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sábado, 13 de octubre de 2018

Cantamos cánticos de alabanza a nuestra Madre, María, pero como ella sembramos en la buena tierra de nuestro corazón el Evangelio de Jesús


Cantamos cánticos de alabanza a nuestra Madre, María, pero como ella sembramos en la buena tierra de nuestro corazón el Evangelio de Jesús

Gálatas 3,22-29; Sal 104; Lucas 11,27-28

Estamos viviendo en nuestra isla una experiencia única y maravillosa. En la mañana del día 12 de octubre partía desde su Basílica en Candelaria la imagen de la Virgen de Candelaria nuestra patrona en su visita a las ciudades metropolitanas de nuestra isla Santa Cruz de Tenerife, donde ha llegado cuando ya caían las sombras de la noche, y dentro de una semana la ciudad de La Laguna sede de nuestra Diócesis Nivariense y donde se sitúa la catedral.
Ya salió arropada por una muchedumbre de gentes de su Basílica Santuario en la mañana y en la medida en que iba pasando por las distintas poblaciones multitudes iban saliendo al encuentro de la Virgen y se unían a su cortejo. Por todas partes surgían los vivas a la Virgen, las aclamaciones y los cantos ensalzando a la Virgen nuestra patrona y convirtiéndose todo en un cántico de alabanza al Señor.
Algo semejante sucedió hace unos días en la Isla de La Gomera con la Bajada lustral – como le dicen allí – en procesión marítima de la Virgen de Guadalupe para llegar igualmente a la capital de la Isla, como principio de un recorrido que luego hará por todas las parroquias de la Isla. Mucha gente desde sus pequeños barcos la acompañaron en su trayecto marítimo mientras en la playa de la Villa capital la esperaba una multitud considerable para recibirla entre el sonido de tambores y chácaras que con sus cantos y sus bailes la portaron hasta la Iglesia parroquial.
Me han venido a la mente estos dos hechos acaecidos en esta misma semana en nuestras islas, aunque lo he seguido por televisión en esta ocasión, en otros momentos he participado yo también en esos recibimientos, cuando he escuchado a la mujer que surgió en medio de la multitud para un grito de alabanza a la madre de Jesús. Su entusiasmo era por Jesús por sus enseñanzas y por los signos que realizaba pero las palabras hacían clara referencia a la madre.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Dichosa la madre que tiene tal hijo igualmente hemos dicho o escuchado en alguna ocasión en alguna experiencia de nuestra vida donde admiramos la bondad de quien se entrega y se sacrifica por los demás, pero que siempre pensamos en lo orgullosa que tendría que sentirse una madre que tiene un hijo tal.
Pero ya sabemos cual fue la reacción de Jesús. ‘Pero él repuso: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es lo que yo quiero pensar cuando contemplo este espectáculo de alabanzas a María en sus distintas advocaciones de lo que hemos mencionado de lo acaecido en estos días, pero de la misma manera en tantas fiestas en honor de María que en tantos lugares se celebran. ‘Me llamarán bienaventurada todas las generaciones’, había cantado proféticamente María misma cuando su visita a Isabel, de quien había recibido también la alabanza de su fe. ‘Dichosa tú, que has creído porque lo que se te ha dicho se cumplirá’, que le decía Isabel.
Creo que es María la que nos está recordando estas palabras de Jesús, porque ella ya les decía a los sirvientes de las bodas de Caná. ‘haced lo que El os diga’. Alabanzas, sí, a María, porque es nuestra madre y un buen hijo siempre tiene las mejores alabanzas para su madre. Pero María se sentirá en verdad orgullosa de nosotros, sus hijos, si, como ella, también acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón y la plantamos de verdad en nuestra vida.
Estas visitas que la Virgen en su imagen, ya sea de Candelaria o de Guadalupe que hemos mencionado, está haciendo a nuestra tierra en estos días es una visita misionera. Ella viene a nosotros como la primera misionera en este camino de nueva evangelización que estamos realizando. Ella nos trae la semilla de la Buena Nueva de Jesús, ella nos trae el anuncio del Evangelio que como en buena tierra hemos de sembrar en nuestro corazón. No nos quedemos solo en esos cánticos que es cierto con todo nuestro amor hemos de cantar en honor de María, sino demos ese paso adelante en el crecimiento de nuestra fe. Esa fe en Jesús como nuestro único Salvador que tiene que despertarse en nuestro corazón.
Que esta visita de María no caiga en el saco roto de nuestra poca perseverancia que pronto enfría la fe y el entusiasmo. Que en verdad nos sintamos comprometidos con nuestra madre a hacer crecer más y más nuestra fe que se traduzca luego en las obras de nuestra vida cristiana, en el compromiso del amor por los demás.

viernes, 12 de octubre de 2018

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11,27-28

Una tradición casi legendaria nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la tarea de la evangelización de nuestra tierra española. Allí en la antigua Cesareagusta, hoy Zaragoza, junto al río Ebro quedó como señal aquel Pilar de la fortaleza que por la fuerza del Espíritu y con la presencia de María a nuestro lado ha de anunciarse y mantenerse la fe cristiana en nuestra tierra y en el mundo.
Así nació desde los tiempos más inmemoriales la devoción a María, que como un signo en su pequeña imagen sobre el Pilar, nos ayuda a mantener con fortaleza nuestra fe, a proclamarla con perseverancia y a expresarla en los mejores signos del amor. Hoy 12 de octubre es para nosotros la fiesta de la Virgen del Pilar. Ha sido así a través de los siglos y hoy seguimos invocando con amor a nuestra Madre, porque ella como Madre ha estado y está siempre a nuestro lado ayudándonos a preservar nuestra fe frente a tantos peligros que la acechan y es un espejo en el que mirarnos para descubrir en todo momento cuales son los caminos de Jesús.
A través de los tiempos y con el paso de los siglos muchos han sido los momentos duros como nos refleja la historia en que nos hemos visto convulsionados en nuestra fe, momentos también de persecución y hasta de martirio, momentos oscuros en que nos hemos visto envueltos por la indiferencia de tantos en lo que atañe a la fe que a todos  nos debilita, igualmente que momentos floridos en que ha resplandecido la fe y la santidad de tantos que nos han precedido o también, por qué no pensarlo, están a nuestro lado y son un estimulo fuerte en ese camino de la vivencia de nuestra propia fe.
Y María ha estado ahí siempre como un faro de luz que nos guía en nuestro camino para que vayamos siempre hasta Jesús, para que no nos acobardemos en nuestra debilidad o en esos momentos difíciles en que se pueda poner a prueba nuestra fe. Sentir la presencia de María nos da fortaleza en nuestro camino, nos da seguridad frente a los peligros que tenemos que afrontar, sentimos su aliento de madre junto a nosotros que nos da esperanza.
Y eso hoy, en los tiempos en que vivimos que no son mejores ni peores que otros tiempos de la historia, queremos sentirlo una vez más con la presencia de María. A ella acudimos como a una Madre, porque así nos la dejó Jesús, en ella nos refugiamos, pero no para escondernos frente a aquellos que nos puedan hacer oposición sino para salir más fortalecidos en esa tarea de anuncio del evangelio que en estos nuevos tiempos con valentía tenemos que hacer.
Hoy la Iglesia, aparte de otras muchas cosas que la convulsionan, esté comprometida en la tarea de una nueva evangelización. Y no es solo pensando en lejanos lugares donde por primera vez haya de anunciarse el nombre de Jesús, sino que es en nuestra tierra, en aquellos que nos rodean y con quienes convivimos donde tenemos que realizar esa tarea.
Hay en muchos lugares momentos de un reflorecimiento del fervor religioso, nuestro pueblo a pesar de tantas cosas que tiene en contra se dice cristiano y religioso y en alguna cosa y en algunos momentos lo manifiesta, sobre todo cuando es en actos en torno a María, pero bien sabemos que nuestra sociedad está bien lejana en muchos aspectos del sentido del evangelio, aunque también aparecen buenos brotes de semillas que no están lejos del Reino de Dios.
Y es ahí donde tenemos que evangelizar; es ahí donde queremos sentir de manera especial esa presencia de María, que a través de sus distintas imágenes en la devoción sana de nuestros pueblos, aun hace que se mantenga un rescoldo de fe. Es lo que tenemos que avivar con la fuerza del Espíritu, con la presencia de María, para que en verdad nuestros corazones y nuestras gentes se abran de nuevo al mensaje del evangelio.
Que María sea ese Pilar que nos fortalezca en nuestra fe; hoy la invocamos en la Advocación del Pilar que une en torno a si a todas las naciones hispanas del Nuevo Mundo; hoy en nuestra tierra tinerfeña la contemplamos peregrina en su imagen bendita de Candelaria en los caminos de la nueva evangelización en esa visita que en estos momentos está haciendo a nuestra zona metropolitana; o Virgen de Guadalupe en otra de nuestras islas, La Gomera, en su bajada al encuentro con sus hijos realizada en estos días; y así en tantas y tantas otras advocaciones de nuestra devoción. Amemos a María y con ella vayamos siempre hasta Jesús.

 

jueves, 11 de octubre de 2018

Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor



Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor

Gálatas 3,1-5; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 11,5-13
‘Por pedir que no sea’, habremos dicho o escuchado alguna vez. Cuando tenemos la oportunidad de pedir allí estamos prontos para pedir lo que sea; hay gente que tiene la ‘buena virtud’ de pedir; allí donde les llega la noticia que regalan cosas inmediatamente se apuntan aunque quizá no lo necesitan; ‘total, es gratis’, se dicen.
Eso que sucede en lo material en muchas ocasiones, sucede también cuando se trata de pedir favores o recomendaciones; si nos enteramos que hay una persona influyente y que es generosa y a todo el mundo atiende, allí estamos poco menos que haciendo cola a ver qué es lo que podemos conseguir.
Pero ¿y en el orden espiritual, en lo religioso de nuestra relación con Dios? ¿Qué es lo que realmente pedimos? ¿No utilizaremos a Dios y a la oración como un solucionador fácil de problemas o necesidades? Claro que me vais a decir que hoy Jesús en el evangelio nos dice que pidamos, que llamemos, que busquemos, porque se nos va a conceder lo que pedimos, se va responder a nuestras llamadas, vamos a encontrar lo que busquemos.
Tenemos que entender bien lo que Jesús quiere decirnos hoy. Quiere Jesús que tengamos confianza en la oración, sí, porque Dios es nuestro Padre, ¿y qué padre no escucha la súplica de sus hijos? ¿Qué padre no le concede lo mejor que pueda ofrecerle a su hijo en sus necesidades? Y para que tengamos esa confianza nos habla del amigo que importuna a su amigo vecino, porque le ha llegado alguien a su casa en medio de la noche y no tiene ni pan que ofrecerle, y allá va con confianza hasta su amigo para pedirle porque sabe que a pesar de la inoportunidad va a ser escuchado. Y nos habla del padre que no ofrece una piedra al  hijo que le pide pan.
Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, y aunque le pidamos en todas nuestras necesidades, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor. ‘Danos hoy el pan de cada día’, aprendíamos ayer en el modelo de oración que Jesús nos ofrecía. Pero ¿qué será lo que verdaderamente nos va a dar el Señor? ¿La solución de los problemas sin poner nosotros nada de nuestra parte?
Estos días en las trasmisiones que se estaban haciendo en torno a la Virgen patrona de una de nuestras islas en sus fiestas, los periodistas la preguntaban a la gente que es lo que le pedían a la Virgen, y en una cierta incultura religiosa en estos comunicadores empleaban la expresión de cuales eran sus promesas en referencia a lo que eran sus peticiones. Las respuestas eran variadas y escuchábamos a muchos que lo que pedían era salud para ellos y para los suyos, que tuvieran suerte en la vida, y algunos quizá abrían un poco más el horizonte y pedían la paz para el mundo para que no hubiera guerras, y las respuestas en general iban en ese sentido.
No escuché a nadie – y no digo que entre tanta gente no hubiera quien hiciera peticiones en este sentido – que pidiera que creciera su fe, que sintieran la fortaleza del Señor en sus luchas de cada día por superarse en la vida, por crecer en la fe, para vivir un mayor compromiso con el mundo en el que vivimos, o con la Iglesia a la que pertenecemos.
No era una muestra exhaustiva porque los periodistas preguntaban al paso de los que se encontraban y no podemos generalizar, pero si tiene que hacernos pensar en cual es verdaderamente nuestra oración. Es cierto que sentimos preocupación por los nuestros y queremos pedir por todos esos que están cercanos a nosotros familiares o amigos, que queremos la salud o que deseamos la paz, pero algo  mas hondo tendría que salir de nuestra oración para sentir esa fuerza de la gracia y que nuestra oración sea una manifestación de ese compromiso que nace de nuestra fe también con nuestro mundo.
Me ha surgido esta reflexión que cada uno ha de hacerse en su interior ampliando, por así decirlo su contenido, para que sepamos descubrir que es lo importante que vamos a poner en las manos del Señor cuando acudimos a El en nuestra oración. Pongámonos en la presencia del Señor y preguntémonos por nuestra vida y qué es lo más importante para nosotros en ese camino de nuestra fe, y también en esa tarea que como cristianos hemos de asumir por la proclamación del evangelio en ese mundo en el que vivimos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Gocemos de la oración como encuentro vivo de amor con el Padre que nos ama


Gocemos de la oración como encuentro vivo de amor con el Padre que nos ama

Gálatas 2,1-2.7-14; Sal 116; Lucas 11,1-4

Todos recordamos esa  conversación distendida que un día tuvimos con un amigo en la que casi sin darnos cuenta se nos fueron las horas charlando, en que nos encontrábamos tan a gusto que no queríamos terminar sino que una y otra vez surgía algo que contar, algo de lo que seguir hablando o repetíamos lo que tantas veces habíamos dicho sin ninguna muestra de cansancio o aburrimiento. Se nos hicieron quizá las altas horas de la madrugada pero no nos arrepentimos de perder el sueño y siempre recordamos aquella conversación.
Decimos con un amigo, o quizá fue con nuestro padre o nuestra madre, en horas largas de confidencias, de preguntas, de relatos repetidos, de recuerdos de tiempos de la infancia o simplemente el estar ahí juntos el uno al lado del otro disfrutando de ese calor que nos da el amor y la amistad. No necesitábamos llevar nada preparado, no eran cosas especiales que quisiéramos pedir o contar, era el simplemente estar charlando con quienes sentíamos verdadero aprecio.
He querido recordar experiencias así en el comienzo de esta reflexión en torno a evangelio, pero me pregunta por qué no es así en nuestra oración con Dios. Hemos convertido quizás nuestra oración en la repetición de algo formal y ya preestablecido donde quizá no nos salimos de unas palabras rituales y aprendidas, pero donde quizá le hemos perdido ese gusto ese sabor de ser un encuentro con aquel que sabemos bien que nos ama. Ahí está nuestra experiencia negativa de las prisas con que andamos siempre en nuestras oraciones, ahí está esa frialdad con que recitamos unas formulas de oración pero donde parece que no terminamos de poner el calor del amor. Mucho tendríamos que revisar quizá en cómo hacemos nuestra oración.
Es cierto que cuando los discípulos que observan la oración de Jesús le piden que les enseñe a orar, Jesús les da como unas pautas de cómo ha de ser nuestra oración, pero que nosotros hemos convertido en una formula a repetir muchas veces mecánicamente. Recitamos quizá muchas veces al día la oración del Padrenuestro, que decimos que es la oración que Jesús nos enseño, pero que lejos están de nuestro corazón y de nuestra mente esos sentimientos que tendrían que salir no solo de nuestros labios sino de lo mas profundo de nuestro espíritu con los que hemos de mantener una relación de amor con Dios nuestro Padre.
Yo me atrevo a decir que no es una oración para decir deprisa sino que pausadamente y, algunas veces hasta sin palabras que salgan de nuestros labios, ir manifestando ese gozo de sentirnos amados de Dios y en su presencia. Será entonces cuando estemos poniendo toda nuestra voluntad y nuestros deseos de que en verdad podamos vivir el sentido del Reino de Dios y busquemos auténticamente lo que es la voluntad de Dios en cada momento de mi vida. Será así envueltos en ese amor que nos inunda cómo desearemos de verdad que el mal no se meta en nuestra vida poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para alejarnos de la tentación.
Sentiremos así el gozo de la presencia del Señor y no desearemos apartarnos de El y que nunca ese gozo se acabe para nosotros. No será ya una oración llena de prisas mirando el reloj por las demás cosas que tengamos que hacer sino que sintiéndonos arrullados en su amor no queremos que nunca se termine y estaremos deseando que pronto de nuevo podamos vivir esa experiencia de amor. Recordemos la experiencia gozosa de la conversación con el amigo, que mencionábamos al principio, y preguntémonos por qué no puede ser así también nuestra oración.
Señor, enséñanos a orar, le pedimos nosotros también como aquellos primeros discípulos, enséñanos a disfrutar de tu presencia y de tu amor. Aquella expresión tan bonita que teníamos los canarios de ‘gozar Misa’ se transforme en nosotros siempre de gozarnos en la oración como encuentro vivo de amor con Dios nuestro Padre.

martes, 9 de octubre de 2018

Un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad llega hasta nosotros, pero en quien sabemos ver además la presencia de Jesús


Un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad llega hasta nosotros, pero en quien sabemos ver además la presencia de Jesús

Gálatas 1,13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

La hospitalidad y la acogida es una virtud muy hermosa que es muy cultivada en nuestros pueblos. Es cierto que las puertas de nuestras casas ya no están siempre abiertas como antaño por los miedos y peligros de nuestros tiempos, pero hermoso era cuando los vecinos se acercaban a las casas los unos de los otros y simplemente llamando empujaban la puerta para entrar sabiendo que siempre eran bien recibidos.
Era un gozo muy especial cuando llegábamos a la casa de alguien y todo eran atenciones y detalles donde se nos expresaba el cariño con que se nos acogía, las personas de la casa se desvivían por atendernos de la mejor forma posible y se nos ofrecía lo mejor de si mismos para que nos sintiéramos como en nuestra propia casa. En nuestra tierra pronto estaba el café preparado con cariño o el buen vaso de vino para manifestarnos ese calor y afecto de la acogida. Y ya no era simplemente la acogida a familiares, vecinos o amigos, sino que toda persona era siempre bien acogida y se le ofrecía la confianza de la amistad.
Desgraciadamente en algunos casos los tiempos y las costumbres cambian y hoy es fácil que surja el recelo y la desconfianza sobre todo a los extraños que puedan aparecer a nuestra puerta que ya no siempre abrimos tan fácilmente y aunque permanezcan esos signos de buena acogida para con nuestros amigos y familiares más cercanos, incluso ya entre vecinos a la puerta muchas veces hay un desconocimiento grande que crea distancias encerrándose cada uno en el castillo interior de su propio hogar.
Lástima es cuando hay vecinos que físicamente están muy cercanos pero que en el afecto de la amistad se han puesto a kilómetros de distancia que ya parece que hasta el saludo más sencillo cuesta salir de sus labios. Ahora nos comunicamos electrónicamente mediante las redes sociales con las personas más lejanas, pero con el que está a nuestro lado ni un ‘buenos días’ nos intercambiamos.
Hoy vemos reflejada esta virtud en el hogar de Betania. Allí en las cercanías de Jerusalén, en el camino que subía desde Jericó para traspasar Betfagé bajar por el monte de los Olivos para entrar en la ciudad santa, a su vera un hogar que seguramente acogería a tantos peregrinos ofreciéndoles agua y un lugar para el descanso tras la dura subida desde el Jordán estaba aquel hogar que vemos también como acoge a Jesús y sus discípulos. Sería en su subida ritual a Jerusalén, o quizá sería también lugar de refugio y descanso mientras estaban en la ciudad santa por la cercanía, el evangelio nos habla hoy de la acogida de Marta y de María, una afanándose en los quehaceres de la casa para tenerlo todo preparado, y la otra con la cordialidad de la escucha sentada a sus pies.
No queremos entrar en lo que hacían una y otra, si mejor una cosa que la otra, sino solamente en el gesto conjunto de la acogida. ¿Nos hubiera gustado a nosotros recibir así a Jesús en nuestro hogar? Oportunidades tenemos. ‘Era peregrino – forastero - y me acogisteis’, nos dirá Jesús en la alegoría del Juicio Final.
Hablábamos antes de esa virtud y valor humano de la hospitalidad y de la acogida tan cultivada en nuestros ambientes. De ello tenemos que seguir hablando, pero añadiendo algo más desde nuestros valores y principios cristianos. Es a Jesús a quien acogemos, a quien recibimos. No creo que sea necesario decir ahora muchas cosas más. Pensemos, simplemente, que ése que llega a nuestra puerta, que ése con quien nos cruzamos cada día y a cada instante es Jesús.
‘Todo lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mi me lo hicisteis’, nos enseña Jesús. ¿Por qué reticencias y desconfianzas? Primero, pensemos que es un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad. Pero además, pensemos, es Cristo quien viene a nosotros en esa persona. ¿Cómo lo vamos a acoger? Betania la tenemos a nuestro lado cada día.

lunes, 8 de octubre de 2018

No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida


No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida

 Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

Tenemos responsabilidades en la vida que tenemos que asumir y de las que tenemos que responder, ya sean responsabilidades familiares, ya sean responsabilidades laborales donde estamos ganándonos con nuestro sudor el pan de cada día, el nuestro y el de aquellos que dependen de nosotros, ya sean responsabilidades en el orden social porque hemos asumido una función, un servicio a la comunidad, ya sean responsabilidades con nosotros mismos, con nuestra vida que tenemos que cuidar también para luego desarrollar todas las otras responsabilidades que tengamos; hay normas, preceptos, mandatos que reglamentan la vida y diríamos que su finalidad es facilitarnos la misma vida, la convivencia, el camino y el desarrollo de la sociedad en la que vivimos, ayudar a que en una buena relación todos seamos más felices.
Pero el cumplimiento de esas normas o leyes, o el cumplimiento de nuestras responsabilidades no nos pueden mermar la humanidad de nuestra vida. Hay quizás quien se ciega y se encierra en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones pero crea en torno a si un círculo seco y frió como una muralla que los vuelve inhumanos en la relación con los otros. No podemos de ninguna manera encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o de responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida.
Sin olvidar eso no podemos cerrar nuestros ojos a lo que nos rodea, pero sobre todo a las personas que nos vamos encontrando en la vida. Tenemos el peligro de pasar de largo muy absortos en lo que tenemos que hacer y nos insensibilizamos ante el sufrimiento que puedan estar pasando los demás. Unas veces será más visible, muchas veces quizá pueda estar encerrado en la intimidad de la persona, pero hay mucho sufrimiento en nuestro entorno que no nos gusta descubrir, que no queremos ver y por ello nos volvemos insensibles.
Hoy en los días que vivimos vamos demasiado deprisa por la vida, abortos en nuestras cosas, en nuestras obligaciones, corriendo para llegar a tiempo porque todo hoy se hace a la carrera y pasamos los unos por los otros que ni nos vemos. Cuantas veces pasamos al lado de alguien incluso conocido a que ni vemos, que luego nos dirá y se quejará con razón de que pasamos a su lado y ni le dijimos adiós, o un mínimo saludo. Si incluso a aquellos que conocemos pasamos en ocasiones sin verlo, qué decir de tantos otros que pueden estar postrados a la vera de nuestro camino y tampoco nos damos cuenta de su presencia.
Creo que este puede ser un aspecto al que nos quiera despertar la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio, la parábola que llamamos del buen samaritano. Fue aquella persona ajena y extraña, un extranjero que iba por aquel lugar el que se dio cuenta de quien estaba malherido junto al camino. Muchas veces habremos oído y comentado esta parábola que Jesús propone cuando aquel letrado le pregunta quién es su prójimo. No entramos ahora en explicaciones detalladas sino que me vais a permitir que en el comentario me quede en ese ensimismamiento en que vamos por los caminos de la vida insensibles a cuanto pasa a nuestro alrededor.
En el tiempo que tanto hablamos de derechos humanos, en que estamos reivindicando continuamente derechos para todos, tenemos el peligro que nuestros gritos reivindicativos ahora el clamor de tantos sufrimientos que hay en muchos corazones y nos pase desapercibido ese sufrimiento callado de tantos a nuestro lado.
Hablamos fácilmente de humanidad pero nos falta verdadera humanidad, de sensibilidad para descubrir al caído y saber detenernos para echarle una mano que les ayude a levantarse y a seguir caminando con dignidad. Hablamos y decimos cosas bonitas, pero que fácilmente no se ven reflejadas en nuestras actitudes y comportamientos de cada día.
Podemos hablar mucho de amar al prójimo pero quizá seguimos con nuestras discriminaciones y desconfianzas ante el extranjero, ante el inmigrante, ante el hombre o mujer de otra raza que aparece por nuestros lugares; hablamos de misericordia pero no sabemos tener compasión con el pecador y ante situaciones dolorosas preferimos condenar y desterrar de nuestras vidas a esas personas, en lugar de echarles una mano para levantarles y hacerles recobrar su dignidad.

domingo, 7 de octubre de 2018

No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad


No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

El hombre, la persona no está hecha para la soledad. Aunque haya momentos en que deseemos estar solos sin embargo nuestro ser más profundo está creado para la relación, para la íntercomunión, para la comunicación con los demás. Ahí están nuestros sentidos que nos abren al otro, a lo otro, ahí está todo ese nuestro ser interior que busca el contacto, que busca el encuentro, que se comunica y no solo quiere hacerlo desde lo externo, mediante gestos o palabras, sino que buscamos otra intercomunicación más profunda con la que trasmitimos nuestros sentimientos y recibimos también las señales de comunicación del otro, comunicamos lo que llevamos dentro trasmitiendo nuestro pensamiento y al tiempo queremos enriquecernos con lo que el otro nos ofrece.
Mucho puede decir la psicología y la sociología de todo esto y habrá personas que lo expresen mejor que lo que yo ahora intento hacerlo, pero ya mi deseo es comunicación, relación, búsqueda de encuentro. Y aquí tendríamos quizás que decir que la comunicación más profunda y más completa es la del amor, donde nos damos altruistamente al otro, pero que al mismo tiempo estamos recibiendo esas señales del amor que el otro me pueda ofrecer.
Triste es el que va solo por la vida, que se encierra en su soledad y no es capaz de dar de si mismo lo más hondo que tiene en sí. Se convierte en un circulo cerrado y de la misma manera que no da tampoco recibe lo que empobrece su vida, porque aquel que se da generosamente es el más que puede recibir, el más que puede enriquecer su ser cuando está abierto al otro y de alguna manera reconoce su pobreza o su necesidad del otro. Es la necesidad de amar y de ser amado, es la necesidad del amor que es el que de verdad nos enriquece.
Alguno podría pensar que al darse porque el ama se está vaciando de si mismo y se empobrece, pero creo que nos damos cuenta que es todo lo contrario. Es una riqueza amar porque dándose se está llenando del otro al que ama, porque en un verdadero amor, aunque se supone que lo hacemos de forma altruista y nunca interesada, sin embargo está sintiéndose enriquecido con el amor que del otro recibe.
Por eso cuando hay generosidad en nuestro amor, lo cuidamos para que no sea interesado, pero lo cuidamos para que no se enfríe en su intensidad, lo cuidamos para hacerlo cada vez mas maduro aprendiendo a aceptar al otro en lo que es, en la riqueza de su vida, pero también en sus limitaciones como aprendemos a aceptar nuestras propias limitaciones, porque además por encima de todo eso nos damos cuenta de la dignidad y del valor de toda persona. En un amor así no hay imposición ni dominio, nos buscamos distinciones que nos hagan más o menos grandes, aunque nos demos cuenta de la diferencia de cada uno que es lo que nos enriquece. Y así lo hacemos fuerte, así le damos verdadera estabilidad y madurez.
Cuando reflexionamos sobre estos textos que en este domingo nos ofrece la Palabra de Dios tenemos el peligro de comenzar nuestra reflexión por la casuística de lo que vemos en la realidad de la vida, como estaban haciendo aquellos fariseos del evangelio con las preguntas que le hacían a Jesús. Pero creo que tendríamos que ir primero que nada a pensar en lo que es la dignidad y la grandeza de toda persona y en el verdadero significado del amor para descubrir también lo que es el plan y designio de Dios para el hombre y la mujer desde la creación.
El texto del Génesis algunas veces nos lo pasamos un poco por alto como si fuera una simple leyenda que nos habla de la creación según parámetros de otras culturas y otros tiempos. Sin embargo es un texto que en sus detalles nos está expresando una riqueza muy grande. Ya nos habla de esa soledad del hombre, que no podía satisfacerse en cualquier otro ser vivo, como pudieran ser los animales, sino que había de encontrarse ese complemento en alguien que fuera de si misma dignidad. ‘Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos’, exclama Adán, pero que no es solo por aquello de que aquel nuevo ser vivo fuera tomado de su propia costilla, sino que nos está hablando de una igualdad en su dignidad. Y es así donde entra la persona en una verdadera relación, en un verdadero encuentro, en el amor.
Como expresábamos anteriormente no es dominio ni superioridad de una parte sobre otra como fácilmente interpretaríamos. Es una misma dignidad del hombre y de la mujer. Porque no fueron creados hombre y mujer para el dominio del uno sobre el otro sino para encontrar su igual donde se tuviera esa hermosa interrelación del amor. A la pregunta de los fariseos a Jesús sobre el divorcio, les responde Jesús de la terquedad con que vivimos nuestra vida cuando nos creemos unos superiores sobre los otros. Ahí no se puede establecer esa verdadera relación, ahí no tiene cabida el amor verdadero, por eso Jesús nos remite a los orígenes, a lo que fue el designio de Dios que ya nos manifiesta el Génesis.
‘Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne’. No busca el hombre a la mujer para dominar sobre ella, sino para ser uno con ella, y lo mismo decimos de la mujer hacia el hombre. ‘Serán una sola carne’, está expresándonos esa igualdad en dignidad. Como nos dice Jesús por la terquedad que nace de nuestro egoísmo vienen los dominios, viene el creernos superiores, vienen unas relaciones que no están bien fundamentadas en su base, viene una falta de amor verdadero.
Termina hoy el evangelio con algo que parece que no tiene relación. Es ese episodio donde le llevan las madres a sus hijos niños a Jesús y los discípulos querrán impedirlo para que no molesten al Maestro. Pero Jesús nos dice como tenemos que acoger al niño, y eso forma parte de las señales del Reino de Dios. Esa acogida del niño significa ese respeto al niño, a la persona, a toda persona y no importa su edad, porque todos tenemos dignidad igual. En línea con lo que venimos diciendo de la mutua interrelación entre todos y en especial del matrimonio donde parece que se centraría más el texto del evangelio.

sábado, 6 de octubre de 2018

Desde las cosas pequeñas y sencillas de cada día realizadas con amor podemos hacer que nuestro día sea maravilloso y sea maravilloso también para los que están a nuestro lado



Desde las cosas pequeñas y sencillas de cada día realizadas con amor podemos hacer que nuestro día sea maravilloso y sea maravilloso también para los que están a nuestro lado

 Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118; Lucas 10, 17-24

Habían regresado los apóstoles enviados y los discípulos de aquella misión que Jesús les había confiado. Venían alegres, con la satisfacción en su corazón de lo que habían realizado, del mensaje anunciado, de la respuesta que en aquella gente sencilla a la que habían sido enviados habían tenido. Y Jesús se llena también del gozo del Espíritu y da gracias al Padre.
Qué gozo más grande sentimos en nuestro corazón que nos es difícil de transcribir con palabras cuando hemos cumplido con nuestro deber, cuando hemos hecho el bien, cuando hemos sido capaces de transmitir un mensaje de paz y de esperanza a los que están atribulados a nuestro lado. Sentimos gozo en el corazón y hasta podríamos sentir la tentación del orgullo, pero si sabemos enfocar las cosas por el camino bueno podemos superar esos orgullos y autosuficiencias. Hemos de saber dirigir nuestro gozo y nuestra alabanza al Señor, reconocer su mano y su presencia, reconocer las maravillas que el Señor realiza a través de las cosas sencillas que nosotros podamos hacer con su inspiración.
Y Jesús da gracias al Padre porque son los pequeños y los sencillos los que primero han acogido la Palabra; y Jesús da gracias al Padre porque así en los pequeños y en los sencillos El quiere revelarse y manifestarse; y Jesús nos está enseñando a dar gracias al Padre por en esas cosas pequeñas y sencillas que nosotros podemos realizar hemos de saber descubrir la mano poderosa de Dios. Dios quiere manifestarse también en eso pequeño y sencillo que nosotros realicemos cuando nosotros sabemos tener la fe suficiente para iniciar lo que hacemos en su nombre.
Podemos tener el peligro y la tentación de no valorar las cosas pequeñas y sin embargo tienen un valor grande cuando las hacemos con amor, como podemos tener también esa tentación de no saber valorar a los pequeños y sencillos y las cosas que puedan realizar. Estamos más atentos quizá a las cosas extraordinarias, a lo que llamamos milagros porque nos parecen espectaculares, pero el milagro está en lo pequeño que podemos hacer y que hemos de reconocer que algunas veces nos cuesta también realizar.
Ser fiel en lo pequeño y realizarlo extraordinariamente bien es el milagro que hemos de realizar cada día. Porque podemos ser descuidados en esas cosas sencillas y simplemente nos podemos dejar llevar por la rutina y la desgana. Y sin embargo con ese pequeño detalle que realicemos podemos hacer que florezca la sonrisa en el corazón de alguien lo que significa como está floreciendo la esperanza y la ilusión en ese corazón.
Y hacer que eso se produzca en un corazón atormentado, sufriente, agobiado es algo maravilloso y que si somos capaces de hacerlo tenemos que darle gracias a Dios porque es una forma de ir sembrando vida. Es el milagro que cada día podemos hacer, son las cosas maravillosas que Dios realiza en medio de los hombres a través nuestro. Así podemos hacer que cada día nuestro sea maravilloso, pero podemos hacer también que sea maravilloso para los que están a nuestro lado. Demos gracias a Dios con el corazón lleno de la alegría del Espíritu.

viernes, 5 de octubre de 2018

Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor


Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21 Mateo 7, 7-11

Es algo que nos suele suceder. Somos muy prontos para pedir ayuda en nuestras necesidades o problemas, pero tenemos el peligro de que pronto olvidemos a quien nos socorrió, quien estuvo a nuestro lado, quien nos prestó su ayuda y su apoyo cuando más lo necesitábamos. Es de corazón noble el ser agradecidos, pero tenemos el peligro de hacernos unos engreídos y pensar que todo lo conseguimos por nuestras fuerzas y capacidades o por nuestro valor y olvidamos pronto cuando éramos débiles y necesitados y pedimos ayuda.
Son cosas que nos pueden pasar y que observamos en muchas ocasiones en nuestro entorno o pasivamente lo hemos sufrido, cuando hemos ayudado a alguien y no ha sido agradecido con nosotros, sino que más bien se ha mostrado arrogante y engreído creyéndose que se valía solo por si mismo.
Esto que sucede con demasiada frecuencia – y no digo que todos sean o seamos así – en nuestras relaciones humanas nos sucede también en nuestra relación con Dios. Aquí podríamos recordar aquel episodio del evangelio de los diez leprosos que fueron curados en el camino, pero que solo uno volvió hasta Jesús para darle gracias.
Hoy la liturgia nos ofrece en este principio de temporada una jornada de petición, de reconciliación y de acción de gracias. Hemos recomenzado al menos en nuestro hemisferio después de las vacaciones de verano las diversas tareas de nuestra vida ordinaria, como puede ser la vuelta al curso escolar o el recomienzo después de terminar la recolección de las cosechas de muchas de las actividades de la agricultura, y la iglesia nos ofrece esta jornada de oración especial, como hemos mencionado.
Los textos que nos ofrece la liturgia son bellos. Desde aquel recordatorio de Moisés al pueblo para que cuando se establecieran en la tierra que Dios les había prometido y comenzaran a prosperar en sus trabajos y tareas y en el bienestar de su vida no olvidaran que fueron esclavos en Egipto y peregrinos por el desierto de lo que el Señor les liberó y no se olvidaran del Señor su Dios. Como decíamos antes, nos sucede igual. Cuando llegan días y tiempos de prosperidad qué pronto nos olvidamos de Dios, qué pronto nos volvemos autosuficientes y engreídos para pensar que solo por nosotros mismos nos valemos y no necesitamos de la mano poderosa y llena de amor de Dios que nos protege y está con nosotros.
Nos hablan también los textos de hoy de la necesidad de la oración pero de la confianza con que hemos de orar en todo momento a Dios nuestro Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis…’ y nos recuerda Jesús que Dios es nuestro Padre y un padre siempre dará lo mejor a sus hijos.
Y bueno es también que reconozcamos nuestras debilidades que nos llevan al desencuentro con Dios y con los hermanos en tantas ocasiones que llenamos nuestro corazón de orgullo, de egoísmo y de insolidaridad. Nos pide san Pablo que nos reconciliemos los unos con los otros porque sepamos aceptarnos y perdonarnos para acogernos mutuamente en el amor, pero que también nos dejemos reconciliar con Dios, que nos ofrece siempre su amor y su perdón.
Una buena ocasión para detenernos un poco, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios para emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor en nuestra vida que como cantaba María el Poderoso hace cosas maravillosas en nuestra pequeñez.

jueves, 4 de octubre de 2018

El discípulo de Jesús ha de manifestarse en todo momento como mensajero de paz con nuestras palabras, nuestros gestos y las pequeñas cosas de cada día


El discípulo de Jesús ha de manifestarse en todo momento como mensajero de paz con nuestras palabras, nuestros gestos y las pequeñas cosas de cada día

Job. 19, 21-27; Sal 26; Lucas 10, 1-12

Las costumbres van cambiando o desapareciendo, pero recuerdo lo que de niño nos enseñaban o simplemente escuchábamos a nuestros mayores cuando se tocaba en la puerta de una casa, al respondernos desde dentro ¿quién es?, el que llamaba respondía con una palabra ‘la paz… la paz de Dios’. Una señal de educación y corrección es cierto pero que en el fondo era algo que quería significar mucho; quien llegaba a la casa venía en son de paz, venía con la paz y la paz era lo que se quería encontrar.
Ojalá fuéramos con esa actitud siempre por la vida. Hemos de reconocer que muchas veces vamos demasiado airados, con mucha violencia acumulada dentro de nosotros que ante el mínimo roce hace saltar fácilmente la chispa. Son detalles que manifestamos en muchas reacciones ante cualquier cosa, fácilmente levantamos la voz y gritamos, tenemos una frase dura con la que contestar; ante cualquier cosa que no nos guste o vaya en contra de nuestras apreciaciones o nos parezca que se interponga en lo que estamos haciendo saltamos con violencia, que muchas veces, es cierto, se queda en palabras, pero que está expresando toda esa ira contenida que llevamos dentro.
Podríamos fijarnos en muchos detalles de nuestra vida de cada día, pienso por ejemplo en la circulación con nuestros vehículos cuantas cosas le decimos al conductor que haya hecho alguna maniobra que se interponga en nuestro paso, como podíamos pensar en tantos otros contratiempos que nos van surgiendo continuamente.
Si nos preguntan decimos que nosotros somos personas de paz y somos capaces de hacer manifestaciones grandilocuentes defendiendo la paz, pero vayamos a cualquier manifestación en la que reivindiquemos algo y observemos cómo nos comportamos, y en qué suelen terminar esas manifestaciones que decimos que son pacificas. Nos cuesta el diálogo y el entendimiento, nos cuesta reconocer que podemos equivocarnos y que el otro tiene la razón sobre lo que discutimos, nos acaloramos con facilidad.
Me he extendido mucho en este preámbulo del comentario evangélico que queremos hacer, pero es bueno que aterricemos en cosas concretas de la vida que hemos de saber iluminar con la luz del evangelio. 
Globalmente el texto del evangelio de hoy nos  habla del envío que hace Jesús de sus primeros discípulos y apóstoles a anunciar el Reino. Y se extiende Jesús en una serie de recomendaciones de cómo han de hacerlo. Y creo que una recomendación importante es este mensaje de paz que han de llevar no solo con sus palabras sino con sus actitudes y comportamientos. Han de ir confiados en Dios y no en sus propias capacidades, se han de manifestar con pobreza de tal manera que han de dejar que sean acogidos por los demás, y en medio siempre la paz. Es una característica importante del Reino de Dios que anuncian. Por eso ha de ser su primera palabra y su principal anuncio.
Ya previene Jesús que en alguna ocasión no van a ser acogidos, sino más bien rechazados y no van a encontrar esa paz de la acogida. Su reacción ha de ser siempre la de la paz. Nunca han de responder queriendo imponer su mensaje, si no lo reciben han de marchar a otro lugar a hacer el mismo anuncio.
¿Seremos hoy los discípulos de Jesús verdaderos mensajeros de paz? No se nos pide que hagamos grandes cosas sino que en esas pequeñas cosas de cada día, allí donde estamos y convivimos con los más cercanos a nosotros siempre hemos de presentarnos como hombres y mujeres de paz. La paz de Dios ha de ser nuestra respuesta y nuestra actitud. Celebramos hoy a san Francisco cuya vida fue y sigue siendo todo un verdadero instrumento de paz para el mundo.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Es importante en la vida ser maduros de verdad para mantener el ritmo aunque no veamos resultados y ser perseverantes con la esperanza de alcanzar la meta


Es importante en la vida ser maduros de verdad para mantener el ritmo aunque no veamos resultados y ser perseverantes con la esperanza de alcanzar la meta

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

Caminamos muchas veces en la vida a partir de impulsos momentáneos, pero que nos hacen en muchas ocasiones inestables e inconstantes. Cuando nos falla aquel primer impulso nos desinflamos; en el momento de fervor y entusiasmo nos comemos el mundo, nos hacemos mil proyectos en la cabeza, todo lo vemos fácil y ya nos parece que estamos tocando con la mano el triunfo; pero de la misma manera nos desinflamos ante la menor dificultad, nos sentimos cansados, perdemos las ganas de luchar, todo nos parece negro y nos dan ganas de tirar la toalla para irnos a otra cosa o a otra parte, porque parece que aquello en lo que pusimos al principio tanto entusiasmo fue solo un sueño o una utopía inalcanzable.
Es difícil la serenidad, es difícil ser maduros de verdad para mantener un ritmo aunque algunas veces no veamos resultados, es difícil mantener la constancia y la perseverancia para tener la esperanza de que al final lo conseguiremos. El que persevere hasta el final, nos dice Jesús, se salvará. El que persevere a pesar de las dificultades o del trabajo que algunas veces se nos puede hacer duro, es el que puede llegar a conseguir algo que en verdad merezca la pena. El esfuerzo que mantenemos hace valioso lo que trabajamos; y esto en todos los aspectos de la vida.
Tenemos que tener sueños, trazarnos metas porque eso nos ayuda a caminar, a avanzar, a no quedarnos en lo que ya está trillado de siempre; pero al mismo tiempo tenemos que ser realistas, poner los pies sobre la tierra analizando nuestras posibilidades, siendo conscientes de las dificultades que encontraremos y el esfuerzo que tenemos que realizar, no estar mirando siempre para atrás para añorar lo que quizá tuvimos que dejar, no entreteniéndonos en cosas superfluas e innecesarias, buscando lo que de verdad tiene valor aunque nos cueste.
No podemos andar en la vida como si siempre estuviéramos cansados, aunque también tenemos que programarnos nuestro descanso, como quien dice, para recargar pilas, pero sin perder de vista la meta que nos hemos trazado. Desgraciadamente vemos en la vida mucha gente que se siente cansada, que se desinfla fácilmente, que pierde la ilusión, y es que estamos por otra parte creando generaciones a las que pretendemos darle todo hecho y no los hemos educado en el valor del sacrificio y del esfuerzo.
En el texto del evangelio de hoy aparece el episodio en que diversos jóvenes quieren seguir a Jesús o a los que Jesús invita a seguirle. Por una parte uno esta dispuesto a todo por seguir a Jesús, ‘Maestro, te seguiré a donde vayas’. Pero Jesús le hace reflexionar, le hace poner los pies sobre la tierra invitándole a pensárselo mejor, porque seguir a Jesús no significa que va a tener siempre el camino fácil, y ha de saberlo. Por eso Jesús le dice: ‘Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. Con ello Jesús le hace ser realista, diciéndole que no todo es fácil y que seguir a Jesús no es para tener una vida fácil o de éxitos.
Por otra parte Jesús invita a otros, que estarían dispuestos a seguir a Jesús, pero quieren antes resolver sus problemas, dejar las cosas arregladas, pidiendo como plazos para seguir a Jesús. Y aquí Jesús es radical como  nos dirá en otro momento o con El o contra El. Si decimos que queremos seguir a Jesús o somos invitados a ello, hemos de saber hacer como un día Pedro y los otros primeros discípulos que lo dejaron todo para seguir a Jesús. Por eso ahora le dice ‘deja que los muertos entierren a sus muertos’, o como le dice al otro ‘el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno de mi’.
Como decíamos al principio de nuestra reflexión es el realismo con que nos trazamos nuestras metas o ponemos ideales en nuestra vida, pero es la perseverancia aunque vayamos encontrando tropiezos en el camino de la vida. Como decíamos, nos vale en todos los aspectos de la vida, es muy importante cuando hacemos nuestra opción de fe por Jesús para seguirle para ser su discípulo de verdad.

martes, 2 de octubre de 2018

Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino… respétalo y obedécelo…


Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino… respétalo y obedécelo…

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10

‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. …’
Hoy celebramos el Santo Ángel de la Guarda. Los que somos mayores quizás recordamos las oraciones que nos enseñaron de pequeños al santo Ángel de la Guarda, pidiendo su compañía y su presencia que nos protegiese en todo momento, de noche y de día. oraciones que se nos han quedado quizás lejanas en el recuerdo, si acaso no olvidadas, pero seguramente ya nunca rezadas, porque en las carreras de la vida nos parece que ya no necesitamos ninguna protección o que por nosotros mismos ya cuidamos de guardarnos. Las generaciones jóvenes quizá no han tenido la oportunidad de pensar en el ángel de la guarda, o acaso más se duerman con el WhatsApp en la mano que con una oración en su mente y en su corazón.
Sin embargo hoy es fácil escuchar hablar de espíritus malignos con sus malas influencias y cosas por el estilo dejándose arrastrar por cosas que dicen resucitar de tradiciones que llaman ancestrales o por no sé qué otras influencias. Florecen de nuevo los santeros o como queramos llamarlos que se dicen poseídos de unos dones especiales que pueden liberarnos de malos espíritus y no sé cuantas supersticiones más muchas veces movidas vete a saber por qué intereses.
Sin embargo no queremos oír hablar de ese Ángel de la Guarda que Dios ha puesto junto a nosotros, que nos protege y nos inspira en nuestro corazón tantas cosas buenas. Es el que nos conduce por los caminos del bien, el que allá en nuestro interior despierta nuestra conciencia ante las tentaciones del mal que nos acechan por todas partes. Es un signo de la presencia de Dios en nuestra vida que siempre nos acompaña y nos llena de bendiciones.
El texto sagrado que hemos mencionado al principio y que hoy nos ofrece la Palabra de Dios hace referencia en concreto a lo que el pueblo de Israel vivió en su peregrinación por el desierto. ‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado...’ Y recordamos como en la Biblia se nos habla tantas veces del Ángel del Señor que se les manifiesta a los antiguos Patriarcas para significar la presencia de Dios que les habla.
Ojalá nosotros sepamos sentir esa presencia divina en nosotros, ese espíritu celestial que nos protege, nos guía, nos ilumina, inspira en nuestro corazón el deseo de cosas buenas, nos previene contra el mal y nos hace sentir la fortaleza de Dios en la tentación. Muchas veces casi sin darnos cuenta sentimos esa presencia divina en nosotros porque sentimos el deseo de algo buena, o nos surge una buena inspiración de algo en lo que quizás nosotros ni habíamos pensado. ¿Por qué no pensar en esa inspiración del ángel celestial que está junto a nosotros?

lunes, 1 de octubre de 2018

La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita



La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Probablemente a nadie le gusta que lo traten como a un niño. Hasta los mismos niños en la medida en que van creciendo siempre están aspirando a ser mayores, para que los traten como mayores y para tener su propia autonomía y en la manera de ver las cosas su propia libertad para sentirse mayores, hacer lo que cada uno quiere y no sentir que nadie les impone lo que deben hacer o como deben actuar. Esos deseos de autonomía, de libertad, de sentirse mayores es algo que llevamos innato dentro de nosotros.
Pero, sin embargo, en ocasiones pareciera que quisiéramos seguir siendo niños – quizá por aquello de rehuir responsabilidades – o quisiéramos seguir siendo niños porque parece que necesitamos de una ternura y de un cariño que en la medida en que vamos siendo mayores quizás no nos expresan con la misma intensidad los que están a nuestro lado, pero deseamos esa ternura, esos mimos o cariños que puedan tener con nosotros. Podría parecer incongruencias pero cosas así algunas veces nos suceden.
Pero también hay otros aspectos de inocencia, de espontaneidad, o de unos deseos de búsqueda y en cierto modo aventura que quizá algunas veces añoramos; pero también podríamos tener en cuenta esa inocencia o esa ausencia de malicia que tiene un niño, esa visión quizá idílica en que todo le pueda parecer bueno y hermoso y le hace darse, ser generoso, expresar espontáneamente esos gestos de cariño hacia aquellos que quiere y que le quieren, esa disponibilidad natural para acercarse al otro sin prejuicios y sin desconfianza, con lo que una vida así parece siempre hermosa y en esas pequeñas cosas nos presentamos felices y con nuestra felicidad y con nuestra sonrisa hacemos felices a los demás.
Con lo que estamos diciendo parece que no es tan malo seguir siendo niños, manifestarnos como niños y con una vida de la que desterremos malicias y prejuicios parece que haríamos un mundo más feliz. Esa sonrisa espontánea e inocente del que no tiene malicia ni se deja influir por desconfianzas parece que nos gana el corazón y nos contagia y pudiera ser que nos impulsara a vivir también con esa sonrisa en el corazón y sentimos que nuestro mundo seria mucho mejor si así desterráramos esos prejuicios y desconfianzas, esas malicias que nos harían mirar con unos ojos enrevesados a los que están a nuestro lado.
Esa espontaneidad, esa disponibilidad generosa a hacer siempre cosas buenas haría en verdad que nuestro corazón y nuestra vida se llenara de luz, una luz que contagiaría a nuestro mundo que tanto lo necesita.
Cuando los discípulos andaban discutiendo sobre quien era el más grande, Jesús puso un niño en medio de ellos y les dijo que había que hacerse como un niño, que había que saber acoger a un niño, que quien se hiciera pequeño en el servicio y en el amor, en la humildad y en la sencillez estaría entendiendo lo que era ser grande en el Reino de los cielos. Un poco, podíamos decir, que Jesús les echa un jarro de agua fría sobre ellos cuando estaban aspirando a grandezas y ya andaban incluso con discusiones entre ellos a causa de sus ambiciones.
Antes decíamos que no queríamos que nos trataran como  niños, que aspirábamos siempre a ser grandes, pero en nuestra reflexión fuimos derivando hasta descubrir la belleza de la vida que en un niño podemos descubrir. Es lo que Jesús nos quiere hacer ver. Con ambiciones que nos enfrentan, con apetencias que nos llenan de trampas y malicias no vamos a ninguna parte. Con disponibilidad, con generosidad, con sencillez, con gestos pequeños, con una sonrisa, con un detalle podemos llegar lejos. Es el camino que hemos de saber recorrer, que muchas veces nos cuesta tanto por la carga de ambiciones, de orgullos, de apetencias, de malicias que llevamos en nuestro corazón.
‘Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos’, no lograréis entender de verdad lo que significa vivir el Reino de Dios.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones



Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Ojalá todos tuviéramos la clarividencia suficiente para saber hacer una buena lectura de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o que acaecen en nuestro entorno. Admiramos a esas personas que saben discernir claramente y con objetividad cuanto sucede. Suelen ser personas reflexivas que saben rumiar lo que ven o lo que escuchan, personas en las que encontramos una profundidad y madurez elogiables en sus pensamientos, en su decirnos las cosas y que nos ayudan a que podamos comprender el por qué de cuanto sucede y de alguna manera nos están previniendo ante lo que pueda suceder para ayudarnos a estar preparados para que seamos capaces de actuar con madurez.
Ojalá fuéramos todos así, pero ojalá al menos no nos falten a nuestro lado esas personas que nos puedan ayudar a abrir nuestros ojos, a darle un contenido profundo a nuestra vida y a que aprendamos a actuar siempre con rectitud y madurez.
Desde una lectura creyente de la vida y de cuanto nos sucede o podemos contemplar esas personas podemos decir que están llenos del Espíritu divino, están empapados de la sabiduría de Dios. Esa fue la misión de los profetas. Algunas veces nos quedamos con la idea que el profeta es el que es capaz de predecir el futuro, pero profeta es mucho más que eso. Es el que sabe tener la mirada de Dios, es la persona que se ha dejado inundar por el Espíritu divino sabiendo, pues, tener en su vida esos ojos de Dios para mirar y para comprender la vida y cuanto nos sucede.
Así los profetas antiguos leían la historia que estaban viviendo con esos ojos y sabiduría de Dios para saber interpretar en esos acontecimientos el querer de Dios, la rectitud con que habían de vivir sus vidas, los caminos por los que habían de transcurrir los pasos que en la historia había de dar el pueblo de Dios en su fidelidad a la Alianza con el Señor. Desde esa mirada llena de Dios les hacían anuncios de lo que habían de ser esos tiempos nuevos por los que habían de luchar en su fidelidad a los caminos que el Señor trazaba para sus vidas.
El episodio que nos narra la primera lectura de hoy se nos habla de aquellos a los que Moisés infundió ese espíritu de Dios, pero no era para que fueran profetas simplemente anunciadores de futuro, sino para que fueran esos hombres llenos del Espíritu ayudaran a Moisés en el gobierno, por así decirlo, del pueblo que peregrinaba por el desierto y al que Moisés por si solo no podía atender en sus reclamaciones de justicia.
Iban a ser esos hombres llenos de rectitud y justicia, en quienes se había infundido el Espíritu que ayudarían al pueblo a vivir en esa rectitud y justicia. ‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, le dice Moisés a Josué cuando viene a decirle que dos que no estaban en el grupo cuando ritualmente Moisés les había infundido el Espíritu, sin embargo andaban profetizando por el campamento.
Es el sentido también del episodio del evangelio cuando Juan viene diciéndole a Jesús que en sus andanzas se habían encontrado a algunos que sin ser del grupo de los discípulos sin embargo andaban expulsando los demonios en el nombre de Jesús y ellos se lo habían querido impedir. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, había dicho Moisés. Pero sus palabras sí podemos decir que son proféticas. Con Jesús eso es posible, a partir de Jesús esto se hace realidad en nuestra vida. El cristiano es el que está lleno del Espíritu del Señor. Como un don se nos ha dado en el Bautismo y sobre todo en el sacramento de la confirmación. ‘Por esta señal recibe el don del Espíritu Santo’, no dijo el Obispo al imponernos sus manos y ungirnos con el crisma santo. Desde esa unción del Espíritu todo cristiano se ha convertido también en profeta en medio del pueblo de Dios. Somos un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes.
Es nuestra identidad, es nuestra misión, es el ser de nuestra vida. Si al principio hablamos de cómo admiramos a esas personas que saben tener esa mirada especial con el que saben descubrir el sentido de las cosas, el valor de lo que vivimos y con clarividencia saben encontrar esos caminos de rectitud y justicia para nuestras vidas, tendríamos que decir que en eso habríamos todos de resplandecer. Es la espiritualidad de la que tendría que estar impregnado todo cristiano, es ese sentido de la fe con que hemos de vivir nuestra vida, es esa nueva mirada que hemos de saber tener sobre las cosas y cuanto sucede para descubrir el sentido de Dios, ese nuevo sentido con que hemos de vivir cada cosas y cada momento.
De esas personas que saben tener ese sentido decimos que son espirituales, porque miran con los ojos del Espíritu, saben mirar desde el corazón y saben descubrir la cara más hermosa de las cosas y de la vida. Tendríamos que ser todos así de espirituales, hombres del Espíritu, personas llenas de Dios. Es un don de Dios que como semilla está sembrada en nuestro corazón, pero que hemos de saber cultivar. No basta solo echar la semilla en la tierra, sino que hemos de realizar todas las tareas del cultivo para poder obtener el mejor fruto.
Es lo que muchas veces nos falta a nosotros los cristianos, que no siempre somos los hombres reflexivos y de oración que tendríamos que hacer, no siempre saber rumiar en nuestro interior cuanto a nosotros llegar para sacar lo mejor de cuanto recibimos, como lo mejor de nosotros mismos. En nosotros tiene que haber esa clarividencia, en nosotros ha de haber esa mirada nueva, en nosotros tiene que haber esa profundidad de vida, en nosotros ha de resplandecer esa espiritualidad que nace de Cristo que habita en nuestros corazones.