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jueves, 26 de abril de 2018

La luz del evangelio que ilumina nuestra vida y el sabor de Cristo con que sazonamos nuestra existencia se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean


 
La luz del evangelio que ilumina nuestra vida y el sabor de Cristo con que sazonamos nuestra existencia se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Todos sabemos que una comida que no está condimentada con la sal no tiene sabor o incluso fácilmente se echa a perder, que por un lugar totalmente oscuro y sin luz no podemos caminar porque tropezaríamos, nos haríamos daño y hasta podemos tener el peligro no solo de perder la orientación de nuestro caminar sino la vida misma.
Esto que esto diciendo es muy elemental, es cierto, pero son las imágenes que nos propone Jesús en el evangelio para decirnos lo que significa el mensaje del Reino para la humanidad y lo que representa la luz de la fe. Es la vida misma, es el valor de la vida, es el sentido de la existencia y la orientación que le damos a nuestro vivir, es el descubrir lo que es verdaderamente importante y luchar por conseguirlo sin perder el rumbo, son las metas y es el camino de la plenitud de nuestro ser – cuántas veces nos habla de vida eterna – lo que encontramos en Jesús.
Si nos decimos cristianos no es por una tradición sino porque queremos seguir ese camino de Jesús. Por eso decimos que el cristiano es el discípulo de Cristo; y el discípulo es el que ha encontrado un maestro al que quiere seguir porque sus palabras y su vida misma se hacen vida para él. Cuando nos decimos cristianos es porque estamos convencidos que esa es la sal y la luz de nuestra vida y ya no podemos vivir sin ese sentido y sin ese valor que en Cristo encontramos para nuestro existir. Y es importante que esto lo tengamos claro para que nuestra vida no sea una rutina, no sea un caminar de aquí para allá desorientados y sin saber qué rumbo tomar.
Pero eso es también lo que nosotros tenemos que ofrecer a los demás, ofrecer al mundo que nos rodea. Nos damos cuenta de la confusión que nos rodea; parece que cada uno está tirando para su lado y no somos capaces de que haya una concordia para hacer que nuestro mundo sea mejor y marche mejor en todos los problemas que afectan a toda la humanidad. Frente a esa desorientación en que con frecuencia nos encontramos y a tanta confusión nosotros tenemos una palabra que decir y tenemos que saber decirla con valentía y desde el testimonio de lo que nosotros creemos y vivimos.
El evangelio no pretende dar soluciones técnicas a los problemas y los proyectos que se puedan trazar en la vida, pero si puede darnos un valor, hacernos recapacitar en lo que verdaderamente es importante, en el valor de la vida y de la persona, en lo que ha de ser la base de nuestras relaciones y dentro de todo eso podemos aportar desde nuestra fe la trascendencia que le damos a la vida y poner esa metas altas llenas de espiritualidad que llenan y dan plenitud al corazón del hombre.
Jesús nos dice que tenemos que ser sal y ser luz. Desde lo que vivimos, desde lo que es nuestra fe, desde el sentido que desde el evangelio nosotros damos a la vida queremos ayudar a que el mundo encuentre su sabor, encuentre la verdadera sabiduría de la vida, viva en la rectitud de la responsabilidad y encuentre una luz y una orientación para su existencia. Es la tarea y la misión del cristiano.
Es esa espiritualidad que desde Cristo nosotros podemos dar al mundo para que nos arranquemos de los puros materialismos que nos limitan y reducen y no dejemos que se meta en nuestro corazón la corrupción del mal, de la ambición egoísta que nos hace luchar los unos contra los otros y nos llena de tantas violencias que se multiplican desde nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras actitudes.
Hoy la Iglesia española celebra a un gran santo que supo ser esa sal y esa luz en su tiempo en la historia de su pueblo. San Isidoro de Sevilla que además fue un verdadero sabio en su tiempo, que así lo reconoce la historia, que si abarcaba toda una enciclopedia de la vida con su múltiple saber como nos dejó reflejado en sus escritos, pero que fue también la sabiduría con que guió a su diócesis de Sevilla y a toda la Iglesia de España.
¿Seremos capaces de ser cada día un poco más de sal y de luz para ese mundo concreto que nos rodea? La luz del evangelio que ilumina nuestra vida se ha de convertir en signo de salvación para cuantos nos rodean; el sabor de Cristo que nosotros queremos vivir con nuestra fe tiene que dar también sabor y sentido a la vida de las gentes del mundo de hoy. Es la sabiduría cristiana que hemos de saber trasmitir.

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