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viernes, 8 de marzo de 2019

Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos



Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos

 Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

¿Por qué o por quien somos capaces de sacrificarnos? Parece que eso del sacrificio sea algo pasado de moda. Algo que rehuimos parece que instintivamente. Vivimos en un mundo muy sensual en donde queremos pasarlo siempre bien, disfrutar, gozar de todas aquellas cosas que nos puedan dar placer. Está bien que queramos ser felices, busquemos la felicidad; es un hondo deseo del corazón de toda persona y yo como creyente digo también que es lo que Dios quiere para el hombre y la mujer, para eso nos ha creado. La imagen del jardín o del paraíso de la que nos habla la Biblia en la página de la creación donde coloca sus criaturas tiene su significado en ese sentido.
Pero sigue rondando la pregunta que nos hacíamos de por qué sacrificarnos. No siempre conseguimos todo lo que anhelamos, alcanzar metas en la vida nos exige esfuerzo y necesitamos hacer como una escala de valores para luchar de verdad por lo que merece la pena, eso nos exige muchas veces renunciar a cosas por alcanzar lo mejor, para no quedarnos en mediocridades ni superficialidades. Por otra parte están nuestras limitaciones y debilidades, y así nos damos cuenta de lo que de verdad cuesta pero si queremos alcanzar lo mejor lucharemos y nos esforzaremos aunque tengamos que sacrificar quizá algunas cosas.
También en nuestra debilidad cometemos errores que tenemos que reparar, y reconocerlo algunas veces nos duele, pero necesitamos hacerlo, porque es la manera de poder avanzar en la vida, ir mejorando actitudes y comportamientos. Eso nos duele quizá por dentro, y arrancarnos de aquellas cosas que se pueden convertir en viciosas en nuestra vida también nos cuesta porque se rompen quizás algunas raíces que nos arraigan y nos quieren mantener unidos en aquello que es negativo para nuestra vida. Como la planta que tenemos que arrancar de la tierra porque es perjudicial para nuestro jardín o para nuestro cultivo, al arrancarla se tienen que romper muchas raíces.
Claro que para eso necesitamos como entrenarnos, aprender a hacerlo, dominar muchas cosas en nosotros. Y decir no a algo no es fácil, tenemos que aprender a hacerlo. Es un ejercicio de purificación que tenemos que realizar en nuestra vida. Eso simplemente hablando en lo humano cuando queremos superarnos y crecer como personas, pero eso lo decimos también cuando como cristianos y creyentes queremos avanzar en nuestra espiritualidad y en todo lo que afecta a nuestra vida cristiana, a nuestra vida de seguimiento de Jesús.
Como creyentes nos damos cuenta que esos errores de nuestra vida pueden ser un pecado que nos aleje de Dios, que se convierten en ofensa a nuestro Creador porque no queremos caminar por sus caminos que nos conducen a la salvación. De ahí el arrepentimiento y la conversión que necesitamos tener en nuestra vida para volvernos de verdad a Dios. De ahí, entonces, esos actos penitenciales que realizamos en el camino de nuestra vida cristiana, como signos de arrepentimiento y de conversión al Señor. Es lo que se nos va ofreciendo en nuestro camino cuaresmal.
Hoy la Palabra del Señor nos habla de ayuno, pero no de un ayuno meramente ritual, sino un ayuno que nos entrene de verdad en esa conversión de nuestro corazón. No es renunciar por renunciar simplemente a unos alimentos, sino poner esas nuevas actitudes en nuestra vida, en nuestro corazón que nos ayuden a realizar ese camino de vuelta al Señor. No es algo que cumplamos simplemente porque nos lo manden o impongan, sino que esa renuncia no ha de ser simplemente a unos alimentos, por ejemplo, sino que ha de ser todo un cambio de actitudes que pongamos en nuestro corazón en nuestra relación a los demás.
Nos conviene escuchar con toda atención lo que nos dice hoy el Señor por el profeta: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Cuantos cepos tenemos que romper en nuestras relaciones con los demás cuando somos injustos, violentos, críticos, llenos de falsedad e hipocresía, mal intencionados, somos dañinos con nuestras palabras y actitudes… Pongamos unas actitudes positivas y buenas en nuestro trato con los demás, busquemos la cercanía y la amistad, el espíritu de servicio y la generosidad, el desprendimiento de nosotros mismos y la apertura del corazón. No tenemos que ir muy lejos, sino que vivamos todo esto con quienes convivimos cada día. Es el ayuno y el sacrificio que es agradable al Señor.


jueves, 7 de marzo de 2019

Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama


Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Nos queremos comer el mundo, es un sentimiento y un deseo que aparece de una manera u otra dentro de nosotros. Luchamos y nos afanamos cada día con nuestros trabajos, con nuestros sueños y nuestras ilusiones, tenemos siempre esperanza de lograr metas aunque muchas veces las pongamos en unas ganancias materiales, en unos lugares de prestigio, en unos puestos donde podamos ejercer nuestro poder. Y cuando vamos logrando esas metas nos sentimos satisfechos y quizá nace en nosotros un deseo de más cosas.
Hay muchas veces en todo eso buenos deseos y buena voluntad, aunque fácilmente se nos pueden enturbiar esos deseos con ambiciones un tanto egoístas, buscando más nuestro propio bien o nuestro propio prestigio que el bien que podamos lograr por nuestro mundo.
Y hoy  nos viene a decir Jesús que de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Parece como un jarro de agua fría. Lo que quiere Jesús es hacernos pensar para que nos hagamos una buena escala de valores. No siempre todo vale, muchas veces incluso algo que en principio nos parece bueno se nos puede enturbiar con ambiciones egoístas. Tenemos que saber buscar lo que verdaderamente es importante. Y algunas veces parece que andamos confusos, porque recibimos tantas influencias de todas partes que no sabemos a qué quedarnos.
Estamos ahora comenzando un camino, el camino cuaresmal. Un tiempo para detenernos, para la reflexión, para pensarnos las cosas, para tratar de buscar lo que verdaderamente es importante, para escuchar al Espíritu del Señor en nuestro corazón y dejarnos guiar por su palabra.
Como nos decía la lectura del Deuteronomio se nos abren delante de nosotros dos caminos, estamos como en la encrucijada y hemos de saber elegir. Caminos que parece que son fáciles y nos llevan a vida, quizá al final nos están conduciendo a la muerte; caminos que nos parecen tortuosos y difíciles, que nos exigen sacrificio y hasta renuncia a muchas cosas, nos conducirán a la vida.
Porque además no es cuestión de dejarse arrastrar por lo fácil o por lo que hace todo el mundo aunque nos parezcan todos tan felices. ¿Tendrán la verdadera felicidad? Quizá detrás de muchas risas hay muchas lágrimas camufladas, muchos sufrimientos ocultos, muchas dudas en el interior, muchos interrogantes sin responder, y tratamos de distraernos de lo que nos parece difícil y compensarlo de la manera que sea.
Por eso, ese planteamiento que nos hace Jesús tiene que hacernos pensar. Ya desde el primer paso de nuestra cuaresma Jesús  nos anuncia la Pascua, y en la parte que tiene de pasión, pero que es la parte más hermosa del amor aunque a veces no lo comprendamos.
Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama. Pero para emprender el camino de esa Pascua hará falta hacernos planteamientos serios, tendremos que descubrir a qué tenemos que negarnos, cual es la cruz que tenemos que tomar y seguir entonces el camino de Jesús. El camino de dar la vida, que parece que es perderla, pero que realmente es ganarla. Es lo que hizo Jesús y lo que nos está pidiendo que hagamos nosotros. Queremos comernos el mundo, pero escuchemos lo que Jesús nos dice que es lo más importante.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor


Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2 Corintios 5,20–6,2; Mateo  6, 1-6.16-18

Es cierto, toda persona que quiere vivir de una forma madura su vida intenta cada día superarse, ser mejor, corregir errores, revisar continuamente lo que hace para tratar de hacerlo mejor cada día. Es bueno, es de alabar y es una tarea en la que hemos de empeñarnos en todo momento. Porque no eres frió ni caliente, te vomitaré de mi boca, dice la Escritura Santa; y es que cuando no intentamos superarnos y crecer, lo que hacemos es retroceder y disminuir. Solo el esfuerzo y la tensión nos harán crecer continuamente, porque la vida es un terreno bien resbaladizo en que si no tenemos la tensión de querer avanzar, lo que hacemos es retroceder.
Pero hoy que comenzamos con el miércoles de ceniza el tiempo de Cuaresma que nos conduce a la celebración del Misterio Pascual de Cristo en la Pascua, recuerdo esta actitud que hemos mencionado tan necesaria en la vida, y vamos a escuchar continuamente cómo la Palabra de Dios nos llama a la conversión. Pero ahora me atrevo a decir       que la conversión que se nos pide es mucho más que aquella buena actitud de la que antes hablábamos. Aquello, ya lo decíamos, es bueno y de alabar, pero la conversión no es solo revisar y corregir errores que hayamos cometido en la vida, aunque también tengamos que hacerlo, pero la conversión exige o pide algo más.
Escuchamos, por ejemplo, lo que os dice hoy el profeta en la Palabra que se nos proclamará en la celebración. ‘Volveos al Señor, vuestro Dios, y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarrar la ropa… (Joel 2, 13). La primera palabra que se nos dice es ‘volveos… volveos al Señor, vuestro Dios’. Conversión, pues, no es solo corregir una cosa, una actitud o una acción que no hayamos hecho bien; conversión es volverse al Señor.
Muchas veces cuando comenzamos la cuaresma nos hacemos muchos propósitos, nos trazamos un plan y enumeramos aquellos cosas que creemos que debemos mejor en nuestra vida, y nos proponemos muchas cosas que en nuestra ascesis tenemos que hacer, porque así siguiendo ese plan vamos a mejor, decimos, vamos a convertirnos dándole la vuelta a nuestra vida con las cosas que tenemos que cambiar. Pero cuidado que nos falte la más importante, que esa conversión, que esa vuelta que tenemos que darle a nuestra vida, es un volvernos a Dios.
Nos volvemos a Dios y en El queremos mirarnos; en El que es compasivo y misericordioso, como repetiremos tantas veces. Vamos a sentirnos amados de Dios, la compasión y la misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros; vamos a sentir como el Señor nos acoge en su misericordia y nos ofrece una y otra vez su amor y su perdón; vamos a volvernos a Dios y disfrutando de su amor nos sentiremos como enardecidos para vivir en su mismo amor. Será así desde ese amor de Dios experimentado en nuestra vida donde nos sentiremos impulsados a vivir en su amor, a vivir con su amor y será entonces cuando nuestra vida comience a ser distinta.
Nos volvemos a Dios para comenzar a creer de verdad en su palabra, en su evangelio, en su buena nueva de salvación; y vueltos a Dios nuestra vida comenzará entonces a ser distinta. Es algo tan sencillo lo que se nos está pidiendo, pero reconocemos que al mismo tiempo es costoso; nuestra vida se ha amoldado a vivir de una forma en que vamos vueltos hacia nuestros apegos, que parece que los huesos del alma se nos rompen cuando tenemos que dar la vuelta en redondo, para volvernos a Dios y solo a Dios.
Pero nos volvemos a El con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor. Eso es lo que verdaderamente tenemos que hacer, para que sea una autentica conversión; lo otro sería cambiar cosas, pero no habremos cambiado el corazón.

martes, 5 de marzo de 2019

Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos


Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos

Eclesiástico 35,1-15; Sal 49; Marcos 10,28-31

Somos interesados; parece que no podemos hacer nada sin que obtengamos algún beneficio. Es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos el sustento y podemos al fin tener aquello que ansiamos y que nos puede facilitar la vida, teniendo lo que necesitamos y aquello que nos pueda ir mejorando la vida. Pero la riqueza de la vida no está solo en unas ganancias materiales que obtengamos por lo que hacemos, sino que también otras cosas que no son las materiales enriquecen nuestra vida en lo que es más importante.
Es por ello que no podemos estar cuantificando la vida, lo que hacemos siempre desde la óptica de unas ganancias, aunque sean unas apetencias naturales que podamos tener o sea en lo que se nos haya educado. También tiene que haber otro altruismo, otra generosidad porque en fin de cuentas somos deudores del mundo en el que vivimos y nuestra presencia y nuestra vida tendría que hacer que mejorara nuestro mundo, mejoraran nuestras relaciones, pudiéramos convivir más felizmente y ya no tendríamos que actuar siempre desde unos intereses egoístas. La belleza de la vida tiene que ir más allá de esos intereses y hemos de saberle dar una plenitud a nuestra vida desde nuestra generosidad y desde el amor que sentimos por la misma vida pero también por la vida de los demás.
Hoy en el evangelio vemos a Pedro que es humano como todos y también esos intereses y ambiciones rondan en su corazón. Le lanza la pregunta directamente a Jesús. ‘Y nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué beneficio vamos a obtener?’ Es cierto, un día habían abandonado las redes y la barca allá junto al lago por seguir a Jesús; cada día se habían ido sintiendo más entusiasmados por Jesús y con El iban por todas partes. Recorrían caminos y aldeas de Galilea, se habían ido un día más allá hasta los territorios de Fenicia, o se habían ido al otro lado del lago a regiones de paganos y gentiles, con Jesús habían atravesado Samaria o habían bajado por el valle del Jordán para acompañar a Jesús hasta Jerusalén en las fiestas de la pascua, y todo eso ¿no iba a tener alguna recompensa?
Como ya en sus mentes rondaba la idea de que Jesús era el Mesías, y conforme a la idea que tenían de lo que había de ser el Mesías, ya habían estado pensando en mas de una ocasión que lugares ocuparían en ese Reino que Jesús anunciaba, que no terminaban de entender. Por eso la pregunta a bocajarro a Jesús.
Y Jesús, con su paciencia tan característica, en principio les había dado la razón. ¿Lo habéis abandonado todo por seguirme? Pues quien ha dejado casa, padre o madre, hermano o hermana, por seguirme tendrá cien veces más, pero os digo también que no os van a faltar dificultades, incomprensiones e incluso hasta persecuciones; pero en el futuro tendrán la vida eterna. Claro que no todos comprenderían totalmente estas palabras de Jesús, y a algunos hasta podría asustarles.
Pero ahora les dejaría como una sentencia, lo que tantas otras veces les dirá. Los primeros, los principales, no son los que ocupan los primeros puestos, los que parecen que mandan y dominan sobre los demás; eso es la manera de actuar del mundo, de los poderosos. Vuestro estilo tiene que ser distinto. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. Ese es el camino de nuestras grandezas, saber hacernos los últimos, los servidores de todos.
No siempre lo entendemos; nos cuesta comprenderlo y asumirlo. Porque ahí en el fondo de nosotros seguimos teniendo nuestras apetencias y ambiciones. Y han pasado veinte siglos y seguimos como en el primer día, porque seguimos creándonos unas estructuras de poder, de dominio, de lugares de honor, de ropajes pomposos que nos llenan de vanidad.
Sigue habiéndolo en nuestro corazón, y siguen estando esas ambiciones en el corazón de la Iglesia, seguimos contemplando luchas de poder, sitiales elevados y ropajes ostentosos. Y sigue rondándonos ese mundo de manipulaciones, y seguimos con un corazón inmisericorde, y seguimos con nuestras condenas, y seguimos con nuestras distancias que nos alejan los unos de los otros. Y no son tantas las cosas que hemos dejado atrás por seguir a Jesús porque sutilmente hemos sabido sustituirlas por otras que nos llevan a un mundo de poder y de grandezas. Copiamos demasiado en nosotros el estilo del mundo y de los poderosos.
Tenemos de una vez por todas que dejarnos transformar por el evangelio para saber ser los últimos, los servidores, los hombres y mujeres del perdón, de la comprensión, de la misericordia. Queremos una Iglesia cercana y tenemos que aprender a ser cercanos los unos a los otros, si en verdad nos llamamos discípulos de Jesús


lunes, 4 de marzo de 2019

Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor



Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor

Eclesiástico 17,20-28; Sal 31; Marcos 10,17-27
Hay momentos en que parece que estamos dispuestos a comernos el mundo; nos sentimos animados y en nuestros deseos parece que todo lo vemos color de rosa, o al menos nos sentimos capaces de hacer muchas cosas. ¿Sueños? No es malo soñar, pero no nos podemos quedar en el sueño sino mirar la realidad y ver lo que es posible.
Es bueno que deseemos más, que queramos hacer grandes cosas, que nos preguntemos qué más podemos hacer, que nos hagamos planes y tengamos buenos propósitos. Pero hay que caminar en el día a día, porque cuando nos enfrentamos a eso que soñamos o nos planificamos, quizá nos damos cuenta que no es tan fácil, que parece que eso que nos propusimos nos supera, y tenemos el peligro de comenzar a relantizar nuestros buenos propósitos y al final nos demos la vuelta y volvamos a lo de siempre.
Muchas rémoras pueden aparecer en nuestra vida que nos frenen, cansancios y desganas, inconstancia para perseverar, metas que nos parecen imposibles de alcanzar, cosas de nuestro entorno que nos distraen de lo que nos propusimos, quizá el que los que están a nuestro lado no nos entiendan y nos digan que por qué nos metemos en esos berenjenales y nos llamen locos, apegos interiores o en la rutina de nuestras vidas que nos arrastran como un peso de debilidad…
Hoy el evangelio nos habla de un joven que con mucho entusiasmo se acercó a Jesús preguntándole que había de hacer para alcanzar la vida eterna. En su respuesta Jesús va dando pasos para ver el camino que hace aquel joven. Le propone los mandamientos, pero él ha sido bueno y cumplidor desde su niñez; da un paso más Jesús pidiéndole que se desprenda de lo que tiene, que sea capaz de quedarse sin nada para compartirlo con los pobres y que así tendrá un tesoro en el cielo. ¿No le ha preguntado que hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le habla del verdadero tesoro que ha de atesorar en el cielo.
Los entusiasmos se van para el piso. Era bueno, pero había vivido rodeado de bienes y comodidades, y comenzar ahora de cero sin nada en que apoyarse, le parece algo imposible. Las aves del cielo tienen nido y las fieras tienen sus guaridas, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza, diría Jesús también a otro que quería seguirle.
Cuando queremos tener asegurado nuestro nido o nuestra guarida, cuando queremos tenernos aseguradas para siempre las cosas materiales en las que apoyarnos en cualquier situación hemos materializado mucho nuestra vida y seremos incapaces de entender lo que son los valores espirituales. Cuando solo caminamos apoyándonos en los bastones que se sustentan en el suelo, no sabemos mirar a lo alto para descubrir otros caminos, para encontrar otro sentido de vida.
Le pasó a aquel joven que se dio la vuelta y se fue por donde había venido, o mejor se fue a donde había estado siempre, pero ya sin sueños de vida eterna. La tristeza invadió su alma, porque no fue capaz de levantar vuelo. Nosotros buscamos risas y alegrías efímeras y tampoco llegamos a descubrir muchas veces – o al menos cerramos los ojos – aquellas cosas que nos pueden dar verdadera felicidad. Reímos y cantamos en muchas ocasiones, pero la tristeza permanece en nuestra alma; corremos como locos en la vida tras muchas cosas, pero nunca nos sentiremos satisfechos de verdad.
Soñemos, sí, aspiremos a cosas grandes, veamos que somos capaces a pesar de nuestra debilidad, porque ese camino no lo vamos  a hacer solos; contamos siempre con la fortaleza del Espíritu del Señor.

domingo, 3 de marzo de 2019

Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida



Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

‘Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando es examinado’, nos ha dicho el libro sapiencial. Los granos de trigo se pasan por la criba para despejarlos de toda hojarasca, para separar el grano bueno de la parva que se llevará el viento y podamos obtener un fruto limpio y sustancioso. Bien lo saben los agricultores que en la era han de trillar el trigo para sacarlo limpio de paja y luego es aventado al viento para liberarlo de esa parva. Hermosa imagen para la vida.
Necesitamos de esa criba donde veamos la verdad de nuestra vida, para que no se quede todo en vanidosos oropeles que oculten la vaciedad de nuestros frutos o la podredumbre de nuestro corazón. Se llamará discernimiento – y la palabra ya vemos que se deriva de cernir, de pasar por la criba – que no solo es el que tenemos que hacer de los demás o de los acontecimientos que nos rodean, sino que cada uno ha de saber hacerlo de si mismo para descubrir la autentica verdad de sus valores.
Ese discernimiento lo podemos llamar también revisión o examen pero será algo que tenemos que hacer con total sinceridad, por respeto a nosotros mismos y a nuestra propia conciencia, pero también por respeto a esas personas que nos rodean, con quienes convivimos o a quienes en una tarea educadora hemos de saber trasmitir también unos valores que no se pueden quedar en palabras huecas y vacías. No nos vale cubrirnos de apariencias ni nos vale querer ocultar lo que llevamos en nuestro corazón porque pronto saldrá a relucir porque de lo que hay en nuestro corazón hablarán nuestros labios, o lo denunciarán nuestras propias obras. Y cuanto de todo eso puede haber en nuestra vida.
En este estilo sapiencial nos habla Jesús hoy en el evangelio. Son como sentencias que va desgranando pero que tenemos que detenernos para rumiarlas y masticarlas para sacar de ellas todo fruto. No nos vale leerlas o escucharlas todo de corrido, porque tenemos el peligro de quedarnos en la superficie y no lleguemos a ahondar en toda la sabiduría que Jesús quiere ofrecernos para nuestra vida.
Así no podemos ir de maestros por la vida siempre queriendo señalar para los demás cuando nosotros previamente no lo hayamos rumiado en lo más intimo de nuestra vida y con toda sinceridad; cuando simplemente tratamos de trasmitir palabras oídos o aprendidas de memoria, pero que no hemos asimilado en nosotros para hacerlas vida en nuestra vida, nos quedaremos en palabras huecas y vacías que nada van a decir a quienes tratamos de trasmitirlas.
Una almendra está escondida tras un doble caparazón que hemos de saber tener la habilidad de abrirlo para poder encontrar ese rico fruto; una perla está escondida en el caparazón de una concha que hemos de saber abrir para encontrarnos con su belleza y su riqueza. Es lo que tenemos que saber hacer con la Palabra de Dios que escuchamos y que queremos trasmitir; no nos quedamos en la superficie, como no nos quedamos en el caparazón de la concha, sino que lo abrimos para disfrutar de la belleza de la perla; así tenemos que saber rumiar, con verdadero discernimiento para aplicarla a nuestra vida esa Palabra que escuchamos y luego ya podremos ofrecerla con toda claridad y brillantez a los demás.
Hoy nos habla Jesús de quitar la mota o la viga de nuestro ojo, para poder ver claramente la mota que pueda tener el ojo de nuestro hermano y poder extraerla. Discernimos primero sobre nuestra vida, viendo lo que en realidad hay en nosotros para que con ojos claros y límpidos podamos ofrecer la luz a los demás.
De igual manera nos habla Jesús de cómo he cuidar el árbol de nuestra vida para que no esté dañado de ninguna maldad y así podarlos dar frutos buenos que enriquezcan a los demás y enriquezcan a nuestro mundo haciéndolo mejor. ‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos viene a decir Jesús, y si los frutos de nuestra vida no son buenos es porque nuestro árbol, nuestra vida está dañada y es lo primero que tenemos que curar. ‘El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre’, nos decía también el libro del Eclesiástico.  ¿Cuál es el fruto que nosotros ofrecemos? Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos de verdad lo que son las obras de nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestra propia idea, nuestra mentalidad. Es lo que en verdad tenemos que saber cribar, discernir.
‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’, terminará diciéndonos Jesús. Hagamos ese verdadero discernimiento, esa buena criba de nuestra vida para no nos quedemos en ofrecer paja, sino buen grano, buen fruto que alimente no solo nuestra vida sino que enriquezca también a nuestro mundo haciéndolo mejor.

sábado, 2 de marzo de 2019

Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios


Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios

Eclesiástico 17,1-13; Sal 102; Marcos 10,13-16

La reacción de los apóstoles es la reacción de tantos que no queremos que nos molesten o quizá desde una postura demasiado servicial no queremos que se importune a otras personas que nosotros consideramos importantes. Vamos tan enfrascados en nuestras cosas, nuestras preocupaciones o nuestros entretenimientos que nos parece que atender a las preguntas ingenuas de un niño, prestar atención a quienes consideramos quizá inferiores mirándolos desde las alturas de nuestros orgullos, o detenernos para saludar a una persona sencilla que nos encontremos, pudiera ser una pérdida de tiempo, por decirlo de una manera suave.
O es también, como decíamos, la postura servicial – que no es lo mismo que espíritu de servicio – que tenemos ante quien consideramos importante y a quien no hay que importunar con pequeñeces de las que consideramos que ellos pasan. Ya decimos que no es lo mismo espíritu de servicio, que una actitud servicial con la que nos podemos convertir en aduladores y otros servilismos.
Algunas veces nos pudiera molestar las actitudes, preguntas, o cosas ingenuas de nuestros niños, pero que se manifiestan como son, y allí donde encuentran cariño se sienten muy a gusto y se manifiestan tal como son. En la época de Jesús no eran bien considerados ni tenidos en cuenta hasta que llegaran a una cierta edad en la que ya los consideraban mayores y les permitían entonces estar con todos. Pero quizá a pesar de cuanto proclamamos derechos humanos de todos, todavía haya quienes los tengan por menos o incluso no los respeten o más bien los utilicen para sus fines o intereses. Niños de la guerra, niños de la calle, niños maltratados y un largo etcétera, y ya sabemos bien lo que Jesús nos dice de quienes hagan daño de la forma que sea a un niño.
Pero bien, vayamos al hecho concreto del evangelio de hoy. Los apóstoles apartan a los niños – sus madres los traen para que Jesús los bendiga – porque no quieren que molesten al Maestro. Pero bien hemos visto la reacción de Jesús: ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.
Esta corta frase de Jesús encierra muchas cosas. Primero, por situarlo en algún orden, el respeto y la valoración que merece en si mismo el niño, es una persona, se ha de tener en cuenta, no tenemos por qué apartarlos a un lado. ‘No se lo impidáis’, les dice.
Pero la imagen del niño, siempre con el corazón abierto, siempre con una mirada que va más allá y más hondo de lo que nos pudiera parecer, siempre con una confianza en su corazón sobre todo donde saben que encuentran amor, nos está señalando como hemos de abrirnos a Dios, como nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor de Dios. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Tenemos que tener corazón de niño, hemos de tener la confianza de un niño que se fía de lo que le dicen sobre todo quien tiene la autoridad del amor sobre ellos, porque es así como hemos de abrirnos nosotros al Reino de Dios, será así como nosotros entraremos en el Reino de Dios, comenzaremos a vivir en el sentido y en el valor del Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.

viernes, 1 de marzo de 2019

Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos



Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12

Hay personas que nunca están contentas con lo que son o con lo que tienen; y no se trata solamente de ese deseo de superación personal que todos hemos de tener en ese deseo de crecer y madurar, en ese deseo de ser mejores o prestar el mejor servicio a los demás. Ese aspecto si tendríamos que cultivarlo, porque sería una actitud positiva de vida.
Es más bien aquellas personas que viven en una negatividad y es que no les satisface nada de lo que los otros le puedan ofrecer; son los que van poniendo pegas a todo lo que el otro nos dice, que no miramos al otro sino quejándonos de que somos nosotros los que hacemos, los que nos damos y nunca los demás nos ofrecen nada, pero que en esa negatividad con que vivimos no sabemos apreciar lo bueno de los otros o lo que nos ofrecen.
Es una postura de desconfianza que va creando un distanciamiento en nuestros encuentros, en nuestra convivencia. Y cuando queremos convivir de verdad hemos de saber ponernos al lado del otro, a su misma altura, sin creerme que yo estoy en un estadio superior, porque hago mejor las cosas o porque yo soy el que está tirando del carro, por decirlo de alguna manera. Convivir es aceptar al otro, tal como es, valorar lo que en el otro hay, no estar midiendo lo que yo doy u ofrezco, sino que cada uno con sus fuerzas, con lo que es lo que tiene va tirando del carro conjuntamente con el otro.
Y esto es importante en todas las facetas el amor, ya sea la amistad, ya sea el amor de la pareja o del matrimonio. Nunca somos iguales, porque cada uno es como es con sus propios valores y cualidades, y la convivencia de amor está hecha a partir de lo que cada uno es.
Por eso no vale recriminar, ni estar echando en cara lo que hacemos o dejamos de hacer, porque es una forma de desconfianza y eso hace que el otro también se canse de sentirse quizá minusvalorado. Por esas pequeñas grietas que vamos poniendo en el edificio de nuestro amor mutuo y nuestra amistad, se nos puede ir desquebrajando la vida y la convivencia hasta llegar a desconocernos y apartarnos le uno del otro en ese camino que hemos querido hacer juntos.
No soy un experto en estas cuestiones ni soy nadie para dar consejos o recetas, pero ofrezco sencillamente esta reflexión que me ha surgido y que quiere ser un granito de arena, un pensamiento, una semilla que nos haga reflexionar sobre estas cosas enriqueciéndolas cada uno con su propio pensamiento o su propia experiencia.
En el evangelio que hoy se nos ofrece le plantean a Jesús el tema del divorcio. Jesús lo que quiere es recordarnos lo que es la original voluntad de Dios sobre el hombre y la mujer creados para el amor. Eso entraña la generosidad que hemos de tener siempre en nuestra vida en el campo del amor; eso entraña también el respeto y la valoración que siempre hemos de hacer de la otra persona.
Si somos generosos, olvidándonos incluso de nosotros mismos seremos más felices y haremos más felices a aquellos a los que amamos, y eso es lo que ha de importarnos. Si vivimos con respeto valorándonos siempre, cuando el otro se siente valorado se siente feliz y querrá hacerte feliz a ti también. Cosas que tendrían que hacernos pensar para construir con verdadero fundamento ese edificio del amor y del matrimonio.

jueves, 28 de febrero de 2019

Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor


Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50

Que no nos falte nunca la sal. Cuando nos falta la sal en casa, en la cocina parece que nada podemos hacer en la cocina porque a la comida le faltaría sabor. No entramos aquí en las limitaciones que se nos imponen por régimen alimenticio. Pero hay una sal que necesitamos en la vida y que va mucho más allá del condimento.
Esa persona tiene salero, decimos de alguien que vive la vida con alegría, que es optimista, que sabe darle alegría a lo que hace aunque esté pasando por malos momentos. Y estamos hablando sí de la alegría con que hemos de vivir, pero esa alegría la llevamos muy hondo cuando le hemos sabido dar un sentido a la vida y vivimos desde unos principios y valores con todas sus consecuencias.
La sal de la vida del cristiano que nace de su fe en donde encuentra ese sentido y ese valor a lo que hace; esa sal de la vida del cristiano que se va a manifestar en sus obrar, en su manera de actuar, en la rectitud con que vive pero en el amor que trasmite a cuantos se van encontrando con él en el camino de la vida. Esa rectitud que le llevará siempre a hacer el bien, a ser delicado con los demás, pero a ser delicado en sus posturas y en su actuar cuidando al mínimo detalle cuanto hace para no perder ese sabor cuando deja que el mal se meta en su corazón de cualquier manera. Por eso nos dirá Jesús hoy en el evangelio que algo tan sencillo como un vaso de agua dado con amor no dejará de tener su recompensa.
La sal, decimos, previene de que los alimentos se corrompan, pues necesitamos esa sal que nos fortaleza de tal manera y nos llene de vida para que no entre la corrupción del mal en nuestro corazón. Y Jesús es muy exigente y radical, para que arranquemos de nosotros esas raíces del mal que puedan corromper nuestro interior y con lo que podríamos hacer daño a los demás, hacer sufrir a los que están a nuestro lado. En eso tenemos que ser en verdad radicales en nuestra vida.
Arranquemos de nosotros todo aquello que nos puede llevar por los caminos del mal, todo aquello que pudiera poner en peligro en nosotros y en los que están a nuestro lado la rectitud y la santidad de su vida. Nos cuesta, pero hemos de poner todo nuestro empeño que la gracia del Señor nos ayudará. Cada día le pedimos al Señor con toda sinceridad que nos libre del mal, que no permita que nos veamos envueltos y arrastrados por la tentación y el pecado.
‘Que no falte entre vosotros la sal, y vivid en paz unos con otros’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. Si dejamos que nuestra vida se condimente bien con la sal del evangelio seremos distintos nosotros, pero también haremos mucho bien a nuestro mundo. Cuando nos dejamos impregnar de verdad por la sal del evangelio nuestra vida va a resplandecer con los valores del Reino de Dios, y resplandeceremos en el amor que nos lleva a hacer siempre el bien, que nos lleva al actuar siempre en justicia, que pondrá verdadera paz en nuestro corazón pero también en nuestras relaciones con los demás, habrá más autenticidad en nuestra vida porque no le tendremos miedo a la verdad, crearemos un mundo de verdadera fraternidad.
Que no nos falte la sal.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo


Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo

Eclesiástico 4,12-22; Sal 118; Marcos 9,38-40

Hay gente que se piensa que ellos son los únicos que saben hacer las cosas; nadie las hace como ellos y son personas difíciles para trabajar con ellas porque esas personas lo monopolizan todo y no permiten que nadie pueda meter mano, poner su parte; para un trabajo en común se hacen insoportables pues no te dejan hacer sino que continuamente estarán pendientes de lo que haces y como lo haces para decirte continuamente como lo tienes que hacer y terminan haciéndoselo todo ellos sin contar con nadie.
Están también las personas que nunca sabrán tener una visión positiva para ver lo bueno que hacen los otros; ya sea desde sus ideologías o sus maneras de pensar o ver las cosas, ya sea porque nunca aceptarán una opinión distinta y las opiniones que no coincidan con su peculiar manera de pensar son siempre erróneas, ya sea por la malicia que anida en sus corazones para desconfiar, para no ver sino segundas intenciones en lo que los otros hacen, o para desde su vanidad buscar siempre un punto desde el que desprestigiar lo bueno que los otros hacen con una perversa envidia que malea sus corazones, nunca aceptaran lo bueno que hacen los demás.
Decimos que podemos verlo en los demás, pero con sinceridad tenemos que reconocer que cosas más o menos así muchas veces también nos pasan por nuestra mente y nuestra manera de actuar. Reflexionando fríamente nos damos cuenta de esa malicia que puede meterse también en nuestros corazones que nos lleve a amor propio herido, a orgullos que resucitan en nuestro interior, a envidias y desconfianzas que corroen nuestras mutuas relaciones. Nos damos cuenta que esa no es la forma correcta y humana de actuar y que tenemos que hacer el esfuerzo de reconocer con humildad y también con alabanza lo bueno que hacen los demás y que es mucho.
Son reacciones humanas que muchas veces nos pueden surgir dentro de nosotros y nadie está libre de poder caer en esas situaciones. Que muchas veces entre nosotros los cristianos en nuestra propia comunidad, en la vida de la iglesia nos pueden aparecer esas reacciones negativas porque nos afloran los celos y recelos, porque nos creemos demasiado perfectos y pensamos que solo nosotros sabemos hacer las cosas bien.
En nuestro engreimiento no somos capaces de descubrir cuanto bueno hay en ese mundo que nos rodea, y que pueden haber muchas buenas semillas del Reino de Dios también en los que no creen, viven alejados de la Iglesia y tienen la buena voluntad y deseo de luchar también por un mundo mejor. Hay unos orgullos ‘eclesiales’ muchas veces entre nosotros que nos impiden realizar ese necesario diálogo también con el mundo, aunque viva alejado de la fe.
Es lo que aflora en el texto del evangelio que se nos ofrece hoy. Juan viene a decirle a Jesús, y se cree que ha hecho una cosa muy buena, que se ha encontrado con algunos que no son de los del grupo pero que están echando demonios en nombre de Jesús; en su buena voluntad ha querido impedírselo. Y Jesús le dice que no, que esa no es la actitud. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Creo que está bien claro el mensaje, después de lo que hemos venido reflexionando. Sepamos descubrir, como decíamos antes, esas buenas semillas del Reino que otros también están cultivando cuando buscan un mundo mejor, cuando luchan por la libertad y la justicia o cuando están creando las condiciones para que seamos más hermanos y desterremos de nuestro mundo tantas negruras y sufrimientos. Mucha gente hace el bien a nuestro lado y tenemos que reconocer que muchas veces más que nosotros. Vayamos por la vida con una mirada positiva y seamos capaces de colaborar, poner todo nuestro apoyo a cuanto de bueno realizan otros, sean quienes sean.
Ya es bastante que en la vida social y política muchas veces se cree tanta crispación y no se colabore mas en un dialogo sincero para buscar lo mejor por la sociedad, sino que más bien muchas veces se vaya destruyendo todo lo que hace el otro porque a mi no me complace o porque no lo hice yo. Colaboremos en quitar esa crispación de nuestro mundo y a lograr que seamos capaces todos de colaborar unidos siempre por lo bueno a aunque tengamos pensamientos distintos.

martes, 26 de febrero de 2019

No es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner en espíritu de servicio cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y buscar el bien común



No es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner en espíritu de servicio cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y buscar el bien común

Eclesiástico 2,1-13; Sal 36; Marcos 9,30-37
¿Por qué a esos sí y a nosotros no? Es una reacción que suele o puede surgir alguna vez en nuestro interior. A unas personas le confían una tarea, una responsabilidad que nos parece apetecible, pero con nosotros no han contado; y surgen los recelos, los sentimientos encontrados en nuestro interior, porque quizá nos parece que nosotros somos minusvalorados, o porque vemos en esas situaciones una ocasión de medrar, de avanzar en consideraciones que no parece que nos hubieran podido llevar a un mayor poder. Por muchas circunstancias pueden aparecer en nosotros esas desconfianzas que se transforman en envidia y que cuanto daño nos hacen por dentro pero que también se pueden convertir en dañinas para los demás.
Y de cosas así no siempre estamos vacunados, podríamos decir. Aparecen en todos los estratos de la sociedad donde se huela a poder y dominio sobre los demás; cuantas zancadillas vemos que se hacen unos a otros en la vida social, en la vida política, en tantas situaciones en la vida; y no estamos lejos que también entre nosotros los cristianos y en la Iglesia también nos puedan suceder esas cosas; desgraciadamente en lugar del espíritu de servicio lo que parece es que estemos haciendo una carrera de influencias y ansias de poder.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús abandona la zona de la montaña donde ha estado y han sucedido cosas maravillosas y mientras va caminando rumbo a Cafarnaún evitan lugares concurridos porque quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos para irlos instruyendo. Momentos de hermosa conversación con confidencias de parte de Jesús de todo lo que El sabe que un día le va a suceder y por eso les habla de su entrega de amor hasta la muerte; momentos de distensión entre los discípulos para ellos ir charlando entre ellos también, pero donde van aflorando una serie de sentimientos, apetencias y ambiciones. Quizá el que Jesús se hubiera llevado solo a tres de ellos consigo cuando subió a la montaña pueda estar en la raíz de aquellas conversaciones.
Como nos sucede también a nosotros que con algunos más que con otros nos manifestamos tal como somos, con los sueños que tenemos en nuestro interior, con las apetencias de lo que deseamos que sea nuestro futuro; y en esas confidencias dejamos traslucir también las desconfianzas que podamos sentir ante algunas situaciones de la vida; como solemos decir, eso te lo digo a ti porque tenemos confianza, porque con otros no lo hablaría; y nos hacemos comparaciones, y miramos a los demás con lupa sobre lo que les sucede o lo que van logrando en la vida y aparecen también las reticencias y hasta envidias que podamos sentir hacia los demás. Como decíamos al principio, por qué a aquellos sí y a nosotros no, y nos hacemos nuestras comparaciones porque quizá nos podamos ver minusvalorados.
Cuando llegaron a Cafarnaún Jesús le preguntó que dé que venían hablando por el camino. Pero ellos, nos dice el evangelista, no contestaron porque habían venido discutiendo quien iba a ser el primero entre ellos. Y Jesús comienza a explicarles de nuevo pacientemente lo que tantas veces les había dicho. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Y llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mi no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.
Hacerse pequeño, pero saber acoger a los pequeños. Vivir el espíritu de humildad y de servicio pero saber acoger y valorar al que es humilde y sencillo. No es el camino de las apariencias ni de las grandes cosas, sino del servicio humilde; no son las grandeza humanas del poder o de los primeros puestos, sino el saber estar atento a todos, para valorarlos a todos, para ser servidor de todos; no es la carrera loca de los que quieren estar por encima de todos sino el saber dar paso al otro reconociendo su valor y su importancia; no es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y ese bien sea para todos.
Qué mundo más bonito estaríamos construyendo si siempre actuáramos así desde el espíritu de servicio y la búsqueda del bien común.

lunes, 25 de febrero de 2019

Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará


Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará

Eclesiástico 1,1-10; Sal 92; Marcos 9,14-29

Hay ocasiones en que el camino de la vida se nos hace duro y difícil; un accidente, una enfermedad, unos problemas que surgen en el trabajo o en el negocio y parece que todo se viene abajo, dificultades en las relaciones familiares que entorpecen la convivencia o que pudieran hasta poner en peligro la estabilidad del matrimonio o de la familia… nos vemos llenos de sombras, no sabemos cómo salir adelante, tenemos el peligro de desmoronarnos y hasta perder la confianza en nosotros mismos, parece que perdemos la esperanza.
Pero queremos luchar, queremos salir adelante, buscamos remedios y soluciones, dialogamos todo lo que sea necesario y aun así nos cuesta encontrar la luz. Pero hemos de tener confianza aunque se nos tambalee el mundo a nuestros pies, tenemos que buscar razones y motivaciones dentro de nosotros mismos para levantar el ánimo. El camino se hace difícil pero queremos perseverar.
Hoy contemplamos en el evangelio la angustia de un padre que tiene a un hijo enfermo, poseído por un espíritu maligno como era la manera de pensar de aquel tiempo. Había acudido a Jesús que no estaba en aquellos momentos con el grupo de los discípulos – había subido a la montaña con tres de ellos donde había sido la transfiguración – y aquel padre había pedido a los discípulos de Jesús que hicieran algo por su hijo. Recordamos como en un momento del evangelio Jesús había enviado a los discípulos con su poder y con su misión al anuncio del Reino dándoles la potestad de expulsar los demonios. Ahora no habían podido hacer nada por aquel muchacho y crecía la angustia de aquel padre.
Llega Jesús y se encuentra con el alboroto, pregunta qué ha pasado y le cuentan lo sucedido; los discípulos no habían podido curar a aquel muchacho. Se queja Jesús de la falta de fe de sus discípulos y entra en diálogo con aquel padre angustiado. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’, le pide aquel buen hombre. ‘Todo es posible para el que tiene fe’, es la respuesta de Jesús. ‘Tengo fe, pero dudo; ayúdame’ es el grito que sale del corazón de aquel padre al que le costaba mantener la esperanza.
Cuántas veces en nuestras luchas nos sucede así, queremos tener esperanza, pero parece que la esperanza se acaba. Queremos luchar, pero nos sentimos sin fuerzas. Queremos seguir caminando en la vida, dispuestos a recomenzar una y otra vez, pero parece que todos los caminos se nos cierran. Es entonces cuando tenemos que mantenernos firmes, cuando tenemos que mantener la fe y la esperanza. No sabemos cómo pero sabemos que el Señor está con nosotros y nos ayuda. Luego nos daremos cuenta que en aquellos momentos de zozobra parecía que había una mano que nos sostenía. El Señor no nos abandona.
Esa tiene que ser también nuestra suplica esperanzada pero al mismo tiempo con humildad. Reconocemos que algunas veces parece que la fe hace aguas, pero pedimos al Señor que nos ayude, que nos dé esa fortaleza que necesita nuestra fe. Es un don de Dios, un don sobrenatural, porque creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor. Por eso no nos podemos cansar de pedir la fe. Con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas, como nos dirá en otro lugar la Escritura santa.

domingo, 24 de febrero de 2019

Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor



Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 54-58;  Lucas 6, 27-38

Página sublime sobre el amor la que nos ofrece hoy el evangelio. Muchas veces cuando buscamos una página de la Escritura que nos hable de la sublimidad del amor acudimos todos al capítulo 13 de la primera carta a los Corintios, y por supuesto que no hacemos mal, porque san Pablo elocuentemente y hasta de forma poética nos hace allí una bello cántico del amor. Pero no es menos sublime, sino que me atrevo a decir que tiene una profundidad mayor en la forma concreta de cómo nos habla del nuevo sentido del amor, esta página del evangelio que hoy se  nos propone en la liturgia de este domingo.
Es una página rompedora, porque de alguna manera nos trastoca los conceptos y la manera que tenemos de ver el sentido del amor. Porque pensemos, por ejemplo, cómo amamos nosotros y a quien amamos de forma casi espontánea y natural. Nuestra forma natural de entender el amor es entrar en la órbita donde nos sentimos amados y convertimos nuestro amor como en un intercambio; me amas, te amo, haces algo por mí yo lo haré por ti también, hoy te presto un servicio y hasta soy capaz de sacrificarme pero ya tú me corresponderás cuando yo lo necesite. Pero pensemos seriamente, ¿no se nos quedará algo cojo un amor así tan interesado y tan de búsqueda de correspondencias?
Y ¿qué nos dice Jesús hoy? Eso lo hace cualquiera, no viene a decir. Hasta los paganos lo hacen, hasta los que no tienen ningún sentido de Dios hacen lo mismo también con los suyos. Decimos un amor solidario, porque nos sentimos hermanos e iguales, y eso está bien, pero es que el amor tiene que ser algo más; también a los que no se consideran iguales – y bien que nos hacemos esas distinciones, aunque digamos lo contrario, en la sociedad en la que vivimos – tenemos que mostrar amor; también al que pueda sentir como un contrincante, porque tiene opiniones distintas, porque plantea las cosas de otra manera – y miremos como en la normalidad de la sociedad en la que vivimos a los contrincantes parece que hasta los consideramos enemigos – pues también a esos tenemos que amar.
La altitud de miras que nos propone Jesús, el ideal de amor que nos ofrece – y que veremos en El primero que nada – es muy distinto, porque nos está diciendo que no solo a los que no piensan como nosotros sino incluso a aquellos que nos hayan podido hacer mal, a esos también tenemos que amar.
No es un amor cualquiera, no es un amor vivido con cualquier medida a lo humano que siempre se nos quedará raquítica, es un amor generoso, un amor amplio, un amor con miras universales lo que nos está proponiendo Jesús. No es un amor fácil porque aunque estamos hechos para el amor sin embargo pesan en nosotros muchas debilidades humanas; y fijaos que digo humanas, porque entran en las características de la persona; que no son simplemente meros instintos animales, en cosas que nos pueden deshumanizar; es que el amor que nos enseña Jesús, como decíamos antes, es un amor sublime, que nos eleva y nos pone por encima de los mejores deseos humanos que podamos tener; es un amor que de alguna manera nos diviniza, nos hace entrar en el ámbito de lo sobrenatural.
Pero eso no significa que no lo podamos alcanzar, que no lo podamos vivir. Delante de nosotros va Jesús con ese amor, como ejemplo y como estímulo señalándonos el camino, pero es además que con nosotros va Jesús que nos acompaña con su gracia, que nos fortalece con su vida divina en nosotros. El nos regala su Espíritu, su Espíritu de amor. Y es que Jesús nos está señalando un nuevo sentido de vivir.
Al entrar en esa nueva órbita del amor estamos entrando un nuevo sentido de vivir. Es cuando aparece en nosotros la compasión verdadera y el verdadero espíritu de la misericordia. Es cuando en la generosidad de nuestro amor entraremos en los caminos del perdón, y ya sabemos cuánto en este sentido luego a lo largo del evangelio nos irá diciendo Jesús.
No terminamos de entenderlo en toda su amplitud y por eso nos cuesta luego tanto el vivirlo. Porque seguimos juzgando y condenando, seguimos haciéndonos nuestras reservas para quien un día falló o para quien en una ocasión quizá nos ofendió; porque aunque digamos lo contrario y hablemos de manera sublime del amor y de la misericordia, seguimos marcando como con un sambenito a quien un día cometió un grave error o un grave pecado y aunque decimos que perdonamos quizá todavía seguimos queriendo ponerlo en manos de la justicia o querríamos hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.
Tenemos que pensarnos muy mucho eso que decimos que la Iglesia es la casa de la misericordia cuando quizá seguimos dejándonos arrastrar por criterios del mundo donde no cabe el perdón y puede que no aparezcan tan claras esas actitudes y valores evangélicos porque ciertas influencias mediáticas siguen cargando sobre la misma Iglesia y podríamos quizá comenzar a actuar como nos pide el mundo. Triste sería que la Iglesia no se mostrara siempre como la madre de la misericordia para todo el género humano, y digo, para todos.
Por encima de todas esas consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor.