Vistas de página en total

viernes, 26 de agosto de 2011

Que no se nos apaguen las lámparas con que hemos de salir a recibir al Señor


1Tes. 4, 1-8;

Sal. 96;

Mt. 25, 1-13

El Reino de Dios es esperanza y es luz. Cuánta esperanza suscitó la llegada del Reino; cuánta esperanza suscitaba Jesús en medio de las gentes con su predicación, con sus milagros, con su presencia, con su amor. Por algo el principio del evangelio de san Juan nos habla tanto de luz, la luz que viene a iluminar a todo hombre, la luz que disipa tinieblas, la luz que nos llena de esperanza de vida nueva, de luz nueva.

Hoy hemos escuchado a Jesús decirnos eso en la parábola al mismo tiempo que enseñarnos cómo hemos de vivir esa esperanza, que nunca será una esperanza pasiva. ‘El Reino de los cielos se parecerá a Dios doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo’. Bella y rica la parábola. ‘¡Que llega el Esposo, salir a recibirlo!’ es el grito que se va a escuchar. Y allí tenía que estar la luz que lo iluminara todo.

Es la esperanza del Señor que llega y lo ha de envolver todo con su luz. ‘¡Que llega el esposo…!’ Viene el Señor y nosotros aquí estamos en laboriosa espera. Fue la esperanza del pueblo de Israel en la venida del Mesías prometido. Cómo preparaban al pueblo y alentaban su esperanza los profetas invitándoles a cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne. Cómo alentaba al pueblo y lo preparaba Juan Bautista invitándoles a la conversión y a las obras buenas porque la llegada del Señor era inminente.

‘Ven, Señor Jesús’, gritamos también nosotros una y otra vez, porque queremos sentir se presencia, su gracia, su amor. Y cuando somos conscientes de esa presencia del Señor que viene a nuestra vida, nuestro corazón se enardece y buscamos la manera de tenerlo ardiente de amor porque sabemos que en el amor y amor es la mejor manera de encontrarnos con El.

‘¡Ven, Señor Jesús!’, sigue gritando la Iglesia con el grito del Apocalipsis mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo y queremos vernos libres de toda perturbación, purificados de todo pecado, inundados de amor para realizar también las obras del amor. En ese encuentro definitivo y final que nos conducirá a la plenitud de Dios con esas lámparas encendidas en nuestras manos queremos estar. Se nos dio como signo en nuestro bautismo para que con ellas en nuestras manos y con nuestras vestiduras blancas de la gracia saliéramos al encuentro del Señor.

Son las lámparas que hemos de tener encendidas. Es la señal de nuestra esperanza y nuestra preparación,. Es signo de que no nos dormimos sino que siempre estamos buscando el aceite de la gracia que nos fortalece, que nos previene de los peligros, que nos mueve a las cosas buenas que serán siempre expresión de que estamos esperando y nuestra esperanza es viva y por eso no queremos dejar que se nos apaguen nuestras lámparas. Nuestra esperanza nunca será una esperanza pasiva, porque esperamos pero procuramos mantenernos despiertos, atentos, vigilantes, procurando que la lámpara esté encendida y no le falte el aceite, preparando nuestro corazón y nuestra vida a esa llegada del Señor.

Que no se nos apaguen nunca esas lámparas. Que no se nos apague el amor. Que tengamos siempre muy abiertos los ojos de la fe. Que mantengamos siempre la esperanza. Que busquemos tener siempre con nosotros el aceite de la gracia. Que no se nos ahogue nuestro espíritu de oración. Que no abandonemos la práctica de los sacramentos. Que anhelemos siempre vivir en la gracia y la amistad del Señor. Que sepamos ponernos muchas veces de rodillas ante el Sagrario. Que abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor. Que estemos atentos en todo momento a la llegada del Señor a nuestra vida. Que sepamos reconocerle también en el hermano que está a nuestro lado. Que no nos falte el amor en nuestro corazón.

jueves, 25 de agosto de 2011

Llega el Señor, llega su gracia


1Tes. 3, 7-13;

Sal. 89;

Mt. 24, 42-51

Al que se ha puesto de vigía en un puesto de vigilancia, como el centinela que tiene que hacer su guardia no se puede dormir ni desentender de la misión que se le ha confiado. En cualquier momento puede suceder algo, aparecer el enemigo, o llegar el personaje que estuviéramos esperando y la misión del vigía o centinela es dar aviso de lo que está por suceder, para prevenir el peligro a tiempo del enemigo que nos asalta, para alertar de la presencia del que llega, para tener todas las cosas a punto ante lo que pueda suceder.

Nos dice hoy Jesús, ‘estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. El discípulo, el cristiano ha de estar vigilante, ha de estar atento para la llegada de su Señor. Pero también la vigilancia del cristiano es para estar prevenidos y fortalecidos ante los peligros que nos acechan del enemigo malo que nos aparece con la tentación. No nos podemos dormir, no podemos desentendernos de esa vigilacia, nuestra espera no puede ser algo meramente pasivo.

Es necesario tener muy presente en nuestra vida esa actitud de vigilancia. Como hemos expresado, el Señor llega a nuestra vida y hemos de saber acogerle en nuestro corazón. De cuántas maneras se nos manifiesta el Señor. Nos quiere hablar de esa venida al final del tiempo cuando el Señor el Señor nos llame a juicio en esa hora final de nuestra vida. Pero nos quiere hablar de esa presencia de gracia que en cada momento de nuestra vida podemos y hemos de saber sentir.

Los mismos acontecimientos que suceden a nuestro alrededor o nos suceden en la vida, sean gozosos o sean dolorosos, hemos de saber leerlos como llamadas del Señor, como llegadas de gracia de Dios a nosotros. Dios es un Padre providente que se hace presente en nuestra vida y nos hace llegar su gracia. Pero hemos de estar atentos. Como María hemos de saber guardar en nuestro corazón, rumiar en nuestro interior, reflexionar en lo más hondo de nosotros mismos para saber escuchar esa voz de Dios que nos habla.

Sean momentos gozosos, momentos grandes de cosas especiales, o sean momentos dolorosos en nuestros problemas o en nuestros sufrimientos. Ahí está siempre el Señor con su gracia. Siempre podremos descubrir la acción de Dios en nuestra vida, lo que el Señor nos dice, lo que el Señor nos pide y esa gracia que no nos faltará nunca en ese momento dificil porque el Señor no nos abandona. No tiene por qué el sufrimiento o los problemas apartarnos de Dios; son momentos de gracia en los que el Señor nos llama y desde esa situación dificil descubrir la riqueza de gracia que el Señor nos da.

Incluso pienso en algo más, que algunas veces tenemos el peligro que no saber aprovechar bien hasta las cosas buenas que hacemos o en las que particiopamos, como son, por ejemplo, nuestras propias celebraciones litúrgicas. Tenemos que saberle dar profundidad a cada momento, a cada signo de nuestra celebración. No nos vale simplemente estar. Es necesario estar, pero estar con hondura, conscientes de verdad de lo que vamos haciendo, de lo que vamos diciendo en nuestra oración, de lo que vamos escuchando o vamos sintiendo. Qué importante es que sepamos concentrarnos bien para no distraernos, para no perder ningun instante de gracia para nuestra vida. Es el Señor que viene a nosotros y hemos de abrirle la puerta de nuestro corazon.

Y es la vigilancia para no caer en la tentación, la vigilancia frente al peligro. ‘Comprended que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón no le dejaría abrir un boquete en su casa…’ Es la tentación que nos acecha, es el peligro de caer en el pecado. Muchas veces Jesús en el evangelio nos previene para que no nos durmamos. ‘Velad y orad para no caer en la tentación’, nos dice el Señor.

Nos dice hoy Jesús, ‘estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Llega el Señor, llega su gracia.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Afianzar nuestra fe para vivirla sinceramente como san Bartolomé


Apoc, 21, 9-14;

Sal. 144;

Jn. 1, 45-51

En la oración litúrgica de esta fiesta hemos pedido que se afiance en nosotros aquella fe con la que San Bartolomé, tu apóstol, se entregó sinceramente a Cristo’.

La celebración de las fiestas de los santos eso pretenden, ayudarnos a fortalecernos en la fe. Contemplamos su vida, su santidad, su entrega, su amor y nos sentimos estimulados a vivir una vida así. Pero si contemplamos en los santos ese amor y esa entrega, esa vida de santidad es por una cosa, por su fe en Cristo al que ellos querían seguir con toda fidelidad y por la que estaban dispuestos a dar su vida. Así contemplamos una vida santa, pero podemos contemplar una generosidad tan grande como para ser capaces de sacrificar su vida en el martirio.

La vida de los santos, en nuestro caso hoy de los apóstoles porque san Bartolomé formó parte del grupo de los doce escogidos y llamados por Jesús de una manena especial para hacerlos apóstoles, y la vida de los mártires son para nosotros unos testigos. Testigos por nos dan testimonio, nos enseñan un camino; testigos porque su ejemplo por así decirlo nos pone el listón muy alto a la hora de enseñarnos el camino de perfección al que hemos de tender.

Como decimos en el prefacio ‘has cimentado a tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de tu santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Un testigo, un signo y una señal que nos señala caminos, siempre el camino que nos lleva hasta Jesús.

San Bartolomé a quien hoy celebramos nos enseña a confesar nuestra fe. El Natanael del evangelio que la mayor parte de los comentaristas nos lo señalan como el mismo que Bartolomé, fue conducido hasta Jesús por otro de los primeros discípulos en seguir a Jesús. Felipe había sido invitado por Jesús a seguirle, pero vemos cómo inmediatamente se encuentra con nuestro Natanael y ya le está diciendo que se han encontrado aquel de quien hablan Moisés en la Ley y los profetas.

Pero Natanael no lo acepta todo así tan rápido por las buenas, porque tendrá que dejarse convencer por Felipe, porque de Nazaret no puede salir algo bueno. Es lo que se pregunta para manifestar su duda, pero podría ser también expresión la rivalidad entre las gentes de pueblos vecinos. Algunos nos lo sitúan como originario de Caná que era un pueblo que estaba bastante cercano de Nazaret. Y ya sabemos cómo se habla de los vecinos en esa rivalidad de pueblos cercanos.

Pero al encontrarse con Jesús y tener un breve diálogo con El, que le descubrirá algo que ha mantenido en el secreto de su corazón y nadie sabe – ‘cuando estabas debajo de la higuera yo te vi’ – pronto confesará firmemente su fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Reconoce muchas cosas de Jesús en tan breves palabras y en tan breve tiempo que conoce a Jesús.

Ya antes Jesús había hecho una alabanza de nuestro Bartolomé. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Nos habla, pues, de la rectitud de su vida, de la sinceridad con que vivía su fe y en consecuencia todos los actos de su vida. Con esa misma sinceridad realizará su seguimiento de Jesús. Será misma sinceridad con la que vivirá su fe que le llevará al martirio.

Es lo que pedíamos en la oración litúrgica. Que haya esa sinceridad en nuestra vida, esa rectitud y esa fidelidad en el seguimiento de Jesús; aunque nos cueste, aunque tengamos que llegar al sacrificio y hasta el martirio. Es que nosotros también tenemos que ser testigos, pero unos testigos convincentes porque vivamos de una manera congruente.

Y el mundo necesita testigos, testigos de Jesús resucitado. Cuando estos días hemos estado contemplando a tantos jóvenes venidos de todo el mundo para la Jornada Mundial de la Juventud una cosa que nos admira es el testimonio valiente que dan estos jóvenes de su fe en medio de nuestro mundo. No es fácil en los ambientes en que se mueven nuestros jóvenes, en las influencias de todo tipo que reciben de la sociedad, de la misma universidad, y de los malos testimonios que reciben de los mayores. Una cosa que se decía era que estos jóvenes más que palabras necesitan testimonios, testigos a su lado de una fe que les estimule más y más a ellos.

Que la confesión de nuestra fe que hacemos en la fiesta de este apóstol nos despierte a todos y nos haga esos testigos que necesita nuestro mundo.

martes, 23 de agosto de 2011

Veracidad, sinceridad, auténticidad signos de madurez humana y cristiana


1Tes. 2, 1-8;

Sal. 138;

Mt. 23, 23-26

La veracidad y la sinceridad nos dan señales de la autenticidad y madurez de una persona. Quien no es capaz de ser sincero y auténtico en su vida, dejando a un lado dobleces, fingimientos y apariencias, nos está manifestando la pobreza de su vida cuando necesita cubrirse con las apariencias para no dejar ver lo que auténticamente lleva por dentro. Nos manifiestan muchas carencias y nos están señalando la pobreza espiritual de una vida.

Es lo que Jesús denuncia en los fariseos cuando los llama hipócritas porque detrás de las apariencias de cumplimientos extrictos en cosas realmente nimias, luego dejan a un lado lo verdaderamente importante y lo que es más acepto a Dios. Cuando empleamos la palabra hipócrita lo primero que estamos queriendo decir que es una persona de doble cara; una la fachada, lo que quiere manifestar externamente, y otra lo que realmente es por dentro. Esa palabra hace referencia a las máscaras que usaban los actores en el teatro griego poniéndoselas delante de sus rostros para hacer la representación o el mimo. Seguimos usando la careta, y no ya en el teatro espectáculo, sino en el teatro que queremos hacer de nuestra vida cuando no somos auténticos sino que nos ocultamos tras una careta de apariencia que es realmente de falsedad.

En la vida no podemos ir de esa manera, aunque quizá sea un pecado más frecuente quizá de lo que pensamos. En nuestro infantilismo queremos aparentar lo que no somos, porque a la larga nos cuesta reconocer delante de nosotros mismos lo que realmente somos, o las carencias que hay en nuestra vida. Ponemos la fachada, lo externo de bonita apariencia para ocultar la podredumbre que llevamos por dentro.

¿Será porque queremos ser más o mejores que los demás? Que queramos ser mejores no es malo, lo realmente malo y peligroso es que siempre nos estemos comparando con los demás y para tratar de superarlos llenemos nuestra vida de falsedades y mentiras. Porque incluso aquellos que se dan de muy sinceros y pregonan a los cuatro vientos su sinceridad, porque ellos dicen siempre lo que piensan o lo que creen que es su verdad, realmente están parapetándote detrás de esa apariencia de sinceridad para ocultar la mentira de su vida.

Como nos dice Jesús hoy en su denuncia que hace de los fariseos, limpiemos la copa por dentro que es lo más importante, porque si hay pureza y rectitud en nuestro corazón eso se manfestará espontaneamente en nuestro exterior. Al que es sincero de verdad, al que es auténtico en su vida no hace falta que nos haga gala de sus rectitudes porque en sus actitudes y en la manera de hacer las cosas notaremos la pureza de su corazón.

Como les dice Jesús a los fariseos ‘pagáis el diezmo de la menta, del anís y de la hierbabuena, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la compasión y la sinceridad…’ Caminos por caminos de bien y de justicia, seamos verdaderamente misericordiosos y compasivos en nuestro corazón, vivamos con autenticidad nuestra vida y seremos gratos a los ojos de Dios. Maduremos de verdad en nuestra vida y en nuestra fe, para que nos manifestemos verdaderamente como hombres rectos y de bien.

Llenemos nuestro corazón de misericordia, de amor, de generosidad, de compasión, porque ya sabemos que nuestro Padre Dios es compasivo y misericordioso y ya Jesús nos propone que seamos perfectos como nuesro Padre; pero es que además si miramos con sinceridad nuestra vida, nuestra historia personal seremos capaces de comprender cuán misericordioso y generoso en su amor y su perdón ha sido Dios con nosotros, que somos pecadores. No nos vayamos haciendo de justos y buenos, que somos pecadores y el Señor ha derramado su misericordia tantas veces con nosotros. actuemos nosotros en consecuencia siendo misericodiosos, pero con autenticidad, para con los demás.

lunes, 22 de agosto de 2011

María, eres nuestra Reina de amor


María, eres nuestra Reina de amor

¿Quién no ha escuchado a un enamorado piropear a su amada llamándola su reina? ¿no hemos escuchado a un hijo derritiéndose en la ternura y el cariño del amor filial llamar a su madre su reina? ¿Por qué entonces no podemos llamar nuestra reina a nuestra amada madre del cielo la Virgen María?

Como una culminación de la fiesta de la Asunción de María y su glorificación en el cielo, a los ocho días, celebrando de alguna manera su octava, la Iglesia quiere que hagamos memoria hoy de María llamándola también Reina. Son los efluvios de amor de un hijo enamorado de la madre que la exalta y la eleva y la pone por encima de todo. ¡Qué no hará un buen hijo por su madre! La queremos hoy llamar nuestra Reina y así normalmente en la tradición cristiana queremos tener siempre las imágenes de la Virgen con corona real.

‘El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

Juan Pablo II, el 23 de julio del 1997, habló sobre la Virgen como Reina del universo. Recordó que "a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el Concilio de Efeso proclama a la Virgen 'Madre de Dios', se comienza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este ulterior reconocimiento de su dignidad excelsa, quiere situarla por encima de todas las criaturas, exaltando su papel y su importancia en la vida de cada persona y del mundo entero".

El Santo Padre explicó que "el título de Reina no sustituye al de Madre: su realeza sigue siendo un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le ha sido conferido para llevar a cabo esta misión. (...) Los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto aumenta su abandono filial en Aquella que es madre en el orden de la gracia".

"La Asunción favorece la plena comunión de María no sólo con Cristo, sino con cada uno de nosotros. Ella está junto a nosotros porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro cotidiano itinerario terreno. (...). Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida"’.

Algunas veces nos puede chocar en nuestro espíritu el contemplar a María en sus imágenes adornada de ricos ropajes y coronas. Podríamos pensar que no nos termina de convencer el contemplar a la que se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor con esos signos de esplendor y coronándola como reina. Por una parte es la devoción y el amor de los hijos para con la madre que algunas veces nos puede hacer que nos excedamos en esos signos externos con que acompañamos nuestro cariño de hijos y que quizá tendríamos que cuidar. Claro que siempre queremos poner como la más bella a la madre amada y así queremos hacerlo con la Virgen María.

Pero en verdad que podemos llamarla nuestra reina y vestirla como tal, siguiendo incluso el espíritu del Evangelio. Jesús nos dice que serán grandes, importantes, los primeros en su reino los que se hagan los últimos, los que se hagan servidores y esclavos de los demás. ¿Qué es lo que hizo María? Ya vemos como se llama a sí misma la humilde esclava del Señor y siempre estará con sus ojos bien abiertos y sus pies dispuestos a caminar para ir allá donde se la necesite, donde pueda prestar su servicio de amor. Es grande María, importante, la primera en el Reino de los cielos desde su amor y desde su entrega. Con razón en nuestro amor la queremos contemplar como una reina y así hoy la celebramos.

Claro que todo este amor tendría que llevarnos a que cada día imitemos más a María, copiemos en nosotros su santidad, su entrega, su amor, su espíritu de servicio. Es el mejor regalo, el más precioso que le podamos ofrecer; es la verdadera corona de Reina con que podemos coronarla.

domingo, 21 de agosto de 2011

Una pregunta de Jesús también para nosotros hoy

Is. 22, 19-23;

Sal. 137;

Rom. 11, 33-36;

Mt. 16, 13-20

Seguían aun por las zonas fronterizas del norte de Palestina. El domingo pasado lo veíamos en la región de Tiro y Sidón con la cananea que llena de fe acudía a Jesús pidiendo la curación de su hija. Hoy está en la región de Cesarea de Filipo, allá muy cerca de las fuentes del Jordán.

Jesús aprovecha siempre estos momentos de mayor soledad e intimidad con el grupo de sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo, vemos en otros lugares del evangelio, o como en este caso para entrar en un diálogo profundo de mayor intimidad. ¿Qué piensan de El? La opinión de la gente y también de sus propios discípulos. Es como una encuesta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Y tras la primera respuesta será más directo con ellos. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Las respuestas de la opinión de la gente es diversa. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’. No todos lo tendrán igualmente de claro aunque vean en El algo especial. Pero a la pregunta directa a ellos será Pedro el que se adelanta. Ya conocemos sus impulsos, pero en este caso van a ser sorprendentes. Adelantándose a la respuesta de los demás, ‘Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’.

Detengámonos aquí. ¿ No seguirá Jesús haciendo esa doble pregunta hoy? ¿No será la pregunta que está en el aire detrás de esta gran manifestación de la Jornada Mundial de la Juventud que se está celebrando en Madrid? Será, sí, la pregunta que se están haciendo y queriendo dar respuesta esos miles y miles de jóvenes que allí estos días se han congregado. Será la pregunta que les está haciendo Jesús a cada uno de ellos, como nos las hace a nosotros también, allá en lo profundo de su corazón en esos momentos especiales que cada uno de ellos está viviendo en los encuentros, en las catequesis, en las celebraciones, en la escucha de la Palabra del Papa.

Pero pienso también que es la pregunta que se les hace también a cuantos rodean estas jornadas, quizá como espectadores, quizá con curiosidad ante esta masiva afluencia, o quizá también a esos que se ponen a una cierta distancia o que se oponen y hasta luchan contra esta Jornada. Ahí está la pregunta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ o la pregunta mas directa que se le hace a cada uno. ‘Y vosotros, y tú, ¿Quién dices que soy yo?’

Las respuestas en unos y otros pueden ser variadas también. Pero seguro que a la mayoría de esos jóvenes que han venido de tan diversos lugares allá en su corazón, como a Pedro que el Padre del cielo se lo revelaba, se les está revelando ese misterio de Jesús que hace que merece que lo dejemos todo por seguirle. Han venido esos jóvenes queriendo afirmar valientemente, y lo están haciendo, su fe en Jesús, queriendo sentirlo en lo hondo de su corazón; pero habrán venido también muchos en camino de búsqueda porque quieren encontrar esa respuesta que les haga conocer profundamente a Jesús para confesar también valientemente su fe en El. ¡Cuántas cosas suceden en el corazón por la fuerza de la gracia del Señor! Ojalá a todos llega la gracia de Dios y les mueva el corazón, también a esos que miran desde posturas bien distantes.

Para eso y por eso hemos orado mucho en estos días por la Jornada Mundial de la Juventud, como ellos también lo hacen, porque no se han reunido simplemente para una fiesta o para escuchar a un cantante de moda. Han venido por Jesús en el que quieren creer, al que quieren buscar, al que quieren llevarse en su corazón. A muchos no les habrá sido fácil, pero ahí están en torno al sucesor de Pedro, en torno al Papa que con la misión que Cristo le confió ha venido a confirmar en la fe a sus hermanos, ha venido a alentarnos en nuestra fe y a ayudarnos a caminar y encontrarnos con Cristo.

Pero, repito, es la pregunta que también se nos está haciendo a cada uno de nosotros los que ahora estamos aquí reunidos en esta celebración. Muchas veces se nos puede enturbiar la mente y el corazón y podremos andar un tanto confundidos. Pero una cosa podemos hacer, como Pedro dejemos que el Padre nos hable al corazón, y nos revele allá en lo hondo del corazón todo ese misterio de Jesús en quien queremos creer, a quien queremos seguir, a quien queremos amar desde lo más profundo de nosotros mismos.

‘Tú eres el Cristo, tú eres el Mesias, Tú eres el Hijo de Dios vivo?’, queremos nosotros confesar también reafirmándonos firmemente en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Jesús. La verdad, confieso, que la contemplación en estos días de algo tan maravilloso como ha sido esta Jornada Mundial de la Juventud, viendo a tantos y tantos jóvenes entusiasmados por su fe, es un aliento, un aliciente en nuestra vida para seguir buscando más y más a Jesús, para también con valentía confesar nuestra fe en El.

A la respuesta de fe de Pedro por la revelación del Padre en su corazón se sigue una revelación de Jesús y es la Iglesia que El quiere convocar en torno a Pedro de todos los que también confiesan su fe en El. Es una revelación, porque Jesús nos está dando a conocer lo que es su voluntad para nosotros. Nos quiere Iglesia, nos quiere convocados – eso significa la palabra Iglesia realmente – y por eso le dirá a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Y te daré las llaves del Reino de los cielos…’

Tú serás la piedra en torno a la cual serán convocados a todos los que crean en mi nombre, le viene a decir; y no temas, grandes serán las fuerzas del mal pero no podrán con ella, porque os doy mi Espíritu, y tú serás el servidor de todos esos convocados, de toda esa Iglesia, que para eso te doy las llaves del que administra y sirve, que siempre os he dicho que ser primero es ser el servidor de todos. Esa es tu misión, Pedro.

Esta eclesialidad universal la estamos viviendo en estos días con la Jornada Mundial de la Juventud. Ahí está Pedro en su sucesor el Papa convocándonos para hacernos sentir de verdad Iglesia e Iglesia universal. Esa universalidad de nuestra fe y de la salvación de Jesús se palpa fuertemente en encuentros como los que estos días se están celebrando, donde vemos en este caso jovenes venidos de todas partes del mundo. Han venido de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur para sentarse en la mesa del Reino, como había anunciado Jesús. Y qué hermoso el espectáculo de ese banquete, con la fiesta, la convivencia, el encuentro, la alegría, el amor de hermanos que se palpa en todos los convocados.

Vuelvo a decir, todo esto es un aliciente, un empuje grande para nuestra fe y para que vivamos hondamente nuestro sentido de Iglesia. ‘Creemos en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica…’ como confesamos en el credo. Porque todos nos hemos sentido en estos días en verdadera comunión aunque fisicamente quizá hayamos estado lejos porque no todos hemos podido asistir pero seguro que en el corazón lo hemos sentido muy vivo y lo seguimos sintiendo.

Junto a esa afirmación de nuestra fe en Jesús, tenemos que hacer afirmación también de nuestra fe en la Iglesia, la que Jesús instituyó, la que se siente siempre asistida por el Espíritu Santo, la que formamos todos los que creemos en Jesús que a pesar de nuestras debilidades sin embargo queremos ser rostro de Jesús en medio del mundo, como estos días se ha manifestado. Ni nuestras debilidades, ni las fuerzas del mal que quieren luchar contra la Iglesia podrán hundirla, porque por encima de todo eso está asistida por el Espíritu Santo. ‘El poder del infierno no la derrotará’, nos ha prometido Jesús.

Proclamemos firme y valientemente nuestra fe. Merece estar con Jesús y seguirle y amarle.

sábado, 20 de agosto de 2011

El orgullo nos hace vivir tras las máscaras de las apariencias la mentira de la vida


Rut, 2, 1-3.8-11;
4, 13-17;

Sal. 127;

Mt. 23, 1-12

‘En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos… no hagáis lo que ellos hacen… todo lo que hacen es para que los vea la gente…’ Previene Jesús a sus discípulos de los fariseos y letrados que se presentan como maestros en Israel, pero que no son consecuentes con su vida. Enseñan y plantean muchas exigencias a la gente, pero no es lo que ellos hacen. Todo se queda en apariencias y en lo que podríamos llamar la mentira de la vida o una vida de mentira. Ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello.

Os tengo que confesar que este texto del evangelio siempre me ha hecho detenerme a pensar en lo que el Señor dice para mi vida. Por supuesto, cada vez que me acerco a la Palabra de Dios tengo que escucharla como Palabra que el Señor me dice a mí. Claro que en mi misión sacerdotal luego tengo que reflexionar también en cómo os anuncio esa palabra, os la explico y os ayudo a través de ella a encontraros con el Señor para que todos descubramos qué es lo que el Señor quiere decirnos.

Siempre pido al Señor que me ilumine y me dé fuerzas para que esta Palabra que os predico en el nombre del Señor transforme mi corazón y no vaya nunca tras las apariencias, buscando honores o primeros puestos; no puedo ser yo el que me haga notar porque todo lo que tengo que hacer es conducirles hasta el Señor.

Nunca podrá ser el camino soberbio del orgullo, de la apariencia y de la mentira de mi vida el que yo transite para ayudaros en vuestro camino hacia el Señor. Tienen que ser necesariamente caminos de sencillez y de humildad que fueron los que hizo el Señor. Así lo contemplo en Belén, así lo contemplo siempre rodeado de los humildes y sencillos, así lo contemplo en su entrega de infinito amor en la pasión y en la cruz, como cordero humilde llevado al matadero. Es lo que al menos intento hacer con mi vida, no siempre lo consigo, pero me acojo al juicio miseridordioso del Señor. Siento admiración por los que son sencillos y humildes y de alguna manera me siento estimulado con sus ejemplos. La dulzura de la humildad siempre nos atraerá más que la acritud del soberbio.

El Señor siempre es misericordioso, pero siento que el pecado del orgullo y la soberbia es un pecado difícil de perdonar. No, porque el Señor no estuviera siempre dispuesto a concedernos su perdón, sino porque al orgulloso le es difícil agachar la cabeza humilde para reconocer su pecado y pedir perdón. Y es un pecado en el que fácilmente caemos. Por eso, decía, siempre pido al Señor su luz y su fuerza para descubrir cuales han de ser mis verdaderas actitudes y de verdad plasmarlas en mi vida. Que no caiga nunca en esa tentación de la soberbia y del orgullo; que el Señor me dé un corazón sencillo y humilde, pido al Señor.

Nuestro único Maestro y Señor es Jesús; y es su Espíritu el que nos ilumina interiormente sugiéndonos e inspirándonos siempre lo bueno que tenemos que hacer. Por eso Jesús decía que no nos dejemos llamar ni maestros, ni padres, ni consejeros porque sólo el Ungido del Espíritu del Señor es nuestro verdadero consejero.

Creo que esta reflexión que me estoy haciendo para mi mismo en alta voz nos puede valer a todos, porque el mensaje de Jesús es siempre para todos. Será algo que nos repetirá muchas veces. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Que nunca nuestras relaciones mutuas las entintemos con ese color turbio del orgullo y la soberbia; lo que tiene que resplandecer entre nosotros es el amor y el amor nos hace sencillos y humildes, porque antes que valorarnos nosotros siempre valoraremos a los demás.

viernes, 19 de agosto de 2011

Unos pilares sólidos para nuestra vida, la fe y el amor


Rut, 1, 1.3-6.14-16.22;

Sal. 145;

Mt. 22, 34-40

En alguna ocasión hemos reflexionado cómo un edificio ha de estar solidamente edificado sobre unos buenos cimientos y que los pilares que sustentan toda su estructura ha de tener la necesaria fortaleza para poder sostenerlo frente a los embates de vendavales y tormentas.

Escuchando el evangelio que hoy se nos ha proclamado vemos bien cuáles son esos pilares que han de sustentar todo el edificio de nuestra vida. Son los pilares de la fe en Dios y del amor. Por eso en otro momento Jesús nos habla de los cimientos que han de estar bien plantados en la Palabra de Dios y que metamos hondo en nuestro corazón para llevarla a nuestra vida y que nos permitirá luego caminar con seguridad el camino de nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana. Sin esa fe y sin ese amor nuestra vida carecía de norte, de sentido. Con esa fe y ese amor nuestra vida encontraría su verdadero valor.

Hemos escuchado como alguien se acerca a hacerle una pregunta, aunque nos dice el evangelista que lo hacía para poner a prueba a Jesús. Más allá de esas intenciones no tan puras de aquel fariseo que además entendía de las Escrituras, sin embargo hemos de reconocer que no es tan banal la pregunta y a la larga a nosotros nos puede ayudar. Porque realmente está preguntando por lo más fundamental. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ ¿Qué es lo fundamental que hemos de hacer? ¿cuál lo esencial que ha de dar norte a nuestra vida? ¿Sobre qué tendría que fundamentar mi vida?

Jesús le responde, como hemos escuchado, recordando lo que todo buen judío había de saber porque incluso lo repetían cada día casi como una oración. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’.

Efectivamente, estos dos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo sostienen en verdad toda nuestra vida. Son esos pilares de ese edificio de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Los pilares del amor. A Dios sobre todo y por encima de todo. Y como derivándose de ese amor que le tenemos a Dios tenemos que amar también al prójimo, tenemos que amar a los hermanos. Como ya nos explicará la escritura es que no podemos decir que amamos a Dios si no amamos al hermano que está a nuestro lado. Como nos amamos a nosotros mismos. Pero como nos ama Dios a nosotros, como es el amor de Jesús que es el supremo modelo de nuestro amor.

Ayer escuchábamos al Papa decirle a los jóvenes en su primer encuentro con ellos para la Jornada Mundial de la Juventud cómo habían de cimentar su vida en Cristo que es la verdad absoluta de nuestra vida y el que nos conduce a la verdadera libertad. Recordaba precisamente esa imagen del edificio cimentado en roca firma o en arena, que tantas veces hemos escuchado y que era el evangelio que en ese momento fue proclamado.

Cuando fundamentamos nuestra vida en Cristo y en la ley del Señor, cuando lo centramos todo el amor, ese amor que hemos de tenerle a Dios sobre todas las cosas, como decimos en el primer mandamiento, pero también ese amor al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, nuestra vida camina hacia la plenitud, hacia al auténtica felicidad.

Esa es nuestra sabiduría, la sabiduría de la fe. Es por lo que tenemos que luchar, en lo que hemos de esforzarnos cada día para que nuestra fe sea cada vez más auténtica. El pilar de la fe y el pilar del amor que antes decíamos. Escuchemos esta palabra que nos dice el Señor y plantémosla de verdad en el corazón para que sea centro de nuestra vida y para que demos los frutos que el Señor quiere.

jueves, 18 de agosto de 2011

Vistamos el traje de fiesta del amor para participar en el banquete de bodas del Reino


Jueces, 11, 29-39;

Sal. 39;

Mt. 22, 1-14

‘No endurezcais vuestro corazón; escuchad la voz del Señor’. Es la antífona que nos propone la liturgia como aclamación en el aleluya antes del evangelio hoy. Escuchar al Señor. No endurecer nuestro corazón. Ayer escuchábamos la parábola en que el amo de la viña nos invitaba a ir a trabajar a su viña. Hoy es el rey que celebrar una boda y nos invita a que participemos en el banquete. Pero ya se nos decía que no endurezcamos el corazón sino que escuchemos la invitación del Señor.

Y es que en el relato evangélico ‘los convidados no quisieron ir’. Y a pesar de las insistencias del rey que envía de nuevo a sus criados ‘encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso’. Tenían otras cosas que hacer o se buscaban disculpas para no asistir, sus tierras que atender o sus negocios en los que trabajar.

Somos nosotros también los invitados. ¿Cómo respondemos a esa invitación a participar en el banquete de bodas? Lo primero que se nos ocurre responder a esta pregunta es decir que nosotros sí respondemos a la invitación; ¿cómo no lo vamos a hacer? Pero seamos sinceros en nuestra respuesta y veamos si acaso nosotros también en muchas ocasiones nos buscamos mil disculpas.

¿Qué puede significar ese banquete de bodas al que somos invitados? Ya Jesús cuando comenzaba la parábola decía que ‘el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo’. La imagen de la comida o del banquete, de la fiesta o de la boda es una imagen repetida para hablarnos del reino de Dios. Ya los profetas incluso anunciaban los tiempos mesiánicos como un festin de manjares suculentos, de una mesa preparada con las mejores comidas y los mejores vinos para todos compartir.

¿Qué entraña la celebración de una boda? Fiesta y alegría, compartir una comida o una convivencia de unos y otros en armonía y fiesta; se sienta a la mesa juntos los que se conocen y son amigos, y en caso de no conocerse se hacen las presentaciones mutuas que nos lleven a ese conocimiento y amistad; mucho se comparte en una comida alrededor de una mesa y que es mucho más que los manjares que comamos, porque es la comunicación, la conversación que nos puede llevar a muchas cosas buenas e interesantes.

Podríamos quizá volver a preguntarnos ahora sobre cómo respondemos nosotros a la invitación que se nos hace de participar en el banquete de bodas. Nos damos cuenta que no siempre contribuimos por nuestra parte con todo lo necesario para crear esa hermosa armonía con los que nos rodean, crear ese ambiente de fiesta y de alegría en las relaciones de unos y otros y cómo muchas veces parece que en la vida cada uno vamos por nuestra parte y no somos como los que realmente estamos sentados alrededor de la misma mesa.

Es, pues, esta palabra que hoy estamos escuchando y reflexionando sobre ella para revisar muchas actitudes que se nos meten en el corazón que nos llevan a que no siempre sepamos aceptarnos con sinceridad y buen corazón los unos a los otros. Queremos quizá venir a ese banquete pero no tenemos el traje de fiesta del amor, de la sinceridad, de la comprensión, de la humildad, de la apertura generosa de nuestro corazón. Y para participar en ese banquete del reino son cosas que tenemos que hacer brillar en nuestro corazón.

Todos estamos invitados, pero de muchas cosas tenemos que purificarnos, muchas cosas buenas tenemos que hacer crecer en nuestro corazón, muchas posturas buenas y generosas tenemos que hacer resplandecer en nuestra vida. No endurezcamos el corazón, escuchemos la voz del Señor que nos llama y que nos invita, que quiere que en verdad adornemos nuestro corazón de mucho amor, de mucha comprensión, de mucha generosidad, de mucha alegría. Muchas más cosas podríamos reflexionar sobre este texto pero ya tendremos oportunidad.

miércoles, 17 de agosto de 2011

La riqueza del trabajo en la viña de la vida


Jueces, 9, 6-15;

Sal. 20;

Mt. 20, 1-16

‘Id vosotros también a trabajar a mi vida’. Así una y otra vez, en el amancecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde sale el propietario de la viña en busca de trabajadores para su viña. ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ pregunta los de la última hora. Para todos tiene su denario, su recompensa.

¿Qué nos querrá decir? ¿qué nos querrá enseñar Jesús con esta parábola? Muchas consideraciones podríamos hacernos. La viña, nuestra vida, nuestro mundo, la sociedad en la que estamos. Hay una tarea que realizar. Podemos remontarnos al paraíso cuando Dios al crear al hombre pone el mundo en sus manos para que continúe con la tarea iniciada en la creación. Nos ha dado unos talentos el Señor, una inteligencia, una voluntad. Llenad la tierra y sometedla. Nos ha dado unas capacidades, como nos ha dado también ese precioso valor de la libertad.

Hacen falta jornaleros que trabajen en la viña. El amo de aquella viña los busca una y otra vez. Dios sigue confiando en la capacidad del hombre. El trabajo es un hermoso valor que no solo hace crecer la riqueza de nuestro mundo, sino que primero que nada nos hace crecer a nosotros en ese mismo trabajo.

El hombre se desarrolla en el trabajo que realiza, plasma su vida, salen a flote todas las capacidades del hombre y ya no solo en beneficio propio sino como riqueza de vida para la sociedad en la que vive. El hombre cuando termina su obra no solo fue el fruto en una ganancia material sino que se recrea en la obra que ha realizado, porque allí ha ido plasmando todo su ser. La ganancia material la necesitamos para nuestro sustento pero tendríamos que aprender a amar el trabajo por algo más hondo.

Por eso al comenzar esta reflexión al decir la viña, al mismo tiempo dije nuestra vida, nuestro mundo, la sociedad en la que estamos. Trabajar en la viña a lo que el amor nos llama es enriquecer nuestra propia vida, hacerla crecer, llenarla de valores. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida y las tareas que tenemos que realizar. Es todo eso que en el crecimiento de nuestra vida personal nos abre también al otro, a la relación mutua y al mutuo enriquecimiento.

No trabajamos solo para nosotros sino que todo trabajo por muy personal que sea siempre está en relación con los otros, con el mundo que nos rodea al que queremos desarrollar y hacer más hermoso cada día, a esa sociedad en la que estamos que queremos también mejorar para que en una pacífica convivencia todos podamos también ser más felices.

Trabajo que hemos de vivir también con sentido de trascendencia. El trabajo de la persona sobrepasa nuestra realidad física y material. Desde esa responsabilidad que tenemos con Dios, podemos decir, desde que El nos ha dado esa capacidad, pero también porque con esos valores que desarrollamos en nuestro trabajo hacemos un mundo nuevo que tendrá su plenitud en el Reino eterno de Dios.

Muchas veces al reflexionar sobre nuestro trabajo lo miramos como una carga, como algo duro, como un pesado yugo. Es cierto que las consecuencias de nuestro pecado lo pueden llenar de negruras y sombras, pero tenemos que mirarlo con mayor hondura y encontrarle esste hermoso sentido del que ahora estamos hablando.

Que nunca el trabajo del hombre sea duro y esclavizante sino que lo llenemos de luz y de creatividad y lo hagamos verdaderamente humano. Y santificándolo con la gracia del Señor podemos también darle un valor y un sentido sobrenatural como camino también de nuestra propia santidad.

Que no nos tengan que decir ‘¿qué hacéis ahí ociosos todo el día sin trabajar?’ Por supuesto que quienes tienen la responsabilidad de nuestra sociedad hagan que haya trabajo para todos. Cuántos son los problemas que se derivan de esa falta de trabajo lo estamos padeciendo ahora con la crisis social que vivimos. Pero también el trabajo que tengamos lo hagamos con responsabilidad y seamos capaces de llenarlo de cosas hermosas.

¿Por qué Cristo, al hacerse hombre, quiso también trabajar con sus manos? Santificó con su presencia y con su trabajo todo el trabajo humano.

martes, 16 de agosto de 2011

El Señor está contigo, vete y salva a Israel


Jueces, 6, 11-24;

Sal. 84;

Mt. 19, 23-30

‘El Señor está contigo… vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío…’ Así le dice el ángel del Señor a Gedeón.

Hemos comenzado a leer el libro de los Jueces que abarca una etapa de la historia de Israel en la que pasan por muchas dificultades. Tiempos atrás han quedado los grandes líderes como Moisés y luego su sucesor Josué y al establecerse en la tierra que el Señor les había prometido se encuentran divididos y confundidos, acosados por los pueblos que ya habitaban aquella tierra y también se habían llenado de muchas infidelidades contra el Señor.

Este es el momento en que sitúa la llamada del Señor a Gedeón para que lidere su pueblo y lo libre de los madianitas. Se sienten desamparados del Señor. Gedeón se siente pequeño ante el Señor para la misión que se le confía. ‘Mi familia es la menor de Manasés y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre’, le replica en su desesperanza al ángel del Señor. ‘Yo estaré contigo…’ le sigue diciendo el Señor. Pide pruebas y poco a poco irá sintiendo que en verdad el Señor está con él. ‘No temas, no morirás… Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre del Señor de la paz’.

Podríamos decir que es la historia de una llamada, de una vocación. ¿De la llamada que el Señor nos hace a cada uno de nosotros? ¿De la llamada que el Señor hace a los que El de manera especial escoge con una misión en medio de la Iglesia y del mundo? El que siente la llamada del Señor se mira a sí mismo y se ve pequeño e incapaz de la misión que se le confía.

Nos pasa a todos. Buscamos y pedimos pruebas, seguridad de que es la voluntad del Señor lo que se nos manifiesta. Solamente desde la oración podrá descubrir ese designio de Dios. Por eso también cuando oramos por las vocaciones pedimos al Señor por aquellos a los que el Señor llama para que encuentren esa luz del Señor y esa fuerza de su Espíritu para dar respuesta.

Finalmente Gedeón se fia del Señor y realizará su misión de ser juez en medio de su pueblo, liderándolo para que se vieran libres de los acosos que sufrían. Así lo podemos ver en el resto de Jueces de los que nos habla la Biblia.

Pero la lectura de la Palabra de Dios y la reflexión que nos hacemos nos tiene que valer a cada uno de nosotros, como Palabra que el Señor nos dice hoy y ahora, para descubrir también el testimonio que como creyentes en Jesús hemos de dar en medio de los hermanos. Ya hablábamos de la vocación y con lo que reflexionábamos nos sentimos motivados a orar por las vocaciones y por aquellos a los que el Señor llama.

Pero, cada uno de nosotros ¿no tendría que hacer algo en medio del mundo en el que vivimos? Algunas veces hablamos de tiempos difíciles, de cuánto cuesta dar un testimonio de fe en el mundo que nos rodea, o de todo lo que podemos encontrar enfrente nuestro como oposición al mensaje de Jesús que tendríamos que testimoniar. Las dificultades de los israelitas en medio de los madianitas.

¿Nos cruzamos de brazos? ¿Silenciamos el testimonio que tendríamos que dar de nuestra fe, de nuestro sentido cristiano de la vida? Como los israelitas ¿nos escondemos en el lagar de nuestros miedos, como hemos escuchado, por miedo al que dirán o a la oposición que podamos encontrar? Quizá pensamos, yo ¿qué puedo hacer? Si yo no valgo nada, si yo no sé; yo con mis años ¿a dónde voy a ir? ¿quién me va a escuchar?

Creo que esta Palabra que hoy estamos escuchando y meditando es una palabra que nos quita miedos, nos da fortaleza, nos hace sentir la seguridad de la presencia del Señor. ‘Yo estoy contigo’, también nos dice el Señor. Somos enviados en medio del mundo como testigos, como apóstoles, como misioneros de nuestra fe; no nos podemos acobardar porque con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu del Señor. Podemos decir una palabra, encender una luz de esperanza, estimular con un testimonio por pequeño que sea; podemos mirar nosotros a lo alto dando transcedencia a nuestra vida, y enseñar a los que están a nuestro lado a que pongan ideales grandes en sus vidas.

Que el Señor nos acompañe y fortalezca en ese testimonio cristiano que hemos de dar. Que sintamos de verdad que el Señor es nuestra paz. Que nos estimule también el testimonio que vamos a contemplar en estos días de tantos jóvenes venidos de todas partes para proclamar su fe en Cristo resucitado.

lunes, 15 de agosto de 2011

Miramos al cielo en la Asunción de María, como primicia de nuestra glorificación


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;

Sal. 44;

1Cor. 15, 20-27;

Lc. 1, 39-56

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les recriminaron los ángeles a los apóstoles el día de la Ascensión cuando extasiados vieron a Jesús subir al cielo. Era una forma de ponerlos en camino porque eran ellos ahora los enviados una vez que recibieran la fuerza del Espíritu Santo prometido.

Sin embargo hoy sí quiero yo quedarme en cierto modo plantado mirando al cielo, cuando estamos celebrando la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma al cielo. Que me permitan los ángeles, sí, quedarme mirando a lo alto, no para desentenderme de mi misión sino porque de alguna manera me quedo como soñando en la meta a la que estamos llamados a tender, anhelando poder un día llegar a ella. Como el atleta que mira, aunque sea a lo lejos, la meta hacia la que corre en su carrera, miro al cielo sí, contemplando hoy a María, porque siento que ella es la primicia de esa glorificación que un día nosotros esperamos alcanzar. ‘Figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada’, como decimos en el prefacio.

Contemplar y celebrar, como hacemos en este día, la Asunción de la Virgen nos llena de esperanza, nos hace contemplar la meta del camino a recorrer y nos hace sentirnos seguros en ese camino que hacemos porque tenemos la certeza de aquello a lo que estamos llamados. La liturgia nos dice precisamente que ‘ella (María) es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’.

Claro que esta esperanza, además de poner alas en los pies para recorrer solícitos este camino que ahora nos toca caminar, al mismo tiempo se convierte para nosotros en exigencia de fidelidad y de santidad. A María la contemplamos glorificada, pero ella es la virgen fiel y llena de santidad y de amor. Por caminos de fidelidad y de amor hemos nosotros de caminar a pesar de nuestras debilidades y tentaciones, en medio de las luchas y esfuerzos que cada día hemos de realizar por ir reflejando esa santidad en nuestra vida.

Cuánto tenemos que aprender de María en el día a día de nuestra vida. María, mujer creyente, siempre abierta a Dios, a su misterio y a su voluntad; María, la Madre que nos enseña a decir sí a todo lo que es la voluntad de Dios, como ella supo hacerlo; María, la virgen prudente que mantuvo siempre encendida la lámpara de su fe en su corazón lleno de esperanza; María, la madre del amor siempre dispuesta a la entrega y al servicio que la vemos correr hasta la montaña para amar y para servir. Así la contemplamos hoy en el evangelio.

Cuando queremos copiar en nosotros todas esas virtudes que vemos reflejarse con tanta claridad en María nos vemos y nos sentimos tan débiles y cómo algunas veces nuestro camino se llena de obstáculos, de dudas, de peligros de todo tipo, de tentaciones de encerrarnos en nosotros mismos para pensar sólo en nosotros y nos parece que no seremos capaces de recorrer esos caminos de santidad, de entrega y de amor.

María también se interrogaba por dentro ante todo aquello que le sucedía. Rumiaba todo lo que iba sucediendo allá en lo íntimo de su corazón. Estaba abierta a Dios pero se pone a considerar bien las palabras del ángel; decir sí a todo aquel misterio inmenso que Dios le proponía de ser la Madre del Salvador le podía hacer pensar en lo anunciado por los profetas acerca de los sufrimientos como varón de dolores del Mesías; la presencia de María al pie de la cruz en medio de tanto sufrimiento y dolor en la muerte de su Hijo era una espada grande que le atravesaba el alma, como le había anunciado el anciano Simeón. Pero María era la mujer fiel, la que estaba allí firme al pie de la cruz como madre de dolor pero como madre llena de fe que era capaz de hacer una ofrenda de amor de todo el sufrimiento de su corazón uniéndose al dolor redentor de Jesús. Es la madre que nos enseña la obediencia de la fe.

La vemos, entonces, caminar delante de nosotros enseñándonos a hacer ese camino de fidelidad, de entrega, de amor. Aunque muchas sean las dificultades, las tentaciones o los peligros que nos acechen, está a nuestro lado para fortalecernos con su presencia maternal y la gracia del Señor. Como madre siempre nos estará señalando cuales son los caminos que nos lleven hasta Jesús. Como madre nos estará enseñando a mantener también nuestras lámparas siempre encendidas, las lámparas de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra responsabilidad, de nuestro trabajo por todo lo bueno, señalándonos también dónde podemos encontrar ese aceite de la gracia que nos haga mantener esas lámparas encendidas.

Y como madre intercesora que tenemos ya en el cielo glorificada junto a Dios - ¿no quieren siempre la madre lo mejor para sus hijos y piden lo que sea necesario para que ellos alcancen la mayor dicha y felicidad? – nos alcanzará, entonces, toda esa gracia que necesitamos, toda esa gracia que nos fortalezca para que recorramos ese camino de santidad, toda esa gracia que nos ayude a mantener esa lámpara encendida en nuestra vida, para poder entrar en las bodas del Reino.

domingo, 14 de agosto de 2011

Señor, tenemos en casa un mundo lleno de sufrimiento…


Is. 56, 1.6-7;

Sal. 66;

Rom. 11, 13-15.29-32;

Mt. 15, 21-28

‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’ le dice finalmente Jesús a la mujer cananea. ‘Que sea como tú quieres’. En otra ocasión Jesús había exclamado: ‘No he encontrado en nadie tanta fe en Israel!’ Fue al centurión que venía suplicándole por su criado enfermo, pero que no se sentía digno de que Jesús entrase en su casa.

Dos ocasiones en que Jesús alaba la fe quienes acuden a El; y en estas dos ocasiones, no serán judíos sino gentiles, una la mujer cananea y el otro un centurión romano, los que merecerán esta alabanza de Jesús por su fe. Lo cual es también significativo de cómo la salvación de Jesús ha de llegar a todos los hombres de cualquier raza o condición.

Habrá otros momentos en que Jesús pida la fe de quienes acuden a El y les diga también que conforme a su fe se cumpla lo que desean. Pero serán siempre momentos en que con humildad grande se acercan a Jesús. Serán los que se sienten pequeños y humildes los que son más gratos a Dios y a los que el Señor se manifestará de manera especial. Sólo los pequeños y los sencillos tendrán ojos para ver a Dios, tendrán los ojos limpios para descubrir sin engaño ni confusión los misterios de Dios.

Los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios, proclamará Jesús en las Bienaventuranzas. Bendice Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos de corazón. ‘Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.

Y serán las gente sencillas y humildes los que van a poner todas sus esperanzas en Jesús, y le seguirán, y estarán con El, y a El le abrirán su corazón con las miserias de su vida. Con ellos Jesús será misericordioso, manifestará lo que es la grandeza de su corazón que es el amor y es la misericordia. Y recordemos también cómo será de los que se hacen como niños, sencillos y humildes de corazón, abiertos a la sabiduría de Dios de los que es el Reino de los cielos.

En estos domingos hemos escuchado que los pobres y los hambrientos de pan y de Dios, los que tenían el corazón roto y el cuerpo lleno de sufrimiento, los que tenían ansias de algo distinto en su alma eran los que seguían a Jesús por partes incluso en los descampados porque en El encontraban todas las razones para poner toda su esperanza.

Es lo que contemplamos hoy en este pasaje del evangelio. Jesús camina por territorios que ya están fuera de Israel. Una mujer cananea, como hemos escuchado, que tiene una hija muy enferma acude a Jesús llena de fe y con una confianza total. ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. E insiste en su súplica una y otra vez. No teme ser despreciada porque es humilde, constante, perseverante, con una fe total en que Jesús puede curarla. Y la alabanza final de Jesús: ‘¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija’.

Ya hemos reflexionado recientemente sobre este evangelio. http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/2011/08/admirable-fe-y-hermosa-oracion.html Y aprendemos mucho para nuestra manera de acercarnos al Señor: con humildad y confianza. ‘Pedid y recibiréis’, nos había enseñado Jesús; ‘llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, a quien llama se le abre…’ Dios es un Padre bueno y misericordioso y con esa confianza al mismo tiempo que humildad nos acercamos a El en todo momento y por todos los motivos.

Unas veces iremos suplicando en nuestras necesidades – qué pobres somos delante del Señor -; muchas veces tenemos que aprender también a ir en acción de gracias – no lo podemos olvidar -; siempre con el gozo en el corazón de encontrarnos con El para llenarnos de su gracia, de su presencia, de su vida. La riqueza de su gracia y la inmensidad de su amor nos inundará. Siempre saldremos confortados de su presencia si con fe acudimos a El.

Con el salmo tenemos que aprender a alabar al Señor y a alabarlo unidos a todos los pueblos y a todas las gentes. ‘Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben’. Todos los pueblos, todos los hombres están llamados a cantar esa alabanza del Señor; todos los pueblos, todos los hombres están llamados a la fe y a conocer al Señor.

Es hermoso el mensaje en este sentido del profeta Isaías que escuchamos en la primera lectura. Todos están llamados a venir al monte santo, a la casa del Señor, al encuentro con el Señor. Como dice el profeta ‘a los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores… los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

Lo vemos palpablemente reflejado en este texto del evangelio de hoy, porque aquella mujer llena de fe merecerá la gracia del Señor de ver curada a su hija. Toda una señal, todo un signo de esa universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Que todos los pueblos alaben el nombre del Señor. Y recordamos lo que Jesús decía después de la alabanza que hizo de la fe del centurión a quien hacíamos antes mención. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en la mesa del Reino de los cielos’.

Por eso cuando los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio serán enviados a todo el mundo, a toda la creación. Todos los pueblos están llamados a cantar la gloria y la alabanza del Señor.

Qué hermoso cuando podemos sentir la universalidad, la catolicidad de nuestra fe porque nos encontremos cantando y celebrando nuestra fe unidos a personas de distintos lugares, quizá cada uno en su lengua y con lo que son las expresiones propias de su lugar de origen. Estos días en Madrid, con las Jornadas mundiales de la Juventud, se va a tener una expresión viva, una manifestación muy clara de esa universalidad de nuestra fe en Jesús. Se van a reunir jóvenes venidos prácticamente de todos los países del mundo para tener ese encuentro que va a ser un encuentro vivo con Cristo.

Tenemos que alegrarnos que se pueda realizar un acto así en nuestra tierra española que puede valernos muy bien para revitalizar la fe de tantos que por distintos motivos hayan podido ahogar la fe en su corazón. En nuestro mundo y en la cultura que se vive hoy, donde se va cayendo en la indiferencia religiosa o se quieren apagar todos los brillos de la cruz salvadora de Jesús, este encuentro de miles de jóvenes creyentes en Jesús va a ser un grito que nos despierte, un testimonio vibrante que pueda sacar a nuestra sociedad de esa modorra e indiferencia espiritual.

Recemos todos para que se obtengan esos frutos de gracia para cuantos estos días participan en este encuentro, pero que sean frutos de gracia para toda nuestra sociedad para que muchos lleguen a descubrir desde la humildad del corazon que sólo en Cristo está la verdadera salvación del hombre.

Supliquemos a la manera de aquella mujer cananea, con su misma humildad; Señor, tenemos en casa, en nuestro mundo, en nuestra sociedad, muchos enfermos en su espíritu, con su corazón roto, vacío, destrozado por muchos sufrimientos… ten compasión de nosotros, tiende tu mano hacia nosotros y cúranos, danos tu salvación. Que encontremos tu luz.