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domingo, 3 de abril de 2016

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31
    ‘No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Es el gozo que seguimos sintiendo en el corazón. Es la esperanza renacida en el espíritu, allá en lo más hondo de nosotros mismos. Celebramos a Cristo resucitado. Vivimos a Cristo resucitado, porque nuestra celebración no es de algo ajeno a nosotros, sino que es algo que vivimos. ‘Los discípulos se llenaron de inmensa alegría’, comenta el evangelista ante todo lo que está sucediendo.
También para nosotros se han de abrir las puertas para que entre la alegría, dejando entrar a Jesús en nuestras vidas; se han de disipar para siempre los nubarrones que puedan ensombrecer nuestra vida porque para siempre tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de vida. Se derribaran los muros que nos separan y crean distancias entre nosotros porque ya para siempre comprendemos lo que es el amor y vamos a crear esa comunión de amor de los hermanos. Algo nuevo tiene que comenzar. Una vida nueva tenemos que vivir.
Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas porque tenemos la certeza de su presencia. Tomás quería tocar y palpar porque él no estaba cuando se les manifestó Cristo resucitado por primera vez allá en el cenáculo. Los apóstoles le decían ‘hemos visto al Señor’ pero él seguía con sus dudas y con sus miedos. Pero cuando de nuevo Cristo se les manifieste y él está allí ya no necesitará palpar, tocar con sus manos porque reconocerá en verdad que era el Señor. ‘Señor mío y Dios mío’. Seguro que su corazón ardió en el amor de Dios con la presencia de Jesús y ya no necesitaba pruebas.
Quizá necesitamos ese episodio aunque no nos gusten las dudas de Tomás, pero así estaremos en verdad convencidos y con entusiasmo ya para siempre nosotros siempre confesemos la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas. Nosotros hemos de sensibilizar nuestro corazón para sentir también ese ardor dentro de nosotros, como Tomás, como los discípulos de Emaús, porque ya para siempre entendamos las Escrituras, porque ya para siempre aprendamos a sentir y vivir su presencia.
Con Cristo resucitado nos llega la paz, porque hemos sido redimidos, porque nos trae el perdón y la consolación para nuestras vidas, porque han de desaparecer las amarguras y los miedos. Llega la paz, porque se manifiesta la misericordia del Señor que es compasivo y nos perdona. Nos regala su Espíritu que es Espíritu de amor y de perdón, de gracia y de vida. No solo recibimos el perdón sino que para siempre su Iglesia ha de ser mensajera de esa misericordia y de ese perdón, ha de ser signo del amor de Dios que nos perdona y es misericordioso con nosotros. Es el rostro de Jesús que ha de manifestar la Iglesia, es el rostro de Dios siempre compasivo y misericordioso.
Recordamos aquel episodio en que Moisés o los profetas querían ver el rostro de Dios y les parecía casi imposible porque pensaban que viendo a Dios morirían. Pues en aquella escena en la montaña pasa ante el profeta la presencia del Señor y lo que escucha y aprende es que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. Es un grito de la misericordia de Dios, una revelación del Dios compasivo y misericordioso que siempre nos ama. Hoy se nos manifiesta ese rostro de Dios cuando contemplamos al que vive para siempre, cuando contemplamos y celebramos a Cristo resucitado.
No tememos ya nunca más porque se ha manifestado el amor. No tememos nunca más porque con nosotros sentiremos para siempre la paz de Dios. No tememos nunca más porque nuestra fe sale robustecida de la presencia del Señor. No necesitamos palpar con nuestras manos ni ver con los ojos de la cara porque ya para siempre vamos a sentir esa presencia del Señor en nuestro corazón.
Ahora comenzamos a tener una mirada nueva para conocer a Dios. Ahora comenzamos a llenarnos con toda intensidad del amor de Dios y le vamos viendo y sintiendo en los hermanos que caminan a nuestro lado. Ahora ya comenzamos a aprender a amar con un amor nuevo y distinto porque en nuestra vida hemos experimentado lo que es el amor, lo que es la misericordia divina que nos ama y nos perdona, ¿cómo no vamos a amar nosotros también a los demás? ¿Cómo no vamos a regalarlos mutuamente con ese amor para crear esos lazos nuevos de comunión entre los hermanos?
Es la victoria que nos trae la paz y el perdón. Es el triunfo de la vida que nos llenará de vida para siempre. Es el Reino del amor y la misericordia en el que comenzamos a vivir. Hemos visto al Señor, nos sentimos derretidos en su amor.


sábado, 2 de abril de 2016

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

Hechos 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Nos cuesta creer y aceptar aquellas cosas que nos parecen en la lógica humana imposibles o que se saltan nuestros convencionalismos o nuestras ideas preconcebidas. Nos volvemos en cierto modo incrédulos de aquello que no entre en nuestra manera de pensar o que pueda tener aire de cierto misterio que solo con la fe podríamos aceptar. Todo lo queremos tener probado pero con nuestras reglas, con nuestros propios parámetros y no aceptamos las cosas simplemente porque el otro nos lo diga o por sí mismo lo haya experimentado.
En el evangelio de hoy nos encontramos algo de eso. María Magdalena se había encontrado con el Señor resucitado, va a comunicárselo al resto de los discípulos y no la creen. Vienen los discípulos de Emaús que habían experimentado la presencia de Jesús resucitado en el camino y lo habían reconocido al sentarse a la mesa y partir el pan, y tampoco los creen. Ahora cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo se llenaron de estupor con su presencia y Jesús les echará en cara su incredulidad y la cerrazón de sus corazones.
En este mismo sentido nos encontramos a tantos a nuestro alrededor. Les cuesta aceptar la resurrección del Señor, no quieren aceptar la resurrección del Señor. Hoy todo queremos probarlo con nuestros métodos científicos y cuando entramos en el misterio de Dios nos sentimos desbordados, no sabemos que hacer, y terminamos negándolo todo.
Tantos a nuestro lado, que incluso llevan el nombre de cristianos porque han recibido el bautismo, han recibido incluso muchas veces en su vida los sacramentos y hasta dicen vivir una vida religiosa, no están seguros de confesar su fe en la resurrección del Señor. Y no estamos haciendo referencia a los que viven sin fe, lejanos de la Iglesia o a los que nunca se les haya anunciado la Buena Nueva de Jesús. Estamos pensando en los que se llaman cristianos y al menos teóricamente viven en el seno de la Iglesia.
Pero no vamos a tirar piedras sobre los otros o los que están fuera, sino pensemos en nosotros mismos, en cómo creemos y vivimos ese misterio de nuestra fe que es la resurrección de Jesús.  Porque no han de ser solo palabras, sino que eso tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestra manera de actuar, de vivir. Y es que muchas veces se nos enfría la fe, vivimos como si no tuviéramos fe.
Quienes creemos en la resurrección de Jesús en verdad que no podemos vivir de cualquiera manera. Nos tenemos que sentir transformados y ante ese misterio que se realiza también en nosotros nuestras actitudes, nuestro actuar, nuestro amor, nuestras responsabilidades las vivimos con otro sentido. Hemos de sentirnos hombres nuevos, rebosantes de gozo y alegría, llenos de trascendencia, abiertos a los demás, misioneros con nuestra vida y con nuestras palabras de ese mensaje de Jesús, de su Buena Nueva de Salvación.
María Magdalena no se guardo la noticia para si; los discípulos de Emaús no se quedaron allá en su pueblo, sino que inmediatamente volvieron para anunciarlo a los demás. Por eso  hoy Jesús después de recriminarnos  nuestra falta de fe, nos envía para que hagamos ese anuncio a los demás, al mundo entero. En ese anuncio gozoso se sentirá en verdad fortalecida nuestra fe.

viernes, 1 de abril de 2016

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaba amaneciendo y aquella noche no habían cogido nada. Y ahora desde la orilla alguien les pregunta si habían cogido algo. A la decepción de una noche de trabajo sin haber cogido nada se añade el tener que reconocer ante un extraño que la pesca había sido infructuosa. ¿A un extraño? No lo habían reconocido afanados como estaban en su tarea y humillados en su decepción.
Cuantas veces nos pasa. Nos sentimos desilusionados. No alcanzamos las metas, el trabajo parece infructuoso. Nos decepcionan muchas cosas en la vida. No dejan de aparecer los contratiempos. Las esperanzas se ven como coartadas. No avanzamos en el desarrollo de nosotros mismos o no vemos resultados a nuestros esfuerzos. No encontramos correspondencia en aquellas personas con las que queremos trabajar. Las amarguras nos corroen por dentro en nuestras oscuridades y desesperanzas. Parece que nos falta una luz que nos ilumine, una sabiduría que nos haga comprender las cosas, unas pautas para seguir el buen camino o realizar un buen trabajo.
Quien está en la orilla, que aun siguen sin reconocer, les dice que lancen la red por otro lado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. Y aunque ellos eras los pescadores avezados en aquellas tareas ahora se dejan conducir. Parece que se repite lo que había sucedido en otra ocasión y entonces nos narraron los sinópticos. También habían pasado una noche sin recoger nada y Jesús les había dicho que echaran de nuevo la red, y fiándose de la palabra de Jesús lo habían echo y entonces como ahora recogían una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Y aquel que había sentido hondamente el amor de Jesús como para recostar la cabeza en su costado y sentir el latido de su corazón ahora le había reconocido. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro en medio de aquel fragor de peces que saltan en la red. Y Pedro al escuchar estas palabras lo deja todo – como siempre quería hacerlo por Jesús aunque en su debilidad alguna vez le había fallado – se lanza al agua tal como estaba para llegar pronto a los pies de Jesús.
¿Qué tenemos que aprender? ¿Qué nos quiere enseñar Jesús hoy? Por muchos que sean nuestros desalientos, aunque en nuestras oscuridades no veamos nada o nos parezca que no sabemos hacer nada, sintamos que Jesús está ahí; El se nos manifiesta de muchas maneras. Su Palabra llegará a nosotros quizá en distintas voces, pero siempre sintamos que el amor de Jesús nos está hablando allá en el corazón. Aprendamos a poner nuestra cabeza en su costado, cerca de su corazón para escuchar sus latidos, para latir nosotros al ritmo de los latidos de su amor.
Amanecerá sobre nuestra vida. Lo necesitamos porque siempre no podemos permanecer en esas noches oscuras. No lo quiere el Señor que nos hará amanecer su luz sobre nuestra vida. Y sabemos que tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos, en nuestras tareas y en nuestros trabajos si aprendemos a hacerlos en su nombre, a emprender cada día nuestros trabajos en el nombre del Señor.
Lo necesitamos hacer en nuestra vida personal de cada día para que haya un autentico crecimiento espiritual; lo necesita hacer nuestra iglesia para no apartarse de ninguna manera del camino de Jesús y del evangelio. Lo necesitamos todos porque en el fondo todos estamos ansiando esa luz que nos haga encontrar la salvación.

jueves, 31 de marzo de 2016

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Hechos 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

¿Será él? ¿No será? Se le parece, pero nos sentimos confundidos. Es la sorpresa al encontrarnos con alguien al que quizá no esperábamos, hace tiempo que no veíamos, no sospechábamos que lo podríamos encontrar aquí porque pensábamos que esta en otro sitio. Y en la confusión le miramos y quizá no nos atrevemos a acercarnos, porque pensamos quizá que nos equivocamos y solamente es alguien parecido. Son cosas que suceden muchas veces.
Ahora los discípulos andan confundidos. Algunos vienen con noticias de que lo han encontrado en el camino y lo reconocieron después de mucho rato cuando se sentaron a la mesa a comer. Pero aun siguen desconfiando y con miedos. Están con las puertas cerradas. De cuántas maneras cerramos las puertas tantas veces por nuestros miedos, que no son solamente por lo que nos pueda pasar o los ladrones que nos pudieran entrar a robar. Tenemos miedo quizá de que entren en nuestro interior, en que nos conozcan como somos también con nuestras dudas y debilidades, cuando aparentamos tanta fortaleza, pero quizá nos falta sinceridad para reconocerlo.
Así andan entre miedos, desconfianzas, incredulidades los discípulos cuando Jesús se presenta en medio. Era el tercer día ya después de su muerte y aunque había anunciado su resurrección, habían venido las mujeres en la mañana con la historia de la tumba vacía y las apariciones de Ángeles, aunque habían llegado los discípulos que se habían marchado a Emaús y contaban lo que les había pasado por el camino, terminaban sin creer que Jesús realmente resucitaría. Por eso ante la presencia de Jesús se sienten sorprendidos y aun no se les termina el miedo, en este caso el miedo a creer.
Jesús trata de darles pruebas, con las llagas de sus manos y el costado, comiendo lo que le ofrecen, un poco de pescado asado, pero querrá abrirles el entendimiento y el corazón para que entiendan las Escrituras y lo que en ellas estaba anunciado.
‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: - Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Tenían que ser testigos de todo esto, pero tenían que comenzar por creer. Ahí está Jesús insuflándoles la sabiduría del Espíritu para que entiendan las Escrituras. No serán solo pruebas físicas que luego otros podrán manipular o hacer sus interpretaciones. ¿No había intentado los fariseos y sumos sacerdotes sobornar a los guardias que habían sido testigos de lo sucedido en la tumba en la mañana de la resurrección para que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús? Allá andaba también Maria Magdalena averiguando quien se había llevado el cuerpo de Jesús.
Nosotros también tenemos que ser testigos de la resurrección. Recogemos el testigo de los apóstoles y de lo que ha sido la fe de la Iglesia a través de los siglos. Pero ¿dónde realmente vamos a alimentar esa fe? También nosotros tenemos que ir a las Escrituras, tenemos que dejarnos impregnar por el mensaje de las Escrituras.
Será la Palabra de Dios, palabra siempre fiel, palabra siempre de verdad, palabra que es sabiduría divina la que tiene que ser nuestro alimento. Es la Palabra que tenemos que rumiar una y otra vez en nuestro corazón. Es la Palabra que ilumina nuestra vida y nos saca de nuestras dudas y oscuridades. Es la Palabra que nos hace crecer por dentro porque nos dará una verdadera y profunda espiritualidad. Es la Palabra que nos alcanza la Sabiduría de Dios. Es la Palabra que nos llena de vida y nos hace alcanzar la Salvación.

miércoles, 30 de marzo de 2016

En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro

En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro

Hechos 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35

Mala cosa es cuando nos entra el desaliento y parecen que se nos acaban las esperanzas. Aquello en lo que habíamos confiado parece que nos falla, las cosas no salen como nosotros hubiéramos querido, las ilusiones se pierden, nos parece andar desorientados, tenemos la tentación de la huida o de encerrarnos en nosotros mismos, o tirar todo por la borda.
Nos pasa en muchos aspectos humanos cuando una amistad nos falla, cuando vemos la incongruencia de los que están a nuestro lado, cuando vemos los derroteros por donde marcha la sociedad cuando quizá tantas esperanzas y esfuerzos habíamos puesto en proyectos que nos parecían que eran lo mejor pero  nos fallaron, o cuando nosotros mismos que habíamos puesto gran ilusión en algo que queríamos conseguir nos vimos débiles e incapaces de conseguirlo.
Nos puede pasar en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida religiosa. Nos sentimos débiles, quizá no encontramos la fuerza en un momento determinado para superar algunos problemas, apreciamos la indiferencia religiosa que nos rodea que nos suscitan interrogantes interiores, o cuando nosotros mismos nos hemos ido debilitando dejándonos arrastrar por el ambiente, la tibieza o los cansancios.
Me ha hecho pensar en todo esto que nos viene bien para examinar muchas cosas de nuestra vida lo que escuchamos hoy en el evangelio de aquellos dos discípulos que marchaban a Emaús, preocupados, desalentados y como si hubieran perdido todas las esperanzas. Era como un volverse a su vida de antes porque todo lo que habían vivido con ilusión ahora podría parecer un fracaso.
Tan ensimismados iban en sus preocupaciones y tristezas que no reconocieron al forastero que se les unía en su camino. Era el atardecer y quizá podríamos pensar que esa hora entre últimos resplandores y sombras hicieran que no reconocieran su rostro ni su voz aunque luego más tarde dijeran que algo raro sentían en su interior con su presencia y al escuchar sus palabras. Pero era un atardecer para ellos porque estaban dejando que muchas sombras se fueran adueñando de sus corazones.
‘¿Qué conversación es esa que traéis de camino? ¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén estos días?’ Y se fue desarrollando el diálogo contando cómo habían perdido sus esperanzas. Les había dicho que resucitaría al tercer día – eran muy conscientes de sus anuncios – pero aun no le habían visto. Es cierto que unas mujeres que habían ido al sepulcro lo habían encontrado vacío y contaban de unas visiones de ángeles, pero para ellos eran cosas de mujeres visionarias.
Es cuando la Palabra de Jesús va penetrando en sus corazones. Les va explicando con detalle; les hace repasar todo lo anunciado por los profetas; les va haciendo comprender el sentido de todo aquello. ‘Era necesario que el Mesías padeciera…’
Tan entusiasmados están con la conversación que al llegar a Emaús y el forastero hiciera ademán de seguir adelante, ellos insisten para que se quede. Es tarde, anochece, los caminos son peligrosos, pero es que ellos quieren seguir estando con El aunque aun no le han reconocido.  ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’. Será al sentarse a la mesa y al partir el pan cuando se les abren los ojos. Era El. Es verdad que había resucitado. Les había salido al encuentro y por eso les ardía el corazón mientras les hablaba y les explicaba las Escrituras. Ahora ya no estaba allí, pero ellos se sentían reconfortados y con fuerzas para volver a Jerusalén sin temor a la noche. Llevaban ya con ellos la luz y la fuerza de su Espíritu para saltar todos los obstáculos y superar todos los peligros.
Tenemos que aprender a abrir nuestro corazón para dejar que Jesús llegue a nuestra vida. En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro, quiere hacerse sentir allá en lo más hondo de nosotros. Abramos las puertas de nuestro corazón. Nunca nos faltará su luz aunque todo a nuestro alrededor pareciera que nos fallara. Jesús siempre está con nosotros.

martes, 29 de marzo de 2016

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

 Hechos  2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18

‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’ las lágrimas no nos dejan ver con claridad. El sufrimiento nos entumece el corazón y nos ciega. Se nos convierte la vida en un túnel oscuro y nos parece sin salida. Cuántas veces nos pasa en la vida. Los problemas, las soledades, las ausencias que sentimos allá en el fondo del alma. Rupturas, desgarros del alma, dolor incontrolable que nos ciega. Los problemas se nos amontonan y parecen montañas infranqueables. La vida se nos desorganiza y no sabemos qué hacer ni qué camino tomar.
Es el dolor de los que se ven postrados en una cama con una enfermedad que parece no remitir nunca; es la soledad del anciano al que se le van perdiendo en el camino aquellos amores familiares que le habían sostenido en la vida, y que ahora se siente aislado y sin saber con quien contar; es la incertidumbre del que tiene que abandonar lo que había sido su hogar o su solar patrio y ha de buscar nuevos caminos, nuestras lugares donde asentar su vida; es el que busca aquello que lo dignifique en un trabajo donde no solo ganar su sustento y el de los suyos, sino realizarse plenamente en su ser más hondo desarrollando sus valores y posibilidades en la vida.
Tantos dolores, soledades, ausencias, silencios por lo que quizá hemos tenido la suerte de no haber pasado, pero que tenemos que abrir los ojos para ver cuántos lo están sufriendo a nuestro lado y tan insensibles somos que no caemos en la cuenta. Es la mirada distinta con que hemos de mirar en nuestro entorno, pero es la mirada que nos tiene que hacer trascender hasta encontrar respuesta, encontrar luz, encontrar un camino. Una mirada que terminara si lo hacemos de forma autentica hasta un compromiso. Son tantas las búsquedas que hay dentro de nosotros y las respuestas que buscamos.
María Magdalena es una mujer en búsqueda en medio de su dolor. Ya un día se había encontrado con Jesús y su vida había cambiado radicalmente. Pero ahora eran momentos duros de prueba en la muerte de su Señor y en la tumba vacía que ahora se encontraba. En esa búsqueda también sus ojos se obnubilan y le cuesta ver y terminar de creer. Por eso  no reconocerá en principio a su Señor y lo confundirá. En su búsqueda realmente no sabía bien casi lo que buscaba porque todo el dolor que padecía su corazón le hacia quedarse aun en la muerte.
Por eso buscaba en una tumba, pero Jesús estaba fuera de la tumba, Jesús viene a su encuentro como viene siempre a nosotros en medio de nuestros dolores y fracasos. El nunca nos dejará solos sino que siempre se está adelantando para ver a nosotros y hacer que encontremos respuestas, luz, camino, esa vida nueva que El siempre quiere ofrecernos. No busquemos a Jesús entre los muertos porque El vive y siempre viene ofreciéndonos vida.
Tengamos cuidado para no confundirnos, para no buscar lo que no importa, para saber centrarnos en Jesús a pesar de nuestras soledad, nuestros interrogantes, nuestros miedos y cobardías. Jesús quiere salirnos al encuentro para llenarnos de plenitud. Que sintamos y vivamos con toda intensidad la alegría con Cristo resucitado.


lunes, 28 de marzo de 2016

La alegría de la pascua no nos la podemos guardar para nosotros ni podemos permitir que quieran diluirnos el mensaje pascual

La alegría de la pascua no nos la podemos guardar para nosotros ni podemos permitir que quieran diluirnos el mensaje pascual

Hechos 2,14.22-33; Sal. 15; Mateo 28,8-15

Seguimos viviendo la alegría de la pascua. Una alegría que se hace expansiva, que se lleva hondamente en el corazón pero que se va comunicando allá por donde vayamos. Una alegría que se va renovando continuamente en nosotros porque allá donde vamos con fe seguimos encontrándonos con Cristo resucitado. Una alegría que se contagia y que vence todos los miedos. Una alegría que no podemos acallar, que nadie podrá impedirnos que la contagiemos a los demás.
Las mujeres salen del sepulcro vacío impresionadas por la visión del ángel que les anuncia que allí, en una tumba, en un lugar de muerte no tienen que buscar a Jesús porque Jesús vive, porque Jesús ha resucitado. Y con la impresión correr a comunicarlo a los hermanos, al resto de los discípulos que aún siguen en las sombras de las dudas y de los temores, y por eso siguen encerrados como en un refugio en el cenáculo.
Pero Jesús les sale al encuentro en su camino. Como seguirá saliendo al encuentro de los otros discípulos, o irá allí donde hay dolor o están los corazones atormentados por los miedos y las cobardías. Y la palabra de Jesús, su presencia, inspira confianza; no hay que tener miedo; es más, esa noticia hay que comunicarla, hay que ponerse en camino. ‘No tengáis miedo. Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me veréis’.
Con Jesús no hay temores. Con Jesús no nos valen las cobardías. Con Jesús a nuestro lado no importa que otros vayan con infundios queriendo confundir a las gentes, como trataron de hacer los  sumos sacerdotes y los fariseos con lo que los guardianes del sepulcro les comunicaban que ellos habían visto, pero que ahora sobornados habrían de decir lo contrario.
Cuántos quieren comprar nuestros silencios; cuantos buscan la manera de que el anuncio de la resurrección quede diluido en otras cosas para confundirnos; cuantos quieren separar el sentido de la semana santa de lo que fue la muerte y la resurrección de Jesús; ya quieren llamarla hasta con otros nombres para que desaparezca el nombre de Jesús; a cuantos les molesta el hecho religioso y la fe que nosotros queremos proclamar en Jesús; cuantos quieren diluir la figura de Jesús en un simple personaje, como tantos otros de la historia, pero nada más.
Simplemente para ver cómo esto sucede miremos la forma de expresarnos los medios de comunicación lo que ha sido la semana santa quedándose solamente en lo externo, no sabiendo leer la catequesis  que en si mismas tienen todas las imágenes de la pasión que ponemos ante los ojos del mundo en estos días sacándolas incluso de nuestros templos, o hablándonos de semana santa como sinónimo de vacaciones, de viajes, de playas y de no sé cuantas cosas más.
No podemos callar el mensaje de la pascua. Con valentía tenemos que proclamarlo, anunciarlo de mil maneras a nuestro mundo, y no nos importe que muchos cierren los ojos y los oídos para no verlo ni escucharlo. El anuncio hemos de hacerlo, y hacerlo con alegría, con entusiasmo, con fuerza, con vigor. Sería una pena que no gritáramos la alegría del mensaje pascual, del mensaje de la resurrección a nuestro mundo.

domingo, 27 de marzo de 2016

Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado

Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado

Rm. 6, 13-11; Sal. 117; Lc. 24, 1-12
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. Es la gran noticia, la gran Buena Nueva. Es la gran noticia que se repite esta noche y en este día como se ha venido repitiendo a lo largo de los siglos, después que aquellas buenas mujeres, de madrugada, habían ido al sepulcro, donde en la víspera del sábado habían enterrado a toda prisa a su Señor, y ahora querían cumplir con todo lo establecido para su embalsamamiento.
Allá iban pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro porque ellas solo eran unas débiles mujeres y de eso no se habían percatado. Habían seguido adelante, sin embargo, encontrándose con la sorpresa que la piedra estaba corrida. ¿Quién se les habría adelantado? Entre los discípulos de eso no habían hablado tan apesadumbrados como estaban todos tras la muerte de Jesús. Pero la sorpresa mayor fue al entrar y no encontrar el cuerpo del Señor donde ellas habían observado muy bien que lo habían puesto. ¿Se habría vuelto atrás José de Aritmatea que había facilitado su sepulcro?
Pero se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes que ahora les estaban hablando y diciéndoles que por que buscaban entre los muertos a quien vive. Y recuerdan lo que Jesús les había anunciado. ‘El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’. Corren al encuentro de los discípulos para comunicar la noticia y cuanto les había pasado, pero ellos se lo tomaron por un delirio y no les creyeron. Todavía por la tarde los que marchaban a Emaús contarán que unas mujeres habían ido al sepulcro y volvieron hablando de visiones, pero que nos las creyeron.
Pero, sí, es la gran noticia que se repetirá y nosotros repetimos hoy también y anunciamos con gran alegría. Era verdad, es verdad, el Señor ha resucitado. Más tarde se encontraría con las mujeres, con Magdalena, con Pedro, con los que marchaban a Emaús, con el resto de los discípulos en varias ocasiones en el Cenáculo, también en Galilea junto al lago repitiéndose el signo de la pesca milagrosa… Serían testigos de que en verdad había resucitado; hasta Tomás el más incrédulo tendría oportunidad de tocar sus llagas, meter el dedo en el agujero de los clavos, la mano en la llaga del pecho, aunque finalmente había terminado de reconocer ‘¡Señor mío y Dios mío!’ confesando su fe.
Algo nuevo comienza, una nueva vida renace, una nueva luz comienza a brillar, las esperanzas de un mundo y una vida nueva se ven cumplidas, la salvación está realizada, comenzamos en verdad a ser hombres nuevos, la pascua ha llegado a su culminación definitiva de manera que para siempre ya seguiremos celebrándola, no como el paso liberador del ángel del Señor en Egipto, sino por este paso nuevo y definitivo de quien con su sangre nos ha redimido, con su entrega ha hecho llegar a nosotros la salvación y ha nacido ya para siempre ese mundo nuevo que es el Reino de Dios que con la fuerza de su Espíritu podremos y tenemos que construir.
Es lo que en este día con gozo grande estamos celebrando, queremos proclamar ante el mundo que nos rodea con la seguridad y la certeza de que en Cristo, muerto y resucitado tenemos la vida y la salvación. Lo celebramos y no como un acto repetitivo más, aunque cada año lo conmemoremos con toda nuestra fuerza; lo celebramos queriendo poner toda nuestra vida, toda nuestra fe, porque de nuevo sentimos esa fuerza y esa presencia del Señor en nosotros. No lo hacemos de cualquier manera, ponemos en ello toda nuestra vida.
Es verdad, hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo para ser incorporados a su muerte, como nos ha repetido san Pablo una vez más. Fuimos sepultados con Cristo en el Bautismo, para que como Cristo ha resucitado nosotros resucitemos también, y resucitar con Cristo es renacer a una nueva vida, vivir una vida nueva. Por eso tenemos que sentirnos hombres nuevos, hombres liberados de toda esclavitud del pecado. Es el camino nuevo que tenemos que vivir. Es lo que tiene que ser nuestra vida para siempre desde el bautismo que hemos recibido. Pero ya sabemos, volvemos a la muerte, volvemos al pecado y necesitamos una y otra vez renovar esa nuestra incorporación a Cristo. Es lo que hacemos con los sacramentos. Es lo que queremos hacer en esta noche, este día de Pascua.
Si los ángeles les decían a las mujeres que por que buscaban entre los muertos al que vive, a nosotros quizá tengan que decirnos, por que volvemos una y otra vez a la muerte si ya nos habíamos incorporado a Cristo. Escuchemos esa interpelación que desde la Palabra de Dios sentimos allá en lo hondo del corazón para que en verdad esta pascua que estamos celebrando sea una verdadera y definitiva pascua para nosotros y ya para siempre nos liberemos de tantas esclavitudes, de tantos miedos, de tantas dudas, de tantas cobardías, de tantas oscuridades que vamos dejando meter en nuestra vida.
Que sintamos la verdadera pascua en nosotros porque así sintamos esa presencia salvadora de Jesús en nuestra vida. Dejemos que Cristo nos libere, nos llene de su gracia, transforme nuestro corazón para vivir para siempre esa vida nueva que nos regala. Es la alegría que queremos poner en nuestro corazón en este día tan lleno de esperanza. Es la alegría de la que tenemos que contagiar a nuestro mundo. Es la luz que tenemos que mostrar para manifestar que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Sí, frente a tantas desesperanzas de los hombres nuestros hermanos que lo ven todo tan negro que parece que nada tiene salida, nosotros podemos proclamar, nosotros tenemos que  proclamar que podemos hacer en Cristo resucitado ese mundo nuevo. Cuanto tenemos que transformarnos nosotros en el amor y la gracia del Señor; cuánto tenemos que transformar nuestro mundo en ese amor de Cristo que se entregó hasta la muerte y hoy estamos proclamando resucitado.
Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado. Hagamos resplandecer su luz ante todos los hombres y mujeres de nuestro mundo de hoy. Vayamos con ilusión a su encuentro; llevémoslo con esperanza, firmeza y valentía al mundo que nos rodea.

sábado, 26 de marzo de 2016

Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad

Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad


Os ofrezco esta hermosa meditación que nos propone el Oficio de Lecturas para este día

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado
¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: “Levantaos."
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba
contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

viernes, 25 de marzo de 2016

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Is. 52, 13-53, 12; Sal.30; Hb. 4, 14-16; 5.7-9; Jn.18, 1-19, 42
Hoy es un día para la contemplación en silencio a la sombra de la cruz. Es tan sublime lo que contemplamos que casi no hay palabras con las que poder expresar lo que sentimos allá en lo más profundo de nuestro corazón.
Miramos a la cruz y aunque su desnudez nos pueda parecer terrible; aunque lo horroroso que nos pueda parecer lo que en ella la maldad del corazón humano es capaz de realizar nos pueda descentrar un poco, sin embargo en ella desde la muerte de Jesús podemos contemplar algo más que es bien hermoso. Allí está reflejada la grandeza del amor de un Dios que no solo se hizo hombre sino que en ella quiso ser traspasado para mostrarnos todo lo que es capaz de hacer el amor de Dios por el hombre. Ahí está la entrega más sublime, la que llega hasta el final, la que lo convierte en el amor más grande.
Para nosotros no es el triunfo de la muerte y el pecado aunque en ella se pueda ver reflejada la maldad del hombre de todos los siglos, sino que para nosotros se convierte en el signo del amor más sublime y de la victoria sobre el pecado y la muerte.
Aunque ante nuestros ojos desfilan las imágenes más horrendas en todo lo que significó el sacrificio de Cristo – reflejo de todas las maldades y crueldades de los hombres de todos los tiempos – hoy queremos contemplar ya la cruz vacía y desnuda, porque sabemos que quien en ella fue crucificado vive, y vive para siempre, porque tenemos la certeza y la seguridad de la resurrección. No separaremos la tarde que nos pueda parecer oscura y de muerte del viernes santo de la luminosidad de la mañana de la resurrección.
La muerte de Jesús fue una victoria, fue la victoria sobre el pecado y la muerte porque le contemplaremos resucitado para siempre. Nos podemos sentir aturdidos por nuestras maldades y pecados que tan bien vemos reflejados en la cruz de Jesús, pero nuestro corazón se llena de esperanza cuando contemplamos cuanto significa de verdad la muerte de Cristo. Con Cristo nuestro pecado ha sido redimido; con la muerte de Cristo entramos en el camino donde podremos vencer para siempre la maldad y la inhumanidad del hombre porque entramos en un reino nuevo el reino del amor.
Si nos fijamos en pasión de Jesús que nos narra Juan - que es la lectura que hacemos en este día del viernes santo – se va repitiendo una y otra vez que Jesús es Rey. Lo entenderán quizá de manera distinta todos aquellos que hacen mención al reinado de Cristo, pero es que estamos viendo el cumplimiento de lo que Jesús había anunciado desde el principio de su predicación. Llega el Reino de Dios y hay que creer en esa buena noticia; llega el reino de Dios y tenemos que convertir nuestros corazones a ese reino.
Quienes no quisieron creer en la palabra de Jesús y lo rechazaban seguirán entendiendo el reino solo a la manera de los reinos de este mundo; por eso será la acusación que presentan contra El y lo que les llevará hasta Pilatos para que lo condene a muerte porque es un rey que atenta contra los reinos de este mundo. Pilatos preguntará a Jesús si es Rey y ya conocemos la respuesta de Jesús porque es lo que siempre había explicado a sus discípulos. Su reino no es a la manera de los reinos de este mundo. Su reino es distinto porque quiere paz y amor del verdadero, porque quiere la verdadera justicia y se basa en la autentica verdad. Pero habrá quien siga desconfiando y haciendo sus interpretaciones; quizá muchas veces hasta nosotros los cristianos no hemos sabido entender bien estas palabras de Jesús y nos hemos llenado de demasiados oropeles y grandezas a la manera de las grandezas de este mundo.
Necesitamos convertirnos a El para entender de verdad que El es Rey y que hoy en la cruz estamos viendo su proclamación y coronación. El había anunciado que iba a ser glorificado cuando fuera levantado en lo alto y hoy estamos contemplando su glorificación y queremos creer en El. Hoy ante la cruz podemos confesar de verdad que Cristo es el verdadero Rey de este mundo, el verdadero Rey de nuestra vida.
Y teniendo a Jesucristo como nuestro Rey nuestra vida será en verdad distinta, encontraremos la verdadera paz, podremos entender y disfrutar del gozo del perdón, entraremos en verdaderos caminos de amor, de fraternidad, de solidaridad, nuestra vida y nuestro mundo comenzarán a ser distintos.
Todo esto que estamos meditando a los pies de la cruz de Jesús comencemos a realizarlo de verdad en nuestra vida; que con Cristo en la mañana luminosa de la resurrección nos sintamos resucitados, porque sintamos renovada nuestra vida, para ser los hombres nuevos que viviremos para siempre en el Reino de Dios.



jueves, 24 de marzo de 2016

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn.13, 1-15
Cuando tenemos que desprendernos de las personas que amamos bien porque vayamos a tener una larga ausencia o por cualquier otro motivo por el que tengamos que separarnos, tratamos de juntar todos los buenos recuerdos que tengamos de esa persona para llevarlos siempre consigo, o bien tratamos también de mostrarles muchas señales de nuestro amor y cariño y si pudiéramos hacer algo que le dejemos como un recuerdo permanente de nuestra presencia, para que sientan que si físicamente tenemos que alejarnos siempre con el corazón estamos a su lado.
La cena pascual de Jesús con sus discípulos tiene de alguna manera estas connotaciones; todo suena a despedida, porque algo grande va a suceder, pero Jesús quiere dejarles la certeza de que siempre estará con ellos. ‘Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo’, comienza diciéndonos el evangelista.
Los signos y señales se suceden unos tras otros en medio de la cena, en los gestos que realiza Jesús para mostrarnos su amor y lo que ha de ser también nuestro amor, y no serán solo sus palabras, sino que nos dejará el signo más grande de su presencia y de su amor en la Eucaristía que instituye en este día.
Es la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos su presencia que nos llena de vida. Todo nos habla de amor en este día. Todo son signos del amor.
Así comienza la cena en lo que era el signo de la hospitalidad que se realizaba siempre cuando alguien llegaba a nuestra casa. Pero es Jesús el que va a postrarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. A los discípulos les va a costar entender aquel gesto de Jesús e incluso alguno no querrá que Jesús le lave los pies. Pero es una señal del Reino que tenemos que aprender y si no es así no entenderemos lo que es el Reino de Dios. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’ le dice Jesús a Pedro que se resiste.
‘Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’.
Nos recuerda lo que ya nos había dicho. ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’, nos decía en la alegoría del juicio final. Ahí, en el hermano, está Jesús. Ahí desde el amor podemos y tenemos que descubrir su presencia. Jesús estará siempre con nosotros. No nos deja solos. Tenemos que saber descubrir su presencia.
Pero algo más sucede en aquella cena. Un día había dicho que teníamos que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. A los discípulos les había costado entender entonces las palabras de Jesús pero lo habían aceptado porque era la Palabra de Jesús. ‘Tu tienes palabras de vida eterna, ¿a quien vamos a acudir?’ se habían dicho entonces poniendo toda su fe en Jesús.
Ahora llega el momento en que aquello se hace realidad. ‘Esto es cuerpo que se entrega por vosotros’, les dice ahora después de tomar el pan y hacer la bendición. ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice pasándole la copa. Como nos recordaría san Pablo más tarde terminaría diciéndoles ‘por eso cada vez que comáis de este pan y bebáis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
Proclamamos la muerte del Señor, bebemos del cáliz de la Nueva Alianza, nos alimentamos de su cuerpo y de su sangre para tener vida eterna, nos hacemos participes de la resurrección del Señor. El Señor estará para siempre con nosotros. Sigue alimentando nuestra vida, sigue iluminándonos su Palabra, seguimos sintiendo la fuerza de su Espíritu. El Señor viene continuamente a nuestra vida y vivimos su presencia cada vez que celebramos la Eucaristía, nos alimentamos de su vida, y su presencia será permanente en nuestros sagrarios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles instituyendo en esta noche el sacerdocio de la Nueva Alianza. Podremos celebrar la Eucaristía, podremos sentir la gracia del Señor en todos y cada uno de los sacramentos porque Jesús nos hace participes de su sacerdocio y elige a quienes en su nombre ejerciten ese ministerio. Una prueba más del amor del Señor que nos asegura su presencia para siempre junto a nosotros. Por eso este día del amor y de la Eucaristía es también el día del Sacerdocio.
Es grande el misterio de amor que hoy celebramos y con el que iniciamos el triduo pascual para celebrar su entrega y su pasión, para alegrarnos de su resurrección, para poder comenzar a vivir en plenitud esa vida nueva que El quiere regalarnos en su amor.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras, para celebrar la pascua con nosotros

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras,  para celebrar la pascua con nosotros

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’ es el recado que Jesús envía a quien en Jerusalén le va a facilitar un lugar para celebrar la pascua que tan especial iba a ser. Los discípulos, estando en Jerusalén y viendo que aun no se había decidido donde celebrar la pascua, le habían preguntado a Jesús ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’
Era algo  habitual en aquellos días en Jerusalén que se veía atestada de judíos que subían de todas partes para celebrar la Pascua. La hospitalidad judía brillaba en todo su esplendor y era normal que los habitantes de Jerusalén facilitaran a los parientes venidos de otros lugares un sitio para que pudieran preparar y celebrar la cena pascual. Es lo que sucede entonces con Jesús y sus discípulos que siguiendo las instrucciones muy precisas de Jesús encuentran la hospitalidad de aquel individuo del que no se nos da nombre para tenerlo todo preparado para la pascua.
Es el hecho que nos narra el evangelio en esta víspera de iniciar el triduo pascual con los detalles que se suceden antes y en el entorno de aquella cena de la que saldrá Judas a cumplir sus propósitos.  Pero no nos quedamos en contemplar lo que entonces sucedió sino cómo traer eso a nuestra propia vida en estos momentos precisos en que estamos por un lado siguiendo el ritmo de la liturgia y en las circunstancias concomitantes que vive nuestra sociedad.
Nos haremos la pregunta de los discípulos o escucharemos la solicitud de Jesús. Nos preguntaremos cómo vamos a celebrar esta pascua, mientras al mismo tiempo escuchamos que Jesús quiere venir a nuestra casa, a nuestra vida para hacer pascua en nosotros. Un día que también había sido día de salvación se había auto invitado a la casa de Zaqueo porque quería comer en su casa. Hoy quiere llegar a nosotros, a nuestra vida para que celebremos de manera autentica la pascua sintiendo ese paso salvador de Dios por nosotros.
¿Cómo estaremos dispuestos a prepararnos? ¿Cómo estaremos dispuestos nosotros a celebrar auténticamente la pascua para que no se quede en algo anecdótico o superficial como quizá muchas veces nos ha sucedido? Podemos recordar lo que un día les dijera a aquellos dos discípulos que se habían atrevido a pedirle los primeros puestos, uno a su derecha y otro a su izquierda. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
¿Podemos beber el mismo cáliz del Señor? ¿Seremos capaces de realizar esa pascua en nosotros? Aquella pascua judía suponía un sacrificio, el sacrificio del cordero pascual que luego había de ser compartido en la cena pascual. ¿Cuál es el sacrificio, la ofrenda que nosotros hemos de realizar?
Miremos nuestra vida y veamos esas cosas concretas a las que tenemos que morir. La Pascua tiene el primer paso del morir, del sacrificio, de la entrega. Ahí tenemos que poner nuestra vida con sus limitaciones, con sus debilidades, con las negruras que tantas veces nos aparecen en el corazón, con los sufrimientos y los problemas, con las angustias propias o con las angustias y sufrimientos de cuantos nos rodean, con las negruras de nuestro mundo y las desesperanzas de muchos, con tantas muertes inocentes en guerras o en atentados como se están viviendo en estos mismos días en nuestro mundo, o con tantas personas que caminan sin rumbo en la vida y llenos de sufrimientos en desplazamientos obligados, en rechazos insolidarios, en hambre, miseria y dolor de tantos que injustamente pierden su vida.
Ahí tenemos una lista muy grande de momentos de pasión, de sufrimiento, a los que tendríamos que ser capaces de dar vida. Porque la pascua no se queda en la muerte sino que ha de hacernos renacer a nueva vida. La pascua ha de realizar esa transformación para hacer un mundo nuevo. Y es ahí donde tenemos que poner nuestra pascua, es ahí y así como tenemos que celebrar la Pascua de Jesús en nosotros. Nos va a costar, no llegaremos a mucho quizá, pero tengamos la certeza de que el Señor va con nosotros y con su gracia podemos sentirnos transformados.
El Señor quiere celebrar la pascua en nuestra cada, en nuestra vida, en ese mundo concreto en que vivimos.

martes, 22 de marzo de 2016

Que la negrura de la noche de nuestro pecado se vea transformada en el resplandor de vida nueva que alcanzamos con la gracia del Señor

Que la negrura de la noche de nuestro pecado se vea transformada en el resplandor de vida nueva que alcanzamos con la gracia del Señor

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Momentos realmente emotivos con anuncios dolorosos que desgarran el corazón, confidencias arrancadas desde el amor, promesas impulsivas desde un deseo grande de mantener la fidelidad y la lealtad hasta el final, anuncios de promesas rotas y de negaciones a pesar de los impulsos del amor, momentos decisivos que son inicio de una traición anunciada, cercanía de la hora de la glorificación aunque no todos terminen de entender, son las emociones que se van desgranando en este episodio del evangelio que en este martes santo se nos proclama en la cercanía ya del inicio de la pasión y de la pascua.
Son momentos, pensamientos, emociones, reflexiones que nos tenemos que hacer y que tenemos que vivir intensamente en esta semana en la que celebramos la pasión de Jesús. No podemos ser insensibles, no podemos quedarnos como espectadores, tenemos que sentir todo eso en lo más hondo del corazón, impregnándonos así de su amor y dejándonos inundar por su vida y por su gracia. Algo nuevo Cristo quiere ofrecernos para nuestra vida.
Ahí está nuestra vida con sus negruras, con tantas oscuridades que con nuestro pecado hemos metido en nuestro corazón. Cuando salió Judas del cenáculo nos dice el evangelista que era de noche. Era la noche que se había apoderado de su corazón. Es la noche en que nos vemos envueltos en nuestras infidelidades, en nuestro pecado, en la debilidad que nos hace tropezar tantas veces en la vida, en nuestras rutinas y nuestros cansancios que nos desgastan, que nos debilitan, que nos ponen en esa pendiente resbaladiza que nos lleva al pecado, a dar la espalda a los designios de Dios.
Queremos salir de la oscuridad a la luz, de la negrura de nuestro pecado al resplandor de la gracia, de la noche de nuestra muerte al día lleno de luz de la vida nueva en Cristo resucitado. Intentemos llenar nuestra vida de amor, impregnándonos de ese amor que contemplamos en Jesús, para que así como aquel discípulo amado logremos entrar en esa intimidad con el Señor. Recostémonos en su pecho como el discípulo amado para sentir el latir de amor del corazón de Cristo sobre nosotros y para sintonizar con cuanto El quiere manifestarnos.
Que como Pedro estemos dispuestos a todo por Jesús pero cuidado no nos llenemos de autosuficiencia para creer que por nosotros solos lo podremos lograr. Queremos, sí, darlo todo por Jesús, pero sabemos que lo podremos hacer si nos fiamos de su gracia, si nos fortalecemos en su amor, si entramos en esa sintonía de Dios cada día con nuestra oración.
Sigamos día a día queriendo vivir con intensidad esta semana de pasión para que sea verdadera pascua en nosotros y podemos alcanzar esa vida nueva porque con Cristo lleguemos a la resurrección.

lunes, 21 de marzo de 2016

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

Por allí anda Judas preocupado por lo que considera un gasto superfluo en aquel perfume tan caro cuyo importe se podría haber empleado en otras cosas – aunque el evangelista nos previene de las negruras que se han metido en su corazón -; por otro lado está la curiosidad de tantos judíos que habían venido porque a Jesús se le ofrecía una cena en Betania aunque vinieran mas por la curiosidad de ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado; está también aquella querida familia de Betania que ofrece aquel banquete en reconocimiento quizá por las maravillas que Dios había obrado en ellos a través de Jesús; y tomando un protagonismo especial María que ofrece a Jesús en aquel gesto de hospitalidad tan habitual de ofrecer agua y perfume al huésped que llegaba hasta un hogar pero con ese perfume de nardo, auténtico y costoso, con el que le unge los pies a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Un paralelismo encontramos con aquel hecho que nos narra otro evangelista de la mujer pecadora que en casa del fariseo se introduce también hasta los pies para lavárselos con sus lagrimas, perfumarlos también con un caro ungüento y enjugárselos igualmente con sus cabellos como señal del profundo amor que cubriría sus muchos pecados para merecer el perdón de Jesús.
Es el amor el que ahora lleva a Maria a derramar el caro perfume también en los pies de Jesús, anuncio del ungüento para su sepultura que más tarde no podrían realizar debidamente. Es lo que Jesús nos hace descubrir en el gesto de María de Betania y es lo que ahora nosotros nos puede ayudar en este momento de nuestra vida espiritual en medio de las celebraciones que nos ayudan a celebrar y vivir la Pascua del Señor.
¿Qué buscamos o con qué espíritu nos disponemos a vivir estos días de celebración especial? ¿Cuál va a ser el perfume del que vamos a impregnarnos en la celebración de los Misterios pascuales que vivimos?
De nosotros hemos desterrar, por supuesto, intereses torcidos, pues con corazón limpio tenemos que acercarnos al Señor en la celebración de sus misterios. No es la simple curiosidad o simplemente dejarnos enternecer por la emoción que puede provocar en nosotros la contemplación de las imágenes de la pasión. Muchos colocados como espectadores que contemplaran un desfile es todo lo más que hacen ante la pasión de Jesús en lo cruento y duro de las imágenes que nos reflejan el dolor de un hombre que sufre tan crueles tormentos. Es algo más que una emoción pasajera que se evapora como una lágrima al sol lo que se tiene que provocar en nosotros y mover nuestro corazón.
Tenemos que contemplar lo que es la raíz más honda, el motivo más profundo de lo que fue la pasión de Jesús. Es el amor que lleva hasta la más profunda entrega, hasta la entrega total de la vida y de la forma más ignominiosa, pero que es la señal del más grande amor. Y ese amor lo vemos derramado sobre nosotros para ungir nuestra vida con el más precioso perfume  que es el de la gracia que va a limpiar nuestro corazón pecador, pero que aun así quiere poner amor. Como aquella otra mujer que lavó los pies de Jesús limpiando sus muchos pecados al dejarse inundar por tan grande amor.
Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido cuando al mismo tiempo nos dejemos impregnar por su amor y su misericordia en el sacramento del perdón.

domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.