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sábado, 1 de junio de 2013

Deseé la Sabiduría con toda el alma y mi alma saboreó sus frutos

Eclesiástico, 51, 17-27; Sal. 18; Mc. 11, 27-33
‘Deseé la sabiduría con toda el alma, la busqué desde mi juventud y hasta la muerte la perseguiré…’ Hermoso deseo y hermosas consideraciones que se hace el sabio del Antiguo Testamento que hemos venido escuchando en la primera lectura.
Llega hoy al final del texto y nos hace estas consideraciones finales que expresan sus deseos más hondos al mismo tiempo que expresan de alguna manera los frutos de esa sabiduría y la alegría de la que se llenaba su espíritu en la medida en que iba creciendo en esa sabiduría. ‘Crecía como racimo que se madura y mi corazón se gozaba con ella… mi alma saboreó sus frutos’.
Es un deseo profundo del hombre alcanzar esa sabiduría aunque algunas veces andemos confundidos, pero que hemos de saber buscar rectamente. Nos habla de esa sabiduría en lo  humano, pero también de ese crecimiento espiritual que da a la persona mayor plenitud. Buscamos la verdad; deseamos encontrar el sentido  hondo de nuestra existencia. Y el creyente sabe que en esa búsqueda puede caminar con seguridad cuando nos dejamos conducir por el Espíritu divino que nos hará alcanzar la verdadera sabiduría.
Como ya hemos reflexionado en otro momento al hilo precisamente de este texto del Eclesiástico, Cristo es nuestra Sabiduría. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo  hombre’, se nos dice ya en el principio del Evangelio de san Juan. Ya escuchamos luego en el evangelio que El se proclama la verdad y la vida y el camino verdadero que nos conduce a esa plenitud de la verdad y de la vida. Como le diría a Pilatos ‘yo para eso he nacido y para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad’.
No podemos dejarnos arrastrar por relativismos cambiantes sino saber que en Cristo encontramos esa verdad plena. No le tengamos miedo a la verdad de Cristo, pues en ella alcanzamos la verdadera Sabiduría y plenitud. Por eso el cristiano, el que cree en Jesús, acude al Evangelio porque ahí tenemos toda la revelación que Jesús nos hace y que nos conduce por esos caminos que nos llevan a la sabiduría verdadera de la vida. Si decimos que creemos en Jesús es porque en El hemos encontrado esa verdad que da sentido profundo a nuestra vida y siempre para caminar seguros confrontaremos nuestra vida, nuestro pensamiento, lo que hemos de hacer o no hacer con lo que El nos manifiesta en el Evangelio.
Cuanto les costaba a los judíos en los tiempos de Jesús aceptarle y aceptarle como esa verdad que nos conduce a la salvación. Todo eran dudas y oposición. Claro estaba el mensaje de Jesús y claras eran las obras que Jesús realizaba con las que nos manifestaba que era en verdad el enviado del Padre para ser nuestro Salvador. Conocemos la oposición de muchos sectores del judaísmo de entonces. Hoy mismo hemos visto en el evangelio que vienen a exigirle explicaciones de lo que hace. El texto inmediatamente anterior, que hubiéramos escuchado ayer, fue la expulsión de los vendedores del templo, que como les dice Jesús la han convertido en una cueva de ladrones.
Jesús quiere purificarnos desde lo más hondo para que podamos en verdad alcanzar el verdadero conocimiento de Dios y la auténtica relación con el Señor. Esa expulsión de los vendedores nos está hablando de cuánto hemos de purificar en muchas cosas de nuestra vida, y también quizás en la manera que tenían de expresar su religiosidad. Es la oposición y las preguntas y exigencias que le plantean.
Para que caminemos seguros Jesús no nos deja solos, sino que nos envía su Espíritu, que es Espíritu de Sabiduría y de Ciencia, Espíritu de conocimiento de Dios y de temor del Señor. El nos conducirá hasta la verdad plena. Así nos lo promete repetidamente como tantas veces lo hemos reflexionado. Y recientemente hemos celebrado Pentecostés proclamando nuestra fe en el Espíritu Santo que recibimos y que nos conduce a la plenitud de Dios.
Pidamos ese Espíritu divino que purifique nuestro corazón, pero que nos haga encontrar esa verdad de Dios. Que el Espíritu divino nos alcance esa Sabiduría divina porque nos haga conocer más y más a Jesús y saborear los frutos de esa Sabiduría de Dios que en Jesús, Palabra eterna de Dios, podemos alcanzar. Que en Jesús por la fuerza del Espíritu Santo encontremos esa verdadera Sabiduría que nos conduzca a la plenitud de nuestra vida.



viernes, 31 de mayo de 2013

La visita de María, la madre del Señor, a Isabel es la visita de Dios que nos trae la salvación

Sof. 3, 14-18; Sal. Is. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Allí ha llegado María desde Nazaret en la lejana Galilea. El ángel del Señor le había anunciado, un poco como para corroborar las palabras que antes le había dicho de que iba a ser la madre del Señor, que su prima Isabel estaba en cinta e iba a dar un hijo a pesar de su vejez.
Allá había corrido la que estaba llena del Espíritu divino, la que llevaba a Dios en sus entrañas para servir, para ayudar, para mostrar su amor. Nadie le podía haber dicho, porque era algo que nadie conocía, del misterio de Dios que se estaba realizando en María, pero Isabel prorrumpe en alabanzas y ese es su saludo: ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Y todo son bendiciones para María ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’
Más tarde también Zacarías bendecirá al Señor que ‘ha visitado y redimido a su pueblo’, cuando nazca Juan que va a ser el precursor del que había de venir, del Mesías de Dios. Reconocerá Zacarías cómo están llenos de las bendiciones de Dios que ha querido hacerse presente entre los hombres para traernos su redención y salvación.
Todo nos habla de visitas en este día, porque celebramos la visita de María a su prima Isabel allá en la montaña cuando está a punto de nacer Juan. Pero no es simplemente la visita de aquella jovencita llena y rebosante de amor que viene hasta la montaña con deseos de amar y de servir.
Es algo más lo que está sucediendo entonces, porque aquella jovencita venida de Nazaret es la Madre del Señor como reconocerá Isabel; pero es que en las entrañas de María va Dios, que visita y redime a su pueblo. Es la visita de Dios con su salvación; es el paso salvador de Dios por la historia humana para traernos gracia y redención.
Signo de esa presencia y de esa visita de Dios para aquel hogar de la montaña es que el niño que lleva también en sus entrañas queda santificado, porque ha sido elegido por Dios para una misión muy especial, cual era el preparar los caminos del Señor. Como una unción que lo marca y lo señala la presencia de Dios encarnado en el seno de María viene a ser como un derramarse también el Espíritu del Señor sobre aquella criatura que ha sido elegida con la maravillosa misión de ser el precursor del Mesías preparando los caminos del Señor.
Todo esto nos está diciendo muchas cosas. Dios sigue visitando y haciéndose presente en medio de su pueblo, porque Dios sigue derramando su amor y los dones de su Espíritu sobre la Iglesia y sobre todos los elegidos de Dios. Igual que Isabel con humildad y amor supo abrir no solo las puertas de su casa sino sobre todo de su corazón a la visita de María con todo lo que ello significaba, es la manera como nosotros hemos de abrir nuestro espíritu al Señor que sigue derramando su gracia sobre nosotros y que viene a nuestra vida para poner también su morada en nuestro corazón.
Son las actitudes de acogida de Isabel, como es todo el actuar de amor de María las que hemos de copiar en nuestra vida abriéndonos a la visita de gracia de Dios a nosotros. Es un amor como el de María del que tenemos que llenar nuestro corazón siempre con actitud de servicio para hacer el bien y para que a través de nuestro amor seamos capaces de llevar a Dios a los demás. Una misión y una tarea hermosa que hemos de saber realizar como lo hizo María. Nuestro mundo necesita de la presencia de Dios y nosotros podemos hacer presente a Dios en nuestro mundo. Hemos de ser signos y testigos del amor de Dios; hemos de ser portadores de Dios para que los demás alcancen también la santificación.
Creo que cuando hoy estamos celebrando la visita de María a su prima Isabel, cronológicamente estamos también a pocos días de la celebración del nacimiento del Bautista, este puede ser un hermoso mensaje que llegue a nuestro corazón y un serio compromiso para nuestra vida.
Como Isabel, como María, dejémonos inundar por el Espíritu de Dios y cantemos la alabanza al Señor.

jueves, 30 de mayo de 2013

¿Qué quieres que haga por ti?

Eclesiástico, 42, 15-26; Sal. 32; Mc. 10, 46-52
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ es la pregunta de Jesús a Bartimeo. Era ciego. Allí estaba al borde del camino en su pobreza y en su ceguera. Ser ciego encerraba como consecuencia inmediata su pobreza porque nada podía hacer por si mismo. Condenados estaban en su ceguera a pedir limosna al borde de los caminos, como en este caso, en Jericó en el camino por donde pasaban los peregrinos que se dirigían a Jerusalén o volvían de Jerusalén atravesando el valle del Jordán. ‘Maestro que pueda ver’, es la respuesta. La elemental, la primera que se le podía ocurrir.
‘¿Qué queréis que haga por vosotros?’ les había dicho a los hermanos Zebedeos cuando se postraron ante él para hacerle una petición. No eran ciegos. No estaban pasando por necesidad, pero en sus corazones había otros sueños. ¿Sueños que les cegaban? ¿sueños que les crearían enemigos en quienes pudieran corroerse por la envidia? Ya hemos escuchado y meditado cuales eran sus ambiciones de grandeza y de poder. Ya hemos escuchado también la respuesta de Jesús.
¿Qué quieres que haga por ti, o qué queréis que haga por vosotros? Podría seguir preguntando a aquella gente que lo acompañaba y para quienes los gritos del ciego les molestaban. ¿Nos molestan quizá los gritos de quienes sufren a nuestro lado? ¿Nos molesta quizá el grito mudo pero bien clamoroso que puede ser la vida de quien a nuestro lado pasa necesidad? ¿Nos puede molestar quizá quien nos pudiera hacer salir de nuestra comodidad o de nuestra cerrazón?
¿Qué quieres que haga por ti? quizá nos pregunta a nosotros Jesús cuando hasta El hemos venido en esta mañana con lo que es nuestra vida, las inquietudes que puedan haber en el corazón, o las rutinas que algunas veces nos adormecen, los buenos deseos de hacer algo bueno por los que estamos aquí, o simplemente el hecho de que hemos venido aunque algunas veces nos cueste abrir los oídos del corazón.
El ciego Bartimeo le respondió: ‘Maestro, que pueda ver’. Sí, Jesús es nuestra luz; Jesús viene a abrirnos los ojos del alma para que encontremos la verdadera luz y no nos encandilemos por luces de falsos oropeles que de nada nos sirven. Jesús viene a darnos esa luz que necesitamos para que le reconozcamos a El, pero también para que aprendamos a reconocer en los demás, en el rostro de los que sufren o pasan necesidad, el verdadero rostro de Jesús. El viene a darnos esa luz que necesitamos que nos hará cambiar de actitudes y nos hará actuar de una manera nueva y distinta.
Jesús es nuestra luz, esa verdadera luz que necesita nuestra vida para que  nos demos cuenta de que no podemos entorpecer el camino de los demás que les lleva a Jesús; que no podemos hacer acallar esos gritos que nos hacen volver la mirada con sinceridad a donde hay verdadera necesidad, o a donde hay sufrimiento. Jesús es la luz que llena nuestros ojos y nuestro corazón de amor y de misericordia para que aprendamos a tender la mano al que tembloroso camina a nuestro lado para ayudarle a hacer el buen camino.
Y el ciego Bartimeo ‘recobró la vista y lo seguía por el camino’ con gran gozo en su corazón y cantando las alabanzas de quien había llegado hasta él con la salvación para su vida; y los hermanos Zebedeos, como escuchábamos ayer aprendieron bien la lección de que primero está el servicio aunque eso signifique hacernos los últimos y servidores y esclavos por amor de todos; y aquellas gentes que primero querían hacer callar los gritos del ciego, ahora le ayudan y le llevan hasta Jesús porque saben que Jesús les está esperando, no solo al ciego sino a ellos también.
Y a nosotros ¿qué luz nos va a dar el Señor? ¿qué es lo nuevo que vamos a encontrar en el corazón tras ese paso de Jesús a nuestro lado en nuestro camino de la vida? Tenemos que ver cuales son nuestra cegueras, cuáles son las ataduras que hay en nuestro corazón, cuales son nuestras oscuridades, cuál es la pobreza que hay en nuestra vida para llenarla con la riqueza de la gracia del Señor.
Nos toca ponernos con toda sinceridad delante del Señor y gritarle desde nuestra ceguera y nuestra pobreza. Sabemos muy bien que El está esperándonos que vayamos hasta El. Dejémonos conducir por los que encontremos en el camino y nos quieran ayudar. En ellos se va a manifestar el Espíritu del Señor. Y al final también recobraremos la luz para nuestra vida y ahora tenemos que seguirle con entusiasmo dando gloria al Señor.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Unos discípulos que buscaban padrino para hacer carrera en el Reino

Eclesiástico, 36, 1-2.5-6.13-19; Sal. 78; Mc. 10, 32-45
Casi como comentario o como conclusión o compromiso de este texto del evangelio que acabamos de escuchar voy a comenzar haciéndoles una petición: que pidan al Señor en sus oraciones por aquellos que llamados por el Señor tienen alguna responsabilidad en medio del pueblo de Dios, como sacerdotes, como personas consagradas para que seamos capaces de vivir en el espíritu de servicio que nos enseña hoy Jesús en el evangelio.
Santiago y Juan habían sido llamados por Jesús, podíamos decir, que desde la primera hora. Juan lo siguió con Andrés allá junto al Jordán cuando el Bautista lo señaló como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y un día al pasar Jesús junto a ellos en la orilla del lago los había llamado para ser pescadores de hombres.
Con Jesús habían estado siempre y a ellos de manera especial Jesús les explicaba el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba e instauraba con su presencia en medio de los hombres. Ellos iban descubriendo en esa cercanía de Jesús que era el Mesías anunciado, pero eso hizo también que se despertara en su corazón la ambición humana con deseos de primeros y principales puestos en el Reino que Jesús anunciaba. De ahí surge la petición. ‘Queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir… concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.
Jesús les habla de cáliz que significa pasión y significa entrega hasta la muerte. Conscientes o no del todo ellos están dispuestos a lo que sea con tal de ocupar aquellos primeros puestos. Pero eso provocará la reacción del resto de los discípulos. ‘Se indignaron contra Santiago y Juan’. Cuando aparece el cardo de la ambición la mala semilla enseguida comienza a aparecer también en los demás. Fue necesario que Jesús una vez más les explicara el sentido del Reino y de cuál había de ser la actitud fundamental de los que le siguieran.
Si ya antes Jesús les había anunciado que subían a Jerusalén donde ‘el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, y al tercer día resucitará’, ahora les habla y explica que ‘el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’. Por eso la actitud que han de tener no ha de ser la de imitar a los poderosos de este mundo, sino la del servicio y la del hacerse el último y el esclavo de todos.
Y esto es algo que todos sabemos. Esto es algo que, quienes hemos recibido una misión en la Iglesia o hemos querido consagrarnos de manera especial al Señor, lo sabemos muy bien. Pero reconozcamos que nos cuesta hacerlo. Reconozcamos que algunas veces podamos dar la impresión de todo  lo contrario a lo que es el espíritu de Jesús. Y pudiera ser que por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar no siempre lo hagamos bien y dejemos mala impresión en quienes nos rodean. Por eso les decía desde el principio de esta reflexión que recen al Señor para que seamos capaces de vivir en este espíritu y estilo de Jesús y nuestras vidas no sean nunca un contra testimonio.
Quienes nos rodean, sobre todo los que no terminan de entender lo que es el sentido de la Iglesia y lo que verdaderamente tendríamos que ser los pastores del pueblo de Dios, algunas veces nos juzgan según sus criterios humanos o políticos y me da miedo que nosotros por la manera que actuemos le demos pie a ello. Hace unos días una persona alejada de la fe de la Iglesia me decía y comentaba, refiriéndose a un sacerdote que había asumido un servicio de gran responsabilidad en la Iglesia, qué padrinos tendría esa persona para llegar a ese cargo. Es doloroso que demos esa impresión. Me ha hecho reflexionar en todo esto el evangelio proclamado porque parece que Santiago y Juan buscaban padrino para hacer carrera en el Reino anunciado por Jesús.

Por eso rezad por nosotros para que no nos dejemos encandilar por esas carreras mundanas y las llevemos al seno de la Iglesia. Recen por nosotros para que resplandezcamos de verdad por ese nuestro espíritu de servicio al estilo de Jesús. El Papa Francisco nos está dando hermosos ejemplos en el poco tiempo que lleva de su pontificado y además nos habla muy claramente en este sentido. Que como Jesús nuestros sentido sea, no el ser servidos, sino el hacernos servidores de los demás, porque es así como tenemos que ejercer nuestro ministerio pastoral en el estilo de Jesús. 

martes, 28 de mayo de 2013

Una ofrenda como flor de harina con nuestro amor

Eclesiástico, 35, 1-15; Sal. 49; Mc. 10, 28-31
 ¿Cómo ha de ser la ofrenda que le hacemos al Señor?  Podría parecer una pregunta innecesaria, pero creo que puede ser importante. Tenemos un peligro y una tentación. Ser interesados en nuestras relaciones con el Señor. Y cuando le ofrecemos algo es porque algo estamos buscando. ¿Qué son, si no, nuestras promesas, por ejemplo?
Un poquito quizá podría ir por ahí lo que Pedro le dice a Jesús hoy en el evangelio. Jesús había estado hablando de la necesidad de la generosidad en el compartir y había hablado de lo difícil que seria entender el reino de los cielos a los ponen su confianza solo en el dinero - recordamos el caso del joven rico que se marchó ante la invitación de Jesús - y Pedro le pregunta qué les va a tocar a ellos que lo han dejado todo por seguirle. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, le dice. Ahora veremos la respuesta de Jesús.
El texto del Eclesiástico que hemos escuchado en la primera lectura nos ayuda a reflexionar sobre ello también. Progresivamente nos va hablando de cómo se va haciendo cada vez más sublime la ofrenda que le presentemos al Señor desde el cumplimiento fiel de la ley y de los mandamientos al compartir generoso de lo que somos y tenemos. Nos habla de ofrenda, de acción de gracias, de ofrenda de flor de harina - que viene a significar la ofrenda de lo más hermoso -, de sacrificio de alabanza. ‘No te presentes ante el Señor con las manos vacías… la ofrenda del justo enriquece el altar y su aroma llega hasta el Altísimo…’
No se trata, pues, simplemente de ofrecer cosas al Señor. Lo que agrada al Señor es el cumplimiento de su voluntad; lo que es agradable al corazón del Señor es el amor generoso que tengamos en nuestro corazón; sacrificio grato al Señor es apartarnos de todo mal y de toda injusticia; el aroma más agradable que le podamos ofrecer al Señor es el incienso de nuestro amor, de nuestra generosidad en el compartir y en el desprendernos de nuestro yo para buscar siempre al otro a quien amar.
No podemos andar como interesados en nuestras relaciones con el Señor. ‘No lo sobornes, nos dice, porque no lo acepta, no confíes en sacrificios injustos, porque es un Dios justo que no puede ser parcial’. Le ofrecemos nuestro amor como tiene que ser el amor siempre, como es el amor que el Señor nos tiene. El amor es darse y no porque se nos dé algo a cambio. Pero quien ama así generosamente se va a ver en verdad recompensado en el amor que recibe, al sentirse amado. Ya el Señor no se quedará atrás, porque su generosidad y su amor es de una medida sin medida, de una medida infinita.
De ahí la respuesta de Jesús a Pedro. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más… y en la edad futura, vida eterna’. Alcanzar esa vida eterna lo merece todo. ¿No era lo que le preguntaba aquel joven que había acudido a Jesús? ‘¿Qué haré para heredar la vida eterna?’, le preguntaba.
Pero fijémonos en un detalle. No nos dice Jesús que eso será fácil. Es más aunque nos promete cien veces más en su generosidad por lo que nosotros hayamos amado, no nos oculta las dificultades; no nos oculta que aun a pesar de todo seremos incomprendidos; no nos oculta que incluso vamos a sufrir persecuciones. ‘Cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones’, nos dice. Pero, ¿no merecerá la pena todo eso por alcanzar la vida eterna? Cuando en otro momento nos anuncie esas persecuciones en concreto nos dirá que no temamos porque no nos faltará un Defensor y nos anuncia que nos enviará su Espíritu que estará junto a nosotros siendo nuestra fortaleza.

Por algo hemos repetido en el salmo que también es palabra que el Señor nos dice: ‘Al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios’. Por ahí ha de ir nuestra ofrenda y nuestra acción de gracias al Señor.

lunes, 27 de mayo de 2013

¿Quién puede salvarse? Con Dios todo lo podemos

Eclesiástico, 17, 20-28; Sal. 31; Mc. 10, 17-27
Después de todo este episodio que nos ha narrado el evangelio - el joven rico que se acerca a Jesús preguntando qué hay que hacer para heredar la vida eterna, su marcha pesaroso porque le parecía mucho lo que Jesús le pedía y los comentarios que hace Jesús sobre lo dificil que es a los ricos entrar en el Reino de los cielos - los discípulos comentan y se preguntan ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’
La salvación, nos preguntamos nosotros, ¿de quién depende? ¿es cosa solo de lo que nosotros podamos hacer? Cuando pensamos así tenemos la respuesta de Jesús: ‘Es imposible para los hombres, no para Dios’. Tenemos que empezar por reconocer que la salvación es un regalo del amor de Dios. Tendremos que dar una respuesta en nuestra vida, pero no es cosa que nosotros nos ganemos por méritos propios. Si fuera así, ¿para qué fue necesario que viniera Jesús?
Fue el  hombre el que se apartó del camino de Dios, como vemos reflejado ya en la primera página de la Biblia. La desobediencia del hombre, el no que el hombre da a Dios es lo que produce la ruptura. Y ante esa ruptura del hombre Dios se adelante ofreciéndonos una salvación, ofreciéndonos un salvador. Es el anuncio que ya allá en el paraiso nos hace Dios y es lo que jalona toda la historia de la salvación.
Cuando queremos hacer las cosas por nuestras fuerzas o por nuestra voluntad nada más como si no necesitáramos de nadie más, no necesitaramos de la gracia del Señor, sabemos como estamos abocados al fracaso; creo que tenemos la experiencia de nuestra debilidad, de cuánto nos cuesta avanzar seriamente en el camino del santidad y del amor porque una y otra vez nos sentimos tentados y nos sentimos sin fuerzas cuando no acudimos a la gracia del Señor.
¿Sería lo que le faltó a aquel joven rico de la página del evangelio? Cuando vio lo que Jesús le proponía y el camino de desprendimiento que habría de realizar en su vida, se sintió muy apegado desde su corazón a todas aquellas cosas que poseía y quizá pensaba que era algo que habría de realizar por si mismo o solo con sus propias fuerzas. Se sintió imposibilitado y esclavo de aquellas cosas en las que había apegado su corazón o que se habían adueñado de su corazón. Era bueno y cumplidor, tenía ansias de vivir algo más para alcanzar a vivir el Reino de Dios, pero quizá pensó que lo podría realizar por si mismo. Dio media vuelta y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Es lo que motivará el comentario de Jesús. ‘¡Qué dificil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!’, ¡qué dificil a los que tienen su corazón apegado a sus cosas, a sus posesiones, a sus sueños, a los caprichitos de su vida! ‘¡Qué dificil es es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!’ Y habla Jesús del camello y del ojo de la aguja para ponernos la comparación de lo que puede parecer imposible de realizar.
Es necesario desprenderse, quitar las jorobas de los apegos del corazón, vivir con un corazón libre de apegos para poder tener disponibilidad para amar, para servir, para ayudar, para compartir; es necesario aprender a olvidarse de si mismo y de sus apegos. Será cómo podremos entender lo que es el Reino de Dios y podremos comenzar a vivirlo con toda intensidad.
Pero eso lo podremos realizar no por nosotros mismos sino si ponemos toda nuestra confianza en el Señor. ‘Es imposible para los hombres,  no para Dios. Dios lo puede todo’. Cuando tenemos a Dios con nosotros podremos; cuando contamos con la fuerza y la gracia del Señor no nos sentiremos derrotados; cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, nos daremos cuenta de cuál es nuestra verdadera riqueza.

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntaban los discípulos. Dios nos ofrece y nos regala su salvación; Dios nos regala su gracia que nos fortalece y que nos libera el alma y el corazón; Dios es nuestra salvación y nuestra fortaleza. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor; pongamos, sí, nuestra voluntad y nuestro deseo, pero poniendo toda nuestra confianza en la gracia del Señor.

domingo, 26 de mayo de 2013

Adoración, alabanza y acción de gracias al Misterio santo de la Trinidad de Dios

Prov. 8, 22-31; Sal. 8; Rom. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15
‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?’ Sí, contemplemos las maravillas que hizo el Señor pero cantemos al mismo tiempo nuestra mejor alabanza a su santo nombre.
‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?’ Nos sentimos pequeños, nos sentimos sobrecogidos ante el poder y la grandeza del Señor, su inmensidad que todo lo llena y su sabiduría, cuando contemplamos la gloria del Señor. No terminamos de alabar lo suficiente la gloria del Señor. Hemos de detenernos a contemplar su gloria admirando sus maravillas. Decimos que somos creyentes pero no terminamos de reconocerle. Es el Señor; es el Dios todopoderoso creador de todas las cosas que todo lo llena con su inmensidad. Es el Señor, nuestro Dios que nos llena, nos envuelve y nos inunda con su presencia. ¡Con qué intensidad tiene que ser nuestra alabanza!
Pero ahí está la maravilla, es un Dios que nos ama y derrama su amor sobre toda la creación; un Dios que nos ama y nos inunda con su amor. Un Dios que a pesar de su inmensidad y su grandeza no lo contemplamos alejado de nosotros allá en la lejanía de los cielos, como sentado en su trono de gloria, sino que podemos sentirlo junto a nosotros, más aún podemos sentirlo dentro de nosotros porque en nosotros quiere poner su morada, convirtiéndonos en templo y morada de Dios. ¿No hay ahí motivos suficientes para que con toda nuestra vida y en todo momento cantemos nuestra acción de gracias al Señor?
Hoy contemplamos de manera especial y celebramos todo el misterio de Dios. Estamos celebrando el misterio de Dios en su Santísima Trinidad que solo podemos conocerlo y reconocerlo porque El así nos lo ha revelado. Una fiesta y una celebración muy especial que celebramos en este domingo primero después de haber concluido el recorrido de la Pascua. Y es que a través de todo el misterio pascual que hemos celebrado hemos ido contemplando todo ese misterio de amor de Dios que se nos revela.
Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. Damos gracias y damos gloria ‘a Dios Padre, todopoderoso y eterno que con su único Hijo y el Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una sola naturaleza’, como confesamos en el Credo y cantamos en el Prefacio de nuestra Acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias, siempre y en todo lugar’.
Lo creemos como lo confesamos en el Credo porque así quiso Dios revelársenos; damos gracias porque así ha querido hacernos partícipes de ese misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos postramos para adorar este Misterio santo de Dios. Doblamos nuestras rodillas y nos postramos desde lo más hondo del corazón, porque con toda nuestra vida queremos adorar a Dios reconociéndolo como el único Dios y Señor de nuestra vida y queremos para siempre cantar su gloria. ‘Confesamos nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible’ pero nos postramos en adoración y en alabanza para cantar con todas nuestras fuerzas la gloria del Señor.
Todo honor y toda gloria a Dios uno y trino; todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, en Jesucristo y con Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Así llegaremos al momento cumbre de nuestra celebración donde queremos hacer la más hermosa ofrenda de nuestra vida para la gloria y el honor del Señor por toda la eternidad.
Vivamos ese momento de nuestra Eucaristía con toda intensidad. Démosle hondo sentido a cada una de las oraciones y a cada uno de los momentos de nuestra celebración. Que porque cada vez que celebramos la Eucaristía repitamos las mismas palabras, no bajemos la intensidad y la vida que ponemos en ellas para alabar de todo corazón al Señor.
No es momento hoy para hacernos grandes reflexiones ni para ponernos a hacer explicaciones teológicas del misterio de Dios. Serían otros los momentos para la catequesis y para esa reflexión que nos ayude a conocer más y más nuestra fe, a profundizar en su conocimiento y reflexión para que podamos llegar a dar profunda razón de nuestra fe y nuestra esperanza. El año de la fe que estamos celebrando tendría que motivarnos a querer hacer esa profundización y reflexión y podría ser un buen compromiso de la celebración de este día.
Ahora es momento para el reconocimiento y la adoración; es momento para la alabanza y la acción de gracias; es el momento de proclamar bien alta nuestra fe que nos convierte en testigos en medio de nuestros hermanos; es el momento de la celebración, una celebración es cierto que nos lleve a la vida y al compromiso de vida.
Pero no nos podemos cansar de alabar y bendecir al Señor, de darle gracias y de postrarnos ante Dios en adoración. Convertimos demasiadas veces nuestras celebraciones en unos listados de peticiones al Señor como quien viene a despechar con el que puede resolverle sus muchos problemas, pero no llegamos a expresarle todo lo que es nuestro amor con nuestras palabras y nuestros cánticos de bendición y de alabanza.
Que todas las criaturas alaben a su Señor; con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales queremos cantar el cántico que eternamente se escucha en el cielo con el que se proclama la Santidad de Dios. Estamos celebrando la acción de gracias de toda la creación. Los cielos y la tierra proclaman la gloria del Creador, la gloria del Señor.
Estamos celebrando en esta liturgia de la tierra los que aun caminamos en medio de este mundo la mejor acción de gracias que podemos ofrecer desde nuestra vida, desde nuestra fe y desde nuestro amor, uniéndonos a la liturgia del cielo con la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de la gloria del Señor, cuando podamos contemplar cara a cara a Dios y cantar eternamente sus alabanzas.

Que con toda nuestra vida y siempre cantemos la gloria del Señor. Que podamos decir con todo sentido y desde lo más profundo de nuestro corazón: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

sábado, 25 de mayo de 2013


El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él

Eclesiástico, 17, 1-13; Sal. 102; Mc. 10, 13-16
‘El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Cuánto nos tiene que interrogar esta afirmación de Jesús.
Contemplamos en el evangelio la cercanía de Jesús a los pequeños. Es una escena entrañable que cualquiera con un poco de imaginación hace que se le estremezcan las entrañas. Es la ternura que siempre despiertan los niños, pero es la ternura que podemos contemplar en Jesús rodeado de los pequeños. ‘Los abrazaba y los bendecía’.
Pero allá estaban diligentes en extremo los apóstoles que no querían que nadie molestase al maestro. Cuando las madres presentan a Jesús sus niños para que los bendijera allá están ellos regañándolas. Cómo van a molestar ahora con esos niños al Maestro. Reacciones así tenemos algunas veces, hemos de reconocer, porque ese jaleo de los pequeños nos molesta, o porque esas personas - y aquí podemos poner muchas situaciones o muchas categorías, porque seguimos nosotros haciendo distinciones y categorías - nos molestan.
Pero Jesús no rechaza a nadie; no rechaza a los niños ni a los pequeños; no rechaza a aquellos que nosotros en nuestras discriminaciones muchas veces también consideramos quizá menores que nosotros, que tenemos la tentación de subirnos en ciertos pedestales. Ya es una lección contemplar a Jesús rodeado de los niños; contemplar cómo Jesús acepta y acoge a los que son pequeños, sean quienes sean.
Los niños en aquella época eran poco considerados hasta que no llegaran a una cierta edad. Pero mira por donde Jesús ante el rechazo de los discípulos a dejar que los niños se acerquen a Jesús, se enfada: ‘Dejad que los niños se acerquen mí; no se lo impidáis: de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Ser como los niños, nos dice Jesús. Hacerse pequeño, nos dice ahora, pero nos recuerda que ya en otro momento nos dirá que para ser importante hay que hacerse el último, el servidor de todos.
A los niños les encomendamos nuestros mandados, como solemos decir, para ir o hacer aquello que nosotros no queremos hacer; los niños quizá nos importunan con sus preguntas y sus curiosidades, y como decimos nos están dando la lata porque quieren saber, porque quieren que les expliquemos o les digamos cosas; a los niños los apartamos a un lado quizá para que no se metan en las cosas de los mayores.
Pero mira por donde Jesús nos dice que hay que hacerse como niño. ¿Será que hemos de ser así serviciales con los demás? ¿Será que tendríamos que tener esa curiosidad en el alma para sentir y descubrir toda la novedad que Jesús nos ofrece con el Reino de Dios? ¿Será que tenemos que hacernos los últimos y pequeños porque dejemos el paso a los demás y nuestra actitud quizá silenciosa sea la del servicio y la del amor?
Pero  nos dice más Jesús. ‘Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Los mayores ya nos creemos entendidos de todo y nos cuesta aceptar lo nuevo. Qué me van a enseñar a mí a estas alturas de la vida, decimos muchas veces. Por eso es necesario un cambio de actitud. Aprender a decir sí, aprender a hacernos pequeños, aprender a nacer de nuevo para poder entrar en el Reino de Dios. Recordemos que eso fue lo que Jesús le dijo a Nicodemo, para enseñarnos cómo si no cambiamos totalmente las actitudes y posturas de nuestro corazón no llegaremos nunca a entender lo que es el Reino de Dios. Es necesario aprender a acoger la novedad maravillosa del Evangelio, del Reino de Dios.
Y a los pequeños, a los que se hacían como niños, a los que comenzaban a tener esas actitudes nuevas ‘Jesús los bendecía imponiéndoles las manos’. ¿Nos bendecirá a nosotros porque habremos aprendido a hacernos como  niños?

viernes, 24 de mayo de 2013


Los caminos de un amor verdadero que nos llevan hasta Dios

Eclesiástico, 6, 5-17; Sal. 118; Mc. 10. 1-12
Quien no sabe tener amigos no sabe lo que es amar de verdad, difícilmente llegará a entender lo que es el amor verdadero y me atrevo a decir que se le cierran caminos para ver y conocer a Dios. El amor de una amistad no es algo de quita y pon de la vida como si fuera algo ocasional y puntual y es algo más que el conocimiento de un día. El amigo que lo es de verdad lo será de una forma permanente porque será un tesoro que hemos encontrado y del que no queremos desprendernos nunca. Y quien no sabe cultivar una amistad, y volvemos a lo del principio, no sabrá lo que es un amor para siempre.
La verdadera amistad te hace desprendido y desinteresado, porque aunque uno va a recibir mucho de la amistad del otro sin embargo es mucho más lo que estará dispuesto a dar por el amigo que ama. Con el amigo sabemos estar siempre a su lado como nos gozamos de tenerlo a nuestro lado en todo momento, sean los momentos de alegría como de dolor, sean los momentos en que parece que todo va sobre ruedas como en los momentos en que aparecen las dificultades y los problemas.
El sabio del antiguo testamento, del libro del Eclesiástico que venimos escuchando estos días, se hace unas hermosas reflexiones ayudándonos a descubrir lo que son los verdaderos amigos, de los que lo son solo de forma ocasional. Y termina diciéndonos que ‘al amigo fiel tenlo por amigo, el que lo encuentra, encuentra un tesoro; un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor…’
Saber entender lo que es una verdadera amistad nos prepara y predispone para vivir un amor como el que luego Jesús nos enseñará en el evangelio, y también para llegar a vivir con intensidad el amor matrimonial sin ningún tipo de rupturas, como nos habla el texto del evangelio que hoy hemos escuchado. La amistad, por supuesto, la viviremos siempre con personas que pueden ser más afines a nosotros y con los que más fácilmente podemos entrar en una relación y comunión.
Pero si somos capaces de vivir una verdadera amistad, como decíamos, estaremos en cierto modo preparándonos para vivir el sentido del amor cristiano con cuantos nos rodean, como nos pide Jesús. Es un amor generoso y universal el que nos pide Jesús en el que El mismo se nos pone como modelo y ejemplo de lo que ha de ser nuestro amor. Y ya sabemos, por otra parte, como en ese amor que nos pide Jesús que ha de ser nuestro distintivo, una característica es la capacidad de comprensión y de perdón ante cualquier ofensa que podamos recibir. Es la sublimidad del amor que nos enseña y nos pide Jesús.
Esa experiencia sublime de amor nos ayudará también a descubrir y vivir todo lo que es el amor que el Señor nos tiene, con lo que es un camino que nos lleva a descubrir y conocer más y más a Dios, como decíamos al principio. Claro que en ese Dios que es amor encontraremos la luz y la fuerza para vivir la totalidad y radicalidad de lo que es el amor verdadero. El nos regala su Espíritu de amor.
Quienes se aman de verdad han de ser capaces de recomponer una y otra vez cuanto pudiera mermar o poner en peligro ese amor y esa amistad. Y por ahí tendrían que ir las bases también de un auténtico amor matrimonial como nos está enseñando también hoy Jesús en el evangelio. No solo hemos de evitar en todo momento lo que pudiera dañar o poner en peligro ese amor, sino también luego en nombre de ese mismo amor ser capaces de recomponerlo una y otra vez desde esa capacidad del perdón que nos da el amor verdadero.
Cuando escuchaba el texto del evangelio me vino a la mente una imagen que vi en estos días en la que se contemplaba a dos personas muy mayores muy juntitos en su cama a los que se les preguntaba como habían podido ser capaces de estar más de sesenta años juntos. A lo que respondían que eran ellos de la época en que cuando las cosas se estropeaban no se tiraban sino que se arreglaban y se recomponían una y otra vez para poder seguir disfrutando de ellas. Desgraciadamente vivimos en una época en que nada se recompone sino que cuando cualquier cosa se estropea un poco se tira para buscar otra nueva. Así nos va. Creo que la imagen es bien significativa.

jueves, 23 de mayo de 2013


Los sacerdotes, ministros y dispensadores de los misterios de la salvación con una vida santa

Is. 52, 23-53,12; Sal 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Para gloria tuya y salvación del genero humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’. Así lo hemos expresado en la oración litúrgica. Proclamamos a Jesucristo, como sumo y eterno Sacerdote, ‘Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’, como decimos también en el prefacio. Es la fiesta que hoy celebramos.
Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio, pero que al mismo tiempo es la víctima y el altar. ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… y está sentado a la derecha de Dios’, como nos enseña hoy la carta a los Hebreos.
En el evangelio lo hemos contemplado haciendo la ofrenda e instituyendo el sacrificio de la nueva Alianza, la definitiva y eterna. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por nosotros… esta copa es la nueva Alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros’. Pero ya lo veíamos prefigurado en el canto del siervo de Yahvé que hemos escuchado con Isaías. ‘Soportó nuestros sufrimientos… fue traspasado por nuestras rebeliones… nuestro castigo saludable cayó sobre él… cargó sobre él todos nuestros crímenes… por los pecados de mi pueblo lo hirieron… entregó su vida en expiación… contado entre los pecadores, tomó el pecado de todos e intercedió por los pecadores’.
Hermosa descripción de su sacrificio y de su ofrenda. Es el Sacerdote que intercede por nosotros, pero que se ofrece a sí mismo en sacrificio para expiación de nuestros pecados. Ahí está su sangre derramada para sellar la nueva Alianza, definitiva y eterna. Es lo que contemplamos y celebramos hoy. Lo proclamamos en verdad como Sumo y eterno sacerdote.
Pero en el designio salvífico de Dios quiso perpetuar en su Iglesia su único sacerdocio. Por eso cuando hemos sido bautizados, al unirnos y configurarnos con Cristo con El nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, siendo todos los cristianos ya partícipes de ese sacerdocio de Cristo - sacerdocio real, lo llamamos con san Pedro en sus cartas -, y pudiendo ofrecer todos esa hostia viva de nuestros cuerpos también como ofrenda agradable al Padre. Recordemos la unción de nuestro bautismo que así a todos nos consagra y nos hace santos. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida.
‘Pero no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Estamos hablando del sacerdocio ministerial, del orden sacerdotal, del sacramento del Orden.
Quiere el Señor que en medio de su pueblo santo estén estos ministros sagrados, como una gracia especial, como un carisma especialísimo dentro del pueblo de Dios que ‘renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimenten con tu palabra y lo fortalecen con tus sacramentos’. He citado textualmente las palabras del prefacio con que daremos gracia al Señor en esta Eucaristía por los sacerdotes que el Señor ha llamado de manera especial y ejercen su ministerio en medio del pueblo de Dios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice Jesús a los apóstoles en la última cena cuando instituye la Eucaristía pero cuando instituye también este nuevo sacerdocio. No es ya el sacerdocio de la Antigua Alianza, sino el sacerdocio de la Nueva Alianza porque es la participación en el sacerdocio y en el ministerio de Cristo. Así tenemos los sacerdotes que configurarnos con Cristo para ser una misma cosa con El cuando vamos a ejercer su mismo sacerdocio a favor del pueblo de Dios. Así tiene que ser santa nuestra vida. Así necesitamos el apoyo de la oración del pueblo de Dios.
Hoy es un día especialmente sacerdotal. Fue el día del Sacerdocio el Jueves Santo cuando Cristo lo instituye, pero quiere la iglesia en este jueves posterior a Pentecostés de nuevo recordar este sacerdocio ministerial por el que participamos en la misión de Cristo para que los fieles oren de manera especial por los sacerdotes. ‘Concede a quienes El eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’. Así hemos de pedir por los sacerdotes siempre pero hoy de una manera especial cuando estamos celebrando a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. No puede faltar nunca la oración de la comunidad cristiana por sus sacerdotes.

miércoles, 22 de mayo de 2013


Deseemos y aprendamos la Sabiduría de Dios que nos llena de paz

Eclesiástico, 4, 12-22; Sal. 118; Mc. 9, 37-39
Todos ansiamos el ser capaces de saborear el verdadero sentido de la vida que nos llene de felicidad y de plenitud. Todo ser humano que tiene ansias de madurez y de plenitud se hace muchas preguntas en su interior sobre el sentido de su vida, sobre el para qué y el por qué de su vida, de su existencia queriendo encontrar respuestas a esos interrogantes profundos.
El hombre maduro no simplemente se deja arrastrar por el correr de la vida sino que de alguna manera quiere ser dueño de sus actos, saber lo que hace y por qué lo hace, saber el camino que va recorriendo y hacerlo con toda conciencia y sentido. Y eso en todas las etapas de la vida. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida; es buscar la sabiduría de la vida. Esto nos hace ser reflexivos como para ir rumiando cuanto nos sucede y cuanto vivimos y de ahí ir sacando esas lecciones que nos enseñen para los caminos de la vida y nos hagan madurar de verdad.
En esas preguntas e interrogantes se pregunta también por Dios y quiere en Dios encontrar esa respuesta y ese sentido. Es la pregunta y la respuesta del creyente que busca en Dios esa sabiduría de su existir, porque ¿a quién mejor ha de preguntar sobre el sentido de su existencia sino a Aquel que lo ha creado? Pedimos y ansiamos esa Sabiduría de Dios. Pedimos y deseamos llenarnos del Espíritu de Sabiduría que nos haga saborear el verdadero y más hondo sentido de nuestra vida.
Cuando cada mañana venimos a la Eucaristía y a la escucha de la Palabra del Señor venimos buscando esa sabiduría de Dios; de Dios queremos llenarnos y queremos que su Palabra sea en verdad esa luz que ilumine hasta lo más hondo nuestra vida queriendo encontrar esa orientación que necesitamos al mismo tiempo que esa fuerza de la gracia que nos ayude a recorrer esos caminos.
Del Evangelio, de la Palabra de Dios queremos impregnarnos porque es así como  nos vamos llenando de Dios y cómo podemos recorrer sin error sus caminos. Con verdaderas ansias, con verdadera hambre de Dios venimos hasta El y escuchamos su Palabra. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, con cuánta atención tenemos que acogerla para no perdernos nada de toda esa inmensa riqueza de gracia que el Señor cada día nos ofrece.
‘La sabiduría instruye a sus hijos, escuchábamos hoy en el libro del Eclesiástico, estimula a los que la comprenden. Los que la aman, aman la vida, los que la buscan alcanzarán el favor del Señor… consiguen la gloria del Señor y el Señor bendecirá su morada…’
Esa sabiduría de Dios que vamos encontrando esa Palabra que cada día se nos proclama y que vamos reflexionando nos enseña y nos estimula; para nosotros es una bendición del Señor que cada día podamos escuchar su Palabra. Algunas veces no terminamos de ser conscientes de toda la riqueza que vamos recibiendo y cómo poco a poco si nos vamos dejando guiar por el Espíritu del Señor nuestra vida se va enriqueciendo más y más. Por decirlo de una manera fácil y que todos entendamos, caigamos en la cuenta de cuántas cosas vamos aprendiendo día a día y cómo espiritualmente nos vamos enriqueciendo para sentirnos fuertes en ese esfuerzo que vamos haciendo por superarnos y ser cada día mejores.
Cuántas cosas habremos cambiado en nuestras costumbres, cuántas actitudes nuevas y mejores vamos teniendo en nuestra relación y en nuestro trato con los que nos rodean, cuánto amor vamos poniendo en nuestro corazón que nos hará ir amándonos más, si con toda atención vamos escuchando esa riqueza de la Palabra del Señor que cada día escuchamos. ‘Mucha paz tienen, Señor, los que aman tus leyes’, hemos repetido en el salmo. Efectivamente mucha paz vamos sintiendo en nuestro corazón en la medida en que nos sentimos enriquecidos con la Sabiduría de Dios.
Por eso, como tantas veces decimos, lejos de nosotros rutinas, desganas, frialdad, indiferencia ante la Palabra de Dios que se nos proclama. Creo que tenemos que aprender a dar gracias a Dios por toda esa riqueza de gracia que cada día nos ofrece, por esa sabiduría de Dios de la que vamos impregnando nuestra vida.

martes, 21 de mayo de 2013


Como el oro en el crisol nuestra vida se purifica en la prueba del dolor

Eclesiástico, 2, 1-13; Sal. 36; Mc. 9, 29-36
A todos nos gusta que la vida nos brille siempre de dicha y felicidad; ojalá no tuviéramos problemas ni sombras que enturbien nuestra vida, sino que todo discurriera como por una senda bien llena de color y de luz. Pero ya sabemos cuál es la realidad de nuestra vida, pero también tendríamos que tener la sabiduría y la fortaleza para que nada de todo eso que nos sucede enturbie nuestra felicidad ni nos haga mermar la intensidad con que vivimos nuestra vida.
Pero fijémonos por ejemplo en un hermoso diamante que brilla en todas sus estrías y nos parece lleno de perfección; o si queremos en un bello objeto de oro que ha sido modelo para hacernos una hermosa figura y que resplandece también con su dorado color. Pero, ¿cómo han llegado a esos resplandores y a esos brillos?
Creo que todo sabemos que el diamante cuando sale en bruto de las entrañas de la tierra no tiene esos resplandores ni esas formas tan bellas; además realmente el diamante es un carbón que ha pasado por altísimas temperaturas que han logrado que se convierta en eso, en un brillante diamante y que ha tenido también que ser artísticamente tallado para lograr esos primores.
Lo mismo el oro; la pepita que se encontró en el cauce del río o donde se había excavado para encontrarla tampoco tenía esos brillos ni esas figuras que ahora vemos resplandecer; primero tuvo que pasar por el fuego del crisol que le purifique de todas las escorias adheridas al bello metal y luego trabajado por el artista en el taller para darle esa bella forma que ahora admiramos en hermoso y artístico resplandor.
Transportemos esas imágenes a lo que es nuestra vida. Somos por naturaleza más valiosos que el brillante diamante o el resplandeciente metal del oro. Pero también necesitamos pasar por la prueba que nos purifique, para que puedan resaltar las cualidades más bellas que puedan adornar nuestra vida. De eso nos ha hablado el sabio del antiguo Testamento en un hermoso mensaje.
‘Cuando te acerques al temor del Señor, comenzaba diciéndonos, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes en el momento de la prueba’. Somos como el oro que ha de pasar por el fuego del crisol; serán los problemas, las debilidades de la vida, la enfermedad quizá, la pobreza y las carencias que tenemos en la vida los que nos irán purificando y madurando en la vida. Pero si sabemos encontrarle un sentido y un valor a todo cuanto pasamos todo eso nos purificará, todo eso nos hará cada día más grandes, todo eso nos hará descubrir las cosas que son verdaderamente importantes.
Todas esas pruebas nos harán madurar más y más como personas, y si en ellas vemos también la mano del Señor seguro que nuestra fe crecerá, madurará, hará que nos sintamos cada día más fuertes en el Señor. ‘Confía en el Señor que El te ayudará; espera en El y te allanará el camino… el Señor es clemente y misericordioso, perdona el pecado y salva del peligro’.
Los malos momentos por los que pasamos en la vida no tienen por qué apartarnos de los caminos del Señor. Serán momentos dolorosos, pero con como el tallista que hace relucir los resplandores y brillos del diamante, porque nos ayudarán a sacar lo mejor de nosotros mismos y nos enseñarán a poner toda nuestra confianza en el Señor. La persona madura no se rebela contra la prueba sino que sabrá aprovechar cuanto le sucede para purificar y mejorar su vida. Siempre hay algo bueno que podemos sacar; siempre hay una lección para la vida que podemos aprender. Y por la fe que tenemos en el Señor encontramos también la gracia que nos fortalece, la gracia que nos ilumina, la gracia que nos ayuda a caminar, porque sabemos que el Señor siempre está a nuestro lado.
Nosotros además, mirando a Jesús, aprendemos también a darle un sentido y un valor a nuestros sufrimientos si sabemos unirnos al dolor y al sufrimiento de Cristo en su pasión convirtiéndolos en una ofrenda de amor. ‘Pégate al Señor, nos decía el sabio del antiguo testamento, no lo abandones, y al final serás enaltecido’.

lunes, 20 de mayo de 2013


Sabiduría de Dios, fe y oración

Eclesiástico, 1, 1-10; Sal. 92; Mc. 9, 13-28
Terminado el tiempo de la Pascua con la celebración ayer de Pentecostés retomamos el tiempo llamado Ordinario, aunque aun nos quedan celebraciones importantes en torno al misterio de Dios y de Cristo los próximos domingos con la Santísima Trinidad y Corpus Chisti. Pero ya en medio de semana retomamos la lectura continuada de la Palabra de Dios en la que iremos siguiendo los distintos evangelios; en estos días estamos en el evangelio de Marcos, mientras en la primera lectura iniciamos uno de los libros sapienciales, el libro del Eclesiástico.
Al hilo de la celebración de ayer con la venida del Espíritu Santo y este libro sapiencial que hoy iniciamos pidamos el Espíritu de Sabiduría, uno de los dones del Espíritu Santo, para que vayamos impregnándonos de la Palabra de Dios, inmersos en el misterio de Cristo en quien tenemos toda la salvación. Jesús nos prometía el envío del Espíritu que nos conduciría a la verdad plena y nos recordaría todo lo que Jesús nos había ido enseñando. Ahora cuando vamos escuchando el evangelio, cuando vamos escuchando la Palabra de Dios con ese espíritu de fe hemos de escucharla invocando al Espíritu divino que nos ayude a llevar a nuestra vida ese mensaje de salvación.
‘Toda sabiduría viene de Dios’, comenzaba diciéndonos el libro del Eclesiástico. Es la sabiduría y el poder de Dios que creó todas las cosas; pero Dios ha querido hacernos partícipes de su sabiduría cuando nos ha creado a su imagen y semejanza; nos ha dado esa capacidad de conocer y razonar, haciéndonos participes de su sabiduría y allá en lo más hondo de nosotros ha puesto esa inquietud del saber, del conocer.
El Creador y Sumo Hacedor ha puesto el mundo creado en nuestras manos para que con esas capacidades de inteligencia y voluntad con las que nos ha dotado continuemos la obra de la creación. Es el desarrollo y conocimiento de las cosas, es el descubrir el sentido de la vida y de todo  lo creado, es el avance que luego desde esos conocimientos, desde esa inteligencia con que nos ha dotado podemos ir realizando en la ciencia y el conocimiento. Siempre para el creyente todo ese avance producido por su inteligencia ha de tener como referencia a Dios que es el sentido último de todas las cosas. Todo siempre para el bien del hombre, de todo hombre, como es la voluntad del Creador y todo siempre para la gloria de Dios que es como nosotros hemos de corresponder.
Podíamos recordar cómo san Pablo llama a Cristo ‘Sabiduría del Padre’. Jesús es la Palabra revelada de Dios, la Revelación de Dios que se hace Palabra viva y Palabra que se hace carne. Es Jesús, el Hijo de Dios, que procede del Padre, quien conoce a Dios y quien nos revela a Dios. Y será en Cristo Jesús, entonces, en donde vamos a encontrar todo el sentido del hombre y de la vida. En Cristo se revela al hombre, a la humanidad, el verdadero sentido del hombre, de la humanidad. Cristo es nuestra verdadera sabiduría.
Una palabra, finalmente, del evangelio que se nos ha proclamado. Un hombre acude a los discípulos, en la ausencia de Jesús, para que curen a su hijo poseído por un espíritu inmundo; pero ellos no pueden realizar el milagro. Hay un diálogo hermoso entre el hombre y Jesús con una hermosa súplica por parte de aquel hombre ante la pregunta de Jesús de si cree. ‘Todo es posible para el que tiene fe’, le dice Jesús, a lo que el hombre suplica: ‘Tengo fe, pero dudo, ayúdame’. El milagro se realizará y el niño será curado. Los discípulos le preguntarán luego a Jesús: ‘¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?’ Jesús les explicará: ‘Esta especie solo puede salir con oración y ayuno’.
Hermoso mensaje y lección. Primero la fe, aunque tengamos dudas, pidámosle al Señor que nos aumente nuestra fe. Es un don de Dios que hemos de saber pedir también humildemente. Luego, la oración tan necesaria para superar nuestros males, para vencer las tentaciones, para apartarnos del mal. Tantas veces que tropezamos una y otra vez en la misma tentación y caemos en el mismo pecado nos tiene que hacer pensar en nuestra oración. ¿Nos habremos enfriado espiritualmente? ¿habremos abandonado nuestra oración?
Tengamos sed de Dios y busquemos esa agua de la gracia que El nos da; pero hemos de ir a la fuente, hemos de acudir a la oración, hemos de orar con insistencia al Señor, hemos de buscar cómo llenarnos de Dios, porque teniendo a Dios con nosotros nada ni nadie nos podrá vencer.

domingo, 19 de mayo de 2013


Llenos del Espíritu somos testigos de esperanza y vida para la Iglesia y para el mundo

Hechos, 2, 1-11; Sal. 103; 1Cor. 12, 3-7.12-13; Jn. 20, 19-23
‘Estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban’. Son los signos con los que se manifiesta el Espíritu. Vendrán luego las llamaradas, como lenguas de fuego, que se posaban encima de cada uno, el comenzar a hablar de manera que todos los entendían fuera la que fuera la lengua que hablaran o el lugar de donde procedían, el ardor de los apóstoles que antes estaban encerrados y que ahora salen a la calle y comienzan valientemente a hablar de Jesús.
El aire o el viento no se ve ni se puede palpar, pero sí se puede sentir, nos puede mover y arrastrarnos o hacernos estremecer; no sabemos donde está ni de donde viene pero sí podemos sentir sus efectos. Es el primer signo que sienten y experimentan de la presencia del Espíritu; tampoco lo vemos, pero si lo podemos sentir; nos cuesta entender de donde nos puede venir pero sí podremos experimentar sus efectos en nuestra vida; no es algo físico o palpable porque no es corporal ni material, pero sí puede transformar nuestra vida. Es Dios mismo que envuelve nuestra vida y moverá nuestro corazón hasta transformarlo. Estamos hablando del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad.
Fue una experiencia grande la que vivieron los apóstoles que estaban esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús y sus vidas se vieron transformadas. Sus vidas a partir de aquel momento parecía que estaban inflamadas por un fuego divino y se convirtieron en señales atronadoras para todos los hombres. Hoy vemos como la gente se arremolina en la calle en torno a los apóstoles; no habían visto nada, pero sí habían sentido todos las señales; ahora las señales están palpables en la manera de hablar de los apóstoles de modo que ya no había miedos que los encerrasen ni nada los podía paralizar y un lenguaje nuevo comenzaba a utilizarse de manera que todos los podían entender.
Estamos celebrando Pentecostés; estamos celebrando el gran milagro de la presencia del Espíritu ya no solo que vino sobre los apóstoles sino que fundaba la Iglesia que se sentía inundada de ese Espíritu de Jesús para anunciar su nombre a todos los hombres. Estamos celebrando Pentecostés, pero no solo el que sucedió cincuenta días después de la Pascua en que Cristo se entregó, sino el Pentecostés de todos los días y de todos los tiempos en que el Espíritu Santo se sigue manifestando en su Iglesia, sigue llenando el corazón de los fieles e inflamándolos del amor divino. Estamos celebrando Pentecostés hoy porque hoy se sigue manifestando el Espíritu y llenando también nuestros corazones. El Espíritu del Señor se sigue manifestando en nuestra vida. Hay un perenne Pentecostés del Espíritu sobre la vida de la Iglesia. Hemos de descubrirlo y sentirlo con fe.
Estaban reunidos nos dice el relator de los Hechos de los Apóstoles y nos dice también el evangelista. Algo muy significativo y que ha de movernos al compromiso. Estaban reunidos y se manifestó el Espíritu; se manifestó el Espíritu y comenzó a sentirse una comunión nueva porque nacía la Iglesia y llenos del Espíritu del amor ahora comenzaba un estilo nuevo de vida para los creyentes en Jesús que se convertirían en testigos de ese amor de Dios que se había manifestado en Jesús y que tendría que comenzar a manifestarse también a través de la vida los creyentes. En la unidad y para la unidad se manifiesta el Espíritu, se derrama el Espíritu Santo sobre la Iglesia, sobre todos los cristianos.
Es el Espíritu que se manifiesta para el bien común, como nos dice san Pablo. Somos diferentes, cada uno con sus carismas, con sus valores, con lo que es su vida, pero todos llamados a la comunión y a poner en común todo eso que es nuestra vida con la fuerza y la gracia del Espíritu. Lo expresamos también en la celebración cuando en la plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo nos congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo… llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
Es el Espíritu que nos santifica y  nos transforma, nos llena de gracia y nos hace partícipes de la vida de Dios, haciéndonos hijos  de Dios. ‘Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida’, que confesamos en el Credo de nuestra fe. Como el agua viva que Jesús ofreció a la samaritana junto al pozo de Jacob; como el vino nuevo que regaló a los novios de Caná; como el aceite que llenaba de vida y salud como usó el buen samaritano con el caído junto al camino; como el ungüento de misericordia y de alegría con que fue ungido Jesús como el Mesías de Dios y como somos ungidos nosotros para ser otros Cristos en medio del mundo. El Espíritu, Señor y dador de vida.
Es el mismo Espíritu que ungió a Jesús para anunciar la Buena Nueva a los pobre, para dar libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor y al que contemplamos a lo largo del evangelio liberando a todos los oprimidos por el diablo, dando vida y salud a cuantos acudían a El y alcanzándonos gracia y misericordia con su sangre redentora. Pero es el Espíritu que nos unge a nosotros con la misma misión de Jesús para que sigamos anunciando ese Evangelio de gracia y de salvación a todos los hombres, y para que vayámonos repartiendo por el mundo haciendo presente por nuestra obras el amor y la misericordia del Señor a cuantos sufren y vayamos realizando ese mundo nuevo que es el Reino de Dios.
No caben ya en nosotros los temores ni las cobardías; no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos sino que desde nuestra comunión de amor que vivimos intensamente por la fuerza del Espíritu en medio de la Iglesia salgamos al encuentro de nuestros hermanos para ser esos testigos del evangelio, para ser testigos del nombre de Jesús en quien alcanzamos la salvación, salvación que hemos de llevar a todos los hombres y de todos los tiempos. Ya nosotros podemos hablar el lenguaje nuevo del amor y de la paz, de la justicia y de la salvación que es para todos y todos pueden entender. Con nosotros está ya para siempre la fuerza del Espíritu que como don especial, como un Pentecostés especial para nuestra vida, recibimos en el Sacramento de la Confirmación.
La fuerza del Espíritu ha removido también nuestros corazones y nuestras vidas y ahora con nuestro testimonio tenemos que convertirnos en señales para todos los hombres de esa gracia y de ese perdón de Dios - recibimos el Espíritu para el perdón de los pecados, como escuchamos en el evangelio -; tenemos que convertirnos en testigos que anuncien y construyan ese mundo nuevo donde predomine ya para siempre el amor y la comunión, donde reine la paz, donde florezcan con nueva y grande vitalidad todos esos valores nacidos del evangelio que harán un mundo nuevo.
Significativo y comprometedor, decíamos antes, es el Pentecostés que estamos celebrando. Aquellos mismos signos que se dieron entonces tienen que seguirse dando en nosotros, tienen que seguirse manifestando en la Iglesia. Comprometedor porque no podemos celebrar Pentecostés de cualquier manera sino que viviéndolo intensamente nos sentiremos llenos del Espíritu, transformados por el Espíritu y necesariamente hemos de convertirnos en testigos de Jesús en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Somos profetas y testigos que ya no podemos callar; serán nuestras palabras, serán nuestras obras de amor y de justicia, será el compromiso serio que vivamos en medio de nuestra iglesia y de nuestro mundo por hacerlo mejor, por llenarlo de vitalidad, con lo que nos vamos a manifestar como testigos, con lo que tenemos que aparecer como profetas de Cristo en medio de nuestro mundo.
Es Pentecostés y no puede ser algo que vivamos de una forma anodina y mediocre sino que tiene que ser algo transformador y renovador de nuestra vida y de nuestro mundo. Es Pentecostés y hemos de sentir dentro de nosotros toda la fuerza del Espíritu que nos pone en pie ante nuestros hermanos para anunciar el nombre de Jesús. Es Pentecostés y llenos del Espíritu llenaremos de esperanza y vida nueva a nuestra Iglesia y a nuestro mundo.
Lo estamos sintiendo; se nos está manifestando de forma nueva en medio de la Iglesia. Un signo de esa presencia del Espíritu en medio de la Iglesia hoy es el Papa Francisco que nos ha regalado para bien de la misma Iglesia y para ser luz en medio de nuestro mundo.
Demos gracias a Dios por el gran regalo del Espíritu.