3Jn. 5-8
Sal. 111
Lc. 18, 1-8
‘Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse...’ Es la razón por la que Jesús propone la parábola. Muchas veces los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar. Ahora quiere Jesús enseñarnos algo más, a orar siempre, sin desanimarse.
Necesitamos también nosotros aprender. Nos entra la desgana y el cansancio, el aburrimiento y la falta de confianza, el desánimo y la falta de esperanza. ¿Para qué pedir a Dios si no nos escucha? ¿Para qué pedir si no se nos concede lo que pedimos? ¿Para qué pedir si no lo tenemos en el momento en que lo deseamos? ¿Para qué pedir si no nos sirve de nada?, llegan a decir algunos por falta de fe.
Propone Jesús la parábola del juez inicuo que no escucha la petición de justicia. ‘Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres... y había una viuda que solía ir a decir: hazme justicia frente a mi adversario...’ Se negaba a escuchar a la pobre viuda, aunque al final aquel juez la atendió aunque tendríamos que analizar las motivaciones.
Las motivaciones de aquel juez no serían las mejores ‘ni temo a Dios ni me importan los hombres... le haré justicia no vaya a acabar pegándome en la cara...’ –, pero al final escucha la súplica de aquella mujer. Pero lo que Jesús quiere decirnos es que si los hombres incluso con nuestras limitaciones somos capaces de hacer cosas buenas, ¡cuánto más no hará nuestro Padre del cielo que es infinito en su amor! ‘Pues Dios ¿no hará justicia con los elegidos que le gritan día y noche?’ viene a decirnos Jesús.
Confianza, pues, en Dios que es Amor y es nuestro Padre. Claro que sí nos escucha y nos concede lo que mejor necesitamos. Siempre nos dará lo mejor.
Esa confianza en Dios tiene que nacer de la fe. Cuando hemos descubierto y experimentado en nuestra vida lo bueno que es Dios, el amor que nos tiene, nos sentiremos más motivados para acudir a El con confianza.
Tendríamos que comenzar siempre nuestra oración con un acto de fe. Normalmente iniciamos cualquier oración con la señal de la cruz. Pero ¡ojo!, no hagamos la señal de la cruz mecánicamente; detengámonos a hacerla sin prisas y con sentido. Es una forma de hacer esa profesión de fe de la que hablábamos. En el nombre de Dios comenzamos; invocando al Dios en quien creemos y a quien amamos. Lo hacemos cuando venimos a rezar, o iniciamos cualquier oración. Lo hacemos al comienzo de toda celebración litúrgica. Pero, repito, hagámoslo bien y con sentido.
Si con ese acto de fe y de amor iniciamos nuestra oración, nuestro encuentro con El, ¿por qué nos va a faltar la confianza?
¿Será por eso por lo que hoy al final del Evangelio Jesús se pregunta si ‘cuando venga el Hijo del Hombre encontrará esa fe en la tierra’?
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sábado, 15 de noviembre de 2008
viernes, 14 de noviembre de 2008
estemos atentos y preparados
2Jn. 4-9
Sal. 118
Lc. 17, 26-37
Lenguaje enigmático el que emplea Jesús en el Evangelio. Si ayer le preguntaban a Jesús cuando iba a llegar el Reino de Dios y El nos decía que no llegaría de forma espectacular porque estaba dentro de nosotros, ahora para hablarnos del tiempo de la venida final del Hijo del Hombre sí nos habla de que vendrá cuando menos lo esperemos.
Por eso nos recuerda a Noé, cuando lo del Diluvio universal; ‘comían, bebían y se casaban, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.... así será en los días del Hijo del Hombre’. Y recuerda la destrucción de Sodoma y Gomorra: ‘...comían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos’.
‘Así sucederá el día que se manifiesta el Hijo del Hombre’, nos dice Jesús en el evangelio. Hemos, pues, de estar atentos y preparados; ya sea para la hora de nuestra muerte, que vendrá cuando menos lo esperemos, o ya sea para el final de los tiempos. Será la hora del juicio; entonces nos daremos cuenta de cuál es el verdadero valor de nuestra vida y de lo que tenemos.
No nos valdrán nuestros apegos, las cosas que tengamos. Por eso nos dice que si estamos en la azotea no bajemos a la casa, y si estamos en el campo no vengamos a la ciudad. No queramos apegarnos a las cosas que tengamos en la vida.
¡Cuántos apegos! ¡cuántas cosas que vamos acumulando! ¡cuántos afanes y preocupaciones innecesarias! ¡de cuántas cosas nos cuesta desprendernos!
¿Qué es lo importante? Miremos nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, ¿va a añadirnos un minuto a nuestra existencia?
Nos preocupamos de cosas y descuidamos lo principal. Lo que tengo, ¿a quién se lo voy a dejar? ¿quién realmente va a disfrutar del fruto de tantos afanes que hemos tenido en la vida? Pero ¿te has preocupado de la vida verdadera? ¿Te has preocupado de la misma manera de tú disfrutar por toda la eternidad de la vida verdadera?
Por eso lo importante es estar preparados. Lo importante es la ganancia que podamos haber atesorado en el cielo, donde la polilla no lo corroe ni los ladrones nos lo roban, como nos dice Jesús en otros lugares del Evangelio. ¿Cuál es el tesoro verdadero que hemos procurado? ‘Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor’, meditamos en el salmo. Es el camino para atesorar el verdadero tesoro que nos llevaría a la plenitud.
Estamos casi al final del año litúrgico y en la liturgia y en la Palabra de Dios que vamos a escuchar ahora y en los primeros días del nuevo año litúrgico en el adviento se nos van a recordar todas estas cosas. Pero no solo tenemos que recordarlo ahora, sino que es algo que tenemos que tener muy presente en nuestra vida, si pensamos en serio en la trascendencia que tiene nuestra existencia porque el Señor nos tiene reservada una vida eterna en plenitud.
Sal. 118
Lc. 17, 26-37
Lenguaje enigmático el que emplea Jesús en el Evangelio. Si ayer le preguntaban a Jesús cuando iba a llegar el Reino de Dios y El nos decía que no llegaría de forma espectacular porque estaba dentro de nosotros, ahora para hablarnos del tiempo de la venida final del Hijo del Hombre sí nos habla de que vendrá cuando menos lo esperemos.
Por eso nos recuerda a Noé, cuando lo del Diluvio universal; ‘comían, bebían y se casaban, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.... así será en los días del Hijo del Hombre’. Y recuerda la destrucción de Sodoma y Gomorra: ‘...comían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos’.
‘Así sucederá el día que se manifiesta el Hijo del Hombre’, nos dice Jesús en el evangelio. Hemos, pues, de estar atentos y preparados; ya sea para la hora de nuestra muerte, que vendrá cuando menos lo esperemos, o ya sea para el final de los tiempos. Será la hora del juicio; entonces nos daremos cuenta de cuál es el verdadero valor de nuestra vida y de lo que tenemos.
No nos valdrán nuestros apegos, las cosas que tengamos. Por eso nos dice que si estamos en la azotea no bajemos a la casa, y si estamos en el campo no vengamos a la ciudad. No queramos apegarnos a las cosas que tengamos en la vida.
¡Cuántos apegos! ¡cuántas cosas que vamos acumulando! ¡cuántos afanes y preocupaciones innecesarias! ¡de cuántas cosas nos cuesta desprendernos!
¿Qué es lo importante? Miremos nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, ¿va a añadirnos un minuto a nuestra existencia?
Nos preocupamos de cosas y descuidamos lo principal. Lo que tengo, ¿a quién se lo voy a dejar? ¿quién realmente va a disfrutar del fruto de tantos afanes que hemos tenido en la vida? Pero ¿te has preocupado de la vida verdadera? ¿Te has preocupado de la misma manera de tú disfrutar por toda la eternidad de la vida verdadera?
Por eso lo importante es estar preparados. Lo importante es la ganancia que podamos haber atesorado en el cielo, donde la polilla no lo corroe ni los ladrones nos lo roban, como nos dice Jesús en otros lugares del Evangelio. ¿Cuál es el tesoro verdadero que hemos procurado? ‘Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor’, meditamos en el salmo. Es el camino para atesorar el verdadero tesoro que nos llevaría a la plenitud.
Estamos casi al final del año litúrgico y en la liturgia y en la Palabra de Dios que vamos a escuchar ahora y en los primeros días del nuevo año litúrgico en el adviento se nos van a recordar todas estas cosas. Pero no solo tenemos que recordarlo ahora, sino que es algo que tenemos que tener muy presente en nuestra vida, si pensamos en serio en la trascendencia que tiene nuestra existencia porque el Señor nos tiene reservada una vida eterna en plenitud.
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jueves, 13 de noviembre de 2008
El reino de Dios está dentro de vosotros
Filemón, 7-20
Sal. 145
Lc. 17, 20-15
‘Unos fariseos le preguntaban cuando iba a llegar el Reino de Dios’. Es la predicación repetida de Jesús a través de todo el Evangelio. Su primer anuncio era decir que estaba cerca y había que creer la Buena Noticia. Continuamente hablaba Jesús del Reino de Dios.
Una pregunta lógica que podía hacer cualquiera dado el concepto que los judíos podían tener del Reino de Dios, como vemos a través del Evangelio. Los mismos discípulos más cercanos de Jesús andaban peleándose por ver quién iba a ser el primero en el Reino de Dios. Cuando pensaban en una restauración de la soberanía de Israel que ahora se sentía subyugado bajo un poder extranjero, parece lógico la urgencia de saber cuándo iba a llegar el Reino de Dios.
También podían pensar en un mundo idílico que pudiera comenzar de un momento a otro porque podría venir alguien que lo impusiera por la fuerza. No estamos nosotros muy distantes de esta manera de ver las cosas cuando pensamos por qué Dios con su poder no hace desaparecer para siempre el mal que hay en el mundo, o por qué no pueden ser suprimidos tantos que obran el mal y son causa de la injusticia que padece nuestro mundo.
Pero lo que nos dice Jesús es distinto. No vendrá espectacularmente, no será una imposición, no es algo que viene o se impone desde fuera o por poderes humanos o externos al corazón del hombre. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’.
Será el cambio de nuestro corazón lo que hará presente el reino de Dios. Serán las actitudes profundas de nuestro corazón las que harán presente y visible ese Reino de Dios. Será el reconocimiento desde lo más hondo de nosotros mismos de esa soberanía de Dios sobre nuestra vida lo que nos hará cambiar el corazón, lo que nos llevará a actitudes y valores nuevos, los que harán presente el Reino de Dios.
Allí donde pongamos amor y paz, justicia y autenticidad de vida, verdad y respeto, comprensión y perdón, allí podemos decir que está el Reino de Dios.
Allí donde venzamos el mal, desterremos el odio, y donde hagamos desaparecer la mentira y la falsedad, allí haremos presente el Reino de Dios.
Querrán engañarnos diciéndonos que está aquí o allí, que hagamos esto o aquello, que hay unas visiones o unas apariciones milagrosas. ‘Si os dicen que está aquí o allí no os vayáis detrás’, nos dice Jesús. ‘Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del Hombre en su día’. No podemos quedarnos en supuestas apariciones o visiones, si no hacemos en nosotros esa transformación de nuestro corazón que nos haga vivir de verdad el Reino de Dios. No lo podemos ir a buscar a un sitio o a otro, no estará más en un sitio que en otro, porque allí donde pongamos la señales del Reino, donde resplandezcan los valores del Evangelio, sea donde sea, allí sentiremos siempre la presencia del Hijo del Hombre, la presencia del Reino de Dios.
Allí donde seamos cada día capaces de vencer el mal o hacer resplandecer el amor, allí donde nos dejemos transformar por la vida nueva que El nos ofrece, donde seamos capaces de morir más a nosotros mismos, para ser más para los demás, allí estaremos viviendo el Reino de Dios.
Jesús habla de que el Hijo del Hombre ‘antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación’. Nos está hablando de la Pascua, la Pascua de Jesús en su muerte y resurrección pero de la Pascua que tenemos que vivir en nosotros, en ese morir al mal y al pecador, para renacer a una vida nueva. Por eso Pascua nos llegará, se hará presente en nuestra vida y más en nuestro mundo el Reino de Dios. El Reino de Dios está, pues, dentro de nosotros.
Sal. 145
Lc. 17, 20-15
‘Unos fariseos le preguntaban cuando iba a llegar el Reino de Dios’. Es la predicación repetida de Jesús a través de todo el Evangelio. Su primer anuncio era decir que estaba cerca y había que creer la Buena Noticia. Continuamente hablaba Jesús del Reino de Dios.
Una pregunta lógica que podía hacer cualquiera dado el concepto que los judíos podían tener del Reino de Dios, como vemos a través del Evangelio. Los mismos discípulos más cercanos de Jesús andaban peleándose por ver quién iba a ser el primero en el Reino de Dios. Cuando pensaban en una restauración de la soberanía de Israel que ahora se sentía subyugado bajo un poder extranjero, parece lógico la urgencia de saber cuándo iba a llegar el Reino de Dios.
También podían pensar en un mundo idílico que pudiera comenzar de un momento a otro porque podría venir alguien que lo impusiera por la fuerza. No estamos nosotros muy distantes de esta manera de ver las cosas cuando pensamos por qué Dios con su poder no hace desaparecer para siempre el mal que hay en el mundo, o por qué no pueden ser suprimidos tantos que obran el mal y son causa de la injusticia que padece nuestro mundo.
Pero lo que nos dice Jesús es distinto. No vendrá espectacularmente, no será una imposición, no es algo que viene o se impone desde fuera o por poderes humanos o externos al corazón del hombre. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’.
Será el cambio de nuestro corazón lo que hará presente el reino de Dios. Serán las actitudes profundas de nuestro corazón las que harán presente y visible ese Reino de Dios. Será el reconocimiento desde lo más hondo de nosotros mismos de esa soberanía de Dios sobre nuestra vida lo que nos hará cambiar el corazón, lo que nos llevará a actitudes y valores nuevos, los que harán presente el Reino de Dios.
Allí donde pongamos amor y paz, justicia y autenticidad de vida, verdad y respeto, comprensión y perdón, allí podemos decir que está el Reino de Dios.
Allí donde venzamos el mal, desterremos el odio, y donde hagamos desaparecer la mentira y la falsedad, allí haremos presente el Reino de Dios.
Querrán engañarnos diciéndonos que está aquí o allí, que hagamos esto o aquello, que hay unas visiones o unas apariciones milagrosas. ‘Si os dicen que está aquí o allí no os vayáis detrás’, nos dice Jesús. ‘Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del Hombre en su día’. No podemos quedarnos en supuestas apariciones o visiones, si no hacemos en nosotros esa transformación de nuestro corazón que nos haga vivir de verdad el Reino de Dios. No lo podemos ir a buscar a un sitio o a otro, no estará más en un sitio que en otro, porque allí donde pongamos la señales del Reino, donde resplandezcan los valores del Evangelio, sea donde sea, allí sentiremos siempre la presencia del Hijo del Hombre, la presencia del Reino de Dios.
Allí donde seamos cada día capaces de vencer el mal o hacer resplandecer el amor, allí donde nos dejemos transformar por la vida nueva que El nos ofrece, donde seamos capaces de morir más a nosotros mismos, para ser más para los demás, allí estaremos viviendo el Reino de Dios.
Jesús habla de que el Hijo del Hombre ‘antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación’. Nos está hablando de la Pascua, la Pascua de Jesús en su muerte y resurrección pero de la Pascua que tenemos que vivir en nosotros, en ese morir al mal y al pecador, para renacer a una vida nueva. Por eso Pascua nos llegará, se hará presente en nuestra vida y más en nuestro mundo el Reino de Dios. El Reino de Dios está, pues, dentro de nosotros.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008
Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias
Tito, 3, 1-7
Sal. 22
Lc. 17, 11-19
‘Uno, viendo que estaba curado... se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias...’
hemos escuchado el relato del evangelio. ‘Salieron a su encuentro diez leprosos... a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El mandato de Jesús de cumplir lo prescrito por la ley de Moisés para quien fuera curado de la lepra. ‘Mientras iban de camino, quedaron limpios’. La queja final de Jesús. ‘¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gracias a Dios?’
‘Levántate, vete: tu fe te ha salvado’. Son las palabras finales de Jesús. Es lo más grande que le ha sucedido a aquel hombre.
Una súplica que se corresponde con la compasión de Jesús. Quedaron limpios, fueron curados, recobraron la salud, maravillas de Dios. Reconocimiento y acción de gracias de uno de los curados, a lo que se corresponde fe y salvación. Un camino para despertar la fe, para alcanzar la salvación.
Jesús que en el camino de la vida nos va saliendo a nuestro encuentro. Acudimos a El desde nuestras necesidades, incluso materiales, pidiendo compasión y misericordia. Lo hacemos de tantas maneras. Y de tantas maneras se van manifestando en nuestra vida las obras maravillosas de Dios. Pero tiene que surgir el reconocimiento de esa acción de Dios y la acción de gracias. No siempre acabamos de hacerlo de verdad. Fáciles para pedir, prontos para olvidar, abandonados para realizar ese reconocimiento y esa acción de gracias. Nos sucede tantas veces en la vida.
Tenemos que dar el salto de esa súplica que hacemos a Dios desde nuestras necesidades hasta el aprender a hacer el reconocimiento de esas obras de Dios, para que así surja la acción de gracias. Pero hemos de aprender a no quedarnos en lo inmediato que recibimos sino que tenemos que saber ir más allá para descubrir lo que la fe nos manifiesta. Es entonces cuando descubriremos y alcanzaremos la salvación de Dios.
Fue el camino que hizo el samaritano leproso y curado. Vio más allá de ese quedar limpio de la lepra para reconocer la acción de Dios. Fue el que ‘volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias’. Descubrió quién era Jesús. Se despertó en él la fe verdadera y alcanzó la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Hagamos el recorrido nosotros también. Sepamos descubrir esa acción de Dios en nuestra vida y reconocerla. Dar gracias es reconocerla. Es sentir que es una gracia que Dios nos ha otorgado. No son obras nuestras. ‘Mas cuando ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre, no por las obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino que según su misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo’, que nos ha dicho san Pablo en la carta a Tito.
‘Seremos justificados por su gracia, seremos, en esperanza, herederos de vida eterna’. Es grande el regalo. Es grande el gozo de la salvación que obtenemos. Es inmensa, porque es eterna, la herencia que nos tiene reservada, ‘la vida eterna’.
Sal. 22
Lc. 17, 11-19
‘Uno, viendo que estaba curado... se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias...’
hemos escuchado el relato del evangelio. ‘Salieron a su encuentro diez leprosos... a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El mandato de Jesús de cumplir lo prescrito por la ley de Moisés para quien fuera curado de la lepra. ‘Mientras iban de camino, quedaron limpios’. La queja final de Jesús. ‘¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gracias a Dios?’
‘Levántate, vete: tu fe te ha salvado’. Son las palabras finales de Jesús. Es lo más grande que le ha sucedido a aquel hombre.
Una súplica que se corresponde con la compasión de Jesús. Quedaron limpios, fueron curados, recobraron la salud, maravillas de Dios. Reconocimiento y acción de gracias de uno de los curados, a lo que se corresponde fe y salvación. Un camino para despertar la fe, para alcanzar la salvación.
Jesús que en el camino de la vida nos va saliendo a nuestro encuentro. Acudimos a El desde nuestras necesidades, incluso materiales, pidiendo compasión y misericordia. Lo hacemos de tantas maneras. Y de tantas maneras se van manifestando en nuestra vida las obras maravillosas de Dios. Pero tiene que surgir el reconocimiento de esa acción de Dios y la acción de gracias. No siempre acabamos de hacerlo de verdad. Fáciles para pedir, prontos para olvidar, abandonados para realizar ese reconocimiento y esa acción de gracias. Nos sucede tantas veces en la vida.
Tenemos que dar el salto de esa súplica que hacemos a Dios desde nuestras necesidades hasta el aprender a hacer el reconocimiento de esas obras de Dios, para que así surja la acción de gracias. Pero hemos de aprender a no quedarnos en lo inmediato que recibimos sino que tenemos que saber ir más allá para descubrir lo que la fe nos manifiesta. Es entonces cuando descubriremos y alcanzaremos la salvación de Dios.
Fue el camino que hizo el samaritano leproso y curado. Vio más allá de ese quedar limpio de la lepra para reconocer la acción de Dios. Fue el que ‘volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias’. Descubrió quién era Jesús. Se despertó en él la fe verdadera y alcanzó la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Hagamos el recorrido nosotros también. Sepamos descubrir esa acción de Dios en nuestra vida y reconocerla. Dar gracias es reconocerla. Es sentir que es una gracia que Dios nos ha otorgado. No son obras nuestras. ‘Mas cuando ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre, no por las obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino que según su misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo’, que nos ha dicho san Pablo en la carta a Tito.
‘Seremos justificados por su gracia, seremos, en esperanza, herederos de vida eterna’. Es grande el regalo. Es grande el gozo de la salvación que obtenemos. Es inmensa, porque es eterna, la herencia que nos tiene reservada, ‘la vida eterna’.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa
Tito 2, 1-8.11-14
Sal. 36
Lc. 17, 7-10
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’. Un texto que hace referencia a la venida de Cristo al mundo, Dios que se ha hecho hombre, trayéndonos la gracia y la salvación. Precisamente es un texto que se lee en la Misa del Nacimiento del Señor.
Su venida es para nuestra salvación. En El nos sentimos salvados y llenos de gracia. Cuando nosotros estábamos en el pecado, El nos trae la gracia y el perdón. Cuando nosotros andábamos en tinieblas, El viene a traernos la luz. Es gracia. Porque es el regalo grande que nos hace el Señor en su amor infinito por nosotros. Pero pide de nosotros una respuesta.
Supongamos que alguien porque yerra en el camino, se pierde y se ve arrastrado hacia un abismo del que no puede salir por sí mismo. Se organizará un rescate utilizando todos los medios posibles para lograr sacarlo de aquel abismo y aquel peligro en el que estaba que podía llevarlo a la muerte. El que ha sido salvado, el que ha sido rescatado, seguramente no querrá volver por aquel camino que le puede poner en peligro de nuevo su vida, se andará con cuidado, estudiará bien las rutas que ha de seguir, será más previsor, e incluso, si fuera necesario, buscará alguien que le enseñe el buen camino para no ponerse en peligro de nuevo.
Así tendríamos que ser nosotros los cristianos. Hemos sido rescatados y no de cualquier manera porque ha sido al precio de la sangre de Jesucristo. Somos conscientes, o deberíamos serlo, de que el Señor nos ha liberado, nos ha arrancado de la muerte y quiere ponernos en camino de vida. Lo normal sería que de ahora en adelante no volviéramos a las andadas; que ahora buscáramos la manera de andar por el buen camino. Es la respuesta que nos está pidiendo el Señor.
'Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres...’ Renunciemos al camino malo, renunciemos al pecado, vivamos en la vida nueva de la gracia. Como nos dice hoy san Pablo ‘enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’.
Porque hemos sido salvados, lejos de nosotros las obras de las tinieblas, vivamos la obras de la luz. ‘Una vida sobria, honrada, religiosa’, que nos dice el Apóstol. La rectitud que tiene que brillar en nuestra vida. Nuestra unión agradecida y gozosa con el Señor. Nuestra vida de humildad y de amor. Hay una alegría nueva en nuestra vida: la de la salvación que recibimos -¡cuánto tendríamos que agradecerlo una y otra vez! – y la esperanza del encuentro definitivo con el Señor. ‘La dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Como termina diciendo el texto de hoy: ‘El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras’. Somos ese pueblo purificado. Somos el pueblo del amor, ‘las buenas obras’ que nos dice el apóstol. Vivamos en ese camino de santidad que nos ofrece el Señor.
Sal. 36
Lc. 17, 7-10
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’. Un texto que hace referencia a la venida de Cristo al mundo, Dios que se ha hecho hombre, trayéndonos la gracia y la salvación. Precisamente es un texto que se lee en la Misa del Nacimiento del Señor.
Su venida es para nuestra salvación. En El nos sentimos salvados y llenos de gracia. Cuando nosotros estábamos en el pecado, El nos trae la gracia y el perdón. Cuando nosotros andábamos en tinieblas, El viene a traernos la luz. Es gracia. Porque es el regalo grande que nos hace el Señor en su amor infinito por nosotros. Pero pide de nosotros una respuesta.
Supongamos que alguien porque yerra en el camino, se pierde y se ve arrastrado hacia un abismo del que no puede salir por sí mismo. Se organizará un rescate utilizando todos los medios posibles para lograr sacarlo de aquel abismo y aquel peligro en el que estaba que podía llevarlo a la muerte. El que ha sido salvado, el que ha sido rescatado, seguramente no querrá volver por aquel camino que le puede poner en peligro de nuevo su vida, se andará con cuidado, estudiará bien las rutas que ha de seguir, será más previsor, e incluso, si fuera necesario, buscará alguien que le enseñe el buen camino para no ponerse en peligro de nuevo.
Así tendríamos que ser nosotros los cristianos. Hemos sido rescatados y no de cualquier manera porque ha sido al precio de la sangre de Jesucristo. Somos conscientes, o deberíamos serlo, de que el Señor nos ha liberado, nos ha arrancado de la muerte y quiere ponernos en camino de vida. Lo normal sería que de ahora en adelante no volviéramos a las andadas; que ahora buscáramos la manera de andar por el buen camino. Es la respuesta que nos está pidiendo el Señor.
'Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres...’ Renunciemos al camino malo, renunciemos al pecado, vivamos en la vida nueva de la gracia. Como nos dice hoy san Pablo ‘enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’.
Porque hemos sido salvados, lejos de nosotros las obras de las tinieblas, vivamos la obras de la luz. ‘Una vida sobria, honrada, religiosa’, que nos dice el Apóstol. La rectitud que tiene que brillar en nuestra vida. Nuestra unión agradecida y gozosa con el Señor. Nuestra vida de humildad y de amor. Hay una alegría nueva en nuestra vida: la de la salvación que recibimos -¡cuánto tendríamos que agradecerlo una y otra vez! – y la esperanza del encuentro definitivo con el Señor. ‘La dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Como termina diciendo el texto de hoy: ‘El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras’. Somos ese pueblo purificado. Somos el pueblo del amor, ‘las buenas obras’ que nos dice el apóstol. Vivamos en ese camino de santidad que nos ofrece el Señor.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Auméntanos la fe para descubrir la grandeza del perdón
Tito, 1, 1-9
Sal. 23
Lc. 17, 1-4
Habla en primer lugar hoy Jesús en el Evangelio de la gravedad del escándalo. ‘Es inevitable que sucedan escándalos, pero ¡ay del que los provoca!’ Escándalo, hacer o decir algo malo que puede inducir al otro a hacer el mal, al pecado. ‘Tened cuidado’, nos dice Jesús. Siempre tenemos que llevar a los otros a lo bueno, nunca a lo malo.
Pero luego Jesús sigue hablándonos del perdón y de la fe. Claro que alguno podría preguntarse, ¿Qué relación tiene la fe con el perdón?
Jesús habla de perdonar una y otra vez al hermano que nos ha ofendido. ‘Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’, viene a concluir el Señor. Nos recuerda otro pasaje del evangelio, cuando Pedro le pregunta a Jesús si hay que perdonar hasta siete veces. Y ya recordamos la respuesta de Jesús, ‘hasta setenta veces siete’, para indicarnos que tenemos que perdonar siempre.
Pues bien, es en ese momento cuando los apóstoles, después de escuchar a Jesús, le piden: ‘Auméntanos la fe’. Creo que bien podemos ver la relación si reflexionamos un poquito.
Aunque nos parezca lo contrario – porque es desgraciadamente lo que más comúnmente se realiza en nuestro mundo de violencias – podemos decir que la persona es más persona cuando ha sido capaz de perdonar.
Para perdonar hay que tener valentía y coraje en el corazón. El que es capaz de perdonar está manifestando la nobleza e hidalguía de su ser, la madurez de su personalidad, y su mayor grandeza de alma.
El hombre es más hombre, me atrevo a decir, cuando es capaz de perdonar. El hombre está alcanzando la cota más alta de su nobleza en su vida cuando es capaz de perdonar. La persona se está pareciendo más a Dios – a cuya imagen y semejanza ha sido creado – cuando es capaz de perdonar.
Guardar rencor, dejarse arrastrar por la venganza, responder con violencia ya sea física o moral al que te ha ofendido, manifiesta los instintos más primarios y menos racionales del ser humano, e indica la inmadurez de su corazón que así se ve afectado por lo que le puedan hacer los otros. No seré más grande o más noble por la venganza, ni por guardar rencor. No indica mayor fortaleza o valentía el responder con violencia al que te ofende. No es la forma de ganar la batalla emprender otra en la que vas a quedar más herido en el corazón.
Ya sé que esos son los primeros impulsos que podemos sentir en nuestro interior y que es necesario una fortaleza grande para no dejarse arrastrar por ellos. Pero en ese dominio de la situación que pasa por un dominio de ti mismo es donde vas a presentar el lado más noble de tu vida.
Con el perdón nos parecemos a Dios. ¿Por qué no recordamos a Jesús cuando está siendo crucificado y con su poder divino podía desbaratar todos los planes homicidas que contra El se planeaban? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’. Perdona y disculpa. Tan grande es su amor.
Seremos capaces de practicar la valentía del perdón sólo con la fuerza de la gracia de Dios que nos engrandece. Porque la fe no nos anula, sino todo lo contrario. La fe nos hará descubrir , como si una nueva luz iluminara nuestra vida, donde está la verdadera grandeza de la persona.
‘Auméntanos la fe’, aunque sólo fuera como un granito de mostaza, para que no nos falte nunca en nuestra vida y nos ayude a descubrir la grandeza y maravilla del perdón.
Sal. 23
Lc. 17, 1-4
Habla en primer lugar hoy Jesús en el Evangelio de la gravedad del escándalo. ‘Es inevitable que sucedan escándalos, pero ¡ay del que los provoca!’ Escándalo, hacer o decir algo malo que puede inducir al otro a hacer el mal, al pecado. ‘Tened cuidado’, nos dice Jesús. Siempre tenemos que llevar a los otros a lo bueno, nunca a lo malo.
Pero luego Jesús sigue hablándonos del perdón y de la fe. Claro que alguno podría preguntarse, ¿Qué relación tiene la fe con el perdón?
Jesús habla de perdonar una y otra vez al hermano que nos ha ofendido. ‘Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’, viene a concluir el Señor. Nos recuerda otro pasaje del evangelio, cuando Pedro le pregunta a Jesús si hay que perdonar hasta siete veces. Y ya recordamos la respuesta de Jesús, ‘hasta setenta veces siete’, para indicarnos que tenemos que perdonar siempre.
Pues bien, es en ese momento cuando los apóstoles, después de escuchar a Jesús, le piden: ‘Auméntanos la fe’. Creo que bien podemos ver la relación si reflexionamos un poquito.
Aunque nos parezca lo contrario – porque es desgraciadamente lo que más comúnmente se realiza en nuestro mundo de violencias – podemos decir que la persona es más persona cuando ha sido capaz de perdonar.
Para perdonar hay que tener valentía y coraje en el corazón. El que es capaz de perdonar está manifestando la nobleza e hidalguía de su ser, la madurez de su personalidad, y su mayor grandeza de alma.
El hombre es más hombre, me atrevo a decir, cuando es capaz de perdonar. El hombre está alcanzando la cota más alta de su nobleza en su vida cuando es capaz de perdonar. La persona se está pareciendo más a Dios – a cuya imagen y semejanza ha sido creado – cuando es capaz de perdonar.
Guardar rencor, dejarse arrastrar por la venganza, responder con violencia ya sea física o moral al que te ha ofendido, manifiesta los instintos más primarios y menos racionales del ser humano, e indica la inmadurez de su corazón que así se ve afectado por lo que le puedan hacer los otros. No seré más grande o más noble por la venganza, ni por guardar rencor. No indica mayor fortaleza o valentía el responder con violencia al que te ofende. No es la forma de ganar la batalla emprender otra en la que vas a quedar más herido en el corazón.
Ya sé que esos son los primeros impulsos que podemos sentir en nuestro interior y que es necesario una fortaleza grande para no dejarse arrastrar por ellos. Pero en ese dominio de la situación que pasa por un dominio de ti mismo es donde vas a presentar el lado más noble de tu vida.
Con el perdón nos parecemos a Dios. ¿Por qué no recordamos a Jesús cuando está siendo crucificado y con su poder divino podía desbaratar todos los planes homicidas que contra El se planeaban? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’. Perdona y disculpa. Tan grande es su amor.
Seremos capaces de practicar la valentía del perdón sólo con la fuerza de la gracia de Dios que nos engrandece. Porque la fe no nos anula, sino todo lo contrario. La fe nos hará descubrir , como si una nueva luz iluminara nuestra vida, donde está la verdadera grandeza de la persona.
‘Auméntanos la fe’, aunque sólo fuera como un granito de mostaza, para que no nos falte nunca en nuestra vida y nos ayude a descubrir la grandeza y maravilla del perdón.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Templo, lugar y signo de la presencia de Dios
Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22
La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.
La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.
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sábado, 8 de noviembre de 2008
Todo lo puedo en aquel que me conforta
Filp. 4, 10-19
Sal. 111
Lc. 16, 9-15
Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.
Sal. 111
Lc. 16, 9-15
Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
No aspiremos sólo a cosas terrenas que somos ciudadanos del cielo
Filp. 3, 17-4, 1
Sal.121
Lc. 16, 1-8
Ante la Palabra de Dios que se nos proclama y que escuchamos cada día siempre tenemos que hacernos preguntas sobre nuestra vida. Si de verdad queremos escucharla allá en lo hondo de nuestro corazón se convierte para nosotros en un itinerario de nuestra vida espiritual, de ese crecimiento en el espíritu que cada día hemos de realizar, de ese avance que queremos hacer en el camino de nuestra santidad. Ya sabemos que esa es la meta que nos ha propuesto Jesús. Y no siempre nos es fácil porque siguen habiendo apegos en nuestro corazón que nos impiden de verdad avanzar como sería nuestro hondo deseo.
La palabra nos ayuda a revisar y a plantearnos metas renovadas cada día. Por eso no nos importe repetirnos en muchas cosas para que podamos realizar ese avance en el espíritu. Hoy por ejemplo podríamos comenzar preguntándonos, ¿cuáles son nuestras aspiraciones más hondas?
Pablo les recuerda a los cristianos de Filipos algo, que por lo que se ve, les ha repetido muchas veces. ‘Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo’. Podrían parecer palabras muy duras. ‘...andan como enemigos de la cruz de Cristo’. ¿Por qué lo dice el apóstol? ‘Sólo aspiran a cosas terrenas’, les dice. Se dejan arrastrar por el mal camino, la perdición; solo piensan en sensualidad y satisfacciones; no tienen un dominio y un control de verdad sobre sus vidas. Les hace falta, quiere decirles, mirar hacia arriba, aspirar a cosas grandes, poner metas e ideales grandes en su vida.
‘Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo’. Caminamos por esta tierra y por este mundo. Tenemos que vivir nuestra vida terrera. Pero somos peregrinos que caminamos hacia la patria celestial. ‘Ciudadanos del cielo’. No significa que tengamos que abandonar nuestras obligaciones y responsabilidades de esta vida y este mundo. Pero miremos donde está nuestra meta. Vivamos, si, todo lo bueno que tenemos en esta vida, pero pensando que la plenitud la vamos a tener sólo en Dios.
Por eso tenemos que dejarnos transformar por el Señor. Ya nos ha hecho partícipes de su vida y nos ha enriquecido con su gracia. Pero eso es prenda de la gloria futura. ‘El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’. ¿A qué aspiramos? ¿cuáles son nuestras aspiraciones más profundas? Así nos preguntábamos antes.
Si nos dejamos transformar por Cristo, ya en nosotros no cabe el pecado, no cabe el egoísmo ni el desamor, no cabe la maldad, no caben nuestros orgullos y nuestras envidias, no caben esos apegos terrenos. ¿Por qué seguimos haciendo discriminaciones y distinciones? ¿Por qué seguir considerándonos mejor que los demás? ¿Por qué vivir esclavos de nuestras pasiones?
Vivamos, pues, como lo que somos. ‘Según el modelo de su condición gloriosa’. Los que hemos sido transformados por la gracia del Señor. Que resplandezca en nosotros la santidad, la gracia, el amor, la vida de Dios de la que somos partícipes para ser hijos. Así será distinta nuestra relación con los demás, así será distinta nuestra relación con Dios.
Sal.121
Lc. 16, 1-8
Ante la Palabra de Dios que se nos proclama y que escuchamos cada día siempre tenemos que hacernos preguntas sobre nuestra vida. Si de verdad queremos escucharla allá en lo hondo de nuestro corazón se convierte para nosotros en un itinerario de nuestra vida espiritual, de ese crecimiento en el espíritu que cada día hemos de realizar, de ese avance que queremos hacer en el camino de nuestra santidad. Ya sabemos que esa es la meta que nos ha propuesto Jesús. Y no siempre nos es fácil porque siguen habiendo apegos en nuestro corazón que nos impiden de verdad avanzar como sería nuestro hondo deseo.
La palabra nos ayuda a revisar y a plantearnos metas renovadas cada día. Por eso no nos importe repetirnos en muchas cosas para que podamos realizar ese avance en el espíritu. Hoy por ejemplo podríamos comenzar preguntándonos, ¿cuáles son nuestras aspiraciones más hondas?
Pablo les recuerda a los cristianos de Filipos algo, que por lo que se ve, les ha repetido muchas veces. ‘Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo’. Podrían parecer palabras muy duras. ‘...andan como enemigos de la cruz de Cristo’. ¿Por qué lo dice el apóstol? ‘Sólo aspiran a cosas terrenas’, les dice. Se dejan arrastrar por el mal camino, la perdición; solo piensan en sensualidad y satisfacciones; no tienen un dominio y un control de verdad sobre sus vidas. Les hace falta, quiere decirles, mirar hacia arriba, aspirar a cosas grandes, poner metas e ideales grandes en su vida.
‘Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo’. Caminamos por esta tierra y por este mundo. Tenemos que vivir nuestra vida terrera. Pero somos peregrinos que caminamos hacia la patria celestial. ‘Ciudadanos del cielo’. No significa que tengamos que abandonar nuestras obligaciones y responsabilidades de esta vida y este mundo. Pero miremos donde está nuestra meta. Vivamos, si, todo lo bueno que tenemos en esta vida, pero pensando que la plenitud la vamos a tener sólo en Dios.
Por eso tenemos que dejarnos transformar por el Señor. Ya nos ha hecho partícipes de su vida y nos ha enriquecido con su gracia. Pero eso es prenda de la gloria futura. ‘El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’. ¿A qué aspiramos? ¿cuáles son nuestras aspiraciones más profundas? Así nos preguntábamos antes.
Si nos dejamos transformar por Cristo, ya en nosotros no cabe el pecado, no cabe el egoísmo ni el desamor, no cabe la maldad, no caben nuestros orgullos y nuestras envidias, no caben esos apegos terrenos. ¿Por qué seguimos haciendo discriminaciones y distinciones? ¿Por qué seguir considerándonos mejor que los demás? ¿Por qué vivir esclavos de nuestras pasiones?
Vivamos, pues, como lo que somos. ‘Según el modelo de su condición gloriosa’. Los que hemos sido transformados por la gracia del Señor. Que resplandezca en nosotros la santidad, la gracia, el amor, la vida de Dios de la que somos partícipes para ser hijos. Así será distinta nuestra relación con los demás, así será distinta nuestra relación con Dios.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo
Filp. 3, 3-8
Sal. 104
Lc. 15, 1-10
¿Es Cristo para mí una ganancia? Tendría que explicarme quizá con esa pregunta. Cuando pensamos en ganancias fácilmente nos viene a la mente lo económico, los prestigios humanos, las cosas importantes que logremos en la vida y cosas por el estilo en ese orden material o mundano. Por ser cristiano, seguidor de Cristo no voy a obtener una ganancia económica, porque no sigo a Cristo pensando en ello. Ni tampoco lo puedo mirar como una forma de escalar puestos en la vida o prestigios de orden social.
Algunos de nuestro alrededor no entenderán muchas veces mis actitudes fundamentales o mis comportamientos cuando actúo movido por la fe y el evangelio. Y bien sabemos que en la sociedad de nuestro entorno algunas veces se quiere desterrar todo lo que suene a religioso o cristiano. Ya leí en alguna noticia que lo de la Navidad en alguna población quieren cambiarle el nombre por otro que no tenga ninguna connotación ni cristiana ni religiosa.
Pero sigue siendo válida la pregunta. ¿Es Cristo para mi una ganancia? Tendría que ser que sí en la medida en que la fe en Jesús sea para mí importante, en la medida que el conocimiento de Dios sea algo fundamental en mi vida. Pero estoy diciendo importante y fundamental. No mirar la fe como un barniz que pongo sobre mi vida pero que no afecto a lo hondo de mi ser; no mirar el ser cristiano como un vestido que me pongo o me quito según conveniencias.
San Pablo nos ha hablado hoy en su carta de que ‘nosotros servimos a Dios desde dentro, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en lo exterior’. Pablo comenta que él podía hacer gala de muchos títulos o cosas vividas en su vida en otro momento para hacer comparación con otras personas y no quedar por menos. ‘Circuncidado a los ocho días... israelita de toda la vida de la tribu de Benjamín, fariseo... irreprochable en lo que toca a cumplir la ley judía...’ Pero ahora nos dice: ‘Todo eso que era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo... todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor... todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Pablo era bien considerado en el mundo judío. Y ahí nos dice cómo y lo que hacía. Pero su encuentro con Jesús desmontó todas esas cosas, y desde ese momento Cristo fue su única ganancia y su única riqueza. Por Cristo él se dará totalmente. Por el anuncio del evangelio tendrá que sufrir privaciones y muchas calamidades como recordará en otra de sus cartas. ‘Sufro hasta llevar cadenas’, dirá en alguna ocasión. Para él su vida es Cristo.
Creo que nos está diciendo mucho san Pablo de la importancia que hemos de darle a nuestra fe en Jesús. Cómo cada día más hemos de querer conocerle mejor, llenarnos de vida, seguir su camino, convertirlo de verdad en el centro y la riqueza de nuestra existencia. Aunque eso nos llevara a incomprensiones del mundo que nos rodea. Pero no hace tanto tiempo que hemos escuchado en las bienaventuranzas de Jesús ‘dichosos si os insultan y calumnian de cualquier modo por mi causa... vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos’.
Busquemos a Cristo como la perla preciosa de nuestra vida. ‘Que se alegren los que buscan al Señor’, dijimos en el salmo. Dejémonos encontrar por Cristo, que siempre viene en nuestra búsqueda para ofrecernos su gracia, su perdón, su amor, su vida. Hoy en el evangelio hemos visto cómo busca la oveja perdida, o a la manera de la mujer que revuelve todo para encontrar la joya que se le había extraviado. Así es el amor que el Señor nos tiene. Así tiene que ser nuestro amor y cómo nosotros hemos de darlo todo por seguirle.
Sal. 104
Lc. 15, 1-10
¿Es Cristo para mí una ganancia? Tendría que explicarme quizá con esa pregunta. Cuando pensamos en ganancias fácilmente nos viene a la mente lo económico, los prestigios humanos, las cosas importantes que logremos en la vida y cosas por el estilo en ese orden material o mundano. Por ser cristiano, seguidor de Cristo no voy a obtener una ganancia económica, porque no sigo a Cristo pensando en ello. Ni tampoco lo puedo mirar como una forma de escalar puestos en la vida o prestigios de orden social.
Algunos de nuestro alrededor no entenderán muchas veces mis actitudes fundamentales o mis comportamientos cuando actúo movido por la fe y el evangelio. Y bien sabemos que en la sociedad de nuestro entorno algunas veces se quiere desterrar todo lo que suene a religioso o cristiano. Ya leí en alguna noticia que lo de la Navidad en alguna población quieren cambiarle el nombre por otro que no tenga ninguna connotación ni cristiana ni religiosa.
Pero sigue siendo válida la pregunta. ¿Es Cristo para mi una ganancia? Tendría que ser que sí en la medida en que la fe en Jesús sea para mí importante, en la medida que el conocimiento de Dios sea algo fundamental en mi vida. Pero estoy diciendo importante y fundamental. No mirar la fe como un barniz que pongo sobre mi vida pero que no afecto a lo hondo de mi ser; no mirar el ser cristiano como un vestido que me pongo o me quito según conveniencias.
San Pablo nos ha hablado hoy en su carta de que ‘nosotros servimos a Dios desde dentro, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en lo exterior’. Pablo comenta que él podía hacer gala de muchos títulos o cosas vividas en su vida en otro momento para hacer comparación con otras personas y no quedar por menos. ‘Circuncidado a los ocho días... israelita de toda la vida de la tribu de Benjamín, fariseo... irreprochable en lo que toca a cumplir la ley judía...’ Pero ahora nos dice: ‘Todo eso que era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo... todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor... todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Pablo era bien considerado en el mundo judío. Y ahí nos dice cómo y lo que hacía. Pero su encuentro con Jesús desmontó todas esas cosas, y desde ese momento Cristo fue su única ganancia y su única riqueza. Por Cristo él se dará totalmente. Por el anuncio del evangelio tendrá que sufrir privaciones y muchas calamidades como recordará en otra de sus cartas. ‘Sufro hasta llevar cadenas’, dirá en alguna ocasión. Para él su vida es Cristo.
Creo que nos está diciendo mucho san Pablo de la importancia que hemos de darle a nuestra fe en Jesús. Cómo cada día más hemos de querer conocerle mejor, llenarnos de vida, seguir su camino, convertirlo de verdad en el centro y la riqueza de nuestra existencia. Aunque eso nos llevara a incomprensiones del mundo que nos rodea. Pero no hace tanto tiempo que hemos escuchado en las bienaventuranzas de Jesús ‘dichosos si os insultan y calumnian de cualquier modo por mi causa... vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos’.
Busquemos a Cristo como la perla preciosa de nuestra vida. ‘Que se alegren los que buscan al Señor’, dijimos en el salmo. Dejémonos encontrar por Cristo, que siempre viene en nuestra búsqueda para ofrecernos su gracia, su perdón, su amor, su vida. Hoy en el evangelio hemos visto cómo busca la oveja perdida, o a la manera de la mujer que revuelve todo para encontrar la joya que se le había extraviado. Así es el amor que el Señor nos tiene. Así tiene que ser nuestro amor y cómo nosotros hemos de darlo todo por seguirle.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
Dejar actuar a Dios en nuestra vida para nuestra propia santificación
Filp. 2, 12-18
Sal. 26
Lc. 14, 25-33
Sal. 26
Lc. 14, 25-33
Podíamos decir que estas palabras que hemos escuchado de Pablo en su carta a los Filipenses es una urgente exhortación del apóstol a colaborar generosamente con Dios en la propia santificación. Aceptar el designio de Dios en nuestra vida, pero con generosidad de espíritu, con alegría, con entusiasmo, nunca de mala gana.
‘Seguid actuando vuestra propia salvación escrupulosamente, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor...’ Dejar, pues, actuar a Dios en nuestra vida. Porque es Dios quien nos salva y quien nos santifica cuando nos da el Espíritu Santo para que actúe en nuestro corazón. No somos nosotros los que nos salvamos ni los que nos santificamos. Es obra de Dios, porque es el Señor el que nos salva. Es el Espíritu Santo el que nos santifica. El nos regala sus dones. El es quien mueve nuestro corazón y nuestro querer.
Es obra de Dios, que requiere, sin embargo, nuestro concurso. Por eso, ese designio de Dios nos está pidiendo nuestra respuesta. Y la respuesta es vivir en el camino de esa vida santa que El nos señala. Hay una exigencia para nosotros. Requiere en nuestra respuesta un esfuerzo por nuestra parte. Pero, ¡oh maravilla! esfuerzo que realizamos con su gracia, con la fuerza del Espíritu del Señor.
Nos habla el apóstol de ser ‘irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir’. Nos habla, pues, de resplandecer por nuestra santidad, ‘irreprochables y límpidos... sin tacha’. Nada debe manchar nuestra vida. La salvación de Dios nos llena de luz, porque nos llena de Dios. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, decíamos en el salmo. La salvación es luz, nos llena de luz, nos hace resplandecer. Nada de oscuridad puede haber en nosotros. Es que tiene que brillar la obra de Dios en nosotros. Con ello daremos gloria al Señor.
No nos importe que esa luz moleste a los demás. Es que los que realizan las obras del mal prefieren a las tinieblas. Pero nuestra luz puede arrastrar a muchos a querer alcanzar esa salvación, querer también dar respuesta positiva a la invitación a la salvación y santificación que Dios hace a todos los hombres. Nuestra luz, la santidad de nuestra vida tiene que ser polo de atracción para muchos, para que ellos lleguen también a conocer a Jesús, a querer vivir su camino.
No es una tarea pasiva, aunque digamos que tenemos que dejar actuar a Dios. Sabemos el camino que emprendemos. Conocemos los presupuestos de exigencias que tiene para nuestra vida el emprender ese camino. Como nos enseña hoy Jesús en el Evangelio. ‘¿Quien de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos para ver si tiene para terminarla?’ Conocemos los presupuestos necesarios para emprender ese camino de santidad. Además de una escucha de Dios para descubrir su designio de amor para nuestra vida, luego sabemos bien que la senda es estrecha, como escuchamos hace unos días, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, que hemos de tomar la determinación de tomar su cruz para seguirle, de que hemos de poner por nuestra parte todo lo necesario para arrancarnos del mal y para practicar la virtud, para vivir en el amor.
Pero lo hacemos seducidos por el amor que el Señor nos tiene. ¡Es tan gozoso vivir en su amor! ¡Es tanta la dicha que alcanzamos en lo hondo de nuestro corazón cuando emprendemos el camino de la santidad! ¡Es tan grande la recompensa que nos espera en el cielo, de poder vivir junto a Dios, de llenarnos de Dios en plenitud, de contemplarle cara a cara! Con gozo, con alegría, con determinación emprendemos el camino de la salvación y la santidad.
‘Yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría, por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía’, terminaba diciendo el apóstol.
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martes, 4 de noviembre de 2008
Sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús
Fil. 2, 5-11
Sal. 21
Lc. 14, 15-24
Quería fijarme en dos cosas hoy de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Por una parte ese hermoso texto de la carta a los Filipenses, y también en el evangelio, aunque tantas veces lo hemos reflexionado. Pero siempre la Palabra que se nos proclama es para nosotros una Buena Noticia, y tiene entonces la novedad de algo vivo y lleno de vida para nosotros.
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, así nos ha dicho san Pablo en la carta a los Filipenses. Es nuestra configuración con Cristo. Nuestro vivir ha de ser vivir a Cristo. Asemejarnos totalmente a El. El nos hace partícipes de su vida. Y eso tendrá que reflejarse en nuestro vivir, en nuestras actitudes, en todo nuestro ser.
Pero fijémonos en cuáles son esos sentimientos a los que hoy quiere referirse el apóstol. Podemos hablar de su humildad, de su entrega total, de su amor sin fin, del sacrificio de su vida hasta la muerte.
Comienza diciéndonos que ‘El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos’. Ayer escuchábamos que nos decía ‘dejaos guiar por la humildad’. Tantas veces le hemos escuchado a Jesús hablarnos de los humildes y los sencillos, porque es a ellos a los que se les revela el misterio de Dios. Y María en su cántico proclama cómo ‘Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, recordándonos lo que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio de que ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, enaltecido’. Y nosotros mientras tanto haciendo galas de lo que somos o tenemos. Y ¿qué es lo que somos? ¿cuánto vale lo que tenemos?
Y continúa diciéndonos el apóstol. ‘Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz’. Es la señal de la entrega y del amor. Es el sacrificio de su vida para nuestra salvación. Podríamos pensar que para salvarnos no era necesario ese sacrificio, ese tipo de muerte, porque cualquiera de los actos de Cristo, por ser el Hijo de Dios, tenían valor infinito. Pero así quiso mostrarnos su amor. Porque ese es el más grande amor. El amor del que da la vida por aquel a quien ama. Un camino para nuestro amor, cuando nosotros a la hora de dar, pensamos más en dar cosas y con medidas limitadas – por si acaso nos falte – que en darnos nosotros mismos. Es el ejemplo de Jesús. Es el camino a seguir.
‘Por eso Dios lo levantó sobre todo, termina diciéndonos Pablo, y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Es el Señor. Como diría Pedro en el discurso de Pentecostés: ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías... resucitándolo y rompiendo las ataduras de la muerte’. Es la Pascua. Es la muerte de Jesús en su entrega de amor, pero es su Resurrección porque es el Señor. Y es el misterio de Cristo que nosotros hemos de vivir en nuestra vida. Es cómo tenemos que configurarnos con El, teniendo sus mismos sentimientos, teniendo su misma vida. Y del evangelio, finalmente, una palabra. Alguien exclamó, dice el Evangelista: ‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Comer, sí, en el banquete del Reino de Dios, al que todos estamos invitados. A continuación Jesús propone la parábola del ‘hombre que daba un banquete y convidó a mucha gente...’ Y al terminar la parábola Jesús dirá que ‘el amo dijo: sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Todos estamos invitados a ese banquete del Reino de los cielos. Respondamos a esa invitación del Señor. No nos busquemos disculpas para rehuir la invitación.
Sal. 21
Lc. 14, 15-24
Quería fijarme en dos cosas hoy de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Por una parte ese hermoso texto de la carta a los Filipenses, y también en el evangelio, aunque tantas veces lo hemos reflexionado. Pero siempre la Palabra que se nos proclama es para nosotros una Buena Noticia, y tiene entonces la novedad de algo vivo y lleno de vida para nosotros.
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, así nos ha dicho san Pablo en la carta a los Filipenses. Es nuestra configuración con Cristo. Nuestro vivir ha de ser vivir a Cristo. Asemejarnos totalmente a El. El nos hace partícipes de su vida. Y eso tendrá que reflejarse en nuestro vivir, en nuestras actitudes, en todo nuestro ser.
Pero fijémonos en cuáles son esos sentimientos a los que hoy quiere referirse el apóstol. Podemos hablar de su humildad, de su entrega total, de su amor sin fin, del sacrificio de su vida hasta la muerte.
Comienza diciéndonos que ‘El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos’. Ayer escuchábamos que nos decía ‘dejaos guiar por la humildad’. Tantas veces le hemos escuchado a Jesús hablarnos de los humildes y los sencillos, porque es a ellos a los que se les revela el misterio de Dios. Y María en su cántico proclama cómo ‘Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, recordándonos lo que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio de que ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, enaltecido’. Y nosotros mientras tanto haciendo galas de lo que somos o tenemos. Y ¿qué es lo que somos? ¿cuánto vale lo que tenemos?
Y continúa diciéndonos el apóstol. ‘Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz’. Es la señal de la entrega y del amor. Es el sacrificio de su vida para nuestra salvación. Podríamos pensar que para salvarnos no era necesario ese sacrificio, ese tipo de muerte, porque cualquiera de los actos de Cristo, por ser el Hijo de Dios, tenían valor infinito. Pero así quiso mostrarnos su amor. Porque ese es el más grande amor. El amor del que da la vida por aquel a quien ama. Un camino para nuestro amor, cuando nosotros a la hora de dar, pensamos más en dar cosas y con medidas limitadas – por si acaso nos falte – que en darnos nosotros mismos. Es el ejemplo de Jesús. Es el camino a seguir.
‘Por eso Dios lo levantó sobre todo, termina diciéndonos Pablo, y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Es el Señor. Como diría Pedro en el discurso de Pentecostés: ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías... resucitándolo y rompiendo las ataduras de la muerte’. Es la Pascua. Es la muerte de Jesús en su entrega de amor, pero es su Resurrección porque es el Señor. Y es el misterio de Cristo que nosotros hemos de vivir en nuestra vida. Es cómo tenemos que configurarnos con El, teniendo sus mismos sentimientos, teniendo su misma vida. Y del evangelio, finalmente, una palabra. Alguien exclamó, dice el Evangelista: ‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Comer, sí, en el banquete del Reino de Dios, al que todos estamos invitados. A continuación Jesús propone la parábola del ‘hombre que daba un banquete y convidó a mucha gente...’ Y al terminar la parábola Jesús dirá que ‘el amo dijo: sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Todos estamos invitados a ese banquete del Reino de los cielos. Respondamos a esa invitación del Señor. No nos busquemos disculpas para rehuir la invitación.
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lunes, 3 de noviembre de 2008
Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor
Fil. 2, 1-4
Sal. 130
Lc. 14, 12-14
‘Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor’, hemos pedido y repetido en el salmo responsorial. Que junto al Señor, en el Señor, tengamos siempre paz en el corazón. Que no nos falte nunca para que podamos así mejor sentirle y escucharle en nuestro corazón.
Pablo apela en la carta a los Filipenses, que seguimos escuchando en estos días, al cariño y el amor que mutuamente se sienten aquella comunidad y el apóstol, como expresa en otros momentos de su carta; apela a las entrañas de misericordia y compasión que aquella gente tiene, pero por encima de todo apela al mismo Espíritu que les une, - ‘si nos une un mismo Espíritu’, les dice – para que le den la alegría de la unidad y la concordia en medio de la comunidad.
‘Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir’. Concordia, corazones unidos, corazones cercanos, ser capaces de poner el corazón junto al corazón del otro, viene a significar esa expresión. Cuando ponemos nuestro corazón junto al corazón del otro significa cómo los dos corazones tienen que latir al unísono. Es sentir en mi corazón lo que siente el corazón del otro. Ya lo que le sucede al otro no me es ajeno porque yo lo siento en mi propio corazón. ¡Qué hermoso cuando podemos sentir así el latido del corazón del otro en mi vida! Sus preocupaciones, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus ilusiones y sueños no me son ajenos.
Para ello es necesario un espíritu grande de humildad; para olvidarme de mí mismo; para ponerme a su lado como de igual a igual. Lejos de mí entonces la prepotencia, el orgullo, el creerme superior o mejor. Ya no estaré subido a un pedestal cuando me acerco al otro para mirarlo desde arriba, sino lo miraré de frente, lo sentiré a mi lado. Lejos de mí la vanidad donde voy a demostrar al otro lo bueno que soy o las cosas buenas que hago. Ya no van a ser mis intereses los que priven sobre los de los demás.
Es lo que nos dice el apóstol. Recordémoslo. ‘No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad siempre el interés de los demás’. ¡Qué hermoso mensaje!
Es el camino de generosidad, de humildad y de amor que nos enseña Jesús en el Evangelio. Lo había invitado a comer a su casa un fariseo principal. Ya les había señalado, cuando vio que los invitados estaban muy preocupados por ocupar los primeros puestos, que ese no podía ser la manera de actuar. ‘Cuando te inviten a un banquete, vete a sentarte en el último puesto... porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido...’
Ahora le dice al que lo había invitado cuáles tenían que haber sido sus invitados principales. ‘... no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Una nueva bienaventuranza nos dice hoy Jesús. Dichosos porque no recibimos pagas en este mundo, porque hacemos las cosas no simplemente buscando una recompensa; porque pensamos que lo que hacemos tiene una trascendencia en los cielos; porque la verdadera paga es la que nos da el Señor. El valor de la gratuidad. Las cualidades del amor verdadero que nunca es interesado. El no hacer las cosas para que me lo agradezcan. El no pensar en mis ganancias propias y terrenas. El hacer las cosas por un amor generoso y altruista.
Sal. 130
Lc. 14, 12-14
‘Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor’, hemos pedido y repetido en el salmo responsorial. Que junto al Señor, en el Señor, tengamos siempre paz en el corazón. Que no nos falte nunca para que podamos así mejor sentirle y escucharle en nuestro corazón.
Pablo apela en la carta a los Filipenses, que seguimos escuchando en estos días, al cariño y el amor que mutuamente se sienten aquella comunidad y el apóstol, como expresa en otros momentos de su carta; apela a las entrañas de misericordia y compasión que aquella gente tiene, pero por encima de todo apela al mismo Espíritu que les une, - ‘si nos une un mismo Espíritu’, les dice – para que le den la alegría de la unidad y la concordia en medio de la comunidad.
‘Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir’. Concordia, corazones unidos, corazones cercanos, ser capaces de poner el corazón junto al corazón del otro, viene a significar esa expresión. Cuando ponemos nuestro corazón junto al corazón del otro significa cómo los dos corazones tienen que latir al unísono. Es sentir en mi corazón lo que siente el corazón del otro. Ya lo que le sucede al otro no me es ajeno porque yo lo siento en mi propio corazón. ¡Qué hermoso cuando podemos sentir así el latido del corazón del otro en mi vida! Sus preocupaciones, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus ilusiones y sueños no me son ajenos.
Para ello es necesario un espíritu grande de humildad; para olvidarme de mí mismo; para ponerme a su lado como de igual a igual. Lejos de mí entonces la prepotencia, el orgullo, el creerme superior o mejor. Ya no estaré subido a un pedestal cuando me acerco al otro para mirarlo desde arriba, sino lo miraré de frente, lo sentiré a mi lado. Lejos de mí la vanidad donde voy a demostrar al otro lo bueno que soy o las cosas buenas que hago. Ya no van a ser mis intereses los que priven sobre los de los demás.
Es lo que nos dice el apóstol. Recordémoslo. ‘No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad siempre el interés de los demás’. ¡Qué hermoso mensaje!
Es el camino de generosidad, de humildad y de amor que nos enseña Jesús en el Evangelio. Lo había invitado a comer a su casa un fariseo principal. Ya les había señalado, cuando vio que los invitados estaban muy preocupados por ocupar los primeros puestos, que ese no podía ser la manera de actuar. ‘Cuando te inviten a un banquete, vete a sentarte en el último puesto... porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido...’
Ahora le dice al que lo había invitado cuáles tenían que haber sido sus invitados principales. ‘... no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Una nueva bienaventuranza nos dice hoy Jesús. Dichosos porque no recibimos pagas en este mundo, porque hacemos las cosas no simplemente buscando una recompensa; porque pensamos que lo que hacemos tiene una trascendencia en los cielos; porque la verdadera paga es la que nos da el Señor. El valor de la gratuidad. Las cualidades del amor verdadero que nunca es interesado. El no hacer las cosas para que me lo agradezcan. El no pensar en mis ganancias propias y terrenas. El hacer las cosas por un amor generoso y altruista.
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en tu gloriosa resurrección
Job. 19, 1.23-27;
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.
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sábado, 1 de noviembre de 2008
La fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta
Ap. 7, 2-4.9-14;
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12
‘Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’. Así ha terminado la proclamación de la Bienaventuranzas. No sé si siempre pensaremos en el actuar de cada día en esa ‘recompensa grande en el cielo’. Nos falta muchas veces esa perspectiva, esa trascendencia. La contemplación de todos los Santos a quienes hoy celebramos creo que tendría que hacérnoslo pensar.
Hoy es la fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta, llevando en sus manos las palmas del triunfo con sus vestiduras blanqueadas y purificadas. Podemos contemplar esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua’, para quienes se han abierto las puertas grandes del cielo, que ‘gritaban con voz potente: la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero’, como hemos escuchado en el Apocalipsis.
Pero es también la fiesta de toda la Iglesia, de los que ya llegaron y cantan la gloria de Dios en el cielo, pero también de los que aún peregrinamos alentados por la esperanza, movidos por el amor, fortalecidos en nuestra fe, conscientes del camino a recorrer, pero alentados por el testimonio de los que nos precedieron.
Somos peregrinos que caminamos hacia una meta. Como Abrahán cuando salió de Ur de Caldea para ir a donde Dios quisiera llevarle. Como Moisés con el pueblo elegido a través del desierto hacia la tierra prometida. Con fe y fiados de Dios hicieron su peregrinar, aunque muchas fueran las noches oscuras, las tentaciones del desánimo y el cansancio. Pero se fiaron de la Palabra con la que el Señor les había llamado y pudieron alcanzar la meta de la tierra que Dios les regalaba.
Caminamos nosotros también un camino largo, lleno de tribulaciones; peregrinos que no tienen un hospedaje permanente mientras recorren el camino porque saben que su patria es eterna y está junto a Dios; peregrinos que se encuentran en situaciones diversas y muchas veces adversas, pero tratando de mantenerse en la fidelidad para no abandonar el camino; peregrinos desprendidos y pobres - las excesivas cargas son un estorbo para realizar con toda libertad el camino -, que saben poner toda su confianza en Dios porque El es su único apoyo y fortaleza; peregrinos sembradores de paz y de esperanza allí por donde caminan sembrando ilusión y vida; peregrinos con entrañas de misericordia para todos aquellos con los que se encuentran o con los que caminan a su lado el mismo peregrinar; peregrinos con corazón limpio, con nobleza y rectitud, que quieren buscar siempre lo bueno y lo justo para todos; peregrinos que saben levantarse de los desánimos y de las caídas porque tienen puesto los ojos en la meta a la que han de llegar; peregrinos siempre con el ánimo y la esperanza de poder conquistar, alcanzar, un día aquello hermoso y grande que Dios les va a dar.
No siempre nos es fácil recorrer ese camino. Nos acechan las tentaciones y están muy presentes en nuestra vida todas nuestras debilidades. Flaqueamos muchas veces y sentimos el cansancio y el desánimo. Pero el Señor es nuestra fortaleza, nuestra vida y nuestra gracia. No podemos sentirnos nunca solos porque el Señor pondrá a nuestro lado muchos que nos ayuden en nuestro caminar. No puede desfallecer la esperanza. No podemos decaer en el amor. Sentimos el deseo de que un día podamos contemplar cara a cara al Señor, hacernos semejantes a El, porque El nos ha dado la gracia, El ha querido no sólo llamarnos sino hacernos sus hijos, como nos decía la carta de San Juan. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’.
Los que hoy contemplamos en el cielo recorrieron ese camino, que no fue otro que el de las bienaventuranzas que Jesús nos proclamó en el Evangelio. Porque se hicieron pobres desprendiéndose incluso de sí mismos, para no apoyarse sino en Dios, porque se dejaron llevar por el Espíritu de Jesús, hoy los contemplamos en la gloria del cielo.
Pobres, sufridos, con lágrimas en los ojos o con hambre y sed de justicia en el corazón, limpios y puros en su espíritu y sembradores de paz, no importándoles la persecución o los desprecios cuando fuera por el nombre de Jesús, hoy los vemos partícipes en plenitud del Reino de Dios, coherederos con Cristo de la herencia prometida, saciados en sus deseos más hondos y más hermosos, alcanzando misericordia y pudiendo contemplar cara a cara a Dios como hijos de Dios para siempre, y viviendo ya la felicidad plena de la recompensa eterna de los cielos. Es a lo que nosotros aspiramos, a lo que nosotros queremos llegar.
Celebrar la fiesta de todos los santos, como decíamos antes, nos alienta en nuestro caminar, en nuestro peregrinar. Nosotros nos sentimos también peregrinos, pero queremos caminar guiados por la fe y alentados por el ejemplo de los que ya participan de la asamblea festiva de todos los santos. ‘En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’. Son ejemplo, sí, porque nos enseñan ese camino de la vida que es nuestro peregrinar, que tiene que ser camino de santidad y de fidelidad; pero son también intercesores que desde el cielo nos ayudan con su protección y alcanzándonos la gracia del Señor. Por eso pedíamos en la oración litúrgica que nos concediera ‘por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’.
Queremos, pues, en este día, mejor que nunca al celebrar a todos los santos, con los ángeles y con los santos cantar sin cesar el himno de la gloria del Señor. Es que estamos alegres y contentos porque la recompensa de la gloria del Señor para los que son fieles es grande.
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12
‘Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’. Así ha terminado la proclamación de la Bienaventuranzas. No sé si siempre pensaremos en el actuar de cada día en esa ‘recompensa grande en el cielo’. Nos falta muchas veces esa perspectiva, esa trascendencia. La contemplación de todos los Santos a quienes hoy celebramos creo que tendría que hacérnoslo pensar.
Hoy es la fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta, llevando en sus manos las palmas del triunfo con sus vestiduras blanqueadas y purificadas. Podemos contemplar esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua’, para quienes se han abierto las puertas grandes del cielo, que ‘gritaban con voz potente: la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero’, como hemos escuchado en el Apocalipsis.
Pero es también la fiesta de toda la Iglesia, de los que ya llegaron y cantan la gloria de Dios en el cielo, pero también de los que aún peregrinamos alentados por la esperanza, movidos por el amor, fortalecidos en nuestra fe, conscientes del camino a recorrer, pero alentados por el testimonio de los que nos precedieron.
Somos peregrinos que caminamos hacia una meta. Como Abrahán cuando salió de Ur de Caldea para ir a donde Dios quisiera llevarle. Como Moisés con el pueblo elegido a través del desierto hacia la tierra prometida. Con fe y fiados de Dios hicieron su peregrinar, aunque muchas fueran las noches oscuras, las tentaciones del desánimo y el cansancio. Pero se fiaron de la Palabra con la que el Señor les había llamado y pudieron alcanzar la meta de la tierra que Dios les regalaba.
Caminamos nosotros también un camino largo, lleno de tribulaciones; peregrinos que no tienen un hospedaje permanente mientras recorren el camino porque saben que su patria es eterna y está junto a Dios; peregrinos que se encuentran en situaciones diversas y muchas veces adversas, pero tratando de mantenerse en la fidelidad para no abandonar el camino; peregrinos desprendidos y pobres - las excesivas cargas son un estorbo para realizar con toda libertad el camino -, que saben poner toda su confianza en Dios porque El es su único apoyo y fortaleza; peregrinos sembradores de paz y de esperanza allí por donde caminan sembrando ilusión y vida; peregrinos con entrañas de misericordia para todos aquellos con los que se encuentran o con los que caminan a su lado el mismo peregrinar; peregrinos con corazón limpio, con nobleza y rectitud, que quieren buscar siempre lo bueno y lo justo para todos; peregrinos que saben levantarse de los desánimos y de las caídas porque tienen puesto los ojos en la meta a la que han de llegar; peregrinos siempre con el ánimo y la esperanza de poder conquistar, alcanzar, un día aquello hermoso y grande que Dios les va a dar.
No siempre nos es fácil recorrer ese camino. Nos acechan las tentaciones y están muy presentes en nuestra vida todas nuestras debilidades. Flaqueamos muchas veces y sentimos el cansancio y el desánimo. Pero el Señor es nuestra fortaleza, nuestra vida y nuestra gracia. No podemos sentirnos nunca solos porque el Señor pondrá a nuestro lado muchos que nos ayuden en nuestro caminar. No puede desfallecer la esperanza. No podemos decaer en el amor. Sentimos el deseo de que un día podamos contemplar cara a cara al Señor, hacernos semejantes a El, porque El nos ha dado la gracia, El ha querido no sólo llamarnos sino hacernos sus hijos, como nos decía la carta de San Juan. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’.
Los que hoy contemplamos en el cielo recorrieron ese camino, que no fue otro que el de las bienaventuranzas que Jesús nos proclamó en el Evangelio. Porque se hicieron pobres desprendiéndose incluso de sí mismos, para no apoyarse sino en Dios, porque se dejaron llevar por el Espíritu de Jesús, hoy los contemplamos en la gloria del cielo.
Pobres, sufridos, con lágrimas en los ojos o con hambre y sed de justicia en el corazón, limpios y puros en su espíritu y sembradores de paz, no importándoles la persecución o los desprecios cuando fuera por el nombre de Jesús, hoy los vemos partícipes en plenitud del Reino de Dios, coherederos con Cristo de la herencia prometida, saciados en sus deseos más hondos y más hermosos, alcanzando misericordia y pudiendo contemplar cara a cara a Dios como hijos de Dios para siempre, y viviendo ya la felicidad plena de la recompensa eterna de los cielos. Es a lo que nosotros aspiramos, a lo que nosotros queremos llegar.
Celebrar la fiesta de todos los santos, como decíamos antes, nos alienta en nuestro caminar, en nuestro peregrinar. Nosotros nos sentimos también peregrinos, pero queremos caminar guiados por la fe y alentados por el ejemplo de los que ya participan de la asamblea festiva de todos los santos. ‘En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’. Son ejemplo, sí, porque nos enseñan ese camino de la vida que es nuestro peregrinar, que tiene que ser camino de santidad y de fidelidad; pero son también intercesores que desde el cielo nos ayudan con su protección y alcanzándonos la gracia del Señor. Por eso pedíamos en la oración litúrgica que nos concediera ‘por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’.
Queremos, pues, en este día, mejor que nunca al celebrar a todos los santos, con los ángeles y con los santos cantar sin cesar el himno de la gloria del Señor. Es que estamos alegres y contentos porque la recompensa de la gloria del Señor para los que son fieles es grande.
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viernes, 31 de octubre de 2008
Demos cabida en nuestro corazón con la ternura del amor a toda la Iglesia
Flp. 1, 1-11
Sal. 110
Lc. 14, 1-6
‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.
Sal. 110
Lc. 14, 1-6
‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.
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jueves, 30 de octubre de 2008
Buscad vuestra fuerza en el Señor
Ef. 6, 10-20
Sal. 143
Lc. 13, 31-35
‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.
Sal. 143
Lc. 13, 31-35
‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.
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miércoles, 29 de octubre de 2008
¿Serán pocos los que se salven? Esforzaos en entrar por la puerta estrecha
Ef. 6, 1-9
Sal.44, 144
Lc. 13, 22-30
Inquietud en el corazón. El encuentro con Jesús, con su vida, con su palabra despierta en nuestro corazón la inquietud. Al escucharle y ver la oferta de salvación que nos ofrece, sentimos en nuestro corazón el deseo de poder alcanzar y al mismo tiempo nos preguntamos si seremos capaces o dignos de poder recibirla; sentimos en nosotros deseo de cielo, deseos de vida eterna.
Es lo que contemplamos en el evangelio. ‘De camino a Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Escuchaba sus enseñanzas, descubría el camino que Jesús está ofreciendo, sentía deseos también de salvación. Pero, ¿serían muchas las exigencias? ¿será posible alcanzar esa salvación que ofrece Jesús?
La respuesta de Jesús no es con rebajas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’. Alcanzar la vida eterna tiene sus exigencias. No es vivir la vida simplemente dejándonos llevar. Exige un esfuerzo en nuestra respuesta porque algo nuevo tiene que producirse en nosotros, lo que nos llevará también a dejar cosas viejas. En el texto paralelo a éste del evangelio de san Mateo Jesús dirá: ‘Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha y espacioso el camino que lleva a la perdición. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la pica y son pocos los que lo encuentran’.
¿Será que el Señor querrá ponernos dificultades para alcanzar la salvación? Todo lo contrario El ‘quiere que todos los hombres se salven y alcancen la vida eterna’. Pero la respuesta tiene sus exigencias, porque es toda la vida la que hay que implicar. No me vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que mi familia es muy bueno, soy de buena y cristiana familia, es que mi pueblo es un pueblo muy cristiano. No es tu familia, no es tu pueblo, eres tú el que tienes que dar la respuesta. ‘Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas... pero El os replicará: no os conozco, apartaos de mí malvados’.
‘Señor, ábrenos... no sé quienes sois...’ Es nuestra súplica y será su respuesta. Como a aquellas doncellas que llegaron tarde porque se les había acabado el aceite. ‘Os aseguro que no os conozco...’ Hay que estar vigilante y atentos. Es necesaria una apertura a la palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón, para llevarla a nuestra vida. ‘Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera’. Andamos tantas veces despistados, entretenidos en tantas cosas, que no somos conscientes de la gracia que llega a nosotros. No vale decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra. No nos vale decir que nosotros rezamos mucho o llevamos flores a la Virgen o cumplimos con nuestras promesas, si luego nuestra vida va por otros derroteros distintos a los del amor, si somos injustos en el trato con los demás, o realmente no hemos puesto el evangelio de Jesús en el centro de nuestra vida.
‘Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas del Reino y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios’. Todos están llamados a esa salvación, a sentarse en la mesa del Reino de Dios. Pero hemos de dar la respuesta de nuestra fe, vestirnos el vestido de fiesta - y ya hemos hablado de lo que significa vestirse el vestido de fiesta - para entrar en su Reino.
Recordamos otra ocasión en que Jesús pronuncia estas mismas palabras. Cuando aquel centurión romano, un pagano, que tiene un criado enfermo ruega a Jesús que lo cure, y al querer Jesús ir a su casa, él se siente indigno de que Jesús entre en su casa y cree que con solo su palabra podrá salvarlo. ‘Os aseguro, replicó Jesús, que en ninguno en Israel he encontrado tanta fe. Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas...’
‘Señor, ábrenos...’ le pedimos a Jesús, pero queremos poner toda nuestra fe; queremos abrir de verdad nuestro corazón a la Palabra de Dios para plantarla en nuestra vida y que dé fruto; queremos en verdad vestirnos con el vestido del amor y de la misericordia para que el Señor nos reconozca, a pesar de nuestras debilidades, flaquezas y despistes. El Señor es misericordioso y seguro que nos abrirá la puerta. Esforcémonos a entrar por la puerta estrecha de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestra fe.
Sal.44, 144
Lc. 13, 22-30
Inquietud en el corazón. El encuentro con Jesús, con su vida, con su palabra despierta en nuestro corazón la inquietud. Al escucharle y ver la oferta de salvación que nos ofrece, sentimos en nuestro corazón el deseo de poder alcanzar y al mismo tiempo nos preguntamos si seremos capaces o dignos de poder recibirla; sentimos en nosotros deseo de cielo, deseos de vida eterna.
Es lo que contemplamos en el evangelio. ‘De camino a Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Escuchaba sus enseñanzas, descubría el camino que Jesús está ofreciendo, sentía deseos también de salvación. Pero, ¿serían muchas las exigencias? ¿será posible alcanzar esa salvación que ofrece Jesús?
La respuesta de Jesús no es con rebajas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’. Alcanzar la vida eterna tiene sus exigencias. No es vivir la vida simplemente dejándonos llevar. Exige un esfuerzo en nuestra respuesta porque algo nuevo tiene que producirse en nosotros, lo que nos llevará también a dejar cosas viejas. En el texto paralelo a éste del evangelio de san Mateo Jesús dirá: ‘Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha y espacioso el camino que lleva a la perdición. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la pica y son pocos los que lo encuentran’.
¿Será que el Señor querrá ponernos dificultades para alcanzar la salvación? Todo lo contrario El ‘quiere que todos los hombres se salven y alcancen la vida eterna’. Pero la respuesta tiene sus exigencias, porque es toda la vida la que hay que implicar. No me vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que mi familia es muy bueno, soy de buena y cristiana familia, es que mi pueblo es un pueblo muy cristiano. No es tu familia, no es tu pueblo, eres tú el que tienes que dar la respuesta. ‘Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas... pero El os replicará: no os conozco, apartaos de mí malvados’.
‘Señor, ábrenos... no sé quienes sois...’ Es nuestra súplica y será su respuesta. Como a aquellas doncellas que llegaron tarde porque se les había acabado el aceite. ‘Os aseguro que no os conozco...’ Hay que estar vigilante y atentos. Es necesaria una apertura a la palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón, para llevarla a nuestra vida. ‘Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera’. Andamos tantas veces despistados, entretenidos en tantas cosas, que no somos conscientes de la gracia que llega a nosotros. No vale decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra. No nos vale decir que nosotros rezamos mucho o llevamos flores a la Virgen o cumplimos con nuestras promesas, si luego nuestra vida va por otros derroteros distintos a los del amor, si somos injustos en el trato con los demás, o realmente no hemos puesto el evangelio de Jesús en el centro de nuestra vida.
‘Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas del Reino y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios’. Todos están llamados a esa salvación, a sentarse en la mesa del Reino de Dios. Pero hemos de dar la respuesta de nuestra fe, vestirnos el vestido de fiesta - y ya hemos hablado de lo que significa vestirse el vestido de fiesta - para entrar en su Reino.
Recordamos otra ocasión en que Jesús pronuncia estas mismas palabras. Cuando aquel centurión romano, un pagano, que tiene un criado enfermo ruega a Jesús que lo cure, y al querer Jesús ir a su casa, él se siente indigno de que Jesús entre en su casa y cree que con solo su palabra podrá salvarlo. ‘Os aseguro, replicó Jesús, que en ninguno en Israel he encontrado tanta fe. Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas...’
‘Señor, ábrenos...’ le pedimos a Jesús, pero queremos poner toda nuestra fe; queremos abrir de verdad nuestro corazón a la Palabra de Dios para plantarla en nuestra vida y que dé fruto; queremos en verdad vestirnos con el vestido del amor y de la misericordia para que el Señor nos reconozca, a pesar de nuestras debilidades, flaquezas y despistes. El Señor es misericordioso y seguro que nos abrirá la puerta. Esforcémonos a entrar por la puerta estrecha de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestra fe.
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martes, 28 de octubre de 2008
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor (Santos Simón y Judas Tadeo)
Ef. 2, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19
Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.
Sal. 18
Lc. 6, 12-19
Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.
lunes, 27 de octubre de 2008
Sed imitadores de Dios como hijos queridos
Ef. 4, 32 – 5, 1-8
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.
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