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domingo, 6 de mayo de 2018

La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús


La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Creo que todos lo podemos pensar así, se siente feliz el que se siente amado. Ya sabemos de tantas angustias que producen las soledades; ya sabemos las amargas y silenciosas lágrimas del corazón cuando no son valorados, sino más bien postergados, no son tenidos en cuenta sino olvidados de todos. El sentir que alguien te tiene en cuenta, se fija en ti, ve posibilidades en tu vida hace brillar luces de esperanza en el corazón. Cuando positivamente somos amados no queremos que esa dicha que sentimos en el corazón se acabe nunca. Es la dicha de la amistad, es la profundidad que da a la vida el amor verdadero.
He dicho amistad y he dicho amor verdadero. Porque hablo del amor profundo que se hace entrega generosa y desinteresada que es el amor que no nos falla. Los intereses merman la intensidad del amor. Bien sabemos cuanto nos cuesta encontrar en la vida ese amor desinteresado y generoso; muchas experiencias tenemos de amores que se diluyen, de amistades que se truncan y acaban.
Porque el amor verdadero va mas allá de una simpatía, de una sintonía por determinadas cosas en las que podamos coincidir, de una cercanía porque entra en nuestros mismos círculos de vida, de un sentirnos a gusto porque nos agrada su carácter o su conversación, de un queremos porque nos sentimos correspondidos o nosotros queremos corresponder.
Así son muchas veces nuestros amores humanos, el fundamento de nuestras relaciones y simpatías, de nuestras amistades o del concurrir con personas afines a nosotros. Cuántas experiencias podemos tener de este tipo, y son cosas buenas también y que también hemos de cultivar, y que nos dan momentos agradables y donde saboreamos cierto gozo, pero sabemos que un amor verdadero nos tiene que llevar a mucho más.
Hoy Jesús nos está hablando de ese amor verdadero que no nos puede fallar. Así es el amor de Dios, el amor con que el Padre ama al Hijo y el amor con que el Hijo nos ama a nosotros y así tiene que ser ese amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Es un amor que va más allá de la amistad, aun con lo bonito que puede ser y es de hecho el amor de amistad. Porque el amor de Dios es un amor sin medida, porque no es un amor ‘romántico’ sino que es el amor de quien ama a todos, sean o no sean correspondidos, el amor a los que le aman y el amor a los que no le aman, un amor que va más allá de simpatías humana, es un amor generoso, desinteresado y universal; es un amor que llega hasta el sacrificio supremo.
Por eso nos dirá Jesús hoy que no hay amor mayor que el de aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús. Y es el modelo que Jesús nos está poniendo para nuestro amor. Y ese es el amor que produce la alegría verdadera y plena, porque sabemos que no nos fallará nunca. Aquí sí que sabemos que somos tenidos en cuenta por Dios que ya nos creó grandes; así sabemos cuanto nos valora que nos ha elevado a una dignidad sobrenatural al hacernos sus hijos; así sabemos que a pesar de las negativas de nuestras respuestas seguiremos siempre siendo amados por Dios que se mostrará siempre compasivo y misericordioso con nosotros, porque es el padre amoroso que siempre nos está esperando.
Por eso nos dirá Jesús que permanezcamos en su amor, en ese amor. Y nos dice que nos hablado de esto para que permanezcamos para siempre en su alegría. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Y nos dirá que por eso, porque tenemos que sentirnos así amados de Dios El ha querido revelarnos todo esto.
Tenemos razones los cristianos para ser los hombres más felices del mundo, cuando así nos sentimos amados. Es cierto que en luego en el caminar de la vida nos encontraremos con muchas cosas que nos pueden producir dolor en el alma, pero en nosotros hay una esperanza que no nos falla que es el amor que Dios nos tiene. Y con la fuerza de ese amor podemos superar noches oscuras, podemos sortear los numerosos peligros que nos vamos encontrando en la vida, podemos comenzar a tener una mirada nueva sobre las cosas, pero sobre todo sobre las personas que nos rodean.
Y es que porque nos sentimos así amados de Dios nosotros comenzaremos a amar de la misma manera, y el amor nos hará tener una mirada nueva y distinta para ese mundo que nos rodea, pero sobre todo para esas personas con las que hacemos el camino. Y es que comenzaremos a amar con un sentido y estilo distinto. No podemos amar ya por simpatía, sino que tenemos que amar con un amor como el que nos tiene Jesús. Este es su mandamiento: ‘que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Esos son los frutos que tenemos que dar en nuestra vida que para eso nos eligió con su amor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’ nos dice. Ese es el mundo lleno de alegría y feliz que tenemos que construir. Esas son las nuevas relaciones que tenemos que mantener los unos con los otros. Ese es el Reino de Dios que nos anunció y en el que nos tenemos que sentir comprometidos para siempre.

sábado, 5 de mayo de 2018

Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús


Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Las palabras de Jesús nos ayudan a ser realistas en la vida. Todos soñamos en algún momento con un mundo ideal, y por supuesto tenemos que luchar por alcanzarlo, bien desde esa lucha nuestra de cada día por ir haciendo mejor ese mundo en que vivimos, bien con la trascendencia y esperanza que vivimos la vida pensando que un día alcanzaremos la plenitud eterna en Dios.
El evangelio de Jesús nos hace mirar hacia lo alto, por un lado desde esa trascendencia como decimos con que vivimos nuestros actos, pero también porque tenemos que esforzarnos por ponernos metas altas que nos hagan elevarnos, no quedarnos arrastrándonos como si no pudiéramos más por esta tierra y este mundo que algunas veces se nos puede hacer tenebroso. Jesús nos ha ido presentando en el evangelio ese ideal de ese cielo nuevo y esa tierra nueva, de ese Reino de Dios que nos anuncia y que nos invita a construir y que nos hace que siempre estemos en ese deseo de superación y de crecimiento.
Pero esto no nos quita que tengamos dificultades, que encontremos oposición, que dentro de nosotros mismos surjan también tentaciones de desánimo o nos quieran hacer mirar hacia otros lados para distraernos del ideal. Por eso tenemos que ser realistas y caminar con los pies bien sobre la tierra, aunque encontremos esas durezas del camino, esas piedras que nos hacen tropezar, esos desniveles que nos desequilibran. Esa oposición la encontramos en nosotros mismos con nuestras pasiones, en ese desencanto y frialdad con que vemos vivir a la gente a nuestro lado y aun así nos parece que son felices, pero también en aquellos que se nos ponen en contra, porque no les gustan nuestros ideales ni el mundo nuevo que nosotros queremos construir.
Y como decíamos Jesús nos quiere hacer realistas, nos demos cuenta de la realidad. Esa realidad con la que El se encontró y que le llevó hasta el calvario y la muerte; lo vemos continuamente en el evangelio que no todos son tan forofos de los que dice o enseña Jesús, que muchos van a estar en contra, que se va larvando una oposición e incluso persecución. Distintos momentos veremos o que quieren apedrearle, tirarle por un barranco, prenderle, o muchos se marchan también desencantados porque no es lo que ellos buscaban o les parecen duras e insoportables las palabras de Jesús.
De todo eso nos previene hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo…’ Porque a nosotros nos sucede igual, porque el mundo que nos rodea, incluso aquellos que aparentemente puede aparecer muy religiosos con sus tradiciones o devociones, sin embargo no siempre sintonizan con el evangelio. Y viene a decirnos Jesús: ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…’
Y eso ha de ser importante en nuestra vida cristiana. Que vivamos una vida cristiana porque queremos sintonizar con el evangelio y convertirlo en ideal y sentido de nuestra vida; es lo que verdaderamente nos hace cristianos que seguimos a Jesús. Es la revisión constante que tenemos que hacer de nuestra vida, de nuestros planteamientos, de nuestra manera de actuar para que seamos fieles a los valores que nos enseña Jesús en el Evangelio y verdaderamente Dios sea el centro de nuestra vida con todas sus consecuencias.

viernes, 4 de mayo de 2018

Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor


Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor

Hechos 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

‘Hay amigos que son mas afectos que un hermano, aunque los hay también que nos llevan a la ruina’. Siempre recuerdo este pensamiento tomado de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, aunque ahora no soy capaz de dar la cita concreta, pero que leí y medité hace mucho tiempo. Pensando sobre todo en lo positivo somos conscientes de esa verdad, de esos amigos que son mucho para nosotros, con quienes compartimos todo, que los sentimos cerca de nosotros en toda circunstancia, que son un estimulo para nuestra vida, y su presencia nos ayuda a crecer más y más como personas. No son familia de carne y sangre, pero entran en un rango de familia que es inigualable.
Me ha venido ese pensamiento escuchando lo que hoy nos expresa el evangelio, la forma en que Jesús trata a los discípulos, a los apóstoles. A ellos les ha ido revelando los secretos de su corazón, a ellos se manifiesta con una ternura especial. Por eso les dice que  no son siervos, que son amigos, queriendo darle a esa palabra toda la hondura que se merece. ‘Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Nos lo está diciendo a nosotros también. Somos los amados del Señor. Para nosotros también abre su corazón, pero además nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros también los que abramos nuestro corazón para recibirle, para acogerle, para vivirle. Nos descubre lo que es la voluntad del Señor, todo lo que es el misterio de Dios, pero nos ilumina con la sabiduría de su Espíritu para que podamos conocer a Dios, para que podamos llenarnos de Dios.
Y un detalle importante, todo eso porque El ha querido. Ha sido El quien nos ha elegido. Es importante, es cierto, nuestra respuesta, pero cuidado no pensemos que lo que llegamos a ser es por la respuesta que nosotros demos. Es un don del Señor, es un regalo de Dios. El amor de Dios fue primero; ya nos lo dice claramente san Juan en sus cartas; no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero. ‘Yo os he elegido, nos dice hoy Jesús, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure’.
Y ahora sí, después de ser conscientes de esa elección de amor, tenemos que pensar en nuestra respuesta. Entramos en una onda de amor, en una órbita de amor. Y ese amor ha de inundar nuestra vida; y ese amor ha de expresarse en toda nuestra respuesta, en toda nuestra vida. Esa ha de ser nuestra relación con Dios. Por eso nos explicaba santa Teresa del sentido de nuestra oración, tratar de las cosas que queremos o deseamos con aquel que sabemos que nos ama. Y al que también amamos, tendríamos que añadir.
Nuestra oración tiene que estar inflamada por ese amor que sabemos que Dios nos tiene pero que nosotros queremos también tener. Así hemos de sentir ese calor del amor en nuestro corazón. Nuestra oración no puede ser nunca algo frió, rutinario, repetitivo, simplemente ritual. ¿Es así como nos tratamos con aquellos a los que amamos?
Cuando los amigos que se quieren de verdad se encuentran, hablan y hablan sin cansarse, siempre con alegría e ilusión, siempre compartiendo y contando todo lo que es su vida, siempre abriendo totalmente el corazón, sin medidas de tiempo, convirtiendo en eternidad el tiempo que estamos juntos, simplemente gozando de la presencia del amigo sin necesidad muchas veces de decir muchas cosas. ¿Es la manera como hacemos nuestra oración?

jueves, 3 de mayo de 2018

Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.


Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

Hoy en nuestra tierra, hablo al menos de mi tierra canaria aunque sé que por la mayoría de las naciones de tradición latina sucede de manera semejante, amanece el día con una profusión de altares rebosantes de flores en torno a la cruz; en cualquier rincón, en la orilla de los caminos, en la cresta de las montañas o en los bordes de nuestros barrancos, en el centro de nuestras plazas o en cualquier cruce de caminos o de nuestras calles, en los patios de nuestras casas, o en los rincones preferidos de nuestros hogares nos encontraremos una cruz adornada con profusión de flores.
Es la fiesta de la Cruz. Antaño litúrgicamente se celebraba en este día ‘la invención de la santa cruz’, que era la conmemoración del encuentro de la cruz de Cristo por santa Elena allá en el siglo IV junto al gólgota en el lugar de la crucifixión de Cristo.
Es cierto que litúrgicamente la Exaltación de la Santa Cruz la celebramos el 14 de setiembre que en general se convierte en la fiesta del Cristo Crucificado, pero en la devoción y tradición popular es en el 3 de Mayo cuando el pueblo celebra la fiesta de la Cruz en muchos lugares, además de los adornos mencionados, con gran solemnidad y grandes festejos.
En nuestra tierra canaria se recuerda el hecho histórico de la conquista de las islas y en especial en Tenerife y La Palma la fundación de las ciudades capitales de las islas con su propio nombre está relacionada con esta fecha. No en vano el conquistador al poner pie en nuestra tierra plantaba la Cruz allí en la misma playa como un signo de la protección divina que pedía para su conquista y como inicio de la cristianización de aquella tierra.
Más allá de esos recuerdos históricos sin embargo permanece esa devoción a la cruz entre nuestras gentes de manera que ante cualquier suceso extraordinario o doloroso que se pudiera vivir, allí se dejaba como una señal plantada la cruz. Por eso encontramos esa profusión de cruces en caminos, barrancos, montañas o acantilados, recuerdo de momentos duros quizá para familias o pueblos, pero también como signo de salvación que siempre es el significado de la cruz. No se recuerda quizá el origen de aquella cruz concreta al paso de los años, pero allí queda levantada como una señal que para nosotros los cristianos tiene tan hondo significado.
Es cierto que fácilmente se rodea de supersticiones y poco sentido cristiano de la misma manera que convertimos la cruz en un adorno de alguna manera ostentoso y superficial, lejano al verdadero sentido de la cruz. Y es ahí donde un verdadero cristiano ha de reflexionar hondamente para descubrir y resaltar su verdadero sentido. La cruz, podríamos pensar, es un signo de muerte, pero para nosotros los cristianos es un signo, el más hermoso signo, del amor y de la vida. porque ese fue el sentido de Cristo, por eso el pendió del madero de la cruz como señal de la mas profunda a la vez que cruenta entrega que nos habla del amor, que nos habla de perdón y que nos habla de vida.
La cruz para el cristiano es signo de reconciliación porque muriendo Cristo en la cruz derribó el muro que nos separaba para que viviéramos en la más hermosa reconciliación con Dios y con los hermanos. Ojalá esa cruz que contemplamos continuamente al borde de nuestros caminos y tan presente está en nuestra vida nos empuje siempre a la reconciliación y al encuentro; es lo que tendría que recordarnos y así fuera punto de encuentro cuando tenemos diferencias con el hermano, con el amigo o con el vecino para que así encontráramos la verdadera paz del corazón.
Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús


El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Nos lo repite Jesús en el evangelio, que lo que El quiere es que nosotros demos fruto y fruto abundante. No se entiende que no demos fruto. Y Jesús cuando pasa por el camino y se acerca a una frondosa higuera y ve que en ella no hay fruto la maldice. Pero al mismo tiempo veremos al dueño de la higuera que viene cada año a buscar fruto a su higuera y al no encontrarla querrá arrancarla porque de nada le sirve sino que es un estorbo en su terreno, pero el agricultor le dice que la cavará y la abonará un año más y tenga que paciencia que al año tendrá fruto.
Pero nos habla también en el evangelio del propietario que sale una y otra vez a las calles y plazas en busca de trabajadores para su viña, y a todos los envía allá para que ellos obtengan fruto y beneficio con su trabajo. Igualmente nos propone la parábola del que preparó muy bien viña, dotándola de lagar y buena casa para el guarda para arrendarla a unos labradores que le proporcionaran cada año el fruto y beneficio de aquella viña.
Todo nos está hablando del fruto que Dios pide de nuestra vida. Y pensamos en los dones y cualidades con los que nos ha dotado a cada uno que tenemos que hacer fructificar porque los talentos no son para enterrarlos sino para hacer que tengan su beneficio para nosotros y para cuantos nos rodean en ese mundo en el que vivimos.
¿Cómo podemos llegar a dar ese fruto? Bien sabemos que algunas veces la tierra parece que se nos hace infructuosa, o que nos pueden aparece plagas dañinas que nos hagan perder toda la cosecha que quizá con tanto esfuerzo antes habíamos trabajado, que nos pueden aparecer ventiscas y temporales que puedan poner en peligro nuestra producción, que las malas hierbas y los abrojos pueden mezclarse con nuestras buenas plantas que les mermen su fructuosidad, que muchas cosas al menor descuido pueden poner peligro el fruto de nuestros trabajos, y así muchas cosas más.
Hoy nos viene a decir Jesús que una sola cosa nos hace falta. El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa, de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos. Creo que entendemos lo que nos quiere decir Jesús. ‘Sin mi no podéis hacer nada’. Un día Pedro había dicho ‘en tu nombre echaré la red’ y la red se llenó de peces hasta casi reventar donde parecía que allí no había peces.
‘El que permanece en mi y yo en El ese dará fruto abundante’, nos dice Jesús hoy. Claro que podemos dar fruto, que no los vamos a dar por nosotros mismos, sino desde la unión que mantengamos con Jesús. Es su gracia la que nos hace fecundos y hará fructificar de verdad nuestra vida.
Tenemos que abonar nuestra vida con la gracia del Señor, pero tenemos que cuidar debidamente la planta de nuestra vida para que no se desarrolle en ramas infructuosas. Hay que realizar la poda cada año para poder tener una planta robusta y fecunda. Cuantas cosas tendremos que podar en nuestra vida, porque tantas cosas maléficas se nos pueden meter en ella. No podemos dejar crecer esos abrojos a nuestro alrededor metiéndonos en terrenos de zarzales que en peligro pueden poner la integridad de nuestra vida.
Con las imágenes que nos ofrece esta alegoría con la que Jesús nos habla se nos está presentando todo un programa de ascesis, de superación, de purificación que necesitamos en nosotros. Muchos apegos nos pueden ir apareciendo a los que en principio quizá no damos importancia pero que se pueden convertir en plagas o malas hierbas que nos impidan el desarrollo de una vida santa. Como el agricultor que está siempre atento y vigilante a los cultivos que realiza para poder obtener una buena cosecha, así tenemos que estar atentos y vigilantes en el camino de nuestra vida cristiana.
Cada día le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libere del mal, porque nosotros queremos avanzar, crecer, madurar y no queremos que nada malogre nuestra vida. ‘Asi recibirá gloria nuestro Padre del cielo’, como nos dice Jesús.

martes, 1 de mayo de 2018

Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz


Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

La paz es un ansia grande que todos llevamos en el corazón. Todos queremos la paz; todos buscamos la paz. Todos sentimos en lo más hondo de nosotros mismos la amargura de la falta de paz cuando nos sucede algo que nos inquieta o nos perturba.
Todos somos sensibles, no sé si algunas quizá lo disimulamos, ante los problemas del mundo que carece de paz; y pensamos en las guerras, en la violencia que florece como mala hierba por tantos lados en nuestro mundo. Y esas guerras y violencias las contemplamos en esas imágenes que hoy casi en directo nos ofrecen los medios de comunicación; naciones que se enfrentan unas contra otras; enfrentamientos entre pueblos hermanos y que siempre habían convivido; atentados violentos donde mueren tantos inocentes. Andamos muy divididos en nuestro mundo y en consecuencia con mucho sufrimiento y con mucho dolor. Son noticias que nos llegan casi a diario – ayer mismo escuchábamos de violentos atentados -, y lo malo que terminemos acostumbrándonos y perdiendo la sensibilidad.
Pero nos duele la falta de paz cuando en nuestra cercanía, a nuestro lado contemplamos también rivalidades y enfrentamientos, violencias de todo tipo en que nos hacemos daño los unos a los otros, familias rotas y divididas por falta de entendimiento y armonía, amistades que se rompen y cuesta reconstruir, resentimientos en el corazón que se hacen difíciles de curar, y así podríamos pensar en tantas cosas que anidamos en el corazón y tanto daño nos hacen por dentro.
Pero ya no son solo las rupturas que podamos tener con los demás que se manifiestan de tantas formas violentas, sino que pensamos en nuestro interior tan lleno de sufrimientos tantas veces que no nos dejan dormir en paz, como se suele decir. Nos sentimos muchas veces divididos en nuestro interior; sentimos quizá el mal que hayamos podido hacer consciente o inconscientemente muchas veces y que luego no sabemos cómo reparar; nos sentimos turbados por cosas que nos suceden, por ambiciones que podamos tener dentro de nosotros y donde no sabemos discernir suficientemente qué es lo bueno que hemos de buscar; muchas veces la paz la perdemos en nuestro interior por un mal entendido con alguien, por una falta de comprensión, porque no nos sentimos valorados lo suficiente en aquello que nosotros aspiramos y nuestro orgullo se resiente, y así tantas cosas. ¿Tenemos que vivir siempre con ese desequilibrio, con esa falta de paz?
Hoy Jesús nos dice que nos quiere dar la paz. Recordamos que ese fue su saludo pascual cuando se manifestaba resucitado a los discípulos. Fue también el anuncio del ángel a los pastores a la hora de su nacimiento. Hoy nos dice que nos quiere dar la paz, pero que tenemos que buscar la verdadera paz, la paz que nos da autentico sentido y valor.  No es a la manera del mundo, nos dice, por medio de conquistas quizá contra los demás; es la paz que tenemos que sabernos ganar en nuestro interior, es la paz que fundamentamos en el amor verdadero, es la paz que nos hace descubrir el verdadero valor y sentido de todo hombre, de toda persona.
Tenemos que buscar esa paz que nos da el Señor; tenemos que buscar una paz a la manera de la paz que El nos da. Es la paz llena de comprensión y que es capaz de perdonar; es la paz que busca siempre el bien del otro; es la paz que nos hace sentir en una armonía interior porque nunca queremos herir a los demás y somos incluso capaces de disimular las heridas que nos puedan causar los demás; es la paz que nos hace actuar desde la sinceridad, la autenticidad de la vida; es la paz que buscamos trabajando también por la justicia fundamento de una paz autentica.
Señor, danos siempre de tu paz.

lunes, 30 de abril de 2018

El Espíritu del Señor nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios


El Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios

Hechos de los apóstoles 14,5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Alguna vez nos sucede que cuando alguien tiene una confidencia especial con nosotros nos sentimos en cierto modo, además de agradecidos, abrumados por la confianza que han tenido con nosotros de la que no nos sentimos merecedores. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Nos preguntamos y preguntamos quizá a aquel que ha tenido esa confianza con nosotros.
De la confianza tenemos que hacernos dignos aunque no nos sintamos merecedores, pero a ello hemos de corresponder nosotros de alguna manera mostrándonos con confianza y agradecimiento a quien tiene esos detalles con nosotros.
Es cierto que no a todos ni siempre abrimos de la misma manera el corazón a los demás, pero sí tenemos que aprender a crear niveles de cercanía con los que nos rodean para que haciendo el camino de la vida juntos, al mismo tiempo sepamos apoyarnos mutuamente los unos en los otros. Así el camino, sobre todo cuando vengan momentos difíciles o dolorosos, se nos hace más fácil y llevadero al sentir ese apoyo del que va a nuestro lado. El contemplar la intima inquietud del otro nos sirve de estímulo en nuestro esfuerzo y nos impulsa a mantenernos en ese camino resto aunque sea costoso.
Me fue surgiendo esta reflexión a partir de la reacción que Judas – como dice muy el evangelista, no el Iscariote – tuvo ante las confidencias que Jesús les estaba haciendo aquella noche de la cena pascual. ¿Por qué has tenido esta confianza con nosotros y así te manifiestas?  ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’ Y es que como hemos venido comentando Jesús les estaba abriendo su corazón. Pero aun nos dirá más, porque nos anuncia la presencia y la sabiduría de su Espíritu para que podamos comprender todas las cosas. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Ellos podían tener la sintonía con el Señor, porque aun cuando se sentían débiles e incluso aquella debilidad se iba a manifestar de forma escandalosa aquella misma noche cuando todos le abandonarían e huirían, sin embargo habían entrado en una sintonía de amor con Jesús. Y el Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios, vivamos en su presencia y realicemos las obras del amor.
Somos débiles también y de muchas maneras se manifiesta esa debilidad en nuestra vida en tantos momentos que se nos vuelven negros porque no sabemos ser siempre fieles, pero tendríamos que saber mantenernos en esa sintonía de amor. Le amamos y nos queremos esforzar en cumplir su mandamiento para que así sintamos ese amor del Padre también sobre nosotros. ‘Y yo también lo amaré y me revelaré a él’, nos dice Jesús. Pero sigue diciéndonos algo muy hermoso. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere morar en nuestro corazón. Es el Dios que planta su tienda entre nosotros, pero aun más quiere habitar en nosotros si en verdad le amamos y guardamos su palabra.
Es una dicha grande, es un gozo grande para nuestro corazón. Se nos manifiesta, se nos revela, y nos llena de su amor y de su vida. ¿Cómo correspondemos a tanto amor? Le damos gracias pero queremos mantenernos siempre en ese amor siendo por nuestras obras de amor signo de Dios para los demás.   

domingo, 29 de abril de 2018

Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia


Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia

Hechos 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Las imágenes de la naturaleza nos lo explican claramente; si desgajamos la rama de un árbol ya sabemos que pronto se secará y el fruto que quizás en su momento nos prometió con sus hermosas flores pronto se verá malogrado y nos servirá; igualmente si queremos poner producción unos terrenos donde o tengamos árboles frutales, o queramos sembrar cualquier otra cosa, sabemos que el terreno tenemos que cuidarlo, abonarlo debidamente, limpiarlo de los abrojos y matorrales que pudieran ahogarnos aquello que hayamos plantado para su producción.
Pero igualmente en la vida algunos tendemos a querer ir por nuestra cuenta, querernos hacernos las cosas solos sin contar con la colaboración de los demás y veremos que no siempre será eficaz, porque en las dificultades que en si mismas vamos a encontrar para salir adelante, nos faltará también el aliento de quien esté a nuestro lado, confíe en nosotros para realizar aquellos planes que tengamos, y pronto nos puede aparecer el cansancio o el aburrimiento si no conseguimos lo que queremos con la prontitud y el fruto deseado. Bien sabemos que en la vida no podemos ir a nuestro aire, no podemos caminar solos, sino que por nuestra propia naturaleza estaremos siempre interrelacionados los unos con los otros.
De todo esto  nos quiere hablar Jesús e igualmente nos va a proponer unas imágenes tomadas igualmente de la naturaleza. Nos habla hoy con la imagen de la vid, como ya en otros momentos del mismo evangelio o en su conjunto de la Biblia se nos ha hablado de la viña. Recordamos el canto de amor de mi amigo a su viña, del antiguo testamento, o nos habla Jesús en las parábolas, ya fuera de los obreros contratados para trabajar en su viña, o de la viña que aquel propietario preparó cuidadosamente y que dio en arriendo a unos labradores para que le rindieran los frutos a su tiempo.
Pero hoy desde la imagen de la vid y los sarmientos nos está hablando algo más. Será si nuestro trabajo que ha de producir fruto, como se nos dice en las parábolas, pero ahora nos está diciendo donde nosotros podemos tener el alimento y la fuerza para que en verdad podamos vivir y llegar a dar fruto. Los sarmientos no pueden estar desgajados de la cepa, de la vid; como igualmente no podemos tener sarmientos ociosos que podríamos decir, que no nos valen, no nos pueden dar frutos, chupones como dicen los agricultores, que se van en ramaje pero no llegan a producirnos frutos, no nos llegan a dar uvas.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, nos dice Jesús; el que permanece en mi y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’. Está claro el mensaje que nos quiere dar Jesús. No podemos ser un sarmiento que vayamos por nuestro lado; así no podemos dar fruto, así no podremos tener vida, así nada somos ni nada valemos. ‘Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los  recogen y los echan al fuego, y arden’. Pero esa es nuestra gran tentación.
Cuantas veces tendemos a ir por nuestro lado por nuestra cuenta; a cuantos nos encontramos por la vida que dicen que son buenos, y no lo negamos, pero que ellos no necesitan ni de evangelio, ni de iglesia, ni de religión, ni de Dios. Qué fácilmente nos podemos desviar; qué pronto pueden aparece en nosotros los orgullos que nos endiosan y ya nos creemos sobre pedestales que por algo bueno que hagamos estamos siempre pidiendo reconocimientos y valoraciones de lo que hacemos.
Todos podemos sentir la tentación de una forma o de otra; con que facilidad vemos a algunos que quizá comenzaron con buena voluntad haciendo cosas buenas por los demás y no se lo vamos negar, pero pronto se creyeron imprescindibles, se creían ya que ellos eran los únicos que sabían hacer las cosas, que se creyeron los salvadores del mundo en tantas situaciones que quizá todos veíamos que tendrían que cambiar, pero pronto aparecen las ambiciones, nos llenamos de la soberbia del poder, podemos tender a manipular lo que sea buscando unos réditos para mi vida o unos beneficios no solo ya de influencia sobre los demás sino también de tipo material o económico.
Y es que nuestra unión con Jesús, como nos dice hoy el evangelio, del sarmiento a la vid, no solo es la fuerza de la gracia que voy a recibir porque es de Dios de donde la puedo obtener de verdad, sino que es la luz del Espíritu en nuestro corazón que nos hace aspirar a mejorar nuestra propia vida, nos hace escuchar algo que nos hace pensar, nos va iluminando con esa luz del evangelio para que no perdamos el rumbo de nuestra vida.
Muchas mas reflexiones podríamos seguir haciéndonos a partir de estas imágenes que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas cosas tenemos que revisar en nuestra vida, porque siempre pueden aparecer en nosotros ramajes que tendríamos que podar para que haya una verdadera pureza interior. Mucho tendríamos que revisarnos en como vivimos nosotros esa unión con Jesús, ya sea desde nuestra oración, ya sea en la vivencia sacramental, en la participación en la Eucaristía, en nuestra unión y comunión de Iglesia que siempre hemos de vivir.
Pensemos, pues, que así, unidos a Jesús, podremos siempre dar gloria al Señor. Aquello que expresamos en el momento cumbre de la doxología final de la plegaria eucarística. Por Cristo, con Cristo, en Cristo, unidos en el Espíritu damos gloria y honor a Dios por los siglos de los siglos.

sábado, 28 de abril de 2018

Igual que Jesús dice que quien le ve a El ve al Padre, la vida del creyente también tendría que ser un reflejo que le hable de Dios a los demás



Igual que Jesús dice que quien le ve a El ve al Padre, la vida del creyente también tendría que ser un reflejo que le hable de Dios a los demás

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’, le pide uno de los discípulos a Jesús. Le vale una réplica y casi reprimenda por parte de Jesús. Tanto tiempo que ha estado con ellos, tantas cosas que han compartido, tantos momentos de caminar juntos, tantos momentos de explicarles a ellos las cosas con mayor detalle, tantos momentos en que se ha dejado ir conociendo su corazón, y aun no lo conocen. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, terminará diciéndoles Jesús.
también nosotros queremos conocer a Dios, nos preguntamos cómo es Dios, nos preguntamos donde está sobre todo quizá cuando vemos tantas cosas que no comprendemos en el mundo en que vivimos, nos hacemos preguntas sobre Dios y le damos vueltas y vueltas a nuestra cabeza, pero quizá no somos capaces de abrir los ojos que de verdad pueden conocerle. Y es que lo esencial es invisible a los ojos. Sin embargo hay señales, hay signos, hay sensaciones y sentimientos, hay cosas que podemos palpar de manera distinta y podemos llegar a ver, a encontrar respuestas, pero  nos cegamos.
Nos cegamos porque queremos que las cosas sean a nuestra manera, según nuestros propios parámetros y el misterio de Dios nos desborda. Nos sentimos quizás tan pequeños que sin embargo la grandeza de Dios que se nos manifiesta en lo pequeño no alcanzamos a verla, a descubrirla.
Tendríamos que aprender a mirar más a Jesús. Tendríamos también que aprender a mirar con los ojos de Jesús. El nos está ensañando continuamente, nos está queriendo hacer descubrir esas maravillas de Dios en lo mas sencillo y en lo pequeño, que nos pudiera parecer que está muy lejano de lo que nosotros imaginamos de Dios. Y es que Dios se ha hecho hombre, para que en lo humano de Jesús sepamos descubrir su divinidad. Por eso nos dirá Jesús que viéndolo a El, conociéndole a El conoceremos y veremos al Padre.
Es el rostro de Dios que se manifiesta cercano, al lado de los pobres, atendiendo a los enfermos, escuchando a todos, buscando a los lejanos, yendo tras la oveja perdida hasta encontrarla y hacerla volver a su redil. En esos gestos de Jesús, en todo eso que El nos enseña tenemos que saber escuchar a Dios, saber encontrarnos con Dios, descubrir la cercanía y el amor de Dios.
Mucho más podríamos seguir profundizando en este pensamiento. Pero me está haciendo pensar también en la respuesta que nosotros podemos y tenemos que dar a los que a nuestro lado  nos preguntan por Dios. De una forma o de otra el mundo aunque muchas veces quiera declararse ateo y no creyente continuamente se hace preguntas sobre Dios, nos hacen preguntas sobre Dios de una forma o de otra. Porque no entienden el misterio de Dios, porque los males que hay en la vida los confunden cuando no saben dar respuestas, cuando se encierran quizá en su rebeldía y buscan a quien echar la culpa y les es fácil echársela a Dios.
Y es aquí donde hay algo que tendría que inquietarnos. ¿Podríamos dar nosotros la misma respuesta de Jesús? ‘Quien me ve a mí, ve al Padre’. Es serio esto. Porque nosotros los creyentes con nuestra manera de vivir, con nuestras actitudes y con nuestros comportamientos, con nuestro amor y con nuestro compromiso por los demás, con nuestra vida llena de rectitud pero también muy llena de alegría, tendríamos que ser un reflejo que les hable de Dios a los demás. ¿Seremos capaces de serlo para los otros? ¿Nuestra vida les habla de Dios a los demás? Quede ahí la pregunta y mira cual es la respuesta que puedes dar con tu vida. No es un juicio es un interrogante para pensar.

viernes, 27 de abril de 2018

No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El


No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

Los momentos de las despedidas suelen ser muy emotivos y fácilmente afloran todos los sentimientos y se convierten en lugar propicio para confidencias, para manifestaciones de afectos, para promesas de futuro en un recuerdo que no va a borrarse y en donde surge y resplandece lo más hermoso que llevamos en nuestro interior sobre todo hacia aquellos seres a los que más amamos.
Será en la partida hacia un viaje en que las distancias pondrán tentarnos por otra parte al olvido que no deseamos; será el momento en que nos desprendemos de los seres que amamos, como los hijos, porque van a emprender su propio camino; será el momento doloroso de la despedida final porque la vida del ser amado se acaba y quisiéramos expresarle ahora como en un torrente todo aquello que a lo largo de la vida no supimos o no tuvimos la ocasión de expresar.
Es lo que palpamos en lo que solemos llamar la última cena como nombre de lo que significo aquel momento de despedida de Jesús antes de su pasión, antes de su pascua. Era la cena pascual, pero que se estaba convirtiendo en anticipo de lo que sería la pascua definitiva. Los discípulos por su parte están perturbados porque presienten lo que todo aquello puede significa y porque tampoco terminan de entender los signos y gestos que Jesús está realizando.
Pero es el momento en que Jesús derrama sobre sus discípulos amados todo lo que se está desbordando de su corazón. Jesús marcha, pero les dice que seguirá con ellos; Jesús marcha pero les anuncia que quiere tenerlos para siempre junto a El; Jesús les habla de que les prepara sitio, aunque también les hace comprender que ellos también han de prepararse para todo lo nuevo que va a comenzar.
Es la ternura de un corazón que quiere quedarse junto a los suyos y que en la inventiva del amor sabrá encontrar modo para que le siga sintiendo para siempre junto a ellos. Es despertar en ellos también el deseo de emprender un camino que será camino de vida en plenitud; un camino donde hallarán la verdadera sabiduría de la vida, un camino que no puede ser sino vivir su misma vida, seguir sus mismos pasos, hacer su mismo camino, alimentarse de su verdad que les llenara de vida porque les llevará siempre a la plenitud de Dios.
Por eso les invita a poner toda su confianza en Dios, a creer plenamente en su Palabra. Se los asegura, Dios no les fallará. ‘Os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’, les dice. Y cuando le preguntan y se interrogan como hacerlo, les dice ‘yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mi’ No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama. Y les está señalando como ellos no han de desprenderse nunca de El, sino a El siempre han de permanecer unidos.
Se han de acabar para siempre los temores. La esperanza siempre tendrá que resplandecer en la vida, a pesar de tantas sombras que podamos encontrar. No nos faltará su luz, no nos faltará su vida, no nos faltará su gracia y su presencia. ¿Será así cómo verdaderamente nos encontramos y nos sentimos quienes creemos en Jesús y queremos seguir su camino? Nos podrán entrar tentaciones de duda y hasta alguna vez de desconfianza, porque somos así.
 Pero hemos de aprender a poner toda nuestra confianza en Jesús. Nos está descorriendo los velos que podrían ocultar todo el amor que encierra en su corazón. Su ternura de amor se está derramando sobre nosotros. Fundamentemos ahí toda la espiritualidad de nuestra vida.

jueves, 26 de abril de 2018

La luz del evangelio que ilumina nuestra vida y el sabor de Cristo con que sazonamos nuestra existencia se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean


 
La luz del evangelio que ilumina nuestra vida y el sabor de Cristo con que sazonamos nuestra existencia se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Todos sabemos que una comida que no está condimentada con la sal no tiene sabor o incluso fácilmente se echa a perder, que por un lugar totalmente oscuro y sin luz no podemos caminar porque tropezaríamos, nos haríamos daño y hasta podemos tener el peligro no solo de perder la orientación de nuestro caminar sino la vida misma.
Esto que esto diciendo es muy elemental, es cierto, pero son las imágenes que nos propone Jesús en el evangelio para decirnos lo que significa el mensaje del Reino para la humanidad y lo que representa la luz de la fe. Es la vida misma, es el valor de la vida, es el sentido de la existencia y la orientación que le damos a nuestro vivir, es el descubrir lo que es verdaderamente importante y luchar por conseguirlo sin perder el rumbo, son las metas y es el camino de la plenitud de nuestro ser – cuántas veces nos habla de vida eterna – lo que encontramos en Jesús.
Si nos decimos cristianos no es por una tradición sino porque queremos seguir ese camino de Jesús. Por eso decimos que el cristiano es el discípulo de Cristo; y el discípulo es el que ha encontrado un maestro al que quiere seguir porque sus palabras y su vida misma se hacen vida para él. Cuando nos decimos cristianos es porque estamos convencidos que esa es la sal y la luz de nuestra vida y ya no podemos vivir sin ese sentido y sin ese valor que en Cristo encontramos para nuestro existir. Y es importante que esto lo tengamos claro para que nuestra vida no sea una rutina, no sea un caminar de aquí para allá desorientados y sin saber qué rumbo tomar.
Pero eso es también lo que nosotros tenemos que ofrecer a los demás, ofrecer al mundo que nos rodea. Nos damos cuenta de la confusión que nos rodea; parece que cada uno está tirando para su lado y no somos capaces de que haya una concordia para hacer que nuestro mundo sea mejor y marche mejor en todos los problemas que afectan a toda la humanidad. Frente a esa desorientación en que con frecuencia nos encontramos y a tanta confusión nosotros tenemos una palabra que decir y tenemos que saber decirla con valentía y desde el testimonio de lo que nosotros creemos y vivimos.
El evangelio no pretende dar soluciones técnicas a los problemas y los proyectos que se puedan trazar en la vida, pero si puede darnos un valor, hacernos recapacitar en lo que verdaderamente es importante, en el valor de la vida y de la persona, en lo que ha de ser la base de nuestras relaciones y dentro de todo eso podemos aportar desde nuestra fe la trascendencia que le damos a la vida y poner esa metas altas llenas de espiritualidad que llenan y dan plenitud al corazón del hombre.
Jesús nos dice que tenemos que ser sal y ser luz. Desde lo que vivimos, desde lo que es nuestra fe, desde el sentido que desde el evangelio nosotros damos a la vida queremos ayudar a que el mundo encuentre su sabor, encuentre la verdadera sabiduría de la vida, viva en la rectitud de la responsabilidad y encuentre una luz y una orientación para su existencia. Es la tarea y la misión del cristiano.
Es esa espiritualidad que desde Cristo nosotros podemos dar al mundo para que nos arranquemos de los puros materialismos que nos limitan y reducen y no dejemos que se meta en nuestro corazón la corrupción del mal, de la ambición egoísta que nos hace luchar los unos contra los otros y nos llena de tantas violencias que se multiplican desde nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras actitudes.
Hoy la Iglesia española celebra a un gran santo que supo ser esa sal y esa luz en su tiempo en la historia de su pueblo. San Isidoro de Sevilla que además fue un verdadero sabio en su tiempo, que así lo reconoce la historia, que si abarcaba toda una enciclopedia de la vida con su múltiple saber como nos dejó reflejado en sus escritos, pero que fue también la sabiduría con que guió a su diócesis de Sevilla y a toda la Iglesia de España.
¿Seremos capaces de ser cada día un poco más de sal y de luz para ese mundo concreto que nos rodea? La luz del evangelio que ilumina nuestra vida se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean; el sabor de Cristo que nosotros queremos vivir con nuestra fe tiene que dar también sabor y sentido a la vida de las gentes del mundo de hoy. Es la sabiduría cristiana que hemos de saber trasmitir.

miércoles, 25 de abril de 2018

Marcos, un testigo del Evangelio que nos invita a proclamarlo también con nuestra vida en medio del mundo que busca y desea una salvación


Marcos, un testigo del Evangelio que nos invita a proclamarlo también con nuestra vida en medio del mundo que busca y desea una salvación

1 Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20

‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…’ El cumplimiento de este mandato de Jesús es lo que viene a expresarse en las primeras palabras del relato que Marcos nos hace de la vida de Jesús. ‘Comienzo de la Buena Noticia, Evangelio, de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’. Es lo que pretende Marcos cuando nos relata la vida de Jesús.
Hoy estamos celebrando la fiesta de San Marcos, evangelista, el que nos trasmitió el evangelio de Jesús, la Buena Noticia de Jesús. Acaso aquel joven envuelto en una sabana que oculto observaba el prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní y cuanto allí sucedía; probablemente por ser de la familia de quien había facilitado aquel lugar para la cena de la Pascua testigo de los primeros pasos de la comunidad de Jerusalén que en aquel mismo lugar seguía reuniéndose.
Sería él quien acompañó a Saulo y Bernabé en la primera parte del primer viaje apostólico de san Pablo. Más tarde acompañaría a Bernabé de nuevo a Chipre, pero le veremos más tarde junto a Pedro en Roma, que le llama su hijo amado; sabemos que finalmente estaría acompañando a Pablo, superados los desentendimientos de los primeros momentos, que lo mencionará varias veces en sus cartas apostólicas.
Hoy lo recordamos sobre todo por evangelista, el testigo que nos trasmitió la Buena Noticia de Jesús. Es el evangelio que nos trasmitió y que sigue siendo fuente de la Palabra viva de Dios en la Iglesia para todos los hombres. Es lo que necesitamos hoy destacar de manera especial cuando tan importante es que sigamos siendo esos testigos del evangelio en medio de nuestro mundo. Es la gran tarea en la que estamos embarcados y que no podemos abandonar.
El mundo, aunque tantas veces se haga sordo al anuncio que le hagamos, sigue necesitando del Evangelio, porque en el fondo sigue buscando unos caminos de salvación. ¿A quien no le preocupan los problemas de nuestro mundo? No podemos ser insensibles a la pobreza y a la violencia, a la corrupción y un mundo lleno de desigualdades e injusticias, a un mundo confuso en medio de tantas propuestas que de un lado o de otro se hacen para resolver los problemas que tiene nuestra sociedad.
Todos buscamos soluciones; cada uno ofrece sus ideas y proyectos desde las distintas ideologías, desde las distintas maneras de ver nuestra sociedad, desde los diversos planteamientos que se hacen a nivel económico o a cualquiera de los niveles. Es una búsqueda que todos hacemos porque queremos un mundo mejor. Se intentan imponer las diversas visiones de las cosas, a veces olvidamos a las personas y pensamos más en reglamentaciones.
¿Quién es nuestro verdadero salvador? ¿Quién nos puede ayudar a profundizar en el verdadero valor de la persona? ¿Quién nos puede ayudar a encontrar las verdaderas palancas del amor y de la justicia que nos hagan mejores personas y con ello hagamos verdaderamente un mundo mejor?
Creemos en el Evangelio de Jesús. Seguimos creyendo que es la gran buena noticia que el mundo necesita y que nos llevará de verdad a hacer nuestro mundo mejor. El evangelio de Jesús nos ayuda a transformar nuestro corazón, arrancando de nosotros negruras, las negruras del orgullo, de la intransigencia, de la insolidaridad, de las violencias soterradas pero que un día aparecen, de las ambiciones que nos destrozan a nosotros y destrozan cuanto encontremos a nuestro paso, de esos materialismos que nos hacen insensibles a lo espiritual y a lo más noble que podamos tener en nuestro espíritu.
Es lo primero que nos pide Jesús desde el primer anuncio de la Buena Noticia. Conversión para creer en el evangelio; dejarnos transformar el corazón para ser mejores nosotros y así podamos hacer ese mundo mejor. Es el testimonio que nosotros tenemos que dar no solo con nuestra palabra que grita y anuncia, sino con nuestra vida que tiene que ser el verdadero testigo de ese evangelio en el que creemos y queremos anunciar.
Creo que puede ser el mejor compromiso de nuestra vida cuando estamos celebrando a san Marcos Evangelista, testigo del Evangelio de Jesús.


martes, 24 de abril de 2018

En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala


En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala

Hoy celebramos en nuestra tierra la fiesta de nuestro primer santo canario, el Santo Hermano Pedro de San José de Bethencourt. Nacido en Vilaflor, Tenerife, y apóstol de Guatemala donde murió en 1667.
La vida de nuestro Santo Hermano Pedro estuvo en nuestra tierra rodeada de demasiadas tradiciones y en cierto modo leyendas. Todo giraba en otros tiempos en torno a la Cueva del Hermano Pedro, allá en las cercanías de las playas del Médano, en Granadilla y allí recuerdo como siempre la gente acudía sobre todo el día de san Pedro para recordar y festejar al Hermano Pedro, cuando aun no había sido ni beatificado ni canonizado.
La tradición nos habla de esa cueva como un lugar donde se guarecía con sus ganados en las épocas del año en que venia a pastar en las zonas de costa. Un lugar que le servia al Hermano Pedro para el retiro y el silencio, para la oración y la reflexión, como sigue siendo hoy en el espacio religioso que allí se sigue manteniendo.
Quizá allí, en aquellas soledades se fraguara su deseo de ir a América, desde ese espíritu aventurero nacido quizá de la necesidad de ir ‘a la conquista’ de América como tantos y a través de los siglos ha seguido sucediendo, pero que en Pedro habría también deseos de evangelización después de lo escuchado de un familiar suyo religioso que en esas tareas desarrollaba su labor en América.
Era Pedro un hombre devoto y piadoso, que había nacido a espaldas de la Iglesia de san Pedro de Vilaflor, donde hoy precisamente se levanta su santuario sobre lo que fue el solar de su casa. Su trashumancia por las bandas del sur de la isla no le impidieron cultivar su espíritu religioso y de ahí nacería su deseo de ir a América.
Recaló primero en Cuba para trasladarse luego a Honduras y finalmente a Guatemala. Quiso ser sacerdote, pero los estudios eclesiásticos y los latines se le hacían imposible lo que no le impidió entrar en la orden tercera de los franciscanos. Su espíritu pobre le hizo amar de manera especial a los pobres y a los enfermos y pronto buscaría lugar junto a una ermita para recoger a los necesitados y a los enfermos que ni siquiera en los pobres hospitales de la época encontraban cabida.
Proverbial era su salida todas las mañanas por la calles de Antigua con el repiqueteo de su campanilla recordándonos lo efímera que es nuestra vida, pero al tiempo recogiendo limosnas para sostener aquel incipiente hospital de convalecientes. En torno a él pronto surgirían quienes querían seguir sus pasos para atender de igual manera a pobres y enfermos, lo que daría origen a la Orden de los Hermanos de Belén que llegaría a constituirse formalmente después de su muerte.
El Hermano Pedro murió muy joven, de cuarenta y un años, pero dejo tras de si una huella de virtudes y de santidad, estimulo para muchos en el camino del seguimiento de Jesús. El amor al misterio de Belén fue de alguna manera escuela de santidad en la pobreza y la humildad. Su amor a los necesitados y a los enfermos fue un sol que resplandecía fuerte en su vida. su amor a la Virgen, con deseos siempre de volver un día a su tierra para postrarse ante la Virgen de Candelaria, fue el aliento de madre que sintió y que le impulsaba más y más en ese camino de pobreza, de desprendimiento, de caridad.
Que el ejemplo de nuestro Santo Hermano Pedro nos estimule a nosotros también en ese camino de santidad hecho de pequeñas cosas, de pequeños gestos, en la sencillez de nuestra vida ordinaria de cada día. No son grandes cosas las que tenemos que hacer sino eso pequeño y ordinario de cada día realizado con un amor extraordinario que nos haga sintonizar en cada momento con el corazón de Dios. A eso precisamente nos invita el Papa Francisco con su reciente exhortación apostólica sobre la santidad.  

lunes, 23 de abril de 2018

Los que seguimos a Jesús nunca podemos cerrar puertas ni crear barreras sino tender puentes de encuentro y comunión, de convivencia y paz


Los que seguimos a Jesús nunca podemos cerrar puertas ni crear barreras sino tender puentes de encuentro y comunión, de convivencia y paz

Hechos de los apóstoles 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10

Una puerta que se abre es una invitación a entrar en un mundo nuevo o distinto que se oculta tras esa puerta o esos muros. Pero una puerta cerrada nos impide el paso, la entrada, y es una de no dejar entrar a quien pudiera venir a robar o destrozar, como lo es también de preservar nuestra intimidad y guardar lo nuestro. Demasiadas puertas cerradas nos vamos encontrando hoy en nuestros caminos y vamos incluso vallando nuestras propiedades para impedir la entrada o el paso de extraños. Será una cerca que no se puede saltar o serán unos carteles que nos avisan de que aquello es un lugar privado donde no se puede entrar.
Quizá con las inseguridades que vivimos en el mundo de hoy nos pueda parecer normal esas vallas o esas puertas cerradas, pero creo que en la vida hay otras puertas u otras vallas que interponemos en nuestras mutuas relaciones. Creamos demasiadas veces distancias, vados intransitables entre las personas, discriminamos impidiendo el paso a nuestra vida a los que no nos gustan quizá simplemente por sus apariencias, creamos desconfianzas en el corazón y distanciamientos que nos impiden una relación cordial y una verdadera comunión y comunicación entre unos y otros; aparecen soledades, corazones con amargura y resentimientos, expresión quizá de muchos sufrimientos guardados en el silencio de la impotencia.
Hoy Jesús nos quiere hablar de una puerta abierta. Y El ha venido para ser esa puerta abierta. Es la puerta por la que entrando nos vamos a encontrar con la vida. Es la puerta que traspasándola nos vamos a encontrar toda la revelación del misterio de Dios. El es la Palabra reveladora de Dios que nos hace conocer al Padre y todo lo que es su amor por nosotros; esa Palabra que tenemos que escuchar y que seguir como las ovejas escuchan y siguen la voz de su pastor. Es la puerta que nos señala caminos de amor para que encontrándonos con el amor verdadero que en El se nos manifiesta podamos entender mejor como tenemos que expresar nosotros el amor; con Jesús entraremos para siempre en la sintonía del amor.
Cuando por la fe traspasamos esa puerta que es Cristo, no solo nos vamos a ver acogidos y envueltos en el amor de Dios – Jesús como Buena Pastor nos va a conducir a los verdaderos pastos de la vida – sino que necesariamente vamos a sentirnos en una nueva comunión con todos donde se rompan y se caigan todas las barreras que han impedido hasta ahora que nos encontremos y convivamos de verdad; con Jesús sabremos lo que es la verdadera reconciliación, porque El con su muerte ha derribado para siempre el muro del pecado que nos separaba.
Queremos entrar por esa puerta; queremos escuchar y seguir a Jesús; queremos abrir nuestras puertas también derribando tantos muros que nos separan de los que están a nuestro lado o de los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que estar abiertos a la comunión y a la paz, al amor y a la concordia, comprometidos a hacer un mundo nuevo y mejor.

domingo, 22 de abril de 2018

La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Hechos 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en el cumplimiento de las responsabilidades que hayamos adquirido o se nos hayan confiado en la vida? Asumir una responsabilidad y más cuando media en ello también el amor algunas veces nos cuesta y parece como si quisiéramos ponerle límites o decir hasta aquí llego pero complicarme la vida más allá ya no estoy tan dispuesto. Ya decimos que no a todos se les enfrían sus responsabilidades y podríamos descubrir muchos testimonios admirables de quienes pierden para si, pero son capaces de mantener su fidelidad hasta el final.
En el cumplimiento de nuestras responsabilidades algunas veces quizá tengamos que enfrentarnos a quienes no actúan con toda ética y rectitud y que desde sus lugares de influencia quizá hasta pudieran hacernos daño con sus manipulaciones. Es difícil y cuesta, pero sí nos podemos encontrar personas que actúan con esa rectitud aunque eso les pueda traer otros perjuicios por otros lados.
Es responsabilidad, es rectitud, es fidelidad, es sentir como propio lo que tenemos en nuestras manos, aunque sea cosa que nos haya confiado alguien, es el amor a la justicia y la bondad que brillan en tantos corazones buenos también. ¿Hasta donde seremos capaces de llegar nosotros también? ¿Habremos puesto junto a esa tarea de la responsabilidad el abono del amor que la hace verdaderamente fecunda?
Hoy lo aprendemos de Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que cuida con responsabilidad de sus ovejas, pero donde todo además lo vemos impregnado por el amor. Es el verdadero pastor que ama a su rebaño, que lo cuida y lo protege, que le ofrece los mejores pastos, pero que también lo defiende. Es el pastor que las ama y las conoce, a cada uno le ha dado un nombre, y cada una conoce a su pastor porque así se sienten amadas, protegidas y cuidadas por él. Si acaso alguna se le extravía la busca por collados y barrancos hasta que la encuentra llenándose de alegría que comparte incluso con los demás.
No es el asalariado que se comporta de manera irresponsable, porque aunque trata de cumplir con su deber de llevar a pastar a las ovejas, cuando viene la dificultad y el peligro, huye, abandona, no protege ni cuida aun a riesgo de su propia vida. El que no es dueño de las ovejas porque no las siente como algo propio de su vida, ve venir al lobo y las abandona, dejando que el lobo haga estrago entre las ovejas.
Y Jesús nos está diciendo que ese buen pastor es El que da su vida por las ovejas, que da su vida por nosotros. ‘Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas…’
No es necesario que digamos muchas cosas para que veamos reflejada esa imagen del Buen Pastor en Jesús. Basta que le contemplemos en el evangelio, en su cercanía con la gente, en la acogida misericordiosa a cuantos a El se acercan con sus dolencias del cuerpo o del espíritu, en su recorrer los caminos de Galilea y toda Palestina, en su saber estar al lado de los pecadores y de cuantos eran despreciados por todos, en su entrega hasta el final dando su vida por nosotros. Es la vida de Jesús, son sus gestos y son también sus palabras, es su mirada y es su mano tendida, es su corazón misericordioso siempre abierto y es ese acercarse incluso a aquel que está abandonado de todos.
Hoy es un momento para ponernos a contemplar y a considerar cuanto es el amor que el Señor nos tiene, pero también para que consideremos cómo nosotros le escuchamos y conocemos su voz. Esa voz del Buen Pastor que llega a nosotros por tantos caminos, porque nos llega a través de la Iglesia y de quienes en la Iglesia tienen una misión y un oficio pastoral, pero que nos llega también a través del hermano que camina a nuestro lado y muestra alguna preocupación por nosotros. ¿Por qué no ver ahí ese cuidado amoroso de Jesús Buen Pastor que llegue también así a nuestra vida?
Hay un pequeño detalle en el evangelio en el que también hemos de caer en la cuenta. Nos dice Jesús que hay otras ovejas, que no están quizá en nuestro rebaño, pero que también tienen que oír la voz del Pastor, recibir esa atención del Pastor que también ha de cuidar de ellas. ‘Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor’.
En un sentido ecuménico habitualmente hemos querido ver ahí a quienes se han separado de la Iglesia y hemos utilizado este texto como una motivación para nuestra oración por la unidad de los cristianos. Pero creo que puede decirnos algo más. ‘Otras ovejas que no son de este redil…’ nos dice. ¿No somos una Iglesia en salida, una iglesia que no puede apagar su espíritu misionero?
En cuantos podemos pensar en este mundo en el que vivimos, por un lado unos que se han alejado de la Iglesia aun cuando se dicen todavía creyentes y cristianos; pero tantos a los que quizá ya no les diga nada la religión, ni Cristo ni la Iglesia, cuantos con otras maneras de pensar, con otras ideologías que marcan sus vidas, tantos quizás personas de buena voluntad y que hacen el bien o trabajan por la justicia y por un mundo mejor pero que no han descubierto la luz de la fe o el sentido cristiano de la vida incluso con los buenos valores por los que trabajan. Tenemos que reconocer claramente que no todo es negativo en quienes no profesan nuestra misma fe.
A tantos que miramos de lejos, porque tienen otro estilo de vida o porque desde nuestro punto de visto sus vidas se ven marcadas por muchas cosas que a nosotros no nos pueden parecer buenas. Y ¿qué hacemos ante todo eso? ¿Qué inquietud sentimos por ese mundo que nos rodea y que ya no quiere llamarse ni sentirse cristiano? Y no pienso solamente en países lejanos que llamamos de misión.
Jesús es el Buen Pastor que piensa en esas otras ovejas que no son de este redil. Pero Jesús quiere que nosotros pensemos en ellos también. Porque ahí también tenemos que hacer presente y visible al que es el Buen Pastor que entrega su vida por las ovejas, también por estas ovejas.