Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Sansón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sansón. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de diciembre de 2012


Llenémonos de alegría con las maravillas que el Señor hace en nosotros

Jueces, 13, 2-7.24-25; Sal. 70; Lc. 1, 5-25
‘No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado…’ Es el saludo del ángel; es el saludo que viene de parte de Dios; es una invitación a la paz; es un sentir en el corazón la paz que viene de Dios. Son las palabras del ángel a Zacarías, como serían también las palabras del ángel a María.
Estamos tan llenos de temores, pero es que además nos sentimos sobrecogidos por las cosas grandes. Nos sentimos empequeñecidos, nos sentimos pobres, inútiles e incapaces; sentimos además la inquietud de lo que nos pueda suceder o de la misión que podamos recibir. Pero no tendríamos que sentir temor cuando Dios viene a nuestra vida. Es más, tendríamos que sentirnos engrandecidos por el honor de que Dios venga a nosotros, nos envíe su ángel para estar con nosotros.
Por eso el ángel pronto le dirá a Zacarías ‘te llenarás de alegría y muchos también se alegrarán…’ Zacarías e Isabel tenían en su corazón las ansias de la paternidad y de la maternidad. ‘Los dos eran ya de edad avanzada y no tenían hijos porque Isabel era estéril’. Es aquí donde se manifiestan las maravillas del Señor. Pensamos que tendríamos que ser grandes e importantes, estar llenos de grandes valores y posibilidades, sabidurías, riquezas, poderes, conocimientos especiales. Pero Dios escoge a los que El quiere y cuando quiere para realizar sus maravillas. Esas maravillas no son el fruto de nuestros saberes o nuestros poderes, sino que son la obra del Señor.
Lo vimos en la primera lectura con los padres de Sansón como lo veremos en otros momentos del Antiguo Testamento para escoger a los que el Señor quiere. Lo vemos ahora en Zacarías e Isabel, aquellos buenos ancianos que no han podido tener hijos, pero que les va a nacer un hijo del que Jesús dirá que no ha nacido de mujer nadie más grande que él. ‘Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan’, le dice el ángel a Zacarías.
El que va a nacer viene lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre materno - recordemos la visita de María a Isabel en la que meditaremos en unos días - ‘y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios’. Es el que viene para ir delante del Señor, va a ser el precursor del Mesías, la voz que gritará en el desierto para preparar los caminos del Señor y ‘viene con el espíritu y poder de Elías - recordemos lo meditado hace pocos días - para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Nos cuesta creer. Nos parecen en ocasiones imposibles las cosas que el Señor nos anuncia. En nuestra pequeñez no es que nos sintamos indignos, es que nos sentimos incapaces porque pensamos que esas maravillas tenemos que hacerlas por nosotros. Pero no son obra nuestra sino obra del Señor.
Le pasó a Zacarías que no terminaba de creer y no hace sino pedir explicaciones. ‘¿Cómo estaré seguro eso?’ se pregunta y le pregunta al ángel. Los temores que se nos meten en el corazón y que nos paralizan.
Aprendamos a confiar en el Señor, a dejarnos conducir por El, a tener fuerte disponibilidad en el corazón para lo que el Señor nos pida, para lo que el Señor nos ofrezca. Ahora mismo preparando los caminos del Señor, preparando nuestro corazón nos vemos tan pecadores que nos parece hasta imposible que seamos amados del Señor. Pero el amor del Señor es una gracia, es un regalo de Dios. Reconozcamos las obras de Dios, reconozcamos el amor del Señor que ha estado grande con nosotros y que nuestra boca, como decíamos en el salmo, nuestro corazón se llene de las alabanzas del Señor.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El Señor viene y nos llena de esperanza, de alegría, de confianza

Jueces, 13, 2-7.24-25; Sal. 70; Lc. 1, 5-25

Todo lo que nos va ofreciendo la liturgia en estos días nos ayuda en nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Las oraciones litúrgicas de cada día, las antífonas, los textos de la Palabra del Señor que se nos proclaman están todos en función de lo que queremos celebrar y vivir y que queremos hacerlo con toda intensidad, con fe grande.
Dos textos nos ofrece la Palabra con un cierto paraelismo: el anuncio del nacimiento de Sansón en el texto del Antiguo Testamento y el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista en el evangelio. Uno y otro, cada uno en su momento, y para nosotros ahora, tratan de despertar esperanza, alegría por la salvación que llega, confianza plena en el Señor que vence todo tipo de temor. Ambos casos en los que se manifiesta el poder del Señor que realiza maravillas y que quiere hacernos entender que Dios se vale también de nuestros medios humanos aunque nos parezcan pobres y pequeños para hacernos llegar su salvación.
El pueblo de Israel pasaba por momentos difíciles a la hora de establecerse en aquella tierra que Dios les había prometido y acosados por los filisteos parecía tener perdida toda esperanza. Y ahí en esas circunstancias hará surgir un gran Juez para el pueblo que les liberaría del poder y acoso de los filisteos. Pero había que confiarse plenamente en el Señor como lo hacen humildemente los padres de Sansón.
De manera semejante, Dios hará nacer al que va a ser el precursor del Mesías manifestando su gloria pues ha de nacer de quienes han perdido toda la esperanza de la paternidad o maternidad. El texto del Evangelio nos relata con todo detalle la aparición del ángel del Señor a Zacarías en el templo, mientras está haciendo la ofrenda del incienso en su turno de la tarde para anunciarle el nacimiento de Juan. Y ante lo que le manifiesta el ángel surge la duda en el corazón de Zacarías y la pregunta. ‘¿Cómo voy a estar seguro de eso? Pues yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada’ exclamará Zacarías porque Isabel era estéril. Los momentos serán difíciles también para creer Zacarías y aparecerá la dura prueba. Pero al final vencerá la confianza plena en el Señor.
Así se nos manifiesta también el Señor a nosotros. Así tenemos que ir creciendo en confianza en el Señor. Así queremos irnos preparando y dejando al Señor actuar en nuestra vida. El Señor nos llama, nos hace sentir su gracia y su poder, muchas veces por los caminos que nosotros pensamos. Pero es ahí precisamente donde tenemos que afirmarnos bien en nuestra fe, en nuestra confianza en el Señor.
Podrán aparecernos dudas, interrogantes dentro de nosotros, cosas que no veamos clara, como le sucedía a los padres de Sansón, como le sucedía a Zacarías ante todo lo que le estaba manifestando el ángel del Señor. Muchas cosas nos pondrán a prueba. Pero ahí tiene que estar nuestra confianza total en el Señor.
Es lo que le hemos pedido al Señor en la oración. ‘Asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la Encarnación’. Fe íntegra y piedad sincera, hemos dicho. Que el Señor nos ayude a seguir creciendo en nuestra fe.
Por su parte en el aleluya antes del Evangelio con la antífona propia de este día hemos llamado a Cristo ‘resplandor de la luz eterna y sol de justicia’, y le hemos pedido que venga pronto a nuestra vida para ‘alumbrar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte’. Que venga Cristo pronto a nuestra vida para que se disipen para siempre esas sombras de muerte y de pecado. Que venga con su salvación y nos llene de su luz.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Que se disipen nuestras dudas porque el Señor hace maravillas

Jueces, 13, 2-7.24.25
Sal. 70
Lc. 1, 5-26


‘Para Dios nada hay imposible’, le dijo el ángel a María al comunicarle que ‘Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril’.
Hoy hemos escuchado el mensaje del ángel anunciando a Zacarías el nacimiento de Juan el que ‘irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres a los hijos… preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Admiramos las maravillas del Señor que quiere contar con el hombre para manifestar su grandeza y ademas nos revela su amor y su plan de salvación por caminos muchas veces insospechados. Sus caminos no son nuestros caminos, sus planes no son nuestros planes, hemos escuchado más de una vez en la Escritura Santa. Nosotros nos imaginamos unos caminos o nos trazamos nuestros planes pero siempre el Señor nos sorprenderá y muchas veces por caminos mucho mas sencillos y humildes que lo que nosotros nos pensábamos.
Es lo que se nos manifiesta hoy en el evangelio y también en la primera lectura del libro de los Jueces. Zacarías e Isabel que ‘eran justos ante Dios, no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada’. También lo escuchamos al hablarnos del nacimiento de Sansón que sería Juez en Israel. ‘Había un hombre en Sorá, llamado Manoaj. Su mujer era estéril y no habían tenido hijos’. También se le manifiesta el ángel del Señor. ‘Vas a concebir y dar a luz un hijo… él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos’. Les señala algunas condiciones de su consagración al Señor como nazireo. Maravillas del Señor.
Zacarías dudó, como tantas veces nosotros dudamos. Nos parece imposible ese actuar maravilloso de Dios. Dudamos y no queremos oír la voz del Señor que de tantas maneras quiere llegar a nuestro corazón. Dudamos porque no tenemos confianza, incluso cuando venimos a la oración a presentar nuestras peticiones al Señor. Dudamos y cerramos los ojos a las maravillas del Señor porque si le escuchamos quizá tendríamos que cambiar nuestros caminos, nuestras actitudes, nuestra manera de pensar, nuestro modo de actuar; y el pecado nos ciega, o el tentador nos hace que se nos llene de dudas y desconfianzas nuestro corazón.
Se acerca la navidad y llega la celebración de la venida del Señor. Y celebramos porque vino y porque viene. Nos miramos a nosotros mismos y miramos nuestro mundo tan falto de la salvación de Dios. Pero pudiera sucedernos que nos quedáramos tan impávidos, con tanta falta de confianza de que con esta venida del Señor que vamos a celebrar muchas cosas pueden cambiar, tendrán que cambiar.
Empecemos por nosotros mismos, por dejar cambiar nuestro corazón con la venida del Señor, que si cambia tu corazón y experimentas esa salvación que transforma tu vida, muchas más cosas pueden cambiar, tienen que cambiar en tu entorno.

viernes, 19 de diciembre de 2008

La salvación es cosa de Dios

Josué, 13, 2-7.24-25

Sal. 70

Lc. 1, 5-25

‘Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día’. Es lo que hemos orado una y otra vez en el salmo. ¡Cómo no alabar al Señor! ¡Cómo no cantar la gloria del Señor! En la esperanza vislumbramos lo que es la gloria del Señor y así nuestro corazón se llena de alegría. Experimentamos una y otra vez en nuestra vida lo grande que es la salvación que el Señor nos ofrece.

No es cosa de los hombres, no es cosa que podamos conseguir por nosotros mismos. La salvación es cosa de Dios. Es quien puede salvarnos. Y los caminos de salvación que El nos ofrece no son lo que nosotros podamos imaginar con nuestros razonamientos humanos. El nos la ofrece gratuitamente cuándo quiere y cómo quiere.

Hoy se nos ofrecen dos testimonios en este sentido en la palabra proclamada. La madre de Sansón ‘era estéril y no había tenido hijos’. Lo mismo sucede con Zacarías e Isabel en el evangelio. ‘No tenían hijos porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada’. Pero Dios quiere suscitarles un hijo en ambos casos. ‘Te llenarás de alegría y muchos se alegrarán en su nacimiento’, le dice el ángel a Zacarías. Donde parecía imposible la maternidad Dios hizo surgir la nueva vida, para que veamos y comprendamos que todo es obra del Señor y no obra nuestra.

Del viejo tronco surge un renuevo, un retoño. Es la vara de Jesé que brota del viejo tronco, al que hace mención la antífona del Aleluya. ‘Raiz de Jesé que te alzas como signo para los pueblos…. Ven a librarnos, no tardes más’.

Sansón será nazir, un consagrado del Señor. ‘El comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos’. Juan estará ‘lleno del Espíritu desde el seno de su madre y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios’. A través de ellos se manifestará la gloria del Señor. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. La elección de Dios no es en beneficio propio sino para que se manifieste la gloria del Señor. Prepara los caminos del Señor, será la misión del Bautista. Pero el que viene será el nos bautice con Espíritu Santo. El que viene es el Salvador.

¿Qué nos queda a nosotros en este camino de Adviento que estamos haciendo? Que no nos falte la fe para que no se apague la esperanza. Creemos y esperamos. Esperamos porque creemos. Una virtud y otra se funden en el amor que queremos poner en nuestra vida para que así preparemos mejor el camino del Señor. Zacarías dudó porque no terminaba de entender lo que el ángel del Señor le revelaba. Pero a pesar de su duda colaboró con el plan de Dios. Y esperó hasta que llegase la luz, al que venía dar testimonio que señalase el camino que llevaba a la luz.

Pongamos fe. Deseemos la luz. Abramos bien los ojos del corazón para descubrir cómo se nos manifiestan los misterios de Dios. Estemos atentos y prontos para acoger la salvación de Dios. Escuchemos la llamada que nos hace el profeta. Preparemos para el Señor un pueblo bien dispuesto.