo era una huida, porque no soportaban más todo lo que había pasado y querían alejarse quizás de Jerusalén y cuando las esperanzas empezaban a marchitarse se iban metiendo en un camino muy lleno de oscuridades. Tanta era la oscuridad de sus corazones que no se atrevían a mirar a la cara a aquel compañero de camino.

Jesús con su presencia, aunque no lo reconocieran, y con su palabra iba encendiendo nuevas luces en sus corazones. Les iba explicando las Escrituras, les iba haciendo comprender el sentido de cuanto había sucedido, les iba preparando el corazón para que en verdad se encontraran con el Cristo vivo y resucitado que les haría resucitar a ellos.

Comenzaba a despertarse la vida porque surgieron los sentimientos de solidaridad. Quédate con nosotros, el camino está lleno de oscuridades y es peligroso, bien lo sabían por cuanto habían pasado, abrieron las puertas de su casa y en su hospitalidad le ofrecieron el compartir el pan. Y fue entonces cuando comenzaron a compartir cuando se les abrieron los ojos, cuando comenzaron a mirar cara a cara al compañero de camino, y reconocieron que era Jesús. Lo reconocieron al partir el pan.

Nos hace falta levantar nuestra mirada, no dejar que vague distraída por tantas cosas que no nos fijemos en las personas, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, para que haya verdadera comunicación, verdadera comunión. Cuanto nos falta y así andamos distraídos por la vida y no nos enteramos del sufrimiento de los demás, no captamos qué es lo que puede en verdad dar alegría a los demás. Tenemos que aprender a mirar más a los ojos de las personas.

Para aquellos discípulos había llegado la luz y ya no importaba el peligro de los caminos, pues corrieron de nuevo a Jerusalén. Tenían que comunicar la alegría que llevaban dentro, porque en verdad Jesús había resucitado. Ellos también habían resucitado con El. ¿Será algo así lo que nos sucederá a nosotros?

martes, 11 de abril de 2023

También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

 


También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Al final podrá María Magdalena correr hasta donde están los discípulos, aún encerrados después de todo lo sucedido, para anunciarles que ha visto al Señor. Pero le ha costado muchas lágrimas. Había estado al pie de la cruz como de las primeras, muy valiente en aquellos momentos difíciles. Le había visto exhalar el último suspiro y había estado muy atenta del sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús. No había podido hacer otra cosa en el día del sábado porque el descanso sabático le impedía realizar el trabajo que tanto estaba deseando.

Ella también quería ser de las primeras que aquel primer día de la semana, pasado ya el sábado y la noche, para venir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero allí no estaba. ¿Se lo habían robado? ¿Quién había tenido tal atrevimiento? Otros evangelistas nos hablaran de las mujeres que habían vuelto y de camino Jesús les había salido al encuentro, o de Magdalena corriendo para anunciar a los discípulos que se habían robado el cuerpo de Jesús – ya lo meditaremos en otro momento – pero Lucas nos habla ahora de María Magdalena, llorosa, a la entrada del sepulcro. Los ángeles que les habían anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús y que no buscasen al que estaba vivo en el reino de la muerte, le preguntan ahora a María Magdalena por qué llora.

No hay otra obsesión en la cabeza de quien tanto había amado a Jesús, porque también tanto se había visto perdonado en su encuentro con Jesús. Repetirá una y otra vez la misma cantinela, ‘porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Ella quería estar con Jesús. Estaría dispuesta incluso a llevarse el cuerpo muerto de Jesús para darle sepultura allí donde ella pudiera estar siempre a su lado, tanto es la fuerza del amor.

Será lo que repite a quien ella cree que es el encargado del huerto. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Está dispuesta a todo. Pero sus lágrimas le han sellado los ojos como para no reconocer con quien está hablando. Cuando nos obsesionamos con nuestras angustias, ciegos y sordos nos volvemos. Hasta lo que era lo más palpable, aquello que siempre habíamos creído y que incluso nos había valido para consolar a otros, ahora de nada nos sirve porque nuestra mente se ha bloqueado.

¿No te he dicho que si crees todo será posible?, le diría un día a Jairo cuando marchaban a su casa y le traían malas nuevas. Es el grano de fe que mueve montañas. Es el grano de fe que nos hará ver las maravillas del Señor. Es lo que le pide a Marta y a María cuando ellas sienten la pena de que Jesús no había estado con ellas en los momentos de la enfermedad y la muerte de su hermano. Te he dicho que si crees vivirá, les dice. Es la fe que va pidiendo a cuantos se acercan a El a lo largo del evangelio. Tú fe te ha salvado. Y no nos podemos dejar envolver por las tinieblas. El centurión romano se siente incluso incapaz de ir por si mismo a pedir a Jesús por su criado, pero cuando se entera que viene Jesús le saldrá al encuentro para reconocer humilde que no es digno de que Jesús vaya a su casa, pero cree en la palabra de Jesús que con solo una palabra puede salvarle.  

Ahora será una palabra la que va a despertar a María Magdalena, le va abrir los ojos porque cesarán ya para siempre sus lágrimas. ‘María’, le dice Jesús. No es necesario más. ‘Maestro’, exclamará la Magdalena y ya la vemos a los pies de Jesús. Se acabaron las tinieblas que velaban sus ojos, se acabaron las angustias que le embargaban el corazón, se acabaron las lágrimas porque ahora todo será alegría y fiesta, ya se podrá quedar aletargado al pie del reino de la muerte sino que correrá a anunciarlo a los hermanos. ‘He visto al Señor, y me ha dicho esto’.

Despertemos nosotros a esa fe, salgamos de nuestro letargo para escuchar también esa Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Nos llama por nuestro nombre y nos envía también al encuentro con los hermanos para hacerles el anuncio de la Palabra de Jesús. Es lo que tenemos que seguir anunciando aunque la gente no nos crea. Quizás muchos nos mirarán con lástima o con desdén cuando nosotros estos días hablamos de la resurrección de Jesús y como nosotros estamos llamados a esa resurrección y a esa vida. Le es más fácil a las gentes del mundo de hoy el creer en reencarnaciones que creer en la resurrección de Jesús y hasta querrán que cambiemos la palabra, porque, nos dicen, tenemos que adaptarnos a los tiempos modernos.

No es cuestión ni de adaptaciones ni modernismos. Nosotros vamos con la experiencia del encuentro vivo con Cristo resucitado como lo hemos vivido en estos días de la semana santa y sobre todo en la noche de la vigilia pascual. Es sentir que Jesús está vivo en esa vida nueva que estamos sintiendo allá en lo más hondo del corazón. Escuchamos también, como Magdalena, esa voz del Señor que nos habla, que nos llama por nuestro nombre, que se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestra existencia toda, por lo que nos sentimos impulsados a algo nuevo, por lo que sentimos esa nueva paz interior.

También pasamos por momentos de lágrimas y de angustias, pasamos por momentos de sentirnos unos bellacos a causa de nuestro pecado, de sentirnos rotos por dentro y sin encontrar salidas para nuestras tinieblas, pero con la presencia de Cristo resucitado en nuestras vidas todo es distinto, hay de verdad una luz que nos guía, hay una fuerza interior que nos impulsa, hay una paz que llena e inunda nuestro corazón porque nos sentimos amados, porque nos sentimos perdonados, porque nos sentimos con esa túnica nueva con que el Padre quiere vestirnos.

Y haya sido lo que haya sido nuestra vida, como María Magdalena a la que Dios había perdonado sus muchos pecados, podemos también hacer el anuncio que nadie nos podrá acallar, es verdad, ha resucitado el Señor.

lunes, 10 de abril de 2023

Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

 


Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15; Mateo 28, 8-15

Si algo que teníamos muchos deseos que sucediera, cuando ya parece que habíamos perdido la esperanza vemos que nos sucede, seguro que la alegría que sintamos será grande, se desbordará muy efusivamente de nuestro corazón; alguien que amábamos con especial amor y que de repente desaparece de nuestra vida y nos parece que ya no volveremos a encontrarlo, si de pronto viene a nuestro encuentro y tenemos la certeza de que ya nunca más lo vamos a perder seguro que nos volveremos locos de alegría.

Aquellas mujeres habían ido llenas de desconsuelo aquella mañana al sepulcro para completar los ritos funerarios de quien había sido el amor de sus vidas y había muerto violentamente; tan violentos habían sido aquellos momentos que por razón del sábado y de la fiesta de la pascua ni siquiera habían podido embalsamarlo debidamente. Ahora venían con el deseo de poderlo realizar, sin pensar ni siquiera quien les correría la pesada piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba rodada, allí no estaba el cuerpo que buscaban y un ser celestial les anuncia que está vivo y vayan a comunicarlo al resto del grupo.

Sorpresa, alegría, miedo y temores quizás, muchas cosas se amontonaban en sus espíritus. Mayor fue la sorpresa, ahora llena de una alegría que nadie podría arrebatarles cuando en el camino de regreso Jesús les sale al encuentro. Los temores se difuminan, ‘no temáis’, les dice Jesús, y la envía con la misión de anunciarlo al resto del grupo. Las primeras misioneras, las primeras enviadas y ahora con la gran noticia que tenía que conmocionar el mundo.

Luego veremos que ni los propios discípulos las creen, pero será el principio de los que rechazan, de los que no quieren creer, de los que siempre lo van a poner en duda, incluso como imaginación de unas mujeres visionarias. Pero será también el principio de una fe que ira creciendo poco a poco y hará que en verdad la noticia se difunda. Ha llegado hasta nuestros días.

Es lo que vivimos y se sigue repitiendo. Es lo que provoca nuestra fe y tendrá que seguir siendo anuncio al mundo que nos rodea. Querrán poner en duda nuestras palabras y nuestras creencias, nos llamarán visionarios y soñadores, pero es algo de lo que estamos convencidos y aun con la debilidad de nuestra vida pecadora tenemos que seguir anunciando.

Como lo hizo Pedro en aquella mañana de Pentecostés como hemos escuchado en la primera lectura. Allí estará Pedro el que profundamente amaba al Señor y que había estado dispuesto a dar la vida por su Señor, pero el que no siempre entendía las palabras y los anuncios de Jesús queriendo quitarle incluso de la cabeza la idea de subir a Jerusalén si allí había de suceder cuanto anunciaba Jesús. 

Allí está Pedro el de la confesión en Cesarea de Filipo el que se deja revelar en su corazón los misterios de Jesús o el que subirá a lo alto de la montaña donde pretenderá edificar unas para que lo que allí está viviendo no se acabe; el Pedro que valiente llevará una espada al huerto, pero que ante las insinuaciones de unas criadas o de quien había participado también en el prendimiento de Jesús niega conocerle; el Pedro que más tarde sentirá la alegría de volver a encontrarse con Jesús y se tirará al agua para llegar más pronto y que le confesará su amor que quiere que ahora de verdad sea para siempre.

Es el Pedro con sus luces y con sus sombras, pero que ahora lleno del Espíritu de Jesús resucitado lo anunciará sin miedo a represalias, sin esconderse en el cenáculo y tendrá la valentía de decir que aquel Jesús que habían crucificado y dado muerte Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías. No teme ahora Pedro porque está convencido de quien es Jesús, el Mesías de Dios, el Hijo de Dios, a quien un día la voz del cielo le había dicho que había que escuchar y seguir. Se acabaron ahora los temores.

Es también nuestra misión. Es el anuncio que hoy, en el año 2023, también con esas nuestras debilidades que arrastramos tras nosotros tenemos que anunciar. No tiene ya que importarnos que nos digan que si hicimos o que si fuimos, porque ahora nos sentimos unos hombres nuevos con el perdón del Señor, con su salvación que nos envuelve. 

No somos nosotros los importantes y por eso no importan ni nuestros méritos ni nuestros deméritos, no importa que quizás nos suceda como aquellas mujeres a las que no creyeron y que a nosotros no nos quieran creer algunas veces ni los propios discípulos del Señor, porque lo importante es el anuncio que tenemos que hacer. 

Tenemos que anunciarlo para que todos puedan verlo y para que todos puedan creer en El.

 

domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.

sábado, 8 de abril de 2023

María un día dijo sí y se había puesto en camino, ahora en silencio baja del Gólgota y en el silencio de la espera de la resurrección estará siempre en camino al lado de sus hijos

 


María un día dijo sí y se había puesto en camino, ahora en silencio baja del Gólgota y en el silencio de la espera de la resurrección estará siempre en camino al lado de sus hijos

El Gólgota se había quedado en silencio. Poco a poco habían ido abandonando el lugar aquellos que tanto habían luchado por quitarlo de en medio, su obra estaba consumada, o así lo pensaban; los curiosos desaparecieron como por encanto porque se había acabado el espectáculo; los soldado encargados de ejecutar la sentencia cumplían sus últimos requisitos, pero un pequeño grupo se arremolinaba a los pies de la cruz, y pronto descenderían en cortejo buscando la tumba nueva que el bueno de José de Aritmatea había facilitado; él se había encargado de pedir el cuerpo de Jesús y con aromas que Nicodemo también había facilitado cubrieron los ritos fundamentales para el enterramiento.

La piedra había sido rodada, Juan que había recibido a Maria como madre la llevó consigo buscando un lugar de descanso, ¿acaso el cenáculo donde se habían refugiado el resto de los discípulos? Había también probabilidades de que fueran unos parientes más o menos cercanos de María, dada su disponibilidad para facilitar el lugar. Reinaba el silencio en el ambiente como no podía ser de otra manera.

Momentos en que nos quedamos en blanco; momentos en que se agolpan los recuerdos; momentos en que no sabemos ni qué pensar, ni qué decir. El dolor de una madre era grande. Un día le habían anunciado que una espada traspasaría su alma, pero no se podía pensar que fuera un dolor tan intenso. Pero María había estado allí; a su encuentro había salido cuando llegaron las noticias de cuanto sucedía en aquella calle que se quedaría para siempre con el nombre de la amargura. Pero el verbo que se utiliza para hablarnos de la presencia de María nos habla de firmeza, de entereza; no era la presencia de quien se desmorona, aunque la imaginería abunde en gestos desgarradores, sino la presencia de quien sabe qué hace allí, por qué está allí.

Un día María había dicho sí y se había puesto en camino. Su disponibilidad había sido total, porque se consideraba tan pequeña como una esclava que tiene que hacer lo que le manden, pero ella con toda la disponibilidad de un corazón que saber amar había comenzado a subir los peldaños. Camino errante en búsqueda de donde servir, caminos de vacío y de pobreza como para no tener ni siquiera una posada que la acogiera en los momentos que iba a traer al mundo una vida, soledades de noches frías a la intemperie porque poco calor podían dar las paredes de un establo, caminos de huida que se convertían en destierro, caminos y caminos llenos de soledades, de vacíos y de silencios cuando te quitan de tu lado lo que más amabas como los que ahora desgarraban su corazón. Pero ella había dicho y se había puesto en camino.

Por eso aquel cántico que un día había iniciado allá en la montaña en casa de su prima Isabel ella lo seguía cantando. Como lo saben hacer solo los que tienen envueltas sus vidas por la fe. Ella seguía proclamando las grandezas del Señor, ella seguía dando gracias porque el Señor la había escogido y en ella seguía realizando maravillas. A quien le falta la fe difícil es que pueda cantar ese cántico de alabanza y acción de gracias cuando constata sus soledades, su pobreza, eso que parece un silencio de Dios. Pero María podía hacerlo. Ella se siente en verdad envuelta por la misericordia del Señor. Nada teme, porque sabe que el Señor está con ella.

Está viendo María el cumplimiento de las bienaventuranzas que un día Jesús había proclamado. Podría parecer que los poderosos de este mundo tienen la ultima palabra, pero ella sabe que la muerte no ha derrotado a la vida. ‘Dispersa, sí, a los soberbios de corazón’. ¿Dónde están ahora los que tanto han vociferado en este día ante el pretorio y aquí mismo en el calvario? Son los que ahora callan, porque aun siguen temiendo; le irán a pedir al Procurador que ponga guardias a la entrada del sepulcro, porque aunque no quieren creer sin embargo temen que en verdad Jesús resucitará como lo había prometido. María sigue con esa esperanza en el corazón, ella confía en la Palabra de su Hijo como un día se había confiado totalmente a Dios sin saber incluso como se resolverían los misterios de Dios.

El silencio de María no es angustia por la muerte de su Hijo porque sabe muy bien que resucitará. Es el silencio de la espera, pero es el silencio de quien aun no termina de comprender esa nueva dignidad que le ha confiado su Hijo. Quizá su silencio sea contemplar esa humanidad que son sus nuevos hijos en los que también descubre tantos sufrimientos, en los que descubre tantas soledades, en los que descubre tantos vacíos porque andan desorientados como ovejas sin pastor, a los que sabe que tiene que amar y por eso está haciendo suyos esos sufrimientos, esas soledades, esos silencios, esos vacíos de los que ahora son sus hijos. Y una madre cuando siente como propio el dolor de sus hijos algunas veces lo que hace es guardar silencio, acompañar en silencio, mirar en silencio.

Se siente María acompañada por Juan que ya la tomó como su madre y la ha llevado consigo, pero ahora María es la que como madre quiere acompañar a Juan, quiere acompañar a esa Iglesia naciente, por eso ya desde el principio la veremos en el cenáculo cuando esperan el cumplimiento de la promesa de Jesús, la venida del Espíritu. Es María la que nos va a acompañar a la Iglesia en el camino de la historia, que muchas veces se hará difícil, pero que va a sentir siempre esa presencia maternal de María.

Es el silencio de María mientras se aleja de la tumba de Jesús, es el silencio de María en aquel sábado de espera de la resurrección, es el silencio de María que es el silencio de los humildes, de los pequeños y de los sencillos, pero que ella sabe que en ellos Dios hará cosas grandes como lo ha hecho en ella y con ella. Es el silencio con que vamos a estar con María en este sábado en la espera de la resurrección del Señor porque sabemos que con nosotros estará ya para siempre María.

viernes, 7 de abril de 2023

Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

 


Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

¿Cómo nos podemos sentir en la presencia del dolor de alguien que sabemos que nos ama y a quien nosotros también amamos? Nos sentiremos como impotentes y nuestro corazón llorará por ese dolor que contempla, en la impotencia que se siente ante lo que quizás nada pueda hacer. Angustia en el corazón, nubes de tristeza que nos embargan, silencio en nuestro dolor aunque sintiéramos deseos de gritar, desconsuelo ante el sufrimiento que contemplamos. Pero ¿hemos dicho el dolor de quien sabemos que nos ama y a quien nosotros amamos también? Pareciera que en ese dolor hasta lo olvidáramos.

¿Será por eso por lo que hemos cargado con tantos crespones negros, con tantas sombras y tristezas que se convierten en amarguras este día del Viernes Santo, un día en que parece que por obligación hay que estar tristes? Épocas hubo en que no se nos permitía ni sonreírnos. Hasta las palabras que empleamos para hacer referencia a los hechos que contemplamos en este día las hemos cargado muchas veces con tintes de desesperanza y amargura. Pero ¿tienen sentido esos crespones negros y esas tristezas que nos agobian el alma? Decíamos que en nuestro dolor olvidamos algo que tiene que ser muy importante.

Lo hemos dicho desde la primera pregunta que nos hacíamos. En medio de todo ese dolor está el amor. Es como el gran primer título que tenemos que ver colgado ante nuestros ojos. Todo sucede por amor. Es la gran prueba del amor. Es la entrega del amor.

Se nos ha dicho tantas veces que por repetido tenemos el peligro de olvidarlo o de darle menos importancia. Tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios que nos entregó a su Hijo, y el Hijo por el amor se dio hasta el final. No hay amor más grande que el que se da hasta entregarse a la muerte por los que ama. Es el amor que se derrama en Jesús cuando le vemos recorriendo los caminos de Galilea y Palestina. Y los que sintonizaban con ese amor se iban con El, querían escucharle, le llevaban sus dolencias y sufrimientos de todo tipo, querían estar cerca de El, tocarle al menos el manto. Y Jesús va mostrando la compasión de su corazón porque había en torno a El ovejas que andaban descarriadas sin pastor, y las enseña y las alimenta, pasó haciendo el bien.

Es el amor que le ha traído con prisas hasta Jerusalén, siempre iba delante de los suyos en su subida, porque se acercaba la hora de la Pascua, la hora en que se iba a manifestar de forma muy palpable ese paso de amor de Dios entre los suyos. Anunciaba que sería entregado en manos de los gentiles, pero era El quien se entregaba. Era el designio de Dios, era la muestra definitiva del amor que nos traería la verdadera paz, que plantaba definitivamente el Reino de Dios, que haría fructificar un mundo nuevo.

El era ese grano de trigo sembrado en tierra del que brotaría ese mundo nuevo. Era el momento en que ese grano se convertía en harina para un nuevo pan. Triturado, desfigurado hasta perder toda apariencia humana como había anunciado el profeta pero era la semilla de una vida nueva, era la transformación del amor. ‘Triturado por nuestros crímenes, sin figura, despreciado, varón de dolores, maltratado, arrancado de la tierra de los vivos, sepultado con los malvados’. Es lo que estamos contemplando y nos conmueve el corazón. Es la gran manifestación del amor.

Y nos sentimos tocados en lo más hondo de nosotros mismos. Pero no para llenarnos de angustias y tristezas. Aunque haya tanto dolor y parezca que la muerte tiene la última palabra quitemos todos esos crespones negros. En este momento que parece de sombras sin embargo hay una luz que brilla fuerte y lo que nos hace comprender el sentido de todo, es la luz del amor. No lo olvidemos. Por eso esta tarde dolorosa del viernes santo es, sin embargo, un renacer de la esperanza para nuestros corazones, es un despertar el amor en nuestra vida. Aunque ante los ojos humanos pudiera parecer una derrota sin embargo es una victoria porque esta muerte de Jesús en la cruz nos trae la vida, nos trae el perdón, nos trae una nueva paz, nos llena de amor.

Quienes estamos contemplando este momento de cruz nos sabemos amados, nos sentimos amados, nos vemos necesariamente movidos al amor. No es derrotismo ni impotencia lo que tenemos que sentir, sino que una nueva fuerza surge en nosotros porque con la muerte de Jesús sabemos que vamos camino de la victoria. Creemos en su palabra y El nos anunció que aunque fuera dura la entrega y llegara la muerte al tercer día resucitaría. Y es nuestra esperanza. Lloremos, es cierto, nuestro pecado, pero sabemos que el pecado y el mal ha sido derrotado desde lo alto del madero de la cruz. Y nosotros podremos emprender una vida nueva. En el fondo tenemos que sentir el gozo de Dios porque sentimos el gozo del amor.

‘Todo está consumado’, fueron las palabras de Jesús en sus últimos momentos en la cruz. Se ha consumado la obra del amor. Ha brotado la nueva planta de una nueva vida que tiene que florecer en nuestro amor. No olvidemos el auténtico brillo que tiene que tener este día.

jueves, 6 de abril de 2023

Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

 


Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Las comidas familiares, las comidas de amigos, las comidas en las que conmemoramos o celebramos algo, como el recuerdo de un acontecimiento, un cumpleaños, etc. son algo que está presente en nuestra vida y en nuestras conveniencias sociales. ¿A qué vamos a esas comidas? Podríamos decirlo en una palabra, a estar; no importa tanto lo que comamos sino el disfrutar de estar, porque estamos con la familia, con nuestros padres, con nuestros amigos, con aquellas personas que apreciamos y nuestra presencia allí lo quiere decir todo, y no es necesaria otra cosa sino simplemente hacernos presente, estar.

Y claro, surgirán recuerdos, comentaremos una y otra vez el hecho que nos ha reunido, traeremos a colación anécdotas que nos vienen al recuerdo, y es como si estuviéramos reviviendo aquellos momentos pasados, los estamos, vamos a decirlo así, regurgitando y volviendo a saborearlos, rumiándolos decimos tomando la imagen de lo que hacen dichos animales con el alimento. Aquello que vivimos fue el alimento de nuestra vida, lo que nos hizo ser lo que somos, y ahora lo estamos volviendo a vivir. Qué renovamos salimos de esos encuentros cuando los hemos vivido en autentica paz y amor.

¿Qué nos está diciendo hoy Jesús cuando culminan todos los actos y hechos acontecidos en aquella cena pascual? ‘Haced esto en conmemoración mía, en memoria mía’. Es lo que venimos a hacer en este día. Vamos a estar en el Señor, vamos a estar con el Señor, vamos a celebrar la cena pascual, vamos a vivir con toda intensidad todo eso que ha sido nuestra vida, todo el misterio de Cristo.

Podríamos decir que para esto nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma, para vivir y celebrar el triduo pascual, para vivir y celebrar todo el misterio pascual de Cristo. Era importante el camino que hemos venido haciendo, la Palabra de Dios que hemos ido escuchando y meditando, porque abría nuestro corazón, porque nos preparaba cuando dejándonos conducir por la Palabra de Dios íbamos queriendo dar respuesta. Ahora, hoy, no se nos pide que tengamos que hacer nada, porque suponemos que todo esta bien preparado, ahora se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, del misterio pascual de Cristo. Es lo que vamos a vivir, contemplar, celebrar en estos días del triduo pascual.

Y vamos a disfrutar de este encuentro, vamos a gozarnos en el Señor. Claro que recordaremos aquellos momentos y lo hacemos con intensidad, y tienen que aflorar todas las vivencias que llevamos en el alma; vamos a emocionarnos cuando contemplamos tantos gestos de amor de Dios en nuestra vida. No es simplemente como si hubiéramos estado allí, sino que allí y ahora nos vamos a sentir presentes, vamos a ocupar nuestro lugar en esa cena, vamos a revivir en lo más hondo de nosotros mismos ese lavatorio de Jesús; éramos uno y somos uno de los que estaban y ahora estamos sentados a su mesa. Y Jesús viene y se acerca a nosotros para lavarnos los pies. Quizá podamos sentir algún rubor o vergüenza como Pedro que no quería que el Maestro le lavara los pies, pero vamos a sentir que Jesús ahora lo está haciendo con nosotros, aunque no nos sintamos dignos.

Eso tiene que ser nuestra celebración de hoy como tienen que ser todas las celebraciones. No son solo recuerdos, sino algo que vivimos; no es algo que contemplamos como un espectáculo o como una película que pasa delante de nuestros ojos, sino algo en lo que nosotros estamos. Tenemos nuestro lugar, ocupemos nuestro sitio, vivamos así lo que celebramos. Surgirán las emociones y brotarán los compromisos, pero será algo que nunca más vamos a olvidar, así tiene que quedar grabada en el alma. 

Aquí sí es importante, sin embargo, lo que comemos, porque estamos comiendo a Cristo. No es decir, esto nos recuerda lo que Cristo hizo y les dio en la última cena, sino es seguir sintiendo que es Cristo mismo quien nos dice ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por muchos… tomad y comed, tomad y bebed…’ y se nos da para que le comamos, para que tengamos vida, es su cuerpo, es su sangre, es Cristo mismo quien se nos da. Por eso afirmamos con tanto vigor y firmeza la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía. No lo olvidemos, repito, somos los que estamos ahora y aquí alrededor de Jesús en la cena pascual.

Como lo seguiremos viviendo mañana, como seguiremos estando en su pasión y en su muerte en la cruz, y como lo viviremos el primer día de la semana cuando Cristo resucitado también nos salga al encuentro. Es importante. Es necesario que sepamos estar.

Y luego tendrá que venir que esto no lo podemos olvidar y tenemos que seguir haciéndolo; y luego vendrá que aprenderemos en la vida a quitarnos el manto para ceñirnos y ponernos manos a la obra a amar con toda intensidad lavando los pies, abriendo las puertas del corazón, repartiendo amor, sintiendo en todo momento que no podemos hacer otra cosa que amar. Se lo hemos escuchado directamente con nuestros oídos de labios de Jesús, pero es que además es algo que hemos palpado, algo que hemos sentido, algo que hemos vivido cuando Jesús nos ha lavado los pies, cuando nos ha regalado su amor.

Necesariamente tenemos que decir, qué renovamos tenemos que salir hoy, en esta pascua, de haber estado con el Señor. Vivámoslo así.

miércoles, 5 de abril de 2023

Estamos en los momentos de los preparativos últimos y es necesario que terminemos de decidirnos a dar el paso que necesitamos para que haya pascua en nosotros

 


Estamos en los momentos de los preparativos últimos y es necesario que terminemos de decidirnos a dar el paso que necesitamos para que haya pascua en nosotros

Isaías 50, 4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

Cuando llegan los momentos previos a un acontecimiento importante vienen las carreras y las prisas por tenerlo todo preparado; normalmente con antelación suficiente se tiene previsto todo lo que ha de suceder y todo lo que ha de hacerse, pero quizá no siempre somos lo suficientemente previsores y las cosas se nos agolpan en el ultimo momento.

¿Nos encontraremos nosotros en un momento así? Antes de respondernos vamos a fijarnos en lo que nos ofrece el evangelio de la liturgia de este día. Son los preparativos de la pascua, de aquella pascua tan especial que en aquel momento se había de vivir. Eran los preparativos de donde había de celebrarse aquella cena pascual; Jesús y los discípulos realmente no tenían un lugar propio en Jerusalén, puesto que ellos realmente venían de Galilea; pero eran también la situación de tantos peregrinos que aquellos días habían subido a Jerusalén para la fiesta de la pascua, quizá tendríamos que valorar la generosidad de las gentes de Jerusalén que ofrecían sus hogares a los peregrinos facilitando así la cena pascual para todos. Es por donde van los discípulos cuando le preguntan a Jesús dónde quiere que le preparen la celebración de la cena pascual. Ya escuchamos en el evangelio los detalles.

Pero hay más preparativos para aquella pascua, pues uno de los doce ha actuado por su cuenta - ¿insatisfecho quizá por los caminos que tomaban los anuncios del Reino que Jesús venía haciendo? -, y por su cuenta se ha presentado a las autoridades del pueblo para ofrecerse para que pudieran conseguir lo que tanto anhelaban, quitarse de en medio a Jesús. ‘¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?’ Ya sabemos cómo se desarrollaron los acontecimientos. Pero aquello hemos de reconocer que fue también preparativo para la pascua.

Sentados ya a la mesa para la Pascua Jesús desvela lo que está sucediendo, aunque, aún con el asombro, los discípulos no terminan de entender. ‘En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar’. Todos se preguntan, ‘¿soy yo acaso, Señor?’ Momentos duros y difíciles. Uno de los que está sentado a la mesa, mojando en el mismo plato que Jesús lo va a entregar. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Y ya sabemos cómo se siguieron desarrollando los acontecimientos.

Volvamos a la pregunta que nos hacíamos donde realmente nosotros también nos vemos implicados en la preparación de esta Pascua. En esas andamos y ya sabemos de las carreras y de los trabajos extraordinarios que estos días se realizan en nuestras Iglesias y parroquias. Cuántas cosas hay que preparar. Pero ¿cuáles son las realmente importantes? Porque también tendríamos que preguntarnos no tanto dónde sino cómo quiere Jesús que nos preparemos para esta Pascua.

Todos nosotros de alguna manera hemos venido repitiendo en nuestra vida esto mismo que hoy se nos narra en el evangelio. Nos quedamos quizás muchas veces en esos preparativos materiales – recuerdo cómo nuestras madres nos preparaban ropas nuevas para la semana santa – pero también todos hemos puesto nuestra mano en todo lo que ha llevado a la muerte de Jesús. ¿Como Judas que lo traicionó y lo vendió por unas monedas?, ¿como Pedro que negó conocer a Jesús cuando se vio comprometido con las afirmaciones y preguntas de los que estaban allí en el patio alrededor del fuego?

Aquí tenemos que mirar nuestra vida, con nuestros entusiasmos y con nuestras flaquezas, con nuestros momentos de fervor y nuestros decaimientos y desilusiones, con nuestras promesas de buenas palabras pero con la inconstancia del que pronto se cansa y quiere buscar otras soluciones… en muchas cosas tendríamos que pensar porque es por nosotros por quienes Jesús se va a entregar, va a derramar su sangre, va a llegar a lo alto de la cruz. Sí, tendremos que mirar a lo alto de la cruz, porque allí lo hemos puesto, allí lo hemos llevado, pero sabiendo que ha sido levantado en lo alto para que alcancemos la salvación.

Miramos lo que ha sido nuestro pasado que nos ha conducido hasta aquí, como ha conducido a Jesús hasta la cruz, pero miramos lo que ahora hacemos, lo que ahora tenemos que hacer, cómo vamos a celebrar la cena pascual, cómo vamos a vivir la Pascua. Estamos en los momentos de los preparativos últimos y es necesario que terminemos de decidirnos a dar el paso que necesitamos. Para que haya Pascua y pueda haber vida nueva en nosotros. ¿Qué estamos dispuestos a hacer?

martes, 4 de abril de 2023

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

 


Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Nuestra vida se nos llena en muchas ocasiones de contradicciones e incongruencias como si no supiéramos lo que queremos o lo que buscamos; tenemos momentos de entusiasmo, tras los que viene pronto el sentirnos como derrotados, y comenzamos a actuar de manera distinta en contradicción quizá con lo que antes queríamos vivir o veíamos tan fácil. Contratiempos que  nos aparecen, insatisfacciones porque las cosas no son como nosotros pensábamos o soñábamos, un desaire que nos afectó o una situación difícil que vimos en alguien en quien habíamos puesto nuestra confianza, momentos de flaqueza y de debilidad en que vamos tropezando con todo, nos llevan a esas incongruencias y contradicciones. Una cadena que a veces parece que no tiene fin.

¿Cómo se encontraban los discípulos de Jesús en aquellos momentos que estaban viviendo ya en Jerusalén después de lo que Jesús había anunciado repetidamente en su subida a la ciudad santa? Las cosas parecía que se iban precipitando. Las mismas palabras de Jesús y sus gestos hay momentos en que les resultan enigmáticas, difíciles de entender. Ahora que están en la cena pascual – ya ha habido algunos signos a los que haremos mención en otro momento – y viene Jesús y en medio del entusiasmo de la cena les dice que uno de ellos lo va a entregar.

Fue un mazazo, podríamos decir. Se preguntan con la mirada sobre el significado de las palabras de Jesús. A insinuaciones de Simón Pedro, Juan que está más cerca de Jesús le preguntará un poco como queriendo sonsacar un secreto, quien es el traidor. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado’, y se lo dio a Judas Iscariote.

Y Jesús le dirá que lo que tiene que hacer, que lo haga pronto, sin que el resto de comensales entienda. Y tras tomar el pan Judas salió para dar cumplimiento a la traición. ‘Era de noche’, dirá el evangelista. ¿Comenzaba la hora de las tinieblas como diría Jesús en otro momento? ¿Era de noche para Judas que había emprendido un camino de alejamiento de Jesús? En cuantas noches nos vamos introduciendo nosotros también tantas veces. Una pendiente resbaladiza, de la que no siempre sabemos cómo salir.

Y Jesús sigue hablándonos de lo que son aquellos últimos momentos. ‘Me queda poco de estar con vosotros…’ pero ellos no quieren apartarse de Jesús. Como siempre Pedro habla en nombre de todos afirmando sus deseos y voluntad de estar siempre al lado de Jesús pase lo que pase. No sabe de lo que es su propia debilidad. Nos sentimos tan fuertes y valientes en ocasiones, pero pronto pueden aflorar nuestras debilidades y tropiezos. Es lo que Jesús le dice a Pedro, el que estaba dispuesto a dar su vida por Jesús. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’ .Una nueva incongruencia que iba a aparecer. Como tantas de nuestra vida.

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… cosas que siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos. Pero no dejemos que la noche nos envuelva. Pedro también tropezó en esas valentías y atrevimientos como tantas veces nos metemos en la vida, pero no se dejó que las sombras de la noche le envolvieran, aunque le costara recuperarse y salir de nuevo a flote. Pedro supo llorar su pecado; Judas Iscariote se dejó vencer por la negrura de su traición y sabemos cómo terminó.

Dejémonos encontrar por Jesús aunque estemos hundidos en la peor de nuestras negruras. Cuando aquella noche cantó el gallo y Pedro se dio cuenta de su negación, aún estaba en patio cuando pasó Jesús y se dejó mirar por Jesús. No hubo palabras, no hubo reproches, solo una mirada en silencio, porque aún en su dolor por su negación el amor permanecía en el corazón de Pedro. No podía quedarse Pedro en la noche oscura. Un día Jesús solamente se lo recordará preguntándole si lo amaba y lo amaba más que el resto. Jesús podía seguir contando con Pedro.

Es para nosotros un rayo de luz y de esperanza. Es un comenzar a ver cómo se puede desenmarañar ese ovillo de nuestras incongruencias y debilidades. Jesús estará tirando del hilo de nuestro amor para que se mantenga siempre bien unido a su amor a pesar de los nudos. Y es que siempre Jesús nos está llamando a la vida, siempre nos regalará su perdón. ¿Aprenderemos nosotros a mantener también vivo y sin romperse ese hilo del amor hacia los demás aunque a veces nos sintamos defraudados, a veces nos veamos también enrollados en esas mutuas incongruencias que nos pueden hacer daño?