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sábado, 5 de diciembre de 2009

Se apiadará a la voz de tu gemido

Is. 30, 18-21.23-26
Sal.146
Mt. 9, 35-10, 1.6-8


Nos decía el profeta: ‘Pueblo de Sión, habitante de Jerusalén, no tendréis que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá… el grano de la cosecha del campo será rico y sustancioso… tus ganados pastarán en anchas praderas… habrá ríos y cauces de agua… cuando el Señor vende la herida de tu pueblo y cure la llaga de su golpe…’
Ricas imágenes, palabras que anuncian un tiempo nuevo, el tiempo mesiánico que en Cristo vemos cumplido. En la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo que nos manifiesta la misericordia y el amor del Padre. Hoy nos ha dicho el evangelio: ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Es el Señor que escucha nuestros gemidos que decía el profeta. Que nos manifiesta su amor y su compasión. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas,,porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y Jesús se nos manifestará en el evangelio como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las lleva a buenos pastos; nos ofrece el alimento de su Palabra y de su vida, dándosenos El mismo para que le comamos y así tengamos vida para siempre; se nos manifiesta como el Buen Pastor que va a buscar a la oveja descarriada y cuando la encuentra la carga sobre sus hombros y hace fiesta porque ha encontrado la oveja perdida.
Es lo que Cristo quiere seguir realizando hoy a través de su Iglesia, a través de sus pastores, a través de tantos y tantos que El llama para hacerles partícipes del ministerio pastoral; pero a través de tantos y tantos que se han consagrado al Señor para servirle en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los excluidos, en los que nada tienen ni techo para cobijarse. Pensemos, por ejemplo, en las legiones – digámoslo así – de religiosos y religiosas en multitud de obras asistenciales para servir a Cristo en los pobres y en los que sufren. O pensemos también en tantos cristianos comprometidos que dan su tiempo, sus cosas, su vida para ofrecerse voluntarios y trabajar por los demás en tantas instituciones de la Iglesia como Cáritas, Manos Unidas, etc…
Son los que Cristo ha enviado como escuchamos hoy en el evangelio que hace con los doce con una especial misión de anunciar el Reino de Dios. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curad toda enfermedad y dolencia… Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido: dad gratis’.
Pero a algo más nos invita hoy el Señor en el Evangelio. ‘Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’. Nos pide el Señor que oremos al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. Una petición que ha de estar siempre presente en nuestras oraciones: la oración por las vocaciones. ‘La mies es abundante…’
Bien sabemos cuánto hay que hacer en nuestro mundo. Cómo tenemos que anunciar el Reino de Dios con obras y palabras. Se necesitan sacerdotes, misiones, personas consagradas, religiosos y religiosas, cristianos comprometidos con el Reino de Dios. Oremos con insistencia al Señor. Y al mismo tiempo abramos nuestro corazón para escuchar la llamada que el Señor nos pueda hacer para de una forma u otra trabajar también en su mies, en su viña.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Creéis que puedo hacerlo? Manifestemos las maravillas que hace el Señor

Is. 29.17-24
Sal. 26
Mt, 9, 27-31


‘¿Creéis que puedo hacerlo?’, les pregunta Jesús a los dos ciegos que iban tras El gritando por el camino. ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. La fe que tenían era grande. La confianza, total. ‘Sí, Señor’ fue su respuesta unánime. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe… y se les abrieron los ojos’.
Nos hace falta esa fe y esa confianza. Sí, que cuando le pidamos algo al Señor desde nuestra necesidad o desde nuestros problemas, lo hagamos con total confianza. El Señor siempre nos escucha, aunque a nosotros el camino nos parezca largo.
Pero creo que el evangelio y toda la Palabra de Dios hoy proclamada quiere decirnos algo más. Eran unos ciegos llenos de oscuridad, pero que sin embargo vislumbraron donde podía estar la luz. Ellos llevaban otra luz por dentro, que era su fe. Intuían cuanto el Señor podía hacer por ellos. Desde su oscuridad ansiaban la luz y la alcanzaron.
Pero podríamos fijarnos también en el anuncio del profeta. El anuncio que hace es que todo se va a transformar, y además nos dice ‘pronto, muy pronto el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos…’
El mundo se nos vuelve oscuro muchas veces. Hay tantas cosas que no nos gustan. Camina por unos derroteros que no son precisamente lo que nosotros deseamos. Parece que el mal lo domina todo. No entendemos todo lo que sucede y por qué se llega a la situación en que estamos. Los que tenemos inquietud en el corazón con deseos de que las cosas no sean así no sentimos a veces impotentes; queremos trabajar por hacer que todos seamos mejores, para que resplandezcan los valores del evangelio, para hacer una sociedad más humana y respetuosa, para que brille la fe y la religión, y podemos sentirnos desalentados y tener la tentación de que nuestros esfuerzos son en vano.
Podemos pensar en los que trabajan pastoralmente en medio del pueblo de Dios que no siempre llegan a ver el fruto de tantos trabajos y esfuerzos, sino que parece más bien que todo pueda ser un fracaso cuando vemos la poca respuesta, o la no continuidad y perseverancia de aquellas personas con las que trabajamos. Pensemos en las tareas de la catequesis, en los grupos de jóvenes cristianos que tan pronto se desinflan y asúi podíamos pensar en muchas cosas más.
Pero es aquí cuando tenemos que escuchar el evangelio y la Palabra del Señor como una palabra de aliento que nos haga mantenernos firmes en nuestra fe, seguros de nuestra esperanza y fortalecidos frente a todos los cansancios y desalientos. La semilla tenemos que seguirla sembrando, nuestra fe tenemos que mantenerla íntegra y sentirnos seguros de que el Señor está con nosotros.
‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ preguntaba Jesús a los ciegos y quizá nos lo preguntamos nosotros también. Tenemos que sentir la seguridad de la fe. Y la Palabra del Señor es fiel y es siempre eficaz. Y ese mundo transformado del que nos habla el profeta se puede realizar, se va a realizar.
Quizá algunos quieran desterrar la religión, lo cristiano, o los signos sagrados al ámbito de lo privado. Noticias en este sentido escuchamos continuamente porque esos sean los objetivos de ciertos movimientos o ideologías. Ahora hemos oído hablar de la guerra de los crucifijos en los lugares públicos o en las escuelas. Nosotros tenemos que ser valientes para seguir nuestras convicciones públicamente y con firmeza. Nada ni nadie podrá apartarme de mi fe. Y tenemos que buscar la forma de hacerlo.
Estamos en Adviento que, como hemos repetido tantas veces, es tiempo de esperanza. Viene el Señor y El es nuestra fortaleza. Viene con su salvación que nos transformará nuestro corazón para que también transformemos nuestro mundo. No nos faltará la presencia de su Espíritu. No nos podemos encerrar ni tampoco quedarnos en lastimeras lamentaciones por el rumbo que toma nuestro mundo. No son lloros ni lamentaciones lo que se necesita, sino el testimonio valiente y vivo de la fe.
Como aquellos ciegos que se vieron curados por el Señor con sus ojos llenos de luz, nosotros tenemos que ir también a proclamar ante el mundo las maravillas que hace Dios con su amor.

jueves, 3 de diciembre de 2009

¿En qué roca hemos de cimentar nuestra fe?

Is. 26, 1-6
Sal. 117
Mt. 7, 21.24-27


Cuando queremos edificar una casa tenemos que procurarle unos buenos cimientos. No nos podemos quedar sólo en la apariencia externa o en los adornos. Así en el edificio de nuestra vida cristiana, en el edificio de nuestra fe.
Tenemos fe y decimos que creemos en Dios, pero no pueden ser sólo buenas palabras. Y cuando nosotros en un Dios que tanto nos ama, que es nuestro Padre y que por nosotros y para nosotros nos ha enviado a su Hijo Jesús, honda tiene que ser nuestra respuesta. Por eso hemos de comenzar por querer conocerle más y descubrir en lo más profundo cuál es su voluntad para nosotros. Y por ahí tenemos que caminar, que será siempre un camino de amor, una respuesta de amor, de amor fiel. Lo que tendrá que darle hondura a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.
Hoy nos habla Jesús de casa edificada sobre roca y casa edificada sobre arena. Cuando no hay verdaderos cimientos ante cualquier embate el edificio se pone en peligro. ‘Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente’. No queremos entrar en juicio contra nadie, pero bien hemos visto muchas veces gente que nos parecía buena y hasta piadosa, pero que se enfriaron, abandonaron su práctica religiosa y cristiana y hasta algunas veces los vemos alejados de la fe. ¿Qué les habrá sucedido? ¿Tendrían bien cimentada su vida cristiana? ¿Nos puede suceder a nosotros lo mismo?
Jesús había dicho que ‘el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo… el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica… es el que entrará en el reino de los cielos… porque se parece a aquel hombre prudente que edificó sobre roca’. Buscar, pues, lo que es la voluntad del Padre del cielo, escuchar a Jesús que es quien mejor nos descubre quien es Dios y lo que Dios quiere de nosotros, y ponerlo en práctica, vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
Esto nos pide que en verdad tengamos deseos y tengamos voluntad de ponernos en un verdadero camino de crecimiento espiritual, de crecimiento en nuestra vida cristiana. Cuántos nos dicen es que yo soy cristiano de toda la vida, ahora a estas alturas qué voy a aprender, qué me van a enseñar o qué nuevo tengo que hacer. Y se contentan con lo de siempre, no le han dado profundidad a su fe y a su vida cristiana, tienen el peligro de quedarse en lo superficial, no han crecido en la fe, en el descubrimiento de la voluntad de Dios, muchas veces su fe se queda en lo infantil y sin madurar. Les falta una verdadera sustentación.
Y es que en la medida en que amemos a Dios con toda sinceridad, cada día tendremos deseos de conocerle más y más y nunca nos cansaremos de ese crecimiento, de ese avance en su vida cristiana. Dos enamorados que se aman de verdad cada día quieren conocerse más, cada día quieren sentirse más unidos y, si no les falla o les merma su amor, cada día tendrán más deseos de amarse más y mejor.
Es así cómo tiene que ser el alimento de cada día de nuestra vida cristiana la Palabra de Dios. Ese lectura de la Biblia que hacemos a nivel personal e individual para aprenderla, y cuando digo para aprenderla es apresarla, tomarla para mi vida, rumiarla en mi interior, reflexionarla, hacerla oración. Esa oración que me hace sentir en la presencia de Dios, para sentirle y para vivirle allá en lo más hondo de nosotros, para amarle cada vez más, pero para experimentar cada vez con mayor intensidad su amor en mi vida. Y de ahí en nuestro proyecto espiritual, pues, nuestra vida sacramental, la vivencia de la Eucaristía y de los sacramentos que alimentan con la gracia de Dios nuestra vida cristiana.
Ahí tenemos el cimiento sobre roca que necesitamos para mantenernos firmes en nuestra fe, comprometidos en nuestro amor y llenos de esperanza en la vida eterna de la que Dios quiere hacernos partícipes y que un día viviremos en plenitud.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación

Is. 25, 6-10
Sal. 22
Mt. 15, 29-39


Cuando nos sentimos agobiados por el sufrimiento, sea del tipo que sea, parece que lo menos que apetecería una sería comer o participar en un banquete de fiesta. Pareciera que se hubiera perdido toda esperanza y más quisiéramos dejarnos morir cuando así nos vemos hundidos y deprimidos.
Sin embargo, el profeta hoy, hablándole a su pueblo que precisamente no pasa por sus mejores momentos, les anuncia que se descorrerán los velos y festones de luto y de muerte porque todos estamos invitados a un magnífico banquete. Y nos hace una hermosa descripción. ‘Preparará el Señor de los Ejércitos, para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos…’
El dolor y el sufrimiento tienen que haber pasado, la esperanza tiene que haber renacido, los velos de la tristeza y las lágrimas del dolor tienen que desaparecer porque la muerte ha sido aniquilada para siempre y todo tiene que ser vida y alegría. ‘Arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa las naciones. Aniquilará la muerte para siempre… enjugará las lágrimas de todos los rostros’.
¿Cuál es la razón, el motivo de semejante banquete y de tan alegre fiesta? ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Todos entendemos el mensaje mesiánico de este texto, pero que también es como una figura y tipo del banquete del Reino de Dios al que todos estamos invitados en Jesús. El evangelio de hoy nos hablará de una comida bien abundante que será anuncio y anticipo del banquete de la Eucaristía que Jesús nos dará.
Hemos escuchado en el evangelio el relato de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado comiendo hasta saciarse una multitud considerable de personas. ‘Comieron hasta saciarse y recogieron las sobras… los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños’.
Un milagro de Jesús que es todo un signo. No será ya el pan milagrosamente multiplicado el que Jesús quiere darnos a comer, sino que será Él mismo el que se nos dé como comida y alimento de vida eterna. En el evangelio de san Juan es precisamente después del relato de la multiplicación de los panes cuando Jesús nos anuncia el banquete de la Eucaristía. ‘El que come del pan que yo le daré tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, nos dirá.
Ése sí que es un festín de manjares enjundiosos porque comemos al mismo Cristo. Con Cristo ya no puede haber muerte, sino que todo tiene que ser alegría y vida. Se correrán para siempre los paños del luto y la tristeza. Con Cristo está superado todo dolor y todo sufrimiento porque con El toda la vida adquiere un nuevo sentido en el amor.
Estamos haciendo el camino del Adviento que nos tiene que llevar a ese encuentro pleno con el Señor que viene a nuestra vida. Y El quiere ser para nosotros vida, salvación, paz, alegría. Para eso se nos da en la Eucaristía. Que así lo podamos vivir en plenitud, así nos llenemos de su salvación. ‘Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación’.

martes, 1 de diciembre de 2009

Un vástago florecerá de su raíz

Is. 11, 1-10
Sal. 71
Lc. 10, 21-24


‘Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz…’ hemos escuchado que así ha comenzado el profeta.
Es como hablar de un tronco viejo, endurecido, reseco del que parece que no puede tener vida ni hacer que de él pueda surgir un nuevo brote o una nueva planta. Sin embargo el profeta nos dice que sí brotará un renuevo, y de su raíz un vástago nuevo. Y ya nos dice que el Espíritu del Señor es el que le dará vida y hará surgir un nuevo vivir. Es muy significativa esta imagen.
La profecía nos hace una descripción de lo que es ese tronco viejo, lo que está significando, porque nos está reseñando un mundo de injusticias, de apariencias y falsedades, de violencia y de muerte, un mundo de enfrentamientos y rivalidades, como puede ser la expresión de la no posible convivencia de animales feroces y salvajes con otros animales más domésticos.
El profeta describe la situación del mundo que él vive, pero que puede ser una perfecta descripción de lo que es nuestro propio mundo. No tenemos que detenernos mucho para hacer la comprobación en nuestra realidad de la descripción profética. ¿No oímos hablar continuamente de violencias de todo tipo, ya sean actos terroristas, ya lo que llaman violencia de género por emplear una expresión actual, o las violencias y enfrentamientos en las familias o entre vecinos, entre razas y entre pueblos? ¿No es un mundo injusto en el que vivimos con tantas desigualdades que provocan tantas miserias? ¿No oímos hablar continuamente de corrupción y de tantas cosas más en ese estilo de injusticias? Podríamos pensar aún en muchas cosas más.
Pero de esa situación de mal, de muerte, de tronco reseco, el Espíritu, nos dice el profeta, hace surgir algo nuevo, ‘un vástago florecerá de su raíz’. Está lleno del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y de discernimiento, espíritu de consejo y de valor, espíritu de piedad y de temor del Señor; le llenará el Espíritu del Señor’. A continuación habla el profeta de justicia, lealtad, equidad, paz…
Un texto en cierto modo paralelo a aquel otro del mismo Isaías que Jesús proclamará en la sinagoga de Nazaret en lo que llamamos su discurso programático y que nos viene a decir que todo eso se estaba cumpliendo en El. ‘Hoy se cumple todo esto que acabáis de oír’, les dirá entonces.
Ahora el profeta nos habla de la justicia nueva, de la verdad, de la paz y la armonía que vendrá a nuestro mundo con la llegada del Mesías. ‘Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos; un muchacho los pastorea…’ Así seguirá describiéndonos con ricas imágenes esa armonía total en la nueva creación.
‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, que hemos rezado en el salmo. Todo es nuevo, todo es paz, ya nadie le hará daño al otro. ‘No harán daño ni estrago por todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas cubren el mar’. Así es la abundancia de la paz.
Es la paz mesiánica. Es lo que tendría que ser nuestra vida si recibimos y aceptamos a Jesús en nuestra vida. Es la tarea en la que hemos de comprometernos. Es el mundo nuevo que hemos de construir y vivir. No son ilusiones infundadas ni sueños imaginarios, son esperanzas vivas. Creemos y esperamos al Señor que viene y que puede realizar y realiza esas maravillas en nosotros y en nuestro mundo. Es el recorrido que vamos haciendo en este Adviento, porque es lo que queremos en verdad celebrar cuando llegue la Navidad. Así el Señor transforma nuestra vida.
Con corazón humilde y sencillo nos acercamos al Señor y con esperanza viva. Si así con esa humildad y con esa confianza vamos a El, se nos manifestará, podremos conocerle, como nos dice hoy el evangelio, y podremos vivir ese mundo nuevo de gracia y santidad que Dios quiere para nosotros.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Andrés discípulo y apóstol, llamado y enviado


Rom. 10, 9-18
Sal. 18
Mt, 4, 18-22


‘Paseando Jesús junto al lago vio a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés… eran pescadores… y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres… dejadas las redes le siguieron…’
Este es Andrés, el hermano de Simón, el ‘primer llamado’ como le proclama la Iglesia de Constantinopla, a quien hoy estamos celebrando. Lo del primer llamado es una clara referencia a la escena que nos narra el evangelio de san Juan; Andrés y Juan, el hermano de Santiago, eran discípulos del Bautista y escucharon el anuncio que Juan había hecho allí junto al Jordán: ‘Yo he visto que el Espíritu bajaba sobre El como una paloma… yo lo he visto y doy testimonio de que El es el Hijo de Dios… Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Y aquellos dos discípulos se fueron tras Jesús.
Detalle a tener en cuenta. Se habían dejado guiar por el Bautista. Había venido a preparar los caminos del Señor y ahora señalaba a aquellos dos discípulos cómo habían de ir hasta Jesús. ‘Conviene que El crezca y que yo mengue…’ diría más tarde. Y sus discípulos se fueron con Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis’.
Otro detalle a tener en cuenta. Andrés fue y conoció a Jesús, estuvo con Él y ya a la mañana siguiente salió a hacer el anuncio. ‘Hemos encontrado al Mesías’, le dice a su hermano Simón y lo lleva también hasta Jesús.
Finalmente quiero fijarme en otro momento donde vuelve a aparecer Andrés en el Evangelio. Los dos griegos que querían conocer a Jesús fueron a Felipe, el de Betsaida. Felipe fue a contarle a Andrés la buena noticia de que los griegos querían conocer a Jesús. Y Felipe y Andrés fueron hasta Jesús. Como llevó a Pedro su hermano hasta Jesús, ahora quiere abrirle caminos a aquellos extranjeros hasta Jesús. Se convierte en algo así como intercesor o mediador.
Un llamado que se deja conducir para ir hasta Jesús y dar luego una respuesta pronta y generosa, pero que pronto se convierte en mensajero, en mediador, en apóstol y en intercesor para que otros conozcan a Jesús, lleguen hasta Jesús y Jesús también los reciba y acoja. Hermosa tarea la de Andrés; un entrenamiento ahora para la inmensa labor apostólica y misionera que luego realizará. Moriría en Patras en Grecia y también crucificado como su Maestro.
Nos ha hablado san Pablo en la carta a los Romanos de confesar que Jesús es el Señor y Dios lo resucitó con nuestro corazón y con nuestros labios, o sea, con toda nuestra vida. ‘Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás’. Desde esa confesión alcanzaremos la justificación y la salvación. Pero nos habla Pablo a continuación, sintiendo gran dolor en el alma y fuego ardiente en su espíritu que para invocarlo hay que creer en Él, y que no podrán creer en El si no se les anuncia. Realizarán ese anuncio los enviados y los enviados han de proclamar claro el mensaje que no es otra cosa que hablar de Cristo. ‘La fe nace del mensaje y el mensaje consiste en hablar de Cristo’.
Cuando nosotros hoy celebramos la fiesta del Apóstol san Andrés, con todos estos detalles que hemos ido subrayando y lo que la Palabra del Señor nos ha dicho, tendríamos que tener fuego en el corazón, ardor y coraje en nuestra vida para escuchar el mensaje y el envío que se nos hace para que todos puedan llegar a la fe, conocer a Jesús, y confesarle como nuestro Dios y Señor, como nuestro Salvador y como nuestra vida y así sentir el envío que también nos hace a nosotros. Ir a anunciar el evangelio del Reino y aunque nos cueste, aunque sea difícil, aunque algunos cierren los oídos. Nosotros no podemos cerrar los oídos, tenemos que hacer soltar nuestra lengua para poder hablar de Cristo, para anunciar a Cristo a los demás.
Creo que éste puede ser el mensaje que recibamos de esta fiesta y nuestro compromiso allí donde estamos. Siempre podemos llevar a un hermano hasta Jesús, siempre podemos ser mediadores para que otros lleguen a Jesús, siempre podemos convertirnos en intercesores con nuestra oración pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies porque es abundante y los obreros son pocos, y además pidiendo por todos los que no conocen a Jesús.

domingo, 29 de noviembre de 2009

No le podemos cortar las alas al Adviento


Jer. 33, 14-16;
Sal. 24;
1Tes. 3, 12-4, 2;
Lc. 21, 25-28.34-36


‘Al comenzar el Adviento aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene… para que colocados a su derecha un día merezcamos poseer el Reino eterno…’
Así hemos orado hoy al inicio del tiempo del Adviento. Para mí el Adviento es un tiempo ilusionante y provocador de esperanza que nos hace tender la mirada hacia adelante y hacia arriba con metas de futuro en plenitud.
Pero no le podemos cortar las alas al Adviento. No nos quedamos en la celebración gozosa de un recuerdo de algo pasado. Cuando nosotros los cristianos celebramos hacemos memorial. En la memoria que hacemos del actuar de Dios, seguimos sintiendo presente esa acción salvadora de Dios pero siempre tendemos hacia la plenitud final. Por eso decimos memorial.
Fijémonos cómo lo expresa la liturgia en la celebración de la Eucaristía en sus plegarias eucarísticas. ‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos… te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia… y merezcamos por tu Hijo Jesucristo compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas’. O como decimos en la otra plegaria eucarística ‘al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo… y esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’, terminamos diciendo.
Esa dimensión de nuestra celebración cristiana, de lo que es toda nuestra vida cristiana, la esperanza de alcanzar la plenitud eterna de la gloria de Dios, no la podemos perder de vista en el tiempo del Adviento. Adviento, que es precisamente celebrar y fomentar la esperanza. Cuando preparamos la celebración de la venida del Señor en la carne aprendemos a vivir la esperanza de su venida definitiva, mientras seguimos sintiendo, viviendo y celebrando de forma sacramental su presencia salvadora aquí y ahora en nuestra vida.
Por eso, como decíamos antes, no le cortemos las alas al tiempo del Adviento. Y con frecuencia, tenemos que reconocer, que se las cortamos cuando dejamos coja nuestra navidad celebrando sólo un aspecto. Nos alegramos, hacemos fiesta, gastamos todas nuestras energías en el solo recuerdo gozoso de su nacimiento en Belén, que para muchos además se queda en una fiesta de familia, por muy hermosa y bonita que sea.
¿Dónde se nos queda la celebración gozosa del hoy salvador de Cristo en nuestra vida? ¿dónde se nos queda la esperanza de esa plenitud total de su presencia? Tengamos en cuenta todo lo que nos ha dicho hoy la Palabra del Señor. Despertemos, alcemos la cabeza, se acerca nuestra liberación, nuestra salvación. Que finalmente nos sintamos más llenos de la salvación de Dios, cuando lleguemos a celebrar la Navidad.
Decíamos al principio de nuestra reflexión que el tiempo del Adviento es un tiempo ilusionante, ilusionador. Y en verdad será así, si tenemos en cuenta todos estos aspectos que hemos mencionado, tratamos de conjugarlos bien para que estén presentes en nuestra celebración y nos esforzamos por vivirlos en todos los sentidos. Es ilusionante poner esperanza donde parece que no hay esperanza, despertar la fe donde parece que se ha enfriado o se ha perdido, llenarnos del amor de Dios y poner más amor en nuestras relaciones, en ese mundo en el que vivimos para llenarlo de humanidad y ternura. Y a todo esto nos está invitando el Adviento. ‘Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y amor a todos…’ nos decía san Pablo.
Viene el Señor y hemos de prepararnos para su venida, hemos de esperar con toda intensidad su venida. Pero, ¿nos preparamos? ¿tenemos esperanza? Más aún, ¿cuáles son las expectativas y las esperanzas hoy? Las que tenemos nosotros y las que puede tener nuestro mundo. ¿Se habrá perdido la esperanza y acaso nosotros los cristianos nos hayamos contagiado de ello?
Los agobios de la vida por una parte – y en la situación concreta que vive nuestra sociedad hoy – y las rutinas en las que fácilmente caemos en la vida pudieran hacernos perder las esperanzas y las ilusiones más elementales. ¿Estaremos ya desencantados de la vida, como si estuviéramos de vuelta de todo? ¿Ya no esperamos que en verdad pueda haber algo nuevo para mí, para la Iglesia, para la sociedad? A mucha gente pudiera parecerle que Dios ya no tiene nada que decir ni que hacer en este mundo en el que precisamente parece que hubiéramos desterrado a Dios. Hasta se quiere celebrar la navidad hoy sin Dios, sin Jesús, sin nacimiento en Belén, sólo como una fiesta del invierno o del sol que nace y comienza a crecer.
Jesús nos decía: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida y se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del Hombre’.
Despertemos, no vivamos embotados con tantas cosas ni con las desesperanzas del mundo. Mantengámonos en pie y vigilantes. Con ilusión y con esperanza. ‘En aquel día suscitaré un vástago legítimo que hará justicia derecho en la tierra’, nos anunciaba el profeta. Algo nuevo quiere hacer el Señor en nosotros, en nuestra Iglesia, en nuestro mundo. Las maravillas del Señor se siguen realizando.
Hoy viene el Señor con su salvación. Por mucho que quieran algunos, a Dios no lo podemos desterrar de este mundo. Porque El está en medio de nosotros y nos quiere dar la vida en plenitud. Y nosotros con nuestra fe y con nuestra esperanza lo tenemos que hacer visible, presente en nuestro mundo para que todos lleguen a creer en El. Es importante cómo vivamos este tiempo de Adviento y cómo lleguemos a vivir la Navidad, porque tenemos que ser estrellas luminosas para los demás. Démosle profundidad, trascendencia a este Adviento que estamos comenzando a vivir sin cortarle las alas, como hemos dicho y repetido.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Peregrinos vigilantes y despiertos para llegar a la patria del cielo

Dan. 7, 15-27
Sal. Dan. 3, 82-87
Lc. 21, 34-36


El camino que vamos haciendo por la vida es como una peregrinación. Recorremos un camino no exento de peligros y tentaciones, pero tenemos una meta a la que aspiramos llegar. No nos es fácil en muchas ocasiones a causa de nuestra debilidad y de los cansancios que nos producen ese caminar y esas luchas que tenemos que mantener. Pero queremos llegar a la meta y nuestra meta está en la patria del cielo. Sabemos que vamos al encuentro del Señor que viene hasta nosotros.
De esa meta, de ese camino y de la vigilancia que hemos de mantener nos está hablando de manera especial la liturgia en estos día del final del ciclo litúrgico. Pero no es para pensarlo solo en algunas ocasiones, sino que es algo que tiene que estar muy presente en el día a día de nuestra vida si queremos caminar en fidelidad al Señor.
Y es que en ese peregrinar de nuestra vida se nos pide vigilancia y atención para no perder el rumbo de nuestro camino, teniendo siempre claro cuál es nuestra meta, quién viene a nosotros y lo grande y maravilloso que es el amor que Dios nos tiene. Por eso en esa vigilancia no podemos dejarnos arrastrar por tantas cosas que nos quieren llamar la atención, tantas cosas que pueden ser tentación para nosotros que nos haga abandonar el camino.
Hay muchos lugares del evangelio donde Jesús nos habla de esa vigilancia. Una vigilancia atenta y activa. Como las doncellas que han de tener encendidas las lámparas, pero con aceite suficiente para que no se apaguen; como el amo de casa que tiene que estar vigilante porque no sabe cuando viene el ladrón; como el servidor fiel que tiene que estar atento para cuando venga su señor, abrirle apenas venga y llame.
Necesitamos vigilancia y ser fuertes frente a la tentación. ‘Tened cuidado, nos dice Jesús: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…’ Ahí tendríamos que poner tantas cosas que nosotros sabemos muy bien que son tentación para nuestra vida y que nos hacen daño.
Cosas que embotan nuestra mente y encierran en sí mismo de forma egoísta nuestro corazón; tantas cosas que nos ciegan y son obstáculo fuerte para poder seguir el camino libremente; cosas que nos hacen perder nuestra dignidad y grandeza y nos quitan la libertad esclavizándonos. Nos ofrecen libertad pero lo que hacen es esclavizarnos. Nos ofrecen felicidad pero nos hacen más desgraciados aunque algunas veces confundidos pensemos lo contrario.
Por eso el camino no lo hacemos solos ni son solas nuestras fuerzas. No es cosa sólo de voluntarismo por nuestra parte, sino que tenemos que saber contar y confiar en la ayuda del Señor. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. ¡Qué necesaria es la oración en nuestra vida! Necesitamos orar para alcanzar de Dios el don de la fe; orar para que podamos dar respuesta al amor que Dios nos tiene; orar para discernir bien el camino y seguirlo con toda fidelidad.
Que cuando venga el Señor nos encuentre así vigilantes, con las lámparas de aceite encendidas en nuestras manos, y con nuestras vestiduras de fiesta blancas y relucientes para pasar al banquete del Reino eterno de los cielos.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Sepamos descubrir los brotes y señales del Reino de Dios

Dan. 7, 2-14
Sal. Dan. 3, 75-81
Lc. 21, 29-33


‘Cuando vean que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios…’ Y les propuso una parábola: ‘Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que la primavera está cerca…’
Nos está invitando Jesús a que descubramos esos brotes, esas señales del Reino de Dios. Hoy nos ha dado señales del Reino de Dios que se realiza en plenitud en la venida del Hijo del Hombre al final de los tiempos. Pero mientras estamos de camino hemos de saber descubrir las señales del Reino de Dios que está cerca de nosotros, se realiza en nosotros; pero también hemos de saber descubrir las semillas de ese Reino, aunque no lo vivan plena y conscientemente, que podemos encontrar en las personas que están cercanas a nosotros o en este mundo en el que estamos inmersos.
Muchas veces tenemos la tendencia a lo negativo; me explico, a sólo ver sombras en nosotros, en las otras personas, o en la sociedad. Nos parece que todo está mal, que todo es negro, negativo. Tenemos la tendencia de encandilarnos con lo negativo y nos cuesta ver la luz. Necesitamos ojos llenos de luz y de color para saber apreciar tantas cosas buenas que brillan en los demás, que brillan a nuestro alrededor.
Recogiendo el sentir del evangelio, de que no podemos estar siempre fijándonos en la paja del ojo ajeno, mientras en el nuestro quizá hay una viga, me atrevo a decir que vayamos por el mundo con ojos de luz para ver siempre y primero las cosas buenas de los demás, tantas cosas que buenas que hay también en nuestro mundo.
Creo que siempre, con buena voluntad, podemos apreciar muchas cosas buenas de los otros, y lo mismo podemos decir del mundo en el que vivimos donde hay muchas ansias de paz y de justicia, donde podemos contemplar a muchos que de forma altruista, sin tener quizá una motivación religiosa, específicamente cristiana, trascendente, hacen muchas cosas buenas por los demás, se agrupan en muchas organizaciones - de esas que llamamos no gubernamentales – para trabajar por los demás, por la sociedad, por resolver problemas del tercer mundo, etc…
Creo que todos conocemos a mucha gente que es capaz incluso de sacrificarse por los demás, que tienen un corazón generoso, que se apuntan voluntarios para muchos servicios a favor de los otros, que se comprometen con los vecinos para sacar cosas adelante en beneficio de su pueblo, de su barrio, de la comunidad.
San Pablo nos enseñaba a saber tomar en cuenta todo lo bueno, lo noble, lo justo, lo verdadero y laudable para que al final todo pudiera ser para la gloria de Dios. Creo que son semillas de valores del Reino que ahí se hace presente, donde quizá nosotros los cristianos podríamos también comprometernos, implicarnos y ayudar a que todo eso tenga, digámoslo así, motivaciones del Reino de Dios, porque al final Dios esté en el centro de todo eso bueno.
Y Dios puede llegar a nosotros en esas cosas buenas que vemos en los demás. Pueden ser huellas y señales de su presencia que tenemos que saber descubrir, porque Dios actúa en todo lo bueno. Dios ahí quiere hacerse presente para nosotros y para nuestro mundo. Justo es que nosotros lo valoremos y eso veamos que el Señor está cerca, que el Reino de Dios está comenzando a hacerse presente en nuestro mundo. Que lleguemos al final a reconocer ese Señorío de Dios, de Cristo sobre todas las cosas para que sea Reino de Dios en plenitud.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Viene el Señor con gran poder y gloria, se acerca vuestra liberación

Dan. 6, 11-27
Sal. Dan. 3, 68-74
Lc. 21, 20-28


‘Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’, nos ha dicho Jesús hablándonos de su venida al final de los tiempos.
Cuando pensamos en esa venida del Señor, en ese final de los tiempos, en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor como en nuestra propia muerte son distintas las formas de reaccionar que tenemos. Podríamos pensar, por supuesto, en aquellos que no tienen fe y que entonces todo esto no les dice nada y viven la vida sin ningún sentido de trascendencia, lo cual nos resulta preocupante y tendría que ser motivo de oración por nuestra parte para pedir que el Señor les ilumine con el don de la fe.
Pero, sin dejar de pensar en esto, quiero referirme más bien a los que nos decimos que tenemos fe y sí creemos en las palabras de Jesús, pero que sin embargo para muchos son un motivo de angustia y de temor. Temen la muerte, temen ese encuentro con el Señor y y temen ese juicio de Dios. Hay una cosa que es el temor del Señor, que es también un don del Espíritu, pero el temor del que ahora hablamos es más bien un miedo que llena de angustia.
De alguna manera nos lo expresan las palabras del evangelio. ‘Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas… los hombres se quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad…’
Para un creyente que ha experimentado el amor de Dios en su vida, ¿esa sería lo que podríamos llamar la postura normal? Pienso que quien ha descubierto y ha tratado de vivir en su vida ese amor infinito de Dios que tanto nos ama, que nos da a su Hijo, que nos perdona y que nos llena de su vida haciéndonos hijos, aunque sintamos el peso de nuestros pecados e infidelidades sin embargo tendríamos que tener una como confianza en la misericordia del Señor.
Creo que es lo que Jesús quiere realmente trasmitirnos. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Sentimos, es cierto el peso de nuestros pecados y tantas infidelidades de nuestra vida, pero hemos de saber alzar nuestra cabeza porque viene a nosotros el Señor que nos salva y nos libera. ‘Se acerca vuestra liberación’, nos dice Jesús.
Sabiendo lo que será el final, creo que todo esto tendría que movernos a que en verdad le vayamos dando un sentido a nuestra vida. Es la preparación y la atención de la que nos habla continuamente el Señor. Es el saber tener encendidas las lámparas en nuestras manos como aquellas doncellas prudentes de las que nos habla Jesús en sus parábolas. Es cuidar de mantener blanca y pura aquella túnica que vestimos en nuestro bautismo como signo de nuestra dignidad de cristianos. Es el lavarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario en la sangre del Cordero, como aquellas muchedumbres de las que nos habla el Apocalipsis, porque hayamos sabido acudir a los sacramentos que nos purifican y que nos dan vida.
La confianza en la misericordia del Señor no nos lleva a la presunción, sino a la vigilancia y al estar atentos para acoger al Señor que llega a nuestra vida y nos llena de su salvación. Viene el Señor con gran poder y gloria. Que en verdad deseemos y hagamos todo lo posible por escuchar su voz que nos invita a pasar al Reino eterno preparado por el Padre desde todos los siglos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El resplandor de la fe, el coraje de la esperanza y el brillo del amor

Dan. 5, 1-6.13-14.16-17.23-28
Sal.:Dan. 3, 62-67
Lc. 21, 12-19


Hemos venido leyendo y lo haremos durante toda esta última semana del año litúrgico el capítulo 21 del evangelio de san Lucas. Un lenguaje apocalíptico, podríamos decir, el que encontramos en él.
Partiendo ayer de las ponderaciones que hacían algunos de ‘la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos’ – una hermosa construcción adornada bellamente con las riquezas de los regalos que se hacían al templo como ofrendas o cumplimiento de votos y promesas – Jesús anuncia su destrucción; ‘llegará el día que no quede piedra sobre piedra, todo será destruido’.
Habla de tiempos futuros, con calamidades o desastres naturales, o con tiempos de miserias, de hambre y de guerras, pero terminará hablando de los últimos tiempos con imágenes realmente espectaculares como suele suceder en este lenguaje, y como mañana escucharemos.
Hoy nos ha hablado de los tiempos difíciles donde los que crean en su nombre sufrirán persecuciones y el martirio. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre… todos os odiarán por causa de mi nombre’, terminará diciendo.
Tendríamos que recordar aquí la última de las bienaventuranzas. ‘Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaros, porque será grande vuestra recompensa en los cielos…’
Igual que el Apocalipsis es un libro para suscitar la fortaleza y la esperanza en aquellos cristianos de los primeros tiempos, finales del siglo primero de nuestra era, que sufren persecuciones, anunciando la seguridad y la certeza de la victoria final y la plenitud del Reino de Dios, en estos anuncios que hoy escuchamos en el evangelio, que decíamos con lenguaje apocalíptico, se quiere confortar a los cristianos, porque Cristo les anuncia la presencia y la fortaleza de su Espíritu para afrontar esos tiempos y momentos difíciles.
‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. Una invitación a la fortaleza, a la esperanza y a la perseverancia en la confesión de la fe. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, termina diciéndoles Jesús.
Es el testimonio que vemos reflejado en los mártires de todos los tiempos que llegarán a derramar su sangre, a dar su vida por su fe, por Cristo, por el evangelio. Pero aunque no sea de una manera cruenta también hemos de contemplar a esa multitud innumerable de confesores, de testigos que en todo tiempo y en todo lugar han dado testimonio, han sabido proclamar la fe, han sabido ser testigos con su palabra y con su vida del nombre de Cristo.
También nosotros tenemos que ser confesores y testigos. No nos pedirá el Señor actos extraordinario de heroísmo hasta llegar a un martirio cruento, pero sí con el comportamiento de nuestra vida, día a día, en medio de nuestras debilidades, incluso con nuestras caídas y pecados, en los problemas que se nos presentan de la vida de cada día, en nuestros achaques, enfermedades o nuestra propia ancianidad. Esas distintas situaciones de nuestra vida como cristianos seguidores de Jesús han de tener una forma peculiar de afrontarlas.
Es ahí donde tenemos que hacer brillar nuestro nombre de cristianos, para iluminados por la fe, fortalecidos en el Espíritu, lo vivamos siempre según los valores del evangelio. Resplandecerá nuestra fe, el coraje de nuestra vida de esperanza, la paciencia en el sufrimiento, el ofrecimiento de nuestra vida con sus dolores y sus alegrías, y el especial brillo de nuestro amor.

martes, 24 de noviembre de 2009

Suscitaré un reino que no será destruido, que durará para siempre

Dan. 2, 31-45
Sal.: Dan. 3, 57-61
Lc. 21, 5-11


La Palabra de Dios que se manifiesta a través de los profetas no sólo fue una palabra de vida y de esperanza para aquellos para quienes fue directamente pronunciada, sino que sigue siendo una palabra que de parte de Dios llega a nosotros – decimos Palabra de Dios, cuando la proclamamos – para llenarnos de vida, para suscitar esperanza, para despertarnos a la fe y al amor, para invitarnos a la conversión y que llega a nosotros en nuestras circunstancias concretas, en el momento concreto que vivimos.
Por eso hemos de escucharla siempre atentamente y dejar que el Espíritu divino nos ilumine para saber descubrir y discernir bien esa palabra del Señor. Ahí tenemos que poner nuestra vida, el momento que vivimos para que en verdad nos dejemos iluminar, nos dejemos querer por el Señor.
Hemos escuchado al profeta Daniel en la interpretación que hace del sueño al rey Nacubodonosor. Le hace una descripción del sueño y le da su interpretación. Esos distintos reinos que se suceden después del esplendor del reinado del rey de Babilonia pueden hacer verdadera referencia a los distintos momentos históricos que se suceden a partir de entonces.
Pero el profeta nos está haciendo también un anuncio mesiánico, pues nos dirá que ‘durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que no será destruido… y durará para siempre’. Nos resuenan los ecos de las palabras del ángel a María que le anuncia que el hijo que va a nacer de sus entrañas ‘será grande, se llamará Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin’. Todavía tenemos bien reciente la fiesta del domingo, la fiesta de Cristo Rey del universo.
Podemos sentir en las palabras que hoy hemos escuchado resonar las palabras del Génesis. Dios crea al hombre y lo hace grande – ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ – y pone en sus manos toda la obra de la creación para que la domine y la trabaje, convirtiendo al hombre en rey de la creación. ‘Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla: dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra…’ Palabras semejantes a las que le dice Daniel a Nabucodonosor ‘a quien el Dios del cielo ha entregado el reino y el poder, y el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres… las bestias de la tierra y las aves del cielo…’
Dios nos ha hecho grandes, pero ¿qué ha hecho el hombre de su vida, de esa maravilla que Dios ha creado? El pecado nos ha degradado y destruido, nos ha llenado de oprobio y de muerte. Pero Dios nos ha enviado un Salvador, Cristo Jesús, que establecerá el Reinado de Dios, el reino que no tendrá fin, y al que n os invita a nosotros a que entremos a formar parte. El mal será destruido, la muerte vencida; para nosotros hay esperanza y hay vida, porque hay salvación.
En el fondo este texto es una invitación a la vida, a la salvación, a la conversión al Señor. ¿No tendremos que darle gracias? ‘Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos’.

lunes, 23 de noviembre de 2009

En medio del mundo sin contaminarnos del mundo y generosidad de corazón

Dan. 1, 1-6.8-20
Sal.: Dan.3, 52-56
Lc. 21, 1-4


Dos breves comentarios a los textos hoy proclamados. Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Daniel, uno de los cuatro profetas mayores. Lo seguiremos escuchando durante toda esta última semana del año litúrgico. Aunque la acción de la profecía se sitúa, como hoy mismo se nos narra, en la época del destierro de Babilonia, la aparición de los textos proféticos son propiamente más tarde en los momentos difíciles de la época de los Macabeos que escuchamos la pasada semana.
Es un grito de esperanza para un pueblo que se ve oprimido o con muchas dificultades para vivir su fidelidad a la Alianza y al Señor al mismo tiempo que quiere ser iluminación, como lo es siempre el texto de las profecías, a la situación que viven para mantener esa fidelidad desde la confianza del Señor que está y actúa en medio de su pueblo, aunque sean muchas las dificultades y problemas. Bien nos viene a nosotros también.
Este capítulo primero nos presenta el marco histórico en que se desarrolló la acción del profeta Daniel. Nos presenta la elección de Daniel y los otros tres jóvenes, que veremos repetidas veces en la profecía, para servir al rey Nabucodonosor que los había llevado cautivos a Babilonia.
En el texto hoy escuchado podemos decir que hay un mensaje latente. En ese hecho de negarse a comer de los manjares del que les ofrecen y sin embargo van a servir en el mismo palacio, nos está enseñando cómo podemos y tenemos que vivir en medio del mundo sin contaminarnos con las cosas del mundo. Tenemos que ser sal que dé sabor a nuestro mundo y en medio de él tenemos que estar, pero sin perder nuestro sabor, sin perder nuestro sentido, porque es el sentido y la luz del Evangelio el que tenemos que llevar. Y es que nos fiamos del Señor, en El ponemos toda nuestra confianza y El estará siempre de nuestro lado.
Y una segunda palabra en torno al mensaje del evangelio. No hace muchos días hemos meditado sobre este mismo hecho en la narración que nos hace san Marcos. Ayer celebramos la fiesta de Cristo Rey. En nuestra reflexión hablábamos de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos como señal de nuestra pertenencia al Reino de Dios. Aquí tenemos un hermoso ejemplo en esta pobre viuda que no da de lo que le sobre sino que ‘ella que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Nos recuerda la primera de las bienaventuranzas, ‘dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’. Nos recuerda el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como distintivo. Porque amar es tener un corazón generoso; es la disponibilidad de nuestro corazón; es el vaciarse de uno mismo, de las reservas que siempre nosotros hacemos para nosotros mismos, para darnos totalmente a los demás. Esta viuda de la que nos habla el evangelio no se hizo reservas para si, sino que lo dio todo, sin pensar en sí misma, porque así era la generosidad de su corazón.
¿Cómo se puede tener una generosidad así? Cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, en su providencia amorosa que siempre nos cuida. Que el Señor nos dé esa generosidad del corazón. Nuestro será el Reino de Dios. Es la señal de que vivimos en verdad el Reino de Dios. En El tenemos la eterna recompensa, porque Dios siempre nos ganará en generosidad.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Jesucristo es Rey ¿cómo hemos de vivir su realeza?



SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Daniel 7, 13-14;
Salmo 92;
Ap. 1, 5-8;
Juan 18, 33-37




Cuando llegamos al final del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar hoy esta solemnidad de Cristo Rey. Es como una recopilación de todo el misterio de Cristo que hemos venido celebrando a través de todo el año litúrgico. La Iglesia nos invita a una contemplación global del misterio del Señor Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro: Jesucristo, rey del universo.
Cuando proclamamos a Jesucristo rey no podemos menos que recordar muchas cosas del evangelio. Anunciaba y constituía el Reino de Dios, pero no se dejaba llamar rey por las gentes que muchas veces entusiasmadas con sus palabras y con sus milagros así querían proclamarlo; recordamos,, por ejemplo, cuando allá en el desierto después de la multiplicación milagrosa de los panes y de los peces querían hacerlo rey El escapó a solas a la montaña.
Y cuando a los discípulos más cercanos les entraban los deseos de grandezas y de ocupar primeros puestos en su reino, les decía que la grandeza no estaba por ese camino. Y se ponía a sí mismo como ejemplo porque el Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan sino a servir.
De querer hacerse rey lo acusarán ante Pilatos cuando en él nunca se habían manifestado esas pretensiones, pero será precisamente en ese momento, cuando está maniatado ante Pilatos, humillado, insultado y ultrajado cuando reconozca que es Rey. ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’ será la pregunta de Pilatos. Y es clara su respuesta: ‘Mi reino no es de este mundo… tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz’.
Nos podría parecer que no era el momento adecuado para hacer esa proclamación pero hemos de reconocer que es la congruencia lógica de las palabras y toda la vida de Jesús. Si había dicho que para ser grande, el primero había que ser el último y el servidor de todos, ahora estaba como el último en el servicio y la entrega suprema de su vida de quien había venido a servir, a amar, a darse y a entregarse para ser rescate para todos.
¡Qué hermosa proclamación de la realeza de Cristo! La más auténtica y la más verdadera. La que se puede hacer desde el amor y desde la entrega sin límites como sólo Jesús sabe y puede hacer. Ahora sí que se estaba manifestando en su más honda realidad el Reino de Dios que Cristo había anunciado y estaba constituyendo al dar su vida por nosotros.
¿Qué es lo que El nos había anunciado del Reino de Dios? ¿Cómo nos lo había descrito? ¿dónde estaba la verdadera grandeza en ese Reino de Dios? Tendríamos que recorrer de nuevo las páginas del evangelio, ver su vida, escuchar de nuevo sus parábolas o recordar aquellas palabras hermosas y profundas de las bienaventuranzas allá en el sermón del monte. Es realmente el recorrido que hemos venido haciendo a través de todo el año litúrgico.
En sus parábolas para explicarnos cómo es el Reino de Dios nos habla de una pequeña semilla sembrada en buena tierra y bien cuidada o de un puñado de levadura para hacer fermentar la masa; para darnos sus características nos habla del valor de las cosas pequeñas como la pequeña semilla de la mostaza o de la actitud de acogida y de fiesta de un banquete al que todos estamos invitados; nos habla también de una actitud nueva en el corazón que se abre para siempre perdonar o de la responsabilidad y el cuidado que hemos de tener de aquellos talentos que ha depositado en nuestras manos y tenemos que hacer fructificar.
Para vivir ese Reino de Dios nos habla de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos, para tener un corazón limpio y siempre lleno de misericordia para acoger a todos y estar dispuestos a perdonar siempre; nos habla de ese hambre y deseo de bien, de amor, de verdad y de justicia para buscar siempre lo bueno para el hombre y que le haga mantener intacta su dignidad; o nos habla de la capacidad de darnos, de luchar por lo bueno, de amar sin límites aunque no seamos comprendidos ni aceptados. Porque como nos decía hoy ‘mi reino no es de este mundo’ y quienes no entiendan las palabras de Jesús tampoco nos van a entender a nosotros. Y nosotros queremos vivir su Reino, ser de la verdad, de su verdad, para escucharle y para seguirle con todas las consecuencias. Así, nos decía, si vamos viviendo todo esto perteneceremos al Reino de Dios, veremos a Dios y alcanzaremos la más plena recompensa que es la felicidad de Dios.
Por eso cuando hoy queremos proclamar a Jesucristo, Rey del universo, y nuestro único Rey Señor, no lo haremos poniendo coronas de oro en su cabeza ni cubriéndolo con ricos mantos de bellos bordados ni oropeles.
A El tenemos que verle como Rey en el momento supremo de su entrega clavado en la cruz del sufrimiento para poderle contemplar resucitado y glorificado…
¿Cuándo lo estaremos proclamando en verdad como Rey? ¿Cuándo lo contemplaremos así glorificado?
  • cada vez que nosotros trabajemos por la dignidad de toda persona, la respetemos y valoremos,
  • cada vez que nos esforcemos por buscar la paz y la justicia para nuestro mundo,
  • cada vez que vayamos poniendo nuestro granito de arena, como pequeñitas semillitas, para lograr esa civilización del amor que envuelva de verdad las relaciones de todos los hombres y nuestro mundo,
  • cada vez que vayamos llenando nuestras entrañas y nuestro corazón de amor y de misericordia,
  • cada vez que sepamos aceptar a todo hombre o mujer como un hermano o hermana a quien tenemos que amar,
  • cada vez que vayamos tendiendo la mano al que sufre a nuestro lado haciendo nuestro su sufrimiento y ofreciéndole el consuelo de nuestro cariño, nuestra sonrisa o nuestra comprensión,
  • cada vez finalmente que vayamos poniendo de verdad a Dios como centro de nuestra vida, porque es nuestro Padre que nos ama y nuestro único Dios y Señor.

Así proclamaremos en verdad que Jesucristo es Rey, Rey del Universo y único Rey y Señor de nuestra vida. ‘Aquel que nos ama, nos decía el Apocalipsis, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre’. Es lo que hoy queremos celebrar. Es con lo que hoy nos queremos comprometer. Es lo que queremos que sea en verdad nuestra vida de seguidores de Jesús.

sábado, 21 de noviembre de 2009

María fue siempre toda para Dios

PRESENTACION DE MARIA EN EL TEMPLO
Zac. 2, 14-17
Sal. Lc. 1, 46-55
Mt. 12, 46-50


Muy cercana a la actual explanada donde un día estuviera el templo de Jerusalén hay una basílica del s. VI dedicada a la Virgen, la Basílica de Santa María la Nueva, que recuerda un hecho, no contado en la Biblia pero que se nos narra en ciertos escritos antiguos y que es lo que hoy celebramos, la Presentación de la Santísima Virgen María.
Viene a significar algo así como la consagración de María al Señor a imagen de la presentación de Jesús en el templo que nos sí nos narra el evangelio para cumplimiento de la ley mosaica. María fue siempre toda para Dios. Por algo el ángel de la Anunciación la llama la ‘llena de gracia’, la proclama la inundada por la presencia de Dios cuando le dice ‘el Señor está contigo’.
‘¡Alégrate, hija de Sión! Que yo vengo a habitar en ti…’
escuchábamos al profeta. Es lo que vivió María. Es lo que le está señalando el ángel cuando le dice ‘el Señor está contigo’. Pero María se llena de Dios porque se vació de sí misma. Su voluntad no era otra sino hacer la voluntad del Señor. Se deja inundar por Dios. ¡Cómo tendremos que aprender!
Es su disponibilidad total para ponerse en las manos de Dios, para lo que Dios quisiera de ella. Es lo que le hacía llamarse a sí misma ‘la esclava del Señor’. Dispuesta siempre al Sí a Dios a ella la podemos ver como modelo y ejemplo para todos los que creemos en Jesús y queremos seguirle. ¡Qué mejor ejemplo podemos tener que el de María!
Ella es la mujer de la fe grande que supo escuchar a Dios en lo más profundo de su ser y plantar la Palabra de Dios en su vida para cumplirla, para llevarla a la práctica, para hacer que diera fruto para sí y para los demás. ‘Estos son mi madre y mis hermanos: el que cumple la voluntad del Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre…’ No es un rechazo de María sino todo lo contrario porque ella fue la que mejor escuchó la Palabra, la voluntad de Dios y la plantó en su corazón. Es, pues, lo que tenemos que aprender de María. Y a María le pediremos que nos alcance de Dios el don de la fe, de la escucha atenta a la Palabra y la fortaleza para llevarla a la práctica.
Pero a María la podemos ver como modelo y ejemplo de los que de una manera especial, por una vocación muy específica se consagran a Dios en la vida religiosa o en el sacerdocio. Es una llamada del Señor a la que se responde con la prontitud, la generosidad y la disponibilidad que vemos en María. Los que viven una consagración radical a Dios en la vida religiosa siguiendo los consejos evangélicos viven como algo especial la celebración de este día de la presentación de María al Señor, porque de María quieren aprender, a María quieren imitar y de María – con la mediación de María - quieren alcanzar la gracia del Señor para la radicalidad de su respuesta a Jesús en su especial vocación y con sus propios y específicos carismas.
Como María también nos ponemos ante Dios para decirle Sí. Un Sí que pudiera parecer doloroso porque al arrancar muchas cosas de nosotros se producen desgarros en el corazón, pero es un Sí siempre gozoso porque tiene que nacer de la generosidad del amor y porque será un Sí que nos llene de Dios.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La casa de la oración y la alabanza…

1Mac. 4, 36-37.52-59
Salmo: 1Cron. 29, 10; Habc. 11-12
Lc. 19, 45-48


Si ayer, cuando contemplábamos y meditábamos el llanto de Jesús sobre la ciudad de Jerusalén, hacíamos mención al gran amor que todo israelita tenía a la ciudad de Sión y al Templo de Dios en ella situado, hoy la Palabra de Dios en ambos textos nos habla directamente del Templo, su valor y su significado.
En la primera lectura, tras las guerras macabeas al recuperar la ciudad santa una primera cosa que hacen es la reconstrucción del templo, su purificación y su consagración. Es lo que nos relata el texto de los Macabeos. La alegría del pueblo al ver reconstruido y purificado el Templo del Señor. ‘Durante ocho días celebraron la consagración, ofreciendo con alegría holocaustos y sacrificios de comunión y alabanza’.
Por el contrario en el evangelio vemos cómo aquella casa de oración se ha convertido ‘en una cueva de bandidos’, en frase de Jesús. Jesús expulsa a los vendedores del templo que se habían posesionado de sus atrios y naves para el mercadeo de aquellos animales que habían de ofrecerse en los sacrificios.
No puede ser un mercado lo que es casa de oración y de escucha de la Palabra. Son las dos referencias que nos da el Evangelio para decirnos lo que en verdad ha de ser el Templo del Señor. El silencio, el recogimiento, la devoción son necesarios para esa oración al Señor y para esa escucha de la Palabra.
Era habitual que en aquellos pórticos abiertos que rodeaban toda la explanada del templo se situaran los doctores de la ley para proclamar la Palabra del Señor y hacer sus enseñanzas y explicaciones a todos los que acudían al templo por un motivo u otro. Nos recuerda otro pasaje del evangelio que nos habla de Jesús niño perdido y hallado en el templo ‘en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas’, como nos cuenta también el mismo san Lucas. A mí me recuerda los grupos de catequistas y de formación de niños, jóvenes y mayores que en nuestros templos parroquiales y sus aledaños los salones de la Parroquia también se reúnen para escuchar la enseñanza y la catequesis.
Allí se situaba también Jesús enseñando al pueblo cuando venía a Jerusalén. ‘Todos los días enseñaba en el Templo’. Era en verdad el único Maestro verdadero porque El es el Camino y la Verdad y la Vida. Solo Jesús es el que puede revelarnos plenamente todo el Misterio de Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’, que tantas veces hemos recordado. Así vemos a Jesús, el Maestro, el Rabí, como le llaman y le reconocen Nicodemo, María Magdalena, los propios fariseos y doctores y tantos y tantos en el evangelio.
Así lo vemos enseñando aunque como ya nos adelanta hoy el evangelio hay muchos que quieren quitarlo de en medio. ‘Los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios’.
Jesús daría otra interpretación, ‘no había llegado su hora’. El sabía cuando llegará el momento. Y está pronto para la entrega. Además El había anunciado lo que le sucedería en Jerusalén. Por eso dirá el evangelista Juan al comenzar el relato de la cena pascual. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…’
Pero centrémonos en el mensaje de hoy. El Templo del Señor, la casa de oración, el lugar privilegiado de la escucha de la Palabra de Dios, momento y ocasión propicia para la alabanza, la acción de gracias y la bendición al Señor como hacemos nosotros en la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos. Como estamos haciendo ahora en nuestra celebración Eucarística.

jueves, 19 de noviembre de 2009

No reconociste el momento de mi venida

1Mac. 2, 15-29
Sal. 49
Lc. 19, 41-44


Bajando el monte de los Olivos en dirección hacia la ciudad de Jerusalén hay un lugar donde se hace una parada para contemplar una bella panorámica de la ciudad santa. Es un lugar muy hermoso. Hay allí una pequeña capilla llamada ‘Dominus flevit’, donde el Señor lloró que nos recuerda el episodio que hoy nos narra el evangelio.
‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieses en este día lo que conduce a la paz…!’ Y anuncia Jesús que de todo aquello no quedará nada, ‘no dejarán piedra sobre piedra’, como sucedería pocos años más tarde con la destrucción de Jerusalén.
Vamos también nosotros a hacer una parada para contemplar y meditar, aunque sea brevemente, ese llanto de Jesús sobre la ciudad. Todo israelita amaba profundamente Jerusalén donde estaba el Templo del Señor. Allí acudían de todas partes en la Pascua y otras fiestas judías. Allí tenían el Templo signo de la presencia del Señor para los sacrificios y las oraciones comunitarias. De ahí ese sufrimiento humano también de Jesús por aquella ciudad que no lo acogía y que un día sería destruida.
‘No reconociste el momento de mi venida’, le dice Jesús. Allí encontrará sus principales oponentes y será allí donde va a ser entregado por los sumos sacerdotes y el sanedrín a los gentiles para que sea crucificado. El lo había anunciado repetidas veces. ‘Mirad que subimos a Jerusalén y todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del Hombre se va a cumplir. Será entregado a los gentiles, escarnecido, ultrajado… después de azotarlo lo matarán, pero al tercer día resucitará…’
Yo os invito y quiero hacerlo yo mismo el primero a ponernos delante de Jesús y sus lágrimas. ¿Nos dirá también a nosotros ‘no reconociste el momento de mi venida’? ¿Habremos sabido reconocer la presencia del amor de Dios en nuestra vida? ¡Cuánto nos ha amado el Señor y cuánto nos sigue amando!
De tantas manera sigue llegando el Señor a nosotros en las circunstancias concretas que vivimos en la vida de cada día. Os comento algo personal que me ayudó mucho a mí. Fue en la muerte de mi madre, en las vísperas de la navidad. Sentí lo que me decía el Señor en su Palabra y a través del sacerdote que dijo la homilía en el momento de su entierro. La venida del Señor a mí aquel año en aquella navidad era en la muerte de mi madre. Así lo supe ver. El Señor que así llegaba a mi vida y así se me manifestaba. Perdonen esta referencia personal.
Dios viene a nosotros y está derramando su amor en nuestra vida en esos hechos concretos que vivimos: ancianidad, debilidades, enfermedad, problemas que nos vamos encontrando, cosas que suceden a nuestro lado quizá de forma imprevista… Tenemos que saber descubrir su presencia, su venida a nosotros.
Que no tengamos que escuchar esas palabras de Jesús como un reproche ‘no supisteis reconocer mi venida’, sino que todo lo contrario todo eso nos impulse a abrir los ojos de la fe para descubrirle, sentirle, vivirle, como ahora viene a nosotros también en esta Palabra proclamada y en esta Eucaristía.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Fidelidad en la esperanza de la vida eterna

2Mac. 7, 1.20-31
Sal. 16
Lc. 19. 11-28


Dos pensamientos a subrayar en los dos textos de la Palabra de Dios proclamada hoy.
Por una parte del libro de los Macabeos nos presenta un mensaje de esperanza y de confianza total en el Señor que les ayuda a mantener su fidelidad a la Alianza y al Señor frente a las persecuciones que sufren. En el fondo podemos decir que hay un anuncio de vida eterna y de resurrección.
La madre de aquellos siete jóvenes macabeos en una admirable fortaleza va animando a cada uno de sus hijos a soportar el tormento que padecen por su fidelidad a la Alianza. ‘El Creador, en su misericordia, os devolverá el aliento y la vida si ahora os sacrificáis por su ley’, les dice. Y al más pequeño lo anima diciéndole también: ‘Mira el cielo y mira la tierra, fíjate en todo lo que contienen y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y lo mismo da el ser al hombre. No temas a ese verdugo; ponte a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos’. Esperanza, pues, de vida eterna y de resurrección.
Por su parte en el evangelio Jesús propone una parábola cuando ‘estaban cerca de Jerusalén’. Y la razón podíamos decir para esta parábola es porque ‘pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. La cercanía de Jerusalén y lo que Jesús les había venido anunciando de que algo grande iba a suceder, les hacía pensar esto. Pero, podríamos decir, que quiere mantener esa esperanza, pero también hacerles comprender la responsabilidad con que hemos de tomarnos la vida en todo momento. Pensamos en la plenitud del Reino que vamos a vivir junto a Dios en el cielo, pero eso mismo nos obliga a desempeñar nuestra tarea con fidelidad mientras seguimos caminando por este mundo en esta vida terrena.
‘Un hombre noble se marchaba de viaje… pero antes llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro diciéndoles: negociad mientras vuelvo…’ A su venida les pide cuentas en la exigencia de que habían de haber negociado aquella onza que se les había entregado. Unos entregan más y otros menos, pero reciben la alabanza de su señor. Vemos también lo que le sucede al que guardó la onza y no la negoció, no la trabajó.
En estos días del final del año litúrgico se nos está hablando continuamente, como fue el domingo pasado, de la segunda venida del Señor al final de los tiempos. Como confesamos en el Credo ‘está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Viene el Señor y ante El hemos de presentarnos. Que en el juicio de Dios el Señor nos encuentre con las manos llenas, porque hayamos sabido administrar bien la onza de oro que nos ha entregado, la vida que nos ha confiado con todos sus talentos.
Nos acogemos a la misericordia infinita de Dios, y porque hayamos querido ser fieles, a pesar de nuestras limitaciones y pecados alcancemos el premio de la vida eterna. Mantengamos nuestra fe, nuestra fidelidad. Mantengamos nuestra esperanza en la vida eterna y en la resurrección futura que por la misericordia de Dios sea para vida de dicha sin fin junto a Dios.

Ánimo, soy yo, no temáis


Hechos, 28, 11-16.30-31
Sal. 97
Mt. 14, 22-33



Recientemente celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán en Roma, la catedral del Papa y ya nos hacíamos ese día una reflexión sobre ese hermoso sentido de comunión eclesial que tenía dicha celebración. Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios, decíamos en la reflexión de ese día.
Con un mismo sentido eclesial celebramos el pasado domingo el Día de la Iglesia diocesana sintiéndonos esa familia, esa comunidad, ese pueblo de Dios que camina en concreto en lo que es nuestra diócesis.
Hoy tenemos otra celebración, con ese sentido y carácter eclesial que es la Dedicación de las Basílicas de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo en Roma. Basílicas que nos recuerdan la predicación de los Apóstoles en Roma y también su martirio, pues en ambas se guardan las tumbas de los Apóstoles.
Por eso la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, ha hecho referencia a la llegada del Apóstol Pablo a Roma, tal como nos lo relata el final de dicho libro del Nuevo Testamento. Por su parte el Evangelio nos hace una hermosa referencia al apóstol Pedro en la escena que hemos escuchado de Jesús caminando sobre el agua del lago después de la multiplicación de los panes allá en el desierto.
‘Ánimo, soy yo, no temáis’, les dice Jesús cuando ellos asustados creían ver un fantasma. Allí está la intrepidez de Pedro que quiere ir al encuentro de Jesús caminando también sobre el agua. ‘Maestro, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua’. A la llamada de Jesús camina sobre el agua hasta que duda, le entra miedo y comienza a hundirse. ‘¡Señor, sálvame!’, es su grito y súplica. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
La Iglesia, nosotros tenemos que mantenernos firmes en nuestra fe aunque sean tiempos o momentos difíciles. Nos puede parecer que nos hundamos, porque son muchas las cosas que caen sobre nosotros, sentimos nuestra debilidad y las tentaciones nos acechan, pero ahí está el Señor. No lo podemos dudar.
El nos ha dejado su Espíritu: el Espíritu que guía a la Iglesia, que guía y sostiene a sus pastores, que nos fortalece a todos en todo momento. No podemos temer. ‘Ánimo, soy yo’, nos dice también a nosotros Jesús. Y nos tiende su mano, está junto a nosotros en nuestro caminar, aunque sea difícil o tengamos vientos en contra en tantas tentaciones y desánimos que podamos sentir. En la Iglesia también se nos manifiesta, también está junto a nosotros. En los sacramentos y en la palabra nos alimentamos cada día
¿A qué venimos aquí cada mañana a celebrar la Eucaristía sino a sentir su presencia que nos fortalece y anima, a alimentarnos de su vida que nos llena y nos inunda?
Que no nos falte la fe. Que no se nos apague nunca la fe.

martes, 17 de noviembre de 2009

Un testimonio de fidelidad hasta la muerte

Mc. 6, 18-31
Sal. 3
Lc. 19.1-10


Ayer comenzamos a leer el libro de los Macabeos, que continuaremos escuchando toda esta semana, salvo algún de celebración especial. Nos narra la resistencia de los hermanos Macabeos – de ahí su nombre – contra las acciones de Antioco Epifanes que pretendía suprimir la religión judía bajo el signo del paganismo.
Lo que ayer escuchamos nos describe el cuadro con la deserción de muchos judíos que renegaban de su fe para realizar cultos paganos, abandonando las leyes y costumbres judías. Pero como terminaba diciéndonos ayer ‘hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no contaminarse ni profanar la Alianza. Y murieron…’
Hoy nos presenta el texto un personaje concreto, Eleazar ‘uno de los principales maestros de la ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno’. El prefería ‘una muerte honrosa a una vida de infamia’. Pretendían ayudarla a salvar la vida con la simulación. Como hemos escuchado ‘él adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de canas honradas e ilustres, de su conducta intachable y sobre todo digna de la ley santa de Dios’ rehusó lo que le ofrecían. ‘Enviadme al sepulcro… no es digno de mi edad ese engaño…’ No quería dejar tampoco un mal ejemplo para los jóvenes y prefirió la muerte, ‘dejando un ejemplo memorable de heroísmo y virtud’.
Es un testimonio hermoso muy válido también para los hombres de nuestro tiempo. Un anticipo de lo que fueron y siguen siendo los mártires cristianos de todos los tiempos. La fidelidad al Señor por encima de todo, incluso de la propia vida.
Es un texto de la Palabra de Dios que nos sigue hablando a todos señalándonos muchas cosas. ¿Hasta dónde llega nuestra fidelidad al Señor y a sus mandamientos? En todo aquello que hacemos, ¿nos preguntamos seriamente cuál es la voluntad del Señor? La fe no es algo que vivimos ajenos al resto de la vida, como si sólo fuera para algunas cosas. Todo lo que hagamos siempre ha de conformarse con lo que es la voluntad del Señor para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Con qué facilidad nos disculpamos y hasta tratamos de justificarnos cuando no somos fieles al Señor en el cumplimiento de sus mandamientos. Para todo queremos tener disculpas, pues siempre queremos poner por delante nuestras conveniencias. Nos respaldamos fácilmente en lo que todos hacen, para no querer ir a contracorriente de lo que hacen los demás, como se dice ahora lo políticamente correcto; como si la bondad o la maldad de las cosas se definiera simplemente por lo que dice o hace la mayoría. No confundamos las leyes de los hombres con la ley del Señor. Hay muchas cosas que están en profunda contradicción con lo que son nuestros principios y valores cristianos y es ahí donde tenemos que decantarnos, hacer nuestra opción en conciencia poniendo en verdad a Dios por encima de todo.
Por encima de todo está lo que es la ley del Señor plasmada en el corazón de todo hombre en la ley natural que se ve luego enriquecida por la ley positiva del Señor y por el Evangelio para nosotros los cristianos. Hemos de reconocer y no es tratar de disculpar o justificar que por la mala formación hay en muchos una gran confusión en este aspecto.
Que el Señor nos haga valientes en nuestra fe, la valentía de los mártires si fuera necesario. No tendremos que llegar quizá al martirio cruento, pero el heroísmo está en la fidelidad de cada día, incluso en las cosas pequeñas. Porque el que no sabe ser fiel en lo poco, en lo pequeño, no sabrá serlo en las cosas importantes. Necesitamos en nuestro mundo testigos, testigos de fidelidad al Señor, testigos que alienten nuestra fe y nuestra esperanza.