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sábado, 15 de enero de 2011

Palabra que nos llama y nos invita a ponernos en camino de nueva vida

Hebreos, 4, 12-16;
Sal. 18;
Mc. 2, 13-17

‘La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espiritu…’ Hermoso texto de la carta a los Hebreos que nos hace ponderar la maravilla y el poder de la Palabra de Dios. Palabra viva y Palabra de Vida; Palabra que nos sana y que nos sana; Palabra que nos llama y nos invita y Palabra que nos pone en camino de nueva vida; Palabra que nos llega a lo más hondo de nosotros mismos y Palabra que nos inquieta e interroga. Es Palabra de gracia y de salvación, de luz y de vida.
Lo contemplamos en Jesús. Estos días así lo hemos venido contemplando en estos textos del inicio del evangelio de Marcos. Anuncia el Reino de Dios, recorre los pueblos y las aldeas de Galilea, va a la sinagoga, les propone la Palabra en casa, llama a los pescadores junto al lago o al pasar por el camino invita a seguirle a Leví, el publicano, pero sirve de interrogante e inquietud en el corazón a todos los que le escuchan aunque no quieran recibirle, sana y salva porque cura de la enfermedad y del mal y perdona los pecados, busca al hombre pecador para llevarle a nueva vida y no teme sentarse a la mesa incluso con aquellos que consideran de mala fama. Es el médico que viene a buscar al hombre enfermo porque quiere la salud y la salvación siempre para el hombre.
Ya lo hemos escuchado en el evangelio proclamado. Cuánto nos enseña Jesús con su manera de actuar buscando siempre al pecador. Llamó a Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos, pero vemos también la prontitud y generosidad de éste para seguir la llamada de Jesús. ‘Se levantó y lo siguió…’ y hasta sentó en su mesa a Jesús y sus discípulos agregándose a este banquete los que eran sus amigos y compañeros de profesión.
Pero las actitudes buenas provocan siempre reacción en quienes las contemplan. Ojalá sea siempre una reacción positiva para hacer lo mismo, pero bien sabemos quien está siempre con la desconfianza y con la sospecha y hasta en los mejores gestos puede ver malas o aviesas intenciones. ‘Algunos letrados fariseos, al ver que comía con recaudadores y otra gente de mala fama, les dijeron a los discípulos: ¡De modo que come con recaudadores y pecadores!’
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. ¿Quién puede considerarse justo delante del Señor? Si somos sinceros con nosotros mismos nos reconoceríamos pecadores. Porque la actitud de aquellos letrados fariseos no es muy distinta de la que tenemos la tentación tantas veces en la vida de tener nosotros también en referencia a los que nos rodean.
Cuántas discriminaciones hacemos en la vida. Cuántas veces llenamos nuestro corazón de sospechas y de juicios contra los demás. Con qué facilidad vemos la paja del ojo ajeno sin darnos cuenta de la vida que llevamos en el nuestro. No tendría que ser esa la actitud que cultiváramos en el corazón. Qué fáciles son las actitudes orgullosas y llenas de soberbia. Pero el hombre humilde es el que es grato al Señor.
Dejemos que esta ‘palabra viva y eficaz’ que estamos escuchando penetre hasta lo más hondo de nosotros y dejémonos interrogar por ella con toda sinceridad allá en nuestro interior. Que siembre la inquietud en nuestro corazón para que sintamos deseos sinceros de acercarnos a Jesús para que nos cure, para que nos sane, para que nos llene de su salvación. El también nos invita a levantarnos de esa situación en la que a veces estamos como apoltronados en nuestra vida y quiere ponernos en camino de vida nueva. Escuchemos su voz. Seamos generosos en nuestra respuesta. Llenemos nuestra vida de la salvación que Jesús nos ofrece.
Quizá, como Leví fue una mediación para que también otros estuvieran junto a Jesús, aquellos otros recaudadores y pecadores, también nosotros podemos ser mediación para que otros lleguen también hasta Jesús. Cuando Jesús nos llama y nos invita a levantarnos seguro que nos quiere confiar una misión, el hacer que otros también puedan conocer la salvación, puedan llegar hasta este médico divino que viene siempre buscando nuestro corazón enfermo para sanarlo y para llenarlo de vida. No nos hagamos sordos a la llamada que el Señor nos hace.

viernes, 14 de enero de 2011

Una palabra de salvación, tus pecados están perdonados

Hebreos, 4, 1-5.11;

Sal. 77;

Mc. 2, 1-12


Jesús va recorriendo los caminos y los pueblos de Galilea anunciando el Reino de Dios. ‘Vamos a otros lugares’, había dicho. Su Palabra es Palabra de vida y de salvación. Hoy nos lo va a mostrar con todas sus consecuencias. Su fama se extendía. Nos había comentado el evangelista que en ocasiones no entraba en los pueblos sino que se quedaba en el descampado y aún así acudían muchos.


Ahora ha llegado de nuevo a Cafarnaún y ‘acudieron tantos, que no había sitio ni a la puerta’. Y el seguía anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios para despertar la fe de aquellas gentes y desearan en verdad la salvación que El venía a ofrecernos. Los hechos que nos narra hoy el evangelio ayudan a despertar esa fe aunque haya algunos que lo rechacen, pero al final todos darán gloria al Señor. ¿No es la gloria de Dios lo que hemos de buscar? Con Cristo, por Cristo y en Cristo nosotros queremos dar todo honor y toda gloria al Padre del cielo. Eso queremos hacer en la Eucaristía que celebramos pero es lo que queremos que sea toda nuestra vida.


Le traen un paralítico. ‘No pueden meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico a los pies de Jesús’. Allí hay fe. Lo destaca el evangelista. ‘Viendo la fe que tenían’. Bueno, ¿veremos a Jesús levantar de su camilla al paralítico? Pero lo que Jesús le va a decir es ‘hijo, tus pecados quedan perdonados’. Pero ¿no habían traído a aquel hombre para que Jesús lo curara? Y Jesús lo cura, sí, lo sana del mal más profundo que puede afectar al hombre. Perdona sus pecados. Es la salvación que Jesús viene a ofrecernos.


No todos lo entenderán. Por allí están los letrados haciendo juicios en su interior. ‘Este blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? ¿cómo habla así?’. Pero allí estaba quien podía perdonar pecados. Allí estaba quien iba a derramar su sangre para el perdón de nuestros pecados. Allí estaba el Hijo de Dios que se había hecho hombre para nuestra salvación, el Dios compasivo y misericodioso que nos está ofreciendo siempre su amor y su perdón, su vida y su gracia.


Vamos a ver, ¿no es el poder de Dios el que puede restablecer la salud al enfermo, el movimiento a aquellos miembros inválidos, hacer volver a la vida a los muertos? Quien podía hacer levantar a aquel hombre de su camilla solo con su Palabra salvadora, es también el que por esa misma Palabra de Salvación puede darnos el perdón de Dios. ‘Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados, entonces le dijo al paralítico: contigo hablo. Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa… y se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: nunca hemos visto una cosa igual’.


Queremos nosotros también dar gloria a Dios. No hemos terminado de agradecer lo suficiente lo que el Señor nos regala cuando nos perdona los pecados. También tendríamos que decir ‘no hemos visto una cosa igual’. El Señor nos ama y nos perdona. Con qué gozo tendríamos que ir nosotros hasta Jesús cuando celebramos el sacramento del perdón, el sacramento de la Penitencia.


Vamos quizá muchas veces más bien abrumados por la vergüenza de tener que decir los pecados, muy preocupados que no nos falte nada de la lista de las cosas que hemos hecho mal para decirlas con todo detalle, pero pensamos menos en ese encuentro con Jesús que vamos a vivir en el sacramento. Y es esto en lo que tendríamos que prestar más atención, para ir, con humildad sí, pero con mucho amor y con el anticipo ya de la alegría que el Señor nos va a dar cuando nos regale su perdón.


Es algo en lo que tenemos que pensar y para lo que más tendríamos que prepararnos. Triste sería que fuéramos al Sacramento, pero no saliéramos con el gozo en el alma de ese encuentro de amor con el Señor, con esa paz honda que Cristo nos regala con su amor y su perdón. En este sentido mucho tendríamos que revisar sobre la forma cómo nos confesamos, o mejor, cómo celebramos este sacramento de alegría y de paz que es el Sacramento de la Penitencia.

jueves, 13 de enero de 2011

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Hebreos, 3, 7-14; Sal. 94; Mc. 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, le dice el leproso que se acerca hasta Jesús. Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza.

Reconoce su lepra, su mal, la realidad llena de negrura de su vida. Pero no quiere quedarse hundido en esa negrura. Bien sabemos que los leprosos en aquellos tiempos eran obligados a vivir al margen de la comunidad y al margen incluso de la familia. Diciéndolo con buenas palabras diríamos que estaban condenados a vivir en una leprosería, pero quitando la bondad que puediera haber en esa palabra, la vida era muy dura por la marginación en la que tenían qque vivir.

Pero aquel leproso hace otro reconocimiento. Puede salir de aquella situación. Hay alguien que puede sacarle, liberarle, limpiarle de aquella lepra. Por eso acude a Jesús. Por eso además de reconocer su situación, sus deseos y esperanzas de verse liberado, está haciendo también un reconocimiento del poder de Jesús.

Y surge la súplica humilde, pero llena de esperanza. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Ya no depende sólo de sí mismo sino que toda su esperanza la tiene puesta en Jesús. ‘Si quieres…’ Suplica, se pone ante Jesús con su situación, tiene esperanza. ‘Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’.

No es necesario en este momento que nos extendamos en más consideraciones de lo que le dice Jesús que haga y de lo que realmente luego hizo aquel leproso curado. Simplemente pongámonos nosotros también delante de Jesús con nuestro mal, con nuestro pecado, con las negruras que puedan haber en nuestra vida. Es necesario comenzar por reconocerlo, como aquel leproso que reconoció su lepra, su enfermedad.

Hay ocasiones en que nos sentimos hundidos en nuestro mal, en nuestro problema, en nuestra situación. O nos cuesta reconocer la pendiente en la que hemos caído o nos sentimos tan mal que parece que no vemos salida. Por eso tenemos que seguir aprendiendo de aquel leproso. ‘Si quieres…’ le dice a Jesús. Es lo que tenemos que hacer. Es a quien tenemos que acercarnos con la confianza de también va a extender su mano hacia nosotros para limpiarnos, para levantarnos, para darnos la esperanza de una nueva vida que podemos recomenzar.

Y la podemos recomenzar con su perdón como un bálsamo sobre nuestro corazón, sobre las heridas de nuestra vida. Será su Sangre la que nos lave, nos purifique, nos de el perdón. Y el Señor sigue confiando en nosotros. Y en El vamos a encontrar esa paz que necesitamos, aunque muchas veces los que estén a nuestro lado puedan estar empeñados en que no tengamos esa paz porque seguirán recordándonos esa lepra que tuvimos y de la que fuimos curados. Cuánto necesitamos todos aprender, porque a veces se nos pegan las actitudes del mundo que no entiende de perdón sino de revancha y de venganza. Y podemos actuar los cristianos, podemos actuar en la Iglesia con esos criterios vengativos del mundo, olvidándonos de lo que es la misericordia y el amor del Señor. No sé si algunos aún quisiera que hubiera inquisisiones que decreten destierros de marginación para siempre. Me duelen en el alma actitudes asi en quienes nos llamamos seguidores de Jesús.

Cómo tenemos que aprender de la misericordia de Jesús que nos manifiesta el rostro de Dios. Es un detalle que no es baladí el que Jesús tiene con aquel leproso. ‘Extendió la mano y lo tocó’. No tuvo miedo Jesús a contagiarse porque lo que quería Jesús para aquel hombre era vida y salud. Seguro que esa mano de Jesús sobre aquel cuerpo malherido por la enfermedad fue como un calambre de gracia que llegó al corazón del leproso que era curado, porque allí se estaba manifestando la cercanía de Dios, el amor de Dios que es siempre compasivo y misericordioso.

Sintamos sobre nosotros esa mano de Dios que nos sana, que nos salva, que nos llena de gracia, que nos regala su vida, que nos da la dignidad nueva de hijos de Dios.

miércoles, 12 de enero de 2011

Busquemos a Jesús y su salvación: Palabra y oración

Busquemos a Jesús y su salvación: Palabra y oración

Hebreos, 2, 14-18; Sal. 104; Mc. 1, 29-39

‘Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’. Así terminaba la perícopa que se nos proclamaba ayer.

Es lo que nos refleja también el texto de hoy. Será primero la suegra de Simón, luego se agolpará a la puerta la población entera trayendo todos los enfermos e impedidos. ‘Al salir de la sinagoga fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles’. Más tarde ‘curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’

Ya comentábamos ayer que con Jesús se están dando las señales del nuevo Reino de Dios. las curaciones diversas que realiza son signos de esa salvación que Jesús nos viene a ofrecer. No podemos ver el milagro por el milagro, aunque los hombres nos sentimos tentados fácilmente a pedir el milagro que nos resuelva las cosas. Claro que contamos con el poder de Dios. Es el Señor todopoderoso que nos ama y está a nuestro lado en nuestras dificultades o debilidades. Y manifiesta su amor por nosotros ayudándonos en nuestras necesidades. Pero ¿sólo buscamos a Dios como un resuelve problemas?

No deja Jesús de curar a los que vienen a El, pero en el texto escuchado podemos descubrir algo más que nos ofrece. El viene a ofrecernos su salvación. Es el anuncio que nace cuando proclama el Reino de Dios. Y quiere además que esa salvación llegue a todos porque para salvarnos a todos ha venido. Lo podemos ver expresado en diversos detalles de este texto.

Primero en su conciencia de enviado del Padre no puede faltar esa comunicación íntima y profunda con El. Cuánto nos enseña. ‘Se levantó de madrugada y se fue al descampado y allí se puso a orar’.

Cuando vienen a buscarle – ‘todo el mundo te busca’, le dice Simón Pedro cuando lo encuentra en el descampado – El manifiesta que ha venido para todos y a todos ha de ir a anunciar el Reino. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas a predicar también allí que para eso he venido’. A predicar. El Reino de Dios tiene que seguirse anunciando por todas partes. Todos han de conocer la salvación que nos ofrece. No es sólo, entonces, los milagros sino el anuncio de la Palabra que ha de hacer. ‘Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios’. Anuncio de salvación y señales de esa salvación al ir expulsando el mal.

Ya decíamos cuánto nos enseña. Queremos escuchar a Jesús. Queremos vivir su salvación. A El tenemos que ir, con ahinco tenemos que buscarle. ¿Cómo lo vamos a encontrar? Dos detalles hermosos nos ofrece este texto del evangelio. A Jesús lo vamos a encontrar en la Palabra que se nos proclama; allí le vamos a conocer, nos vamos a impregnar de su mensaje de salvación. Escuchándole nos vamos a empapar de evangelio, nos vamos a empapar de su vida, de esas actitudes nuevas, de esos valores que nos enseña, de ese nuevo sentido de vivir.

Pero hay algo más para encontrarle. Le vamos a encontrar en la oración, la oración personal y la oración comunitaria que hacemos en nuestras celebraciones. Oración personal, diálogo en un tú a tú de amor con Dios, sintiéndonos en su presencia, inundándonos de su inmensidad, metiéndonos en la hondura profunda de ese pozo de amor que es su corazón. Busquemos esa paz del encuentro vivo con el Señor. Que nuestra oración sea en verdad ese llenarnos de Dios. Que hagamos ese silencio del espíritu, en nuestro espíritu, para que podamos escuchar ese susurro de la voz de Dios que nos habla allá en lo más hondo de nuestro corazón. Una oración llena de paz, una oración sin prisas, una oración de apertura profunda de nuestro yo, de nuestro corazón a Dios.

Tendríamos que hablar también de la oración de nuestras celebraciones. Que sean en verdad celebraciones vivas, orantes, de escucha de Dios, de alabanza al Señor y acción de gracias en comunión con los hermanos; por eso decimos que son comunitarias. Mucho tendríamos que decir, pero baste esto en esta ocasión.

Busquemos al Señor para sentir su salvación viva en nuestra vida.

martes, 11 de enero de 2011

El Reino de Dios se manifiesta en Jesús con obras y palabras


Hebreos, 2, 5-12;

Sal. 8;

Mc. 1, 21-28

Ayer de una forma genérica se nos decía en el evangelio que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’, anunciando la llegada del Reino de Dios y la conversión para creer en El.

Llama a unos primeros discípulos, los pescadores del lago de Galilea, que le siguen, pero hoy vemos a Jesús que va a la sinagoga a enseñar. ‘Cuando fue el sábado siguiente a la sinagoga a enseñar se quedaron asombrados de su enseñanza’, pero pronto comienzan los signos que les hará preguntarse más estupefactos ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’.

Jesús está manifestando que llega el Reino de Dios. Claro que había que convertirse, darle la vuelta a la vida, para creer en el Reino de Dios. Lo está manifestando con obras y palabras. Ahí está su enseñanza que poco a poco iremos descubriendo en el evangelio. Pero ahí están las señales de que el Reino de Dios llega. No son sólo palabras sino que es una realidad.

Decir Reino de Dios es decir que Dios es el único Rey, el único Señor de nuestra vida. De nada más ni de nadie podemos ser si reconocemos el Reino de Dios. Ahí está el signo que Jesús realiza. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar’. Es decir, un hombre poseído por el mal, por el maligno. Cristo viene a vencer ese mal, a derrotar el maligno para que al final Dios sea el único Señor de nuestra vida. Ahí en ese milagro está el signo de que llega el Reino de Dios, el Reinado de Dios.

‘¿Qué es esto?’ ¿Qué autoridad es ésta que tiene Jesús? Era la pregunta que se hacían las gentes asombradas, estupefactos por lo que está sucediendo. A muchos les costará entender lo que Jesús hace, el mensaje de Jesús. Será la lucha, por decirlo de alguna manera, que veremos a lo largo de toda su vida en el evangelio. Y seguirá sucediendo así porque aún muchos no terminar de reconocer en verdad quien es Jesús. No olvidemos que cuando hace el primer anuncio del Reino de Dios que llega pide fe y conversión. Es lo que seguimos nosotros necesitando.

Necesitamos, sí, reavivar nuestra fe en Jesús. Tenemos que pedírselo también, porque todo es gracia y la fe es don sobrenatural que Dios nos da y al que nosotros hemos de ir respondiendo con nuestra vida. Necesitamos esa apertura de nuestro corazón para dejarnos transformar por El. Que se realice ese cambio de nuestro corazón, de nuestra mentalidad, de nuestras actitudes.

Cristo sigue viniendo a nosotros para liberarnos del mal, de la muerte, del pecado. Algunas veces ante la presencia de Jesús, de su Palabra y de su gracia ponemos reticencias. Como aquel hombre de la sinagoga de Cafarnaún nos resistimos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

La resistencia la ponemos cuando no hacemos todo lo posible para dejarnos transformar por la gracia del Señor; cuando hacemos oídos sordos a su Palabra; cuando pensamos que ya nosotros somos buenos y nada tenemos que cambiar; cuando seguimos dejando meter en nuestro corazón actitudes orgullosas, cuando nos falta humildad. Pueden ser tantas cosas en las que ponemos resistencia porque el pecado sigue estando en nuestra vida y no luchamos lo suficiente para vencer en la tentación.

Dejémonos hacer por el Señor. Dejémonos impresionar por las obras maravillosas que Jesús sigue haciendo en nosotros y en los que nos rodean. Alguna vez hemos hablado de que hemos perdido la capacidad de asombro ante las cosas de Dios. Recuperémosla. Seamos capaces de asombrarnos ante el actuar de Dios en nuestra vida. El sigue llegando a nosotros con su gracia. No la desaprovechemos.

lunes, 10 de enero de 2011

Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo que nos anuncia la Buena Noticia del Reino



Hebreos, 1, 1-6;

Sal. 96;

Mc. 1, 14-20

Al iniciar hoy el tiempo Ordinario, terminadas ayer las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía con el Bautismo del Señor, en la lectura de la Palabra de Dios que iremos proclamando escucharemos por una parte la carta a los Hebreos durante varias semanas y en el evangelio escucharemos a san Marcos.

La carta a los Hebreos es una hermosa Catequesis a las primeras comunidades cristianas de una gran densidad doctrinal que trata de animar en la fe a aquellos primeros cristianos cuya vida no estaba exenta de dificultades. Ya nos iremos introduciendo en su hermoso mensaje a través de las perícopas que la liturgia nos irá ofreciendo.

Es hermoso cómo a través de esta lectura semicontínua que vamos haciendo día a día de la Biblia vamos enriqueciendo nuestra vida de fe, nos sentimos iluminados por los diferentes textos de la Palabra de Dios. Es muy enriquecedor el que podamos así irnos introduciendo más y más en el mensaje de Jesús y del Evangelio y tendríamos que prestarle mucha atención. Seguro que si lo hacemos iremos creciendo más y más en nuestra espiritualidad cristiana. Es una oportunidad hermosa que se nos ofrece, una gracia del Señor el que cada día así nos vayamos acercando a su Palabra.

‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas’. Es un recuerdo a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia de la salvación vivida por el pueblo judío. Pero todo ello era preparación y camino para la etapa final. Y llama etapa final al momento de la aparición de Jesucristo, misterio que hemos venido celebrando de manera especial en los días pasados.

‘Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Es la Palabra que se hace carne, la Palabra por medio de la cual se hizo todo. Lo hemos escuchado y meditado estos días. ‘Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir…’ Ahora nos dice refiriéndose a Cristo, ‘El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa’.

Y en el evangelio – comenzamos a leer a san Marcos, como indicamos – comenzamos a escuchar la proclamación de esa Palabra en labios de Jesús. ‘Marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia’.

Dios nos habla por Jesús, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado. Es la Buena Noticia que se proclama y que hay que creer. Pero necesitamos convertirnos a Jesús para aceptar esa Buena Noticia. Tenemos que escuchar y decir ‘sí’. Tenemos que escuchar ese anuncio de Buena Noticia que se nos hace y ponernos en camino para seguir a Jesús. Aunque tengamos que dejar cosas atrás porque va a significar un cambio de vida. La noticia del Reino de Dios que se nos trae no es para que sigamos igual, de la misma manera, con las mismas cosas. Aceptar el Reino de Dios que llega es comenzar a vivir una nueva vida.

Vemos la respuesta de los primeros discípulos, los pescadores de Galilea. ‘Pasando junto al lago de Galilea, vió a Simón Pedro y a su hermano Andrés… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan… venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Lo dejaron todo, se pusieron en camino con Jesús.

Jesús llega también a la orilla de nuestra vida – ‘Tú has venido a la orilla’, hemos cantado muchas veces – y nos invita, y nos mira a los ojos, y toca en las puertas de nuestro corazón, y nos anuncia la Buena Noticia del Reino que llega, y nos dice que le sigamos… ¿qué le vamos a responder?

domingo, 9 de enero de 2011

El Bautismo de Jesús Epifanía de Dios que nos muestra al Hijo y nos hace hijos



Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Mt. 3, 13-17

El bautismo de Jesús en el Jordán, que hemos escuchado en el relato del evangelio fue una impresionante Epifanía. Hemos venido contemplando la gloria del Señor desde su nacimiento en Belén en muchos signos que se iban manifestando en cada uno de los momentos. Hoy, allí en el Jordán, se manifiesta en todo su esplendor la gloria del Señor.

Comencemos por recordar el sentido o el significado del bautismo de Juan en el Jordán. El Bautista invitaba a las gentes a preparar los caminos del Señor y un signo por el cual manifestaban su arrepentimiento y sus deseos de conversión era el sumergirse en las aguas del Jordán. Aquel bautismo tenía un sentido penitencial. Sintiéndose pecadores y con esos deseos de conversión acudían a Juan para que los bautizara.

Pero allí se acerca Jesús, el que no tenía pecado, en la fila de los pecadores que acudían a que Juan los bautizara. ¿Lo necesitaba Jesús? El es el justo y el santo de Dios. En El no había pecado, pero quería cargar con nuestros pecados. No sería un bautismo de agua el que en verdad nos purificara, el que iba a redimirnos. Sería su sangre derramada en la Cruz; sería la entrega de su vida; sería su amor redentor. Por eso diferenciamos bien el bautismo de Juan al bautismo que nosotros recibimos en nombre de Jesús.

‘Soy yo el que te necesita que Tú me bautices, ¿y acudes a mí?, intentaba Juan disuadirlo… Cumplamos lo que Dios quiere’, le replica Jesús. Ya Juan había sido santificado en el seno de su madre cuando la visita de María a Isabel. Grande era la misión que realizaba Juan preparando los caminos del Señor, señalándonos al que había de venir para traernos la salvación. ‘Cumplamos lo que el Señor quiere’. Iban a manifestarse allí las maravillas del Señor como imagen también del nuevo Bautismo.

‘Juan se lo permitió’, como dice el evangelista. Pero comenzaron a suceder cosas maravillosas. Se manifestaba la gloria del Señor. Era el por qué de Jesús acudir al bautismo de Juan. Se nos iba a decir en verdad quien era Jesús. ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El. Y vino una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.

Aquel Jesús venido desde Galilea era, es el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Lo está señalando el Padre desde el cielo, ‘el Hijo amado de Dios’. El Espiritu de Dios lo está envolviendo con la gloria de la divinidad. ‘Hiciste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros…’ decimos en el prefacio.

El evangelio de san Juan no nos narra el bautismo de Jesús, pero sí nos dice que ‘la Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios, que era la vida y que era la luz de los hombres, se hizo carne y acampó entre nosotros’. Los evangelios sinópticos por su parte nos hacen oír la voz del Padre en el Bautismo de Jesús para decirnos que allí está el Hijo de Dios que se hizo carne, que se hizo hombre y que es ‘el ungido por medio del Espíritu para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres’, como nos dice el prefacio; ‘el que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con El’, como hemos escuchado a Pedro en el relato de los Hechos de los Apóstoles.

Es la maravilla que hoy estamos celebrando. Es la culminación de las fiestas de la Navidad y de la Epifanía del Señor que hemos venido celebrando. En todo su esplendor se nos manifiesta la gloria del Señor, como decíamos. Es Jesús en quien creemos y a quien queremos seguir; es Jesús que se abajó y se hizo el último y el servidor de todos – ‘mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero’, como nos decia el profeta – a quien vemos exaltado y glorificado con la gloria del Señor. Es lo que nos decía san Pablo en el texto que tantas veces hemos escuchado ‘se abajó, se despojó de su rango, pasó por uno de tantos, se rebajó hasta someterse a una muerte de Cruz, pero Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame Jesús es Señor para gloria de Dios Padre…’

Pero Jesús ha venido a levantarnos a nosotros. Quiere que nos unamos a El para vivir su misma vida. Se hizo semejante a nosotros en su humanidad para que podamos transformarnos interiormente a su imagen. A partir de Jesús el Bautismo tendrá un nuevo significado porque para nosotros no será sólo purificación como lo era el de Juan sino una participación en todo el misterio de Cristo, en su muerte y en su resurrección para darnos su vida, para hacernos hijos de Dios.

Es el nuevo baustismo, el nuevo renacer del que le hablaba Jesús a Nicodemo. No somos bautizados solo en agua sino en agua y el Espíritu para ser hijos de adopción. ‘Si no naces de nuevo… si no naces del agua y del Espíritu no puedes ver el Reino de Dios’. Bautizados somos nosotros en el Espíritu para entrar en el Reino de Dios, en el reino donde todos somos hijos. ‘A cuántos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre… no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios…’ que hemos escuchado repetidamente estos días.

Sí, que escuchemos con fe la Palabra de Jesús, que pongamos toda nuestra fe en El, que le sigamos con toda nuestra vida y con todo nuestro amor para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos de Dios. Grande es la dignidad a la que nos ha llamado, que se nos ha concedido en Jesús. También escuchamos esa voz del cielo en nuestro corazón llamándonos hijos amados. Que vivamos en consecuencia como hijos. Que resplandezcamos entonces con la santidad de los hijos, con el amor de los hijos. Que nos sintamos, pues, transformados y en verdad eso se note en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestro trato a los demás.

Cómo tenemos que saber dar gracias al Señor porque podemos contemplar su gloria como hoy en la fe la contemplamos en el Evangelio y en toda nuestra celebración. Somos dichosos porque cuánto el Señor en su amor nos regala. Nuestra celebración tiene que ser algo muy vivo para que podamos sentir esa gloria de Dios en nosotros; es una dicha que podamos escuchar su Palabra; es una dicha que podamos alimentarnos de El en el Sacramento. Por eso hemos de poner a tope nuestra fe y en consecuencia que surga llena de amor nuestra alabanza.

Que se nos abran los ojos del alma para gustar de la gloria del Señor que aquí se nos manifiesta.

sábado, 8 de enero de 2011

Empezó a enseñarles muchas cosas


1Jn. 4, 7-10;

Sal. 71;

Mc. 6, 34-44

Hermosa relación que podemos encontrar entre el relato de la multiplicación de los panes que nos narra el evangelio y el comentario previo que hace el evangelista. ‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor’.

El pastor cuida de sus ovejas y tiene que llevarla a donde haya pastos abundantes para que se puedan alimentar debidamente. ¿Se referirá entonces a que Jesús sentía lástima de aquellas gentes porque no tenían que comer y para eso hizo el milagro de la multiplicación de los panes para que todos comieran? Creo que todos nos damos cuenta de que el evangelio quiere decirnos algo más.

No negamos la necesidad del pan material pero era otro pan, otro alimento el que aquella gente necesitaba y por lo que Jesús sentía lástima por ellos porque estaban como ovejas sin pastor. Además el mismo evangelista nos dice que cuando Jesús se sintió así ante aquella multitud que le seguía, ‘empezó a enseñarles muchas cosas’.

Seguimos en el ambiente de la Epifanía o de la manifestación del Señor. Lo que la liturgia nos va ofreciendo en estos días y que concluiremos mañana con la fiesta del Bautismo del Señor es un ayudarnos para que descubramos en verdad quién es Jesús. En eso nos ayuda la Palabra de Dios que se nos va proponiendo y vamos escuchando.

El Jesús que contemplamos en Belén y al que le ofrecieron sus dones los pastores, o el Jesús que contemplamos adorado por los Magos de Oriente que le ofrecieron oro, incienso y mirra es el Jesús que es nuestro Salvador, el Hijo de Dios como lo vamos a escuchar proclamar desde el cielo en el Jordán mañana, pero es el Jesús que es nuestro Maestro que nos enseña y que nos conduce al conocimiento de Dios; es el Maestro que será también nuestro Camino y nuestra vida que nos enseñará a ir por sus sendas y a alimentarnos de su vida.

Jesús quiere alimentarnos, sí, pero nos va descubriendo muchas cosas más. Es el Dios amor, como nos ha enseñado hoy la carta de san Juan, pero que ha venido ‘para que vivamos por medio de El’. Es el Dios amor que quiere que nosotros vivamos en su amor y eso nos llevará a unas posturas distintas en nuestra relación con los demás.

Los discípulos andaban preocupados porque era tarde, estaban en despoblado y a aquella gente se les han acabado las provisiones que podían llevar. ‘Despídelos, le dicen, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer’. Ya era una buena actitud esa preocupación. Pero quien les estaba enseñando lo que era el amor de Dios y lo que tenía que ser nuestro amor nos estaba queriendo decir algo más. ‘Dadles vosotros de comer’.

Ni podemos desentendernos, ni podemos quedarnos en bonitas palabras o deseos. El amor nos lleva a comprometernos a algo más. ‘Dadle vosotros de comer’. No tienen ni con qué comprar panes para darle a toda aquella gente ni habrá donde comprarlo, porque estan en descampado. Pero podrán surgir otras iniciativas. ‘Aquí hay cinco panes y dos peces’, pero ya sabemos que eso no es nada para tanta gente. El Señor se encargará del resto cuando por nuestra parte hay esa iniciativa de generosidad. Ya conocemos el resto del evangelio y cómo todos comieron hasta hartarse e incluso sobre en buena cantidad.

Es mucho lo que nos está enseñando el Señor. Quizá sienta lástima de nosotros cuando seamos tan mezquinos que no asome por ningun lado en nosotros la generosidad y la disponibilidad para compartir. Escuchemos la lección y el mensaje de Jesús nosotros que tantas veces decimos que no sabemos que hacer o que no tenemos medios para remediar tanta necesidad o tanta problemática como puede haber en nuestro mundo. Si aprendemos la lección del amor que Jesús nos enseña podremos, incluso con nuestra pobreza o nuestros aparentemente insuficientes medios, hacer muchas cosas si ponemos a trabajar el amor en nuestro corazón. Encontraremos medios, formas para hacer las cosas.

Pero dejémonos nosotros hacer por ese amor de Jesús. Mucho podemos aprender de El y mucho podemos hacer con El.

viernes, 7 de enero de 2011

Su fama se extendió por todas partes y todos venía a El en búsqueda de Dios


1Jn. 3. 22-4, 6;

Sal. 2;

Mt. 4, 12-17.23-25

En días pasados – antes de la Epifanía – escuchábamos el relato de la vocación de los primeros discípulos; hecho acaecido probablemente en Judea, en la orilla o las cercanías del Jordán donde Juan había estado bautizando y preparando los caminos del Señor. Hoy, aunque es en el relato de Mateo, nos dice que ‘al enterarse Jesús que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea’. Allí va a comenzar la actividad de Jesús.

No se establece en Nazaret, su pueblo donde había vivido la mayor parte de su vida, sino que se va a Cafarnaún. Es un lugar estratégico como nudo de comunicaciones entre Palestina y Asiria enmarcado en lo que los entendidos llaman la luna fértil que es el amplio territorio que viene desde la tierra de los Caldeos y se prolonga por Palestina. Damasco, la capital de Siria queda a poca distancia.

Sin embargo tampoco no se establece en la ciudad nueva e importante de Tiberíades – mandada a edificar por Herodes en honor de Tiberio, emperador romano -, quizá mucho más pagana y romanizada que Cafarnaún, aunque como anunciaba el profeta en la cita que nos propone hoy el evangelista se le llamaba Galilea de los gentiles, por esas influencias que recibían de pueblos extranjeros.

Allí comienza la actividad pública de Jesús anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión. ‘Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Las noticias vuelan y su fama se va extendiendo. Aunque se ha establecido en Cafarnáun y su recorrido en principio es solo por Galilea le traen multitudes de enfermos y llegan gentes de toda Palestina. El Evangelista es detallista en este sentido en la descripción de los lugares: ‘Le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania’.

¿Había ansias de Dios? ¿Era muy intensa la esperanza que tenían en la pronta venida del Mesías? El corazón humano aunque algunas veces lo llenamos de tantas cosas terrenas que parece que lo ahogamos, sin embargo tiende hacia arriba, busca lo espiritual y lo sobrenatural; en una palabra busca a Dios. En Jesús se estaba manifestando algo especial y distinto. Como iremos viendo en el evangelio se admiraban de sus palabras, de su autoridad, de su doctrina, de su poder.

En el fondo todos deseamos a Dios y a nuestra manera lo buscamos. Esas aspiraciones algunas veces se nos ahogan por los apegos terrenos y materiales de los que nos rodean y bajamos el listón de lo espiritual a lo material. No ahoguemos los deseos más hondos que pueda haber en nuestro corazón.

Busquemos de verdad a Dios y dejémonos conducir por El, por su Espíritu, porque realmente es Dios quien nos sale al encuentro, quien nos está buscando también y ofreciéndonos lo mejor y lo más hermoso. Dejemos que Dios se nos meta en el corazón. Es quien puede llenarlo de verdad y de plenitud.

Aquí tenemos cada día la posibilidad de sintonizar con Dios. La Palabra que se nos proclama, la celebración en la que participamos, los momentos de oración que tenemos. Ahí podemos encontrar esa sintonía de Dios. Entremos en su onda. Afinemos de verdad esa sintonía. Como nos sucede cuando queremos captar una onda, una emisora en un receptor de radio que tenemos que con mucho pulso y delicadeza sintonizar bien para poder escuchar debidamente dicha emisión, así tenemos que hacerlo también con Dios. Porque se nos pueden meter por medio otras ondas, otras señales que enturbian nuestra sintonía. Por eso cómo hemos de concentrarnos, buscar la forma de que nada nos distraiga cuando queremos estar con Dios para poder escucharle, sentirle y sentirnos en su presencia, vivirle.

Sintonicemos de verdad con Dios y con su Palabra.

jueves, 6 de enero de 2011

Estrellas luminosas que conducen a Jesús

Is. 60, 1-6;

Sal. 71;

, 2-6;

Mt, 2, 1-12


‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Desde que celebramos la nochebuena en el nacimiento de Jesús todo ha sido hablarnos de luz. El profeta anunciaba al pueblo que caminaba en tinieblas que brillaría una luz grande y el ángel del Señor se les presentó a los pastores para anunciarles que les habia nacido un Salvador y ‘la gloria del Señor los envolvió de claridad’.


Repetidamente en la liturgia se nos ha mostrado esa Luz que viene de lo alto y que nos llena de vida porque ‘en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres, la luz verdadera que alumbra a todo hombre’.


La luz de la estrella que conduce a Belén a los Magos venidos de Oriente nos está hablando de la gran manifestación de Señor que viene con su salvación para todos los hombres. Es la fiesta de la Epifanía, la manifestación de Cristo luz y vida para todos los hombres. Es el misterio que hoy estamos celebrando. Se nos puede quedar oscurecida esa luz cuando sólo convertimos esta fiesta en una fiesta de regalos olvidándonos del verdadero regalo de Dios para los hombres que es Cristo Jesús que es lo que con profundo agradecimiento a Dios tenemos que contemplar y celebrar.


‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres’. La estrella que los Magos contemplaron es la señal. Tenemos que aprender a mirar a lo alto para contemplar esa estrella luminosa que Dios pone como señal para nuestra vida, y como señal para todos los hombres de lo que es su amor y de lo que es la salvación que nos ofrece. Una estrella que brilla en la noche de nuestra vida, noche necesitada de esa luz de salvación.


Claro que para ver las estrellas en la noche hemos de levantarnos, salir de nosotros mismos y ponernos en camino. Lo hicieron aquellos personajes de los que nos habla el evangelio. Si sólo hubieran estado mirando sus cosas y se hubieran apegado a lo que tenían, no hubieran mirado a los alto ni se hubieran puesto en camino. Seguir la señal de la estrella obliga a ponerse en camino. La estrella no está estática en el firmamento sino que va siguiendo su camino. Es una buena imagen que nos da sentido. Levantarnos y mirar a lo alto y seguir su rastro, pero quizá estamos tan entretenidos en nuestras cosas, o tan adormilados que nos da pereza levantarnos para mirar a lo alto y luego seguir su rastro. Tenemos que despertar, avivarnos.


Es hermosa la lección que nos dan estos personajes del evangelio. No se cansaron ni se rindieron ante las dificultades; cuando les parecía que se les perdía la estrella y estaban a punto de errar el camino, buscaban, preguntaban. Fue así cómo encontraron el camino de Belén. La Escritura Santa les sirvió de guía para saber certeramente a dónde dirigirse. Fue una actitud sabia y una actitud humilde la que mostraron aquellos hombres para buscar y dejarse guiar, para encontrar de nuevo la estrella y poder llegar finalmente guiados por estrella, que apareció de nuevo, hasta Jesús y allí adorarle y presentarle sus ofrendas que significaban mucho de su reconocimiento, su sacrificio y su amor. ‘Se llenaron de inmensa alegría’, dice el evangelista.


Necesitamos nosotros encontrar la estrella también que nos conduzca hasta Jesús. Dios también nos va poniendo a nuestro lado señales, estrellas que nos señalan camino para que vayamos a Jesús. De muchas maneras pueden aparecernos esas estrellas, pero, como decíamos, tenemos que levantarnos y saber mirar para descubrirlas. Muchas luces engañosas pueden aparecer rodeándonos pero hemos de saber encontrar la verdadera estrella, la verdadera luz. Descubramos la verdadera luz que ilumina nuestra vida.


A lo largo de nuestra vida de muchas maneras ha aparecido esa estrella a nuestro lado para hablarnos de Jesús y señalarnos el camino para ir hasta El. Podemos empezar por la familia donde primero nos hablaron de Dios nuestros padres que nos enseñaron a amarle y a rezarle. Esa estrella ha aparecido a nuestro lado tantas veces para enseñarnos los caminos de Dios cuando hemos escuchado en la Iglesia la Palabra de Dios y nuestros sacerdotes nos han enseñado, nos han ayudado a vivir esa presencia y esa gracia de Dios en los sacramentos recibidos.


En más de una ocasión hemos escuchado una palabra buena que nos aconseja, o hemos visto a nuestro lado el testimonio de servicialidad y amor generoso en muchas personas; han sido estrellas que el Señor ha puesto a nuestro lado. Personas que nos han acompañado de diversas maneras en el camino de nuestra vida o nos han ayudado en nuestras limitaciones y debilidades, sembrando esperanza en nuestro corazón, dándonos alegría y consuelo en nuestras tristezas, diciéndonos palabras de ánimo en los momentos bajos, o haciéndonos sentir una fortaleza interior que sabemos que nos viene de Dios; estrellas del Señor a nuestro lado para que no olvidemos el camino.


Personas que en el dolor y el sufrimiento con su silencio y su paciencia han sido para nosotros estímulo para el desánimo o que quizá se han sacrificado ofreciendo su sufrimiento al Señor por nosotros han sido también estrellas de Dios a nuestro lado. Un libro bueno que hemos leído, el ejemplo de los santos o de tantas personas buenas que conocemos, o los mismos acontecimientos que suceden alrededor y con ojos de fe hemos sabido también hacer una lectura creyente, han sido también estrellas de luz para nosotros.


Creo que por una parte hemos de saber dar gracias a Dios por tantas estrellas luminosas que ha puesto en nuestro camino y que nos han ayudado y nos siguen ayudando para que no nos apartemos de El. Hemos mencionado algunas posibles, pero seguro que en nuestra historia personal cada uno recuerda esa estrella especial que le ha ayudado e iluinado en un momento concreto. Saberlas reconocer con inmensa alegtría, con corazón agradecido, pero también seguir su rastro, porque haciendo igual nosotros podemos ser también estrellas de luz para los demás y conducirlos también hasta Jesús.


Vamos nosotros hoy a llegar también hasta Belén para postrarnos ante Jesús como lo hicieron aquellos Magos de Oriente y ofrecerles nuestros dones, los dones de nuestro amor, de nuestra gratitud por tanto amor que Dios nos ha tenido para ponernos esas estrellas a nuestro lado, pero también de nuestro compromiso de ser estrellas que con nuestro amor, nuestro espiritu de servicio, nuestra alegría y tantas cosas buenas que podemos hacer resplandecer en nuestra vida ayudemos a todos para que lleguen también hasta Jesús.


Podíamos decir que esta es la primera fiesta misionera de todas las fiestas de Jesús porque la estrella brilló en el cielo para decirnos cómo Dios quiere la salvación de todos los hombres y a todos ha de llegar la luz del evangelio. Los personajes del evangelio venidos de lejos hasta Jesús guiados por la estrella pueden ser signo de todo ese mundo que no conoce a Jesús y su evangelio al que tenemos que llevar la Buena Noticia de la salvación. Y nosotros siendo estrellas de luz para los demás, como hemos dicho, reavivamos nuestra conciencia misionera en ese deseo de que todos puedan conocer a Cristo y llenarse de su salvación.


El mundo necesita de estrellas luminosas. Y nosotros tenemos que ser esas estrellas que con nuestra vida anunciemos que en Jesús tenemos la salvación. Que ese sea el compromiso de lo que aquí ahora vivimos y celebramos.

miércoles, 5 de enero de 2011

Rabí, Mesías-Salvador esperado, Hijo de Dios… confesamos nuestra fe en Jesús

Rabí, Mesías-Salvador esperado, Hijo de Dios… confesamos nuestra fe en Jesús

1Jn. 3, 11-21; Sal. 99; Jn. 1, 43-51

Estos versículos, escuchados ayer y hoy, del capítulo primero del evangelio de san Juan no sólo nos narran la vocación de los primeros discípulos de Jesús, sino también progresivamente nos van describiendo como en un proceso una progresiva confesión de fe en Jesús.

Unos discípulos que buscan a Jesús, como Juan y Andrés, otros llamados directamente por Jesús como es el caso de Felipe, y otros llevados hasta Jesús como Simón y Natanael. Buscándolo, llamados o llevados en el fondo todo es vocación porque es llamada del Señor. En todos el Espíritu había sembrado una inquietud en el corazón y la gracia del Señor les había dado disponibilidad y generosidad para la respuesta. Inquietud para buscar, para dejarse interrogar en su interior por los mismos hechos o acontecimientos que les iban sucediendo, lo que no significaría ausencia de dudas. ‘¿Dónde vives? ¿Es que puede salir algo bueno de Nazaret? ¿De qué me conoces?’ Pero tras el encuentro con Jesús las dudas se irán disipando y el corazón se irá llenando más y más de generosidad para un día dejarlo todo para seguir a Jesús.

Decíamos también que vemos una progresiva confesión de fe en Jesús. ‘Cordero de Dios’, lo llamará el Bautista cuando se los señala a sus propios discípulos desde el sentido del Cordero Pascual que en cada Pascua había de ser inmolado y que era tipo e imagen de Cristo verdadero Cordero que se inmolará por nosotros para ser en verdad nuestro Redentor y Salvador.

Pero en los propios discípulos que buscan, se acercan y terminan confensando su fe en Jesús descubriremos ese proceso. Lo llamarán ‘Rabí’, Maestro tanto Andrés y Juan cuando quieren conocer donde vive, o cuando Natanael impresionado por lo que está significando su encuentro con Jesús se deje cautivar por El.

Andrés le indicará a su hermano Simón que se ha encontrado con el Mesías prometido, y Felipe le anunciará a Natanael que han ‘encontrado a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas. Ven y lo verás’, le dice. Hasta ahora para todos es Jesús, el de Nazaret, pero tras dejarse cautivar por Jesús será Natanael el que haga la más hermosa confesión de fe: ‘Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel’.

Pero finalmente serán las palabras de Jesús las que nos van a descubrir su verdadero misterio. ‘Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. Esta expresión será muy usada por Jesús, pero al emplearla recordando quizá a los profetas, está manifestándonos como en El está la gloria del Señor. Se estará manifestando así la gloria de Dios porque allí está el que verdaderamente es el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador.

He querido detenerme en esta reflexión tanto de esta profesión de fe en Jesús como la búsqueda y vocación de los primeros discípulos, al hijo del evangelio escuchado, porque bien nos viene a nosotros, bien nos ayuda en medio de estas celebraciones que estamos viviendo en estos días a que hagamos también una verdadera confesión de fe en Jesús. No tendría para nosotros la fiesta que hacemos si no reconocemos en verdad quien es Jesús. Como ya hemos reflexionado en otro momento nuestra fe en Jesús tiene que despertarse y crecer en estas celebraciones que vivimos.

Surgirán dudas o interrogantes en nuestro interior, pero hemos de dejarnos cautivar por Jesús como lo hicieron aquellos primeros discípulos. Con nuestra profesión de fe brotará en nuestro corazón la generosidad y la disponibilidad para confesarle y para seguirle, para llegar a vivir en El.

Hemos ido contemplando el resplandor de su gloria en todos estos días y mañana llegaremos a esa hermosa manifestación de Jesús en la Epifanía del Señor. Algo más que unos Magos venidos de Oriente o una estrella que brilla en el cielo, porque todo será señal que nos conduzca hasta Jesús, hasta su vida y su salvación. Nos tenemos que dejar iluminar por su luz, por el resplandor de la gloria del Señor que en Jesús se nos manifiesta. Y llenos de su luz nosotros también cantemos esa gloria del Señor, nosotros con toda nuestra vida demos para siempre gloria al Señor.

martes, 4 de enero de 2011

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús

1Jn. 3, 7-10;
Sal. 97;
Jn. 1, 35-42

‘Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús’. El que había venido a preparar los caminos ahora estaba señalando el camino concreto que conducía hasta Jesús. ‘Este es el Cordero de Dios’, les había dicho. Había contemplado al Espíritu que bajaba sobre El en forma de paloma y se posó sobre El. Ahora podía señalarlo. El que lo había enviado a bautiza le había dicho ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’ y ahora podía dar testimonio.
‘Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús’. Recogieron el testimonio. Recogieron el testigo. Se pusieron en camino. Todavía tendrían que hacer preguntas. ‘¿Dónde vives?’ Pero sabían que tenían que seguir a Jesús. Lo siguieron, estuvieron con El, y ya podrían ellos al día siguiente comenzar también a hacer el anuncio. ‘Hemos encontrado el Mesías’.
Se nos está señalando a Jesús, ¿seremos capaces de ponernos en camino también para seguirle? Algunas veces nos cuesta levantarnos. Nos cuesta ponernos en camino. ¿Tendremos miedo a lo que nos vayamos a encontrar? ¿Tendremos miedo de salir de nuestra instalación? Quizá nos encontramos tan cómodos en lo que hacemos o somos que eso de ponerse en camino y cambiar, nos cuesta más. Nos cuesta arrancarnos porque quizá nos asusta con lo que nos vamos a encontrar.
Esa decisión valiente y decidida de aquellos dos discípulos de Juan que iban a ser los dos primeros discípulos de Jesús es un buen ejemplo para nuestras determinaciones. No vale decir es que yo ya soy bueno, soy una persona muy religiosa, es que yo ya hago muchas cosas buenas. Andrés y Juan Zebedeo ya eran discípulos del Bautista y podían contentarse con quedarse allá junto al Jordán esperando. Pero tuvieron la valentía de ponerse en camino. Pero con Jesús siempre tenemos que estar en camino, con deseos de más, con interrogantes y preguntas que nos hagan aspirar a más.
Cuando no tenemos esa inquietud en el corazón y no nos dejamos conducir por esas inspiraciones que sentimos en nuestro interior, podemos caer en la rutina que nos lleva a un enfriamiento, a una desgana y hasta a una muerte espiritual. Nos pasa a muchos cristianos que nos contentamos con ser gente del montón. Pero un cristiano de verdad tiene que tener sueños de cosas grandes, tiene que estar aspirando a más y más alto, tiene que ponerse en una actitud de búsqueda que le haga sentir allá en lo hondo del corazón esas llamadas que nos va haciendo el Señor. Cuánto nos cuesta.
Pero es que además enseguida tenemos que convertirnos en mensajeros. Como el Bautista tenemos que señalar, ahí está el Señor; como Andrés tenemos que decir ‘he encontrado al Mesías, he encontrado la luz y la salvación’. O como los ángeles que les anunciaron a los pastores que en Belén les había nacido un Salvador. O como la estrella que vamos a ver estos días guiando a los Magos de Oriente venidos de lejos y señalar donde está el verdadero camino de Belén. O como aquellos que fueron capaces de leer e interpretar las Escrituras para señalar que en Belén había de nacer el Mesías. Ya lo reflexionaremos, pero no podemos ser como aquellos sacerdotes y doctores de Jerusalén que sabían donde había que buscar el Mesías, pero se quedaron tranquilos en el templo entretenidos en sus cosas de siempre. Tenemos que ponernos en camino.
Juan y Andrés no sólo escucharon el anuncio y la indicación del Bautista, sino que cuando Jesús les dijo que fueran con El para que vieran donde vivía, ‘fueron, vieron donde vivía y se quedaron con El’. Tenemos que finalmente quedarnos con Jesús porque en El vamos a encontrar no solo lo que nosotros buscamos sino mucho más, todo lo que Jesús quiere ofrecernos con su camino de salvación y con su evangelio. No temamos quedarnos con Jesús. El nos llevará a la plenitud.

lunes, 3 de enero de 2011

Le pondrás por nombre Jesús

Le pondrás por nombre Jesús

La liturgia nos ofrece la posibilidad en este día cercano a las celebraciones de la Navidad de celebrar el santo Nombre de Jesús. Se ha ido repitiendo una y otra vez este nombre desde que el ángel, por decirlo de alguna manera, lo trajera del cielo. ‘Le pondrás por nombre Jesús’, le dijo a José al disiparle sus dudas, ‘porque el salvará a su pueblo de sus pecados’.

En la octava de la Navidad escuchábamos en el evangelio que ‘a los ocho días tocaba circuncidar al niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. El nombre tiene su significado, quiere expresar algo. Nosotros en nuestra cultura quizá a la hora de poner un nombre a un niño, simplemente señalamos aquel nombre que nos gusta, nos agrada, o queremos quizá que sea distinto para diferenciar de alguna manera a quien lo lleva. Entre los semitas y los orientales era algo más, se quería expresar algo que pudiera hacer referencia a quien lo llevara o podría ser hasta como una confesión de fe.

Jesús, el Señor salva, que viene a ser su significado. El nombre Jesús proviene de Yeshúa (Heb.ישׁוע, Yeshúa) «Yahvéh es Salvación». Un nombre semejante en su significado es Josué. Un nombre en cierto modo común en aquellos tiempos pero que en Jesús alcanzará su pleno y total significado. Cualquiera podía llevar ese nombre que podríamos decir era como una confesión de fe en que Dios es el que nos salva. Pero decir Jesús al hijo de María era decir que es El quien nos salva, el verdadero Salvador. Por eso invocar el nombre de Jesús para nosotros será un reconocer y un invocar esa salvación que nos viene por Jesús.

No se nos ha dado otro nombre en quien podamos alcanzar la salvación. Recordemos los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan suben al templo y junto a la puerta Hermosa se encuentran a aquel paralítico de nacimiento pidiendo limosna. ‘No tengo oro y plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Ya sabemos el revuelo que se armó y cómo una y otra vez los apóstoles proclamarán que ha sido por nombre de Jesús por el que aquel hombre ha obtenido su curación. ‘Sabed todos que éste aparece ante vosotros sano en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificásteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos’. Pedro en el lago un día también había echado las redes en el nombre de Jesús y la pesca había sido abundante.

Dulce nombre de Jesús que hemos, pues, de saber invocar con fe, porque es como querer invocar la presencia del Señor que nos ama y que nos salva, que nos llena de gracia y que nos previene de los peligros. El nombre de victoria en nuestra lucha contra el mal y las tentaciones. Cómo tendríamos que saber invocarlo con fe en todo peligro y en toda tentación. Con este santo nombre en nuestros labios seguros que caminaríamos sin peligros, sin los peligros más mortales que nos puedan acechar porque tendríamos segura para nosotros la victoria de Jesús.

Como decía san Bernardino de Siena en sus sermones sobre el nombre de Jesús del que era muy devoto y propagador ‘éste es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, repetido en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado con tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia’.

‘Oh nombre glorioso, nos dice en otro momento, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades… con el calor de tu nombre se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste. Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre’.

Que no se despegue de nuestros labios el santo y dulce nombre de Jesús. Que en la hora de nuestra muerte ese dulce nombre nos abra las puertas de la vida eterna, las puertas del cielo.

domingo, 2 de enero de 2011

A cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios


A cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal. 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

Seguimos celebrando la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios. Lo hemos contemplado niño en Belén, nacido de María, mujer privilegiada, a la que podemos decir con verdad Madre de Dios. Ayer en la octava de la Navidad lo celebramos y celebramos a María, Madre de Dios.

No nos cansamos de penetrar en estos misterios, contemplarlos, rumiarlos una y otra vez en el corazón, pero al mismo tiempo nos sentimos sobrecogidos ante el Misterio de Dios que así se nos revela. Nos postramos en adoración ante el Misterio de Dios y damos gracias porque así ha querido llegar hasta nosotros. Uno se queda como extasiado contemplando, admirando, dejándonos inundar por el amor de Dios. Absortos ante el Misterio de Dios parece como si toda la vida se detuviera.

El niño que contemplamos en Belén nacido de María, es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, la Palabra viva de Dios. San Juan en el inicio de su evangelio nos ayuda a penetrar en tal Misterio. ‘Dios desde siempre, estaba junto a Dios, era Dios’. Es Vida y es Luz. Vida que nos vivifica, ‘sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho’ y ahora seguiremos reflexionando en cuánto más es vida para nosotros. Luz verdadera que es vida y que nos ilumina. Luz que viene hasta nosotros ‘que alumbra a todo hombre’, que nos hace ver y descubrir tantas cosas de Dios y de nosotros mismos.

Decimos que nos sentimos desbordados porque el hombre por sí mismo no alcanzaría a comprender tal misterio de Dios y a vislumbrar lo que es tanto amor que nos quiere conducir a la plenitud. Porque si Dios así se revela no es para deslumbrarnos, sino para iluminándonos llevarnos a vivir su vida, a vivir en plenitud. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer’. Es en Jesús donde podemos alcanzar esa plenitud y esa gracia. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’. Es Jesús, la Palabra eterna de Dios quien nos lo revela, quien nos lleva a poder vivir así en Dios, en su luz, en su vida.

Pero al tiempo que nos sentimos sobrecogidos por este misterio de amor, de luz, de vida, aparece el drama, el triste drama del hombre que en sus tinieblas rechaza la luz. ‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… al mundo vino y en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron…’ ¿Preferimos otras luces? ¿preferimos otra vida? Es nuestras ignorancia y nuestro pecado. Queremos seguir con nuestras luces opacas y con nuestro vivir. Nos negamos a conocer esa luz.

Quizás nos hemos cegado con tantas falsas luces que no llegamos a descubrir lo que es la verdadera luz. Nos confundimos. Nos cuesta quizá llegar a comprender en toda su hondura cómo Dios puede llegar hasta nosotros, cómo podemos contemplarlo en ese Niño nacido en Belén. También nosotros cerramos las posadas de nuestra vida a su llegada a nosotros, como le sucediera en aquella primera noche de Belén en que no había posada. Es quizá una imagen de lo que hacemos, de nuestros rechazos o negaciones.

Con la imagen de la grandeza de Dios que nos hacemos nos pudiera parecer imposible y no entender su anonadamiento para hacerse el último, el más pobre y el más pequeño; por la inmensidad de ese Dios infinito y todopoderoso nos costará verlo naciendo naciendo como un niño pobre en un establo; siendo como es el Dios de la vida no cuesta entender el verle sometido a la muerte y además a una muerte ignominiosa de Cruz. Quizá muchas más cosas nos cuesta comprender.

Lo que se nos narra con en un resumen esta primera hermosa página del evangelio de Juan nos expresa lo que vamos a ver luego continuamente en todo el relato del evangelio. Cuántos le rechazaron, cuántos no quisieron aceptar su Palabra y para todo ponían pegas y dificultades, cuántos no lo siguieron, es más, se opusieron queriendo apagar esa luz, enterrar esa vida. Le llevaron a la cruz y a la muerte, pero bien sabemos que resucitó glorioso y lleno de luz. Pero reflexionemos también que puede reflejar el rechazo de Jesús que los hombres de todos los tiempos seguimos haciendo de Jesús. nuestro rechazo con nuestro pecado.

Jesús sigue siendo nuestra luz y nuestra vida. Luz que nos ilumina, que nos da el sentido de Dios y el sentido del hombre. Es quien nos va a revelar a Dios en toda su plenitud; nos hablará de su amor y de su providencia que nos cuida, de cómo nos busca y nos llama y para eso nos ha entregado a su Hijo, nos ha entregado a Jesús, para que podamos tener vida y vida para siempre; será Jesús quien nos enseñará a llamar Padre a Dios y nos dirá cómo tenemos que amarle y en qué hemos de manifestar nuestro amor. Cuántas cosas de Dios nos va a enseñar Jesús.

Pero es que desde Jesús es cuando vamos a tener una nueva visión del hombre y de toda la dignidad a la que nos llama. Todo hombre es amado de Dios y todo hombre está llamado a una vida nueva en ese amor de Dios. Con Jesús y su gracia alcanzamos la mayor dignidad que un hombre soñaría alcanzar. Es que ‘a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre… no nacidos de sangre humana o de amor carnal, sino de Dios’. Poder para ser hijos de Dios. ¿Queremos una grandeza mayor?

Para eso ha venido Jesús. Lo estamos contemplando en estos días en el Misterio de su Encarnación y Nacimiento. Como nos dice hoy san Juan: ‘Y la Palabra – la Palabra que es Vida y que es la Luz de los hombres – se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Es el Misterio de la Encarnación.

Y contemplamos su gloria. En su nacimiento en Belén contemplamos su gloria. ‘Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad… y una legión del ejército celestial alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama’. Contemplamos su gloria y nos llenamos de su plenitud porque nos da su paz, nos da su vida, porque somos amados de Dios. Si así se manifiesta su gloria sobre nosotros es porque nos ama. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia… porque la gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo’, viene a concluir san Juan. Podríamos seguir fijándonos en las páginas del evangelio cómo a través de toda su vida se va manifestando la gloria de Dios en Jesús.

Queremos recibir a Jesús. Queremos dejarnos iluminar por su luz. Queremos dejarnos inundar por su vida. Queremos seguirle porque queremos alcanzar esa plenitud que nos ofrece, esa gracia, esa verdad. Nos cuesta porque a veces estamos confundidos. Todo esto que hemos venido celebrando en estos días tiene que fortalecernos en nuestra fe para reconocer a Jesús, para reconocer todo el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Que no se nos cieguen nuestros ojos. Que se despierte vivamente nuestra fe. Que no nos confundamos ni nos dejemos confundir por luces o voces engañosas. Tiene que ser nuestro deseo y nuestro propósito. Nos sentimos sobrecogidos por el misterio de Dios que se nos manifiesta y estamos celebrando. Respondamos con fe y con amor. Adoramos el Misterio de Dios, damos gracias y cantamos también la gloria del Señor. Y lo queremos hacer con toda nuestra vida.