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sábado, 27 de octubre de 2018

Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida



Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Seguro que quien tiene un terreno cultivable y ha sembrado su semilla querrá obtener buena cosecha. Duro es para el agricultor que después de todo el trabajo realizado al final se vea malograda su cosecha; triste es que tenga unos árboles de los que espera obtener fruto pero año tras año no consigue nada, o se malogran sus frutos antes de poder aprovecharlos.
Es así la tarea del agricultor que siembra con esperanza, cultiva con ahínco día tras día con los múltiples cuidado que le exige el deseo de obtener unos frutos y una veces los obtiene excelentes, pero también le sucede que por las fuerzas o circunstancias de la naturaleza haya ocasiones en que no puede obtener el fruto que tanto anhela después de tantos sudores, trabajos y sacrificios. Claro que cuando surge una planta o un árbol del que no pueda conseguir sus frutos tratará de sustituirlo por aquel del que pueda obtener mejores beneficios.
Es la imagen que nos propone hoy Jesús en el evangelio. El hombre que tenía una higuera en su terreno y buscaba en ella una y otra vez fruto. Una imagen que pretende ser una llamada y una invitación. Nosotros somos ese árbol que tiene que dar siempre buenos frutos. Sin embargo muchas veces nos maleamos, dejamos que el virus del mal se meta en nuestro corazón y surgen nuestras obras malas. Pero nosotros sí podemos cambiar, nosotros sí podemos transformar nuestra vida para hacer que de nuevo transite por los caminos del bien.
Y es el Señor, como divino y sabio agricultor, el que va cuidándonos, regándonos con su gracia que nos transforma, haciendo continuas llamadas a nuestro corazón. Como nos quiere decir Jesús con los acontecimientos sucedidos en Jerusalén en aquellos días, el Señor va poniendo señales en nuestro camino que son llamadas. Esos hechos o acontecimientos que puedan suceder a nuestro alrededor o que incluso a nosotros nos pudieran afectar no los podemos mirar como castigos, sino como llamadas, como una invitación a la conversión, a ese cambio de nuestro corazón, para que busquemos la manera de dar buenos frutos en nuestra vida.
Muchas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor, que nos viene, por ejemplo, por una buena palabra que podemos escuchar en boca de un amigo o de cualquier otra persona que nos pudiera hacer pensar o por tantos otros hechos sucedidos en nuestro entorno. Nos impresionamos en ocasiones por accidentes que presenciamos o de los que oímos hablar, catástrofes naturales que producen cuantiosos daños y no sabemos cómo reaccionar o buscamos culpables de tales hechos, pero creo que con espíritu de fe tendríamos que tener una mirada distinta. Es cierto que hemos de sentir compasión por quienes sufren las consecuencias y poner toda nuestra solidaridad, pero tenemos que aprender también lecciones para nuestra vida. No son destinos, no son casualidades, pensemos más bien con espíritu de fe en llamadas de gracia para nuestra vida.
‘Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’ decía el agricultor. Son las llamadas de gracia que el Señor nos hace. ¿Nos haremos oídos sordos y cerraremos nuestro corazón? ¿Nos decidiremos a abrir nuestra vida a la gracia del Señor? La respuesta depende de nosotros.

viernes, 26 de octubre de 2018

Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe



Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Vamos por un sendero en el que pretendemos seguir una ruta que nos lleve a alguna parte y tratamos de fiarnos de las señales e indicaciones que vamos encontrando a lo largo del camino para poder llegar a nuestra meta. Estaremos atentos a no tomar los senderos que nos aparten de nuestro camino, cuidaremos de prevenirnos de los peligros que se nos señalan que podrían no solo hacernos perder el camino sino incluso poner en peligro la vida, las señales indicadoras que vamos encontrando nos dan confianza de que vamos por el buen camino.
Hablamos de un sendero en nuestros campos, bosques o montañas, una carretera que nos enlaza entre unos lugares y otros, o de unas calles de ciudad donde podríamos encontrar muchas cosas que nos distraigan y nos hagan perder nuestro rumbo. Nos fiamos de las señales y estamos atentos a todas las que podamos encontrar. Nos dan seguridad en nuestro caminar.
Pero son las cosas a las que tenemos que estar atentos en la vida, que no es solo ir de un sitio a otro, sino que es la vida con sus metas e ideales, con el sentido que le queramos dar, o con la trascendencia de plenitud que sabemos muy bien nos señala verdaderos caminos en la vida. Son muchas las cosas que nos pueden distraer de nuestros objetivos, son muchos los caminos que se nos van abriendo delante de nosotros que nos pueden atraer, pero que nos alejarían de la meta que tengamos en la vida, son los momentos de desorientación en los que nos podamos encontrar en alguna ocasión, ¿quien nos asegura que podemos hacer un buen camino?
Es todo lo que es la vida misma, con sus luchas y responsabilidades, con sus trabajos o con sus momentos de ocio, con la familia con la que convivimos, los amigos que nos rodean, o la misma sociedad en la que tenemos que saber convivir con todos. Es compleja la vida con todas las circunstancias que la pueden rodear, con todas las personas con la que tenemos que convivir o relacionarnos, con los problemas que afectan al conjunto de la sociedad y los deseos que podamos tener en nuestro ser de querer un mundo mejor.
Pero es también el camino de nuestra fe, el camino de nuestra vida cristiana. Desde esa fe queremos seguir el camino de Jesús; desde esa fe nos confiamos en el evangelio, buena nueva de salvación para nosotros, y queremos vivir según sus parámetros. Desde esa fe sentimos la trascendencia y el valor de nuestra vida porque ponemos nuestra meta en el cielo y queremos vivir según los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone.
Pero también algunas veces se nos hace duro el camino, un camino lleno de confusiones, donde sentimos también tantas atracciones que nos podrían alejar del camino verdadero que queremos seguir. Nos podemos sentir desorientados en ocasiones, o también en algún momento podemos sentir la soledad, pero no estamos solos, no tenemos por qué perder la orientación. Jesús nos va dejando señales de presencia a nuestro lado de muchas maneras.
Es de lo que hoy nos quiere advertir en sus palabras en el evangelio. Nos dice que somos capaces de conocer las señales de los tiempos para saber si hace bueno o va a haber tormenta, y nos plantea por qué no somos capaces de reconocer esos otros signos de los tiempos que pone a nuestro lado para que no perdamos la orientación de la vida. Son las señales que tenemos que saber descubrir.
Sí, tenemos la certeza de que viene a nosotros en la Iglesia y en los sacramentos signos misteriosos y sagrados de su presencia, pero tenemos también su Palabra que nos habla al corazón, que llega a nosotros en las Sagradas Escrituras; pero nos había dicho también que cualquier cosa que le hiciéramos al prójimo a El se lo hacemos, pues ahí tenemos otro signo maravilloso de la presencia de Jesús que viene a nosotros en el hermano, y sobre todo en el pobre y necesitado.
Pero en muchas más cosas tenemos que saber leer las señales de su presencia. Y son los acontecimientos de la vida, los encuentros que podemos tener con los demás, pero también en cuanto nos sucede o sucede a nuestro alrededor. En cada acontecimiento podemos estar viendo una señal de su presencia, una llamada que nos está haciendo, una palabra que también nos habla al corazón. Son las señales para nuestro camino que tenemos que saber descubrir porque nos aparecen en el lugar más insospechado y que tenemos que saber leer para saber que hacer, qué nos está pidiendo el Señor en cada ocasión.
Que el Espíritu de Jesús que mora en nuestro corazón nos ayude a descubrir y leer esas señales que el Señor nos pone en nuestro camino de la vida, en nuestro camino de fe.



jueves, 25 de octubre de 2018

El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor


El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor

Efesios 3,14-21; Sal 32; Lucas 12,49-53

Ese individuo, ese personaje es como un terremoto, es como un fuego, no hay quien lo pare, decimos cuando nos encontramos una persona de gran actividad, que no es capaz de quedar quieto ante nada ni nadie, que con su presencia, sus gestos o sus palabras va inquietando a todo el mundo y haciéndolos poner en macha.
Todos hemos conocido alguna vez personajes así, que no dejan tranquilo a nadie, que siempre están planteándose que más hacer, o que nos están interrogando por dentro cuando vemos sus gestos, cuando vemos su compromiso, cuando vemos como trabajan sin descanso y no ya solo por ganancias personales, sino tratando de sembrar inquietud para que la gente se moje, se implique, participe en actividades comunes que hacen el bien a la comunidad. Admiramos a esos personajes.
No nos dejan tranquilos. Algunas veces incluso se provocan conflictos entre quienes están de acuerdo con esa manera de actuar, o de quienes lo ven exagerado y que no es necesario llegar a tanto, o quizá también porque esa nueva forma de actuar puede tocar de alguna manera nuestros intereses. Y algunas veces parece que se provoca división entre unos y otros.
Desde esta clave hemos de entender las palabras de Jesús. ‘He venido a prender fuego en el mundo, nos dice, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Y es que Jesús viene a hacer un mundo. Anuncia el Reinado de Dios, lo que significa que muchas cosas tienen que cambiar. No es Jesús un revolucionario como algunos en ocasiones de sus intereses o visiones particulares nos quieren decir, pero sí quiere producir una revolución en la conciencia de las personas, un revolución de amor, porque todo ha de vivirse desde ora óptica, no desde nuestros intereses particulares o partidistas, sino desde la búsqueda del bien del hombre que es lo mismo que buscar la gloria de Dios.
Sabe Jesús que ponernos en ese camino nuevo, donde tiene que haber un cambio radical en la percepción de las cosas y en la manera de actuar, también va a crear conflictos. A El lo llevará hasta la Cruz. Por eso nos dice que ha de pasar por un bautismo. ‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Es consciente de la reacción que ya se está provocando en muchos que querrán quitarlo de en medio, pero El no tiene miedo, es fiel a su misión hasta el final. Recordamos que les decía a los hermanos Zebedeos si estaban dispuestos a pasar el bautismo que El había de pasar.
Y ya nos previene para que no nos desanimemos que quienes queremos seguir ese camino radical en el estilo de su evangelio, de la buena nueva que nos está anunciando, vamos a encontrar dificultades, porque vamos a encontrar oposición, y no será solo desde quienes estén lejos de nuestros valores o principios, sino que muchas veces lo vamos a encontrar desde los mas cercanos a nosotros. Por eso nos dice: ‘En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra’.
No significa esto que Jesús quiera esas divisiones y enfrentamientos. El quiere en nosotros unidad y comunión, por eso nuestro compromiso es siempre acercarnos a los demás para obtener la paz. Pero bien sabemos bien que tenemos un corazón roto y surgen entre nosotros esos desencuentros y enfrentamientos. No los buscamos, no los queremos. Pero con nuestra vida tenemos que ser un signo de un Reino nuevo para cuantos nos rodean que crea inquietud en los demás. ¿Será así de verdad en nuestra vida?
Pero somos fieles a una misión, somos fieles al evangelio de Jesús y con valentía tenemos que hacer su anuncio. En muchos se despertará la inquietud en su corazón, pero somos conscientes también que nos podemos encontrar el rechazo. Sabemos que si nos mantenemos en el amor Dios estará siempre con nosotros, no nos faltará la fuerza de su Espíritu, porque ya nos ha dicho que si guardamos su Palabra nos sentiremos inundados del amor de Dios y Dios habitará en nuestros corazones. Que se siembre siempre esa inquietud en nuestro corazón, que queremos en verdad prender nuestro mundo en el fuego del amor.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios


Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’
Así termina hoy Jesús las recomendaciones que nos está haciendo a la vigilancia y a la responsabilidad en la vida. Pero con esta sentencia final de Jesús creo que nos está planteando algo importante. ¿Somos conscientes de cuanto recibimos del Señor? ¿Somos conscientes del regalo de la vida, para comenzar, pero de cuantos dones y cualidades está llena esa misma vida?
Algunas veces, en una especie de humildad que no es realmente humildad, nos decimos qué poco somos y qué poco valemos. Nos achicamos y empequeñecemos no queriendo o no sabiendo reconocer de cuántos dones estamos dotados. Muchas veces pudiera ser que fuera una excusa para no comprometernos, para no implicarnos más en las cosas de la vida, para asumir responsabilidades, para dejar que sean otros los que hagan o se impliquen para no complicarnos nosotros.
Decimos fácilmente que no sabemos o que no podemos. Una excusa, un escurrir el bulto. Como se suele decir nadie nace aprendido, sino que descubriendo cuales son nuestras cualidades, nuestros valores – que todos tenemos – tratar de desarrollarlos, de ponerlos en juego, quitando miedos y temores y viendo al final que somos capaces de muchas cosas y de cosas importantes también.
Es necesario conocerse de verdad, ahondar en nuestras posibilidades, descubrir cuales son verdaderamente nuestros gustos, porque por ahí quizá podemos descubrir capacidades que hay en nosotros y que hemos de desarrollar. Dejarnos ayudar para descubrir la riqueza de nuestro yo y esas capacidades que tenemos. Cuantas veces porque nos vemos obligados a implicarnos en algo que nos parecía que no seriamos capaces de sacar adelante, luego descubrir que con nuestra paciencia y nuestra constancia fuimos capaces de afrontar aquellas responsabilidades quizás y desarrollar unas cualidades que estaban ocultas en nosotros.
El empequeñecernos y anularlos sería una falta seria de responsabilidad en la vida cuando lo hacemos por comodidad, o por no querer complicarnos la vida. Ahí está lo que nos ha dicho hoy Jesús que citábamos al principio de nuestra reflexión y que nos viene bien recordar para despertarnos de ese sopor en que tantas veces nos metemos en la vida y lo llegamos a hacer nada. ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’ reconozcamos los dones recibidos del Señor, no enterremos el talento, demos fruto que nos lo debemos a nosotros mismos, lo debemos a los demás en ese bien que les podemos hacer y se le debemos a Dios que es el que ha enriquecido nuestra vida con esos dones.
Démosle gracias a Dios por esos dones recibidos, y esa presencia continua en nuestra vida para fortalecernos en nuestras debilidades, para estimularnos en nuestro crecimiento, para dar gloria al Señor con todo lo que es nuestra vida y cuanto de bueno podemos hacer.

martes, 23 de octubre de 2018

No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo


No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo

Efesios 2,12-22; Sal 84; Lucas 12,35-38

Cuando a una persona se le confía una responsabilidad lo menos que se le puede pedir es que esté atenta a lo que es el desempeño de ese cargo o esa función que se le ha confiado y no abandone su puesto de trabajo mientras desempeñe sus responsabilidades. Es algo que siempre hemos de tener en cuenta y en el desempeño de su responsabilidad podemos admirar la calidad de su persona.
Decimos que hacemos argollas – es una expresión que al menos en otros tiempos se usaba – cuando en el desempeño de su función en lugar de ocuparse de lo que es su responsabilidad, se dedica a hacer otras cosas o que le entretengan o que tenga que ver con sus otros intereses particulares. Bien nos quejamos, por ejemplo, cuando vamos a una oficina o donde tengan que atender nuestros problemas o necesidades cuando vemos que el funcionario en lugar de atender a quien le requiere está en otras distracciones o simplemente charlando y pasándoselo bien con sus compañeros.
Nuestro mundo y nuestra sociedad la podemos mejorar y hacer avanzar si cada uno desempeña fielmente su responsabilidad allí en el lugar que ocupa. Ya nos quejamos y de alguna manera denunciamos cuando quienes tienen que prestar un servicio público a la sociedad, lo que hacen es querer medrar o buscar ganancias para sus intereses desatendiendo lo que es el bien de las personas de la comunidad.
Hoy Jesús quiere hablarnos de esto y llamarnos la atención. Emplea imágenes quizás de servidumbre propias de otra época, pero la imagen bien nos vale para esa llamada de atención del cuidado con que hemos de desempeñar nuestras responsabilidades. Y creo que quienes creemos en Jesús y queremos seguirle tenemos que ser ejemplo de responsabilidad en cada una de nuestras obligaciones, pero también de responsabilidad ante ese mundo, esa sociedad en la que vivimos.
Los cristianos no podemos cruzarnos de brazos para observar insensibles cuanto sucede a nuestro alrededor. El cristiano es un hombre de compromiso, que arranca desde el cumplimiento fiel de sus propias responsabilidades en todos los ámbitos de la vida. Pero el atender a nuestras responsabilidades personales no significa que nos aislemos de cuanto sucede a nuestro alrededor.
Hoy nos habla Jesús de esa atención y vigilancia ante la llegada del Hijo del Hombre. Quizá muchas veces reduzcamos esa venida al momento final de la historia, ya sea nuestra propia muerte o el fin de la historia y del mundo. Por supuesto que hemos de estar preparados para esa venida gloria del Señor, pero el Señor está viniendo cada día a nosotros en esas personas con las que nos cruzamos con sus problemas y sus necesidades, pero que nosotros tan absortos en lo nuestro no tenemos la sensibilidad para verlos en su justa realidad; el Señor viene en esos acontecimientos que acaecen cerca de nosotros o en un nivel más amplio mirando toda nuestra sociedad. A través de esas personas, a través de esos acontecimientos el Señor nos habla, el Señor viene a nosotros, pero tenemos los ojos y los oídos cerrados y ni vemos ni escuchamos.
Eso forma parte de nuestra responsabilidad ante la vida, ante nosotros mismos, ante Dios. Y con lo que hayamos hecho en todos esos ámbitos nos vamos a presentar delante del Señor. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Llevaremos las manos vacías y nos contentaremos con decir es que estábamos en nuestras cosas y no nos dimos cuenta de lo que de verdad pasaba a nuestro alrededor?
Nos pide el Señor que estemos con la luz encendida, con la cintura ceñida dispuestos para el trabajo, con nuestra mirada atenta, con nuestro corazón abierto y lleno de sensibilidad. Es también nuestra tarea y nuestra responsabilidad. No nos entretengamos en otras cosas que tienen menor interés o que solo nos satisfagan a nosotros mismos. No olvidemos que tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena.

lunes, 22 de octubre de 2018

Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre



Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

Arranca hoy el evangelio de una situación que no es tan ajena a nuestros días, como lo ha sido en todos los tiempos, de unos hermanos que disputan por la herencia recibida de sus padres. Ya digo no es tan ajeno a lo que sigue sucediendo en nuestros días, porque cuantas familias se rompen por la distribución de una herencia que nos manifiesta bien claramente cuales son las ambiciones que seguimos teniendo en nuestros corazones y la pobreza de valores en nuestra vida cuando por unos dineros que hoy podemos tener pero que mañana se nos pueden acabar perdemos la unidad y el amor de una familia.
Pero es que aunque queramos decir que no sigue dentro de nosotros la ambición por el tener  olvidándonos que es mucho más importante lo que somos que lo que tenemos. Seguimos soñando con ganarnos una lotería o cualquier otro juego de azar, ambiciones que en ocasiones nos esclavizan perdiendo incluso todo lo que podamos tener por esos sueños que nunca llegan. Algunas veces hasta convertimos en motivo principal de nuestra oración a Dios el conseguir esa riqueza, el ganarnos esa lotería, el vernos así de importantes y de poderosos cuando llenemos de riquezas nuestra vida.
Cuantas cosas haríamos en nuestros sueños si la suerte estuviera de nuestra parte y de la noche a la mañana nos volviéramos ricos. Pero ya sabemos en lo que puede terminar nuestra vida cuando tan fácilmente nos dejamos esclavizar por lo material, la ganancia o el dinero, la riqueza que parece que nos puede dar más brillo o más poder. Terminamos cifrando muchas veces la felicidad en esas cosas y no somos capaces de ser felices con lo que es nuestro ser más profundo adornado de unos sólidos valores.
Es lo que nos quiere despertar hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Qué demodelora es la codicia que nos hace ambiciosos, que nos ciega y nos embrutece porque nos hace perder de vista los verdaderos valores, que nos esclaviza y hasta tortura nuestro espíritu mientras no consigamos aquello material que tanto anhelamos.
Todo porque queremos tener una vida placentera y sin problemas que nos endiosa en nosotros mismos y termina aislándonos de los demás. Y es que tenemos que preguntarnos seriamente en qué ciframos la felicidad, qué felicidad es la que buscamos. ¿Y cuando se nos derrumben esos castillos de nuestros sueños en qué vamos a fundamentar nuestra vida? De la misma manera se nos derrumbará entonces la vida.
Porque la vida un día se nos acabará ¿y qué quedará todo aquello que tanto habíamos codiciado? ¿Podemos llevarnos al más allá todas esas riquezas y ambiciones sobre las que habíamos edificado de la vida? Desnudo nací y desnudo me iré a la tumba, y todo eso quedará atrás. Por eso hay quienes tanto temen a la muerte, porque se les acaba el disfrute de esas cosas materiales y sienten que otro se va a aprovechar de ellas. Significa eso qué poca trascendencia le hemos dado a nuestra vida, de qué pocos valores verdaderamente humanos y espirituales nos hemos dotado.
Jesús nos propone la parábola del hombre que tuvo una gran cosecha, de manera que agrandó sus bodegas y graneros para acumular todo lo que había cosechado, y cuando se disponía ya a vivir de la vida lejos de cualquier preocupación y disfrutando de todos aquellos bienes materiales, le vino la hora de la muerte. ¿De qué le sirvió todo aquello que había acumulado poniendo en ello toda su felicidad?
Tenemos que replantearnos nuestros valores, aquellas cosas por las que luchamos, buscar y descubrir cuales han de ser esos verdaderos valores que van a dar verdadera transcendencia y continuidad a nuestra vida. Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre.

domingo, 21 de octubre de 2018

Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio


Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

De tal manera aparece ante nuestros ojos continuamente sobre todo en las grandes figuras, en aquellas personas que nos parece que destacan, unos aires de grandeza y de poder, que de alguna manera nos contagiamos y esas son las ansias y deseos que van surgiendo también dentro de nosotros, las aspiraciones y sueños que van impregnando nuestra vida.
¿A quién no le gustaría ser grande y poderoso? Un poco se nos mete por dentro casi sin darnos cuenta que todo eso son caminos de riqueza, de dominio, de posicionamiento en lugares destacados en donde podemos alcanzar todo aquello que se nos antoje. Es lo que vemos fácilmente en tantas figuras que de la noche a la mañana se llenan de poder y de riquezas, algo que nos parece tan fácil de conseguir que de alguna manera lo anhelamos.
Luego nos aparecerá cuánta corrupción hay detrás de todo eso, cuántas manipulaciones de las personas, cuántos intereses ocultos, cuántos trapos sucios, podríamos decir, que de alguna manera queremos condenar, pero que por otra parte eso no nos merma esos deseos de grandeza que permanecen dentro de nosotros. Se siente uno hastiado de todo eso, pero también sentimos la tentación de la envidia porque de alguna manera ansiamos el poder.
Son cosas que nos pueden pasar a todos y que pueden suceder en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no excluyo ninguno. ¿De alguna manera no eran los sueños también de los discípulos que seguían tan de cerca de Jesús? Hoy en el evangelio se manifestará especialmente en dos, pero ya sabemos cuántas veces Jesús se los encuentra en sus tontas discusiones de quien iba a ser el principal entre ellos.
Su concepto del mesianismo llevaba consigo la idea de un Mesías que se llenaría de poder y claro a su sombra podrían aparecer también esas ambiciones. Como un paréntesis me pregunto si también en el seno de nuestra Iglesia hoy nos pueden aparecer esas carreras por los lugares más preeminentes, con las noticias que algunas veces se corren.
Por allí nos aparecen los dos hijos del Zebedeo con sus aspiraciones. Por aquello del parentesco quizá se sentían más valientes para expresar lo que no solo ellos sentían, porque ya hemos visto como andaban discutiendo todos por los primeros puestos. Ahora le dicen a Jesús: ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir’. Así de seguros y valientes se sienten. ‘Queremos que hagas…’, parece que no hay vuelta de hoja. Y ¿qué piden? ‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Vamos, los primeros en el poder de ese Reino del que tanto han oído hablar a Jesús.
Parece que como se suele decir no entienden de la misa ni la mitad. Vamos que no se han enterado. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Y viene el diálogo que aunque parecen respuestas razonables, está yendo cada uno por su lado. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Contestaron: Lo somos. Jesús les dijo: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado’.
Jesús les habla de cáliz y de bautismo y ello alegremente responden que sí. Y Jesús les dice que si van a beber ese cáliz, que si van a ser bautizados en su mismo bautismo, pero que eso de los primeros puestos va por otro camino.
Entenderemos el sentido de las palabras de Jesús con lo que les dice a continuación. Porque ya andan por allá alterados el resto de los discípulos con sus desconfianzas. Por eso Jesús los reunirá en torno a El para explicarles una vez más, y va por la tercera, cuanto le va a suceder a El en Jerusalén.
No pueden andar en esas aspiraciones de poder y de grandezas. Y les recuerda que ellos bien saben que los poderosos de este mundo tiranizan a los demás, los manipulan y actúan con prepotencia sobre todos. Ese poder y esa grandeza que se manifiesta tantas veces en la opresión y en la injusticia.
Ya recordábamos cuanto hay detrás tantas veces de esos poderes que nos encandilan por la corrupción con que se manejan los grandes para alcanzar el poder, por las manipulaciones de todo tipo con las personas y con los pueblos, con la opresión porque siempre querrán sacar tajada y beneficio con sus impuestos y todo tipo de cobros tantas veces injustos. Es lo que estamos bien pero vamos tan encandilados que seguimos con nuestros anhelos y aspiraciones, cueste lo que cueste.
Y Jesús una vez más les habla y nos habla de donde está la verdadera grandeza del hombre. En el servicio, en el amor, en el desprendimiento y en la generosidad, en olvidarse de si mismo para pensar solo en el bien de los demás, en el ser capaz de dar la vida por los otros. Es lo que hizo Jesús. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia. ‘Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Y Jesús ha ido por delante enseñándonos el camino. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Llegaremos nosotros a entenderlo? ¿Llegará a ser ese el sentido que le demos a la vida? allí donde estemos nuestra principal grandeza está en el servicio. Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano, en esas responsabilidades que con la vida misma todos tenemos, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en el ámbito de la vida social que hagamos en nuestras, llamémoslas, relaciones normales que tenemos los unos con los otros, o tendremos quizás mayores responsabilidades porque se nos confía una función, porque tenemos vocación política para trabajar en bien de la sociedad en unos puestos y lugares de especial responsabilidad, pero allí donde estemos pensemos que nuestra principal grandeza está en el espíritu de servicio con que desarrollemos nuestra vida.
No olvidemos nunca el sentido que Jesús da a nuestra vida y a cuanto hacemos.

sábado, 20 de octubre de 2018

En la tarea evangelizadora que tenemos entre manos Jesús no nos deja solos, no nos faltará la fuerza y la asistencia del Espíritu.



En la tarea evangelizadora que tenemos entre manos Jesús no nos deja solos, no nos faltará la fuerza y la asistencia del Espíritu.

Efesios 1,15-23; Sal 8; Lucas 12, 8-12

Ir a contracorriente en la vida no es fácil. Como se dice ahora hay que hacer o seguir la corriente de lo que es políticamente correcto. Pero creo que actuar así, solo por lo políticamente correcto, es mermar nuestra libertad. ¿No puedo tener mi propio pensamiento? ¿No puedo hacer lo que yo creo en ese momento que es lo mejor y lo más justo? Creo que sería lo ideal, pero nos sentimos condicionados muchas veces.
Cada uno piensa que su opción o su postura es lo mejor, pero eso no nos da derecho a que queramos imponer nuestra manera de ver las cosas o nuestra manera de actuar a los demás. Una cosa es que tratemos de convencernos, que busquemos razones para lo que hacemos y con lo que queremos convencer al otro, pero porque ahora haya un grupo de presión en la sociedad que nos venga como salvador y nos quiera imponer sus ideas, es otra canción, por decirlo de una forma suave.
Y nos estamos encontrando con eso en nuestra sociedad, y cuatro que gritan fuerte se creen la mayoría y que entonces las cosas haya que hacerlas como ellos dicen. Lo vemos en la política, lo vemos en las relaciones sociales, lo vemos en los grupos de influencia o de presión que nos encontramos a la vuelta de la esquina en cualquier institución o en cualquier grupo social. Y como ellos nos dicen como hay que hacer las cosas ya no se respeta la conciencia individual de las personas.
Nos es difícil nadar a contracorriente, siguiendo cada uno los dictámenes de su propia conciencia. Nos sentimos presionados por el ambiente, por lo que se cocina en nuestra sociedad que muchas veces puede estar muy distante de nuestra manera de ver las cosas. Y esto nos pasa también en el ámbito de nuestra vida religiosa, de nuestro compromiso cristiano. En una sociedad incluso como la nuestra en la que la mayoría están bautizados vemos cómo las cosas cambian y entre esos mismos bautizados que han abandonado la fe, nos encontramos los más fuertes oponentes en muchas ocasiones.
Cuando hacemos números de estadísticas en el mismo ámbito de la Iglesia quizá nos dejamos llevar por los libros de registros de nuestros bautismos, pero luego vemos que en la realidad de la vida, no todos esos que están bautizados han hecho una opción cristiana en su vida, e incluso entre quienes viven alguna forma de religiosidad, incluso relacionada con la Iglesia, sin embargo en sus posturas más profundas están muy lejos del sentir de la Iglesia y de lo que nos enseña el evangelio. Y ahí nos encontraremos quizá en ocasiones la más fuerte oposición cuando queremos hablar radicalmente de una opción por el evangelio y cuando queremos purificar actitudes y posturas que tenemos que de nuevo reenvangelizar.
Y algunas veces quienes queremos vivir un compromiso serio con nuestra fe nos sentimos abrumados por las dificultades, nos podemos sentir cansados en nuestros trabajos apostólicos y en nuestras luchas y nos parezca que es imposible realmente avanzar. Pero no podemos echar en el saco del olvido las palabras de Jesús. Hoy nos lo recuerda en el evangelio. No hemos de temer, porque no nos faltará la fuerza del Espíritu que está con nosotros y El va a poner fuerza en nuestro corazón, energía espiritual – su gracia - en nuestra vida, y hasta palabras en nuestros labios para hacer valientemente ese anuncio del Evangelio.
No es fácil nadar a contracorriente, pero Jesús no nos deja solos. En la tarea evangelizadora que tenemos entre manos no  nos faltará la fuerza y la asistencia del Espíritu.

viernes, 19 de octubre de 2018

Hacen falta cristianos valientes y nos dice Jesús: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo


Hacen falta cristianos valientes y nos dice Jesús: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo

Efesios 1,11-14; Sal 32; Lucas 12,1-7

Muchas veces en la vida los miedos nos paralizan. Cuántas cosas dejamos de hacer cuando se nos mete el miedo en el cuerpo, como solemos decir. Y hay personas que parece que van siempre en la vida con miedo, con temor. Y ante cualquier cosa nueva que tienen que hacer se quedan como paralizados sin saber qué hacer o como hacer; cuando tienen que expresar una opinión, se callan, dan vueltas y disculpas continuamente, responden con vaguedades, pero tienen miedo de manifestar claramente su opinión, lo que piensan o lo que desean de la vida.
Miedos ante el qué dirán, a la opinión de los demás, a lo que puedan pensar de nosotros y no nos manifestamos con claridad ni sinceridad. Miedos ante el futuro, ante el mañana, ante lo incierto y así nunca se atreven a emprender nada. Miedo a lo que puedan encontrar en contra, la oposición de los demás, la opinión distinta con que se van a encontrar y no se atreven a entrar en un diálogo. Miedo porque lo que vamos a hacer o decir nos traerá consecuencias, y claro no queremos sufrir y somos contradictorios entre lo que pensamos y cómo nos manifestamos. Miedo que muchas veces es una cobardía que nos encierra en nosotros mismos.
También los cristianos en muchas ocasiones nos manifestamos con miedo y no damos un claro testimonio de nuestra fe. Nos acobardamos porque sabemos que nos vamos a encontrar un mundo adverso y tratamos de pasar desapercibidos, tratamos de diluirnos en medio del mundo que es la mejor manera de que pronto lleguemos a perder nuestra identidad, y nuestra fe se nos enfríe y se nos muera.
Hoy nos dice Jesús: ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más’. Nos pide Jesús valentía para anunciar el evangelio, que alejemos de nosotros los temores, que seamos capaces de levantar la voz en la plaza publica para anunciar y dar testimonio de lo que hemos recibido. Ya en otro momento nos dirá que no somos aceptamos, que tendremos incluso persecuciones, pero El nos promete la asistencia y fuerza de su Espíritu para que seamos sus testigos.
Se nos hace difícil hoy el anuncio del evangelio. Parece muchas veces que la gente está curada de todo y que no nos van a aceptar ni nos van a escuchar. Pero quizá ese mundo que nos rodea está esperando una palabra de vida, una palabra de esperanza, el testimonio de quien en verdad trabaja por la paz, de quien manifiesta el amor verdadero con los signos de su vida.
Es lo que nosotros tenemos que anunciar, es lo que tenemos que hacer y dejar a un lado nuestros miedos y cobardías. Si somos valientes nos daremos cuenta de que vamos a encontrar una mayor aceptación de lo que nosotros esperábamos o nos temíamos con nuestros miedos. La fuerza de la gracia del Señor mueve de verdad los corazones más reticentes, pero es necesario que nosotros hagamos con valentía el anuncio. Hacen falta cristianos valientes y decididos que abandonen todos los complejos para ser verdaderos testigos de Jesús y de su evangelio.

jueves, 18 de octubre de 2018

Nos ponemos en camino para anunciar la Buena Nueva de la misericordia de Dios para todos los hombres



Nos ponemos en camino para anunciar la Buena Nueva de la misericordia de Dios para todos los hombres

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

Cuando decimos que nos ponemos en camino no es simplemente para un paseo, para dar una vuelta. Ponerse en camino significa que vamos a algo, que tenemos una meta a donde queremos llegar, que queremos o tenemos que hacer algo. Y nos ponemos en camino  no de cualquier manera, hacemos nuestras previsiones,  nos preparamos de alguna manera, buscamos que es lo que llevamos porque podemos necesitar para el camino, no queremos ir a lo loco.
La vida en cierto modo es un ponerse en camino, un estar en camino. Es una semejanza que empleamos con frecuencia para referirnos a nuestro vivir. Es la referencia para la responsabilidad con que nos tomamos la vida, porque vivir no es vivir a lo loco. Tenemos un sentido, una razón, buscamos o queremos conseguir algo, unas metas, nos trazamos consciente o inconscientemente unos objetivos, que es ese plan de vida que tenemos.
Continuamente nos estamos poniendo en camino porque nos renovamos buscando mayor altura cada vez, no nos contentamos con poco, con lo que hayamos conseguido o tengamos ahora, sino que queremos ir más allá. Algunos lo cifran en lo material, pero sabemos que es algo más hondo y más alto que lo económico o lo material. Es la grandeza de las metas que nos trazamos en la vida, del sentido que le queremos dar a nuestra vida.
Son unos pensamientos que se han ido ahora desgranando por mi mente, cuando he escuchado en el evangelio que Jesús puso en camino a sus discípulos. Había escogido a setenta y dos entre todos los que lo seguían y los había enviado de dos en dos por delante a donde pensaba ir luego él. Y les decía: ‘Poneos en camino…’
Y Jesús les habla del mensaje de paz que han de trasmitir como les habla también de la austeridad con que han de hacer el camino. Es la generosidad del corazón, la disponibilidad que les pide para ser fuertes también aunque muchas puedan ser las dificultades. Por eso les habla que les envía como ovejas en medio de lobos, pero no han de temer, el Espíritu de Jesús les acompaña.
Hoy estamos escuchando este mensaje cuando la Iglesia celebra a san Lucas, el evangelista. Transmisor del Evangelio que no solo lo hizo con su vida y con su palabra, sino que nos lo dejo por escrito con todo detalle para que conociéramos bien las misericordias del Señor. Es el evangelio de la misericordia. Ya desde el principio nos trae el mensaje de Isaías porque la Buena Nueva ha de ser anunciada a los pobres y a los oprimidos; el amor de Dios se iba a derramar sobre todos para liberarnos de cuanto nos oprime y nos esclaviza, como se nos dice en el texto proclamado en la sinagoga de Nazaret.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte…’ cantaba Zacarías. ‘Auxilia a Israel su siervo – como lo había prometido a nuestros padres – a favor de Abrahán y su descendencia para siempre’, cantaría también María en el Magnificat. Es bien significativo que ya desde el inicio del evangelio se cante la misericordia de Dios que se va a derramar sobre nosotros.
Es la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Es la Buena Nueva que nosotros también hemos de anunciar. Una misericordia que tiene que hacerse presente en nuestro mundo por nuestras actitudes y comportamientos, por los gestos de nuestra vida, por la cercanía con que nosotros hemos de estar junto a los demás especialmente de los que sufren. Podemos hablar mucho de la misericordia pero no siempre los gestos y actitudes que tenemos con los demás, que la misma Iglesia tiene, lo manifiestan de verdad. Muchos hay que no sienten que llega a ellos esa misericordia desde la actitud de los que seguimos a Jesús. Es la Buena Nueva que el mundo necesita escuchar y palpar en nuestra vida, en la Iglesia, en todos los que nos llamamos discípulos de Jesús.
Es a lo que Jesús nos pone en camino en el hoy de nuestra Iglesia y nuestro mundo. Es el mensaje que recibimos y que nosotros hemos de trasmitir. Muchas veces nos entretenemos hablando de muchas cosas, pero nos olvidamos de anunciar esa misericordia de Dios que tanto necesitamos. No  necesitamos muchas cosas en nuestras manos, sino los gestos de nuestra vida, la ternura de nuestro corazón que se tiene que desbordar.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Dichoso el hombre que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche…


Dichoso el hombre que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche…

Gálatas 5, 18-25; Sal 1; Lucas 11, 42-46

‘Dichoso el hombre que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche…’ así rezamos en uno de los salmos que se nos ofrecen en la liturgia. Y continúa diciendo: ‘Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin’.
¿Será ese nuestro gozo? ¿En verdad nos dejamos guiar y conducir por la ley del Señor? Así tendría que serlo para el verdadero creyente. El gozo del creyente es buscar siempre y en todo la gloria del Señor. Por eso quien se siente inundado por el amor de Dios en todo siempre busca lo que es su voluntad, lo que son los mandamientos del Señor.
Quienes aman y se sienten amados en todo buscan agradarse el uno al otro, el que ama busca siempre la felicidad del amado. Y esto se traduce en nuestra relación con Dios que si en verdad le amamos al buscar su voluntad lo que estamos buscando es la gloria del Señor. Será así como nos manifestaremos por las obras del amor. Y es que el amor del Señor nos nutre, alimenta nuestra vida, hace germinar en nosotros el amor para dar frutos de amor. Lo que decía el salmo.
Pero hemos de reconocer que no es así siempre en nuestra vida. Está nuestra debilidad, está la tentación, está el mal que nos envuelve y parece oscurecer nuestra vida haciéndonos olvidar ese amor que el Señor nos tiene. Si fuéramos conscientes de ese amor nos sentiríamos fortalecidos, pero lo olvidamos, no lo sabemos tener presente y se nos enfría nuestro amor, se nos debilita nuestra fe, caemos fácilmente por la pendiente resbaladiza de la tibieza espiritual y ya no está tan caldeado nuestro corazón en el verdadero amor.
Por eso en la vida necesitamos detenernos, hacer una parada en ese ritmo tan vertiginoso en que vivimos que nos agobia y nos distrae de lo principal, para ponernos a meditar una y otra vez lo que es el amor de Dios que se manifiesta en nuestra vida de tantas maneras. Como decía el salmo ‘medita la ley del Señor día y noche’.
Por ese no sabernos detener nos vienen las rutinas que nos hacen perder el sentido, nos vienen las rutinas con lo que nos contentamos con hacer formalmente las cosas pero sin darles profundidad, y fácilmente nos vamos deslizando por esos caminos fáciles de las apariencias, de los ritualismos vacíos, de esa desgana y atonía espiritual. Necesitamos despertar.
Hoy el evangelio nos llama la atención sobre esas rutinas y ritualismos con los que podamos querer llenar nuestra vida. Denuncia Jesús la manera de ser y de hacer de los fariseos. Como les dice pagáis el diezmo hasta de la hierbabuena pero olvidáis lo principal, ‘mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’. Nos puede pasar a nosotros algo así también.
Quizá porque damos una limosna en la colecta de la Misa cuando acudimos los domingos a la Iglesia, pensamos que ya lo tenemos todo hecho, pero olvidamos la verdadera misericordia y compasión que hemos de tenernos los unos con los otros, esa compasión que tendría que llevarnos a un compartir de verdad con los necesitados que están a nuestro lado.
Estamos muy formalmente en la Iglesia en una celebración y realizamos al pie de la letra cada uno de los gestos que nos pueda pedir la liturgia, pero nuestro corazón está bien lejos del Señor porque nuestro pensamiento está en otras cosas, y no prestamos atención a lo que la Palabra del Señor proclamada está queriendo decirnos en nombre del Señor para nuestra vida concreta. Así podríamos pensar en muchas cosas en que vivimos como en una dualidad en nuestra vida.
Que en verdad seamos ese árbol plantado junto a la acequia que da fruto en todo momento, porque en verdad anclemos nuestra vida en la Palabra del Señor y nuestro gozo sea escucharla y plantarla en nuestro corazón para que de fruto en nuestra vida.

martes, 16 de octubre de 2018

Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa


Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa

Gálatas 5,1-6; Sal 118; Lucas 11,37-41

‘El fariseo se sorprendió al ver que Jesús no se lavaba las manos antes de comer’. Convertimos en absolutos cosas que solo tienen una importancia relativa. Lo de lavarse o no lavarse las manos es cuestión de higiene. Es cierto que cuando estamos educando a los pequeños les imponemos y algunas veces con cierta exigencia lo de lavarse las manos antes de comer; los niños juegan con todas las cosas y tocan todo lo que esté a su alcance, y con la misma espontaneidad cuando van a comer en lo que menos piensan es que las manos no estén limpias para coger la comida; en la tarea de la educación hay que acostumbrarlos, poco menos que se exigentes con su higiene, pero eso es suficiente.
Así se había impuesto esa norma higiénica a un pueblo errante por desiertos y por campos y donde quizá el agua no fuera tan fácil de tener, pero que con una falta de higiene se podían provocar enfermedades y hasta epidemias. Pero eso lo habían convertido en ley absoluta, de manera que incluso hasta la pureza espiritual podía depender del cumplimiento de esa norma higiénica. Y los fariseos eran especialmente escrupulosos con estas normas y preceptos.
Es lo que Jesús ahora quiere hacerles comprender. La pureza del corazón, nos dirá en otro momento, no depende de lo que entre por la boca, porque hay maldades que llevamos dentro del corazón y eso si que hace daño no solo a si mismo sino también a los demás. De dentro del corazón del hombre salen las maldades, odios, envidias, malquerencias, etc… por eso lo que hemos de tener puro y limpio de maldad es el corazón, no importa lo exterior y la apariencia.
‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo’. En otros momentos del evangelio Jesús será aun más duro con los fariseos a los que llama sepulcros blanqueados. Por fuera con el blanco de la cal, pero ya sabemos la podredumbre que hay dentro de un sepulcro. Así les dice que es su corazón que es el que tienen que purificar para que luego puedan resplandecer de verdad las buenas obras.
Cuantas apariencias fantasiosas ofrecemos tantas veces en la vida. Queremos siempre aparentar de buenos, que como tales nos tengan siempre los demás, pero miremos la pureza de nuestro corazón. Y tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, porque bien sabemos cómo fácilmente aparecen en nuestra mente y en nuestro corazón las sospechas y desconfianzas, cómo la envidia nos corroe por dentro cuando vemos lo bueno que hay en los demás, cómo se enciende en nosotros el amor propio y el orgullo cuando nos dicen algo que no nos gusta, cómo se nos suben a la cabeza las cosas buenas que podamos hacer y enseguida nos subimos a pedestales buscando reconocimientos y cuando no los encontramos nos sentimos heridos por dentro. Pero aunque hierven esas cosas en nuestro interior procuramos mantener la fachada, la apariencia, que nos tengan siempre por buenos.
Purifiquemos nuestro corazón. Pongamos humildad, amor, sencillez, generosidad, buenos deseos en nuestro corazón. Desterremos suspicacias y desconfianzas, nunca juzguemos a los demás porque no sabemos lo que de verdad hay en su corazón. Un corazón generoso y humilde nos hace agradables a aquellos con los que convivimos y es lo que nos dará la más honda y sana satisfacción.


lunes, 15 de octubre de 2018

Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado


Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30

Estamos cansados y necesitamos descansar, encontrar ese lugar y ese momento de relax, de tranquilidad, de silencio, donde quizás en el sueño, o simplemente sin hacer nada recuperar fuerzas, ponernos de nuevo a tono para recuperar el ritmo de la vida y de nuestros trabajos.
Pero hay cansancios y cansancios; no siempre es el cansancio físico tras una tarea agotadora, un trabajo muy intenso, sino que lo que necesitamos es recuperarnos por dentro, poner en orden quizá muchas cosas de la vida, sentir cómo nuestro espíritu se tonifica, porque en ese cansancio no es que no tengamos fuerzas físicas para el trabajo; nos falta el ánimo, nos sentimos en turbulencias interiores, el cansancio quizá es de la vida, de los problemas, de los agobios y es más bien lo que necesitamos es recuperarnos espiritualmente.
Ya no siempre no es un lugar de reposo lo que necesitamos sino saber encontrar una nueva actitud interior, quizá alguien que nos escuche o alguien que simplemente esté a nuestro lado, o nos diga una palabra de animo que levante de nuevo nuestro espíritu. Necesitamos encontrar paz para nuestro espíritu, y el abrazo de un amigo o de quien nos escuche nos puede hacer mucho bien.
Son muchos los agobios de la vida que algunas veces nos hacen perder el  norte y nos entra el desaliento, porque nos sentimos incapaces, porque nos damos cuenta de nuestra debilidad e impotencia, porque los errores o los tropiezos que hayamos tenido en la vida ahora quizá nos atormentan. Muchos secretos quizá se guardan en nuestro corazón que necesitaríamos desprendernos y liberarnos de ellos, pero no sabemos siempre en quien podamos confiar. Quien llegue a nosotros y nos haga sentir de nuevo la paz es como un ángel de Dios que llega a nuestro espíritu.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Hermosas y consoladoras palabras de Jesús. Jesús nos abre su corazón y en él sí podremos encontrar verdadera paz. A El podemos acudir porque sabemos que siempre seremos escuchados. Jesús no tiene relojes que midan el tiempo, no hay horarios de consulta y nunca tiene prisa porque siempre tiene su corazón abiertos para escucharnos.
En El encontraremos siempre un corazón compasivo y misericordioso porque siempre va a acogernos y recibirnos con amor y en su amor nos sentiremos en verdad renovados. En El vamos a encontrarnos con la verdad de nuestra propia vida porque florecerá la sinceridad en nosotros mismos, pero al mismo tiempo vamos a tener una luz nueva que nos haga ver las cosas de manera distinta. Con Jesús ya no va a haber secretos en nuestra vida ni nada querremos ocultar porque sabemos que El es compasivo y misericordioso y hasta para las más horribles miserias tendremos siempre su amor y su perdón.
Con Jesús encontraremos la verdadera paz. Es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado. Pongamos nuestra vida en sus manos, depositémosla en su corazón, su gracia nos cura y nos salva.

domingo, 14 de octubre de 2018

Jesús nos está ofreciendo que encontremos el verdadero sentido y sabor de la vida, no en las cosas sino en la capacidad de donación de nosotros mismos


Jesús nos está ofreciendo que encontremos el verdadero sentido y sabor de la vida, no en las cosas sino en la capacidad de donación de nosotros mismos

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Podríamos comenzar diciendo que es de hombre sabio buscar y encontrar el verdadero valor y sentido de la vida. No son las cosas las que le dan ese sentido a la vida; las cosas son caducas y cuando las perdemos y no las tenemos ¿se habrá perdido entonces el sentido de la vida?
Buscamos quizá seguridades, la seguridad que me pueda dar el poder o la riqueza, pero eso es también efímero, porque hoy lo tenemos y mañana podemos no tenerlo, ¿se nos acaba entonces el valor de nuestra vida?  Por eso, me atrevía a comenzar diciendo que es una verdadera sabiduría encontrar ese valor y ese sentido.
Es estabilidad aunque no sea necesariamente una seguridad de apoyo, porque siempre buscamos y en esa búsqueda tenemos también que crecer y es lo que nos irá haciendo llegar cada vez más a la verdadera madurez. Está en nosotros, pero no lo es por nosotros mismos, pero es dentro de nosotros donde tenemos que buscar esos valores que nos den ese sentido, ese rumbo, por así decirlo, a nuestra vida. No son, pues, simplemente las cosas que hacemos o no es hacer cosas por hacer, sino que todo eso que hacemos o que vivimos parte de ese sentido y de ese valor que le damos a nuestra existencia.
Hoy el evangelio nos habla de un joven, al que quizá podríamos considerar un insatisfecho. Era bueno y era cumplidor, pero tenía una aspiración en su corazón porque en él había ansias de algo grande, aunque no sabía bien cómo. Le pregunta a Jesús qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. No se andaba con chiquitas, y por eso cuando le manifiesta a Jesús lo que era su vida, Jesús se le queda mirando con cariño.
No era erróneo el camino que estaba haciendo, pero le faltaba encontrar unas metas más altas que le dieran esa profundidad a su vida. No podía quedarse simplemente contento con lo que hacía – por allí podían ir apareciendo unos atisbos de orgullos personales que lo hacían sentirse ya bueno porque era cumplidor desde chiquito de los mandamientos -, ni tampoco quedarse en las seguridades que le daba la vida por los bienes que poseía – que como luego veremos se convertirán en apegos del corazón -.
Y Jesús le pide que se despoje de sus seguridades, que no tenga el corazón apegado a las cosas que poseía, que para poder volar bien alto hay que liberarse de todas esas cosas que pesan y que por la gravedad siempre tirarán de nosotros hacia abajo, que la felicidad no está en las cosas que poseemos sino en el uso que hagamos de ellas en bien no ya de nosotros mismos sino en bien de los demás. Lo que Jesús le pide no es que viva en la miseria, sino que viva con un corazón de pobre porque el pobre lo que tiene lo reparte y lo comparte y se siente libre en lo más hondo de sí. Lo que Jesús le está ofreciendo es que encuentre el verdadero sentido y sabor de la vida, que no está en las cosas sino que está en la capacidad de donación de nosotros mismos.
Las palabras de Jesús suenan a radicalidad porque son el camino de esa sabiduría que nos hace encontrar el verdadero valor y sentido de nuestra vida. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo–, y luego sígueme’.
Aquel joven decía que tenía deseos de vida eterna, pero parecía que quería comprarla con las cosas terrenas y temporales. Quería seguir a Jesús pero llevando consigo sus riquezas, es decir, sin cambiar de vida. Un día Jesús había pedido a unos pescadores de Galilea que lo siguieran y ellos dejaron atrás sus pobres barcas, sus remendadas redes, aquellas pocas cosas que tenían y que les servían para ganarse su sustento. Pero cuando Jesús les invita lo dejan todo.
Por eso Jesús cuando los envíe a anunciar el Reino les dice que ni siquiera lleven una túnica de repuesto, que no se preocupen de llevar calderilla en el bolsillo por lo que pudieran necesitar, que no estuvieran preocupándose donde iban a vivir sino que allí donde los acogieran allí se quedaran, porque el Hijo del Hombre tampoco tenía donde reclinar su cabeza.
Y ahora este joven se lo piensa, se queda triste, hay muchas cosas que pesan mucho en su bolsillo y la gravedad de ese lastre le impedirán volar. No quería soltar sus apoyos y lo que él creía que eran sus seguridades. ‘¡Qué difícil, dirá Jesús, les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!’
Todo esto ha de traducirse en muchas cosas para nuestra vida. Porque no estamos aquí para juzgar y condenar a aquel joven del evangelio. Tenemos que ver todo esto plasmado en nuestras vidas. También hemos de encontrar esa verdadera sabiduría, también hemos de buscar esos verdaderos valores de nuestra existencia.
Tentados estamos a buscar seguridades, a buscar apegos, a cortar nuestros sueños de volar muy alto, a permitir que haya lastre en nuestra vida que nos arrastre hacia abajo, a estar contando cuantos instrumentos tenemos para realizar nuestra tarea, también podemos estar contabilizando lo que hacemos de bueno para ver cuántas ganancias tenemos. Fue de alguna manera la reacción de los discípulos que le plantean a Jesús que ellos un día lo habían dejado todo por seguirle. ¿Estarían buscando también seguridades y premios?
Ya Jesús por otra parte en el evangelio nos ha enseñado a confiar en la providencia de Dios que cuida de nosotros. Es el Padre bueno que alimenta a los pajarillos del campo o lo embellece haciendo florecer las hierbas del campo. Y la semilla no va a producir más fruto porque tengamos no sé cuantos medios electrónicos para sembrarla, sino que lo importante es por una parte ese anuncio y esa siembra que hemos de hacer en todo momento con la totalidad de nuestra vida, y la apertura de unos corazones que quieren sembrar en ella la Palabra de Dios.
¿Qué estamos haciendo? ¿Cuál es el desprendimiento que hay en nuestro corazón? Mucho tendría que hacernos pensar este evangelio.