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viernes, 12 de julio de 2013
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jueves, 11 de julio de 2013
Una Sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios
Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Estamos hoy celebrando a San Benito de Nursia, Abad. El
hombre que se retiró del mundo para vivir en la soledad de la oración buscando
la sabiduría y el conocimiento de Dios. Se le reconoce como padre del monacato
del Occidente y por la influencia que tanto él como la Orden Benedictina por él
fundada tuvo en Europa se le ha proclamado también como patrono de Europa.
Reflexionando sobre la vida de san Benito y dejándonos
iluminar por la Palabra del Señor que en esta fiesta se nos ha proclamado como
un eco me ha venido a la mente la parábola del tesoro escondido que nos propone
Jesús en el Evangelio. El que encuentra un tesoro será capaz de desprenderse de
todo lo que tiene para conseguir ese tesoro que vale más que todas las otras
posesiones que en la vida pueda tener.
Es lo que vemos reflejado en la vida de san Benito y a
lo que nos invita la Palabra del Señor que hemos escuchado. ‘Si aceptas mis palabras… prestando oído a
la sabiduría y atención a la prudencia… y la buscas como un tesoro, entonces
comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’, nos
decía el libro de los Proverbios en la primera lectura. El tesoro del
conocimiento de Dios, del temor del Señor; el más hermoso tesoro que es la más
grande sabiduría, conocer a Dios, escuchar su Palabra, dejarnos conducir por su
Espíritu.
Ansia de toda persona es crecer en sus conocimientos y
en su saber; todos queremos aprender, conocer. Pero no es simplemente un
conocimiento de cosas o de historias, aunque bueno es que haya esa inquietud en
nuestro interior al menos por esos conocimientos. Pero es que en la medida en
que uno va adquiriendo conocimiento - el saber no ocupa lugar, solemos decir con
el refrán, y bueno es que aprendamos todo lo que podamos -, va uno como
encontrando el sentido de las cosas y de la vida, el verdadero valor que tiene
lo que hacemos o lo que poseemos y a la larga iremos buscando conocimientos
sólidos que nos den un sentido a la vida.
¿Dónde podemos encontrar ese verdadero sentido y valor
de lo que somos y de lo que hacemos? ¿Por qué no pensamos en el que es nuestro
Creador que es quien mejor nos puede decir para qué hemos sido creados y en
quien podemos encontrar el verdadero sentido de la vida? Necesariamente,
tendríamos que decir, que tenemos que ser creyentes buscando a Dios, queriendo
escuchar a Dios, queriendo sentir a Dios en nuestra vida.
Por ahí ha de ir esa verdadera sabiduría que buscamos,
porque además es en Dios donde vamos a encontrar nuestra verdadera plenitud.
Sin Dios andaríamos como desorientados porque sin Dios no encontraríamos el
verdadero por qué y para qué de nuestra existencia. Si quitamos a Dios de
nuestra vida tenemos el peligro de ir sin rumbo dando bandazos de un lado para
otro sin encontrar aquello que nos de verdadera satisfacción. Así encontramos a
muchos a nuestro lado. Así cuando decae nuestra fe tenemos el peligro de
sentirnos nosotros.
A este pensamiento me lleva la celebración que hoy estamos
haciendo de quien lo dejó todo por buscar a Dios. En El encontró la plenitud de
su existencia y así consagró su vida a profundizar ese conocimiento y esa
sabiduría de Dios en la oración y en el trabajo. Es lo que fue la vida de san
Benito. Y si se apartó del mundo porque había encontrado ese tesoro y por alcanzarlo
lo daba todo, lo dejaba todo, sabía que en Dios alcanzaría esa plenitud eterna
de vivir eternamente con Dios.
En ese sentido iba quizá la pregunta que Pedro le hacía
a Jesús en lo que hemos escuchado del Evangelio. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, le preguntaba Pedro
a Jesús, ¿qué nos va a tocar?’ ¿Qué buscaba Pedro? En su corazón podían
aparecer esas apetencias terrenas de encontrar satisfacciones y premios en esta
vida. Jesús le anuncia, sí, la misión que van a tener en medio de la comunidad
pero le habla también de esa herencia eterna. No se sentirán solos en este
mundo porque si han dejado padre o madre,
mujer, hijos o tierras, van a recibir cien veces más y heredarán la vida eterna.
El que se consagra al Señor renunciando a esa parte tan
importante de la vida como puede ser una familia, en su entorno va a encontrar
a quienes darse y por quienes darse, quienes caminen a su lado y en los que
derramarán su amor. Estamos aquí junto a una comunidad de religiosas que por
Cristo, por el Evangelio y su Reino, hicieron una renuncia un día, pero a su
lado tienen en quien derramar su amor, a quienes aman, en vosotros ancianos y
ancianas por ejemplo, como madres o como hijos, derramando y derrochando amor
en su entrega y en ese servicio que os prestan. Pero además, no olvidemos, está
la esperanza del premio final, del premio eterno, porque saben, sabemos que
cuanto están haciendo por los pobres y por los ancianos por Cristo y a Cristo
se lo están haciendo, y un día escucharán esa voz del Señor que les dirá, venid, benditas de mi Padre, porque tuve
hambre, o era anciano, o estaba solo y abandonado y me cuidaste, me ayudaste,
me amaste; pasad al Reino preparado para vosotras desde la creación del mundo.
Busquemos esa sabiduría que nos da el amor y el
conocimiento de Dios. Busquemos ese tesoro y démoslo todo por alcanzarlo.
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miércoles, 10 de julio de 2013
Somos los llamados y enviados del Señor para ser testigos del evangelio
Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24; Sal. 32; Mt. 10, 1-7
Son muchos los discípulos que se reúnen en torno a
Jesús y lo van siguiendo. Lo hemos venido escuchando en el evangelio. Son
siempre unos llamados del Señor, aunque esa llamada se realice de muchas
maneras. A algunos los hemos visto llamar de manera especial, otros le siguen
porque se sienten cautivados por su Palabra o se admiran ante las obras que va
realizando donde se manifiestan las maravillas del Señor, que son también
maneras de llamar el Señor.
Pero ahora le vamos a ver hacer una llamada especial.
Escoge a doce a los que constituye apóstoles y el evangelista nos da sus
nombres. Van a ser sus enviados con una misión muy especial; eso significa en
el fondo la palabra ‘apóstol’, el
enviado. Y a ellos les confiere también unos poderes especiales para que
anuncien el Reino. ‘Id y proclamad que el
Reino de los cielos está cerca’, les dice confiándoles esa especial misión
con autoridad para expulsar los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y
dolencia. Es su misma misión que ahora se va a prolongar en sus enviados, en
sus apóstoles.
‘Como el Padre me ha
enviado, así os envío yo’,
nos narrará Juan en la aparición de Jesús resucitado en aquel primer día de la
semana al atardecer cuando todos están reunidos en el Cenáculo. Es la misión
que les confiará un día de ir por todo el mundo. ‘Seréis mis testigos, les dirá, en Jerusalén, en Samaría y hasta los
confines de la tierra’, nos relatará san Lucas antes de la Ascensión al
cielo.
Fijémonos en esa forma de decir donde forma escalonada
comenzarán por Jerusalén y Samaría hasta llegar hasta los confines de la
tierra. Hoy le escuchamos decir que solo han de ir a las ovejas descarriadas de
Israel. ‘No vayáis a tierra de paganos,
ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de
Israel’.
Pueden resultarnos extrañas estas palabras cuando
nosotros conocemos la misión universal de anunciar el Evangelio a toda
criatura. Por eso escucharemos en otro momento que El ha sido ‘enviado solo a las ovejas perdidas de
Israel’, como le dirá a la mujer cananea. Pero al final del evangelio de
Mateo ya nos dirá que hemos de ir a todos los pueblos. ‘Poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos… enseñándoles a
poner por obra todo lo que os he mandado’.
Es nuestra misión y ha de ser nuestra manera de dar
testimonio. Sentimos en nuestro interior la inquietud de que el nombre de Jesús
sea conocido hasta los confines de la tierra pero hemos de sentir al mismo
tiempo la responsabilidad de ese testimonio vivo que hemos de dar a los que
están a nuestro lado. No están reñidos ni puestos de forma opuesta estos
sentimientos y esta responsabilidad. Sentimos como nuestra la misión de la Iglesia
universal y ese anuncio que se ha de hacer del nombre de Jesús y su evangelio
hasta el último rincón de nuestro mundo.
Es importante ese espíritu católico y universal. Es
importante toda la contribución que nosotros podamos prestar a la tarea misionera
de la Iglesia. Y si fuéramos llamados por el Señor para esa misión con
generosidad y disponibilidad habríamos de responder. Sin embargo, ya sabemos,
no todos son llamados a esa misión. ¿Eso significa que ya nos podemos dormir en
los laureles, como se suele decir, y ya no nos hemos de preocupar de nada más?
Siempre seremos testigos; siempre hemos de dar ese
testimonio también a los que están a nuestro lado. Por otra parte sentimos la
urgencia de llegar a esos más cercanos a nosotros conscientes de que en nuestro
entorno se está enfriando la fe, no tiene tanta vigencia ese testimonio
cristiano y se van perdiendo los valores que nos enseña el Evangelio. Hemos de
ser conscientes de que esa tarea misionera también hemos de realizarla entre
nosotros y con los que están a nuestro lado que viven muchas veces de espaldas
a la fe, ajenos al sentido de Cristo y muy alejados de lo que ha de ser una
vida cristiana.
Es el mensaje que hoy nos trae la Palabra del Señor
para nuestra vida y a la que tenemos que dar respuesta. ¿Cómo estamos siendo
testigos de nuestra fe ante los que están a nuestro lado, ya sea familia, ya
sean compañeros de trabajo, ya sean las personas con las que convivimos más
cerca, o aquellos con los que nos tropezamos cada día en la calle y en toda nuestra
vida social?
Somos los enviados del Señor y somos apóstoles de
Jesús. Pongámonos en camino.
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martes, 9 de julio de 2013
Que se nos abran nuestros oídos para
escuchar su Palabra
Gén. 32, 22-32; Sal. 16; Mt. 9, 32-38
‘Echó el demonio y el
mudo habló’. Pero
las reacciones son diversas. Por una parte ‘la
gente decía admirada: nunca se ha visto en Israel cosa igual’ mientras los
fariseos achacaban al poder del jefe de los demonios lo que Jesús hacía.
Mientras Jesús seguirá ‘recorriendo
ciudades y aldeas, enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando
todas las enfermedades y dolencias’.
Reacciones diversas, las tenemos nosotros también.
Jesús quiere sanarnos, salvarnos; continuamente nos está ofreciendo su Palabra,
su gracia, su misericordia y nosotros no terminamos de vivir santamente como
tendríamos que vivir. Nos hacemos oídos sordos. Como diría Jesús en otra
ocasión ‘no hay peor ciego que el que no
quiere ver’, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Necesitaríamos
también que Jesús llegase hasta nosotros y nos pusiese su mano en nuestro
corazón, en nuestra vida, para que terminemos de comenzar a ver, de terminar de
abrir nuestros oídos para escuchar. Jesús quiere, pero no siempre somos nosotros
los que queremos.
Es significativo este milagro que estamos comentando
que ha hecho Jesús. Precisamente las señales que anunciaban los profetas para
los tiempos mesiánicos van por este camino. Ello entraba en lo que decía el
profeta Isaías en aquel texto que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret.
Eran las señales por las que habían de reconocer que Jesús estaba lleno del
Espíritu del Señor que ungido por Dios era enviado a anunciar la Buena Noticia
a los pobres y la liberación para todos. Cuando Juan envíe a sus discípulos a
preguntar si era Jesús el que había de esperar, esos fueron los signos que
Jesús realizó. ‘Id y contad a Juan lo que
habéis visto y oído…’ les diría Jesús.
Un día el profeta Isaías había dicho ‘aquel día los sordos oirán las palabras del
libro, los ojos del ciego verán sin tinieblas ni oscuridad, volverán los
humildes a alegrarse con el Señor y los más pobres exultarán con el santo de
Israel’. Es lo que vamos viendo que se realiza en el Evangelio.
‘Tú no quieres
sacrificios ni ofrendas, pero me abriste el oído… entonces yo digo: Aquí estoy,
para hacer lo que está escrito en el libro sobre mí’, rezamos con los salmos. Y es lo que
tenemos que pedirle al Señor. Que nos abra nuestros oídos de nuestro corazón
para escucharle, para escuchar su Palabra. Cuánto nos cuesta. Hemos de poner
toda nuestra fe para decirle sí. Para escuchar y para aceptar, para plantar en
nuestro corazón.
Hemos visto en el evangelio en la reacción de aquellos
fariseos los que nos querían escuchar ni aceptar. Ante sus ojos se estaban
realizando las maravillas del Señor pero no eran capaces de descubrirlas; se
cerraban a la fe; se cerraban a la acción de Dios. Más aún tenían tan lleno de
malicia su corazón que no solo no eran capaces de descubrir y aceptar esa
acción de Dios, sino que incluso lo mezclaban con el mal, atribuían al poder
del maligno la acción maravillosa de Dios que se realizaba en Jesús.
Son las malas interpretaciones que hacemos muchas veces
de la Palabra que el Señor nos dirige; porque nos falta humildad para aceptar
lo que Dios nos dice o nos pide; porque también llenamos nuestro corazón de
malicia y vemos intenciones torcidas en los demás o en lo que se nos pueda decir;
porque nos resistimos a ese cambio del corazón, a ese cambio de actitudes, a
corregir todo eso que nos ciega o nos cierra no solo los ojos y oídos sino el corazón.
Por eso con humildad y queriendo poner también mucho amor acudimos a Jesús para
que nos sane, para que nos cure todo ese mal que llevamos tantas veces por
dentro, para que llegue la salvación a nuestra vida.
Una última consideración en torno a este evangelio,
aunque es un aspecto al que se hacía mención ya en el evangelio del domingo. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas,
porque estaban extenuadas y abandonados, como ovejas sin pastor’. Por eso
invita a que roguemos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies.
Recemos, sí, para que sean muchos los llamados, sean muchas las vocaciones;
pero recemos también para que sepamos siempre aceptar esa Palabra que de parte
del Señor nos hacen llegar los pastores que en el nombre de Jesús y con la
fuerza de su Espíritu están conduciendo a la Iglesia. Que tengamos fe y
humildad para escuchar la Buena Nueva que nos anuncian, el Evangelio de Jesús
que nos trasmiten.
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lunes, 8 de julio de 2013
Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados
Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados
Gén. 28, 10-22; Sal. 90; Mt. 9, 18-26
‘¡Animo, hija! Tu fe
te ha curado’, le
dice Jesús a aquella mujer que con fe se ha acercado a Jesús y se ha atrevido a
tocar la orla de su manto para curarse.
¿Cómo no iba a sentir una alegría grande en el alma, lo
mismo que Jairo cuando su hija vuelve a la vida? Es lo que comentábamos el
pasado sábado al hilo de las palabras de Jesús cuando le vienen a preguntar por
qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían los discípulos de Juan y lo
fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto,
estar tristes, los amigos del novio, mientras el novio está con ellos
celebrando la fiesta de bodas?’
No caben las tristezas en nuestra fe. En el Señor nos
sentimos salvados. Quien es salvado de un inminente peligro se llenará de
alegría y le querrá manifestar de mil maneras su agradecimiento y su gozo a
quien lo haya salvado. Pensemos en quien está a punto de morir ahogado, por
ejemplo, quien se despeña por un barranco, pero en el último momento aparece
una mano salvadora que lo libra de aquel peligro y muerte segura. Cuántas serán
las manifestaciones de alegría.
No nos extraña lo que nos decía el evangelista al final
del texto del evangelio que acabamos de escuchar. ‘La noticia se divulgó por toda aquella comarca’. La alegría de la
mujer liberada de aquella enfermedad y hemorragias, el gozo grande de aquella
familia que había visto ya muerta a su hija, pero que ahora podían sentirla
llena de vida junto a ellos tenía que divulgarse, tenía que correr de boca en
boca para que todos la conocieran y participaran de esa alegría.
La mujer había acudido llena de fe y ahora Jesús
alababa su fe. ‘Tu fe te ha curado’. Aunque
temblorosa se había atrevido primero a tocar el manto de Jesús por detrás y
luego, al verse descubierta, a reconocerlo. Ella lo sabía, se lo decía su fe,
que con solo tocar la orla de su manto llegaría esa gracia salvadora a su vida
que la liberaría de la enfermedad y así con esa fe había llegado hasta Jesús.
Aquel personaje, del que Mateo no nos da nombre, aunque
por san Lucas sabemos que se llamaba Jairo, había acudido lleno de confianza a
Jesús con la certeza de que el más mínimo gesto de Jesús salvaría a su hija. ‘Mi hija está a punto de morir. Pero ven tú,
pon la mano en la cabeza y vivirá’, le había pedido lleno de confianza a
Jesús. Según el relato del otro evangelista mientras iban de camino les habían
venido a decir que no molestaran más al maestro porque la niña había muerto,
pero Jesús le había dicho que bastaba con que tuviera fe. Ahora cuando llegan a
la casa se encuentran con los lloros de las plañideras y todo el alboroto que
se produce en una hora así, pero Jesús los echa afuera porque les dice ‘la niña no está muerta sino dormida’.
Algunos se ríen porque no creen en la palabra de Jesús, pero aquel hombre
seguía confiando en Jesús y la niña volverá a la vida.
Jesús nos está pidiendo fe a nosotros también. Podemos
acudir a El desde nuestros males y nuestras impurezas y pecados, desde nuestras
muertes y oscuridades que sabemos que en El encontraremos siempre vida, luz,
salvación. La imagen de la mujer con aquellos flujos de sangre, cosa que era
para los judíos una impureza de la que había que purificarse, nos está hablando
de la mancha de nuestro pecado del que Jesús viene a purificarnos. Jesús habla
de la muerte como de un sueño, pero también nos hablará del pecado como de
muerte en nuestra vida. Del sueño podemos despertar, pero de la muerte del
pecado necesitamos resucitar y eso solo podemos hacer con Cristo cuando nos
unimos a El en su misterio pascual, de su muerte y resurrección. Es la
salvación que Jesús nos ofrece.
Pidamos con fe a Jesús esa resurrección para nuestra
vida. Pidamos esa salvación reconociendo cuanto de muerte hay en nosotros a
causa de nuestro pecado. Vayamos a Jesús para llenarnos de su gracia que El nos
regala en sus sacramentos con los que nos hacemos participes de su muerte y
resurrección, nos llena de la gracia salvadora para nuestra vida. Que no
decaiga de ninguna manera nuestra fe en El.
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domingo, 7 de julio de 2013
pongámonos en camino de construir el reino de dios
Pongámonos en camino de construir el
Reino de Dios
Is. 66, 10-14; Sal. 65; Gál. 6, 14-18; Lc. 10, 1-2.17-20
‘¡Poneos en camino!’, les dice Jesús a aquellos ‘setenta y dos discípulos que envió por
delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir El’.
Iban a ser como los precursores de su camino. Iban subiendo a Jerusalén pero
seguían haciendo el anuncio del Reino allá por donde iban. Nos recuerda el
principio del Evangelio. El Bautista había salido también al desierto a
preparar los caminos; era el precursor del Mesías con una misión muy clara y
muy concreta.
Ahora de semejante manera, podríamos decir, Jesús envía
a estos discípulos también con una misión muy clara y muy concreta. Los había
ido preparando; no solo a los doce, sino al grupo más amplio de los discípulos
que lo seguían y estaban con El. Ya les había indicado el sentido de su subida
a Jerusalén y se había puesto en camino. Les había ido señalando algunas
características de cómo habían de ser sus discípulos, lejos de la violencia o
imposición, con disponibilidad total y radical, siempre caminando hacia
adelante para ir abriendo el surco y realizar la siembra de la semilla de la
Palabra de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ Ahora los envía completando las
instrucciones. Conscientes de la abundancia de la mies y de la escasez de los
obreros, por eso el camino que habían de hacer en el nombre del Señor lo habían
de iniciar invocando al Señor. ‘La mies
es abundante y los obreros pocos; rogad al dueño de la mies que mande obreros a
su mies’. Eran ellos los ahora enviados que en el nombre y con la gracia
del Señor habían de salir a hacer también ese primer anuncio del Reino de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ y lo primero que ha de aparecer es
su disponibilidad y su confianza. No van dotados de medios humanos y la tarea
tampoco ha de ser fácil. ‘Mirad que os
mando como corderos en medio de lobos’. Ya cuando los apóstoles habían ido
a buscar alojamiento se encontraron oposición. Ahora y en adelante no les va a
faltar.
Escasos de medios humanos quizá, porque han de ir vacíos
de apoyos externos, sin embargo han de llevar el corazón lleno de Dios y de su
paz que es la verdadera riqueza. ‘Decid
primero: paz a esta casa’. Es el primer anuncio y saludo. Como los ángeles
en Belén en su nacimiento. También había pobreza de medios, era un simple
establo y unos pobres pastores que cuidaban sus rebaños pero allí resonaba el
anuncio de la paz.
La misión de Jesús es siempre una misión de paz. Es lo
que nos viene a traer Jesús. La misión del discípulo de Jesús ha de ser igualmente
siempre una misión de paz: nuestros gestos, nuestras miradas, nuestras
palabras, nuestras actitudes siempre han de ser anunciadoras de paz; es lo que
nosotros hemos de llevar a los demás, a ese mundo que nos rodea obsesionado
quizá por otras cosas, añorando quizá tiempos o lugares de abundancia o
satisfacciones inmediatas, pero olvidándose de la verdadera paz del corazón que
es lo primero que tendríamos que buscar.
No son los bienes materiales o las riquezas humanas los
que nos van a dar la verdadera paz; hemos de buscarla en lo más hondo de
nosotros mismos y en otros valores de mayor importancia y nos lleven a la
verdadera plenitud; hemos de saber sentirla en el corazón donde el Señor
siempre depositará esa semilla de la paz que hemos de hacer crecer. Es un don
de Dios al tiempo que una tarea. Por eso, el verdadero discípulo de Jesús con
sus palabras y con su vida siempre ha de estar haciendo ese anuncio de paz,
siempre ha de ser misionero de la paz, siempre ha de estar comprometido en ser
constructor de la paz allí donde esté.
‘Si entráis en un
pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que
haya, y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Es el anuncio pero son también las
señales del Reino que ya se están dando. Es la acogida, el compartir, el curar
y consolar; es la paz que se va sembrando en los corazones, es el amor que
comienza a florecer; es el mal que se va arrancando del corazón, es el
reconocimiento de la presencia del Señor. Ahí se están dando las señales del
Reino de Dios que llega, pero tarea en la que nos hemos de comprometer.
Cuando regresaron de nuevo al encuentro con Jesús sus
corazones desbordaban de alegría y de paz; se sentían satisfechos y alegres por
la misión que habían cumplido. ‘Los
setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios
se nos someten en tu nombre’. Pero Jesús les advierte que estén alegres no
por las satisfacciones o reconocimientos humanos que pudieran tener, sino
porque sus nombres estaban inscritos en el cielo.
Siempre nos está recordando Jesús lo esencial; nunca
nos podemos dejar cautivar por vanidades humanas que nos llenen de orgullo,
sino que nuestra mirada ha de estar puesta en el cielo, en la vida eterna junto
a Dios. ‘Estad alegres porque vuestros
nombres están inscritos en el cielo’, les dice. Allí será donde
verdaderamente seremos ensalzados, que es lo importante; es el premio de la
vida eterna en la plenitud del Reino de los cielos. Qué bien nos viene recordar
estas palabras de Jesús ya que somos tan dados a la búsqueda de esos
reconocimientos.
Este envío que Jesús hace de estos setenta y dos
discípulos tendría que hacernos pensar mucho. No simplemente estamos recordando
lo que entonces hizo Jesús. Estamos celebrando aquí y ahora la misión que a
nosotros Jesús también nos confía. No es una palabra que nos suene antigua lo
que ahora estamos escuchando sino que es una Palabra, la Palabra que Dios hoy,
aquí y ahora a nosotros nos está diciendo.
Como aquellos setenta y dos discípulos a nosotros Jesús
también nos dice: ‘¡Poneos en
camino!’ y tenemos que ir por delante, tenemos que ser precursores, con
nuestra palabra, con nuestros gestos, con nuestro actuar, con nuestra vida, de
ese Reino de Dios que está cerca, que está en medio de nosotros; reino de Dios
que hemos de descubrir y que hemos de hacer florecer. Constatar esas señales
del Reino de Dios que ya se están dando entre nosotros cuando somos capaces de
compartir y de sentir preocupación por los demás, o cuando vamos sembrando pequeñas
semillas de paz allí donde estamos con nuestros gestos, con nuestra mirada, con
nuestra sonrisa, con nuestras palabras, con nuestra forma nueva de actuar.
Nos queremos más cada
día, es porque el Reino de Dios se está haciendo presente entre nosotros; nos
esforzamos por vivir en paz y en armonía, y estamos dando señales de que el
Reino de Dios es importante para nosotros; sentimos dolor en el corazón por los
que tienen tantas carencias a nuestro lado y ponemos nuestro granito de arena
para remediarlo, es señal de que el Reino de Dios se está adueñando de nuestro corazón;
somos capaces de tener una palabra amigable con el vecino o con el que está a
nuestro lado, le llevamos una sonrisa al que sufre, o ponemos un poquito de
ilusión en el corazón de quien parece que pierde la esperanza, estamos
sembrando semillas del Reino de Dios que harán florecer un día un mundo nuevo y
mejor.
Tengamos esperanza de
que esas pequeñas cosas que queremos hacer a cada momento un día vayan a hacer
florecer la vida en el corazón de muchos a quienes se les han roto las
ilusiones y las esperanzas. Así iremos construyendo el Reino de Dios, así
iremos sembrando la paz de Dios en el corazón de los hombres y haremos un mundo
mejor.
No nos quedemos quietos, pongámonos en camino
como nos pide hoy el Señor y nuestros nombres estarán inscritos en el cielo.
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sábado, 6 de julio de 2013
ODRE NUEVO PARA VINO NUEVO POR LA CONVERSION
Odre nuevo para el vino nuevo por la conversión de nuestro corazón al evangelio
Gén. 27, 1-5.15-29; Sal. 134; Mt. 9, 14-17
Seguir a Jesús y estar con Jesús es entrar en caminos
de vida nueva y de alegría y gozo grande en el alma. Si en verdad queremos seguir
a Jesús nuestra vida tiene que ser distinta; no es cuestión solo de hacer
algunos arreglitos para que las cosas sigan de la misma manera. Cuando por la
fe nos decidimos por Jesús, por seguirle, por vivirle todo tiene que cambiar,
es una vida nueva en la que entramos y radicalmente hemos de hacer una
transformación de nuestra vida.
No olvidemos que en su primer anuncio del Reino de Dios
El nos pedía conversión. No son palabras bonitas o palabras circunstanciales
porque llegaba el Mesías y se podría vislumbrar algo nuevo. Su invitación es
clara y radical, conversión y fe. Y cuando hablamos de conversión estamos
hablando de dar una vuelta total a nuestra vida, un cambio de rumbo radical. Y
si llegamos a esa actitud profunda de conversión es porque ponemos toda nuestra
fe en El. Esa es la Buena Noticia, ese es el Evangelio que hemos de creer y
hemos de vivir, al que hemos de convertir totalmente el corazón.
De ahí las palabras que le escuchamos hoy en el
evangelio. Por allí vienen diciéndole si sus discípulos, los que le siguen,
ayunan o no ayunan, porque los discípulos de Juan ayunan y hacen penitencia y
los discípulos de los fariseos son totalmente estrictos en sus ayunos. Pero
Jesús les dice que si están participando en la fiesta de bodas de su amigo,
¿será posible que estén con caras tristes o caras de duelo? Si están
participando en la fiesta de las bodas del amigo, lo normal es que estén con
cara de fiesta, con alegría en el corazón. Y ese, nos dice, ha de ser el actuar
de sus discípulos, la alegría y la fiesta porque nos hemos encontrado con Jesús
y estamos queriendo vivir su vida y su salvación.
Esto realmente tendría que hacernos pensar mucho a los
cristianos que parece muchas veces que vamos por la vida siempre con caras de
duelo. No terminamos de manifestar ante el mundo la alegría de nuestra fe; es
más, parece que algunas veces hasta queremos ocultarla, como si nos diera miedo
manifestar que hemos puesto toda nuestra fe en Jesús y en El hemos encontrado
el sentido de mayor plenitud para nuestra vida. Sí, hemos de manifestar felices
de nuestra fe, convencidos y alegres por nuestra fe.
Pero nos está diciendo algo más Jesús en la respuesta
que le da a los que venían con aquellas preguntas sobre el ayuno de sus
discípulos. Nos habla de la novedad de vida que hemos de vivir desde que
creemos en El y la radicalidad con que hemos de actuar en nuestra conversión a
El y al evangelio. No valen remiendos, componendas, arreglitos para quedar bien
o salir del paso. Cuando optamos por Jesús lo damos todo por El.
Cómo nos gustan
esos arreglitos y componendas. Yo ya cumplo, decimos, porque quizá hacemos en algún
momento alguna cosa buena. Pero no se trata de cumplimientos, buscando unos
límites mínimos a los que tenemos que llegar o a unas rayas que no podemos
traspasar. Es algo más profundo el seguimiento de Jesús porque es una vida que
tenemos que vivir. Y cuando andamos con esos raquitismos de límites mínimos o
rayas que no podemos traspasar estamos indicando la pobreza de nuestro
seguimiento de Jesús.
Hoy nos habla claramente de no poner remiendos que
siempre nos van a dejar una peor figura. Hoy nos habla de odres nuevos para
vino nuevo. Es la vida nueva del evangelio; es la vida nueva de la gracia; es
el sentido y el estilo del evangelio; es la manera de vivir de Jesús, porque no
queremos hacer otra cosa que parecernos a Jesús; más aún, configurarnos con
Cristo porque es su misma vida la que vamos a vivir.
Recordemos aquel primer milagro que Jesús realizó en
Caná de Galilea; el vino nuevo que Jesús ofreció en aquella boda. Ya nos decía
el evangelista que tras ese primer signo muchos creyeron en El. Bebamos ese
vino nuevo que Cristo nos ofrece en el Evangelio; vivamos esa vida nueva de la
gracia con la que transforma nuestra vida; seamos ese odre nuevo para ese vino
nuevo porque en verdad convirtamos nuestro corazón al Señor.
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viernes, 5 de julio de 2013
los que tienen un corazon limpio
Los que tienen un corazón limpio de maldad disfrutarán de la misericordia
Gén. 23, 1-4.19; 24, 1-8.62-67; Sal. 105; Mt. 9, 9-13
La dureza del corazón nos impide ver y conocer lo que
es la misericordia. Lo estamos viendo en algunos de los que rodeaban a Jesús.
Ayer se nos manifestaba la misericordia de Dios en Jesús cuando no solo curaba
al paralítico que llevaron a su presencia, sino que principalmente le daba la
paz del perdón.
‘Perdonados son tus
pecados’, fueron
las palabras de Jesús que no llegaron a comprender aquellos letrados que
siempre estaban como con la vara en alto para juzgar y condenar. Pero Jesús
manifiesta que El ha venido a hacer presente el amor misericordioso de Dios,
que ya se nos manifestaba en el Antiguo Testamento también como ‘compasivo y misericordioso, lento a la
ira y rico en clemencia’.
Por el mismo camino va el mensaje del evangelio de hoy.
Primero, porque Jesús busca a la persona, no le importa la condición que tenga
o como sea, porque por encima de todo está su amor; llama a Mateo para que le
siga y forme parte del grupo de los Doce; no le importa a Jesús la mala fama
que puedan tener los recaudadores de impuestos, ni que sea alguien considerado
algo así como un paria de la sociedad, tal era el desprecio que los judíos
sentían por los recaudadores de impuestos que los llamaban publicanos y
pecadores. Jesús quiere contar con Mateo, en el que veremos una disponibilidad
admirable. ‘Se levantó y lo siguió’.
Pero se sigue manifestando el amor y la misericordia de
Jesús en lo que sigue a continuación. Se sienta a la mesa en casa de Mateo y ‘muchos publicanos y pecadores que habían
acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos’. Y aparecen de nuevo los
corazones cerrados que no saben comprender lo que es la misericordia. ‘Los fariseos, al verlo, preguntaron a los
discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’
Es la incapacidad de ver y comprender lo que es la misericordia. Y aparece el
juicio, y aparece la condena.
‘Aprended lo que
significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los
justos sino a los pecadores’.
Es que el Señor nos ama, aunque nosotros seamos pecadores; El ha venido para
traernos la salvación. Jesús es la oferta eterna e infinita del amor de Dios
que se derrama sobre nosotros que somos pecadores. Nos manifiesta el rostro
misericordioso de Dios. Es el médico que nos viene a curar, a sanar, a salvar,
a dar vida.
‘Aprended…’ nos dice el Señor. Damos gracias a
Dios porque en Jesús se nos manifiesta
su misericordia y su amor y nos sentimos confortados en lo más hondo de
nosotros mismos. Nos sentimos pecadores y en cierto modo abrumados por nuestros pecados e infidelidades, pero al
mismo tiempo estamos viendo esa mano de misericordia que se tiende hasta
nosotros para levantarnos. Jesús en su amor quiere seguir contando con nosotros
porque nos ama y sabe que en su amor nos sentimos redimidos, renovados, con
ansias de nueva vida.
Pero hemos de aprender, como nos dice hoy Jesús, porque
esas tienen que ser nuestras actitudes, los valores por los que rijamos nuestra
vida, nuestra nueva manera de actuar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y
para condenar si somos también pecadores? ¿Por qué vamos a cerrar nuestro corazón
y no aprender a tener también misericordia y compasión hacia los demás, como
queremos que tengan misericordia y compasión con nosotros, como Dios tiene
compasión y misericordia con nosotros?
Disfrutemos de la misericordia de Dios siendo nosotros
misericordiosos con los demás; llenemos nuestro corazón de ternura, de
comprensión, de compasión y nos sentiremos con paz. Quien es receloso y
resentido, quien está con el ojo avizor para juzgar y para condenar a los demás
en lo más mínimo no podrá tener paz en su corazón, no sabrá disfrutar de la paz
que el Señor quiere concedernos. Por eso, los limpios de corazón verán a Dios,
que nos decía Jesús en las bienaventuranzas. Con ese corazón abierto y limpio
de maldad aprenderemos de verdad a saborear el amor y la misericordia de Dios.
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jueves, 4 de julio de 2013
Reconozcamos las maravillas del Señor al regalarnos su perdón
Reconozcamos las maravillas del Señor al regalarnos su perdón
‘La gente se quedó
sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad’. Es la reacción de la gente sencilla
ante lo que había sucedido. Pero no todos habían reaccionado de la misma
manera. No siempre somos capaces de ver y reconocer las maravillas del Señor.
Es necesario abrir los ojos de la fe para descubrir que es lo que realmente el
Señor quiere ofrecernos, cuál es lo mejor.
Le han llevado un paralítico a Jesús para que lo cure. Mateo
es más escueto que Lucas en los detalles al narrarnos este episodio. En lo
esencial coincide el mensaje y se resalta la fe de los que llevaron el
paralítico a los pies de Jesús. Pero lo primero que Jesús ofrece aquel hombre
paralítico acostado en su camilla es el perdón. ‘Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡ánimo, hijo! Tus pecados
están perdonados’. Y es aquí donde está la primera reacción de algunos
letrados.
Recuerdo un hecho; un sacerdote iba por una carretera
cuando ve un tumulto de gente en la orilla y muchos coches que se han detenido.
Como se percató de que había sucedido algún accidente también se detuvo. Había
un hombre al que habían sacado del agua con síntomas de ahogamiento y muchos
alrededor trataban de auxiliarlo. El Sacerdote se acercó también y viendo que
la situación era grave llegó con su mano a la frente del accidentado y lo ungió
con el óleo del sacramento y le dio la absolución. La gente que estaba
alrededor lo miró extrañado porque esperaba que quien llegaba pudiera ofrecerle
otro auxilio sanitario en la situación en que estaba, pero no entendían lo que
el sacerdote había realizado. Pensaban quizá que no era aquello lo que aquel
hombre necesitaba sino un auxilio médico. ¿Qué sería lo más importante que
aquel hombre necesitaría?
Recordé este hecho al escuchar la reacción de los
letrados ante lo que Jesús estaba ofreciendo a aquel paralítico. Les hubiera
parecido más normal y hasta más fácil quizá que Jesús hubiera curado a aquel
hombre de su invalidez. Pero no era lo que en principio había hecho Jesús.
Había perdonado sus pecados. Motivo incluso para llamarlo poco menos que
blasfemo porque pensaban que Jesús se estaba atribuyendo unos poderes divinos
que ellos pensaban que no tenía.
¿Qué esperamos nosotros de Jesús cuando acudimos a El?
¿qué es lo que buscamos? Con qué facilidad solo pensamos en auxilios temporales
o materiales. Como aquellos hombres para quienes lo único que podía necesitar
aquel hombre que se debatía entre la vida y la muerte eran unos auxilios
sanitarios. La salvación que Jesús nos ofrece es algo mucho más hondo y más
importante para nuestra vida.
Claro que le tenemos que pedir al Señor también desde
nuestras necesidades materiales o desde el dolor y el sufrimiento de nuestra
enfermedad o nuestras limitaciones físicas. Hemos de saber contar con El y a El
acudimos con fe y con confianza. Los que llevaban al paralítico para que Jesús
lo curara iban con su corazón lleno de fe, de manera que el evangelista nos
destacará que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres.
Pero cuando Jesús nos remedia en esas necesidades
materiales o nos ayuda en esas situaciones de limitación o carencias en las que
podamos vivir, nos está queriendo abrir los ojos para que veamos más allá y nos
demos cuenta de esas otras limitaciones, sufrimientos o muerte que podamos
tener dentro de nuestro corazón. Los milagros que Jesús realiza son signos de
ese otro milagro de gracia que Jesús quiere realizar dentro del corazón del
hombre cuando nos ofrece su salvación.
‘¿Por qué pensáis
así?’ les dice
Jesús. ‘¿Qué es más fácil decir: tus
pecados están perdonados o decir levántate y anda?’ ¿Quién puede darnos o
quitarnos la vida sino Dios? ¿Quién es el que puede milagrosamente curarnos de
nuestra enfermedad sino Dios? ‘Pues, para
que veáis que el Hijo de Hombre tiene poder para perdonar pecados - dijo
dirigiéndose al paralítico -: ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’.
Démosle gracias al Señor que tales maravillas quiere
realizar en nuestra vida cuando nos ofrece y nos regala su perdón.
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miércoles, 3 de julio de 2013
las dudas de santo tomas nos hacen proclamar nuestra fe
Cimentados en la fe de los Apóstoles las dudas de Santo Tomás nos hacen proclamar firmemente la fe
Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20, 24-29
El pasado sábado, cuando celebrábamos la fiesta de los
apóstoles san Pedro y san Pablo, escuchábamos a Jesús que nos hablaba de la
piedra sobre la que iba a fundamentar su Iglesia, en referencia al apóstol
Pedro. Hoy cuando estamos celebrando la fiesta de otro apóstol, Santo Tomás,
hemos escuchado en la carta a los Efesios que san Pablo nos habla de que
estamos ‘cimentados sobre el cimiento de
los apóstoles y profetas’ y nos recuerda que ‘el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.
Es la importancia que le damos en la Iglesia a las
fiestas de los Apóstoles. Somos una Iglesia, cuya una de sus características es
ser precisamente apostólica. Somos herederos de la fe de los apóstoles; en
ellos entroncamos nuestra fe para llegar a Cristo que es verdaderamente la
piedra angular de nuestra fe, porque es en Cristo en quien encontramos la
salvación.
En Cristo quedamos ensamblados, como nos dice san
Pablo, para formar ese edificio de de nuestra fe, ese edificio que es la
Iglesia en la que vivimos, celebramos y alimentamos nuestra fe. A través de los
Apóstoles nos ha llegado el conocimiento de esa fe, el conocimiento de Cristo,
puesto que a ellos se les confió la misión de ir por el mundo anunciando el
evangelio, anunciando el nombre de Jesús, el único en quien encontramos la
salvación, porque no hay ningún otro nombre que nos pueda salvar.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Su
figura, en lo poco incluso que nos dice el evangelio de él, es para nosotros
estimulando, porque le vemos como uno de nosotros con sus dudas y preguntas,
con sus deseos de ver claramente aunque no siempre lo conseguía y también con
su búsqueda de una verdad que incluso él quería palpar con sus propias manos. Sus
dudas e interrogantes nos ayudarán a proclamar con mayor intensidad nuestra fe.
Serán las preguntas que le hace a Jesús en la última
cena, cuando le pide que le enseñe el camino para ir al Padre. Jesús les está
hablando de conocer al Padre y de ir al Padre y es por lo que surge ese
interrogante dentro de él queriendo saber bien a donde va y conocer el camino.
Ya sabemos la respuesta de Jesús; el camino es Jesús mismo porque conociendo a
Jesús conoceríamos también al Padre.
La duda vendrá más tarde después de la resurrección. No
estaba presente cuando Cristo resucitado se les manifiesta por primera vez en
el cenáculo y ante la insistencia del resto de los apóstoles de que Jesús
resucitado ha estado allí, el pide poder tocar y palpar con sus dedos y con sus
manos las llagas de la cruz de Jesús. En el encuentro definitivo con Jesús
surgirá la hermosa confesión de fe, ejemplo y modelo de la confesión y
proclamación de nuestra fe. ‘¡Señor mío y
Dios mío!’
Queremos nosotros proclamar nuestra fe y hacerlo con
firmeza y claridad, pero ya sabemos cómo tantas veces las dudas se nos meten en
el alma y se nos ciegan los ojos del corazón. Hoy miramos a Tomas y aprendemos
de él. Aprendemos incluso en aquello que él no supo hacer que fue fiarse de los
que le decían que estaba vivo y que lo habían visto. Hemos de aprender a
fiarnos, es aspecto fundamental de nuestra fe, y confiamos en aquellos que
desde lo que han vivido y experimentado nos quieren trasmitir.
No es cerrar los ojos de una forma obtusa, sino fiarnos
y abrir nuestro corazón, porque así llegará Dios a nosotros y podremos al final
también experimentarlo por nosotros mismos allá en lo hondo del corazón. Si
cerramos nuestra mente, si no aprendemos a fiarnos, si no aprendemos a tener confianza, nos
estaremos cerrando al misterio de la fe; si no somos capaces de aceptar lo que
los hermanos creyentes tratan de trasmitirnos desde su vida, nos estamos cerrando
al misterio de Dios y difícil será que lleguemos a experimentarlo también
nosotros en el corazón y a hacer en consecuencia de una forma personal nuestra
confesión de fe.
Al final de la misa vamos a pedir que ‘cuantos hemos confesado por la fe a Jesús
como nuestro Dios y Señor, como santo Tomás, le sigamos proclamando ante los
hombres con nuestra vida y nuestras obras’.
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martes, 2 de julio de 2013
que se despierte nuestra fe
Que se despierte nuestra fe, aunque parezca que el Señor está dormido está siempre a nuestro lado
‘Jesús subió a la
barca y los discípulos lo siguieron’.
Está el hecho cronológico o histórico como nos parezca decir de querer cruzar
el lago en barca de un lugar a otro como ya se nos adelantaba en versículos
anteriores.
Pero en el relato ha ido apareciendo cómo se le iban
agregando discípulos a Jesús, gente que al escuchar sus palabras y sobre todo
ver su vida querían seguirle, querían estar con él. En los versículos
anteriores, paralelos al texto que escuchábamos el pasado domingo, habíamos
visto algunos que voluntariamente se ofrecían para seguir a Jesús - ‘te seguiré adonde vayas’, le había
dicho uno - mientras a otros los invitaba Jesús a seguirle.
Es por aquí, en este aspecto de los discípulos que
querían seguir a Jesús o a los que Jesús invitaba a seguirle, es por donde
vamos a hacer la lectura de este episodio que hemos escuchado. ‘Jesús subió a la barca y los discípulos lo
siguieron’. Nosotros también queremos subirnos a la barca, queremos ir con
Jesús, nos embarcamos en esa tarea hermosa e ilusionante de querer vivir como
un verdadero discípulo de Jesús.
Muchas veces también cuando comentamos este episodio hablamos
de esa barca que es la Iglesia en la que estamos todos embarcados y que también
se ve zarandeada por las olas de la vida, de las dificultades, de las
tentaciones que vamos soportando cuando deseamos seguir a Jesús y ser fieles.
Es cierto que nos gustaría que, dado que nos hemos decidido por seguir a Jesús
y hemos optado por el camino del evangelio, el camino no se nos hiciera
difícil; con nuestro entusiasmo y con nuestro amor queremos vivir nuestra vida
cristiana, pero bien sabemos las tentaciones que hemos de soportar.
Queremos, es cierto, hacer esa travesía con Jesús, todo
lo que es nuestra vida cristiana; queremos ir plasmando en nuestra vida todo lo
que nos va enseñando Jesús en el evangelio; querríamos vivir con un amor como
el que El nos tiene y nos enseña, pero bien sabemos que nos cuesta, que
aparecen las tentaciones y las dificultades; bien sabemos que nos vienen los
cansancios y las rutinas y fácilmente nos puede suceder en ocasiones que todo
lo veamos oscuro.
Cuando surgió el temporal fuerte en medio del lago - lo
que era en cierto modo habitual en aquel mar de Galilea por las corrientes de
los vientos y las temperaturas extremas que en aquella depresión del Jordán
aparecen con frecuencia - los discípulos asustados se sintieron como si Jesús
no fuera con ellos y tuvieran peligro de hundirse en medio de aquel vendaval. ‘De pronto se levantó un temporal tan
fuerte, que la barca desaparecía entre las olas, mientras Jesús dormía’.
Es cuando gritan asustados despertando a Jesús. ‘¡Señor, sálvanos que nos hundimos!’ Estaban
tan asustados que les parecía que iban a perecer mientras Jesús no hacia nada
por ellos. Nos sucede cuando nos vemos envueltos en problemas y la vida se nos
hace cuesta arriba; nos parece todo tan negro que creemos que no vamos a salir
de aquella situación. Nos pasa en muchos aspectos de nuestra vida: problemas
familiares, problemas en el trabajo, situación social en la que vivimos,
contratiempos en la convivencia con los que nos rodean. Muchas son las
situaciones y las circunstancias.
‘¡Cobardes!’, les dice Jesús. ‘¡Qué poca fe!’ Con Jesús llegaría la
calma. Acobardados nos vemos en los caminos de la vida. ¿Sabremos ver y sentir
la presencia de Jesús y con El a nuestro lado no perder nunca la paz? ¿Nos
faltará fe para darnos cuenta de que no nos falta la presencia de Jesús en el
camino de nuestra vida y lo que tenemos que hacer es invocarle? Algunas veces,
es cierto, no parece que seamos creyentes, porque la fe parece que se oculta y
no actuamos como personas de fe.
Tenemos que despertar nuestra fe. Tenemos que darnos
cuenta de la presencia de Dios continuamente a nuestro lado. Tenemos que ser
conscientes de que la gracia del Señor nunca nos va a faltar. Que se despierte
nuestra fe. Que aunque nos parezca que el Señor está dormido, El está siempre a
nuestro lado. No dudemos en nuestro seguimiento de Jesús. Vayamos con El
cruzando siempre los mares de la vida y dejando la estela de nuestra fe.
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lunes, 1 de julio de 2013
Ejemplo de oración de Abrahán, el
amigo de Dios, que intercedía por la salvación del pueblo pecador
Gén. 18, 16-33; Sal. 102; Mt. 8 18-22
Es hermosa la relación que se mantiene entre Dios y
Abrahán. La Biblia usa un lenguaje antropomórfico (lenguaje que emplea figuras
humanas como imagen de la divinidad) para presentarnos a Dios y su relación de
amistad con Abrahán; se le manifiesta Dios en la figura de unos personajes
humanos a los que en su hospitalidad Abrahán acoge en su tienda y con los que
dialoga.
Es el texto hermoso que hubiéramos escuchado el pasado
sábado en que Dios se le manifiesta ‘junto
a la encina de Mambré mientras él estaba sentado junto a su tienda. Alzó la
vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos corrió a su encuentro
desde la puerta de su tienda y se prosternó en tierra…’ Es una imagen
clásica en una pintura que se nos representa para hablarnos incluso de la
Trinidad de Dios.
Entonces Dios le anuncia a Abrahán que finalmente va a
ser padre, cumpliendo la promesa que le había hecho. ‘Cuando vuelva a verte,
dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo’, le anuncia Dios.
Hoy escuchamos el anuncio del castigo de Sodoma a causa de su maldad y pecado.
Parece como que Dios quiere contar con Abrahán diciéndole lo que va a hacer.
Pero se establece un hermoso diálogo y puja entre Abrahán y Dios puesto que el
patriarca quiere salvar a toda costa a aquella gente del castigo de Dios. Es
una hermosa oración de intercesión en la que va pujando a la baja para que en
virtud de los pocos justos que haya en la ciudad se vea liberada del castigo.
Creo que en todo esto que estamos subrayando hay un
hermoso mensaje y lección para nosotros. Nos está hablando del sentido de
nuestra relación con el Señor y de nuestra oración. Nos prosternamos ante Dios
reconociendo su grandeza e inmensidad, porque eso no lo podemos nunca olvidar,
pero Dios nos da suficiente confianza, por así decirlo, en su amor como para
que mantengamos con El una relación de confianza, esperanza y, podríamos decir,
amistad. Ya nos dirá Jesús que no nos llama siervos sino que nos llama amigos
porque El ha descargado todo lo que lleva en su corazón en nosotros revelándose
a sí mismo y revelándonos a Dios. De ahí lo entrañable que ha de ser siempre
nuestra oración al Señor, porque, como decía santa Teresa, estamos tratando con
aquel que sabemos que nos ama.
Y aquí quisiera fijarme además en lo que hemos
escuchado de esa oración de intercesión de Abrahán por aquel pueblo pecador.
Algo que hemos de tener en cuenta en nuestra oración, en la que nosotros vamos
a acudir a Dios pidiendo por nosotros, sino que nuestro corazón ha de estar
abierto a las necesidades de los demás, para rezar a Dios por ellos. Pero en
este caso, además, para rezar por los pecadores. Tendríamos que convertirnos
con nuestra oración siempre en intercesores que, aunque nos sentimos nosotros también
pecadores, pidamos por la conversión de los pecadores. Como lo hizo Abrahán que
intercedía por aquel pueblo que sabía que Dios iba a castigar. Como lo hizo
Jesús desde la cruz en la que no solo perdonaba a los que lo estaban
crucificando sino que además intercedía por ellos al Padre disculpándolos
incluso porque no sabían lo que hacían.
Me viene a la memoria el recuerdo de la Virgen, atenta
siempre a las necesidades de los demás como la vemos en el evangelio. Pero si
nos fijamos en las grandes apariciones de la Virgen y como constancia quedan
esos lugares emblemáticos de la devoción a la Virgen, ella siempre nos pide que
recemos por los pecadores y por la conversión del mundo. Podíamos citar a
Lourdes y Fátima porque eso le pedía ella tanto a Bernardita en Lourdes como a
los pastorcitos de Fátima; pero de igual manera en otros lugares a lo largo y
ancho del mundo.
Tomemos ese ejemplo que hoy nos da Abrahán. Recojamos
esa petición que nos hace la Virgen. Démosle ese sentido hermoso de intercesión
a nuestra oración, pero de intercesión en especial por los pecadores. Seamos
esos amigos de Dios por la intensidad y la intimidad de nuestra oración y que
nos hagamos intercesores que pedimos por la conversión de los pecadores.
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domingo, 30 de junio de 2013
Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén y con Jesús nosotros queremos caminar
1Reyes, 19, 16.19-21; Sal. 15; Gál. 5, 1.13-18; Lc. 9, 51-62
‘Cuando se iba
cumpliendo el tiempo… Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Hay momentos que son decisivos en los
que hay que tomar una determinación y no se puede uno andar con excusas para
quedarse atrás o dejar las decisiones para otros momentos. Jesús sabía lo que
significaba su subida a Jerusalén. Más adelante le veremos anunciar lo que va a
suceder e incluso en momentos los discípulos se extrañarán de su determinación
de manera que iba delante de ellos como si fuera con prisa.
Nos enseña mucho este pasaje del evangelio. El mensaje
lo tenemos en esa determinación de Jesús pero en lo que luego va sucediendo o
le va pidiendo a quienes se acercan a El porque quieren seguirlo. No podemos
andar ni con medias tintas ni tampoco dejándonos arrastrar por los malos
momentos que nos pueden hacer reaccionar de malos modos. Es lo que veremos que
va sucediendo y que será para nosotros como una hermosa parábola, o un hermoso
mensaje para muchos momentos y determinaciones que hemos de tomar en la vida.
Digo reaccionar de malos modos porque fácilmente nos
puede suceder cuando nos llevan la contraria o se enfrentan a nuestras decisiones.
Hemos de saber sobreponernos en los momentos difíciles en los que podamos
encontrar oposición desde algún ángulo o faceta de la vida. No tendríamos que
perder la paz en el corazón para dejarnos arrastrar por posturas o gestos
violentos. Como les sucedió en ese primer momento a los discípulos.
‘Envió mensajeros por
delante, dice el
evangelista. De camino entraron en una
aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no los recibieron, porque se
dirigía a Jerusalén’. Vuelven a aparecer las consabidas desconfianzas,
reticencias y enfrentamientos entre judíos y samaritanos, como hemos visto en
otra ocasión. Y la reacción de los discípulos fue la violencia, los malos modos
que decíamos.
Santiago y Juan - los hijos del trueno como los
llamaría Jesús - ya estaban dispuestos a castigos divinos. ‘¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?’
Muy subidos andaban ellos en los pedestales de los poderes que les había dado
Jesús cuando los envió a predicar. Pero ésa no es la manera de actuar de Jesús
ni de quien se dice discípulo de Jesús y quiere seguirle. ‘El se volvió y los regañó’.
Jesús va delante en su subida a Jerusalén enseñándonos
el camino. Ya entendemos que no era el camino geográfico que todos conocerían
bien porque muchas veces habían hecho. Es el camino del seguimiento de Jesús. Y
si no podemos responder con violencia a los contratiempos que tengamos que
sufrir en la vida también hemos de aprender también que siguiendo a Jesús no
buscamos ni apoyos humanos ni que se nos resuelvan milagrosamente aquellas
situaciones difíciles o problemas con que nos encontremos. Seguimos a Jesús
porque lo amamos y queremos seguir sus huellas empapándonos de su vida, aunque
ello signifique que las comodidades no van a estar de nuestro lado. Será necesario
un desprendimiento y una austeridad en la vida que nos hará encontrar el
verdadero valor de lo que hacemos al seguir a Jesús.
‘Te seguiré adonde
vayas’, le dice uno
que se ofrece por sí mismo para seguir a Jesús. ‘Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del
Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, fue la respuesta de Jesús. No
sabemos si aquel voluntario al final siguió o no siguió a Jesús, pero ahí nos
ha dejado ver Jesús cual ha de ser nuestra actitud profunda. Porque estemos con
Jesús no significa que tengamos de antemano todos los problemas resueltos. Eso
nos creemos algunas veces cuando decimos que el Señor no nos escucha o que a
tanto bueno como nosotros hacemos no encontramos luego una compensación de
suerte o de beneficio en la vida ordinaria. ¿Por qué buscamos a Jesús y
queremos seguirle? ¿Simplemente para tener suerte en la vida?
Jesús cuando ha tomado esa determinación de subir a
Jerusalén aún no esta enseñando más. Nada la detiene en el camino. No deja las
cosas para mejores momentos. Nuestras dudas e indecisiones nos hacen andar
muchas veces así. Encontramos disculpas siempre para dejar las cosas para otro
momento. Ya habrá tiempo, pensamos muchas veces.
Ahora es Jesús el que invita a alguien a seguirle, pero
éste quiere dejar arregladas todas las cosas antes de seguir a Jesús. ‘Déjame primero ir a enterrar a mi padre’.
A lo que Jesús radicalmente le dirá: ‘Deja
que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios’.
Será doloroso en ocasiones arrancarse de donde estamos o de lo que estamos
haciendo, pero si el Señor nos habla en el corazón y nos llama con prontitud
hemos de seguirle. Lo contrario sería quedarnos en situación de muerte y
nosotros estamos llamados a la vida y a sembrar vida.
El que ha emprendido el camino tiene su mirada puesta
en la meta y en lo que tiene por delante. No nos vale estarnos parando para
mirar atrás a ver lo que hemos dejado. Si emprendemos una tarea es en esa tarea
en lo que tenemos que empeñarnos. No nos valen añoranzas de lo que hicimos en
otra ocasión o el pensar que tenemos que hacer como hacíamos antes. Ni nos vale
estar contando todo lo que hicimos en otra ocasión. Es un camino de vida y el
vivir ese seguimiento de Jesús nos renueva.
‘Otro le dijo: Te seguiré,
Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia… El que echa mano en el
arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios’. Nos encontramos muchas veces con
actitudes y posturas de añoranza en esta tarea del cristiano en medio del mundo
y de la Iglesia. Las mismas dificultades que vamos encontrando en el momento
presente nos hacen estar echando esa mirada atrás pero tenemos que saber
responder en el ahora y el hoy de nuestra vida y tarea a ese reto que se nos
plantea del anuncio del Reino. Los problemas son los de hoy, no los de ayer, y
las respuestas tenemos que darlas hoy porque el mensaje del Evangelio es Buena
Noticia en cada momento en que se proclama.
Es una tarea y una respuesta que no damos por nosotros
mismos, cualquiera que sea la situación. Es dejar al Espíritu divino que actúe
en nuestra vida y a través de nosotros vaya actuando con su gracia en nuestro
mundo. Por eso siempre en nuestro seguimiento de Jesús vamos invocando el
Espíritu divino en todo momento para que nos dé la fuerza de su gracia, para
que nos ilumine y fortalezca en cada momento.
Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén y con Jesús
nosotros queremos caminar sin búsquedas interesadas, con generosidad de
corazón, con decisión y sin retrasar nuestra respuesta dejándonos iluminar por
su Espíritu con la novedad del Evangelio, la buena noticia que nosotros
queremos hoy trasmitir. Que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu.
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