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sábado, 27 de abril de 2013


Quien me ha visto a mi ha visto al Padre

Hechos, 13, 44-52; Sal. 97; Jn. 14, 7-14
‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’. Es la respuesta que Jesús da a Felipe cuando éste le pide: ‘Señor, muéstranos al Padre, y nos basta’.
Deseamos conocer a Dios. Es un ansia y un deseo que todos llevamos dentro. Nos sentimos sobrecogidos ante el misterio de Dios al que no podemos abarcar por nosotros mismos. Los discípulos que tanto le habían oído hablar a Jesús de Dios, a quienes les había enseñado a llamar Padre les parece ahora que tienen la oportunidad, por lo que les dice Jesús, de que puedan conocer a Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden porque no es solo la petición de Felipe, sino en el fondo es la petición de todos, como es también nuestra petición en ese deseo de Dios que tenemos allá en lo más hondo de nosotros mismos.
‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’. Efectivamente conociendo a Jesús podemos llegar a conocer a Dios. Ya al principio del evangelio de Juan escuchábamos: ‘A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Y como se  nos decía rotundamente entonces: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Es Jesús la Revelación de Dios, la Palabra viva de Dios que se ha hecho carne. Es en Jesús en quien podemos conocer al Padre. ‘El que me ve a mi, ve al Padre’, o como ya nos había dicho ‘nadie va al Padre sino por mí’, por eso nos decía como hemos escuchado recientemente que Jesús es el Camino, y la Verdad, y la Vida.
Cuando estamos contemplando a Jesús, en sus obras y en su actuar, estamos contemplando el rostro misericordioso de Dios. ‘Yo estoy en el Padre y el Padre en mí’, nos dice hoy, ‘creed a las obras’. Son las que dan testimonio de Jesús y nos están ratificando quien es Jesús, pero viendo a Jesús estamos viendo las obras de Dios, estamos conociendo a Dios.
Por eso hemos escuchado cómo Jesús da gracia al Padre que se ha revelado a los pequeños y a los sencillos, ocultando los misterios de Dios a los que se creen grandes y entendidos. Es lo que realiza Jesús a quien vemos siempre rodeados de los pequeños, de los pobres, de los que sufren y allí va derramando el amor y la misericordia de Dios. ‘Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera revelar’.
Es por eso por lo que nos dice Jesús hoy: ‘Si me conocierais a mi, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Por eso es tan importante lo que tantas veces repetimos, la necesidad que tenemos de crecer en el conocimiento de Jesús para crecer en nuestra fe, para que luego se pueda manifestar en una verdadera vida cristiana. 
Qué importante que escuchemos con atención y con mucha fe la Palabra del Señor que cada día llega a nosotros. No es una palabra cualquiera, es la Palabra que Dios quiere decirnos para revelarse a sí mismo y para que conociendo cada vez más el misterio de Dios vayamos al mismo tiempo descubriendo las maravillas que el Señor quiere realizar en nosotros; descubramos y reconozcamos la grandeza a la que el Señor nos llama cuando  nos hace partícipes de su vida.
Y una última cosa que nos deja dicho Jesús hoy en el evangelio. Es la seguridad y la certeza de que Dios nos escucha y nos concede lo mejor y lo más hermoso para nuestra vida. ‘Yo me voy al Padre, nos dice, y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Es por eso por lo que la oración de la Iglesia la hacemos siempre ‘por Jesucristo nuestro Señor’. Que por Jesucristo nuestro Señor podamos cada día conocer más a Dios.

viernes, 26 de abril de 2013



Con la fe en Jesús nos sentimos siempre llenos de paz y contagiamos de esa paz

Hechos, 13, 26-33; Sal. 2; Jn. 14, 1-6
Qué a gusto y qué bien se siente uno al lado de personas que con su sola presencia nos dan sensación de sosiego y de paz. Personas que vemos serenas, aun en medio de momentos malos y tormentosos, porque nos da la impresión de que saben bien lo que quieren, a donde van o lo que es el sentido o el valor de su vida. No pierden la calma, la serenidad; nos trasmiten paz y sosiego; nos ayudan, muchas veces solo con su presencia, a que nosotros tengamos también ese equilibrio interior que se manifestará también en la forma de reaccionar y de actuar.
Hoy Jesús nos dice: ‘No perdáis la calma…’  Quiere Jesús que tengamos paz en nuestro espíritu y sepamos también trasmitir paz. Y ¿qué es lo que hemos de hacer para no perder la calma, para mantener esa paz de nuestro espíritu? ‘Creed en Dios y creed también en mí’, nos dice. Poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, en Cristo.
¿Qué significa eso? ¿qué significa esa fe y cómo ha de ser? No es decir, como algunos piensan, bueno en algo hay que creer por si acaso. Nuestra fe tiene que ser otra cosa, porque la fe que ponemos en Dios nos da seguridad y confianza total. No creemos por si acaso, sino con la seguridad que nos da Dios que se hace presente en nuestra vida, de tal manera que nos dará seguridad, serenidad, paz en todo lo que hagamos o en todo lo que vivamos.
El auténtico creyente se llena de esa paz de Dios; el auténtico creyente se siente firme y seguro en su fe y nada le hará dudar o llenar de zozobra, por muy fuertes que sean los embates de las cosas desagradables que le sucedan en su vida. Los problemas, la enfermedad, la muerte incluso no le hacen perder la paz del espíritu. Por la confianza que ha puesto en Dios sabe lo que quiere y seguro y con fortaleza emprende su camino. Por la fe que pone en Dios su vida está llena de esperanza y expresará en lo que haga ese equilibrio que tiene en su interior a pesar de todo lo que le pueda pasar.
Y es que Jesús nos da la seguridad de que vamos a vivir en El; estará con nosotros pero de manera que nuestra vida se transformará totalmente porque nos sentimos inundados por su gracia y por su vida. Ahí, sea lo que sea lo que nos suceda, nunca el creyente se siente solo o abandonado. El viene a nosotros pero nosotros nos sentimos inmersos en El. Y todo eso lo vamos a vivir con paz de espíritu, lo vamos a expresar con alegría, será contagioso para los que están a nuestro lado. Aquello que decíamos que cuando estamos junto a alguien lleno de sosiego y paz nos sentimos contagiados, pues es de lo que nosotros tenemos que contagiar a los demás.
Lograr todo eso es el camino de espiritualidad cristiana que vamos recorriendo en nuestra vida, en el que hemos de crecer más y más. Es el camino de superación que cada día hemos de ir logrando en nosotros, porque son muchas las cosas que nos acechan y nos distraen de la meta a la que aspiramos. Pero como decimos que hemos de ir creciendo en nuestra fe más y más, iremos creciendo en esa espiritualidad que nos va llenando de Dios y va haciendo nuestra vida distinta.
¿Qué hemos de hacer? Seguir el camino de Jesús. ‘Volveré y os llevaré conmigo para que donde yo estoy estéis también vosotros. A donde yo voy ya sabéis el camino’, les decía a los apóstoles en la última cena y nos está diciendo a nosotros. Los discípulos le preguntaban porque les costaba entender: ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
Como tantas veces hemos reflexionado nuestro vivir es Cristo, nuestro camino es Cristo, la verdad de nuestra vida es Cristo. Si lo convertimos de verdad en el centro de nuestra existencia encontraremos el sentido de todo, encontraremos la luz que necesitamos, tendremos la fuerza de su Espíritu que nos ilumina, encontraremos de verdad esa paz. Es el camino de espiritualidad que hemos de recorrer, porque es llenarnos, dejarnos inundar por el Espíritu de Cristo.

jueves, 25 de abril de 2013


Una profesión de fe con firmeza, un anuncio hecho con fidelidad, unas huellas que hemos de seguir

San Marcos Evangelista

1Pedro 5, 5-14; Sal.88; Mc. 16, 15-20
‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado’. Es el final del Evangelio, el último mandato de Jesús. ‘Y ellos fueron y proclamaron el evangelio por todas partes…’
Pero si así concluye el evangelio de Marcos, en ese mismo sentido tenía su comienzo. ‘Comienzo del Evangelio (de la Buena Noticia) de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios’. Fueron las primeras palabras y el inicio que nos está manifestando lo que el evangelista nos quiere trasmitir: la Buena Noticia de Jesús, que es el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios; Buena Noticia que se ha de trasmitir a toda la creación para que todo el que crea en esa Buena Noticia alcanza la salvación.
Marcos o Juan Marcos, el autor del Evangelio que más tarde sería el fundador de la Iglesia de Alejandría - así se ha considerado siempre y así lo tiene la Iglesia Copta de Egipto - aparece en distintos momentos de la Escritura, ya sea el propio evangelio algo así como insinuado, ya sea en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de San Pablo y San Pedro que lo llama ‘mi hijo querido’, como hoy mismo hemos escuchado.
Digo que en el evangelio es insinuado porque los intérpretes suponen que aquel joven que tras el prendimiento de Jesús en el Huerto le sigue envuelto en una sábana es el propio Marcos; ¿sería aquel huerto de la familia de Juan Marcos? Son suposiciones porque el hecho de que lo siguiera envuelto en una sábana da a entender que dormía cerca y al oír los ruidos saliera a ver lo que pasaba.
En los Hechos aparecerá con Pablo y Bernabé - del que se dice en la carta a los colosenses que eran primos o familia - en el primer viaje apostólico aunque al llegar a Panfilia decide volverse a Antioquía. Eso motivará que en el segundo viaje Pablo y Bernabé discutan a causa de Juan Marcos a quien Bernabé quería llevar con ellos pero Pablo no, y es por lo que ese viaje lo hará ya Pablo solo. Marcos acompañó a Bernabé a Chipre.
En distintas cartas Pablo hará alusión a un Juan llamado Marcos, lo mismo que en la carta de San Pedro que hoy hemos escuchado. Evangelizaría Egipto por lo que se le considera fundador de la Iglesia de Alejandría que tanta importancia tuvo en la Iglesia de los primeros siglos y donde murió mártir. Sus restos están en la Catedral de Venecia dedicada precisamente a su nombre. 
A Marcos se le ha considerado siempre como autor del segundo evangelio, en el que se considera que recoge las catequesis de san Pedro en Roma, puesto que él no fue discípulo directo de Jesús. Es el evangelio más breve y tiene muchas concordancias con los otros evangelios sinópticos de Marcos y de Lucas, porque los exegetas hablan de una fuente común para dichos evangelios.
Tras esta breve reseña de la vida de Marcos y su evangelio desde lo que nos refleja la propia Escritura sagrada, convendría detenernos a reflexionar un poco en cual sería el mensaje que lleváramos a nuestra vida en esta fiesta de san Marcos a la que nos invita hoy la liturgia de la Iglesia. Muchas consideraciones podríamos hacernos fijándonos en aspectos que se resaltarían de manera especial en este evangelio.
Ya desde un primer momento el evangelista nos hace una afirmación contundente para definirnos quien es el Jesús del que nos va a hablar en el Evangelio. Como resaltábamos al principio de esta reflexión el evangelio se inicia diciéndonos ‘Evangelio - Buena Noticia - de Jesús, el Cristo - Mesías -, el Hijo de Dios’. Quiere presentarnos a Jesús en quien hemos de creer para alcanzar la salvación. El que crea en esa Buena Noticia que se nos trasmite, y se bautice, se salvará.
Para centrar este mensaje quiero fijarme en las tres intenciones o motivaciones principales de las oraciones de la liturgia en la Eucaristía de la fiesta de san Marcos. Pedimos ‘seguir siempre fielmente las huellas de Cristo… mantenernos fieles a la misión de anunciar el Evangelio… y creer con firmeza en ese evangelio’. Una fe que hemos de confesar, de vivir y de proclamar con toda fidelidad siguiendo siempre las huellas de Jesús.
Queremos manifestar con toda firmeza nuestra fe en Jesús y en la Buena Noticia de Salvación que nos llega con Jesús a nuestra vida; la firmeza de la proclamación de nuestra fe. Pero esa proclamación no la hacemos solo con palabras, sino en el camino de nuestra vida. ¿Cuál ha de ser ese camino? Seguir las huellas de Cristo. No queremos otra cosa sino vivir a Cristo, imitarle, ser como El, tener sus mismos sentimientos, vivir su misma vida, empaparnos de sus mismas actitudes de amor, de humildad y de servicio. Pero esa riqueza no nos la guardamos para nosotros sino que hemos de trasmitirla a los demás: fidelidad en el anuncio del evangelio.
Es lo que hizo san Marcos con su vida, con su anuncio del evangelio por todo el mundo, escribiéndonos también el evangelio inspirado por el Espíritu Santo para que lo tengamos como Palabra de vida y de salvación para nosotros, como Palabra de Dios, Palabra que Dios nos dirige para que creyendo en Jesús alcancemos la salvación.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca para esa confesión de fe, para ese anuncio de nuestra fe para que llegue al mundo la salvación.

miércoles, 24 de abril de 2013


La Eucaristía fuente de una espiritualidad de humildad, pobreza y servicio a ejemplo del Hermano Pedro

Is. 58, 6, 11; Sal. 111; Ef. 3, 14-19; Mt. 25, 31-46
Cuando celebramos la fiesta de los Santos, como decimos en el prefacio, se nos ofrece el ‘ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que alentados por su presencia alentadora luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos con ellos la corona de gloria que no se marchita’.
Hoy estamos celebrando al Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario, nacido en un pueblo de nuestras islas, Vilaflor, y que murió en Guatemala. Han pasado los siglos y sigue siendo para nosotros ese ejemplo por su vida. Damos gloria al Señor por el estímulo que significa para nosotros su ejemplo. Damos gracias a Dios porque contemplándolo a él nos sentimos alentados en ese camino que queremos realizar de seguimiento de Jesús. Damos gracias a Dios porque él es también ese poderoso intercesor desde el cielo para alcanzarnos la gracia del Señor que necesitamos en el día a día de nuestra vida cristiana.
En nuestras islas pasó su vida como pastor, cuidando su rebaño en aquellas bandas del sur, como se decía antes para referirnos a esa parte de la Isla. Desde las alturas de Vilaflor hasta la orilla del mar allá junto a la playa del Médano los caminos se entrecruzan y por aquellas veredas de entonces llevaría a pastar sus ganados como era la costumbre entonces en invierno o en verano en un sitio o en otro para obtener los mejores pastos. Queda la memoria de su fe y de su devoción y ya sea hoy en la cueva que tantas veces le cobijara en la costa o en el lugar donde estuviera la casa de su nacimiento a espaldas de la Iglesia de Vilaflor nos quedan esos lugares como santuarios que con la intercesión del santo Hermano Pedro nos acerquen a Dios y nos alcance la gracia divina.
Joven marchó a América, porque en su corazón algo le llamaba, mejor Alguien decimos desde nuestra fe, porque allá, aunque muriera joven, de cuarenta y un año, grande había de ser la obra que realizara desde la humildad y desde el amor. Son dos pilares fundamentales de la espiritualidad de su vida tomando como ejemplo y modelo la escuela de Belén.  Era el humilde terciario franciscano, no pudo llegar al sacerdocio como hubiera deseado por su falta de letras, que recorría las calles de Antigua Guatemala recogiendo a los pobres enfermos y necesitados y recogiendo para ellos las limosnas que le daban para poder atenderlos debidamente.
Calladamente y en silencio como lo saben hacer los que son humildes y están llenos de amor fue forjando la santidad de su vida alimentado por su extrema devoción a la Eucaristía. Por eso en una de las oraciones de la liturgia se nos dice que tengamos nosotros como ‘centro de nuestra vida el misterio eucarístico a ejemplo del Santo Hermano Pedro, quien hizo de la Eucaristía la fuente de un profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio’.
El Concilio Vaticano II vendría a decirnos que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y del cristiano. Ya lo contemplamos en nuestro Santo Hermano Pedro, porque allí estaba la fuente profunda de su espiritualidad. Caminos de amor y de entrega, caminos de humildad y servicio que alimentamos de Cristo Eucaristía.
Porque cuando comulgamos a Cristo, como hemos reflexionado últimamente, estamos comiendo a Cristo para hacernos uno con El, para configurarnos con El que es vivir su misma vida, que es vivir su mismo amor, que es llenarnos de sus mismos sentimientos de humildad y de mansedumbre, que es vivir sus mismas actitudes de amor y de servicio. Ya reflexionábamos que cuando comemos a Cristo en la Eucaristía nos sentimos transformados por Cristo para vivir una misma vida. Es lo que vivía el Santo Hermano Pedro y en lo que es hermoso ejemplo y lección para nuestra vida.
En el evangelio hemos escuchado la alegoría que Jesús nos propone para hablarnos del juicio final. Como hemos recordado en alguna ocasión san Juan de la Cruz vino a resumir estas palabras de Jesús con aquello de que ‘en el atardecer de la vida, seremos examinados del amor’. Es lo que escucharía nuestro santo Hermano Pedro cuando se presentó ante el Señor: ‘Ven, bendito de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, porque estaba enfermo y me visitaste, porque era peregrino y me acogiste…’ Es lo que supo hacer nuestro santo en su vida, acoger al hermano, al pobre, al enfermo, al que nada tenía, al que estaba abandonado de todos, como si a Cristo acogiera. Es el ejemplo, el hermoso testimonio que hemos de recoger de su vida, es la hermosa lección que nosotros hemos de aprender. ‘Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento’, nos decía el apóstol en la carta a los Efesios.
Es la lección del amor que hemos de aprender porque en él estamos viendo reflejado el amor del Señor. Y como  nos dice san Juan en sus cartas ‘en esto hemos conocido el amor de Dios: en que El dio su vida por nosotros. También nosotros hemos de dar la vida por nuestros hermanos’, también nosotros hemos de amar con un amor así.
Y la presencia y el ejemplo y el testimonio del Hermano Pedro es nuestro aliento para no desfallecer en ese camino de nuestra vida cristiana. Sabemos que nuestra recompensa la tenemos en el Señor.

martes, 23 de abril de 2013


Por primera vez comenzaron a llamarse cristianos

Hechos, 11, 19-26; Sal. 86; Jn. 19, 22-30
‘Fue en Antioquia donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos’. Hasta ahora eran simplemente los discípulos de Jesús, ‘los que seguían aquel camino’ como se referirá a ellos en otro momento el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero ahora con la expansión, llegando a Antioquia de Siria y donde nacería una comunidad de gran importancia en la Iglesia primitiva y donde se anunciaba también a los gentiles el nombre del Señor Jesús comienzan a llamarse cristianos.
Jesús había enviado a sus discípulos por todo el mundo a predicar el Evangelio de manera que todo el que creyese y se bautizase, alcanzase la salvación; ahora con la dispersión provocada por la persecución que se había desatado en Jerusalén y el martirio de Esteban vemos cómo llega el anuncio del evangelio a Antioquia como a otros muchos lugares.
Ayer escuchábamos cómo Pedro, impulsado por el Espíritu, había ido a casa de un gentil al que también había bautizado; tuvo que dar sus explicaciones a la comunidad de Jerusalén porque en principio solo hablaban de Jesús a los judíos; estaba claro que el evangelio había de extenderse por todas partes y a todos había de anunciarse. Ahora contemplamos en la comunidad de Antioquía que también comenzaron a hablar de Jesús a los gentiles que también abrazaban la fe.
Pero otro aspecto que podríamos destacar es la unidad entre todos los que creen en Jesús. Se irán creando y estableciendo distintas comunidades por todas partes en la medida en que se anuncia el Evangelio, pero siempre habrá una unidad en todos los creyentes. Cuando los cristianos de Jerusalén tienen noticia de esa nueva comunidad muy floreciente en Antioquía envían a Bernabé como un signo de comunión. ‘Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño…. y una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Ya el libro de los Hechos hizo mención de Bernabé por el testimonio que dio al vender sus posesiones para generosamente entregarlo todo para ayudar a los pobres y nadie pasara necesidad, pero ahora veremos la importancia que Bernabé tuvo en la Iglesia primitiva, que sin ser del número de los Doce se le considera también como un Apóstol. A Antioquía vino enviado por la comunidad de Jerusalén y en diferentes asuntos que surgieron entre ambas comunidades lo veremos a El como un mediador.
Hoy lo vemos que toma la iniciativa de ir a Tarso a buscar a Saulo - hemos escuchado hace días su conversión y tras momentos de tensión que se habían creado con su predicación y anuncio del evangelio, había marchado a su pueblo de origen, Tarso de Cilicia - y Bernabé lo trae ahora porque ambos van a realizar una gran tarea en la Iglesia naciente.
Es hermoso ir contemplando este camino de la Iglesia naciente y como se va propagando; pero es algo que tendría que hacernos pensar y que tendría que servirnos a nosotros de estímulo para esa tarea del anuncio del evangelio, de llevar el nombre de Jesús a los demás. Un cristiano nunca se puede cruzar de brazos en esta maravillosa tarea de la evangelización. Nos gozamos viendo el crecimiento de la Iglesia, pero hemos de poner también el granito de arena de nuestro esfuerzo, de nuestro testimonio para que así podamos hacer que cada día más muchos puedan alabar el nombre del Señor.
Que el Señor nos dé ese espíritu apostólico y misionero para que sintamos la urgencia de la evangelización de nuestro mundo. Si para nosotros es un gozo el creer y en Cristo Jesús encontramos el sentido y el valor de nuestra vida, ¿por qué no hacer partícipes a los demás de esa alegría y todos puedan sentirse iluminados por la luz de la fe? ‘¡Ay de mí, si no evangelizare!’ decía en una ocasión san Pablo en sus cartas. Es el compromiso que hemos de sentir en nuestro corazón, es el ardor de nuestro espíritu para anunciar la Palabra de Dios a los demás.
Que todos puedan llevar el nombre de cristianos porque en verdad nos adhiramos con toda firmeza y valentía a Jesús y a su evangelio.

lunes, 22 de abril de 2013



Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…

Hechos, 11, 1-8; Sal. 41; Jn. 10, 1-10
‘Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…’ La salvación solo la tenemos en Jesús. El es nuestro único Salvador. ¿Buscamos en El de verdad la salvación?
Seguimos con la imagen del pastor, de las ovejas, de los apriscos o rediles donde se guardan las ovejas, como ayer domingo que celebrábamos el domingo del Buen Pastor. Parte Jesús de las imágenes de lo que sucedía entonces y quizá aun en algunos ambientes pastoriles pueden seguir siendo costumbres. Todas las ovejas eran guardadas en un mismo redil; cada pastor iba a buscar a sus ovejas para sacarlas a pastar y llevaría solo sus ovejas, pero cada oveja solo seguiría a su pastor porque es a quien conocían. Al redil solo podrían entrar quienes eran de verdad los pastores de aquellas ovejas y quien quisiera entrar por otro lado, como nos dice, es el ladrón y bandido que va a robar. El pastor entra por la puerta porque le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz y le siguen. Al extraño no lo seguirán sino huirán de él, porque no conocen su voz.
Como antes nos preguntábamos ¿buscamos al que es el verdadero pastor de nuestra vida, el único en quien encontraremos la salvación? ¿Escucharemos y reconoceremos su voz o andaremos algunas veces perdidos buscando la salvación donde en verdad no vamos a encontrarla? Tenemos que reafirmar bien nuestra fe en Jesús creciendo más y más en su conocimiento.
Son los peligros de las confusiones que podemos tener en la vida, porque quizá puedan venir de aquí o de allí diciéndonos cosas que nos confunden y nos alejan del verdadero camino de nuestra salvación que solamente en Jesús vamos a encontrar. Cuando se acercan a nosotros tratando de atraernos a sus caminos algunos nos dicen que lo que enseñan no es malo, y tenemos que escuchar a todos. Pero cuando  no tenemos unos sólidos fundamentos en nuestra fe, terminamos haciendo una mezcla de cosas y de ideas que nos apartan de la verdadera fe católica que nos une a nuestra Iglesia.
Creo que tenemos que sentirnos bien seguros de nuestra fe y formarnos debidamente para que no nos entren esas confusiones. Cuando somos débiles en la fe porque no  nos hemos formado debidamente todo nos puede parecer bueno y al final terminamos abandonando lo que es la fe en Jesús que en la Iglesia recibimos y en la Iglesia hemos de vivir. Y hay muchos que quizá quieran aprovecharse de esa nuestra debilidad.
Estamos celebrando el año de la fe al que nos convocó el Papa durante este año en las diversas conmemoraciones que estamos celebrando tanto del inicio de Concilio Vaticano II como de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica que compendia todo el contenido de nuestra fe.
Precisamente en la convocatoria del Papa para este año se nos hablaba de la puerta de la fe, una buena referencia a lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Y la intención de la celebración de este año es el que ahondemos en nuestra fe, revitalizándola de verdad, para que podamos dar ese testimonio claro y valiente de nuestra condición de cristianos en medio del mundo. Y una forma de revitalizar nuestra fe no es solamente decir que yo si creo, sino el que trate de ahondar, estudiar, repasar todo lo que es el contenido de nuestra fe que se nos recoge en el catecismo para luego con toda firmeza y sin confusión confesar nuestra fe.
Cuando a los mayores se les habla de Catecismo y de esto que ahora estamos diciendo algunos parece como que se sienten ofendidos porque piensan que eso es cosa para niños o cosa de aprendernos unas fórmulas de memoria. De ninguna manera podemos pensar así. En cada etapa de la vida necesitamos esa profundización en nuestra fe, porque no podemos profundizar lo mismo siendo niños que de jóvenes o de mayores.
Lástima esa reacción tan negativa en la mayoría de nuestras gentes a conocer con profundidad su fe. Claro que luego todos quieren hablar y opinar sobre la Iglesia y sobre lo que tendría que enseñar para que se nos hagan rebajas, como se suele decir, porque estos son otros tiempos. Por esa falta de hondura en el conocimiento de lo que es nuestra fe, de lo que nos contiene el catecismo, vienen esas confusiones de las que hablábamos antes y que tanto daño nos hacen en la vivencia de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Tenemos que conocer con más profundidad lo que son los fundamentos de nuestra fe y los principios de la moral cristiana, y en eso andamos con muchas carencias en nuestro pueblo cristiano. Ojalá el Espíritu del Señor mueva nuestros corazones que nos lleven a esa proclamación auténtica de nuestra fe.
Cristo es la puerta por la que tenemos que entrar para alcanzar la salvación porque El es nuestro único salvador. Y todo ese depósito de la Salvación lo dejó confiado a su Iglesia. No  nos apartemos nunca de lo que es la fe auténtica de la Iglesia.

domingo, 21 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia. 

sábado, 20 de abril de 2013


Comulgar a Cristo en la Eucaristía para entrar en una comunión total con El

Hechos, 9, 31-42; Sal. 115; Jn. 6, 61-70
‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’ No entendían las palabras de Jesús. Les había hablado del Pan que quien lo comiera no volvería a tener más hambre y le habían pedido ‘danos siempre de ese pan’. Les había hablado del Pan bajado del cielo y ellos solo pensaban en el maná que sus padres habían comido en el desierto. Había terminado por decirles que El era el pan bajado del cielo ‘y el pan que yo les daré es mi carne, para la vida del mundo’, y ya no habían podido aguantar más.
‘Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’, dice el evangelista. Jesús había insistido, como escuchábamos ayer aunque no lo comentamos por hacer referencia más a la conversión de san Pablo en el encuentro con Jesús en el camino de Damasco, y les había dicho que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… de modo que el que me come vivirá por mí’. Esto ya se les hacía difícil de entender.
Cuesta muchas veces entender, quizá porque ya tenemos muchas ideas preconcebidas, y cuesta aceptar, sobre todo cuando eso implique que tendrá que realizarse un cambio no solo en nuestra manera de pensar sino también en lo que ha de ser nuestra manera de vivir. Esto nos sucede hoy también, porque muchas veces andamos medio anquilosados en nuestras ideas, en lo que quizá de siempre hemos pensado o hecho quizá dejándonos llevar por la rutina de la vida; algunas veces somos un tanto inmovilistas en muchos aspectos.
En este camino de la fe, de seguimiento de Jesús, de aceptación del evangelio hemos de saber tener apertura del corazón porque siendo la fe vida ha de estar como en continuo crecimiento y siempre el evangelio ha de ser nueva noticia, nueva vida - Buena Nueva le decimos - para nosotros  y una nueva vida que nos ha de inquietar porque nos transforma, nos ha de hacer sentir una continua renovación en nosotros.
Este mensaje de la Eucaristía que nos está dejando el evangelio tendríamos que rumiarlo mucho en nuestro interior para saber captar todo su hondo sentido. Es maravilloso lo que estamos escuchando decir a Jesús. Nos está hablando de habitar en Dios y que Dios habite en nosotros. Esto es algo grande. Si ya podríamos pensar lo maravilloso que sería que alguien habitase en nuestra casa o nosotros lo hiciéramos en su casa, en este caso la comunión eucarística es mucho más que eso. No es solo un habitar de forma física, como alguien que venga de visita un momento, sino que es entrar en una comunión espiritual tan profunda que es llenarnos de la vida de Dios, sentirnos inmersos en Dios, inundados por Dios. Y todo eso sería algo que tendríamos que vivir ya para siempre.
Algunas veces cuando comulgamos es como si recibiéramos la visita de alguien al que le dedicamos unos minutos de atención, le hacemos unas peticiones o le damos las gracias por sus dones y pronto parece que damos por despachado todo el asunto. Hemos rezado nuestras oraciones y parece que ya está todo. Comulgar es mucho más que todo eso. El sentirnos en comunión con Dios es algo mucho más profundo que ha de prolongarse en nuestra vida no unos minutos para siempre. Por eso después de cada comunión, por decirlo así, hemos de sentirnos inundados por la santidad de Dios y ya para siempre tendríamos que ser santos.
Quien coma a Cristo y deja que Cristo de verdad habite en él y él habite también en Cristo ya su vida no podrá ser igual, ha de sentirse verdaderamente transformado para vivir una vida nueva que no es otra que vivir a Cristo. Será entonces unos nuevos valores, una nueva forma de vivir, unas nuevas actitudes y sentimientos, una nueva forma de actuar en todas las circunstancias y problemas de la vida los que ha de vivir ya para siempre. Cuando comulgamos a Cristo en la Eucaristía, ¿de verdad estamos dispuestos a vivir esa nueva comunión total con El?
Ya hemos escuchado que a aquellas gentes de Cafarnaún esto se les hacía difícil y muchos se marcharon. Jesús pregunta a los apóstoles, sus discípulos más cercanos, si ellos también quieren irse, a lo que Pedro responderá como tantas veces hemos meditado, ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir? Tú tienes Palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. ¿Será esa la respuesta viva que nosotros le demos al Señor? 

viernes, 19 de abril de 2013


En el camino de Damasco un encuentro, una conversión y una vocación

Hechos, 9, 1-20; Sal. 116; Jn. 6, 3-60
En la lectura continuada que venimos haciendo de los Hechos de los Apóstoles en este tiempo de Pascua hemos escuchado el anuncio valiente que los Apóstoles hacían de Jesús resucitado y cómo poco a poco se va constituyendo la Iglesia porque nos narra cómo se iban agregando muchos a la fe y al camino de Jesús y se iba formando la comunidad con ejemplos admirables de comunión que se daban en medio de ellos.
Pero hemos contemplado también las dificultades y persecuciones que iban sufriendo quienes creían en el nombre de Jesús como nuestro único Salvador, o bien los prohibían las autoridades hablar del nombre de Jesús, los metían en la cárcel o como escuchamos hace unos días el martirio de Esteban que fue llevado ante el tribunal y luego apedreado. Eso originó, por otra parte la expansión de la Iglesia, pues aquellos que marchaban de Jerusalén llevaban el mensaje de Jesús a otros lugares.
Hoy contemplamos cómo Saulo, aquel joven que aprobaba la lapidación de Esteban y a cuyos pies habían puesto sus vestiduras los que habían participado en aquel crimen, ahora con cartas del Sumo Sacerdote para las sinagogas de Damasco allí se dirigía ‘para traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres’.
Pero los caminos de Dios son otros y El nos sale al encuentro de muchas maneras en la vida. Es lo que le sucedió a Saulo y nos narra el texto que hoy hemos escuchado. Contemplamos un encuentro, una llamada y una conversión que concluirá con una misión. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor? Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.
Saulo luchaba contra Jesús pero no se había encontrado con El. Pero es el Señor el que viene a su encuentro. Bastó una palabra para que Saulo se llenara de Luz, de tanta luz que en principio se quedó ciego. ‘Se levantó del suelo y aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco’.
‘¿Quién eres, Señor?’ pregunta Saulo. Y comenzó su búsqueda. Ahora aquel hombre impetuoso que luego le veremos recorrer el mundo, ahora lo vemos que se deja conducir. Lo llevan de la mano. Era la mano del Señor que lo llamaba. Era el Espíritu de Jesús resucitado con quien se había encontrado quien lo estaba conduciendo a la luz. Pondrá el Señor en el camino de Pablo quien venga a él en el nombre de Jesús para hacerle encontrarse con la luz y pudiera abrir bien sus ojos.
‘Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías’. Fue con quien quiso contar el Señor. ‘Ve a la calle Mayor y pregunta por un tal Saulo de Tarso… Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén… Anda, ve, que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes’. Y Ananías se dejó conducir por el Señor y cumplió con todo  lo que le pedía el Señor.
El encuentro de Saulo con Jesús que le salía al paso en el camino de Damasco provocó la conversión del corazón. Ya comienza llamándole ‘Señor’. Pero allí está una vocación, una llamada, porque es el Señor el que lo ha elegido, lo ha llamado, le ha salido al encuentro en aquel camino de muerte que Saulo iba recorriendo. A los pescadores de Galilea o a Leví que estaba sentado en su garita, Jesús les dice ‘venid conmigo… os haré pescadores de hombres’. A Saulo le sale al encuentro y le dice que entre en la ciudad que allí le dirán lo que tiene que hacer. Es que el Señor lo había elegido, ‘instrumento elegido, para dar a conocer su nombre a pueblos y reyes’.
Lo ha elegido porque tiene una misión que confiarle. No importa lo que hasta entonces había sido. Lo importante es la llamada del Señor y la respuesta que dará Saulo. A Pedro le mantuvo en la misión que le había anunciado a pesar de que lo había negado hasta tres veces. Y es que el Señor confía en el hombre y le da fuerzas, le dará su gracia para la misión que le haya encomendado.
Somos una piedra preciosa en las manos del Señor que El ya irá tallando y purificando a lo largo de la vida, como se limpia y se talla el bello diamante que puede parecer en principio un simple trozo de carbón, o como purifica el oro para quitarle todas las escorias que podrían ensombrecer su brillo. Así nos irá purificando el Señor porque muchas son las escorias que hay en nuestra vida, pero el Señor sigue amándonos y confiando en nosotros. Cada uno puede ir recordando la historia de su vida en la que de tantas maneras se ha manifestado el amor del Señor y la confianza que desde su amor sigue poniendo en nosotros.
Qué hermoso es el amor del Señor que nos llama una y otra vez para que sigamos sus pasos y realicemos su misión. Ojalá nos dejemos encontrar por su luz.

jueves, 18 de abril de 2013


El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Hechos, 8, 26-40; Sal. 65; Jn. 6, 44-52
‘Yo soy el pan de la vida… yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre…’ Nos ha pedido Jesús que pongamos toda nuestra fe en El. Nos ha dicho quien viene a El y nunca tendrá hambre y nunca más tendrá sed. Teniéndole a El tendremos vida en plenitud porque El es la vida, porque El es la verdad, porque El lo es todo para nosotros, para nuestra vida.
Podríamos decir que nos va ayudando a dar pasos en su conocimiento y en nuestra fe. Se nos va revelando y nos va revelando como El es todo nuestro vivir. Pero, como tantas veces hemos dicho, hemos de dejarnos conducir por El, por su Espíritu para que así vayamos en verdad creciendo en nuestra fe. Vamos sintiéndonos llamados e impulsados a vivir totalmente unidos a El. Y es que en la medida que crece nuestra fe crece nuestro amor. Se suele decir que no se ama lo que no se conoce; pues en la medida en que vamos creciendo en nuestro conocimiento de Jesús vamos creciendo en su amor, porque al conocerle nos sentimos más atraídos con fuerza para vivir en esa comunión de amor tan hermosa que El nos ofrece.
Y es el paso que damos hoy con lo que nos dice en el Evangelio, aunque como veremos mañana no todos lo van a entender. ‘El que come de este pan, vivirá para siempre’,  nos dice. Pero a continuación añade: ‘Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’. Es a Cristo mismo a quien hemos de comer. Ya no es un pan caído del cielo como aquel maná que comieron sus antepasados en el desierto.
Aquel pan, aunque venía a ser también un signo del amor de Dios que les protegía y acompañaba en su duro caminar, era simplemente un alimento para el cuerpo, y como todo alimento humano nos da fuerza y valor para hacer el camino de la vida, pero esa vida y ese camino tiene un fin. ‘Vuestros padres comieron del maná en el desierto, y murieron; pero éste es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera’. Es distinto, porque ahora es Cristo mismo quien es ese pan bajado del cielo; es a Cristo mismo al que tenemos que comer, nos da su cuerpo, nos da su carne, nos da su sangre, nos dará su vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, terminará diciéndonos.
‘El que cree tiene vida eterna’, nos dice. Queremos creer en Jesús y queremos tener vida eterna. Queremos comer a Jesús para llenarnos de vida para siempre. Queremos mantener viva nuestra fe en Jesús para llenarnos de su vida, para sentirnos resucitados por El, Como ya nos ha dicho: ‘Todo el que ve al Hijo y cree en El, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Llamados a la vida eterna, llamados a la resurrección, llamados a la vida en plenitud, pongamos toda nuestra fe en Jesús, crezcamos más y más en nuestra fe en Jesús para que así nos sintamos inundados por su amor y ese amor nos lleve a la plenitud.
Y todo esto lo vivimos en la Eucaristía. Aquí está ese milagro maravilloso que a algunos les costaba entender, les sigue costando entender. Cada día ante nuestros ojos se realiza el milagro de que podamos comer a Cristo, podamos comer su carne para llenarnos de vida. Algunas veces no terminamos de comprender, de vivir, de impregnarnos plenamente de este milagro de amor que nos ha dejado Jesús en la Eucaristía.
Tenemos el peligro de caer en rutinas, de acostumbrarnos tanto al misterio de la Eucaristía que ya no seamos capaces de admirarnos ante lo maravilloso que ante nosotros sucede. Por eso tenemos que detenernos muchas veces a reflexionar sobre lo que es la Eucaristía para tener la capacidad de asombro ante el misterio que ante nosotros se celebra y entonces en verdad podamos prorrumpir con todo sentido en ese cántico de alabanza y de acción de gracias al Señor que tiene que ser siempre la Eucaristía. Que se despierte nuestra fe, que se reavive nuestra fe.

miércoles, 17 de abril de 2013


No para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado

Hechos, 8, 1-8; Sal. 65; Jn. 6, 35-40
‘He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado…’ Es una constante en la vida de Jesús. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como nos recuerda la carta a los Hebreos que fue el grito de Cristo al entrar en el mundo.
De una forma u otra lo escucharemos repetidas veces a lo largo del evangelio. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, le responde a los discípulos cuando estos le insisten en que coman allá junto al pozo de Jacob cuando el episodio de la samaritana. Y en el momento cumbre del inicio de su pasión en Getsemaní, aunque siente todo lo que significa su entrega hasta el final y lo duro que era el cáliz que había de beber, por encima estará siempre su obediencia al Padre. ‘Que pase de mi este cáliz, pedirá, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya’.
¿Por qué y para qué podríamos preguntarnos? El había venido para traer vida al mundo. La voluntad de Dios es manifestarnos su amor, por el que nos había entregado a su Hijo y en ese amor que se manifestaba en Jesús estaba la salvación del hombre, la salvación del mundo. ‘Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite el último día. Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
Y Cristo se nos da, no solo entregándose hasta la muerte de Cruz por nosotros, sino que además se hará alimento, será Pan de vida para que tengamos vida. Pero ¿qué es necesario por nuestra parte? Que pongamos toda nuestra fe en El. ‘El que cree en El tenga vida eterna… el que cree en El resucitará en el ultimo día’. Necesaria es nuestra fe. Creemos en Jesús dándole el sí de toda nuestra vida. Creemos en Jesús y queremos seguirle, y queremos vivir su vida, y queremos hacernos uno con El. Creer en Jesús es configurarnos con Cristo de manera que ya no vivimos nosotros sino que será Cristo quien viva en nosotros. Es Cristo quien vive en mí.
La misma obediencia que Cristo manifestó con El Padre para hacer siempre su voluntad, es la obediencia de la fe que nosotros hemos de vivir. Como Jesús hemos de decir ‘no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado’. Y esto ha de traducirse en muchas cosas en nuestra vida, en una vida nueva y distinta.
Creemos y aceptamos su Palabra de manera que ya para nosotros no hay otra palabra de salvación. Y creer no será solo palabras sino que será ya toda nuestra vida, porque será ya vivir esa salvación que Cristo nos ha ofrecido; será entrar en esa órbita, por así decirlo, de vida eterna. Ser cristiano no es como un adorno que nos pongamos como si fuera una vestidura que nos pongamos por fuera que nos podamos poner o quitar según nos convenga, sino ha de ser lo que se viva desde lo más hondo de sí mismo.
Por eso, para el cristiano, para el que ha puesto toda su fe en Cristo, ya su vida será distinta, un nuevo sentido y estilo de vivir, una nueva forma de vivir. Su manera de pensar, su manera de actuar, las motivaciones que tiene para su vida, sus sentimientos no serán sino los de Cristo. Por eso qué contradictorio cuando decimos que somos muy religiosos, que creemos mucho, pero luego nuestra vida dista mucho de lo que es el sentido del evangelio y ante las diferentes situaciones de la vida se toman posturas encontradas con el sentir de Cristo. Esa es la Buena Nueva de Salvación que Cristo nos ofrece para cada una de las situaciones de la vida. Esa es la resurrección más honda que Cristo realiza en nosotros para transformar totalmente nuestra vida.
Allí donde esté un cristiano se ha de estar siempre reflejando el evangelio, el sentir de Cristo, la vida de Cristo; un cristiano, en cualquiera que sea la situación de la vida, hará que su trabajo, su familia, su amor, su manera de vivir en la sociedad, su alegría o su manera de enfrentarse al dolor o a la muerte, siempre lo hará desde el sentido de Cristo. Un cristiano siempre estará confrontando su vida con el sentido del evangelio de Jesús para que sea en verdad siempre el sentido de su vivir.
Pero Jesús se quejaba de aquella gente ‘como os he dicho, habéis visto y no creéis’. ¿Creemos nosotros? ¿Queremos sentirnos en verdad transformados por esa nueva vida que Cristo nos ofrece? Para ser alimento de vida eterna El se  nos da en la Eucaristía.

martes, 16 de abril de 2013


Conocemos el don de Dios y queremos pedir el Pan de Vida

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
‘El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’, le hemos escuchado decir a Jesús. ¡Qué hermosas son las palabras de Jesús! ¡Qué sentido más hondo tienen para nuestra vida!
Un día allá junto al pozo de Sicar en Samaría una mujer le pedía a Jesús ‘dame de esa agua y no tendré más sed y no tendré que venir aquí para sacarla’ como reacción a las palabras de Jesús. ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva… porque el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
Ahora es la gente de Cafarnaún la que le pide a Jesús ‘danos siempre de ese pan’. Jesús les había hablado de ‘un pan que baja del cielo y da vida al mundo’. Pero no era como ellos pensaban aquel maná que habían recibido en su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida del que decían que era un pan bajado del cielo. Recuerdan ellos ese episodio del peregrinar por el desierto ‘les dio a comer un pan del cielo’. Pero Jesús les asegura que ‘no fue Moisés quien os dio un pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da verdadero pan del cielo’.
El diálogo que había ido surgiendo entre las gentes de Cafarnaún y Jesús haciéndoles pensar en qué es lo importante que han de buscar en El viene a conducir a esta afirmación tan importante que Jesús nos hace. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’. Jesús nos está definiendo su ser y su misión; lo que El tiene que ser para nuestra vida y lo que nos ofrece que va mucho mas allá de un hambre o una sed física que El quiera saciarnos. Es algo mucho más hondo lo que Jesús nos ofrece.
Igual que en otro momento nos dirá que es la luz de nuestra vida o que es el Camino o que es la verdad, ahora nos dice que es el pan de vida y que comiéndole a El saciaremos plenamente nuestra vida. En El encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida; siguiéndole a El caminaremos siempre por caminos que nos lleven a plenitud; dejándonos iluminar por su vida, por su palabra nos vamos a encontrar con la plenitud mas honda para nuestra existencia, con lo que es la verdad, toda la verdad de nuestra vida.
Ojalá nosotros fuéramos capaces de hacerle la misma petición de aquella mujer de  Samaría o de estas gentes de Cafarnaún, ‘dame de esa agua’ que me lleve a la plenitud y yo nunca más busque saciarme en otras aguas que siempre me dejarán sediento; ‘Dame, Señor, de ese pan’ que me dará la vida para siempre y que ya nadie me podrá arrebatar. Nosotros podemos ya hacerlo con un sentido más hondo que aquellas gentes de los tiempos de Jesús porque ya hemos tenido oportunidad de comprender mejor las palabras de Jesús. No nos vamos a quedar en el agua que saquemos de un pozo, ni de un pan que amasemos con nuestras harinas y cozamos en nuestros hornos.
Nosotros sí conocemos el don de Dios y queremos hacerle esta petición con todo sentido. Que no nos tenga que decir a nosotros Jesús como ayer le escuchábamos que le decía a la gente que le buscaba en Cafarnaún después de la multiplicación de los panes en el desierto ‘me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.
Nosotros sí sabemos ya cuál es el verdadero pan del cielo que El quiere darnos, porque le queremos comer a El, porque queremos entender y vivir con toda hondura lo que es nuestra fe en Jesús, porque queremos en verdad alimentar nuestra vida de la Eucaristía no como un rito mágico que realicemos, sino como algo hondo y vivo porque sabemos que estamos comiendo a Cristo y comer a Cristo es seguirle y es vivirle, es escuchar su Palabra y hacerla vida en nosotros porque para siempre ya su Palabra lo va a ser todo para nuestra vida.
Comer este Pan de Vida que Cristo nos ofrece y que es El mismo es para nosotros ya el gran signo, la gran señal de que en verdad queremos vivir a Cristo; va a ser la gran señal de nuestra fe en Cristo - ‘este es el sacramento de nuestro fe’, decimos y aclamamos en cada eucaristía - porque para siempre estaremos poniéndonos en su camino, para siempre vamos a vivir con toda intensidad, con toda nuestra vida nuestra fe en El. Y cuando celebramos la Eucaristía, nos alimentamos del Pan de Vida que es Cristo con nosotros está toda la gracia, toda la vida divina que El quiere ofrecernos y que nosotros hacemos vida nuestra.

lunes, 15 de abril de 2013


Creyendo en Jesús descubramos los valores que nos llevan a una vida de plenitud

Hechos, 6, 8-15; Sal. 118; Jn. 6, 22-29
‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. El día anterior Jesús les había dado de comer pan en abundancia allá en el descampado. Cuando quisieron proclamarlo rey Jesús se había retirado él solo a la montaña. Los discípulos habían embarcado rumbo a la otra orilla. Ahora los que quedaron, al llegar unas lanchas de Tiberíades, se embarcaron también rumbo a Cafarnaún buscando a Jesús.
¿Por qué lo buscaban? ¿Por qué lo buscamos? También quizá nosotros tendríamos que preguntarnos. Podríamos suponer que lo buscamos, como lo buscaba aquella gente, por fe. Sin embargo, es lo que Jesús les plantea cuando al llegar a Cafarnaún se encuentran allí a Jesús. ‘Maestro, ¿cómo has venido aquí?’ Ellos habían visto que  no se había montado en la barca con el grupo de los apóstoles.
Jesús les dice: ‘Os aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. El signo había sido la multiplicación de los panes por lo que habían comido hasta saciarse, pero no veían más allá. Algunas veces no vemos más allá de lo primero que está delante de nuestros ojos, pero que quizá sucede porque quiere decirnos algo más. Hay que saber leer los signos. Encontrar su significado. Los milagros que Jesús realiza no es solo el milagro, en este caso de multiplicar los panes, o en otros casos de curar de una enfermedad, dar la vista o hacer caminar a un inválido. En todo eso hemos de saber leer lo que Jesús quiere decirnos, lo que realmente Jesús quiere darnos.
Por eso les dice ahora Jesús: ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios’. Quiere Jesús que busquemos otra vida que va más allá de esta vida terrena, aunque por supuesto no tenemos que descuidarla; Jesús cura al enfermo, alimenta al hambriento, hace hablar al mudo… es importante ese vida humana en todas sus características y funciones, que forman parte de una vida con dignidad.
Pero no nos quedamos ahí. Jesús quiere darnos algo más. Ahí esta el amor de Dios que es misericordioso y compasivo y atiende nuestras necesidades, pero hay algo más hondo en la vida del hombre que quizá no vemos o palpamos con nuestros sentidos materiales, pero que en verdad nos pueden llevar por caminos de mayor plenitud y grandeza.
Muchas veces en esas cosas que nos suceden, incluso en las situaciones duras o difíciles que podamos vivir podemos descubrir, tenemos que aprender a descubrir cosas buenas que nos pueden ayudar o que pueden enriquecer nuestra vida desde lo más hondo. Lo que nos sucede puede ser un signo que nos ayude a pensar y a tratar de descubrir valores más hondos. Siempre podemos aprender una lección.
Pienso en la situación concreta en que vive hoy nuestra sociedad con sus crisis de todo tipo, que provocan también muchas carencias y necesidades en muchas personas que realmente lo están pasando mal. Pero a pesar de todo eso uno puede percibir, aunque no siempre sean noticias que salgan en los titulares, que quizá se está suscitando un movimiento por ejemplo de solidaridad que está comenzando a brillar con su luz propia en medio de tantas oscuridades de nuestra sociedad. Cada vez se escucha más hablar de la generosidad de muchas personas que comparten su tiempo, sus cosas, sus bienes incluso para ayudar a estas personas que lo están pasando mal.
Va surgiendo un movimiento en nuestra sociedad que clama por mayor justicia y la búsqueda de un verdadero bienestar, aunque siempre haya quien se aproveche de estas cosas para crear inestabilidades y situaciones difíciles. Pero estos movimientos solidarios son cosas positivas, son valores que se van suscitando y que van floreciendo cada vez más. Y hemos de aprender la lección, descubrir también esas cosas positivas y buenas.
Desde nuestra fe hemos de saber hacer una lectura positiva de cuanto  nos sucede y ver lo que el Señor realmente nos va pidiendo. Cuando aquella gente le pregunta a Jesús ‘¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’ Jesús les dirá que lo que Dios nos está pidiendo, ‘el trabajo que Dios quiere es que creamos en el que El ha enviado’; en una palabra, que pongamos toda nuestra fe en Jesús.
¿Qué buscamos en Jesús?, nos preguntábamos antes. Que encontremos la fe verdadera. Y es que creyendo en Jesús encontraremos ese sentido nuevo de nuestra vida que nos conducirá a una vida plena; creyendo en Jesús en El vamos a tener también la fuerza que necesitamos, la gracia divina, para emprender esa tarea de conducir nuestra vida a la plenitud; creyendo en Jesús vamos a tener esa luz para descubrir esos valores nuevos que hemos de vivir y hacer germinar en nuestra sociedad.