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sábado, 18 de mayo de 2013


Ven, Espíritu divino, inflama nuestra vida con la llama de tu amor

Hechos, 28, 16-20.30-31; Sal. 10; Jn. 21, 20-25
Lo que escuchamos en este texto es el final del evangelio de san Juan. Hace una referencia a Juan que seguía de cerca la conversación de Pedro con Jesús - la que escuchábamos ayer - del que  nos dice que era ‘el discípulo a quien Jesús tanto quería’, que ‘en la cena se había apoyado en el pecho de Jesús y le había preguntado, quién era el que lo iba a entregar’.  Y para concluir nos dirá ‘éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.  Y nos habla finalmente de la riqueza de la vida de Jesús ‘muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo’.
Así concluimos en este último sábado de Pascua el recorrido que hemos venido haciendo en el tiempo pascual tanto del libro de los Hechos de los Apóstoles, como del Evangelio de Juan que hemos leído con especial dedicación. En los Hechos de los Apóstoles hemos concluido con la llegada de Pablo a Roma a donde había sido conducido preso.
Mañana es Pentecostés, la gran celebración de la fiesta del Espíritu Santo. Creo que tendríamos que impregnarnos del espíritu de los Apóstoles que estaban reunidos en el cenáculo en la espera del cumplimiento de Jesús. Como hemos venido haciendo con especial intensidad durante toda esta semana seguimos pidiendo que venga el Espíritu Santo a nuestra vida; que riegue nuestra tierra en sequía, que nos haga arder el corazón con la llama de su amor divino, que despierte nuestro espíritu para que en verdad nos abramos a Dios y nos llenemos de su vida.
Creo que al igual que los apóstoles allá en el Cenáculo hemos de sentir la presencia de María, la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra a nuestro lado. Así nos lo contaba el libro de los Hechos de los Apóstoles cuando nos describe quienes estaban allí en Jerusalén siguiendo el mandado de Jesús de esperar la venida del Espíritu Santo que enviaría desde el Padre.
María era la mujer abierta de verdad a Dios que se dejó inundar por el Espíritu de manera que de ella nació el Hijo de Dios. Pero es el Espíritu de Dios la que la va conduciendo siempre por esos caminos de la fe y del amor. Así pudo decir sí a Dios con toda su vida, como lo hizo en Nazaret en la visita del ángel.
Pero fue el Espíritu divino el que la impulsó a ponerse en camino para ir a casa de su prima Isabel. Es el impulso del amor, del servicio, de la generosidad, del darse sin reservarse nada para sí. Cuánto tenemos que aprender de María. Es el Espíritu divino que le hacia tener los ojos abiertos para ver donde estaba la necesidad y el corazón caldeado para poner el amor del servicio y de la entrega.
Igual que el Espíritu Santo había abierto los ojos del corazón a Isabel para reconocer que quien venía a ella era la Madre de su Señor, fue también el Espíritu el que las impulsó a las dos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor. Que ese mismo Espíritu inunde nuestro corazón para que también desde lo más hondo de nuestra vida surja la más hermosa oración al Señor; es el Espíritu Santo el que inspira nuestras oraciones y nos permite que podamos llamar a Dios Padre, porque es el Espíritu también el que nos ha llenado de la vida de Dios para hacernos hijos de Dios. Es el Espíritu que está en nuestro corazón para que podamos confesar que Jesús es el Señor.
Ni nuestra oración, ni nuestra fe, ni nuestra vida tendría la hondura necesaria si le falta la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor. Nos hace profesar nuestra fe pero nos hace comprender con la mayor plenitud todo el misterio de Dios. De la misma manera que por la fuerza del Espíritu es como podremos amar con un amor como el que nos enseña Jesús, como el amor que El no tiene.
De María aprendamos a hacer la mejor oración al Señor. Pidamos con insistencia que venga a nosotros ese Espíritu del amor, ese Espíritu de la Sabiduría divina para comprender todo el misterio de Dios, ese Espíritu que nos llena de la gracia de Dios, ese Espíritu de piedad que nos permite amar a Dios con un amor filial.
Ven, Espíritu divino, inflama nuestras vidas con tu amor.

viernes, 17 de mayo de 2013


Un examen de amor con una carga fuerte de humildad

Hechos, 25, 13-21; Sal. 102; Jn. 21, 15-19
 Un examen de amor con una carga fuerte de humildad. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio en este diálogo entre Jesús y Pedro. En otros momentos había pasado una doble prueba de su fe; en una el resultado fue pleno porque hizo una hermosa confesión de fe, pero cuando tuvo que dar la cara y dar testimonio el resultado había sido negativo. Por eso ahora este examen de amor tenía que llevar una fuerte carga de humildad.
Pedro era siempre el primero en responder y en ofrecerse para todo. Ya estaba dispuesto a preparar tres tiendas en lo alto del Tabor porque la experiencia que allí estaba pasando era algo muy hermoso y quería estar allí para siempre, el primero en disfrutar de esa gloria del Señor. Fue el que se adelantó en nombre de los demás cuando Jesús preguntaba que es lo que ellos pensaban de El para hacer aquella hermosa confesión de fe.
En los anuncios que Jesús hacía en el Cenáculo no quería quedarse atrás, quería ir con Jesús a donde fuera o estaba dispuesto a todo por estar con Jesús. ‘Te seguiré adonde quieras… por ti estoy dispuesto a dar la vida’, pero cuando había llegado la prueba del testimonio se había echado para detrás y él no conocía al Maestro ni era de los suyos. Ya se lo había anunciado Jesús y le había dicho que no fuera presuntuoso, que había que templar el espíritu en la oración, pero se había quedado dormido.
Pero Jesús sigue confiando en Pedro, como sigue confiando en nosotros a pesar de tantas debilidades que tenemos y de que también tantas veces lo hemos negado. Resucitado Jesús va al encuentro de los discípulos en el lago y comienza probando la confianza que seguían teniendo en su palabra. Y efectivamente fiados de la palabra del que les hablaba desde la orilla, aunque no sabían bien que era Jesús, habían echado las redes como les pedía el desconocido.
Cuando Pedro se entera de que quien está en la orilla es Jesús de nuevo quiere ser el primero en llegar hasta Jesús y aunque apenas faltaban unos cien metros, se lanza al agua llegar pronto a los pies de Jesús. Ahora ya no se atreve a hablar, ni a hacer preguntas ni a hacer propósitos.
Y Jesús le pregunta por su amor, le pregunta si su amor es grande ‘¿me amas mas que estos?’ En otra ocasión le habría gritado su protesta de amor, pero ahora simplemente le dice ‘Sí, Señor, tú lo sabes, tu sabes que te quiero’. Y la pregunta se repite, para dolor en el corazón de Pedro, una segunda y una tercera vez. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’. Tres veces le había negado, tres veces ahora le habla de amor. ¿Se lo estará recordando Jesús? ¿se sentirá Pedro humillado porque reconoce que no había sido en la otra ocasión tan claro ni rotundo con su testimonio? Pero Jesús sigue confiando en él. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dice, aunque le anuncia que tendrá que pasar por momentos donde ha de dejarse guiar, dejarse hacer por los demás. ‘Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’.
Allí está la fe y está el amor de Pedro; allí está la manifestación de la humildad como para reconocer lo que había sido su debilidad. No podrá ahora Pedro ir presumiendo de valentías y preferencias. Pero allí está la grandeza de seguir dejándose guiar por Jesús. Allí está la maravilla y ya no es que Pedro ame a Jesús, sino que Pedro se sentirá amado de Jesús que sigue confiando en él. Si un día le había prometido que sería la piedra sobre la que se edificara su Iglesia, ahora Jesús sigue confiando en él para que siga siendo esa piedra fundamental, pero para que sea también el pastor que guíe y que alimente a sus ovejas, guíe y alimente al pueblo de Dios a él confiado.
Y nosotros ¿seremos capaces de hacer una profesión de fe así, de hacer una promesa de amor semejante y de dar el testimonio valiente cuando nos pregunten por nuestra fe? Es en lo que nos hace pensar este texto del Evangelio que escuchamos y ahora meditamos. Que crezca nuestra fe. Que nos sintamos envueltos por el amor de Dios para que amemos con su mismo amor. Que resplandezca nuestra vida, que resplandezcan nuestras obras de amor, para que con nuestro testimonio todos puedan dar gloria también al Padre del cielo. Seamos humildes ante el Señor reconociendo también que somos débiles.

jueves, 16 de mayo de 2013


Descienda sobre nosotros el Espíritu de fortaleza y comunión para que el mundo crea

Hechos, 22, 30; 23, 6-11; Sal. 15; Jn. 17, 20-26
‘Para que todos sean uno… para que el mundo crea que Tú me has enviado’. Es la oración que con toda intensidad Jesús hace al Padre en el momento previo a su prendimiento en Getsemaní. La unidad de los que creemos en Jesús que viene a ser motivo fuerte, razón grande para que el mundo crea.
Es una oración que forma parte de alguna manera de su agonía momentos antes de su entrega. Qué importante y necesaria esa unidad. La división de los discípulos provoca incredulidad en quienes nos ven o nos escuchan. Proclamamos un mensaje que perdería credibilidad por el antitestimonio que nosotros daríamos con nuestra desunión. Sigue siendo así hoy. Los que nos ven podrían decir que muy importante no es lo que nosotros les enseñamos o trasmitimos si luego entre nosotros no hay esa verdadera comunión de amor. Porque el evangelio que nosotros les vamos a anunciar, la buena nueva que queremos trasmitirles es el amor de Dios y si nosotros no vivimos en ese amor, será que nosotros le estaríamos dando poca importancia, ¿cómo nos van a creer?
Creo que esto es algo que tendría que preocuparnos seriamente a los que creemos en Jesús. Si de verdad lo seguimos necesariamente tenemos que crear lazos de comunión entre todos; tenemos que amarnos de verdad superando todos los obstáculos que nos puedan aparecer a causa de nuestros egoísmos o nuestros orgullos. Cómo se nos endurece el corazón tantas veces y vamos creando divisiones, enfrentamientos la mayor parte de las veces por cualquier cosilla que si la analizamos sensatamente nos damos cuenta que realmente son minucias; pero son como esas piedrecillas que se nos meten en el calzado y nos molestan y no nos dejan caminar bien. Y claro, los no creyentes que nos ven se preguntarán si de verdad creemos en lo que anunciamos, cuando tan poca importancia le damos luego en la vida a un amor autentico.
Cuando pensamos en esa falta de unidad nos es fácil pensar en las grandes divisiones entre los cristianos en las diferentes Iglesias desde tan diferentes momentos de la historia de la Iglesia pero que se han perpetuado a través de los siglos. Es el gran escándalo de los cristianos y por la unidad de todas las Iglesias tenemos que trabajar y sobre todo tenemos que orar mucho. Pero eso  no puede ser una excusa para no mirar esas otras divisiones, que nos pueden parecen pequeñas, cuando en el seno de nuestras propias comunidades no hay la suficiente unidad y comunión. Es triste que en nuestras pequeñas comunidades cristianas ahí donde hacemos nuestra vida de creyentes de cada día haya esa falta de comunión.
Pero tenemos que aterrizar aún mucho más para darnos cuenta de esa falta de comunión y amor de hermanos que tenemos muchas veces con los que están a nuestro lado, porque no los amamos lo suficiente, porque guardamos nuestras rencillas y rencores en el corazón, o nos movemos muchas veces desde la envidia, la ambición, el orgullo y la insolidaridad.
Estamos en estos días pidiendo con insistencia que venga sobre  nosotros el Espíritu Santo prometido por Jesús que nos enviaría desde el seno del Padre. Es lo que queremos celebrar el próximo domingo con Pentecostés. Pidamos, sí, que descienda sobre nosotros ese espíritu de fortaleza y comunión; y digo fortaleza para que sintamos la fuerza de la gracia del Señor que nos ayuda a superar todas esas cosas que crean división o distanciamiento entre nosotros; con la fuerza del Señor podremos lograr avanzar por esos caminos de comunión, de amor verdadero, de paz, y así seremos un buen testimonio ante el mundo que nos rodea, como nos pide hoy Jesús en el evangelio. Será el Espíritu del Señor quien nos conduzca por caminos de unidad y de comunión. Es uno de los frutos del Espíritu en nuestro corazón que hemos de cultivar.

miércoles, 15 de mayo de 2013


Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad…

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
En estos últimos días de pascua estamos escuchando en el evangelio, en los días en medio de la semana, la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Habríamos comenzado ayer pero por la celebración de fiesta del Apóstol San Matías no lo hicimos.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos manifiesta su deseo de estar siempre con nosotros, y nos va enseñando al mismo tiempo cómo nosotros hemos y podemos vivir en El. Al final del Evangelio en la Ascensión nos prometerá, como nos dice el evangelio de san Mateo, que estará siempre con nosotros ‘todos los días hasta el fin del mundo’.
Pero estas palabras que escuchamos estos días en la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo realmente son palabras consoladoras para los que creemos en El y queremos permanecer unidos a El. Sin ocultarnos que no nos será fácil vivir en medio del mundo testimoniando nuestra fe y queriendo vivir unidos a El porque el mundo no nos aceptará, porque no nos verá como los suyos, nos consuela diciéndonos que ora por nosotros al Padre. ‘Padre Santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros’. Esta petición por la unidad de los que creemos en Jesús se repetirá a lo largo de la oración.
Ha pedido para que alcancemos y permanezcamos en la vida eterna que consiste en que conozcamos al Padre como único Dios verdadero y reconozcamos a Jesús, como su enviado. Y ruega Jesús por nosotros para que mantengamos esa fe y podamos alcanzar la vida eterna. Nos habla de cómo cuidaba a los suyos mientras estaba en el mundo, pero ahora que vuelve al Padre no quiere que nadie perezca. Por eso le habíamos escuchado anunciarnos y prometernos la presencia de su Espíritu, que será nuestro guía y nuestra fortaleza, la luz de nuestra vida y nuestra sabiduría, el que estará allá en lo más hondo de nuestro corazón y el que inspirará también nuestra oración al Padre.
Por eso nos dirá que nos habla de todo esto para que no nos falte la alegría más honda de nuestro corazón. Y cómo no la vamos a sentir cuando de tal manera nos sentimos amados por Dios, de qué manera estamos en el corazón de Cristo que inundará nuestro corazón de su gracia y de su vida. ‘Ahora voy a ti, dice en su oración, y digo esto en el mundo, para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida’.
No nos podemos sentir solos. Cuando hemos hablado y reflexionado de cómo se sentían los apóstoles y discípulos cuando Jesús les hablaba de su vuelta al Padre, o de cuáles podían ser los sentimientos en el momento de la Ascensión al cielo, hemos ido escuchando las palabras de Jesús asegurándonos su presencia para siempre, como ya hoy también hemos dicho. Para ellos nos enviará su Espíritu; para ello hoy le escuchamos en esta hermosa oración de Cristo sacerdote por sus discípulos.
No nos podemos sentir solos, decíamos, porque viene a nosotros el Espíritu divino que nos consagra y nos santifica. Signo de ello, como tantas veces hemos dicho, la unción que hemos recibido en los sacramentos sobre todo del Bautismo y de la Confirmación. Estamos ungidos, estamos consagrados, estamos llamados a vivir santamente nuestra vida porque teniendo al Espíritu Santo en nosotros nos sentimos santificados con su gracia para vivir con toda fidelidad nuestra fe y nuestro amor.
Lo que ha sido consagrado ya no podrá dedicarse a otra cosa que no sea santa; si hemos sido consagrados desde la unción de nuestro bautismo así ha de ser nuestra vida en consecuencia. Por eso el cristiano lucha por estar siempre alejado del pecado, por no sucumbir en la tentación. No nos faltará la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor. Eso viene a significar también esa unción que recibimos, como un escudo protector que nos previene y nos defiende de todo ataque del mal.
‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad… por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren en la verdad’. Que sintamos ese escudo de la gracia que nos protege y nos defiende. Que nunca nos alejemos de esa vida de Dios para que todo sea siempre para la gloria del Señor. 

martes, 14 de mayo de 2013


Elegidos con especial predilección de Dios que nos concede su Espíritu

Hechos, 1, 15-17.20-26; Sal. 112; Jn. 15, 9-17
‘No sois vosotros los que me habéis elegido, dice el Señor, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayais y deis fruto, y vuestro fruto dure’. La elección es de Dios, es una predileccion de amor.
Celebramos hoy a San Matías, apóstol. No formaba parte del grupo originario de los Doce que el Señor había llamado un día por sus nombres. Pero era de los que seguían a Jesús desde el principio y que había sido testigo también de la resurrección del Señor. recordemos que cuando se habla de las apariciones de Cristo resucitado no solo se habla de los doce, sino también de apariciones a más discípulos que estaban reunidos. Ahora con el fallo de Judas había de ser elegido quien lo sustituyera. Ya hemos escuchado las palabras de Pedro en la lectura de los Hechos de los Apóstoles y de cómo procedieron a su elección y cuales eran, por así decirlo, las condiciones.
Todo esto sucedía mientras estaba el grupo de los apóstoles reunidos en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu. Jesús les había dicho, como escuchamos el pasado domingo cuando la celebración de la Ascensión, que no se marcharan de la ciudad, que permanecieran en Jerusalén, donde en pocos días serían bautizados con el Espíritu Santo. Allí están reunidos los Once, más discípulos y también María, la madre de Jesús.
Las circunstancias de este año ha hecho que coincida la fiesta de san Matías en la semana qie media entre la celebración de la Ascensión, el pasado domingo, y Pentecostés que celebraremos el próximo domingo. Cuando hoy celebramos la fiesta de este Apóstol asi elegido para formar parte del grupo de los Doce nosotros queremos sentirnos en ese mismo espíritu y deseo, prepararnos también para la celebración de Pentecostés.
Queremos sentir cómo se renueva en nosotros la fuerza del Espíritu Santo, con cuyo sello hemos sido ya marcados desde nuestro bautismo que nos convirtió en templos del Espíritu Santo, y en el Sacramento de la Confirmación en que de manera especial recibimos del don del Espíritu que nos fortalece en nuestro camino de fe y nos convierte en testigos de Jesús ante el mundo.
Esa gracia del Señor que recibimos en el Sacramento de la Confirmación es algo que hemos de renovar y revitalizar en nuestra vida. Es un regalo que nos ha hecho el Señor, por eso decimos gracia, en esa especial elección que El nos hace y nos llama para que estemos junto a El. Nos puede suceder que como fue un Sacramento que recibimos quizá en nuestra niñez o a lo sumo como ahora se hace habitualmente en los inicios de la juventud, puede ser que hasta se nos quede olvidado en el recuerdo y así olvidemos esa gracia que el Señor nos ha regalado.
que comenzar por recordar más ese sacramento que, como es su sentido en el camino de neustra vida de creyentes y seguidores de Jesús, viene a completar esa iniciación cristiana que nos introducía en el camino de la fe y en la pertenencia plena a la Iglesia. Algunas personas, que no valoran lo suficiente este sacramento, lo miran algunas veces como un puro trámite y hasta se preguntan para qué realmente nos sirve. Denota un pensamiento así la pobreza de nuestro espíritu y la pobreza de nuestra vida cristiana y pertenencia eclesial.
Recibir este Sacramento de la Confirmación con el Bautismo y la Eucaristía - son los tres sacramentos de la llamada iniciación cristiana - es lo que nos lleva a la plenitud de nuestro ser cristiano y nuestra pertenencia a la Iglesia. Solo quienes hayan completado debidamente esta iniciación serían los que tendrían, por así decirlo, derecho a la recepción de los otros sacramentos y a ejercer diversos ministerios dentro de la Iglesia. 
Algunos se preguntan por qué me exigen que para poder ser padrino de un sacramento se esté confirmado. Aquí tenemos la razón, solo quien ha completado debidamente su iniciacion en la vida cristiana y pertenencia a la Iglesia podrá con todo sentido y valor acompañar a otros en ese mismo camino, que eso es lo que realmente significa ser padrino, por ejemplo. Quien tiene plenamente el don del Espíritu que se recibe en la Confirmación tendrá la fuerza de la gracia necesaria para ser ese testigo de Jesús luego en el ministerio que ejerza con los demás miembros de la Iglesia. Claro que completar esa iniciaciòn cristiana y recibir en consecuencia el sacramento de la Confirmación no lo podemos ver como un mero trámite sino como un camino hecho de manera consciente y responsable para seguir plenamente a Jesús. Cosa que muchas veces nos falta.
Celebrar Pentecostés como lo vamos a hacer el proximo domingo, es recordar y renovar esa gracia que ya hemos recibido en el Sacramento de la Confirmación; es celebrar y dar gracias a Dios por el don que nos ha hecho cuando hemos recibido su Espíritu. Y todo eso, como decíamos, por ese especial amor que el Señor nos tiene que así nos ha elegido.

lunes, 13 de mayo de 2013


Una auténtica confesión de fe en el Espíritu Santo

Hechos, 19, 1-8; Sal. 67; Jn. 16, 29-33
Estamos en el tercer viaje de san Pablo, y tras atravesar toda la meseta de Asia Menor llega a Éfeso, una ciudad muy importante en el mundo antiguo grecorromano por su cultura y por sus riquezas. Allí había estado Apolo, del que escuchamos hablar en días anteriores que ahora había marchado a Corinto.
Ahora cuando Pablo pregunta al grupo de discípulos que se encuentra en Éfeso si han recibido el Espíritu Santo, ni siquiera han oído hablar del Espíritu Santo. Ellos solo habían recibido el bautismo de Juan, que solo era un primer signo de conversión como preparación para el que había de venir, como preparación para la llegada de Jesús. Aquellos discípulos de Éfeso no habían llegado a ese momento de la conversión. Y sucede algo semejante a lo que le sucedió a Apolo que aunque hablaba de Jesús sin conocer plenamente a Jesús como para convertirse a El. Es la tarea que Pablo ahora realizará con aquellos discípulos de Éfeso hasta llegar al Bautismo. Cuando son bautizados ‘bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’.
Seguimos haciendo el recorrido de los viajes de Pablo y contemplando su intensa tarea evangelizadora. Poco a poco se irá propagando el Evangelio por la fuerza del Espíritu que es el que conduce a la Iglesia, el que está en el corazón de aquellos apóstoles y misioneros para sentir su fuerza para la obra que han de realizar.
Esta acción del Espíritu en la vida de la Iglesia nos viene muy bien el considerarla, el reflexionar sobre ello; por una parte en esta última semana de Pascua, en las vísperas ya de la celebración de Pentecostés, que nos ayude a prepararnos debidamente para esa gran fiesta del Espíritu que vamos a celebrar. Y por otra parte para que seamos en verdad conscientes de quien es el que guía la vida de la Iglesia.
Hay varias tentaciones que nosotros podemos sufrir también. La primera, por empezar por alguna parte, el que no demos importancia a la acción del Espíritu en nuestra propia vida, porque quizá tengamos un gran desconocimiento sobre el Espíritu Santo. Damos por sentado que lo conocemos, cuando recitamos el credo para profesar nuestra fe, por supuesto hacemos mención del Espíritu Santo, pero para nosotros, como lo fue para aquellos discípulos de Éfeso, sea también el gran desconocido.
A lo más, como le sucede a algunos se les puede quedar en una devoción más para personas piadosas que igual que le tienen devoción a una determinada imagen de la Virgen o a cualquier santo, ahora, podríamos decir, está de moda también tener devoción al Espíritu Santo. Iremos reflexionando estos días preparatorios a Pentecostés sobre ello.
Y por otra parte en referencia a la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia, nos sucede algo parecido. Muchas veces nos hacemos nuestros juicios sobre lo que sucede en la Iglesia o lo que es la vida de la Iglesia, y parece que anduviésemos con parámetros no solo demasiado humanos sino cargados hasta de unos tintes de interés político. Así incluso cuando se hablaba de la elección del nuevo Papa ahora recientemente, para muchos carentes de fe, y de una verdadera fe con sentido eclesial, les podría parece que la elección del Papa era como una carrera electoral a la manera de lo que es la vida política.
Es cierto que la Iglesia está constituida por hombres, pero siempre con ojos de fe tenemos que ver todo lo que sucede a la Iglesia y es ahí donde tenemos que saber descubrir la acción de Dios, la guía del Espíritu Santo que es el que verdaderamente conduce la vida de la Iglesia, aunque se valga de nosotros los hombres.
Volvemos a repetir lo que decíamos; que no nos suceda como a aquellos discípulos de Éfeso que decían a la pregunta de Pablo: ‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. No olvidemos el credo de nuestra fe: ‘creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas…’ Que sea auténtica nuestra confesión de fe y en este año de la fe en que estamos nos sirva para una renovación de esa confesión de fe y en una profundización en todo el misterio del Espíritu Santo.

domingo, 12 de mayo de 2013


La Ascensión, fiesta grande de esperanza que nos hace testigos de una presencia nueva de Cristo entre nosotros

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Hebreos, 9, 24-28; 10, 19-23; Lc. 24, 46-53
Hemos escuchado el relato que nos hace san Lucas tanto en los Hechos de los Apóstoles como en el evangelio de la Ascensión del Señor. Con gozo grande estamos hoy celebrando la gloria del Señor. También quizá nosotros como los apóstoles en el Monte de los Olivos nos hemos quedado extasiados contemplando su vuelta al Padre, como lo había anunciado repetidamente en la última cena.
‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, fue el grito que les hacía volver en sí de su ensimismamiento de aquellos dos hombres vestidos de blanco que de repente se presentaron ante ellos. Pero quizá era una reacción totalmente natural. Era una despedida y ya sabemos que las despedidas son dolorosas. Nos quedamos viendo marcharse y alejarse a quien hemos despedido como si deseáramos que una vez más se vuelva hacia nosotros para tener algún nuevo gesto de su adiós o como si deseáramos que volviese de nuevo junto a nosotros. Siempre recuerdo en mi infancia lo doloroso y traumático de la despedida primero de mis hermanos, luego de mi padre cuando marcharon a Venezuela; nos quedábamos allá junto al malecón del muelle viendo alejarse el barco como si en la lejanía todavía nos siguieran haciendo el gesto de despedida con la mano.
Así estaban los apóstoles ensimismados. ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’. ¿Palabras de consuelo que tratan de animar a quien está triste por la despedida? ¿o palabras que despiertan de verdad esperanza? Ya nos lo había enseñado Jesús. Nos había dicho que estaría siempre con nosotros. Pero ahora era de una manera nueva, tendríamos que tener otros ojos, otra mirada para descubrirle, para verle, para sentirle. Ahora necesitaríamos mucho más de la fe.
‘No os alejéis de Jerusalén’, les había dicho. ‘Quedaos en la ciudad hasta que recibáis fuerza de lo alto… aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre de la que os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’.
Jesús sube al cielo, como decíamos en el salmo ‘Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas’; es la vuelta de Jesús al Padre como nos lo había anunciado. ‘Es el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte que asciende a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos’.  Pero no se desentiende de nosotros porque su presencia por la fuerza del Espíritu prometido va a estar para siempre con nosotros. Es la presencia nueva y viva que podemos sentir y experimentar, que viviremos en cada uno de los sacramentos; es la presencia viva que por la fuerza del Espíritu podremos experimentar cuando amamos de verdad a los hermanos. ‘El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’, que le decían los ángeles a los apóstoles.
Pero Jesús nos está además confiando una misión al mismo tiempo que su ascensión los está levantando a nosotros hacia lo alto. Su victoria es nuestra victoria y en su victoria en su gloriosa ascensión nos está diciendo cómo nosotros hemos de ir realizando esa ascensión en nuestra vida para que sea victoria como la de él.
Por la fuerza del Espíritu sentiremos cómo nosotros somos llevados a lo alto, cómo nosotros hemos de emprender también una ascensión en nuestra vida. Es ese crecer de nuestra vida cada día con más fe y con más amor; es ese crecer de nuestra vida superando vicios, apegos y ataduras; es ese crecer cuando somos capaces de llenar nuestro corazón de amor y de misericordia para ser compasivos con los demás, para saber perdonar, para saber confiar en el otro; es ese crecer en nuestra vida cuando ahondamos más y más abriéndonos a un espíritu de oración y de escucha atenta a la palabra del Señor; es ese crecer cuando somos capaces de darnos y de sacrificarnos por los demás, por causas nobles y bellas, por la búsqueda de la verdad; es ese crecimiento interior cuando somos portadores de paz y constructores de reconciliación allí en medio de nuestros hermanos; es ese crecimiento en la búsqueda de lo bueno, de lo justo con un corazón generoso y lleno de amor.
Es una tarea que día a día hemos de ir realizando aunque nos suponga esfuerzo y superación porque no nos queremos quedar en una vida ramplona y sin ideales para luchar por un mundo mejor. Es la tarea de la construcción del Reino de Dios que hemos de ir realizando y para lo que Jesús en su marcha al cielo nos ha dejado el testigo en nuestras manos que no podemos de ninguna manera rehuir ni dejar a un lado. Es la misión que Jesús nos ha confiado y para lo que nos ha dejado la fuerza de su Espíritu.
‘En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén’, escuchamos que Jesús les confía a sus apóstoles, nos confía a nosotros antes de la Ascensión. Por eso, aunque sentimos deseos de quedarnos extasiados mirando al cielo, sin embargo hemos de seguir mirando al mismo tiempo a ras del suelo para ver ese mundo donde tenemos que hacer ese anuncio, para ver a esos hermanos a los que tenemos que anunciarles el nombre de Jesús, pero para ver también los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, en tantos que están caídos a la vera del camino y que como aquel buen samaritano de la parábola hemos de saber bajarnos de nuestra cabalgadura para con el vino y el aceite de nuestro amor, de nuestra generosidad, de nuestro compartir sanar sus heridas, sanar las heridas de nuestro mundo.
Hemos de ser testigos de Cristo muerto y resucitado llevando más amor a nuestro mundo porque es lo que verdaderamente lo podrá transformar; hemos de ser testigos de misericordia y de fraternidad, de comunión y de paz entre nuestros hermanos siendo de verdad instrumentos de reconciliación.
Cristo nos envía a anunciar la Buena Noticia, con la misma misión que El recibió del Padre, para evangelizar a los pobres, para sanar corazones desgarrados, para ayudar a la más profunda liberación de tantas esclavitudes en que vive inmerso nuestro mundo. A un mundo que padece de tristeza y angustia nosotros hemos de predicar la alegría y la esperanza; a un mundo desorientado que no encuentra caminos de redención nosotros tenemos que anunciar que Cristo es el Camino y la Verdad y la Vida; a un mundo dividido y roto por las guerras, los enfrentamientos y los egoísmos ambiciosos nosotros tenemos que trabajar por la paz y la reconciliación y señalar que el amor es la mejor senda para hacer un mundo nuevo; a un mundo lleno de injusticias y maldades que sigue esclavizando a los más débiles nosotros tenemos que anunciarles la verdadera liberación que en Cristo podemos encontrar. A un mundo que vive sin Dios, al margen de Dios, nosotros hemos de hacerle ver que en verdad Dios está en medio de nosotros.
Y todo eso lo realizamos con esperanza, con la fe cierta de que la victoria de Cristo que hoy celebramos en su Ascensión es también nuestra victoria, porque no estamos solos, porque el Espíritu de Cristo está con nosotros y El es nuestra fuerza y nuestra luz; en El encontramos la gracia y tenemos la fortaleza y el valor para realizar esa lucha por ese mundo mejor. ‘El ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino’, como decimos en el prefacio.
‘Mientras Jesús bendiciéndolos se separó de ellos subiendo al cielo, ellos se postraron ante El y se volvieron a Jerusalén con gran alegría’. Es la alegría, la fiesta grande que también nosotros hoy celebramos en su Ascensión. No nos caben las tristezas porque la ascensión no es una despedida llena de amarguras, sino que es aprender a descubrir y a sentir esa presencia nueva de Cristo entre nosotros para hacerlo también cada día más presente en nuestro mundo.

sábado, 11 de mayo de 2013


El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis, y creéis en mí

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Jn. 16, 23-28
‘Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo… hombre elocuente y muy versado en la Escritura… aunque no conocía más que el bautismo de Juan, exponía la vida de Jesús con mucha exactitud…’ pero fue necesario que Priscila y Aquila lo tomaran aparte y ‘le explicaran con mayor detalle el camino de Jesús’.
Sabía muchas cosas de Jesús - ‘exponía la vida de Jesús con mucha exactitud’ - pero no era lo suficiente. Aunque sabía cosas su corazón no estaba en verdad convertido al Señor. ‘No conocía más que el bautismo de Juan’, no había oído hablar del Bautismo en el cual Jesús había mandado que se bautizasen quienes escuchasen la palabra y convirtieran su corazón al Señor; no había aun descubierto toda la riqueza de la salvación de Jesús.
No nos es suficiente conocer o saber cosas cuando nuestro corazón está lejos. El acto de fe en Jesús no se queda solo en un conocimiento sino en una conversión por un encuentro vivo con el Señor. Y es que la fe es vida, vivir la vida de Jesús. Y viviremos la vida de Jesús cuando nos dejemos encontrar por su amor que es el que nos conduce de verdad a vivir la salvación, porque nos conduce a la fe. Hablamos, es cierto, de que es necesario crecer en ese conocimiento de Jesús, en ese conocimiento del misterio de Dios y que es necesario saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; pero  no es solo por el camino de las ideas o de los pensamientos sino desde la experiencia del amor que nos conduce a la fe.
De eso nos ha hablado Jesús en el evangelio. Seguimos escuchando las palabras de Jesús en la última cena, en aquella sobremesa como hemos dicho y comentado. Nos habla Jesús de la confianza con que hemos de orar a Dios haciéndolo en el nombre de Jesús, como tantas veces también hemos reflexionado. Y nos dice: ‘Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Y nos habla también de su vuelta al Padre. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Bien nos viene recordar estas palabras precisamente en la víspera de la Ascensión del Señor que estamos a punto de celebrar. Ha cumplido su misión y vuelve al Padre.
Pero vayamos a lo que veníamos comentando. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis, y creéis en mi’. Una experiencia de amor y de fe. Dios nos ama y nosotros respondemos amando a Dios, pero como eje y como conclusión de todo ese amor nuestra fe en Jesús. Es necesario llegar a vivir esa experiencia de amor porque nos sentimos amados de Dios; un amor que nos lleva al encuentro, a la reciprocidad; pero un amor desde el que va a surgir una fe firme, una fe bien fortalecida, que nos llevará a que aun seamos más amados de Dios.
Una fe y un amor que no surge simplemente porque racionalmente nosotros sepamos muchas cosas. Es desde esa experiencia de encuentro vivo de amor cuando vamos a vivir plenamente la salvación. Esto es algo que necesitamos experimentar con mucha fuerza los cristianos y seguro que nuestra vida sería más comprometida con nuestra y seríamos mas congruentes y consecuentes. Muchas veces vivimos nuestra vida cristiana con frialdad, simplemente dejándonos llevar como por la inercia y nos falta auténtica vitalidad. Así vemos entonces que nuestras celebraciones resultan frías y parece que les falta vida.
Tenemos que aprender a sentir ese calor del amor que nos haga entusiastas como los enamorados. Cuando nos personas, un hombre y una mujer están enamorados, sus vidas parece que están llenas de una vitalidad y de una alegría diferente y querrán vivir siempre el uno para el otro buscando siempre lo mejor para su enamorado o enamorada. Tenemos que sentirnos enamorados de Dios cuando experimentamos todo el amor que nos tiene y entonces nuestra vida cristiana tendrá más vitalidad, y en verdad seremos siempre para el Señor buscando su amor y buscando su gloria.

viernes, 10 de mayo de 2013

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

Mt. 5, 13-19
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.
Este mandato de Jesús a todos  nos afecta, porque ser sal o ser luz en medio del mundo es lo que tiene que ser todo cristiano por el resplandor de su santidad, por el brillo de su fe y por las obras del amor que han de envolver toda su vida. Es cierto que no es ni nuestra sal ni nuestra luz la que tenemos que trasmitir, sino que será siempre el sabor de Cristo, la luz de Cristo la que tiene que iluminarnos y de tal manera hemos de acoger esa luz que así brillemos delante de los demás por nuestra santidad para que todos puedan dar gloria a Dios.
Pero estos textos de la Palabra de Dios los estamos escuchando en esta celebración en la que hacemos memoria y fiesta de un santo que así brilló con esa luz de Dios en medio de su mundo y así supo trasmitir ese sabor de Cristo a cuantos le rodeaban. Nos referimos a san Juan de Ávila, nuestra gran santo español, reconocido como doctor de la Iglesia recientemente por el Papa. Hoy queremos hacernos esta reflexión desde la Palabra de Dios contemplando su figura.
El Maestro Ávila, como así se le llamaba en su tiempo, fue en aquellos tiempos del siglo XVI una gran luz que brilló en nuestra tierra española con especial brillo y esplendor. Hoy la Iglesia lo reconoce como doctor de la Iglesia porque la solidez de su doctrina iluminó entonces y sigue iluminando aún la vida de la Iglesia con sus enseñanzas y su magisterio.
Nacido en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) muy jovencito marcha a la universidad de Salamanca a estudiar leyes. Pero aquello no le satisfacía a su espíritu y se vuelta a su tierra en la que pasará varios años de retiro y reflexión tratando de descubrir qué era lo que el Señor quería de él. Finalmente irá a la universidad de Alcalá (eran las dos grandes universidades de su tiempo) para estudiar teología y prepararse para el sacerdocio. No habían seminarios entonces para la formación de los futuros sacerdotes; será un fruto del Concilio de Trento - recuerdo que a nuestro seminario se le llamaba seminario conciliar - y será tarea en la que se embarcará con gran ahínco creando colegios para la formación de los futuros sacerdotes, principio y origen también de otras universidades.
Pero no adelantemos las cosas, porque una vez ordenado sacerdote marcha a Sevilla con intención de embarcar para América, para Nueva España - México - en concreto, pero el arzobispo de Sevilla al oírle predicar, le convence de que sus Américas estaban en España y en concreto en Andalucía. Apóstol de Andalucía se le reconoce porque a lo largo y a lo ancho de aquellas tierras se dedicó a la tarea de la evangelización hasta la hora de su muerte. Intensa fue su tarea evangelizadora y que nos puede servir de estímulo cuando tanto hablamos hoy en la Iglesia de una nueva evangelización.
Como hemos mencionado instituyó diversos colegios sacerdotales tanto para la preparación de los que aspiraban al sacerdocio como la formación continuada de los mismos sacerdotes. Es por eso por lo que en el siglo pasado, siendo aun Beato, el Papa Pío XII le declaró patrono del clero secular español. Pablo VI lo canonizó y Benedicto XVI lo reconoció como doctor de la Iglesia, según ya antes hemos mencionado.
Apóstol y misionero recorría pueblos y pueblos predicando y anunciando la Palabra de Dios, dirigiendo espiritualmente a cuantos se acercaban a él porque era un sacerdote de profunda espiritual sacerdotal y que resplandecía por su santidad. Santos como san Juan de Dios o san Francisco de Borja se convirtieron al Señor escuchando su predicación y siguiendo sus consejos y santos como Teresa de Jesús o el mismo Ignacio de Loyola recibían sus consejos para su propio progreso espiritual.
¿Dónde encontraba él la fuente de su espiritualidad y la fuerza para la inmensa tarea pastoral que realizaba? En la Oración y en la Eucaristía. Ya hemos mencionado que de joven se retiró varios años, abandonando sus estudios de leyes, para orar y reflexionar descubriendo lo que era la voluntad del Señor para su vida. Espíritu de oración que vivía con toda intensidad cada día a lo que dedicaba mucho tiempo y celebración fervorosa y de muy intensa devoción de la Santa Misa cada día, eran sus fuentes que nunca abandonó y que le llevó por esos caminos de santidad.
Así pudo llenarse de la sabiduría de Dios y resplandecer por su santidad. Así es para nosotros un testigo y un ejemplo que nos da testimonio de cómo nosotros hemos de crecer en esa espiritualidad que sea el verdadero fondo de nuestra vida. Ejemplo para lo sacerdotes, pero ejemplo también para todos los cristianos que, como decíamos al principio, hemos de ser luz, con la luz de Cristo, en medio de nuestro mundo, llevando la sal del evangelio que dé profundo sabor y sentido a neustras vidas.

jueves, 9 de mayo de 2013


Nuestra tristeza se convertirá en gozo porque vemos a Cristo Jesús de una forma nueva con la fe

Hechos, 18, 1-8; Sal. 97; Jn. 16, 16-20
‘Estáis preocupados por el sentido de mis palabras: dentro de poco dejaréis de verme, pero dentro de otro poco volveréis a verme’, les dice Jesús. Y trata de explicarles. Nosotros también podríamos sentirnos confusos con las palabras de Jesús, pero tratemos de situarlas en el contexto concreto en que fueron dichas.
Estamos en lo que podríamos llamar la sobremesa de la última cena; va a comenzar la pasión que le llevaría a la cruz y a la muerte. Pero bien sabemos que Jesús tras su muerte anuncia siempre su resurrección; era lo que continuamente les venía anunciando. Ahora llega el momento de la pascua que era algo más que aquella cena del cordero pascual que estaban comiendo, porque se iba a realizar la verdadera pascua, la definitiva y eterna en su entrega hasta la muerte; pero nosotros no contemplamos solamente a Jesús muerto, sino que siempre hablamos también de su resurrección.
¿Podemos entender ahora mejor las palabras de Jesús ‘dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco volveréis a verme’? Podríamos decir que una vez más nos está hablando de su muerte y su resurrección. Ahora le veremos de forma nueva, porque ahora sí que le veremos auténticamente como nuestro Salvador y Redentor.
Les habla también de su vuelta al Padre. Recordemos que el evangelista Juan - es el evangelio que ahora estamos también escuchando y comentando - cuando va a comenzar la pasión de Jesús que El introduce con la cena del Cordero Pascual nos había dicho: ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es la hora de dejar este mundo, es la vuelta al Padre.
Precisamente dentro de unos días con la liturgia vamos a celebrar la Ascensión del Señor al cielo. Escucharemos en el evangelio de Marcos ‘el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios’. Es también lo que confesamos en el Credo: ‘subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’.
Hoy nos dice: ‘dentro de poco dejaréis de verme, y dentro de otro poco volveréis a verme’, pero ahora le veremos de forma nueva. Hubiéramos deseado, como lo hubieran deseado los discípulos de entonces, seguir viéndolo físicamente como le veían caminar por los caminos de Palestina. Pero ahora hemos de aprender a verle de otra manera; ya no nos fiamos de los ojos físicos de la carne para ver a Jesús, sino que desde los ojos de la fe tenemos que aprender a verle y a reconocerle; y le tendremos en los sacramentos real y verdaderamente presente Jesús en medio nuestro con su gracia y con su vida, como tenemos que aprender a verle en el hermano, en el prójimo, porque sabemos, porque El nos lo ha dicho, que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Claro que eso sólo lo podremos descubrir desde los ojos de la fe. Quienes no tienen esa mirada de la fe, los que no tienen fe en su corazón nunca podrán descubrirle ni verle. Por eso para los no creyentes la vida de Jesús podría aparecer como un fracaso y un fracaso para nosotros, porque les parece que nosotros podríamos sentirnos solos y tristes. Nos dice Jesús: ‘Vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho’, o creerá sentirse satisfecho y vencedor porque piensan que han derrotado a Jesús porque ya no lo pueden ver; pero Jesús nos sigue diciendo ‘pero vuestra tristeza se convertirá en gozo’.
Efectivamente con la luz de la fe no se nos sobrepondrá esa tristeza, sino que seremos capaces de sacar la alegría de la fe desde lo hondo de nuestro corazón. No nos sentiremos abandonados ni derrotados nunca, porque tenemos la certeza, la certeza que nos da nuestra fe, de que Jesús es el vencedor, que Jesús es el resucitado y que nosotros somos vencedores con El, estamos llamados a la victoria final.

miércoles, 8 de mayo de 2013


Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos cantado y repetido con el salmo alabando y bendiciendo al Señor que se manifiesta en sus obras. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime… llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’.
Primer artículo de nuestra fe, reconocer al Señor, ‘Dios creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible’. Y en toda la creación se manifiesta la gloria del Señor. Por eso, el hombre contemplando la maravilla de la creación ha de dirigir su pensamiento al Creador, al Señor Todopoderoso que con su sabiduría infinita realizó toda esa maravilla de la creación en toda su inmensidad que aún no terminamos de descubrir. Toda esa inmensidad del espacio, pero toda esa maravilla de todas las cosas creadas que nos ayudan a ir descubriendo y conociendo más y más al autor de la creación.
Es el Dios de quien quiere hablarles Pablo a los habitantes de Atenas cuando recorriendo el inmenso foro se encuentra con aquel altar al dios desconocido. Aprovecha el apóstol para realizar la catequesis para hacer el anuncio que culminará con el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, que tanto les costará a aceptar a los atenienses.
‘Me encontré con un altar con esta inscripción, les dice: al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: El Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor de cielo y tierra y que no habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas’. Es el Dios cuyo templo propio es toda la creación por Él realizada, pero que asienta su trono, por así decirlo, en su criatura preferida, en el corazón del hombre, en el corazón del ser humano.
‘Quería que lo buscasen a El, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban: aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ A través de las obras creadas podemos llegar a reconocer al Creador, podemos llegar a conocer a Dios; pero Dios se nos revela más íntimamente porque quiere habitar en nuestro corazón. Con su inmensidad lo llena todo, ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’, pero con la revelación de Jesús llegamos a descubrir de qué manera maravillosa Dios se acerca al hombre, se revela al hombre para que pueda conocerle, le inunda con su amor, y quiere habitar en El como hemos reflexionado en estos días.
Que no se nos cieguen los ojos; aunque sea a tientas, porque descubramos sus señales en toda la creación - cuantas maravillas y bellezas podemos contemplar para llegar a admirar lo que es la maravilla y la belleza infinita de Dios - y así vayamos caminando hacia Dios. Que escuchemos la Palabra viva de Dios, Revelación de Dios que es Jesucristo para que podamos conocer cada vez más hondamente a Dios, pues ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’; y Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, un misterio inmenso de amor del cual Jesús es el rostro más maravilloso en su amor y en su misericordia infinita.
Pero más aún, Jesús nos promete que nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo. Así venimos escuchándolo y reflexionándolo una y otra vez estos días, cuando se acerca la fiesta de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. El es ‘el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena’, como le hemos escuchado decir a Jesús hoy en el Evangelio.
No vamos ya a tientas a conocer a Dios, porque contemplando a Jesús contemplamos la gloria de Dios. ‘Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad… a Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Demos gloria a Dios que así se nos revela.

martes, 7 de mayo de 2013


Encontrarnos con la salvación por la fe en Jesús tiene que llenarnos de inmensa alegría

Hechos, 16, 22-34; Sal. 137; Jn. 16, 5-11
‘¿Qué tengo que hacer para salvarme? Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia. Y le explicaron la Palabra de Dios a él y a todos los de su casa’. Es la confesión central de nuestra fe. ‘Cree en el Señor Jesús’.
Cuando el día de Pentecostés Pedro anuncia la Buena Nueva de Jesús a toda aquella multitud que se había renuido delante del Cenáculo, le preguntan también: ‘¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y la respuesta de Pedro fue semejante: ‘Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el Espíritu Santo’.
Es el anuncio que se repite. Es la Buena Nueva de la salvación que hemos de anunciar. Lo hizo el mismo Jesús cuando inició su ministerio apostólico por los pueblos y aldeas de Galilea: ‘Convertíos y creed en el Evangelio. El Reino de los cielos está cerca’. Y la Buena Nueva, el Evangelio, es Jesús. Creer en Jesús y convertir nuestra vida a El. Poner toda nuestra fe en Jesús porque es el único Salvador de nuestra vida.
El episodio a que hace referencia lo que estamos comentando fue en el segundo viaje de san Pablo. Como hemos escuchado no le faltan tribulaciones y cárceles al Apóstol. En el primer viaje el recorrido se redujo al Asia Menor, la actual Turquía, pero ahora el Espíritu Santo le ha impulsado a dar el salto a Europa, como escuchamos en días anteriores porque en un sueño un macedonio le pide al apóstol que vaya hasta allá. Hoy le contemplamos en Filipos, ciudad importante de Macedonia, donde suceden estos hechos que hemos escuchado ayer y hoy. Será una comunidad de la que Pablo guardará un buen recuerdo y a la que dirigirá una carta contenida en el Canon de la Biblia, la carta a los Filipenses.
Tras unas revueltas de gentes que se oponen a la predicación de Pablo es apaleado y metido en la cárcel. Allá están ‘Pablo y Silas que oraban a medianoche cantando himnos a Dios’. Y el Señor manifiesta su poder para liberarlos en medio de signos portentosos, pero que será ocasión para que el carcelero como hemos escuchado pregunte que es lo que ha de hacer para salvarse. ‘Después de explicarles la Palabra del Señor a él y su familia… se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa y celebraron  una fiesta de familia por haber creido en Dios’.
Ya hemos comentado esa pregunta fundamental y esa proclamación de fe en Jesús necesaria para alcanzar la salvación. Pero podríamos destacar también la alegría llena de esperanza con que viven su fe. Mientras estaban en la cárcel ‘oraban cantando al Señor’. Podría parecer que por estar sufriendo en la cárcel después de ser apaleados y sin saber qué futuro les esperaba lo más normal sería la preocupación y el miedo lleno de tristeza. Pero ellos cantan al Señor. No les había abandonado la alegría de la fe.
Una hermosa lección. Andamos preocupados y agobiados muchas veces en medio de los problemas o de los sufrimientos y parece que todo se nos oscurece y se nos llena de las negruras de la amargura. ¿Dónde está nuestra fe y nuestra esperanza? ¿dónde está la confianza que hemos puesto en el Señor? Bendecir y alabar al Señor también desde nuestros sufrimientos, desde nuestros problemas. Siempre hemos de saber cantar la gloria del Señor, que en medio del dolor no nos deja solos; siempre El está a neustro lado siendo nuestra fortaleza. Abramos los ojos de la fe.
Y finalmente después de ser bautizados aquella familia hace fiesta por haber creido en Dios. Sí, darle gracias a Dios por el don de la fe que nos concede. Alabar y cantar a Dios en todo momento. Vivir la alegría de nuestra fe, porque encontrarnos con el Señor por la fe es el gozo más grande que podemos llegar a vivir. Cuantos cristianos parece que nunca han sentido ese gozo de la fe porque van con la vida siempre con cara de angustia y de amargura. Algo le está pasando a la fe de unos cristianos que viven con esos tintes negros en su vida. muchas cosas tendrían que revisar en su fe para revitalizarla de verdad.
 Encontrarnos con la salvación por la fe en Jesús tiene que llenarnos de inmensa alegría. Expresemos esa alegría de nuestra fe.

lunes, 6 de mayo de 2013

El dará testimonio de mi y vosotros tambien dareis testimonio



El dará testimonio de mi y vosotros también daréis testimonio

Hechos, 16, 11-15; Sal. 149; Jn. 15, 26-16, 4
‘Cuando venga el Defensor… el Espíritu de la verdad… El dará testimonio de mi… y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo…’ Las palabras de despedida de Jesús en la última cena embargan de pena y tristeza a los discípulos en el cenáculo, porque todo lo que iba a suceder lo había anunciado repetidamente sin embargo ellos no acaban de comprender. Cuando se nos anuncia algo que es penoso, pero además no terminamos de entender el significado pleno de lo que va a suceder, ese anuncio se nos hace especialmente doloroso. Sin embargo las palabras de Jesús son de aliento, de esperanza, de ánimo para que nos falte la fortaleza necesario.
Les habla del testimonio que han de dar de Jesús a partir de su ausencia, pero les promete una fuerza especial, un Defensor, el Espíritu de la verdad que el Padre enviará en su nombre, que también da testimonio.  Les dice además que les ha hablado de todo esto ‘para que no se tambalee su fe’.
Nosotros que ya conocemos en mayor plenitud los hechos y todo lo que posteriormente sucedería en los comienzos de la Iglesia, y lo que ha sido la vida de la Iglesia a través de los siglos si hacemos una lectura con ojos de fe, comprendemos mejor todo lo que les está anunciando Jesús. Los momentos de la pasión y la cruz fueron especialmente duros para los discípulos por la ausencia de Jesús y por todo lo que iba sucediendo; posteriormente se sentirían fortalecidos en la Pascua al contemplarle resucitado. Pero luego la historia de los cristianos estuvo siempre llena de persecusiones y amenazas. Pero ya nosotros vemos la asistencia del Espíritu Santo que les fortalecía y animaba hasta el punto de salir contentos de la presencia del sanedrín cuando les prohibían hablar del nombre de Jesús y eran castigados por ese motivo.
Pero nosotros miramos nuestra historia y lo que es el momento presente en la vida de la Iglesia repartida por todo el mundo. No serán ya en nuestro caso las sinagogas como dice Jesús, pero sí somos conscientes de las dificultades que encontramos de todos lados en el anuncio de evangelio y en el desarrollo de nuestra misión. Contratiempos y dificultades que  no siempre viene de fuera, de enemigos de la religión que también, sino desde dentro mismo del seno de la iglesia, del grupo de los creyentes en los que no siempre encontramos los suficientes ánimos para seguir haciendo ese anuncio del evangelio. La frialdad y la desgana de tantos, la falta de compromiso y ese dejarse arrastrar en una vida anodina y sin vitalidad muchas veces son peores enemigos del anuncio del evangelio para que sea creible por parte de los que nos escuchan, que esos  mismos enemigos declarados.
En todo tiempo hemos de dar testimonio, manifestarnos como testigos de nuestra fe con nuestras obras y con nuestra vida. pero sabemos donde está nuestra fuerza porque nunca nos faltará la asistencia del Espíritu Santo. Y hemos de seguir haciendo el bien, luchando y trabajando por lo bueno, dando nuestro testimonio porque somos nos testigos que no podemos ocultar nuestra fe. Con nosotros está la fuerza del Espíritu, el que nos lo enseñará todo  y nos recordará cuando Jesús nos ha enseñado; perel Espiritu que nos dará fortaleza frente a aquellos que se nos opongan, pero también fuerza frente a esos enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos que tantas veces nos sentimos tentados de mil manera a olvidarnos de ese testimonio que hemos de dar.
Que no nos falte ese espíritu misionero y apostólico. Eso tiene que ser algo intrinseco al ser cristiano. No nos podemos adormecer ni nos podemos acobardar porque podamos encontrar dificultades. Ese espíritu sería señal de la vitalidad de nuestro cristianismo, de nuestras comunidades. Cuando oramos al Señor pidiendo el aumento de vocaciones, en el fondo estamos pidiendo ayuda al Señor también para que se fortalezca nuestra fe y se revitalice nuestra vida cristiana.

domingo, 5 de mayo de 2013


No  nos puede faltar la alegría de Cristo resucitado

Hechos, 15, 1-2.22-29; Sal. 66; Apoc. 21, 10-14.22-23; Jn. 14, 23-29
‘Continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado’, pedíamos en la oración de la liturgia de este día. No puede decaer nuestra alegría; no puede decaer nuestro fervor y entusiasmo, aunque hayan pasado cinco semanas del domingo de la Pascua. Es algo grande y maravilloso lo que celebramos y no se puede enfriar nuestro espíritu. Tenemos que seguir viviendo el espíritu de la Pascua, ahora de una manera intensa en el tiempo pascual, pero el espíritu pascual que ha de acompañarnos a lo largo de toda nuestra vida.
Por eso pedíamos que ‘los misterios que estamos recordando - celebrando - transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’. Como decíamos, no celebramos la Pascua como algo ajeno a nosotros y a nuestra vida. Es algo que nos afecta profundamente. No era una simple tristeza por ver a alguien que sufría lo que vivíamos en los días de la pasión. Contemplábamos un misterio inmenso donde se estaba manifestando el amor de Dios que venía con su salvación que llegaba a su expresión más gloriosa cuando celebrábamos a Cristo resucitado.
Pero, ¿en qué consistía esa salvación? ¿algo como que se añadía a nuestra vida como si fuera algo así como un adorno o algo superpuesto exteriormente? De ninguna manera. La salvación que Jesús nos ofrece transforma totalmente nuestra vida desde lo más hondo de nosotros mismos. Estábamos envueltos y sumergidos en el pecado y la muerte y Jesús con su pascua nos arranca de esa muerte, dando muerte al pecado, para llenarnos de una vida nueva. Nos sentimos transformados en la resurrección a vivir una vida nueva.
Vivir esa vida nueva, esa salvación es un abrirnos a Dios para sumergirnos en Dios y para llenarnos de Dios; es un abrirnos de Dios para entrar en una órbita nueva que es la del amor, porque es el amor de Dios que se derrama sobre nosotros de manera que quedamos inundados de él y ya no sabremos vivir sino para el amor. Será el sentido nuevo de nuestra vida, de nuestro vivir. Ya no podremos vivir de otra manera sino amando y no con un amor cualquiera, como escuchábamos y reflexionábamos el pasado domingo, sino con un amor como el que Dios nos tiene, como el amor que nos tiene Jesús que le ha llevado a esa entrega suprema de amor que fue su pascua, su muerte en la cruz.
Nos sentimos transformados y ¡de qué manera! Sí, nuestra vida tiene que ser distinta. Fijémonos en las palabras de Jesús hoy en el evangelio. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él’. Dios que hace morada en nosotros. ¡Qué maravillosa y misteriosa revelación! Dios ya no está lejos, ni siquiera cerca de ti, está dentro de ti. No lo vamos a buscar en lugares extraños, en hechos extraordinarios o acontecimientos especiales o espectaculares. No necesitaremos subir a la montaña como Moisés en el Sinaí, ni irnos al desierto como Elías. Dios está dentro de ti, porque hace morada en ti. Allí donde vayas, Dios sigue estando en ti.
Esto tan maravilloso es algo que no terminamos de asumir plenamente para vivirlo con toda intensidad. Cuando en el Bautismo nos unimos a Cristo, como hemos recordado tantas veces, Dios comenzó a habitar en nosotros. Recordemos que decimos que desde nuestro Bautismo somos morada de Dios y templo del Espíritu Santo. El Bautismo significa un sí tan grande a Cristo que así transforma totalmente nuestra vida. No es un simple rito que realicemos. Es algo profundo lo que se realiza en nuestra vida. A través de ese signo del sacramento le estamos dando toda nuestra fe y nuestro amor de manera que ya toda nuestra vida no ha de hacer otra cosa que buscar la gloria de Dios realizando su voluntad en  nosotros. Y entonces nos sentimos amados de Dios de tal manera que Dios viene a habitar en nosotros, como nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio.
Pero esto es algo que no podemos olvidar fácilmente, porque está comprometiendo nuestra vida para siempre. ¡Qué santa tiene que ser nuestra vida cuando somos conscientes de cómo Dios habita en nosotros! Muchas conclusiones podríamos sacar. Es cierto que estamos llenos de debilidades y el pecado nos acecha, pero ya Jesús nos ha prometido el Espíritu que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. ‘El Espíritu, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Cuando vamos viviendo todo esto una paz nueva llena nuestro corazón. Podrá haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz. Nos sentiremos tentados y zarandeados por el enemigo malo que se nos puede manifestar de muchas formas - muchas veces en la oposición que podamos encontrar en un mundo adverso que nos rodea que nos puede hacer pasar por malos momentos de incomprensión o de muchas cosas en contra, o los problemas con que nos vamos enfrentando en nuestra vida, enfermedades, limitaciones, etc. - pero tenemos la paz de Cristo con nosotros, en nuestro corazón.
‘La paz os dejo, la paz os doy; no os la doy como la da el mundo, pero que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, nos dice Jesús. Porque esa paz no es algo que nos sea impuesto como muchas veces sucede con las cosas y estilos del mundo, sino que aun en los conflictos tenemos paz, porque tenemos la seguridad de que Dios está con nosotros y su Espíritu es nuestra fuerza.
Todo esto que estamos reflexionando desde la Palabra del Señor proclamada en este sexto domingo de Pascua puede sernos también iluminador para esta jornada que estamos celebrando en nuestra Iglesia de España con la Pascua del Enfermo. Y es que un enfermo que vive en cristiano, por decirlo de alguna manera, su enfermedad siente de forma intensa ese paso de Dios por su vida ahí en sus propios dolores, limitaciones y sufrimientos. Su propia enfermedad puede ser verdaderamente un sacramento de Dios para su vida.
¿Cómo podemos entenderlo? Recorramos las páginas del evangelio y veremos a Jesús junto a los enfermos y a cuantos sufren y siempre la presencia de Jesús es motivo de paz, de salud y de salvación. Con fe acuden a Jesús con sus males y dolencias y la mano de Jesús se va posando sobre ellos para llenarlos de vida y de esperanza. Muchos sanarán incluso físicamente de sus enfermedades corporales, pero todos se sanarán desde lo más hondo de sí mismos porque en ellos se despierta la fe, renace la esperanza y aparece la paz y el amor en sus corazones. Jesús va siempre repartiendo vida y perdón, gracia y paz, y los corazones se llenan de fortaleza y esperanza.
Es lo que en esta pascua del enfermo de manera especial queremos celebrar y vivir. ‘La paz os dejo, la paz os doy…’ nos sigue diciendo hoy Jesús. Y como decíamos antes, podrán haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz; podrán sufrir nuestros cuerpos o vernos muy limitados por nuestras debilidades o los muchos años, pero teniendo a Cristo con nosotros y dejándonos inundar por su amor, estaremos llenos siempre de paz, porque Dios habita en nuestros corazones. Y entonces sabremos darle sentido a nuestro sufrimiento y sabremos unirnos a la pascua del Señor ofreciendo también nuestra vida en bien de la iglesia y para la gloria de Dios.
Es lo que hoy queremos celebrar. Que ‘los misterios que estamos celebrando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’, en la vida de cada día.