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sábado, 19 de diciembre de 2009

Que se disipen nuestras dudas porque el Señor hace maravillas

Jueces, 13, 2-7.24.25
Sal. 70
Lc. 1, 5-26


‘Para Dios nada hay imposible’, le dijo el ángel a María al comunicarle que ‘Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril’.
Hoy hemos escuchado el mensaje del ángel anunciando a Zacarías el nacimiento de Juan el que ‘irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres a los hijos… preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Admiramos las maravillas del Señor que quiere contar con el hombre para manifestar su grandeza y ademas nos revela su amor y su plan de salvación por caminos muchas veces insospechados. Sus caminos no son nuestros caminos, sus planes no son nuestros planes, hemos escuchado más de una vez en la Escritura Santa. Nosotros nos imaginamos unos caminos o nos trazamos nuestros planes pero siempre el Señor nos sorprenderá y muchas veces por caminos mucho mas sencillos y humildes que lo que nosotros nos pensábamos.
Es lo que se nos manifiesta hoy en el evangelio y también en la primera lectura del libro de los Jueces. Zacarías e Isabel que ‘eran justos ante Dios, no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada’. También lo escuchamos al hablarnos del nacimiento de Sansón que sería Juez en Israel. ‘Había un hombre en Sorá, llamado Manoaj. Su mujer era estéril y no habían tenido hijos’. También se le manifiesta el ángel del Señor. ‘Vas a concebir y dar a luz un hijo… él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos’. Les señala algunas condiciones de su consagración al Señor como nazireo. Maravillas del Señor.
Zacarías dudó, como tantas veces nosotros dudamos. Nos parece imposible ese actuar maravilloso de Dios. Dudamos y no queremos oír la voz del Señor que de tantas maneras quiere llegar a nuestro corazón. Dudamos porque no tenemos confianza, incluso cuando venimos a la oración a presentar nuestras peticiones al Señor. Dudamos y cerramos los ojos a las maravillas del Señor porque si le escuchamos quizá tendríamos que cambiar nuestros caminos, nuestras actitudes, nuestra manera de pensar, nuestro modo de actuar; y el pecado nos ciega, o el tentador nos hace que se nos llene de dudas y desconfianzas nuestro corazón.
Se acerca la navidad y llega la celebración de la venida del Señor. Y celebramos porque vino y porque viene. Nos miramos a nosotros mismos y miramos nuestro mundo tan falto de la salvación de Dios. Pero pudiera sucedernos que nos quedáramos tan impávidos, con tanta falta de confianza de que con esta venida del Señor que vamos a celebrar muchas cosas pueden cambiar, tendrán que cambiar.
Empecemos por nosotros mismos, por dejar cambiar nuestro corazón con la venida del Señor, que si cambia tu corazón y experimentas esa salvación que transforma tu vida, muchas más cosas pueden cambiar, tienen que cambiar en tu entorno.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Un nombre que es amor y es salvación

Jer. 23, 5-8
Sal. 71
Mt. 1, 18-24

Escuchando con atención la Palabra proclamada, tanto del profeta Jeremías como del Evangelio podría surgir la pregunta o interrogante con cuántos nombres se nos menciona al Mesías que ha de venir y esperamos. ¿Tres nombres?¿un solo nombre?
Jeremías al hablarnos del vástago de David que viene como ‘rey prudente que hará justicia y derecho en la tierra’, nos dice: ‘Y lo llamarán con este nombre: El Señor nuestra justicia…’ Bíblicamente el término justicia no tiene solamente el sentido jurídico o de derecho como nosotros podamos entenderlo, aunque hoy nos haya hablado de que hará justicia y derecho en la tierra. Si nos fijamos a continuación nos ha dicho ‘en su día se salvará Judá, Israel habitará seguro’. Entraña pues el sentido de santidad de Dios y salvación de Dios. El Señor nuestra justicia el que nos hace participar de la santidad de Dios en la salvación que nos ofrece.
En el evangelio aparecerá la cita del profeta Isaías para confirmar lo que el ángel le anuncia a José. ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)’.
Si es el Dios con nosotros es participación de la vida de Dios, de la santidad de Dios. Si es Dios con nosotros es amor de Dios; de un Dios que nos ama y nos salva. Es el amor lo que nos hace sentir a Dios, lo que nos une a Dios, nos acerca, nos hace ser uno con El, como siempre es el amor en los que se aman que tienden a unirse en la unión y comunión más profunda; es el amor que nos hace partícipes de su vida y nos empuja a parecernos a Dios reflejando su santidad en nosotros; es el amor que nos hace santos. En el amor y desde el amor quiso El venir a nosotros de esa manera.
No está lejos, pues, el tercer nombre que hoy se nos propone. Cuando el ángel que se le aparece en sueños para quitar las dudas de José le dice: ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’.
Tenemos que seguir diciendo lo mismo: es el amor el que nos salva; por amor viene Dios a hacerse hombre; por amor el Hijo de Dios se hace Hijo del Hombre; por amor quiere parecerse en todo a nosotros menos en el pecado, pero cargó con nuestros pecados; por amor y el amor más extremo, dio su vida por nosotros, porque nos dirá que no hay amor más grande que el del que da la vida por el amado.
Es nuestra justicia, nuestra salvación y nuestro camino de santidad; es Dios con nosotros y es nuestro Salvador. En el fondo hemos de reconocer un mismo nombre que es el del amor. Dios es amor.
Así se realiza la obra de la salvación y de la redención en nosotros hoy: ni nuestro pecado es del pasado, muy presente en nuestra vida y en nuestro mundo hoy, ni la salvación que Jesús nos ofrece es cosa de otro tiempo que ahora nosotros recordemos devotamente. La salvación de Jesús tiene un hoy en nuestro tiempo y en nuestra vida. Hoy hemos de vivir su salvación como hemos de vivir su amor.
¿Qué nos queda hacer a nosotros? Como José acogida para que llegue a nuestra vida; no lo destacamos lo suficiente cuando hablamos de san José pero en José hay una actitud semejante a la de María la que se puso en las manos de Dios para decir sí; de la misma manera lo vemos en José.
Pero como José nos queda otra actitud: colaboración en la obra de Dios. El ocupó un lugar también en la presencia de Dios hecho hombre, Emmanuel, entre nosotros. Desde el silencio y quedándose en segundo término allí estaba José. No importa ese silencio, pero él estaba colaborando también a la obra de la salvación de Jesús. Que de igual manera nosotros estemos dispuestos también para colaborar allí donde el Señor quiera y en lo que el Señor quiera.
Finalmente recogemos la antífona de este día como súplica y oración: ‘Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí, le diste tu ley, ven a liberarnos con el poder de tu brazo’.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Que la Sabiduría de Dios nos llene de justicia y paz abundante

Gén. 49, 2.8-10
Sal. 21
Mt. 1, 1-17


Iniciamos ocho días en los que la Iglesia en su liturgia quiere ofrecernos textos especiales que nos ayuden a intensificar la preparación para la Navidad. En otros tiempos a nivel popular comenzaban las llamadas ‘misas de luz’, que los mayores podemos bien recordar, y por nuestras calles y plazas, a las puertas de nuestras casas, en nuestros pueblos y barrios sonaban los villancicos que anunciaban la cercanía de la Navidad.
Vamos a intentar dejarnos conducir de mano de la liturgia en estos días con sus textos específicos de la Palabra de Dios que nos irán acercando día a día al misterio de la Navidad – aunque lo iniciamos con el evangelio de san Mateo, luego leeremos de forma continuada el principio del evangelio de san Lucas -, con sus oraciones y antífonas tan especiales como las del Magníficat de Vísperas y que también se recogen como antífonas del Aleluya antes del Evangelio.
Hoy se nos presenta la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán en el evangelio de san Mateo. Jesús, el Cristo, el Ungido de Dios, el Mesías es hijo de David, hijo de Abrahán. Quiere la genealogía que arranca de Abrahán y que tiene como centro importante al Rey David destacar la vinculación del Mesías al pueblo de Israel, al que pertenece y en el que está profundamente arraigado y donde se va a proclamar la Buena Nueva de la salvación, que sin embargo no es sólo para el pueblo judío sino para toda la humanidad.
La lectura del libro del Génesis vincula al Mesías que va a venir a Judá, uno de los hijos de Jacob, que será el heredero de la promesa, porque así a él de manera especial se la trasmite su padre. De la tribu de Judá y de la dinastía de David nos había de venir el Salvador. ‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas… hasta que le rindan homenaje los pueblos’, le anuncia Jacob a su hijo cuando le hace heredero de la promesa.
‘El Señor Dios le dará el trono de David, su Padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre…’ le anunciaría el ángel a María. ‘Hijo de David’, llamará el ángel a José cuando le anuncia que lo que va a nacer de María es obra del Espíritu Santo.
No nos queda hoy sino, por una parte, subrayar lo que hemos pedido en el salmo. ‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, que bien tiene que ser una súplica insistente al Señor que viene con su salvación para este mundo tan necesitado de justicia y de paz. Paz y justicia que en plenitud sólo podemos alcanzar del Señor.
Y por otra parte, destacar la antífona propia de este día, tanto del Magnificat como del Aleluya antes del Evangelio, que tiene que convertirse también para nosotros en súplica anhelante. ‘Sabiduría del Altísimo, que obras todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la prudencia’. Que sepamos abrirnos a esa Sabiduría divina. Que sepamos saborear la justicia y la santidad de Dios que nos llene abundantemente de su paz.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

En las obras de mi amor descubran mi esperanza en Jesús como mi Salvador

Is. 45,6-8.18.21-26
Sal.84
Lc. 7, 19-23


‘Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído…’ fue la respuesta de Jesús a la petición de aquella embajada que había enviado Juan. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’
La respuesta de Jesús, las obras de Jesús concuerdan con lo que había sido anunciado por los profetas. ‘En aquella ocasión curó Jesús a muchos de sus enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista…’
En estos días del Adviento hemos escuchado al profeta hacer ese anuncio. ‘Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegaron los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo y la lengua del mudo cantará…’
La respuesta de Jesús tenía que darle seguridad y certeza a Juan. A quien él había anunciado, para quien había preparado los caminos allí estaba. Para los discípulos de Juan que habían sido enviados comenzaba también una certeza: el Mesías anunciado y esperado había llegado. Juan había cumplido su misión y ahora estaba en la cárcel.
A nosotros nos ayuda también. Pero se producen también muchos interrogantes dentro de nuestro corazón. Si Juan se preguntaba si Jesús era o no era el Mesías esperado, a nosotros quizá se nos pueda preguntar, ¿a quién esperamos? La sociedad que nos rodea que se prepara para las fiestas de navidad, ¿a quién espera?
Quienes nos ven a nosotros preparándonos para la navidad ¿llegarán a descubrir de verdad cuál es nuestra auténtica esperanza cristiana? Por la forma como nosotros nos vamos preparando, las cosas en las que ponemos más empeño y esfuerzo, ¿estaremos deseando en verdad que Jesús llegue a nuestras vidas?
Se me ocurren estas preguntas que me hago a mí mismo. ¿Qué es lo que verán los demás en mí?
Creo que las señales de esa esperanza tenemos que trasmitirlas a través de las señales del amor. Por las señales del amor podía Juan descubrir que Jesús era en verdad el Mesías. Por las señales del amor tenemos que dar razón de nuestra esperanza en Jesús. ‘Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’
Nos preguntamos, ¿vamos haciendo algo de todo eso con las señales de nuestro amor? Las señales tenemos que darlas en nuestro compromiso por la paz y la justicia; en nuestros deseos y acciones concretas que realicemos por consolar al triste o levantar el ánimo del oprimido; en el alivio que vayamos procurando al sufrimiento de los hermanos que caminan a nuestro lado; en lo que seamos capaces de compartir con el que nada tiene para aliviar su necesidad o encuentre solución a sus problemas; en la Buena Noticia que nosotros seamos para los pobres de nuestro mundo hambriento de luz y de vida, de esperanza y de amor.
Daremos así señales de que esperamos en verdad al Salvador, de que deseamos que esa salvación de Jesús llegue a todos. Haremos conocer a Jesús de verdad y podremos despertar la fe y la esperanza en los demás. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Jesús dijo: ‘Dichoso el que no se sienta defraudado por mí’. Ojalá nuestro mundo no se sienta defraudado por el anuncio que nosotros hagamos o dejemos de hacer.

martes, 15 de diciembre de 2009

Dejaré un pueblo pobre y humilde que confía en el nombre del Señor

Sof. 3, 1-2.9-13
Sal.33
Mt. 21, 28-32


‘Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y pecadores le creyeron. Y, aún después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’. Una llamada más del Señor a nuestra conversión.
En estos días escuchando el mensaje del Bautista y reflexionando sobre la Palabra de Dios hemos hablado de la humildad como camino seguro de conversión: la humildad con que nosotros nos acercamos al Señor sabiéndonos indignos y pecadores, la humildad de quien reconoce que necesita de la salvación que Jesús nos ofrece. la humildad de quien se pone en camino de auténtica conversión al Señor. Un camino que hemos de recorrer en estos días como preparación a la celebración de la venida del Señor.
En eso ha abundado la Palabra de Dios proclamada hoy. Por una parte la parábola que Jesús nos ha propuesto que refleja bien lo que solemos hacer muchas veces. Con qué facilidad decimos sí, pero con la misma facilidad olvidamos pronto lo prometido y seguimos por nuestros caminos. Jesús quiere resaltar a aquel hijo que habiendo dicho primero no, sin embargo luego ‘se arrepintió y fue’ al trabajo de la viña al que el padre le había enviado, mientras quien había dicho sí pronto lo olvidó ‘y no fue’.
Por ahí anda nuestro pecado no sólo en decir no, sino muchas veces en un olvido de Dios para vivir nuestra vida a nuestro aire sin tener en cuenta todo el amor que el Señor nos ha manifestado. Creo que si recordáramos continuamente ese amor de Dios nuestras respuestas serían otras. ‘Ay de la ciudad rebelde…’ decía el profeta. ‘No obedecía la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a Dios’.
Cuando no queremos aceptar los mandamientos del Señor ni los queremos recordar ni queremos acercarnos al Señor, allí donde los podríamos recordar y hacer que nos enfrentáramos a nuestra vida pecadora. Nos hacemos sordos a la llamada de Dios. No nos queremos enterar. Nos cegamos. Por eso nos cuesta aceptar que nos hagan pensar y reflexionar; rehuimos a quien con su vida recta sea un interrogante para nuestra vida errada. En el fondo es la vergüenza que sentimos por nuestra infidelidad y pecado que no queremos reconocer.
Pero viene el Señor con su misericordia y su perdón. Viene el Señor con su salvación para renovar nuestra vida. Viene el Señor y sigue derramando su amor sobre nosotros haciéndonos una y otra vez sus llamadas. Viene el Señor y con su gracia quiere renovar, hacer nueva, nuestra vida. Pone a nuestro lado testigos que nos llamen y nos interroguen como era Juan Bautista para la gente de su tiempo.
‘Entonces daré a los pueblos labios puros para que invoquen todos el nombre del Señor, para que le sirvan unánimes… dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras ni se hallará en su boca una lengua embustera…’ Así decía el profeta Sofonías.
Que seamos nosotros ese resto justo que obre siempre el bien; que seamos ese resto que escuchamos la enseñanza del camino de la justicia que nos proclama el Bautista; que seamos aquellos que reconozcamos las maravillas del Señor y convirtamos nuestro corazón a El. Que así nos encuentre vigilantes a su venida.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El Espíritu del Señor nos lleve siempre a pronunciar bendiciones sobre los demás

Núm. 24, 2-7.15-17
Sal. 24
Mt. 21, 23-27


Dos comentarios breves a los textos de este lunes de la tercera semana de adviento. La primera lectura es de un libro del Pentateuco que nos habla del camino del pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida.
El rey de Moab, lugar por donde han de pasar los israelitas para llegar a la tierra prometida habiendo oído las maravillas que Dios obraba en aquel pueblo y temiendo lo que podría sucederle al paso de los israelitas intenta a través del mago – adivino – Balaán que las maldiciones caigan sobre los israelitas. Para eso envía a Balaán para que los maldiga.
Tras varios sucesos que no nos vamos a entretener en repetir ahora Balaán en lugar de maldiciones lo que pronuncia sobre el pueblo de Israel son bendiciones. Balaán se deja conducir por el Espíritu del Señor como ya nos apunta el texto sagrado. ‘Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El Espíritu del Señor vino sobre él’.
Parte de ellas son las que hemos escuchado hoy en el texto proclamado en ese lenguaje tan rico en imágenes propio de los orientales. ‘¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río… sale un héroe de su descendencia, domina sobre pueblos numerosos… lo veo, pero no es ahora; lo contemplo pero no será pronto, avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel…’
Siguiendo el libro del Apocalipsis que llama a Jesucristo 'el Lucero de la mañana' la tradición cristiana ha entendido esta profecía como un vaticinio de la aparición de Cristo, verdadera estrella de la mañana para el mundo, luz que ilumina las tinieblas de nuestro espíritu como pedíamos en la oración litúrgica del día.
Caminamos en búsqueda de esa luz. En la noche de la navidad escucharemos que el pueblo que caminaba en tinieblas contempló una luz. Y cuando contemplamos el nacimiento de Cristo todo se llenó de resplandor y de nueva luz. Que así Cristo nos ilumine. Que así nos dejemos nosotros iluminar por Jesús, verdadera luz del mundo, como se proclama a sí mismo en el Evangelio.
Otro mensaje que podríamos deducir para nosotros es primero, que nuestras palabras nunca sean para maldición, para decir mal contra nadie, sino para bendición, para decir siempre bien, para desear siempre lo bueno para los demás y sobre todos vengan las bendiciones del Señor. Y por otra parte que nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor que siempre nos inspirará para lo bueno, para la bendición.
Finalmente una palabra del evangelio. Como ya hemos hecho referencia en días anteriores de una forma o de otra estará apareciendo continuamente la figura del Bautista en este nuestro camino de Adviento. Hoy aparece a partir de una pregunta que le hacen a Jesús sobre su autoridad para hacer lo que hace – a lo que se refiere el texto ha sido la expulsión de los vendedores del templo por Jesús -; pero la pregunta a Jesús es devuelta con la contra-pregunta de Jesús. ‘El Bautismo de Juan, ¿de dónde venía del cielo, o de los hombres?’
En la respuesta más bien el silencio o el no querer responder de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo hay implícito un reconocimiento de la figura de Juan como profeta - ‘todos tienen a Juan por profeta’, confiesan en su interior – y como quien hace las obras de Dios. ‘Profeta y más que profeta’ dirá Jesús del Bautista en otra ocasión.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Alegría, amor, justicia, humildad, conversión, oración… nuestro camino de Adviento


Sof. 3, 14-18;

Sal.: Is. 12, 2-6;

Filp. 4, 4-7;

Lc. 3, 10-18


En nuestros pueblos y parroquias había la bonita costumbre de que la víspera de la fiesta, o el sábado, víspera del domingo día del Señor, las campanas repicaban al mediodía anunciando la próxima celebración del día de fiesta. En una parroquia en la que estuve varios años incluso había otra costumbre hermosa; el día primero del mes en que se celebraban las fiestas patronales, ya se iniciaban esos alegres repiques, incluso en la medianoche del día en que se iniciaba el mes. Era el júbilo y la alegría por la fiesta que llegaba. Aún no era la fiesta, o aún no era el día del Señor, pero ya se estaba viviendo la alegría de dicha celebración.
Es lo que la liturgia nos invita a vivir este tercer domingo de Adviento en la cercanía de la Navidad. Todas las invitaciones a la alegría que nos hace hoy la Palabra de Dios y toda la liturgia de este domingo es como un anticipo en la esperanza de la alegría de la venida del Señor.
‘Regocíjate, gr ita de júbilo, alégrate y gózate’, nos decía el profeta Sofonías. ‘Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres… que lo conozca todo el mundo’, nos decía y repetía san Pablo. ‘Gritad jubilosos…’ nos invitaba el salmo.
¿Por qué tanta alegría y júbilo?,‘¡Qué grande es en medio de ti, el Santo de Israel’ respondía el mismo salmo. 'El Señor ha cancelado tu condena… el Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás…’ le decía el profeta al pueblo, ‘El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta’. ¿Cómo no llenarse de júbilo en la cercanía de la salvación?
‘El Señor está cerca’, nos decía san Pablo. Viene el Señor. Llega la salvación, la vida, el perdón, la gracia. Está cerca la celebración de la Navidad. Y no sólo es el ambiente externo con sus luces y sus adornos, con sus anuncios y con sus músicas, muchas veces excesivamente comerciales y consumistas, donde lo notamos, sino que, si hemos venido haciendo con sinceridad este camino de Adviento, ya vamos sintiendo cómo se va haciendo presente en nuestra vida, en la medida en que vamos respondiendo a su Palabra.
Es a lo que nos sigue invitando la Palabra del Señor de este domingo. Toda esa invitación a la alegría no nos exime de la preparación sino todo lo contrario nos invita a hacerla con mayor intensidad. Hay una pregunta que se hacía la gente que acudía a Juan, allá en el desierto junto al Jordán, que podría ser también un serio planteamiento que nosotros nos hiciéramos. ‘La gente preguntaba a Juan: Entonces, ¿qué hacemos?... estaba en expectación…’
‘Entonces, ¿qué hacemos?’ ¿cómo tenemos que prepararnos? Las respuestas del Bautista a los distintos grupos que acudían a él y su misma actitud ante el Mesías que llegaba, pueden ser para nosotros una buena pauta en nuestra preparación. Juan pide generosidad en el compartir y justicia, responsabilidad y rectitud, humildad y conversión.
Recordamos brevemente sus palabras. ‘El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo…’ Cristo llega a nosotros en el hermano, y sobre todo el que pobre y en el que sufre. Si no somos capaces de acogerlo, compartir con él lo que somos o tenemos desde el amor, poco podremos acoger a Cristo de verdad en nuestro corazón. No podemos olvidar aquellas palabras de Jesús, ‘lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos a mí me lo hicisteis’.
Es el amor que tiene que llenar nuestra vida, es la búsqueda del bien y la justicia, la rectitud en nuestro obrar y la responsabilidad con que vivimos nuestra vida de cada día, allí en el lugar que ocupemos. A los publicanos les dice que sean justos en sus cobros y a los militares que actúen justa y correctamente. Cada uno de nosotros tenemos que escuchar en la sinceridad de nuestro corazón qué es lo que nos está pidiendo el Señor en ese nuestro actuar de cada día para obrar con esa rectitud y responsabilidad.
Pero más nos enseña el Bautista. Y es la humildad. En la expectación que vivían las gentes con su aparición en el desierto predicando ‘todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías’. El responde abiertamente y con humildad: ‘Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias’. Jesús diría de él en una ocasión ‘os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que él’, y sin embargo ahora Juan se manifiesta con toda humildad. ‘El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Juan sólo era ‘la voz que grita en el desierto’ para preparar los caminos del Señor.
Es la humildad del que se sabe pequeño; es la humildad con que nosotros nos acercamos al Señor sabiéndonos indignos y pecadores; es la humildad de quien reconoce que necesita de la salvación que Jesús nos ofrece; es la humildad de quien se pone en camino de auténtica conversión al Señor. Como ya nos recordaba el pasado domingo, muchas son las cosas que tenemos que transformar en nuestra vida; mucho es lo que el Señor con su gracia a hacer nuevo en nosotros.
Por eso, en esa esperanza y en esa humildad suplicamos confiadamente al Señor: Ven pronto, Señor, no tardes más. Es el cántico que nos acompaña o la música de fondo de nuestra oración y súplica al Señor. ‘En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias vuestras peticiones sean presentadas al Señor’, como nos enseñaba Pablo en la carta a los Filipenses. Es la súplica y es la escucha, es el encuentro vivo con el Señor y es el querernos llenar de su gracia. Es la presencia de la Palabra de Dios en el día a día de nuestra vida y es la vivencia sacramental en la Eucaristía, en la Penitencia. Todo esto tiene que estar muy presente en nuestro camino.
‘Confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, El es mi salvación… dad gracias, invocad su nombre…’ Claro que tenemos que cantar jubilosos: ¡Qué grande es el Señor!

sábado, 12 de diciembre de 2009

Caminos de fidelidad, de austeridad y de conversión

Ecles. 48, 1-4.9-11
Sal.79
Mt. 17, 10-13


La liturgia del adviento nos presenta continuamente la figura del Bautista. ‘El que venía delante del Señor… preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Por eso en este camino lo vamos contemplando una y otra vez, porque en la espiritualidad que hemos de vivir en este tiempo de esperanza especial su figura, su palabra, su presencia nos ayudan hondamente.
La ocasión la tenemos hoy cuando al bajar del monte tras la Transfiguración de Jesús los discípulos le preguntan‘¿Por qué dicen los letrados - los escribas maestros de la ley que se encargaban de explicar las Escrituras al pueblo – que primero tiene que venir Elías?’
Era una enseñanza común tomando al pie de la letra textos del Antiguo Testamento, como el que hemos escuchado hoy en la primera lectura tomado del Eclesiástico, pero también de algunos profetas como por ejemplo Malaquías. Antes de la llegada del Mesías tenía que volver Elías el que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego.
Hoy hemos escuchado. ‘Está escrito que te reservan para el momento… de reconciliar a los padres con los hijos, para restablecer las tribus de Israel’. Una referencia clara a la venida del Mesías que entre otras cosas tenía la misión de ‘restablecer las tribus de Israel’, o sea la restauración de la soberanía de Israel en ese sentido de Mesías Rey y Caudillo de Israel.
Podemos recordar al tiempo que nos vamos haciendo esta reflexión que palabras semejantes a las escuchadas en el libro del Eclesiástico fueron las dichas por el arcángel a Zacarías en el anuncio del nacimiento de Juan. ‘Convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
De ahí la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos a la bajada del Tabor. ‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos’. Y comenta el evangelista que ‘entonces comprendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista’.
Nos hace Jesús una referencia a lo que les costó a los judíos terminar de aceptar a Juan el Bautista que terminaría en la cárcel a manos de Herodes para ser por él ajusticiado. Pero Jesús hace una referencia a sí mismo ‘el Hijo del Hombre que va a padecer a manos de ellos’. Palabras de Jesús que están enmarcadas en el evangelio por dos anuncios que hace Jesús de su propia pasión.
¿Qué mensaje podemos sacar de todo esto para nuestra vida y nuestro camino de Adviento? Como decíamos la liturgia de la Iglesia no para de mostrarnos al Bautista en estos días. Hoy nos hace esta referencia al profeta Elías. Austeridad y sacrificio que vemos plasmadas en la vida de Juan con un mensaje claro de conversión que iremos escuchando un día y otro en este Adviento. Pero Elías es el profeta de la fidelidad al Señor. Nada podrá apartarlo de su fe en El y es lo que trata de inculcar a su pueblo.
Caminemos nosotros esos caminos de fidelidad al Señor impregnándonos de esa austeridad y espíritu de sacrificio del Bautista que nos lleven a esa auténtica conversión al Señor. Es la forma de preparar los caminos del Señor. Que en la venida del Señor encuentre en nosotros ese pueblo bien dispuesto. Que la venida del Señor produzca no una restauración en el orden social o político de las tribus de Israel, sino una restauración profunda de nuestra vida para que cada día seamos más santos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

Is. 48, 17-19
Sal. 1
Mt. 11, 16-19


Hay quienes no saben ser felices con los que son felices, ni saben compartir el dolor o el sufrimiento con los que sufren. Parece que siempre caminaran a la contra de los demás, aunque esto podría también indicar otras actitudes negativas en su corazón. Están todos, por ejemplo, reunidos tratando de ser felices pasando un rato agradable compartiendo la alegría y cosas buenos, y ellos están con cara de circunstancias queriendo ver todo negro, sacando a flote calamidades y tristezas, o bien detrás de eso bueno que se comparte sólo ven dobles intenciones o doble fondo.
Esto pasa en muchas aspectos de la vida. Jesús nos está dando a entender o diciéndonos con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio que igual que a Juan le ponían pegas por su austeridad y penitencia , ahora a El tampoco le quieren aceptar criticando incluso porque se acerca a la oveja perdida para encontrarla y traerla de nuevo al redil. ‘Los hechos darán la razón a la sabiduría de Dios’, termina sentenciando Jesús.
Jesús quiere mostrarnos el rostro misericordioso y compasivo de Dios que a todos ama y a todos busca; lo que Dios quiere es que andemos por buen camino y realmente seamos felices con la felicidad más honda que para eso nos ha creado.
‘El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida’, hemos repetido en el salmo una y otra vez como para mejor convencernos de que sólo siguiendo el camino que El nos traza alcanzaremos la mayor plenitud y la más honda felicidad.
De eso nos ha hablado también el profeta Isaías. ‘Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues…’ Nos cuesta entenderlo a veces. Queremos ser tan autónomos que nos cuesta aceptar la verdad de Dios, y la verdad de la vida que el Señor que nos creó quiere trasmitirnos y enseñarnos.
No es que tengamos que hacer las cosas como autómatas, como si nos guiara un destino ciego o no pudiéramos actuar con raciocinio y libertad. Dios no merma nuestra libertad. El nos ha dotado de esa grandeza y dignidad. Y desde esa libertad nosotros damos nuestro sí razonable a ese proyecto de Dios que lo que quiere es el bien para nuestra vida.
‘Si hubieras atendido a mis mandatos, nos dice el Señor hoy con el profeta, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar; tu progenie sería como arena, como sus granos los vástagos de tus entrañas…’ Pero queriendo escoger nuestro camino a nuestra manera tomamos la senda del mal que nos lleva a la muerte y a la perdición.
‘El que sigue buen camino, tendrá la luz de la vida… no sigue el camino de los impíos… no entra por la senda de los pecadores ni se sienta en la reunión de los cínicos… su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche’.
Que esa sea nuestra manera de seguir al Señor. Este camino de Adviento que estamos viviendo nos ayude a reflexionar sobre ello. ‘El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal’. Ya sabemos el camino que hemos de escoger.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Hacer camino, peregrinar, atravesar desierto…

Is. 41, 13-20
Sal. 144
Mt. 11, 11-15


Hacer camino, peregrinar, atravesar desierto era algo muy presente en la historia del pueblo del Antiguo Testamento y casi me atrevería a decir en su espiritualidad.
Fue lo realizado en el éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida, fue el paso de Dios liberándolos de la esclavitud para hacerlo su pueblo, con la purificación del camino del desierto en su peregrinar antes de llegar a la tierra que el Señor les iba a dar. Pero la imagen del éxodo, del peregrinar vuelve a estar fuertemente presente cuando Dios los libera de la cautividad de Babilonia para regresar a su pueblo y a su templo, para regresar a su tierra y a su ciudad santa de Jerusalén.
Si duro fue el peregrinar por el desierto a pesar de las maravillas que Dios iba realizando con su pueblo, ahora el profeta les anuncia unas nuevas maravillas con la presencia del Señor de manera que ese desierto que tienen que atravesar al salir de la cautividad va a ser para ellos como un vergel. Bellas son las imágenes con las que lo anuncia el profeta. ‘Yo el Dios de Israel no les abandonaré… alumbraré ríos… transformaré el desierto en estanque… pondré cedros y acacias y mirtos y olivos… para que vean ya reflexionen que la mano del Señor lo ha hecho, que el Señor de Israel lo ha creado’.
Ese peregrinar, ese hacer camino y cruzar desierto está presente también en nuestra espiritualidad cristiana. Hacemos camino para seguir a Jesús. Hacemos camino que nos prepara y nos purifica, como ahora estamos haciendo de manera especial en este tiempo del Adviento. Y Juan el Bautista aparecerá para ayudarnos a preparar los caminos del Señor. Estará muy presente en nuestro tiempo de Adviento.
Lo que hoy nos habla el evangelio es de la alabanza que hace Jesús de él. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que él’, nos dice Jesús. Pero viene a recordarnos Jesús el esfuerzo de superación, de conversión y de crecimiento interior que hemos de realizar para aceptar y vivir el Reino de Dios. Era lo que anunciaba el Bautista preparando los caminos del Señor y es lo que tiene que ser también nuestra tarea.
‘El Reino de los cielos hace fuerza, padece violencia, y los esforzados se apoderarán de él’, viene a decirnos Jesús. Padece violencia porque será algo que cueste vivir porque muchas serán las tentaciones que tratarán de apartarnos de ese camino; o también porque con nuestro esfuerzo, nuestros deseos de superación, la conversión que realicemos desde lo hondo del corazón, aunque nos cueste, es como podremos llegar a vivirlo.
Es la idea o el pensamiento con que iniciábamos nuestra reflexión recordando ese camino de desierto, o ese peregrinar que vamos haciendo en nuestra vida. Sabemos donde está nuestra meta en el Reino de Dios que hemos de vivir. Pero sabemos también donde está nuestra fuerza, pues no nos abandonará el Señor. No nos faltarán esas fuentes de agua viva de su gracia que riegue la sequedad de nuestra vida. Con el Señor todos nuestras esfuerzos se convertirán en cañada real que nos conduce a la vivencia gozosa y gratificante del Reino de Dios.
Nos preparamos para acoger al Señor que viene a nuestra vida, como lo vamos a celebrar en la próxima y cercana navidad. ‘Despierta nuestro corazones y muévelos a prepara los caminos de tu Hijo, para que cuando llegue podamos servirte con conciencia pura’, pedíamos con la oración litúrgica de este día.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Venid a mi…

Is. 40, 25-31
Sal. 102
Mt. 11, 28-30


‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús hoy.
‘Venid a mí…’ Jesús quiere que vayamos a El, nos invita a estar con El y seguirle. Sea cual sea nuestra situación. Camina delante de nosotros y quiere que vayamos con El, que le sigamos. En distintos momentos Jesús nos llama.
He pensado en algunos de los momentos en que Jesús invita a estar con El. Andrés y Juan lo buscan, quieren conocerle, le preguntan, ‘Maestro, ¿dónde vives?’ Y Jesús les dice ‘Venid y lo veréis’.
Será pasando junto al lago. Allí hay unos pescadores, recogen las redes, las limpian y las reparan, están absortos en su tarea. Y Jesús les dice: ‘Venid conmigo… y os haré pescadores de hombres’.
En el mostrador de la cobranza de los impuestos está Leví o Mateo. Jesús pasa también y le dice, ‘Ven, sígueme’
Al joven rico que le pregunta por lo que ha de hacer para heredar la vida eterna, Jesús le invita a vender todo lo que tiene, entregar el dinero a los pobres y luego ‘ven y sígueme’.
Otras veces no serán palabras, sino la actitud de Jesús. Su corazón está siempre abierto para acoger. Su presencia misma es una invitación. Y muchos querrán seguirle, lo buscarán por todas partes, serán capaces de irse incluso a lugares apartados para escucharle, le llevarán a los enfermos para que le imponga las manos y los cure y hasta se los bajarán desde el techo para que lleguen junto a El. Su presencia, su amor les está invitando a ir hasta El. Muchos momentos así podríamos recordar del evangelio. No somos en estos momentos exhaustivos.
Hoy hemos escuchado que invita a los que están cansados y agobiados, como un día invitaría a los pecadores, en Jesús van a encontrar la paz para su corazón, el descanso para los cuerpos fatigados o los espíritus atormentados. Y es que en Jesús siempre vamos a encontrar paz. A los enfermos, a los pecadores cuando los despide curados y perdonados les dirá. ‘Vete en paz… no peques más’. En Jesús se han curado, se han sanado, se han salvado, han encontrado el perdón y la paz.
Quienes encuentran en Jesús la paz se convertirán en portadores de paz para los demás. Vete en paz y lleva la paz. Eso que estás viviendo compártelo también con los demás, que los otros puedan saber también que en Jesús ellos encontrarán la paz. Por eso invita a ir con El, a estar con El, pero para luego ser enviados, para ser pescadores de hombres, para ser los que vayan a llevar la Buena Nueva del Reino, que siempre es Buena Nueva de paz, a los demás.
Hemos escuchado también al profeta que nos decía: ‘El da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse’.
Vayamos nosotros también hasta Jesús. ¿Estamos cansados y fatigados? ¿Tenemos problemas o nos sentimos débiles? ¿Hay dolor en nuestros cuerpos o sufrimiento en el espíritu? Vayamos hasta Jesús. Tengamos verdaderos deseos de conocerle cada día más, de amarlo más, de vivir siempre en su amistad y su gracia. Que en este camino de adviento que estamos haciendo crezcan esos deseos de vivir a Cristo, de dejarnos inundar de su vida. En el encontraremos la paz y el descanso que necesitamos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Con María bendecimos a Dios en su Inmaculada Concepción


Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lc. 1, 26-38


‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Sí, bendecimos a Dios que es el que merece toda alabanza y bendición. Para Dios siempre nuestra primera bendición y alabanza. Y lo bendecimos en esta fiesta de María, de su Inmaculada Concepción.
Podría parecer que hoy todas las bendiciones sean para María. No dejamos de bendecirla y alabarla. La felicitamos en este día, en esta fiesta tan hermosa de su Inmaculada Concepción. Queremos, es cierto, mostrarle todo nuestro amor. Es la Madre del Señor, es nuestra Madre, porque así quiso el Señor regalárnosla. Pero nuestra bendición más grande, por decirlo de alguna manera, es para Dios que nos ha regalado a María y nos la ha dado como madre, pero en primer lugar porque ha escogido a María para que ocupara un lugar tan importante en la obra de nuestra redención, de nuestra salvación.
María inmaculada, toda pura y limpia de pecado, preservada del pecado original y nunca manchada con ninguna mácula de pecado; ‘en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado’, como decimos en la oración litúrgica. ‘la preservaste de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como diremos en el prefacio.
La Palabra proclamada en esta solemnidad nos ayuda a hacer el recorrido en el misterio de la salvación y a contemplar el lugar de María. El Génesis nos recuerda nuestro pecado, nuestra condición pecadora, con nuestra desobediencia, nuestras sombras y nuestros miedos, con la muerte que dejamos introducir tantas veces en nuestra vida.
Pero esa primera página no es sólo la de nuestro pecado sino también la página de la esperanza, la de la promesa de la salvación. El proyecto de amor de Dios se realizará a pesar de la negación y del pecado del hombre, porque el amor de Dios está por encima de todo. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tu la hieras en el talón’. La victoria final será de quien aplaste la cabeza del mal, aunque el mal tantas veces quiera herir de muerte al hombre. Está anunciada la victoria de la gracia y de la vida, la salvación. Tendremos un Salvador. Por eso llamamos a esta página el proto-evangelio. Es un primer anuncio de Buena Nueva. Y ahí está también la mujer, la madre, de cuya estirpe saldrá el que sea vencedor del pecado y de la muerte. Es ya un primer anuncio también de María.
Y Dios quiso contar con María porque en su designio eterno de amor, un día El quería encarnarse, ser Emmanuel, ser Dios con nosotros. Sería en el seno de María donde se realizase tan maravilloso misterio. Y María, la llena de gracia, la que se ha dejado inundar por Dios, dice Sí. Aquí estoy, hágase en mí, estoy en tus manos, sólo soy tu esclava porque sólo quiero hacer tu voluntad, por ti quiero dejarme hacer, como barro en tus manos me pongo para ser sólo instrumento de tu amor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, fue la respuesta de María al ángel. Y Dios viene con su salvación. Y Dios realiza maravillas en aquella que se llama a sí misma la humilde esclava del Señor. Y viene Dios para realizar una nueva creación, una nueva criatura que lleno de su vida divina será hijo de Dios.
Las maravillas que Dios está realizando en María son las maravillas que Dios realiza también en nosotros cuando nos otorga su salvación, cuando nos inunda con su amor y su gracia. Decíamos antes con el prefacio que María es ‘comienzo e imagen de la Iglesia’. Es que en María está toda la humanidad que recibe a Dios, toda la humanidad que dice Sí a Dios. Es el comienzo y la imagen de esa humanidad nueva.
En María nos vemos representados, porque ella es una de los nuestros aunque Dios la dotara de tan radiante hermosura; no podía ser menos cuando iba a ser su Madre, cuando iba a ser esa morada especial de Dios entre nosotros donde se encarnara y naciera el Hijo de Dios. Ella es una de los nuestros que va delante de nosotros enseñándonos a decir Sí a Dios; ella es el mejor modelo y ejemplo del nuevo creyente.
Como en María, Dios quiere hacer también maravillas en nosotros, aunque indignos y llenos de pecado. Nosotros tendríamos también que cantar el canto de María sintiendo que en nosotros se están realizando también esas maravillas de Dios. ‘El Señor hizo obras grandes en mí, su nombre es santo’, cantaba María. Ya san Pablo cantaba y bendecía a Dios, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, por todas esas maravillas que Dios realiza en nosotros.
‘Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales…’ En Cristo hemos sido ‘elegidos para ser santos e irreprochables ante El por el amor’. ¿No nos recuerda el ‘llena de gracia’ con que el ángel saludó a María? Nos llena de su gracia, de sus bendiciones para que así seamos santos. Lo podemos ser porque así Dios nos ha bendecido.
En Cristo, en la persona de Cristo, hemos sido ‘destinados a ser sus hijos’. Si a María el ángel le dice ‘el Señor está contigo’, a nosotros nos está diciendo que nos llena de la vida de Dios por la fuerza del Espíritu para en Cristo hacernos hijos de Dios. Maravillas del Señor en nosotros por las que tenemos que bendecir a Dios, darle gracias, alabarle una y otra vez.
Es el destino de Dios, el designio eterno de amor de Dios para con nosotros. María nos abrió el camino cuando ella le dijo Sí a Dios. A ese designio de amor de Dios nosotros tenemos también que decir Sí, como María. Contemplándola a ella, tan hermosa como hoy la contemplamos, nos sentimos impulsados a dar también ese generoso Sí de nuestro amor a Dios.
Contemplar la santidad de María es siempre para sus hijos una llamada a la santidad. Ella es ‘abogada de gracia y ejemplo de santidad’. Con la intercesión de María podemos alcanzarlo porque ella nos hará llegar la gracia del Señor. ‘Concédenos por su intercesión, pedíamos en la oración litúrgica, llegar a ti limpios de nuestras culpas’.
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Con ella sentimos todo el amor de Dios en nosotros y con ella queremos hacerle también la ofrenda hermosa de nuestro amor y santidad.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Mirad a nuestro Dios que viene y os salvará

Is. 35, 1-10
Sal. 84
Lc. 5, 17-26


‘Mirad a nuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará…’ Todo es alegría y fiesta con la presencia del Señor que nos salva. Los desiertos se vuelven vergeles llenos de belleza, no habrá animales salvajes que sean un peligros, son atravesados por calzadas ‘que llamarán Vía Sacra’, por ella caminarán ‘los redimidos y por ella volverán los rescatados del Señor’ porque ya nadie se podrá sentir discapacitado porque todos van a encontrar la salud y la salvación.
Estas palabras, dichas en primer término para el pueblo que vivía el destierro y se veía liberado de su cautividad para volver de nuevo a su tierra, y ya nada sería dificultad para llegar de nuevo a ella, son también anuncio profético del tiempo mesiánico de la salvación. Este es el sentido fundamental con que nosotros las proclamamos y escuchamos en nuestra celebración de Adviento. ‘Viene nuestro Dios y nos salvará’, como repetimos en el salmo responsorial, porque ‘la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra’.
Todo eso lo vemos cumplido en Jesús, que no sólo viene curando a los enfermos, los ciegos, los sordos, los cojos, los sordomudos sino que para todos nos ofrece la salvación más grande que es el perdón de nuestros pecados. ‘Viene el Señor que os resarcirá y os salvará, se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el cojo, la lengua del mundo cantará’, había anunciado el profeta. Ahora lo vemos realizado en Jesús.
El evangelio nos ofrece hoy la curación del paralítico que llevaron hasta Jesús y lo introdujeron ‘por la azotea, separando las losetas, y lo descolgaron a los pies de Jesús… porque no encontraban sitio para introducirlo en la casa, a causa del gentío’. Pero Jesús no sólo lo curará de su invalidez, sino que le ofrecerá la salvación total. ‘El, viendo la fe que tenían, dijo: Hombre, tus pecados están perdonados’.
Es la salvación que Jesús nos da. Para eso ha derramado su sangre en la cruz ‘para el perdón de los pecados’. Aunque no todos lo entienden, ni todos aceptan y reciben esa salvación que Jesús nos ofrece. Hoy vemos en el evangelio quienes critican a Jesús porque se atreve a perdonar los pecados. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?’ Ya hemos visto la respuesta de Jesús. Y también la reacción final de los que creyeron. ‘Todos quedaron asombrados y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: Hoy hemos visto cosas admirables’.
Tenemos que sabernos admirar nosotros también de las maravillas que Dios hace en nosotros. Tenemos que sentir igualmente en nuestro corazón la alegría por la salvación que Cristo nos ofrece. Tenemos que aceptar las palabras, los hechos de Jesús, su salvación tal como El nos la ofrece. Porque también sigue habiendo quien no es capaz de comprender y aceptar esa salvación que Jesús nos ofrece con el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.
¡Cuántos niegan de una forma o de otra este sacramento¡ ¿Cuántos son los que no le dan su importancia y su valor! ¡Cuántos se lo toman con poca seriedad y casi como un juego! Es algo serio y que hemos de saber vivir conscientemente y con toda su profundidad.
Que nos acerquemos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y salgamos de él con la misma alegría y con el mismo asombro que aquellas gentes sentían ante las maravillas que el Señor hacía en su presencia. Sí, con alegría hemos de saber vivir este sacramento donde vamos a recibir regalo tan hermoso como es el perdón de nuestros pecados. Con seriedad siendo conscientes de lo grande que el Señor quiere realizar en nosotros y entonces con el propósito serio de que a partir del sacramento queremos cambiar seriamente nuestra vida. Porque una forma de negarlo o de no tomárselo en serio sería que ahora nos confesamos y cinco minutos después seguimos con los mismos pecados, con las mismas actitudes negativas, con las mismas críticas, por ejemplo, y con el mismo desamor.
¡Qué bueno es el Señor que tales maravillas realiza en nuestra vida! Tomémoslo en serio en este tiempo de adviento, de preparar los caminos del Señor.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Vino hoy la Palabra del Señor y todos verán la salvación de Dios


Baruc, 5, 1-9;
Sal.125;
Filp. 1, 4-6.8-11;
Lc. 3, 1-6

La Palabra de Dios no tiene fecha de caducidad; pero la Palabra de Dios sí tiene una fecha de realización. ¿Cuál es esta fecha? Hoy. Es el hoy salvador de Dios en mi vida. Es el hoy en que me llega esta Palabra de Dios que me anuncia un mensaje de salvación y me da la salvación. Mañana será camino de plenitud total.
Hemos escuchado en el principio del evangelio: ‘En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea…’ y así ha seguido dándonos los datos concretos históricos y religiosos del mundo y del pueblo de Israel de aquel momento concreto, ‘…vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto’.
Pensemos en nuestro momento histórico y religioso, a nivel personal y como comunidad, pues hoy, viene la Palabra de Dios sobre nosotros, sobre ti y sobre mí, aquí cuando esta mañana estamos viviendo esta celebración de la Eucaristía – quienes leen esta reflexión por otro medio distinto de la celebración, por ejemplo, por correo electrónico o en el blogs de internet u otros medios, sientan de la misma manera este hoy de la Palabra que llega a su vida -. Vivimos nuestras circunstancias concretas, con nuestra historia personal concreta, pero a nosotros personalmente nos ama el Señor y a nosotros personalmente nos llega esta Palabra que el Señor tiene que decirnos, y además en esta comunidad concreta donde vivimos y celebramos nuestra fe.
La Palabra que el Señor nos dirige en este segundo domingo de Adviento sigue siendo una invitación a la esperanza y a preparar nuestro corazón al Señor que llega a nuestra vida. Una esperanza que nos llena de alegría, porque así es en toda verdadera esperanza. Tenemos la certeza del Señor que llega a nuestra vida y realiza maravillas en nosotros. Nos invita a despojarnos, como nos dice Baruc ‘del vestido de luto y de aflicción y vestir las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da; envuélvete, nos dice, en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua…’
¿Cuáles son esos vestidos de luto y aflicción? Lejos de nosotros la desesperanza, la tristeza depresiva, las miradas negativas, las actitudes pasivas y paralizantes, los lamentos compulsivos. Quien cree y espera en el Señor no puede cargar de tintes negros su vida sino que en el esperanza, por muy duros y difíciles que sean los momentos por los que haya que pasar, tenemos una certeza en el corazón que nos hará caminar con ilusión y con coraje. Estamos seguros de quien nos fiamos; estamos seguros de la salvación que Dios nos ofrece.
Son otras las vestiduras con que hemos de vestirnos y adornar nuestra vida, ‘galas perpetuas de la gloria de Dios… manto de la justicia de Dios… diadema de gloria perpetua…’ nos decía el profeta. Esa justicia de Dios es su santidad y su gracia, su misericordia y su benevolencia, su luz y su esperanza, su perdón y su vida, la vida nueva que nos da. Es un querer vestirme de Cristo, de su gracia, de sus virtudes, de su justicia, de su santidad. Es vestirme de su amor para llenar mi corazón de solidaridad, misericordia, compasión. Como decía Pablo en la carta a los Filipenses: ‘ésta es mi oración: que vuestra comunidad de amor vaya creciendo más y más en penetración y sensibilidad’. Así vayamos creciendo nosotros en amor y santidad.
Todo esto nos está pidiendo una actitud de conversión profunda en nuestro corazón. Hemos escuchado a Juan el Bautista, ‘que recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en los oráculos del profeta Isaías…’ Ya el evangelista nos señala que Juan es el anunciado por el profeta como ‘la voz que clama en el desierto’ para preparar los caminos del Señor. A través de él también nos llega a nosotros esa misma invitación. Invitación a la conversión, a dejarnos transformar por el Señor, a quitar esos vestidos de luto que antes decíamos y a vestirnos con las vestiduras de la gloria del Señor.
No podemos hacernos sordos a esa invitación. No podemos dejar pasar ese hoy de Dios que llega a mi vida con su salvación. Viene a nuestro encuentro y nos trae vida y gracia. No cerremos las puertas, no cerremos los oídos, no nos cerremos a esa gracia de Dios. Todavía quedan muchos trajes de luto y aflicción en nuestra vida. ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios’.
¿Nos creemos en el camino recto? ¡Ojalá! Pero si con sinceridad miramos nuestra vida nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que corregirnos, cuántas tenemos que mejorar, cuántas tenemos que hacerlas nuevas en nuestra vida. ¿Sabéis una cosa? El camino que tenemos que recorrer – aunque sea preparar los caminos del Señor que llega a nuestra vida – no es otro que seguir el camino de Cristo mismo. El nos lo dice en el Evangelio. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Es vivir a Cristo; es poner como una plantilla sobre nosotros – plantilla que es Cristo mismo – para calcar en nosotros la vida de Cristo. Preparar el camino del Señor no es otra cosa, entonces, que querer cada día conocer más y más a Cristo, para poder reflejarlo totalmente en nuestra vida. Y eso lo hacemos de su mano – El nos guía – y con la fuerza y asistencia de su Espíritu.
Así, como nos dice hoy san Pablo en la carta a los Filipenses, ‘llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios’.
¿No tendremos que decir en verdad, como hemos cantado en el salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’? Como decía el salmista todos tienen que reconocerlo y así tenemos nosotros que proclamarlo a pleno pulmón. ‘Todos verán la salvación de Dios’.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Se apiadará a la voz de tu gemido

Is. 30, 18-21.23-26
Sal.146
Mt. 9, 35-10, 1.6-8


Nos decía el profeta: ‘Pueblo de Sión, habitante de Jerusalén, no tendréis que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá… el grano de la cosecha del campo será rico y sustancioso… tus ganados pastarán en anchas praderas… habrá ríos y cauces de agua… cuando el Señor vende la herida de tu pueblo y cure la llaga de su golpe…’
Ricas imágenes, palabras que anuncian un tiempo nuevo, el tiempo mesiánico que en Cristo vemos cumplido. En la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo que nos manifiesta la misericordia y el amor del Padre. Hoy nos ha dicho el evangelio: ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Es el Señor que escucha nuestros gemidos que decía el profeta. Que nos manifiesta su amor y su compasión. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas,,porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y Jesús se nos manifestará en el evangelio como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las lleva a buenos pastos; nos ofrece el alimento de su Palabra y de su vida, dándosenos El mismo para que le comamos y así tengamos vida para siempre; se nos manifiesta como el Buen Pastor que va a buscar a la oveja descarriada y cuando la encuentra la carga sobre sus hombros y hace fiesta porque ha encontrado la oveja perdida.
Es lo que Cristo quiere seguir realizando hoy a través de su Iglesia, a través de sus pastores, a través de tantos y tantos que El llama para hacerles partícipes del ministerio pastoral; pero a través de tantos y tantos que se han consagrado al Señor para servirle en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los excluidos, en los que nada tienen ni techo para cobijarse. Pensemos, por ejemplo, en las legiones – digámoslo así – de religiosos y religiosas en multitud de obras asistenciales para servir a Cristo en los pobres y en los que sufren. O pensemos también en tantos cristianos comprometidos que dan su tiempo, sus cosas, su vida para ofrecerse voluntarios y trabajar por los demás en tantas instituciones de la Iglesia como Cáritas, Manos Unidas, etc…
Son los que Cristo ha enviado como escuchamos hoy en el evangelio que hace con los doce con una especial misión de anunciar el Reino de Dios. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curad toda enfermedad y dolencia… Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido: dad gratis’.
Pero a algo más nos invita hoy el Señor en el Evangelio. ‘Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’. Nos pide el Señor que oremos al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. Una petición que ha de estar siempre presente en nuestras oraciones: la oración por las vocaciones. ‘La mies es abundante…’
Bien sabemos cuánto hay que hacer en nuestro mundo. Cómo tenemos que anunciar el Reino de Dios con obras y palabras. Se necesitan sacerdotes, misiones, personas consagradas, religiosos y religiosas, cristianos comprometidos con el Reino de Dios. Oremos con insistencia al Señor. Y al mismo tiempo abramos nuestro corazón para escuchar la llamada que el Señor nos pueda hacer para de una forma u otra trabajar también en su mies, en su viña.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Creéis que puedo hacerlo? Manifestemos las maravillas que hace el Señor

Is. 29.17-24
Sal. 26
Mt, 9, 27-31


‘¿Creéis que puedo hacerlo?’, les pregunta Jesús a los dos ciegos que iban tras El gritando por el camino. ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. La fe que tenían era grande. La confianza, total. ‘Sí, Señor’ fue su respuesta unánime. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe… y se les abrieron los ojos’.
Nos hace falta esa fe y esa confianza. Sí, que cuando le pidamos algo al Señor desde nuestra necesidad o desde nuestros problemas, lo hagamos con total confianza. El Señor siempre nos escucha, aunque a nosotros el camino nos parezca largo.
Pero creo que el evangelio y toda la Palabra de Dios hoy proclamada quiere decirnos algo más. Eran unos ciegos llenos de oscuridad, pero que sin embargo vislumbraron donde podía estar la luz. Ellos llevaban otra luz por dentro, que era su fe. Intuían cuanto el Señor podía hacer por ellos. Desde su oscuridad ansiaban la luz y la alcanzaron.
Pero podríamos fijarnos también en el anuncio del profeta. El anuncio que hace es que todo se va a transformar, y además nos dice ‘pronto, muy pronto el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos…’
El mundo se nos vuelve oscuro muchas veces. Hay tantas cosas que no nos gustan. Camina por unos derroteros que no son precisamente lo que nosotros deseamos. Parece que el mal lo domina todo. No entendemos todo lo que sucede y por qué se llega a la situación en que estamos. Los que tenemos inquietud en el corazón con deseos de que las cosas no sean así no sentimos a veces impotentes; queremos trabajar por hacer que todos seamos mejores, para que resplandezcan los valores del evangelio, para hacer una sociedad más humana y respetuosa, para que brille la fe y la religión, y podemos sentirnos desalentados y tener la tentación de que nuestros esfuerzos son en vano.
Podemos pensar en los que trabajan pastoralmente en medio del pueblo de Dios que no siempre llegan a ver el fruto de tantos trabajos y esfuerzos, sino que parece más bien que todo pueda ser un fracaso cuando vemos la poca respuesta, o la no continuidad y perseverancia de aquellas personas con las que trabajamos. Pensemos en las tareas de la catequesis, en los grupos de jóvenes cristianos que tan pronto se desinflan y asúi podíamos pensar en muchas cosas más.
Pero es aquí cuando tenemos que escuchar el evangelio y la Palabra del Señor como una palabra de aliento que nos haga mantenernos firmes en nuestra fe, seguros de nuestra esperanza y fortalecidos frente a todos los cansancios y desalientos. La semilla tenemos que seguirla sembrando, nuestra fe tenemos que mantenerla íntegra y sentirnos seguros de que el Señor está con nosotros.
‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ preguntaba Jesús a los ciegos y quizá nos lo preguntamos nosotros también. Tenemos que sentir la seguridad de la fe. Y la Palabra del Señor es fiel y es siempre eficaz. Y ese mundo transformado del que nos habla el profeta se puede realizar, se va a realizar.
Quizá algunos quieran desterrar la religión, lo cristiano, o los signos sagrados al ámbito de lo privado. Noticias en este sentido escuchamos continuamente porque esos sean los objetivos de ciertos movimientos o ideologías. Ahora hemos oído hablar de la guerra de los crucifijos en los lugares públicos o en las escuelas. Nosotros tenemos que ser valientes para seguir nuestras convicciones públicamente y con firmeza. Nada ni nadie podrá apartarme de mi fe. Y tenemos que buscar la forma de hacerlo.
Estamos en Adviento que, como hemos repetido tantas veces, es tiempo de esperanza. Viene el Señor y El es nuestra fortaleza. Viene con su salvación que nos transformará nuestro corazón para que también transformemos nuestro mundo. No nos faltará la presencia de su Espíritu. No nos podemos encerrar ni tampoco quedarnos en lastimeras lamentaciones por el rumbo que toma nuestro mundo. No son lloros ni lamentaciones lo que se necesita, sino el testimonio valiente y vivo de la fe.
Como aquellos ciegos que se vieron curados por el Señor con sus ojos llenos de luz, nosotros tenemos que ir también a proclamar ante el mundo las maravillas que hace Dios con su amor.

jueves, 3 de diciembre de 2009

¿En qué roca hemos de cimentar nuestra fe?

Is. 26, 1-6
Sal. 117
Mt. 7, 21.24-27


Cuando queremos edificar una casa tenemos que procurarle unos buenos cimientos. No nos podemos quedar sólo en la apariencia externa o en los adornos. Así en el edificio de nuestra vida cristiana, en el edificio de nuestra fe.
Tenemos fe y decimos que creemos en Dios, pero no pueden ser sólo buenas palabras. Y cuando nosotros en un Dios que tanto nos ama, que es nuestro Padre y que por nosotros y para nosotros nos ha enviado a su Hijo Jesús, honda tiene que ser nuestra respuesta. Por eso hemos de comenzar por querer conocerle más y descubrir en lo más profundo cuál es su voluntad para nosotros. Y por ahí tenemos que caminar, que será siempre un camino de amor, una respuesta de amor, de amor fiel. Lo que tendrá que darle hondura a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.
Hoy nos habla Jesús de casa edificada sobre roca y casa edificada sobre arena. Cuando no hay verdaderos cimientos ante cualquier embate el edificio se pone en peligro. ‘Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente’. No queremos entrar en juicio contra nadie, pero bien hemos visto muchas veces gente que nos parecía buena y hasta piadosa, pero que se enfriaron, abandonaron su práctica religiosa y cristiana y hasta algunas veces los vemos alejados de la fe. ¿Qué les habrá sucedido? ¿Tendrían bien cimentada su vida cristiana? ¿Nos puede suceder a nosotros lo mismo?
Jesús había dicho que ‘el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo… el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica… es el que entrará en el reino de los cielos… porque se parece a aquel hombre prudente que edificó sobre roca’. Buscar, pues, lo que es la voluntad del Padre del cielo, escuchar a Jesús que es quien mejor nos descubre quien es Dios y lo que Dios quiere de nosotros, y ponerlo en práctica, vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
Esto nos pide que en verdad tengamos deseos y tengamos voluntad de ponernos en un verdadero camino de crecimiento espiritual, de crecimiento en nuestra vida cristiana. Cuántos nos dicen es que yo soy cristiano de toda la vida, ahora a estas alturas qué voy a aprender, qué me van a enseñar o qué nuevo tengo que hacer. Y se contentan con lo de siempre, no le han dado profundidad a su fe y a su vida cristiana, tienen el peligro de quedarse en lo superficial, no han crecido en la fe, en el descubrimiento de la voluntad de Dios, muchas veces su fe se queda en lo infantil y sin madurar. Les falta una verdadera sustentación.
Y es que en la medida en que amemos a Dios con toda sinceridad, cada día tendremos deseos de conocerle más y más y nunca nos cansaremos de ese crecimiento, de ese avance en su vida cristiana. Dos enamorados que se aman de verdad cada día quieren conocerse más, cada día quieren sentirse más unidos y, si no les falla o les merma su amor, cada día tendrán más deseos de amarse más y mejor.
Es así cómo tiene que ser el alimento de cada día de nuestra vida cristiana la Palabra de Dios. Ese lectura de la Biblia que hacemos a nivel personal e individual para aprenderla, y cuando digo para aprenderla es apresarla, tomarla para mi vida, rumiarla en mi interior, reflexionarla, hacerla oración. Esa oración que me hace sentir en la presencia de Dios, para sentirle y para vivirle allá en lo más hondo de nosotros, para amarle cada vez más, pero para experimentar cada vez con mayor intensidad su amor en mi vida. Y de ahí en nuestro proyecto espiritual, pues, nuestra vida sacramental, la vivencia de la Eucaristía y de los sacramentos que alimentan con la gracia de Dios nuestra vida cristiana.
Ahí tenemos el cimiento sobre roca que necesitamos para mantenernos firmes en nuestra fe, comprometidos en nuestro amor y llenos de esperanza en la vida eterna de la que Dios quiere hacernos partícipes y que un día viviremos en plenitud.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación

Is. 25, 6-10
Sal. 22
Mt. 15, 29-39


Cuando nos sentimos agobiados por el sufrimiento, sea del tipo que sea, parece que lo menos que apetecería una sería comer o participar en un banquete de fiesta. Pareciera que se hubiera perdido toda esperanza y más quisiéramos dejarnos morir cuando así nos vemos hundidos y deprimidos.
Sin embargo, el profeta hoy, hablándole a su pueblo que precisamente no pasa por sus mejores momentos, les anuncia que se descorrerán los velos y festones de luto y de muerte porque todos estamos invitados a un magnífico banquete. Y nos hace una hermosa descripción. ‘Preparará el Señor de los Ejércitos, para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos…’
El dolor y el sufrimiento tienen que haber pasado, la esperanza tiene que haber renacido, los velos de la tristeza y las lágrimas del dolor tienen que desaparecer porque la muerte ha sido aniquilada para siempre y todo tiene que ser vida y alegría. ‘Arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa las naciones. Aniquilará la muerte para siempre… enjugará las lágrimas de todos los rostros’.
¿Cuál es la razón, el motivo de semejante banquete y de tan alegre fiesta? ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Todos entendemos el mensaje mesiánico de este texto, pero que también es como una figura y tipo del banquete del Reino de Dios al que todos estamos invitados en Jesús. El evangelio de hoy nos hablará de una comida bien abundante que será anuncio y anticipo del banquete de la Eucaristía que Jesús nos dará.
Hemos escuchado en el evangelio el relato de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado comiendo hasta saciarse una multitud considerable de personas. ‘Comieron hasta saciarse y recogieron las sobras… los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños’.
Un milagro de Jesús que es todo un signo. No será ya el pan milagrosamente multiplicado el que Jesús quiere darnos a comer, sino que será Él mismo el que se nos dé como comida y alimento de vida eterna. En el evangelio de san Juan es precisamente después del relato de la multiplicación de los panes cuando Jesús nos anuncia el banquete de la Eucaristía. ‘El que come del pan que yo le daré tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, nos dirá.
Ése sí que es un festín de manjares enjundiosos porque comemos al mismo Cristo. Con Cristo ya no puede haber muerte, sino que todo tiene que ser alegría y vida. Se correrán para siempre los paños del luto y la tristeza. Con Cristo está superado todo dolor y todo sufrimiento porque con El toda la vida adquiere un nuevo sentido en el amor.
Estamos haciendo el camino del Adviento que nos tiene que llevar a ese encuentro pleno con el Señor que viene a nuestra vida. Y El quiere ser para nosotros vida, salvación, paz, alegría. Para eso se nos da en la Eucaristía. Que así lo podamos vivir en plenitud, así nos llenemos de su salvación. ‘Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación’.

martes, 1 de diciembre de 2009

Un vástago florecerá de su raíz

Is. 11, 1-10
Sal. 71
Lc. 10, 21-24


‘Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz…’ hemos escuchado que así ha comenzado el profeta.
Es como hablar de un tronco viejo, endurecido, reseco del que parece que no puede tener vida ni hacer que de él pueda surgir un nuevo brote o una nueva planta. Sin embargo el profeta nos dice que sí brotará un renuevo, y de su raíz un vástago nuevo. Y ya nos dice que el Espíritu del Señor es el que le dará vida y hará surgir un nuevo vivir. Es muy significativa esta imagen.
La profecía nos hace una descripción de lo que es ese tronco viejo, lo que está significando, porque nos está reseñando un mundo de injusticias, de apariencias y falsedades, de violencia y de muerte, un mundo de enfrentamientos y rivalidades, como puede ser la expresión de la no posible convivencia de animales feroces y salvajes con otros animales más domésticos.
El profeta describe la situación del mundo que él vive, pero que puede ser una perfecta descripción de lo que es nuestro propio mundo. No tenemos que detenernos mucho para hacer la comprobación en nuestra realidad de la descripción profética. ¿No oímos hablar continuamente de violencias de todo tipo, ya sean actos terroristas, ya lo que llaman violencia de género por emplear una expresión actual, o las violencias y enfrentamientos en las familias o entre vecinos, entre razas y entre pueblos? ¿No es un mundo injusto en el que vivimos con tantas desigualdades que provocan tantas miserias? ¿No oímos hablar continuamente de corrupción y de tantas cosas más en ese estilo de injusticias? Podríamos pensar aún en muchas cosas más.
Pero de esa situación de mal, de muerte, de tronco reseco, el Espíritu, nos dice el profeta, hace surgir algo nuevo, ‘un vástago florecerá de su raíz’. Está lleno del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y de discernimiento, espíritu de consejo y de valor, espíritu de piedad y de temor del Señor; le llenará el Espíritu del Señor’. A continuación habla el profeta de justicia, lealtad, equidad, paz…
Un texto en cierto modo paralelo a aquel otro del mismo Isaías que Jesús proclamará en la sinagoga de Nazaret en lo que llamamos su discurso programático y que nos viene a decir que todo eso se estaba cumpliendo en El. ‘Hoy se cumple todo esto que acabáis de oír’, les dirá entonces.
Ahora el profeta nos habla de la justicia nueva, de la verdad, de la paz y la armonía que vendrá a nuestro mundo con la llegada del Mesías. ‘Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos; un muchacho los pastorea…’ Así seguirá describiéndonos con ricas imágenes esa armonía total en la nueva creación.
‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, que hemos rezado en el salmo. Todo es nuevo, todo es paz, ya nadie le hará daño al otro. ‘No harán daño ni estrago por todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas cubren el mar’. Así es la abundancia de la paz.
Es la paz mesiánica. Es lo que tendría que ser nuestra vida si recibimos y aceptamos a Jesús en nuestra vida. Es la tarea en la que hemos de comprometernos. Es el mundo nuevo que hemos de construir y vivir. No son ilusiones infundadas ni sueños imaginarios, son esperanzas vivas. Creemos y esperamos al Señor que viene y que puede realizar y realiza esas maravillas en nosotros y en nuestro mundo. Es el recorrido que vamos haciendo en este Adviento, porque es lo que queremos en verdad celebrar cuando llegue la Navidad. Así el Señor transforma nuestra vida.
Con corazón humilde y sencillo nos acercamos al Señor y con esperanza viva. Si así con esa humildad y con esa confianza vamos a El, se nos manifestará, podremos conocerle, como nos dice hoy el evangelio, y podremos vivir ese mundo nuevo de gracia y santidad que Dios quiere para nosotros.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Andrés discípulo y apóstol, llamado y enviado


Rom. 10, 9-18
Sal. 18
Mt, 4, 18-22


‘Paseando Jesús junto al lago vio a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés… eran pescadores… y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres… dejadas las redes le siguieron…’
Este es Andrés, el hermano de Simón, el ‘primer llamado’ como le proclama la Iglesia de Constantinopla, a quien hoy estamos celebrando. Lo del primer llamado es una clara referencia a la escena que nos narra el evangelio de san Juan; Andrés y Juan, el hermano de Santiago, eran discípulos del Bautista y escucharon el anuncio que Juan había hecho allí junto al Jordán: ‘Yo he visto que el Espíritu bajaba sobre El como una paloma… yo lo he visto y doy testimonio de que El es el Hijo de Dios… Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Y aquellos dos discípulos se fueron tras Jesús.
Detalle a tener en cuenta. Se habían dejado guiar por el Bautista. Había venido a preparar los caminos del Señor y ahora señalaba a aquellos dos discípulos cómo habían de ir hasta Jesús. ‘Conviene que El crezca y que yo mengue…’ diría más tarde. Y sus discípulos se fueron con Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis’.
Otro detalle a tener en cuenta. Andrés fue y conoció a Jesús, estuvo con Él y ya a la mañana siguiente salió a hacer el anuncio. ‘Hemos encontrado al Mesías’, le dice a su hermano Simón y lo lleva también hasta Jesús.
Finalmente quiero fijarme en otro momento donde vuelve a aparecer Andrés en el Evangelio. Los dos griegos que querían conocer a Jesús fueron a Felipe, el de Betsaida. Felipe fue a contarle a Andrés la buena noticia de que los griegos querían conocer a Jesús. Y Felipe y Andrés fueron hasta Jesús. Como llevó a Pedro su hermano hasta Jesús, ahora quiere abrirle caminos a aquellos extranjeros hasta Jesús. Se convierte en algo así como intercesor o mediador.
Un llamado que se deja conducir para ir hasta Jesús y dar luego una respuesta pronta y generosa, pero que pronto se convierte en mensajero, en mediador, en apóstol y en intercesor para que otros conozcan a Jesús, lleguen hasta Jesús y Jesús también los reciba y acoja. Hermosa tarea la de Andrés; un entrenamiento ahora para la inmensa labor apostólica y misionera que luego realizará. Moriría en Patras en Grecia y también crucificado como su Maestro.
Nos ha hablado san Pablo en la carta a los Romanos de confesar que Jesús es el Señor y Dios lo resucitó con nuestro corazón y con nuestros labios, o sea, con toda nuestra vida. ‘Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás’. Desde esa confesión alcanzaremos la justificación y la salvación. Pero nos habla Pablo a continuación, sintiendo gran dolor en el alma y fuego ardiente en su espíritu que para invocarlo hay que creer en Él, y que no podrán creer en El si no se les anuncia. Realizarán ese anuncio los enviados y los enviados han de proclamar claro el mensaje que no es otra cosa que hablar de Cristo. ‘La fe nace del mensaje y el mensaje consiste en hablar de Cristo’.
Cuando nosotros hoy celebramos la fiesta del Apóstol san Andrés, con todos estos detalles que hemos ido subrayando y lo que la Palabra del Señor nos ha dicho, tendríamos que tener fuego en el corazón, ardor y coraje en nuestra vida para escuchar el mensaje y el envío que se nos hace para que todos puedan llegar a la fe, conocer a Jesús, y confesarle como nuestro Dios y Señor, como nuestro Salvador y como nuestra vida y así sentir el envío que también nos hace a nosotros. Ir a anunciar el evangelio del Reino y aunque nos cueste, aunque sea difícil, aunque algunos cierren los oídos. Nosotros no podemos cerrar los oídos, tenemos que hacer soltar nuestra lengua para poder hablar de Cristo, para anunciar a Cristo a los demás.
Creo que éste puede ser el mensaje que recibamos de esta fiesta y nuestro compromiso allí donde estamos. Siempre podemos llevar a un hermano hasta Jesús, siempre podemos ser mediadores para que otros lleguen a Jesús, siempre podemos convertirnos en intercesores con nuestra oración pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies porque es abundante y los obreros son pocos, y además pidiendo por todos los que no conocen a Jesús.