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viernes, 27 de septiembre de 2013

Una pregunta que nos hace Jesús pero cuya respuesta nos llevará a una vida nueva

Ageo, 23, 1-10; Sal. 42; Lc. 9, 18-22
Jesús pregunta: ‘¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Es la pregunta de Jesús pero es la pregunta que todos se hacen ante Jesús. Que todos nos hacemos.
¿Quién es éste? Se preguntaban ante los milagros que realizaba, ante el mensaje que trasmitía, ante las obras que hacía. ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’, escuchábamos también ayer a Herodes que se preguntaba. Las respuestas como escuchamos ayer, como escuchamos hoy en la boca de los apóstoles, como escuchamos en labios de las gentes de los diversos lugares a través de las páginas del evangelio son diversas. Como diversas siguen siendo en el mundo de hoy, porque no siempre se tiene claro quién es Jesús.
Por las obras que realizaba las gentes de los tiempos de Jesús, como nos dice el evangelio, vislumbraban que algo de Dios estaba en El, porque de lo contrario no podría hacer las obras que El hacía, como decía Nicodemo. Otros hablarían de la visita de Dios a su pueblo y pensaban en un antiguo profeta que había vuelto con ellos, o en Juan Bautista más cercano y al que todos habían conocido que habría resucitado.
Algunos, por otra parte, no querrían aceptar de ninguna manera lo que se podía vislumbrar en Jesús y vendrían los rechazos, las preguntas maliciosas, los juicios retorcidos y hasta las condenas con lo que querrían acabar con Jesús. Como nos sigue sucediendo hoy ante el hecho religioso, ante la figura de Jesús o ante el servicio de la Iglesia; unos aceptan, reconocen, valoran a su manera o su forma de pensar, mientras otros hacen sus interpretaciones y sus juicios sin terminar reconocer lo sobrenatural que envuelve nuestra vida.
Era necesario algo más para descubrir quien era Jesús. Solo con los ojos de la fe pero abriendo mucho el corazón a Dios para dejarse conducir por su Espíritu es cómo podría reconocerse quien era. Será Pedro el que se adelantará como siempre para darnos una definición de Jesús. ‘Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías de Dios’.  Nos quedamos en la respuesta escueta que nos trae el evangelio de Lucas. Jesús no les permitió que divulgaran esa respuesta.
Se hacían interpretaciones también de lo que habría de ser el Mesías; algunos lo verían como un guerrero libertador de las opresiones del pueblo para realizar revoluciones que condujeran a la libertad. Movimientos en este sentido había ya en medio de ellos e incluso quizá hasta alguno de los apóstoles procediera de esas facciones. Y lo que Jesús venía a ofrecernos era algo mucho más hondo que no se podría quedar de ninguna manera en lo sociopolítico.
Sí, es el Mesías Salvador y liberador, pero querrá emplear mejor la expresión del profeta Daniel. Es el Hijo del Hombre, el que había anunciado el profeta que vendría entre las nubes del cielo, pero que sería también en imagen de otro profeta el Cordero llevado al matadero, el cordero inmolado en sacrificio y cuya sangre iba a ser redentora de toda la humanidad. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Les sería difícil entender y aceptar. Ya veremos en otros momentos las reacciones de los propios apóstoles ante palabras semejantes de Jesús. Pero ahí Jesús nos está dando la verdadera respuesta a la pregunta que El nos hacía o la pregunta que todos nos hacemos ante Jesús. ¿Quién es este que así se nos presenta? ¿Cuál es el verdadero sentido de su vida? ¿Qué significará entonces que nosotros le aceptemos por la fe para poder conocerle de verdad?
Porque conocer a Jesús será llegar a vivir a Jesús; vivir su vida, la misma que El vivió en su entrega y en su amor; vivir su vida, haciéndonos semejantes a El, para seguir sus mismos pasos, para configurarnos con El y para con El llegar a ser también hijos de Dios. Es importante la respuesta que demos desde la fe, que no solo son palabras, porque nuestra vida se transformará y porque ya desde entonces hemos de vivir una nueva vida, porque hemos de vivir para siempre como hijos de Dios.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nuestros deseos de ver a Jesús que hemos de purificar

Ageo, 1, 1-8; Sal. 149; Lc. 9, 7-9
‘Y Herodes tenía ganas de verlo’, termina diciéndonos hoy el evangelista. Estaba oyendo hablar de Jesús por todas partes. Como era normal para quienes detentaban el poder de todo se enteran y es normal que llegara a sus oídos las andanzas de aquel predicador, profeta o presunto Mesías que recorría los caminos de Galilea, su reino, predicando y anunciando un reino nuevo.
Pero las referencias que le llegan de Jesús son diversas, como diversas eran las opiniones que se habían haciendo entre las gentes al escuchar a Jesús y ver sus obras. ¿Era Juan bautista que había resucitado? ¿Era uno de los antiguos profetas, como Elías, que había vuelto otra vez a profetizar en Israel? Las opiniones que llegan a oídos de Herodes no distan mucho de las respuestas que los apóstoles le dieron a Jesús cuando preguntó qué es lo que la gente pensaba de El, como hemos escuchado ya muchas veces.
Pero Herodes andaba incrédulo y perplejo. ‘¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?’ A Juan el Bautista lo había mandado decapitar él. Y lo de la resurrección de Juan no le entraba en su cabeza. No era solo como los saduceos que negaban la resurrección de los muertos y la existencia de los ángeles, como alguna vez hemos reflexionado, sino que quizá en su cultura grecorromana que se suponía en un rey que habría sido preparado para serlo, ya sabemos que los griegos tampoco aceptaban lo de la resurrección. Recordemos cuando Pablo hable en el Areópago de Atenas y anuncie a Cristo resucitado, que le responderán burlonamente que de eso de la resurrección ya les hablará otro día.
Pero Herodes tenía curiosidad por conocer a Jesús. ¿Qué había tras esa curiosidad? ¿Los deseos del poderoso que quiere saberlo todo y manipularlo todo? El evangelista decía que escuchaba con gusto al Bautista, pero al final se dejó seducir por su posición poderosa y lo mandó matar.
Los encuentros o las relaciones de Jesús con Herodes no fueron muy brillantes sino más bien siempre relacionadas con la muerte y con la pascua; y no  nos referimos ya a Herodes el grande que mandó matar a todos los menores de dos años en Belén y sus alrededores para quitar de en medio al recién nacido rey de los judíos que venían anunciando los Magos de Oriente.
En varias ocasiones aparecerá esa relación, no solo ahora, cuando le vienen a decir a Jesús que Herodes anda buscándolo para matarlo, y finalmente en medio de la pasión cuando Pilatos al enterarse que Jesús procedía de Galilea en su predicación se lo envió a Herodes porque estaba en Jerusalén por aquellos días con motivo de la pascua judía. Si cuando le dijeron que Herodes lo andaba buscando, responde Jesús con frases un tanto fuertes para manifestar que no le tenía miedo porque no había llegado su hora, cuando lo llevan a su presencia en medio de la pasión Jesús no le hablará ni responderá a nada de lo que le pide en los deseos de manipulación que siempre tienen los poderosos, lo que provocará que lo trate como loco y lo devuelva vestido de blanco a Pilatos.
¿Cuál era la curiosidad o los deseos verdaderos de conocer a Jesús que tenía Herodes? Ya vamos viendo por donde andan las cosas. Pero esto tiene que hacernos pensar de cara a nuestra propia vida. ¿Tenemos nosotros deseos también de conocer a Jesús? ¿Por qué lo buscamos? Algunas veces pudiéramos parecernos en algo a las intenciones ocultas que podía haber en el corazón de Herodes en su búsqueda de Jesús.
Tendríamos que ir a Jesús con un corazón lleno de rectitud y buen deseo para buscar no lo que a nosotros nos apetece sino lo que en verdad el Señor quiere darnos con su gracia. Buscamos a Dios y buscamos su amor; buscamos lo que es su voluntad y lo que son sus caminos. Tendríamos que saber descubrir la maravilla de su amor y de su presencia junto a nosotros en el camino de nuestra vida.
Muchas cosas quizá tendríamos que purificar en nosotros, en nuestros deseos, en nuestra búsqueda para que fuera de lo más auténtica y verdadera. No podemos pensar que vamos buscando ventajas humanas, la suerte como decimos. Que me saque la lotería, que tenga suerte, que gane mi equipo… cuantas cosas decimos o pedimos en este sentido muchas veces
Una vez una persona me decía que desde que decidió regularizar su vida, ponerse en regla en el cumplimiento de la ley de Dios, ahora todo le iba mal, le parecía que Dios no le estaba correspondiendo a aquel esfuerzo que estaba realizando en tratar de comportarse bien, porque Dios no lo escuchaba. ¿Qué podemos pensar? ¿Voy a ser bueno para así tener más suerte o las cosas me salgan siempre bien? ¿Por qué no pensamos que detrás de esos problemas o contratiempos que nos puedan ir surgiendo hay una gracia del Señor que no nos abandona aunque nos parezca que estamos solos o que está quizá purificándonos para algo grande que El quiera realizar en nosotros?

Nos daría para más extensas reflexiones, pero purifiquemos nuestro corazón para que busquemos en verdad a Dios. El nos dará respuesta. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Nos ponemos en camino anunciando el Reino y manifestándolo en el amor

Esdras, 9, 5-9; Sal.: Tob. 13, 2-8; Lc. 9, 1-6
‘Se pusieron en camino… anunciando la Buena Noticia y curando por todas partes’. Lo hemos escuchado en el Evangelio; ahora mismo en el Evangelio que se nos ha proclamado y lo hemos escuchado muchas veces. Los discípulos se pusieron en camino; el que es discípulo ha de ponerse en camino; el que no es capaz de ponerse en camino no está siendo discípulo de verdad. Ser discípulo es caminar tras los pasos del maestro; discípulos de Jesús caminamos tras los pasos de Jesús y haciendo lo que hizo Jesús.
‘Reunió a los Doce y les dio poder y autoridad… luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos’. Lo que habían ‘recibido gratis, gratis habían de darlo’ a los demás, nos dirá en otra ocasión Jesús. Jesús nos llamó a ser sus discípulos y seguirle; nos invitó a participar del Reino de Dios que anunciaba y constituía y nos regaló su Palabra y su salvación.
De Jesús recibimos vida, luz, gracia porque recibimos el perdón, nos sentimos redimidos y perdonados de nuestros pecados, nos llena de vida para hacernos hijos de Dios; con Jesús entramos a formar parte del Reino de Dios viviendo ya algo nuevo y distinto porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida y porque entramos en un nuevo estilo y sentido de relación con los demás; con la fuerza del Espíritu de Jesús que está en nosotros nos sentimos renovados totalmente, porque alejados del pecado para siempre queremos vivir la vida de la gracia y de la santidad. Todo esto ha sido una gran Buena Nueva para nosotros, ha sido Evangelio para nuestra vida.
Pero eso no nos lo podemos quedar para nosotros; seríamos egoístas lo que estaría muy lejos de ese estilo y sentido de vida nueva que Jesús nos ha ofrecido y nosotros queremos vivir. Por eso Jesús nos envía a hacer ese mismo anuncio, para que la esperanza de salvación llegue a todos los hombres; Jesús nos envía a ir realizando esa misma transformación en el corazón de todos los hombres, haciendo que el mal se aleje para siempre de nuestros corazones y de nuestro mundo.
Por eso nos envía, hemos de ponernos en camino. ‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos… les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades… y ellos fueron anunciando la Buena Noticia y curando por todas partes’. Es la misión que nosotros hemos recibido. Es la tarea que tiene que realizar todo cristiano. La Buena Noticia de la Salvación no se la puede quedar para sí, ha de comunicarla, ha de hacer partícipes a todos de esa salvación. Tenemos el poder y la autoridad de Jesús de nuestra parte.
Lo que vamos a realizar no lo hacemos en nombre nuestro, o porque a nosotros nos guste, o solo allí donde nos sea fácil. Lo hacemos en el nombre de Jesús y en todas partes tenemos que hacer presente a Jesús aunque no siempre nos sea fácil. Tenemos su Espíritu que nos fortalece. No lo vamos a realizar con nuestros medios o a nuestra manera; no es la fuerza de los recursos humanos lo que hace el anuncio del Evangelio y lo que va a convencer a los demás. Es la fuerza de la gracia del Señor que se va a manifestar incluso en nuestra debilidad.
Por eso lo que se nos pide es disponibilidad para ponernos en las manos del Señor y con la fuerza del Señor cuando nos vayamos a poner en camino. Pueden resultar curiosas o extrañas las advertencias que Jesús les hace a sus enviados de no preocuparse ni por el bastón ni por la alforja, ni por el dinero o las cosas que podamos necesitar. Dios proveerá. Es el camino de Dios el que queremos hacer y Dios va con nosotros.
Es su gracia la que va a mover los corazones de los hombres a la conversión, a nosotros nos queda el anuncio de la Palabra y las obras del amor y la misericordia. Curar enfermos, nos dice. Cuántas cosas se encierran en esa palabra. Cuántas son las obras de la misericordia y del amor que podemos realizar. Serán los signos de la llegada del Reino de Dios; será un mostrar que el Reino de Dios se está realizando porque comienzan unas actitudes nuevas en nuestra vida, porque comienza a brillar con nuevo resplandor el amor, y la solidaridad, y la búsqueda del bien y de la justicia, la paz y la armonía entre todos porque ya habrán corazones siempre abiertos para acoger a los demás.

¿Qué nos queda que hacer? Ponernos en camino. 

martes, 24 de septiembre de 2013

Queremos ser la familia de Jesús: plantemos su Palabra en nuestra vida

Esdras, 6, 7-8.12.14-20; Sal. 121; Lc. 8, 19-21
Son apenas tres versículos el texto del evangelio de hoy. Pero qué riqueza más grande es para nosotros la Palabra del Señor, alimento de nuestra vida. No es un hecho anecdótico más lo que nos narra el evangelio. Se nos está manifestando todo un mensaje de salvación. Con fe siempre tenemos que acudir a la Palabra de Dios, escuchar lo que el Señor nos dice.
María, la madre de Jesús, y sus parientes que quieren llegar hasta Jesús. Hay mucha gente en torno a Jesús escuchando sus palabras. Pongamos si queremos un poco de imaginación y tratemos de representarnos la escena con la gente aglomerada en su entorno sin querer perder ni una sola de sus palabras. ¿Que alguien quiere acercarse más? Imposible, allí llevan mucho tiempo y con mucho ardor en su corazón escuchando las palabras de Jesús.
Pero alguien se ha dado cuenta de quienes han llegado y tratan de avisarle. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Y surge el mensaje de Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’.
Nos recuerda de alguna manera el prólogo del evangelio de san Juan. Llega la luz y llega la vida. ‘La luz que ilumina a todo hombre… La vida era la luz de los hombres… vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron… pero a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les da poder para ser hijos de Dios. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios…’
¿Quiénes son la familia de Jesús?  Jesús nos está hablando de una nueva familia, que ‘no ha nacido ni de sangre ni de amor carnal, ni de amor humano’. ¿Cómo se constituye esa nueva familia de los hijos de Dios? ‘Aquellos que creen en su nombre’, que decía en el evangelio de san Juan. ‘Aquellos que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen por obra’, nos dice hoy Jesús en este texto del evangelio de Lucas.
Como todos comprendemos no es un rechazo de Jesús a María y a su familia en lo humano. Quiere más bien Jesús destacarnos cómo vamos a ser nosotros esa familia de Dios. María es la primera creyente, podemos decir muy bien, porque ella fue la primera que dijo sí a Dios y plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios en su corazón y en su vida. Prestó incluso su cuerpo, podemos decir, para que en ella se encarnase la Palabra de Dios y naciese el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Somos nosotros hoy, los que a imagen de María que va en búsqueda de Jesús, vayamos también buscando a Jesús. Como un signo el evangelio habla de un gentío que impedía acercarse a Jesús; nosotros podemos pensar en tantas cosas que nos pueden impedir acercarnos a Jesús y es algo que tenemos que estar revisando siempre. ¿Qué hay en mi vida que me impide llegar hasta Jesús? ¿Qué ruidos tenemos en el alma que nos ensordecen de tal manera que no escuchamos a Jesús, que no escuchamos la Palabra de Dios? ¿Qué apegos tenemos en el corazón que nos impiden llegar a poner en práctica, poner por obra, la Palabra que escuchamos de Jesús?
En María siempre hubo disponibilidad, generosidad en su corazón, apertura a Dios. Se hizo pequeña y humilde esclava para que se realizara en ella siempre la Palabra de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor’, exclamó ante el ángel de la Anunciación; ‘hágase en mí según tu palabra’. Dispuesta siempre a lo que era la voluntad del Señor que la levantará para hacer en ella cosas grandes, para realizar a través de ella maravillas de gracia para todos los hombres. Se rebajó y se hizo pequeña pero Dios la levantó.
Que esa sea nuestra disponibilidad; que así tengamos nosotros generosidad en nuestro corazón; que así abramos nuestra vida a Dios, aunque sintiéndonos pequeños, pero reconociendo el amor que el Seños nos tiene que nos hace llegar su gracia y su salvación y también hará cosas maravillosas en nosotros.
Seremos la familia de Jesús, somos los hijos de Dios porque queremos poner toda nuestra fe en El, porque queremos escuchar su Palabra, porque queremos ponerla por obra en nuestra vida. Saltemos los obstáculos que podamos encontrar porque sabemos que la gracia del Señor nos fortalece; liberémonos de ataduras y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa Palabra que hoy y aquí el Señor quiere decirnos.

Y como María digamos: ‘hágase en mi según tu palabra’.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La alegría de la luz de la fe que llevamos con nosotros

Esdras, 1, 1-6; Sal. 125; Lc. 8, 16-18
¿Para qué queremos una lámpara si no queremos que ilumine? La luz no es un adorno sino una necesidad vital. No tiene sentido que tengamos una luz y la ocultemos, porque quizá no queremos que otros se aprovechen de esa luz; es como si tuviéramos conocimiento de cosas importantes y no queremos compartirlos porque los queremos para nosotros mismos de forma egoísta. La lámpara de luz no es para tenerla apagada y oculta sino para hacer que esa luz ilumine a todos, nos ilumine a nosotros pero también nos valga para iluminar a los demás.
Pero, me pregunto, ¿no nos puede estar pasando algo así a los cristianos? Tenemos la luz pero no vamos con ella a iluminar a los demás. Estaríamos ocultando esa luz cuando no manifestamos la alegría de tener la luz de la fe en nuestra vida y no la compartimos gozosos con los que nos rodean. Sería algo bien triste una actitud y una postura así. Efectivamente muchas veces no  nos manifestamos gozosos de nuestra fe, orgullosos de nuestra fe, con ganas de trasmitirla a los demás.
Creo que sería algo en lo que deberíamos trabajar más en nuestra propia vida fortaleciendo nuestra fe. Claro, tenemos que sentirnos nosotros iluminados, haber descubierto en esa fe el sentido y el valor de lo que vivimos y de lo que hacemos. Siento lástima cuando veo a personas que se dicen creyentes y hasta religiosos pero que no saben tener alegría en su vida y en su cara siempre están reflejando que no llevaran sino amarguras en su corazón. Algo está fallando en esas personas.
No podemos dar la sensación de amargura ni de tristeza por muchos que sean los problemas que podamos tener en la vida. La fe nos hace confiar en el Señor, poner en El toda nuestra esperanza, y sabemos que siempre hay una luz que nos ilumina, y no solo nos ilumina sino que caldea nuestro corazón sintiendo la fortaleza de la gracia del Señor. Tenemos que crecer en nuestra fe, alimentar esa fe. Recordemos que a las doncellas que esperaban con las lámparas encendidas se les apagaron porque no tuvieron aceite suficiente. Que no nos pase a nosotros que se nos apague esa luz de nuestra fe. Tenemos que cuidarla, alimentarla. Ahí tenemos la oración, los sacramentos, la palabra del Señor donde alimentar cada día nuestra fe. Así tenemos que crecer espiritualmente para que no nos falte la valentía de mostrar esa luz a los demás.
Algunas veces pareciera que los cristianos vamos por la vida como acobardados o acomplejados ante el hecho de la fe que llevamos en el corazón y tenemos como miedo de trasparentarlo a los demás. Sabemos que a muchos a nuestro lado les falta esa luz en su vida, porque quizá nunca tuvieron fe, o la tuvieron pero la abandonaron cayendo en la indiferencia  y la frialdad que las ha llevado quizá a un ateismo práctico. Quizá personas así necesiten de la alegría de nuestra fe. Necesiten ver esa luz para que se despierte en su corazón esa fe y puedan llegar también a esa alegría.
La fe que llevamos en el corazón nos tiene necesariamente que hacer misioneros, personas que iluminemos a los demás con la fe que tenemos en Jesús. Siempre lo hemos de sentir como algo nuevo en nuestro corazón que nos da vitalidad, nos da fuerzas para el testimonio. No nos podemos acostumbrar a decir que somos creyentes y luego nuestra vida se quede en rutina y ya no sintamos el ardor en el corazón por trasmitir esa fe que tenemos en Jesús a los demás.
La alegría con que vivimos nuestra vida llenos de esperanza y con deseos de comprometernos cada vez más por hacer que nuestro mundo sea mejor es el mejor signo que podemos mostrar a los demás de esa luz que llevamos dentro de nosotros. Que no  nos falte nunca esa alegría, ese coraje, esa valentía para testimoniar nuestra fe.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Responsabilidad, justicia y solidaridad para hacer un mundo mejor

Amós, 8, 4-7; Sal. 112; 1Tim. 2, 1-8; Lc. 16, 1-13
Lo malo nunca lo podemos imitar, pero de todo, sin embargo, podemos sacar lecciones. Es lo que nos sucede hoy con la parábola del evangelio. Suele desconcertar a muchos. ¿Cómo puede narrarnos Jesús una historia de sobornos, injusticias, malversaciones y ambiciones egoístas? Es lo que puede resultar chocante para muchos si no profundizamos bien en lo que Jesús quiere decirnos.
En las cosas materiales habitualmente somos muy sagaces y cuando se trata de ganancias nos afanamos sin medida, porque todo nos puede parecer poco. Si somos tan astutos y afanosos en esas cosas de interés material, que son siempre cosas caducas y efímeras, ¿cómo no es que ponemos tanto empeño en aquellas cosas que verdaderamente merecen la pena? Claro que primero que nada hemos de tener claro qué es lo verdaderamente importante para nosotros. Quizá tendríamos que hacernos una revisión de nuestra escala de valores. Pero se supone que un cristiano, un discípulo de Jesús tiene bien claro cuál ha de ser la meta de su vida y qué es lo verdaderamente importante, aunque nos sintamos tentados por muchas cosas.
A alguien le pudiera extrañar que al final de la parábola Jesús alabe a aquel administrador injusto por la astucia con que actuó. Fijémonos que ya nos lo describe como un hombre injusto, un hombre que está obrando una injusticia. Pero lo que quiere Jesús decirnos es que los hijos de la luz tendríamos que ser más astutos en los asuntos espirituales y que dan verdadera grandeza al hombre. ‘Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido’. Y continua diciéndonos Jesús: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Nos habla a continuación de cómo tenemos que aprender a ser fieles en las cosas pequeñas, porque será de la única manera que luego seremos capaces de ser fieles en las cosas importantes. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado’, viene a sentenciarnos Jesús.
Con ello nos está diciendo Jesús que también esas cosas materiales de las que tenemos que valernos, como es el dinero, hemos de aprender a actuar siempre con honradez, con justicia y con sensibilidad también para aquellos que menos tienen. Recordaríamos aquí lo que en otro momento nos ha dicho de guardarnos un tesoro en el cielo, porque no apeguemos nuestro corazón a los tesoros de la tierra, sino que sepamos generosamente compartir para beneficiar también a los que están a nuestro lado y pudieran tener menos que nosotros.
No caben en un cristiano posturas y actitudes egoístas y ambiciosas que nos encierren en nosotros mismos y nos hagan olvidarnos de los que están a nuestro lado. Lo que tenemos o lo que poseemos no está en nuestras manos para un beneficio egoísta en el que solo pensemos en nosotros mismos, sino también hemos de ver como podemos beneficiar a los demás.
Siempre recuerdo lo que un empresario cristiano, muy consciente de sus responsabilidades y de su fe, de sus sentimientos cristianos y de la ética de su vida, me decía en una ocasión; me comentaba que con lo que tenía podía vivir cómodamente sin tener que meterse en empresas y obras nuevas cada día, pero me decía que si lo hacía así no era por las ganancias que para él pudiera tener sino porque así estaba colaborando a que muchos tuvieran trabajo y pudieran tener un futuro mejor. Espero que siga con esos buenos sentimientos en su corazón.
Hoy nos dice Jesús: ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. Nos habla entonces de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida; una responsabilidad que tiene un carácter social porque desde el desarrollo de nuestras responsabilidades personales podemos estar contribuyendo, tenemos que estar contribuyendo al bien y a la mejora de nuestro mundo.
Pero nos habla también Jesús de cómo hemos de tener cuidado en el manejo de estas cosas terrenas para que no se nos apegue el corazón. El brillo del oro es muy encantador, el brillo de las riquezas nos encanta el corazón y nos subyuga esclavizándonos. Y cuando nos hacemos esclavos de esas cosas materiales se nos endurece el corazón, comenzamos a darle más importancia a las cosas que a las personas, rompemos las relaciones fraternales que tendríamos que tener los unos y los otros, tratamos de manipularnos buscando que todo esté a nuestro servicio o al servicio de nuestras ganancias, y en nuestra ambición y sueños de poder y de grandeza terminamos siendo unos ogros los unos contra los otros.
En la primera lectura el profeta nos hacía una tremenda descripción de lo que sucedía entonces, pero que es una buena descripción de lo que sigue sucediendo hoy. Tendríamos que hacer una lectura del profeta poniendo nombre de situaciones y de cosas que pasan hoy también en nuestro mundo.
Cómo nos destrozamos mutuamente y cómo destrozamos la convivencia y la armonía de nuestro mundo, cómo llegamos a destrozar incluso la naturaleza cuando nos dejamos arrastrar por esas ambiciones de grandezas y poder y por esos brillos del oro y las riquezas.  ¿Qué está detrás de esas guerras que destrozan nuestra humanidad sino la ambición de ganancias y de poder?
En la segunda lectura de la carta de san Pablo a Timoteo el apóstol nos pedía hacer oraciones, plegarias y súplicas por todos los hombres, y nos decía de forma muy concreta, ‘por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible con toda piedad y decoro’. Oramos, sí, por la paz - ‘una vida tranquila y apacible’ que decía el apóstol -, pero oremos también para que haya mayor justicia en nuestro mundo. Oremos para que los dirigentes de nuestra sociedad se conduzcan por caminos que nos lleven a una verdadera paz desde una mayor justicia, y que nunca las ambiciones de poder y de grandeza los cieguen, porque eso sería malo para nuestro mundo.
Recordemos finalmente lo que terminaba diciéndonos Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’.

sábado, 21 de septiembre de 2013


Andemos conforme a nuestra vocación para la unidad de la Iglesia

Fiesta del evangelista san Mateo
Ef. 4, 1-7.11-13; Sal. 18; Mt. 9, 9-13
‘Vio a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Lo que nos relata el evangelio es la vocación de Mateo: la llamada del Señor y su pronta respuesta.
Esto es algo que nos tendría que hacer reflexionar. Es lo que está en el fondo de lo que es nuestra vida cristiana. Un encuentro con el Señor y una llamada a la que damos respuesta. Es el Señor el que nos sale al encuentro y nos invita a ir con El, como a Mateo.
Es la gracia del Señor que llega a nuestra vida regalándonos esa presencia del amor del Señor que viene a transformar nuestra vida. Desde ese encuentro con la gracia ya no puede ser igual en nuestra vida, en nosotros. No lo fue igual para Mateo; hasta entonces estaba dedicado a ser recaudador de impuestos y ahora emprendía un camino nuevo para seguir a Jesús; por eso lo vemos que lo deja todo. ‘El se levantó y lo siguió’.
De parte nuestra esta la respuesta; una respuesta que no son solo palabras sino un ponernos en camino, en camino de algo nuevo y distinto que nos ofrece el Señor. Nos hemos acostumbrado a eso de ser cristiano porque nos decimos que todos somos cristianos que al final no sabemos bien ni lo que somos, porque nuestra vida no refleja siempre lo que tendría que reflejar cuando nos decimos seguidores de Jesús.  No todo puede ser igual entre quienes se deciden de verdad por seguir a Jesús o se quedan en lo que estaban no dando respuesta a esa llamada. El testimonio que nos ofrece hoy Mateo es bien aleccionador y tendría que hacernos recapacitar mucho.
Los textos que nos ofrece la liturgia en esta fiesta del evangelista san Mateo, sobre todo la primera lectura de la carta a los Efesios abundan en este tema de la vocación. Nos recuerda el apóstol cómo hemos de vivir dando respuesta a esa llamada del Señor, a esa vocación que hemos recibido. ‘Os ruego que andéis conforme a la vocación a la que habéis sido llamados’. Y nos señala esas características de nuestra vida, de la vida de quien sigue a Jesús. Humildes, amables, comprensivos, aceptándonos mutuamente con todo respeto y amor, unidos en una nueva comunión, llenos de paz y constructores de la paz. Y nos habla de esa unidad en el Espíritu ‘como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’.
Todo esto que nos dice el Apóstol se hace eco de lo que a través de su Evangelio san Mateo nos ha trasmitido del mensaje de Jesús. Ese mensaje del Reino de los cielos del que fue empapándose en su estar al lado de Jesús. Un día lo dejó todo para seguir a Jesús, para responder a su llamada, pero esa respuesta la fue dando en ese estar con Jesús día a día empapándose de su mensaje que luego nos trasmitiría en su predicación y en su evangelio.
Como sabemos a él se le atribuye el primero de los evangelios, llamado precisamente de san Mateo. Podemos recorrer sus páginas y ver por ejemplo como en el sermón de la montaña nos deja plasmado ese mensaje de Jesús de lo que ha de ser nuestra vida conforme a nuestra vocación como antes destacábamos con las palabras de la carta de san Pablo. Lo mismo podríamos decir en las parábolas que nos recoge los diversos capítulos del evangelio o sus discursos.
Nos sentimos hoy estimulados, en esta fiesta del Apóstol san Mateo, a tener esa decisión pronta para seguir a Jesús, para escucharle y empaparnos de su mensaje y hacer que con nuestra vida de amor, de humildad, de sencillez, de espíritu de servicio, de generosidad vayamos dando respuesta a tanto amor cómo Dios derrocha sobre nosotros. Y algo más, que este encuentro con el Señor y su Palabra en esta fiesta nos ayude a descubrir ese lugar concreto donde hemos de realizar nuestra vocación cristiana, como nos señala también el apóstol, al tiempo que reconocemos las diversas vocaciones, los diversos ministerios que a nuestro alrededor se manifiestan en la Iglesia en tantos que viven su compromiso cristiano.
‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’, nos decía el apóstol. Y habla de esos diferentes ministerios en el seno de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Todos vamos edificando la Iglesia cada uno desde esa respuesta que va dando a la llamada del Señor y en ese servicio que presta a los hermanos.

Por nuestro amor, por nuestro servicio, por nuestra generosidad y humildad, por las obras buenos que vamos haciendo, seamos en verdad constructores de la comunidad, constructores de la unidad de la Iglesia. Que el Señor nos bendiga por todo eso bueno que podamos ir haciendo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La Buena Noticia recibida nos convierte siempre en misioneros del Reino de Dios

1Tim. 6, 2-12; Sal. 48; Lc. 8, 1-3
‘Iba Jesús caminando de pueblo en pueblo predicando la Buena Noticia del Reino de Dios’. Caminando por todos rincones haciendo el anuncio del Reino.
El anuncio del Reino de Dios escuchado nos pone siempre en camino. Y escuchar el anuncio de esa Buena Noticia no es solo escuchar unas palabras. Es algo mucho más hondo lo que sucede en nuestra vida. Lo escuchamos, no porque nos entre por los oídos, sino cuando lo hacemos vida nuestra, cuando dejamos que penetre dentro de lo más hondo de nosotros mismos; lo escuchamos cuando recibimos esa salvación, sentimos esa salvación de Dios en nuestra vida. Se convierte así en la mayor Buena Noticia que hayamos recibido. Sentirnos salvados, porque nos sentimos amados de Dios que rescata y transforma nuestra vida, arrancándonos del mal y del pecado para llenarnos de nueva vida, para llenarnos de su vida. Esa es la salvación que recibimos.
Quien se siente inundado de esa salvación de Dios no se lo guarda para sí. Quien ha recibido una buena noticia la comparte; quien ha recibido el mayor premio de su vida o el regalo más hermoso, no lo guarda en secreto para sí sino que inmediatamente querrá hacer partícipes a cuantos le rodean de esa buena noticia, de ese premio o regalo que ha recibido. ‘Mira el regalo que he recibido, mira el premio que me han dado’, correremos enseguida a comunicarlo a la familia, a los amigos, a los vecinos, a cuantos nos rodean.
Ese regalo de Dios que es el evangelio que se nos anuncia y que es la salvación recibimos se ha de convertir necesariamente en Buena Noticia que nosotros comuniquemos a los demás, compartamos con los demás. El Evangelio, como decíamos antes, siempre nos pone en camino. La salvación de Dios que recibimos no nos encierra en nosotros mismos. Quien en nombre de su religiosidad se encierra en si mismo y no comparte esa Buena Noticia con los demás, significa que algo le está fallando y que aún la experiencia de salvación no es lo suficientemente profunda.
Lo contemplamos hoy en estos breves versículos del evangelio que se nos han proclamado. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, predicando la Buena Noticia del Reino de Dios’. Era lo que había comenzado a hacer desde el principio. Fue su primer anuncio invitando a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Pero ¿qué es lo que vemos inmediatamente? Enseguida veremos que van con El; no será ya nunca un camino que Jesús haga solo. Hoy nos dice que ‘lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que El había curado de malos espíritus y enfermedades’.
Allá van los Doce, aquellos que El había escogido entre todos los discípulos y a los que había ido llamando uno a uno, pero van también algunas mujeres que han recibido la salvación de Dios en sus vidas. Han sido curadas, han sido liberadas del mal, y ahora se unen al cortejo de los que con Jesús van anunciando el Reino de Dios, y además ‘otras muchas les ayudaban con sus bienes’, compartiendo con Jesús y los discípulos.
El encuentro con el amor de Dios que les llenaba de salvación hacer surgir la generosidad y la disponibilidad para seguir a Jesús y para compartirlo todo con El. El encuentro con el amor de Dios que nos salva nos convierte en testigos de ese amor, cosa que tendremos que hacer ya para siempre con nuestra palabra y con nuestra obras, con toda nuestra vida. Jesús anunciaba el Reino e iba liberando del mal a aquellos que aceptando su Buena Noticia de Salvación.

No nos podemos quedar con los brazos cruzados ni encerrados en nosotros mismos. La Buena Noticia del Reino de Dios siempre nos ha de convertir en misioneros.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Una confrontación de corazones entre los que saben amar y los que se cierran al amor

1Tim. 4, 12-16; Sal. 110; Lc. 7, 36-50
Una confrontación entre los corazones que saben amar y los que están cerrados al amor. De alguna manera así podríamos definir o describir el cuadro que se nos presenta hoy en el evangelio. Por encima incluso del pecado con que hayamos podido llenar nuestra vida está la posibilidad y la capacidad para el amor.
Allí están sentados a la mesa en la casa de Simón el fariseo que había invitado a Jesús. El hecho de la invitación a la comida podría parecer de entrada un gesto de amor, pero pronto descubrimos que allí falta el amor verdadero. Pronto aparecerán los recelos y las desconfianzas, los juicios condenatorios aunque solo fueran en el pensamiento y los desprecios, señal de la debilidad del amor. Una mujer pecadora se ha atrevido a introducirse en la sala del banquete y llegar hasta los pies de Jesús.
Comienzan los juicios y las condenas. Cuando no hay amor en el corazón estamos muy prontos a esos recelos y desconfianzas. Les cuesta incluso entender el que Jesús se deje hacer. Aquella mujer se ha puesto a sus pies a los que lava con sus lágrimas y enjuga con sus cabellos; el olor del perfume pronto embriagará toda la casa y no faltarán los gestos de amor por parte de aquella mujer que entre llantos besa continuamente los pies de Jesús.
Pero por dentro Simón está haciendo su juicio. ‘Si éste fuera profeta, sabría quien esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. Ni termina de aceptar realmente quien es Jesús pues aparece la desconfianza - ‘si este fuera profeta’ - ni faltará la discriminación, porque el que toque a Jesús siendo una mujer pecadora podría llenar de impureza también a Jesús, como si fuera una leprosa.
Pero allí está Jesús que sintoniza con el corazón lleno de amor de aquella mujer pecadora. El amor entra fácilmente en sintonía. Sí, es una mujer pecadora, pero ama mucho y sus muchos pecados quedarán perdonados. Pero Jesús quiere hacérselo comprender a quien se ha cerrado al amor poniendo desconfianza en su corazón. Jesús relatará una pequeña parábola a Simón para hacerle comprender donde está el verdadero amor y cuando hay un corazón abierto y agradecido sabrá llenarse de amor también. Ya escuchamos la parábola de los dos deudores. ‘¿Cuál de los dos lo amará más?’ preguntará Jesús.
Jesús le hará ver con una mirada distinta los gestos y el actuar de aquella mujer con Jesús, porque lo que hay que descubrir es la capacidad de amor que hay en su corazón. ‘Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’, será la sentencia final de Jesús. ‘Y a ella le dijo: tus pecados están perdonados’.
Pero por allí hay otros también con su corazón cerrado al amor. ‘Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?’ Claro que es Dios el que puede perdonar los pecados, porque es el que tiene el corazón suficientemente grande para amar sin esperar respuesta. Y allí está Dios; allí está quien tiene el amor más grande porque será el que es capaz de dar la vida por el amado. No nos cerremos al amor; no nos hagamos insensibles al amor; no perdamos la capacidad de amar y de perdonar en consecuencia en nuestro corazón.
Como decíamos al principio una confrontación de corazones, entre los que saben amar y están dispuestos a amar y los que se cierran al amor. Hoy vemos que está venciendo el amor. Florece en el corazón de aquella mujer pecadora que se hará merecedora a pesar de sus muchos pecados del perdón de Dios.
Pero está venciendo el amor porque allí está Jesús con su amor perdonando que es una victoria del amor; pero allí está Jesús enseñándonos a llenar de amor nuestro corazón con esa capacidad para la comprensión y para el perdón; ese amor que nos capacita para creer en las personas, para levantar a los caídos, para valorar todo lo bueno que hay en todo corazón y en toda persona, pero también para despertarnos y abrirnos los ojos para mirar con mirada nueva y limpia al hermano que está a nuestro lado.

¿De qué parte estamos? ¿de los que somos capaces de amar y perdonar o de los que nos cerramos al amor? que también como nosotros hemos sido perdonados tantas veces seamos capaces de dar generoso perdón al hermano que esté a nuestro lado. En la capacidad de perdón que tengamos en nuestro corazón estaremos pareciéndonos más a Dios.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los caminos de Dios que nos conducen a la verdadera sabiduría

1Tim. 3m 14-16; Sal. 110; Lc. 7, 31-35
Un texto del profeta Isaías que habremos escuchado en más de una ocasión nos decía: ‘Mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor’. Creo que sería algo que tendríamos que tener muy en cuenta, porque muchas veces parece que pretendiéramos que Dios hiciera las cosas a nuestra manera o conforme a nuestras exigencias humanas.
Cuantas veces cuando hablamos de religión o de la Iglesia manifestamos lo que según nuestros criterios humanos tendría que ser la religión, la moral o lo que fuera el trabajo o la acción de la Iglesia. Que si la iglesia tendría que hacer las cosas de esta manera o de la otra, que si en cuestiones morales no se puede ser exigente porque el mundo de hoy es distinto y habría que abrir la mano en no sé cuantas cosas, y así nos hacemos una lista bastante larga muchas veces de nuestras reclamaciones o deseos.
Es cierto que el Señor se nos revela también en el corazón a cada uno y nos va iluminando sobre lo que tendría que ser nuestra vida cristiana o nuestro compromiso como creyentes sembrando en nosotros hermosas inquietudes y despertando compromisos por hacer que nuestro mundo sea mejor. Pero muchas veces tenemos el peligro de dejarnos absorber excesivamente por criterios humanos que pueden terminar muy lejos de lo que son los planes de Dios.
‘Mis caminos no son vuestros caminos’, nos dice el Señor y recordábamos las palabras del profeta. Es el camino de Dios el que hemos de buscar, lo que es su voluntad. Lo decimos y lo rezamos cuando hacemos la oración que Jesús nos enseñó, - ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’ - pero hay el peligro de que se quede solo en palabras que repetimos, porque lo que buscamos en el fondo es nuestra voluntad, que se responda a nuestras apetencias y deseos.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿a quién los compararemos?’, hemos escuchado que hoy Jesús se pregunta por los hombres de su tiempo. Y Jesús compara las reacciones que tuvieron ante Juan el Bautista y las que tenían también ante el Hijo del Hombre. Muchos escuchaban a Juan e iban incluso a que los bautizara allá en la orilla del Jordán, pero bien sabemos que había otros que lo rechazaban; el evangelio nos relata lo de aquella embajada que vino de parte de los sacerdotes y ancianos de Jerusalén a preguntarle o a pedirle cuentas de por qué bautizaba si él no era el Mesías.
Pero con Jesús vemos que sucede lo mismo. Unos le aclaman y dicen que nunca han visto cosa igual porque Dios ha visitado a su pueblo, mientras otros le rechazan, no quieren aceptar su mensaje, le reclamarán la autoridad con que Jesús se manifiesta cuando hace milagros, resucita muertos o perdona los pecados. Pero algo que muchos no eran capaces de asimilar era la cercanía de Dios que se manifestaba en Jesús sobre todo cuando se rodeaba de los pecadores que acudían llenos de esperanza a estar con El e incluso se sentaban a su mesa.
Es lo que hoy hemos escuchado. ‘Vino Juan que ni comía ni bebía - es proverbial su austeridad y penitencia - y dijisteis que tenía un demonio; viene el hijo del hombre que come y bebe con los publicanos y los pecadores... y también lo rechazáis por comilón y borracho’.
Somos como niños nos dice Jesús; somos como niños caprichosos que nos dejamos llevar por el viento que más sople y más bien parecemos veletas movidas por el viento de acá para allá. Como niños tendríamos que ser pero por nuestra humildad y sencillez, por la apertura del corazón para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, por el ansia profunda de Dios que haya en nuestro corazón pero para encontrarnos de verdad con El y con su Palabra para descubrir lo que es la verdadera voluntad de Dios. De ello nos hablará Jesús en otros momentos del evangelio poniéndonoslo como modelos de esa apertura a Dios y de esa sencillez y humildad.

Busquemos los caminos de Dios que son los que verdaderamente nos conducirán a la verdad sabiduría y a la verdadera plenitud del hombre. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo

1Tim. 3, 1-13; Sal. 100; Lc. 7, 11-17
‘Todos sobrecogidos daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Lo que acababan de contemplar y vivir había sido una experiencia inolvidable. Jesús había devuelto a la vida a aquel muchacho que sacaban a enterrar.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte…’ había anunciado proféticamente en su cántico el anciano Zacarías cuando el nacimiento del Bautista. Dios que viene al encuentro del hombre. Dios que viene a nuestro encuentro para llenarnos de luz y de vida. Nosotros podemos proclamar ya, después de la resurrección de Jesús, que la muerte ha sido vencida.
‘Jesús iba de camino a una ciudad llamada Naim, e iban con El sus discípulos y mucho gentío’ nos dice el evangelista. Jesús viene de camino y esa ciudad de Naim somos nosotros, es nuestro mundo. Las tinieblas de la muerte también nos envuelven y nos llenan de muerte. Pero viene la vida a nuestro encuentro. Viene el amor y allí donde hay amor verdadero renace la vida.
‘Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba’. Desfile de dolor y de muerte, de lágrimas y de sufrimiento, de soledades y abandonos. Era el dolor de la madre por la muerte de su hijo, como la de todos los que la acompañaban. Pero era el dolor por la soledad, el abandono, el sufrimiento de aquella madre. Había tinieblas de dolor, pero se vislumbraban anuncios de luz en la solidaridad en el sufrimiento de todos aquellos que acompañaban y que estaban sufriendo sintiendo en su corazón lo que sentía aquella madre en su propio corazón.
Pero hasta ellos llegó la luz y llegó de nuevo la vida. ‘Al verla Jesús, sintió lástima’, apareció su corazón compasivo y misericordioso, apareció el Amor con mayúsculas. Sintió lástima Jesús uniéndose a aquella solidaridad común de todos aquellos que la acompañaban; pero sintió lástima Jesús y su amor no se quedó en lamentaciones y llantos. Su amor hizo brotar de nuevo la vida. Detuvo el cortejo, se acercó al ataúd, tendió la mano, lo tocó y dijo: ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Y el muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre’. El amor hizo brotar la luz y la vida.
Pero decíamos antes que Jesús no solo se estaba acercando a la ciudad de Naim, sino que se está acercando a nosotros. Y llega a nosotros con ese mismo corazón compasivo y misericordioso; ve cuanto de tinieblas y de muerte también hay en nosotros y querrá detenerse a nuestro lado para levantarnos. No podemos seguir en ese camino de muerte; Jesús a nosotros también nos tiende la mano para levantarnos.
Pero ya decíamos que con Jesús llegaba la luz, la vida, el amor. Había atisbos de luz y de vida a pesar de todo en aquel cortejo, porque en los que lo acompañaban estaba presente la solidaridad. Algo de eso también hay en nosotros a pesar de ser como somos, porque muchas veces también comienza a resplandecer algo de ese amor en nosotros, aunque tenemos el peligro de apagar esa pequeña llama con los ramalazos de egoísmo que algunas veces se  nos pueden meter en el alma.
Pero Jesús llega a nosotros para despertar el amor, para despertar esos buenos sentimientos y avivar esa llama de amor que como un rescoldo algunas veces sigue permaneciendo en nosotros. Si despertamos el amor se obrará el milagro. Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros. Apareció allí en Naim el corazón misericordioso y compasivo de Jesús y comenzó a florecer de nuevo la vida. Es lo que tenemos que hacer nosotros, despertar ese amor que hay en nuestro corazón y aparecerá la vida; la vida no ya para nosotros, sino la vida que irá envolviendo nuestro mundo para resucitarlo a algo nuevo. Es la tarea que nosotros tenemos que realizar. Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo.

Y esta noticia del amor y la vida resucitada para nuestro mundo ha de comenzarse a divulgar no solo por nuestra comarca sino que ha de darse a conocer a todos, porque eso es evangelizar, eso es anunciar a Jesús.

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Se asombrará Jesús de nuestra fe como de la del centurión?

1Tim. 2, 1-8; Sal. 27; Lc. 7, 1-10
Jesús se asombró de la fe del centurión, ¿se asombrará también de nuestra fe? Muchas veces hemos escuchado este texto del evangelio o su paralelo en los otros evangelistas. Siempre nos admiramos de la fe y de la humildad del centurión, pero se me ocurre hacerme la pregunta con que hemos comenzado nuestra reflexión. ¿Se asombrará Jesús también de nuestra fe?
Esa fe que tiene que estar muy presente en nuestra vida. Sin ella nada de todo esto tendría sentido. Si estamos ahora, aquí, en esta celebración de la Eucaristía y escuchando y meditando la Palabra del Señor es por nuestra fe, por la fe con que vivimos estos momentos. Una fe que motiva lo que hacemos, que llena de alegría y de esperanza nuestra vida aun cuando nos veamos envueltos en problemas, dificultades, enfermedades o múltiples limitaciones. Y es que en nuestra fe encontramos el sentido y el valor para todo ello.
También eran momentos difíciles para aquel centurión. ‘Un criado a quien estimaba mucho estaba enfermo y a punto de morir’. Pero el centurión no se ahoga en su angustia, busca una luz que le dé valor y sentido, y sabe que esa luz solo por la fe la puede encontrar con Jesús. ‘Al oír hablar de Jesús le envió unos ancianos de los judíos’ para que intercedieran por él.
Por eso acude a Jesús pero lo hace además de con una confianza total con una humildad grande. Tanto que ni siquiera se atreve a venir él personalmente. Pero su fe en Jesús es total. Lo manifiesta con lo que expresa. Dice que no es digno. ‘No soy quien para que entres bajo mi techo; por eso no me creí digno de venir personalmente’. Ha enviado unos legados que intercedan por él. Enviará un intermediario que expresará no solo lo bueno que ha sido con los judíos, sino la fe grande que tiene en Jesús. Sabe que la Palabra de Jesús es una palabra de vida, y que lo dicho por Jesús se realizará; como el soldado o el criado que obedece las órdenes de su superior o de su señor.
‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’, dice Jesús admirado ante la fe de aquel hombre; la fe y la humildad, la oración confiada y llena de esperanza. Por eso, nos preguntábamos ¿se asombrará Jesús también de nuestra fe?
Hemos tomado las palabras del centurión para convertirlas en oración en la liturgia momentos antes de comulgar. ‘Señor, no soy digno, de que entres bajo mi techo…’ Pero no pueden ser solo palabras; tiene que ser la actitud de profunda humildad y confianza con que nosotros también nos dirigimos al Señor. Qué tremendo cuando decimos palabras sin darle un sentido hondo en la vida, simplemente por rutina repetitiva. No puede ser así nuestra oración.
Sabemos que el Señor nos escucha. Sí, sabemos, estamos seguros. Muchas veces manifestamos nuestra desconfianza, porque quizá no nos dirigimos al Señor con la debida humildad. Nuestra oración no es exigir; nuestra oración es confiar; nuestra oración es ponernos en sus manos; nuestra oración tiene que estar llena de paz porque sabemos que el Señor está ahí con su amor y nos escucha.
La oración que no puede estar hecha desde la amargura desesperanzada. La oración tiene que ser un momento en que nos llena siempre de paz. Tenemos confianza en el Señor. Nuestra oración no puede ser palabrería insulsa, porque nuestra oración es abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos impregnar por su Espíritu. ‘Bendito el Señor que escuchó mi voz suplicante’, repetíamos en el salmo.
Tenemos que crecer en nuestro espíritu de oración. Hemos de sentir siempre en nosotros la presencia de Dios que nos inunda con su amor, que nos llena de gracia, que siempre escucha nuestras oraciones. Que el Señor nos dé espíritu de oración. Que sepamos abrir nuestro corazón a Dios con humildad desde nuestras necesidades y problemas pero siempre también desde el mucho amor.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Los acoge, los busca y les invita a hacer fiesta

Ex. 32, 7-11.13-14; Sal. 50; 1Tim. 1, 12-17; Lc. 15, 1-32
Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Es la crítica y la murmuración de los fariseos y de los escribas cuando contemplaban las actitudes y el actuar de Jesús. Podíamos decir que aquí tenemos la clave del mensaje del evangelio de hoy, porque de aquí parte también el sentido de las tres parábolas que propone Jesús a continuación y hoy hemos escuchado.
Sí, podía responderles Jesús ‘los acojo, y no solo los acojo sino que los busco, pero aún más, es que los invito a la mesa, hago fiesta con ellos, los invito a hacer fiesta’. ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’; los busca como un día buscaría a Zaqueo entre las ramas de la higuera invitándose a su casa; como acogió a la mujer pecadora e incluso la defendió ante Simón, el fariseo, porque es una pecadora, pero ama mucho y ahora está llorando sus pecados con mucho amor; como acogió y defendió a la mujer adúltera, porque nadie tiene derecho a condenar si primero se mira a mi mismo y ve que tiene también el mismo pecado.
Hoy nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida y hará fiesta con sus amigos porque la ha encontrado; y nos hablará de la mujer que revuelve toda la casa buscando la moneda extraviada y llamará a las amigas con alegría porque encontró lo que creía perdido; y finalmente nos hablará del padre que espera y que acoge, que levanta del suelo y restituye de nuevo en su dignidad al hijo que se había marchado y aun rogará también al hijo que se cree un niño bueno para que sea también acogedor con su hermano, queriendo llevarlo también a la fiesta que ha preparado.
Ha venido Dios a buscarnos y nos llama y nos acoge cuando volvemos a El sea cual sea la situación en que nos encontremos. Porque ahí está presente el amor y el amor verdadero no sabe llevar esas cuentas que recuerdan y echan en cara pasadas situaciones. Ahí está presente el amor que espera siempre porque siempre quiere contar con el amado al que le está ofreciendo siempre su abrazo de amor y de perdón para que reemprenda nueva vida. Es el amor que levanta, el amor que ofrece siempre un abrazo de comprensión, que llena de paz el alma.
Pero es el amor que nos interpela para que vivamos en el mismo amor, para que acojamos con el mismo corazón abierto. Es el amor que nos hace pensar y repensar nuestras anteriores actitudes para que comencemos a actuar con un nuevo espíritu que será siempre de acogida y de alegría, un nuevo espíritu que nos llena de paz y que va creando lazos nuevos de fraternidad con todos porque de todos ya para siempre nos sentiremos hermanos.
Siempre que escuchamos y meditamos este texto de esta parábola nos vemos a nosotros como ese hijo que se ha marchado de la casa del padre y que nos sentimos llamados a volver a él porque nos enseña cuál y cómo es el amor del padre que nos espera y que hará fiesta a nuestra vuelta. Pero creo que un mensaje más podemos deducir de este episodio del evangelio que hemos escuchado y estamos meditando.
Decíamos que una clave importante era esa acogida por parte de Jesús de los pecadores con los que terminaba comiendo y haciendo fiesta. Lo que critican los fariseos y los escribas es esa actitud de acogida por parte de Jesús, pero que era precisamente lo negativo que brillaba en ellos. Jesús acogía a los pecadores, pero ellos en lugar de abrir puertas más lo que querían era cerrarlas para dejar a los que ellos consideraban pecadores siempre por fuera, en una palabra, su ‘no-acogida’.
¿Eso no nos tendría que interpelar a nosotros también? Está bien esa primera interpretación y mensaje que siempre hacemos de la parábola, como hemos venido también mencionando, pero ¿cuál es la actitud que nosotros tenemos ante los demás, ante aquellos que nosotros no consideramos que son de los nuestros o que consideramos que son menos dignos?
Tendríamos que aprender de Jesús porque demasiado estamos con las puertas cerradas en los caminos de la vida. Sí, teóricamente lo sabemos, pero en la práctica de lo que hacemos  ¿cómo acogemos al que nosotros vemos distinto? Y lo vemos distinto por el color de su piel o la distinta raza que intuimos que tiene; y lo vemos distinto porque quizá es un inmigrante que ha dejado su tierra y ahora lo vemos deambular de acá para allá buscando un trabajo o un trozo de pan que llevarse al estómago vacío; y lo vemos distinto porque quizá ha caído en la desgracia de los vicios, el alcohol, la droga o no sé cuantas cosas y lo vemos hecho una piltrafa a nuestro lado que tenemos miedo hasta de darle la mano porque nos puede contagiar; y lo vemos distinto porque lo vemos tirado por la calle porque no tiene donde caerse muerto, o es un okupa o nos parece que procede de esas zonas marginales de nuestra sociedad, en una palabra, un marginado. Y así podríamos pensar en tantos a los que nos cuesta acoger, porque no son de los nuestros, porque nos caen mal, porque han sido un desastre en su vida, por no sé cuantas cosas más.
¿Qué haría Jesús hoy? ¿También nosotros como los fariseos murmuraríamos que ‘acoge a los pecadores y come con ellos’? Ojo, no digamos tan rápido que nosotros no lo hacemos, sino fijémonos en cuales son nuestras actitudes, nuestras posturas ante esas situaciones, y nuestros actos reales en la vida.
Pensemos en una cosa más, ¿qué lugar ocupan en nuestra iglesia, en nuestras comunidades, esas personas del listado que hacíamos antes de los que vemos diferentes? ¿Están sentados con nosotros en nuestras celebraciones? Y no digamos que es que ellos no vienen porque tendríamos que preguntarnos si salimos en su búsqueda como el pastor que fue a buscar la oveja perdida o la mujer que revolvió toda la casa para encontrar la moneda extraviada. ¿No podría ser que nos pareciéramos al hijo mayor que ni siquiera llamó hermano al que regresaba a la casa del padre?
¿No tendría que llegarnos por ahí el mensaje que recibiéramos del Evangelio para que aprendamos a ser acogedores como Jesús?