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sábado, 28 de noviembre de 2015

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn 3,  82.83.84.85.86.87; Lucas 21, 34-36

‘Estad siempre despiertos…’ nos recomienda Jesús hoy en el evangelio. Despiertos, vigilantes, atentos a lo que puede suceder, a lo que va a venir, a lo que puede haber a nuestro alrededor que nos puede perjudicar, a lo que podamos sentir también en nuestro propio interior. No todo nos viene de fuera; dentro de nosotros puede acecharnos también el mal. Por eso, despiertos, vigilantes, atentos…
En este capitulo del evangelio que nos ha ofrecido la Iglesia en esta última semana del año litúrgico - ya esta tarde con las primeras vísperas iniciamos un nuevo ciclo - hemos ido reflexionando sobre el momento final de nuestra vida, pero también de aquellas cosas que pueden suceder en nuestro entorno y nos pueden hacer sufrir; se nos ha hablado de las dificultades para mantenernos firmes en nuestra fe y de las persecuciones incluso que podamos sufrir.
Hoy se nos previene de algo más, es la tentación que ronronea en nuestro interior desde las pasiones que se nos descontrolan, desde el egoísmo que se nos puede meter en el corazón, desde las rutinas y malas costumbres que pueden ir haciendo mella en nosotros y debilitándonos, desde esos afanes que pueden atenazar nuestro corazón con nuevas esclavitudes. Son tan diversas las tentaciones que podemos sufrir.
Pero el Señor nos enseñó a pedir en el padrenuestro ‘no nos dejes caer en la tentación’; y nos dice algo más, que pidamos la fuerza del Espíritu divino para alejarnos del mal. Que nada nos perturbe, que nada nos haga perder la paz del corazón, que nada pueda manchar esa blancura de pureza que vistió nuestro espíritu al ser lavados en el agua del Bautismo. Pero sabemos bien que la tentación está ahí y nos acecha y nos hace tropezar tantas veces en la vida.
Queremos nosotros vivir el Reino de Dios, pero el espíritu maligno no quiere que permanezcamos en ese Reino de Dios y nos ofrece la manzana de la tentación disfrazada de tantas cosas que se nos pueden presentar incluso como buenas, pero que tras el disfraz de la mentira sabemos la maldad que encierran.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida’. Tened cuidado, nos dice; que andemos vigilantes, despiertos para mantenernos en fidelidad. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’.
Mantenernos en pie es mantenernos en fidelidad; mantenernos en pie es resistir la tentación; mantenernos en pie es estar vigilantes ante el peligro para no dejarnos seducir; mantenernos en pie nos exige examinar nuestros actos y nuestras actitudes, revisar nuestra vida; mantenernos en pie significa querer vivir siempre nuestra unión con el Señor. Y necesitamos  orar, porque solo con nuestras fuerzas no lo logramos; necesitamos la gracia del Señor. Mantenernos en pie es ser constantes en nuestra oración y en la escucha de la Palabra del Señor.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Aún en medio de tormentas y oscuridades hemos de ver cómo el Reino de Dios está cerca y hemos de hacerlo presente en nuestra mundo

Aún en medio de tormentas y oscuridades hemos de ver cómo el Reino de Dios está cerca y hemos de hacerlo presente en nuestra mundo

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn 3,75.76.77.78.79.80.81; Lucas 21,29-33

A lo largo de todo este capitulo de san Lucas que hemos ido escuchando y reflexionando en esta última semana del año litúrgico Jesús nos ha hablado de tiempos difíciles que anuncian la destrucción de Jerusalén y su templo, de las persecuciones que por su nombre habríamos de sufrir a causa de su nombre y de las señales de los últimos tiempos.
Unos textos, aunque sean con un cierto tono apocalíptico que nos podrían llenar de temor, que nos ponen ante lo que en el catecismo y la teología llamábamos los novísimos para hacer referencia a la hora de nuestra muerte y del juicio de nuestra vida ante Dios. Pero como todo el Apocalipsis es un anuncio no para el temor sino para la esperanza; así tendríamos que leer también ese último libro de la Biblia llamado precisamente el Apocalipsis, cuyo verdadero significa como sabemos es Revelación.
Precisamente tras todos estos anuncios, ya casi en el final del capítulo, vemos que hoy nos dice Jesús que cuando veamos que suceden todas estas cosas, nos demos cuenta que el Reino de Dios está cerca. ‘Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios’. 
Hermosa consideración que nos hace Jesús. Vuelve a repetirnos lo que nos decía al comienzo del evangelio. Su primer anuncio recordamos era que creyéramos en la Buena Noticia que nos anunciaba porque llegaba el Reino de Dios. Ahora vuelve a repetirnos en medio de todos los anuncios que nos hace de lo que está por venir que llega el Reino de Dios, que el Reino de Dios está cerca, porque el Reino de Dios hemos de vivirlo dentro de nosotros también y especialmente en esas circunstancias difíciles.
Es lo que hemos de entender, aunque algunas veces se nos pueda hacer difícil. En medio de las tormentas y dificultades hemos de saber ver la presencia de Dios y ahí hemos de seguir reconociendo que El es el único Señor de nuestra vida, el único que nos da sentido pleno a aquello que estamos haciendo, a aquello que estamos viviendo.
Tenemos el peligro de desalentarnos, de enfriarnos espiritualmente cuando nos vienen las noches oscuras de la historia, de nuestra historia, de nuestra vida. Pero la luz de la presencia del Señor siempre está ahí, aunque nos pueda pasar desapercibida. Esa luz nunca nos falla porque siempre el Señor estará ahí junto a nosotros, es más llevándonos en las palmas de sus manos.
El nos dice que el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Y El prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos; El nos prometió y nos envió la fuerza de su Espíritu que es nuestra fortaleza y nuestra vida. Vivamos y hagamos presente en nuestro mundo el Reino de Dios.


jueves, 26 de noviembre de 2015

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Daniel 6, 11-27; Sal.: Dn 3,68.69.70.71.72.73.74; Lucas 21, 20-28

Cuando recitamos el Credo para proclamar nuestra fe hay algo que decimos y proclamamos pero que tenemos el peligro que un poco nos pase desapercibido. Proclamamos y confesamos la resurrección de Jesús y su ascensión al cielo donde, decimos, ‘está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Sentado a la derecha del Padre para expresar la divinidad de Jesucristo que recibe el mismo poder y gloria, pero desde donde ha de ‘venir a juzgar a vivos y muertos’.
Cuando en el juicio ante el Sanedrín le preguntó a Jesús si El era el Hijo de Dios respondió afirmativamente pero añadió ‘y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo’.
Es a lo que nos hace referencia hoy el evangelio. Jesús habla de los tiempos finales y lo hace con un lenguaje apocalíptico propio de la época. Se entremezclan los anuncios de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo con el anuncio del tiempo final. Pero Jesús quiere que lo vivamos con paz y serenidad porque todo conduce a encontrarnos con El. Y nos habla de su segunda venida. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad’. Es la segunda venida del Hijo del hombre que será para la resurrección y la vida. Por eso termina diciéndonos: ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’.
Es el momento del juicio final. Será el final de la historia y de este mundo terreno. Será el inicio para la resurrección final. Se acerca vuestra liberación. Ya en otros momentos nos insiste en que hemos de estar preparados. Y preparados estamos si mantenemos nuestra fe y nuestra esperanza. Y preparados estaremos si nos mantenemos en nuestra unión con El viviendo siempre la gracia del Señor con toda fidelidad. Y preparados estaremos si hemos sabido ir guardando nuestros tesoros en el cielo, como repetidamente nos enseña Jesús en el evangelio.
Podemos recordar aquí también la alegoría del juicio final del que nos habla Jesús en el evangelio. Ojalá escuchamos ese ‘venid benditos de mi Padre a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Una invitación a la confianza y a la paz. Una invitación a vivir de forma intensa y activa nuestra esperanza. Una invitación a vivir en el amor de Dios que se traduce en el amor a los hermanos. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Fortalecidos en nuestra fe, preparados espiritualmente con la fuerza y sabiduría del Espíritu somos testigos de Jesús ante el mundo aunque sea adverso a nuestra fe

Fortalecidos en nuestra fe, preparados espiritualmente con la fuerza y sabiduría del Espíritu somos testigos de Jesús ante el mundo aunque sea adverso a nuestra fe

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn 3, 62.63.64.65.66.67; Lucas 21,12-19

El que se nos anuncie que lo vamos a pasar mal seguramente no nos gusta; que si nos mantenemos en nuestros principios o en nuestras ideas vamos a encontrar oposición y momentos difíciles, seguramente nos hará pensar si en verdad estaremos decididos a seguir adelante. Pero bien sabemos que aunque nos gustaría que todo fuera como miel sobre hojuelas sin embargo en la vida siempre nos vamos a encontrar contratiempos, dificultades, oposición a lo que queremos hacer aunque nos parezca muy bueno y esencial para mejorar nuestro mundo. Ojalá todo fuera un camino de rosas, pero bien sabemos que las rosas también tienen espinas, pero seguramente seguiremos encantados con su belleza y su perfume.
Es lo que trata de decirles Jesús a sus discípulos. Los está preparando para la misión que les va a confiar y El mismo se encuentra en las puertas de su entrega suprema en su Pascua. A los discípulos que un día habían regresado contentos cuando Jesús los había enviado porque hasta los demonios se les sometían en el nombre de Jesús, probablemente las palabras de Jesús ahora les caerían como un jarro de agua fría.
No quiere Jesús desalentarlos, sino prepararlos. Y prepararnos significa ser conscientes de la responsabilidad de la misión que se nos encomienda y también de las dificultades que podremos encontrar. Creo que en muchos aspectos de la vida todos tenemos experiencias en este sentido. Aunque quizá no nos agrade tanto - y es que somos muy humanos y nos gustaría que todo siempre marchara bien - lo que Jesús nos dice de que podemos estar abocados a la persecución. 
Bien sabemos que en el mundo de hoy - y no es muy distinto a lo que ha ido sucediendo en el trascurso de los siglos aunque pensemos que el de ahora es muy especial - no siempre es fácil ser testigo de nuestra fe. Nos parece en ocasiones que arrecian si no las persecuciones si el mundo que nos parece que está en contra a todo lo que signifique una religiosidad auténtica, un testimonio cristiano o simplemente lo que es la vida de la Iglesia. Quizá en nuestro tiempo con los medios de comunicación que tenemos y todo lo que se nos puede trasmitir por las redes sociales nos pudiera que puedan ser más notorios esos momentos de dificultad por la aparición muy palpable de los que están en contra de todo lo que signifique el nombre cristiano.
Pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, no hemos de temer. Su Espíritu está con nosotros y nos dará la fortaleza que necesitamos, y pondrá las palabras oportunas en nuestros labios. Lo que necesitamos es sentirnos bien fortalecidos en nuestra fe, preparados espiritualmente. No  nos ha de faltar la esperanza y la confianza en la palabra de Jesús.  Nuestro testimonio tiene que ser en verdad valiente y no nos podemos acobardar.
Hemos de prepararnos muy bien para que demos ese testimonio claro y valiente, para que resuenen nuestras palabras y brille el testimonio de nuestra vida. Hemos de cultivar nuestra fe que significa también ahondar en ella para que podamos testimoniarla claramente sabiendo que tenemos la fortaleza y la sabiduría del Espíritu. 

martes, 24 de noviembre de 2015

No podemos desesperar ni llenarnos de angustia por las negruras de este mundo, porque tenemos una responsabilidad de poner nuestra parte de luz

No podemos desesperar ni llenarnos de angustia por las negruras de este mundo, porque tenemos una responsabilidad de poner nuestra parte de luz

 Daniel 2,31-45; Sal.: Dn 3,57.58.59.60.61; Lucas 21,5-11
Contemplaban la belleza del templo. Desde la colina del Monte de los Olivos la visión era espectacular. Causaba admiración a propios y a extraños. Pero aún más estaba el amor que todo judío tenia al templo de Jerusalén y a la ciudad santa. Pero Jesús quiere hacerles reflexionar sobre todo aquello que contemplaban. Las bellezas de este mundo son transitorias, efímeras. Tendríamos que preocuparnos por una belleza que nunca se empañara. Todo debía conducirnos a querer contemplar la visión de Dios, de la que todas estas bellezas humanas son pálidos reflejos.
Todo aquello algún día quedaría destruido. Implícito estaba el anuncio de la ciudad de Jerusalén, que cuando el evangelista nos trasmitió el evangelio ya se había realizado. Abundará en párrafos siguientes en el tema. Pero para el amor que todo judío sentía por Jerusalén y su templo aquello era como el fin del mundo. Por eso quizá surge la pregunta en los discípulos. ‘¿Cuándo va a suceder esto?’ Jesús aprovechará para hacernos unas hermosas advertencias.
Muchas veces en la vida nos encontramos con agoreros de calamidades. Gentes que hacen sus propias interpretaciones ya sea de los acontecimientos, ya sea apoyándose incluso en textos sagrados para hacernos anuncios que nos llenen de angustia y de temor. Están los que lo están siempre viendo todo negro y en cuyos corazones falta la esperanza; los que lo ven todo como irremediable e imposible de arreglar y en lo que pueda ir sucediendo están viendo anuncios de calamidades que vendrán como si fuera un destino irremediable. Están los que ante lo que sucede nos hacen anuncios de fin del mundo, porque dicen que se va a cumplir ya de forma inexorable todo lo que está anunciado. Profetas de calamidades y que anuncian angustias no  nos faltan en todos los momentos de la historia. ¿Podemos vivir siempre con esa angustia que nos puede conducir a la desesperación?
Jesús hoy nos advierte: ‘Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero al final no vendrá en seguida’.
No nos dejemos engañar. No nos puede faltar la esperanza.  No nos podemos confundir ni dejar que nos confundan. No podemos decaer en nuestra tarea y responsabilidad hasta el último minuto que además nunca sabremos cuando nos va a llegar. En la carta a los Tesalonicenses san Pablo en este sentido advierte a los cristianos de entonces, porque algunos con una falsa esperanza de que el momento de segunda venida del Señor era inminente ya no querían ni trabajar.
Cuantas veces en nuestro tiempo hemos oído hablar de apariciones y revelaciones de que el fin del mundo está cerca, de que sucederá en tal año y tal fecha, porque se han hecho sus interpretaciones muy particulares de frases enigmáticas que alguien haya pronunciado. Y la gente suele ser muy crédula en estas cosas y no aprende de la experiencia de los errores y engaños que hayan pasado.
Tenemos un camino que realizar, unas responsabilidades en la vida que no podemos abandonar. Y si en ese mundo en el que vivimos hay tantas calamidades, pongamos de nuestra parte todo lo que podamos realizar para hacerlo mejor. Lo que sí en el fondo de nuestra conciencia hemos de sentir paz, porque sepamos estar en paz con Dios arrancando de nosotros todo lo que nos pueda apartar de El. Si vivimos con esa paz en el corazón no habrá angustia ni temor. Es lo que tenemos que buscar, porque con nosotros camina el Señor y El nos llena de su paz. Busquemos la verdadera belleza, como decíamos al principio, porque estemos preparados para esa visión de Dios en el cielo cuando El quiera llamarnos.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Es bonito hablar de solidaridad y desprendimiento pero qué difícil se nos hace cuando el actuar en consecuencia compartiendo lo que tenemos

Es bonito hablar de solidaridad y desprendimiento pero qué difícil se nos hace cuando el actuar en consecuencia compartiendo lo que tenemos

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56; Lucas 21, 1-4

Ante este evangelio que hoy nos propone la liturgia y que recientemente ya hemos reflexionado también confieso que es mucho más fácil hablar, decir cosas hermosas, hacernos bonitas reflexiones, e incluso decirle a los demás lo que tienen que hacer, que uno hacerlo. Es bonito hablar de solidaridad, de compartir, de desprendimiento pero cuando eso nos toca hacerlo a nosotros, cuando nos toca a nuestro bolsillo o a nuestra manera de vivir parece que ya es otra cosa.
Creo que así crudamente con lo que es la verdadera realidad de nuestra vida, de lo que hacemos - al menos intento hacerlo yo hoy - tenemos que enfrentarnos una vez más a esta palabra de Jesús en este episodio del evangelio. Una mujer pobre que nada tiene y que se desprende de los dos últimos reales de su bolsillo para ponerlo en la ofrenda del templo. Y confesemos que tantas veces estamos buscando la moneda más pequeña cuando pasa la bandeja en misa delante de nosotros.
Y es que espontáneamente nos aparecen nuestras reservas; es que esto lo voy a necesitar, es que quiero tener no sé qué cosas, es que yo también soy pobre y tengo mis necesidades, es que llegamos a final de mes y no me alcanza, es que la vida está difícil y nos acogemos a las crisis haya o no las haya, nos acogemos a no se cuantas reservas mentales que nos hacemos y siempre nos buscamos disculpas que a la larga nos están encerrando en nosotros mismos.
Y Jesús nos está diciendo que aquella pobre viuda dio más que todos aquellos que antes que ella pomposamente habían ido dejando sus ofrendas en el cepillo del templo; aquella mujer dio todo cuanto tenía para vivir.
No quiero dar consejos, no quiero decir lo que tenemos que hacer, sino que solo me pongo ante este episodio del evangelio y trato de analizar mis actitudes y mis formas de comportamiento. Es en la cuestión del desprendimiento y del compartir con los más necesitados, pero será en tantas pequeñas cosas que puede haber en nuestra vida donde siempre nos estamos mirando el ombligo.
Queremos tener, queremos poseer cosas muchas veces por el simple hecho de tenerlas aunque luego ni las usemos sino que simplemente las guardamos o las tenemos como un adorno. Son esas apetencias que se nos meten por dentro donde de todo nos desconsolamos, de todo queremos tener. Son esos impulsos que nos arrastran porque total eso no cuesta tanto, eso está ahora en rebajas, y aunque no lo necesitamos, aunque no sean cosas perentorias para mi vida, allá vamos pronto a comprarlas aunque luego, digo, las arrimemos a un lado. Es ese querer estar siempre cambiando de ropa, de utensilios, porque eso ya no se lleva, porque eso está pasado de moda, porque siempre estoy con lo mismo. Miremos nuestros armarios, nuestras alacenas y de cuantas cosas innecesarias los tenemos llenos.
Son tantas las actitudes, las posturas, las rutinas de las que vamos llenando nuestra vida. Son los apegos de nuestro corazón que nos hacen mirarnos solo a nosotros mismos. Y claro así lo del desprendimiento, de la generosidad para dar lo que tenemos e incluso lo que necesitamos será en verdad algo costoso.
Nos puede decir tantas cosas aquel gesto de la pobre viuda del evangelio…

domingo, 22 de noviembre de 2015

Jesús es Rey, es nuestro Rey porque fue testigo del amor y de la verdad hasta el límite supremo de entregar su vida por nosotros

Jesús es Rey, es nuestro Rey porque fue testigo del amor y de la verdad hasta el límite supremo de entregar su vida por nosotros

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33-37
‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ La pregunta podría ser retórica. En fin de cuentas así se lo estaban presentando y ese era el argumento que en principio argüían los sumos sacerdotes cuando llevaron a Jesús ante Pilatos. En eso había de consistir el juicio. Alguien que se proclamaba rey, lo que significaba una rebelión contra el poder constituido, que en este caso era el poder romano.
Pero es que quizá Pilatos al hacer la pregunta retóricamente en el juicio que se estaba iniciando se estaría preguntando en su interior cómo es que éste es el rey de los judíos. ¿Dónde estaban sus seguidores? ¿Dónde estaban sus ejércitos? El reo que presentaban ante él no mostraba las señales de altivez y deseos de grandeza de quien quiere ser considerado como rey. La humildad de la apariencia no daba las señales del orgullo de quien quería ser proclamado rey. De ahí la respuesta de Jesús que conoce bien los corazones de los hombres y veía los interrogantes que se le podían estar presentando en su interior al gobernador. ‘¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mi?’ Podían haberle hablado de su nacimiento ignorado y pobre entre los pobres en Belén porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza; podrían haberle hablado de la vida oculta en Nazaret viviendo como el hijo de un simple artesano.
Nadie podrá ir diciendo que se había proclamado rey, porque cuando quisieron hacerlo allá en el descampado cuando lo de la multiplicación de los panes El se había retirado solo a la soledad de la montaña. Cuando la gente se entusiasmaba ante los signos que realizaba les trataba de impedir que lo divulgasen. Solo había permitido en la reciente entrada en Jerusalén que los niños y sencillos lo aclamasen como el Hijo de David, el que viene en nombre del Señor. Cuando sus discípulos más cercanos habían discutido por primeros puestos y lugares principales en su reino les había enseñado que la verdadera grandeza está en hacerse el último y el servidor de todos. ‘No será entre vosotros como con los poderosos de este mundo’, les había dicho.
Por eso responderá Jesús que su reino no es como los reinos de este mundo. ‘Mi reino no es de este mundo’, había contestado. No tenía ejércitos que lo defendieran para no caer ni en manos de los judíos, ni bajo el poder de los romanos. ‘Mi reino no es de aquí’.
Esto provocará entonces la intriga de Pilatos. ‘¿Con que tú eres rey?’ ¿Cómo es, entonces, que te presentas como rey? ¿Dónde están tus avales? No veo grandezas ni afanes de poder. ¿Qué tipo de reino es el tuyo que dices que no es de aquí? podía estar replicando Pilatos.
La afirmación de Jesús es rotunda. Es cierto que no ves cómo puedo ser rey ni en qué se está manifestando mi poder. ‘Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad y todo el que es de la verdad escucha mi voz’.
Jesús es Rey porque es el testigo de la verdad. Sí, el Reino de la verdad que es un reino de luz donde no cabe la mentira. Donde hay verdad hay luz, hay vida, hay amor, hay justicia verdadera. Donde hay verdad no caben ocultaciones ni mentiras; y donde reina la mentira hay oscuridad y con las tinieblas vienen toda clase de males. Desde las tinieblas surge la injusticia y la opresión; desde la oscuridad de las mentiras donde falta la verdad todo será apariencia y vanidad, todo será hipocresía y maldad; cuando caminamos entre tinieblas porque rechazamos la luz nos faltará una mirada limpia para ver con nuevos ojos al hermano y brotará el egoísmo y la insolidaridad; cuando nos falta esa verdad en la vida nos llenamos fácilmente de orgullo y de soberbia para subirnos sobre pedestales desde los que tratamos de manipular en propio beneficio egoísta a cuantos nos rodean haciendo en consecuencia daño a la dignidad de los demás.
Y así no es el reino de Jesús. Así no es Rey Jesús. Es rey y viene a dar testimonio de la verdad, y cuando resplandece la verdad brillará el amor y la vida, los corazones se llenarán de una autentica paz, las relaciones entre unos y otros estarán siempre basadas en el amor y en la justicia. Así es el Reino de Jesús. Por eso nos enseñará que vivamos en la verdad, que caminemos su camino, que nos dejemos inundar por su vida; nos dirá que nuestro estilo es el amor y la autenticidad, nos pondrá siempre en el camino del servicio y de la solidaridad.
Pero Jesús va por delante. Será el que pasó siempre haciendo el bien. Será el que busque al que sufre y al marginado para sanar y para levantar, para devolver la vida y la dignidad perdida y poner a los hombres en un nuevo camino y sentido de la vida. Será el que será capaz de tomar la jofaina de agua y la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Será el que caminará con decisión hasta Jerusalén aunque sepa que allí le espera la pascua, una pascua que será de pasión y de muerte porque su amor es hasta el final, como el que ama hasta dar la vida por aquellos a los que ama.
Sobre el cadalso de la cruz Pilatos pondrá la justificación de la sentencia: ‘Jesús Nazareno, rey de los judíos’. Quizá tendríamos nosotros también que corregir a Pilato para decir que ponga que Jesús es Rey, es nuestro Rey por causa del amor y de la verdad, porque fue testigo de ello hasta el limite supremo y nosotros en verdad queremos reconocerle como Rey queriendo hacer su mismo camino, vivir en su misma humildad, dándonos con el mismo espíritu de servicio, buscando siempre la verdad para llenar el mundo de luz, para hacer de nuestro mundo ese mundo nuevo del Reino de Dios.


sábado, 21 de noviembre de 2015

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40

Hoy comienza diciéndonos el evangelio que ‘se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección…’ a hacerle unas preguntas. Conocido es que ese grupo o secta de los saduceos negaban la existencia de los espíritus, de los ángeles y entre otras cosas más la resurrección. En varias ocasiones en el evangelio le veremos enfrentarse a Jesús desde sus planteamientos. Y conocemos también cómo Pablo cuando estaba siendo juzgado como nos narran los Hechos de los Apóstoles provocó una controversia delante del tribunal donde estaban presentes fariseos y saduceos acusándolo proclamando la resurrección de Jesús y la resurrección de los  muertos.
Más que entretenernos en resolver la cuestión que plantean a partir de la ley del Levítico que mandaba casarse con la mujer del hermano si éste había muerto sin descendencia, creo que más bien la pregunta que tendríamos que hacernos es si en verdad nosotros creemos en la resurrección. Es algo fundamental porque atañe a algo que es esencial en nuestra fe.
Escuchamos muchas veces una mezcolanza de ideas en este sentido en la gente porque quizá no están tan seguros de creer en la resurrección pero vendrán luego hablándonos de la reencarnación porque han oído hablar quizá de esas doctrinas de las espiritualidades o religiones orientales, muchas veces más bien por el prurito de la novedad y de lo distinto que porque hayan entendido lo que realmente significa.
Pero la pregunta está ahí sobre nuestra fe en la resurrección y quizá tendríamos que mirar nuestra forma de vivir. Y digo mirar nuestra forma de vivir porque cuando nos quedamos en lo material de la vida como si no hubiera nada más, estaríamos negando la existencia de una vida espiritual y por ende estaríamos negando también la resurrección. Por otra parte muchas veces ponemos mucha imaginación y queremos ver cómo será exactamente eso y ya se nos comienzan a complicar las cosas. Hay algo que entra en el misterio de Dios y que nos cuesta comprender en su totalidad, y es donde tiene que entrar en juego nuestra fe para aceptar ese misterio que solo en Dios y en la plenitud de la eternidad podremos descifrar y en consecuencia querer confiarnos a su Palabra y a su revelación.
Podríamos recordar aquí lo que nos enseña san Pablo en la carta a los Corintios, porque si negamos la resurrección de los muertos, negaríamos la resurrección de Jesús y si negamos la resurrección de Jesús vana sería nuestra fe. Es el eje y fundamento de nuestra fe cristiana el proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, que con su resurrección venció la muerte y nos hace a nosotros también con El triunfadores de la vida.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que ‘Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, porque para El todos están vivos’. Como decíamos antes, esto tiene sus consecuencias en nuestra vida, porque así nuestra vida adquiere una nueva trascendencia. La muerte no es un final definitivo, sino que es abrirnos a una nueva vida, una vida eterna que podemos vivir en Dios. Estamos llamados a la resurrección y a la vida eterna; pero queremos que esa vida sea dichosa y feliz; lo alcanzaremos si ahora en el camino de este mundo hemos vivido siendo fieles, hemos vivido con fe y con esperanza, le hemos dado un verdadero sentido a nuestra vida, un sentido que en el amor alcanzará su plenitud. Si desde esa fe y esa esperanza hemos sabido poner amor en nuestra vida, en la hora de la resurrección resucitaremos para la plenitud de Dios, para la plenitud del amor en Dios para siempre.
Terminemos recordando las palabras de Jesús a Marta cuando la resurrección de Lázaro, ‘el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá, porque yo soy la resurrección y la vida… y lo resucitaré en el último día’. Llenemos nuestra vida de trascendencia que en la resurrección alcanzará su plenitud.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48

‘Escrito está: Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’. Fue la reacción de Jesús ante lo que habían convertido el templo de Jerusalén. Dice el evangelista Lucas que ‘entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores’ mientras en los lugares paralelos en los otros evangelistas nos habla de que hizo un azote con unas cuerdas.
Quizá por las necesidades de tener a mano los animales para los sacrificios, la moneda en curso en el templo - no se podían utilizar monedas extranjeras - para las ofrendas y todo lo necesario para los holocaustos lo habían convertido en un mercado con todos los trapicheos inherentes.
Pero este hecho es todo un signo. Nos habla de la dignidad del templo, lugar del culto, casa de oración y espacio sagrado para la oración, el encuentro del Señor y la escucha de su Palabra. Claro que la dignidad no significa la ostentosidad, como fácilmente caemos en esa tentación llenando nuestros templos de adornos, cosas artísticas y valiosas.
Somos herederos, es cierto, de unos templos que se han ido enriqueciendo con el paso de los años y siglos por nuestros antepasados y lo que sirvió en su momento quizá como una catequesis en imágenes para aquellos que no tenían otro medio que lo que se les ofreciera en imágenes para acercarse al mensaje de la Palabra del Señor, hoy quizá lo hemos convertido en objetos de museo y exposición haciéndoles perder quizá todo su sentido original. No podemos, es verdad, en convertirnos en iconoclastas que todo lo antiguo lo destruyen sino que hemos de saber encontrar su verdadero sentido y hacer que sigan teniendo verdadero significado hoy.
Pero también el texto sagrado que comentamos es signo de mucho más, porque somos nosotros los que hemos de convertirnos en verdaderos y santos templos de Dios que habita en nosotros. ‘Mi Padre y yo le amaremos y vendremos y pondremos nuestra morada en él’, nos enseña Jesús en un momento determinado en el evangelio. Dios quiere morar en nosotros y somos por nuestra consagración bautismal verdaderos templos del Espíritu Santo. Entonces cuando hablamos de la dignidad del templo, pensemos en la dignidad y santidad que tendría que resplandecer en nuestra vida.
Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Vivamos la presencia de Dios allá por donde vamos. Si fuéramos en verdad conscientes de esa presencia de Dios en nuestra vida cómo alejaríamos de nosotros todo lo que nos puede manchar, todo lo que nos puede llevar al pecado. No solo es la presencia de Dios que en su inmensidad llena el universo y en todo momento allá donde estemos hemos de sentir y vivir en su presencia, sino es el darnos cuenta de cómo por la fuerza del Espíritu Dios mora de una manera especial en nuestros corazones.
Es en consecuencia también la dignidad y el respeto con que hemos de acercarnos a nuestros hermanos que han de convertirse para nosotros en signos de esa presencia de Dios. Por algo Jesús nos dirá que cuanto hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Y finalmente un breve pensamiento. Nos habla el evangelio en referencia al templo como casa de oración. Pienso en nuestro hogar, verdadera iglesia doméstica como la llamamos también con el concilio; cómo hemos de saber hacer también de nuestro hogar esa casa de oración, ese lugar de nuestro encuentro con Dios viviendo el amor familiar.
Pero aun más creo que hemos de saber encontrar en nuestros hogares -aun con la dificultad de la estrechez con que se vive en nuestras casas - ese espacio que nos recuerde y nos ayude a vivir esa presencia del Señor; ese espacio reservado para encontrar esos momentos de silencio para la reflexión, para la oración, para la lectura de la Biblia. Un rincón especialmente habilitado con una imagen y con la Biblia que venga a ser ese remanso de paz que tanto necesitamos.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén son las lágrimas que nos envuelven a nosotros con la ternura y la misericordia de Dios

Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén son las lágrimas que nos envuelven a nosotros con la ternura y la misericordia de Dios

2Macabeos 2, 15.29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

Se acercaba Jesús a Jerusalén; bajaba por el Monte de los Olivos; enfrente la ciudad santa desde una panorámica muy hermosa; Jesús contempla su ciudad, Jesús llora por aquella ciudad que tanto amaba. La mirada de Jesús sobre Jerusalén. ¿Cómo era aquella mirada que conmueve su corazón y le hace brotar lágrimas de sus ojos por aquella ciudad?
A lo largo del evangelio, si también nosotros vamos con mirada atenta y con el corazón bien abierto, podremos ir contemplando la mirada, las miradas de Jesús. A aquellos primeros discípulos que le preguntan donde vive, al joven rico que quiere seguirle pero no se decide, a la mujer pecadora postrada a sus pies, a Judas en la cena cuando le dice que haga cuanto tiene que hacer o luego en Getsemaní tras el beso de la contraseña, a Pedro después de su negación o luego en el lago cuando le pregunta si le ama más que el resto de los discípulos… muchas miradas de Jesús donde se va destilando continuamente su ternura y su misericordia, la ternura y la misericordia del Dios siempre compasivo y misericordioso.
Hoy mira desde aquella panorámica de la ladera del Monte de los Olivos y ve mucho más que la majestuosidad del templo que se eleva en primer término. Jesús mira y contempla a los moradores de aquella ciudad, a los que caminaban de un lado para otro en medio de las ocupaciones de la vida diaria, a los que se ganaban la vida ofreciendo a los peregrinos lo necesario para cumplir sus votos con el templo, a los que se arremolinaban en las explanadas del templo para escuchar a los maestros de la ley o para hacer sus ofrendas al Señor, a los que moraban y habitaban permanentemente en aquella ciudad o a los peregrinos venían desde lejos para cumplir con la pascua en las cercanías del templo.
En medio de ellos había enseñado, había anunciado el Reino, había tenido sus controversias con fariseos, saduceos, maestros de la ley, sacerdotes del templo, realizado milagros curando al paralítico de la piscina o al ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén. Pero no habían querido escucharle. Algunos le aclamarían en su entrada en la ciudad entre los hosannas de los niños y de los sencillos, mientras otros iban a gritar contra él pidiendo que fuera crucificado. Allí pronto se iba a realizar el sacrificio supremo de la nueva pascua. Pero aun, una vez más, su mirada se extendía llena de amor y de misericordia para con todos ellos como rogando que por fin escucharan el anuncio de la Palabra y aceptaran el nuevo Reino. La ternura de su corazón se derramaba una vez más sobre aquella ciudad con sus lágrimas.
Muchas consideraciones podríamos hacernos sobre la no acogida de aquella ciudad a la palabra y al mensaje de Jesús. Pero como siempre que escuchamos la Palabra no nos vamos a quedar en juzgar a otros o echarles en cara lo que hicieran o no hicieran para acoger a Jesús, sino que tenemos que escuchar esa Palabra que ahora el Señor nos está dirigiendo a nosotros, a ti y a mi.
Esa mirada  de Jesús, con la ternura de su corazón que se derrama con sus lágrimas, es para nosotros, es para ti y es para mí. Somos nosotros, tú y yo, los que tenemos que preguntar por qué llora Jesús, cómo acogemos o no acogemos esa Palabra que nos dirige, cómo nos dejamos inundar por su presencia y por su gracia. Simplemente quedémonos en silencio ante las lágrimas de Jesús y sentiremos lo que El hoy y ahora quiere decirnos allá en lo más hondo del corazón.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

‘Estaban cerca de Jerusalén y pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro…’ No terminaban de entender. Jesús lo iba anunciando constantemente. No terminaban de comprender las señales que se iban manifestando. Ahora Jesús iba anunciando que aquella subida a Jerusalén tenía una trascendencia especial. Hablaba de pascua, de pasión, de muerte y no les cabía en la cabeza. Pero, ¿llegaba o no llegaba el Reino de Dios? ¿Acaso serían momentos de revueltas y de revoluciones para que todo cambiara? Muchas ansias en sus corazones aunque no sabían bien cómo enfocarlas. Muchos interrogantes también que se quedaban sin respuesta.
Y como dice el evangelista esto motivo la parábola que Jesús les propone. Es la parábola paralela a la que nos ofrece Mateo en su evangelio de los talentos. San Lucas nos habla de onzas de oro, pero el significado viene a ser el mismo. Aquel personaje noble se va a buscar el título de rey y es cuando les deja las onzas de oro a sus servidores. Pero está también el detalle de que algunos no querían que aquel personaje obtuviera el título de rey. Y está la misión que Jesús les confía a sus servidores de administrar, negociar, hacer fructificar aquellas onzas de oro, aunque no con igual resultado porque alguno la guardará bien guardada para que no se pierda pero no hace nada con ella.
¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Qué puede significar aquella onza de oro puesta en las manos de sus servidores? ¿Podrán significar ese Reino que todos buscaban y en el que Jesús en verdad se va a proclamar Rey y Señor? ¿Podría significarnos que no tenemos que buscarlo fuera de nosotros ni en cosas espectaculares sino que lo que tenemos en nuestras manos, porque a nosotros se nos ha confiado el irlo construyendo día a día? ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos haciendo por ese Reino de Dios?
miramos la vida, miramos la Iglesia, miramos nuestro mundo y tantas veces lo que hacemos son quejas y lamentos porque el mundo marcha mal, porque hay problemas en la Iglesia, porque en la vida tenemos tantos problemas, porque la gente hace o no hace caso y no vemos que en verdad nuestro mundo vaya cambiando. Muchas veces parece que estamos esperando a lo que hagan otros, que los problemas se resuelvan por si solos, que el mundo encuentre paz porque otros, los gobernantes o los dirigentes, tienen que hacer no sé cuantas cosas. ¿Cuándo en verdad nuestro mundo va a ser ese Reino de Dios en plenitud?
Y quizá no nos damos cuenta de las onzas de oro que Dios ha puesto en nuestras manos, de las posibilidades que nosotros tenemos de comenzar a hacer más presente el Reino de Dios en nuestro mundo, de que en verdad nuestro mundo, nuestra sociedad vaya siendo mejor cada día. Nos olvidamos de que ese Reino de Dios está en nuestras manos, que nosotros hemos de ir poniendo nuestro granito de arena, si solo es eso lo que tenemos, pero que podemos ir haciendo con nuestro amor, con nuestra responsabilidad, con nuestros deseos de paz, con nuestro trabajo por la justicia que el mundo sea mejor cada día. No se transforma nuestro mundo desde grandes decisiones que se tomen y nos impongan, sino de esas pequeñas cosas que cada uno puede ir haciendo cada día. Y tenemos muchas oportunidades, muchas posibilidades.
Piensa, por ejemplo, qué hiciste ayer de bueno desde tu responsabilidad por hacer que las cosas marchen bien. Piensa qué bueno has hecho hoy para hacer  más felices a los que están a tu lado, a tus familiares cercanos, a tus compañeros de trabajo, a tus amigos. Si viviste o estás viviendo encerrado en ti mismo sin sentir ninguna preocupación por los demás eres como aquel que guardó la onza en el pañuelo para que no se le perdiera. Pero piensa cuantas cosas positivas puedes hacer cada día, empezando por vivir con total responsabilidad tus obligaciones y no perdiendo el tiempo tontamente.
En muchas cosas prácticas que hacemos o podemos hacer cada día hemos de traducir esto que estamos reflexionando. Así iremos construyendo un mundo con más paz, un mundo más solidario, un mundo donde nos sintamos amigos y hermanos, un mundo donde brille una felicidad profunda en los corazones; estaremos construyendo el Reino de Dios.


martes, 17 de noviembre de 2015

Bajemos de nuestras higueras, saltemos las barreras que nos imponemos o con las que discriminamos a los demás para ir de verdad al encuentro con Jesús

Bajemos de nuestras higueras, saltemos las barreras que nos imponemos o con las que discriminamos a los demás para ir de verdad al encuentro con Jesús

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10
Jesús sigue caminando por Jericó. En las afueras, junto al borde del camino se había encontrado con un invidente que quería recobrar la luz de sus ojos. Ahora mientras camina por la ciudad hay alguien también que quiere ver a Jesús; sus ojos no tienen ninguna limitación pero hay otras cosas que impiden que pueda verlo con claridad, aunque en este caso también su voluntad es tan fuerte que llegará a subirse a una higuera para al menos desde allí verlo pasar.
¿Podríamos decir que un marginado? Esa palabra nos podría recordar en primer lugar a los que por carecer de medios económicos viven al margen de los demás, pero ahora éste no es el caso. Hay limitaciones, sí en su vida, aunque lo de menos fuera que era bajo de estatura como destaca el evangelista. Era discriminado por su profesión y quizá por las riquezas que de mala manera había conseguido; se había ganado el desprecio de la gente. Seguro que no querían verlo en medio de ellos y eso fuera también un impedimento para ver pasar a Jesús desde el lugar normal a pie de calle y en medio de la gente. Se tuvo que subir a una higuera.
Hay cosas que nos marginan; nos marginamos quizá a nosotros mismos por nuestra manera de actuar que nos puede hacer merecedores del desprecio de las gentes; nos marginamos porque quizá somos nosotros los que no queremos mezclarnos con toda clase de gente; en este caso no solo el marginado era Zaqueo sino también aquellos que juzgaban y condenaban a los demás por situarse en planos de superioridad eran también marginados porque se marginaban a sí mismos.
Nos puede dar ocasión para hablar de muchas cosas, de muchas discriminaciones que nos vamos haciendo en la vida, que vamos haciendo en la vida de los demás. Mas tarde en el texto veremos cómo los fariseos y letrados critican a Jesús porque se mezcla con publicanos y pecadores y como con ellos.
Pero si Zaqueo tiene firme voluntad de ver a Jesús aunque solo fuera por curiosidad, será Jesús el que da pasos hacia Zaqueo porque se detendrá al pie de la higuera para auto invitarse a su casa. ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.  Y se realiza el encuentro. Bajará Zaqueo de la higuera contento de poder recibir a su casa atendiéndolo con todas las mejores costumbres de la hospitalidad oriental. Le ofreció un banquete. Pero el encuentro será profundo, porque Jesús terminará manifestando que la salvación ha llegado aquel día a aquella casa.
Ya conocemos todo lo que paso en el corazón de Zaqueo para que su vida cambiara totalmente. El encuentro con Jesús había realizado el milagro. Ahora no son cosas físicas las que se curan sino el corazón de Zaqueo que se transforma. Es el verdadero milagro. Es la verdadera gracia. Muchas barreras se rompieron en aquel momento y ya nada podría separar los corazones.
Creo que no es necesario seguir comentando muchas mas cosas. Busquemos el encuentro con Jesús saltando todas las barreras que nos hayamos puesto o nos quieran poner. Sabemos que Jesús también viene a nuestro encuentro y ya nada podrá separarnos de El si en verdad le abrimos nuestras puertas. Pero abrir las puertas a Jesús significará destruir barreras; las barreras que nosotros vamos interponiendo en nuestra vida; las barreras con las que nosotros nos separamos de los demás y en consecuencia nos separamos de Cristo; las barreras que con nuestros prejuicios, nuestras sospechas, nuestras desconfianzas, nuestros orgullos, nuestra insolidaridad y hasta con nuestras condenas ponemos nosotros a los demás.
Cuando vamos al encuentro con el Señor no caben esas barreras en nuestra vida. Cuando vamos al encuentro con el Señor de muchas cosas tenemos que desprendernos porque son rémoras fuertes que nos atan o que nos arrastran en otros sentidos. Cuando vamos al encuentro de Jesús iremos encontrando la verdadera libertad de nuestro espíritu, la libertad que nos da el amor, la libertad que nos llena de paz.
Bajemos de nuestras higueras, saltemos todas las barreras.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El ciego al borde del camino nos está hablando de ese mundo que está más allá y sufre y no nos queremos enterar

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Pregunta el ciego que está al borde del camino y pregunta Jesús. Responden a las preguntas del ciego anunciando a Jesús los que le acompañan, pero pronto se ven incomodados por los gritos insistentes del ciego; pero ante aquellas preguntas y ante las súplicas insistentes será Jesús el que querrá acercarse al hombre que sufre interesándose de verdad por la necesidad de aquel hombre. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’
Muchas cosas se entremezclan en este breve pasaje del evangelio. Hay un mundo que grita, que hemos dejado quizá al borde del camino, que se nos presentará quizá en una realidad cruenta que nos duele y que quizá queremos dejar a un lado mientras nosotros miramos para otro sitio muy centrados quizá en las cosas que nos gustan; hay un mundo al que quizá en un momento determinado hacemos caso porque en aquel momento quizá nos toca muy cerca, pero que cuando vemos que los problemas continúan, o que quizá se multiplican alrededor en tantos otros sitios en los que no nos habíamos fijado quizá ya nos molestan porque están tirando de nuestra conciencia. Un mundo múltiple que puede convertirse en un interrogante doloroso para nuestra manera de vivir o para nuestra insensibilidad mientras no sea algo que nos toque muy cerca.
Cuando voy reflexionando sobre todo esto pienso en lo que nos ha sucedido en estos días en nuestro mundo, pero quiero mirar mas allá porque en otro mundo quizá no tan distante suceden cosas semejantes a las que nos hemos acostumbrado o de las que no queremos enterarnos. Nos ha tocado muy cerca el terrorismo porque tocó en el corazón de Europa muy cerca de nosotros y nos sentimos solidarios, es cierto, con tantas victimas inocentes. Pero muchos otros atentados han sucedido recientemente en lugares no tan lejanos, pero que nos parecía que a nosotros no nos tocaba; otras muchas victimas inocentes siguen muriendo bajo la explosión de las bombas, o atenazadas por la miseria y el hambre. De esas quizá no queremos saber, los colores de sus banderas no tiñen nuestras imágenes. Las miramos desde lejos. Cualquiera puede verlo repasando los medios de comunicación o las redes sociales.
Jesús le está preguntando a ese mundo que sufre también como a aquel ciego ‘¿qué quieres que haga por ti?’. Pero quizá Jesús nos está preguntando a nosotros, a ti y a mi, ‘¿qué quieres que haga por ti?’ Porque hay algo quizá en nosotros también que nos inmoviliza, como la ceguera inmovilizaba a aquel hombre; hay quizá insensibilidad, parálisis de nuestro corazón, ceguera de nuestro espíritu, porque solo vemos lo que nos interesa, solo nos sentimos movidos por lo que está más cerca de nosotros y nos puede afectar.
¿No tendríamos nosotros que decirle a Jesús como aquel ciego ‘¡Señor, que vea otra vez!’, que se abran mis ojos, que vuelva la sensibilidad a mi corazón, que comience a mirar a nuestro mundo con una mirada distinta? Pon, Señor, el colirio del amor en los ojos de mi alma; que me envuelva, Señor, con los colores de la bandera de la pobreza, del dolor, del sufrimiento, de la soledad de mis hermanos.
¿Podremos al fin salir como aquel hombre de la presencia del Señor alabando a Dios porque mis ojos se han abierto, porque mi corazón ha cambiado, porque comenzaré de verdad a hacer que el mundo sea mejor con el compromiso de mi vida?
El ciego estaba al borde del camino fuera de Jericó; no nos quedemos en Jericó o en los caminos de cada día, no nos quedemos en París, fuera también hay muchos inocentes que sufren.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32
Cuando leí este evangelio con toda esa serie de señales cósmicas con las que nos habla me vino a la mente el desasosiego que se nos mete por dentro cuando vemos que se nos acerca una tormenta, porque el cielo más que gris se nos pone negro cubierto de densos nubarrones, nos parece presentir el aullar del viento en fuertes tormentas y nos tememos lo peor o al menos no sabemos exactamente qué nos puede suceder. Hoy los meteorólogos nos anuncian la cercanía de ciclones o tormentas tropicales, nos previenen con alertas donde la intensidad de los colores nos quieren situar en la gravedad de lo que se avecina y de alguna manera queremos prepararnos, predisponernos, no siempre sin cierta angustia, a lo que está por venir.
En el mundo en que hoy vivimos tenemos más medios para prepararnos, aunque muchas veces nos cogen de sorpresa esos temporales, lluvias o vientos produciéndonos numerosos daños; pero pensemos en la antigüedad donde no se tenían ni las previsiones de hoy ni los medios para precaverse de ellas con cuanta angustia se recibían dichos aconteceres de la naturaleza. En lo que decimos cuando estamos envueltos en una tormenta que parece que el mundo se nos cae encima; justo es que se empleen estas señales para hablarnos de un final de los tiempos, que serán tiempos difíciles como nos señalaba el profeta Daniel con su lectura con un sentido muy apocalíptico.
La liturgia nos presenta estos textos de la Palabra de Dios en estos domingos finales del ciclo litúrgico y serán también el sentido del primer domingo del nuevo ciclo cuando comencemos el Adviento. Justo es que pensemos en esos últimos tiempos y que pensemos en los novísimos como en un lenguaje teológico se nos enseñaba en el catecismo para recordarnos el fin de nuestros días y también para hacernos pensar en la vida trascendente que más allá se nos ofrece. Creer en la vida eterna y en la resurrección son artículos de nuestra fe que algunas veces tenemos demasiado olvidados, aunque lo repitamos cada domingo al hacer la profesión de fe.
Podemos hacer una lectura y una reflexión sobre esos textos desde esa clave del final de nuestra existencia, sea el final definitivo de la existencia de este mundo creado, o sea el propio final de nuestros días, de nuestra vida concreta en este mundo terreno en el que vivimos, pero siempre con la esperanza de eternidad, de vida eterna que Jesús nos ha prometido. Esa trascendencia de nuestra vida que ha de impregnar de un valor y de un sentido nuevo todo aquello que hacemos y que vivimos porque ansiamos y caminamos hacia la plenitud que solo en Dios podemos encontrar.
No podemos olvidar el hecho de la muerte, porque un día este edificio de nuestro cuerpo terreno se derrumbará, tendrá un final, pero siempre con ese sentido de trascendencia, de vida eterna que da sentido profundo a nuestra vida y nos hace desear que un día podamos encontrarnos en esa vida de Dios viviendo en plenitud para siempre en lo que llamamos el cielo, que no es otra cosa que vivir en Dios en total plenitud. Desde ahí claro encontramos un valor y un sentido a cuanto vivimos y sufrimos en este mundo que nos hará buscar y guardar ese verdadero tesoro allí donde la polilla no lo corroe ni los ladrones lo pueden robar, como tantas  veces Jesús nos repite en el evangelio.
Claro que estos textos nos hacen pensar también en esa vida nuestra de cada día en ese camino que hacemos aquí y ahora. ‘Tiempos difíciles’ que decía el profeta con aquel sentido apocalíptico que decíamos. Pero por muchas que sean las tormentas que se nos avecinen, por muchas que sean las oscuridades que nos puedan envolver hay algo en nuestra fe y en nuestra esperanza que no nos hará perder el sentido de las cosas para desesperarnos y angustiarnos.
Se nos oscurece el sol, es cierto, cuando los problemas nos abruman, cuando las luchas que tenemos que mantener en la vida nos envuelven, cuando nos parece que no encontramos una salida y todo se nos vuelve turbio en la vida; enfermedades, cosas imprevistas que nos suceden y que desestabilizan nuestra vida, errores que cometimos que nos hacen pagar las consecuencias, cosas que parece que se nos vuelven en contra y nos hace sentirnos inseguros en nuestras soledades… muchas nubes oscuras nos van apareciendo en la vida.
Pero en nuestra fe sabemos que la Palabra del Señor no pasa. No nos faltará el brillo de su luz. ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’, le hemos escuchado decir hoy a Jesús en el evangelio. Y la palabra de Jesús nos prometió su presencia para siempre - ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo’ nos dijo antes de subir al cielo en la Ascensión -, nos dejó la fuerza de su Espíritu que para nosotros es luz y es vida, es salvación y es gracia, es fortaleza y es presencia de Dios en nuestra vida, allá en lo más profundo de nosotros mismos. Sepamos discernir los signos de los tiempos, como nos enseña Jesús con la imagen de la higuera de la que brotan las yemas anuncio de una primavera cercana, para saber descubrir esa presencia del Señor.
Por eso como decíamos antes, por muchas que sean las oscuridades hay algo que no nos hace olvidar lo que es nuestra fe y nuestra esperanza. Es la palabra de Jesús; es su presencia siempre junto a nosotros, es la fuerza de su Espíritu, sí, que nos impulsará a seguir caminando, a encontrar ese sentido y esa fuerza, a darle valor a cuanto hacemos, a trascendernos de este momento presente para pensar en eternidad, para pensar en vida eterna, para pensar en esa plenitud que en Dios vamos a encontrar.
Ahora pueden ser muchas las turbaciones en que nos encontremos en la vida, muchas pueden ser las soledades humanas que tengamos que sufrir, pero no estamos solos ni a oscuras para Dios está siempre con nosotros. El nos conduce y nos acompaña a una vida en plenitud. Vivamos con verdadera fe esa presencia y esa gracia del Señor en nuestra vida. ‘Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’, decíamos en el salmo. Estamos llamados a la resurrección y a la vida sin fin. ‘Los que duermen en el polvo… despertarán para la vida eterna’.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La oración es un gozarnos de la presencia y amorosa de Dios que nos dará siempre lo que le pidamos con constancia y humildad

La oración es un gozarnos de la presencia y amorosa de Dios que nos dará siempre lo que le pidamos con constancia y humildad

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8

Hay algo que muchas veces nos sucede o  nos puede suceder; cuando queremos conseguir algo, una meta que nos propongamos, un trabajo costoso que tengamos que realizar, unos deseos que queremos alcanzar, si no lo conseguimos tan pronto como nosotros los desearíamos tenemos el peligro de cansarnos, de ir quizá aflojando la intensidad con que lo buscamos y que al final tiremos la toalla vencidos porque no lo conseguimos. Es el peligro de la inconstancia, de la falta de perseverancia. Y esto nos sucede, como comprendemos en muchos aspectos de la vida.
Y nos sucede en nuestra vida religiosa de relación con el Señor en nuestra oración; y nos sucede cuando queremos vivir un compromiso en nuestra vida cristiana y quizá queremos trabajar por los demás. Como decía, nos sucede en muchos aspectos de nuestra vida.
El evangelio que hoy escuchamos parece centrarnos de manera especial en el tema de nuestra oración al Señor, pero, como digo, nos puede valer para muchos aspectos de nuestra vida y de nuestro compromiso cristiano. Por eso comienza a decirnos ‘Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola’.Ya la conocemos, la viuda que acude al juez en busca de justicia pero que este no le hace caso; solo la insistencia de aquella pobre mujer hará que al final el juez acceda a hacerle justicia, aunque solo fuera por quitársela de encima.
Orar siempre sin desanimarnos, nos invita Jesús. Y no nos podemos desanimar porque sabemos que a quien acudimos es a un Padre bueno que nos ama. Sin embargo muchas veces desconfiamos; desconfiamos incluso ya desde que comenzamos nuestra oración porque hasta quizá tenemos la tentación de pensar que no vamos a ser escuchados. Dios siempre nos escucha; Dios siempre nos concederá lo mejor; Dios siempre será más generoso de lo que nosotros pensamos y la riqueza de su gracia supera todo lo que nosotros podamos imaginar. Pero hemos de saber acudir con fe, con confianza, con esperanza cierta, con la seguridad de que estamos siempre encontrándonos con el amor de Dios.
Podremos sentirnos probados quizá; pero en esa constancia de nuestra oración nos iremos purificando, iremos purificando aquellas intenciones o aquello que le pedimos al Señor. Dios nos dará siempre lo mejor. Además pensemos siempre que nuestra oración no es ir a despachar con Dios como quien va a una oficina a resolver unos papeles y que al final saldrán bien rellenados. Pensemos que nuestra oración la hemos de vivir en la intimidad de un encuentro vivo con el Señor, dejándonos inundar de su presencia, dejándonos inundar de su amor.
Tenemos el peligro de ir a pedir cosas al Señor pero no gozarnos de su presencia; estamos en la presencia del Señor pero no lo disfrutamos; estamos en la presencia del Señor y preocupados de nuestros intereses no abrimos nuestro corazón a su presencia, a su Palabra, a aquello que el Señor quiere también trasmitirnos. La oración no es un monólogo, la oración es un diálogo de amor. Aprendamos a disfrutar de nuestra oración porque aprendamos a disfrutar de la presencia amorosa de Dios.
Cuanto podemos reflexionar sobre este sentido hermoso de nuestra oración. Cuanto tenemos que aprender de los santos, como nuestra santa Teresa de Ávila que nos decía que la oración era tratar de las cosas del amor con Aquel que sabemos que nos ama.