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viernes, 27 de mayo de 2011

El mundo no me verá pero vosotros me veréis y viviréis


Hechos, 8, 5-8.14-17;

Sal. 65;

1Pd. 3, 15-18;

Jn. 14, 15-21

‘Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ A eso nos invita la Palabra del Señor con palabras de la carta de Pedro. Dar razón de nuestra esperanza. ¿Dónde está nuestra esperanza? ¿dónde tenemos puesta nuestra esperanza? Sólo podemos dar una respuesta: Cristo, el Señor. Y tendríamos que decir, por eso estamos aquí; la razón de nuestra celebración y la razón de nuestra vida.

Una de las cosas quizá que más nos hace sufrir cuando tenemos que despedirnos de alguien por mucho tiempo, por ejemplo, por un viaje o un cambio de domicilio, y más aún si la separación es por la muerte, es el que no podamos ver ni estar con aquel ser querido. Esa ausencia que sabemos que se avecina nos hace sufrir y sentir tristeza en nuestro corazón.

Parece que algo así eran los sentimientos que afloraban en el corazón de los discípulos en la noche de la última cena con las palabras de Jesús que les sonaban a despedida porque les hablaba de su vuelta al Padre. Sin embargo las palabras de Jesús quieren sembrar esperanza en su corazón porque su ida o su despedida no significa que no le puedan ver o no le puedan sentir a su lado.

‘No os dejaré huérfanos, les dice, no os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. ¿Qué les estaba queriendo decir Jesús? ¿Cómo podía entenderse ese verle y vivir del que les habla Jesús? Será en verdad algo nuevo y distinto. Tendremos que reconocer que es algo maravilloso.

Quizá nosotros mismos algunas veces en nuestro amor por el Señor deseamos el haber estado en los tiempos de Jesús allá en Palestina para haber podido ver a Jesús, escucharle, y hasta tocarle, manifestándole nuestro amor. En el fondo deseamos allá en lo más hondo de nosotros mismos poder ver a Jesús, poder ver a Dios. Es de alguna manera el deseo de todo creyente. Pero ¿tendremos que resignarnos a que eso no puede ser?

Escuchemos con atención todas las palabras de Jesús. Hoy Jesús ha hecho una promesa muy importante, que repetirá varias veces, hasta cinco, a lo largo de todo el discurso de la cena. ‘Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis porque vive en vosotros y está con vosotros’.

Es la promesa del envío del Espíritu Santo, que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que como Defensor está siempre con nosotros. El Paráclito en expresión griega que es algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe.

El Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo y nos lo recordará todo, como nos dirá Jesús en otro momento. El Espíritu que nos fortalece y nos da vida. El Espíritu que clama en nuestro interior para que podamos llamar a Dios Padre porque nos da la vida divina que nos hace hijos. El Espíritu que guía nuestra oración y ora en nuestro interior.

Es el Espíritu que nos va a hacer sentir presente a Jesús en medio de nosotros. Hará que arda nuestro corazón, como a aquellos discípulos de Emaús para que terminemos descubriendo la presencia de Jesús.

Es el Espíritu que nos hará descubrir a Jesús en los demás, en el hermano, en el que sufre, en el extranjero o en el enfermo, en el que pasa nuestro lado o quizá está alejado de nosotros. ¿No nos dice Jesús que en cada uno de esos humildes hermanos tenemos que verle a El? Eso será posible con los ojos de la fe, eso será posible con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón.

Es el Espíritu Santo que congrega a la Iglesia para que en ella veamos y descubramos a Jesús. Es el Espíritu Santo que hará posible que en los sacramentos podamos sentir la presencia y la vida de Jesús. En cada uno de los sacramentos invocamos la fuerza del Espíritu para que sea posible ese sacramento, para que el agua del Bautismo nos llene de la vida de Dios haciéndonos hijos de Dios, o para que con las palabras del Sacerdote recibamos el perdón de los pecados. ¿No les dijo Jesús en la tarde de Pascua ‘recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’? Pues ahí está Jesús y con los ojos del Espíritu podemos verle y descubrirle. Es el Espíritu que pedimos que descienda sobre los dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

‘El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos decía Jesús. Ahora podemos comprenderlo. Podemos ver a Jesús, podemos ver a Dios de forma bien maravillosa. El mundo no lo entiende, como no entiende el sentido de la Iglesia o lo que nos mueve a amar como nosotros queremos amar. Si no hay fe no se puede comprender. Si falta la fe en la presencia del Espíritu no se podrá entender esa presencia de Jesús y no se será capaz de verla.

‘Vosotros me veréis y viviréis…’ Con nosotros está la fuerza y la presencia del Espíritu que es el que nos hace ver y sentir a Jesús en nosotros, y llenarnos de vida. No será con los ojos de la cara, pero para mirar no necesitamos solamente los ojos de la cara porque como se dice en una frase muy conocida ‘lo esencial es invisible a los ojos’. Nosotros vemos con los ojos del alma, con los ojos de la fe, con los ojos del Espíritu Santo que está en nosotros y podremos descubrir a Jesús en todo lo que decíamos antes y mucho más. Algo tan esencial como es la presencia de Jesús y la fuerza de su Espíritu nosotros sí podemos verlo con los ojos de la fe.

Esa es la razón de nuestra esperanza, como decíamos al principio que tenemos que dar y manifestar a cuantos nos rodean. Jesús está con nosotros. Jesús es nuestra vida. El nos da la fuerza de su Espíritu para que creamos en El, para que tengamos esperanza cierta en nuestra vida, para que podamos amar con un amor como el de Jesús.

Y amando como Jesús, veremos a Jesús. Amando como Jesús sentiremos a Dios en nuestra vida. Amando como Jesús desde un amor que nace de nuestra fe en El podremos sentir la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros, y tendremos fuerza para amar aún más.

Glorifiquemos en nuestros corazones a Cristo el Señor.

Como yo os he amado…


Hechos, 15, 22-31;

Sal. 56;

Jn. 15, 12-17

Hay momentos que por la trascendencia que tienen, bien por el momento en sí o por las cosas importantes que van a suceder, se viven con especial emoción y hacen salir a flote los sentimientos más hondos que llevamos en el corazón.

Momentos así eran los que se estaban viviendo aquella noche de la cena pascual en la que todo sonaba a despedida y había como premonición para los discípulos de las cosas grandes que iban a suceder. Y Jesús les estaba hablando con el corazón en la mano. Y sus palabras eran como testamento que siempre habían de recordar y también, cual albaceas, poner en práctica.

Cada palabra, cada gesto, cada frase tenían como un sentido lapidario que había que grabar muy bien para no olvidar nunca no sólo como un recuerdo sino como algo que tenían que vivir con toda intensidad.

‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos… soy yo quien os he elegido…’ No nos mira Jesús como siervos ‘porque el siervo no sabe lo que hace su Señor’. Jesús nos mira como amigos, amigos por los que siente el amor más grande y más hermoso; el amor extremo de quien da su vida por sus amigos.

Aquel grupo de discípulos llevaban ya mucho tiempo con Jesús. El los había escogido y llamado uno a uno para estar con El. En un momento los había llamado por su nombre a cada uno y los había hecho entrar en el grupo de los doce, los doce apóstoles. A ellos de manera especial se les había revelado, les había dado a conocer los misterios del Reino de Dios, porque a ellos de manera especial les explicaba las parábolas o en ocasiones se los llevaba aparte para estar con ellos, para instruirlos o para hacerlos descansar a su lado. ‘Soy yo quien os he elegido… sois mis amigos’, les dice Jesús.

A ellos ahora les está confiando su especial mandamiento. Ya lo había ido enseñando de mil maneras a lo largo del tiempo que había estado con ellos; les había manifestado que ese tenía que ser el sentido de su vida y de su actuar, en que no podían sino dejarse conducir siempre por el amor, por el servicio, por la humildad; con ellos había tenido especial comunión y les había enseñado también a vivir en comunión de amor y amistad los unos con los otros.

Ahora se lo deja como mandato, como su único mandamiento. ‘Este es mi mandamiento: que os ameís los unos a los otros como yo os he amado’. Amarse, pero no de cualquier manera, sino ‘como yo os he amado’. Hace unos momentos se había puesto humilde a lavarles los pies para enseñarles hasta donde tenía que llegar ese amor en el servicio a los demás. Ahora además les diría que El es el amigo que ama como el que más porque es capaz de dar la vida por el amigo. Está diciéndonos, pues, que tenemos que amar como El, que amó hasta el extremo.

Por eso, aunque ese mandamiento no parece ninguna cosa extraordinaria, porque decimos, bueno, tenemos que querernos los unos a los otros porque tenemos que saber convivir los unos con los otros, sin embargo la medida del amor que Jesús nos propone como su mandamiento no es una medida cualquiera. ‘Como yo os he amado’, nos dice para darnos la medida a la que tiene que tender nuestro amor. Y nos dice, ‘sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando’. ¡Vaya compromiso en el que nos pone la palabras de Jesús!

¿Nos pide imposibles Jesús? ‘Para Dios nada hay imposible’, le diría un día el ángel a María. Con Dios nada hay imposible tenemos que reconocer nosotros. Porque un amor así no lo vamos a vivir por nosotros mismos sino con la fuerza de su Espíritu. Jesús nos lo promete. Lo vamos a escuchar repetidamente estos días. Creamos en la presencia y en la fuerza del Espíritu para vivir un amor como el que Jesús nos pide y enseña. ‘Esto os mando: que os améis los unos a los otros’.

jueves, 26 de mayo de 2011

Nos salvamos por la gracia del Señor y respondemos con nuestra fe


Hechos, 15, 7-21;

Sal. 95;

Jn. 15, 9-11

‘Creemos que ellos lo mismo que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús’. Es la afirmación y respuesta que da Pedro a la controversia que había surgido en las primeras comunidades cristianas con la aceptación de los gentiles al bautismo y la fe.

Recordamos cómo le habían pedido explicaciones a Pedro cuando bautizó a Cornelio y su familia en Cesarea del Mar. Ahora, después de la llegada de Pablo y Bernabé de su viaje apóstolico donde muchos gentiles habían abrazado la fe, surgió la cuestión porque algunos pretendían someterlos a la ley mosaica y al rito de la circuncisión.

Desde Antioquía habían subido a Jerusalén para consultar con los apóstoles y los ancianos. Lo que nos narran los Hechos en lo que estamos escuchando estos dias es lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén que fue aquella reunión allí convocada para resolver la cuestión. Ha hablado Pedro y recordado lo sucedido con los gentiles de Cesarea, ‘contaron Pablo y Bernabé lo signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios’, y finalmente hablaría también Santiago dando la solución definitiva. Mañana escucharemos lo que podíamos llamar el decreto del Concilio que llevarían a Antioquía y a todas las iglesias con las exigencias de alejarse de toda idolatría y de todo mal para vivir la gracia del Señor.

La frase que hemos subrayado al principio viene a ser buen resumen y mensaje. Es Cristo Jesús quien nos salva con su gracia. Y decimos gracia, como regalo que es de Dios, cuando nos ofrece su salvación. Para eso Cristo entregó su vida por nosotros y así nos regala esa vida nueva, su vida que nos llena de salvación y de gracia.

Por la fe aceptamos y recibimos esa gracia. Es nuestra respuesta. Que no solo es el ritualismo de unas cosas que hacemos o de unas leyes que cumplimos, sino que es aceptar ese regalo de Dios y vivir en consecuencia esa vida nueva. Vida nueva que vamos a expresar en un nuevo estilo de vivir, en unas nuevas actitudes y en todo lo que son nuestros actos de amor para con los demás.

No es que recibamos su gracia salvadora y sigamos viviendo de la misma manera como si nada hubiéramos recibido. Por esa gracia recibida tenemos que sentirnos en verdad transformados. Es que además nos sentimos unidos a Dios de una forma nueva, de la misma manera que debemos entrar en una nueva comunión de amor con los demás. Es toda nuestra vida cristiana.

Cómo nos sentimos regalados por Dios. Cómo hemos de ser agradecidos a tanta gracia que el Señor nos regala. Como muchas veces hemos dicho no terminamos de considerar la grandeza y la maravilla del amor que Dios nos tiene. De ahí nuestra respuesta de fe y de amor.

Respuesta de fe y amor que nos tiene que llevar a vivir esa gracia del Señor en la santidad de nuestra vida. Lejos, pues, de nosotros toda idolatría y todo pecado. Lejos de nosotros todo aquello que nos contamine con el mal. Lejos de nosotros todo lo que suene a egoísmo y pasión de desenfrenada y nos pueda llevar a romper nuestra comunión con Dios y con los demás. ¿Cómo no vamos a responder con una vida santa a tanta gracia que el Señor nos regala y con la que llega su salvación a nuestra vida? Es que además con nuestro testimonio hemos de anunciar esa gracia salvadora a todos.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Así seréis discípulos míos


Hechos, 15, 1-6;

Sal. 121;

Jn. 15, 1-8

‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. La gloria de Dios, fruto abundante, ser discípulos de Jesús. Queremos ser discípulos de Jesús, seguirle; queremos en verdad dar gloria a Dios, pero ¿damos frutos y frutos abundantes?

Nos propone una hermosa alegoría, que tantas veces habremos meditado. La vid y los sarmientos, nosotros, Jesús y el Padre. La imagen de la viña aparece en los profetas y Jesús mismo la empleará en sus parábolas. Con esa imagen de la viña, como tantas veces hemos meditado, nos muestra lo que es el amor de Dios por su pueblo; un pueblo, nosotros, que ha de dar fruto, pero que no siempre lo damos.

Hoy nos dice Jesús que El es la vid y nosotros los sarmientos; el Padre es el labrador. Pero será necesario que los sarmientos estén unidos a la cepa, a la vid; desgajados o arrancados para nada sirven; enfermos.inútiles o llenos de ramajes infructuosos de nada nos valen. Por eso nos habla de unión y de limpieza o purificación.

‘A todo sarmiento que no da fruto lo arranca; y al que da fruto lo poda, para que dé más fruto’. Confía Jesús que nosotros estemos limpios o seamos sarmientos fructuosos. El nos ha alimentado con su Palabra y esa Palabra tendría que llenarnos de vida y mantenernos purificados. Pero seamos humildes y reconozcamos que necesitamos una poda en nosotros por tantas cosas, tantos ramajes que dejamos apegar a nuestra vida que necesita purificación. Es la poda y la purificación de nuestros pecados y de todo aquello que nos pueda llevar o inducirnos al mal.

Necesitamos permanecer unidos a Jesús. ‘El sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí’. Y nosotros tantas veces queremos actuar por nuestra cuenta. Nos lo sabemos todo. Nos creemos que nos bastamos con nuestras propias fuerzas. ¿Quién me va a enseñar a mí?, pensamos tantas veces. Yo sé lo que tengo que hacer y no necesito que nadie me esté diciendo nada. Repito, seamos humildes y reconozcamos que necesitamos estar unidos a Jesús para recibir la savia de su gracia.

‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada…’ nos dice Jesús tajantemente.

¿Cómo vivimos esa unión con Jesús? ¿Cómo llega su gracia a nosotros? Dios en su sabiduría infinita y en su poder puede hacernos llegar su gracia de mil maneras por decirlo de alguna forma. Pero tenemos unos medios claros y certeros: la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos. Un cristiano sin la Palabra, sin oración y sin la gracia de los sacramentos será un cristiano sin vida, sin fruto.

Mucho podríamos y tendríamos que decir en este sentido. La importancia de la escucha de la Palabra que nos ilumina, que nos revela a Dios, que nos hace ver el camino, que nos alimenta. Con qué atención, con qué amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón.

La oración que nos hace encontrarnos con Dios, con su Misterio, con su Palabra; la oración que nos une a Dios y nos hace vivir profunda e íntimamente unidos a El; la oración en la que nos sumergimos en Dios, y en la que dejamos que Dios en su inmensidad también nos llene y nos inunde. La oración que nos hace escuchar a Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos, nos señala caminos, nos corrige en nuestras desviaciones y errores, nos hace mirar la cruda realidad de nuestra vida. La oración en la que le hablamos, suplicamos, pedimos, le invocamos, le damos gracias o cantamos su alabanza y también le pedimos perdón; cuántas cosas podemos decirle a Dios.

Finalmente los sacramentos, cauces de la gracia de Dios; participación en el misterio de Cristo, fortaleza y alimento de nuestra vida en el caminar de cada día, presencia salvadora de Cristo en nosotros y con nosotros. Mucho tendríamos que decir de cómo nos unimos a Cristo en todos y cada uno de los sacramentos en su momento o en la situación que cada uno vivamos.

‘El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante y con esto recibe gloria mi Padre… y seréis discípulos míos’.

martes, 24 de mayo de 2011

Les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos

Hechos, 14, 18-27;

Sal. 144;

Jn. 14, 27-31

‘Al llegar a Antioquía de donde los habían enviado con la gracia de Dios… reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe’.

Al leer este texto de los Hechos de los Apóstoles confieso que siento una sana envidia en mi corazón por el espíritu de aquella comunidad de Antioquía que sentía como propio todo lo que los apóstoles enviados habían realizado y cómo ahora con gusto escuchaban los relatos que les hacían de su predicación. Ojalá nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias tuvieran ese mismo espíritu e inquietud.

Habían partido un día después que la comunidad había orado y les había impuesto las manos porque el Espíritu los había seleccionado para una misión que habían de realizar. Hemos venido escuchando el relato de la predicación de Pablo y Bernabé con todos sus detalles, incluso los malos momentos que habían pasado como el que hoy mismo se nos ha narrado. ‘Apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad dejándolo por muerto’, nos dice.

Pero continuaban los apóstoles la predicación por distintos lugares y hoy se nos narra ya como su regreso pasando de nuevo por aquellas comunidades que habian constituido al predicar el evangelio ‘animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Espíritu y buen ánimo, perseverancia y aceptación también del sufrimiento o la persecusión a causa del Reino de los cielos. Nos recuerda las bienaventuranzas de Jesús.

Trataban los apóstoles de fortalecer a aquellas comunidades e iban dejando una incipiente organización de la Iglesia. ‘En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído’. Las comunidades han de continuar su vida aún cuando los apóstoles no puedan estar siempre con ellos, porque como misioneros han de ir por otros lugares también anunciando el evangelio. Por eso designan a los ancianos, los presbíteros, que mantengan la unidad de la comunidad y que les ayuden en la perseverancia en la fe.

‘Tus amigos, Señor, anunciarán la gloria de tu reino’, repetimos orando en el salmo. ¿Qué queremos expresar? Es la misión que Jesús nos ha confiado cuando sube al cielo. Ir por todo el mundo anunciando el evangelio. Lo que estamos viendo en aquellas primeras comunidades cristianas, en los apóstoles, en este caso en Pablo y Bernabé en el relato de estos días. El espíritu misionero que siempre nos tiene que animar. Es la inquietud que hemos de sentir en nuestro corazón de que el evangelio de Jesús sea conocido en todas partes para que todos puedan igualmente bendecir al Señor.

Como seguíamos diciendo en el salmo como respuesta a la Palabra que vamos escuchando ‘que hablen de tus hazañas… explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado… pronuncie mi boca la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre por siempre jamás’.

El Papa nos ha invitado a que hoy de manera especial tengamos un recuerdo de la Iglesia de China. Es el día de María Auxiliadora, Auxilio de los Cristianos, el 24 de mayo, venerada con gran devoción bajo esta advocación en el Santuario de Sheshan en Sangay. La Iglesia en China, sobre todo en este momento, tiene necesidad de la oración de la Iglesia universal. Los católicos chinos, como han dicho muchas veces, quieren la unidad de la Iglesia universal, con el Pastor supremo, con el sucesor de Pedro. Con la oración podemos obtener para la Iglesia en China permanecer, una, santa y católica fiel y firme en la doctrina y en la disciplina eclesial. Ella merece todo nuestro afecto. Sabemos que, entre nuestros hermanos obispos, hay algunos que sufren y son oprimidos en el ejercicio de su ministerio episcopal. A ellos, a los sacerdotes a todos los católicos que encuentran dificultades en la libre profesión de la fe expresamos nuestra cercanía. Con nuestra oración podemos ayudarles a encontrar el camino para mantener viva la fe, fuerte la esperanza, ardiente la caridad hacia todos e íntegra la eclesiología que hemos heredado del Señor y de los apóstoles y nos ha sido transmitida con fidelidad hasta nuestros días. Con la oración podemos obtener que su deseo de estar en la Iglesia una y universal supere la tentación de un camino independiente de Pedro’.

Así se expresaba el Papa hace unos días pidiéndonos esa oración por China en especial y por todos aquellos lugares en que los cristianos están siendo perseguidos.


Si quieres saber mas de este santuario de China en honor de la virgen pincha aqui: http://advocacionesmarianas.netfirms.com/NS_she_shan.html

lunes, 23 de mayo de 2011

Mi Padre lo amará, lo amaré yo y me mostraré a él


Hechos, 14, 5-17;

Sal. 113;

Jn. 14, 21-26

‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Espíritu Santo… será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho…’ Comienza Jesús a hacernos anuncios del envío del Espíritu Santo. Quien nos lo enseñe todo, Espíritu de inteligencia, de ciencia y de conocimiento de Dios.

Nos dice Jesús cómo nos ha ido revelando su corazón, ahora que está a nuestro lado. Si nos fijamos bien en estos textos que estos días vamos escuchando, tomados de las palabras de Jesús en la última cena, nos daremos cuenta de cuántas cosas nos va revelando del misterio de Dios; pero de cuántas cosas nos habla de lo que va a ser nuestra vida desde nuestra fe en El. Cómo nos va llenando de su amor; cómo nos habla del amor grande, infinito, que Dios nos tiene. Cómo, si nosotros nos vamos dejando conducir por el Señor y vamos respondiendo con nuestro amor, Dios nos ama tanto que quiere morar en nuestro corazón.

Pero nos queda aún más cuando el Espíritu Santo descienda sobre nosotros. De tal manera nos llena de la vida de Dios que nos hará a nosotros hijos de Dios, partícipes como nos hace de la vida divina. Y podremos comprenderlo y llegar a vivirlo porque el Espíritu nos lo revela, nos lo ensela, nos lo recordará continuamente.

De nuestra parte, nuestra fe y nuestro amor. Aunque pequeña y débil sea nuestra fe, aunque nuestro amor no se todo lo grande que tendría que ser, nos sentiremos amados de Dios. Primero siempre es el amor de Dios, porque El nos amó primero, porque nos amó aunque nosotros no lo mereciéramos –y tendríamos que recordar lo que nos dice san Juan en sus cartas sobre esto – pero la sintonía con ese amor de Dios tiene que ser con nuestro amor.

Un amor que nos lleve a cumplir la voluntad de Dios. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él’. En esa sintonía de amor podremos cada día conocer más a Dios, porque Dios más se nos revelará.

Se me ocurre pensar en los grandes santos místicos que en su unión con Dios llegan a un conocimiento profundo del misterio de Dios y se sientan inundados misteriosa y extraordinariamente por Dios. Pasaron por un camino de ascesis, de purificación interior para irse liberando más y más del pecado y llegar a esa altura de santidad de esa unión tan íntima y profunda con Dios que se les revelaba y se les manifestaba. Aman a Dios y se sienten amados de Dios; aman a Dios y toda su vida es unirse a Dios en el cumplimiento fiel de su voluntad. Y de tal manera van creciendo en su interior, en su espíritu que se sienten transformados por Dios, por un Dios que les ama y se les revela de forma extraordinario.

Alguien podría pensar, bueno, pero eso no es para nosotros, es sólo para los grandes místicos. A eso estamos llamados todos porque si amamos al Señor, todos nos sentiremos amados de Dios y a todos se nos manifestará el Señor. Tengamos fe. Pongamos amor en nuestra vida. Es meta e ideal al que tenemos que aspirar. Yo me siento muy pecador y muy lejos de todo eso, pero no dejo de reconocer que a eso me llama el Señor, a esa santidad de mi vida.

Ojalá pudiéramos nosotros ir creciendo de esa manera en nuestro interior, en nuestra espiritualidad, en nuestra unión con Dios, purificados de todo pecado y de toda debilidad y flaqueza. Ojalá pudiéramos cada día más crecer en esa unión con el Señor para ir logrando esa oración tan intima y tan intensa que nos haga asi sentirnos unidos a Dios, llenos e inundados de Dios.

Nos queda mucho que purificar en nuestro corazón. Pero es un camino que tenemos que intentar ir realizándolo cada día. Un cristiano que ama profundamente al Señor tiene que estar en esa actitud permanente de crecimiento interior, de crecimiento en el amor de Dios, de crecimiento en santidad.

El Espíritu Santo que nos enviará Jesús desde el Padre nos lo revelará todo, nos decía Jesús. Dejémonos conducir por el Espíritu divino que además de ser nuestra fortaleza es también nuestro Defensor contra las acechanzas del maligno; lo llamamos el Paráclico, el Defensor.

domingo, 22 de mayo de 2011

Una meta y un camino la vida de Dios que en Cristo Jesús podemos alcanzar


Sal. 32;

1Pd. 2, 4-9;

Jn. 14, 1-12

Es necesario tener claro cuál es la meta a la que queremos llegar para saber encontrar el camino. Pero será necesario también tener la seguridad del camino si queremos en verdad llegar a la meta. Ni hacemos los caminos a tontas y a locas sin saber por donde vamos ni nos planeamos hacer un camino si no sabemos a donde queremos llegar. Aunque simplemente salgamos a pasear lo hacemos por algo. Humanamente nos trazamos rutas, nos ponemos objetivos en la vida, queremos planificar bien lo que vamos a emprender.

Pero ¿hacemos igual en el camino de nuestra fe? ¿tenemos claros cuáles son nuestros planteamientos cristianos? ¿en verdad le damos trascendencia a la vida y tenemos ciertamente esperanzas de vida eterna? Creo que serían planteamientos que habría que hacer y revisar, cosas en las que habría que reflexionar seriamente.

Si reflexionamos con atención el evangelio que hoy se nos proclama creo que nos daremos cuenta que es algo de lo que nos quiere hablar Jesús y son interrogantes que también tienen en su interior los apóstoles que no siempre terminaban de comprender lo que Jesús les dice, ni lo acaban de conocer.

Las palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena tienen resonancias de despedida, pero también quieren suscitar una fe firme en los discípulos, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que va a suceder que será para ellos un tremendo escándolo y un motivo de crisis grande en sus corazones. ‘Que no tiemble vuestro corazón…’, van a suceder muchas cosas, muchas negruras van a aparecer en el horizonte de la vida, la pasión y la cruz van a ser un trago difícil de superar… pero ‘creed en Dios y creed también en mí’. La luz de la fe no se puede apagar; ha de mantenerse bien encendida, les está pidiendo Jesús.

Les habla de su vuelta al Padre – ‘sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre’, había comenzado a contar el evangelista en el principio del relato de la cena – pero les dice también que quiere que estemos con El; va a prepararnos sitio, y habla de un camino que ya han de conocer quienes tanto tiempo habían estado con Jesús. ‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino’.

Es cuando aparecen las dudas, del camino y de la meta. ‘No sabemos adonde vas, cómo podemos saber el camino’, le replican. Nuestro camino es Jesús. No hay otro. Sólo por El podemos llegar al Padre. Ahí está la meta y ahí nos está señalando el camino. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’.

Sigue costándoles entender. ‘Muéstranos al Padre y eso nos basta’, exclamará Felipe. No habían terminado de comprender todo el misterio de Dios que en Cristo se les manifestaba. Querían saber a donde llegar pero aún no lo veían claro.

Cuánto les había enseñado Jesús, cuántas parábolas y ejemplos, cuántos momentos de predicación en las sinagogas o en el templo, en los caminos o en la montaña, allí junto al lago o en las casas; incluso a ellos en particular cuando llegaban a casa les explicaba con más detalles. Cuántas obras, signos y señales de Dios le habían visto realizar a Jesús en sus milagros, en su amor, en su entrega, en su cercanía a los pequeños y a los sencillos, a los pobres y a los enfermos. No terminaban de ver el rostro misericordioso de Dios en Jesús, en su amor. ‘Tanto tiempo con vosotros… quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’.

‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…’ Es lo que tenemos que hacer, seguirle. Seguir sus pasos. Vivir su vida. Inundarnos de su verdad. En Jesús encontraremos la plenitud de todo. Palabra eterna de Dios. Verbo de Dios que se ha encarnado para ser Enmanuel, ser Dios con nosotros. Luz que nos ilumina y nos hace comprender el sentido de todo. Es la verdad, la única verdad eterna y permanente que nos puede llevar a plenitud. No nos importan las oscuridades que pudieran aparecer porque ponemos toda nuestra fe en el Señor y con El nos sentimos seguros.

Necesitamos conocer a Jesús, aprender a Jesús. Y conocer y aprender a Jesús no es sólo saber cosas de El. Quizá sabemos muchas. Ese conocimiento de Jesús tiene que convertirse en vida, en nuestro vivir. Aprender es como meterlo dentro de nosotros para que nos podamos hacer uno con El. El ya nos dice que quiere habitar en nosotros y nosotros habitemos en El.

En la medida en que lo vayamos aprendiendo, haciendo vida nuestra iremos conociendo más a Dios, aprendiendo a Dios también para que habite en nosotros. Es hacer nuestros sus sentimientos, sus gestos, sus actitudes, hacer las mismas cosas que Jesús. Ya entonces sus mandamientos, el amor que nos manda tener no será algo que pongamos por fuera como un adorno sino que lo estamos haciendo nuestra manera y nuestro sentido de vivir.

Y como nos dirá Jesús en otro momento si guardamos sus mandamientos ‘el Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él’. ¡Qué cosa más hermosa y qué dicha más grande! Teniendo a Dios en nosotros de esa manera tendremos la vida eterna.

Ya vamos viendo, entonces, cuál es la meta de nuestra vida cristiana, lo que significa en verdad seguir a Jesús, ser discípulo de Jesús. Dejemos que Jesús nos prepare esas estancias para estar siempre con El. ‘Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’.

Ya sabemos entonces el camino que hemos de seguir. En una palabra, Cristo. Piedra viva, preciosa y escogida, como nos dice hoy san Pedro; piedra angular porque en verdad es el fundamento único y total de todo nuestro vivir. Y nos unimos a El para ser una cosa con El; y nos convierte en piedras vivas en la construcción del templo de Dios. Es que con toda nuestra vida hemos de glorificar a Dios.

Por eso terminará llamándonos san Pedro ‘raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo escogido y adquirido por Dios’ para que con toda nuestra vida, reconociendo cuánto ha hecho y hace el Señor por nosotros proclamemos las maravillas de Dios ante todos los hombres.

Qué maravilla sentirnos así amados de Dios; qué maravilla que podamos así seguir ese camino que es Jesús; qué maravilla que por Jesús podamos alcanzar esa vida en Dios para siempre; porque eso es la vida eterna, ese vivir en Dios.

sábado, 21 de mayo de 2011

El que cree en mí también él hará las obras que yo hago


Hechos, 13, 44-52;

Sal. 97;

Jn. 14, 7-14

‘Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y aun mayores’. Necesitamos creer en Jesús. ¿Hemos pensado cuánto podemos hacer y ser desde nuestra fe en Jesús? ¿Hemos pensado seriamente cuánto nos da Jesús, cuánto recibimos de Dios por nuestra fe en Jesús?

No hay otro nombre que pueda salvarnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios vivirá, se salvará, se llenará de vida eterna. Cuántas veces escuchamos a Jesús en el evangelio decir a los que se acercaban a El ‘basta que tengas fe’, o alaba a los creen aunque no hayan visto, o les dice que por su fe se han curado, han alcanzado la salvación.

Aunque podemos decir que tener fe es decir Si a Dios, decir Sí a Jesús, sabemos que esa palabra implica mucho más. Lo expresaremos con una palabra, lo confesaremos recitando las palabras del Credo como un resumen y compendio de nuestra fe, pero es algo más que palabras porque tiene que ser vida. La fe implica toda nuestra vida; envuelve y empapa toda nuestra vida. Nada se escapa del sentido de la fe en aquello que hacemos o que decimos¸ nada se escapa del sentido de la fe en lo que vivimos.

Por la fe que tenemos en Jesús nos unimos a El para hacer nuestra vida una sola cosa con El. Por la fe nuestras obras serán nuevas y distintas, porque ya serán para siempre las obras de Dios. Nos unimos a Jesús y esa unión la expresamos y la celebramos, la hacemos visible y palpable a través de los sacramentos. Nos unimos a Jesús y ya nuestro actuar será desde el estilo y el sentido de Jesús. Por eso, como nos dice hoy, si creemos en El haremos las obras que hace Jesús.

En otro lugar del evangelio nos dirá que el árbol se conoce por sus frutos; pues los frutos por los que tiene que reconocerse a nosotros son las obras de Jesús que son las obras de la justicia y del amor. ‘Por sus frutos los reconoceréis’; por nuestros frutos se reconocerá nuestra fe. Seamos árbol bueno que demos frutos buenos. Seamos árbol de fe que se manifiesta en los frutos del amor y de la justicia.

Y en el nombre de la fe cuánto podemos hacer. ¿No recordamos a Pedro que cuando por la fe que tenía en Jesús en su nombre echó la red recogió una redada de peces tan grande que se reventaba la red? Hoy nos dice además Jesús que ‘lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo’. Y termina afirmando rotundamente: ‘Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Con fe, con confianza, con humildad, con amor acudamos a Jesús para que crezca nuestra fe.

Sin embargo en muchas ocasiones a los cristianos se nos ve baldíos, sin obras, sin frutos. Muchas veces nuestra vida aparece ramplona y sin vitalidad, pobre en obras y en compromisos seríos, fría y rutinaria, dejándonos arrastrar por la tendencia al pecado y la tentación. Se nos muere la fe si no la cuidamos debidamente. Es una planta muy delicada.

Despertemos nuestra fe. Reavivemos nuestra fe. Ahondemos en nuestra fe para hacerla profunda, firme, segura, comprometida, llena de vida. Tenemos que cuidar nuestra fe. Es la niña de nuestros ojos. Tenemos que alimentar nuestra fe. Si no alimentamos nuestra fe nuestra vida cristiana decae, muere. Y no tenemos otra fuente de agua viva que Jesús. A El tenemos que acudir. ‘Dame de esa agua para que no tenga ya más sed’, le pediremos como la mujer samaritana. ‘Danos de ese pan’, como los judíos de Cafarnaún también le pediremos a Jesús. Desde nuestra debilidad y pecado, reavivando los rescoldos de nuestra fe tenemos que acudir a El y decirle, como aquel hombre del evangelio, ‘yo creo, yo quiero creer, pero aumenta mi fe’.

viernes, 20 de mayo de 2011

A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación


Hechos, 13, 26-33;

Sal. 2;

Jn. 14, 1-6

‘A vosotros, todos los que teméis a Dios, se os ha enviado este mensaje de salvación’. Es para nosotros también. Cada vez que escuchamos la Palabra del Señor estamos recibiendo este mensaje de salvación. No nos contentamos con recordar. El Señor a nosotros nos habla también hoy, en el hoy de nuestra vida. No es sólo un recuerdo de hechos pasados, aunque vayamos haciendo memoria de esa Palabra dicha, ese mensaje de salvación, pero que nos dice el Señor hoy también a nosotros.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos ido contemplando el comienzo del primer viaje de Pablo y Bernabé, enviados por el Espíritu del Señor. Habían ido primero a Chipre y pronto saltaron al Asia Menor. Desde Perge de Panfilia por donde desembarcaron se dirigieron a Antioquía de Pisidia y allí en la Sinagoga el sábado fueron invitados a hablar después de que se hizo la lectura de la Palabra.

Ayer recordábamos el resumen de la historia de la salvación que les hacía Pablo hasta el momento de la predicación del Bautista proclamando un bautismo de conversión como preparación al que había de venir. Hoy ya el anuncio que escuchamos es más concreto refiriéndose a Jesús. ‘Los habitantes de Jerusalén no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo… pero Dios lo resucitó de entre los muertos… nosotros os anunciamos que la promesa que hizo Dios a nuestros padres nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

Es el anuncio claro, valiente, comprometido que hacen de Jesús, de su salvación. ‘A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación’. La redención de Cristo abarca a todos los hombres, a todos ha de llegar su gracia y su perdón. Y es el anuncio, el Kerigma de salvación, que los apóstoles les vienen a traer. Es en Jesús en quien hay que creer porque El es en verdad nuestro único Salvador.

Decíamos al principio que para nosotros también es ese mensaje de salvación. Es lo que celebramos y vivimos. Tiene que ser en verdad nuestra vida. Es el anuncio y proclamación que nosotros hacemos en nuestra celebración. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ aclamamos con fe cuando venimos a la Eucaristía. Es el misterio, el sacramento de nuestra fe que celebramos. Es una proclamación de nuestra fe lo que estamos haciendo.

‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias…’ decimos en la plegaria eucarística. Memorial de la muerte y resurrección del Señor. Proclamación de nuestra salvación y nuestra redención que nos viene por la muerte y la resurrección del Señor. Lo decimos todos los días pero es necesario que muchas veces nos detengamos un poco a reflexionarlo, a rumiarlo en nuestro corazón, para que no sean unas palabras dichas sin más, sino que sea en verdad esa expresión de nuestra fe, esa proclamación de nuestra fe.

Queremos poner toda nuestra fe en Jesús y seguirle. Como nos dice en el evangelio hoy es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Ya tendremos oportunidad de reflexionarlo más porque este mismo texto lo vamos a proclamar en el quinto domingo de pascua. Poner nuestra fe en Jesús y seguirle es vivirle, hacerlo vida nuestra. Nuestra única vida que nos da plenitud. No es solamente hacer cosas para ser buenos, copiar o imitar, sino vivir. Es meter a Cristo en nuestra vida. Como hemos reflexionado más de una vez, cuando le comemos en la Eucaristía nos hacemos uno con El; es una unión tan profunda que El habita en nosotros y nosotros habitamos en El.

Que lleguemos a entenderlo y a vivirlo, vivir su salvación.

jueves, 19 de mayo de 2011

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica


Hechos, 13, 13-25;

Sal. 88;

Jn. 13, 16-20

‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado más que el que lo envía’. Si sacáramos estas palabras de Jesús del contexto en el que fueron dichas nos podrían parecer de lo más normal en la relaciones humanas habituales en su tiempo. Pero lo sucedido inmediatamente antes de Jesús hacernos esta afirmación fue el lavatorio de los pies de los discípulos por parte de Jesús en el inicio de la cena pascual. Por eso nos dirá a continuación ‘puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

No parecía lo normal que Jesús el Señor y el Maestro se pusiera a lavarles los pies. Era el oficio de los sirvientes o de los esclavos. Ya conocemos la reacción de Pedro que no quería dejarse lavar, como ya comentamos en el jueves santo. Pero también nos diría entonces ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, así tenéis que lavaros los pies los unos a los otros’. En ese sentido está lo que ahora le hemos escuchado. ‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

Es el camino del amor y de la humildad por el que tiene que pasar nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento auténtico de Jesús; espíritu de servicio como el de Jesús. Pero es también la fuerza de la humildad y del amor con que nosotros hemos de ir a los demás. Somos también sus enviados para llevar la Buena Noticia de Jesús a los demás. Nunca lo podemos hacer desde la prepotencia y la soberbia. Siempre tiene que ser una oferta de amor la que nosotros hacemos a los demás porque queremos que también los otros puedan participar, puedan disfrutar de la riqueza de gracia que Jesús nos ofrece. Qué daño haríamos incluso al mensaje si el orgullo fuera nuestra carta de presentación.

Cuánto nos estimula, por ejemplo, la humildad y mansedumbre de los santos; la humildad y mansedumbre con que se presentaba Francisco de Asís. Es la mansdumbre de Jesús que nos invita a ir hasta El que es manso y humilde de corazón. Cuánto tenemos que aprender.

Pero hoy terminará diciéndonos también en ese mismo sentido ‘os lo aseguro: el que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado’. Vamos en el nombre de Jesús al encuentro con los demás, y nuestra vida se ha de convertir en signo del amor del Señor que llega a los otros. Quienes nos reciben como a un enviado de Jesús están recibiendo al Padre que ha enviado a Jesús.

Así queremos recibir y acoger a los pastores que en el nombre de Jesús vienen a nosotros. Y es lo que comentábamos el domingo del Buen Pastor de cómo la comunidad cristiana ha de saber valorar a sus pastores que en el nombre de Jesús ejercen su ministerio y nos traen la gracia del Señor en la Palabra que nos proclaman y en los sacramentos que celebramos.

Pero quiero pensar en algo más. Pienso en cómo siempre tenemos que saber acoger a Cristo que viene a nosotros en los demás, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Aquí podemos recordar lo que Jesús nos dice de que todo lo que le hagamos al hambriento o al sediento, al enfermos o al peregrino, al que nos tiende una mano pidiéndonos una ayuda, a quien sufre a nuestro lado o lo vemos encerrado en su soledad, a El se lo estamos haciendo.

Cuánto nos cuesta en muchas ocasiones. Cuánto tendría que hacernos pensar esto para saber acoger al otro porque será siempre acoger a Cristo. Que no se cierre nunca nuestro corazón ante el hermano que llega a nuestra vida, porque se lo estaríamos cerrando a Jesús.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Espíritu guía y sostiene a la Iglesia y le concede el don de sus carismas


Hechos, 12, 24-13, 5;

Sal. 66;

Jn. 12, 44-50

De una cosa podemos estar seguros, que además nos llena de fortaleza y esperanza, y es que la Iglesia es conducida y sostenida por el Espíritu Santo. Frente a las tentaciones de desánimo que podamos tener cuando vemos nuestra propia debilidad, o frente a los criterios excesivamente terrenos que podamos contemplar en algunos al considerar la obra de la Iglesia, y frente a los malos momentos por los que algunas veces podamos pasar por situaciones que no nos sean agradables, hemos de tener la certeza de la asistencia del Espíritu que nos congrega en el amor, que guía y santifica a la Iglesia y hace surgir en ellas los carismas que tanta riqueza espiritual nos producen.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles lo vemos palpable. Será el Espíritu Santo el que marca el inicio de la vida de la Iglesia en Pentecostés con lo que casi se inicia el relato de este libro del Nuevo Testamento. Pero veremos la acción del Espíritu de manera muy intensa en momentos muy puntuales de la vida y de la expansión de la Iglesia.

Cuando la comunidad se abre a los gentiles, como hemos escuchado hace pocos días, en casa de Cornelio el Espíritu se hará sentir sobre aquellos gentiles que lo recibirán incluso antes del Bautismo. Ahora lo vemos palpable en la comunidad de Antioquía, por una parte porque vemos ese resurgir de los diferentes carismas que enriquecen a la comunidad y por otra con el inicio de la mision de Bernabé y Saulo que comenzarán lo que se llama el primer viaje apostólico de Pablo.

‘En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros…’ nos dice el texto sagrado dándonos una lista de los mismos. Será ese grupo de profetas y maestros que llenos del Espíritu ejercen ese servicio ministerial de la comunidad y que manifiestan la riqueza de su vida.

Luego veremos que estando en oración sienten la inspiración del Espíritu - ¿a través quizá de la voz de algunos de esos profetas que menciona el texto? – para separar a Bernabé y Saulo para una misión y una tarea que se les va a confiar. ‘Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre’.

Es una comunidad, una iglesia que se siente llena del Espíritu Santo y se deja conducir por el Espíritu. Una comunidad con una riqueza espiritual grande. Ayunan, oran en común, escuchan la Palabra, sienten la voz de Dios en su corazón, se sienten misioneros para enviar a miembros de su propia comunidad por el mundo para que sigan anunciando el Evangelio. Podrían haber pensado que quizá los necesitaran allí para fortalecer la vida de la comunidad, sin embargo se desprenden de ellos para que cumplan la tarea que el Espíritu les encarga, para que cumplan el mandato de Jesús de anunciar el evangelio por todo el mundo.

Cómo tenemos nosotros que aprender a sentir esa presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en nuestras comunidades. Cómo tenemos que dejar actuar al Espíritu en nosotros y estar abiertos a que surjan esos carismas para el bien de la comunidad. Descubrir esos carismas, descubrir lo que cada uno de nosotros también podemos hacer por los demás y por la Iglesia.

Seguimos aún en esta semana que iniciamos con la Jornada de oración por las vocaciones el pasado domingo, y aquí tenemos un motivo más para orar, para pedir al Señor que cada uno descubra esos valores que Dios le ha dado, y puedan surgir asi personas que sintiendo ese impulso del Espíritu en su corazón vivan una entrega generosa a favor de la comunidad, de la Iglesia. Esas vocaciones, esos distintos carismas dentro de la comunidad que son una riqueza grande para la Iglesia.

martes, 17 de mayo de 2011

Nos seguimos preguntando por el sentido de Jesús


Hechos, 11, 19-26;

Sal. 86;

Jn. 10, 22-30

‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesias, dínoslo francamente’. Es la pregunta que se hacían los judíos cuando escuchaban a Jesús o contemplaban sus obras aunque no terminaban de reconocer cómo Dios se estaba manifestando en las obras que Jesús realizaba.

La respuesta de Jesús es clara aunque no siempre le quieren creer. ‘Os lo he dicho y no queréis creer; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí, pero vosotros no creéis porque no sois ovejas mías…’ Como bien comprendemos este texto es continuación del que desde el domingo venimos escuchando cuando Jesús se nos proclama como el Buen Pastor. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna…’

Nosotros sí queremos reconocerle como nuestro Buen Pastor, queremos escuchar su voz y seguirle, porque queremos en verdad llenarnos de su vida eterna. Queremos poner toda nuestra fe en Jesús reconociéndolo en verdad como nuestro Señor y nuestro Salvador, aunque a veces andemos confundidos y desorientados porque la tentación nos arrastre al pecado. Pero queremos volver a El porque sabemos bien que es el Buen Pastor que nos guía, nos conduce a la vida eterna; se nos da como alimento de vida en su entrega de amor por nosotros.

Quizá pueda ser la pregunta que muchos hoy a nuestro alrededor en el mundo convulso en el que vivimos se pueden seguir haciendo, porque todos aunque no siempre lo reconozcan están buscando una respuesta para sus vidas, ansiando una salvación. Las reacciones que se tienen ante el hecho religioso o ante la Iglesia pueden ser diversas, pero quizá haya muchos corazones inquietos buscando respuestas a los interrogantes profundos que puedan tener en su corazón.

Quizá suceda que todo lo queremos medir con medidas del mundo y cuando no se llega a entender el misterio de Dios que está detrás de todo, lo rechazamos como inservible o incomprensible. Se quiere mirar la Iglesia como una simple organización humana y hacemos comparaciones de su existir con otras organizaciones del mundo donde todo se rige por la ambición del poder y sus luchas. Qué lástima que a veces desde la propia Iglesia se pueda dar la sensación de esas luchas y ambiciones humanas.

Algunas veces no se quiere abrir los ojos de la fe y todo queremos palparlo con nuestras manos, nuestras pruebas o solo a partir de nuestros propios razonamientos. Es necesario también abrir el corazón al misterio de Dios que nos trasciende, pero que dará la más profundas respuestas a los interrogantes de nuestro corazón. Es necesario saber reconocer esas obras de Dios, ese actuar de Dios que se manifiesta en el actuar de los cristianos auténticos y de la Iglesia. No podemos cerrar los ojos.

No nos extrañe esa confusión que hoy a nuestro alrededor pueda haber ante lo religioso o ante la Iglesia misma, porque también sobre Jesús las gentes de su tiempo tenían sus confusiones, por llamarlas de alguna manera, cuando convertían el sentido del Mesías en una lucha de poder quizá, o de simple liberalización política de poderes humanos. Recordemos que en sus propios seguidores más cercanos había a veces luchas por primeros puestos o primeros lugares en su reino.

Creo que los que creemos en Jesús y nos llamamos cristianos y tenemos el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia es necesario que demos un buen testimonio de nuestra fe y del sentido de nuestra vida. Como Jesús decía que por las obras que hacia en nombre del Padre, ésas daban testimonio de él, así nuestras obras, nuestra manera de expresar nuestra fe, de vivir nuestro compromiso creyente en medio del mundo tenemos que ayudar a cuantos nos rodean a ese encuentro profundo con Dios que les haga encontrar respuestas a esos interrogantes que pueda haber en su corazón.

Que importante es el testimonio auténtico que hemos de dar los creyentes por nuestra vida. Que importante que busquemos desde lo más hondo del corazón a Jesús y lo sintamos en verdad como ese Buen Pastor de nuestra vida a quien queremos seguir y a quien queremos escuchar.

lunes, 16 de mayo de 2011

Ensanchemos nuestro corazón y se ensancharán también los caminos de la Iglesia


Hechos, 12, 24-13,5;

Sal. 66;

Jn. 12, 44-50

Los caminos de la Iglesia se siguen ensanchando. La Buena Nueva de Jesús se va propagando y llegando a todas partes. Ya escuchábamos hace unos días en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que a causa de la persecución cuando lo de Esteban los discípulos se fueron dispersando y llevando la Buena Noticia por toda partes; primero los contemplábamos por Samaría y en los textos que iremos escuchando esta semana los veremos cómo llega a Antioquia y a Chipre y comenzarán luego los viajes de san Pablo llevando el evangelio a lugares mas lejanos.

Pero lo que hoy escuchamos en los Hechos de los Apóstoles no ya sólo que el evangelio se propagase entre los judíos sino que también los gentiles eran admitidos a la fe. Como nos dice el texto hoy escuchado ‘los apóstoles y hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la Palabra de Dios’. Por eso pretenden pedirle explicaciones a Pedro que había intervenido en tal hecho y es lo que nos ofrece el texto hoy escuchado.

Como se pregunta Pedro cuando trata de darles explicaciones ‘si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?’ Cuando Pedro había comenzado a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo igual que había bajado sobre ellos en Pentecostés.

Pedro había tenido una visión que en principio le había costado entender. Pero con los hechos que se van sucediendo entiende lo que el Espíritu del Señor le quiere dar a entender. ‘Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tu profano’, había escuchado en la visión que le había mandado comer de toda clase de animales, puros e impuros. Luego se van sucediendo las cosas con aquella embajada que recibe y lo que había sucedido en Cesarea.

Con las explicaciones de Pedro ‘ellos se calmaron y alabaron a Dios diciendo: también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida’.

¿No los había enviado Jesús por todo el mundo para predicar el evangelio y todo el que creyese fuera bautizado? ¿No había derramado su sangre en la Cruz por todos los hombres para el perdón de los pecados? ¿No quería Jesús que todos los hombres se salvaran y llegaran al conocimiento de la verdad? Sin embargo, fue algo que en aquella primera comunidad cristiana formado en principio por discípulos de Israel les costó aceptar.

Hoy mismo en el evangelio que nos ha hablado del Buen Pastor que da su vida por las ovejas, Jesús nos dice ‘tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer; y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor’. También Jesús les había propuesto parábolas donde nos decía que como aquellos primeros labradores no rindieron para su amo el fruto de su trabajo, la viña se les quitará a ellos y se les dará a otros que rindan sus frutos.

Por muchas partes aparece en el evangelio la voluntad de salvación universal de Jesús. Por todos los hombres; no se pertenece al nuevo pueblo de Dios solo por linaje o por raza, sino que será desde el orden de la fe, aceptando a Jesús, desde el que se entrará a formar parte del Reino de Dios que es para todos los hombres, al que todos los hombres estamos invitados.

La contemplación de estos hechos y la reflexión que sobre ellos vamos haciéndonos nos viene bien para que nosotros seamos capaces de ensanchar nuestro corazón, ensanchar las miras, podríamos decir así, tratando de darle un sentido más misionero y más universal a nuestra vida, a nuestro actuar y a nuestro apostolado. Tenemos el peligro, sí, de quedarnos sólo a la sombra de nuestro campanario. No podemos encerrar en un espacio limitado el anuncio y la vivencia del evangelio, sino que siempre tenemos que tener ese sentido universal y misionero. A otros muchos podemos y tenemos que llevar el anuncio del evangelio, el anuncio de la salvación que Jesús quiso para todos los hombres.

domingo, 15 de mayo de 2011

Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas


Hechos, 2, 14.36-41;

Sal. 22;

1Pd. 2, 20-25;

Jn. 10, 1-10

Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.

Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.

Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.

Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.

En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.

Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’

¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.

El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.

Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.

Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.

Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.

Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.

Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.

Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.

Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.