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sábado, 24 de diciembre de 2011

Bendito el Señor que viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz



2Samuel, 7, 1-5.8-11.16;
 Sal. 88;
 Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo’, es nuestra oración de bendición y alabanza. Nace el Señor y mañana veremos su gloria, como nos dice la liturgia. Se cumple el tiempo en que Dios envió a su Hijo a la tierra, como repiten las antífonas en estas vísperas de la celebración del nacimiento del Señor.
En el evangelio hemos escuchado el cántico de Zacarías. Cuando llegó el momento de la circuncisión de su hijo y señalar que Juan era su nombre, porque así se lo había puesto el ángel del Señor, recobró el habla que había perdido y prorrumpió en este hermoso cántico de alabanza y bendición al Señor.
Llega el Señor; nos viene a visitar y a redimir; se va a manifestar la misericordia del Señor. Aparece y se manifiesta la fuerza salvadora del Señor que estaba anunciada ‘desde antiguo por boca de los santos profetas’. No puede menos que bendecir al Señor y darle gracia, reconocer su gracia salvadora, la dicha que tenemos de que el Señor venga a nosotros, nos visite y nos redima, nos dé su salvación. No podemos menos nosotros que bendecir al Señor. Que nos encuentre en oración y cantando su alabanza, como expresa la liturgia. Que ‘le sirvamos en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días’ ya que  nos ha iluminado con su luz y nos ha regalado su salvación.
No son necesarias muchas reflexiones en este momento, sino culminar todo ese camino de preparación que hemos venido recorriendo a través de todo el Adviento. Un templo hermoso para el Señor hemos de preparar en nuestro corazón, de lo que nos ha hablado la primera lectura de hoy. Y no es un templo material lo que el Señor quiere. Está buscando nuestro corazón.
Cuando Jesús nació en Belén como vamos a escuchar en esta noche santa no hubo sitio para El en la posada y María y José tendrán que acogerse en un pequeño establo en los alrededores de Belén. Nosotros podemos hacerle sitio en nuestro corazón, tenemos que hacerle sitio en nuestro corazón.
‘Era peregrino y forastero y me acogisteis’ le escucharemos a la hora del juicio final. Era peregrino por los caminos y calles de Belén y no hubo quien le acogiera; es peregrino o forastero, pobre o enfermo y solo en los caminos de la vida que nos rodean, ¿tendrá quien le acoja?
Sabemos cuantos problemas hay a nuestro lado, cuánta gente que sufre, cuántas personas que pasan necesidad, cuántos que se sienten solos y abandonados, cuántos que van por los caminos de la vida desorientados y llenos de angustia por los problemas que los envuelven. Ahí está el Señor que llega a nuestro lado, tendiéndonos su mano, buscando un lugar de acogida, buscando nuestro amor y el calor de nuestro cariño. ¿Cerraremos las puertas? ¿Nos encerramos en nosotros mismos para no ver o para no saber?
Con alegría nos hemos venido preparando y nos queremos disponer a celebrar ya la Navidad. Pero fijémonos cuáles son las actitudes de nuestro corazón que nos está pidiendo el Señor, fijémonos en qué es lo que realmente tenemos que hacer, fijémonos en el amor que tenemos que poner.
Abre tu corazón con amor y recibirás a Dios. Pon amor y generosidad en tu corazón y harás una auténtica navidad. El Señor viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz. Bendecimos a Dios por su presencia y su gracia. Bendigámosle con toda la fuerza de nuestro amor.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El nacimiento de Juan nos recuerda que se acerca nuestra liberación


Malaquías, 3, 1-4; 4, 5-6;
 Sal. 24;
 Lc. 1, 57-66

‘Mirad y levantad vuestras cabezas: se acerca vuestra liberación’. Ya está cerca el Señor que viene. Hoy contemplamos nacer al precursor, el que viene a preparar los caminos, a purificar los corazones.
El profeta había anunciado que llegaría un mensajero para preparar el camino del Señor. En el desierto predicaría porque así sería más clara el signo que iba a mostrarnos de caminos que habían abrir, de corazones que había que enderezar, de vidas que había que purificar.
Todas las profecías se van cumpliendo y hoy contemplamos su nacimiento con alegría. Significativo fue su nacimiento que hizo que hasta los vecinos y parientes de Zacarías e Isabel se felicitaban por la gran misericordia que el Señor había mostrado para con aquellos venerables ancianos. No sabían entonces el misterio grande que allí se estaba desarrollando, pero se preguntarían en el sucederse de los acontecimientos ‘qué iba a ser de aquel niño porque la mano de Dios estaba sobre él’.
El evangelio nos da detalles del nacimiento de Juan señalándonos, como hacíamos notar, la alegría de los vecinos por tal acontecimiento. Juan, aquel niño recien nacido gran consuelo para Zacarías y para Isabel, pero consuelo y manifestación de lo que es el amor de Dios para con nosotros en el significado de su nombre. Ya escuchamos cómo, mientras los vecinos piensan que ha de llamarse Zacarías como su padre, tanto Isabel como también Zacarías escribiendo su nombre en la tablilla nos dicen que ‘Juan es su nombre’, porque ‘Dios se ha complacido’ - es su significado -, con su pueblo haciéndonos llegar al que nos anuncia la venida de el Salvador.
Nosotros nos llenamos de alegría en su nacimiento, tanto cuando lo celebramos en su propia fecha, como cuando escuchamos esa buena noticia en el evangelio de hoy en las vísperas del nacimiento de Jesús. ‘Se acerca la liberación’, y el nacimiento de Juan nos tiene que hacer despertar si acaso hemos caido en alguna modorra o descuido en la preparación de la navidad. ‘Levantad vuestras cabezas’, nos grita la liturgia en este día.
Es momento, pues, de intensificar nuestra preparación. No son simples adornos los que tenemos que poner en nuestra vida, aunque llenemos nuestras estancias, nuestras casas, calles y pueblos de muchos signos externos de esa alegría que llevamos en nuestro interior por la fiesta grande que vamos a celebrar. Está bien que pongamos todos esos signos externos, todas esas luces como signos visibles de la fe que profesamos y de lo que en verdad celebramos.
Pero no olvidemos que tenemos que preparar nuestro corazón. Que esas cosas externas no pueden distraernos de lo principal. Purifiquemos el corazón, llenémoslo de mucho amor. Pero que no sea amor de un día, sólo de un buen deseo que estos días tengamos los unos para con los otros, sino que todo eso sea como aprendizaje y entrenamiento para que ese amor permanezca para siempre en nuestra vida, en lo que hacemos, en nuestros gestos y palabras, en nuestras posturas y en nuestras actitudes.
Como decimos en uno de los prefacios, ‘el mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría, para encontrarnos así cuando llegue velando en oración y cantando su alabanza’.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El cántico de la misericordia, del amor y de la vida nueva


1Samuel, 1, 24-28; Sal.: 1Samuel, 2, 1-8; Lc. 1, 46-50

‘Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador’, fuimos repitiendo en el salmo responsorial. ‘Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador’, repetimos una y otra vez en estos días vísperas de la Navidad del Señor. Mi corazón quiere cantar al Señor. Queremos, sí, repetir el cántico de María desde lo más hondo de nosotros mismos, porque el Señor ha estado grande con nosotros, porque derrama su misericordia sobre nuestras vidas dándonos a Jesús como lo estamos celebrando, lo queremos celebrar con toda intensidad en estos días. Queremos empaparnos del espíritu de María porque como ella y con ella queremos cantar la mejor alabanza al Señor.
Cuando María en su encuentro con su prima Isabel allá en la montaña prorrumpe en tan hermoso cántico de alabanza al Señor era algo, sí, que salía espontáneo de su alma porque así estaba ella llena de Dios y de alguna manera era el cántico de su corazón cada día y que en aquel momento lo provocaría la emoción del encuentro con Isabel con todas aquellas alabanzas que su prima llena del Espíritu Santo estaba proclamando; pero al mismo tiempo pienso que no fue algo totalmente improvisado porque en el largo camino de Nazaret hasta las montañas de Judea muchas serían las cosas que pasaban por el pensamiento de María, muchas serían las consideraciones que se iba haciendo en su corazón por todo aquello que en ella estaba sucediendo.
Aquellas largas horas de camino en aquella que sabía guardar y rumiar en su corazón cuanto le sucedía fueron oportunidad para meditar, para orar, para cantar al Señor desde lo más hondo de sí mismo reconociendo las maravillas que el Señor estaba obrando en ella y a través de ella para toda la humanidad. Cantaba, pues, al Señor que se había fijado en su pequeñez y en su humildad para hacer cosas grandes y maravillosas.
Una mujer en estado de gestación, bien lo saben las mujeres que han sido madres, mucho habla con aquel ser que lleva en sus entrañas a quien ama porque le está dando algo de sí mismo que es su propia vida; muchas miradas echa hacia su futuro con deseos y con interrogantes, con sueños e ilusiones; muchas esperanzas se van suscitando sobre lo que será la vida de aquel hijo que lleva dentro de sí, vida que será como una prolongación de su propia vida. Cómo no había de hacerlo María cuando era consciente de la misericordia del Señor que se estaba manifestando sobre ella, pero que también era manifestación y anticipo ya de la misericordia de Dios para con todos los hombres.
Sabía María que aquel hijo que llevaba allí en sus entrañas, junto a su corazón, no iba a ser sólo el hijo de María, sino que era también el Hijo del Altísimo, aquel a quien Dios ya le había puesto un nombre, Jesús, porque iba a ser el Salvador de todos los hombres. Sabía María que no sólo era una nueva vida la que se estaba allí gestando en sus entrañas, sino que era quien iba a ser la vida para todos los hombres, porque en El todos íbamos a tener nueva vida, porque con El vendría el perdón, la gracia, la paz, el amor de Dios con su salvación para todos.
‘La misericordia del Señor llega a sus fieles de generación en generación’, cantaría María. ‘Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia – como lo había prometido a nuestros padres – en favor de Abrahán y su descendencia para siempre’. Es el canto de la misericordia divina para todos los hombres; es el canto del amor de Dios que se derrama sobre nosotros transformando nuestros corazones.
Es el canto que anuncia un mundo nuevo nacido del corazón misericordioso de Dios, porque nos trae el perdón, pero nos trae nueva vida, porque va a transformar el corazón de todos los hombres, haciendo desaparecer el orgullo y la soberbia, para hacer brotar el mundo de los humildes y sencillos, el mundo de la paz, de la amistad nuevas de todos los hombres que se quieren, el mundo del amor.
Es el canto que nosotros con María queremos cantar y con el queremos prepararnos desde lo más hondo de nosotros mismos para recibir al Señor, para darnos cuenta también de cuantas maravillas el Señor quiere realizar en nosotros cuando nosotros nos hacemos disponibles para El y para vivir según su amor. ‘Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador’, seguimos repitiendo  nosotros también como Ana y como María.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

lecciones de fe, de humildad, de amor y alegria en María e Isabel



Cantar de los Cantares, 2, 8-14;
 Sal. 32;
 Lc. 1, 39-45
 ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ dice Isabel cuando llega María. Todo se vuelve bendiciones y alabanzas. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre’. Bendiciones para María en que se han realizado las maravillas del Señor, pero bendiciones para el hijo de María, el ‘fruto de tu vientre’.
Alabanzas para María, es la madre del Señor, pero es la mujer de fe grande. El Espíritu ha llenado también el corazón de Isabel para descubrir esas maravillas del Señor, y es el que la inspira en sus reconocimientos y alabanzas. ‘Dichosa tú que has creido, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Todo al mismo tiempo con un espíritu humilde reconociendo su indignidad y pequeñez ante las maravillas del Señor. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’, que exclamó Isabel ante la llegada de María.
Hermosa y delicada escena la que hoy contemplamos en esta visita de María a su prima Isabel. Cuánta alegría, cuánto amor, cuánta fe y cuánta humildad. El amor había puesto alas en los pies de María para correr a servir y ayudar. Así se manifiestan las grandezas del Reino de los cielos. Ya se está allí realizando en la humildad de aquellas mujeres, en el espiritu de servicio, en la apertura del corazón a las maravillas de Dios y en la alegría que desborda para cantar las mejores alabanzas al Señor como escucharemos en labios de María.
Cuánto podemos aprender; cuánto tenemos que aprender de ambas mujeres en este final del camino del Adviento que estamos recorriendo ya en la cercanía de la navidad. Fíjémonos cómo quien es capaz de reconocer las maravillas del Señor ese reconocimiento le llevará siempre a la más profunda humildad, porque pobres y pequeños nos sentiremos siempre ante el Señor.
Ya hemos reflexionado más de una vez que sólo por los caminos de la humildad y sencillez podemos llegar a Dios, a conocerle y reconocerle. Pero es que, en lo que podríamos llamar el camino de vuelta, siempre terminaremos en caminos también de humildad y sencillez. Nos sentimos amados cuando Dios así se nos manifiesta, pero reconoceremos inmediatamente nuestra indignidad y pobreza. El verdadero encuentro con el Señor nunca nos puede conducir por caminos de orgullo y de soberbia, sino todo lo contrario.
No caben orgullos ni grandezas humanas en quien haya vivido una profunda experiencia de Dios. Lo estamos contemplando en Isabel que cuando siente que Dios viene a ella con la presencia de María se reconoce indigna. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’. Pero lo vimos también en María que cuando recibe la embajada angélica anunciándole la mayor de sus grandezas que es ser la Madre de Dios, ella se siente pequeña y la última. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’, que la escuchamos en la Anunciación.
Lo podríamos contemplar en muchas páginas de la Biblia. Por citar una, recordemos que cuando Isaías tiene aquella impresionante visión de Dios se siente pecador, hombre labios impuros, ante la presencia de Dios. El ángel del Señor vendrá a purificarle para que sienta que esa experiencia de Dios, esa presencia de Dios ante quien se encuentra no es para muerte sino para vida.
Hoy la liturgia nos está invitando a la alegría y a la alabanza al Señor. ‘Aclamad justos al Señor, cantadle un cántico nuevo… dichosa la nación cuyo Dios es el Señor…’, hemos dicho y meditado en el salmo responsorial. Es lo que manifiesta también el cantar de los cantares en la primera lectura en ese cántico de amor del esposo que busca a su esposa; y lo que también manifestábamos en la oración de la liturgia. ‘Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal…’ decíamos, ‘que un día podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno’.
Llenemos nuestro corazón de esa humildad, de esa fe, de ese amor y de esa alegría que hoy vemos resplandecer en Isabel y en María.

martes, 20 de diciembre de 2011

Una vez más nos extasiamos contemplando con amor el misterio de Dios


Is. 7, 10-14; Sal. 23; Lc. 1, 26-38
Algunas veces hay personas que nos dicen que siempre estamos repitiendo lo mismo y que así aburrimos a la gente y por eso la gente se cansa de oír las mismas cosas y por eso no vienen a la iglesia. ¿Tendrán razón? ¿Será verdad que siempre estamos repitiendo las mismas cosas? De entrada decir que eso depende de cómo oigamos nosotros las cosas y cuál es la actitud de fe que llevamos en el corazón.
Pienso en dos enamorados. Parece que se dicen lo mismo, pero por eso mismo, porque están enamorados de verdad, nunca se cansa el uno del otro aunque se digan las mismas cosas. O pienso cuando hay algo en la vida que nos gusta, que nos satisface o nos llena interiormente, aquello lo repetimos, nos quedamos extasiados saboreándolo una y otra vez porque siempre lo gustaremos como algo nuevo que nos llega como muy dentro de nosotros.
Hoy hemos escuchado una vez más, por tercera vez dentro de este tiempo del Adviento, el mismo evangelio de la Anunciación. Creo que si consideramos con fe honda lo que este texto del evangelio de Lucas se nos manifiesta es como para quedarnos extasiados ante este texto saboreándolo una y otra vez por el misterio grande de Dios que en El se nos revela. Es el más inmenso misterio del amor de Dios que tanto nos ama que quiere encarnarse en el seno de María para hacerse hombre, pero para ser también Dios en medio de nosotros, para ser Emmanuel.
Locura de amor de Dios que así nos ama y nos salva, que así quiere estar con  nosotros y así quiere levantarnos para engrandecer nuestra naturaleza humana y llevarnos con El. Se hizo hombre, tomando nuestra naturaleza humana para engrandecernos y dignificarnos haciéndonos partícipes de su misma vida divina, haciéndonos a nosotros también hijos de Dios. Es como para quedarse en silencio, sin pronunciar palabra, y casi sin respirar para poder sentir y gozar de ese amor de Dios que así se nos manifiesta.
En la oración litúrgica se nos ha hablado del designio de Dios que humildemente y con amor es aceptado por María con ese sí rotundo y generoso que da con toda su vida al querer de Dios. Como ya dijimos en otro momento, es que María no sabía decir otra cosa ante Dios porque en sus manos se había puesto, y para El había consagrado toda su vida de forma radical. Así era la llena de la gracia, la llena e inundada de la presencia de Dios, la que se dejó transformar totalmente por obra del Espíritu Santo para ser verdadero templo de Dios.
Es algo que queremos aprender de María. De ella queremos aprender las mejores actitudes, la mejor forma de prepararnos para acoger al Señor que viene a nosotros con su salvación. ‘Ella lo esperó con inefable amor de madre’, decimos en uno de los prefacios de Adviento. ‘Y del seno virginal de la hija de Sión ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz’, que decimos en el otro de los prefaciones que decimos en estos días.
Esa forma de esperar de María, dejándose inundar de la gracia del Señor, dejándose transformar por el Espíritu para ser ese verdadero y santo templo de Dios, es lo que nosotros también tenemos que hacer. Por eso pedíamos en la oración litúrgica, al contemplar cómo María acogía los designios de Dios, que ‘siguiendo su ejemplo, nos conceda la gracia de aceptar tu designios con humildad de corazón’.
Sólo los humildes de corazón podrán conocer a Dios. ‘Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; dichosos los humildes porque ellos poseerán la tierra; dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Son las bienaventuranzas que Jesús proclamará allá en el monte. Pero son las bienaventuranzas que nosotros vemos reflejadas en el corazón de María. Son los caminos de humildad, sencillez, pureza de corazón por los que nosotros hemos de transitar para llenarnos de Dios, como lo hizo María. 

lunes, 19 de diciembre de 2011

El Señor viene y nos llena de esperanza, de alegría, de confianza

Jueces, 13, 2-7.24-25; Sal. 70; Lc. 1, 5-25

Todo lo que nos va ofreciendo la liturgia en estos días nos ayuda en nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Las oraciones litúrgicas de cada día, las antífonas, los textos de la Palabra del Señor que se nos proclaman están todos en función de lo que queremos celebrar y vivir y que queremos hacerlo con toda intensidad, con fe grande.
Dos textos nos ofrece la Palabra con un cierto paraelismo: el anuncio del nacimiento de Sansón en el texto del Antiguo Testamento y el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista en el evangelio. Uno y otro, cada uno en su momento, y para nosotros ahora, tratan de despertar esperanza, alegría por la salvación que llega, confianza plena en el Señor que vence todo tipo de temor. Ambos casos en los que se manifiesta el poder del Señor que realiza maravillas y que quiere hacernos entender que Dios se vale también de nuestros medios humanos aunque nos parezcan pobres y pequeños para hacernos llegar su salvación.
El pueblo de Israel pasaba por momentos difíciles a la hora de establecerse en aquella tierra que Dios les había prometido y acosados por los filisteos parecía tener perdida toda esperanza. Y ahí en esas circunstancias hará surgir un gran Juez para el pueblo que les liberaría del poder y acoso de los filisteos. Pero había que confiarse plenamente en el Señor como lo hacen humildemente los padres de Sansón.
De manera semejante, Dios hará nacer al que va a ser el precursor del Mesías manifestando su gloria pues ha de nacer de quienes han perdido toda la esperanza de la paternidad o maternidad. El texto del Evangelio nos relata con todo detalle la aparición del ángel del Señor a Zacarías en el templo, mientras está haciendo la ofrenda del incienso en su turno de la tarde para anunciarle el nacimiento de Juan. Y ante lo que le manifiesta el ángel surge la duda en el corazón de Zacarías y la pregunta. ‘¿Cómo voy a estar seguro de eso? Pues yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada’ exclamará Zacarías porque Isabel era estéril. Los momentos serán difíciles también para creer Zacarías y aparecerá la dura prueba. Pero al final vencerá la confianza plena en el Señor.
Así se nos manifiesta también el Señor a nosotros. Así tenemos que ir creciendo en confianza en el Señor. Así queremos irnos preparando y dejando al Señor actuar en nuestra vida. El Señor nos llama, nos hace sentir su gracia y su poder, muchas veces por los caminos que nosotros pensamos. Pero es ahí precisamente donde tenemos que afirmarnos bien en nuestra fe, en nuestra confianza en el Señor.
Podrán aparecernos dudas, interrogantes dentro de nosotros, cosas que no veamos clara, como le sucedía a los padres de Sansón, como le sucedía a Zacarías ante todo lo que le estaba manifestando el ángel del Señor. Muchas cosas nos pondrán a prueba. Pero ahí tiene que estar nuestra confianza total en el Señor.
Es lo que le hemos pedido al Señor en la oración. ‘Asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la Encarnación’. Fe íntegra y piedad sincera, hemos dicho. Que el Señor nos ayude a seguir creciendo en nuestra fe.
Por su parte en el aleluya antes del Evangelio con la antífona propia de este día hemos llamado a Cristo ‘resplandor de la luz eterna y sol de justicia’, y le hemos pedido que venga pronto a nuestra vida para ‘alumbrar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte’. Que venga Cristo pronto a nuestra vida para que se disipen para siempre esas sombras de muerte y de pecado. Que venga con su salvación y nos llene de su luz.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Nos ha llegado una carta del cielo



2Sam. 7, 1-5.8-12.14-16; Sal. 88; Rom. 16, 25-27; Lc. 1, 26-38
Hay noticias que nos llenan de alegría, que nos sorprenden o nos aturden, por inesperadas, por la importancia de la noticia, por las repercusiones que pueden tener en nuestra vida, por el compromiso. ‘Te voy a dar una noticia’, nos dice alguien y nos quedamos ansiosos en la duda de lo que se nos va a comunicar. Recibimos una carta que no esperábamos, y, o la abrimos rápidamente a ver qué nos dice, o le damos vueltas y vueltas antes de abrirla y leerle temerosos quizá de lo que se nos puede decir o anunciar.
Hoy un ángel viene a traer una noticia a María. Grande tiene que ser la noticia cuando es tal el embajador que viene del cielo a traerla; algo extraordinario tiene que ser cuando comienza el ángel con tales saludos y alabanzas. ‘Alégrate, la llena de gracia, el Señor está contigo’. Grandioso tiene que ser para tales saludos y María se queda ensimismada ‘ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’.
Porque poco menos que tiene que sacudirla el ángel para que quite sus temores. ‘No temas, María’, y ahora la llama ya por su nombre. ‘Has hallado gracia ante Dios’, y el ángel le anuncia que el Salvador va a venir, que el anunciado por los profetas y deseado de las naciones está al llegar, que el Mesías a hacerse presente en medio del pueblo que lo esperaba, que el Hijo de Dios se va a encarnar en sus entrañas.
‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús’. Se ha de llamar Jesús, porque es el Hijo de Dios y Dios le ha puesto ese nombre; se ha de llamar Jesús porque es Dios que salva, es Dios que se hace presente con su salvación. Es el Hijo del Altísimo. Es el Hijo de Dios. El Espíritu Santo vendrá sobre ti. Serás la Madre de Dios.
Y María sigue contemplando, meditando, rumiando aquella sorprendente noticia. ¿Quién es ella para merecer tal don? ¿Cómo podrá realizarse milagro tan grande? El Misterio de Dios que en su inmensidad llena el universo está inundando el corazón de María, y ella se sigue sintiendo pequeña para algo tan grande. El que no cabe en todo el universo porque todo lo desborda en su omnipotencia y en su omnipresencia se va a hacer presente en sus entrañas. Y ella es pequeña, es una humilde servidora, la esclava del Señor. ‘Hágase en mí según tu palabra’, es la respuesta de María. Es que no sabe decir otra cosa quien siempre ha vivido en las manos de Dios y de Dios se ha dejado ir haciendo. ‘Aquí está la esclava del Señor’.
Nos ha llegado a nosotros una carta del cielo. Una embajada se acerca también a nuestra vida. Para nosotros es también esa Buena Noticia que hoy escuchamos. Viene el Señor con su salvación tan esperada. También a nosotros se nos dice: ‘el Señor está contigo’. Nos llega el Salvador con su gracia y su perdón. ‘Has hallado gracia ante Dios’. Dios se hace presente entre nosotros, en nuestra vida, en nuestro mundo. El ángel también nos anuncia a nosotros la navidad. Es la gran noticia que escuchamos este domingo y ya la navidad está cerca.
Hay, sin embargo, un peligro: que no llegue a ser noticia para nosotros porque nos creamos que ya nos la sabemos; que ya no nos impacte ni nos sintamos soprendidos porque nos hemos acostumbrado o hemos hecho otra cosa de la navidad. Así nos irá entonces en la navidad que no puede ser en consecuencia la verdadera navidad. Es el gran peligro y la gran tentación de acostumbrarnos a las cosas que ya entonces no le damos importancia. Es el gran peligro y tentación de que la Palabra del Señor ya no nos diga nada, no llegue a ser para nosotros Buena Noticia. Algo nos estaría fallando.
Tenemos que aprender de María y dejarnos sorprender por la Palabra de Dios. Tenemos que aprender de María y llenarnos de su espíritu humilde porque sólo así Dios se nos revela y se nos manifiesta. Tenemos que aprender de María para saber abrir nuestro espíritu y nuestro corazón al misterio de Dios. Tenemos que aprender de María y aprender a rumiar en nuestro corazón las cosas de Dios que se nos van manifestando, aunque tengamos que hacernos preguntas, aunque no todo siempre lo entendamos. Tenemos que aprender de María y poner en juego toda nuestra fe para abrir los ojos y reconocer ese mensaje divino que nos anuncia que Dios está con nosotros, que para nosotros es también su gracia y su vida.
No podemos decir sin más, bueno, ya estamos en el cuarto domingo de adviento y el próximo fin de semana es navidad. Parecería que nos dejamos llevar por superficialidad de las cosas que se repiten sin más y no es para nosotros la gran Noticia, la Buena Noticia de que el Señor está cerca y viene a ser Dios con nosotros.
Lo hemos estado esperando; nos hemos ido preparando a través de todo el adviento para este momento. Mucho habremos reflexionado y orado. Somos conscientes de que el mundo necesita esta venida del Señor; hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor, hay tantos problemas y agobios, hay tantas desesperanzas, hay tanta gente que ha perdido la ilusión y se siente sin fuerzas para luchar, hay tanta gente que camina como en tinieblas, o desorientados, o sin metas en la vida, hay tanta gente envuelta en las redes de la muerte y del pecado.
Necesitamos que venga el Señor con la salvación. Necesitamos esa luz que nos despierte y nos llene de nuevas esperanzas. Necesitamos esa fuerza espiritual que sea consuelo que nos reconforte en nuestros agobios o sufrimientos. Necesitamos esa vida nueva que sólo en el Señor podemos encontrar y que El viene a traernos. Seguimos orando al Señor pidiendo que venga y que venga pronto y transforme nuestros corazones para que se pueda transformar nuestro mundo.
Estos días en nuestros hogares estamos con muchos preparativos de muchas cosas porque queremos celebrar bien y con mucha alegría la navidad. Una de las cosas, de las bonitas costumbres de nuestros hogares que no deberíamos de perder, es el hacer nuestro Belén, nuestro portalico de Belén, que sea como un signo en medio de nuestro hogar del misterio que estamos celebrando. Allí en medio colocaremos a Jesús en su bendita Imagen, pero que sea signo de que en el portalico de Belén de nuestra vida coloquemos en verdad a Jesús. No una imagen, sino al mismo Jesús. Tenemos que hacer un nuevo portal de Belén bien significativo para cuantos nos rodean.
Que en verdad coloquemos a Jesús en el centro de nuestra vida para que nos ilumine con su luz, para que se despierten de nuevo nuestras esperanzas e ilusiones por algo nuevo y distinto, por un mundo nuevo que llamamos Reino de Dios. Que en verdad coloquemos a Jesús ahí en el centro de todo y nos demos cuenta de que nosotros tenemos que ser ese consuelo de Jesús para cuantos sufren a nuestro alrededor, que nosotros hemos de llevar esa fuerza y esa gracia del Señor a los que se sienten débiles o derrotados.
Que en verdad coloquemos a Jesús en el centro de todo porque llevemos la Buena Noticia de su evangelio de salvación a todos para que encuentren la gracia, el perdón, el amor y la paz que viene a traernos Dios. ‘El Señor está contigo’, el Señor está con nosotros. Que en verdad coloquemos a Jesús en medio de todo nuestro mundo para que hagamos la más hermosa navidad y nuestro mundo se sienta transformado por la presencia de Dios en medio de nosotros. Que sintamos en verdad que hemos hallado gracia ante los ojos de Dios.
Tenemos una hermosa tarea que realizar.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Justicia y paz, compromiso de navidad


Gén. 49, 2.8-10;

Sal. 71;

Mt. 1, 1-17

Iniciamos estos ocho días de más intensa preparación para la Navidad, caracterizados por una parte por las llamadas antífonas de la O, que son las antífonas que en vísperas cada tarde acompañan el canto del Magnificat y en que la liturgia eucarística se nos proponen en el Aleluya antes del Evangelio, y por otra por los textos del evangelio del principio de san Mateo y san Lucas en referencia a los acontecimientos previos al nacimiento de Jesús.

Las antífonas a las que hacemos referencia son como aclamaciones a Cristo que viene a nosotros como Sabiduría de Dios, Jefe de la Casa de Israel, Rey de las naciones, estrella y llave de David, Raíz de Jesé, por sólo citar algunas.

Hoy escuchamos en el evangelio el inicio del de San Mateo, a quien seguiríamos escuchando también mañana, salvo que como es domingo tendremos los textos del cuarto domingo de Adviento. El resto de días iniciaremos el evangelio de san Lucas al que iremos leyendo de forma continuada, para concluir leyendo el relato del nacimiento de Jesús en la misa de la nochebuena.

Como decíamos hoy nos presenta san Mateo ‘la genealogía de Jesús, hijo de David, hijo de Abrahán’. Es el inicio del evangelio de Mateo. Es como su entronque en el pueblo judío, puesto que parte de los orígenes de la historia de Israel con Abrahán a quien Dios le había prometido hacer padre de un pueblo numeroso. Pero es también hablarnos del linaje de David, de la tribu de Judá en quien vemos precisamente en la primera lectura el anuncio en cierto modo mesiánico que le hace su padre Jacob.

‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando entre sus rodillas’, le dice Jacob delante de todos sus hijos haciéndolo heredero de la promesa. Es lo escuchado en la primera lectura. Sería de la tribu de Judá de la que nacería el rey David, como del linaje de David es José, como nos dice el evangelio. Y a Jesús, como le anuncia el ángel a María ‘el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Es como el cumplimiento de lo profetizado por Jacob a su hijo Judá para su descendencia.

Recojamos el sentido del responsorio del salmo que hoy hemos recitado para hacerlo oración, hacerlo la petición de nuestro día. ‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, repetíamos. Como hemos venido escuchando en el anuncio de los profetas a través de todo este tiempo del Adviento, la justicia y la paz son los frutos que van a florecer con la venida del Mesías.

Es el mundo nuevo que Jesús va a instaurar. Es el Reino de Dios que nos anuncia y se constituye en El. El Reino de la justicia y de la paz. Los ángeles cantarán la gloria del Señor y la paz para todos los hombres a la hora del nacimiento de Jesús.

Cuánto tenemos que pedírselo al Señor. Cuánto lo necesitamos nosotros y lo necesita nuestro mundo tan convulso y tan revuelto con tantas cosas. Es nuestra oración y será también nuestro compromiso buscando siempre lo bueno, buscando siempre la paz, buscando que en verdad todos los hombres podamos vivir con toda dignidad.

Pensemos que nuestro compromiso tiene que ser que a partir de esta vivencia de la Navidad, sintamos más presente a Dios entre nosotros y todos podamos conocer más y vivir la salvación que Jesús viene a traernos. En eso nos sentimos comprometidos y de esa vida nueva de justicia y de paz tenemos que ser testigos.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Mi salvación está para llegar


Is. 56, 1-3.6-8;

Sal. 66;

Jn. 5, 33-36

‘Mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria’. Viene el Señor con su salvación. El tiempo del Adviento va avanzando y sentimos ya la cercanía de la navidad. Mañana, incluso, comenzaremos los ocho días intensos de preparación previos a la celebración del nacimiento de Jesús tan llenos de múltiples y coloristas costumbres en los más diversos lugares.

Una vez más en la Palabra del Señor escuchamos el anuncio que nos llena de alegría y que nos hace prepararnos intensamente. ‘Mi salvación está para llegar’. Salvación que, como nos enseña el profeta hoy, es para todos los pueblos, para todas las gentes. Todos están llamados. Nos pudiera parecer un tanto extraño este mensaje del profeta cuando en la conciencia del pueblo judío sentían que la salvación era para ellos y sólo para ellos. Los extranjeros estaban excluidos del pueblo de Dios. Pero ahora el profeta anuncia la extensión de la salvación a todos los hombres.

‘Oráculo del Señor, que reúne a los dispersos de Israel y reunirá a otros a los ya reunidos’, terminaba diciéndonos. ‘A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor… y perseveran en mi alianza, los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración…’

Por eso, como respuesta a este mensaje de esperanza y de salvación para todos, repetíamos en el salmo ‘oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben’. Y nosotros queremos unirnos a esta alabanza, y con todos queremos cantar la gloria del Señor.

‘Mi salvación está para llegar’, nos dice el Señor y nosotros nos alegramos en el Señor, pero disponemos nuestro corazón para acoger al Señor, para acoger su salvación. Queremos también permanecer en la Alianza del Señor, porque queremos seguir sus caminos, escuchar su Palabra, vivir en la ley del Señor. Nos cuesta a veces que la tentación nos acecha, y cuando menos lo pensamos, cuando más fuertes nos creemos, tropezamos una y otra vez y fallamos, y caemos en el pecado. Por eso esa vigilancia a la que se nos ha invitado desde el principio del Adviento.

Vigilancia y oración. Para llenarnos de Dios; para dejarnos inundar de su presencia; para recibir su gracia; para empaparnos de su palabra; para sentirnos iluminados por su Espíritu y conocer más y más a Jesús. Oración, para sentirnos fuertes en la gracia del Señor y poder superar la tentación. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, decimos una y otra vez cuando rezamos el padrenuestro. Pero que lo hagamos con toda conciencia, que lo hagamos de verdad.

Vigilancia y oración que nos lleva a convertirnos de verdad al Señor. Necesitamos que llegue esa salvación del Señor a nuestra vida. Sentimos la necesidad de su salvación porque nos reconocemos pecadores y sabemos que solo en el Señor alcanzaremos el perdón.

Sentimos necesidad de su salvación porque muchas veces andamos como ovejas descarriadas y perdidas que necesitamos encontrar el verdadero camino de vida y de gracia y sabemos que es el Señor el que viene en nuestra búsqueda.

Sentimos la necesidad de la salvación porque muchas veces nos vemos agobiados por los problemas que nos van apareciendo en la vida, por los sufrimientos de todo tipo, por el dolor, por tanta muerte que nos acecha y solo en el Señor encontramos la vida.

Que llegue a nosotros el Señor con su salvación. Ven, Señor, no tardes más.

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?...


Is. 54, 1-10
;

Sal. 29;

Lc. 7, 24-30

‘¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?...’ No era una caña cascada por el viento, que va y viene empujada por los vendavales; no era un personaje importante y poderoso vestido de ricos ropajes y joyas. Sus vestidos eran una piel de camello; sus alimentos, saltamontes y miel silvestre. La reciumbre de su personalidad le hacía firme en sus anuncios y sus palabras no buscaban halagar a nadie sino enseñar el camino de la rectitud.

‘Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta’. Era el mensajero que anunciaba los tiempos de la Alianza nueva y eterna, era el que preparaba los caminos del Señor. Se sentía pequeño y el último y en su humildad no se creía digno de desatar la correa del que había de venir. Su misión era preparar caminos y luego desaparecer.

‘Que El crezca y que yo mengüe’, llegaría a decir un día, porque sólo venía para dar paso al que traía la salvación. Preparar los caminos, preparar los corazones. Invitaba a la penitencia con su palabra y con la austeridad de su vida. ‘Arrepentios, convertios, porque está cerca el Reino de los cielos’, repetía a todos y a todos iba señalando lo que tenían que hacer. Y los hacía sumergirse en las aguas del Jordán, bautizarse, como señal del arrepentimiento de sus pecados.

Pero quien se creía el último sin embargo era grande. Es lo que enseñaría Jesús más tarde. El que quiera ser importante que se haga el último y el servidor de todos. Así fue con Juan que Jesús diría de él ‘que entre los nacidos de mujer nadie es más grande que él’. Grande era la misión y grande fue su fidelidad a su misión. Pero Jesús nos dirá también que nosotros podemos ser tan grandes como Juan o mayores que él, incluso, si somos capaces de seguir su mismo camino. Así es en el Reino de los cielos.

Nosotros seguimos contemplando y escuchando en este camino de Adviento que hacemos la figura de Juan y aprendiendo de él. Más aún, con la visión que de Juan nos está dando Jesús. Que es una forma de decirnos que es en ese mismo espíritu en el que tenemos que prepararnos, hacer este camino. Austeridad, humildad, pobreza, generosidad y desprendimiento, rectitud en nuestra vida, amor para ser capaces de hacernos servidores de los demás son cosas que hemos de tener en cuenta.

Y conversión, arrepentimiento de nuestros pecados. No será ya un bautismo penitencial como el de Juan en el Jordán, pero sí hemos de saber pasar por el segundo bautismo que es el sacramento de la reconciliación y la penitencia. También tenemos que purificarnos, quitar tantos obstáculos que tenemos o ponemos en nuestra vida a la llegada del Señor. Por eso, tenemos que ir pensando en acercarnos al sacramento para restaurar la gracia perdida, para limpiar nuestro corazón y adornarlo con la gracia para poder acoger al Señor en nuestro corazón y nuestra vida. Lo necesitamos. Todos somos pecadores.

Hemos escuchado cosas hermosas hoy también en el profeta Isaías de la primera lectura. Es en cierto modo la historia de la infidelidad de nuestro pecado pero al mismo tiempo la llamada permanente del Señor al arrepentimiento ofreciéndonos de nuevo su perdón. ‘Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra… en un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero, dice el Señor, tu redentor… aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará, dice el Señor que te quiere’.

El Señor nos ama con misericordia eterna. Vayamos hasta El y gocemos con su salvación.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Jesús se nos manifiesta y da a conocer por sus obras


Is. 45, 6-8.18.21-26;

Sal. 84;

Lc. 7, 19-23

¿Tendría dudas Juan allá desde la cárcel? Cuando estamos pasando por situaciones duras y difíciles incluso aquello que nos parecía tener más claro se nos vuelve oscuro y nos hace que nos entren las dudas. Nos pasa muchas veces en la vida. Podía pasarle a Juan. Herodes, a instigación de su mujer Herodías, lo había metido en la cárcel. Desde allí envía la embajada de sus propios discípulos a Jesús.

El había venido a preparar los caminos del Señor y era la voz que gritaba en el desierto. Había visto bajar al Espíritu sobre Jesús cuando el bautismo allá en la orilla del Jordán. Lo había señalado a sus propios discípulos, que luego se irían con Jesús, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora envía a preguntar. ‘¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?’

Es la pregunta que en cierto modo se va repitiendo en el evangelio, en los cuatro evangelios. Es la pregunta de toda la humanidad inquieta y que se interroga por Jesús cuando contempla cosas extraordinarias, o cuando contempla testigos. Bendita pregunta si lleva a alguien a buscar a Jesús y querer conocerle, porque está entrando en camino de vivirle. ‘¿Quién eres tú?’ Es la pregunta que surge también en nuestro interior preguntándonos por Jesús. También queremos conocerle, y conocerle a fondo.

Se nos manifiesta por sus obras. A la pregunta de los discípulos de Juan dice el evangelista que ‘en aquella ocasión curó a muchos de sus enfermedades, achaques y malos espíritus y a muchos ciegos les otorgó la vista…’ Las obras de Jesús. Lo que había anunciado el profeta y que el evangelista Lucas nos presenta programáticamente al inicio de la vida pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret.

‘El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha ungido… me ha enviado… a proclamar la Buena Noticia… a dar vista a los ciegos… a proclamar el año de gracia del Señor’. Ahora con palabras semejantes responde a los discípulos de Juan. No habrá dudas. En Jesús se cumplen las Escrituras. El había dicho entonces en Nazaret ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Es la misma respuesta de ahora.

Buscamos a Jesús, decíamos, y queremos conocer a Jesús. Es el deseo hondo que llevamos siempre impreso en nuestra alma, pero que ahora en este tiempo de adviento se aviva como preparación intensa para vivir la navidad. Queremos conocer a Jesús, queremos vivir a Jesús. La celebración del nacimiento del Señor tiene que renovar hondamente nuestra vida. Queremos vivir a Jesús y sentirnos transformados por El. Tiene que ser un primer fruto de esta navidad. Que no nos queden dudas.

Pero decíamos antes que es la pregunta de la humanidad a la que ahora nosotros tenemos que dar respuesta. Somos los labios, los brazos de Jesús, los testigos de Jesús para dar esa respuesta a cuantos se interrogan. Y no vamos a ir con palabras. Tenemos que hacer lo mismo que hizo Jesús cuando vinieron los discípulos de Juan. A través de las obras, de nuestras obras de amor, hemos de dar a conocer a Jesús.

Por eso tenemos que seguir creciendo en nuestro amor para que en verdad demos señales de Jesús, seamos signos de Jesús para los que nos rodean. Cuánto podemos hacer con nuestra solidaridad, una solidaridad efectiva y real con los que sufren a nuestro lado. Nuestro compromiso de amor que tiene que llevarnos a consolar, a acompañar al que sufre; que tiene que llevarnos a hacer nuestro su sufrimiento; que nos tiene que llevar a comprender, a compartir.

Hagamos nuestra la súplica que veíamos expresada en el profeta. Nos pueden parecer palabras poéticas, y en verdad que son bellas, pero expresan muy bien ese deseo de que venga el Señor y haga germinar una nueva vida en nuestro corazón, una nueva vida de amor. ‘Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia…’ Que venga pronto, que venga el Salvador.

martes, 13 de diciembre de 2011

Nuestra respuesta a la invitación a la conversión


Sofonías, 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-21

Algo importante y necesario que hemos de realizar en este camino de Adviento que vamos haciendo es la conversión de nuestro corazón al Señor. Es la llamada insistente que nos hace la Palabra de Dios. Era el grito del Bautista allá en el desierto. Hay que enderezar los caminos, allanarlos, prepararlos para ir al encuentro con el Señor, para recibir al Señor que llega a nuestra vida con su salvación.

¿Cuál es nuestra respuesta a esa llamada e invitación? A veces parece que enseguida estamos dispuestos a escuchar y responder, pero nos sucede también que en ocasiones pronto olvidamos esa llamada y a pesar de que le prometemos al Señor en nuestro amor que vamos a cambiar, sin embargo nos volvemos a las andadas. Ojalá fuéramos siempre no sólo prontos sino también perseverantes en nuestra respuesta. Es lo que nos señala hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado.

El profeta Sofonías nos ha hecho una buena descripción de lo que es nuestro pecado y de lo que tendría que ser nuestra conversión al Señor. ‘¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora! No obedecía a tu voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a su Dios…’

El pecado es la huída de Dios, la desobediencia, la desconfianza, la falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira; todo nacido de un corazón soberbio y rebelde que no quiere reconocer al Señor ni poner su confianza en El; un corazón lleno de orgullo y autosuficiente que cree que se puede valer sólo por sí mismo. Miremos nuestra vida y examinemos nuestro corazón que tantas veces caemos en esas redes del mal, rechazando los caminos de Dios.

El cambio de corazón comienza por el reconocimiento de Dios, de su amor, de su presencia; es poner toda nuestra confianza en Dios porque sabemos que su amor nunca nos fallará; es reconocer que los caminos del Señor son los verdaderos y los que siguiéndolos me van a llevar a la plenitud y a la gracia; sí, reconocer también que hemos equivocado el camino cuando sólo pretendíamos hacer lo que a nosotros nos parecía olvidando la Palabra del Señor; es llenar nuestro corazón de humildad porque en verdad nos sentimos no sólo pequeños sino también osados pecadores.

Ese cambio del corazón es comenzar a abrir los oídos, sí, del corazón para escuchar a Dios, escuchar su Palabra y querer plantarla de verdad en nuestra vida; es ese experimentar en nosotros la dicha del amor del Señor, de su misericordia, de su compasión, sabiendo que El siempre me está esperando para darme el abrazo de su perdón; es responder a ese perdón que me ofrece queriendo acogerlo y sentirlo dentro de mi para llenarme de paz.

Jesús nos propone una pequeña parábola. Los dos hijos que son enviados a trabajar en su viña y mientras uno promete y promete que irá, pronto se olvidará marchándose a sus cosas y no obedeciendo al fin a su padre; mientras quien en principio había dicho no, negándose a ir, al recapacitar se da cuenta de su error y marchará a realizar lo que le pide su padre.

Y Jesús les dice a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige la parábola: ‘Os aseguro que los publicanos y prostitutas os llevarán la delantera en el camino del Reino de los cielos’. Eran pecadores, pero supieron escuchar la voz del bautista que les invitaba a la conversión. ‘Y aún después de ver esto, les dice, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Nos sucederá a nosotros lo mismo? Escuchemos la llamada del Señor y démosle la vuelta al corazón convirtiéndonos a Dios.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La nobleza del corazón, señal de integridad en la vida, nos hará conocer a Dios


Núm. 24, 2-7.15-17;

Sal. 24;

Mt. 21, 23-27

En la vida tenemos que aprender a actuar siempre desde la rectitud, con sinceridad y autenticidad para saber ser justos y honrados en nuestras mutuas relaciones. Aunque muchos nos quieran decir que es mejor ir con cierta malicia o no destapar las cartas, por asi decirlo, que llevamos en la vida, esas intenciones ocultas, esa doblez del corazón no nos ayudarán en nada. Vale mucho más la nobleza del corazón porque es señal de nuestra integridad. Demasiada malicia observamos muchas veces a nuestro alrededor. Y detrás de esa maldad del corazón podemos observar fácilmente de cuanto sufrimiento se llena nuestro mundo.

Podría ser un mensaje hermoso que recibamos de la Palabra del Señor en este inicio de nuestra tercera semana de Adviento que nos conduce a la Navidad, y tendría que ser al mismo tiempo una oración, una petición que le hagamos al Señor para que actuemos siempre con un corazón recto, con un corazón noble. Es al mismo tiempo la semilla buena que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, cuando estamos deseando, llenos de esperanza, la venida del Señor para que se haga presente de verdad entre nosotros el Reino de Dios.

Eso significará un dejarnos conducir por el Señor, por el Espíritu divino que va actuando en nuestro corazón al que muchas veces quizá nos cuesta escuchar, nos cuesta dejarnos conducir por El, porque es mucha la influencia del mal que recibimos del entorno de nuestro mundo. En esa rectitud, buenas intenciones y buenos deseos hemos de saber valorar también todo lo que bueno que recibamos de los demás, alejando de nosotros todo tipo de prejuicio.

La primera lectura del libro de los Números del Antiguo Testamento nos relata un episodio del pueblo de Israel mientras peregrina por el desierto hacia la tierra prometida. Balaán es un adivino pagano que es enviado por el rey de Madián para que con sus maleficios maldiga a Israel que va atravesando aquellas tierras rumbo a Canaán donde se ha de establecer. Pero en este adivino descubrimos una rectitud en su corazón, que cuando se siente impùlsado por el Espíritu divino para bendecir en lugar de maldecir, es lo que hace sobre el pueblo de Israel convirtiéndose en cierto modo en profeta de Dios que anuncia su reino futuro, en el Rey David con toda su resonancia mesiánica.

‘Oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, dice el adivino Balaán, avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel’, en clara referencia a la estrella y el reino de David. Recordamos que cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dirá ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre’. Es por eso que estas palabras de Balaán tienen también ese sentido profético y mesiánico.

Por su parte en el evangelio que escuchamos hoy contemplamos cómo vienen a pedirle explicaciones a Jesús de lo que hace y enseña. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Una referencia a la previa expulsión de los vendedores del templo que había realizado Jesús. Una manifestación también del rechazo que ya Jesús iba recibiendo por parte de algunos.

Pero Jesús responde haciéndoles a ellos una pregunta a la que no saben o no quieren responder. No quieren responder porque sopesan su respuesta que podría manifestar las verdaderas intenciones del corazón. Cuando nos acercamos a Jesús con esa doblez de corazón y con esa falta de sinceridad y de autenticidad no podremos llegar a conocer a Jesús.

Es el mensaje hermoso que podemos deducir hoy en esta reflexión en torno a la Palabra de Dios y a lo que haciamos referencia en el principio de nuestro comentario. Nunca la falsedad nos llevará por buenos caminos. Nunca las intenciones ocultas son buenas consejeras que nos conduzcan a una vida de rectitud. Nunca esa malicia del corazón va a facilitar el encuentro y la convivencia con los que nos rodean. Pidámosle al Señor ese buen corazón.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Igual que Juan vayamos al mundo como testigos de luz para dar testimonio de Jesús


Is. 61, 1-2.10-11;

Sal.: Lc. 1, 46-54;

1Tes. 5, 16-24;

Jn. 1, 6-8.19-28

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan, no era él la luz, sino testigo de la luz, venía como testigo para que por su testimonio todos vinieran a la fe’. Así nos comienza hoy el texto del evangelio. Allá en el desierto, junto al Jordán lo hemos contemplado en toda su austeridad, ‘vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura… se alimentaba de saltamontes y miel silvestre…’

Es la figura del profeta que repetidamente estos días contemplamos y escuchamos. Nos habla su vida, su austeridad, su penitencia, su humildad, sus palabras vibrantes que quieren despertar los corazones. Con toda su vida está siendo testigo que nos conduce a la luz, porque nos conduce a Jesús. Es el Precursor, el que viene antes, el que prepara los caminos, caminero de Dios, podríamos llamarlo.

A El acuden de todas partes porque se despiertan las esperanzas en la pronta venida del Mesías. De Jerusalén, de toda Judea, de la lejana Galilea acuden a escuchar su palabra y su invitación a la conversión. Como un nuevo Elías, con el espíritu y el poder de Elías, es la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Y la gente se sumerge en el agua del Jordán para someterse a aquel bautismo de penitencia y purificación confesándose pecadores.

Se despiertan esperanzas, pero se despiertan interrogantes en los corazones. No todos quizá comprenderán aquello nuevo que está surgiendo allá en el desierto. No se debe apagar el Espíritu ni despreciar el don de profecía, como más tarde diría san Pablo y hoy también hemos escuchado. Pero surge la embajada enviada desde Jerusalén. ‘Los judíos – las autoridades religiosas – de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a preguntar a Juan’.

Surge el interrogatorio. ‘¿Tú quién eres?... ¿eres tú Elías?... ¿Eres tú el profeta?... ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?... ¿por qué bautizas?’

Juan lo tiene claro. ‘Yo no soy el Mesías… no soy el profeta… Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino al Señor, como dijo el profeta Isaías’. Allí está la humildad del Bautista. El no es la Palabra, sino la voz que anuncia la Palabra que está por llegar.

‘Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis; el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia’. Es el precursor que viene antes, que prepara los caminos. Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer uno mayor que Juan, pero él no se considera digno de desatar la correa de su sandalia.

Cuánto nos está enseñando Juan con su austeridad, con su humildad, con sus gestos y actitudes, con su presencia allá en la orilla del Jordán. Viene a preparar caminos; viene a caldear los corazones; viene a ayudarnos a abrir nuestros oídos porque llega la Palabra. Nos grita, nos despierta, nos saca de nuestras modorras o nos abaja de nuestros pedestales.

El camino para ir hasta Jesús ha de ser un camino que pase también por la humildad, por la disponibilidad y la apertura de nuestro corazón y nuestra vida. Sólo así lo encontraremos porque es así también como se va a manifestar El, como le vamos a contemplar en Belén, y en los caminos de Palestina, y en el Calvario y en la Cruz.

Viene el que está ungido por el Espíritu del Señor, como decía el profeta, y por eso es el Mesías; viene a traernos una Buena Noticia - El mismo es esa Buena Noticia – que nos anuncia salvación, año de gracia, vida nueva, consuelo para los que sufren, paz para los atormentados en su corazón, liberación de todas las cosas que nos atan y esclavizan, amor que transforma los corazones para transformar el mundo.

Todo eso nos llena de gozo – es el domingo de la alegría en medio del camino del adviento por la esperanza que suscita en nuestros corazones con el anuncio de su cercana venida – y el profeta desborda de gozo y alegría en el Señor invitándonos a vestirnos también nosotros ese manto de triunfo, de alegría esperanzada. Por eso hemos cantado también en el salmo con el cántico de María proclamando la grandeza del Señor, la grandeza de su amor para con nosotros.

Todo esto nos está señalando claramente las cosas fundamentales que hemos de preparar para la venida del Señor. Porque hemos de hacer el camino. Nuestra esperanza nunca es pasiva. Recordemos lo que en otros momentos se nos dice de tener las lámparas encendidas en nuestras manos para esperar la llegada del Señor con suficiente aceite para que no se nos apaguen. San Pablo cuando nos invitaba hoy a la alegría nos decía también ‘sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros’. Y nosotros le gritamos, ‘marana tha, ven Señor Jesús… ven pronto, Señor, no tardes’.

Pero si el que viene lleno del Espíritu del Señor viene dar buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, anunciar la amnistía y la libertad a los cautivos para que se proclame el año de gracia del Señor, creo que nosotros hemos de convertirnos en signo de todo eso medio de nuestro mundo con tantos corazones rotos y divididos, con tanto sufrimiento y con tantas ataduras tan difíciles de romper. Por nuestra vida, por los que hacemos, por nuestras actitudes, por el amor que transpiramos en todo nuestro ser, tenemos que convertirnos en signos de esa gracia salvadora del Señor para nuestro mundo.

Juan fue un testigo de la luz, y con toda su vida vino a dar testimonio en medio de su mundo concreto. Nuestro mundo de hoy necesita de ese testimonio, necesita unos testigos. Es lo que tenemos que ser nosotros. Pensemos, por ejemplo, cómo todo el mundo celebra navidad a su manera un año y otro año y sin embargo no se produce la transformación y salvación que Jesús viene a traernos. Sigue nuestro mundo igual con los mismos sufrimientos y sin esperanza. Esto tiene que dolernos.

¿No tendremos algo de culpa nosotros, los creyentes, porque no damos suficientemente el testimonio valiente de Jesús por nuestra vida, por el amor que repartimos, por la paz que llevamos a los demás, por el compromiso por hacer un mundo más justo? Tenemos que hacer presente ese año de gracia del Señor. Tenemos que hacer más presente a Jesús. Si sentimos esa preocupación y ponemos nuestra parte entonces estaremos en verdad preparando los caminos del Señor. Algo, es cierto, vamos haciendo, pero nuestro compromiso tendría que ser mayor.

Estamos esperando con fe la fiesta del nacimiento del Señor, como decíamos en la oración, que lleguemos a celebrar la Navidad, fiesta de gozo y salvación, con alegría desbordante, porque en verdad sintamos que el Señor nace en nosotros y un poquito más en el mundo que nos rodea.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Surgió Elías, un profeta como un fuego


Eclesiástico 40, 1-4.9-11;

Sal. 79;

Mt. 17, 10-13

Las obras de Dios y la manifestación de la gloria del Señor aunque a veces nos pueden parecer arcanas y misteriosas, sobre todo pensado en la inmensidad de Dios que desborda todo lo que nuestra capacidad e inteligencia humana por sí misma pueda comprender, sin embargo se nos manifiestan ordinariamente en la sencillez de las cosas pequeñas y cercanas, porque Dios asimismo quiere acercarse y hacerse cercano al hombre para que entremos en la órbita de su amor.

Contemplamos en la Biblia esas obras maravillosas de Dios y hay ocasiones en que nos cuesta penetrar en su misterio, y pudiera sucedernos en ocasiones que sus mismas palabras manifestadas a través de la voz de los profetas nos cuesten entender. Pero al mismo tiempo, Dios que quiere revelársenos, nos da la luz de su Espíritu para que lleguemos a comprenderlas y todo eso que nos parece misterio de Dios lo podamos sentir hondamente en nosotros.

Hoy la Palabra de Dios ha hecho referencia al profeta Elías y podríamos decir su paralelismo con Juan el Bautista. ‘Profeta como un fuego’, que decía el autor sagrado. Elías fue el profeta de la fidelidad a Yahvé, a Dios, frente a la introducción de los falsos ídolos, los baales, que proliferaban en los pueblos cercanos a Israel. Quieren introducir el culto a los baales y ahí la voz ardiente del profeta que lucha por mantener la verdadera fe en Israel. No fueron tiempos fáciles pero está el ardor y el coraje del profeta que se ve envuelto al final de su vida en el misterio de Dios al ser arrebatado al cielo en medio de un carro de fuego.

Los profetas a lo largo de la historia del pueblo de Dios quieren mantener vivo ese ardor del profeta y anuncian, como lo hace Malaquías, la vuelta de profeta como restaurador de la verdadera fe en Israel. De ello nos habla la reflexión que se hace el sabio del Antiguo Testamento en el libro del Eclesiástico. ‘Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a los padres con los hijos, para restaurar las tribus de Israel’. Palabras un tanto enigmáticas y misteriosas que pudieran ser ocasión de dispares interpretaciones. Pero que nosotros en el espíritu del Evangelio hemos de saber interpretar con la sabiduría de Dios. En la misma Palabra de Dios vamos encontrando ayuda y respuesta para entender todo el misterio que Dios quiere revelarnos.

Por eso la pregunta que le hacen a Jesús en el evangelio que surge de lo que enseñaban los escribas que antes de la llegada del Mesías habría de aparecer de nuevo Elías, el profeta. Ya escuchamos la respuesta de Jesús: ‘Elías vendrá y lo renovará todo’. Pero Jesús añade, ‘pero os digo que Elías ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Y termina diciéndonos el evangelista que ‘los discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista’.

Recordamos que cuando el ángel del Señor se le aparece en el templo a Zacarías para anunciarle el nacimiento de Juan dirá de él, que ‘irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.

Vemos repetidas las palabras del Eclesiástico. Juan viene con el poder y el espíritu de Elías. Jesús nos dice que ‘Elías ya ha venido’. Es el ardor del Precursor del Mesías, también ‘profeta como un fuego’, como Elías, que allá en el desierto preparaba un pueblo bien dispuesto para el Señor. Recordamos en este sentido muchas de sus palabras allá junto al Jordán. Estamos contemplando repetidamente en estos días del adviento la figura del Bautista con todo ese mismo coraje y ardor hablando fuerte y duramente al pueblo para que preparen los corazones a la venida del Señor.

Es lo que ahora nosotros vamos escuchando también nuestro camino de Adviento. Camino también de fidelidad, de purificación, de renovación profunda de nuestra vida; caminos de amor y de esperanza que queremos ir recorriendo para prepararnos como pueblo bien dispuesto para el Señor.