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jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


miércoles, 11 de junio de 2025

No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

 


No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

Hechos 11, 21-26; 13; Salmo 97;  Mateo 5, 17-19

Muchas veces ni nos entendemos a nosotros mismos. Sentimos como una rebeldía interior ante las cosas que tenemos que hacer, responsabilidades que hemos asumido, planteamientos que nos hemos hecho para la vida, normas que tenemos que cumplir porque vivimos en una sociedad donde todos estamos relacionados los unos con los otros y eso en cierto modo nos obliga a unos comportamientos, a unas costumbres, a una manera de tratar a las personas que están en torno nuestro, y nos parece sentir el deseo de romper con todo, de hacerme mi vida a mi manera, que no haya ninguna ley que se me imponga para lo que tengo o no tengo que hacer. Nos parece que comenzar todo nuevo de cero es donde está la solución.

Quizás sí tendríamos que preguntarnos por qué hacemos las cosas o qué sentido le estamos dando a eso que tenemos que hacer; porque no se trata de hacer por hacer, como una rutina de la que no nos podemos salir, no es solo el cumplimiento por cumplimiento lo que nos hará saborear lo que estamos haciendo. Y es por ahí por donde vamos a encontrar solución, vamos a darle un sentido a lo que hacemos, nos va a dar verdaderas motivaciones para realizar ese camino que tenemos que recorrer en la vida.

Y esto entra también en el plano de lo religioso, de la vida de religión, de relación con Dios, en nuestro caso el sentido de ser cristiano. Buscarle el sentido hondo, no es romper por romper. Es lo que nos está planteando Jesús en este evangelio de hoy.

La situación en la que vivían los judíos no era ni fácil ni buena. Se sentían, es cierto, herederos de una fe, la pascua judía lo venía a manifestar, porque ellos estaban siempre recordando como Dios había liberado a sus padres de la opresión de Egipto y los había conducido por el desierto hasta traerles a aquella tierra que les había prometido. En el Sinaí habían hecho aquel pacto, aquella alianza porque la que ellos se sentían el pueblo de Dios y confesaban que Yahvé era su único Dios. Con la Alianza habían recibido los mandamientos que eran como el cauce por el que había de discurrir sus vidas. Claro que aquellos diez mandamientos se habían multiplicado en una infinidad de normas y preceptos que venían a regular toda la vida del creyente judío. Al final andaban confundidos y hasta de esa ley de Dios querían liberarse.

Había aparecido Jesús, como un gran profeta – se preguntaban si no sería El el Mesías – que les hablaba de un Reino nuevo, el Reino de Dios, y a ellos les parecía que todo tenía que cambiar. Es cierto que Jesús les había pedido capacidad de conversión, de cambio, de transformación para poder creer y aceptar ese Reino de Dios. Pensaban que era hora de quitarse esa pesada ley de encima.

Estamos escuchando a Jesús en lo que llamamos el sermón del monte, que comenzó con la proclamación de las bienaventuranzas para quienes aceptaran ese Reino de Dios. Pero en su manera simple de ver las cosas pensaban que todo iba  cambiar. Jesús es claro, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino que ha venido a darle plenitud.

¿Qué significaba el darle plenitud? La ley no había que cumplirla por cumplirla, no era solo cumplimiento rutinario lo que haría caminar los caminos del Reino de Dios. Había que encontrar un sentido, un valor, un por qué de aquellos mandamientos del Señor, encontrar aquello que iba a ser el centro, el meollo que le diera sentido y valor. Y eso sí que nos cuesta, porque eso va a exigir una nueva manera de ver y mirar las cosas, todo lo que hacemos; era darle hondura y sentido que solo en el amor podríamos encontrar.

Hablaba con alguien estos días y me decía qué rollo ese de tener que ir a Misa, y no solo contentarme con cumplir con la misa de los domingos, sino también en otros días o momentos. ¿Un rollo? Yo le preguntaba ¿y por que vas a Misa? ¿Lo haces solo por cumplir, o por realizar algo, allí el cura hace sus rezos, porque yo quiero recordar a mis difuntos y pedir por ellos? ¿Vas a misa solo porque es la fiesta del pueblo y está bien que todos vayamos a la misa y a la procesión?

No puedo ir a misa solo desde esos condicionamientos, tengo que pensar en cómo voy a alimentar mi fe, porque allí se nos proclama y explica la Palabra de Dios; pero tengo que pensar que no soy para ser solo un espectador de unos ritos que allá en altar se realizan, sino que voy a encontrarme con el Señor, a escucharle en lo hondo de mi mismo, al tiempo que voy a alimentarme de El que se hace comida para mi en la Eucaristía; voy a misa, le decía, por algo más hondo que una costumbre o una tradición, una ley que me han impuesto y un simple cumplimiento. Si voy solo por estas razones es cierto que será un aburrimiento porque estoy pensando en otras cosas que podría estar haciendo, será algo frío y sin sentido de fiesta y alegría por mi encuentro con el Señor, porque solo voy a cumplir, a que dejen marcado en el carné de mi vida que he cumplido viniendo a Misa. Será otra la plenitud que tengo que darle a mi celebración.

Es lo que nos está diciendo Jesús, El ha venido a dar plenitud. Ojalá que lo sepamos entender y lo sepamos vivir, porque ese es el que será grande en el Reino de los cielos.

martes, 10 de junio de 2025

No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

 


No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118;  Mateo 5, 13-16

¿Puede la sal dejar de dar sabor? Parece algo imposible, pero si así sucediera se convierte en una arena, por decirlo de alguna manera, inservible. Para que la pisotee la gente, para echarla en nuestras carreteras en las heladas y después ni a la tierra de cultivo podríamos echarla porque llenaría la tierra de una salinidad que la haría improductiva.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando nos dice que quien le sigue, quien ha asumido el evangelio como opción de su vida tiene que ser sal que dé sabor a la vida; es la sabiduría del evangelio del que nos hemos empapado para luego ser sabiduría para los demás. No es una cuestión baladí la que Jesús nos está planteando con estas imágenes que se nos ofrecen en este texto de hoy. Y ya nos tendría que llevar a preguntarnos ¿qué sabor le estamos dando los cristianos a nuestro mundo, a nuestra sociedad?

Hoy el evangelio está lleno de imágenes. Jesús las hablaba a las gentes con imágenes para que captaran el hondo sentido de sus palabras. Porque son cosas que vemos en la vida de cada día; tenemos la sal para nuestras comidas, tenemos la luz para iluminarnos. Por eso hoy está diciendo que no encendemos la luz para ocultarla. Como nos dice, si queremos que ilumine no la podemos esconder debajo de un celemín, sino ponerla en alto. Sabemos que el celemín es como una medida por ejemplo para nuestros cereales, un cajón con un determinado tamaño que nos da una cantidad, el celemín aunque sean medidas que hoy no son usadas habitualmente. Y Jesús nos está diciendo que la luz tenemos que ponerla en alto, en un lugar estratégico para que sus rayos luminosos puedan abarcar el mayor espacio posible y todos nos podamos beneficiar.

La imagen de la luz se nos repite en el evangelio de muchas maneras; desde las que tienen que salir con las lámparas encendidas para iluminar el camino del novio que viene al encuentro con su esposa, como luego colocadas estratégicamente en la sala del banquete para que podemos disfrutar de la comida y de la fiesta. Pero será imagen que se utiliza al principio del evangelio de san Juan para de alguna manera describirnos lo que era la misión de Jesús y lo que tiene que significar nuestra fe. Luz va repartiendo Jesús en todos aquellos a los que saca de su ceguera, que se convierte en imagen de lo que significa encontrarnos con Jesús y su evangelio, porque quien le encuentra no andará en tinieblas. Gritará Jesús en un momento determinado para que vayamos a El y en El encontremos luz.

Pero hoy la imagen de la luz va en el camino de lo que somos nosotros con nuestra fe y lo que tenemos que ser con nuestra vida. Es el testimonio de luz que tenemos que dar. ‘Sois la luz del mundo’, nos dirá y no podemos ocultar esa luz, no podemos ocultar esa fe que ha iluminado nuestra vida. Tenemos que resplandecer quienes estamos llenos de luz. Y nos dice que igual que la luz no se oculta bajo el celemín, nos dice que la ciudad puesta en lo alto de la montaña no se puede ocultar. Y somos nosotros esa ciudad que tenemos que convertirnos en medio del mundo en ese faro que ilumine y que oriente - ¿qué hace el faro en la orilla del mar sino iluminar, orientar, decir lo cerca que estamos de puerto seguro, o prevenirnos de los peligros de las rocas que podamos encontrar en medio del mar? -, es lo que nosotros tenemos que ser.

Terminará diciéndonos Jesús que así ilumine nuestra luz la vida de los hombres para que todos puedan dar gloria a Dios. Todo se convierte en un interrogante, en una pregunta seria que tenemos que hacernos en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Seremos esa luz? ¿Seremos esa sal? ¿Habremos ido perdiendo esa luminosidad y ese sabor de evangelio que tiene que desprenderse de nuestras vidas? A pesar de que somos tantos los que nos decimos cristianos, ¿cómo es que aun no hemos contagiado de ese sabor al mundo que nos rodea? ¿Estaremos los cristianos confundiendo a los demás porque no sabemos estar en el sitio y el momento adecuado para dar testimonio de esa luz?

lunes, 9 de junio de 2025

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

 


María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86;  Juan 19, 25-34

Dios busca al hombre, pero el hombre está escondido de Dios. Es la imagen que aparece en las primeras líneas el texto del Génesis proclamado. ‘¿Dónde estás?’ llegaron los miedos donde el hombre había sido colocado para ser feliz, era un jardín al que llamamos paraíso aquí en la tierra, pero entró el desorden y la división, las mutuas acusaciones, quienes habían sido creados para una especial comunión de felicidad, ahora hasta sienten vergüenza de si mismos y llenos de miedo se esconden.

¿No reflejarán estas palabras mucho de lo que nosotros queremos vivir y construir a nuestra manera? El mundo y la vida tenía que ser un jardín apacible, pero quisimos hacer un paraíso a nuestra medida; y hablamos de bienestar pero impera el materialismo, hablamos de comunidad y nos rompemos por nuestras ambiciones, hablamos de un mundo de felicidad pero todo lo sensualizamos, hablamos de un mundo que es de todos pero seguimos encerrados en ambiciones e insolidaridades. ‘¿Donde estás?’, ¿Dónde está el hombre que Dios ha creado y en cuyas manos a puesto toda la riqueza de la creación? ¿Andaremos escondiéndonos también avergonzados de nuestra manera de proceder?

Pero Dios se sigue ganando por su amor. El hombre vivirá errante pero no todo está perdido. La misericordia del Señor fluye por doquier y a ese hombre le promete una salvación, un día en que acabaran esos miedos o esas cobardías, ese mal que nos corroe será vencido porque llegará la estirpe y descendencia de una nueva Eva que traerá la victoria sobre todo ese mal y nos hará un mundo nuevo.

En medio de aquello que había hecho de un jardín un lugar de miedos y cobardía, queriéndolo convertir en un escondite de si mismo, hay una mujer, la madre de todos los vivientes, Eva; pero ahora aparecerá una nueva mujer, una nueva Eva que va a ser la madre de la nueva humanidad. De ella ha de nacer el Salvador, el Hijo de Dios que a ella la convierte en Madre de Dios, pero ese hijo a ella le va a confiar esa nueva humanidad que está naciendo desde la sangre derramada en la cruz para que sea la madre de todos los creyentes, la Madre esa humanidad nueva que es la Iglesia. Es como hoy, en el día siguiente a Pentecostés, queremos llamarla, Madre de la Iglesia, como la había proclamado el Papa san Pablo VI en casi los albores del concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia un hermoso tratado de lo que es y significa María en la historia de la salvación y luego en la historia de la Iglesia.

Y nos dice el evangelio que el discípulo la llevó a su casa. La tradición sitúa la presencia de María en aquellos lugares en que los discípulos estaban haciendo el anuncio del Evangelio, y no hace muchos años, por ejemplo, en los alrededores de Efeso se ha encontrado la casita de María – en cuyo lugar he tenido la suerte de haber estado -, como la vemos también en nuestra tradición hispana presente en el Pilar de Zaragoza, que como confesamos en nuestras tradiciones Maria quiso hacerse presente en las orillas del Ebro junto al Apóstol Santiago que anunciaba la buena nueva de Jesús en nuestras tierras hispanas.

¿No querremos nosotros, como hizo el discípulo amado a quien Jesús se la confió desde la cruz, traernos también a casa a María, para que habite con nosotros? Sí, son sus imágenes repartidas por nuestros templos y capillas por todas partes; son las imágenes de la Virgen María que con tanta devoción conservamos en nuestras casas en la advocación de nuestra especial y particular devoción. Pero son las imágenes de María que nosotros hemos de mostrar desde nuestras actitudes y comportamientos, desde la copia de sus virtudes y el cultivo de los mejores valores que manifiestan nuestro seguimiento de Jesús y su evangelio.

La santidad de nuestras vidas es querer copiar la santidad de María, es como vestirnos con su misma ropa para así mejor parecernos a Ella, es meternos en el mismo molde para que así salgamos nosotros esa imagen perfecta, esa figura que trasparenta lo que fue la vida de Maria, su amor y su generosidad, su fe y su fortaleza, su fidelidad a la Palabra de Dios y su disponibilidad para el servicio, para ayudar, para estar atenta a las necesidades de los demás, para tener los ojos abiertos para beberse las lagrimas de los que lloran y ser el mejor consuelo de los que sufren. Dios llenó de perfección el molde de María en el que nosotros hemos de verternos para que salgan grabadas en nosotros mismos sus virtudes y su amor.

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo siempre además que camina a nuestro lado y con su mano va moldeando nuestra vida para mejor parecernos a ella y así vivir la vida de Jesús.

domingo, 8 de junio de 2025

Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 


Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13;  Juan 20, 19-23

Hay experiencias por las que pasamos en la vida que nos marcan profundamente y nos harán sentir que a partir de ello ya todo no es igual para nosotros, nos pueden abrir a un nuevo sentido de vida, a comprender de una forma distinta aquellas cosas que nos van sucediendo y reviviéndolas nos sentimos como distintos, de alguna manera transformados y con una fuerza interior que nos lleva a ese nuevo actuar. Son experiencias que no solo recordamos sino que revivimos dentro de nosotros, porque cuando las recordamos es como si estuviéramos viviéndolas de nuevo y brota de nosotros como una nueva energía que nos hace distintos en cada momento.

Los discípulos de Jesús habían  pasado también por una tremenda experiencia; la entrega de Jesús, su pasión y su muerte fue algo que les hizo experimentar dentro de ellos mismos algo grande; la experiencia podría parecer que estaba llena de sombras porque todo aquello podía sonarles a fracaso; pero cuando al tercer día se encontraron con El vivo y resucitado todo cambio en su interior.

El evangelio, por expresarlo de alguna manera nos habla de sorpresa y de alegría, pero tuvo que ser algo más porque comenzaron a descubrir el sentido de todo; revivían no solo su muerte sino todo lo que había sido su vida con Jesús y sus hechos y palabras se hacían vida dentro de ellos; las palabras de Jesús se cumplían y lo estaban viendo en aquella experiencia pascual que estaban viviendo; era en verdad pascua para ellos todo aquello porque era un paso grande – pascua significa paso – el que estaban viviendo y los estaba transformando.

Sentían que Jesús estaba ya siempre con ellos; aquello que Jesús les había prometido del Paráclito o Defensor que estaría con ellos y les haría comprender todas las cosas lo estaban experimentando en sus vidas; era el Espíritu divino, el Espíritu Santo prometido que estaba con ellos.

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de dos momentos principales donde van a sentir esa fuerza del Espíritu; la forma de narrarnos las cosas de los evangelistas que tienen que emplear lenguajes humanos nos hablarán de dos tiempos distintos. Es el evangelio de Juan el que nos habla como en aquel primer encuentro con Cristo resucitado se sintieron llenos del Espíritu cuando Jesús les decía que habían de ir por el mundo anunciando el perdón, anunciando una nueva paz. ‘Recibir el Espíritu Santo… a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’

Es anuncio y cumplimiento de aquella amnistía, aquel año de gracia del que hablaban los profetas y Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. Una experiencia que ellos estaban viviendo y que ahora habían de transmitir. El Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar aquella Buena Nueva es el que ahora ellos van a sentir en su interior para hacer ese anuncio hasta los confines del mundo.

San Lucas, por su parte, nos dará por así decirlo un plazo de cuarenta días en que con la presencia de Cristo resucitado que ellos estaban continuamente reviviendo fueron como redescubriendo todo el sentido del misterio de Jesús. Experimentarán así esa presencia del Espíritu en su corazones que Lucas nos va a situar en el día del Pentecostés judío – una fiesta que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, de ahí su nombre – el momento en que van a sentir esa experiencia del Espíritu, esa fuerza del Espíritu que hará abrirse puertas y ventanas en su vida para salir a anunciar el nombre de Jesús. Es lo que nos describe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles y hoy escuchamos.

Es lo que hoy nosotros estamos celebrando. Para nosotros no puede ser solo un recuerdo o una conmemoración; para nosotros tiene que ser el revivir esa experiencia del Espíritu en nosotros que lo hemos recibido desde nuestro Bautismo que nos hizo templos del Espíritu y de forma espacial como un don en nuestra confirmación. No puede ser algo que se quede en el recuerdo de un sacramento que un día recibimos, tiene que ser algo mucho mas hondo en nosotros mismos. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu, tenemos que dejarnos conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu Santo. Tenemos que hacerlo en verdad vida en nosotros.

Muchas veces los cristianos vamos de cansinos por la vida, parece que fuéramos arrastrándonos y haciendo las cosas solo por cumplimiento u obligación. Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo, que ponga alas en nuestros pies para ir a llevar esa buena noticia de salvación a los demás.

Qué lástima que los cristianos nos manifestemos tan aburridos, con falta de ese vigor y ese empuje que tienen que tener los que están llenos del Espíritu de Dios. Qué lástima que los encuentros de los cristianos sean tan monótonos y aburridos, pareciera que andamos adormilados, nos falta entusiasmo por aquello según decimos en lo que creemos porque no somos capaces de contagiar, de entusiasmar a los que están a nuestro lado.

Pidamos que se derrame abundante el Espíritu en nosotros, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que en verdad podamos hacer en nuestro mundo esa revolución del Evangelio. Si somos tantos cristianos en el mundo – cómo nos llenamos la boca con las cifras - ¿cómo es que en nuestro mundo no haya hecho efecto la levadura del evangelio? Y es que no vivimos esa vida nueva y renovadora del Evangelio; quizás habremos dejado sin efecto la fuerza de esa levadura porque la hemos hecho levadura vieja.

sábado, 7 de junio de 2025

Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

 


Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.

Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.

Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.

No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.

Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.


viernes, 6 de junio de 2025

Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

 


Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

¿Tú me sientes como amigo? Con una pregunta semejante alguna vez nos hemos dirigido a nuestro amigo o nuestro amigo nos ha preguntado. Cuando hay una auténtica amistad que se está mostrando cada día en mil detalles de cercanía, de comunicación, de afecto no sería necesaria esa pregunta, pero sin embargo la hacemos. Queremos corroborar el grado de amistad que sentimos; queremos ratificar que la amistad se mantiene, a pesar de que alguna vez haya habido algún desaire, algún mal momento, alguna discusión acalorada donde quizás hayas pronunciado palabras de las que ahora nos arrepentimos. Pero queremos que la amistad permanezca, no se rompa, vaya creciendo más y más en la vida. Un buen amigo es un vaso de agua fresca ofrecida al sediento en medio de los calores de la vida.

Hoy, ya casi terminando el ciclo pascual que cerraremos el próximo domingo, la liturgia retoma aquellos textos pascuales de los momentos finales del evangelio, en este caso del evangelio de san Juan. Queremos de nuevo caldear nuestro espíritu con todo el sentido pascual que hemos de darle a la vida y nos viene bien recordar esos retazos del evangelio.

Los discípulos se habían ido a Galilea. Uno de los mensajes que las mujeres trasmitieron a los apóstoles del cenáculo después de las apariciones de Jesús, es que les había dicho que fueran a Galilea y allí le verían. ¿Dónde comenzaron los primeros anuncios de Evangelio? No fue solo Jesús el que comenzó a predicar por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando la buena nueva del Reino de Dios, sino que en Galilea se había recibido el primer mensaje, la primera buena noticia, cuando el ángel le anuncia a María de parte de Dios todo cuanto iba a suceder con el niño que naciera de sus entrañas. Aquel Niño era la Buena Noticia de salvación para la humanidad.

En Galilea estaban, parece que aburridos sin saber qué hacer cuando se deciden ir una noche a pescar. Ya lo hemos meditado. No habían cogido nada. Alguien que les parecía un anónimo desde la orilla no solo les había preguntado si habían cogido algo, cosa que seguramente les dolió por sus manos vacías, sino que les había dicho por donde habían de echar la red. Parece que los gestos se repiten, también después de una infructuosa noche, aquel profeta que estaba surgiendo en Galilea, sin ser pescador de aquellos mares, les había indicado que de nuevo echaran las redes. Se habían confiado y la redada había sido muy grande, de manera que incluso se sentían indignos, pero Jesús les había prometido que serían pescadores de hombres. Así se habían decidido a seguir a Jesús y estar con Él.

Ahora también la redada había sido extraordinaria y aquel que más llenos de amor tenía sus ojos había reconocido a quien estaba en la orilla y le había dicho a Pedro que era el Señor. Ahora Pedro tras lanzarse al agua está ante Jesús que tras el almuerzo se lo lleva aparte para hacerle una gran pregunta. ‘Simón Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y así por tres veces. Pedro porfiaba su amor, ya no sabía cómo decírselo a Jesús que lo era todo para El. Un día había dicho que estaba dispuesto a seguirle y a dar la vida por Jesús, pero pronto se había dormido en el huerto, y pronto lo había negado ante una criada curiosa y preguntona.

Lo había llorado, pero ahora estaban las preguntas de Jesús. ¿De verdad eres mi amigo? Detrás había todo un recorrido de entusiasmos pero también de decaimientos; de valentías para ser el primero en hablar, pero también de cobardías y de sombras. ¿Se estaría preguntando al mismo tiempo Pedro a sí mismo si de verdad soy amigo de Jesús? ¿Mereceré yo que Jesús siga confiando en mí?

Pero bien sabemos que aquí no hablamos de merecimientos, sino que estamos hablando de amor. Jesús le pregunta a Pedro por su amor, pero Pedro se estará preguntando también por su amor, por si es sincero y auténtico su amor a Jesús. No le queda más que decir. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.

Seguramente mientras nos vamos haciendo esta reflexión no solo estamos mirando a Pedro en este diálogo con Jesús, sino que nos estaremos mirando a nosotros mismos. Con nosotros Jesús está también entablando ese diálogo y esas preguntas; en nuestro corazón están resonando esas preguntas y nuestras promesas y propósitos tantas veces incumplidos, nuestras cobardías y nuestros fracasos, nuestros miedos y nuestros tropiezos; la vida quizás puede estar muy llena de oscuridades, pero tenemos que cuidar una luz, tenemos que cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús. Y ese sí que es un gran amor, el que queremos copiar en nuestra vida, el que queremos vivir nosotros también.


jueves, 5 de junio de 2025

Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

 


Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Qué difícil se nos hace, pero también tenemos que decir, qué fácil sería lograr que en nuestro mundo haya paz. difícil lo estamos viendo en la realidad de cada día, parece que cada día estamos más abocados a la guerra, al enfrentamiento, a la falta de entendimiento, a la acritud y la violencia, a crear abismos que nos separan y murallas que nos dividen, en los grandes problemas de la humanidad, en las relaciones entre naciones y pueblos, en esa vida que tenemos que ir construyendo en nuestro ámbito en medio de la sociedad o entre los más cercanos; no somos capaces de vivir unidos, de darnos cuenta que habitamos un mismo planeta y un mismo mundo que tendríamos que compartir o que entre todos tenemos que construir. Aflora la falta de amor, el egoísmo y la insolidaridad, los resentimientos y recelos, las desconfianzas y las envidias, y no somos capaces de ponernos a trabajar juntos.

Si fuéramos capaces, sin embargo, de ser conscientes de todo eso que provocamos nosotros mismos y darnos cuenta donde está la llave que nos lleve a construir esa unidad, otro gallo nos cantaría. Si supiéramos utilizar esa llave del amor comenzaríamos a mirarnos de otra manera, a buscar la manera de acercarnos y comenzar a construir esa necesaria unidad. Ya sé que hemos hecho del amor una palabra ambigua que no nos lleva precisamente a ser esos constructores.

Todo el mundo habla de amor, es cierto, pero se nos queda en pasión que se descontrola, que se busca a si mismo, que hace distinciones y separaciones, al que le vamos cargando tantas cosas que no son amor de entrega y de generosidad, de altruismo del verdadero para no buscarnos a nosotros mismos sino saber buscar el bien de los demás y darnos por ello, que al final parece que no estamos hablando de lo mismo.

Es el amor que abre el corazón para tener siempre un lugar para el otro, para todo ‘el otro’, sea quien sea; es el amor que siempre nos pone en camino de búsqueda y de encuentro, que salva diferencias porque las respeta, pero que nos hace sentirnos unidos a pesar incluso de esas diferencias; es el amor que quita los filtros de colores para que no solo busquemos el color que nos agrada, sino que seamos capaces de crear un hermoso arco iris compuesto por todos en que cada uno tiene su importancia y su valor; es el amor que crea unidad, porque nos acerca, nos hace encontrarnos y caminar juntos, buscarnos porque sin el otro nada somos ni nada podemos hacer, nos hace disfrutar de la armonía.

De eso nos está hablando Jesús en estas palabras finales de la cena pascual en su oración sacerdotal al Padre pidiendo que nos dé ese don de saber caminar en la unidad y en el amor. Será la mejor señal de que hemos entendido lo que es el amor de Dios, de haber entendido lo que verdaderamente es la salvación que nos ofrece porque nos da la posibilidad de vivir mejor y más felices; ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.

Esa unidad que nos tengamos entre nosotros será la mejor señal de que vivimos unidos en Dios. ¿Y no es ese el camino para vivir en paz? Recordemos a nuestro nuevo Papa, León XIV que en sus primeras palabras pedía la paz para el mundo, pero pedía también la unidad en la Iglesia; una unidad que es garantía de paz, una unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz.

miércoles, 4 de junio de 2025

Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

 


Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

Hechos  20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Quiero hoy arrancar mi reflexión sobre la palabra de Dios a partir de las emociones y sentimientos que se manifiestan en Jesús en los momentos de la última cena, como si de un eco se tratara, de experiencias de nuestra vida cotidiana en resonancia con esos sentimientos de Jesús.

Podemos pensar cuando hemos estado preparando un proyecto, pero al mismo tiempo preparando a aquellos que tendrán que asumirlo para llevarlo adelante, porque ya no está en nuestras manos, por las circunstancias que sean, el continuarlo por nosotros mismos, la preocupación que podemos sentir para tener la certeza de que aquello lo llevarán a cabo; hacemos nuestras recomendaciones, por así decirlo, o buscamos también algún apoyo que puedan recibir tales personas para que no decaigan en la tarea y responsabilidad que ahora se les confía. ¿Un interrogante que se plantea? ¿Unos temores que en el fondo podamos tener? ¿Cómo tener unas garantías de que la tarea seguirá adelante? ¿Desde donde podemos ofrecerles apoyos?

Podemos pensar en la mirada de unos padres que ven salir a sus hijos a la vida, que se independizan, que asumen responsabilidades, que por si mismo tendrán que enfrentarse a la vida con todos sus problemas. Los padres los han preparado, los han formado, les han enseñado, pero no quita para que sigan con sus recomendaciones y consejos, para mostrarse cercanos y abiertos a que acudan a ellos cuando lo necesiten.

¿Será la emoción de estos momentos que está viviendo Jesús? No es solo el hecho de la inminente pasión. Es la misión que han de desarrollar, la tarea del anuncio de la buena noticia de salvación para el mundo, que han de hacerla desde su palabra, su predicación, pero desde el testimonio de sus vidas. Fijaos que Jesús lo que ahora pide fundamentalmente es que ellos sean capaces de permanecer unidos. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Van a estar en medio del mundo sin ser del mundo y con un anuncio que el mundo no va a comprender. Pero han de permanecer firmes en la opción que han hecho en sus vidas, firmes en la unidad que han de mantener, firmes en su fidelidad. Y Jesús ruega por ellos, la oración que mantiene en pie a la Iglesia.

Les prometerá también como hemos venido escuchando que no les va a faltar la fuerza de su Espíritu, ‘el Espíritu de la verdad que os lo enseñará todo’, el Espíritu que será su fortaleza, el Espíritu que los van a mantener en la unidad. Van a ser los enviados de Jesús, de la misma manera que El es el enviado del Padre. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’.

No nos deja solos. Nos envía, nos confía la misión del anuncio de la buena noticia, pero El está con nosotros, es nuestra fortaleza, ora al Padre por nosotros. ¿Será en verdad ese el espíritu que nos anima a nosotros en nuestra tarea? Podríamos preguntarnos muchas cosas. ¿Nos mantenemos en la unidad tal como era el deseo de Jesús? Es algo muy importante, de lo que no siempre damos buen testimonio. Muchas actitudes tendríamos que revisar en nuestra pertenencia a la Iglesia y cómo nos manifestamos ante el mundo. No somos todo lo creíbles que tendríamos que ser.

Pero también tendríamos que preguntarnos por nuestra oración. ¿Es como la de Jesús? ¿Es, en verdad, una oración por la Iglesia? ¿Nos sentiremos en verdad fortalecidos en nuestra oración para la tarea que hemos de realizar en medio del mundo?

martes, 3 de junio de 2025

No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

 


No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Siempre las despedidas parece que tienen que estar llenas de tristeza. Las tomamos como un desgarro del corazón,  alguien a quien apreciamos que parece que cuando se despide porque va a haber una distancia física tiene que haber como un desgarro; por eso nos duelen las despedidas. Pero bien sabemos que quienes se aman de verdad en las despedidas se suelen tener palabras que reflejan una hermosa promesa; te llevaré siempre en mi corazón, solemos decir.

¿No será esto lo que nos está diciendo Jesús desde el amor que El nos tiene y desde la actitud que quiere despertar en nosotros? ‘Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’, nos dirá en otra ocasión en la víspera de la Ascensión. Pero además nos ha dejado múltiples signos de su presencia, porque siempre le hemos de tener en nuestro recuerdo, es más, siempre le hemos de sentir junto a nosotros, para eso nos deja la presencia de su Espíritu.

¿Qué son los sacramentos sino esos signos de su presencia en cada situación de nuestra vida? ‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice cuando tenemos que repetir la cena pascual para que aquel pan y aquel vino sea en verdad para nosotros nuestro alimento, nuestro Pan de vida, realmente su Cuerpo y su Sangre para que tengamos vida eterna.  Y en el momento del dolor y de la enfermedad estará junto a nosotros siendo nuestra fortaleza y nuestra salud; cuando nos sentimos abrumados por nuestros errores o porque aquello donde no hemos vivido con toda la intensidad necesaria su amor, se hace para nosotros perdón y salvación; en la vida de nuestro amor y de nuestra entrega nos estará diciendo que nuestro amor y la amistad que vivamos entre nosotros han de ser siempre signo del amor que El siente por su Iglesia, porque es a su manera como nosotros hemos de amar.

Pero hoy además nos dice algo muy hermoso. Nos habla de su glorificación, la hora de su gloria, la hora de la gloria de Dios. ¿En qué ha de consistir? Su gloria ha sido darnos a conocer a Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

La hora de la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús que ha venido a traernos la vida eterna. Y ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Es lo que nos ha comunicado Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado’.

Es el camino por donde hemos de andar nosotros ahora. Pero no estamos solos, Cristo no nos deja, El siempre está presente en nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Es lo que tenemos que vivir. Es lo que tenemos que saber trasmitir a los demás. No vamos llevando anuncios de nosotros mismos, con el testimonio de nuestra vida, de nuestra nueva forma de vivir la vida estamos queriendo llevar a los demás también a esa gloria de Dios. Que todos puedan conocer esa vida eterna, que todos puedan llegar a conocer a Dios. Y no valen solo palabras, son los hechos de nuestra vida los que han de manifestar ese conocimiento que Dios tenemos, ese camino que nos enseña Jesús, esa vida nueva, esta vida eterna, que hay en nosotros.

¿Estaremos en verdad dando testimonio de nuestra fe? Con lo que hacemos y con lo que vivimos ¿los demás podrán llegar a entender esa vida eterna que en Jesús nosotros hemos encontrado? ¿Nuestra vida se hace creíble? No olvidemos que somos testigos y los testigos no se pueden ocultar.

lunes, 2 de junio de 2025

Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

 


Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

‘Tengan paciencia’, habremos escuchado a alguien con sabiduría en su vida decirnos en alguna ocasión, ‘algun día van a entenderlo’, nos dice. Hay situaciones en la vida que nos cuesta entender. Hacemos quizás las cosas con buena voluntad y buenos deseos, y no nos entienden nuestras decisiones, como quizás a nosotros nos ha pasado también con alguien que tiene alguna responsabilidad, que está al frente de alguna tarea, y que sabe cosas que nosotros no sabemos, que tiene una visión de futuro que a nosotros nos cuesta tener, que ve una complejidad en las relaciones entre unos y otros, entre unas cosas y otras que nosotros no alcanzamos a ver. Y nos sentimos desconcertados, y nos parece que aquel no es nuestro lugar, y nos entra el desánimo porque no vemos las cosas claras. Y nos dicen, ten paciencia, un día lo entenderás.

Nos pasa en nuestras relaciones entre unos y otros, nos pasa en nuestros trabajos y responsabilidades, nos pasa en el compromiso que queremos vivir por los demás o por la sociedad en la que estamos, nos pasa hasta en nuestro propio interior, en los principios que tenemos para nuestra vida, en la ética con que queremos vivir la vida, en nuestra fe y en nuestra relación con Dios. Parece que no siempre están las cosas claras, que nos salen como nosotros desearíamos; el camino de nuestra vida cristiana algunas veces se nos hace costoso y cuesta arriba, porque nos encontramos con muchas cosas que nos frenan. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo ser constantes en nuestra lucha? ¿Cómo permanecer en nuestros principios de forma inalterable?

En el texto del evangelio de hoy pareciera que los discípulos comienzan a comprender algo. Le dicen a Jesús que ahora sí que les habla claro a ellos, que no siempre lo han entendido, y comprenden también que haya mucha gente que no lo entiende. ‘¿Ahora creéis?’, les dice Jesús. Pero de alguna manera les está diciendo que aun no lo entienden del todo, que va a llegar un momento en que van a tomar el camino de la huida y de la dispersión, porque les puede parecer que todo se ha acabado. No olvidemos que en estas palabras que hoy escuchamos Jesús les está hablando al final de aquella cena pascual, la última cena como solemos llamarla. Y a partir casi de unos momentos, cuando estén en el huerto de los Olivos comenzarán los momentos del escándalo y de la huída.

Y Jesús les dice que les está diciendo todo esto para prepararlos para ese momento difícil que van a pasar. Serán momentos duros. Ya los veremos más tarde encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Pero Jesús les invita a que no pierdan la confianza, a que a pesar de todas las negruras que pudieran aparecer, sigan creyendo en El. ¿No necesitamos también nosotros escuchar estas palabras de Jesús en medio de tantas turbulencias en que nos vemos envueltos en la vida?

Pensemos que hoy cuando nosotros escuchamos estas palabras de Jesús no las escuchamos solamente como unas palabras dichas a los discípulos o a los apóstoles en aquellas circunstancias, sino que nos están dichas a nosotros, en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras luchas. ‘En el mundo tendréis luchas, les dice, nos dice; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Es la certeza de la victoria de Cristo, es la certeza que nos da ánimos para nuestras luchas, para nuestra tarea, para el camino de nuestra vida cristiana. Los apóstoles lo comprenderían a partir de la resurrección y cuando se vieron llenos del Espíritu Santo. Sigamos ese camino, hemos venido celebrando la Pascua, ayer contemplábamos a Cristo glorioso sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo de nuestra fe. Con Cristo nos sentimos elevados, en Cristo vivimos en su gloria, en el Espíritu de Cristo podemos sentirnos también vencedores, aunque dura sea la lucha y la batalla. Es la fuerza que sentimos para nuestra perseverancia, aunque nos cueste creer, aunque nos cueste comprender, es la confianza total que desde nuestra fe ponemos en Jesús y por la que queremos vivir su evangelio.

domingo, 1 de junio de 2025

Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

 


Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

No tengo palabras para expresarme. No siempre todo lo que nos sucede podemos explicarlo con palabras; cosas que nos sorprenden, cosas ante las que nos quedamos como petrificados por la emoción que estamos sintiendo pero que no sabemos explicar, cosas que podemos sentir en nuestro interior y que se convierten en experiencia impactante de la vida y que no sabemos cómo trasmitir. Balbuceamos algunas explicaciones, y si no llegan a ser explicación al menos tratamos de decir, de contar, de transmitir de alguna manera lo que nos sucede por dentro. Experiencias quizás cotidianas pero que se convierten en experiencias extraordinarias para nosotros, tras lo cual quizás encontremos un sentido, un valor para nuestro existir, para lo que hacemos y para lo que vivimos. La vida no son solo cosas que se suceden, que se repiten, o que nos aparecen como novedad sino que son oportunidades para ver más allá, para tener otros horizontes, para saborear que es el amor que es el único que pueda dar sabor a la misma vida y cuanto nos sucede.

¿Dónde acudir para encontrar la sabiduría que nos haga entender todas esas cosas y que nos dé la capacidad para transmitirlas? Estamos metiéndonos en el misterio de la vida, estamos introduciéndonos en aquello que nos puede dar sentido a nuestro existir, estamos entrando en otra órbita que nos lleva más allá de lo que solo podemos palpar con las manos porque nos hace entrar en una sensibilidad especial, que es encontrar el sentido de Dios en nuestra vida.

¿Tendrá que ser nuestra oración lo que hoy nos dice el Apóstol san Pablo? ‘El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros…’

Espíritu de sabiduría y revelación… ilumine los ojos de nuestro corazón… para que nos podamos llenar de esperanza, para que descubramos la riqueza de gloria que se nos ofrece, la extraordinaria grandeza de nuestra vida. Lo que hoy estamos celebrando es el misterio de Dios que nos engrandece. Estamos contemplando a Jesús y a Jesús en su gloria; permanecen en nuestros ojos y quizás hasta turbando nuestro espíritu las señales de la pasión y de la muerte, pero es el que tiene toda la gloria de Dios. Resucitado de entre los muertos lo venimos celebrando a lo largo de toda la pascua, pero glorificado a la derecha de Dios. Son imágenes, porque tenemos que emplear palabras para poder expresarnos, pero es la realidad de Jesús, es la gloria del Hijo de Dios.

Pero contemplar así la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús es contemplar la gloria y la misión a la que estamos llamados. Es que contemplar así la gloria de Dios es contemplar todo el amor que Dios nos regala – riqueza de gloria, decíamos con san Pablo, extraordinaria grandeza – de manera que a nosotros también nos está llamando hijos, hijos amados de Dios. Es el regalo que recibimos y porque creemos en Él con Él somos transformados, de Él nos llenamos de vida nueva para hacernos hijos de Dios. Por Jesús nosotros también escuchamos aquella voz que se escuchó desde el cielo en el Tabor, ‘tú eres mi hijo amado’, también somos los predilectos de Dios que en nosotros quiere habitar. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, que nos decía Jesús.

Con la Ascensión de Jesús nos sentimos también levantados porque nos sentimos llenos de esa gloria de Dios que tenemos que proclamar, que tenemos que transmitir. Todo eso que estamos viviendo, toda esa gloria de Dios que estamos sintiendo en nosotros tenemos que saber anunciar también a los demás. Es la misión que hoy en su Ascensión nos confía. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, nos dice Jesús, que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.

‘En su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Es la misión que nosotros recibimos, es la misión que se nos confía. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo transmitir eso que es nuestra gloria y que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos? Jesús nos ha prometido la fuerza de su espíritu y con la fuerza de su espíritu seremos testigos.

El testigo no es solo el que habla con palabras, el testigo dice con su vida. ¿Seremos en verdad testigos del perdón y de la misericordia, de la paz y del amor por el testimonio que damos con nuestra vida? Que el Señor nos conceda ese espíritu de sabiduría, iluminando nuestra vida, fortaleciendo nuestra esperanza para poder compartir toda esa riqueza de gloria que en nuestra fe encontramos.