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sábado, 22 de noviembre de 2008

Profecía y lectura de la historia

Profecía y lectura de la historia

Apoc. 11, 4-12

Sal. 143

Lc. 20, 27-40

Dos testigos, como dos olivos o dos lámparas. Unas imágenes que nos hablan de los que son fieles y por eso serán perseguidos. Podíamos decir casi como resumen, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo se vuelven a repetir en los testigos, en los mártires. Es el mensaje final de este texto del Apocalipsis.

Se les da a estos dos testigos las características de dos grandes figuras o profetas del Antiguo Testamento: Elías y Moisés. ‘Tiene poder para cerrar el cielo, de modo que no llueva mientras dure su profecía’. Es una referencia clara al profeta Elías, que no dejó llover sobre la tierra. ‘Poder para trasformar el agua en sangre y herir la tierra a voluntad con plagas de toda especie’, en referencia a Moisés y las plagas de Egipto.

La misión del profeta y la misión del que iba a ser el caudillo de Israel que lo sacase de la esclavitud de Egipto y lo condujese a la tierra prometida no fue fácil. Elías vive en momentos difíciles de idolatría a los baales y fuerte será su lucha por mantener la fe en Yavé incluso en contra de los poderes humanos. No fue fácil la misión de Moisés, enfrentado al faraón para liberar a su pueblo de la esclavitud y enfrentado también muchas veces a su mismo pueblo mientras lo conducía por el desierto, siempre tentado a la vuelta, a la idolatría, al abandono de la alianza que habían hecho con Yavé.

Habla el Apocalipsis de momentos de persecución y de muerte. ‘Cuando termine su testimonio la bestia que sale del abismo les hará la guerra, los derrotará y los matará… los cadáveres yacerán en las calles, no permitirá que les den sepultura… todos se felicitarán con su muerte’.

Pero habla también de resurrección y de triunfo. ‘Al cabo de los tres días y medio, un aliento de vida los hará ponerse en pie en medio de todos los que los veían… subirán al cielo en una nube a la vista de sus enemigos…’

Apocalipsis es una profecía o una lectura de la historia en momentos de persecución y muerte, pero es anuncio de vida, de resurrección y de triunfo.

No sólo lo fue en aquellos momentos difíciles para la Iglesia en aquellos primeros siglos de persecuciones de la Iglesia, sino que sigue siendo profecía y lectura de nuestra historia. Son necesarios momentos de fidelidad y de testimonio de los creyentes. No podemos decaer por muchas que sean las cosas que tengamos en contra. Momentos difíciles porque nos cuesta también dar testimonio. Miremos lo que nos cuesta hoy. El rechazo de sectores de la sociedad a la religión y a la fe; cómo se busca de todas formas desprestigiar a la iglesia y a los creyentes, la indiferencia que se va infiltrando y haciendo decaer incluso la fe de los creyentes; la laicidad que quiere imponerse cada vez más; las costumbres que cambian y que se manifiesta incluso hasta en las leyes de nuestra sociedad civil; el materialismo y la sensualidad como forma y estilo de vida, la confusión que se pretende crear en la religión pretendiendo que todo sea igual, haciendo que la gente dude incluso hasta los más fieles… y así tantas cosas más de nuestra sociedad de hoy. Decimos las cosas no son como antes. La sociedad cambia y eso nos afecta.

Pero el cristiano no puede dudar del triunfo de Cristo. Fracaso más grande parecía la muerte de Jesús en la cruz, pero resucitó. La esperanza, pues, no nos puede faltar.

Es la esperanza que en el libro del Apocalipsis se quería suscitar en aquellos momentos de las persecuciones y es la esperanza que se quiere insuflar también en nuestro corazón.

‘Bendito el Señor, mi roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo, mi refugio, que me somete los pueblos’. Es lo que orábamos con el salmo. Recemos con fe y esperanza.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Al paladar será dulce como la miel

Apoc. 10, 8-11
Sal. 118
Lc. 19, 45-48

‘¡Qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca!
’ Es la respuesta del salmo a lo escuchado en el Apocalipsis. Texto que nos recuerda también al profeta Ezequiel. Podríamos decir que de alguna manera el texto del Apocalipsis está calcado en el profeta.
‘Hijo del hombre, come lo que te presentaron… Come este libro y anda a hablar a la gente de Israel… Aliméntate y llena tus entrañas con este libro que te doy… Lo comí y en la boca lo sentí dulce como la miel’. Es lo que dice la profecía.
De la misma manera hemos escuchado en el Apocalipsis. ‘Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está sobre el mar y la tierra… cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor… tienes que profetizar todavía contra pueblos, naciones, lenguas y pueblos’.
Es como una parábola. Todo son signos de algo profundo que tiene que realizarse dentro de nosotros.
Hemos de comer la Palabra de Dios, la ley y los mandatos del Señor. Y comerlo es asimilarlo en nuestra vida, hacerlo vida nuestra. De la misma manera que cuando tomamos nuestros alimentos. Los asimilamos. Se hacen vida en nosotros, porque serán nuestra energía para lo que hacemos y vivimos. Es hermosa la imagen. Cómo tenemos que asimilar dentro de nosotros la Palabra de Dios. No es sólo oírla, es más, escucharla para plantarla en nuestra vida y sea nuestra razón de vivir. No puede ser, entonces, algo superficial. Tiene que meterse en lo más hondo de nosotros mismos.
Esto nos llevaría a hacernos muchas preguntas, examinar a fondo nuestra vida, para ver cuál es la actitud que tenemos ante la Palabra que se nos proclama cada día. ¿La hemos hecho cosa nuestra para el resto del día? ¿Dentro de un rato la recordaremos? ¿O se convertirá quizá en un rito que hay que hacer, y que pase pronto para pronto acabar también porque tenemos otras cosas que hacer?
Es dulce como la miel la Palabra del Señor, la ley de Dios, lo que es su voluntad sobre nuestra vida. Es que en la Palabra encontramos vida y salvación. Tiene que ser un gozo y una dicha. Es lo que tiene que ponernos en camino de la verdadera felicidad.
Pero en el estómago produce ardor. En el fondo del corazón, en lo hondo de nuestra vida. Algunas veces nos hiere o nos molesta, como esa piedrita que se nos mete en el calzado. O como ese bisturí con que el médico tiene que tocar la herida para limpiarla y hacer que sane. Así la Palabra llega a nuestra vida y tiene que hacernos reflexionar, ver la realidad, lo que tenemos que mejor o cambiar. Y se nos hace duro y costoso. Nos exige ponernos en el camino de la cruz, del sacrificio, de la renuncia. Y eso cuesta. Eso duele como cuando hay que arrancar un vendaje que se nos ha pegado a la herida. Se nos pegan tantas cosas en el corazón que tenemos que arrancar y nos duele.
Será Pascua en nuestra vida. Y la Pascua es muerte y resurrección. Y esa Pascua tiene que estar presente en el día a día de nuestra vida.
Además la Palabra comida y asimilada hay que llevarla a los demás. ‘Come el libro y anda a hablar a los demás… profetiza…’ Algunas veces no es fácil. En muchas ocasiones encontraremos rechazo. Si continuáramos leyendo el texto del profeta al que hicimos mención al principio, veríamos cuánto le costó al profeta el cumplir con su misión.
Asimilemos de verdad la Palabra de Dios en nuestro corazón para que podamos hacerla vida y llevarla a los demás.

Hagamos como María, la dichosa porque ha creído, la dichosa por escucha la Palabra de Dios y la cumple, la que guardaba todo en su corazón.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes


Apoc. 5, 1-10

Sal. 149

Lc. 19, 41-44

Un libro con sus sellos, un Cordero degollado, una Sangre derramada, un rescate y una nueva dignidad (dinastía sacerdotal)… Son cosas que aparecen en este texto sagrado del Apocalipsis que hoy hemos escuchado y en el que seguimos contemplando la visión de la gloria de Dios que se manifiesta.

¿Quién puede abrir el sello, revelarnos el misterio de Dios? ‘Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: ¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos? Y nadie… podía abrir el rollo y ver su contenido…’

‘Nadie conoce al Padre… nadie conoce al Hijo…’ escuchamos en una ocasión decir a Jesús en el Evangelio.

‘Pero uno de los ancianos me dijo: No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos’. ¿De quién nos está hablando? A lo que antes escuchábamos a Jesús, sabemos bien cómo terminaba la frase. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, y nadie conoce al Hijo sino el Padre…’ Es Jesús es que nos viene a revelar el misterio de Dios. El Verbo de Dios, la Palabra de Dios que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Mesías de Dios que de la tribu de Judá había de nacer, y de la familia de David, como bien sabemos.

Por eso sigamos escuchando lo que contemplamos en el Apocalipsis. ‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado…’ ¡Cuántas cosas nos recuerda del evangelio. Juan Bautista lo señala a sus discípulos como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y ya Isaías lo había señalado cuando nos hablaba del Siervo de Yavé, ‘como cordero llevado al matadero… enmudecía y no abría la boca… torturado en el sufrimiento... entrega su vida como expiación…’ Y pensamos también en el Cordero Pascual inmolado, cuya sangre liberó a los judíos de la muerte y se convirtió en el signo de la Pascua que cada año celebraban.

‘Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume, son las oraciones del pueblo santo, y entonaron un cántico: eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, pueblo y nación; has hecho de ellos un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra’.

La sangre de Cristo derramada en la Cruz es la Sangre de la Alianza nueva y eterna. Su entrega y su sangre derramada nos ha rescatado del poder del enemigo, pero no solo eso sino que nos ha elevado a una dignidad nueva y distinta. Nos ha hecho partícipes de su vida; nos ha unido a El para que con El seamos una sola cosa; nos ha configurado con el para hacernos sacerdotes, profetas y reyes, como recordamos, desde nuestro Bautismo. ‘Has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes’, hemos repetido hoy en el salmo. ‘A los vencedores los sentaré en mi trono junto a mí…’ escuchábamos que le decía a las Iglesias. ‘A los vencedores los vestiré con vestiduras blancas…’ como en el Bautismo fuimos revestidos con la vestidura blanca signo de nuestra dignidad de cristianos, de hijos de Dios.

Demos gracias a Dios. Cantemos también nosotros la alabanza del Señor. Entonemos también ese cántico nuevo. ¡Cuántas cosas recibimos en Cristo!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Llenos de esperanza y con deseos de cielo

Apoc. 4, 1-11

Sal. 150

Lc. 19, 11-28

¿Cómo no llenarnos de esperanza y sentir deseos de cielo cuando vislumbramos la gloria de Dios que nos describe el Apocalipsis? Concluido el mensaje del Espíritu a las siete Iglesia que hemos tenido en los capítulos anteriores, ahora aparece una visión de la gloria del cielo. Decíamos que era un libro de esperanza que venía a iluminar y a dar fuerza a los cristianos en el momento en que estaban viviendo de grandes dificultades. Con esta visión de la gloria de Dios se sienten alentados en su camino y llenos de esperanza, lo que nos vale a nosotros también.

En este capítulo que hoy se nos ha proclamado tenemos una primera visión de la gloria de Dios en el cielo donde ya contemplamos a todas las criaturas cantando la gloria de Dios.

‘Santo, santo, santo es el Señor, soberano de todo; el que era, el que es y el que viene’, hemos escuchado lo que es el canto del cielo. ‘Digno eres, Señor y Dueño nuestro, de recibir la gloria, el honor y la fuerza, por haber creado el universo; por tu voluntad fue creado y existe…’

Nos recuerdan estas palabras lo que nosotros queremos hacer anticipando con nuestra liturgia terrena la liturgia celestial. Es el canto del Santo tras el prefacio que inicia la plegaria eucarística, pero que también tiene su resonancia en el gloria que cantamos los domingos y fiesta en el inicio de la Eucaristía. Pero es que toda la liturgia está llena de esos cánticos de alabanza y de búsqueda de la gloria de Dios.

Se repiten los Aleluyas y alabanzas en la celebración y llegamos a la culminación en la doxología final de la plegaria Eucarística donde con Cristo, en Cristo y por Cristo queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre. Para el Señor la gloria y la alabanza. Hoy también en el salmo hemos querido cantar la alabanza del Señor con trompetas, arpas y cítaras, tambores y danzas, platillos sonoros y platillos vibrantes.

Nos describe el Apocalipsis la gloria del cielo. Ayer escuchábamos que estaba a nuestra puerta llamando y a quien le abriese lo invitaría a comer del Banquete del Reino de los cielos. Ahora nos dice Juan: ‘Yo miré y vi en el cielo una puerta abierta. La voz con timbre de trompeta me estaba diciendo: Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder… Caí en éxtasis. En el cielo había un trono y uno sentado en el trono…’

Luego nos habla de ‘los veinticuatro ancianos sentados alrededor en veinticuatro tronos con ropajes blancos y con coronas de oro en la cabeza…’ Ayer escuchábamos cómo a los vencedores los vestiría con vestiduras blancas y los haría sentar en su trono junto a sí. Es lo que hoy contemplamos. Estos ancianos que son imagen de los santos del Antiguo Testamento y que representan al pueblo fiel que canta la gloria de Dios.

Y habla también de otros seres vivientes que también adoran a Dios y cantan su alabanza. Los ángeles del cielo que adoran y alaban a Dios. ‘En el centro, alrededor del trono , había cuatro seres vivientes… el primero se parecía a un león, el segundo a un toro, el tercero tenía cara de hombre, y el cuarto parecía un águila en vuelo…’ Son imágenes que están tomadas de los profetas de Isaías, de Ezequiel. Y estas cuatro figuras han servido en el arte cristiano para representar a los cuatro evangelistas.

Todos alababan a Dios. ‘Los ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adorando al que vive por los siglos de los siglos… y arrojan sus coronas ante el trono…’

Todo nos habla del resplandor de la gloria de Dios. ‘El arco iris que brilla como una esmeralda, el trono que brilla como jaspe y granate, los relámpagos que salían del trono y los truenos, las siete lámparas que ardían, la especie de mar transparente que parecía un cristal…’ Todo para expresar el resplandor de la gloria del cielo.

¿Cómo no tener deseos de cielo? ¿Cómo no llenarnos de esperanza, aunque ahora vivamos en nuestras luchas, si sabemos que saldremos vencedores y podemos sentarnos en su trono de gloria? Por eso queremos ahora que toda nuestra vida sea siempre para alabanza de su gloria. Aquí en la tierra mientras peregrinamos nos hacemos partícipes de su gloria cada vez que celebramos la Eucaristía. Que siempre la vivamos con sentido y que siempre sepamos unirnos con toda nuestra vida a los coros celestiales que eternamente alaban a Dios.

martes, 18 de noviembre de 2008

A los vencedores los sentaré en mi trono junto a mí

Apoc, 3, 1-6. 14-22
Sal. 14
Lc. 19, 1-10

Hay que ver cómo nos ponemos cuando nos corrigen o nos llaman la atención por algo que no hacemos bien. No nos gustan las correcciones. Pero fijémonos en lo que nos dice hoy el Señor. ‘A los que yo amo, los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y conviértete’. Es una manifestación del amor que el Señor nos tiene que quiere para nosotros lo mejor y entonces corrijamos aquellas cosas que no van bien en nuestra vida.
Seguimos escuchando el mensaje del Espíritu en el Apocalipsis a las distintas Iglesias. Hoy a la de Sardes y a la de Laodicea. Es hermosa la promesa que hace a una y otra Iglesia para los que salgan vencedores. ‘Al que venza lo vestiré todo de blanco y no borraré su nombre del libro de la vida’, le dice a Sardes. ‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mì’, le dice a Laodicea.
Pero la lucha es grande. Muchas son las cosas que tienen que cambiar en una y otra Iglesia. ‘No he encontrado tus obras perfectas a los ojos de mi Dios... si no estás en vela, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti...’ le dice a Sardes, mientras a Laodicea le dice: ‘Conozco tu manera de obrar y no eres frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio, y no eres frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca...’
¿Serán nuestras obras perfectas a los ojos de Dios? ¿cuál es la intensidad con que vivimos el amor de Dios? La tibieza en nuestra vida espiritual es algo bastante malo. Es caer en la indiferencia, en la desgana, pendiente que nos lleva a abandonar todo y al pecado con mucha facilidad. Es una tentación fácil que además nos lleva a caer en muchas tentaciones. No le damos importancia a las cosas; nos da igual una cosa que otra, rehuimos lo que nos pueda comprometer, queremos nadar entre dos aguas, como suele decirse, y así nos va al final. Es un gran pecado de muchos cristianos, en el que todos podemos caer casi sin darnos cuenta. Por eso el cristiano tiene que estar siempre vigilante. Porque la intensidad de nuestro amor tiene que ser siempre grande. Tenemos que caldearnos de verdad en el fuego del Espíritu.
El Espíritu le dice cosas muy concretas a ambas iglesias: ‘Acuérdate de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete... te aconsejo que me compres oro refinado en el fuego, y así serás rico; y un vestido blanco, para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez; y colirio para untártelo en los ojos y ver...’
La Palabra de Dios que hemos de escuchar y saber guardar en nuestro corazón. El oro refinado de nuestra santidad purificada a fuego para limpiar nuestra vida de toda impureza y de todo pecado, como el oro que se purifica en el fuego del crisol para quitarle toda mancha. La vestidura blanca y reluciente que recibimos en el bautismo con nuestra dignidad de cristianos e hijos de Dios y que hemos de cuidar de mantener siempre inmaculada. El colirio del Espíritu de amor que nos haga mirar con una mirada nueva, tanto al misterio de Dios que se nos revela, como a los demás para verlos como unos hermanos a quien amar.
‘Estoy a la puerta llamando: si alguien me oye y me abre, entraré y comeremos juntos’. ‘Pasa al banquete de tu Señor’, escuchábamos el domingo en la parábola de los talentos para aquellos que supieron ser fieles al menos en lo poco. Pero hoy en el evangelio también escuchamos cómo Jesús se detiene ante Zaqueo sumergido entre las hojas de la higuera para decirle: ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.
Cristo quiere hospedarse en nuestra casa. Cristo llama a las puertas de nuestra vida. Nos invita al banquete del amor, al banquete de la Eucaristía, al banquete del Reino de Dios. Quiere vestirnos con la vestidura blanca y sentarnos junto a sí. Que como Zaqueo abramos pronto la puerta de nuestra vida y lo recibamos muy contentos.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Esta es la revelación... Apocalipsis

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5
Sal. 1
Lc. 18, 35-43

‘Esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo...’ Así comienza el libro de la Revelación, el libro del Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento, que vamos a leer de forma continua durante las dos semanas que nos quedan del tiempo ordinario.
Cuando decimos Apocalipsis seguramente pensamos en calamidades, catástrofes, cosas portentosas y normalmente es un libro de la Biblia que nos cuesta leer porque nos parecen habitualmente ininteligibles las imágenes que van apareciendo en él. De entrada decir que la palabra Apocalipsis no significa nada de eso. Significa revelación. Fijémonos que es así como ha comenzado. ‘Esta es la revelación...’
Es cierto que todo el texto está muy lleno de imágenes, muchas de ellas impactantes, y visiones celestiales. Es un lenguaje propio del Oriente y que nos quiere expresar precisamente esa grandiosidad del Misterio de Dios que se nos revela. Pero todas esas imágenes quieren ser reflejo de una situación que vive la comunidad cristiana en aquellos momentos, pero también de la esperanza que quiere infundir esta Revelación. Todo está ordenado al triunfo de Cristo. Frente a las persecuciones que están sufriendo los cristianos en aquellos momentos, finales del siglo primero donde ya han arreciado las persecuciones del imperio romano sobre los cristianos, está el anuncio de la victoria final. Como decíamos en el salmo, ‘al que salga vencedor, le daré a comer del árbol de la vida’.
Juan es testigo y quiere dar testimonio de esa revelación que en sus visiones ha recibido de Cristo. Un testimonio para el ánimo y para la esperanza. ‘Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Una palabra profética de ánimo y de esperanza, porque viene a hacer una interpretación profética de la historia.
A partir del capítulo segundo se va a dirigir a las siete Iglesias de la antigüedad. En la lectura continuada sólo veremos la profecía para algunas. Hoy escuchamos las palabras dirigidas a la Iglesia de Éfeso. Como siempre iremos viendo, son palabras de aliento que parten de un reconocimiento de lo bueno que esas iglesias hay, para luego tener también unas palabras de denuncia o de corrección para que no olviden cosas esenciales y caminen por el camino recto.
Alaba las obras de la Iglesia de Éfeso. ‘Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza...’ Reconoce como no puede ‘soportar a los malvados, tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar...’ Pero al mismo tiempo hay algo que corregir. Se trata de que su amor no es tan intenso como al principio, ha perdido calor. ‘Has dejado enfriar el amor primero’. Invita a la conversión, a realizar una transformación en nuestra vida, ‘cambia tu actitud y vuelve a tu conducta primera’.
No se trata ahora en nuestra reflexión de hacer un estudio a qué cosas concretas de aquella comunidad de Efeso se está refiriendo. Pero creo que lo que dice nos afecta a nosotros también. Hay cosas buenas en nuestra vida; siempre nos fijamos en nuestros lados negativos, pero necesitamos también hacer un reconocimiento del camino recorrido, de las cosas buenas que hacemos, de los pasos que hemos ido dando con ayuda de la gracia de Dios. Sería quizá un orgullo no hacerlo.
Luego tenemos que reconocer lo que a nosotros también nos sucede parecido a lo que se denuncia de aquella Iglesia. No mantenemos el mismo ardor del principio en nuestra vida. Tras un momento de intenso fervor, viene el enfriamiento espiritual, y para que ya nuestra fe y nuestro amor no es el mismo de antes. Por eso tenemos que escuchar esta palabra profética dicha también para nosotros. ‘Cambia tu actitud y vuelve a tu conducta primera’.Tenemos que pedirle hoy al Señor como el ciego de Jericó que hemos contemplado en el Evangelio. ‘Señor, que vea otra vez... ten compasión de mí’. Que alcancemos esa luz de la Revelación para que descubramos el misterio de Dios. Para que nos llenemos de su luz, de su vida y de su amor. Para que vuelva a ser intenso de nuevo nuestro amor como lo era en el principio.

domingo, 16 de noviembre de 2008

¿Qué hacemos con nuestros talentos?


Proverbios 31,10-13; Salmo: 127; 1 Ts 5, 16-6; Mt 25,14-30
Tenemos que conjugar en nuestra reflexión la Palabra de Dios proclamada, sobre todo la parábola de los talentos que hemos escuchado, y la celebración, que en nuestra Iglesia española tenemos este domingo, del Día de la Iglesia Diocesana.
‘Un hombre al irse de viaje dejó a sus empleados encargados de sus bienes... a cada cual según su capacidad’, nos dice la parábola. No es difícil entender su significado. Cada uno de nosotros tiene sus valores y cualidades. Como creyentes somos conscientes de esos dones que Dios nos ha confiado al darnos la vida. Unos dones, cualidades, carismas, capacidades que son nuestra mayor riqueza, porque no pensamos esencialmente en cosas o riquezas materiales.
Dones y cualidades de nuestra vida que tenemos que saber desarrollar porque ahí estamos expresando lo que realmente somos. Unos dones que sabemos recibidos de Dios en nuestro ser y naturaleza para nuestro desarrollo personal pero que también tienen su función en nuestra relación con los demás y en el bien en consecuencia de esa sociedad o ese mundo en el que vivimos.
En el desarrollo de la parábola nos dice que ‘al cabo del tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar cuentas con ellos’. Cada uno había de rendir cuentas según los talentos recibidos y a aquellos que los habían ‘negociado’ bien –valga la palabra – les valora la creatividad de cada uno en hacerlos fructificar y les dice: ‘como has sido fiel en lo poco... pasa al banquete de tu Señor’, mientras reprueba a quien por miedo ni siquiera había intentado hacer fructificar el talento que le había confiado su señor.
No se trababa, pues, de aguardar la vuelta de su señor guardando pasivamente el talento recibido para no perderlo, sino que la espera tenía que ser una espera positiva y constructiva. Es lo que nos pide Dios con aquellos dones y cualidades con El nos ha enriquecido en la vida. Nos habla, pues, el evangelio de la responsabilidad con que hemos de asumir nuestra vida y las responsabilidades igual que los dones que se nos han confiado – la primera lectura es un ejemplo de esa laboriosidad con que hemos de vivir nuestra vida -. Como en el fondo nos está hablando también de esa virtud de la esperanza tan necesaria en la vida del cristiano, que nunca puede ser una actitud pasiva.
Precisamente en la segunda lectura de este domingo san Pablo nos habla de la venida del Señor ‘que llegará como ladrón en la noche’, cuando menos lo esperemos. Pero nos dice también ‘no nos durmamos... sino que estemos vigilantes y despejados’. Es un tema que se nos repite en estos últimos domingos del año litúrgico y que volverá a aparecer en los primeros domingos del Adviento.
Esta imagen de los talentos de la parábola nos ayuda también en esta celebración del Día de la Iglesia Diocesana. Una Jornada instituida en la Iglesia de España para ayudarnos a tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, y a esa Iglesia particular que es la Diócesis presidida por nuestro Obispo, como sucesor de los Apóstoles.
Como tantas veces hemos reflexionado, Cristo quiso constituirnos así en comunidad, en Iglesia, en esa comunión de fe y de amor donde nos sentimos hermanos, miembros de una misma familia, formando parte de ese pueblo de Dios que peregrina aquí en la tierra. La Iglesia, la familia de los hijos de Dios; la Iglesia, pueblo de Dios y comunidad que nos acoge; pueblo de Dios en el que hemos nacido a la fe, en el que alimentamos la fe con la escucha de la Palabra y celebración de los Sacramentos; comunidad o pueblo de Dios en el que crecemos y desarrollamos la fe recibida y desde donde nos sentimos enviados al mundo a hacer ese anuncio de Jesús con nuestras palabras y nuestras obras.
Comunidad, la Iglesia, de la que no nos podemos sentir ajenos o lejanos, sino que la sentimos como algo nuestro; comunidad en la que tenemos que ser unos miembros vivos y a la que hacemos crecer con nuestra vida, con nuestra participación, con nuestro compromiso, con nuestro amor. Es nuestra Iglesia, nuestra familia, nuestra casa, nuestro hogar de la fe. La Iglesia no es sólo cosa del Obispo o de los sacerdotes y de algunas personas de buena voluntad que colaboran en algunas cosas, como si estuvieran ayudando o haciendo un favor. La Iglesia somos todos, cada uno en su función o ministerio, cada uno con sus talentos y valores con los que la hace crecer y dar vida cuando los hace fructificar.
Por eso cuando trabajamos en la Iglesia es algo nuestro, de nuestra responsabilidad, lo que estamos haciendo. Todos tenemos que sentirnos Iglesia. Unos con más participación, otros quizá con menos, según sean sus valores o talentos, su posibilidad o su disponibilidad. Y aquí tenemos que volver a la parábola de los talentos que se nos ha ofrecido hoy en la Palabra de Dios. ¿Estaré yo poniendo todos mis talentos y mis posibilidades al servicio del pueblo de Dios al que pertenezco?
Unos lo vivirán en un compromiso apostólico concreto, otros en cualquiera de los servicios que se pueden y tienen que realizar en la Iglesia, siempre con una participación viva en las celebraciones de la comunidad, también con su oración y el ofrecimiento de su vida, de sus sacrificios e incluso sus sufrimientos que son así corredentores también con Cristo. Tendríamos que conocer un poco más – mucho tendríamos que decir - nuestra Iglesia, lo que es su vida, lo que son las acciones que realiza, para descubrir también la colaboración que en lo económico tendría que realizar para que se pudieran llevar a cabo todas esas obras de la Iglesia.
Hoy se nos está diciendo como lema: TU ERES TESTIGO DE LA FE DE LA IGLESIA ¡PARTICIPA! Que así lo hagamos siendo testigos de fe y participando con toda nuestra vida.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Orar siempre y sin desanimarse

3Jn. 5-8
Sal. 111
Lc. 18, 1-8

‘Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse...’ Es la razón por la que Jesús propone la parábola. Muchas veces los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar. Ahora quiere Jesús enseñarnos algo más, a orar siempre, sin desanimarse.
Necesitamos también nosotros aprender. Nos entra la desgana y el cansancio, el aburrimiento y la falta de confianza, el desánimo y la falta de esperanza. ¿Para qué pedir a Dios si no nos escucha? ¿Para qué pedir si no se nos concede lo que pedimos? ¿Para qué pedir si no lo tenemos en el momento en que lo deseamos? ¿Para qué pedir si no nos sirve de nada?, llegan a decir algunos por falta de fe.
Propone Jesús la parábola del juez inicuo que no escucha la petición de justicia. ‘Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres... y había una viuda que solía ir a decir: hazme justicia frente a mi adversario...’ Se negaba a escuchar a la pobre viuda, aunque al final aquel juez la atendió aunque tendríamos que analizar las motivaciones.
Las motivaciones de aquel juez no serían las mejores ‘ni temo a Dios ni me importan los hombres... le haré justicia no vaya a acabar pegándome en la cara...’ –, pero al final escucha la súplica de aquella mujer. Pero lo que Jesús quiere decirnos es que si los hombres incluso con nuestras limitaciones somos capaces de hacer cosas buenas, ¡cuánto más no hará nuestro Padre del cielo que es infinito en su amor! ‘Pues Dios ¿no hará justicia con los elegidos que le gritan día y noche?’ viene a decirnos Jesús.
Confianza, pues, en Dios que es Amor y es nuestro Padre. Claro que sí nos escucha y nos concede lo que mejor necesitamos. Siempre nos dará lo mejor.
Esa confianza en Dios tiene que nacer de la fe. Cuando hemos descubierto y experimentado en nuestra vida lo bueno que es Dios, el amor que nos tiene, nos sentiremos más motivados para acudir a El con confianza.
Tendríamos que comenzar siempre nuestra oración con un acto de fe. Normalmente iniciamos cualquier oración con la señal de la cruz. Pero ¡ojo!, no hagamos la señal de la cruz mecánicamente; detengámonos a hacerla sin prisas y con sentido. Es una forma de hacer esa profesión de fe de la que hablábamos. En el nombre de Dios comenzamos; invocando al Dios en quien creemos y a quien amamos. Lo hacemos cuando venimos a rezar, o iniciamos cualquier oración. Lo hacemos al comienzo de toda celebración litúrgica. Pero, repito, hagámoslo bien y con sentido.
Si con ese acto de fe y de amor iniciamos nuestra oración, nuestro encuentro con El, ¿por qué nos va a faltar la confianza?
¿Será por eso por lo que hoy al final del Evangelio Jesús se pregunta si ‘cuando venga el Hijo del Hombre encontrará esa fe en la tierra’?

viernes, 14 de noviembre de 2008

estemos atentos y preparados

2Jn. 4-9
Sal. 118
Lc. 17, 26-37

Lenguaje enigmático el que emplea Jesús en el Evangelio. Si ayer le preguntaban a Jesús cuando iba a llegar el Reino de Dios y El nos decía que no llegaría de forma espectacular porque estaba dentro de nosotros, ahora para hablarnos del tiempo de la venida final del Hijo del Hombre sí nos habla de que vendrá cuando menos lo esperemos.
Por eso nos recuerda a Noé, cuando lo del Diluvio universal; ‘comían, bebían y se casaban, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.... así será en los días del Hijo del Hombre’. Y recuerda la destrucción de Sodoma y Gomorra: ‘...comían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos’.
‘Así sucederá el día que se manifiesta el Hijo del Hombre’,
nos dice Jesús en el evangelio. Hemos, pues, de estar atentos y preparados; ya sea para la hora de nuestra muerte, que vendrá cuando menos lo esperemos, o ya sea para el final de los tiempos. Será la hora del juicio; entonces nos daremos cuenta de cuál es el verdadero valor de nuestra vida y de lo que tenemos.
No nos valdrán nuestros apegos, las cosas que tengamos. Por eso nos dice que si estamos en la azotea no bajemos a la casa, y si estamos en el campo no vengamos a la ciudad. No queramos apegarnos a las cosas que tengamos en la vida.
¡Cuántos apegos! ¡cuántas cosas que vamos acumulando! ¡cuántos afanes y preocupaciones innecesarias! ¡de cuántas cosas nos cuesta desprendernos!
¿Qué es lo importante? Miremos nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, ¿va a añadirnos un minuto a nuestra existencia?
Nos preocupamos de cosas y descuidamos lo principal. Lo que tengo, ¿a quién se lo voy a dejar? ¿quién realmente va a disfrutar del fruto de tantos afanes que hemos tenido en la vida? Pero ¿te has preocupado de la vida verdadera? ¿Te has preocupado de la misma manera de tú disfrutar por toda la eternidad de la vida verdadera?
Por eso lo importante es estar preparados. Lo importante es la ganancia que podamos haber atesorado en el cielo, donde la polilla no lo corroe ni los ladrones nos lo roban, como nos dice Jesús en otros lugares del Evangelio. ¿Cuál es el tesoro verdadero que hemos procurado? ‘Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor’, meditamos en el salmo. Es el camino para atesorar el verdadero tesoro que nos llevaría a la plenitud.
Estamos casi al final del año litúrgico y en la liturgia y en la Palabra de Dios que vamos a escuchar ahora y en los primeros días del nuevo año litúrgico en el adviento se nos van a recordar todas estas cosas. Pero no solo tenemos que recordarlo ahora, sino que es algo que tenemos que tener muy presente en nuestra vida, si pensamos en serio en la trascendencia que tiene nuestra existencia porque el Señor nos tiene reservada una vida eterna en plenitud.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El reino de Dios está dentro de vosotros

Filemón, 7-20
Sal. 145
Lc. 17, 20-15

‘Unos fariseos le preguntaban cuando iba a llegar el Reino de Dios’. Es la predicación repetida de Jesús a través de todo el Evangelio. Su primer anuncio era decir que estaba cerca y había que creer la Buena Noticia. Continuamente hablaba Jesús del Reino de Dios.
Una pregunta lógica que podía hacer cualquiera dado el concepto que los judíos podían tener del Reino de Dios, como vemos a través del Evangelio. Los mismos discípulos más cercanos de Jesús andaban peleándose por ver quién iba a ser el primero en el Reino de Dios. Cuando pensaban en una restauración de la soberanía de Israel que ahora se sentía subyugado bajo un poder extranjero, parece lógico la urgencia de saber cuándo iba a llegar el Reino de Dios.
También podían pensar en un mundo idílico que pudiera comenzar de un momento a otro porque podría venir alguien que lo impusiera por la fuerza. No estamos nosotros muy distantes de esta manera de ver las cosas cuando pensamos por qué Dios con su poder no hace desaparecer para siempre el mal que hay en el mundo, o por qué no pueden ser suprimidos tantos que obran el mal y son causa de la injusticia que padece nuestro mundo.
Pero lo que nos dice Jesús es distinto. No vendrá espectacularmente, no será una imposición, no es algo que viene o se impone desde fuera o por poderes humanos o externos al corazón del hombre. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’.
Será el cambio de nuestro corazón lo que hará presente el reino de Dios. Serán las actitudes profundas de nuestro corazón las que harán presente y visible ese Reino de Dios. Será el reconocimiento desde lo más hondo de nosotros mismos de esa soberanía de Dios sobre nuestra vida lo que nos hará cambiar el corazón, lo que nos llevará a actitudes y valores nuevos, los que harán presente el Reino de Dios.
Allí donde pongamos amor y paz, justicia y autenticidad de vida, verdad y respeto, comprensión y perdón, allí podemos decir que está el Reino de Dios.
Allí donde venzamos el mal, desterremos el odio, y donde hagamos desaparecer la mentira y la falsedad, allí haremos presente el Reino de Dios.
Querrán engañarnos diciéndonos que está aquí o allí, que hagamos esto o aquello, que hay unas visiones o unas apariciones milagrosas. ‘Si os dicen que está aquí o allí no os vayáis detrás’, nos dice Jesús. ‘Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del Hombre en su día’. No podemos quedarnos en supuestas apariciones o visiones, si no hacemos en nosotros esa transformación de nuestro corazón que nos haga vivir de verdad el Reino de Dios. No lo podemos ir a buscar a un sitio o a otro, no estará más en un sitio que en otro, porque allí donde pongamos la señales del Reino, donde resplandezcan los valores del Evangelio, sea donde sea, allí sentiremos siempre la presencia del Hijo del Hombre, la presencia del Reino de Dios.
Allí donde seamos cada día capaces de vencer el mal o hacer resplandecer el amor, allí donde nos dejemos transformar por la vida nueva que El nos ofrece, donde seamos capaces de morir más a nosotros mismos, para ser más para los demás, allí estaremos viviendo el Reino de Dios.
Jesús habla de que el Hijo del Hombre ‘antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación’. Nos está hablando de la Pascua, la Pascua de Jesús en su muerte y resurrección pero de la Pascua que tenemos que vivir en nosotros, en ese morir al mal y al pecador, para renacer a una vida nueva. Por eso Pascua nos llegará, se hará presente en nuestra vida y más en nuestro mundo el Reino de Dios. El Reino de Dios está, pues, dentro de nosotros.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias

Tito, 3, 1-7
Sal. 22
Lc. 17, 11-19

‘Uno, viendo que estaba curado... se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias...’
hemos escuchado el relato del evangelio. ‘Salieron a su encuentro diez leprosos... a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El mandato de Jesús de cumplir lo prescrito por la ley de Moisés para quien fuera curado de la lepra. ‘Mientras iban de camino, quedaron limpios’. La queja final de Jesús. ‘¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gracias a Dios?’
‘Levántate, vete: tu fe te ha salvado’.
Son las palabras finales de Jesús. Es lo más grande que le ha sucedido a aquel hombre.
Una súplica que se corresponde con la compasión de Jesús. Quedaron limpios, fueron curados, recobraron la salud, maravillas de Dios. Reconocimiento y acción de gracias de uno de los curados, a lo que se corresponde fe y salvación. Un camino para despertar la fe, para alcanzar la salvación.
Jesús que en el camino de la vida nos va saliendo a nuestro encuentro. Acudimos a El desde nuestras necesidades, incluso materiales, pidiendo compasión y misericordia. Lo hacemos de tantas maneras. Y de tantas maneras se van manifestando en nuestra vida las obras maravillosas de Dios. Pero tiene que surgir el reconocimiento de esa acción de Dios y la acción de gracias. No siempre acabamos de hacerlo de verdad. Fáciles para pedir, prontos para olvidar, abandonados para realizar ese reconocimiento y esa acción de gracias. Nos sucede tantas veces en la vida.
Tenemos que dar el salto de esa súplica que hacemos a Dios desde nuestras necesidades hasta el aprender a hacer el reconocimiento de esas obras de Dios, para que así surja la acción de gracias. Pero hemos de aprender a no quedarnos en lo inmediato que recibimos sino que tenemos que saber ir más allá para descubrir lo que la fe nos manifiesta. Es entonces cuando descubriremos y alcanzaremos la salvación de Dios.
Fue el camino que hizo el samaritano leproso y curado. Vio más allá de ese quedar limpio de la lepra para reconocer la acción de Dios. Fue el que ‘volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias’. Descubrió quién era Jesús. Se despertó en él la fe verdadera y alcanzó la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Hagamos el recorrido nosotros también. Sepamos descubrir esa acción de Dios en nuestra vida y reconocerla. Dar gracias es reconocerla. Es sentir que es una gracia que Dios nos ha otorgado. No son obras nuestras. ‘Mas cuando ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre, no por las obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino que según su misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo’, que nos ha dicho san Pablo en la carta a Tito.
‘Seremos justificados por su gracia, seremos, en esperanza, herederos de vida eterna’. Es grande el regalo. Es grande el gozo de la salvación que obtenemos. Es inmensa, porque es eterna, la herencia que nos tiene reservada, ‘la vida eterna’.

martes, 11 de noviembre de 2008

Llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa

Tito 2, 1-8.11-14
Sal. 36
Lc. 17, 7-10

‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’. Un texto que hace referencia a la venida de Cristo al mundo, Dios que se ha hecho hombre, trayéndonos la gracia y la salvación. Precisamente es un texto que se lee en la Misa del Nacimiento del Señor.
Su venida es para nuestra salvación. En El nos sentimos salvados y llenos de gracia. Cuando nosotros estábamos en el pecado, El nos trae la gracia y el perdón. Cuando nosotros andábamos en tinieblas, El viene a traernos la luz. Es gracia. Porque es el regalo grande que nos hace el Señor en su amor infinito por nosotros. Pero pide de nosotros una respuesta.
Supongamos que alguien porque yerra en el camino, se pierde y se ve arrastrado hacia un abismo del que no puede salir por sí mismo. Se organizará un rescate utilizando todos los medios posibles para lograr sacarlo de aquel abismo y aquel peligro en el que estaba que podía llevarlo a la muerte. El que ha sido salvado, el que ha sido rescatado, seguramente no querrá volver por aquel camino que le puede poner en peligro de nuevo su vida, se andará con cuidado, estudiará bien las rutas que ha de seguir, será más previsor, e incluso, si fuera necesario, buscará alguien que le enseñe el buen camino para no ponerse en peligro de nuevo.
Así tendríamos que ser nosotros los cristianos. Hemos sido rescatados y no de cualquier manera porque ha sido al precio de la sangre de Jesucristo. Somos conscientes, o deberíamos serlo, de que el Señor nos ha liberado, nos ha arrancado de la muerte y quiere ponernos en camino de vida. Lo normal sería que de ahora en adelante no volviéramos a las andadas; que ahora buscáramos la manera de andar por el buen camino. Es la respuesta que nos está pidiendo el Señor.
'Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres...’ Renunciemos al camino malo, renunciemos al pecado, vivamos en la vida nueva de la gracia. Como nos dice hoy san Pablo ‘enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’.
Porque hemos sido salvados, lejos de nosotros las obras de las tinieblas, vivamos la obras de la luz. ‘Una vida sobria, honrada, religiosa’, que nos dice el Apóstol. La rectitud que tiene que brillar en nuestra vida. Nuestra unión agradecida y gozosa con el Señor. Nuestra vida de humildad y de amor. Hay una alegría nueva en nuestra vida: la de la salvación que recibimos -¡cuánto tendríamos que agradecerlo una y otra vez! – y la esperanza del encuentro definitivo con el Señor. ‘La dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Como termina diciendo el texto de hoy: ‘El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras’. Somos ese pueblo purificado. Somos el pueblo del amor, ‘las buenas obras’ que nos dice el apóstol. Vivamos en ese camino de santidad que nos ofrece el Señor.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Auméntanos la fe para descubrir la grandeza del perdón

Tito, 1, 1-9
Sal. 23
Lc. 17, 1-4

Habla en primer lugar hoy Jesús en el Evangelio de la gravedad del escándalo. ‘Es inevitable que sucedan escándalos, pero ¡ay del que los provoca!’ Escándalo, hacer o decir algo malo que puede inducir al otro a hacer el mal, al pecado. ‘Tened cuidado’, nos dice Jesús. Siempre tenemos que llevar a los otros a lo bueno, nunca a lo malo.
Pero luego Jesús sigue hablándonos del perdón y de la fe. Claro que alguno podría preguntarse, ¿Qué relación tiene la fe con el perdón?
Jesús habla de perdonar una y otra vez al hermano que nos ha ofendido. ‘Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’, viene a concluir el Señor. Nos recuerda otro pasaje del evangelio, cuando Pedro le pregunta a Jesús si hay que perdonar hasta siete veces. Y ya recordamos la respuesta de Jesús, ‘hasta setenta veces siete’, para indicarnos que tenemos que perdonar siempre.
Pues bien, es en ese momento cuando los apóstoles, después de escuchar a Jesús, le piden: ‘Auméntanos la fe’. Creo que bien podemos ver la relación si reflexionamos un poquito.
Aunque nos parezca lo contrario – porque es desgraciadamente lo que más comúnmente se realiza en nuestro mundo de violencias – podemos decir que la persona es más persona cuando ha sido capaz de perdonar.
Para perdonar hay que tener valentía y coraje en el corazón. El que es capaz de perdonar está manifestando la nobleza e hidalguía de su ser, la madurez de su personalidad, y su mayor grandeza de alma.
El hombre es más hombre, me atrevo a decir, cuando es capaz de perdonar. El hombre está alcanzando la cota más alta de su nobleza en su vida cuando es capaz de perdonar. La persona se está pareciendo más a Dios – a cuya imagen y semejanza ha sido creado – cuando es capaz de perdonar.
Guardar rencor, dejarse arrastrar por la venganza, responder con violencia ya sea física o moral al que te ha ofendido, manifiesta los instintos más primarios y menos racionales del ser humano, e indica la inmadurez de su corazón que así se ve afectado por lo que le puedan hacer los otros. No seré más grande o más noble por la venganza, ni por guardar rencor. No indica mayor fortaleza o valentía el responder con violencia al que te ofende. No es la forma de ganar la batalla emprender otra en la que vas a quedar más herido en el corazón.
Ya sé que esos son los primeros impulsos que podemos sentir en nuestro interior y que es necesario una fortaleza grande para no dejarse arrastrar por ellos. Pero en ese dominio de la situación que pasa por un dominio de ti mismo es donde vas a presentar el lado más noble de tu vida.
Con el perdón nos parecemos a Dios. ¿Por qué no recordamos a Jesús cuando está siendo crucificado y con su poder divino podía desbaratar todos los planes homicidas que contra El se planeaban? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’. Perdona y disculpa. Tan grande es su amor.
Seremos capaces de practicar la valentía del perdón sólo con la fuerza de la gracia de Dios que nos engrandece. Porque la fe no nos anula, sino todo lo contrario. La fe nos hará descubrir , como si una nueva luz iluminara nuestra vida, donde está la verdadera grandeza de la persona.
‘Auméntanos la fe’, aunque sólo fuera como un granito de mostaza, para que no nos falte nunca en nuestra vida y nos ayude a descubrir la grandeza y maravilla del perdón.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Templo, lugar y signo de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22

La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Todo lo puedo en aquel que me conforta

Filp. 4, 10-19
Sal. 111
Lc. 16, 9-15

Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.

viernes, 7 de noviembre de 2008

No aspiremos sólo a cosas terrenas que somos ciudadanos del cielo

Filp. 3, 17-4, 1
Sal.121
Lc. 16, 1-8

Ante la Palabra de Dios que se nos proclama y que escuchamos cada día siempre tenemos que hacernos preguntas sobre nuestra vida. Si de verdad queremos escucharla allá en lo hondo de nuestro corazón se convierte para nosotros en un itinerario de nuestra vida espiritual, de ese crecimiento en el espíritu que cada día hemos de realizar, de ese avance que queremos hacer en el camino de nuestra santidad. Ya sabemos que esa es la meta que nos ha propuesto Jesús. Y no siempre nos es fácil porque siguen habiendo apegos en nuestro corazón que nos impiden de verdad avanzar como sería nuestro hondo deseo.
La palabra nos ayuda a revisar y a plantearnos metas renovadas cada día. Por eso no nos importe repetirnos en muchas cosas para que podamos realizar ese avance en el espíritu. Hoy por ejemplo podríamos comenzar preguntándonos, ¿cuáles son nuestras aspiraciones más hondas?
Pablo les recuerda a los cristianos de Filipos algo, que por lo que se ve, les ha repetido muchas veces. ‘Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo’. Podrían parecer palabras muy duras. ‘...andan como enemigos de la cruz de Cristo’. ¿Por qué lo dice el apóstol? ‘Sólo aspiran a cosas terrenas’, les dice. Se dejan arrastrar por el mal camino, la perdición; solo piensan en sensualidad y satisfacciones; no tienen un dominio y un control de verdad sobre sus vidas. Les hace falta, quiere decirles, mirar hacia arriba, aspirar a cosas grandes, poner metas e ideales grandes en su vida.
‘Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo’. Caminamos por esta tierra y por este mundo. Tenemos que vivir nuestra vida terrera. Pero somos peregrinos que caminamos hacia la patria celestial. ‘Ciudadanos del cielo’. No significa que tengamos que abandonar nuestras obligaciones y responsabilidades de esta vida y este mundo. Pero miremos donde está nuestra meta. Vivamos, si, todo lo bueno que tenemos en esta vida, pero pensando que la plenitud la vamos a tener sólo en Dios.
Por eso tenemos que dejarnos transformar por el Señor. Ya nos ha hecho partícipes de su vida y nos ha enriquecido con su gracia. Pero eso es prenda de la gloria futura. ‘El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’. ¿A qué aspiramos? ¿cuáles son nuestras aspiraciones más profundas? Así nos preguntábamos antes.
Si nos dejamos transformar por Cristo, ya en nosotros no cabe el pecado, no cabe el egoísmo ni el desamor, no cabe la maldad, no caben nuestros orgullos y nuestras envidias, no caben esos apegos terrenos. ¿Por qué seguimos haciendo discriminaciones y distinciones? ¿Por qué seguir considerándonos mejor que los demás? ¿Por qué vivir esclavos de nuestras pasiones?
Vivamos, pues, como lo que somos. ‘Según el modelo de su condición gloriosa’. Los que hemos sido transformados por la gracia del Señor. Que resplandezca en nosotros la santidad, la gracia, el amor, la vida de Dios de la que somos partícipes para ser hijos. Así será distinta nuestra relación con los demás, así será distinta nuestra relación con Dios.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo

Filp. 3, 3-8
Sal. 104
Lc. 15, 1-10

¿Es Cristo para mí una ganancia? Tendría que explicarme quizá con esa pregunta. Cuando pensamos en ganancias fácilmente nos viene a la mente lo económico, los prestigios humanos, las cosas importantes que logremos en la vida y cosas por el estilo en ese orden material o mundano. Por ser cristiano, seguidor de Cristo no voy a obtener una ganancia económica, porque no sigo a Cristo pensando en ello. Ni tampoco lo puedo mirar como una forma de escalar puestos en la vida o prestigios de orden social.
Algunos de nuestro alrededor no entenderán muchas veces mis actitudes fundamentales o mis comportamientos cuando actúo movido por la fe y el evangelio. Y bien sabemos que en la sociedad de nuestro entorno algunas veces se quiere desterrar todo lo que suene a religioso o cristiano. Ya leí en alguna noticia que lo de la Navidad en alguna población quieren cambiarle el nombre por otro que no tenga ninguna connotación ni cristiana ni religiosa.
Pero sigue siendo válida la pregunta. ¿Es Cristo para mi una ganancia? Tendría que ser que sí en la medida en que la fe en Jesús sea para mí importante, en la medida que el conocimiento de Dios sea algo fundamental en mi vida. Pero estoy diciendo importante y fundamental. No mirar la fe como un barniz que pongo sobre mi vida pero que no afecto a lo hondo de mi ser; no mirar el ser cristiano como un vestido que me pongo o me quito según conveniencias.
San Pablo nos ha hablado hoy en su carta de que ‘nosotros servimos a Dios desde dentro, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en lo exterior’. Pablo comenta que él podía hacer gala de muchos títulos o cosas vividas en su vida en otro momento para hacer comparación con otras personas y no quedar por menos. ‘Circuncidado a los ocho días... israelita de toda la vida de la tribu de Benjamín, fariseo... irreprochable en lo que toca a cumplir la ley judía...’ Pero ahora nos dice: ‘Todo eso que era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo... todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor... todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Pablo era bien considerado en el mundo judío. Y ahí nos dice cómo y lo que hacía. Pero su encuentro con Jesús desmontó todas esas cosas, y desde ese momento Cristo fue su única ganancia y su única riqueza. Por Cristo él se dará totalmente. Por el anuncio del evangelio tendrá que sufrir privaciones y muchas calamidades como recordará en otra de sus cartas. ‘Sufro hasta llevar cadenas’, dirá en alguna ocasión. Para él su vida es Cristo.
Creo que nos está diciendo mucho san Pablo de la importancia que hemos de darle a nuestra fe en Jesús. Cómo cada día más hemos de querer conocerle mejor, llenarnos de vida, seguir su camino, convertirlo de verdad en el centro y la riqueza de nuestra existencia. Aunque eso nos llevara a incomprensiones del mundo que nos rodea. Pero no hace tanto tiempo que hemos escuchado en las bienaventuranzas de Jesús ‘dichosos si os insultan y calumnian de cualquier modo por mi causa... vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos’.
Busquemos a Cristo como la perla preciosa de nuestra vida. ‘Que se alegren los que buscan al Señor’, dijimos en el salmo. Dejémonos encontrar por Cristo, que siempre viene en nuestra búsqueda para ofrecernos su gracia, su perdón, su amor, su vida. Hoy en el evangelio hemos visto cómo busca la oveja perdida, o a la manera de la mujer que revuelve todo para encontrar la joya que se le había extraviado. Así es el amor que el Señor nos tiene. Así tiene que ser nuestro amor y cómo nosotros hemos de darlo todo por seguirle.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Dejar actuar a Dios en nuestra vida para nuestra propia santificación

Filp. 2, 12-18
Sal. 26
Lc. 14, 25-33


Podíamos decir que estas palabras que hemos escuchado de Pablo en su carta a los Filipenses es una urgente exhortación del apóstol a colaborar generosamente con Dios en la propia santificación. Aceptar el designio de Dios en nuestra vida, pero con generosidad de espíritu, con alegría, con entusiasmo, nunca de mala gana.
‘Seguid actuando vuestra propia salvación escrupulosamente, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor...’ Dejar, pues, actuar a Dios en nuestra vida. Porque es Dios quien nos salva y quien nos santifica cuando nos da el Espíritu Santo para que actúe en nuestro corazón. No somos nosotros los que nos salvamos ni los que nos santificamos. Es obra de Dios, porque es el Señor el que nos salva. Es el Espíritu Santo el que nos santifica. El nos regala sus dones. El es quien mueve nuestro corazón y nuestro querer.
Es obra de Dios, que requiere, sin embargo, nuestro concurso. Por eso, ese designio de Dios nos está pidiendo nuestra respuesta. Y la respuesta es vivir en el camino de esa vida santa que El nos señala. Hay una exigencia para nosotros. Requiere en nuestra respuesta un esfuerzo por nuestra parte. Pero, ¡oh maravilla! esfuerzo que realizamos con su gracia, con la fuerza del Espíritu del Señor.
Nos habla el apóstol de ser ‘irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir’. Nos habla, pues, de resplandecer por nuestra santidad, ‘irreprochables y límpidos... sin tacha’. Nada debe manchar nuestra vida. La salvación de Dios nos llena de luz, porque nos llena de Dios. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, decíamos en el salmo. La salvación es luz, nos llena de luz, nos hace resplandecer. Nada de oscuridad puede haber en nosotros. Es que tiene que brillar la obra de Dios en nosotros. Con ello daremos gloria al Señor.
No nos importe que esa luz moleste a los demás. Es que los que realizan las obras del mal prefieren a las tinieblas. Pero nuestra luz puede arrastrar a muchos a querer alcanzar esa salvación, querer también dar respuesta positiva a la invitación a la salvación y santificación que Dios hace a todos los hombres. Nuestra luz, la santidad de nuestra vida tiene que ser polo de atracción para muchos, para que ellos lleguen también a conocer a Jesús, a querer vivir su camino.
No es una tarea pasiva, aunque digamos que tenemos que dejar actuar a Dios. Sabemos el camino que emprendemos. Conocemos los presupuestos de exigencias que tiene para nuestra vida el emprender ese camino. Como nos enseña hoy Jesús en el Evangelio. ‘¿Quien de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos para ver si tiene para terminarla?’ Conocemos los presupuestos necesarios para emprender ese camino de santidad. Además de una escucha de Dios para descubrir su designio de amor para nuestra vida, luego sabemos bien que la senda es estrecha, como escuchamos hace unos días, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, que hemos de tomar la determinación de tomar su cruz para seguirle, de que hemos de poner por nuestra parte todo lo necesario para arrancarnos del mal y para practicar la virtud, para vivir en el amor.
Pero lo hacemos seducidos por el amor que el Señor nos tiene. ¡Es tan gozoso vivir en su amor! ¡Es tanta la dicha que alcanzamos en lo hondo de nuestro corazón cuando emprendemos el camino de la santidad! ¡Es tan grande la recompensa que nos espera en el cielo, de poder vivir junto a Dios, de llenarnos de Dios en plenitud, de contemplarle cara a cara! Con gozo, con alegría, con determinación emprendemos el camino de la salvación y la santidad.
‘Yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría, por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía’, terminaba diciendo el apóstol.

martes, 4 de noviembre de 2008

Sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús

Fil. 2, 5-11
Sal. 21
Lc. 14, 15-24

Quería fijarme en dos cosas hoy de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Por una parte ese hermoso texto de la carta a los Filipenses, y también en el evangelio, aunque tantas veces lo hemos reflexionado. Pero siempre la Palabra que se nos proclama es para nosotros una Buena Noticia, y tiene entonces la novedad de algo vivo y lleno de vida para nosotros.
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, así nos ha dicho san Pablo en la carta a los Filipenses. Es nuestra configuración con Cristo. Nuestro vivir ha de ser vivir a Cristo. Asemejarnos totalmente a El. El nos hace partícipes de su vida. Y eso tendrá que reflejarse en nuestro vivir, en nuestras actitudes, en todo nuestro ser.
Pero fijémonos en cuáles son esos sentimientos a los que hoy quiere referirse el apóstol. Podemos hablar de su humildad, de su entrega total, de su amor sin fin, del sacrificio de su vida hasta la muerte.
Comienza diciéndonos que ‘El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos’. Ayer escuchábamos que nos decía ‘dejaos guiar por la humildad’. Tantas veces le hemos escuchado a Jesús hablarnos de los humildes y los sencillos, porque es a ellos a los que se les revela el misterio de Dios. Y María en su cántico proclama cómo ‘Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, recordándonos lo que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio de que ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, enaltecido’. Y nosotros mientras tanto haciendo galas de lo que somos o tenemos. Y ¿qué es lo que somos? ¿cuánto vale lo que tenemos?
Y continúa diciéndonos el apóstol. ‘Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz’. Es la señal de la entrega y del amor. Es el sacrificio de su vida para nuestra salvación. Podríamos pensar que para salvarnos no era necesario ese sacrificio, ese tipo de muerte, porque cualquiera de los actos de Cristo, por ser el Hijo de Dios, tenían valor infinito. Pero así quiso mostrarnos su amor. Porque ese es el más grande amor. El amor del que da la vida por aquel a quien ama. Un camino para nuestro amor, cuando nosotros a la hora de dar, pensamos más en dar cosas y con medidas limitadas – por si acaso nos falte – que en darnos nosotros mismos. Es el ejemplo de Jesús. Es el camino a seguir.
‘Por eso Dios lo levantó sobre todo, termina diciéndonos Pablo, y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Es el Señor. Como diría Pedro en el discurso de Pentecostés: ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías... resucitándolo y rompiendo las ataduras de la muerte’. Es la Pascua. Es la muerte de Jesús en su entrega de amor, pero es su Resurrección porque es el Señor. Y es el misterio de Cristo que nosotros hemos de vivir en nuestra vida. Es cómo tenemos que configurarnos con El, teniendo sus mismos sentimientos, teniendo su misma vida. Y del evangelio, finalmente, una palabra. Alguien exclamó, dice el Evangelista: ‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Comer, sí, en el banquete del Reino de Dios, al que todos estamos invitados. A continuación Jesús propone la parábola del ‘hombre que daba un banquete y convidó a mucha gente...’ Y al terminar la parábola Jesús dirá que ‘el amo dijo: sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Todos estamos invitados a ese banquete del Reino de los cielos. Respondamos a esa invitación del Señor. No nos busquemos disculpas para rehuir la invitación.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor

Fil. 2, 1-4
Sal. 130
Lc. 14, 12-14

‘Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor’, hemos pedido y repetido en el salmo responsorial. Que junto al Señor, en el Señor, tengamos siempre paz en el corazón. Que no nos falte nunca para que podamos así mejor sentirle y escucharle en nuestro corazón.
Pablo apela en la carta a los Filipenses, que seguimos escuchando en estos días, al cariño y el amor que mutuamente se sienten aquella comunidad y el apóstol, como expresa en otros momentos de su carta; apela a las entrañas de misericordia y compasión que aquella gente tiene, pero por encima de todo apela al mismo Espíritu que les une, - ‘si nos une un mismo Espíritu’, les dice – para que le den la alegría de la unidad y la concordia en medio de la comunidad.
‘Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir’. Concordia, corazones unidos, corazones cercanos, ser capaces de poner el corazón junto al corazón del otro, viene a significar esa expresión. Cuando ponemos nuestro corazón junto al corazón del otro significa cómo los dos corazones tienen que latir al unísono. Es sentir en mi corazón lo que siente el corazón del otro. Ya lo que le sucede al otro no me es ajeno porque yo lo siento en mi propio corazón. ¡Qué hermoso cuando podemos sentir así el latido del corazón del otro en mi vida! Sus preocupaciones, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus ilusiones y sueños no me son ajenos.
Para ello es necesario un espíritu grande de humildad; para olvidarme de mí mismo; para ponerme a su lado como de igual a igual. Lejos de mí entonces la prepotencia, el orgullo, el creerme superior o mejor. Ya no estaré subido a un pedestal cuando me acerco al otro para mirarlo desde arriba, sino lo miraré de frente, lo sentiré a mi lado. Lejos de mí la vanidad donde voy a demostrar al otro lo bueno que soy o las cosas buenas que hago. Ya no van a ser mis intereses los que priven sobre los de los demás.
Es lo que nos dice el apóstol. Recordémoslo. ‘No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad siempre el interés de los demás’. ¡Qué hermoso mensaje!
Es el camino de generosidad, de humildad y de amor que nos enseña Jesús en el Evangelio. Lo había invitado a comer a su casa un fariseo principal. Ya les había señalado, cuando vio que los invitados estaban muy preocupados por ocupar los primeros puestos, que ese no podía ser la manera de actuar. ‘Cuando te inviten a un banquete, vete a sentarte en el último puesto... porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido...’
Ahora le dice al que lo había invitado cuáles tenían que haber sido sus invitados principales. ‘... no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Una nueva bienaventuranza nos dice hoy Jesús. Dichosos porque no recibimos pagas en este mundo, porque hacemos las cosas no simplemente buscando una recompensa; porque pensamos que lo que hacemos tiene una trascendencia en los cielos; porque la verdadera paga es la que nos da el Señor. El valor de la gratuidad. Las cualidades del amor verdadero que nunca es interesado. El no hacer las cosas para que me lo agradezcan. El no pensar en mis ganancias propias y terrenas. El hacer las cosas por un amor generoso y altruista.