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sábado, 3 de noviembre de 2018

Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper las barreras que nos distancian haciendo entre todos un mundo mejor y seamos más felices



Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper las barreras que nos distancian haciendo entre todos un mundo mejor y seamos más felices

Filipenses 1,18b-26; Sal 41Lucas 14,1.7-11

Hoy con los protocolos que utilizamos donde cada sitio está marcado de antemano hasta con su nombre en una tarjeta parece que no se darían esos casos de los que nos habla hoy el evangelio. Sin embargo en el fondo siguen sucediendo cosas así, ya que no siempre se utilizan esos protocolos, o en comidas mas informales se deja que cada uno elija su lugar; y es entonces cuando pueden aparecer esas apetezcas, ya porque solo nos coloquemos junto a nuestros amigos o bien porque siempre hay quien está buscando cómo retratarse junto a aquellos que nos parecen más importantes o más influyentes.
Hablando de influencias, aunque nos parezca que nos podemos salir de nuestro tema, seguimos buscando ponernos a la sombra de aquel que nos parece más poderoso, más influyente o a junto a aquel que nos pueda reportar algún tipo de beneficio. O sea que no estamos tan lejos de lo que nos señala hoy el evangelio.
Nos habla de que habían invitado a Jesús a comer y se estaba fijando como los invitados se daban de codazos por ocupar los principales puestos, los lugares de honor. Y es donde Jesús nos deja el mensaje; por una parte diciéndonos que seamos humildes y no andemos detrás de esos lugares de relumbrón en la vida y por otra parte señalándonos más bien a quienes tendríamos que invitar cuando hacemos una comida o tengamos alguna cosa especial en nuestro hogar.
No busquemos ser correspondidos por lo que hayamos podido hacer, porque luego nos inviten a nosotros de nuevo; seamos capaces de compartir con aquellos que nada tienen y que materialmente no nos van a corresponder, sino que con su agradecimiento y buen corazón vamos a ver enriquecidos nosotros el nuestro.
Y por otra parte busquemos con humildad los últimos puestos, porque con sencillez y con humildad nos sepamos presentar ante la vida. Ese corazón humilde y sencillo es el que se va a ganar el corazón de los demás y eso será lo que en verdad nos engrandece. A veces nos creemos grandes porque ocupamos lugares de relumbrón y la vanidad nos llena de orgullo y de soberbia; seamos grandes por nuestro espíritu de servicio, por la cercanía con que sepamos convivir con los otros y sobre todo con los que son más humildes y más sencillos.
Por eso nos dirá Jesús que el que se engrandece va a ser humillado, pero el que se manifiesta con espíritu humilde podrá conocer lo que es la verdadera grandeza. Como cantaba María el Señor derriba del trono a los poderosos y engrandece a los humildes.
Qué distinta sería nuestra convivencia y nuestra relación con los demás si así nos vamos manifestando en la vida. Los orgullos y las apetencias de grandes nos separan y terminan aislándonos de los demás. Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper esas barreras para que aprendiendo a caminar juntos hagamos entre todos un mundo mejor y en el que todos seamos más felices. No necesitamos, entonces, protocolos que nos digan donde tenemos que ponernos, sino que el único protocolo por el que se guíe nuestra vida sea el del amor.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios



Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios

Sabiduría 4, 7-15; Sal 26; Romanos 5, 5-11;  Juan 14, 1-6

‘La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado’. Estas palabras de san Pablo pueden ser un buen comienzo para nuestra reflexión en este día de la conmemoración de todos los difuntos que la Iglesia hoy nos propone.
Aunque por razones perfectamente comprensibles por razones de trabajo en este día ayer fue el día en que principalmente visitamos nuestros Cementerios para honrar a nuestros seres queridos difuntos, litúrgicamente es hoy cuando celebramos esta memoria de todos los difuntos. Bueno es que nos paremos un poco a reflexionar sobre el sentido que le damos tanto a este día como esa visita que hicimos al lugar donde reposan los restos de nuestros seres queridos.
Para muchos es un día triste, de muchas lágrimas y recuerdos, donde afloran todos esos sentimientos y recuerdos en nuestro corazón. Pesa en el corazón ese desgarro de la separación de nuestro lado de nuestros seres queridos y para muchos sigue siendo un día de mucha amargura y tristeza. Algunos se quedan pensando en solo ese final y tratan de superar estoicamente esas amarguras y surge esa frase tan socorrida ‘la vida es así’.lo miran como un destino al que tratan de acostumbrarse y algunos quizás tratan de olvidar para siempre todo lo pasado.
Sin embargo el verdadero creyente, el discípulo de Jesús ha de mirar todo eso con un sentido nuevo y distinto. Queda siempre, es cierto, la tristeza del recuerdo de los que ya físicamente no están a nuestro lado, pero sin embargo para el cristiano es un día de esperanza. Y quien tiene esperanza nunca llenará su corazón de amargura.
Es día de esperanza porque tenemos puesta nuestra fe en Jesús y en su palabra. Y Jesús nos habla de vida eterna, nos habla de llevarnos con El, porque donde está El quiere que estemos nosotros, que va antes que nosotros para prepararnos sitios. La vida del cristiano es un unirse a Jesús para vivir su misma vida, por eso nos llenamos de trascendencia en lo que hacemos y en lo que vivimos ahora porque sabemos que un día lo mejor de nosotros mismos lo podemos vivirlo en plenitud junto a Dios.
Por eso la muerte no es un final irremediable que nos llene de amargura. Sabemos que vamos a vivir una vida mejor donde ya no hay dolor ni sufrimiento, donde ya no hay luto ni tristeza porque vamos a vivir en Dios para siempre.
Ayer cuando celebrábamos a todos los santos contemplábamos el destino final de nuestras vidas y nos sentíamos estimulados para alcanzar esa gloria en Dios como los santos y lo habían alcanzado. Hoy miramos el hecho de la muerte y la contemplamos como esa puerta que se abre a la eternidad, a la vida en Dios para siempre. Por eso es un día de esperanza. Y además nos da la confianza de que Jesús se ha hecho nuestro alimento para el camino, porque quien le come tendrá vida para siempre y a quien pone toda su esperanza en El le resucitará en el ultimo día.
Un mensaje para nuestro vivir, ha de ser un nuevo vivir, un nuevo sentido de la vida, y un mensaje para ese recuerdo que hacemos de nuestros seres queridos difuntos. No puede ser ya un recuerdo lleno de tristeza y amargura, porque hay una esperanza en nosotros. Queremos que vivan en Dios y nuestro mejor recuerdo no es solo honrar aquel lugar donde reposan sus restos con una flor quizás, sin orar al Señor por ellos para que hayan alcanzado el perdón y la vida y así puedan vivir para siempre en Dios, desde donde ellos se convertirán en intercesores ante Dios de nosotros para alcanzarnos esa gracia y esa ayuda divina que mientras caminamos en nuestro mundo necesitamos.
Y como recordábamos con san Pablo, la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios se ha derramado sobreabundantemente en nuestra vida.

jueves, 1 de noviembre de 2018

En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios


En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

‘Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero…’ y anteriormente se nos había hablado de ‘una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Es la imagen que aparece ante nuestros ojos en la solemnidad que hoy estamos celebrando, la fiesta de Todos los Santos. Una imagen que nos habla del cielo, de la gloria de Dios, y de cuantos en Dios están alabándole y bendiciéndole siempre por toda la eternidad. Lavaron y blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero. Un primer pensamiento nos lleva a los mártires, que derramaron su sangre, que dieron su vida, por eso los contemplamos con las palmas de la victoria en sus manos.
Pero si ahondamos en esta imagen y captamos que nos dice que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero, tenemos que pensar en algo más, en cuantos han sido bautizados, que con la sangre de Cristo fuimos redimidos, por la sangre de Cristo alcanzamos vida, la vida de la gracia, la vida de Dios y que por eso mismo estamos llamados a ser santos, llamados a la santidad.
En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados, la unción del Bautismo eso ha venido a significar, siendo consagrados somos como separados para Dios, seremos para siempre para Dios. Si decimos que una iglesia ha sido consagrada y desde ese momento es un lugar santo, un lugar sagrado que viene a significar como una presencia especial de Dios en aquel lugar, de la misma manera nosotros, hemos sido consagrados en la Sangre del Cordero, nuestra vida ha de ser entonces sagrada, nuestra vida ha de ser santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios.
Cuando decimos santos muchos se quedan en las imágenes sagradas, son los santos decimos; pero esas imágenes sagradas son eso imágenes, unas imágenes que nos hablan de los santos. Claro que en esa forma tan elemental de ver las cosas para muchos los santos son los que hacen milagros, o los que nos consiguen de Dios aquellas cosas que necesitamos y a ellos pedimos, y pensamos en los santos solo como unos intercesores poderosos que están en el cielo junto a Dios para conseguirnos aquello que le pedimos diciendo entonces que unos santos son más milagrosos que otros. Nos quedamos bien pobres en nuestra imagen de los santos.
¿Por qué son santos? Porque lavaron sus vestiduras en la Sangre del Cordero, porque consagraron su vida para vivir en una fidelidad total a Dios para no volver a manchar sus vidas con el pecado. Los que es santo y sagrado lo queremos mantener sin mancha porque la dignidad de su ser sagrado así lo exige. Pero somos santos y consagrados y no es ya una mancha externa la que tenemos que evitar en virtud de esa dignidad sagrada de nuestra vida, sino que lo hemos de ser desde lo más hondo de nosotros mismos porque viviendo en esa fidelidad – fe – vivimos para Dios y nos alejamos de cuanto nos pueda alejar de Dios. Y eso vivieron los santos, también con sus luchas y con sus debilidades como todos nosotros pero manteniéndose en esa fidelidad.
Estamos pensando, pues, en los santos quienes ya recorrieron el camino de la vida y por su fidelidad ahora gozan ya de la gloria de Dios en el cielo. La Iglesia reconoce la santidad de sus mejores hijos y así lo proclama además poniéndolos como ejemplo de ese camino que nosotros hemos de hacer; contemplar a los santos es para nosotros también como un estímulo, porque nos sentimos débiles y pecadores tantas veces, pero estamos contemplando quienes siendo humanos como nosotros – no fueron hechos de una materia distinta que los hiciera santos - vivieron en esa fidelidad de amor a Dios con una vida santa. Es para nosotros posible, pues, esa santidad a la que somos todos llamados.
Hoy cuando la Iglesia nos propone esta celebración de todos los santos no es que solo vayamos a celebrar a quienes la Iglesia ha reconocido – canonizado, decimos – como tales proponiéndonoslos como ejemplo y al mismo tiempo como intercesores, sino que hoy queremos celebrar a todos, aunque los desconozcamos, los que han vivido su vida de forma santa en su fidelidad al Señor.
Santos que han caminado a nuestro lado, con quienes hemos convivido también, que vivieron nuestras mismas luchas y nuestros mismos problemas, de quienes un día recibimos una palabra o un ejemplo que nos edificó en nuestra vida, muchos que no supimos quizá ver y reconocer lo bueno que hacían y que vivían pero que podemos tener la certeza de que también están junto a Dios alabándole por toda la eternidad.
Es la fiesta de todos los santos, de todos los santos de los que aspiramos un día nosotros también formar parte en esa corte celestial. Porque con esa esperanza vive el cristiano, es la trascendencia que queremos darle a nuestra vida; es lo que queremos hacer en nuestra fidelidad y en la rectitud con que queremos vivir nuestra vida; es lo que queremos expresar con nuestro amor, con nuestro compromiso, con nuestra lucha por el bien y la justicia, en todo eso bueno que queremos hacer para de verdad construir el Reino de Dios entre nosotros cuando vivimos el espíritu de las bienaventuranzas que nos propone hoy Jesús en el Evangelio; es lo que venimos a celebrar cuando vivimos los sacramentos para así sentir esa fuerza de la gracia de Dios; es a lo que queremos unirnos, como decimos y expresamos en nuestras celebraciones, con los Ángeles y los santos y todos los coros celestiales, para cantar para siempre la gloria y la santidad de Dios.
Es la fiesta de Todos los Santos, nuestra fiesta, de nuestros hermanos que nos precedieron y están en el cielo, de los que caminan a nuestro lado en una vida de fidelidad y de nosotros mismos porque llamados estamos a ser santos por nuestra consagración bautismal.

miércoles, 31 de octubre de 2018

La puerta estrecha de la que nos habla Jesús pasa por nuestros esfuerzos de superación y crecimiento abriendo los oídos del corazón para escuchar lo que el Señor nos pide



La puerta estrecha de la que nos habla Jesús pasa por nuestros esfuerzos de superación y crecimiento abriendo los oídos del corazón para escuchar lo que el Señor nos pide

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

Hay quienes nos apuntamos siempre a los momentos buenos; somos amigos si el amigo es bueno conmigo, pero yo no soy capaz de dar el primer paso; con aquellos que me llevan a fiesta y a pasarlo bien yo siempre me apunto el primero, pero cuando vienen los momentos difíciles, cuando viene el momento de tener que echar una mano y comprometerme, de perder de lo mío o de mi tiempo, ya me lo pienso dos veces. Así somos tantas veces interesados en la vida.
Es lo mismo, soñamos con cosas grandes, vemos a quien le va todo bien y lo envidiamos, vemos quien tiene éxito y querríamos nosotros tenerlo también, pero no somos capaces de ver el esfuerzo que le ha costado el poder alcanzar ese éxito o conseguir esas cosas grandes. ¿Esforzarnos nosotros? Eso lo dejamos para otro porque yo quiero pasarlo bien y sin esfuerzo; nos cuesta sacrificarnos para llegar a alcanzar metas altas porque por el contrario hoy queremos que todo nos lo den gratis; hemos entrado en esa cultura de no querer poner nuestro esfuerzo sino que otros nos lo den. 
Muchas cosas podríamos comentar en este sentido, donde parece hoy en nuestra sociedad que todo son derechos que tenemos y que nos lo tienen que dar, pero nos olvidamos de las obligaciones, nos olvidamos de nuestro trabajo y de nuestro compromiso, nos olvidamos del esfuerzo que nosotros tenemos que hacer de superación para poder crecer de verdad como personas en la vida. Ya sé que no todos piensan así, y que hay mucha gente que se toma la vida con responsabilidad y son capaces de esforzarse y de sacrificarse para alcanzar sus metas. Pero algunas veces hemos de poner las cosas un poco crudas y verdes, para que las reflexionemos y seamos capaces de madurar.
Es de lo que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Sus palabras nos valen para todas las situaciones de la vida donde hemos de tener siempre ese deseo de superación, de crecimiento en lo humano y en lo espiritual. Es la totalidad de la persona la que ha de ir madurando más y más y esos valores espirituales no los podemos olvidar, porque esa altura de metas que nos proponemos son el mejor cimiento, la mejor fortaleza para nuestro ser como personas.
Y esto en todo lo que atañe al seguimiento de Jesús. Jesús habla claro en el evangelio a aquellos que le siguen. Ya recordamos como no le recortó las exigencias a aquel joven rico que un día venia preguntándole que había de hacer para alcanzar la vida eterna. Hoy nos está diciendo que no nos vale decir, Señor, Señor, si luego de verdad no hacemos que sea el único Señor de nuestra vida. Muchas veces nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana se nos queda coja en este sentido. Somos fáciles para grandes manifestaciones de religiosidad donde somos capaces de ir hasta el fin del mundo por un milagro pero luego en el día a día no seguimos el camino de Jesús, no realizamos ese esfuerzo de hacer que nuestra vida se guíe por esos valores que nos enseña el evangelio.
Tenemos que purificar muchas expresiones de nuestra religiosidad. Partimos de eso bueno que hay en nosotros en nuestro deseo de expresarnos religiosamente, de buscar la ayuda y la bendición del Señor, de manifestar nuestra devoción a la Virgen en la Advocación de nuestra especial devoción, pero  no nos podemos quedar ahí.
Hemos de abrir nuestro corazón al Señor, abrir los oídos de nuestra alma para escucharle allá en lo más profundo de nosotros, pero para llevar a la vida, para llevar a la práctica eso que nos enseña la Palabra de Dios, eso que nos pide el Señor. Podemos ser muy tiernos y devotos en nuestra devoción a la Virgen, por ejemplo, o emocionarnos ante una Imagen de la pasión del Señor, pero luego no sabemos expresar esa ternura al que está a nuestro lado; pedimos la misericordia del Señor porque decimos que nos sentimos pecadores, pero luego no somos capaces de ser comprensivos con el que está a nuestro lado al que siempre estamos juzgando y condenando, y no somos capaces de ofrecer nuestro generoso perdón al que nos haya molestado u ofendido.
Y esa es la puerta estrecha de la que nos habla Jesús, que nos cuesta atravesar pero que es el camino de superación y crecimiento interior que hemos de seguir.

martes, 30 de octubre de 2018

Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos



Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos

Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

Hay cosas que porque nos parecen insignificantes no le damos importancia. Pero un edificio  no se levanta sin los pequeños granos de arena con los que se elaborará el forjado que irá dando forma al edificio. Nadie cuando está saboreando un buen pan piensa en los pequeños granos de levadura que se añadieron a la masa para poder elaborarlo con todo su sabor.
No son tan insignificantes esas cosas pequeñas, porque son en cierto modo la base de lo más grande que podamos o tenemos que hacer. Nos pasa en nuestras relaciones personales y humanas; quizá queremos rodearnos de personajes que consideramos importantes, nos llenamos de orgullo cuando tenemos una relación de amistad con alguien que consideramos de relevancia social especial. Y un poco pasamos de largo, o no nos fijamos, en esas personas que nos parecen pequeñas y sencillas, personas comunes que aparentemente no realizan ninguna cosa especial.
Sin embargo quizás muchas veces en esas personas que nos parecen sencillas y pequeños podemos encontrar grandes gestos humanos que le dan sabor no solo a su propia vida, sino que quienes están a su lado se sienten bendecidos por su suerte. Suele ser ahí donde encontramos muchas veces mayor humanidad y ternura, mayor cercanía y una amistad más sincera, en ellos encontraremos generosidad y siempre buenos deseos, pero que, repito, muchas veces no sabemos descubrir encandilados quizás por esas cosas grandes con las que soñamos.
Necesitamos abrir mas los ojos en la vida para descubrir esa grandeza de corazón en su humildad en esas personas que nos parecen pequeñas que están a nuestro lado y quizá nos pasan desapercibidas. Son las que van manteniendo ese calor de humanidad que la vida necesita, que necesitamos todos porque en la carrera de la vida que llevamos tenemos el peligro de perder esa humanidad, insensibilizarnos y convertirnos poco menos que en máquinas automáticas.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a valorar las cosas pequeñas. Y nos dice que el Reino de Dios que tenemos que realizar hemos de construirlo precisamente desde esas cosas pequeñas. Nos encandilamos incluso los cristianos en cosas que nos parecen grandiosas en la misma Iglesia; nos llenamos de asombro ante momentos de especial espectacularidad o cuando contemplamos muchedumbres que acuden a algunos actos religiosos que podamos realizar.
Por supuesto, para Dios siempre lo mejor y si queremos decirlo así también con la mayor solemnidad, pero pensemos que igual o mayor gloria da a Dios el que con un gesto sencillo muestra su ternura y su compasión con el que está a su lado, acude con generosidad y disponibilidad de espíritu al lado del que sufre para ofrecerle ayuda y consuelo.
Tantas personas que en nuestras comunidades silenciosamente saben acudir junto al vecino o al familiar que está solo para acompañarle, que está enfermo para ayudarle, está necesitado para compartir calladamente con él, o saben tener una sonrisa, una palabra amable, un gesto de ánimo a cualquiera que esté a su lado o con quien se crucen en la vida. Son semillas del Reino de Dios que tenemos que saber apreciar y realizar nosotros también con nuestra vida.
Nos habla el Señor hoy de la pequeña semilla de la mostaza o del grano de levadura que se mezcla con la masa. Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos. Nos hemos hecho un mundo excesivamente agrio que tenemos que saber endulzar para llenarlo de más humanidad.

lunes, 29 de octubre de 2018

No vayamos encorvados por la vida, vivamos nuestra dignidad y respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado



No vayamos encorvados por la vida, vivamos nuestra dignidad y respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17

Amamos ser libres. Es algo esencial a nuestra condición humana. Es esencial para mantener nuestra dignidad. Algo que siempre se reivindica. La historia de los hombres y de los pueblos está llena de batallas por la libertad y por la dignidad de personas y pueblos. Nos rebelamos contra todo lo que signifique opresión o de dominio de unos sobre otros.
Normalmente nos fijamos en grandes situaciones que se viven en muchas ocasiones a través de la historia de opresión y de dominio de unos pueblos contra otros, o condenamos toda forma de gobierno de los pueblos donde desde el poder se controle o se manipule la vida de las personas que componen esa sociedad, nos rebelamos contra todo tipo de dictadura o de dominio que mermen libertades, y somos conscientes que eso no es solo cosa del pasado, sino que en el momento histórico en que vivimos sigue existiendo esa falta de libertad. Reclamamos leyes justas que hagan desaparecer todo tipo de desigualdad en lo social o de dominio y manipulación en lo político. Muchos ejemplos de esto se podrían poner.
Sin embargo quizá olvidamos o no tenemos tanto en cuenta otras situaciones que podemos vivir en lo personal donde casi de alguna manera hayamos vendido nuestra libertad. Decimos somos libres y queremos ser libres, pero luego vivimos en la vida atados a muchas dependencias y hasta esclavitudes que dominan y controlan nuestra propia voluntad.
No nos damos cuenta quizá pero en nuestra sociedad actual estamos cayendo en muchas dependencias y ya no es el dominio solo de unas personas sobre otras, sino que muchas veces dependemos de cosas, de instrumentos creados quizá para facilitarnos la vida en ese desarrollo que va adquiriendo nuestra sociedad, pero que nosotros convertimos en ataduras, que parece que sin esas cosas no podríamos vivir. Pensemos en tantos aparatos electrónicos, por ejemplo, sin los cuales parece que ya no podemos vivir.
¿No viviremos encorvados bajo esas dependencias que realmente nos merman la libertad? ¿Detrás de todo eso no puede haber una cierta manipulación desde quienes dirigen de alguna manera esos medios?
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús llego a una sinagoga y allí había una mujer enferma desde hacia muchos años de tal manera que no podía ponerse derecha, porque andaba encorvada. No vamos ahora de momento a entrar en que lo estuvieran acechando porque era sábado a ver que es lo que hacia y la reacción del encargado de la sinagoga.
Fijémonos que Jesús se acerca a aquella mujer para liberarla de su enfermedad, del mal que aquejaba su vida. ‘Al verla, Jesús la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’. Fijémonos en las palabras que le dirige Jesús. ‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’. Aquella limitación de la mujer no solo era lo físico, podríamos decir, sino que en su enfermedad había algo que le impedía vivir con toda dignidad. Andaba encorvada, y Jesús que aquella mujer se pudiera poner derecha. Es todo un signo para nuestra vida.
Hablábamos antes de nuestros deseos de libertad y dignidad. Pero hemos hablado de esas dependencias que nos vamos creando en la vida de las que tenemos que aprender también a liberarnos. No significa que no utilicemos los medios más modernos que nos ayuden en nuestra vida. Es algo distinto, es aprender a utilizar esos medios, para que nosotros no seamos los que dependemos de ellos. Es algo que se  nos va metiendo sutilmente en la vida y casi ni nos damos cuenta.
Pongo un ejemplo, los móviles, las redes sociales, y todos esos aparatos, por decirlo de alguna manera, que les acompañan que cada día son más modernos, que cada día queremos tener lo último que ha salido, que vamos utilizando por todas partes. Nos chocamos de narices en la calle con una farola por ir atendiendo al móvil. ¿No nos sucederá que estamos comunicados con el nuevo amigo que hemos conocido en el otro lado del mundo, pero luego no nos comunicamos con el que está al lado nuestro? Estamos sentados al lado de nuestro amigo, o nuestra familia y suena el característico sonido del WhatsApp y ya nos olvidamos del que está a nuestro lado que dejamos con la palabra en la boca y nos ponemos a atender al aparatito. ¿Entramos o no entramos en relaciones humanas? ¿Con el que está lejos? ¿Y el que está junto a nosotros lo dejamos a un lado? ¿Habrá unas dependencias que nos deshumanizan?
No vayamos encorvados por la vida. Vivamos nuestra dignidad pero respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado. ¿No habrá aquí una llamada a que nos liberemos y nos podamos poner derechos, como nos dice hoy el evangelio?

domingo, 28 de octubre de 2018

‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe


‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Al borde del camino que atravesaba Jericó suceden muchas cosas y que son bien significativas. Un día un hombre que no se había podido quedar a la orilla del camino porque era bajo de estatura y él quería ver a Jesús se subió a una higuera que estaba allí bordeando el camino para desde la altura y entre sus hojas poder contemplar el paso de Jesús. Ahora es alguien que no puede ver el que se pone a alborotar en medio de la gente que pasa porque él quiere que Jesús también le atienda.
Un ciego que da gritos. No puede ver, le dicen que pasa Jesús Nazareno porque él escucha el tumulto, y desde el borde del camino se pone a gritar por Jesús. ‘Hijo de David, ten compasión de mí’. Tanto es el alboroto que los que van con Jesús le piden que se calle, acaso porque con sus gritos no podían escuchar lo que Jesús les fuera diciendo. Pero será Jesús el que se detiene y lo llama, de manera que ahora los que antes lo mandaban callar le comunican que Jesús lo está llamando.
Hemos comenzado hablando de lo que sucede al borde del camino porque es un detalle bien significativo. Zaqueo se había quedado más allá del camino subido a la higuera porque también era un desplazado en el concepto de los judíos; era un pecador y por su condición no merecía el estar en medio de la gente que se creía normal.
Ahora es el ciego el que está al borde del camino, porque su ceguera es cierto significa pobreza y cómo se iba a mezclar con los demás; a lo sumo desde su desplazamiento tendía su mano pidiendo una limosna que remediase su pobreza. Pero también era considerado un pecador y su ceguera era como un castigo divino. Recordemos la pregunta de los mismos discípulos a Jesús ante el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, ‘¿quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’
Y como decíamos, ahora hay una llamada. ‘Llamadlo’, dice Jesús. ‘Ánimo, levántate, que te llama’, le dicen los que van por el camino. Como un día había llamado a Zaqueo para que se bajara de la higuera, pero como había llamado a los pescadores de Galilea, o al que estaba sentado de su mostrador de cobro de impuestos, o como había llamado a otros o los había invitado a seguirle en los caminos de Galilea o de Judea. Jesús también lo llama, no importa su discapacidad, no importan sus limitaciones, como no había importado que se sintieran pecadores como Pedro cuando la pesca milagrosa, o Zaqueo que reconoce su injusticia y su pecado.
Y aquel hombre, en su pobreza, en su necesidad, en sus limitaciones había respondido como nadie. Soltó el manto, dejo atrás su bastón que hasta entonces le servia para guiarse en su torpe caminar y de un salto se plantó delante de Jesús. No necesitaba manto ni bastón, porque ahora lo importante era estar junto a Jesús. Los apoyos que hasta ahora había necesitado ahora ya no tendrían tanta importancia para el nuevo camino que iba a iniciar.
También Jesús cuando haga el envío de los discípulos les pedirá que no llevan mantos de reserva, que no se preocupen de lo que van a tropezar en el camino, que no lleven reservas de dinero por lo que se pudieran encontrar, que simplemente haya disponibilidad y humildad, para sentirse también pobres e ir a quedarse allí donde los acogieran. También Pedro y los otros pescadores habían dejado sus redes y sus barcas, como Leví había abandonado su mostrador de impuestos. ‘Lo hemos dejado todo para seguirte…’ le dirá un día Pedro a Jesús, aunque con ciertas reclamaciones de alguna recompensa, es cierto.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ le pregunta Jesús. ‘Señor, que vea’, es la respuesta del ciego como no puede ser otra. Y Jesús había visto la fe de aquel hombre que con tanta fuerza gritaba allí a la orilla del camino frente incluso a aquellos que querían acallarle. Jesús había visto su despojo y desprendimiento en la prontitud para acudir a la llamada de Jesús. ‘Anda, tu fe te ha curado’. Has encontrado la luz y no te detengas.
Pedía luz para sus ojos, suplicaba la clemencia y la misericordia de Dios que se le manifestaba en Jesús y se había curado. Pero esa fe y esa curación lo estaban levantando de la postración en la que había vivido hasta entonces. ‘Levantate que te llama’, le habían dicho las gentes, y se había levantado. Fue algo más que levantarse de aquella piedra del borde del camino desde donde estaría pidiendo limosna.
‘Anda’, le había dicho Jesús, ponte en camino, vuelve a vivir con dignidad, no te sientas humillado; te sientes curado porque te sientes amado; te sientes curado porque ahora vas a comenzar a caminar un camino nuevo; te sientes curado porque ahora entiendes que el amor y la misericordia están transformando tu vida y tú vas ahora a comenzar a ayudar a los demás para que se levanten, para que también transformen su vida, para que también sientan amor en su corazón y pongan fe en su vida.
Es lo que Jesús le está diciendo y, si nosotros estamos escuchando este evangelio con verdadera fe, es lo que estamos sintiendo también que Jesús nos esta diciendo en el corazón. Tantas veces nosotros en la vida nos aislamos, porque quizá quisimos hacer nuestros caminos a nuestra manera y ya hemos visto cómo tantas veces hemos terminado; también tantas veces nosotros terminamos por reconocer nuestras cegueras, nuestra torpeza para mirar, o nuestro no querer mirar con realismo lo que hay a nuestro lado. Nos habremos sentido humillados quizá muchas veces, pero también con nuestra autosuficiencia de creernos con la luz como cosa nuestra quizá habremos humillado y hundido a alguien a nuestro lado.
Y Jesús nos dice a nosotros también, ‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, porque tienes una misión que realizar a pesar de tus debilidades, de tus cegueras, de tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe. Anda, levántate y aprende a saborear ese amor que Dios te regala y trata de llevarlo a los demás, de contagiar esa alegría que llevas dentro a todos los que se crucen en tu camino.
Si has tenido una experiencia de fe ahora que has escuchado esta Palabra, no es para que te la quedes solo para ti, compártela con los demás, lleva esa alegría de Dios a los otros, abre tus ojos, pero ayuda también a que otros encuentren esa nueva luz de la fe y el calor del amor.


sábado, 27 de octubre de 2018

Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida



Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Seguro que quien tiene un terreno cultivable y ha sembrado su semilla querrá obtener buena cosecha. Duro es para el agricultor que después de todo el trabajo realizado al final se vea malograda su cosecha; triste es que tenga unos árboles de los que espera obtener fruto pero año tras año no consigue nada, o se malogran sus frutos antes de poder aprovecharlos.
Es así la tarea del agricultor que siembra con esperanza, cultiva con ahínco día tras día con los múltiples cuidado que le exige el deseo de obtener unos frutos y una veces los obtiene excelentes, pero también le sucede que por las fuerzas o circunstancias de la naturaleza haya ocasiones en que no puede obtener el fruto que tanto anhela después de tantos sudores, trabajos y sacrificios. Claro que cuando surge una planta o un árbol del que no pueda conseguir sus frutos tratará de sustituirlo por aquel del que pueda obtener mejores beneficios.
Es la imagen que nos propone hoy Jesús en el evangelio. El hombre que tenía una higuera en su terreno y buscaba en ella una y otra vez fruto. Una imagen que pretende ser una llamada y una invitación. Nosotros somos ese árbol que tiene que dar siempre buenos frutos. Sin embargo muchas veces nos maleamos, dejamos que el virus del mal se meta en nuestro corazón y surgen nuestras obras malas. Pero nosotros sí podemos cambiar, nosotros sí podemos transformar nuestra vida para hacer que de nuevo transite por los caminos del bien.
Y es el Señor, como divino y sabio agricultor, el que va cuidándonos, regándonos con su gracia que nos transforma, haciendo continuas llamadas a nuestro corazón. Como nos quiere decir Jesús con los acontecimientos sucedidos en Jerusalén en aquellos días, el Señor va poniendo señales en nuestro camino que son llamadas. Esos hechos o acontecimientos que puedan suceder a nuestro alrededor o que incluso a nosotros nos pudieran afectar no los podemos mirar como castigos, sino como llamadas, como una invitación a la conversión, a ese cambio de nuestro corazón, para que busquemos la manera de dar buenos frutos en nuestra vida.
Muchas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor, que nos viene, por ejemplo, por una buena palabra que podemos escuchar en boca de un amigo o de cualquier otra persona que nos pudiera hacer pensar o por tantos otros hechos sucedidos en nuestro entorno. Nos impresionamos en ocasiones por accidentes que presenciamos o de los que oímos hablar, catástrofes naturales que producen cuantiosos daños y no sabemos cómo reaccionar o buscamos culpables de tales hechos, pero creo que con espíritu de fe tendríamos que tener una mirada distinta. Es cierto que hemos de sentir compasión por quienes sufren las consecuencias y poner toda nuestra solidaridad, pero tenemos que aprender también lecciones para nuestra vida. No son destinos, no son casualidades, pensemos más bien con espíritu de fe en llamadas de gracia para nuestra vida.
‘Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’ decía el agricultor. Son las llamadas de gracia que el Señor nos hace. ¿Nos haremos oídos sordos y cerraremos nuestro corazón? ¿Nos decidiremos a abrir nuestra vida a la gracia del Señor? La respuesta depende de nosotros.

viernes, 26 de octubre de 2018

Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe



Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Vamos por un sendero en el que pretendemos seguir una ruta que nos lleve a alguna parte y tratamos de fiarnos de las señales e indicaciones que vamos encontrando a lo largo del camino para poder llegar a nuestra meta. Estaremos atentos a no tomar los senderos que nos aparten de nuestro camino, cuidaremos de prevenirnos de los peligros que se nos señalan que podrían no solo hacernos perder el camino sino incluso poner en peligro la vida, las señales indicadoras que vamos encontrando nos dan confianza de que vamos por el buen camino.
Hablamos de un sendero en nuestros campos, bosques o montañas, una carretera que nos enlaza entre unos lugares y otros, o de unas calles de ciudad donde podríamos encontrar muchas cosas que nos distraigan y nos hagan perder nuestro rumbo. Nos fiamos de las señales y estamos atentos a todas las que podamos encontrar. Nos dan seguridad en nuestro caminar.
Pero son las cosas a las que tenemos que estar atentos en la vida, que no es solo ir de un sitio a otro, sino que es la vida con sus metas e ideales, con el sentido que le queramos dar, o con la trascendencia de plenitud que sabemos muy bien nos señala verdaderos caminos en la vida. Son muchas las cosas que nos pueden distraer de nuestros objetivos, son muchos los caminos que se nos van abriendo delante de nosotros que nos pueden atraer, pero que nos alejarían de la meta que tengamos en la vida, son los momentos de desorientación en los que nos podamos encontrar en alguna ocasión, ¿quien nos asegura que podemos hacer un buen camino?
Es todo lo que es la vida misma, con sus luchas y responsabilidades, con sus trabajos o con sus momentos de ocio, con la familia con la que convivimos, los amigos que nos rodean, o la misma sociedad en la que tenemos que saber convivir con todos. Es compleja la vida con todas las circunstancias que la pueden rodear, con todas las personas con la que tenemos que convivir o relacionarnos, con los problemas que afectan al conjunto de la sociedad y los deseos que podamos tener en nuestro ser de querer un mundo mejor.
Pero es también el camino de nuestra fe, el camino de nuestra vida cristiana. Desde esa fe queremos seguir el camino de Jesús; desde esa fe nos confiamos en el evangelio, buena nueva de salvación para nosotros, y queremos vivir según sus parámetros. Desde esa fe sentimos la trascendencia y el valor de nuestra vida porque ponemos nuestra meta en el cielo y queremos vivir según los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone.
Pero también algunas veces se nos hace duro el camino, un camino lleno de confusiones, donde sentimos también tantas atracciones que nos podrían alejar del camino verdadero que queremos seguir. Nos podemos sentir desorientados en ocasiones, o también en algún momento podemos sentir la soledad, pero no estamos solos, no tenemos por qué perder la orientación. Jesús nos va dejando señales de presencia a nuestro lado de muchas maneras.
Es de lo que hoy nos quiere advertir en sus palabras en el evangelio. Nos dice que somos capaces de conocer las señales de los tiempos para saber si hace bueno o va a haber tormenta, y nos plantea por qué no somos capaces de reconocer esos otros signos de los tiempos que pone a nuestro lado para que no perdamos la orientación de la vida. Son las señales que tenemos que saber descubrir.
Sí, tenemos la certeza de que viene a nosotros en la Iglesia y en los sacramentos signos misteriosos y sagrados de su presencia, pero tenemos también su Palabra que nos habla al corazón, que llega a nosotros en las Sagradas Escrituras; pero nos había dicho también que cualquier cosa que le hiciéramos al prójimo a El se lo hacemos, pues ahí tenemos otro signo maravilloso de la presencia de Jesús que viene a nosotros en el hermano, y sobre todo en el pobre y necesitado.
Pero en muchas más cosas tenemos que saber leer las señales de su presencia. Y son los acontecimientos de la vida, los encuentros que podemos tener con los demás, pero también en cuanto nos sucede o sucede a nuestro alrededor. En cada acontecimiento podemos estar viendo una señal de su presencia, una llamada que nos está haciendo, una palabra que también nos habla al corazón. Son las señales para nuestro camino que tenemos que saber descubrir porque nos aparecen en el lugar más insospechado y que tenemos que saber leer para saber que hacer, qué nos está pidiendo el Señor en cada ocasión.
Que el Espíritu de Jesús que mora en nuestro corazón nos ayude a descubrir y leer esas señales que el Señor nos pone en nuestro camino de la vida, en nuestro camino de fe.



jueves, 25 de octubre de 2018

El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor


El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor

Efesios 3,14-21; Sal 32; Lucas 12,49-53

Ese individuo, ese personaje es como un terremoto, es como un fuego, no hay quien lo pare, decimos cuando nos encontramos una persona de gran actividad, que no es capaz de quedar quieto ante nada ni nadie, que con su presencia, sus gestos o sus palabras va inquietando a todo el mundo y haciéndolos poner en macha.
Todos hemos conocido alguna vez personajes así, que no dejan tranquilo a nadie, que siempre están planteándose que más hacer, o que nos están interrogando por dentro cuando vemos sus gestos, cuando vemos su compromiso, cuando vemos como trabajan sin descanso y no ya solo por ganancias personales, sino tratando de sembrar inquietud para que la gente se moje, se implique, participe en actividades comunes que hacen el bien a la comunidad. Admiramos a esos personajes.
No nos dejan tranquilos. Algunas veces incluso se provocan conflictos entre quienes están de acuerdo con esa manera de actuar, o de quienes lo ven exagerado y que no es necesario llegar a tanto, o quizá también porque esa nueva forma de actuar puede tocar de alguna manera nuestros intereses. Y algunas veces parece que se provoca división entre unos y otros.
Desde esta clave hemos de entender las palabras de Jesús. ‘He venido a prender fuego en el mundo, nos dice, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Y es que Jesús viene a hacer un mundo. Anuncia el Reinado de Dios, lo que significa que muchas cosas tienen que cambiar. No es Jesús un revolucionario como algunos en ocasiones de sus intereses o visiones particulares nos quieren decir, pero sí quiere producir una revolución en la conciencia de las personas, un revolución de amor, porque todo ha de vivirse desde ora óptica, no desde nuestros intereses particulares o partidistas, sino desde la búsqueda del bien del hombre que es lo mismo que buscar la gloria de Dios.
Sabe Jesús que ponernos en ese camino nuevo, donde tiene que haber un cambio radical en la percepción de las cosas y en la manera de actuar, también va a crear conflictos. A El lo llevará hasta la Cruz. Por eso nos dice que ha de pasar por un bautismo. ‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Es consciente de la reacción que ya se está provocando en muchos que querrán quitarlo de en medio, pero El no tiene miedo, es fiel a su misión hasta el final. Recordamos que les decía a los hermanos Zebedeos si estaban dispuestos a pasar el bautismo que El había de pasar.
Y ya nos previene para que no nos desanimemos que quienes queremos seguir ese camino radical en el estilo de su evangelio, de la buena nueva que nos está anunciando, vamos a encontrar dificultades, porque vamos a encontrar oposición, y no será solo desde quienes estén lejos de nuestros valores o principios, sino que muchas veces lo vamos a encontrar desde los mas cercanos a nosotros. Por eso nos dice: ‘En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra’.
No significa esto que Jesús quiera esas divisiones y enfrentamientos. El quiere en nosotros unidad y comunión, por eso nuestro compromiso es siempre acercarnos a los demás para obtener la paz. Pero bien sabemos bien que tenemos un corazón roto y surgen entre nosotros esos desencuentros y enfrentamientos. No los buscamos, no los queremos. Pero con nuestra vida tenemos que ser un signo de un Reino nuevo para cuantos nos rodean que crea inquietud en los demás. ¿Será así de verdad en nuestra vida?
Pero somos fieles a una misión, somos fieles al evangelio de Jesús y con valentía tenemos que hacer su anuncio. En muchos se despertará la inquietud en su corazón, pero somos conscientes también que nos podemos encontrar el rechazo. Sabemos que si nos mantenemos en el amor Dios estará siempre con nosotros, no nos faltará la fuerza de su Espíritu, porque ya nos ha dicho que si guardamos su Palabra nos sentiremos inundados del amor de Dios y Dios habitará en nuestros corazones. Que se siembre siempre esa inquietud en nuestro corazón, que queremos en verdad prender nuestro mundo en el fuego del amor.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios


Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’
Así termina hoy Jesús las recomendaciones que nos está haciendo a la vigilancia y a la responsabilidad en la vida. Pero con esta sentencia final de Jesús creo que nos está planteando algo importante. ¿Somos conscientes de cuanto recibimos del Señor? ¿Somos conscientes del regalo de la vida, para comenzar, pero de cuantos dones y cualidades está llena esa misma vida?
Algunas veces, en una especie de humildad que no es realmente humildad, nos decimos qué poco somos y qué poco valemos. Nos achicamos y empequeñecemos no queriendo o no sabiendo reconocer de cuántos dones estamos dotados. Muchas veces pudiera ser que fuera una excusa para no comprometernos, para no implicarnos más en las cosas de la vida, para asumir responsabilidades, para dejar que sean otros los que hagan o se impliquen para no complicarnos nosotros.
Decimos fácilmente que no sabemos o que no podemos. Una excusa, un escurrir el bulto. Como se suele decir nadie nace aprendido, sino que descubriendo cuales son nuestras cualidades, nuestros valores – que todos tenemos – tratar de desarrollarlos, de ponerlos en juego, quitando miedos y temores y viendo al final que somos capaces de muchas cosas y de cosas importantes también.
Es necesario conocerse de verdad, ahondar en nuestras posibilidades, descubrir cuales son verdaderamente nuestros gustos, porque por ahí quizá podemos descubrir capacidades que hay en nosotros y que hemos de desarrollar. Dejarnos ayudar para descubrir la riqueza de nuestro yo y esas capacidades que tenemos. Cuantas veces porque nos vemos obligados a implicarnos en algo que nos parecía que no seriamos capaces de sacar adelante, luego descubrir que con nuestra paciencia y nuestra constancia fuimos capaces de afrontar aquellas responsabilidades quizás y desarrollar unas cualidades que estaban ocultas en nosotros.
El empequeñecernos y anularlos sería una falta seria de responsabilidad en la vida cuando lo hacemos por comodidad, o por no querer complicarnos la vida. Ahí está lo que nos ha dicho hoy Jesús que citábamos al principio de nuestra reflexión y que nos viene bien recordar para despertarnos de ese sopor en que tantas veces nos metemos en la vida y lo llegamos a hacer nada. ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’ reconozcamos los dones recibidos del Señor, no enterremos el talento, demos fruto que nos lo debemos a nosotros mismos, lo debemos a los demás en ese bien que les podemos hacer y se le debemos a Dios que es el que ha enriquecido nuestra vida con esos dones.
Démosle gracias a Dios por esos dones recibidos, y esa presencia continua en nuestra vida para fortalecernos en nuestras debilidades, para estimularnos en nuestro crecimiento, para dar gloria al Señor con todo lo que es nuestra vida y cuanto de bueno podemos hacer.

martes, 23 de octubre de 2018

No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo


No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo

Efesios 2,12-22; Sal 84; Lucas 12,35-38

Cuando a una persona se le confía una responsabilidad lo menos que se le puede pedir es que esté atenta a lo que es el desempeño de ese cargo o esa función que se le ha confiado y no abandone su puesto de trabajo mientras desempeñe sus responsabilidades. Es algo que siempre hemos de tener en cuenta y en el desempeño de su responsabilidad podemos admirar la calidad de su persona.
Decimos que hacemos argollas – es una expresión que al menos en otros tiempos se usaba – cuando en el desempeño de su función en lugar de ocuparse de lo que es su responsabilidad, se dedica a hacer otras cosas o que le entretengan o que tenga que ver con sus otros intereses particulares. Bien nos quejamos, por ejemplo, cuando vamos a una oficina o donde tengan que atender nuestros problemas o necesidades cuando vemos que el funcionario en lugar de atender a quien le requiere está en otras distracciones o simplemente charlando y pasándoselo bien con sus compañeros.
Nuestro mundo y nuestra sociedad la podemos mejorar y hacer avanzar si cada uno desempeña fielmente su responsabilidad allí en el lugar que ocupa. Ya nos quejamos y de alguna manera denunciamos cuando quienes tienen que prestar un servicio público a la sociedad, lo que hacen es querer medrar o buscar ganancias para sus intereses desatendiendo lo que es el bien de las personas de la comunidad.
Hoy Jesús quiere hablarnos de esto y llamarnos la atención. Emplea imágenes quizás de servidumbre propias de otra época, pero la imagen bien nos vale para esa llamada de atención del cuidado con que hemos de desempeñar nuestras responsabilidades. Y creo que quienes creemos en Jesús y queremos seguirle tenemos que ser ejemplo de responsabilidad en cada una de nuestras obligaciones, pero también de responsabilidad ante ese mundo, esa sociedad en la que vivimos.
Los cristianos no podemos cruzarnos de brazos para observar insensibles cuanto sucede a nuestro alrededor. El cristiano es un hombre de compromiso, que arranca desde el cumplimiento fiel de sus propias responsabilidades en todos los ámbitos de la vida. Pero el atender a nuestras responsabilidades personales no significa que nos aislemos de cuanto sucede a nuestro alrededor.
Hoy nos habla Jesús de esa atención y vigilancia ante la llegada del Hijo del Hombre. Quizá muchas veces reduzcamos esa venida al momento final de la historia, ya sea nuestra propia muerte o el fin de la historia y del mundo. Por supuesto que hemos de estar preparados para esa venida gloria del Señor, pero el Señor está viniendo cada día a nosotros en esas personas con las que nos cruzamos con sus problemas y sus necesidades, pero que nosotros tan absortos en lo nuestro no tenemos la sensibilidad para verlos en su justa realidad; el Señor viene en esos acontecimientos que acaecen cerca de nosotros o en un nivel más amplio mirando toda nuestra sociedad. A través de esas personas, a través de esos acontecimientos el Señor nos habla, el Señor viene a nosotros, pero tenemos los ojos y los oídos cerrados y ni vemos ni escuchamos.
Eso forma parte de nuestra responsabilidad ante la vida, ante nosotros mismos, ante Dios. Y con lo que hayamos hecho en todos esos ámbitos nos vamos a presentar delante del Señor. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Llevaremos las manos vacías y nos contentaremos con decir es que estábamos en nuestras cosas y no nos dimos cuenta de lo que de verdad pasaba a nuestro alrededor?
Nos pide el Señor que estemos con la luz encendida, con la cintura ceñida dispuestos para el trabajo, con nuestra mirada atenta, con nuestro corazón abierto y lleno de sensibilidad. Es también nuestra tarea y nuestra responsabilidad. No nos entretengamos en otras cosas que tienen menor interés o que solo nos satisfagan a nosotros mismos. No olvidemos que tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena.

lunes, 22 de octubre de 2018

Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre



Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

Arranca hoy el evangelio de una situación que no es tan ajena a nuestros días, como lo ha sido en todos los tiempos, de unos hermanos que disputan por la herencia recibida de sus padres. Ya digo no es tan ajeno a lo que sigue sucediendo en nuestros días, porque cuantas familias se rompen por la distribución de una herencia que nos manifiesta bien claramente cuales son las ambiciones que seguimos teniendo en nuestros corazones y la pobreza de valores en nuestra vida cuando por unos dineros que hoy podemos tener pero que mañana se nos pueden acabar perdemos la unidad y el amor de una familia.
Pero es que aunque queramos decir que no sigue dentro de nosotros la ambición por el tener  olvidándonos que es mucho más importante lo que somos que lo que tenemos. Seguimos soñando con ganarnos una lotería o cualquier otro juego de azar, ambiciones que en ocasiones nos esclavizan perdiendo incluso todo lo que podamos tener por esos sueños que nunca llegan. Algunas veces hasta convertimos en motivo principal de nuestra oración a Dios el conseguir esa riqueza, el ganarnos esa lotería, el vernos así de importantes y de poderosos cuando llenemos de riquezas nuestra vida.
Cuantas cosas haríamos en nuestros sueños si la suerte estuviera de nuestra parte y de la noche a la mañana nos volviéramos ricos. Pero ya sabemos en lo que puede terminar nuestra vida cuando tan fácilmente nos dejamos esclavizar por lo material, la ganancia o el dinero, la riqueza que parece que nos puede dar más brillo o más poder. Terminamos cifrando muchas veces la felicidad en esas cosas y no somos capaces de ser felices con lo que es nuestro ser más profundo adornado de unos sólidos valores.
Es lo que nos quiere despertar hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Qué demodelora es la codicia que nos hace ambiciosos, que nos ciega y nos embrutece porque nos hace perder de vista los verdaderos valores, que nos esclaviza y hasta tortura nuestro espíritu mientras no consigamos aquello material que tanto anhelamos.
Todo porque queremos tener una vida placentera y sin problemas que nos endiosa en nosotros mismos y termina aislándonos de los demás. Y es que tenemos que preguntarnos seriamente en qué ciframos la felicidad, qué felicidad es la que buscamos. ¿Y cuando se nos derrumben esos castillos de nuestros sueños en qué vamos a fundamentar nuestra vida? De la misma manera se nos derrumbará entonces la vida.
Porque la vida un día se nos acabará ¿y qué quedará todo aquello que tanto habíamos codiciado? ¿Podemos llevarnos al más allá todas esas riquezas y ambiciones sobre las que habíamos edificado de la vida? Desnudo nací y desnudo me iré a la tumba, y todo eso quedará atrás. Por eso hay quienes tanto temen a la muerte, porque se les acaba el disfrute de esas cosas materiales y sienten que otro se va a aprovechar de ellas. Significa eso qué poca trascendencia le hemos dado a nuestra vida, de qué pocos valores verdaderamente humanos y espirituales nos hemos dotado.
Jesús nos propone la parábola del hombre que tuvo una gran cosecha, de manera que agrandó sus bodegas y graneros para acumular todo lo que había cosechado, y cuando se disponía ya a vivir de la vida lejos de cualquier preocupación y disfrutando de todos aquellos bienes materiales, le vino la hora de la muerte. ¿De qué le sirvió todo aquello que había acumulado poniendo en ello toda su felicidad?
Tenemos que replantearnos nuestros valores, aquellas cosas por las que luchamos, buscar y descubrir cuales han de ser esos verdaderos valores que van a dar verdadera transcendencia y continuidad a nuestra vida. Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre.