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sábado, 22 de abril de 2023

Jesús está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

 

Jesús está
diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

No nos gusta sentirnos solos; y no lo digo solo en el sentido de que estemos o no estemos rodeados de gente, sino que en aquello que estamos realizando, en la propia tarea de la vida podamos sentir una presencia que nos ayude, que nos estimule, que nos dé fuerzas en aquellas situaciones por las que pasamos en muchas ocasiones adversas; es la más amarga soledad, porque incluso podemos ver muchas gentes a nuestro lado y no nos sirve, no ayudan, no estimulan, no son fuerza para nosotros.

Los discípulos aquel atardecer en el lago iban sintiendo esa soledad; es cierto que estaban todos juntos, pero les faltaba quien era en verdad el empuje para ellos. Después de la experiencia de aquel día, en que tantas cosas habían sucedido, cuando Jesús se los había llevado para estar a solas con ellos, las tornas se habían virado, y al encontrarse con una multitud que les esperaba Jesús se dedicó a esa gente que veía desorientada como ovejas sin pastor; se había puesto a enseñarles y al final había sucedido lo de la multiplicación de los panes, donde Jesús había querido implicarles a ellos también.

Viendo Jesús lo que podía suceder cuando la gente se fue entusiasmando y ya querían proclamarle rey y Mesías, los embarcó rumbo a Cafarnaún y El se había quedado solo en la montaña. Pero Jesús no había aparecido para ir con ellos, el anochecer se iba haciendo largo y estaba costoso lo del remar. Sienten que Jesús no está con ellos. Lo necesitan.

Y Jesús comienza a caminar a su lado sobre las aguas. No entienden, les parece un fantasma y mayores fueron los miedos y los temores. Pero Jesús les dice que está allí. Quieren hacerlo subir a la barca y cuando menos se dan cuenta han llegado a Cafarnaún. Con Jesús a su lado parece que la travesía fue mejor y daba la impresión que se había hecho corta.

¿Habremos estado en travesías de la vida donde nos hemos sentido solos y sin fuerzas? Llamémoslo como queramos, pero situaciones así habremos seguramente pasado muchas. Momentos en que en la vida nos ha aparecido el desánimo, el cansancio, hasta el aburrimiento en lo que estábamos haciendo porque hasta nos parecía que muchas de aquellas cosas no tenían sentido. Los problemas nos han abrumado muchas veces y nuestras barca parece que no avanza, no conseguimos alcanzar las metas con las que soñamos, muchos reveses nos hacen sentir en ocasiones como fracasados, también nos llenamos de miedo en la vida ante el futuro, ante lo que podemos hacer, ante responsabilidades que tenemos que asumir. Y algunas veces no sabemos a quién acudir.

Hay mucha gente a nuestro alrededor, ahí están quizás los amigos de siempre, por otra parte está la familia, pero nos parece que cada uno va a lo suyo, que cada uno tiene sus problemas y por qué vamos a ir con un problema más que somos nosotros, y nos parece perder la estabilidad en la vida, nos hundimos o no sabemos cómo salir del atolladero.

¿Nos olvidamos que Jesús va ahí a nuestro lado aunque no nos demos cuenta, que El está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, caminemos por encima de esas situaciones por las que estamos pasando que no nos tienen que hacer perder la paz, que alguien nos sostiene? Somos tan débiles en nuestra fe que no sabemos reaccionar, no sabemos mirar, no sabemos sentir esa presencia del Señor que nunca nos faltará para que podamos llegar a puerto. Y la presencia del Señor se nos manifestará de muchas diferentes maneras. Tengamos ojos de fe para descubrirlas.

viernes, 21 de abril de 2023

Nunca nos podemos quedar paralizados ante la magnitud de los problemas, Jesús nos pone siempre en camino de buscar los cinco panes de cebada y los dos peces

 


Nunca nos podemos quedar paralizados ante la magnitud de los problemas, Jesús nos pone siempre en camino de buscar los cinco panes de cebada y los dos peces

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

Nos es fácil encontrar solución para los problemas. Que sean otros los que los resuelvan. Como nosotros no nos veamos implicados, a nosotros no nos toca, pensamos tantas veces. Me diréis que siempre no es así y es cierto que hay personas que no saben cruzarse de brazos ante los problemas, pero hemos de reconocer también que mucha veces nos quedamos paralizados ante la magnitud de los problemas y no sabemos qué hacer, o dejamos más bien que sean otros los que los resuelvan y nosotros como si no los hubiéramos visto. Llevamos muchas veces una carga negativa dentro de nosotros que nos hace insolidarios, que nos hace mirar para otro lado, que queremos pasar como si eso no nos afectara.

Hoy Jesús nos da un buen toque de atención. En este caso ha sido el primero consciente de la magnitud del problema en aquella multitud que se ha reunido en su entorno, que además están en lugares alejados, en despoblados donde no se podría conseguir algo para resolver el problema, y tanteando a los discípulos se pregunta donde podrán encontrar panes para dar de comer a tanta gente. Los discípulos se han sus cálculos, doscientos denarios no serían suficientes para dar de comer a toda aquella gente.

En esta ocasión según el relato del evangelista nadie le está pidiendo a Jesús que haga el milagro de dar de comer a toda aquella multitud. Pero, preguntémonos, si no será de alguna manera lo primero que se nos ocurre cuando vemos que los problemas nos desbordan que nos ponemos a rezar para que Dios nos permita salir bien de esta situación, para que Dios ponga su mano como solemos decir, y nos cure de aquella enfermedad, nos resuelva milagrosamente los problemas.

Pero Jesús les dice a los discípulos, ‘dadle vosotros de comer’. Pero, ¿no decíamos que hacían falta por lo menos doscientos denarios para comprar pan para toda aquella gente? Y si están en despoblado, lejos de las casas, ¿dónde van a ir a comprar pan para darle a aquella multitud? Por allá hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ¿pero qué es esto para tantos?

Sin embargo han comenzado las implicaciones. Allí están los pocos panes de aquel muchacho. Ya han comenzado a mirar alrededor para ver donde hay algo por lo que empezar, aunque sea poco. ¿Serán de alguna manera los pasos que nosotros en situaciones semejantes vamos dando también? Jesús encarga a los discípulos ahora que le digan a la gente que se siente en el suelo. Y Jesús tras la bendición pedirá a los discípulos que comiencen a repartir. No se pueden quedar aquí quietos cruzados de brazos. Y la multitud come hasta hartarse y hasta sobrarán panes. Un nuevo encargo de Jesús, que recojan aquello que ha sobrado para que no se pierda.

Y nosotros tantas veces nos quedamos paralizados, esperando que sean otros los que comiencen a dar solución. Bueno, si está en nuestra mano, también luego podríamos intentar poner nuestro granito de arena, pero nos ha faltado la iniciativa, nos ha podido tantas veces la pasividad. No puede ser ese nuestro camino, nuestra manera de ser y de actuar, siempre hay una mano que poner, y como se suele decir, mano puesta, ayuda es, aunque sea una mano pequeña, aunque sea la mano de un niño.

¿Nos interpelará este evangelio? ¿Seremos capaces de aprender a mirar con ojos nuevos a nuestro alrededor para darnos cuenta de la realidad de nuestro mundo? ¿Caeremos en la cuenta de donde está nuestro lugar?

jueves, 20 de abril de 2023

Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

 


Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Se supone que hablamos de lo que sabemos; lo que sale por nuestros labios, y estamos haciendo referencia a nuestras palabras, es lo que llevamos dentro, lo que son nuestros pensamientos, que pueden ser nuestros deseos, que pueden ser nuestras experiencias, que puede ser la reflexión que nos hacemos sobre la vida, que puede ser lo que hondamente hayamos rumiado, pensado y reflexionado en nuestro interior; podemos incluso equivocarnos, pero es la sinceridad, o debe ser, de nuestro pensamiento; no hemos incluso de tener miedo de equivocarnos mientras haya una búsqueda sincera, que nos lleve a aceptar la verdad que podamos encontrar en lo que nos ofrecen.

Ya sabemos que hay personas que hablan y hablan y no saben de lo que hablan, están vacíos, pero de todo quieren saber; no reflexionan  hondamente pero de todo quieren opinar y en muchas ocasiones incluso pontificar dándoselas de sabios, pero donde se nota pronto el vacío que llevan dentro. Algo que tenemos que cuidar, algo de lo que también hemos de precavernos para no caer en esas redes ilusorias que nada dicen, nada nos pueden ofrecer.

¿A quien escuchamos? ¿Qué es lo que muchas veces se nos ofrece en nuestro entorno? Da gusto escuchar palabras sabias, palabras que te hacen pensar y reflexionar, palabras que te enriquecen, palabras quizás que te plantean interrogantes no para desorientarte sino para ayudarte a encontrar la verdad, palabras que se te ofrecen con sencillez, pero que van dando lustre a tu espíritu porque le dan hondura a tu vida. No es fácil en ocasiones encontrarlas, porque muchas veces encontramos vacío.

 Palabras que también tenemos que discernir para en medio de la arena encontrar la piedra preciosa. Sin confundirnos, con paciencia y con humildad, poniendo en juego toda nuestra inteligencia para dejar a un lado la escoria. Y eso cuesta, nos exige también esfuerzo, voluntad, constancia, perseverancia.

En Jesús encontramos esa fuente de sabiduría. Cuando decimos que creemos en El es porque en El hemos encontrado esa verdad que nos da vida, nos pone en camino de verdadera plenitud, nos llena de la sabiduría de Dios. Como nos dice hoy en el Evangelio ‘el que viene de lo alto está por encima de todos, el que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra el que viene del cielo está por encima de todos, de lo que ha visto y ha oído da testimonio…’

Ya nos lo repite muchas veces que El viene de Dios y nos viene a trasmitir la sabiduría de Dios. Por algo desde el principio del evangelio de san Juan se nos dice que es la Palabra, que estaba en Dios, que viene de Dios, y que viene como luz y como vida para el mundo. Es la Palabra que ha plantado su tienda entre nosotros. Es la Palabra que tenemos que escuchar y plantar en nuestro corazón. Es la Palabra que nos da vida y nos llena de salvación. Aunque a veces no queremos escucharla, a veces nos cuesta escucharla, porque son muchos los ecos de palabras vacías que resuenan a nuestro alrededor y nos ensordecen.

Hoy nos dice que ‘el que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida’. Y concluye diciéndonos que ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. 

Escuchemos pues a Jesús, dejémonos empapar por su Evangelio. Es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios. Es quien va a dar verdadero hondura a nuestra vida, verdadero sentido y valor a nuestra existencia.

miércoles, 19 de abril de 2023

Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

 


Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Hemos retomado esta semana el evangelio de Juan que nos acompañará en todo este tiempo pascua y hemos partido del encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que fue de noche a ver a Jesús.

El tema de la luz y de las tinieblas es bien significativo en el evangelio de san Juan; en diversos momentos aparecerá esta imagen y no hemos de perder de vista lo que el evangelio está queriendo transmitirnos. Ya al principio del evangelio nos habló de la luz que era la vida, pero que la tiniebla rechazó, no quiso recibir. En diversos momentos del evangelio volverá a aparecer esta imagen por ejemplo en la curación de los ciegos que vuelven a encontrarse con la luz. Pero siempre por detrás irá apareciendo la contraimagen de los que prefieren las tinieblas, de los que rechazan la luz cuando rechazan a Jesús.

Nicodemo estaba también en tinieblas – era de noche cuando fue a ver a Jesús – pero es alguien que está buscando la luz. Su encuentro con Jesús es de alguna manera un dejarse interrogar por Jesús que le habla de una nueva luz, de un nuevo nacimiento. Pero el encuentro con esa luz parte del amor. Todo el evangelio viene a ser un anuncio de lo que es el amor de Dios, un amor tan grande, como nos dice hoy, que nos entregó a su propio Hijo.

Una entrega de amor que se convertirá en lo más sublime en una entrega incluso cruenta, cuando Jesús muere por nosotros. Ese encuentro con Jesús que así se entrega por nosotros se convierte en el juicio de Dios. Pero Dios no ha enviado su Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El. Por eso hemos de creer en El y quien crea en Jesús encontrará la salvación. Se nos repetirá tanto en la teofanía del Bautismo como en la del Tabor que es el Hijo amado y predilecto de Dios a quien tenemos que escuchar. Por eso esa entrega de Jesús será para nuestra salvación.

Ya nos dirá Jesús allá en Betania cuando lo de la resurrección de Lázaro que El es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre. Es el paso necesario de nuestra fe, es el paso necesario de escuchar a Jesús, es el paso necesario de Jesús en Jesús. Jesús es la Buena Noticia de salvación para el hombre de todos los tiempos. Por eso ha enviado a sus discípulos por todo el mundo a hacer ese anuncio del evangelio para que el que crea en El se salve, encuentre la salvación.

Nos acercamos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz. Es cierto que no siempre nuestras obras no han sido buenas, y podemos tener el temor de acercarnos a la luz porque se descubriría la maldad que tantas veces nos ha acompañado en nuestra vida. Pero porque creemos en Jesús, que nos vino a traer la salvación, no tememos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz, porque para nosotros es una luz que nos salva, que nos ilumina, que transforma nuestras tinieblas en obras de luz. Y lo podemos hacer con toda esperanza porque nos confiamos al amor de Dios que nos envía a su Hijo no para condenación sino para salvación.

No lo olvidemos, tenemos que repetírnoslo muchas veces. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Es nuestra fe, es nuestra esperanza, es la seguridad de la salvación. Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy.

martes, 18 de abril de 2023

Vayamos a estar con Jesús, como Nicodemo de noche, para bebernos cada palabra y cada gesto, para escucharle en lo hondo, para llenarnos del sentido de Jesús

 


Vayamos a estar con Jesús, como Nicodemo de noche, para bebernos cada palabra y cada gesto, para escucharle en lo hondo, para llenarnos del sentido de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15

Se le hace difícil a Nicodemo entender las palabras de Jesús. Como nos cuesta a nosotros también tantas veces. Es necesario, por así decirlo, estar en la onda, tener como una sintonía especial, porque tampoco podemos hacer nuestras interpretaciones a nuestra manera.

Pasa tantas veces con las interpretaciones que nos hacemos de tantas cosas. Sin ir más lejos, son los juicios y prejuicios que nos hacemos los unos de los otros. Vemos algo y le damos nuestra interpretación, vemos el actuar de alguien, y sobre todo cuando no son personas o cosas de nuestro gusto, hacemos nuestra interpretación que muchas veces se hace maliciosa, prejuzgando a la persona sin saber las circunstancias en las que se encuentra, los problemas que puede haber detrás y que nosotros no conocemos, las frustraciones que esa persona ha tenido anteriormente y ahora le hace actuar de determinada manera. Por eso, cuidemos nuestros juicios. Lo digo como ejemplo, pero también constatando realidades de los juicios en cierto modo injustos que tantas veces nos hacemos de los demás.

Y en esto de las interpretaciones que nos hacemos del evangelio, del actuar de la Iglesia en determinados momentos y cosas así también nos encontramos con una variopinta diversidad de opiniones. Se habla de la Iglesia y lo hacemos desde nuestros parámetros humanos y muchas veces hasta políticos, creando una confusión; miramos a la Iglesia como si fuera una sociedad cualquiera y la despojamos de su elemento religioso y sobrenatural, porque quizá de eso no entendemos ni queremos entender, y vienen los juicios y los prejuicios, las condenas fáciles, las intenciones torcidas e interesadas que queremos ver por todas partes, las ansias de poder que vivimos en nuestra sociedad mundana la trasladamos al seno de la Iglesia, olvidando el espíritu de servicio que hay detrás, por ejemplo, de toda autoridad.

 Cuando no hemos descubierto un verdadero sentido cristiano, no entendemos el sentido de la Iglesia, cuando nos dejamos arrastrar por los criterios del mundo donde todo es cambiante, muchas veces según los intereses de cada uno o la capacidad de encauzar sus propias pasiones, venimos en que tenemos que hacernos una moral a medida y que la Iglesia no tiene que ser tan rígida y que hay muchas cosas que cambiar en torno al sentido de moralidad de la vida, por ejemplo.

No estamos en la onda del sentido cristiano de la vida a partir del evangelio de Jesús, y para adaptarnos al mundo en que vivimos pues tenemos que cambiar hasta los principios del evangelio. Es lo que muchas veces escuchamos en nuestro entorno, es lo que se le pide a la Iglesia. Es quizás la tentación que también sentimos dentro de nosotros mismos.

Hablábamos de que a Nicodemo le costaba entender a Jesús, como le costó a tantos, como vemos a lo largo del evangelio, y como nos sigue costando hoy. Pero Nicodemo buscaba, quería ser discípulo de Jesús, hoy lo vemos que acude a Jesús y se deja enseñar por Jesús. Quería entrar en la honda de Jesús, aunque le costara. Como nos cuesta a nosotros. Pero tenemos también la actitud de búsqueda de Nicodemo.

Irnos muchas veces en la noche a hablar con Jesús, pero no solo a contarle nuestras cuitas, nuestras penas, nuestras preocupaciones, aunque sea eso siempre lo que vamos a tener muy presente, pero tenemos que saber ir para escuchar a Jesús, para estar con Jesús, para luego ir nosotros rumiando toda esa Palabra de Jesús, porque rumiándola es como la asimilamos y la hacemos en verdad alimento de nuestra vida.

Podemos entonces reconocerlo cuando sea levantado en lo alto, como hoy nos habla. Verlo en lo alto del madero no será para nosotros motivo de escándalo y de salir corriendo a escondernos en otras cosas, sino será quedarnos quietos contemplando, descifrando cada palabra y cada gesto, cada suspiro y cada minuto, podremos reconocer al que viene de Dios, como hizo Nicodemo, podemos reconocer al hombre justo e inocente que tenía que ser el hijo de Dios, como reconocía también el centurión del calvario.

 


lunes, 17 de abril de 2023

Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

 


Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8

Nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no vemos, que quizás ha pasado por una enfermedad y nuestra reacción al encontrarlo distinto es decirle aunque tratemos de hacerlo con la mayor delicadeza ‘pero, ¡qué cambiado estás!’. Nos parece otro, su fisonomía ha cambiado por efecto de lo que padecido, lo notamos distinto. Ya sabemos cómo las enfermedades afectan incluso a la manera de ser de las personas, en su carácter, en su manera de reaccionar, porque lo que algunas veces nos parecen distintos.

Pero no vamos a hablar de esos cambios que en fin de cuentas se reducen a lo exterior de la persona. Hoy tendríamos que pensar en la transformación que tendría que darse en nuestra vida al encontrarnos con la fe, al haber tenido un encuentro y una experiencia vital con el Señor. Cuando de verdad nos hemos dejado envolver por nuestra fe nuestra vida no puede ser igual; es lo que produce ese encuentro vivo con el Señor. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de un nacer de nuevo, de manera que san Pablo en sus cartas nos hablará del  hombre nuevo.

Ya nos hablaba al principio el evangelio de san Juan, que es el que ahora vamos a seguir de una manera intensa escuchando en este tiempo pascual, de un distinto nacimiento, que no es por la carne ni por la sangre, sino que es un nacimiento que nos viene de lo alto, que nos hace hijos de Dios. ‘A los que lo recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Hoy escuchamos el encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que viene de noche a ver a Jesús. ¿Estaba en la oscuridad de la noche buscando la luz? Todo puede ser significativo. Y es que ya Nicodemo de entrada reconoce un algo distinto en Jesús. ‘Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’.

Y es el momento en que Jesús le viene a decir que no basta solo ese reconocimiento sino que tiene que ser una transformación más profunda la que tiene que realizarse en el hombre, en la persona cuando comience a creer en El.  Y habla de un nuevo nacimiento, cosa que va a sorprender a aquel magistrado porque no termina de entender sus palabras. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’. Es el primer anuncio que Jesús ha hecho creer en la Buena Noticia que se les está comunicando, que el Reino de Dios está cerca. Pero no pueden ser solo palabras, tiene que ser como comenzar a tener una vida nueva. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’, no podrá entender lo que es el Reino de Dios, no podrá vivir en ese Reino nuevo de Dios.


Como Nicodemo no entiende porque se está quedando en una literalidad de las palabras Jesús le dirá con toda claridad. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios’. No es solo obra nuestra; es cierto que tenemos que poner nuestra voluntad, la obediencia de la fe, nuestro asentimiento porque solo es una oferta que nos hace Dios a la que nosotros hemos de responder, pero es acción de Dios en nosotros. ‘No han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Como ahora nos dice ‘por el agua y el Espíritu’, que bien significamos en el Bautismo.

¿Estaremos nosotros dispuestos a eso? Cuánto nos cuesta arrancarnos del hombre viejo para ser hombre nuevo. No nos arrancamos sino que nos arrastramos, y mira que son distintas las palabras. ¿Qué respuesta le damos a esa oferta de nueva vida? ¿Estaremos dispuestos a ser distintos? Y no es solo en apariencias o por fisonomía, sino desde lo más hondo de nuestro ser.

domingo, 16 de abril de 2023

Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua, no cerremos las puertas para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios

 


Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua, no cerremos las puertas para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios

Hechos de los apóstoles 2, 42-47; Sal 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

‘Estando las puertas cerradas…’ nos dice por dos veces el evangelista en este corto trozo del evangelio. ¿Querrá expresar una realidad de nuestra vida? ¿Seguiremos estando con las puertas cerradas?

Materialmente, por decirlo de alguna manera, es una realidad de la vida de hoy con tantas inseguridades con las que vivimos. Algunas veces no queremos recordar otros tiempos porque los consideramos peores – ahora que dicen que vamos logrando un estado del bienestar – pero algo que recuerdo de mis tiempos de niño era que habitualmente al menos entre vecinos nadie tenía las puertas cerradas; solamente teníamos que empujar la puerta para entrar dando una voz diciendo que éramos nosotros los que entrábamos.

¿Podemos o no podemos tener las puertas abiertas hoy? Cada uno vera sus miedos o sus inseguridades, pero es que también tenemos el peligro de ir cerrando otras puertas y vías de comunicación con los que tenemos más cerca de nosotros. Fácilmente hoy nos comunicamos de inmediato con alguien que está al otro lado del mundo, pero cuidado no seamos capaces de darle los buenos días al de la puerta de al lado. Hay cerrazones o hay comunicaciones de muy diversa índole que tenemos o no tenemos en cuenta en el día a día.

Pero me da que pensar mucho más este episodio del evangelio de hoy y estas puertas cerradas de los discípulos que se habían encerrado en el cenáculo. ¿Era solamente el miedo a que con ellos pudieran hacer lo mismo que habían hecho con su maestro o era una indecisión, una falta de confianza en lo que Jesús les había dicho y anunciado? ¿No estaba en cierto modo la falta de fe, la falta de confianza en las palabras de Jesús? Creyendo en Jesús hubieran comprendido mejor el sentido de aquella pascua que tan dolorosa les había sido.

Le estaban poniendo puertas a la fe, podríamos decir; como nos sucede a nosotros cuando esa fe nos compromete, nos hace tomar opciones, nos obliga a plantearnos cambios en nuestra vida, nos habla de un vaciarnos de nosotros mismos, de lo que nosotros llamamos nuestras seguridades. Reconozcamos que nos entran nuestros miedos y quisiéramos poner puertas. Como Tomás también queremos palpar por nosotros mismos porque nos parece que eso es lo único que nos da seguridad.

Cuando nos dejamos envolver por la fe seremos capaces de lanzarnos a algo nuevo con la confianza de que estamos en las manos de Dios; ya no tememos desprendernos de todo para compartir, ya miraremos cara a cara al que está a nuestro lado para también tener confianza aunque no lo conozcamos, para sentirlo como un hermano sea quien sea dejando ya a un lado para siempre prejuicios y desconfianzas. Es un camino abierto el que hemos de recorrer para también dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que nos lleva a nosotros a un nuevo actuar.

Despertemos de una vez por todas nuestra fe. Dejémonos sorprender porque el Señor está ahí en nosotros, con nosotros, en medio nuestro cuando antes no éramos capaces de verlo ni tampoco queríamos aceptar el testimonio de los demás. Aquellos discípulos encerrados en el cenáculo aquella tarde ya habían recibido noticias de que el sepulcro estaba vacío, que los ángeles les anunciaban que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo, las mujeres habían venido con la noticia de sus encuentros con Jesús e incluso los discípulos que se habían ido a Emaús había regresado contando cómo  había hecho con ellos el camino y lo habían reconocido al partir el pan. Pero ellos no habían creído, seguían con las puertas cerradas. Lo que le seguía pasando a Tomás que no había querido estar con ellos y por su cuenta se había echado a la calle. ¿Reflejará de algún modo alguna de nuestras actitudes y posturas, de nuestras dudas o de nuestras peticiones de pruebas?

Ahora se llenan de inmensa alegría, nos dice el evangelista. Se han llenado del Espíritu de Jesús resucitado – es el regalo de la pascua – para sentir ya comenzaba una vida nueva de amor, de perdón y de paz. Una alegría que pronto querrán compartir con el discípulo que por haber perdido la comunión con los hermanos había perdido la oportunidad de su encuentro con Jesús y seguía con sus dudas y sus peticiones de pruebas. Bien podían decir ellos ‘hemos visto al Señor’.

Cuando de nuevo se manifieste el Señor resucitado ya también Tomás, que ahora sí estará con ellos, podrá hacer su hermosa confesión de fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’. ¿No tendrá que ser ese también el itinerario de fe de nuestra vida? Descorramos esos velos que nos ciegan y nos hacen permanecer en tinieblas, que se abran las puertas, que desaparezcan las barreras que nacen de nuestro propio egoísmo o de la autosuficiencia de creemos que podemos caminar solos por nuestra cuenta, que busquemos en verdad estar unidos y en nueva comunión sintiéndonos más hermanos para que podamos sentir en nosotros esa presencia del Señor que derrama su misericordia sobre nosotros y nos llena de una nueva paz.

Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios por nuestra vida para que el mundo crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y, creyendo, tenga vida en su nombre.

sábado, 15 de abril de 2023

Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

 


Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Completamos casi la semana de la octava de Pascua en que hemos venido proclamando con toda alegría e intensidad la alegría de la pascua, la alegría de nuestra fe, que venimos a concluir mañana, octava de pascua y fiesta de la misericordia, pero la palabra de Dios que ha ido resonando en estos días aun nos hace detenernos para que nos revisemos cual es la intensidad de la fe que estamos viviendo y celebrando.

Y lo hace en este como resumen que nos hace el evangelista Marcos, es el más breve como lo ha sido todo su evangelio, de lo que fueron esos momentos de pascua de los discípulos de Jesús. Ya Juan en especial, aunque también Lucas, nos recordarán como estaban encerrados los discípulos en el cenáculo desde el momento del prendimiento de Jesús en el huerto. En ese momento se nos dice que lo abandonaron y huyeron.

Salvo la aparición esporádica de Pedro en el patio del Sumo Sacerdote, y ya conocemos sus resultados, y de Juan al pie de la cruz como nos narrará el evangelio de Juan, el refugio, por así decirlo, fue el Cenáculo. Había sido el lugar de la despedida con todas las maravillas que aquella noche en el cenáculo se fueron sucediendo. Habían sido momentos también de tensión y de hondas emociones, donde los signos se habían multiplicado. Y allí vinieron a refugiarse, de manera que se va a convertir como en el centro de la Iglesia naciente.

Allí acude en la mañana de aquel primer día, como nos cuenta hoy Marcos, María Magdalena tras sus experiencias en el sepulcro a donde había acudido con las otras mujeres a querer completar el embalsamamiento del cuerpo muerto de Jesús. Pero Jesús no está en la tumba; los otros evangelistas nos hablarán de aparición de ángeles para decirles que no busquen en el lugar de los muertos al que está vivo, y será María Magdalena la última que regrese al cenáculo para anunciar que Jesús había resucitado. Habría ella vivido, como nos narra Juan, la experiencia de su encuentro con Jesús, al que había confundido con el hortelano. Pero ante la noticia los discípulos no la creen.

Otros discípulos se habían querido marchar a su pueblo, Emaús, pero alguien les había salido al encuentro en el camino, y aunque en principio no lo reconocieron a pesar de que les ardía el corazón mientras les hablaba, cuando sentados a la mesa partió el pan para ellos, lo reconocieron y volvieron a Jesús con la noticia. Pero los que estaban reunidos en el cenáculo tampoco los creyeron.

Será Jesús mismo el que haga sentir su presencia en medio de ellos, entre su estupor, su asombro y finalmente su alegría, y les echará en cara la dureza de su corazón porque no habían querido creer a los testigos. Les abrirá ahora el corazón para que entendieran las Escrituras pero al mismo tiempo les encomienda una misión. Han de ir a llevar esa buena noticia por todo el mundo. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’, les había dicho. Es la misión que tienen, que tenemos que realizar.

¿Seremos también nosotros duros de corazón para no creer, para no aceptar el testimonio que nos pueden ofrecer otros testigos? ¿Seremos también nosotros duros de corazón, se nos habrá encallecido el corazón, nos habremos acostumbrado tanto a esto de la pascua y de la resurrección que en nosotros no haga mella este anuncio?

Aquí con sinceridad tendríamos que preguntarnos muchas cosas, si, preguntarnos por la intensidad que hemos vivido y seguimos viviendo esta pascua. ¿Esa alegría de la pascua de verdad ha estado presente en nuestra vida en estos días? ¿En qué se ha notado? ¿Hemos sido capaces de anunciarla, de testimoniarla con nuestra vida a ese mundo que nos rodea? 

Tenemos que reconocer que a la mayoría de la gente que nos rodea no les dice nada la pascua, ha sido eso, Semana Santa, una ocasión quizás para unas vacaciones, algo que hacen en la Iglesia, unas procesiones que salen a la calle, pero no se han visto en nada implicados. ¿Habrá faltado un testimonio autentico de quienes nos decimos cristianos, un testimonio más intenso y lleno de vida de la misma Iglesia para ser un signo de luz y de esperanza en medio del mundo?

 

viernes, 14 de abril de 2023

Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

 


Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Una noche bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas veces en la vida.

No tenían claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle. ¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.

En el amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros aires, otro sentido.

No hace falta mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro. Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres?  Aquí tenemos la señal.

Ahora ya nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.

No siempre es fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que ese es mi camino?

Alguien quizá está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las voces y señales que nos llegan desde la orilla.

jueves, 13 de abril de 2023

Cada vez que nos reunimos los cristianos hemos de aprender a tener estas vivencias de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros para sentirlo siempre con nosotros

 


Cada vez que nos reunimos los cristianos hemos de aprender a tener estas vivencias de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros para sentirlo siempre con nosotros

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

Alguna vez nos ha sucedido que estando un grupo de amigos reunidos charlando de un amigo que por las circunstancias fatales de la vida ya no está con nosotros, pero recordándolo con cariño habrá un momento en que los recuerdos son tan intensos que nos parece que el amigo está allí como uno más entre ellos. Sentimos quizás una sensación extraña que, como solemos decir, nos pone carne de gallina, nos pone los pelos de punta.

Es algo más que todo eso lo que aquella tarde sintieron todos los discípulos que estaban reunidos en el cenáculo. Habían llegado los de Emaús y contaban cuanto les había sucedido, como no eran sus ojos incapaces de verlo, pero en el momento de partir el pan lo reconocieron. Con entusiasmo contaban unos la experiencia vivida, otros hablaban  de que Jesús incluso se había aparecido a Simón, todos recordaban una y otra vez al maestro, pero al final se dieron cuenta que Jesús estaba allí en medio de ellos.

La fe se había ido despertando en aquellos corazones y los nubarrones que les impedían comprender todo lo sucedido se iban difuminando. Comenzaban a comprender las palabras de Jesús que todo se los había anunciado, pero que ellos no habían querido o no habían podido entender. Su mente se iba abriendo porque Jesús seguía con ellos, y Jesús seguía explicándoles las Escrituras, y ya no era simplemente un recuerdo emocionado, que antes había estado demasiado cargado por los tintes del miedo, pero que ahora se les iba abriendo el Espíritu y podían sentir que era verdad lo que Jesús les había dicho, les había anunciado.

Allí estaba Jesús en medio de ellos. Y no como un fantasma que se aparece, sino como quien está siempre con nosotros pero que tenemos que encender la luz de la vez para poderle ver, para poderle descubrir. Es lo que ahora estaban experimentando. Quizás les ayudaba mucho también lo que venían contando aquellos discípulos que se habían ido a Emaús, que les contaban como Jesús en el camino les había explicado las Escrituras. Y es lo mismo que ahora están sintiendo, es lo mismo que ahora están viviendo porque Jesús está allí con ellos. Es la nueva manera de entender las palabras de Jesús que hablaban de resurrección. Es la nueva manera que a partir de ahora ya para siempre nos hará sentir esa presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros.

No puede ser una cosa efímera lo que vivimos en esta pascua. Tiene que ser algo muy hondo que nos ayude para que de ahora en adelante sigamos sintiendo la pascua, para que de ahora en adelante ya para siempre seamos capaces de ver en todo momento la presencia de Jesús en medio de su Iglesia.

Por eso cada vez que nos reunimos los cristianos tenemos que aprender a tener estas vivencias intensas de la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros. El siempre  nos llenará de su paz. Lo viviremos intensamente mientras estamos en nuestro cenáculo, en nuestras celebraciones, pero eso nos enseñará como en cada momento vamos a sentir que Jesús nos sale al encuentro, que a Jesús los podemos ver en los hermanos, que Jesús está ahí en ese pobre que nos tiende la mano, o en ese corazón atormentado que nos mira con ojos quizás desorientados, pero que está esperando algo de nosotros.

¿Qué le vamos a dar? Mejor, ¿Qué es lo que vamos a recibir? Vamos a recibir a Jesús que nos está saliendo a nuestro encuentro. Por eso despertemos nuestra fe, despertemos nuestras entrañas de solidaridad, despertemos el amor en nuestro corazón para que no quedarnos adormilados, despertemos nuestra vida al Espíritu de Jesús que viene a nosotros y nos inunda.

miércoles, 12 de abril de 2023

Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 


Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104; Lucas 24, 13-35

¡Qué ceguera llevaban los discípulos que caminaban aquel día hacia Emaús que no fueron capaces de reconocer al caminante que se unió a su camino! Se puso a caminar con ellos, comenzaron a comentar lo sucedido ante sus preguntas al verlos tan absorbidos en su dolor, pero ni le miraron a la cara. No podemos decir que fuera de noche, porque aun tardaron tiempo en llegar y porque entonces se hacía de noche le invitaron a no seguir el camino y quedarse con ellos.

¿Nos sucederán cosas así? No es que sea normal pero son cosas que de una forma o de otra muchas veces suceden. Hablamos pero no miramos. Y si vamos ensimismados en nuestras preocupaciones más mirándonos a nosotros mismos vamos por la calle. Cuantas veces alguien nos detiene y nos dice que si no miramos por donde vamos que no conocemos a nadie. Tenemos también la tentación de mirar hacia otro lado porque mirando de cara a cara quizás nos sentimos más comprometidos. Hay veces que nos falta esa humanidad, esa comunicación, ese mirarnos porque quizá queremos ocultar nuestra cara o queremos ocultar nuestra mirada.

Pero Jesús si les estaba mirando y hasta lo más hondo. Brotaron casi sin querer las preocupaciones, las esperanzas que se habían visto frustradas, los desencantos y desconfianzas y cómo se habían venido abajo. Aquel camino en cierto modo era una huida, porque no soportaban más todo lo que había pasado y querían alejarse quizás de Jerusalén y cuando las esperanzas empezaban a marchitarse se iban metiendo en un camino muy lleno de oscuridades. Tanta era la oscuridad de sus corazones que no se atrevían a mirar a la cara a aquel compañero de camino.

Jesús con su presencia, aunque no lo reconocieran, y con su palabra iba encendiendo nuevas luces en sus corazones. Les iba explicando las Escrituras, les iba haciendo comprender el sentido de cuanto había sucedido, les iba preparando el corazón para que en verdad se encontraran con el Cristo vivo y resucitado que les haría resucitar a ellos.

Comenzaba a despertarse la vida porque surgieron los sentimientos de solidaridad. Quédate con nosotros, el camino está lleno de oscuridades y es peligroso, bien lo sabían por cuanto habían pasado, abrieron las puertas de su casa y en su hospitalidad le ofrecieron el compartir el pan. Y fue entonces cuando comenzaron a compartir cuando se les abrieron los ojos, cuando comenzaron a mirar cara a cara al compañero de camino, y reconocieron que era Jesús. Lo reconocieron al partir el pan.

Nos hace falta levantar nuestra mirada, no dejar que vague distraída por tantas cosas que no nos fijemos en las personas, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, para que haya verdadera comunicación, verdadera comunión. Cuanto nos falta y así andamos distraídos por la vida y no nos enteramos del sufrimiento de los demás, no captamos qué es lo que puede en verdad dar alegría a los demás. Tenemos que aprender a mirar más a los ojos de las personas.

Para aquellos discípulos había llegado la luz y ya no importaba el peligro de los caminos, pues corrieron de nuevo a Jerusalén. Tenían que comunicar la alegría que llevaban dentro, porque en verdad Jesús había resucitado. Ellos también habían resucitado con El. ¿Será algo así lo que nos sucederá a nosotros?

martes, 11 de abril de 2023

También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

 


También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Al final podrá María Magdalena correr hasta donde están los discípulos, aún encerrados después de todo lo sucedido, para anunciarles que ha visto al Señor. Pero le ha costado muchas lágrimas. Había estado al pie de la cruz como de las primeras, muy valiente en aquellos momentos difíciles. Le había visto exhalar el último suspiro y había estado muy atenta del sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús. No había podido hacer otra cosa en el día del sábado porque el descanso sabático le impedía realizar el trabajo que tanto estaba deseando.

Ella también quería ser de las primeras que aquel primer día de la semana, pasado ya el sábado y la noche, para venir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero allí no estaba. ¿Se lo habían robado? ¿Quién había tenido tal atrevimiento? Otros evangelistas nos hablaran de las mujeres que habían vuelto y de camino Jesús les había salido al encuentro, o de Magdalena corriendo para anunciar a los discípulos que se habían robado el cuerpo de Jesús – ya lo meditaremos en otro momento – pero Lucas nos habla ahora de María Magdalena, llorosa, a la entrada del sepulcro. Los ángeles que les habían anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús y que no buscasen al que estaba vivo en el reino de la muerte, le preguntan ahora a María Magdalena por qué llora.

No hay otra obsesión en la cabeza de quien tanto había amado a Jesús, porque también tanto se había visto perdonado en su encuentro con Jesús. Repetirá una y otra vez la misma cantinela, ‘porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Ella quería estar con Jesús. Estaría dispuesta incluso a llevarse el cuerpo muerto de Jesús para darle sepultura allí donde ella pudiera estar siempre a su lado, tanto es la fuerza del amor.

Será lo que repite a quien ella cree que es el encargado del huerto. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Está dispuesta a todo. Pero sus lágrimas le han sellado los ojos como para no reconocer con quien está hablando. Cuando nos obsesionamos con nuestras angustias, ciegos y sordos nos volvemos. Hasta lo que era lo más palpable, aquello que siempre habíamos creído y que incluso nos había valido para consolar a otros, ahora de nada nos sirve porque nuestra mente se ha bloqueado.

¿No te he dicho que si crees todo será posible?, le diría un día a Jairo cuando marchaban a su casa y le traían malas nuevas. Es el grano de fe que mueve montañas. Es el grano de fe que nos hará ver las maravillas del Señor. Es lo que le pide a Marta y a María cuando ellas sienten la pena de que Jesús no había estado con ellas en los momentos de la enfermedad y la muerte de su hermano. Te he dicho que si crees vivirá, les dice. Es la fe que va pidiendo a cuantos se acercan a El a lo largo del evangelio. Tú fe te ha salvado. Y no nos podemos dejar envolver por las tinieblas. El centurión romano se siente incluso incapaz de ir por si mismo a pedir a Jesús por su criado, pero cuando se entera que viene Jesús le saldrá al encuentro para reconocer humilde que no es digno de que Jesús vaya a su casa, pero cree en la palabra de Jesús que con solo una palabra puede salvarle.  

Ahora será una palabra la que va a despertar a María Magdalena, le va abrir los ojos porque cesarán ya para siempre sus lágrimas. ‘María’, le dice Jesús. No es necesario más. ‘Maestro’, exclamará la Magdalena y ya la vemos a los pies de Jesús. Se acabaron las tinieblas que velaban sus ojos, se acabaron las angustias que le embargaban el corazón, se acabaron las lágrimas porque ahora todo será alegría y fiesta, ya se podrá quedar aletargado al pie del reino de la muerte sino que correrá a anunciarlo a los hermanos. ‘He visto al Señor, y me ha dicho esto’.

Despertemos nosotros a esa fe, salgamos de nuestro letargo para escuchar también esa Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Nos llama por nuestro nombre y nos envía también al encuentro con los hermanos para hacerles el anuncio de la Palabra de Jesús. Es lo que tenemos que seguir anunciando aunque la gente no nos crea. Quizás muchos nos mirarán con lástima o con desdén cuando nosotros estos días hablamos de la resurrección de Jesús y como nosotros estamos llamados a esa resurrección y a esa vida. Le es más fácil a las gentes del mundo de hoy el creer en reencarnaciones que creer en la resurrección de Jesús y hasta querrán que cambiemos la palabra, porque, nos dicen, tenemos que adaptarnos a los tiempos modernos.

No es cuestión ni de adaptaciones ni modernismos. Nosotros vamos con la experiencia del encuentro vivo con Cristo resucitado como lo hemos vivido en estos días de la semana santa y sobre todo en la noche de la vigilia pascual. Es sentir que Jesús está vivo en esa vida nueva que estamos sintiendo allá en lo más hondo del corazón. Escuchamos también, como Magdalena, esa voz del Señor que nos habla, que nos llama por nuestro nombre, que se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestra existencia toda, por lo que nos sentimos impulsados a algo nuevo, por lo que sentimos esa nueva paz interior.

También pasamos por momentos de lágrimas y de angustias, pasamos por momentos de sentirnos unos bellacos a causa de nuestro pecado, de sentirnos rotos por dentro y sin encontrar salidas para nuestras tinieblas, pero con la presencia de Cristo resucitado en nuestras vidas todo es distinto, hay de verdad una luz que nos guía, hay una fuerza interior que nos impulsa, hay una paz que llena e inunda nuestro corazón porque nos sentimos amados, porque nos sentimos perdonados, porque nos sentimos con esa túnica nueva con que el Padre quiere vestirnos.

Y haya sido lo que haya sido nuestra vida, como María Magdalena a la que Dios había perdonado sus muchos pecados, podemos también hacer el anuncio que nadie nos podrá acallar, es verdad, ha resucitado el Señor.

lunes, 10 de abril de 2023

Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

 


Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15; Mateo 28, 8-15

Si algo que teníamos muchos deseos que sucediera, cuando ya parece que habíamos perdido la esperanza vemos que nos sucede, seguro que la alegría que sintamos será grande, se desbordará muy efusivamente de nuestro corazón; alguien que amábamos con especial amor y que de repente desaparece de nuestra vida y nos parece que ya no volveremos a encontrarlo, si de pronto viene a nuestro encuentro y tenemos la certeza de que ya nunca más lo vamos a perder seguro que nos volveremos locos de alegría.

Aquellas mujeres habían ido llenas de desconsuelo aquella mañana al sepulcro para completar los ritos funerarios de quien había sido el amor de sus vidas y había muerto violentamente; tan violentos habían sido aquellos momentos que por razón del sábado y de la fiesta de la pascua ni siquiera habían podido embalsamarlo debidamente. Ahora venían con el deseo de poderlo realizar, sin pensar ni siquiera quien les correría la pesada piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba rodada, allí no estaba el cuerpo que buscaban y un ser celestial les anuncia que está vivo y vayan a comunicarlo al resto del grupo.

Sorpresa, alegría, miedo y temores quizás, muchas cosas se amontonaban en sus espíritus. Mayor fue la sorpresa, ahora llena de una alegría que nadie podría arrebatarles cuando en el camino de regreso Jesús les sale al encuentro. Los temores se difuminan, ‘no temáis’, les dice Jesús, y la envía con la misión de anunciarlo al resto del grupo. Las primeras misioneras, las primeras enviadas y ahora con la gran noticia que tenía que conmocionar el mundo.

Luego veremos que ni los propios discípulos las creen, pero será el principio de los que rechazan, de los que no quieren creer, de los que siempre lo van a poner en duda, incluso como imaginación de unas mujeres visionarias. Pero será también el principio de una fe que ira creciendo poco a poco y hará que en verdad la noticia se difunda. Ha llegado hasta nuestros días.

Es lo que vivimos y se sigue repitiendo. Es lo que provoca nuestra fe y tendrá que seguir siendo anuncio al mundo que nos rodea. Querrán poner en duda nuestras palabras y nuestras creencias, nos llamarán visionarios y soñadores, pero es algo de lo que estamos convencidos y aun con la debilidad de nuestra vida pecadora tenemos que seguir anunciando.

Como lo hizo Pedro en aquella mañana de Pentecostés como hemos escuchado en la primera lectura. Allí estará Pedro el que profundamente amaba al Señor y que había estado dispuesto a dar la vida por su Señor, pero el que no siempre entendía las palabras y los anuncios de Jesús queriendo quitarle incluso de la cabeza la idea de subir a Jerusalén si allí había de suceder cuanto anunciaba Jesús. 

Allí está Pedro el de la confesión en Cesarea de Filipo el que se deja revelar en su corazón los misterios de Jesús o el que subirá a lo alto de la montaña donde pretenderá edificar unas para que lo que allí está viviendo no se acabe; el Pedro que valiente llevará una espada al huerto, pero que ante las insinuaciones de unas criadas o de quien había participado también en el prendimiento de Jesús niega conocerle; el Pedro que más tarde sentirá la alegría de volver a encontrarse con Jesús y se tirará al agua para llegar más pronto y que le confesará su amor que quiere que ahora de verdad sea para siempre.

Es el Pedro con sus luces y con sus sombras, pero que ahora lleno del Espíritu de Jesús resucitado lo anunciará sin miedo a represalias, sin esconderse en el cenáculo y tendrá la valentía de decir que aquel Jesús que habían crucificado y dado muerte Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías. No teme ahora Pedro porque está convencido de quien es Jesús, el Mesías de Dios, el Hijo de Dios, a quien un día la voz del cielo le había dicho que había que escuchar y seguir. Se acabaron ahora los temores.

Es también nuestra misión. Es el anuncio que hoy, en el año 2023, también con esas nuestras debilidades que arrastramos tras nosotros tenemos que anunciar. No tiene ya que importarnos que nos digan que si hicimos o que si fuimos, porque ahora nos sentimos unos hombres nuevos con el perdón del Señor, con su salvación que nos envuelve. 

No somos nosotros los importantes y por eso no importan ni nuestros méritos ni nuestros deméritos, no importa que quizás nos suceda como aquellas mujeres a las que no creyeron y que a nosotros no nos quieran creer algunas veces ni los propios discípulos del Señor, porque lo importante es el anuncio que tenemos que hacer. 

Tenemos que anunciarlo para que todos puedan verlo y para que todos puedan creer en El.

 

domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.