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sábado, 21 de mayo de 2011

El que cree en mí también él hará las obras que yo hago


Hechos, 13, 44-52;

Sal. 97;

Jn. 14, 7-14

‘Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y aun mayores’. Necesitamos creer en Jesús. ¿Hemos pensado cuánto podemos hacer y ser desde nuestra fe en Jesús? ¿Hemos pensado seriamente cuánto nos da Jesús, cuánto recibimos de Dios por nuestra fe en Jesús?

No hay otro nombre que pueda salvarnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios vivirá, se salvará, se llenará de vida eterna. Cuántas veces escuchamos a Jesús en el evangelio decir a los que se acercaban a El ‘basta que tengas fe’, o alaba a los creen aunque no hayan visto, o les dice que por su fe se han curado, han alcanzado la salvación.

Aunque podemos decir que tener fe es decir Si a Dios, decir Sí a Jesús, sabemos que esa palabra implica mucho más. Lo expresaremos con una palabra, lo confesaremos recitando las palabras del Credo como un resumen y compendio de nuestra fe, pero es algo más que palabras porque tiene que ser vida. La fe implica toda nuestra vida; envuelve y empapa toda nuestra vida. Nada se escapa del sentido de la fe en aquello que hacemos o que decimos¸ nada se escapa del sentido de la fe en lo que vivimos.

Por la fe que tenemos en Jesús nos unimos a El para hacer nuestra vida una sola cosa con El. Por la fe nuestras obras serán nuevas y distintas, porque ya serán para siempre las obras de Dios. Nos unimos a Jesús y esa unión la expresamos y la celebramos, la hacemos visible y palpable a través de los sacramentos. Nos unimos a Jesús y ya nuestro actuar será desde el estilo y el sentido de Jesús. Por eso, como nos dice hoy, si creemos en El haremos las obras que hace Jesús.

En otro lugar del evangelio nos dirá que el árbol se conoce por sus frutos; pues los frutos por los que tiene que reconocerse a nosotros son las obras de Jesús que son las obras de la justicia y del amor. ‘Por sus frutos los reconoceréis’; por nuestros frutos se reconocerá nuestra fe. Seamos árbol bueno que demos frutos buenos. Seamos árbol de fe que se manifiesta en los frutos del amor y de la justicia.

Y en el nombre de la fe cuánto podemos hacer. ¿No recordamos a Pedro que cuando por la fe que tenía en Jesús en su nombre echó la red recogió una redada de peces tan grande que se reventaba la red? Hoy nos dice además Jesús que ‘lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo’. Y termina afirmando rotundamente: ‘Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Con fe, con confianza, con humildad, con amor acudamos a Jesús para que crezca nuestra fe.

Sin embargo en muchas ocasiones a los cristianos se nos ve baldíos, sin obras, sin frutos. Muchas veces nuestra vida aparece ramplona y sin vitalidad, pobre en obras y en compromisos seríos, fría y rutinaria, dejándonos arrastrar por la tendencia al pecado y la tentación. Se nos muere la fe si no la cuidamos debidamente. Es una planta muy delicada.

Despertemos nuestra fe. Reavivemos nuestra fe. Ahondemos en nuestra fe para hacerla profunda, firme, segura, comprometida, llena de vida. Tenemos que cuidar nuestra fe. Es la niña de nuestros ojos. Tenemos que alimentar nuestra fe. Si no alimentamos nuestra fe nuestra vida cristiana decae, muere. Y no tenemos otra fuente de agua viva que Jesús. A El tenemos que acudir. ‘Dame de esa agua para que no tenga ya más sed’, le pediremos como la mujer samaritana. ‘Danos de ese pan’, como los judíos de Cafarnaún también le pediremos a Jesús. Desde nuestra debilidad y pecado, reavivando los rescoldos de nuestra fe tenemos que acudir a El y decirle, como aquel hombre del evangelio, ‘yo creo, yo quiero creer, pero aumenta mi fe’.

viernes, 20 de mayo de 2011

A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación


Hechos, 13, 26-33;

Sal. 2;

Jn. 14, 1-6

‘A vosotros, todos los que teméis a Dios, se os ha enviado este mensaje de salvación’. Es para nosotros también. Cada vez que escuchamos la Palabra del Señor estamos recibiendo este mensaje de salvación. No nos contentamos con recordar. El Señor a nosotros nos habla también hoy, en el hoy de nuestra vida. No es sólo un recuerdo de hechos pasados, aunque vayamos haciendo memoria de esa Palabra dicha, ese mensaje de salvación, pero que nos dice el Señor hoy también a nosotros.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos ido contemplando el comienzo del primer viaje de Pablo y Bernabé, enviados por el Espíritu del Señor. Habían ido primero a Chipre y pronto saltaron al Asia Menor. Desde Perge de Panfilia por donde desembarcaron se dirigieron a Antioquía de Pisidia y allí en la Sinagoga el sábado fueron invitados a hablar después de que se hizo la lectura de la Palabra.

Ayer recordábamos el resumen de la historia de la salvación que les hacía Pablo hasta el momento de la predicación del Bautista proclamando un bautismo de conversión como preparación al que había de venir. Hoy ya el anuncio que escuchamos es más concreto refiriéndose a Jesús. ‘Los habitantes de Jerusalén no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo… pero Dios lo resucitó de entre los muertos… nosotros os anunciamos que la promesa que hizo Dios a nuestros padres nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

Es el anuncio claro, valiente, comprometido que hacen de Jesús, de su salvación. ‘A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación’. La redención de Cristo abarca a todos los hombres, a todos ha de llegar su gracia y su perdón. Y es el anuncio, el Kerigma de salvación, que los apóstoles les vienen a traer. Es en Jesús en quien hay que creer porque El es en verdad nuestro único Salvador.

Decíamos al principio que para nosotros también es ese mensaje de salvación. Es lo que celebramos y vivimos. Tiene que ser en verdad nuestra vida. Es el anuncio y proclamación que nosotros hacemos en nuestra celebración. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ aclamamos con fe cuando venimos a la Eucaristía. Es el misterio, el sacramento de nuestra fe que celebramos. Es una proclamación de nuestra fe lo que estamos haciendo.

‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias…’ decimos en la plegaria eucarística. Memorial de la muerte y resurrección del Señor. Proclamación de nuestra salvación y nuestra redención que nos viene por la muerte y la resurrección del Señor. Lo decimos todos los días pero es necesario que muchas veces nos detengamos un poco a reflexionarlo, a rumiarlo en nuestro corazón, para que no sean unas palabras dichas sin más, sino que sea en verdad esa expresión de nuestra fe, esa proclamación de nuestra fe.

Queremos poner toda nuestra fe en Jesús y seguirle. Como nos dice en el evangelio hoy es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Ya tendremos oportunidad de reflexionarlo más porque este mismo texto lo vamos a proclamar en el quinto domingo de pascua. Poner nuestra fe en Jesús y seguirle es vivirle, hacerlo vida nuestra. Nuestra única vida que nos da plenitud. No es solamente hacer cosas para ser buenos, copiar o imitar, sino vivir. Es meter a Cristo en nuestra vida. Como hemos reflexionado más de una vez, cuando le comemos en la Eucaristía nos hacemos uno con El; es una unión tan profunda que El habita en nosotros y nosotros habitamos en El.

Que lleguemos a entenderlo y a vivirlo, vivir su salvación.

jueves, 19 de mayo de 2011

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica


Hechos, 13, 13-25;

Sal. 88;

Jn. 13, 16-20

‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado más que el que lo envía’. Si sacáramos estas palabras de Jesús del contexto en el que fueron dichas nos podrían parecer de lo más normal en la relaciones humanas habituales en su tiempo. Pero lo sucedido inmediatamente antes de Jesús hacernos esta afirmación fue el lavatorio de los pies de los discípulos por parte de Jesús en el inicio de la cena pascual. Por eso nos dirá a continuación ‘puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

No parecía lo normal que Jesús el Señor y el Maestro se pusiera a lavarles los pies. Era el oficio de los sirvientes o de los esclavos. Ya conocemos la reacción de Pedro que no quería dejarse lavar, como ya comentamos en el jueves santo. Pero también nos diría entonces ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, así tenéis que lavaros los pies los unos a los otros’. En ese sentido está lo que ahora le hemos escuchado. ‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

Es el camino del amor y de la humildad por el que tiene que pasar nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento auténtico de Jesús; espíritu de servicio como el de Jesús. Pero es también la fuerza de la humildad y del amor con que nosotros hemos de ir a los demás. Somos también sus enviados para llevar la Buena Noticia de Jesús a los demás. Nunca lo podemos hacer desde la prepotencia y la soberbia. Siempre tiene que ser una oferta de amor la que nosotros hacemos a los demás porque queremos que también los otros puedan participar, puedan disfrutar de la riqueza de gracia que Jesús nos ofrece. Qué daño haríamos incluso al mensaje si el orgullo fuera nuestra carta de presentación.

Cuánto nos estimula, por ejemplo, la humildad y mansedumbre de los santos; la humildad y mansedumbre con que se presentaba Francisco de Asís. Es la mansdumbre de Jesús que nos invita a ir hasta El que es manso y humilde de corazón. Cuánto tenemos que aprender.

Pero hoy terminará diciéndonos también en ese mismo sentido ‘os lo aseguro: el que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado’. Vamos en el nombre de Jesús al encuentro con los demás, y nuestra vida se ha de convertir en signo del amor del Señor que llega a los otros. Quienes nos reciben como a un enviado de Jesús están recibiendo al Padre que ha enviado a Jesús.

Así queremos recibir y acoger a los pastores que en el nombre de Jesús vienen a nosotros. Y es lo que comentábamos el domingo del Buen Pastor de cómo la comunidad cristiana ha de saber valorar a sus pastores que en el nombre de Jesús ejercen su ministerio y nos traen la gracia del Señor en la Palabra que nos proclaman y en los sacramentos que celebramos.

Pero quiero pensar en algo más. Pienso en cómo siempre tenemos que saber acoger a Cristo que viene a nosotros en los demás, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Aquí podemos recordar lo que Jesús nos dice de que todo lo que le hagamos al hambriento o al sediento, al enfermos o al peregrino, al que nos tiende una mano pidiéndonos una ayuda, a quien sufre a nuestro lado o lo vemos encerrado en su soledad, a El se lo estamos haciendo.

Cuánto nos cuesta en muchas ocasiones. Cuánto tendría que hacernos pensar esto para saber acoger al otro porque será siempre acoger a Cristo. Que no se cierre nunca nuestro corazón ante el hermano que llega a nuestra vida, porque se lo estaríamos cerrando a Jesús.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Espíritu guía y sostiene a la Iglesia y le concede el don de sus carismas


Hechos, 12, 24-13, 5;

Sal. 66;

Jn. 12, 44-50

De una cosa podemos estar seguros, que además nos llena de fortaleza y esperanza, y es que la Iglesia es conducida y sostenida por el Espíritu Santo. Frente a las tentaciones de desánimo que podamos tener cuando vemos nuestra propia debilidad, o frente a los criterios excesivamente terrenos que podamos contemplar en algunos al considerar la obra de la Iglesia, y frente a los malos momentos por los que algunas veces podamos pasar por situaciones que no nos sean agradables, hemos de tener la certeza de la asistencia del Espíritu que nos congrega en el amor, que guía y santifica a la Iglesia y hace surgir en ellas los carismas que tanta riqueza espiritual nos producen.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles lo vemos palpable. Será el Espíritu Santo el que marca el inicio de la vida de la Iglesia en Pentecostés con lo que casi se inicia el relato de este libro del Nuevo Testamento. Pero veremos la acción del Espíritu de manera muy intensa en momentos muy puntuales de la vida y de la expansión de la Iglesia.

Cuando la comunidad se abre a los gentiles, como hemos escuchado hace pocos días, en casa de Cornelio el Espíritu se hará sentir sobre aquellos gentiles que lo recibirán incluso antes del Bautismo. Ahora lo vemos palpable en la comunidad de Antioquía, por una parte porque vemos ese resurgir de los diferentes carismas que enriquecen a la comunidad y por otra con el inicio de la mision de Bernabé y Saulo que comenzarán lo que se llama el primer viaje apostólico de Pablo.

‘En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros…’ nos dice el texto sagrado dándonos una lista de los mismos. Será ese grupo de profetas y maestros que llenos del Espíritu ejercen ese servicio ministerial de la comunidad y que manifiestan la riqueza de su vida.

Luego veremos que estando en oración sienten la inspiración del Espíritu - ¿a través quizá de la voz de algunos de esos profetas que menciona el texto? – para separar a Bernabé y Saulo para una misión y una tarea que se les va a confiar. ‘Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre’.

Es una comunidad, una iglesia que se siente llena del Espíritu Santo y se deja conducir por el Espíritu. Una comunidad con una riqueza espiritual grande. Ayunan, oran en común, escuchan la Palabra, sienten la voz de Dios en su corazón, se sienten misioneros para enviar a miembros de su propia comunidad por el mundo para que sigan anunciando el Evangelio. Podrían haber pensado que quizá los necesitaran allí para fortalecer la vida de la comunidad, sin embargo se desprenden de ellos para que cumplan la tarea que el Espíritu les encarga, para que cumplan el mandato de Jesús de anunciar el evangelio por todo el mundo.

Cómo tenemos nosotros que aprender a sentir esa presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en nuestras comunidades. Cómo tenemos que dejar actuar al Espíritu en nosotros y estar abiertos a que surjan esos carismas para el bien de la comunidad. Descubrir esos carismas, descubrir lo que cada uno de nosotros también podemos hacer por los demás y por la Iglesia.

Seguimos aún en esta semana que iniciamos con la Jornada de oración por las vocaciones el pasado domingo, y aquí tenemos un motivo más para orar, para pedir al Señor que cada uno descubra esos valores que Dios le ha dado, y puedan surgir asi personas que sintiendo ese impulso del Espíritu en su corazón vivan una entrega generosa a favor de la comunidad, de la Iglesia. Esas vocaciones, esos distintos carismas dentro de la comunidad que son una riqueza grande para la Iglesia.

martes, 17 de mayo de 2011

Nos seguimos preguntando por el sentido de Jesús


Hechos, 11, 19-26;

Sal. 86;

Jn. 10, 22-30

‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesias, dínoslo francamente’. Es la pregunta que se hacían los judíos cuando escuchaban a Jesús o contemplaban sus obras aunque no terminaban de reconocer cómo Dios se estaba manifestando en las obras que Jesús realizaba.

La respuesta de Jesús es clara aunque no siempre le quieren creer. ‘Os lo he dicho y no queréis creer; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí, pero vosotros no creéis porque no sois ovejas mías…’ Como bien comprendemos este texto es continuación del que desde el domingo venimos escuchando cuando Jesús se nos proclama como el Buen Pastor. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna…’

Nosotros sí queremos reconocerle como nuestro Buen Pastor, queremos escuchar su voz y seguirle, porque queremos en verdad llenarnos de su vida eterna. Queremos poner toda nuestra fe en Jesús reconociéndolo en verdad como nuestro Señor y nuestro Salvador, aunque a veces andemos confundidos y desorientados porque la tentación nos arrastre al pecado. Pero queremos volver a El porque sabemos bien que es el Buen Pastor que nos guía, nos conduce a la vida eterna; se nos da como alimento de vida en su entrega de amor por nosotros.

Quizá pueda ser la pregunta que muchos hoy a nuestro alrededor en el mundo convulso en el que vivimos se pueden seguir haciendo, porque todos aunque no siempre lo reconozcan están buscando una respuesta para sus vidas, ansiando una salvación. Las reacciones que se tienen ante el hecho religioso o ante la Iglesia pueden ser diversas, pero quizá haya muchos corazones inquietos buscando respuestas a los interrogantes profundos que puedan tener en su corazón.

Quizá suceda que todo lo queremos medir con medidas del mundo y cuando no se llega a entender el misterio de Dios que está detrás de todo, lo rechazamos como inservible o incomprensible. Se quiere mirar la Iglesia como una simple organización humana y hacemos comparaciones de su existir con otras organizaciones del mundo donde todo se rige por la ambición del poder y sus luchas. Qué lástima que a veces desde la propia Iglesia se pueda dar la sensación de esas luchas y ambiciones humanas.

Algunas veces no se quiere abrir los ojos de la fe y todo queremos palparlo con nuestras manos, nuestras pruebas o solo a partir de nuestros propios razonamientos. Es necesario también abrir el corazón al misterio de Dios que nos trasciende, pero que dará la más profundas respuestas a los interrogantes de nuestro corazón. Es necesario saber reconocer esas obras de Dios, ese actuar de Dios que se manifiesta en el actuar de los cristianos auténticos y de la Iglesia. No podemos cerrar los ojos.

No nos extrañe esa confusión que hoy a nuestro alrededor pueda haber ante lo religioso o ante la Iglesia misma, porque también sobre Jesús las gentes de su tiempo tenían sus confusiones, por llamarlas de alguna manera, cuando convertían el sentido del Mesías en una lucha de poder quizá, o de simple liberalización política de poderes humanos. Recordemos que en sus propios seguidores más cercanos había a veces luchas por primeros puestos o primeros lugares en su reino.

Creo que los que creemos en Jesús y nos llamamos cristianos y tenemos el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia es necesario que demos un buen testimonio de nuestra fe y del sentido de nuestra vida. Como Jesús decía que por las obras que hacia en nombre del Padre, ésas daban testimonio de él, así nuestras obras, nuestra manera de expresar nuestra fe, de vivir nuestro compromiso creyente en medio del mundo tenemos que ayudar a cuantos nos rodean a ese encuentro profundo con Dios que les haga encontrar respuestas a esos interrogantes que pueda haber en su corazón.

Que importante es el testimonio auténtico que hemos de dar los creyentes por nuestra vida. Que importante que busquemos desde lo más hondo del corazón a Jesús y lo sintamos en verdad como ese Buen Pastor de nuestra vida a quien queremos seguir y a quien queremos escuchar.

lunes, 16 de mayo de 2011

Ensanchemos nuestro corazón y se ensancharán también los caminos de la Iglesia


Hechos, 12, 24-13,5;

Sal. 66;

Jn. 12, 44-50

Los caminos de la Iglesia se siguen ensanchando. La Buena Nueva de Jesús se va propagando y llegando a todas partes. Ya escuchábamos hace unos días en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que a causa de la persecución cuando lo de Esteban los discípulos se fueron dispersando y llevando la Buena Noticia por toda partes; primero los contemplábamos por Samaría y en los textos que iremos escuchando esta semana los veremos cómo llega a Antioquia y a Chipre y comenzarán luego los viajes de san Pablo llevando el evangelio a lugares mas lejanos.

Pero lo que hoy escuchamos en los Hechos de los Apóstoles no ya sólo que el evangelio se propagase entre los judíos sino que también los gentiles eran admitidos a la fe. Como nos dice el texto hoy escuchado ‘los apóstoles y hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la Palabra de Dios’. Por eso pretenden pedirle explicaciones a Pedro que había intervenido en tal hecho y es lo que nos ofrece el texto hoy escuchado.

Como se pregunta Pedro cuando trata de darles explicaciones ‘si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?’ Cuando Pedro había comenzado a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo igual que había bajado sobre ellos en Pentecostés.

Pedro había tenido una visión que en principio le había costado entender. Pero con los hechos que se van sucediendo entiende lo que el Espíritu del Señor le quiere dar a entender. ‘Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tu profano’, había escuchado en la visión que le había mandado comer de toda clase de animales, puros e impuros. Luego se van sucediendo las cosas con aquella embajada que recibe y lo que había sucedido en Cesarea.

Con las explicaciones de Pedro ‘ellos se calmaron y alabaron a Dios diciendo: también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida’.

¿No los había enviado Jesús por todo el mundo para predicar el evangelio y todo el que creyese fuera bautizado? ¿No había derramado su sangre en la Cruz por todos los hombres para el perdón de los pecados? ¿No quería Jesús que todos los hombres se salvaran y llegaran al conocimiento de la verdad? Sin embargo, fue algo que en aquella primera comunidad cristiana formado en principio por discípulos de Israel les costó aceptar.

Hoy mismo en el evangelio que nos ha hablado del Buen Pastor que da su vida por las ovejas, Jesús nos dice ‘tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer; y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor’. También Jesús les había propuesto parábolas donde nos decía que como aquellos primeros labradores no rindieron para su amo el fruto de su trabajo, la viña se les quitará a ellos y se les dará a otros que rindan sus frutos.

Por muchas partes aparece en el evangelio la voluntad de salvación universal de Jesús. Por todos los hombres; no se pertenece al nuevo pueblo de Dios solo por linaje o por raza, sino que será desde el orden de la fe, aceptando a Jesús, desde el que se entrará a formar parte del Reino de Dios que es para todos los hombres, al que todos los hombres estamos invitados.

La contemplación de estos hechos y la reflexión que sobre ellos vamos haciéndonos nos viene bien para que nosotros seamos capaces de ensanchar nuestro corazón, ensanchar las miras, podríamos decir así, tratando de darle un sentido más misionero y más universal a nuestra vida, a nuestro actuar y a nuestro apostolado. Tenemos el peligro, sí, de quedarnos sólo a la sombra de nuestro campanario. No podemos encerrar en un espacio limitado el anuncio y la vivencia del evangelio, sino que siempre tenemos que tener ese sentido universal y misionero. A otros muchos podemos y tenemos que llevar el anuncio del evangelio, el anuncio de la salvación que Jesús quiso para todos los hombres.

domingo, 15 de mayo de 2011

Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas


Hechos, 2, 14.36-41;

Sal. 22;

1Pd. 2, 20-25;

Jn. 10, 1-10

Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.

Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.

Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.

Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.

En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.

Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’

¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.

El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.

Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.

Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.

Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.

Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.

Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.

Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.

Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.

sábado, 14 de mayo de 2011

El Señor es quien elige y llama para el servicio del pueblo de Dios


Hechos, 1, 15-17.20-26;

Sal. 112;

Jn. 15, 9-17

‘No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto dure’. Estas palabras de Jesús a los apóstoles en la noche de la última cena y que hemos escuchado hoy en el evangelio nos pueden valer para iniciar nuestra reflexión en esta fiesta del apóstol san Matías. Es el Señor el que llama y elige, no es sólo cuestión de nuestra voluntad sino de lo que quiere el Señor que nos llama y al que tenemos que dar respuesta.

Poco sabemos de El; sólo lo que nos habla el libro de los Hechos de su elección en el lugar de Judas. Jesús había constituido el grupo de los doce a quienes llamó apóstoles para enviarlos a predicar por el mundo como sus testigos. Tenían conciencia de ser ese grupo de los Doce, porque asi lo había querido el Señor, y recordaban además como el pueblo de Israel también estaba fundado sobre las doce tribus.

Pedro con la pequeña comunidad de los discípulos reunidos en el Cenáculo en la esperan del cumplimiento de la promesa de Jesús, del envío del Espíritu Santo, con la conciencia de la función que Cristo le había confiado de ser piedra de su Iglesia habla al grupo de la necesidad de la elección de quien ha de ocupar el lugar del hijo de la perdición.

El criterio que se ofrece es que ha de ser testigo de la vida de Jesús y de su resurrección. ‘Hace falta que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompalaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su Ascensión’. Proponen dos nombres, como hemos escuchado, y es elegido Matías ‘y lo asociaron a los once apóstoles’.

Los apóstoles, testigos de Cristo resucitado, en quienes fundamentamos nuestra fe; fundamento en torno al cual se constituye la Iglesia de los que creemos en Jesús. Por eso decimos que el Obispo, vicario de Cristo en la Iglesia particular como le llama el concilio Vaticano II, es verdadero sucesor de los apóstoles. La comunión de todos los Obispos con el sucesor de Pedro, el Papa, como la comunión de todas las Iglesias con el Sumo Pontífice constituye y conforma la verdadera Iglesia de Cristo, católica y universal. Cada Iglesia particular, cada diócesis es verdadera Iglesia de Cristo pero nunca sin esa necesaria comunión con toda la Iglesia universal.

Algo que tenemos que sentir y vivir profundamente desde la más pura y genuina fe en Cristo. Por eso la celebración de la fiesta de un apóstol es tan importante para toda la Iglesia porque nos hace entrar en esa comunión con toda la Iglesia de Cristo a través de sus pastores y en unión y comunión con el Papa.

Y ya que hemos comenzado nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús que nos dice que El es quien nos ha elegido, y en vísperas como estamos del domingo del Buen Pastor, Jornada Mundial de Oración por las vocaciones que mañana celebraremos, nos puede servir para motivar nuestra oración por las vocaciones. Para que el Señor elija y llame a muchos al servicio pastoral dentro de la Iglesia. Para que sean muchos los llamados a la vida sacerdotal y también a la vida religiosa.

Oremos por las vocaciones dentro de la Iglesia. La mies es abundante pero los obreros son pocos. Se necesitan muchos sacerdotes. Se necesitan muchas personas, hombres y mujeres que se consagren al Señor en la vida religosa en tantos carismas como hay dentro de la Iglesia para ejercer tantos servicios en bien del pueblo de Dios.

En una Iglesia viva tienen que manifestarse todos esos carismas y se necesitan todos esos servicios que enriquecen la comunidad. Personas que quieren vivir la radicalidad de los consejos evangélicos consagrándose así al Señor. Que esté siempre muy presente en nuestra oración ese pedir por las vocaciones.

viernes, 13 de mayo de 2011

Conversión y vocación de Saulo instrumento elegido del Señor


Hechos, 9, 1-20;

Sal. 116;

Jn. 6, 53-60

‘Ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas…’ Es el designio de Dios para Saulo. Misteriosos y maravillosos los caminos del Señor.

Cuando Ananías le dice al Señor que se le manifiesta en una visión que ‘ha oído a muchos hablar del daño que ese individuo ha hecho a tus fieles de jerusalén. Y además trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre’, está reflejando la verdad de por qué Saulo ha ido a Damasco. Ya le habíamos contemplado aprobando la lapidación de Esteban presente en aquel momento y cómo ‘se ensañaba contra la Iglesia penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres’. Con esa misión se encaminaba a Damasco.

Pero el Señor le salió al encuentro en el camino. En el designio de Dios era un elegido para una misión muy grande. ‘Dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes y a los israelitas’. Quienes hemos escuchado este texto y estamos reflexionando sobre él bien conocemos lo que fue la obra de Saulo, después llamado Pablo. Natural de Tarso, en Cilicia, Asia Menor hoy Turquía, había sido educado a los pies de los mejores doctores de la ley en Jerusalén, como él mismo contará en sus cartas. Y destacaba por su conocimiento de la Ley y el fervor que ponía en cumplirla y hacerla cumplir, pues pertenecía también al grupo de los fariseos.

El Señor nos sale al encuentro en los caminos de la vida. Lo vemos repetido en la Biblia – hace poco contemplábamos como salía al encuentro de los caminantes de Emaús - y todos podemos tener la experiencia de cómo el Señor llega a nuestra vida, nos sale también al encuentro allí donde estamos y donde caminamos, cualquiera que sea nuestra situación. Porque este salir Jesús al encuentro de Saulo en el camino de Damasco tenemos que verlo también como un venir Jesús a nuestro encuentro, llamarnos y hablarnos porque el Señor siempre tiene algo que decirnos, que pedirnos, o que interrogarnos por dentro.

‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Fue como un rayo que cayera sobre él y lo derribara al suelo cegado por su luz. La Luz que venía a iluminar al mundo quería vencer la resistencia de las tinieblas manifestada en los deseos de Pablo que le llevaban a Damasco. ‘¿Quién eres, Señor?... Soy Jesús, a quien tu persigues’. Allí está Jesús que viene a buscar al hombre, como el pastor que busca la oveja descarriada. Allí está Jesús que quiere contar con Saulo; es un vaso de elección, un instrumento elegido; grande es la misión que Jesús quiere confiarle.

Y aquel que se resistía a Jesús y se oponía y perseguía a todos los que confesaran el nombre de Jesús, desde ese encuentro se va a dejar conducir por Jesús. ‘Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.

Ananías va a venir en nombre de Jesús. Ananías va a recibir en la comunidad a aquel que uya Jesús había elegido y había marcado. Ananías le abriría los ojos del todo para que comenzara a anunciar a Jesús. ‘Recobró la vista, se levantó, lo bautizaron… se quedó unos días en Damasco y luego se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios’.

En nuestra reflexión hemos querido ir viendo ese encuentro de Jesús con Pablo, también como nuestro encuentro personal con Jesús que a nosotros también nos llama. Fue la conversión de Pablo y fue la llamada del Señor. Podemos y tenemos que hablar de conversión y de vocación. Se manifiesta aquí y ahora esa llamada del Señor, de aquel que luego diría que el Señor le había llamado y marcado desde las entrañas de su madre. Así son los designios de Dios que desde toda la eternidad nos ama y nos llama, aunque luego esa llamada se manifieste claramente en un momento determinado como sucede en esta ocasión con Pablo.

¿Sentimos nosotros en nuestro interior esa llamada, esa vocación del Señor, que siempre nos está invitando a ir hasta El, convertir nuestro corazón, y seguirle como discípulo suyo? ¿Tendremos la prontitud de Saulo a quien vemos hoy cómo se deja conducir por el Señor?

jueves, 12 de mayo de 2011

Comemos a Cristo en la Eucaristia para vivir por El


Hechos, 8, 26-40;

Sal. 65;

Jn. 6, 44-52

‘El que coma de este pan vivirá para siempre’, nos afirma Jesús. Ya nos había dicho que buscáramos ‘el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre’. Y nos ha ido descubriendo cuál es ese alimento de vida para siempre y nos había hecho desear ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan’, pedían los judíos y pedimos nosotros. Y sabemos que ese Pan de vida eterna es El. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasara sed’.

Nos queda poner toda nuestra fe en El ‘porque todo el que ve al Hijo y cree en El, tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. El nos dirá en otro lugar del evangelio que ha venido para que tengamos vida y vida abundante. Lo escucharemos el domingo.

Pero va a decir cosas que les va a costar entender a aquellas buenas gentes de Cafarnaún. ‘Yo soy el pan vido que ha bajado del cielo… y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Cristo. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Y el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. Será algo que les va a ser difícil entender y provocará que muchos le abandonen y no quieran ya seguir con El.

Nosotros ya ahora podemos entenderlo, aunque no siempre lo asimilamos lo suficiente, porque conocemos ya lo realizado por Jesús en la cena pascual. Y es el misterio grande que celebramos cada día en la Eucaristía. Milagro de amor, locura de amor, que podemos decir. De tal manera quiere Cristo darnos su vida que se hace pan en la Eucaristía para que le comamos, pero no para que comamos un pan cualquiera sino para que le comamos a El.

El comer, y en este caso comer a Cristo, es entrar en la comunión más íntima y más profunda. Lo comido se hace uno con aquel que lo come; de tal manera asimilamos nosotros los alimentos que nos fortalecen y nos llenan de vida. ¿Es la energía que recibimos en el alimento? Podemos decir algo así en el orden natural, pero cuando estamos comiendo a Cristo estamos entrando en una comunión intima y profunda con El. Nos hablará Cristo de cómo quiere habitar en nosotros. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’, seguirá diciéndonos. ‘Yo vivo por el Padre, nos dirá, y el que me come vivirá por mí’.

Creemos en Jesús; queremos seguirle; queremos sentir sobre nosotros su gracia salvadora que nos da el perdón y la gracia; queremos vivir su vida, que ya no es sólo parecernos a El porque así le queremos imitar totalmente impregnándonos de sus sentimientos y de sus virtudes.

Pero es algo más. Cristo quiere habitar en nosotros y que nosotros habitemos en El. Es a eso a lo que nos tiene que llevar el comulgar, el comer a Cristo en la Eucaristía. Es algo grande, maravilloso, profundo, que abarca toda nuestra vida, que nos hace sentir distintos, porque ya no será nuestra vida sino el vivir a Cristo, vivir por Cristo.

Decíamos antes que no terminamos de asimilar todo lo que significa la Eucaristía, el comer a Cristo. Con cuántos deseos de Dios tenemos que acercarnos a la Eucaristía, queriendo ser conscientes de la maravilla, del milagro de amor y de gracia que se realiza en nosotros cada vez que comulgamos. No podemos acercarnos de cualquier manera a la comunión. Con qué santidad y pureza y con qué deseos de santidad hemos de hacerlo. No podemos acercarnos indignamente. ‘Señor, no soy digno…’ le decimos siempre antes de comulgar. Pero que lo digamos conscientes, con todo sentido. Pero nos acercamos también con ese deseo de esa manera dejarnos transformar por El cuando le comamos.

Qué distintos tenemos que salir de la Misa después de recibir la comunión. Con qué mirada nueva tenemos que mirar a los demás, con qué actitudes nuevas tenemos que tratarlos. Sería incomprensible que habiendo riñas entre unos y otros nos atreviéramos a acercarnos a comulgar sin antes habernos reconciliado. Y sería incomprensible de la misma manera que después de haber comulgado a Cristo saliéramos también entre riñas y pendencias.

Meditemos bien el misterio al que nos acercamos. Meditemos bien lo que significar acercarnos a comulgar a Cristo. Meditemos bien lo que significa comer a Cristo en la Eucaristía y seremos más santos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Al ir de un lugar para otro iban difundiendo la Buena Noticia


Hechos, 8, 1-8;

Sal. 65;

Jn. 6, 35-40

‘Se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría’. Fue a partir de la lapidación de Esteban. Hasta ahora habían metido en la cárcel a los apóstoles, les habían prohibido hablar en el nombre de Jesús, los habían castigado, pero ahora se iba más allá. Se cumplía lo anunciado por Jesús de lo que por causa de su hombre habían de sufrir los que creyeran en El.

Y llega el momento de la dispersión. De todo hemos de saber sacar buenas consecuencias y el Señor nos habla de muchas maneras por medio de todo lo que va sucediendo. Estos primeros momentos de persecución son también una llamada del Señor. La narración que nos va haciendo Lucas de aquellos primeros momentos de la comunidad de los creyentes en Jesús no nos oculta nada de lo que va sucediendo. Nos habla también de esos momentos difíciles como puede ser el comienzo de las persecuciones pero que en la providencia de Dios son el inicio y el empuje para ir por todas partes cumpliendo el mandato de Jesús. Es, pues, el momento de que también se anuncie la Buena Noticia por otros lugares. Son los caminos de Dios, su providencia amorosa. ‘Y al ir de un lugar para otro iban difundiendo la Buena Noticia’, el evangelio de Jesús.

‘Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo’. Y a Felipe, uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de la comunidad, le vemos predicando con mucho ardor el evangelio de Jesús y realizando grandes signos y prodigios. Escucharemos estos días incluso cómo dejándose llevar por el Espíritu del Señor anunciará el nombre de Jesús al eunuco ministro de Candases, reina de Etiopía, y llegará incluso a bautizarlo, siendo conducido luego por el Espíritu a otros lugares para seguir predicando el evangelio. Lo escucharemos mañana.

Antes de la Ascensión Jesús les diría a los apóstoles que una vez recibido el Espíritu Santo serían sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra. Es lo que ya estamos contemplando. Al principio los Hechos de los Apóstoles nos narran lo que iba sucediendo en Jerusalén en aquellos primeros momentos de la comunidad cristiana. Pronto ya los veremos cómo se va extendiendo el anuncio del evangelio por todas partes cumpliendo el mandato de Jesús. Los momentos difíciles no los encierran sino todo lo contrario los impulsan a hacer un anuncio más valiente por todas partes. Contraste con la actitud de los apóstoles antes de conocer la resurrección del Señor, 'estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos', pero una vez que se llenaron de su Espíritu saldrán con valentía a hacer el anuncio de Jesús.

Creo que de todo esto que vamos comentando siempre podemos sacar lecciones para nuestra vida, para nuestra fe, para nuestro compromiso cristiano. Nos recuerda el mandato de Jesús que a todos los que creemos en El nos hace misioneros y apóstoles porque en todo momento hemos de dar ese testimonio del nombre de Jesús, de esa fe que tenemos y vivimos.

Fe que muchas veces nos cuesta vivir y expresar por muchas razones, podíamos decir. No siempre es fácil el testimonio; muchas veces nos podemos sentir acobardados por la reacción negativa que nuestro testimonio pudiera producir. Nos sentimos débiles en ocasiones y cuando quizá en medio del dolor, del sufrimiento tenemos que desde la fe darle un sentido a nuestra vida, no sabemos, nos sentimos incapaces, se nos nublan los ojos del alma y no vemos por donde tendríamos que caminar.

Pero es el momento de sentir la fortaleza del Espíritu del Señor que siempre está en nosotros y con nosotros. El nos dará su luz y su gracia para que sepamos vivir esas situaciones con el sentido de la fe, con el sentido de Jesús ya que nos llamamos cristianos. Lo que nunca debemos hacer es encerrarnos en nosotros mismos. Aprendamos de aquellas primeras comunidades cristianas y de aquellos cristianos que tras los momentos duros de la persecución fueron capaces de ir a anunciar el nombre de Jesús, la fe en Jesús por todas partes.

Que el Señor nos dé ese arrojo y valentía. Que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor. Que seamos siempre misioneros de nuestra fe con el testimonio de nuestras palabras y nuestra vida.

martes, 10 de mayo de 2011

Buscamos a Jesús que nos dará el pan de vida que da vida al mundo


Hechos, 7, 51-59;

Sal. 30;

Jn. 6, 30-35

La gente buscaba a Jesús. Nosotros también buscamos a Jesús. Que estamos aquí en esta mañana – o que te hayas acercado a este blogs – indica nuestro deseo de búsqueda de Jesús. Sin embargo quizá tendríamos que preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús?

En los versículos del evangelio que escuchábamos ayer – ya decíamos que lo que escuchamos estos días en el evangelio tiene una continuidad incluso literal – se nos decía que ‘cuando la gente vio que Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y se fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Y al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cómo has venido aquí?’.

¿Buscaban a Jesús porque habían comido pan en abundancia en el descampado? ¿le buscaban porque veían los signos, las señales que Jesús estaba dando de quién era y por qué habían de seguirle? ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre’. Pero aún así siguen preguntando cómo han de hacer, a lo que Jesús les responde: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’.

Es necesario creer en Jesús. Lo que significará buscarle y seguirle pero por hondos motivos. Sólo en Jesús podemos encontrar la salvación; sólo en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Será Jesús quien nos dé esa vida eterna. Será Jesús el que saciará las aspiraciones más hondas que puedan haber en el corazón del hombre. Será Jesús el único camino que nos llevará a la vida verdadera. Será Jesús el único que nos puede llevar hasta Dios. Será Jesús el que nos lleve a la vida en plenitud.

Pero los judíos siguen insistiendo, como hemos escuchado ya en el texto de hoy, ‘¿Y qué signo vemos que tú haces para que creamos en ti?’ Y ellos recuerdan que sus padres creyeron a Moisés y fueron capaces de seguirle incluso por el desierto porque les dio el maná, ‘como está escrito: les dio a comer pan del cielo’. Cada mañana recogían aquel maná que les enviaba Dios y que les alimentaría en su peregrinar por el desierto hasta la tierra prometida.

Es entonces cuando Jesús hace el gran anuncio, cuál es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo… que es el que da vida al mundo’. Quieren comer ellos de ese pan. Algo están intuyendo de lo que Jesús quiere hablarles aunque al final se resistar a creer en todo lo que Jesús les dice y los promete, como escucharemos en los próximos días. Por eso le piden que les dé ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ Nos recuerda la petición de la mujer samaritana allá junto al pozo de Jacob cuando Jesús promete un agua viva que calmará para siempre la sed. ‘Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo que venir al pozo todos los días a sacarla’, le pedirá aquella mujer como ahora le piden ese pan a Jesús.

‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, es la afirmación rotunda que hace Jesús. Decíamos antes que es necesario creer en Jesús. Creer en su Palabra. Creer que El es el Pan de vida, que da vida al mundo, que saciará nuestra hambre más profunda, que creyendo en El no tendremos nunca más sed de otras aguas que no nos sacian sino que nos confunde.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ le pedimos nosotros también; que creamos en ti y en ti pongamos todas nuestras esperanzas; que vayamos a ti porque solo en ti podemos alcanzar esa plenitud y ese sentido profundo y válido para nuestra vida; que tengamos verdaderas ansias de alimentarnos de ti, de llenarnos de vida, porque es la única vida que merece la pena, la unica que nos llevará a la plenitud de la salvación.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lleno de gracia realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo


Hechos, 6, 8-15;

Sal. 118;

Jn. 6, 22-29

En función de la brevedad que necesariamente han de tener estos comentarios de cada día, pero también mirando la hermosa riqueza que nos va ofreciendo la Palabra de Dios que vamos proclamando, iremos uniendo en nuestro comentario textos que tienen una prolongación en varios días e intercalando unas veces comentarios del texto de los Hechos de los Apóstoles o del Evangelio.

En el evangelio comenzaremos a escuchar el discurso del Pan de vida, que ha venido precedido por el relato de la multiplicación de los panes y los peces que ya hemos escuchado. Ya iremos haciendo comentarios en los días sucesivos.

La primera lectura nos ha hablado hoy de Esteban. Uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de la comunidad en especial el servicio de la caridad y la atención a los huérfanos y a las viudas, como escuchábamos en los versiculos anteriores (el pasado sábado). Una institución del ministerio del servicio dentro de la comunidad eclesial. La Iglesia se va conformando con los distintos servicios. Los apóstoles presidirán la oración y la proclamación de la Palabra, pero surgirán esos carismas de servicio y también de anuncio de la Palabra del Señor entre los miembros de la comunidad. Suele considerarse al texto que escuchábamos el pasado sábado como la institución del diaconado en la Iglesia.

Cuando se nos daba la lista de los siete ‘varones de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría’ de Esteban se decía que era ‘hombre lleno de fe y de Espíritu Santo’. Ahora nos dice que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’ y al enfrentarse a discutir con él en la sinagoga ‘no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’. Realizaba los signos del amor, del servicio, tal como había sido elegido, pero además lleno de la sabiduría del Espíritu divino le vemos anunciar con valentía el nombre de Jesús. Un anuncio desde el amor y el servicio, y también desde la Palabra proclamada, del testimonio que con sus palabras daba de la salvación de Jesús.

Podíamos decir que el texto nos prepara describiéndonos a Esteban para el honor que iba a recibir. Y digo bien, honor, porque pronto es apresado y será condenado a ser lapidado hasta la muerte, como veremos en el texto de mañana. Será el ‘protomartir’, el primer mártir que de forma consciente diera su vida, derramara su sangre por el nombre de Jesús, cumpliéndose en él lo que había anunciado Jesús en el evangelio. ‘No os podrán hacer frente a vuestra sabiduría’ porque el Espíritu Santo será el que hable por nuestros labios, como sucedió con Esteban y con todos los mártires a través de los tiempos.

En el relato que los Hechos de los Apóstoles nos hacen del martirio de Esteban, encontramos un claro paralelismo con el relato de la muerte de Jesús. También se presentarán testigos falsos que testimonien contra Esteban y en cosas semejantes a lo que dijeron contra Jesús sobre la santidad del templo o de su destrucción. Esteban, como escucharemos, repetirá gestos y actitudes semejantes a las de Jesús perdonando a los que le martirizaban y poniendo su espíritu en las manos de Dios.

¿Un mensaje para nuestra vida? La valentía y el arrojo de Esteban brilla ante nuestros ojos como un estímulo para ese testimonio que hemos de dar en nombre de nuestra fe. Llamados estamos también a realizar con la fuerza del Espíritu del Señor que no nos falta prodigios y signos de amor en medio del pueblo.

Ungidos hemos sido con la fuerza del Espíritu en nuestro Bautismo y en la Confirmación para ser esos testigos. No podemos ocultar esa marca, esa señal de la unción del Espíritu del Señor que así a todos nos impulsa a dar ese testimonio. Como hemos comentado tantas veces, al ser ungidos con el crisma, aceite perfumado, hemos de hacer notar por nuestro amor, por el testimonio de nuestra fe ese buen olor de Cristo, que como ungidos estamos llamados a dar.

domingo, 8 de mayo de 2011

Emaús un camino de ida y vuelta

Hechos, 2, 14.22-33;

Sal. 15;

1Pd. 1, 17-21;

Lc. 24, 13-35

El camino de Emaús es un camino de ida y vuelta. El camino que hicieron aquellos discípulos que habían perdido la esperanza y se hallaban hundidos en un mar de dudas y desesperanzas pero que a la vuelta fue un camino de carreras de alegría y de gozo inmenso. ¿Será nuestro camino? ¿Será el camino que hacemos o que tenemos que hacer?

Cuando en este tercer domingo de Pascua escuchamos este relato se nos ilumina el corazón por dentro y sentimos renacer también en nosotros esperanzas y alegrías, encontrando respuesta a oscuridades y dudas. Aunque seguimos viviendo la alegría de la fiesta de la Pascua también tenemos el peligro de perder el ritmo o de volver a nuestras rutinas olvidando quizá un poco todo lo hermoso que hemos vivido en estos días pasados.

Aquellos discípulos parecía que habían perdido la esperanza. Andaban tristes y preocupados. El peso que llevaban en el alma incluso les cegaba sus ojos para no ver y reconocer precisamente a quien tanto habían buscado. ‘Jesús en persona se acercó a ellos y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo’.

Pero ahí está Jesús donde están nuestras dudas y pesimismos, nuestros desalientos y desilusiones. El quiere ser siempre luz que ilumine, espíritu vivificador que levante el ánimo, gracia que nos fortifique y aliente.

Aquellos discípulos estaban pasando por una fuerte crisis. Habían puesto sus esperanzas en Jesús y parecía que ahora todo se venía abajo con un fracaso. Ellos se sentían defraudados y fracasado. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel… fue un profeta poderoso en obras y palabras… los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte… hace dos días que sucedió todo esto y aunque el sepulcro está vacío a El no lo vieron…’

Todo se venía abajo y no parecía que pudiera levantarse de nuevo. La cruz había sido un escándalo muy fuerte y difícil de superar. Tantas veces sucede cuando tenemos que enfrentarnos en la vida a la cruz, al dolor, al sufrimiento, a la incomprensión, a los malos momentos. Se nos tambalea la vida bajo los pies y todos nuestros principios y creencias parece que desaparecieran.

Ellos habían contemplado todo aquello que había sucedido, pero quizá les había faltado una mirada de fe, un leer los hechos y la historia también a la luz de la Palabra de Dios, de la ley y los profetas. Pero allí está Jesús, pero ellos todavía no lo ven ni lo reconocen, aunque luego dirán que algo habían estado comenzando a sentir por dentro cuando El les hablaba.

‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.

A la luz de la Palabra del Señor tenemos que saber leer la vida y nuestra historia. Es el Señor el que nos habla y nos habla allá en lo más hondo de nosotros, pero no tenemos que ofuscarnos, velar nuestros ojos por aquello que nos sucede, sino abrir nuestro espíritu a Dios que en todo eso se nos quiere manifestar.

Comenzaron a sentir algo nuevo. Parecía que la paz llegaba a su corazón porque ya fueron capaces de no solo pensar en sí mismos y sus preocupaciones sino también en bien de los demás. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’ La noche es oscura, los caminos son difíciles y peligrosos. Bien lo sabían ellos que habían andado indefensos por esos caminos que tanta turbación les habían producido en su alma. Y le ofrecieron hospitalidad.

Faltaba algo más. Habían ido haciendo el camino de ida que había comenzado con mucho dolor y angustia y en el que se habían ido sucediendo muchas cosas. Faltaba el chispazo de luz definitivo que les haría emprender un camino de vuelta bien distinto. ‘Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.

Era El. Jesús resucitado les había acompañado por el camino y les había abierto los ojos. Las escamas de la duda, de la desesperanza, del desánimo se cayeron de sus ojos y ahora podían emprender el camino de vuelta. Ya no importaba la noche, porque los peligros habían desaparecido. Llevaban muy dentro de su corazón a Jesús resucitado con ellos. Les seguía ardiendo el corazón por el gozo y la alegría, por la presencia de Jesús que estaban sintiendo dentro de ellos. Ahora era un camino de carreras porque era un camino de alegría. Qué pesarosos y lentos vamos cuando sentimos el peso del dolor o de la duda sobre nosotros. Qué distinto es nuestro caminar cuando llenos de alegría vamos movidos por el Espíritu del Señor.

Nos preguntábamos al principio si ese camino de Emaús es nuestro camino, el que hacemos o el que tenemos que hacer. Es también, sí, nuestro camino. Porque muchas veces también nos pesa la duda, el desánimo, el cansancio; muchas veces parece que nos sentimos sin fuerzas y sin estímulo para nuestras luchas; muchas veces parece que simplemente nos arrastramos o nos dejamos llevar por negruras y oscuridades. La Cruz bajo cualquier forma que se nos presente en la vida nos llena de incertidumbres, duda, dolor y nos puede hacer entrar en crisis también.

Pero tiene que ser el camino en el que dejemos que Jesús nos acompañe; aprendamos a descubrirle y no se nos cierre nuestra mente. Tratemos en medio de esos nubarrones por los que podamos pasar de escucharle que El sigue hablándonos en las Escrituras y bien sabemos que tiene muchas maneras de llegar a nuestro corazón. Hagámosle un hueco en nuestra vida, en nuestro camino, escuchemos su conversación pero también contémosle lo que nos pasa que El tiene siempre una palabra de vida para nosotros. Con El a nuestro lado llegaremos a entender el camino de la cruz.

Es nuestro camino en el que también nos sentaremos a la mesa con El y El partirá el pan para nosotros, porque en ese partir el pan también tenemos que reconocerle. Ahora mismo estamos reunidos en Eucaristía, para la fracción del Pan, para comer a Cristo que se nos da y se hace nuestro alimento y nuestra vida. Abramos los ojos de la fe de par en par para verle, para sentirle, para llenarnos de El.

Y también tenemos que hacer el camino de vuelta, el camino del gozo y de la alegría, el camino en que ha renacido nuestra vida y nuestras esperanzas, el camino en el que estamos llenos de un amor nuevo y de una valentía grande, el camino en el que su Espíritu pone alas en nuestros pies para ir a anunciar a los demás que es verdad que Jesús ha resucitado, que está con nosotros, que nos llena de vida, que nos ha traído la salvación. Quien se encuentra con Cristo resucitado, ya lo hemos reflexionado, necesariamente tiene que convertirse en mensajero, en misionero de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.