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viernes, 19 de mayo de 2023

En esa vida de luces y sombras de nuestro camino sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, la presencia de Jesús en su Espíritu, la alegría que dura para siempre

 


En esa vida de luces y sombras de nuestro camino sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, la presencia de Jesús en su Espíritu, la alegría que dura para siempre

Hechos 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Ya quisiéramos un mundo donde todo sea alegría y fiesta; a muchos les cuesta entender la vida cuando se tienen que enfrentar al dolor y al sufrimiento, y por qué no decir que a nosotros también nos cuesta; algunos buscarán sucedáneos que le favorezcan esa fiesta, que les haga olvidar tristezas, que todo sea fiesta siempre.

Pero ahí está el dolor y el sufrimiento, ahí están los momentos oscuros, ahí está la tristeza que muchas veces nos embarga; no alcanzamos lo que deseamos, su frustran en ocasiones nuestras metas, nos encontramos contrariedades en la vida y nunca nos gusta que nos lleven la contraria, fijémonos cómo reaccionamos muchas veces incluso de manera violenta contra quienes nos lleven la contraria. Es bueno, es cierto, que deseemos un mundo de felicidad y obligación tenemos de procurar ese mundo mejor para todos.

No nos dice Jesús que por seguirle a El nunca va a haber lágrimas en nuestros ojos, que no nos van a aparecer momentos oscuros, cosas que en ocasiones nos llenen de tristeza; pero creo que Jesús nos da pautas para cómo tenemos que enfrentarnos a esos momentos, cómo no nos podemos dejar envolver por esas tristezas que nos llenarían de angustias el corazón, cómo no nos puede faltar la esperanza de que esa oscuridad acabará y un día va a resplandecer la luz que nos llene de inmensa alegría.

Jesús les está hablando en la cercanía de unos momentos oscuros que pronto todos tendrán que pasar; las palabras de Jesús las situamos en la cena pascual y ya sabemos todo lo que se iba a desarrollar a partir de esos momentos. Serán unos duros momentos de dolor como de parto, en fin de cuentas es la pascua que nos hará renacer a una nueva vida; la mujer sufre en los momentos del parto, pero pronto todo lo olvidará con la nueva vida que va a palpitar entre sus manos cuando acoja en su regazo el niño recién nacido. Así nos dice será la alegría de la vida a la que todos estamos llamados, que los apóstoles van a vivir de una forma muy intensa, tras el paso por la Pascua y con la llegada del momento del encuentro con Cristo resucitado.

Pero las palabras de Jesús van más allá de esos momentos que viven entonces sus discípulos para ser palabras que los discípulos de todos los tiempos tenemos que escuchar y escucharlas con atención. En esa vida de luces y sombras en que se convierte nuestro camino, sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, porque nunca nos va a faltar la presencia de Jesús en su Espíritu junto a nosotros. Es lo que tenemos que aprender, es lo que tenemos que vivir, es lo que sigue llenando de esperanza nuestra vida en medio de las luchas, de las tormentas que a lo largo de los tiempos siempre vivimos y viviremos los discípulos de Jesús.

El camino no es fácil, muchas veces se vuelve muy abrupto y hasta tenebroso, pero con nosotros camina Jesús, como caminó con aquellos discípulos que entre los primeros visajes de la noche se marchaban de Jerusalén, se querían ir de nuevo a su pueblo; pero allí está Jesús con ellos, aunque al principio no se dan cuenta, cuando lo reconocen sus corazones se llenarán de inmensa alegría, alegría que querrán compartir con los demás cuando vuelven de nuevo a Jerusalén.

Hoy nos dice Jesús que nuestra alegría será inmensa y nadie nos la podrá arrebatar. ¿Será esa la misma alegría que seguimos viviendo hoy los cristianos y con la que hemos de contagiar a los demás? 'Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Como los discípulos que tras su encuentro con Cristo resucitado ya no preguntaban nada, porque sabían que era El, se nos acaban las dudas, se nos caen de nuestros ojos esos velos que nos cegaban tantas veces y nos llenaban de dudas. No necesitamos sucedáneos porque tenemos la verdadera alegría en el corazón. Ahora sabemos que Jesús está con nosotros.

jueves, 18 de mayo de 2023

No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, porque sería el testimonio con que daremos razón de nuestra fe y nuestra esperanza a mundo que nos rodea

 


No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, porque sería el testimonio con que daremos razón de nuestra fe y nuestra esperanza a mundo que nos rodea

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

No son un juego de palabras, pero sí son palabras que nos desconciertan, nos producen inquietud, desasosiego, tristeza, aunque quieren provocar alegría. De ahí ese desconcierto. Nos hablan de que tiene que irse, pero de que vuelve, nos presagia momentos duros que nos harán sufrir, pero nos dice que luego vendrá una alegría más plena.

‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver…’ Se preguntan los discípulos porque no entienden, y Jesús sabe que ellos están desconcertados, por eso terminará diciéndoles ‘vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. ¿Cómo será posible todo esto?

El momento es inminente y, podríamos decir, que la tragedia se presiente. Dentro de un momento ellos mismos lo abandonarán y lo dejarán solo; antes mientras estaban en el huerto se dormirían y no serían capaces de aguantar despiertos y orar como Jesús les había pedido. Vendrán luego esos momentos tristes de la pasión y de la muerte en la cruz, con todo el drama que supuso para ellos esa situación. Estaba también en juego la incertidumbre de sus propias vidas, ante lo que podía suceder. Por eso se encerrarán en el cenáculo y de allí no querrán salir, por miedo a lo que les pueda pasar. Pero esa tristeza se convertirá en alegría con la resurrección, aunque mucho les costara aceptar y entender.

Pero no nos quedamos solo en contemplar lo que entonces sucedió a los discípulos sino que eso es imagen y tiene que ser ejemplo para las situaciones difíciles que nosotros podamos pasar. Sentiremos también vacíos y soledades, nos parecerá en momentos que estamos abandonados a nuestra propia suerte; son los problemas que cada día tenemos que afrontar pero es también nuestra situación como cristianos en medio de un mundo que nos rodea y tantas veces nos parece hostil. Nos agobiamos por situaciones por las que hemos de pasar, pero es que quizás no hemos sabido hacer una lectura en nuestra propia vida de lo que vemos en el evangelio.

Tendríamos que tener muchos motivos para no perder la paz en el corazón y mantener la serenidad, para no quejarnos de que nos sentimos solos y abandonados, para no dejarnos envolver por las tristezas y por los miedos que tantos temores van produciendo dentro de nosotros. Tenemos la palabra de Jesús que nos habla de que esa tristeza tiene que convertirse en alegría; tenemos la Palabra de Jesús de que estaría con nosotros siempre hasta la consumación de los tiempos; tenemos la promesa de Jesús que derramaría sobre nosotros su Espíritu que será nuestra fuerza y nuestra sabiduría, nuestra vida y nuestro consuelo.

Pero muchas veces olvidamos la Palabra de Jesús. Por eso, cuando contemplamos un evangelio como el de hoy tenemos que saberlo leer en nuestra vida, para darnos cuenta de nuestra realidad, pero para darnos cuenta que la palabra de Jesús no nos fallará, para saber utilizar todos esos recursos de vida y de gracia que El ha puesto en nosotros. No nos puede faltar la alegría; es el testimonio más hermoso que podemos dar los cristianos, aunque haya momentos oscuros y difíciles. Así estaríamos dando razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, y esto tienen que notarlo los que nos rodean que tanta falta tienen de una verdadera alegría, que tanto necesitan tener esperanza.

miércoles, 17 de mayo de 2023

Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, que anide en nuestros corazones y nos abra el entendimiento para comprender e interpretar las Escrituras

 


Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, que anide en nuestros corazones y nos abra el entendimiento para comprender e interpretar las Escrituras

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

De alguna manera a todos nos sucede, en ocasiones estamos saturados de noticias, son tantas las cosas que se nos cuentan en cualquier noticiero de radio o de televisión, que conocemos a través de Internet, de cosas que suceden en cualquier lugar del mundo y que al momento podemos tener en nuestras manos, que algunas veces quisiéramos apagar todos los medios de comunicación y quedarnos sin enterarnos de nada, un poco como para desintoxicarnos de todo y poder luego con calma comenzar a asimilar cuanto hemos oído.

Sucede con las noticias, sucede con los estudios que realizamos, las distintas materias a las que hemos de meter mano para poder sacar, por ejemplo, una carrera adelante; una pausa, un repasar con calma las cosas, un poner un poco de orden en la información o los conocimientos que recibimos. Nos sentimos a veces como apabullados.

¿Qué les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús? Mucho nuevo les había sorprendido en aquellos cortos años que llevaban siguiendo a Jesús; su entusiasmo por El les hacía mantenerse fieles y leales, pero les costaba asimilar bien cuanto iban recibiendo; por eso en ocasiones parece que reculan, les vemos ir para adelante y para detrás en aquellas cosas que Jesús les iba proponiendo del sentido del Reino nuevo que les anunciaba. Cuánto les costaba por ejemplo entender lo del servicio y lo de hacerse los últimos.

Ahora en aquellos días próximos a la Pascua habían vivido con intensidad muchas cosas que incluso les costaba comprender. Seguían a Jesús y lo amaban, se habían decantado por El en momentos difíciles y sin comprender del todo lo que Jesús les anunciaba, pero sentían que era la Verdad que no podían negar, el camino que habían de seguir, la vida eterna que deseaban alcanzar. ¿A quien iba a acudir? Solo Jesús tenía palabras de vida eterna.

Y ahora Jesús, en aquella cena pascual, donde tantas cosas estaban sucediendo, tantos signos se iban realizando, tantas promesas Jesús iba haciendo, aun les dice que les queda muchas cosas que decirles y enseñarles. ¿Se sentirán saturados? Pero Jesús al mismo tiempo les está haciendo una promesa que les aclarará muchas cosas.

‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir…’

‘Cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Solo con la fuerza del Espíritu podían llegar a entender cuanto Jesús les estaba enseñando. Aquí sí tenemos que decir que hay cosas que nos superan y que por nosotros mismos no podremos llegar a alcanzar. ¿Además cómo recordar todo cuanto Jesús les había ido enseñando?  Por eso podemos tener con tanta fiabilidad las palabras de Jesús, por la inspiración del Espíritu Santo. Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, el Espíritu que anide en nuestros corazones y nos dé todo el impulso que necesitamos, el Espíritu que nos abrirá el entendimiento y el corazón para que podamos comprender e interpretar las Escrituras.

El Espíritu que seguimos necesitando hoy, lo necesita la Iglesia y lo necesitamos cada uno de nosotros, en nuestras luchas, en nuestro camino, en el testimonio que tenemos que dar, en el anuncio que tenemos que hacer al mundo. Será quien nos conduzca y nos ilumine, será nuestra sabiduría y el que nos llenará de la santidad de Dios, será el que llenándonos de la vida de Dios nos hará hijos de Dios, hará en nosotros un nuevo nacimiento para ser ese hombre nuevo del Reino nuevo de Dios.

martes, 16 de mayo de 2023

Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

 


Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Sabemos que es así, que así son las cosas de la vida, ahora estamos llenos de entusiasmo que parece que nos vamos a comer el mundo, pero al rato o mañana caemos en un estado de desánimo que parece que es el mundo el que nos va a comer a nosotros. Circunstancias de la vida, cosas que nos suceden, pensamientos que nos pasan por la cabeza, anuncios que nos están haciendo llegar los malos momentos, necesitamos una fortaleza grande de ánimo, una fortaleza de espíritu para no caer en ese desánimo por cualquier circunstancia que nos bordee y nos llene de negros presagios. No es fácil mantener esa fortaleza de ánimo, pero será algo que tendremos que aprender a superar, aprender a transformar, aprender a madurar en nuestra vida.

Como decíamos necesitamos de mucha fortaleza interior. Una fortaleza interior que tenemos que saber ir cultivando, que sacamos de las buenas experiencias que hayamos tenido en la vida como también de aquellos momentos que hayan podido ser de fracaso pero que son hermosas lecciones para la vida. pero también la esperanza nos fortalece; la esperanza que nos hace ver que lo malo por lo que estamos pasando no va a durar siempre y un día podrá aparecer la luz y habremos salido de esas situaciones negras; pero es la esperanza que nace en nuestro corazón cuando sabemos que podremos encontrar ayuda, que cuando lleguen esos negros nubarrones no vamos a estar solos y a oscuras; la esperanza que se crece cuando contemplamos las luchas de los que caminan a nuestro lado, y vemos que ellos son capaces de salir adelante. ¿No podremos nosotros también?

Hoy Jesús quiere sembrar esa esperanza en el corazón de los discípulos que están pasando por un mal momento, que se sienten apesadumbrados, tristes y solos porque por las palabras y anuncios de Jesús intuyen lo que puede suceder y que un día El no va a estar con ellos. Les dice que sí es necesario que El se marche, porque de lo contrario no vendrá a ellos el Espíritu de Dios que en verdad les va a hacer fuertes.

‘Sin embargo, os digo, es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Conviene la marcha de Jesús aunque sea algo que ellos no entienden; Jesús trata de explicárselo, ‘si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito…’ Es la promesa que tendría llenarlos de esperanza, hacer cambiar su estado de animo, disipar aquellas tristezas que ahora están viviendo. Tendrán un Defensor, el Espíritu de la verdad.

Es el Espíritu que va a revelarles la plenitud de la verdad; es el Espíritu que les hará descubrir sus propias sombras, su propia realidad de pecado, pero es el Espíritu que nos ilumina con una luz nueva y nos hace comprender la belleza y la grandeza de la gracia; es el Espíritu que nos pone en camino de vivir de una manera nueva y distinta, pero es el Espíritu que nos mantendrá fuertes cuando aparezca la debilidad, pero también cuando aparezcan las adversidades que pudieran distraernos o alejarnos del verdadero camino; es el Espíritu que nos transformará desde lo más hondo, como una profunda revolución dentro de la persona, pero nos hará comprender cual es la libertad verdadera.

Los discípulos tendrán que experimentarlo en sus propias vidas para terminar de comprender la riqueza de gracia que el Señor nos regala. Han de pasar por la Pascua para encontrarse de nuevo con el Señor resucitado; tendrán que vivir la experiencia de Pentecostés y saldrán por el mundo sintiendo una presencia nueva de Jesús, sintiendo la fuerza de su Espíritu para transformar ese mundo por el anuncio del Evangelio. Que nos llenemos nosotros también de esa fortaleza y podremos vivir la alegría de nuestra fe.

lunes, 15 de mayo de 2023

Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y son nuestros peligros, pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y son nuestros peligros, pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu que será nuestra fortaleza

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Nos anuncian cosas que nos pueden suceder, más aún, lo dan por hecho de que sucederá, pero como no nos creemos que eso nos pueda pasar a nosotros, pues no nos lo creemos. Una persona con buena voluntad para con nosotros y con una sabiduría que le ha dado la vida, nos habla de peligros, nos habla de situaciones en las que podríamos vernos envueltos, pero nos creemos muy seguros, autosuficientes podríamos decir, y no pensamos que podríamos en verdad llegar a esa situación. Cuando llegue el momento, recapacitaremos y nos diremos que era verdad aquello que nos dijeron, aquello que nos anunciaron, pero no le hicimos caso.

¿Les sucedió algo así a los discípulos de Jesús, a los Apóstoles que había llamado a estar con El? De alguna manera tenemos que decir que sí, aunque en el momento en que escuchan estas palabras de Jesús la tensión se palpa en el ambiente y ya podían vislumbrar que algo iba a pasar a partir de aquella noche, siguieron confiados en que Jesús estaba con ellos, y como le diría Pedro un día, eso no te puede pasar a ti. Ahora cuando el evangelista nos hace el relato de las palabras de Jesús está haciendo algo así como una confesión de que no siempre se tomaban en serio los anuncios y las palabras de Jesús.

Pero Jesús les está hablando de una presencia suya entre ellos de una manera distinta; está hablándoles del Espíritu que enviará desde el seno del Padre. Será su maestro y su guía, se los revelará todo, estará con ellos para que nos les falte la fuerza en los momentos difíciles que se acercan. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

Y nos insiste y nos repite. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis… Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Y habla de que los expulsarán de las sinagogas y hasta piensan que hacen bien cuando los quitan de en medio. No será hoy expulsiones de la sinagoga o cosas así, porque lo menos que les preocupa a las gentes del mundo el que exista sinagoga o no, que sean de una religión o de la otra.

Es un tema del que se hace silencio, se ignora, no nos metan en líos o complicaciones, son cosas de religión allá ellos dirán, pero el hecho religioso es algo que hoy quiere acallarse, ignorarse, como si no existiera; todos tienen posibilidades de hablar en los foros públicos, y si pueden poner un poco de pimienta en los temas o en los problemas de la Iglesia, mejor, pero en esa cancha es a la Iglesia, es al cristiano convencido de su fe al que no se quiere dejar hablar. A lo sumo lo más que hacen es tratarlo como un tema cultural de otro tiempo pero que no nos tiene que afectar.

Y los cristianos nos callamos, nos acobardamos, como nos pedía ayer domingo san Pedro en su carta, los cristianos tenemos que saber dar razón de nuestra esperanza, de nuestra fe. Es la valentía que nos falta a los cristianos, porque no nos confiamos en el Espíritu del Señor, tal como Jesús hoy nos lo promete. Sintamos ese fuego del Espíritu dentro de nosotros y nada nos podrá hacer callar.

En estos dos semanas que nos quedan para Pentecostés ésta tendría que ser nuestra súplica diaria, invocar la presencia del Espíritu, que lleguemos a sentir ese fuego del Espíritu, que se produzca un verdadero Pentecostés en nuestra vida. Que esa sea nuestra oración, aprendamos a dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu Santo. Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y lo que son nuestros peligros. Pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu.

 

domingo, 14 de mayo de 2023

Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

 


Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65;  1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando en el camino de la vida nos sentimos acompañados por alguien que por su prestigio, por su bien hacer, por sus características de líder y sentimos que de un momento a otros nos va a fallar, no lo vamos a tener a nuestro lado, nos sentimos mal, nos sentimos como abandonados y nos entran los temores de qué va a ser de nosotros, de nuestro grupo, de los proyectos que traemos en mano.

En todo grupo humano siempre tenemos una persona así, que lo es todo para aquel grupo, que sabe mantenerlo unido, manteniendo en alto los ideales y metas; sucede hasta en cualquier grupo de muchachos como lo tenemos en cualquier organización. Hoy le ponemos diferentes nombres, será ‘coach’ como está ahora de moda, será dirigente, acompañante que es lo que realmente significa esa palabra mencionada, será maestro, será animador, será defensor, llamémoslo como queramos, pero si nos falta parece que el mundo se nos viene abajo, aunque la misión del líder es ponernos a caminar para que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

¿Por qué no podemos pensar que así se sentían los discípulos en relación a Jesús y que ahora en estos últimos momentos están sintiendo tantas palabras de despedida? La tristeza y la incertidumbre les embargan, porque aun no sabe lo que realmente va a suceder después de aquella cena tan llena de signos. La incertidumbre y la preocupación que también nos envuelve tantas veces a los cristianos frente al mundo y con la misión que en el mundo tenemos que realizar. También nos llenamos de miedos.

Pero Jesús les dice que no tienen por qué estar tristes, El marcha – es el momento de la entrega definitiva – pero les promete quien les va a acompañar siempre. El Espíritu de Jesús no les va a faltar. Les promete el Espíritu de la verdad, que se lo revelará todo, pero que será el acompañante, el Defensor que estará siempre con ellos. No se van a sentir solos, aunque ellos ahora no lo entienden.

‘No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…’ Les costará entenderlo a los discípulos y su consuelo, de alguna manera, es confiarse a las palabras de Jesús. Lo pasarán mal en aquella pascua, más tarde Jesús les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras, para que comprendan todo lo que El les ha anunciado. Cuando se sientan envueltos por el Espíritu en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán.

Tenemos que poner nosotros también toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Su Espíritu también ha inundado nuestras vidas porque desde el Bautismo nos hemos convertido en morada de Dios y en templos del Espíritu. Como don especial lo recibimos en el sacramento de la Confirmación y ya nosotros con la fuerza del Espíritu tenemos que ser testigos.

El Espíritu que abrió las puertas de la Iglesia para que se expandiera el mensaje del Evangelio, y llegara, como hemos escuchado hoy en la primera lectura, incluso a aquellos lugares a los que en principio tenían temor de llegar porque pensaban que no iban a ser recibidos. Fue el Espíritu el que impulsó a los que salieron de Jerusalén en aquellas primeras persecuciones para anunciarlo en Samaría, que para los judíos era una tierra maldita, y sin embargo vemos como acogen la predicación del diácono Felipe y bajarán luego Pedro y Juan para que por la imposición de las manos sobre ellos se realizara un nuevo Pentecostés.

¿Nos dejaremos conducir por el Espíritu para llegar también a las fronteras, esas fronteras que tenemos ahí cerca de nuestro lado, vecinos nuestros quizá en nuestro mismo pueblo en tantos a los que parece que no interesa el evangelio,  no interesa la Iglesia, para que también may hagamos un anuncio del mensaje del Evangelio?

Es el Espíritu que, como nos decía el apóstol Pedro en la segunda lectura de hoy, que nos hará dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza al mundo que nos rodea. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestra vida, que el mundo crea que hay razones para la esperanza, que el mundo vea que es importante mantener viva la fe; que con el testimonio de nuestra vida, por lo que hacemos y por lo que vivimos, por nuestro compromiso serio, por esa lucha que mantenemos contra el mal y la injustita, por esos gestos de humanidad y de cercanía con que nosotros caminamos tendiendo la mano, curando heridos de la vida, levantando caídos, acompañando soledades, poniendo el amor y la comprensión siempre por delante demos razón de la fe que anima nuestra vida, de la esperanza que llevamos en el corazón y que nos mantiene con espíritu alegre para poner alegría en nuestro mundo.

Y lo podremos hacer porque estamos llenos del Espíritu que nos ha dejado Jesús como nuestro acompañante y nuestro defensor, el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Abramos las puertas de nuestro corazón para dejarnos inundar por la fuerza del Espíritu.

 

sábado, 13 de mayo de 2023

No podemos quedarnos anestesiados en las nubes de nuestros inciensos mientras no salgamos con arrojo y valentía a hacer el anuncio del evangelio

 


No podemos quedarnos anestesiados en las nubes de nuestros inciensos mientras no salgamos con arrojo y valentía a hacer el anuncio del evangelio

Hechos 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Me vino a la mente un episodio del Quijote, nuestra obra cumbre de la literatura española, en la que se nos narra que mientras don Quijote y Sancho cabalgaban por aquellos pueblos de la Mancha en sus cabalgaduras, los perros les salían al paso ladrándoles; resultaba incomodo y allá Sancho trataba de espantarlos para que se apartaran del camino pero sobre todo para no sentirse herido en sus oídos por los ladridos de los perros; a lo que don Quijote le decía que los dejaran, porque si ladran es que cabalgamos. Se hubieran quedado resguardados en la posada sin echarse a los caminos y no hubieran sufrido los ladridos de los perros.

Nos pasa así. Algunas veces queremos quedarnos al abrigo de nuestros nidos calientes, antes que lanzarnos al camino lleno de peligros y donde tenemos que sufrir todo tipo de inclemencias. El que tiene algo que hacer, no se puede quedar resguardado en su casa por el mal tiempo que haya sino que tiene que aventurarse a salir enfrentándose a esas inclemencias.

Pero no quiero hablar aquí de inclemencias metereológicas sino más bien de esa contraposición que nos vamos a encontrar los cristianos cuando nos lanzamos al mundo con el mensaje del evangelio. Nos gustaría quedarnos quizá enfervorizados y envueltos en el perfume de los inciensos en nuestros templos en bonitas celebraciones, antes que enfrentarnos a la tarea del anuncio del evangelio en el mundo. Es que nos vamos a encontrar un mundo difícil, pensamos, un mundo adverso que no quiere recibir ese mensaje, y buscamos refugio en lo cómodo, donde no encontremos oposición, donde solo recibamos los halagos de los que son fieles de siempre.

Pero la luz no se puede ocultar debajo de un celemín, tenemos que ponerla en alto, en el lugar donde pueda iluminar aunque tenga que sufrir los embates de un mundo que dice no necesitar de esa luz, que tratará de apagarla y diluirla, incluso de manipularla. Es la tarea que nos espera y Jesús no nos dice que sea fácil, porque ya nos anuncia que si El sufrió rechazo y persecución el discípulo no es mejor que su maestro y con ese rechazo también tenemos que contar.

Ya Jesús nos promete su presencia y la fuerza de su Espíritu, que nos iluminará y nos dará fuerzas, que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en el corazón. Nos olvidamos a veces los cristianos de este anuncio y de esta promesa de Jesús. Cuando nos encontramos con la dificultad, con la oposición y el rechazo nos sentimos hundidos y derrotados. Pero si ladran es que cabalgamos, como decía el Quijote. Sí hay ese rechazo es porque nuestro testimonio les está hiriendo, porque la luz que presentamos les hace ver la realidad de su error, porque el anuncio de evangelio que hacemos está pidiendo una transformación del corazón que no se está dispuesto a realizar.

Quitamos de en medio los testigos y nos parece que podemos vivir tranquilos. Así piensa nuestro mundo aunque tenga muchas otras formas sibilinas de expresarlo. Pero nosotros no hemos de temer, con valentía tenemos que seguir presentando el mensaje del evangelio que es el que en verdad va a transformar nuestro mundo.

Cuidado nosotros no andemos reculando y buscando refugios. Nuestra presencia tiene que ser combativa, tenemos que arriesgarnos a salir al encuentro de ese mundo que nos rodea y que está necesitando esa luz. Cuidado no nos refugiemos en nuestros nidos de tranquilidad, porque hacemos en año nuestros templos unas celebraciones muy enfervorizadas. Pero cuidado no sean un humo que se diluye en lugar de una luz que provoque y un fuego que nos queme por dentro. Seguramente queremos quedarnos tranquilitos ahí donde no nos van a ladrar.

Tengo que decirlo, porque es algo que de alguna manera estoy palpando y me inquieta por dentro. Muchos están queriendo volver a unos tradicionalismos que con el concilio Vaticano II habíamos superado, nos estamos quedando en demasiadas novenas en nuestras iglesias por decir algo y de alguna forma que englobe muchas cosas que estamos rescatando. Muchos monaguillos muy bien envueltos en sus ropajes con muchos ritualismos que nos pueden distraer del auténtico mensaje del evangelio que no terminamos de anunciar.

¿De dónde estamos arrancando con arrojo y valentía para llevar la Buena Nueva a los pobres de nuestro mundo, para liberar a todos los oprimidos y proclamar de forma auténtica el año de gracia del Señor? ¿Estará en verdad llegando la Iglesia al mundo real que nos rodea?

viernes, 12 de mayo de 2023

Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

 


Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

Hechos 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay cosas que nos llegan al alma. Agradecemos y valoramos a los demás y lo que los otros hacen por ti, somos capaces de admirar las cosas buenas que vemos en los demás, mantenemos una relación amistosa y de respeto con los que nos vamos encontrando en la vida o tenemos que hacer algún tipo de convivencia, pero hay momentos en que suena una palabra en nuestros oídos que rebota con un gozo inmenso en el corazón. ‘Tú eres mi amigo, te considero un amigo del alma’, escuchamos de alguien por quien sentimos cierto aprecio pero cuando escuchamos de sus labios una palabra así es algo que nos llega al alma.

Ya sé que utilizamos la palabra amigo de forma muy genérica; ¿qué quiero decir? A todos llamamos amigos, simplemente por el hecho de que nos conocemos, tenemos que compartir, por ejemplo, unas relaciones de trabajo, o viven en una cierta cercanía de nuestra vida, ya los llamamos amigos. Pero aún así, sabemos distinguir, esos que de una forma genérica, como decíamos, llamamos amigos, de aquellos por los que sentimos algo más, cuyas palabras nos suenan a música en el alma, por quienes tenemos un verdadero y hondo aprecio, en quienes nos confiamos totalmente y de la misma manera ellos confían en nosotros, a quien no guardamos un secreto porque siempre sabemos que podemos contar con ellos. Son, como comenzábamos diciendo, los que nos llegan al alma.

Pues hoy esa palabra la escuchamos en labios de Jesús y refiriéndose a nosotros. ‘A vosotros os llamo amigos…’ nos dice Jesús como les decía a los discípulos en la noche de la última cena. Aquella noche se había desbordado el corazón de Cristo. Los signos y señales se habían multiplicado desde el momento que comenzaron la cena, con el gesto de lavarles los pies. ‘Si no te lavo no tienes parte conmigo’, le había dicho a Pedro a consecuencia de sus reticencias. Jesús quería que tuvieran parte con El. Y les había dejado un signo nuevo de su presencia y de su pascua, en el pan y vino que les había repartido que era para ellos ya para siempre el cuerpo entregado y la sangre derramada en el cáliz de la nueva Alianza.

Pero en las palabras que les había ido diciendo en aquella noche se había ido derramando toda su ternura y su amor. Por eso les pide que lo que tienen ahora que hacer es amar con un amor como el que El les tiene. ‘Amaos, como yo os he amado’, les dice. Y es que ‘sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’. Necesariamente sintiendo cómo se ha derramado el amor de Dios en nosotros no podemos menos que amar de la misma manera. Si nos sentimos así amados por Jesús, que nos llama amigos, es el amor que nosotros también hemos de vivir. Es su mandamiento.

Jesús nos está tocando el corazón con su amor. Se ha entregado por nosotros en la mayor prueba de amor que se nos pueda ofrecer. Es su entrega hasta la muerte y la muerte en cruz, pero es la entrega que le vemos realizar cada día con su cercanía, con su presencia, con sus múltiples gestos de amor. Recorramos las páginas del evangelio y estaremos contemplando esa entrega de Jesús.

Repasemos nuestra vida con ojos de fe y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, por eso nos llama amigos. Es el día a día de nuestra vida tocado por el amor de Dios que nos ha mantenido en pie, que nos ha mantenido en la lucha cuando nos parecía que estábamos vencidos, que nos ha hecho superarnos en tantas cosas cuando nos parecía que no éramos capaces, que nos ha hecho sentir de nuevo la luz cuando tantas sombras nos iban envolviendo, que ha mantenido la paz en nuestro corazón a pesar de las turbulencias por las que hemos pasado. Tenemos tanto que agradecer al amor de Dios, que no nos queda otra que responder con un amor igual.

 

jueves, 11 de mayo de 2023

Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

 


Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Por favor, cambia esa cara, pon cara de alegría, nos habrá dicho alguien en alguna ocasión que íbamos por la calle con cara adusta, de seriedad, y dando incluso la expresión de amargura. Demasiadas caras tensas nos encontramos en nuestro caminar por la vida, aunque alguno quizás nos puede decir que sin con los tiempos que corren podemos poner de verdad cara de alegría. Y pensamos lo más pronto y lo más fácil en cómo sube la cesta de la compra, o escuchamos hablar de cambio climático que todo nos lo va cambiando y que a larga nos puede afectar en tantas cosas, y seguimos pensando en las guerras de las que todos los días nos dan noticias, y podemos seguir pensando en tantas y tantas según sea también la sensibilidad con que vivamos.

Pero nos pueden decir que no sabemos cómo están por dentro pasándolo mal, en tan diversas situaciones adversas con que podemos vernos afectados, desde problemas familiares, desde tensiones que podemos vivir con los que están cerca de nosotros, o en nuestro trabajo o en el circulo de amigos o vecinos, desde preocupaciones y sombras que todos llevamos dentro. ¿Podemos realmente poner cara de alegría? ¿O acaso solo ponemos cara por fuera mientras por dentro siguen las preocupaciones y las angustias?

Claro que queremos alegría y queremos ser felices. Todos lo deseamos y todos lo buscamos de alguna manera, aunque muchas veces pueda quedarse en una apariencia exterior. Suena la música y los cánticos muchas veces incluso de forma estridente y queremos dar apariencia de alegría y de felicidad. Vayamos por donde vayamos queremos llevar la música metida en nuestros oídos que hoy con los medios técnicos de que disponemos pudiera ser muy fácil hacerlo. Pero, ¿llevaremos esa alegría en el corazón? ¿Podremos encontrarla?

Tenemos que buscar lo que nos llene de verdadera alegría el corazón para que no se quede ni en ruidos ni en apariencias. ¿Será una tarea fácil? Hoy nos está hablando Jesús de encontrar esa alegría, de llenarnos de esa alegría. Y de alguna manera nos está diciendo que para eso El está con nosotros y que en El podremos encontrar los motivos más profundos para encontrar y para vivir esa alegría. Es un fruto de su Espíritu y es una característica fundamental del Reino de Dios que Jesús quiere para nosotros.

Vayamos simplemente a algo muy humano que fundamente y crea nuestras relaciones. Todos ansiamos sentirnos queridos. Son muchas las soledades que quiebran la paz de nuestros espíritus y nos hacen sentirnos como sin rumbo sin sentido en la vida. Y es importante el sentirse amados, empezando por los que tenemos más cerca. Qué clima más bonito se crea en una familia donde todos desde el más pequeño al mayor en todo momento se sienten amados por esos seres que tienen junto a sí.

Fijémonos en el rostro de un niño que se siente amado por sus padres y en ese caldo de cultivo va creciendo y va modelando su personalidad; lo veremos siempre con una sonrisa en su semblante, lo veremos con una mirada luminosa y limpia porque ha aprendido que desde ese amor que recibe está hecho para amar. Ahí sonará fuerte la risa porque siempre está sonando la música del amor. Qué terrible sería el momento en que llegara a gritar ‘tú no me quieres’, porque grande y terrible sería la ruptura interior que se produjera en su vida.

Lo hemos puesto como ejemplo para considerar entonces lo que Jesús nos está ofreciendo hoy en el evangelio. Nos habla Jesús de permanecer en su amor, pero es que antes nos ha hablado del amor del Padre y de su propio amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos sigue diciendo cómo vamos a permanecer en su amor si guardamos los mandamientos.

Es el camino. Y empezamos por disfrutar del amor que Dios nos tiene que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega por nosotros, porque nadie ha amado tanto como aquel que dio su vida por aquellos a los que amaba. Y esto no es cosa solo de saberlo sino de disfrutarlo, gustarlo allá en lo más íntimo y profundo de nosotros. Si así supiéramos disfrutarlo qué distinta sería nuestra vida. ¿Recordáis lo que hace un momento decíamos del niño que se siente amado y se siente feliz? No nos faltará alegría en el corazón.

Por eso termina diciéndonos que nos ha  hablado de esto para que su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud. Cuando lleguemos a vivir una cosa así todo va a cambiar en nuestra vida, afrontaremos la vida, los problemas, las preocupaciones de una forma distinta; no nos faltará la esperanza, no perderemos la fuerza y la ilusión por hacer nuestro mundo mejor contagiando esa alegría, contagiando ese amor. Los problemas seguirán estando presentes, pero nuestra forma de afrontarlos será distinta; no perderemos la paz, iremos siempre con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor. No solo vamos a poner cara de alegría sino que inundaremos nuestro mundo de felicidad.

 

miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

martes, 9 de mayo de 2023

Todos queremos la paz, pero probemos a seguir con valentía y sin temor el camino de Jesús y nos daremos cuenta donde está la paz verdadera

 


Todos queremos la paz, pero probemos a seguir con valentía y sin temor el camino de Jesús y nos daremos cuenta donde está la paz verdadera

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Queremos la paz. Todos. Eso al menos decimos. Buscamos la paz, luchamos por la paz; y ya comenzamos a utilizar una palabra de guerra para hablar de paz; ya sé que es una forma de hablar, pero es también un concepto, una forma también que tenemos de hacer las cosas; y hacemos la guerra porque buscamos la paz; y nos llenamos de violencias cuando nos falta la paz y por esos medios pensamos conseguirla.

Y nos podemos quedar en una paz aparente; que no haya ruido, que no se oigan cañones, que nos estemos calladitos, que no revolvamos ni alborotemos. ¿Está ahí la paz? ¿Es una forma de tener paz? Y tratamos de imponerla y hasta nos creamos unas reglas, pero al final por una parte o por otra aparecen de nuevo las violencias.

Y puede ser una apariencia de la paz, porque quizá en el corazón siguen resonando tambores de guerra; porque no terminamos de tener paz por dentro, porque seguimos con nuestros resentimientos y deseos de venganza, porque no tenemos la valentía del perdón, porque queremos poner nuestros límites, nuestras fronteras, las rayas de las cuales no dejamos pasar a los demás, porque unos son de nuestro agrado y otros no, porque piensan distinto, porque no son de nuestros grupos, porque pueden tener otras ideologías, pero a otros no los podemos ver ni en pinta, aunque no nos hayan hecho nada, porque se traen una fama desde donde vienen, porque son distintos a nosotros, porque nos dicen, nos comentan, y vienen las precauciones, vienen los distingos, vienen en fin de cuenta las discriminaciones. ¿A esto llamamos paz? y la gente dice que viviendo así es como pueden de verdad tener paz, porque según nos parece, quitamos las semillas de la discordia.

Es fácil teorizar sobre la paz, pero no tan fácil lograr la paz. Porque tenemos puntos de vista diferente o porque seguimos conservando en nuestro interior esas reglas que discriminan, o nos puede seguir pesando en nosotros las recomendaciones de que no nos metamos con nadie y viviremos en paz. ¿Dónde podremos encontrar una gente verdaderamente feliz porque vive auténticamente en paz? Nos desconcierta todo eso. Pero quizás cuando comenzamos a tener esa inquietud es cuando verdaderamente estamos iniciando caminos de paz. ¿Lo entenderemos?

Y hoy escuchamos a Jesús que nos ofrece la paz. Pero nos dice, que no nos la da como la da el mundo. ¿No sintoniza Jesús con los deseos de paz del mundo? El es el príncipe de la paz, así fue anunciado. Y nos dice que nos da la paz. Pero es algo distinto. Son otros los parámetros. Pero con El tenemos la seguridad de la paz. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Y ya nos está hablando de algo importante, ‘que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’.

Con Jesús se acabaron los miedos, porque nos está ofreciendo el camino que nos da más seguridad. Nos está proponiendo otra manera de entender la vida, de entender lo que es la verdadera paz. ¿No nos está diciendo que nos amemos porque somos hermanos? Cuando hay amor de verdad, cuando nos sentimos hermanos de verdad, se acabaron las violencias y las imposiciones.

Tenemos paz no porque nos la impongan, sino porque nos amamos, porque nos queremos y nunca nos haremos daño, siempre buscaremos el bien, siempre habrá inquietud en el corazón por lo bueno, pero no es una inquietud que nos quite la paz, sino que nos dará las más hondas satisfacciones. Porque nos queremos nos aceptamos y nos comprendemos, aunque seamos distintos, aunque pensemos de manera diferente, aunque no nos conozcamos porque vengamos de mundos distintos, siempre el otro para mi será un hermano. ¿Cómo no vamos a sentir paz?

Y así podríamos seguir sacando conclusiones, deduciendo lo que en verdad nos hará sentir paz y paz sobre todo el corazón. Porque no tendremos resentimientos ni rencores, porque siempre seremos comprensivos y tenemos el corazón lleno de misericordia para estar dispuestos a perdonar, porque no dejaremos heridas en el corazón sin curar sino que cuando ofrecemos generosamente nuestro perdón a los demás, estaremos en verdad curando el corazón.

Hagamos comparación con lo que decíamos al principio y nos daremos cuenta donde está el verdadero camino de la paz. Es el que queremos emprender, es el que lograremos si seguimos siempre y en todo los pasos de Jesús.

 

 

lunes, 8 de mayo de 2023

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

 


Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Te amo, quiero estar contigo para siempre, quiero vivir contigo.  De forma romántica se podrá decir más bonito, pero de alguna manera es el proyecto de vida que se hacen, que tienen dos personas que se aman, dos enamorados. Y porque se aman habitan juntos, cohabitan es la palabra que solemos emplear; que es mucho más que estar juntos, porque de alguna manera viven el uno en otro, viven el uno para el otro, con todo lo que entraña la intimidad del amor.

Podríamos decir que es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Le amamos y guardamos sus mandamientos. El que ama de verdad se da de tal manera que lo que busca es agradar al otro, hacer todo lo posible porque el otro sea feliz; no es solo buscar nuestra propia felicidad, que nos vendrá en consecuencia, sino que me doy de tal manera que con todo mi ser quiero hacer feliz al que amo. Cuando hemos buscado en algo que queremos llamar amor primero nuestra propia felicidad, ese tal llamado amor va demasiado cargado de egoísmo, de egocentrismo, que le falta lo importante para ser verdadero amor. Seré feliz cuando te vea feliz, y te veré feliz porque por mi parte pondré todo lo que sea necesario para agradarte y que lo seas.

Es lo que nos dice hoy Jesús. Me he quedado en esta reflexión casi en la primera frase. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama… Y el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Aceptar sus mandamientos, buscar siempre lo que es la voluntad de Dios, guardar su Palabra, plantarla en nuestro corazón y nuestra vida. Así manifestamos nuestro amor. Pero así se va a manifestar en mí el amor de Dios que me llevará por caminos de plenitud y de felicidad. ‘Mi Padre lo amará’, vamos a ser regalados por el amor de Dios, y el regalo más hermoso es que Dios va a estar con nosotros. Dios se ha enamorado de nosotros, ‘vendremos a él y haremos morada en él’.

Maravilla del amor de Dios, porque no va a ser un amor desde fuera. Es que Dios va a venir a mí, hará morada en mí. ¿No decimos que por el bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos de su Espíritu? Aquí lo tenemos. No es simplemente sentir que Dios está a nuestro lado – y sentiremos, es cierto, a Dios caminando a nuestro lado porque eso es lo que se manifiesta cuando se nos dice que se ha encarnado y habita con nosotros, sino vamos a sentir que Dios está dentro de nosotros, habitando en nosotros.

¿Qué decíamos que sienten los enamorados? En nombre de su amor, decíamos, quieren vivir juntos, con lo que quiere entrañar esta expresión. Ahora decimos que Dios se ha enamorado de nosotros y no solo quiere habitar a nuestro lado, sino que quiere habitar en nosotros.

Es todo un misterio de amor, que por muchas semejanzas que tenga con nuestro amor humano, sin embargo no llegamos siempre a captar en toda su profundidad. Por eso Jesús nos promete su Espíritu, que cuando El venga nos lo revelará todo, nos hará comprender todas las cosas.

Estamos ya acercándonos a Pentecostés y poco más que una larga novena de preparación nos va ofreciendo la liturgia en estos días que quedan donde iremos escuchando toda esa promesa del Espíritu que Jesús nos hace. Ahondemos nosotros en ello, vayamos abriendo nuestro corazón para dejarnos conducir por el Espíritu, que nos lo revelará todo, que nos hará comprender todas las cosas.

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece. Vayamos saboreando el amor, esa presencia de Dios que habita en nosotros.


domingo, 7 de mayo de 2023

Camino seguro y sin error que nos conduce al Padre, sigamos las huellas de Jesús, Camino, Verdad y Vida

 


Camino seguro y sin error que nos conduce al Padre, sigamos las huellas de Jesús, Camino, Verdad y Vida

Hechos 6, 1-7; Sal 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

Vaya lío nos armamos a veces con los caminos; que si para llegar a un determinado lugar es mejor coger este camino que no aquel otro, porque nos lleva más lejos, porque tarda más, porque es un engorro ir por ese camino; discusiones entre amigos o entre vecinos en muchas ocasiones porque cada uno tiene su punto de vista, cada uno tiene su experiencia o sus fobias y eso le hace coger distinto camino.

Pero ahora no se trata de coger esos caminos geográficos o esas determinadas rutas sino que se nos está planteando algo más hondo en lo que nos va la vida. Hay caminos que son malos, que son peligrosos, que son un señuelo y entonces son engañosos. Y no se trata, venimos diciendo, de esos caminos geográficos sino del sentido y del rumbo que le queremos dar a la vida, de la meta a la que queremos llegar, del ideal que nos va a dar una mayor plenitud de vida.

Y aquí es donde entra el evangelio de Jesús. Ahí entran los planteamientos de vida que nos hacemos, donde vamos a encontrar el sentido de nuestra vida, importe lo que importe, pero clara ahí vienen los engaños con las rebajas. Cuando queremos hacer una opción de vida nos creemos que estamos en unos grandes almacenes en la hora de las rebajas, vamos a ver cuanto nos rebajan aquí, vamos a ver qué es lo que nos ponen más fácil, vamos a ver si nos quitan o ponen de perfil ciertas cosas, porque de eso no me quiero desprender, y total tan malo no es porque son cosas de la vida y la vida la tenemos para disfrutarla. Cuántas cosas nos decimos muchas veces en este sentido, cuántas rebajas queremos hacernos. Vamos a ver si tenemos una bula por la que demos unos dineritos y ya nos ahorramos aquellos sacrificios, aquellas cosas que nos pueden costar tanto.

Las palabras que hoy le escuchamos a Jesús forman parte de aquel discurso de Jesús como despedida en la última cena. Jesús nos está revelando el misterio más profundo de su misma vida porque nos está abriendo toda la ternura de su corazón. Habla de su marcha, pero de su vuelta, nos dice que no andemos preocupados ni agobiados, que no perdamos la calma ni la paz sino que pongamos toda nuestra fe en El. Nos prepara sitio, quiere tenernos junto a si. Es la plenitud de vida que nos ofrece.

Pero los discípulos parece que andan en otra onda, no terminan de entender todo aquello que Jesús les ha anunciado y va a suceder por eso comienzan a hacer preguntas. Benditas preguntas las de los discípulos porque así se nos aclaran también muchas dudas.  Ojalá supiéramos hacer preguntas en lugar de quedarnos con nuestras dudas o nuestros miedos dentro de nosotros. Hacer preguntas, pero hacérnoslas a nosotros mismos para ver realmente hasta donde llega nuestra fe y nuestro compromiso.

Y es cuando Jesús nos dice que no hay otro camino que El mismo. ‘Nadie va al Padre sino por mí’. No solo es la revelación de Dios, la Palabra de Dios que ha plantado su tienda en nosotros y entre nosotros, sino que es la única verdad que nos conduce hasta Dios. No hay otro camino. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’, nos dirá con toda radicalidad.

Y ya sabemos como es el camino de Jesús. Aunque no hemos de tener miedo. En otro momento nos dirá que desde nuestros agobios y nuestros miedos vayamos a El, porque El es nuestro descanso, que aprendamos de El porque El es manso y humilde de corazón y en eso es en lo que tenemos que imitarlo, parecernos a El, hacernos una sola cosa con El. Aunque nos dirá que sin El nada podemos hacer, aunque nos dirá que estamos con El o estamos contra El, que tenemos que decantarnos, sin embargo nos dirá que su yugo es llevadero y su carga ligera.

De esperanza se llena nuestro corazón. Escuchándole nos dan ganas de amarle y amarle cada día más porque con El nos sentimos tan seguros.  Nos entra una ilusión grande en nuestro corazón por conocerle más y más, por empaparnos de su vida, por llenarnos de su sabiduría de Dios. Deseos de escucharle más, deseos de vivirle, deseos de amarle tanto que nos lo queremos comer, como lo hacen los enamorados, los que se quieren de verdad.

Tenemos camino seguro y sin error. Tenemos a Jesús. Tenemos que empaparnos de su evangelio. Ahí tenemos todas las rutas marcadas, mejor, la única ruta, porque tenemos a Jesús que nos revela al Padre, que nos lleva al Padre, que nos quiere hacer vivir con El en el Padre.

sábado, 6 de mayo de 2023

Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

 


Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

¿Conoceremos de verdad a una persona después de mucho tiempo que estemos conviviendo, por ejemplo, con ella? Normalmente nos decimos que conocemos a las personas después de que llevemos un tiempo tratando con ellas, y normalmente muy ufanos solemos presumir del conocimiento que tenemos de los demás. Pero no es tarea fácil, solamente desde lo que vemos externamente no podemos llegar a ese conocimiento hondo, pues dentro de cada cual hay como un misterio de la propia personalidad que intentamos no dejar entrever, que mantenemos en nuestro yo, y solo a quien con confianza tratemos iremos desvelando es yo secreto que todos mantenemos. Claro que nos daremos a conocer en la medida en que vaya creciendo la amistad y la confianza, y en consecuencia vayamos abriendo totalmente el corazón.

Los discípulos que con más cercanía estaban con Jesús, aquel grupo que El había escogido de manera especial, ¿llegarían en verdad a conocer a Jesús? A ellos se les revelaba de manera especial, testigos fueron de muchas cosas de la vida de Jesús que los demás no llegaban a conocer, vemos que en ocasiones se los llevaba a lugares apartados donde estar a solas con ellos, y en los caminos muchas veces a ellos les hablaba con una mayor cercanía. Pero vemos hoy en el evangelio que todavía hacen preguntas que manifiestan que no conocen a Jesús. Por eso les dirá. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conocéis?

Será después de la resurrección cuando nos dirá el evangelista que les dio el don del Espíritu y les abrió la inteligencia para que entendieran las escrituras. Los pasajes que estos días estamos escuchando forman parte de aquella larga e intima conversación de despedida después de la cena pascual, donde Jesús va desnudando más y más su corazón para que realmente le conozcan.

Algunas veces nos atrevemos a pensar qué lentos y cortos de inteligencia eran para no comprender lo que Jesús les iba revelando. Dejemos que la Escritura en algún momento hable así de lo que les costaba entender las palabras de Jesús, no entremos en juicio, porque el primero tendríamos que hacérnoslo a nosotros mismos. ¿En verdad conocemos a Jesús? ¿No tendrá que decirnos Jesús que tanto tiempo con nosotros y aun no le conocemos?

No es cuestión de tirarnos piedras los unos a los otros con nuestras acusaciones si nosotros somos o no más torpes que los discípulos que allí estaban al lado de Jesús y tanto les costaba entenderle, escucharle profundamente, empañarse de lo que era Jesús, porque es cosa que a nosotros nos sigue sucediendo. Necesitamos escuchar de verdad a Jesús, abrir nuestro corazón, dejarnos conducir por su Espíritu.

Y es que muchas veces podemos oír muchas cosas, pero escuchar lo hacemos menos. Tenemos que abrir las sintonías del alma, tenemos que aislarnos de muchos estridencias que nos aturden y nos distraen. Tenemos que saber hacer ese silencio interior cuando vamos a escuchar la Palabra de Dios. Llevamos tantas cosas en la cabeza, tenemos el corazón llenos de tantos ruidos y turbulencias que no dejamos sitio a la Palabra de Dios.

Tenemos que detenernos de nuestras carreras. A la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón. No tengamos prisa cuando estamos escuchando la Palabra, no pasemos inmediatamente a otra cosa, detente, haz silencio, escucha, quédate rumiando aquella Palabra que escuchaste, repásala una y otra vez no solo por tu mente sino por tu corazón, paladéala con amor, no le temas, déjate sorprender, siémbrala en lo más hondo de tu corazón. Conocerás a Jesús, conocerás a Dios y aprenderás también a conocerte a ti mismo.