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sábado, 31 de octubre de 2015

Busquemos los valores verdaderamente importantes en nuestra capacidad de servicio y de amor a los demás

Busquemos los valores verdaderamente importantes en nuestra capacidad de servicio y de amor a los demás

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11
Es cierto que cuando vamos a presentarnos para conseguir un trabajo o un puesto de responsabilidad se nos pide un curriculum vitae donde manifestemos por una parte lo que es nuestra preparación y nuestra formación para poder desempeñar aquel puesto  y ahí pondremos los titulos académicos que tengamos y los cursos de formación que hayamos hecho para prepararnos además de lo que ha sido el recorrido vital de responsabilidades que hayamos desempeñado en la vida. Es justo, podríamos decir, es necesario.
Pero hay otro curriculum que algunas veces presentamos y es lo que ahora me atrevo a llamar el  curriculum de influencias; arrimamos el ascua a nuestra sardina, o mejor nos arrimamos a nombres de personas que nos pueden servir de influencia. Porque yo soy amigo de tal o cual personaje, yo he estado en la casa de no sé quien o he comido junto a no sé que personaje de influencia en la vida social o política o lo que sea.
Y yo me preguntaría. ¿Valemos por lo que por nosotros mismos valemos o nuestro valor está en esos personajes de influencia que pudieran ser buena sombra o buen puente para yo tener un prestigio o un nombre? Cuantas veces lo habremos escuchado, yo soy intimo amigo de tal o cual persona o cosas semejantes que creemos que nos van a dar nombre y un cierto poderío llameémoslo social.
Hoy nos habla el evangelio de aquel momento en que un fariseo principal lo había invitado a una comida y Jesús estaba observando cómo los comensales poco menos que se daban de codazos por ocupar los puestos principales de la mesa. Y es cuando aprovecha Jesús el momento para darnos la lección. ‘Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola’. El evangelista dice una parábola pero más bien parece una exhortación y unos buenos consejos. No corramos por los primeros puestos, nos viene a decir; seamos capaces de ponernos detrás en el último lugar, que si mereces un puesto mejor, el que te invitó ya se encargará de subirte más arriba.
La lucha por los primeros puestos es algo que veremos repetido en el evangelio. La búsqueda de lugares de influencia o donde pensamos que vamos a ser mejor considerados o vamos a tener más poder. Como decíamos en el principio de esta reflexión, ponernos al lado de aquellas personas de influencia para que vean que nosotros somos también importantes.
Como ya sabemos bien por el evangelio, porque además cuando comentamos un texto o un episodio determinado siempre lo hacemos mirando los lugares paralelos del mismo evangelio o aquellas palabras de Jesús que aparecen en otras circunstancias quizá pero que nos vienen a complementar la reflexión, a hacernos profundizar más en el mensaje de Jesús. No será así entre vosotros les dice a los discípulos cuando están peleando por los primeros puestos, porque los grandes de este mundo se consideran con el poder para dominar, para explotar, manipular y esclavizar a los que consideran pequeños. Jesús nos dirá entonces como nos está diciendo hoy, ponte en el último lugar, ponte en el lugar del servicio.
¿Valemos por la sombra que recibimos de los que son influyentes? Valemos por la capacidad de servicio que tengamos en nuestra vida; valemos por el amor que enriquece nuestro corazón; valemos por todo eso que hacemos para levantar al hermano, para valorarlo, para ayudarlo a ser el mismo, para hacerlo grande. Busquemos los verdaderos valores de nuestra vida en nosotros mismos y en toda la capacidad de amar que tengamos en el corazón.

viernes, 30 de octubre de 2015

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que tenemos la sensación de que estamos siendo observados y lo  normal es que de alguna manera nos sintamos incómodos; no nos agrada, nos parece que nos están desnudando con sus ojos y en su pensamiento, analizando nuestros actos, interpretando lo que hacemos. En esa incomodidad no sabemos qué hacer, o pasamos olímpicamente de ello y nos da igual lo que miren, piensen u opinen, o tenemos la tentación de acomodarnos un poco y tratar de parecer normales, o también podemos reaccionar de mala manera según sea nuestro temperamento. En la madurez de nuestra vida, cuando obramos rectamente no nos importa que nos miren y seguimos actuando con toda rectitud.
A Jesús también lo observaban, algunos miraban con lupa lo que hacia y lo que decía y cuándo actuaba. Pero como alguien le dijo un día ‘sabemos que eres sincero t veraz y no tienes ninguna acepción de personas’. Ahora nos cuenta el evangelio que lo habían invitado a casa de unos de los principales fariseos y allí estaban letrados y fariseos expiando a ver qué es lo que hacía.
Era sábado. Y allí estaba un hombre enfermo de hidropesía. Y Jesús pregunta qué es lo licito de hacer el sábado. Era el día del Señor; todo tenía que estar centrado en el culto a Dios. Pero el culto que había que tributarle a Dios ¿era solamente lo que en el templo o en la sinagoga se pudiera hacer? ¿Solo serían los sacrificios del templo o la lectura de la ley y los profetas de las sinagogas? ¿Y la gloria del Señor no es el buscar el bien del hombre? ‘Y se quedaron sin respuesta’, dice el evangelista ante las preguntas que en este sentido Jesús les hacia.
Allí tenía que manifestarse la gloria del Señor. En la curación de aquel hombre que era mucho más que simplemente curarle de su enfermedad. Era la atención, la cercanía, el contacto humano, el amor en una palabra lo que en verdad iba a curar a aquel hombre, por lo que aquel hombre podría sentirse sano, sentirse feliz. Y esa es la gloria del Señor que hemos de buscar.
Vamos a iniciar el año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa. Pero que no se quede en bonitas palabras sino que se manifieste de verdad la misericordia del Señor en su Iglesia. Aun seguimos pendientes más de las normas y de las leyes, de los ritos y de la imagen que podamos dar, que de una autentica misericordia con la que nos acerquemos a todas las personas.
Todavía seguimos condenando con dureza de corazón, sin llenarnos de ternura para ver cual es la situación humana de aquel que quizá haya obrado mal y porque obró quizá en un momento mal ahora excluimos y separamos. No terminamos de mirar cuanto es el sufrimiento que puedan tener en su interior esos a los que condenamos y excluimos. Todavía en nuestra Iglesia tenemos muchas cosas que revisar.
En nuestro corazón, en nuestros gestos y en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestras relaciones con los demás mucho tenemos que revisar para en verdad nos manifestemos compasivos y misericordiosos, como nos dice el evangelio, que tenemos que ser pareciéndonos al Padre bueno que siempre es compasivo y misericordioso.

jueves, 29 de octubre de 2015

Una vida impregnada del misterio pascual no teme las perturbaciones que podamos encontrar en el camino

Una vida impregnada del misterio pascual no teme las perturbaciones que podamos encontrar en el camino

Romanos 8, 31b – 39; Sal 108; Lucas 13, 31-35

Alguna vez quizá haya se nos habrá acercado a decirnos que tengamos cuidado con tal persona que no nos quiere bien y probablemente en principio nos hayamos quedado desconcertados; nos cuesta entender que nos quieran mal, que no entiendan lo que hacemos o que lo malinterpreten; somos conscientes de que intentamos hacer las cosas bien, decimos lo que creemos conveniente y justo y en esa consecuencia actuamos, pero quizá eso no guste, moleste a alguien y pueden devenir tan malos odios o sentimientos negativos en esas personas que quizá nos puedan desear algo malo.
Ya digo, nos quedamos desconcertados y no sabemos qué hacer, porque creemos que estamos haciendo lo recto y lo correcto; ¿qué hacemos? ¿seguir como si nada hubiera pasado? ¿atender a esas advertencias y moderar nuestra actuación? ¿mantenernos fiel en nuestra actuación con la conciencia de lo bueno que estamos haciendo? Difícil tesitura en la que podemos encontrarnos en ocasiones.
Hoy vienen a decirle a Jesús que se ande con cuidado porque Herodes quiere matarle. Y con los antecedentes de lo que le había sucedido a Juan el Bautista, quizá habría que tomar precauciones. ¿Será esa actitud de la llamada prudencia la que tomará Jesús?
Jesús no tiene miedo. Habrá momentos, como en Getsemaní antes de comenzar su pasión, en que su alma sentirá la angustia de la muerte cercana, pero aun en esos momentos oscuros estará por encima de todo su deseo de hacer la voluntad del Padre. Que pase este cáliz, pedirá entonces, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Ahora manifiesta su decisión ante lo que le dicen de Herodes, sabiendo que su vida puede estar en peligro, pero es fiel a su misión y sabe que habrá de vivir una pascua muy especial, porque estará muy llena de sufrimiento y de pasión, pero sigue con su camino.
‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término. Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Sigue su camino hacia Jerusalén. Sabe incluso que Jerusalén no ha acogido ni acoge su palabra y llorará por ella. Anuncia, sin embargo, cómo va a ser aclamado en su entrada en Jerusalén.  ‘Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el que viene en nombre del Señor’. Aunque bien sabe que ese va a ser el pórtico de su pascua.
¿Y nosotros tendremos también que vivir una pascua? Nuestra vida ha de estar impregnada toda ella por el misterio pascual de Cristo y aquellos acontecimientos que vayamos viviendo, en ocasiones dolorosos y perturbadores, en otros momentos quizá con muchas alegrías también en el corazón, hemos de vivirlos con ese sentido pascual.  Y es que nos unimos a Jesús, nos unimos a su pasión con nuestra pasión, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros problemas y luchas, pero siempre sabemos que estamos iluminados por la luz de Cristo, por la fuerza de su Espíritu.
Hagamos ese camino pascual en cada momento de nuestra vida con decisión, con gallardía, con la valentía y fortaleza que nos da el Espíritu del Señor. No temamos porque Cristo es nuestra Paz, en nuestra Pascua.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

 Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19
‘Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no solo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás…’
He querido comenzar hoy mi reflexión con estas palabras de san Cirilo de Alejandría - una padre de la Iglesia en la antigüedad de los primeros siglos del cristianismo - en su comentario sobre el evangelio de san Juan. Y es que hoy celebramos la fiesta de dos apóstoles, que formaban parte del grupo de los Doce a quien Jesús llamó de manera especial y constituyó apóstoles, sus enviados. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo.
Poco sabemos de estos apóstoles, Simón el  cananeo y Judas Tadeo que no el Iscariote, poco más que lo que nos dicen los evangelios al hacernos relación de los nombres de aquellos Doce a quienes Jesús llamó y constituyó como Apóstoles. Es lo que nos ofrece el evangelio de este día, la elección, llamada y envío de los Doce Apóstoles, dándonos la relación de sus nombres. A Simón se le llama también el Celotes probablemente por su pertenencia en origen a aquel gripo de los Celotes que vivían en resistencia al dominio de los romanos. También sabemos que era de Caná de Galilea. Y de Judas Tadeo se hace mención cuando en la última cena la pregunta a Jesús por qué se manifestó a ellos y no a todos.
Bien nos viene recordar y celebrar a los Apóstoles; no es necesario que nuestro recuerdo y devoción lo hagamos simplemente desde esas devociones populares que los llaman santos muy milagrosos a los que hemos de acudir. Ya sabemos que la verdadera devoción a los santos no es convertirlos en unos más milagreros que otros porque nos ayuden en nuestras necesidades, aunque no negamos su intercesión por nosotros, sino que hemos de ir a algo más profundo, desde el testimonio de santidad que en su vida nos ofrecen que es lo que verdaderamente hemos de imitar.
Por otra parte la celebración de los apóstoles nos recuerda siempre esa característica fundamental de nuestra cristiana y de la Iglesia que es su categoría de apostólica, enraizada en la fe de los apóstoles que fueron los primeros testigos del Señor resucitado cuyo testimonio recogemos para vivir ese profundo sentido eclesial que siempre ha de tener nuestra fe.
Al escuchar hoy en el evangelio la llamada y el envío de Jesús nos recuerda también esa llamada que el Señor nos hace que también nos envía en medio de nuestro mundo a ser testigos de su Reino, anunciando con nuestra vida y con nuestras palabras la Buena Nueva de la Salvación que Jesús nos ofrece. Un cristiano siempre tiene que ser testigo y apóstol. Un cristiano nunca ha de ocultar su fe sino que con toda gallardía y valentía ha de proclamarla ante los que le rodean. Un cristiano siempre tiene que ser sembrador de esperanza porque anuncia la salvación, ha de ser sembrador de la paz porque ha de ir en todo momento repartiendo amor.

martes, 27 de octubre de 2015

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Algunas veces parece que nos desesperamos porque no vemos el fruto de aquello que hacemos; nos parece estar trabajando en baldío porque en nuestro deseo quisiéramos ver enseguida el fruto de lo que enseñamos, de lo que trabajamos por los demás, o del esfuerzo que realizamos por superarnos en la vida.
Es lo que muchas veces nos sucede en la familia, los padres se afanan en la educación de sus hijos, enseñan, corrigen, aconsejan, ayudan, apoyan pero parece que no vemos el resultado porque da la impresión que los hijos hacen casi lo contrario de lo que tratamos de imbuirles. Se ha de saber cultivar en uno mismo la virtud de la paciencia, saber esperar y confiar que aquella semilla que sembramos algún día brotará, algún día veremos las flores anuncio de nuevos y buenos frutos.
Nos sucede en el ámbito de nuestra vida religiosa y nuestra vida eclesial. Los pastores de la Iglesia se afanan en cómo mejor servir al pueblo de Dios, se trazan planes pastorales, se trabaja con ahínco por enseñar, por formar a las comunidades y no siempre encontramos el fruto que tanto deseamos.
Es la pequeña semilla que hemos de ir sembrando con la esperanza de que un día brotará; eso en nuestra propia vida en ese desarrollo personal, en esa superación que hemos de ir logrando en nosotros para ser mejores, pero es también en lo que hagamos por los demás. Es la paciencia del agricultor que echa la semilla en la tierra y ha de esperar para un día poder recoger los frutos. Es el proceso que en toda vida se desarrolla que tiene sus pasos y que hemos de saber seguir con paciencia y con esperanza.
Es de lo que nos hablan las pequeñas parábolas que hoy nos propone el evangelio. Nos habla de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que un día brotará y se convertirá en un arbusto grande; o es el puñado de levadura que mezclamos con la masa que parece que se diluye y desaparece pero que hará fermentar toda la masa; y que fermente la masa lleva su tiempo, su proceso.
Tenemos que aprender para la vida en todos sus aspectos. Es la esperanza que nos anima cuando tratamos de hacer el bien aunque no veamos respuesta. Es el ánimo que estimula nuestra vida en la lucha de cada día. Es el esfuerzo constante, sin cansarnos, que hemos de ir realizando en el desarrollo de nuestras responsabilidades y compromisos. Es la ilusión con que unos padres trabajan por el futuro de sus hijos y será el gozo final que tendrán cuando los ven crecer y madurar.
Que no nos falte nunca esa esperanza en ese compromiso con que vivimos nuestra vida. Que sintamos que el Espíritu del Señor está actuando ahí en nuestro interior, en nuestro corazón y es el que nos da fuerza y empuje para esa tarea de cada día. Es la esperanza con que vivimos y construimos el Reino de Dios que sabemos que un día alcanzará su plenitud.


lunes, 26 de octubre de 2015

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

El amor es el que tiene siempre que vencer. Es nuestro sentido, nuestra razón de ser y vivir. Sabemos que no es fácil, vivimos envueltos en muchas negruras y sombras desde nuestros intereses y nuestros orgullos; pero no nos podemos dejar vencer.
Otras veces nos cuadriculamos la vida con normas, reglamentos y leyes, o con cosas que hacemos desde la costumbre que se convierte en rutina, o desde unos parámetros que nos construimos como para decir que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar contentos porque hemos cumplido. Otras veces desde esas cuadriculas en las que hemos metido la vida tenemos la tentación y el peligro de convertirnos en manipuladores de los demás, porque queremos que las cosas se hagan desde nuestro parecer, porque queremos encorsetarlos con nuestras normas y reglamentos, porque de alguna manera queremos imponernos sobre los demás.
La vida religiosa y social de los judíos estaba llena de normas y preceptos. Claro que tenemos que pensar si de alguna manera también nosotros andamos así. Lo que en un principio se había preceptuado como algo que nos recordara la primacía de Dios sobre todo como pueblo creyente que era se podían convertir en norma opresora y deshumanizante porque quizá olvidaban el valor de la persona frente a los preceptos. Nunca puede estar reñido el culto que le demos a Dios con el respeto y el valor que le demos a la persona; es más el amor que manifestamos a Dios cuando le damos culto tiene que llevarnos necesariamente al amor a la persona, a la valoración de la persona y a buscar su bien por encima de todo.
Es en lo que se había convertido el descanso sabático que en principio buscaba que el hombre de verdad centrar su vida en Dios; pero se había reglamentado tanto el trabajo que se podía y no se podía hacer, que había perdido todo sentido de humanidad. Pero allí está Jesús que nos viene a recordar el verdadero sentido de las cosas y cómo el amor debe primar sobre todo.
Nos habla el evangelio de una mujer encorvada a causa de su enfermedad a la que Jesús cura. Aclarar el sentido que para los judíos y los antiguos tenía todo tipo de enfermedad que se veía como una posesión y dominio del maligno cuando no de un castigo por algo que se había hecho mal. Jesús nos da un sentido nuevo y distinto. ‘Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’.
Jesús que viene a sanarnos nos sana también de ese sentido equivocado de las cosas y en este caso de las enfermedades. Pero también nos está dando una señal de lo que realmente Jesús quiere hacer dentro de nuestro corazón del que quiere arrojar todo mal; es el perdón que nos regala, es el camino de vida nueva que nos ofrece, es la gracia que nos salva y nos llena de vida, es el amor que hemos de poner allí donde estemos y hagamos lo que hagamos para que le dé sentido y profundidad a lo que hacemos.
Frente a aquella vida encorsetada de normas y preceptos Jesús nos contrapone una vida llena de amor; como fue el amor y la compasión lo que le llevó a sanar a aquella mujer saltándose todos aquellos preceptos tan deshumanizadores. Que en verdad le demos en nuestra vida la primacía al amor.

domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


sábado, 24 de octubre de 2015

Un camino de sinceridad, de superación, de crecimiento espiritual para dar los frutos que el Señor espera de nuestra vida

Un camino de sinceridad, de superación, de crecimiento espiritual para dar los frutos que el Señor espera de nuestra vida

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9

Con la vida que vivía no es extraño que haya terminado así, pensamos y decimos cuando vemos que a alguien le sucede algo que frustra su vida, o en la que termina siendo un desastre por las cosas desagradables que le suceden. Tenemos la tendencia a juzgar fácilmente a los demás y sacar nuestras conclusiones a nuestra manera de las cosas que les suceden, pero quizá no somos capaces - o al menos nos cuesta - en reflexionar sobre nosotros mismos aprendiendo de lo que nos sucede para mejorar o para cambiar nuestra vida.
Ya lo hemos reflexionado en alguna ocasión hemos de ser capaces de leer nuestra vida y los acontecimientos que nos suceden con un sentido positivo que nos ayude a ver claro, que nos ayude a corregir derroteros por los que andamos no siempre demasiado bien o con rectitud. Esa reflexión nos haría madurar más en nuestra vida y nos ayudaría a nuestro crecimiento interior.
Es de lo que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Vienen a contarle las cosas que han sucedido aquellos días con una actuación de Pilatos el gobernador romano frente a unas revueltas de unos galileos; aquello había sucedido en el templo, en lugar sagrado, lo que era más motivo de escándalo para los judíos. Y ya sabemos la reacción primaria que se tiene en muchas ocasiones en esos casos de desgracias o calamidades, eso es un castigo de Dios, decimos.
‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’. Y les hace reflexionar también a partir de otro hecho calamitoso donde con la caída de una torre en la piscina de Siloé habían muerto también muchas personas.  ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’, les dice invitándoles a la reflexión sobre su propia vida y a buscar una manera de cambiar y transformar la vida en mejor.
Nos creemos buenos; aunque en la sinceridad del corazón quizá no nos quede más remedio que reconocer que no siempre lo somos, nos ponemos la venda en los ojos para creer que no somos tan malos, pero sobre todo para aparentar ante los demás lo que realmente no somos. Es necesario que abramos los ojos con sinceridad, que nos quitemos esas vendas de la vanidad y de falsedad e hipocresía con que tantas veces queremos cubrir la realidad de nuestra vida, y hemos de poner en ese camino de superación, de cambio de actitudes y costumbres, de arrancarnos de rutinas y vaciedades, de comenzar a darle una mayor plenitud a nuestra vida.
El evangelio ha terminado con una pequeña parábola. El hombre que viene a buscar fruto en su higuera plantada en medio de su viña y no lo encuentra y que en principio decide cortarla y arrancarla; pero allá está el viñador que le aconseja que espere, que la abonará y la cultivará esmeradamente con la esperanza de que al año llegue a dar fruto. Es la espera del Señor por los frutos de nuestra vida. Es la tarea que hemos de realizar con la ayuda de la gracia del Señor para cambiar, para mejorar, para ser un árbol bueno que dé fruto bueno y abundante. ¿Seremos capaces?

viernes, 23 de octubre de 2015

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Romanos 7,18-25ª; Sal. 118; Lucas 12,54-59
Saber discernir de una forma justa y correcta qué es lo que tenemos que hacer y lo que no, lo que es bueno y recto para actuar con rectitud y no dejarnos arrastrar por malas influencias, saber interpretar lo que nos sucede a nosotros o en nuestro entorno para sacar una lección positiva incluso de lo que no es tan bueno, podríamos decir que es una gran sabiduría y una gran prudencia.
No siempre es fácil porque podemos recibir muchas influencias; es necesario tener una buena capacidad de reflexión para rumiar bien interiormente lo que contemplamos y ser capaces de mirar los acontecimientos de una forma imparcial pero sin desentendernos de lo que son nuestros principios y nuestros valores bien fundamentados que han de ser esos buenos cristales a través de los cuales contemplemos sabiamente los acontecimientos.
Es una buena sabiduría de la vida que se va adquiriendo con la experiencia y la reflexión profunda de cuanto nos sucede. Se suele decir que la experiencia es un grado, pero  ha de ser una experiencia reflexionada, rumiada, bien madurada en nuestro interior; no son necesarios solo los años que hayamos vivido, sino lo reflexivos que hayamos sido sobre cuanto nos sucede.
El camino de la vida cristiana es vivir una experiencia de Dios en nuestra vida; pero una experiencia que no es solo dejar pasar los acontecimientos y se sucedan unos a otros, sino que es necesario saber hacer esa profundización, esa reflexión honda, en la que además, en este caso, no andamos solos porque es el Espíritu divino el que nos va ayudando en nuestro interior, el que nos va guiando y dando esa capacidad de abrirnos a esa presencia y experiencia de Dios.
Es lo que va dando hondura a nuestra fe; es la fe reflexionado y asumida en nuestra vida de manera que así nos empape totalmente para saber tener esos ojos de creyente que sabe descubrir la presencia de Dios en su vida. Hemos de saber vivir esa experiencia de Dios, esa presencia y ese actuar de Dios en nuestra vida. En consecuencia hemos de saber discernir bien en lo que nos va sucediendo lo que es esa verdadera presencia y gracia de Dios.
Será así cómo iremos sintiendo que Dios nos habla en nuestro corazón; escucharemos su voz en nuestro interior pero que nos llega quizá desde esos acontecimientos que se van sucediendo en nuestra vida y en nuestro entorno. Es lo que llamamos una mirada creyente de la vida, una mirada con los ojos de Dios. Pero hemos de discernir muy bien todo eso para no confundirnos, para no desviarnos, o para hacerle decir a Dios lo que realmente no nos está manifestando sino que pueden ser nuestros caprichos o criterios muy personales. No es fácil, hemos dicho, por lo que hemos de saber dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.
Pidamos al Señor que nos dé ese espíritu de sabiduría, que nos conceda ese don de la prudencia y del discernimiento; que abra nuestros cojos con su gracia para poder tener la mirada de la fe en la vida. Hoy nos habla Jesús en el Evangelio de saber discernir los signos de los tiempos. Por este sentido que hemos reflexionado van las palabras de Jesús.

jueves, 22 de octubre de 2015

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
Cuando sentimos en nuestro interior una inquietud grande por lo que va a suceder y además estamos en el deseo de que suceda de una vez aunque fueran múltiples las repercusiones que se deriven estamos como en desasosiego que nos perturba y parece que nos pudiera incluso quitar la paz. Lo deseamos aunque en cierto modo lo tratemos de repeler, estamos inquietos y nos ponemos nerviosos por las consecuencias que pudieran tener para alguien o para nosotros mismos.
Me atrevo a pensar en sentimientos interiores como estos al escuchar las palabras de Jesús hoy en el evangelio. Habla de una angustia interior y habla también de un bautismo que en labios de Jesús por otros pasajes del evangelio sabemos bien a lo que se refiere; está adelantándonos lo que será su cercana pasión y lo que va a ser su muerte; pero al mismo tiempo está dejándonos entrever como va a ser un signo de contradicción como ya lo anunciara proféticamente Simeón allá en la presentación de Jesús niño en el templo.
Por eso nos hablará de la paz y de la guerra en un lenguaje ciertamente o aparentemente contradictorio, porque si El es el anunciado como Príncipe de la paz, cómo ahora nos dice que nos traerá guerra; si El ha venido a enseñarnos que en el amor todos hemos de sentirnos unidos y en comunión cómo ahora nos está hablando de división hasta en lo más sagrado como sería el ámbito familiar.
Y es que en verdad Jesús es ese signo de contradicción pero ante el que tenemos que decantarnos, hacer una opción que tiene que convertirse en opción fundamental de nuestra vida. Y tras esa opción hemos de atenernos a las consecuencias, porque no todos lo van a entender, porque en ese círculo tan cercano a nosotros como puede ser la familia vamos a encontrar oposición que podrá crear divisiones y enfrentamientos.
Cuando hemos hecho opción por Jesús y nos hemos decidido a seguirle de verdad no podemos andar a medias tintas, sino que nuestro seguimiento tiene que ser radical, total. El ejemplo lo tenemos en el evangelio en los discípulos a los que Jesús llamó y lo dejaron todo para seguirle. Le damos nuestro sí a Jesús y ya nuestra vida tiene que ser nueva y distinta porque serán otros los valores, otro el sentido de la vida, ha de haber en nosotros ya para siempre una capacidad grande de entrega y de amor total, vamos a comenzar a ver la vida y ver a los que están en nuestro entorno de una manera distinta.
Pero como sabemos el seguimiento de Jesús no son solo bonitas palabras; van a ser unas actitudes nuevas, va a ser una nueva manera de actuar, va a ver un nuevo sentido de la vida, vamos a vivir con una nueva responsabilidad. Tiene que arder dentro de nosotros ese fuego de Jesús, ese fuego de su amor y hemos de querer en verdad que arda nuestro mundo en ese nuevo amor. Tendremos que ser capaces también de pasar por ese bautismo de pasión, de entrega, de muerte, de amor para que pueda haber pascua en nosotros y lleguemos a nueva vida.
Seguir a Jesús no es cualquier cosa; cuando seguimos a Jesús no nos podemos andar con mezquindades y raquitismos; cuando le damos nuestro sí a Jesús tiene que ser total para vivir un amor nuevo y en una vida nueva. Hemos de dejar prendernos por el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Somos administradores de la vida que Dios ha puesto en nuestras manos desarrollando sus valores y cualidades con responsabilidad

Somos administradores de la vida que Dios ha puesto en nuestras manos desarrollando sus valores y cualidades con responsabilidad

Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

Yo hago con mi vida lo que quiero que para eso es mi vida, habremos escuchado más de una vez o nos hemos sentido tentados a pensarlo. Pero, ¿realmente que pensamos de una postura así en la vida? ¿Podemos ir así por la vida quizá chocando con todo el mundo porque me siento dueño de todo y haciendo de mi capa un sayo como se suele decir?
Creo que esto nos daría que pensar. Es mi vida, pero ¿todo depende de mí? Es mi vida, pero ¿yo vivo solo en el mundo aislado y desentendido de los demás? Es mi vida, pero ¿no tendré también una responsabilidad con esa vida misma? Es mi vida, es cierto, pero la estoy viviendo en un mundo que comparto con los demás y ese mundo no es solo mi mundo. Es mi vida, pero esa vida no surgió sola por si misma, sino que está también el ámbito de una familia donde he nacido y una familia en la que me prolongo. Es mi vida, es cierto, pero tengo unas responsabilidades, hay unas personas que están a mi lado compartiendo esa vida y ese mundo ¿tengo derecho a hacerles daño? No sé, me surgen muchas preguntas e interrogantes.
Hoy Jesús en el evangelio nos propone unas imágenes para hablarnos de la responsabilidad de esa vida que vivimos.  Nos está hablando de vigilancia y de atención, nos está señalando las responsabilidades que tenemos en la vida y con ese mundo en el que vivimos. ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes’.
El administrador no puede hacer de aquellos bienes que administra simplemente lo que le dé la gana. Tiene una responsabilidad ante aquel que le ha confiado la administración como tiene también una responsabilidad con aquellos que están a su lado en el servicio de aquello que está administrando. Porque sea el administrador no puede comportarse de una forma dictatorial y caprichosa tratando mal incluso a aquellos con los que comparte el servicio o están a su cuidado.
Somos administradores de esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos. Como creyentes que somos sabemos que esa vida es un don de Dios que además ha regalado con numerosos bienes en las cualidades de las que nos ha dotado y en las posibilidades que tenemos de desarrollo de esa propia vida. No podemos hacer lo que nos parezca de manera caprichosa. Tenemos una responsabilidad ante la vida misma y ante Dios que nos la ha regalado. Con qué seriedad hemos de tomarnos la vida, con qué responsabilidad hemos de desarrollar todas esas posibilidades que tenemos desde esos dones, cualidades, valores con que Dios nos ha dotado.
Como bien sabemos el evangelio se comenta con el mismo evangelio; por eso cuando estamos reflexionando sobre un tema que nos sugiere el evangelio tendríamos que saber acudir a lugares paralelos en el propio evangelio o a otros momentos del mismo donde Jesús nos habla con un mismo mensaje. En este caso tendríamos que recordar las parábolas de Jesús y en concreto la parábola de los talentos; talentos que no podemos enterrar ni hacer de ellos un uso cualquiera, sino que hemos de saberlos hacer fructificar porque un día Dios nos pedirá cuentas.
Vivamos con responsabilidad nuestra vida, desarrollemos todas nuestras capacidades, pensemos en esas personas que tenemos en nuestro entorno comenzando por las responsabilidades familiaress, pero también pensando en la responsabilidad social que tiene nuestra vida que es una riqueza para ese mundo en el que vivimos.


martes, 20 de octubre de 2015

La vigilancia una actitud profundamente humana para saber estar atentos a la vida de cada día y darle plenitud a todo lo que hacemo

La vigilancia una actitud profundamente humana para saber estar atentos a la vida de cada día y darle plenitud a todo lo que hacemos

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

El mensaje que Jesús nos deja en el evangelio está lleno de cosas muy concretas y muy humanas que forman parte de la vida de cada día. Muchas veces Jesús lo que quiere es hacernos reflexionar sobre eso concreto que vivimos y de alguna manera quiere hacer resplandecer con una luz nueva y con un sentido nuevo y profundo. Algunas veces tenemos el peligro de espiritualizarlo de tal manera que nos parece que no son cosas humanas, esas cosas que cada día hemos de vivir y en las que manifestamos la sencillez al mismo tiempo que la grandeza del ser humano. Por supuesto que con Jesús adquieren una trascendencia nueva, pero partiendo siempre de esa realidad de cada día.
En la vida, en una vida verdaderamente humana, no vamos caminando como locos o simplemente dejándonos arrastrar por nuestros instintos o inclinaciones. Todo ser humano ha de ser reflexivo para comprender y dar sentido a lo que hace en todo momento. No nos contentamos con vivir como si fuéramos dejándonos arrastrar por la inercia sino que a cada cosa que hagamos o vivamos le queremos dar un sentido y un valor.
Es lo que nos va haciendo crecer y madurar como personas, porque de la vida misma vamos aprendiendo con nuestra reflexión. Usamos de nuestra inteligencia para comprender y de nuestra voluntad para hacer lo que mejor nos conviene y lo que nos haría más humanos. Es aquí donde podemos hacer entrar lo que llamamos vigilancia, para estar atento al suceder de cada día, para no dejarnos arrastrar embrutecidos quizá por nuestras pasiones descontroladas, y para no hacer aquello que sabemos que no deberíamos hacer porque atentaría contra nuestra dignidad o la dignidad de los demás. En esa vigilancia aprendemos de la vida y aprendemos también de los que nos rodean.
Yo diría que de eso es de lo que nos quiere hablar Jesús hoy cuando nos habla de tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas como quien aguarda a que su señor vuelva para abrirle apenas venga y llame. Vigilantes ante la llegada del Señor a nuestra vida, vigilantes ante el momento final de nuestra historia porque es también una llamada a un encuentro definitivo con el Señor.
Pero esa vigilancia de la que nos está hablando el Señor es para saber estar atentos a la vida de cada día, para darle plenitud a todo lo que hacemos; pero es la vigilancia para saber leer en lo que nos rodea, en las personas con las que nos encontramos o con las que convivimos, en los acontecimientos que se van sucediendo en cada momento esos destellos de luz y de vida que tanto pueden enriquecernos. Esa vigilancia nos hace abrir los ojos de una manera positiva para ver lo bueno, lo bello de la vida, de las personas que nos rodean. Esa vigilancia nos hace discernir con nuestra reflexión lo que nos sucede o lo que sucede a los que están a nuestro lado para ver su lado bello.
Esa vigilancia nos hace mirar con una mirada nueva y llena de amor y de compasión a ese mundo de sufrimiento que nos rodea para sentirnos impulsados a llevar vida y luz sin tardanza. Esa vigilancia nos hace estar de una manera nueva al lado de los que hacen camino con nosotros para tendernos la mano, para ser descanso para los que se sienten agobiados por el peso y el sudor del camino, para aprender a compartir desde nosotros hasta ellos y de lo que de los otros podamos recibir.  Y es que en todo eso aprendemos y crecemos; en todo eso vamos descubriendo las huellas del paso del Señor que nos enseña a hacer nuestro camino; en todo eso descubrimos al Señor que llega a nuestra vida. Vigilancia, pues, para seguir siempre los caminos del Señor, para dejarnos iluminar por la luz de su evangelio.

lunes, 19 de octubre de 2015

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

 Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Hay idolatrías que se nos meten muy sutilmente en el alma, casi sin darnos cuenta. Ya sabemos que idolatría es adorar algo o alguien que no es Dios como si fuera Dios. Y muchas pueden ser las cosas que convirtamos en dioses de nuestra vida. Son esas cosas que le damos tanta importancia que las ponemos en primer lugar de nuestra vida y como objeto y fin de todo lo que hacemos. Nos sentiríamos que nada somos si no tenemos o poseemos esas cosas.
Y la codicia se nos puede convertir en un dios de nuestra vida que además influye de tal manera en nosotros que nos convertimos en sus esclavos. Querer tener por encima de todo, como si en eso estuviera toda nuestra felicidad, nuestra única felicidad. Nos convertimos fácilmente en adoradores del dinero, esclavos del deseo de la posesión de riquezas. Y lo digo así, porque algunas veces aunque no tengamos ese dinero o esas riquezas en el deseo ya las estamos adorando.
Ya sé que por ahí ronda esa fácil sentencia de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a tenerla. No es el dinero el que te da o te ayuda a ser feliz. La felicidad está en ti mismo en la manera que vivas tu vida, en el sentido que le des a tu existencia o en la utilización de tus posibilidades en la vida sabiendo aceptar y sabiendo aceptar también a los demás. Es tu relación contigo mismo y con lo que te rodea, es tu relación con los demás, es la realización de tu ser como persona lo que te va a dar una mayor satisfacción.
Ante la insistencia de alguien entre el publico que le pide a Jesús que medie con su hermano para resolver unos problemas de herencias - en toda la historia cuanta fuente de conflicto entre hermanos y familiares han causado las herencias - cuando Jesús nos dice que tengamos cuidado con esa codicia que se nos mete en el alma y tanto daño nos hace.
El hombre codicioso nunca estará satisfecho con lo que tiene o lo que logra; su ambición es tener por tener, por ver acumulado y ni siquiera saber aprovechar lo que consigue para tener una vida mejor. El hombre codicioso solo piensa en si mismo y será motivo de conflicto en su relación con los demás aparte de vivir una vida solitaria que le encierra en si mismo y en la acumulación de sus bienes.
Jesús les propone la parábola del hombre rico que tuvo una gran cosecha y ya pensaba que nada le faltaba porque tenia de todo en abundancia. Pero la vida se le acabó en un suspiro y nada pudo disfrutar de todo lo que tenía. ¿De qué le sirvió todo lo que tenía? ¿Pudo añadir un minuto más a su vida? Y termina sentenciando Jesús: ‘Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.
¿Qué es lo que realmente hemos de buscar? ¿Dónde pondremos nuestro corazón? ¿Solo vamos a pensar en nosotros mismos y en nuestras satisfacciones personales? ¿Qué sentido hemos de darle a nuestra vida y a lo que poseemos?
Ya nos dirá Jesús en otro lugar que acumulemos tesoros en el cielo donde en verdad un día los podremos disfrutar en la plenitud de Dios. Ya sabemos cuáles son esos tesoros cuyo brillo importante es el amor.

domingo, 18 de octubre de 2015

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45
Todos en la vida tenemos aspiraciones, soñamos con algo, hay ambiciones en el corazón que nos hacen luchar por algo. Es la vida. Y la vida tiene que crecer, ansiamos lo mejor, queremos una vida en plenitud. Y eso se llamará desarrollo de nuestras capacidades y valores, crecimiento personal, aspiraciones y ambiciones de todas formas que anidan en nuestro corazón. Eso en sí mismo, decimos de entrada, no es malo. Porque lo contrario sería anularnos, un camino de muerte, podríamos decir.
Pudiera parecer ir a contracorriente en mi reflexión con los comentarios que normalmente hacemos ante este pasaje del evangelio. A contracorriente aparentemente de los comentarios habituales, es cierto, pero no me estoy alejando de ninguna manera de lo que es el espíritu del evangelio. Ya nos enseñará Jesús en otro momento con sus parábolas que tenemos que hacer fructificar nuestros talentos.
Ahí aparecen los sueños de los hermanos Zebedeos; se manifiestan ellos hoy claramente, pero ¿por qué no pensar que eso andaba también en el corazón de los otros discípulos? Les veremos mientras van de camino ir discutiendo por los primeros puestos. Además no terminaban de ver claro que Jesús fuera el Mesías y cuál era la misión del Mesías. Pesaba mucho sobre ellos, como sobre todo el pueblo en general, la idea de un Mesías caudillo para liberar a Israel de la opresión de los otros pueblos. Recordaban quizá demasiado guerrero a Moisés que los había sacado de Egipto - como vemos incluso en las imágenes que hoy se nos ofrecen en las películas - olvidando la misión profética que había realizado Moisés guiando a su pueblo, enseñándoles a ser un pueblo unido, constituyéndolos como pueblo. La liberación que había realizado Moisés era mucho más que sacarlos de Egipto.
Aparecen, sí, Santiago y Juan pidiendo primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda. En su deseo de seguir a Jesús y seguirlo en la mayor plenitud aparecen las confusiones de la mente y del corazón. Aparecen las ambiciones que buscan el poder y la influencia. Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Y es donde Jesús les va a hacer reflexionar, les va a hacer ver que otras han de ser las aspiraciones, que otro ha de ser el estilo y el sentido en su reino.
Es cierto, como antes recordábamos, que nos pide que hagamos fructificar nuestros talentos, pero no son simplemente para un enriquecimiento personal, por el deseo de alcanzar poder o influencia; es algo más y es algo distinto porque la meta está en el servicio. ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’, les dirá luego cuando surgen los resentimientos y las envidias en el resto de los discípulos. Y se pone de modelo a sí mismo. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
Y es que la razón de ser, la motivación grande de la vida ha de ser la del amor. Es lo que hace Jesús y es lo que nos pide a nosotros. Crecemos para amar y amando crecemos; amándonos y dándonos en como llegamos a vivir la vida en mayor plenitud. Y cuando amamos nos damos generosamente y sin límites, nuestra entrega es hasta el final. Y amar algunas veces duele, porque nos arrancamos de nosotros mismos, nos desprendemos de nosotros para ir al otro, para dar al otro, para ser para el otro. Y eso cuesta. Cuesta desde nosotros mismos y cuesta de lo que quizá en otros podamos encontrar. Alguien no entenderá quizá ese amor, esa entrega y eso nos puede hacer sufrir. A Jesús le llevó a la pasión y a la muerte, pero con la certeza de la vida, con la certeza de la resurrección.
Por eso cuando los hermanos Zebedeos le piden primeros puestos Jesús les dirá si son capaces de beber el mismo cáliz que El ha de beber, si ellos serán capaces de amar y de darse hasta el final siguiendo el estilo de Jesús aunque eso les llevara a pasión, a sufrimiento, a muerte de sí mismos. Todo será una consecuencia del amor, de ese amor sin límites. No es que Jesús buscara el sufrimiento por si mismo o que Dios se lo exigiera. Lo que busca Jesús es amar, lo que quiere Dios es que amemos. Y es la ofrenda de Jesús que ha de ser nuestra ofrenda.
Decíamos al principio que tenemos aspiraciones, ambiciones, sueños de algo grande y mejor. Pero ya vemos cuál es el camino, cuáles han de ser las motivaciones profundas que tengamos en esos deseos de vivir. Crecemos, nos desarrollamos, llegamos o queremos llegar a la mayor plenitud de nosotros mismos en lo que somos y en lo que podemos hacer, pero no es para buscar pedestales, no es para servirnos de los demás, no es para aprovecharnos de forma egoísta, no es simplemente por mi enriquecimiento personal (y cuando hablo de enriquecimiento no es solo lo material o lo económico) sino porque queremos un mundo mejor para todos, porque amamos y estamos dispuestos a servir con lo que somos y todo lo que es nuestra vida. Queremos construir el Reino de Dios.
Que el Señor nos ayude a descubrir esa verdadera grandeza que encontramos en el amor; que no nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas; que busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud y eso lo lograremos en un amor como el de Jesús y con la fuerza del Espíritu de Jesús.

sábado, 17 de octubre de 2015

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
Siempre he sentido una admiración grande por los mártires; y no es para menos. Mantenerse en la fidelidad a una fe, a unos principios, a unos valores, al evangelio, a Jesús hasta llegar al límite de dar la vida, no es cualquier cosa. No sé si hoy será más difícil que en otros tiempos aunque el testimonio de los mártires está patente en toda la historia de la Iglesia y hemos de reconocer que hoy también se sigue dando y quizá mucho más de lo que imaginamos.
Decía si hoy será o no más difícil dar ese testimonio en el mundo tan lleno de relativismo en el que vivimos; pareciera que no hay verdades absolutas por las que mereciera la pena dar la vida, o eso al menos nos tratan de hacer creer; y esa sería una gran tentación a la hora de dar el testimonio por la verdad de Jesús, hasta donde hemos de llegar, hasta donde merece que perdamos la vida.
La palabra de Jesús es clara y no nos vale andar a medias tintas o querer nadar entre dos aguas. Somos o no somos. Seguimos a Jesús con todas sus consecuencias o no lo seguimos y nos vamos con la canción a otra parte. Pero ya nos diría Jesús que estamos con El o contra El y el que no recoge con El desparrama; no hace muchos días que lo hemos escuchado.
Hoy nos habla de ponernos de su parte ante los hombres, en fin de cuentas, dar la cara por Jesús. Claro que pensamos en esos momentos extremos de cruenta persecución como tantos hemos visto a lo largo de la historia y que también hoy siguen sucediendo. En muchos lugares del mundo hoy se sigue persiguiendo a los cristianos y son muchos los que siguen dando la vida por el testimonio de la fe.
El pensamiento que surge en mi interior es si yo, en semejantes circunstancias, llegaría también hasta el final en el testimonio de mi fe. ¿Sería capaz de dar la vida cuando tantas veces en la vida de cada día no somos tan fieles y estamos tan llenos de cobardías? Claro que no podemos olvidar la promesa de Jesús y El es fiel. ‘Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’. Es lo que hoy le hemos escuchado. La fuerza del Espíritu no nos fallará. Que no falle en nosotros la fe la presencia y fuerza del Espíritu, porque eso sería un gran pecado, como nos dice hoy también.
Como decíamos nos habla de ponernos de su parte delante de los hombres. Claro que no podemos quedarnos en esos momentos extremos de persecución sino que tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida. Ponernos de parte de Jesús significa mantener nuestra fe y nuestra fidelidad; ponernos de parte de Jesús es preferir nos valores del evangelio a los valores que nos ofrece nuestro mundo; ponernos de su parte es no dejar de lado todo el aspecto espiritual y trascendente de la vida para quedarnos, como tantas veces somos tentados a ello, en lo material, en lo terreno, en la ganancia inmediata, en la búsqueda de un prestigio sea como sea; ponernos de su parte es vivir mi vida y mi trabajo, mis relaciones familiares o el trato con los amigos, la mirada con que miro el mundo que me rodea o la situación que pasan los que viven en nuestro entorno, según el sentido de Jesús, con la mirada de Jesús, con el amor que Jesús me enseña a tener.
Somos testigos de una fe, somos testigos de Jesús; lo vamos a proclamar con palabras porque también tenemos que hacerlo así, pero lo vamos a testimoniar con el estilo y sentido de la vida. Cuántas ocasiones tenemos para dar testimonio de nuestra fe en Jesús. Que contemos siempre con su gracia.