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jueves, 8 de septiembre de 2011

La aurora de la salvación que nos anuncia la llegada de la luz verdadera


Miqueas, 5, 2-5;

Sal. 12;

Mt. 1, 18-23

En esta fiesta de la Natividad de la Virgen María toda la liturgia rebosa de alegría y de gozo. Es el nacimiento de la que iba a ser la Madre de Dios, la escogida por el Señor y desbordante de gracia para en sus purísimas entrañas encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre.

Una fiesta de la Virgen muy arraigada en la devoción popular aunque sean diversas las advocaciones con que la invocamos en muchas parroquias y pueblos de nuestras islas en este día, Virgen de la Luz, Señora de los Remedios, Virgen del Socorro, entre otras por citar algunas, además de Virgen del Pino, como se celebra en la diócesis hermana de Canarias.

Aurora de la salvación’ llama la liturgia a este día y María es para nosotros ‘esperanza y aurora de la salvación’. La aurora nos anuncia la luz del sol que llega, el nacimiento de María nos está adelantando ese momento grande en que Dios va a derrochar su amor por nosotros y querrá hacerse hombre en las entrañas de María para venir como verdadera y única luz de nuestra vida y del mundo. Con razón, pues, a María la llamamos Madre de la Luz porque va a hacer posible con Sí incondicional a Dios que llegue la luz para iluminarnos, que venga Cristo con su salvación.

Qué ricas de hondo significado tantas imágenes de María – como vemos en la imagen de la Virgen de la Luz, en la del Socorro, o en la nuestra tan querida de Candelaria - que al mismo tiempo que nos están mostrando a Jesús en sus brazos llevan también en su mano una luz como signo de que hemos de aprender a buscar la verdadera luz que es Jesús. María siempre nos estará llevando hasta Jesús y su salvación. ‘Haced lo que El os diga’, nos repite una y otra vez en nuestro corazón como le escuchamos decir a los sirvientes allá en las bodas de Caná de Galilea.

Por eso, ya desde el comienzo de la celebración la liturgia nos invitaba a que ‘celebremos con alegría el nacimiento de María, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios’. Y alabamos, bendecimos y proclamamos ‘la gloria del Señor en la Natividad de santa María, siempre virgen. Porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo, y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro’.

Siempre en las fiestas de la Virgen nos alegramos, nos gozamos con ella y la festejamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo en la fiesta de la Madre? Es la Madre del Señor, porque ella nos vino el autor de la vida de la salvación, y celebrar su nacimiento es como estar celebrando las primicias de la salvación que nos llega a través de la Maternidad de la Virgen María. Por eso cuando celebramos una fiesta de María hemos de sentir más fuertemente en nuestro corazón esos deseos de llenarnos de Dios, de llenarnos de su gracia y santidad, de copiar a María para aprender a ser santos y puros de corazón.

Celebramos a María, la Madre del Señor, pero celebramos a María que es también nuestra Madre. Así nos la quiso dejar Jesús cuando el momento supremo del sacrificio y de la entrega se la confia a Juan para que la ame como la madre más amada. En Juan estábamos todos representados, por eso amamos a sí a María, nos confiamos a ella como a la madre más amada y a ella continuamente pedimos su socorro, su intercesión, que nos alcance el divino remedio de la gracia.

Como decíamos en la oración litúrgica ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en esta fiesta de su nacimiento’. Aumento de paz, le pedimos. Que nos llenemos de su luz. Pero que seamos al mismo tiempo mensajeros de luz para los demás. La luz no es para que nos la quedemos nosotros sino para que nosotros también iluminemos con esa luz de Jesús al mundo que nos rodea y que tanto necesita encontrar esa luz. Nuestras vidas siempre tendrían que estar anunciando la luz, tendrían que ser auroras de salvación para los demás, como lo fue María, porque por el testimonio de nuestra vida estemos anunciando donde está la luz verdadera, estemos anunciando el Sol de justicia que nos trae la salvación. En nuestras manos, en nuestra vida siempre tendría que estar encendida esa luz de la gracia con la que no sólo nosotros nos sintamos iluminados sino que iluminemos como María también a los demás.

Que sintamos la gracia renovadora del Señor en nuestro corazón para que nos llenemos de alegría en el amor. Sí, porque cuando amemos de verdad, aprendemos de María lo que es el verdadero amor, sentiremos un gozo hondo en nuestras almas. Aunque el amor nos haga pasar por el sacrificio o la cruz, nuestras vidas siempre tienen que estar llenas de alegría, porque darse por los demás es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

Que busquemos con todo ahinco vivir la gracia del Señor que nos haga cada día más santos. A María la saludó el ángel como la llena de gracia porque el Señor derramaba sus gracias sobre ella que iba a ser su madre. Pero en virtud de los méritos de Cristo también se derrama en nuestros corazones la gracia del Señor, también tendríamos que ser los que estamos llenos de la gracia del Señor. Que lo valoremos, que no perdamos esa gracia porque dejemos penetrar el pecado en nuestros corazones. Que nuestra vida se sienta transformada por el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Vayamos con nuestra pobreza hasta Jesús y de nosotros será también el Reino de Dios


Col. 3, 1-11;

Sal. 144;

Lc. 6, 20-26

‘Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios’. Así comienza Lucas el relato del llamado sermón de las bienaventuranzas.

San Mateo nos había dicho que Jesús subió al monte, se acercaron sus discípulos y comenzó a hablarles proclamando el mensaje de las bienaventuranzas. San Lucas había situado a Jesús en el monte donde había pasado la noche orando y en la mañana siguiente llamó a los discípulos, escogió a doce, a los que nombró apóstoles, como ayer escuchamos, y luego baja del monte donde se encuentra la multitud de los discípulos venidos de todas partes, como ayer escuchamos, a los que curó de diversos males. A continuación, ‘levantado los ojos hacia los discípulos’, proclama el mensaje de las bienaventuranzas que hoy hemos escuchado.

Escuchando y meditando en este pasaje me doy cuenta que lo que ahora Jesús proclama es lo que ya antes se había presentado como mensaje programático en la sinagoga de Nazaret, con el texto de Isaías, y lo que día a día veremos hacer a Jesús rodeado de toda clase de gente que acude a El. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí , porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres…’ escuchamos en la Sinagoga de Nazaret. Los pobres serán evangelizados y de los pobres es el Reino de los cielos nos dice ahora en las Bienaventuranzas.

Pero ¿a quienes el Padre va a revelar lo escondido del misterio de Dios? Jesús da gracias al Padre porque estos misterios se ocultan a los sabios y entendidos y se revelan a los humildes y a los sencillos. Dichosos, repetimos, con la bienaventuranza de Jesús porque podrán conocer los misterios de Dios, porque a ellos se les anuncia el evangelio, porque de ellos es el Reino de Dios.

Si Jesús, lleno del Espíritu de Dios, había sido enviado para la liberación de los cautivos y oprimidos, llevar la paz a los que tenían el corazón desgarrado y lleno de sufrimiento y a los ciegos se les iba a devolver la vista, ¿qué es lo que vemos hacer a Jesús en sus caminos de anuncio del evangelio? Ahora mismo al bajar Jesús del monte se había encontrado con la multitud que venía para que le curara de sus enfermedades y los atormentados por espíritus inmundos eran curados.

¿Qué es lo que dice Jesús en la Bienaventuranza? Los que tienen hambre quedarán saciados, los que lloran serán consolados, los que sufren incomprensiones y persecusiones se llenarán de gozo y saltarán de alegría porque su recompensa será grande, porque de ellos es el Reino de los cielos. Es el gozo y la alegría que todos sienten cuando se encuentran con Jesús y sus cuerpos se ven curados, pero su espíritu se llena de paz y de esperanza.

Los que se sienten ricos y poderosos, los autosuficientes y los que tienen el corazón lleno de orgullo, los que se creen entendidos y miran por encima del hombro a los demás, esos no llegarán a comprender el Reino de Dios que Jesús anuncia, a ello el Padre no les revela los secretos del Reino de los cielos y no lo podrán alcanzar. Es más, serán los que veremos siempre en oposición a Jesús y hasta el bien que Jesús hace a los demás, a los pobres y a los enfermos, en su misericordia y amor, será para ellos motivo de escándalo y por eso estarán siempre preguntándose qué es lo que tendrán que hacer con Jesús hasta que lo lleven a la cruz.

¿Mereceremos nosotros la bienaventuranza de Jesús? ¿Cuáles son las actitudes que anidan en nuestro corazón? Pongámonos desde nuestra pobreza y con nuestra pobreza, desde nuestra debilidad y con nuestros sufrimientos delante de Jesús y abramos nuestro corazón a su gracia. Si con ese espíritu humilde vamos hasta el Señor, si con un corazón contrito y arrepentido vamos hasta El, en Jesús encontraremos nuestra paz, nuestro consuelo, la vida verdadera y la salvación. Podremos entender lo que es el Reino de Dios y de nosotros será también.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cristiano es el discípulo de Cristo


Col. 2, 6-15;

Sal. 144;

Lc. 6, 12-19

¿Qué es ser cristiano? Preguntaba el catecismo a lo que se respondía: Cristiano es el discípulo de Cristo. La misma palabra, cristiano, lo está diciendo, porque hace referencia a Cristo. Y ¿qué es ser discípulo? Discípulo es el que sigue a su Maestro. Somos cristianos, porque somos discípulos de Cristo, porque seguimos a Jesús. Al principio simplemente se decía discípulos de Jesús, pero ya sabemos cómo en la Iglesia de Antioquía pronto se comenzó a llamar cristianos a los seguidores del camino de Jesús. Así nos lo dice el libro de los Hechos de los Apóstoles.

¿Somos cristianos? ¿Somos discípulos de Cristo? ¿seguimos en verdad a Cristo como nuestro único Maestro, como nuestro único Camino, como nuestra única verdad? Es en lo que tendríamos que estar empeñados siempre.

De eso nos ha hablado hoy el apóstol en el texto de la Carta a los Colosenses que venimos escuchando. ‘Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded como cristianos…’ Y nos dice más: ‘Arraigados en El, dejáos construir y afianzar en la fe que os enseñaron y rebosad agradecimiento…’ Arraigados… es el cimiento de nuestra vida, de nuestra fe, Cristo Jesús, el Señor. Le escuchamos, nos apoyamos totalmente en El, lo metemos en nuestra vida, ponemos toda nuestra fe en El, como único fundamento y razón de ser de nuestra existencia. Cristo Jesús, que es el Señor, que es el verdadero Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Cómo tenemos que fortalecer nuestra fe en El.

Es lo que queremos hacer cuando venimos aquí cada día a celebrar la Eucaristía. Queremos glorificar al Señor, darle gloria, cantar la mejor alabanza y darle gracias. Pero venimos a alimentarnos de El, a alimentar nuestra fe para que se mantenga íntegra y firme, para que se manifieste luego en todo lo que hacemos en la vida. Por eso escuchamos su Palabra, esa Palabra que nos ilumina la vida, que nos instruye y nos enseña, que nos señala los caminos por donde ha de transcurrir nuestra vida. Y nos alimentamos de Cristo en la Eucaristía donde El mismo se hace alimento, nos da a comer su Carne para que tengamos vida y tengamos vida para siempre.

Qué importante cómo vivamos la Eucaristía como todos y cada uno de los sacramentos. El Apóstol nos recuerda el Bautismo ‘por el que fuimos sepultados con Cristo y resucitado con El por haber creido en la fuerza de Dios que lo resucitó’. El Bautismo nos hizo partícipes de la redención de Cristo, de su muerte y resurrección para así llenarnos de su salvación. A partir del Bautismo ya somos unos partícipes de la resurrección; podemos decir, somos unos resucitados porque ya estamos llenos de su vida nueva. Estábamos muertos por el pecado, como nos dice el apóstol, ‘pero Dios os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados’.

¡Qué dicha haber merecido ese perdón que nos ha ofrecido el Señor! Más que merecimiento fue gracia, regalo de Dios. Bueno es que recordemos esto con frecuencia en nuestra vida, porque realmente tenemos que estar enriquecidos con una espiritualidad bautismal. Es el primero de los sacramentos que marca nuestra vida para siempre. Ya hemos de vivir una vida nueva; ya tenemos que sentirnos en Cristo vencedores del pecado; y eso tenemos que hacerlo realidad en nuestra vida en nuestra lucha contra el pecado, en el camino del bien y de la santidad que hemos de emprender.

Démosle gracias al Señor por la gracia de ser cristianos, discípulos de Jesús y la fe que nos ha regalado y plantado en nuestro corazón. Démosle gracias a Dios una y otra vez por nuestro Bautismo. Démosle gracias al Señor por la oportunidad que tenemos cada día de escucharle y alimentarnos de El en la Eucaristía que celebramos. Pidámosle que nos dé su gracia para que podamos vivir santamente nuestra vida.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Todos lleguen a la madurez en su vida cristiana


Col. 1, 24-2, 3;

Sal. 61;

Lc. 6, 6-11

Muchas veces lo hemos reflexionado. La fe que tenemos en Jesús nos tiene que hacer las personas más felices del mundo. Conocer a Cristo es lo más grande, porque toda nuestra vida se siente transformada en El. Algunas veces no terminamos de darnos cuenta lo maravillosa que es la fe que tenemos en Jesús, porque en El encontramos todo el sentido de nuestra vida y la mayor plenitud a la que podamos aspirar. Tenemos que tomarnos en serio nuestra fe.

Hoy nos ha hablado el apóstol Pablo del misterio de Dios en quien encontramos toda sabiduría y toda gracia. Y nos decía ‘este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer’. Por eso no nos podemos cansar de buscarle y querer conocerle cada día más, ahondar profundamente en ese misterio de amor que en Cristo se nos manifiesta. Los cristianos no podemos pensar que tenemos todo conocido lo que es el misterio de Cristo. Muchas veces vivimos con poca profundidad y poco compromiso nuestra fe y por eso mismo hasta nos cansa el que nos puedan estar diciéndonos cómo tenemos que crecer en esa fe y en consecuencial preocuparnos por formarnos más y más.

En mi experiencia parroquial tengo visto cómo costaba a la gente convencerla para que buscaran cauces de formación para su fe y su vida cristiana. Pero cuando una persona se dejaba conducir y comenzaba sus etapas de formación o una catequesis de profundización, luego daban gracias por la oportunidad que se les había dado y luego siempre estaban deseando más y ya no querían que se agotaran esos planes sino que querían seguir profundizando más y más.

Hoy, en la carta de los Colosenses que estamos comentando, el apóstol nos manifiesta lo que es su preocupación y sus deseos, no importándole incluso que esa tarea conllevara incluso sufrimientos para él. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les decía, así completo en mi carne los dolores de Cristo sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’. Además de manifestarnos lo que es su preocupación y al mismo tiempo alegría a pesar del sufrimiento, nos está enseñando cómo también nosotros en nuestros sufrimientos hemos de saber unirnos a la pasión de Jesús, que adquieren entonces un hermoso valor ante los ojos de Dios.

Se siente apóstol con la misión de anunciar el mensaje de Cristo en toda su integridad, porque lo que busca que ‘todos lleguen a la madurez en su vida cristiana’. Es un gozo el conocimiento del misterio de Cristo que se les revela y que los llena de esperanza. ‘Dios ha querido dar a conocer a los suyos las gloria y la riqueza que este misterio encierra: que Cristo es para vosotros la esperanza de su gloria’.

¿En qué se va a manifestar esa madurez en la vida cristiana? ‘Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender y que capten el misterio de Dios’. Que tengan ánimos, les dice, porque muchas veces cuesta el camino de la vida cristiana, porque desde dentro de nosotros tenemos la tentación que nos acecha y nos quiera atraer por otros caminos y hemos de sentirnos fuertes para superar esa tentación. Que tengan ánimos porque quizá el ambiente que nos rodea no nos facilita las cosas e igualmente hemos de sentirnos fuertes para vivir nuestra fe con todas sus consecuencias.

‘Que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo’, les dice. Porque todo ha de manifestarse luego en ese amor, ese comunión de hermanos en que hemos de vivir, y en todo eso bueno que siempre hemos de hacer por los demás. Y todo esto, con la fuerza y la gracia del Señor.

Que crezcamos así nosotros en nuestra fe; que lleguemos a esa madurez de nuestra vida cristiana; que tengamos deseos cada vez más de conocer todo el misterio de Cristo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El que ama no puede permitir que nadie se enfangue con el mal


Ez. 33, 7-9;

Sal. 94;

Rom. 13, 8-10;

Mt. 18, 15-20

‘A nadie debáis nada, más que amor… porque amar es cumplir la ley entera’. Así podemos resumir el fondo del mensaje de este domingo. Todo es cuestión de amor. Y el que ama busca siempre el bien, no puede permitir que nadie se enfangue con el mal; el que ama quiere la comunión y la armonía; y cuando nos amamos de verdad también cuando nos dirigimos a Dios lo hacemos en comunión con los demás; es más, cuando nos amamos de verdad estamos haciendo presente a Dios, sentimos a Cristo en medio nuestro.

Casi no habría que decir nada más. Solamente que esto lo lleváramos de verdad a nuestra vida. Lo sintiéramos como una exigencia grande para nosotros de la que no nos podemos desentender. No podemos cerrar los ojos, ni volvernos para otro lado. Ya el profeta nos advierte con palabras fuertes de nuestra responsabilidad. No podemos endurecer el corazón porque donde hay amor de verdad el corazón se derrite en ternura y misericordia.

Si como hemos escuchado en otro lugar del evangelio ‘Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva’, entonces no podemos sentirnos indiferentes ante la situación del hermano. Nos preocupamos por él, por su bien. Y de ahí surge la corrección fraterna de la que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Corrección fraterna no es hacer juicio o buscar la condena sino animar a levantarse porque sabemos donde podemos encontrar la verdadera paz y la alegría más honda. Ayudamos a ver donde puede estar el error o el fallo humano pero ayudamos a encontrar caminos de renovación que nos lleven a vida nueva y más santa.

Corrección fraterna que no podemos hacer sino siempre desde la humildad y desde el amor. Es algo muy delicado y que tenemos que saber hacer bien. Cuando nos acercamos al hermano no lo hacemos desde la prepotencia de nosotros creernos santos y mejores, sino con la humildad del que también se siente pecador y que igualmente acepta ser corregido por el hermano; nos acercamos al que ha errado en su vida para ayudarle a encontrar el buen camino.

Nunca cabe la actitud orgullosa del fariseo que quiere imponer al otro sin mover un dedo de su parte, como nos dice Jesús en otro lugar del evangelio, y del que está siempre pronto para condenar, sino siempre la actitud humilde del que se sabe también pecador y perdonado tantas veces por el Señor.

Como decíamos al comenzar nuestra reflexión, todo es cuestión de amor. Es nuestra seña de identidad, nuestro distintivo. Y el amor siempre es comprensivo. Todo nace de un corazón compasivo y misericordioso, que ya Jesús nos dice que seamos así como compasivo es nuestro Padre del cielo. ¿Cómo no nos vamos, entonces, a derretir de amor? Pero además, ¿no tendríamos que hacer como Jesús que es el buen pastor que siempre va a buscar la oveja descarriada y perdida? A Jesús tenemos que parecernos.

Ya sé que media por otra parte nuestro corazón orgulloso y lleno de amor propio, autocomplaciente y que siempre buscamos o nos creemos tener razones para jsutificarnos. Costará en muchas ocasiones acercanos a los demás porque aparecen esos ramalazos de orgullo, de autosuficiencia, de justificaciones y muchas cosas más que harán que cueste aceptar el que alguien pueda decirnos algo o hacernos una corrección. Siento que es una lástima que como humanos nos comportemos con actitudes así y nos encerremos en los castillos de nuestro endiosamiento. De ahí, en consecuencia, la delicadeza, humildad y amor con que hemos de actuar siempre.

Jesús nos está señalando las actitudes fundamentales que tendría que haber entre los que se dicen sus discípulos, sus seguidores y van a formar parte de la comunidad de los creyentes. La forma de expresarnos Mateo estas palabras de Jesús pueden estar reflejándonos situaciones difíciles que ya pudieran estar dándose en aquellas primeras comunidades cristianas y con el evangelio, que era algo así como la catequesis para aquellas comunidades, trataba de corregir y enseñar con palabras de Jesús cuáles habían de ser esas actitudes fundamentales.

Es en el ámbito de nuestras comunidades cristianas donde primero hemos de poner en práctica esta enseñanza de Jesús. Se supone que en una verdadera comunidad cristiana vivimos esa comunión en el amor en el sentido y estilo de Jesús. Por eso nos señala el evangelio entre los pasos que se han de dar el contar con la comunidad que ha de buscar el bien, le arrepentimiento y la corrección de cada uno de sus miembros. Es lo que entre nosotros cristianos tenemos que aprender a hacer y a vivir, esa comunión de amor que nos ayuda a aceptarnos y a comprendernos, a amarnos y a ayudarnos mutuamente a vivir ese amor al estilo de Jesús.

Nos habla Jesús de atar y desatar. Está en nuestra manos. ‘Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo’. Una primera interpretación que hacemos siempre de estas palabras es la referencia al perdón de los pecados, poder del perdón de los pecados que Dios ha puesto en manos de la Iglesia. Estas misma palabras las dirá Jesús a Pedro cuando la confía ser esa piedra sobre la que se fundametará la Iglesia. Pero podemos hacer una referencia o interpretación a todo lo que con nuestro amor podemos hacer siempre a favor de los demás. Atemos con lazos de amor nuestras relaciones, nuestro trato; desatemos todo aquello que nos pueda esclavizar desde nuestros orgullos, nuesros egoísmos o nuestras ambiciones.

Y es que además, como nos enseña el evangelio, con nuestro amor tenemos que hacer presente a Jesús. Porque allí donde ponemos amor verdadero estamos haciendo presente a Jesús. ¡Qué hermoso lo que nos dice! ‘Porque donde dos o tres estám reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Hagamos presente a Jesús en medio de nuestro mundo con nuestro amor, con nuestra comunión. Y es que el testimonio de amor, de comprensión, de misericordia, de compasión que nosotros demos ante los demás estará convirtiéndose en anuncio de Jesús, en anuncio de evangelio.

Y esta unión y comunión de hermanos nos sirve además para engradecer nuestra oración, para hacerla más auténtica y más viva, porque nos asegurará que cuando rezamos unidos, cuando oramos en comunión los unos con los otros tenemos la garantía de la presencia y de la intercesión de Jesús. ‘Si dos o más se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre’, nos dice Jesús. Y ya nos dice en otro lugar que ‘cualquier cosa que pidáis en mi nombre, os lo concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo’.

¡Qué importante y valiosa la oración comunitaria! ¡Qué importante que sepamos darle de verdad este sentido de comunión a nuestras celebraciones litúrgicas en las que nunca cada uno debe ir por su lado! ¡Cuántas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto para nuestras celebraciones, para nuestro sentido de iglesia y de comunidad que tendríamos que vivir con toda profundidad!

‘A nadie debáis nada, más que amor’, nos decía san Pablo. ‘El que ama a su prójimo no le hace daño – es más siempre buscará su bien – por eso amar es cumplir la ley entera’.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cimentados y estables en la fe e inamovibles en la esperanza


Col. 1, 21-23;

Sal. 53;

Lc. 6, 1-5

‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchásteis en el evangelio’, nos decía el apóstol en la carta a los Colosenses.

Qué gozo más grande se siente en el alma cuando la fe impregna y guía totalmente nuestra vida. Es desde la fe desde donde podemos vislumbrar y descubrir las maravillas del amor de Dios y cuando conocemos con hondura todo lo que es ese misterio de amor al mismo tiempo nuestra fe crecerá más y más y nos hará sentirnos cada día más dichosos. Sentirnos amados por Dios, vivir esa experiencia de su amor hace que nuestra vida sea diferente, la podamos vivir en mayor plenitud y hemos de reconocer que nos hace las personas más felices del mundo.

Aunque reconozcamos que quizá no somos tan buenos como deberíamos, o aunque muchas veces los problemas de cualquier tipo nos abrumen en nuestra fe en el Señor nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados, nos sentimos perdonados, y sentimos que no nos faltará fuerza del Señor para afrontar esos problemas o dificultades que tengamos en la vida.

‘Antes también vosotros estábais alejados de Dios y considerados como enemigos por las malas obras, pero ahora en cambio, gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo habésis sido reconciliados y Dios os tiene como un pueblo santo sin mancha y sin reproche…’

¿No es esto un motivo de gozo de lo más profundo en el alma? Nos sentimos amados, entramos a formar parte de su pueblo santo y sabemos que no nos faltará la gracia y la fortaleza del Señor. Por eso pedía el apóstol, como recordábamos al principio de esta reflexión que ‘la condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchásteis en el evangelio’.

En este sentido podemos recordar lo que el Papa les decía a los jóvenes en la pasada Jornada Mundial de la Juventud en Madrid donde les decía por ejemplo que ‘las Palabras de Jesús en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida… escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean en vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan vuestro ser, pautas de conducta que nos asemejen a la persona de Cristo, siendo pobres de espíritu, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz’.

Por eso les invitaba a aprovechar ‘estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que, enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado dentro de vuestro ser… Hacedla crecer con la gracia divina, les decía, generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano y que nos ofrece el perdón…’

Les decía también en este mismo sentido:sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás’.

Creo que estas palabras del Papa que recordamos a todos nos vienen bien. Fijémonos cómo nos dice que cuando hemos fundamentado de verdad nuestra vida en Cristo desde la que tenemos en El seremos bienaventurados, dichosos y con esa alegría contagiaremos a los demás, como ya antes reflexionábamos.

viernes, 2 de septiembre de 2011

En El quiso Dios que residiera toda la plenitud


Col. 1, 15-20;

Sal. 99;

Lc. 5, 33-39

En el evangelio mientras se nos va relatando la vida de Jesús, sus palabras y enseñanzas, sus obras y milagros, su amor y su entrega hasta la muerte y su resurrección se nos va revelando todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús.

No nos quedamos en contemplar la vida de un hombre, por así decirlo, ejemplar; si nos quedáramos sólo en eso sería muy pobre el conocimiento que tuviéramos de Jesús y a poca vivencia de fe podríamos llegar; a quien estamos verdaderamente contemplando cuando vemos a Jesús, cuando lo escuchamos y vemos sus obras es al Hijo de Dios que se ha encarnado; por eso contemplamos a Jesús verdadero Dios, - es el Hijo de Dios - y verdadero hombre. En Jesús se nos revela Dios.

No por nosotros mismos sino por la fuerza del Espíritu que El nos ha dado podemos ir descubriendo todo ese misterio que se nos manifiesta en Jesús y podemos comprender sus palabras en su más hondo sentido y revelación, podemos entender sus obras, podemos descubrir el Reino de Dios que se nos hace presente en Jesús. Tenemos, sí, que invocar al Espíritu Santo que nos llene de su ciencia y de su sabiduría para conocer más plenamente a Jesús.

Por eso, además, la lectura que hacemos de los evangelios no es como la lectura de un libro cualquiera por muy interesante que nos pudiera parecer, sino que ha de ser realmente una lectura en oración, una lectura orante, porque realmente es Dios mismo quien nos va hablando y se nos va revelando. De Santo Tomás de Aquino se decía que estudiaba la teología de rodillas para expresar así la veneración y adoración con que se acercaba al misterio de Dios para mejor comprenderlo y mejor explicarnoslo a nosotros, que es la función de los teólogos.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión? Porque es sublime lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios sobre todo en el texto que hemos escuchado de la carta a los Colosenses. Nos encontramos aquí uno de los pasajes cristológicos más importantes y sublimes de las cartas de san Pablo. Cristo, imagen de Dios, centro de toda la creación, cabeza de la Iglesia y plenitud de la divinidad. Todo el misterio de Dios escondido desde todos los siglos se nos revela en Jesús. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’, nos ha dicho en el evangelio cuando los discípulos le piden que les enseñe, les dé a conocer al Padre. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otra ocasión manifestándosenos así la Divinidad de Jesús.

Ahora nos dice el apóstol que ‘en El quiso Dios que residiera toda la plenitud, porque El es el principio, el primogenito de entre los muertos y así es el primero en todo’. Efectivamente cuando contemplamos la resurrección de Jesús lo estamos contemplando a El como primicia, como principio de esa resurrección, de esa vida de la que todos hemos de participar. Es Cristo, pues, quien nos revela el misterio del hombre, como nos enseñaba el Beato Juan Pablo II. Y es que en Cristo es donde el hombre va a encontrar todo el sentido de su vida y toda su plenitud.

‘El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia’, se nos dice resonando aquí lo que san Pablo nos dirá en la carta a los Corintios del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos como miembros pero cuya cabeza es Cristo. Se significa así esa misma vida de Cristo que hay en nosotros de la que El por la fuerza del Espíritu nos hace partícipes, pero que nos hace necesario que siempre vivamos unidos a El como el sarmiento a la vid, como los miembros unidos formando un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Y termina este texto diciéndonos algo hermoso. ‘Y por El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz’. Cristo, nuestra reconciliación y nuestra paz. Para eso derramó su sangre, para traernos el perdón de los pecados – por vosotros y por todos los hombres, como decimos con las palabras de la consagración – y al darnos el perdón reconciliarnos, unirnos, hacernos vivir en una nueva comunión con Dios y con los hermanos.

No tiene sentido que los que seguimos a Jesús andemos divididos y enfrentados, que entre nosotros no haya comunión verdadera cuando Cristo ya nos ha reconciliado en su sangre. Cuánto tendría esto que hacernos pensar para superar todas esas piedrecillas del camino que nos hacen tropezar tantas veces en el desamor y el egoísmo, para buscar siempre esos caminos de reconciliación y de comunión, de amor y de paz.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Nos agolpamos nosotros también alrededor de Jesús


Col. 1, 9-14;

Sal. 97;

Lc. 5, 1-11

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios…’ Tienen deseos de estar con Jesús y escucharle. Muchas esperanzas se iban despertando en su corazón. Algo nuevo estaba sucediendo y se aviva la fe de aquellas gentes. Jesús les habla del Reino de Dios y están sintiendo que algo nuevo está surgiendo. Por eso se agolpan a su alrededor a orillas del lago porque no quieren perder una palabra.

Como nos dice el evangelista había allí unas barcas en la orilla porque los pescadores están lavando las redes después de una noche de pesca que no había sido muy fructuosa y Jesús aprovecha para subirse en ellas y, como si desde un púlpito se tratara, desde allí poder dirigirse a todos. ‘Subió a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la apartara un poco de la orilla, para que todos le vieran y pudieran escucharle y desde la barca, sentado, enseñaba a la gente’. Hermosa imagen hemos de reconocer.

Poniendo toda nuestra fe en estos momentos hemos de sentirnos como aquella gente que se agolpaba alrededor de Jesús allá en la orilla del lago. En torno a Jesús estamos reunidos en nuestra celebración. Hasta El venimos con fe también con deseos de escucharle, de escuchar su Palabra. Algunas veces necesitamos detenernos un poco para hacernos como una composición de lugar y situarnos nosotros en medio de la escena para escuchar esa Palabra que se nos proclama. Un poco de imaginación no nos vendría mal para trasladar la escena del evangelio a este momento en que estamos reunidos y, como si hubiéramos estado allí en el lago, escuchar esa Palabra de Jesús como dirigida de verdad a nosotros.

Podemos detenernos aquí o podemos seguir meditando todo el texto del evangelio proclamado. Jesús que le pide a Simón que reme hacia el centro del lago para echar las redes para pescar. Como hemos escuchado la noche había sido infructuosa porque habían intentado pescar pero no habían cogido nada, sin embargo en todo aquello nuevo que está surgiendo en el corazón de los discípulos con la palabra y la presencia de Jesús hará que Simón con toda su fe puesta en Jesús eche de nuevo las redes. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes’.

El milagro fue aquella pesca maravillosa, pero el milagro había sido la pesca que Jesús había hecho en el corazón de Pedro que se había abierto a la fe. La red reventaba, fue necesario llamar a otros compañeros que ayudaran, pero lo importante es lo que Pedro estaba sintiendo en su corazón. Fe, para reconocer a Jesús. Humildad, para reconocerse a si mismo como pecador. ‘Al ver esto Simón Pedro se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.

Pongámonos también nosotros en la barca con todos estos acontecimientos. Como Pedro intentemos poner también toda nuestra fe y nuestra confianza en Jesús para que en todo momento de nuestra vida podamos decir lo mismo: ‘En tu nombre, por tu palabra, echaré las redes’, quiero seguir caminando, quiero seguir buscando tu voluntad.

Seamos capaces también de abrir los ojos y asombrarnos de las maravillas que el Señor sigue haciendo en nuestra vida o a través de nosotros también en los demás. Con humildad sintámonos, sí, pequeños en su presencia, pero al tiempo que le damos gracias por tantas maravillas pidámosle que siga junto a nosotros, que no nos deje, que nos dé siempre la fuerza de su gracia, la fuerza de su Espíritu.

A Simón Pedro Jesús le dijo ‘no temas, desde ahora serás pescador de hombres’. Escuchemos allá en lo hondo de corazón lo que el Señor ahora nos estará pidiendo, o la misión que nos está confiando. Seamos capaces también de ponernos en camino para seguirle, para vivir nuestra fe, para conocerle cada vez más, para llevar su anuncio de paz a los demás. Como le decia san Pablo a los Colosenses que consigamos ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios


Col. 1, 1-8;

Sal. 51;

Lc. 4, 38-44

Vamos a fijarnos de manera especial en este inicio de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, ‘el pueblo santo que vive en Colosas’, como señala Pablo que dice de sí mismo ‘apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.

Pablo no fue el que evangelizó Colosas y es probable que nunca estuviera allí. Ciudad de Frigia, cercana a Hiérápolis y Licaonia, fue evangelizada por Epafras, un colaborador de Pablo, problablemente cuando él estaba en Efeso. Pero se manifiesta también el respeto y el cariño que aquella comunidad siente por Pablo, como se lo comunicará el mismo Epafras en la visita que le hace a Roma y que motivará esta carta. De Colosas era también Filemón a quien, como sabemos dirige una breve carta cuando le reenvía a Onésimo que habia sido esclavo de Filemón del que se había escapado, pero que ahora volverá ya como cristiano, evangelizado y bautizado por Pablo.

Se llama a sí mismo apóstol, pero fijémonos que dice ‘por designio de Dios’. Nadie se ha arrogado este honor, sino que todo ha de partir siempre de la llamada del Señor. No soy apóstol simplemente porque yo quiera, sino porque el Señor me ha elegido y me ha llamado. Una vocación a la que he de responder desde mi libertad, pero también desde la generosidad del corazón fortalecido siempre con la gracia del Señor. Por eso, por ejemplo, oramos por las vocaciones, para que sean muchos los que el Señor elija y llame, y los llamados se sientan fortalecidos con la gracia para dar respuesta a esa invitación que nos hace el Señor.

Lo llama pueblo santo que es una fórmula que emplea Pablo para dirigirse a los cristianos. Y en verdad tenemos que ser pueblo santo, como santos hemos de ser nosotros, que hemos sido consagrados en el bautismo y llamados estamos a glorificar al Señor con nuestra vida santa. Una consecuencia de nuestro bautismo y una exigencia para nuestra vida. Tenemos que ser santos. Con nuestra vida santa hemos de glorificar al Señor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

Pero fijémonos en lo que viene a ser como el centro del mensaje de este texto hoy proclamado. Pablo da gracias a Dios por la vivencia y por la respuesta que están dando al mensaje de salvación. ‘En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todo el pueblo santo’. Da gracias por la fe y por el amor que se manifiestan en aquella comunidad. ‘Vuestra fe en Cristo Jesús y vuestro amor a todo el pueblo santo’.

Pero da gracias por la fe y por el amor pero también por su esperanza. ‘Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos’, les dice. Viven intensamente su fe desde que recibieron el mensaje de la salvación, ‘desde que conocísteis la Buena Noticia, el mensaje de la verdad’. Acogieron ese mensaje de la verdad y su vida se llenó de fe y de esperanza.

‘Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’. El amor generoso de Dios que derrama su gracia sobre nosotros. Cuando nos sentimos inundados del amor de Dios, ese amor generoso, gratuito, porque es así como nos ama el Señor, damos la respuesta de la fe, la respuesta de la esperanza, nos sentimos impulsados a amar de verdad a los demás.

No me canso yo de repetir una y otra vez, de considerar una y otra vez lo bueno que es Dios con nosotros; cuánto nos ama el Señor; con qué generosidad nos ofrece su amor y su perdón confiando siempre en nosotros. ¡Cómo no vamos nosotros a poner en El toda nuestra esperanza! Tenemos que responder con nuestra fe y nuestro amor. Y sabemos lo que nos espera en el cielo si somos fieles, la gloria del Señor.

Mucho tendría que hacernos mirar nuestra vida y nuestra fe todo esto que estamos considerando. Mucho tendríamos que desgastarnos en el amor. Mucha fe y mucha confianza hemos de poner en el Señor. Mucha esperanza tiene que llenar nuestra vida.

martes, 30 de agosto de 2011

¿Qué tiene su Palabra?


1Tes. 5, 1-6.9-11;

Sal. 26;

Lc. 4, 31-37

‘¿Qué tiene su palabra?... comentaban estupefactos’ en la sinagoga de Cafarnaún tras escuchar sus enseñanzas y contemplar los signos maravillosos que hacía.

En la lectura continuada de los días feriales hemos comenzado a leer ahora el evangelio de san Lucas. Ayer, si no hubiera sido la fiesta del martirio de Juan, hubiéramos leído el texto de Jesús en la Sinagoga de Nazaret, con el que comienza la actividad pública de Jesús en este evangelio de Lucas. Ahora lo vemos que baja a ‘Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente en la sinagoga’. Como comenta el evangelista, ‘se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’.

Había hambre de Dios en aquellos corazones y con la presencia y la palabra de Jesús renacía en ellos la esperanza. Muchos eran los sufrimientos que había en aquellos corazones, estaban como desorientado, como ovejas sin pastor, como se nos dirá en otros momentos del evangelio. Y llegaba Jesús con una Palabra de vida y salvación. Pero había también capacidad de asombro en sus corazones para descubrir en verdad lo que Jesús les estaba ofreciendo.

Pero aún más le vemos hacer un milagro. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo…’ Se rebela contra Jesús y Jesús con autoridad lo expulsa de aquel hombre. ‘Cierra la boca y sal de él’. Es lo que la gente se pregunta ‘¿qué tiene su palabra?’ No es para menos que se hagan esa pregunta.

Veían llegar la salvación a sus vidas en aquel signo que Jesús estaba realizando. Les enseñaba hablándoles del Reino de Dios, y el Reino de Dios llegaba a ellos, porque Jesús con su presencia hacía desaparecer el mal, como liberaba a aquel hombre del demonio que le poseía. La Palabra de Jesús es siempre palabra que nos salva, palabra que nos transforma, palabra que arranca el mal de nuestra vida.

Nos lo podemos preguntar nosotros también, si con fe nos acercamos a escucharle; si con fe abrimos nuestro corazón para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos; si con fe nos ponemos ante El sin ningun prejuicio dejando que esa palabra cale hondo en nosotros y nos haga descubrir de verdad todo el misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos haga descubrir lo que es la realidad de nuestra vida que necesita esa palabra que nos sane, esa palabra de salvación, esa palabra que nos llene de vida, esa palabra que nos resucita.

Algunas veces parece como que hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante la Palabra de Dios; nos hemos acostumbrado a esa Palabra y aunque la oímos realmente no la escuchamos de verdad dentro de nosotros. Siempre la Palabra de Dios tiene que ser Buena Noticia, Evangelio, para nosotros, porque sintamos esa novedad de vida y de salvación que el Señor continuamente nos está ofreciendo. Si con esa fe nosotros escucháramos la Palabra que el Señor nos ofrece nos daríamos cuenta cómo nuestra vida va cambiando, se va transformando por la fuerza de la gracia de Dios.

Pidámosle al Señor que nos haga descubrir y comprender la maravilla que nos ofrece en su Palabra cada día. Pidámosle que se nos abran nuestros oídos y nuestro corazón. Que se despierte esa hambre de Dios en nuestros corazones y sintamos ese deseo hondo de escuchar la Palabra de vida que nos ofrece Jesús. Que no nos acostumbremos nunca ni caigamos en rutinas a la hora de escuchar su Palabra. Démosle gracias porque cada día, cada máñana tenemos la oportunidad de escuchar su Palabra. Pidámosle que sintamos la fuerza y presencia del Espíritu en nosotros que nos la ayude a comprender, que nos la ayude a vivir, que nos ayude a plantarla en nuestro corazón y nuestra vida.

lunes, 29 de agosto de 2011

El Bautista testigo de la verdad y de la justicia con su vida y con su muerte



Jer. 1, 17-19;

Sal. 70;

Mc. 6, 17-29

‘Precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’, lo proclama la liturgia en este día en que celebramos el martirio de Juan Bautista, cuyo relato hemos escuchado en el evangelio. Pero aún dice más porque lo llama también ‘mártir de la verdad y de la justicia’.

El 24 de junio celebrábamos su nacimiento en una clara referencia al nacimiento de Jesús, cuya natividad celebramos seis meses después. El ángel Gabriel vino a hacer a María el anuncio de la Encarnación a los seis meses del anuncio del ángel a Zacarías en el templo. Y, por otra parte, de manera especial contemplamos la figura del Bautista en el tiempo del Adviento en la cercanía de Navidad, porque su figura de Precursor del Mesías nos ayuda en ese momento litúrgico para avivar nuestra esperanza y prepararnos para el nacimiento de Jesús.

Pero cuando ahora estamos celebrando en este día su martirio lo contemplamos también como nos dice la liturgia como ‘Precursor de la muerte de Jesús’. Juan fue con toda su vida un testigo de la verdad que anunciaba la luz que llegaba a este mundo. Y ese testimonio lo llevó hasta el final, hasta la entrega en el sacrificio y en la muerte.

Fiel a la palabra que anunciaba no tuvo temor ante los poderosos para denunciar siempre lo que era malo e invitar al camino del bien y de la justicia. Igual que le señalaba el camino de rectitud, de justicia y de amor que habían de vivir, como nos cuenta el evangelio, a todos aquellos que venían hasta él para bautizarse en el Jordán como una señal la predisposición a prepararse para la inminente llegada del Mesias que él anunciaba ya cercana, no temió denunciar la maldad del corazón de Herodes que le llevó a la prisión y luego a la muerte al ser decapitado.

Un testigo fue Juan con su vida y con su muerte. ‘Mártir – testigo, que eso significa la palabra – de la verdad y de la justicia’, como nos dice la liturgia hoy. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos’, anunciaría Jesús en las Bienaventuranzas, que además hemos recordado como antífona del Aleluya antes del Evangelio. En Juan vemos cumplida, realizada esa bienaventuranza. Vislumbraba lo que era el Reino de Dios que venía a instaurar Jesús y él mismo se preparaba con la vida de austeridad y penitencia en el desierto, lo mismo que invitaba a la conversión a los que acudían a él. Vino él a vivir en plenitud ese reino de Dios; de él fue el reino de los cielos, porque dio su vida por la causa de la justicia.

Cuando nosotros hoy celebramos esta memoria litúrgica del martirio del Bautista éste es el mensaje que hemos de aprender a llevar a nuestra vida. Escuchar la palabra de Juan que nos invita a la conversión; pero contemplar esa Palabra de Dios plantada hondamente en la vida del Bautista para aprender a llevarla nosotros de la misma manera a nuestra vida. También nosotros hemos de ser esos testigos de la verdad y de la justicia. Ese amor a la verdad, esa lucha por la justicia es algo de lo que tiene que estar impregnada nuestra vida para que lleguemos a confesar no solo de palabra sino con toda nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros actos esa fe que nosotros tenemos en Jesús para vivir su evangelio.

Algunas veces nos puede costar, hacérsenos difícil ese anuncio y ese testimonio. Pero en nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que es Espíritu de fortaleza. En la primera lectura hemos escuchado a Jeremías, que, como nos decía ayer, sentía arder en su corazón la Palabra del Señor que no podía callar. Hoy el profeta escucha esa palabra de Dios que le anima y le fortalece: ‘No les tengas miedo… yo te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte…’

Así tenemos la certeza de la fortaleza del Señor en nuestra vida para ser esos testigos de la verdad, de la justicia, de la luz, del amor.

domingo, 28 de agosto de 2011

Camino de cruz que es camino de amor, de vida y de resurrección



Jer. 20, 7-9;

Sal. 62;

Rom. 12, 1-2;

Mt. 16, 21-27

¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Nos preguntamos a veces cuando en la vida encontramos contratiempos, problemas, sufrimiento, enfermedad. ¿Es esto un castigo? Yo tan malo no he sido; si yo he querido ser bueno y hacer las cosas bien; bueno errores siempre tiene uno, pero ¿por qué me viene ahora esta enfermedad, este problema al que no encuentro solución? Y es aquel accidente, o una muerte inocente que no entendemos, o aquel desprecio que tenemos que sufrir de los que nos rodean, o aquella ilusión que de repente se vino abajo… Y nos preguntamos muchas veces con el corazón roto y lleno de amargura.

¡Cuánto nos cuesta aceptar la cruz! ¡Cómo nos revolvemos contra ella queriendo quitárnosla de encima! Hasta nos rebelamos a causa de aquella enfermedad, aquel sufrimiento, aquel problema que nos amarga el corazón. Nos hacemos muchas preguntas y nos cuesta encontrar respuesta. Lo contemplamos hoy por partida doble en los hechos que nos narra la Palabra proclamada. Por una parte, Pedro en el evangelio ante los anuncios que hace Jesús. Pero la situación para Jeremías también era difícil.

Señor, ¿pero si yo no he hecho otra cosa que dejarme guiar por ti; si proclamo esta palabra es porque tú las pones en mis labios. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste’, yo sólo quería cumplir con la misión que me encomendaste, pero ya vez, ‘soy el hazmerreír de la gente todo el día, todos se buslan de mí… la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día’; quise abandonarlo todo porque me sentía sin fuerzas pero ‘la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en mis huesos, intentaba contenerlo y no podía’. ¿Serán esas también nuestras quejas, nuestra súplica y oración? ¿Nos sentiremos cogidos – seducidos – así por el Señor?

Y, como hemos visto en el evangelio, cuánto le cuesta a Pedro aceptar el anuncio que Jesús hace de pasión, de cruz, de muerte, aunque también habla de resurrección pero parece que esto último es lo menos que Pedro escucha. Eso no te puede pasar, Señor. No le cabe en la cabeza el anuncio de Jesús.. ‘¡No lo permita Diois, Señor! Eso no puede pasarte’.

El Pedro a quien escuchamos el domingo pasado hacer una hermosa proclamación de fe en Jesús, que merecerá la alabanza del mismo Cristo diciéndole además que es revelación del Padre en su corazón, y a quien se le había confiado una hermosa misión, porque iba a ser Piedra sobre la que se edificara la Iglesia, ahora no entiende las Palabras de Jesús.

Pero si Pedro lo había contemplado lleno de gloria y resplandor allá en el Tabor esuchando la voz del Padre que lo señalaba como su Hijo amado a quien habíamos de escuchar; si había contemplado sus milagros, siendo testigo incluso de la resurrección de la hija de Jairo; si se entusiasmaría por Jesús diciéndole que tenía palabras de vida eterna, y que sólo a El podían acudir y sólo a El querían seguir.

Si a Jesús no le habían contemplado sino haciendo el bien, repartiendo amor, curando toda clase de enfermedades, consolando y animando, despertando fe y llenando de esperanza los corazones ¿Cómo podía pasarle eso de que iba a ser entregado, azotado y ejecutado si El era el Hijo del Dios vivo, como ya le había confesado?

Cuesta entender la cruz; le costaba al profeta comprender su situación, como le costaba a Pedro ahora lo anunciado por Jesús que habla de cruz y de muerte, como nos cuesta a nosotros también enfrentarnos con nuestra cruz, con nuestros sufrimientos, afrontar nuestros problemas, caminar por caminos de amor y entrega que entrañan sacrificio.

Jesús le dirá a Pedro que se aleje de El que está siempre para El como el diablo tentador. Ahora le decía que no tenia que pasar por la cruz, como un día le había propuesto aplausos de la gente en la espectacularidad de tirarse del pináculo del templo sin que le pasara nada porque los ángeles de Dios cuidarían que su pie no tropezara en la piedra; también le habían ofrecido honores y todos los reinos del mundo, como también el milagro fácil que le resolviera los problemas; si tienes hambre convierte estas piedras en pan. Ahora es Pedro, a la manera del diablo tentador quiere apartarle del camino de la cruz, que es camino de la verdadera vida, porque es la señal del amor más hermoso y más grande.

Si Jesús caminaba ahora tan seguro hacia la cruz era porque sabía que no hay mayor amor que el de quien es capaz de dar la vida por el amado; y eso era lo que El iba a hacer. No busca el sufrimiento en sí mismo, sino que lo que deseaba era amar hasta el extremo, aunque eso costara sacrificio, ese amor costara cruz y esa entrega llevara hasta la muerte. Quería ofrecernos la flor más hermosa y olorosa aunque tuviera espinas, porque lo que El quería ofrecernos era vida y era amor.

Pero es que además nos está enseñando y diciendo que ese tiene que ser también nuestro camino. Nos está enseñando que no hemos de temer abrarnos a la cruz poniendo todo el amor de nuestra vida, porque eso será siempre camino de gracia y de salvación. Es el camino de su seguimiento; es el camino del sí que hemos de darle para estar con El.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Así de tajante es Jesús para con sus discípulos. Es la actitud primera que nos pide. Porque ‘si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará’. Ese tesoro no lo podemos encontrar sino amando. Tenemos nuestra cruz de cada día, pues hagamos como Jesús, pongamos amor. Y en el amor todo encontrará sentido y plenitud. El amor se nos vuelve redentor en nuestra vida, como lo fue el amor de Jesús.

Por eso ahí donde nos encontramos la cruz, en nuestros sufrimientos, en los contratiempos que nos ofrece la vida, en esos problemas que nos van apareciendo y que tienen el peligro de llenarnos de amargura, pongamos amor y veremos cómo todo se vuelve más luminoso. El amor llena nuestra vida de luz aunque haya sufrimiento, porque nos enseña a entregarnos, a darnos, a vaciarnos de nosotros mismos para aprender a abrir los ojos de manera distinta y ver a los que hay a nuestro alrededor.

Son tantos los que llevan cruces y que son más pesadas que la nuestra cuando nosotros pensábamos que nuestro sufrimiento era el más grande y el más agobiador. Y es que el amor nos hará mirar con unos ojos distintos. Porque además el amor nos enseñará a saber hacer ofrenda a Dios de esa cruz de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, o de esos problemas que nos tientan para quitarnos la paz. En ese amor ofrecido nos llenaremos de luz y nos llenaremos de paz, porque estamos ganando lo que es la verdadera vida.

Sí, es Jesús, el Hijo de Dios vivo, como confesaba Pedro; es Jesús, el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar; es Jesús, el pan de vida eterna que comiéndolo nos llenaremos de vida para siempre; es Jesús, que es nuestra vida y nuestra salvación, a quien vemos subir el camino del calvario hasta la cruz, que es camino de sufrimiento pero que es camino de amor y es camino de vida.

Sigamos a Jesús no temiendo cargar también con la cruz, porque sabemos que nos lleva a la resurrección. Mirándolo a El y siguiéndole encontraremos auténtica respuesta a las preguntas que nos hacíamos porque nos dolía el alma con nuestros sufrimientos.

sábado, 27 de agosto de 2011

La fidelidad en lo pequeño nos hace entrar también en el banquete del Reino


1Tes. 4, 9-11;

Sal. 97;

Mt. 25, 14-30

‘Como has sido fiel en lo poco… pasa al banquete de tu señor…’ le decía el hombre de la parábola a aquellos servidores que habían sabido poner en juego los talentos que les había confiado.

¿En dónde están los merecimientos y las grandezas en el Reino de Dios del que nos habla Jesús? ¿Estarán en las grandes obras, en las cosas extraordinarias, en las manifestaciones de grandeza o de poder como solemos hacer los humanos en los reinos, en las cosas de este mundo?

En nuestros caminos humanos buscamos merecimientos o recomendaciones; queremos hacernos notar por las cosas espectaculares que podamos hacer, o por nuestros lucimientos y apariencias; nos manifestamos prepotentes, sabedores de todo, y los que brillan con cosas extraordinarias son los que aparecen… y los que parecen poca cosa, no tienen esos poderes y grandezas y no son tan ‘lucidos’, por así decirlo, pareciera que no tienen merecimientos o derechos y estén condenados a vivir en el silencio o la soledad.

Ese sentimiento acomplejado era el que tenía aquel tercer empleado de la parábola al que sólo se le había confiado un talento de plata. Pensaba quizá que era poca cosa lo que podía conseguir, en su sentirse incapaz pensaba que incluso podía perder el talento que le había confiado. Es un peligro de falsa humildad en el que podemos caer, en el que porque nos parece que somos pequeños o poco importantes nos echamos para detrás, y terminamos escondiendo esos valores que tenemos.

Lo que importa es la fidelidad sean grandes o pequeños los valores o las cualidades de que estemos dotados. Y en lo pequeño también tenemos que saber ser fieles. Porque el que no sabe ser fiel en lo pequeño tampoco sabrá ser fiel en lo importante. Cada uno ha de rendir en la vida, por supuesto, en relación o referencia a lo que son sus valores, pero eso no puede significar que nadie sea mayor ni menor que los demás. Porque nuestra dignidad o valor no se cuantifica en cantidades, sino que está en la misma persona por ser lo que ser lo que es, un ser humano y, decimos nosotros desde nuestra fe, un hijo de Dios.

Pero aquellos dones de los que Dios nos ha dotado es una responsabilidad nuestra el que tengamos que desarrollarlos y además, hemos de pensar, están también al servicio de los demás. Cuando nos encerramos en nosotros mismos relamiéndonos en los dones o cualidades que tengamos, terminamos haciéndonos egoístas y orgullosos y creamos ruptura a nuestro alrededor. Es el mundo duro e insolidario que nos creamos con nuestro egoísmo.

La parábola que nos propone Jesús y que hemos escuchado en el evangelio podemos decir que es una llamada a la responsabilidad y a la fidelidad. Con esa responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, desarrollando nuestros valores, perfeccionándonos cada día más en lo que somos o valemos, buscando también el bien de los demás, de nuestra sociedad, del mundo en el que vivimos del que no somos ajenos, es una manera de glorificar al Señor, de reccorrer los caminos de santidad a los que nos llama el Señor.

‘Cinco talentos me dejaste; mira he ganado otros cinco… dos talentos me dejaste, mira he ganado otros dos…’ Y, nosotros, ¿habremos puesto en juego de verdad los talentos, las cualidades de las que Dios nos ha dotado? No seamos como aquel que escondió su talento. No olvidemos la responsabilidad que tenemos, empezando por nuestra propia vida que tenemos que cuidar y mejorar cada dia más. Seamos fieles en verdad hasta en lo más pequeño que pueda haber en nuestra vida. Que así le demos gloria al Señor. que podamos escuchar tambien nosotros: ‘Como has sido fiel en lo poco… pasa al banquete de tu señor…’