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viernes, 10 de junio de 2011

Una promesa de amor que es camino de pascua Hech

Hechos, 25, 13-21;
Sal. 102;
Jn. 21, 15-19

‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Es la pregunta que una y otra vez, hasta tres veces le hace Jesús a Pedro allá junto al mar de Galilea. Es la última aparición de Cristo resucitado que nos narra el evangelio de san Juan. Y después de recoger la barca tras la pesca milagrosa, y cuando Jesús les había preparado allá sobre las brazas pescado y pan para almorzar, en un aparte con Pedro le hace estas preguntas.
¿Qué podía responder Pedro cuando hace unos momentos se había tirado al agua para llegar nadando más pronto hasta Jesús? No puede ser otra que una protesta y promesa de amor de quien había dicho que estaba dispuesto a todo por seguir a Jesús. El que había dicho un día que a dónde iban a ir ‘si tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros sabemos que tú eres el Santo de Dios’.
Sin embargo la pregunta repetida de Jesús hasta tres veces pone triste a Pedro. ‘Señor, tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero’. Claro que Pedro recordaba que a pesar de sus protestas de seguirle hasta donde fuera, luego había sido débil y ante una criada allá en el patio del sumo pontífice le había negado hasta tres veces antes de que el gallo cantara dos como incluso el mismo Jesús le había anunciado.
El Espíritu está pronto pero la carne es débil, les había dicho Jesús en Getsemaní, pero no habían podido ni velar una hora con Jesús, porque sus ojos estaban cargados de sueño. Sin embargo Jesús sigue confiando en Pedro. Le basta su amor, y la fe y el entusiasmo que siente por El. Ya vendrá el Espíritu que le fortalezca y le dé arrojo y valentía para anunciar el nombre de Jesús como el único nombre en el que podamos encontrar la salvación. Será el que ha de recobrarse y mantenerse firme para poder confirmar en la fe a los hermanos.
‘Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas…’ le confiará Jesús. Un día le había dicho ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré a mi Iglesia’. Y allí estaba ahora la confirmación por parte de Jesús de aquel anuncio que ahora le convertía en supremo pastor en nombre de Jesús para aquella comunidad que nacía.
Pero aquella protesta y promesa de amor era preparación, anticipo y anuncio de la pascua que Pedro había de vivir. También él habría de pasar por la pasión y el martirio. Sería dichoso de padecer por el nombre de Jesús y saldrían contentos de la presencia del Sanedrín cuando los encarcelaban y los castigaban por hablar del nombre de Jesús. Había que obedecer a Dios antes que a los hombres y no podrían callar lo que habían visto y oído.
Era también el cumplimiento de una de las bienaventuranzas que Jesús había proclamado allá en el sermón del monte. ‘Dichosos vosotros cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía… alegraos y regocijáos…’
Ahora Jesús se lo anunciaba directamente a él. ‘Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías, pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. Y comentará el evangelista: ‘esto lo dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’.
Mucho nos enseña este texto. Somos débiles tantas veces en la vida. Quizá no hemos sabido fortalecernos de verdad en el Señor y no hemos sabido aprovechar todos los medios. Se nos caen los ojos de sueño, o nos distraen tantas cosas que nos alejan de estar todo lo unidos al Señor que deberíamos. Pero aun desde nuestra debilidad hemos de porfiar nuestro amor por el Señor una y otra vez. Que no se nos enfríe nuestro amor. Que una y otra vez se lo digamos y repitamos al Señor, porque de qué manera nos sentimos amados.
No temamos hasta donde nos pueda llevar ese amor. No le pongamos barreras ni límites aunque por causa del amor tengamos que sufrir un poco, porque allá en el fondo del corazón vamos a sentir la mayor de las alegrías cuando sincera y generosamente nos entreguemos, nos demos por los demás. El Espíritu Santo también estará con nosorros para fortalecernos en ese amor. Se acerca Pentecostés, lo tenemos a la puerta, invoquémoslo una y otra vez.

jueves, 9 de junio de 2011

Me juzgan porque creo en la resurrección de los muertos


Hechos, 22, 30; 23, 6-11;

Sal. 15;

Jn. 17, 20-26

El Espíritu había asegurado a Pablo que en Jerusalén le esperaban ‘cadenas y luchas’. Recordamos lo que decía en Mileto a los presbíteros de Efeso: ‘Ahora me dirijo a Jerusalén forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo me asegura que me aguardan cárceles y luchas’.

Ha llegado a Jerusalén y ahora le vemos comparecer ante el Sanedrín y vemos el cumplimiento de todo lo anunciado por el Espíritu a Pablo. Aunque hacemos una lectura continuada no significa que leamos versículo a versículo con todo detalle el libro de los Hechos de los Apóstoles. En medio está cómo le han prendido en el templo y ahora en manos del tribuno le hacen comparecer ante el Sanedrín en pleno.

Pablo se vale de un ardid para dejar a las claras la inconsistencia de su prendimiento. Sabiendo que el Sanedrín está compuesto por fariseos y saduceos – éstos niegan la resurrección como ya hemos contemplado en alguna ocasión en el evangelio y como nos dice ahora mismo el texto de hoy – es por lo que hace su proclamación. ‘Yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos’. El reconocerá en sus cartas que había sido fariseo antes de su encuentro con Jesús y con mucho ardor habia perseguido a los que seguían el camino de Jesús.

Pero esta proclamación que provoca el tumulto en medio del Sanedrín, es mucho más que un ardid de Pablo, porque a la larga lo que el pretende anunciar es la Buena Nueva de Jesús, resucitado de entre los muertos. Es la constante de su mensaje. Cuando en Atenas también ha anunciado la resurrección de Jesús vendrá el rechazo e incluso la burla, pero su anuncio de Cristo resucitado es claro, porque es el meollo de nuestra fe.

Ya hemos visto todo lo que sucede que le llevará de nuevo a la cárcel y terminará incluso siendo llevado a Roma a causa de su apelación. Pero es algo que además el Señor le había manifestado. ‘La noche siguiente el Señor se le presentó y le dijo: ¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. No es sólo su apelación o el proceso en si mismo de su detención; son los caminos del Señor. Ya habíamos comentado de la espiritualidad profunda de Pablo que se deja conducir por el Espíritu Santo.

Es el testimonio que también nosotros hemos de dar. Ha de ser clara en todo momento la proclamación de nuestra fe en Cristo resucitado. Estamos llegando al final de la Pascua que ha sido una celebración y una proclamación continuada de nuestra fe, del seguimiento que nosotros hacemos de Cristo resucitado. Pero que litúrgicamente se acabe el tiempo pascual no significa que hemos de bajar la intensidad de nuestro testimonio y de la proclamación de nuestra fe.

Además, bien sabemos, que ese sentido pascual hemos de vivirlo cada día de nuestra vida. Desde el Bautismo estamos configurados con Cristo para vivir en su totalidad el misterio de Cristo; el Bautismo fue una participación en ese misterio pascual de Cristo porque con Cristo fuimos sepultados en su muerte para con Cristo renacer a una vida nueva en su resurrección. Y eso es lo que intentamos ir viviendo cada día en nuestra lucha contra el pecado y la tentación, en nuestro deseo de vivir unidos a Cristo y a su gracia, en esa santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida de cada día.

Concluimos las celebraciones pascuales celebrando Pentecostés, celebrando el don del Espíritu que Jesús nos prometió y que se ha derramado en nuestra vida. Por eso con cuánta insistencia en estos días estamos pidiendo una y otra vez que se derrame el don del Espíritu en nuestra vida, que nos fortalezca, que nos ilumine, que nos mantenga en la necesaria unidad y comunión con los hermanos, que nos conduzca por esos caminos de santidad.

miércoles, 8 de junio de 2011

Oración de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote por su Iglesia


Hechos, 20, 28-38;

Sal. 67;

Jn. 17, 11-19

Estamos escuchando en estos días en el evangelio la llamada Oración Sacerdotal de Jesús al finalizar la última cena. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, ha visto llegar ya la hora de la glorificación. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique…’ comenzábamos escuchando ayer.

Había llegado la Hora de pasar de este mundo al Padre, comenzaba el relato de la Cena. Ha llegado la hora del Supremo Sacrificio de amor, de entrega por nuestra salvación. Había dejado a sus discípulos los signos del supremo Sacramento. Era la Hora de la Inmolación y del Sacrificio. Como Sumo Sacerdote realiza la ofrenda. Era la Hora de la glorificación y de la consagración. ‘Por ellos me consagro yo para que ellos se consagren también en la verdad’.

Como Sacerdote dirige la oración al Padre; oración en especial por los discípulos: ‘guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…’ Ruega por los discípulos a los que deja en el mundo, ruega por todos aquellos que van a creer por la predicación de los discípulos, ruega por la Iglesia, ruega por la unidad de todos los que creamos en su nombre, pero para que el mundo también pueda creer. ‘Que ellos sean uno, como Tú, Padre en mi y yo en ti, que ellos lo sean en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado’.

No nos oculta Jesús que por creer en El vamos a ser rechazados. ‘Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo’. Estaremos en medio del mundo porque además ruega que no nos saque del mundo, sino que nos guarde del mal. Somos sus enviados al mundo con el encargo de un anuncio, aunque el mundo no nos acepte o nos rechace. Pero tenemos la certeza de la presencia de Jesús a nuestro lado, que para eso nos da la fortaleza de su Espíritu. No nos importan las persecusiones o la misma muerte por el nombre de Jesús porque así nos unimos más intensamente a la Pascua de su pasión y muerte, con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

Esta oración de Jesús por los que van a creer en El y por toda la Iglesia, es una forma de manifestarnos cómo estará siempre con nosotros, en medio de su Iglesia, al lado de los que crean en El. En el momento de la Ascensión vamos a escuchar – lo escuchamos ya el pasado domingo en el relato de la Ascensión de Mateo – que El estará con nosotros hasta la consumación de los siglos. Ahí está la oración de Jesús, el que subido al cielo está sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros.

Nosotros nos unimos a la oración de Jesús. Hacemos nuestra su oración mientras en estos días finales de la Pascua nos preparamos para la celebración de Pentecostés. Queremos sentir la presencia y la fueza de Jesús a nuestro lado. Queremos sentir su gloria en nosotros porque escuchamos su Palabra y nos dejaremos conducir por su Espíritu. Nos ponemos en actitud de oración profunda invocando, suplicando desde lo más hondo de nosotros mismos que sintamos toda la fuerza del Espíritu en nosotros.

Ese Espíritu de Dios que nos congrega en la unidad y la comunión. Ese Espíritu de Dios que nos inunda con el amor de Dios y nos enseña a amar con su mismo amor. Ese Espíritu Santo prometido que se derrama sobre la Iglesia toda para mantenerla en la unidad y para darle el coraje y la fuerza para seguir proclamando el nombre de Jesús ante todos los hombres, para seguir anunciando el nombre de Jesús como Buena Nueva, como Evangelio de salvación para todos. Ese Espíritu Santo que nos llena de su paz y nos convierte a nosotros en constructores de la paz para nuestro mundo.

Ven, Espiritu Santo, ven, y llena los corazones de tus fieles.

martes, 7 de junio de 2011

Quien se deja conducir por el Espíritu será hombre espiritual


Hechos, 20, 17-27;

Sal. 67;

Jn. 17, 1-11

‘Me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, solo sé que el Espiritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas…’ Hermoso testimonio de quien se deja conducir por el Espíritu Santo.

Pablo que había estado en Éfeso, había recorrido las diversas Iglesias de Acaya y ahora se dirige a Jerusalén. Al pasar por Mileto, no teniendo tiempo de visitar de nuevo la comunidad de Efeso manda a buscar a los principales responsables de aquella Iglesia y allí en Mileto les dirige la palabra que es algo así como una despedida porque sabe que el Espíritu lo va conduciendo de nuevo a Jerusalén y allí le aguardan ‘cárceles y luchas’, como más adelante vemos en los Hechos de los Apóstoles.

Pero fijémonos en las palabras y en el testimonio de Pablo en esta despedida. Quien se deja conducir por el Espíritu Santo es hombre espiritual y llegará a dar verdadera gloria al Señor con toda su vida. Así es la vida de Pablo, entregado a predicar el Reino como testigo del evangelio y a quien ahora sólo le preocupa cumplir el encargo recibido. Pero Pablo nos está dando muestras de la profundidad de su fe y de su vida y de la altura de su espiritualidad para así dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Todo siempre para la gloria del Señor que es lo que él busca.

Pero no siempre es fácil alcanzar esa altura espiritual. No siempre es fácil dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Somos muy de carne y la carne es flaca como les diría Jesús a los discípulos en Getsemaní. Somos débiles y cuando presentimos la tentación y la lucha tenemos el peligro de sentirnos sin fuerzas. Nos arrastra mucho la pasión y el egoísmo y podemos estarle poniendo límites a nuestra entrega y a nuestro amor porque queremos reservarnos para nosotros mismos en muchas ocasiones. Tenemos miedo a poner toda esa disponibilidad para dejarnos conducir por el Espíritu ante el temor de lo desconocido, de lo que nos pueda pedir el Señor.

Tenemos que entrenarnos para lograr esa disponibilidad y esa generosidad del corazón. Y no son entrenamientos físicos, como podemos comprender. Es crecer en el amor del Señor y aprendiendo a cultivar en nosotros un amor semejante al del Señor. Para ello necesitamos estar muy unidos al Señor, unión que no lograremos de verdad sino a partir de una purificación interior y de un crecimiento de nuestro espíritu de oración.

Si el sarmiento no está unido a la vid, a la cepa, hemos escuchado recientemente, no podrá dar fruto. Es lo que tenemos que hacer nosotros. Así crecerá nuestra espiritualidad; así le daremos verdadera profundidad a nuestra vida; así aprenderemos a discernir e interpretar correctamente lo que nos sucede y a escuchar la voz del Espíritu en nuestro corazón sin ninguna confusión.

No acallemos esa voz del Espíritu en nuestro interior. Hagamos verdadero silencio espiritual para poder escucharla, para poder sentir esa presencia del Espíritu en nosotros. Hay ruidos que nos han ensordecido los oídos del corazón, como aquel que está siempre rodeado de sonidos estridentes y le han dañado ya el oído y no sabrá distinguir un sonido suave y agradable o el susurro de las cosas hermosas. Cuántas cosas, en nuestras pasiones, con nuestros orgullos, en nuestro egoísmo han ido ensordeciendo los oídos del alma, o distraen nuestro espíritu. Tendremos que afinar de nuevo nuestro espíritu y nuestro corazón para poder escuchar ese susurro de Dios que nos hará sentir suavemente su amor en nosotros.

Estamos en esta semana de preparación para Pentecostés y nuestra oración constante es pedir que se derrame el Espíritu de Dios en nuestros corazones. Pidámoslo con insistencia, con amor, con perseverancia para poner también disponibilidad en nuestro corazón. Pidámosle que nos conceda el espíritu de fortaleza para con valentía decir sí a todo lo que nos vaya pidiendo Dios aunque sean cosas costosas y dolorosas. Con la fuerza del Espíritu Santo todo será posible y podremos en verdad dar gloria en todo momento al Señor.

lunes, 6 de junio de 2011

¿Recibísteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?


Hechos, 19, 1-8;

Sal. 67;

Jn. 16, 29-33

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, es la respuesta de los discípulos de Efeso. En otro de los viajes de Pablo llega a Éfeso, otra gran y rica ciudad del Asia Menor, hoy Turquía. Será una comunidad a la que tomará Pablo mucho afecto y estará mucho tiempo allí predicando el evangelio. Le dirigirá una importante carta que escuchamos con frecuencia en nuestras celebraciones, y estos días volveremos a oír hablar de Éfeso en el relato de los Hechos de los Apóstoles; ya haremos mención a ello en su momento.

Al llegar y encontrarse con algunos discípulos les pregunta ‘¿recibísteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?’; y ya escuchamos la respuesta. No habían sido suficientemente evangelizados. Sólo habían recibido el bautismo de Juan. Pablo los evangeliza, les explica con detenimiento y les impone las manos. ‘Bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’. Daban las señales de la acción del Espíritu Santo en ellos.

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, una respuesta que sería muy triste si eso sucediera entre nosotros. Pero hemos de reconocer que en una inmensa mayoría de nuestros cristianos sucede algo semejante. Por el Bautismo todos nos hemos convertido en templos del Espíritu, y al recibir el Sacramento de la Confirmación se ha recibido como don especial al Espíritu Santo que confirma nuestra fe, completa nuestra iniciación cristiana y nos convierte en testigos y apóstoles de Cristo, de su santo nombre.

Pero quizá muchos no son realmente conscientes de lo que significa el Espíritu Santo en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia. Algunas veces por lo que uno ve por ahí pareciera que se convierte en una devoción más para nuestra vida, como le podamos tener devoción a este santo o a cualquier otro. No puede ser una simple devoción. Es Dios mismo, es la tercera persona de la Santisima Trinidad, Dios con el Padre y con el Hijo, que habita en nosotros y nos llena de la gracia y de la vida divina.

Si fuéramos más conscientes de cómo a partir de nuestro bautismo nos hemos convertido en templos del Espíritu Santo, es decir, en verdadera morada de Dios que habita en nosotros, nuestra vida sería más santa. ¿Cómo podríamos compaginar una vida de pecado con la presencia de Dios en nosotros?

Conscientes de la fuerza del Espíritu Santo sentimos su fortaleza en nuestra lucha contra el mal y contra el pecado. Con la fuerza del Espíritu divino en nuestro corazón tendríamos la valentía y el coraje de ser verdaderos testigos de Cristo para anunciarlo con nuestra palabra y nuestra vida. Con la luz y la fuerza del Espíritu de Dios podremos llegar a un conocimiento más hondo y más profundo de Dios para amarle más, para reconocer y sentir a Jesús presente en nuestra vida en tantas señales que nos da de su presencia, para ser más auténticos discípulos de Jesús, para descubrir también por donde ha de discurrir nuestra vida cristiana.

El texto que hemos escuchado de ese encuentro de Pablo con aquellos discípulos de Efeso nos ha hecho pensar en todo esto que estamos reflexionando. Ayer celebrábamos la Ascensión del Señor y recordamos cómo el Señor les pedía a los discípulos que no se apartaran de jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que Jesús les había hecho de enviarles el Espíritu Santo.

Como los discípulos que se quedaron en el Cenáculo esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús así nosotros estamos también en oración esta semana invocando, pidiendo que se derrrame intensamente el Espíritu Santo sobre nosotros. Lo hemos recibido en los sacramentos, como antes mencionábamos, pero lo vamos a celebrar de forma intensa el próximo domingo en Pentecostés. Por eso a la luz de la Palabra del Señor que vamos escuchando esta semana vamos queriendo conocer más al Espíritu Santo, ver los frutos de gracia que produce en nosotros y prepararnos debidamente para la celebración de Pentecostés.

domingo, 5 de junio de 2011

La Ascensión del Señor nos pone en camino

Hechos, 1, 1-11;

Sal. 46;

Ef. 1, 17-23;

Mt. 28, 16-20

Comienzo por decir la Ascensión del Señor nos pone en camino. ‘Id al mundo entero…’ nos dice Jesús. Es el mandato que Jesús nos deja en su Ascensión.

Con gozo, con alegria grande celebramos esta solemnidad. Nuestros dichos y refranes decían que es un día que brilla más que el sol. No es para menos. Seguimos celebrando a Cristo resucitado, seguimos celebrando la Pascua. Y llegamos a este día donde se manifiesta el triunfo y la glorificación al ser llevado Jesús al cielo y contemplarlo sentado a la derecha del Padre.

Así lo confesamos en el credo. ‘Y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre’. Así lo proclamaba el apóstol en la carta a los Efesios. ‘Que el Señor ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis… cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, y dominación, y por encima de todo nombre conocido…’

Es un día de gloria y aclamamos al Señor. ‘Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas’, hemos cantado en el salmo. ‘Cristo Jesús, constituido Señor del cielo y de la tierra… el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte ha ascendido a lo más alto del cielo como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos’. Así lo proclamamos hoy con la liturgia.

Como nos decía el relato de los Hechos ‘se les apareció después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios’. Pero ahora en este momento solemne, según nos cuenta Mateo habían ido a Galilea como les había mandado decir a través de las mujeres – ‘id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’ -, allí donde se había desarrollado casi toda la actividad apostólica de Jesús, les da su mandato de ir a anunciar la Buena Nueva a toda la creación.

‘Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’. Jesús nos pone en camino. ‘Id a todos los pueblos…’ La Ascensión de Jesús al cielo nos pone en camino porque la obra salvadora no es para nosotros solos, sino que a todos los hombres ha de llegar la salvación.

‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse’. No se ha ido para desentederse de nosotros. Ha prometido que estará con nosotros siempre. ‘Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’. Nos ha prometido su Espíritu que vendrá con su fuerza para que seamos sus testigos ‘hasta los confines del mundo’. Lo vamos a celebrar el próximo domingo y ya hemos venido meditando mucho todo el anuncio que Jesús nos ha venido haciendo.

Nos gustaría quedarnos extasiados contemplando la gloria de Dios, contemplando para siempre a Jesús glorificado, sentado a la derecha del Padre; Pedro en el Tabor también quería quedarse allí para siempre y estaba dispuesto a hacer tres tiendas. Pero había que bajar del Tabor, hay que volver del monte de la Ascensión, hay que ir a la Galilea de nuestro mundo porque la misión de Jesús tiene que continuar y esa es nuestra tarea. Por eso, como decíamos, la Ascensión nos pone en camino.

Poneos en camino. Jesús confía en nosotros y a nosotros nos confía su misión. No nos podemos quedar estáticos cuando hay tanta tarea que realizar. El mundo anda en tinieblas y nosotros que tenemos la luz hemos de ir a llevársela. El mundo está necesitado de salvación y nosotros que sabemos donde está la salvación tenemos que ir a anunciarla. Al mundo le falta vida y nosotros sabemos bien quien es la resurrección y la vida y tenemos que llevar esa Buena Noticia. Nos llenaremos de su Espíritu, nos sentiremos inundados por la presencia de Jesús y vamos a llevar el mensaje. Las buenas noticias no se pueden callar ni ocultar. Y nuestro mundo necesita esa buena noticia.

Celebramos hoy con gozo, con toda solemnidad esta fiesta de la Ascensión; nos impregnamos de la Palabra y de la presencia de Jesús; cantamos la gloria del Señor sin cansarnos, pero no olvidemos que no nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos o con esa Buena Noticia como si fuera para nosotros solos. Nos hemos encerrado muchas veces los cristianos en nuestras iglesias y hemos olvidado que tenemos que ir haciendo Iglesia por todas partes, porque a todos tenemos que llamar a la fe en Jesús y a ser Iglesia.

La fe que tenemos en Jesús tiene que ser una fe conprometida. Comprometida y comprometedora porque nos obliga primera que nada a que cada día seamos más santos. Pero comprometida y comprometedora porque nos obliga a ir a llevar esa buena noticia a los demás. Tenemos que sembrar evangelio; tenemos que hacer un mundo nuevo desde la gracia salvadora de Jesús; tenemos que llenar nuestro mundo de amor, de paz, de esperanza, de verdad. Cuánto bueno podemos hacer, cuánto bueno tenemos que hacer.

Si no llevamos esa luz nuestro mundo seguirá a oscuras; si no sembramos amor y paz seguiremos odiándonos y enfrentándonos unos a otros, llenándonos de violencia y de injusticia, destruyéndonos a nosotros y destruyendo ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos. Jesús cuando caminaba los caminos de Palestina iba sanando, curando, resucitando y dando vida, poniendo esperanza en los corazones, despertando a los hombres y mujeres para metas e ideales altos y grandes.

Es la tarea que nosotros tenemos que continuar, que seguir haciendo. Poner vida, sanar, llenar de esperanza, despertar los corazones es nuestra tarea. Tarea que realizaremos allí donde estemos, con el que convive con nosotros o está a nuestro lado por las distintas circunstancias de la vida, familia, lugar de convivencia, lugar de trabajo, relaciones sociales, etc…

Y si podemos llegar más allá, tampoco podemos quedarnos cruzados de brazos. Este día de la Ascensión del Señor se celebra una jornada de las comunicaciones sociales, pensando también en todo ese mundo de comunicación que tenemos que aprovechar para llevar la semilla del evangelio a todos, como pueda ser estos nuevos medios de las redes sociales de internet, como lo intentamos hacer por este medio en el que estás leyendo esta reflexión.

Debería de notarse después de esta celebración de la Ascensión del Señor que somos un poquito mejores, y que hacemos un poquito mejor el mundo que nos rodea porque nos hayamos comprometido de verdad a sembrar esas semillas del Reino. Es nuestro compromiso y nuestras urgencia.

No lo olvidemos la Ascesión del Señor nos pone en camino.

sábado, 4 de junio de 2011

si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará


Hechos, 18, 23-28;

Sl. 46;

Jn. 16, 23-28

‘Yo os aseguro que si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará… pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’.

Nos había enseñado ya en el sermón del monte a orar y orar con confianza a Dios. ‘Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, todo el que busca encuentra y al que llama se le abre’. Confianza, certeza, perseverancia en nuestra oración, humildad. Y además nos había enseñado cómo había de ser la verdadera oración dirigida al Padre enseñándonos la oración del Padrenuestro como modelo de toda oración.

Ahora nos dice más. Y es que El estará en nuestra oración. En su nombre hemos de pedir al Padre y el Padre siempre nos escuchará. ‘Os lo dará…’ nos dice. ‘Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre es quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Qué gozo que nos podamos sentir amados así por el Padre, y asi amados por Jesús.

Nos pide Jesús fe en El y nos pide que le amemos. Jesús se nos ha ido revelando, manifestando todo lo que es su amor y así, escuchándolo hondamente en nuestro corazón, cada día ha de ir creciendo nuestra fe en él y nuestro amor. Con qué ternura nos ha ido hablando y nosotros le hemos escuchado en estos días cuando nos descubre su corazón en este discurso de la última cena que hemos ido escuchando.

No podemos menos que amarle después de contemplar todo lo que es su amor, su entrega por nosotros hasta dar su vida, derramar su sangre para nuestro perdón. No podemos hacer menos cuando lo sentimos tan presente en nuestra vida que como Buen Pastor nos cuida, nos protege, nos da la fuerza de su Espíritu, nos alimenta con sus sacramentos. Nuestra respuesta tiene que ser una fe llena de amor; una fe que envuelve toda nuestra vida y que nos lleva a amar con un amor como el de Jesús, un amor que nos lleva a mirar con una nueva mirada a los que están a nuestro lado que son nuestros hermanos.

Todo eso nos da más confianza para nuestra oración que hacemos en su nombre, como hoy nos enseña. ‘El Padre os quiere, nos dice, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre que nos dará lo que le pedimos. Con cuanta confianza y humildad nos acercamos al Señor.

Oramos al Padre y lo hacemos en el nombre de Jesús. Os habremos fijado que la oración de la Iglesia, la oración litúrgica siempre es en este sentido. ‘Por Jesucristo, nuestro Señor’, terminamos siempre las oraciones de la liturgia. Y en el momento cumbre de nuestra celebración litúrgica es ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’ cómo queremos ‘en la unidad del Espíritu’ dar ‘todo honor y toda gloria’ al Padre del cielo por toda la eternidad.

Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, pontífice eterno, que nos ha redimido y purificado para que podamos dar gloria a Dios para siempre con toda nuestra vida, que intercede por nosotros y nos da la posibilidad de que le demos todo honor y gloria al Padre conla fuerza de su Espíritu.

Con qué amén más rotundo, salido desde lo hondo del corazón y poniendo toda nuestra vida en ello aclamamos todos en esa doxología final de la plegaria eucarística. Algunas veces parece que nos sale descafeinado, nos falta brío, nos falta ardor, pero tendría que ser un grito que nos despertara por dentro por la intensidad con que lo viviéramos. Que nunca caigamos en la rutina en nuestras celebraciones, sino que con la fuerza del Espíritu del Señor las vivamos con toda intensidad.

viernes, 3 de junio de 2011

Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría


Hechos, 18, 9-18;

Sal. 46;

Jn. 16, 20-23

Una palabra en referencia a lo escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Podríamos decir que en lo que hemos escuchado ayer y hoy hemos contemplado el nacimiento de la comunidad cristiana de Corinto. Habíamos visto a Pablo predicando en Atenas, pero nos decía que ‘dejó Atenas y se fue a Corinto’. Corinto era una ciudad muy importante sobre todo en el aspecto comercial por su puerto que era entrada a todo el comercio que realizaban los griegos con los pueblos vecinos. Si Atenas era la ciudad de la cultura y de las artes, Corinto era la ciudad rica por su comercio.

Va a surgir allí una comunidad muy importante y en referencia a la cual estamos acostumbrados a escuchar en la proclamación de la Palabra de Dios las cartas de San Pablo a los Corintios. La visitará el apóstol en varias ocasiones y estará también al tanto de los problemas que van surgiendo en aquella comunidad. Sus cartas, conservamos dos pero seguro que escribió alguna más, vienen a ser como respuesta a los problemas que iban surgiendo en aquella comunidad y que Pablo quería iluminar y corregir. A través del año litúrgico tenemos ocasión de escuchar en muchísimas ocasiones textos de las cartas de san Pablo a los cristianos de Corinto.

Pero fijémonos en el evangelio que es una continuación exacta del escuchado ayer. Se repiten hoy, incluso, el último versículo leído ayer. Sigue hablando Jesús de la alegría repitiendo esta palabra en los tres escasos versículos leidos en varias ocasiones. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’, vuelve a repetir. Y pone el ejemplo de la madre que da a luz y de su ‘alegria porque al mundo le ha nacido un hombre’.

Nos viene bien esta insistencia de Jesús, porque por nuestra falta de alegría muchas veces parecemos tristes cristianos. Y tenemos los mayores motivos del mundo para vivir alegres. San Pablo también en sus cartas nos insistirá en que vivamos alegres en el Señor. Nos habla Jesús de la alegría que sentiremos al volver a encontrarnos con El. Ya hacíamos ayer referencia a la alegría de la pascua, al contemplar a Cristo vivo y resucitado después de todo el sacrificio y duelo de la pasión y la cruz.

Se ha de sentir alegre el que experimenta un encuentro vivo por la fe en el Señor. Se ha de sentir alegre quien se siente amado por Dios. Se ha de sentir alegre el hombre de fe que pone toda su confianza en el Señor y de El se siente en todo momento protegido y amado. Se ha de sentir alegre el que tiene paz en su corazón, y la más grande paz que nosotros experimentamos es cuando nos sentimos perdonados y salvados por el Señor.

Se ha de sentir alegre el que tiene esperanza en su corazón porque además le ha dado trascendencia a su vida y sabe que camina hacia una vida en plenitud con Dios. Se ha de sentir alegre el que ama y se da por los demás, el que busca la paz para los otros, y el que lucha por todo lo bueno, porque allá en lo hondo de su conciencia se siente satisfecho en el Señor por todo lo bueno que realiza. Se ha de sentir alegre el que busca un mundo nuevo y se compremete por irlo construyendo día a día sembrando semillas de amor, de esperanza, de justicia, de verdad, de ilusión, de paz, que sabe que un día han de fructificar.

Qué dicha siente en su corazón el que es capaz de olvidarse de sí mismo para entregarse por los demás. Qué dicha siente en su corazón el que sabe vivir su vida con rectitud no dejándose embaucar por lo malo, y aunque muchas veces la lucha por superarse sea dura, al final sentirá el gozo más hondo en su corazón.

Decíamos antes que necesitamos aprender a vivir esa alegría en el Señor. No podemos vivir entre amarguras y angustias quienes tenemos esperanza. No podemos dejar que los problemas y dificultades enturbien esa alegría que hemos de sentir en el corazón cuando amamos de verdad al Señor. Lo triste es que muchas veces nos encontramos con personas que se dicen creyentes en Jesús y sin embargo no saben trasmitir alegría y paz a los que los rodean.

Pidamos al Espíritu del Señor que nos inunde con su alegría, con su paz, con su amor y de ello sepamos contagiar a nuestro mundo, para que sepamos todos encontrar la verdadera alegría. Que nada ni nadie nos pueda quitar esa alegría que encontramos en el Señor.

jueves, 2 de junio de 2011

Vuestra tristeza se convertirá en gozo

Vuestra tristeza se convertirá en gozo

‘Dentro de poco dejaréis de verme; pero, dentro de otro poco volveréis a verme’. Parecen unas palabras enigmáticas. Los discípulos se preguntan qué es lo que quiere decir con eso de ‘dentro de poco’.

Situémonos. Es la última cena y va a comenzar la pasión. Jesús es bien conciente de lo que va a suceder. Había anunciado repetidamente que el Hijo de Hombre sería entregado en manos de los gentiles y había de morir. Pero Jesús también anunciaba su resurrección. Podría estar refiriéndose a todo lo sucedido en su pascua, aunque bien sabemos que a los discípulos les costaba aceptar los anuncios que Jesús hacía. Ahora las palabras de Jesús siguen siendo enigmáticas para ellos.

‘Estáis preocupados por el sentido de mis palabras… yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo…’ Toda la pasión de Jesús y su muerte en la cruz fue una gran crisis para los discípulos. ‘Lo abandonaron y huyeron’, ya cuenta el evangelista desde el Huerto a la hora del prendimiento. Y bien sabemos la sensación de triunfo que tenían los sumos sacerdotes y los fariseos porque habían llevado a Jesús hasta la cruz. Pero cuando llegue el momento del encuentro con Cristo resucitado, ya nos contará el evangelista cómo se llenaron de alegría. ‘Su tristeza se convertirá en gozo…’

Nosotros, es cierto, que cuando vamos leyendo la pasión de Cristo y meditándola vamos haciendo nuestros también los sentimientos que los discípulos vivieron en aquellos momentos. Y cuando llegamos a celebrar la resurrección cómo nos llenamos también de inmensa alegría y la gran fiesta que es para nosotros la resurrección del Señor. Pero, ¿este texto podría decirnos algo más?

Si estamos hablando de la pasión de Jesús, podríamos pensar también en la pasión que han sufrido tantos y tantos mártires que a causa de la fe en Jesús llegaron a derramar su sangre, dar su vida por Jesús. Recordemos el Apocalipsis, la muchedumbre que venía de la gran tribulación pero a la que contemplamos triunfantes con palmas en sus manos cantando la victoria del Cordero. El Apocalipsis nos describe esa etapa de sombras y de persecusiones que sufría la Iglesia, pero nos habla también de la victoria final, el cielo nuevo y la tierra nueva de la gloria del Señor.

O podemos pensar en nuestra pasión, también en los momentos oscuros que pasamos en la vida por distintas circunstancias, quizás los problemas, quizá la enfermedad, quizá la incomprensión que podamos sufrir de parte de los demás, o quizá esa oposición que encontremos a nuestra fe. Momentos quizá en los que podamos sentirnos solos en nuestra oscuridad, pero en nuestra fe sabemos que no es así, porque el Señor está ahí y no nos deja solos. Con la certeza de la presencia del Espíritu del Señor que anima nuestra vida nos llenamos de esperanza porque llegaremos a vivir el encuentro triunfante y glorioso con el Señor. Nuestra tristeza de los momentos de dolor se convertirá en la alegría del triunfo en el Señor.

En la vida necesitamos vivir con esa esperanza, reanimando nuestra fe en el Señor y nuestro deseo de seguimiento comprometido de Jesús. Nos cuesta muchas veces mantener nuestra fidelidad al Señor, vivir apartados del pecado y la lucha para vencer la tentación se nos hace dura, pero ponemos nuestra confianza en el Señor, sabiendo que su gracia nunca nos faltará. Por eso, a pesar de nuestras debilidades sentimos el gozo en el Señor porque experimentamos una y otra vez el amor de Dios en nuestra vida.

Confortados con el don del Espíritu permanezcan en la fe y la esperanza


os adjunto la homilia preparada para la celebración del sacramento de la Unción de los Enfermos

Sant. 5, 13-16; Sal. 70; Mc. 16, 15-20

Cuando Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret su misión nos dice con el texto de Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’.

Lo anunciado de forma prográmatica, podríamos decir, en Nazaret lo veremos cumpliéndolo en las obras que va realizando con todo aquel que sufre, curando a los enfermos y anunciando la gracia salvadora del Señor que con El nos llegaba. Muchos son los enfermos que acuden a él con sus males y para todos tiene una palabra de salud, de salvación y de paz. Será el mandato también que dará a los apóstoles cuando los envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva del Evangelio y entre las cosas que han de ir realizando como señales de la llegada del Reino de Dios es curar a los enfermos.

Pero ¿el Reino de Dios era la curación de los enfermos o más bien esa liberación de la enfermedad, esas curaciones, eran señales del Reino nuevo de Dios que había de manifestarse en muchas más cosas? Nos quedamos con esta segunda respuesta. Eran las señales de esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros liberados de todo mal y de todo sufrimiento. Eran las señales de la salud total, de la salvación que El viene a traernos. Por eso exigirá siempre fe en El, les llenará de paz, y habrán de sentirse de una forma nueva tras ser curados por Jesús.

Lo que hemos escuchado de la carta de Santiago es la forma explícita y concreta de cómo se ha de ir realizando ese mandato de Jesús. Es la expresión de lo que va a ser el sacramento de Jesús para los enfermos, los sufren o los que se sienten debiles en su cuerpo o en su espíritu. Jesús nos deja signos de su presencia que son los sacramentos en los que por la fuerza del Espíritu Santo siempre podemos ver a Jesús y llenarnos de su vida y de su gracia.

Hoy lo queremos realizar y celebrar de forma extraordinaria aquí entre nosotros. Vamos a celebrar el Sacramento de la Unción de los Enfermos y vamos a sentir y experimentar en nosotros la presencia salvadora de Jesús. Vamos a cumplir con el mandato del Señor que ahora hacemos sacramento, realizando los signos sacramentales de la imposición de las manos y de la unción, pero que vienen como a recoger todo lo que es ese sacramento de Dios para nosotros que es la acogida que la Iglesia os hace en las personas de los que os atienden. Piensen queridos ancianos y ancianas que están acogidos aquí este hogar que todas las atenciones que reciben de las Hermanitas y de cuántos os atienden, no es sino el cumplimiento del mandado de Jesús de realizar su misma obra. En esos cuidados, en esas atenciones que día a día reciben aquí en este hogar tienen que ver siempre la mano de Jesús que os ama, os cuida y os atiende por manos de estas hermanitas y de cuantos prestan sus servicios para vosotros en este hogar. No hacemos otra cosa que cumplir con el mandato de Jesús, y ustedes, queridos ancianos y ancianas, sois para nosotros imagen de Jesús, porque a El lo vemos en vuestros rostros y con el amor que a El le tenemos así os queremos amar y servir a vosotros.

Vamos, pues, a celebrar lo que estamos realizando cada día. Son ustedes sacramentos de Dios para nosotros. Y ahora, realizando el rito sacramental, queremos hacer presente a Jesús de forma sobrenatural en vuestras vidas para que os llenéis de la gracia y la fortaleza del Espíritu que anime también vuestras vidas, os dé fortaleza en medio de la debilidad de vuestros años, sane vuestra alma dolorida también por tantas cosas y os llene de su gracia y de su paz.

Os invito a todos a vivir con profunda fe esta celebración. Os invito queridos ancianos que vais a recibir la gracia del Sacramento que en la mano del sacerdote sobre vuestra cabeza que os unge sintáis por la fe la mano del Señor que os hace llegar su gracia y su amor. Es Cristo que llega a nuestra vida, que camina a nuestro lado, que hace suyos nuestros sufrimientos, que nos da consuelo y paz, que nos inunda con su gracia y su perdón.

Y todo esto tiene que manifestarse en unos frutos muy concretos en vuestra vida. Por supuesto que es la gracia del Señor que os hace presente el amor de Dios que os perdona y os fortalece. Pero precisamente, por esa gracia que recibís, vuestra vida tiene que ser distintaK; distinta porque por la gracia del Señor descubráis ese sentido nuevo que tiene para vosotros vuestra debilidad y vuestra enfermedad; sentido nuevo porque sabréis uniros al sufrimiento de Cristo, a su pasión y a su cruz, con la pasión de vuestros sufrimientos y debilidades ofrecidos con amor. El amor de Dios, el amor de Cristo hizo que aquella pasión y aquella cruz tuvieran valor y sentido redentor. Pues, de la misma manera, poned amor y poned fe en la cruz de vuestros sufrimientos y cuánto valor salvífico pueden tener para nuestro mundo tan necesitado de la gracia del Señor en tantos problemas y necesidades que sufrimos hoy en nuestra sociedad.

Pero aún más, podemos decir, porque desde la gracia del Señor habrá una nueva forma de sufrir y de vivir. En el Señor encontraréis fuerza para llevar con paciencia vuestras flaquezas y dolores; en el Señor encontraréis fuerza también para saber superar esos malos momentos por lo que muchas veces pasamos a causa de nuestros sufrimientos, pero que quizá también en nuestra impaciencia, por nuestras angustias y desesperos, algunas veces podemos hacer pasarlo mal también a los que están a nuestro lado.

Que seamos capaces de superar malos humores; que sepamos superar nuestras tristezas y angustias y nunca llenemos de tristeza o de angustia a los que están a nuestro lado; que aprendemos a aceptarnos mutuamente como somos comprendiendo que si nosotros estamos sufriendo por nuestros males, el otro que está a nuestro lado también está pasando su sufrimiento, y asi en consecuencia mirándonos a nosotros mismos seamos comprensivos con los demás. Hay ocasiones que nos volvemos exigentes, antipáticos, hasta egoístas a causa del mal que llevamos en nuestra debilidad o dolor; pues que aprendamos a mejorar y a superarnos para no ser causa de sufrimiento nunca para los demás. La gracia del Sacramento a eso nos ayuda también.

En una de las oraciones de la liturgia de la celebración del sacramento, cuando se celebra con ancianos, pedimos ‘concédeles que confortados con el don del Espíritu Santo, permanezcan en la fe y en la esperanza, den a todos ejemplo de paciencia y así manifiesten el consuelo de tu amor’. Que esos sean unos frutos que se manifiesten en nosotros tras la celebración de este sacramento.

miércoles, 1 de junio de 2011

Un anuncio de la fe en el areópago de nuestro mundo


Hechos, 17, 15.22-18, 1;

Sal. 148;

Jn. 16, 12-15

Siempre y en todo lugar hemos de hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesuss; siempre y en todo lugar hemos de manifestar nuestra condición de creyentes, aunque nos cueste, no nos entiendan o incluso lleguemos a sufrir incomprensiones. Siempre, con valentía, sin miedo, en todo lugar tenemos que hablar de Dios.

Es hermoso el testimonio que nos ofrece el libro de los Hechos de los Apóstoles con la llegada de Pablo a Atenas. Una gran ciudad, cuna del saber antiguo, suscitadora de filósofos con sus variadas filosofías y gran mecenas de todo tipo de arte. Una gran ciudad, llena de monumentos y altares a los más diversos dioses; tantos que hasta tenían un altar dedicado al Dios desconocido.

Pablo se pasea por el Areópago contemplando la multitud de divinidades de un pueblo gentin y pagano y tan variadas filosofías. Allí también quiere él anunciar el evangelio de Jesús. Trata de hacerlo con elocuencia y utilizando el arte de la oratoria de la mejor manera posible para mejor captar la atención de sus oyentes acostumbrados a escuchar variadas filosofías y las discusiones de los filósofos.

Recuerda al Dios creador de todas las cosas como un punto de referencia y de arranque para su argumentación, valiéndose incluso de los versos de los propios poetas del lugar. Eran creyentes porque era en muchos diosos en los que creían pero grande era la confusión de sus mentes y corazones. Pablo quiere llevarles luz y quiere anunciarles a Jesús, verdadera luz del mundo. Pero cuando comienza a hablar de la resurrección de Jesús encontrará el desdén y el rechazo de sus oyentes. Solo unos pocos quisieron seguir escuchándolo y serían los primeros creyentes en Jesús que surgieran en aquel ambiente. Más tarde dejará Atenas y marchará a Corinto.

En el areópago de nuestro mundo también nos encontramos rodeados de un mundo muy diverso y variado en opiniones, en gustos, en planteamientos del sentido de la vida que cada uno se lo hace a su manera y conveniencia. Muchos podríamos decir que son también los dioses que adora esta sociedad nuestra aunque muchas veces se proclame atea, laica o con una confusión muy grande en la manera de entender la religión y las cosas de Dios. Muchas veces nos encontraremos esa confusión muy al lado nuestro porque no siempre quizá se tiene el sentido cristiano de la vida aunque la mayoría de los que nos rodeen quieran llamarse cristianos.

No es fácil muchas veces hacer un anuncio de Jesús y que los que nos escuchan quieran entendernos. Muchas veces sobra materialismo y sensualidad y falta espiritualidad. Vivimos demasiado apegados a este mundo material que nos rodea y nos falta trascendencia que dé altura a la vida que vivimos. Nos llamamos cristianos y participamos en ritos religiosos pero quizá no se crea en la vida eterna ni en la resurrección. Ante la muerte y lo que nos sucede hay demasiado fatalismo y poco sentido de la providencia de Dios.

Pensemos incluso si nosotros mismos creemos de verdad en la vida eterna y desde esa trascendencia de la vida le damos un sentido a lo que hacemos pensando en esa eternidad que podemos llegar a vivir con Dios si realmente ahora aquí en el cada día cumplimos sus mandamientos y hacemos su voluntad.

Lo que hoy hemos escuchado de la predicación de Pablo en el Aerópago de Atenas con todas sus dificultades, pero que fue valiente para hacer el anuncio de Jesús resucitado de entre los muertos, tiene que ser para nosotros también un estímulo para esa vivencia firme y convencida de nuestra fe en este mundo nuestros; para ese testimonio que hemos de dar de nuestra condición de verdaderos creyentes en Jesús.

La Iglesia hoy, en este siglo XXI en que vivimos está empeñada seriamente y está poniendo todos los medios que tiene a su alcance para entrar en diálogo que este mundo moderno en que vivimos y para realizar esa hermosa tarea también de la nueva evangelización de nuestro mundo, que ha perdido el sentido del evangelio, el sentido cristiano de la vida. muchas iniciativas en este sentido se tienen en nuestra Iglesia y creo que todos los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe hemos de estar al tanto de todo cuanto se realiza y cada uno en el lugar que ocupa poner su granito de arena a esa tarea del anuncio del evangelio de la propia rectitud de nuestra vida y desde ese valiente testimonio que con obras y palabras tenemos que dar. Sintamos como propia la tarea de la nueva evangelización en la que está empeñada hoy la Iglesia.

martes, 31 de mayo de 2011

Como María templos y sagrarios del Espíritu para llevar a Dios a los demás con nuestro amor


Sofonías, 3, 14-18;

Sal.: Is. 12, 2-6;

Lc. 1, 39-56

Habiendo conocido María por el anuncio del ángel no sólo el misterio glorioso que en sus entrañas se estaba realizando de que Dios se encarnase en su seno para nacer hecho hombre y ser Dios en medio de nosotros, sino conocido también cómo el Señor había tenido misericordia con su prima Isabel al concebir un hijo a pesar de su vejez, se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a la casa de Zacaría y su prima Isabel.

Ahí va María, aprisa, sobre las alas del amor e impulsada por el Espíritu de Dios como verdadero templo del Espíritu y sagrario de Dios derramando las gracias y la bendiciones de Dios que así ya se hacía presente entre nosotros repartiendo la salvación. Se llenará Isabel del Espíritu Santo con la presencia de María, saltará la criatura en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, Dios está allí y María es portadora de Dios a quien lleva en sus entrañas, y María también inspirada por el Espíritu divino prorrumpirá en cánticos de alabanzas y de bendición al Señor.

¿Cómo no va a cantar María la alabanza del Señor? ‘El Señor, tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva, había anunciado el profeta. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como día de fiesta’. Claro que tiene que ser día de fiesta cuando así María se siente amada del Señor; tiene que ser dia de fiesta también para nosotros porque el Señor está en medio de nosotros también con su amor y con su salvación; se goza y se complace en nosotros, en nuestra fe y en nuestro amor, lo que nos tiene que hacer saltar también de júbilo a nosotros como en día de fiesta, que decía el profeta.

Todo se convertirá en fiesta y en cánticos de alabanza al Señor que obra maravillas, porque con el nacimiento de Juan también Zacarías prorrumpirá en canticos de bendiciones al Señor que así ha visitado a su pueblo. Es la visita de María, pero es la visita del amor porque allí iba María para servir, para ayudar, para amar y mostrar su incondicional amor. ‘María se quedó con Isabel unos tres meses…’, nos dirá el evangelista para significar que allí estuvo hasta el nacimiento de Juan prestando la ayuda que aquella madre, ya mayor, podría necesitar. María siempre para servir. María icono del amor más hermoso. María siempre señalándonos con su propia vida lo que el Hijo que lleva en sus entrañas luego también nos enseñará y pondrá como distintivo de nuestra vida como seguidores de Jesús.

Es la visita de María, pero es la visita de Dios. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, cantaría María. ‘Bendito sea Dios que ha visitado y redimido a su pueblo’, cantará el anciano Zacarías, porque sus ojos de fe están viendo como Dios se hace presente; su hijo será el precursor, el que señale el camino, el que vaya delante, pero es que allí está ya Dios en medio de ellos. Como decíamos, María es ese templo del Espíritu, ese sagrario de Dios que nos hace presente a Jesús con su salvación.

Queda para nosotros un mensaje que nos lo explicita la liturgia en las oraciones de esta fiesta. Pedíamos que así cómo Dios ha preparado en el corazón de María una digna morada al Espíritu santo, así también nosotros lleguemos a ser templos dignos de su gloria. Llamábamos a María Sagrario de Dios porque allí en su seno llevaba al verdadero Dios hecho hombre que en sus entrañas se encarnaba, así nosotros desde nuestro bautismo hemos sido también ungidos para ser ese templo de Dios, esa morada del Espíritu.

Que seamos dignos templos del Espíritu porque en nosotros brille la santidad y el amor. También nosotros por la santidad de nuestra vida hemos de ir llevando a Dios a los demás. Con los ojos del amor hemos de ver a Dios en los demás para mostrarles nuestro amor y nuestro servicio. Pero a través del amor que tiene que resplandecer en nuestra vida hemos de ser signos de ese amor de Dios a los demás; asi llevaremos a Dios a los demás, como María cuando fue impulsada por el Espíritu pero para el servicio y el amor allá a la lejana montaña de Judea a casa de Zacarías e Isabel.

lunes, 30 de mayo de 2011

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’


Hechos, 16, 11-15;

Sal. 149;

Jn. 15, 26-16, 4

‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee vuestra fe… para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Jesús quiere que nos mantengamos firmes en nuestra fe en El. Como dirá más tarde san Pablo ‘nada podrá apartarnos del amor de Dios’. Nada tendría que hacernos temblar. Nada tendría que apartarnos de ese amor de Dios. Por eso nos promete el Espíritu Santo.

Muchas veces nos llenamos de dudas y temores; en ocasiones dar el testimonio de nuestra nos puede ser costoso; los peligros y las tentaciones nos zarandean con mucha frecuencia. Recordamos aquella ocasión en que iban atravesando el lago y se abatió sobre ellos una fuerte tormenta. Allí estaba Jesús, pero los discípulos estaban llenos de miedo. La barca era zarandeada por las olas y parecía hundirse. Gritaron al Señor que los salvara.

Nos sucede muchas veces en nuestras dudas o en las tentaciones. Nos cuesta creer algunas veces porque parece como si todo se nos volviera oscuro. Llegar a comprender todo el misterio de Dios por nosotros mismos se nos hace cuesta arriba en ocasiones. O los que están a nuestro lado nos ponen sus dudas y nos contagian de oscuridad. Por otra parte, los problemas, las enfermedades, la debilidad y flaqueza con que actuamos muchas veces nos hacen temer, poner en duda muchas cosas que parecía que en otro momento las teníamos muy claras. Cuántas preguntas nos hacemos cuando se nos mete el dolor y el sufrimiento en nuestra vida. De cuánto pesimismo nos llenamos.

Sentimos en otros momentos soledad, porque no somos comprendidos o porque nos parece no recibir toda la ayuda que necesitamos y precisamente de aquellos que pensamos que más tendrían que dárnosla. Otras veces serán quizá nuestros orgullos o nuestro propio egoísmo que nos encierra. No siempre nos sucede así, pero es una tentación en la que podemos caer. También muchas veces nos mantenemos firmes en nuestra fe y a pesar de las oscuridades luchamos por alcanzar la luz, tratamos de encontrar el camino en esa misma fe para encontrar la luz.

Hoy nos dice Jesús, lo venimos escuchando repetidamente muchas veces en estos días, que no quiere que se tambalee nuestra fe. Por eso nos promete el Espíritu Santo que nos enviará desde el Padre. ‘Cuando venga el Paráclito, el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

Recordáis lo que decíamos que significaba el Paráclito, algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe. Nos enseñará, estará con nosotros, será nuestra fuerza y nuestra luz, el que nos anime y nos ayude a caminar. Es quien moverá nuestro corazón a lo bueno inspirándonos siempre la buena acción. Es quien nos ayudará a comprender todo ese misterio de Dios que se nos va manifestando en todo lo que es nuestra vida en todas sus dificultades y que algunas veces nos cuesta tanto entender.

Pero nos dice también ‘y vosotros también daréis testimonio de mí, porque desde el principio estáis conmigo…’ ¡Cómo no iba a servirles de fortaleza todo aquello que habían vivido con Jesús a lo largo de todo el tiempo que estuvieron con El y El tan maravillosamente les enseñaba! Nosotros también tenemos un bagaje espiritual en todo lo que hemos vivido desde la fe; cuántas experiencias de fe hemos tenido a lo largo de la vida; no las podemos olvidar; tenemos que apoyarnos también en todo eso que hemos vivido desde la fe, para fortalecer nuestra fe, para dar ese testimonio que tenemos que dar, para iluminar esas situaciones nuevas que se nos puedan ir presentando.

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’

domingo, 29 de mayo de 2011

El mundo no me verá pero vosotros me veréis y viviréis



Hechos, 8, 5-8.14-17;


Sal. 65;


1Pd. 3, 15-18;


Jn. 14, 15-21


‘Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ A eso nos invita la Palabra del Señor con palabras de la carta de Pedro. Dar razón de nuestra esperanza. ¿Dónde está nuestra esperanza? ¿dónde tenemos puesta nuestra esperanza? Sólo podemos dar una respuesta: Cristo, el Señor. Y tendríamos que decir, por eso estamos aquí; la razón de nuestra celebración y la razón de nuestra vida.


Una de las cosas quizá que más nos hace sufrir cuando tenemos que despedirnos de alguien por mucho tiempo, por ejemplo, por un viaje o un cambio de domicilio, y más aún si la separación es por la muerte, es el que no podamos ver ni estar con aquel ser querido. Esa ausencia que sabemos que se avecina nos hace sufrir y sentir tristeza en nuestro corazón.


Parece que algo así eran los sentimientos que afloraban en el corazón de los discípulos en la noche de la última cena con las palabras de Jesús que les sonaban a despedida porque les hablaba de su vuelta al Padre. Sin embargo las palabras de Jesús quieren sembrar esperanza en su corazón porque su ida o su despedida no significa que no le puedan ver o no le puedan sentir a su lado.


‘No os dejaré huérfanos, les dice, no os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. ¿Qué les estaba queriendo decir Jesús? ¿Cómo podía entenderse ese verle y vivir del que les habla Jesús? Será en verdad algo nuevo y distinto. Tendremos que reconocer que es algo maravilloso.


Quizá nosotros mismos algunas veces en nuestro amor por el Señor deseamos el haber estado en los tiempos de Jesús allá en Palestina para haber podido ver a Jesús, escucharle, y hasta tocarle, manifestándole nuestro amor. En el fondo deseamos allá en lo más hondo de nosotros mismos poder ver a Jesús, poder ver a Dios. Es de alguna manera el deseo de todo creyente. Pero ¿tendremos que resignarnos a que eso no puede ser?


Escuchemos con atención todas las palabras de Jesús. Hoy Jesús ha hecho una promesa muy importante, que repetirá varias veces, hasta cinco, a lo largo de todo el discurso de la cena. ‘Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis porque vive en vosotros y está con vosotros’.


Es la promesa del envío del Espíritu Santo, que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que como Defensor está siempre con nosotros. El Paráclito en expresión griega que es algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe.


El Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo y nos lo recordará todo, como nos dirá Jesús en otro momento. El Espíritu que nos fortalece y nos da vida. El Espíritu que clama en nuestro interior para que podamos llamar a Dios Padre porque nos da la vida divina que nos hace hijos. El Espíritu que guía nuestra oración y ora en nuestro interior.


Es el Espíritu que nos va a hacer sentir presente a Jesús en medio de nosotros. Hará que arda nuestro corazón, como a aquellos discípulos de Emaús para que terminemos descubriendo la presencia de Jesús.


Es el Espíritu que nos hará descubrir a Jesús en los demás, en el hermano, en el que sufre, en el extranjero o en el enfermo, en el que pasa nuestro lado o quizá está alejado de nosotros. ¿No nos dice Jesús que en cada uno de esos humildes hermanos tenemos que verle a El? Eso será posible con los ojos de la fe, eso será posible con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón.


Es el Espíritu Santo que congrega a la Iglesia para que en ella veamos y descubramos a Jesús. Es el Espíritu Santo que hará posible que en los sacramentos podamos sentir la presencia y la vida de Jesús. En cada uno de los sacramentos invocamos la fuerza del Espíritu para que sea posible ese sacramento, para que el agua del Bautismo nos llene de la vida de Dios haciéndonos hijos de Dios, o para que con las palabras del Sacerdote recibamos el perdón de los pecados. ¿No les dijo Jesús en la tarde de Pascua ‘recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’? Pues ahí está Jesús y con los ojos del Espíritu podemos verle y descubrirle. Es el Espíritu que pedimos que descienda sobre los dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús.


‘El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos decía Jesús. Ahora podemos comprenderlo. Podemos ver a Jesús, podemos ver a Dios de forma bien maravillosa. El mundo no lo entiende, como no entiende el sentido de la Iglesia o lo que nos mueve a amar como nosotros queremos amar. Si no hay fe no se puede comprender. Si falta la fe en la presencia del Espíritu no se podrá entender esa presencia de Jesús y no se será capaz de verla.


‘Vosotros me veréis y viviréis…’ Con nosotros está la fuerza y la presencia del Espíritu que es el que nos hace ver y sentir a Jesús en nosotros, y llenarnos de vida. No será con los ojos de la cara, pero para mirar no necesitamos solamente los ojos de la cara porque como se dice en una frase muy conocida ‘lo esencial es invisible a los ojos’. Nosotros vemos con los ojos del alma, con los ojos de la fe, con los ojos del Espíritu Santo que está en nosotros y podremos descubrir a Jesús en todo lo que decíamos antes y mucho más. Algo tan esencial como es la presencia de Jesús y la fuerza de su Espíritu nosotros sí podemos verlo con los ojos de la fe.


Esa es la razón de nuestra esperanza, como decíamos al principio que tenemos que dar y manifestar a cuantos nos rodean. Jesús está con nosotros. Jesús es nuestra vida. El nos da la fuerza de su Espíritu para que creamos en El, para que tengamos esperanza cierta en nuestra vida, para que podamos amar con un amor como el de Jesús.


Y amando como Jesús, veremos a Jesús. Amando como Jesús sentiremos a Dios en nuestra vida. Amando como Jesús desde un amor que nace de nuestra fe en El podremos sentir la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros, y tendremos fuerza para amar aún más.


Glorifiquemos en nuestros corazones a Cristo el Señor.