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sábado, 12 de julio de 2014

Necesitamos ser cristianos que valiente y públicamente testimoniemos nuestra fe



Necesitamos ser cristianos que valiente y públicamente testimoniemos nuestra fe

Is. 6,1-8; Sal. 92; Mt. 10, 24-33
No sé si a ustedes les habrá pasado, pero cuando uno contempla el testimonio de los mártires con la valentía que se enfrentaban a las persecuciones y a la muerte, más allá de lo que sabemos que nos dice Jesús y de la asistencia del Espíritu del Señor en esos momentos, uno piensa sin embargo si sería capaz, si se encontrara en una situación así, de tener el valor para afrontar esas persecuciones o incluso la muerte. Confieso que uno se llena de temor pensando en su debilidad y flaqueza cuando en otras cosas se deja uno arrastrar tantas veces tan fácilmente por la tentación.
Nos viene bien escuchar las Palabras que Jesús nos dice hoy en el evangelio, porque verdaderamente son palabras de ánimo que tienen que darnos fortaleza para esos momentos,  como para todas las circunstancias con las que tenemos que irnos enfrentando en la vida donde tenemos que dar un testimonio valiente de nuestra fe.  Sin necesidad de pensar en una persecución que nos pudiera conducir a la muerte y al martirio, sin embargo cuantas ocasiones tenemos de dar ese testimonio valiente de nuestra fe en Jesús que quizá no damos con tanta claridad a causa de nuestras cobardías y complejos.
Hasta tres veces nos dice Jesús hoy en este corto párrafo del evangelio que no tengamos miedo, que no temamos. Primero nos dice que ‘el discípulo no es más que su maestro… ya le basta al discípulo ser como su maestro’. Y nos viene a recordar lo que han hecho con Jesús. Pero nos dice: ‘No les tengáis miedo…’ y nos invita a que proclamemos con toda claridad y valentía nuestra fe, el mensaje de salvación que de El hemos recibido. ‘Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea’. Expresiones que vienen a significar que aquello que hemos recibido de El, que hemos aprendido de El, tenemos que compartirlo con los demás.
Y nos volverá a decir por dos veces más ‘no tengáis miedo a los que matan el cuerpo…’ Y nos invita a confiar en la providencia de Dios que es Padre y cuida de nosotros, para decirnos finalmente que si somos capaces de dar la cara por El, estará de nuestra parte. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo’. Jesús será nuestro abogado ante el Padre.
Esto nos tiene que hacer pensar mucho en las actitudes acomplejadas y cobardes que muchas veces podemos tener entre los que nos rodean; tememos manifestarnos como creyentes, como cristianos comprometidos; oímos hablar en contra de la religión, la Iglesia, las cosas sagradas y nos quedamos callados, no sabemos que decir ni como reaccionar.
Son cosas que fácilmente nos pueden suceder incluso en la sociedad que vivimos en que decíamos que todos somos cristianos y realmente a través de la historia los valores cristianos siempre han estado muy presentes, hoy nos encontramos con gente que se manifiesta claramente atea, y no solo eso, sino en muchas ocasiones muy combativos contra la religión y contra la Iglesia, pretendiendo quitar de lo público todo vestigio o todo signo religioso y cristiano. El otro día escuchaba que hay quien paga por cada signo religioso, cada cruz que se quite de un lugar público; hasta ahí se está llegando hoy en nuestra sociedad. Y los cristianos nos quedamos callados, y dejamos que hagan lo que quieran esas personas, y no somos capaces de manifestar públicamente en nuestra sociedad nuestros valores y nuestros criterios cristianos, y hasta escondemos nuestros signos religiosos.
Creo que los cristianos tendríamos que ser más valientes. Es a lo que hoy nos está invitando Jesús en el evangelio. Nos da palabras de ánimo y esperanza para que perdamos los miedos y los complejos de este tipo. Respetamos lo que puedan pensar los demás y a nadie se le obliga a creer pero no tienen por qué querer prohibirnos que nosotros manifestemos con la misma libertad lo que son nuestras creencias, lo que es nuestra fe.
Ya en otro momento del Evangelio cuando nos hable de las persecuciones que hemos de sufrir por su causa nos anunciará que no tengamos miedo y nos dirá que no nos faltará la asistencia y la fuerza del Espíritu Santo. Contemos con esa fuerza del Espíritu del Señor y proclamemos valiente y públicamente nuestra fe. Vivamos la alegría de nuestra fe y contagiémosla a los demás sin ningun complejo ni cobardía.

viernes, 11 de julio de 2014

San Benito sigue siendo maestro en la escuela del divino servicio para la gloria del Señor



San Benito sigue siendo maestro en la escuela del divino servicio para la gloria del Señor

Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
‘Esclarecido maestro en la escuela del divino servicio’, es la definición que de san Benito nos da en la liturgia de su fiesta que estamos celebrando; precisamente lo llamamos san Benito Abad; es una referencia clara a lo que significó san Benito y su obra en la vida de la Iglesia de su tiempo, en Europa a través de los siglos y para toda la Iglesia en todos los tiempos. Se le considera padre del monacato en Occidente y por el lugar tan importante que El y su orden benedictina tuvieron en la construcción de la Europa cristiana fue proclamado por la Iglesia como patrono de Europa.
Nacido en Nursia, de ahí el nombre con que se le conoce san Benito de Nursia, se formó en Roma, pero pronto sintió la llamada del Señor a una vida retirada del mundo para dedicarse en el silencio de la vida eremita a la oración y al servicio del Señor. Establecido primero en la Umbría pronto se marchó a Campania y en Monte Casino dio origen a la vida monacal con los que en su entorno pronto se congregaron para vivir su mismo estilo de vida.
Oración y trabajo fueron los fundamentos de su espiritualidad y lo que dio origen a la Regla benedictina primero para el monasterio de Montecasino y luego para todos los que fueron surgiendo a lo largo y a lo ancho de Europa con numerosas ramas que fueron surgiendo en los distintos momentos de la historia buscando siempre el seguir con radical fidelidad el espíritu de la regla de san Benito.
‘Esclarecido maestro en la escuela del divino servicio’ decíamos al principio que lo definía la liturgia; maestro en la vida espiritual y no solo para los que se consagran a Dios en la vida retirada en el silencio y la oración en un monasterio, sino que tendríamos que decir que es maestro de vida espiritual para todos los que queremos seguir el camino de Jesús y del evangelio.
El monje lo vive en su vida retirada dentro del monasterio dándole una relevancia especial a esos momentos intensos y solemnes de oración en la liturgia de las horas en los distintos momentos del día, pero con ese mismo espíritu hemos de vivir nuestra fe y nuestra vida cristiana allí en medio del mundo donde tenemos que realizar nuestra labor y nuestro trabajo con el que  nos ganamos el pan de cada día, porque también todo cristiano ha de vivir su vida creyente alimentada en la oración que no podrá faltar nunca en su vida.
Es lo que viven por una parte todos los que se consagran al Señor en la vida religiosa y que distribuyen en medio de sus tareas de cada día los distintos momentos de oración siguiendo también el ritmo de la liturgia de las horas; pero son también muchos los cristianos, que sin pertenecer a ninguna orden o congregación religiosa también viven con intensidad la misma oración de la Iglesia en la liturgia de las horas y tanto rezan cada mañana la oración de Laúdes, como cada tarde la oración de las Vísperas y también muchos en el medio día la llamada oración intermedia. Son muchos los cristianos que quieren vivir una espiritualidad profunda y se ayudan de esta oración litúrgica de la Iglesia sea en una oración individual como uniéndose a grupos de oración en parroquias o en comunidades.
Es la oración que santifica nuestro trabajo de cada día, haciendo que no lo veamos como una pesada carga o un castigo sino también como una forma de dar gloria al Señor. Con nuestro trabajo no solo nos ganamos el sustento de cada día, sino que en el desarrollo de nuestra inteligencia y nuestras capacidades a través del trabajo estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo,  a la mejora de nuestra sociedad lo que es como una continuación de la tarea creadora de Dios que al crearlo ha puesto al mundo en nuestras manos. Así para el creyente que quiere vivir una intensa espiritualidad cristiana el trabajo se convierte en oración, porque con nuestro trabajo estamos dando gloria al Señor al tiempo que hacemos el bien para los demás.
Ora et labora, oración y trabajo, decíamos que era el lema de la regla de san Benito, al que con la liturgia hemos llamado maestro en la escuela del divino servicio. Veamos  ahí cómo está siendo maestro para nosotros que nos ayuda en nuestro enriquecimiento espiritual y nos está enseñando cómo en todo momento podemos y debemos siempre dar gloria al Señor.

jueves, 10 de julio de 2014

No necesitas dinero ni cosas materiales para regalar una sonrisa al que está a tu lado y alegrarle el día



No necesitas dinero ni cosas materiales para regalar una sonrisa al que está a tu lado y alegrarle el día

Os. 11, 1-4.8-9; Sal. 79; Mt. 10, 7-15
‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, es el mandato de Jesús. Ya ayer escuchábamos como entre todos los discípulos había escogido a doce a los que constituyó apóstoles, sus enviados a hacer el anuncio del Reino.
¿Cómo han de hacer ese anuncio? Ya escuchábamos entonces que ahora no habían de ir ni a tierra de paganos ni a Samaría sino solo a las ovejas descarriadas de Israel. Aquellos de las que Él había sentido lástima cuando las había contemplado extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor. Aquí envía ahora a sus discípulos, a los apóstoles escogidos y enviados de manera especial.
Han de hacer el anuncio del Reino, pero no serían solo sus palabras sino que su misma vida había de ser signo para aquellas gentes de que el Reino de Dios había llegado, estaba cerca. Les da autoridad para expulsas a los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Ahora les dice ‘curar enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.
Aquí está la clave, lo que habían recibido. Por eso decimos que no solo habían de ser sus palabras las que hicieran ese anuncio, sino sus mismas vidas. Allí tenían que presentarse como quienes Vivian ya ese señorío de Dios sobre sus vidas, porque eso tenía que ser vivir el Reino de Dios; allí habían de presentarse ellos como los primeros que habían sido liberados por la gracia del Señor de todo mal, y eso mismo habían de hacer con aquellos que encontrasen.
Han de llevar el anuncio de la paz, no solo con el saludo de sus palabras, sino con las actitudes de sus vidas. Por eso les pide que no lleven nada, solo han de llevar la paz que llena e inunda sus corazones; no necesitan nada más para hacer ese anuncio del Reino.  No será en apoyos humanos donde han de afirmarse, sino en la confianza total con el Dios que les ama. ¿No habían oído hablar ya de la providencia de Dios allá en el sermón del monte? Dios proveerá; si la obra que van realizando es obra de Dios, con Dios han de contar.
De ahí el desprendimiento y generosidad que tiene que brillar en sus vidas; de ahí esa disponibilidad y ese dejarse conducir por el Señor. ‘No llevéis en la faja oro, plata o calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón… cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quien hay de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis…’ Es el desprendimiento total; es la confianza puesta en Dios que no nos abandonará; es la fortaleza que encontraremos en el Espíritu del Señor. 
Os confieso una cosa; cuando lee uno los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo, los viajes de san Pablo, uno piensa desde las cosas o la manera de hacer las cosas como estamos acostumbrados, que para poder realizar tan grandes desplazamientos se necesitarían muchos medios incluso económicos para poder ir de un sitio a otro. ¿San Pablo era tan rico como para hacerse tan largos viajes y desplazamientos? Es el pensar como una tentación que le viene a uno a la cabeza.
Pero tenemos que haber escuchado antes y meditado mucho este pasaje del evangelio que hoy hemos escuchado y estamos meditando. Es fijarnos en lo que nos pide el Señor; con nuestra pobreza, nuestra disponibilidad, la generosidad del corazón; ya Dios dispondrá de los medios. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Ya sé que eso nos cuesta porque somos muy humanos y nos parece que sin medios materiales poco o nada podríamos hacer. Es cierto que los necesitamos, pero nuestro apoyo lo hemos de buscar siempre en el Señor.
Cuantas cosas buenas podemos hacer cada día si hay disponibilidad para el bien en nuestro corazón. No son cosas materiales solamente lo que necesitan los que están a nuestro lado. Con nuestra acogida y sinceridad, con nuestro espíritu humilde y nuestra generosidad para compartir, con la alegría de nuestro corazón y nuestra capacidad de escucha, cuánto podemos hacer. ¿Necesitas dinero para una sonrisa o para poner cara amable al que está a tu lado? Así podríamos pensar en muchas cosas con las que podemos alegrarle el día a los que están a nuestro lado.
Son los milagros que cada día nos pide el Señor que realicemos, porque primera que nada nosotros tenemos que ser capaces de superarnos de nuestras limitaciones, de nuestros cansancios o de nuestro mal humor, de nuestros agobios para tener paz en el alma, para tener una sonrisa en el rostro, para tener una mano abierta y tendida para ayudar a dar un paso o caminar al que está a nuestro lado. Si tenemos generosidad en el corazón muchas cosas podemos hacer con las que estaremos manifestando de verdad que el Reino de Dios está en nosotros.

miércoles, 9 de julio de 2014

Esa atención y acogida que hacemos a los otros es una expresión del curar enfermos para lo que nos da autoridad Jesús



Esa atención y acogida que hacemos a los otros es una expresión del curar enfermos para lo que nos da autoridad Jesús

Os. 10, 1-3.7-8.12; Sal. 104; Mt. 10, 1-7
Ayer escuchábamos en el evangelio que ‘Jesús al ver a las gentes se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’. Invitaba Jesús a sus discípulos ‘a orar al dueño de la mies que enviara trabajadores a su mies’. Había estado anunciando el evangelio del Reino y curando de toda enfermedad  y dolencia.
Hoy escuchamos un paso más. De entre todos sus discípulos escoge a doce a los que constituye apóstoles; El Evangelista nos da sus nombres; y los llama apóstoles porque son sus enviados -  eso significa la palabra apóstol - para realizar su misma misión. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, les dice aunque solo han de ir ‘a las ovejas descarriadas de Israel’; ahora no han de ir ni a tierra de paganos ni a las ciudades de Samaria; al final antes de la Ascensión para cuando reciban la fuerza del Espíritu Santo si han de ir haciendo este anuncio hasta los confines del mundo. Podíamos decir que es cuestión de prioridades aunque la misión que Cristo nos confía siempre tendrá un carácter universal.
Es el mismo anuncio con el que comenzó su predicación por los pueblos y aldeas de Galilea. Y a ellos les da también su mismo poder. Había estado curando de toda enfermedad y dolencia y a ellos ‘les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Ya escucharemos en los próximos días las recomendaciones que les hace en su envío.
Jesús que nos confía a los que van a ser sus apóstoles, que nos confía a nosotros, podríamos decir también, su misma misión. El anuncia de la Buena Nueva, del Evangelio del Reino de Dios. Lo que vivimos no nos lo podemos quedar para nosotros. Si en Cristo hemos encontrado la salvación, esa salvación hemos de hacerla llegar también a los demás.
La autoridad que Jesús les da sobre los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia son los signos que se han de realizar de esa transformación de los corazones y del mundo que con el anuncio del evangelio se ha de producir en todos. No son los milagros por los milagros, sino que lo que ha de producirse es esa liberación del mal para que en verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida.
Y estando Dios con nosotros, porque así lo ponemos en el centro de nuestra vida, nada de mal ha de perturbarnos, nada de mal ha de tener dominio sobre nosotros; con Cristo tenemos que sentirnos en verdad liberados de todo mal; y los milagros serán señales, serán signos de eso profundo que se realiza en nosotros cuando aceptamos y vivimos la salvación que nos llega con Jesús.
Hay aquí un aspecto que me gustaría resaltar a partir de esto mismo que estamos reflexionando según lo escuchado en el evangelio. Algunas veces andamos quizá un tanto confundidos y desorientados en nuestra religiosidad y en nuestra devoción a los santos. Y es que parece que primero miramos los milagros que nos puedan hacer, que escuchar el mensaje que con su vida nos quieren trasmitir; le tenemos más devoción a los santos que son mas milagreros y allí donde nos enteramos que se obran milagros y surgen cosas extraordinarias vamos corriendo, pero a la palabra del Evangelio que cada día podemos escuchar le prestamos menos atención.
¿Qué es lo que tendría que ser más importante? Escuchemos ese mensaje de salvación que nos invita a la conversión de nuestro corazón para que el Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida; y la transformación de nuestro corazón tiene que ser el signo más grande de que en verdad escuchamos a Jesús y queremos seguirle.
Tendría que hacernos pensar. Que en verdad nosotros seamos signos ante los que nos rodean de que el Reino de Dios está cerca, llega a nosotros, nos transforma y transforma nuestro mundo. Las señales tenemos que darlas con nuestro amor, con nuestras buenas obras, con nuestra preocupación por los demás, y por la santidad de nuestra vida. Esa atención, esa acogida que hacemos a los otros es una forma de poner en práctica lo que nos está confiando Jesús en el evangelio cuando nos manda curar enfermos. Es la salud del espíritu la primera que hemos de buscar porque cuando estemos en paz dentro de nosotros mismos estaremos en camino de sentirnos bien incluso físicamente a pesar de los dolores o las enfermedades. La paz  del corazón sana los espíritus, pero sana toda nuestra vida.

martes, 8 de julio de 2014

Un resumen de la actividad apostólica de Jesús que nos pone en camino de inquietud por el anuncio del Reino



Un resumen de la actividad apostólica de Jesús que nos pone en camino de inquietud por el anuncio del Reino

Os. 8, 4-7. 11-13; Sal. 113; Mt. 9, 32-38
‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias…’ Parece un resumen de la actividad apostólica que realizaba Jesús. El anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios acompañado de señales.
‘Curando todas las enfermedades y dolencias’, nos dice pero antes ha hablado de un endemoniado mudo. Nos quiere expresar cómo viene a arrancarnos del poder del maligno. Nos anuncia la Buena Noticia del Reino de Dios, pero si el Señor es nuestro Rey, nuestro único Señor no cabe que el maligno tenga poder sobre nosotros. Los milagros de las curaciones son señales de ello, cuando quiere quitar el mal de nuestra vida, pero además nos manifiesta el poder del maligno.
Pero es que además en este que llamábamos resumen vemos también la oposición de las fuerzas del mal expresado en aquellos que malintencionados atribuyen al poder del maligno las obras de Jesús. El mal siempre quiere crear confusión, porque es el padre de la mentira y del engaño. Pero con Jesús no nos podemos dejar engañar.
Escuchamos su Buena Noticia y la hacemos vida de nuestra vida, porque queremos arrojar ese mal de nosotros; por eso acudimos a Jesús que es el que tiene el poder de la salvación, es el que nos puede liberar de las fuerzas del mal, es quien ha venido para vencer el mal y su pascua es la gran señal, su muerte en la Cruz es la sangre de nuestro rescate, su resurrección es la señal de la vida nueva que nos ofrece.
‘Nunca se ha visto cosa igual’, decía la gente admirada ante las obras de Jesús. Y claro que nunca se ha visto nada igual porque el único que nos puede ofrecer la salvación es Jesús; es quien nos ha redimido y nos ha salvado. Pero quería fijarme en un detalle; nos habla de la gente admirada, tenían aún capacidad de admiración ante las maravillas que ante sus ojos se estaban realizando; es algo que nosotros hemos de despertar de nuevo, porque las costumbres pueden hacernos rutinarios y podemos acostumbrarnos a hablar de la salvación de Jesús y ya lo vemos como una cosa de todos los días que ya no somos capaces de sentir admiración por las obras de Jesús.
Por ejemplo, ¿seremos capaces de sentir admiración ante la maravilla que ante nosotros se realiza cuando celebramos la Eucaristía y se realiza ante nuestros ojos el milagro de la transustanciación? Nos hemos acostumbrado cuando tendríamos que hacer que nuestros ojos se abran como platos, como solemos decir, cuando todos los días ante nosotros se realiza el milagro de la Eucaristía.
Y nos queda una cosa en este llamado resumen que hemos escuchado hoy en el evangelio: la acción misionera de Jesús que tiene que ser la acción misionera de toda la Iglesia, de todos los que creemos en Jesús. Allí están ante Jesús las multitudes que le siguen y que ‘estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Jesús siente compasión por esa situación, siente dolor en el alma por tantos y tantos hambrientos de Dios pero a los que no llega el anuncio del Evangelio.
‘La mies es abundante  y los trabajadores son pocos’, les dice Jesús a sus discípulos. ¿Qué nos dirá a nosotros? ¿Sentiremos también esa inquietud misionera en nuestro corazón? Los obreros son pocos, y ¿no podríamos ser nosotros esos obreros que se necesiten en la vida del Señor? Podremos ser llamados en la primera hora o en la última hora, pero esa inquietud y esa vocación al apostolado tendría que estar muy latente en nuestro corazón.
Tenemos que rogar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies, para que sean muchos los llamados con esa vocación especial en el apostolado, en al vida sacerdotal o religiosa, o para las misiones hacia el tercer mundo, pero tenemos también que poner manos a la obra porque esa tarea es tarea de todos, es también nuestra tarea. Es compromiso de nuestro bautismo y nuestra confirmación, es compromiso de nuestra fe. ¿Sentiremos esa inquietud?

lunes, 7 de julio de 2014

Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida

Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida

Os. 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26
Mientras unos realizaban un camino de fe y de esperanza otros estaban obcecados con las oscuridades de la muerte y las palabras y la presencia de Jesús parecía que no les servían de nada.
Jairo se puso en camino hasta Jesús porque había fe en su corazón y ante la respuesta de Jesús de ir hasta su casa su corazón se llenó también de esperanza; creía y confiaba. Creía y confiaba también aquella mujer que tenía la certeza de que con solo tocar el manto de Jesús podía curarse de su mal con el que se sentía impura y pecadora. Pero tenía la esperanza cierta de que en Jesús encontraría la salud que tanto ansiaba. ‘¡Animo, hija! tu fe te ha curado’, le dice Jesús.
Otros se sentían envueltos en tintes de muerte, de luto y de llanto. ‘Cuando Jesús llegó a la casa de Jairo - Mateo solo dice el personaje, pero bien sabemos por los otros evangelistas que era Jairo - y, al ver los flautistas y el alboroto de la gente por la muerte de la niña y que ya preparaban el duelo, dijo a la gente: ¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de El’.
No tenían ni esperanza en sus corazones. Todo estaba envuelto por los tintes de la muerte. Cuantas veces nos pasa que nos resistimos a creer y a tener esperanza. En muchos aspectos de la vida nos sucede. Ya sea en los problemas de cada día, de nuestras luchas y trabajos, ya sea por la situación por la que pasa nuestra sociedad con sus crisis de todo tipo, ya sea en nuestra vida personal y espiritual, hay ocasiones en que nos parece verlo todo negro y que no hay salida. Cuando alguien nos habla de que puede haber una luz al final del camino, que las cosas se pueden solucionar, que hemos de tener más confianza, más esperanza, no lo aceptamos; quizá los llamamos ilusos porque decimos que nosotros con nuestras negruras somos los más realistas.
La fe y la esperanza son una hermosa luz que nos ayudan en nuestro caminar. Cuando nos falta luz y todo está oscuro no sabemos distinguir los colores; es como si no existieran; pero si nos entra un rayo de luz, por pequeño que sea, comenzaremos a distinguir bien las cosas que hay en nuestro entorno, para ver y distinguir sus formas, para apreciar sus colores, para gozarnos de la belleza de las cosas que cuando estábamos en la oscuridad no podíamos distinguir. Así la fe en nuestra vida nos hacer ver la vida misma con un nuevo color y con una nueva belleza.
Jesús viene a nuestro encuentro sea cual sea la situación en la que nos encontremos; se deja encontrar por nosotros, como le sucedió a Jairo, como le sucedió a la mujer de las hemorragias, y camina a nuestro lado. Nos puede suceder como a los discípulos de Emaús en la tarde de la resurrección que no se daban cuenta de que quien caminaba con ellos era el Señor, pero hemos de abrir los ojos, porque el Señor nos pone señales para que le descubramos, para que no nos falte la luz, para que nos pongamos a caminar con empeño, con ilusión y con esperanza. No nos dejemos cegar por esas oscuridades que nos aparecen en el camino de la vida sino descubramos la luz que nos viene de Jesús y que viene para todas nuestras situaciones y problemas, sean del tipo que sean.
Pidamos al Señor que no nos falte esa luz de la fe y de la esperanza en nuestra vida. Desde nuestra fe en Jesús vemos las cosas con un nuevo color, con un nuevo sentido. Y hasta aquellas cosas que nos pueden parecer dolorosas adquieren un nuevo sentido y valor. Sabiéndonos fortalecidos por el Señor en esa fe que en El tenemos, como la mujer de las hemorragias del evangelio, tenemos la certeza de que nuestra vida puede cambiar, que nuestro mundo lo podemos hacer mejor.
Tengamos la decisión de acercarnos a Jesús con toda confianza y veremos que nuestra vida se llena de luz porque se ve inundada con su salvación. Como Jairo, como aquella mujer que se acercó a Jesús. Sentiremos su salvación porque Jesús estará siempre de nuestra parte para llenarnos de luz y de vida.

domingo, 6 de julio de 2014

Sencillez,mansedumbre,humildad algo más que tres palabras



Sencillez, mansedumbre, humildad algo más que tres palabras

Zac. 9, 9-10; Sal. 144; Rm. 8,9.11-13; Mt. 11,25-30
Sencillez, mansedumbre, humildad son algo más que tres palabras. Pueden hablarnos de actitudes fundamentales e importantes que nos faciliten nuestras mutuas relaciones pero pueden hablarnos también de actitudes a plantar muy hondas en nuestro corazón para abrirnos al misterio de Dios y penetrar en él.
Corazones engreídos y arrogantes no nos facilitan el encuentro con los demás; ante ellos nos sentimos incómodos y molestos y nos hacen rehuir a aquellos que así se manifiestan. Cuánto nos facilita el trato mutuo la sencillez y la espontaneidad de quien humilde se acerca a ti manifestándose humano y cercano; el corazón lleno de mansedumbre sabe ganarse la confianza de aquel con quien trata y nos hacer entrar fácilmente en sintonías de amistad que nos lleven al compartir.
Pero son los humildes y sencillos los que más fácilmente se abren al misterio de la trascendencia porque no buscando apoyos humanos que les aten saben tender su mirada hacia lo alto, al tiempo que tienen suficiente silencio en el corazón como para sentir el latir de Dios que se manifiesta de mil maneras; desde su pobreza se sienten desprendidos de apegos humanos que es el mejor camino para descubrir la presencia del Dios que les ama de manera especial y se les revela. Y es que el que sabe ser humilde sabe escuchar más allá de los sentidos para entrar en sintonía con lo espiritual y con lo divino.
El que es engreído y cree que todo se lo sabe se encierra en si mismo porque se cree autosuficiente y que nada necesita, pero al final tiene el peligro de ir atándose a las cosas o lo que cree poseer quedándose en una materialidad en su vida que le impide abrirse a lo que le trasciende y le hace mirar hacia otros valores que le puedan llevar por caminos más espirituales y de mayor plenitud.
Es lo que está queriendo decirnos hoy Jesús en el evangelio. Primero le escuchamos dar gracias al Padre que ha escondido todo este su misterio a los sabios y entendidos y lo ha revelado a la gente sencilla. Es la experiencia de revelación de Dios que están viviendo los que con corazón humilde se acercan a El y le siguen. Es la forma también cómo Dios se nos revela en Jesús tal como lo vemos en los caminos del Evangelio.
¿Quiénes fueron los primeros que escucharon el anuncio de su nacimiento? Los pobres pastores que pasaban la noche al raso bajo el techo de las estrellas cuidando en su pobreza sus ganados como medio de sus sustento. Pero si queremos podemos ir más atrás en los inicios del Evangelio para encontrarnos con María, la que se llamaba a sí misma la humilde esclava del Señor y es a quien se manifiesta el ángel del Señor, quien ha sido la elegida de Dios para ser su madre y la que está llena de gracia  porque rebosa de Dios, a quien le ha abierto su corazón. O podemos pensar en aquel hogar de la montaña de Judea capaz de admirarse de las maravillas de Dios y sentir la presencia del Dios que lo visitaba y lo llenaba de gracia.
Pero si seguimos recorriendo las páginas del evangelio veremos que es el pueblo sencillo el que acude a Jesús desde su pobreza y su humildad, que solo los que con corazón humilde se acercan a Jesús saldrán de su presencia confortados y llenos de luz porque serán los pueden captar y recibir mejor el mensaje del evangelio y la salvación que nos trae Jesús.
Son los pobres, los enfermos, lo que nada tienen, los que saben reconocer sus oscuridades y su hambre de Dios los que van a poder escuchar la Buena Nueva - recordemos lo anunciado por el profeta que los pobres son evangelizados - y saldrán llenos de gracia, sanados y salvados de su presencia. En cuántos momentos así podemos fijarnos.
Los inválidos caminan, los ciegos ven, a los sordos se les abren los oídos, los que tienen mucho de muerte en sus vidas saldrán sanados y resucitados de la presencia de Jesús, como los paralíticos o los leprosos, que podríamos recordar tantos del evangelio. Los hambrientos de Dios como Nicodemo se encontrarán en camino de renacer de nuevo porque sabrá sorprenderse ante lo que descubre y sentirá así la presencia de Dios en Jesús; los que reconocen lo que hay de muerte en sus vidas como Zaqueo se encuentran que la salvación llega a su casa, se levantarán del sueño de la muerte como la hija de Jairo o saldrán de su sepulcro como Lázaro de Betania, porque se les anuncia la resurrección y la vida. Muchos momentos podríamos recordar así.
Así nos está revelando Jesús todo lo que es el amor de Dios. En Jesús se nos manifiesta el amor del Padre que nos ha entregado a su Hijo - tanto nos amó Dios - y por eso nos dirá en otro momento que el que lo ve a El, ve al Padre. Ahora nos está diciendo: ‘Nadie conoce al Hijo más que el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’.
Jesús nos está invitando a que vayamos a El porque en El tenemos nuestra paz,  en El encontraremos el verdadero amor, en el encontraremos la luz y la fortaleza para nuestro caminar, pero en El encontraremos también nuestro descanso y el alivio de nuestra fatigas. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré… y en mí encontrareis vuestro descanso’. Y es que El viene hasta nosotros ‘justo y victorioso’, como decía el profeta, pero en la humildad y en la mansedumbre, no montado en caballos o carros de combate, sino ‘modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica’. Así nos lo anunciaba Zacarías y así lo veremos entrar victorioso en la ciudad de Jerusalén.
Pero nos preguntamos, ¿cómo hemos de ir a El? Ya sabemos que en la vida estamos agobiados con nuestras luchas y nuestros problemas; ya sabemos que tenemos la tentación de perder la paz y la serenidad del alma cuando son fuertes las cargas que caen sobre nuestros hombros o sobre nuestro espíritu; ya sabemos cuánto nos sentimos turbados y hasta angustiados muchas veces por los problemas, las presiones y tentaciones que sufrimos de todos lados; ya sabemos como nos sentimos como desorientados y nos parece que nos tenemos nada en que apoyarnos cuando nos llega el dolor o la enfermedad; ya sabemos como muchas veces nos sentimos vacíos y no es solo por la pobreza de medios para resolver nuestras necesidades, sino porque quizá hemos vaciado nuestra vida de verdaderos valores. Nos sentimos pobres si con sinceridad miramos nuestra vida.
Pues Jesús nos dice que vayamos a El y aprendamos de El. ¿Qué tenemos que aprender? A hacer nuestro corazón semejante al suyo que es un corazón lleno de mansedumbre y de humildad. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Hemos de hacer que nuestro corazón se parezca a su corazón; como nos dirá san Pablo que tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Y es que con Jesús ese yugo que tenemos que llevar en nuestros problemas o nuestras necesidades se hace llevadero y la carga nos parecerá ligera. Y es que Jesús se convierte en nuestro cireneo que va a ir levantando el peso de nuestra cruz, para con su gracia ayudarnos a llevarla. Con Jesús a nuestro lado sentiremos de verdad paz en nuestro corazón, nuestra vida se ve iluminada de una manera distinta y nuestro camino se hace más llevadero. ‘Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’, terminará diciéndonos Jesús. Y es que por la fe que tenemos en Jesús sentimos que su Espíritu nos vivifica, nos llena de vida, habita en nosotros.
Sencillez, mansedumbre, humildad son algo más que tres palabras. Son un camino que nos lleva hasta Dios; son el camino de Jesús y serán nuestro camino también para encontrarnos de verdad con los demás y así encontraremos a Dios.

sábado, 5 de julio de 2014

Una nueva alegría desde la fe y la nueva comunión y fraternidad llena nuestra vida



Una nueva alegría desde la fe y la nueva comunión y fraternidad llena nuestra vida

Amós, 9, 11-15; Sal. 84; Mt. 9, 14-17
‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?... ¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el  novio está con ellos?’
Así se acercaron a Jesús los discípulos de Juan, el Bautista. Apreciaban que con Jesús las cosas eran diferentes y en la práctica los discípulos de Jesús no hacían lo que ellos habían visto hacer al Bautista y que seguían conservando en sus costumbres. Recordamos la figura austera del Bautista allá en el desierto, vestido con una piel de camello y alimentándose de saltamontes y miel silvestre, como nos han explicado los mismos evangelistas.
El Bautista invitaba a la penitencia para la conversión de los pecados como una forma de preparar los caminos del Señor; y aunque el Bautista ya había sido decapitado por Herodes, sus discípulos seguían en la misma observancia de la austeridad, la penitencia y los ayunos. Pero era algo que también practicaban los fariseos. Y ahora ven que Jesús no va por ese camino ni los discípulos de Jesús hacen lo mismo.
Ya hemos escuchado la respuesta que les da Jesús. Con Jesús se está instaurando un mundo nuevo; El anuncia la llegada del Reino de Dios y había comenzado también invitando a la conversión para creer en la Buena Noticia del Reino de Dios que Jesús proclamaba. Era noticia de algo nuevo que comenzaba. La fe y la relación con Dios habían de vivirse de otra manera dándole una mayor profundidad que además debía traducirse en esa nueva forma de relación y de comunión que había de vivirse con los demás.
La Buena Noticia que Jesús anunciaba llenaba de alegría los corazones porque un mundo nuevo comenzaba y renacían las esperanzas. Jesús habla de la alegría y de la fiesta de una boda, y mientras se está en la boda no caben los duelos y las tristezas. Comparaba el Reino de Dios con una boda, con un banquete de bodas y de ello había propuesto diversas parábolas.
Lo que era necesario para participar en esa boda era el traje de fiesta que era mucho más que un ropaje externo que se pusiera como un adorno, porque significaban unas actitudes nuevas que habrían de vivirse. Y se visten ese traje de fiesta porque en sus corazones hay unas actitudes nuevas que nos hacen sentir hondamente lo que es la hermandad y la comunión no pueden estar con cara de luto ni de llanto. Ya recordamos que en otro momento en el sermón del monte nos dirá que cuando ayunemos no pongamos cara de aflicción para dar a entender a los que nos rodean lo que son nuestras penitencias y nuestras luchas interiores sino que, como nos decía, nos lavemos la cara y nos perfumemos.
Ahora podemos entender mejor el sentido de esta frase con que Jesús responde a la pregunta de los discípulos de Juan. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el  novio está con ellos?’ Es que necesariamente tenemos que manifestar lo que es la alegría de nuestra fe que nos hace vivir de una manera especial la presencia del Señor junto a nosotros, pero será también la alegría con que vivimos esa comunión y esa fraternidad en el encuentro con los hermanos, que será también encontrarnos con el Señor. ¿Caben duelos y tristezas cuando nos encontramos los que nos amamos?
Es por eso que Jesús nos propone a continuación diversas imágenes para expresar todo eso nuevo que desde su evangelio nosotros estaremos viviendo. Nos habla de trajes nuevos hechos con paños nuevos, porque de nada nos valen los remiendos; nos habla de odres nuevos para poner el vino nuevo, porque ese vino nuevo del evangelio no lo podemos poner en unos odres ya viejos y desgastados que lo que harán es reventarse para que se pierda ese vino nuevo.
Es la transformación que hemos de realizar en nuestra vida a partir del evangelio. Es algo nuevo lo que hemos de vivir, por eso comenzaba haciéndonos el anuncio de que habíamos de convertirnos para aceptar el Reino nuevo de Dios que con Jesús se constituía. No son remiendos,  no son arreglitos, no son componendas para quedarnos siempre en lo mismo, es una vida nueva la que hemos de vivir. Como más tarde nos dirá san Pablo somos unos hombres nuevos, porque el hombre viejo ya ha muerto.
Vivamos con alegría nuestra fe; expresemos con toda intensidad la alegría y el gozo de sentirnos hermanos y en comunión con todos. Eso nos pedirá una nueva forma de relacionarnos con Dios y con los demás.

viernes, 4 de julio de 2014

¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Las posturas de un verdadero cristiano

¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Las posturas de un verdadero cristiano

Amós, 7, 10-17; Sal. 18; Mt. 9, 9-13
¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Es una pregunta que me surge después de escuchar este evangelio para tratar de llevar su mensaje de forma concreta a mi vida.
Alguien podría pensar, así de primera impresión, que el evangelio que hemos escuchado poca relación puede tener con la pregunta que me hago, porque de lo que nos habla el evangelio es de la vocación de Mateo. Es cierto. De eso comienza hablándonos el evangelio y con toda razón nos podría hacer reflexionar sobre la vocación, las llamadas que nos hace el Señor y preguntarnos si damos una pronta respuesta a esa llamada como hizo Mateo, el publicano.
Pero precisamente fijándonos en que el llamado es un publicano nos puede dar mucho que pensar en el sentido de la pregunta. Los publicanos no eran personas bien vistas en los tiempos de Jesús entre los judíos; les cobraban los impuestos; y no es ya la cosita o el rechazo que a todos nos da el que tengamos que pagar unos impuestos, sino que en el caso de los judíos los impuestos los imponían los romanos; el publicano era un colaboracionista con los poderes de Roma. Pero además, como todos bien sabemos, tenían mala fama porque abusaban en el cobro de los impuestos haciéndose unas ganancias para ellos a costa de los abusivos impuestos que cobraban a los demás.
No hace acepción de personas Jesús a la hora de la llamada, pues igual que un día fue a hospedarse en casa de Zaqueo el publicano de Jericó, ahora Mateo, un cobrador de impuestos es un llamado del Señor para formar parte del grupo de los apóstoles.
Y es aquí donde entra de lleno ese otro aspecto del mensaje del evangelio. ‘Estando a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos’, nos narra sencillamente y con toda naturalidad el evangelista. Parece lo normal, eran los amigos de Mateo y si este había ofrecido una comida a Jesús y sus discípulos de cuyo grupo iba a comenzar a formar parte, también estarían allí los que habían sido sus amigos de siempre, otros publicanos, otros recaudadores de impuestos.
Pero por allá andaban los fariseos, siempre tan puntillosos y mirando hasta el último detalle para tener de donde sacar punta. Me recuerda la actitud de muchos que siempre están con el ojo avizor para ver los comportamientos de los demás y hacer sus juicios no precisamente muy laudatorios. ‘¿Cómo es que vuestro maestro se sienta a la mesa y come con publicanos y pecadores?’ Además no dan la cara; el comentario es por detrás metiendo cizaña entre los discípulos.
Pero Jesús conoce el corazón del hombre y sabía bien cuales eran los juicios que estaban haciendo contra El. ‘No tienen necesidad de medico los sanos, sino los enfermos… misericordia quiero y no sacrificios… que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Es la salvación que Jesús nos ofrece, viene a traernos el perdón a los que nos sentimos pecadores y queremos reconocerlo. Somos los enfermos que necesitamos ser curados por Jesús, pero hay que reconocer que lo necesitamos.
Pero aquellos fariseos no se sentarían nunca a la mesa con un publicano ni con un pecador… podían quedar contaminados.  Pero aquí está la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque reconozcamos que muchas veces vamos por la vida haciendo discriminaciones. Con este me mezclo y con aquel no; éste me cae mal, o aquel me repugna su presencia; este es de color y con gentes de otra raza yo no me siento nunca, o aquel es de aquel lugar donde todos son… y nos hacemos nuestros prejuicios y condenas, este tiene buena facha, pero con aquel yo no me uniría nunca porque tiene mala fama… son cosas que pensamos muchas veces, son actitudes que se nos pueden meter en el corazón, son posturas que nos hacen difícil la convivencia, son discriminaciones que vamos haciendo en la vida de cada día con aquellos con los que nos encontramos o incluso con aquellos con los que convivimos.
Un cristiano que se llama seguidor de Jesús no puede tener nunca esas posturas ni esas actitudes en la vida. Y nos cuesta aceptarnos, respetarnos, valorarnos. Qué de orgullos se nos meten en el alma y cuanto daño nos hacen, además de hacer daño también a los demás. Pidámosle al Señor que nos dé un corazón siempre abierto para acoger a todos y que nos dé la fuerza de su Espíritu para que aprendamos siempre a amarnos todos sin distinción.

jueves, 3 de julio de 2014

Desde nuestras dudas buscamos una fe más madura con verdadero sentido eclesial



Desde nuestras dudas buscamos una fe más madura con verdadero sentido eclesial

Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20,24-29
Todos tenemos dudas, aunque nos cueste reconocerlo. Nos podría parecer que somos más débiles por tenerlas y hasta tememos que alguien nos llame rebeldes por hacernos preguntas; las ocultamos quizá no queriendo enfrentarnos a ese hecho porque quizá queremos  aparecer como muy seguros, o dejamos que vayan minando nuestra conciencia si no hay una búsqueda sincera que nos ayude a encontrar respuestas. Somos humanos y en nosotros no está la sabiduría perfecta que solo está en Dios, y aunque el Señor quiera revelársenos desde nuestras propias limitaciones nos cuesta muchas veces entender y encontrarnos con la verdad.
Las dudas y los interrogantes que se nos puedan plantear en cualquiera de los aspectos de la vida y sobre todo en este ámbito de la fe nos deben llevar a una búsqueda sincera que nos ayude a profundizar de verdad. Tendrían que conducirnos a una mayor madurez en la vida. Pero hemos de saber pedir la fe, dejarnos guiar y acompañar, dejar que la acción del Espíritu del Señor vaya actuando en nuestro corazón, tener humildad para abrirnos al misterio de Dios y caminar de mano de la Iglesia en esa búsqueda y en ese camino que queremos hacer.
Estamos celebrando hoy a Santo Tomás, el Apóstol; siempre nos fijamos en sus dudas y su querer pedir respuestas a lo que no entendía. Nos quedamos mucho en lo que el evangelio pone en sus labios de querer palparlo todo para comprobarlo y así creer, pero creo que no habría mirarlo siempre con un sentido negativo, porque además a nosotros nos han ayudado mucho sus dudas para también fundamentar bien nuestra fe.
Hemos de reconocer que santo Tomás es el paradigma del hombre inquieto que se hace preguntas. Ya en la cena pascual hay cosas que no ve claras y no termina de entender y por eso le pedirá a Jesús que le muestre el camino, que le muestre al Padre. Yo diría que es una expresión de la inquietud de un corazón que busca, que no quiere caminar ciegamente sino en la medida en que pueda comprender.
Lo mismo sucede ahora cuando el resto de los apóstoles le habla de que Jesús resucitado ha estado con ellos; ‘si no lo veo no lo creo’, se dice y le responde a los compañeros hablando de que quiere palparlo todo para estar seguro; él no ha tenido aun la experiencia de la resurrección del Señor y es comprensible que no termine de comprender que un muerto vuelva a vivir, a pesar de todo lo que Jesús lo había anunciado. Será necesaria esa intensa experiencia de encontrarse con Cristo resucitado para que proclame con toda intensidad su fe.
Creo que esta celebración del apóstol santo Tomás que hoy estamos viviendo podría ayudarnos mucho en este sentido; para que no tengamos miedo a nuestras dudas, pero para que tengamos la humildad y la valentía de buscar respuestas, de dejarnos conducir, de saber acudir también a la fe de la Iglesia que con la sabiduría de Dios por la fuerza del Espíritu nos puede ayudar a madurar en nuestra fe; creo que tendríamos que tener unos deseos grandes y profundos de profundizar más y más en nuestra fe; confiar en Dios y poner nuestra fe en El no es solamente cerrar los ojos para decir sí, sino abrirnos al misterio de Dios y a su Espíritu para que se nos vaya revelando en nuestro corazón.
Ya nos decía san Pablo en la carta a los Efesios que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Es la fe de la Iglesia, cuya una de sus características es precisamente la apostolicidad. Por eso tendríamos que tener ese deseo de conocer lo que es la fe de la Iglesia más y más. Porque no somos cristianos viviendo nuestra fe cada uno por su lado y a lo que a cada uno le parezca, sino que somos cristianos en esa comunión de la fe de la Iglesia, garantía segura de una auténtica fe en Jesús.
Pidámosle al Señor que crezca más y más nuestra fe; que el Espíritu del Señor nos ayude a disipar las dudas que puedan ir apareciendo en nuestro corazón para que cada día tengamos una fe más madura, más viva y más comprometida.

miércoles, 2 de julio de 2014

Jesús pone señales del Reino de Dios en nosotros con su salvación que no siempre aceptamos y vivimos



Jesús pone señales del Reino de Dios en nosotros con su salvación que no siempre aceptamos y vivimos

Amós, 5, 14-15.21-24; Sal. 49; Mt. 8, 28-34
El mal y la muerte están en fuerte oposición al Reino de Dios. Que el Reino de Dios está llegando se manifiesta en cómo Jesús con su presencia y con los signos que hace va haciendo desaparecer ese mal. La propia enfermedad es un signo de ese mal que afecta al hombre y es por lo que en el evangelio se llama endemoniados a los que hoy consideraríamos con enfermedades de tipo epiléptico; lo que no quita por otra parte de que también haya la posesión diabólica.
Cuando vemos a Jesús en el evangelio realizar los milagros de las curaciones de los enfermos o la resurrección de los muertos, se nos está manifestando como Jesús quiere que el Reino de Dios vaya llegando a todos y de la misma manera que va venciendo ese mal de la enfermedad corporal o de la muerte, quiere vencer también ese mal más profundo que con el pecado se mete en nuestro corazón.
Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino y a curar enfermos, que es manifestar con signos cómo se va realizando ese Reino de Dios en la medida en que aceptarnos a Jesús, recibimos su mensaje y nos dejamos transformar por su salvación. Como el enfermo que se cura, quien cree en Jesús se deja transformar por la salvación de Jesús para hacernos tener esa vida nueva en nuestros corazones.
Pero ¿aceptamos ese Reino de Dios? ¿nos dejamos en verdad transformar por esa salvación de Jesús? ¿aceptamos a Jesús y su mensaje queriendo en verdad dejar impregnar nuestra vida por ese sentido del Reino de Dios? Algunas veces nos cuesta, tenemos que reconocer; en ocasiones tenemos el peligro que por nuestras posturas y nuestras actitudes incluso lo rechacemos.
Veíamos ayer que Jesús iba atravesando el lago para llegar al otro lado; era la región de los Gerasenos; propiamente no era tierra de judíos, pues bien sabemos que los territorios de Palestina estaban ocupados por diversos pueblos antes de la llegada de los judíos y muchos quedaban en los alrededores. Esta zona a la que Jesús llega es tierra de gentiles, no son judíos.
Y allí vemos a Jesús realizar un signo de la llegada del Reino de Dios con la curación de aquellos endemoniados; en los textos paralelos de los otros evangelistas se habla de un endemoniado pero poseído por muchos espíritus inmundos, recordemos que su nombre era Legión, porque eran muchos. A la  llegada de Jesús hay un rechazo, signo del rechazo del mal a la llegada del bien. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿vienes a atormentarnos antes de tiempo?’ Bien sabían que se anunciaba la victoria de Jesús sobre el mal. Y Jesús los expulsa, apoderándose aquellos espíritus malignos de ‘la piara de cerdos que se abalanzó acantilado abajo y se ahogo en el agua’. Era una señal de la victoria del Reino de Dios sobre el maligno.
Sin embargo no todos van a aceptar a Jesús y las señales del Reino que allí llegan. ‘El pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país’. Por las razones que fueran - podían pensar que era una ruina para ellos la presencia de Jesús porque les destruía lo que era la fuente de su sustento con la muerte de los cerdos, que ellos cuidaban, pero que los judíos rechazaban como inmundos - no quisieron aceptar el mensaje del Reino.
Pero esto puede hacernos reflexionar a nosotros también. El Señor va poniendo señales de su llamada junto a nosotros ¿y qué respuesta vamos dando? Hemos de reconocer que no siempre queremos escuchar su Palabra y plantarla hondamente en nuestra vida; podemos pensar cuánto nos cuesta ese camino de superación que hemos de recorrer para ser mejores cada día y que muchas veces abandonamos el esfuerzo; podemos pensar en cuántos tropiezos tenemos una y otra vez en las mismas cosas a pesar de las llamadas que el Señor va haciendo a nuestro corazón. De alguna manera nos estamos pareciendo a aquellas gentes del territorio de Ceraza, no aceptamos a Jesús, no llevamos su Palabra a nuestra vida, no vivimos con toda intensidad su salvación, preferimos muchas veces seguir con tantos apegos del corazón.
Pidámosle al Señor, no se que se vaya a otra parte, sino que de verdad venga a nuestra vida y nos llene de la fuerza de su Espíritu para plantar de verdad su palabra en nuestro corazón y que demos las señales del Reino de Dios con la santidad de nuestra vida, alejándonos más y más del pecado.

martes, 1 de julio de 2014

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada hemos de temer

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer

Amós, 3, 1-8; 4, 11-12; Sal. 5; Mt. 8, 23-27
¿Cómo se puede dormir en medio de un temporal? Podría parecer una pregunta ocurrente, después de escuchar el evangelio. Pero quizá la pregunta podríamos transformarla diciendo, ¿cómo se puede seguir teniendo paz en el corazón a pesar los problemas y crisis de todo tipo en que nos vemos envueltos en la vida?
Creo que a la hora de reflexionar en el evangelio que escuchamos tenemos que ir más allá de lo que podríamos llamar la anécdota. Jesús había decidido atravesar el lago hacia la otra orilla; ‘subió a la barca y los discípulos le siguieron’, nos dice el evangelista. ‘Pero de pronto se levantó un fuerte temporal, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía’, nos puntualiza  el relato evangélico.
El llamado mar de Galilea o lago de Tiberíades habitualmente está en calma; no es mucha su extensión y nos podría parecer normal esa calma, pero su situación cercana a altas montañas y en el inicio de la depresión del Jordán, con lo que ya está más bajo que el  propio nivel del mar mediterráneo, hace que se produzcan cambios de temperaturas y surjan los vientos y temporales. Es lo que sucede en esta ocasión.
Pero entendemos muy bien que al relatársenos este hecho en el evangelio hay un profundo sentido catequético y ya a continuación se nos hace referencia a la falta de fe de los discípulos que Jesús les echa en cara y la admiración que se produce cuando Jesús hace que venga de nuevo la calma. ‘El dormía’, nos dice el evangelista Mateo escuetamente. Lo despiertan. ‘¡Señor, sálvanos que nos hundimos!’ es el grito de los discípulos. ‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’ les echa en cara Jesús. ‘Se puso  en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma’. Luego vendrán los gestos y palabras de admiración de los discípulos. ‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’
Entendemos perfectamente el relato evangélico. Se nos quiere despertar la fe. Jesús va siempre a nuestro lado y no podemos desconfiar. Pero no nos podemos quedar solo en problemas que podríamos llamar materiales desde los que acudimos a Jesús cuando tenemos miedo por algo que nos pueda suceder. Creo que es necesario tratar de profundizar un poco más en el tema de la confianza que tenemos en Jesús. Y pensamos en esa nave de la Iglesia en la que estamos todos embarcados desde nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia, o pensamos en los problemas que cada día tenemos cuando queremos ser mejores y superar tentaciones y pecados. El Señor está ahí, aunque nos pueda parecer oculto.
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio para no quedarnos en la anécdota de si Jesús podía seguir durmiendo en medio de aquella tempestad mientras los discípulos estaban atemorizados  porque la barca se podía hundir, como quizás en otras ocasiones les habría sucedido en temporales semejantes en aquel lago. Nos preguntábamos por la paz del corazón en medio de las tormentas de los problemas de la vida.
Cuando nos vemos zarandeados por problemas y dificultades una cosa que podemos perder fácilmente es esa paz del corazón. Son los miedos que aparecen, es la inestabilidad en que nos vemos en la vida, son las indecisiones y las dudas que nos hacen temer y no saber qué hacer o qué camino tomar. Y todo eso nos hace perder la paz. Como aquellos discípulos llenos de miedo en medio de la tormenta y que no terminaban de comprender que Jesús siguiera durmiendo allí en medio de aquellas dificultades que estaban pasando y pareciera que nos les importaba. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

Uno de los miedos que podamos sentir en esos momentos es la soledad, el sentirnos solos y que nos parece que no tenemos fuerzas para salir adelante. Nos hace temblar, nos sentimos agobiados, todo nos parece negro, nos falta la paz. Y es precisamente lo que un creyente no debería perder. Sabemos que Jesús está ahí, aunque parezca callado o dormido. Aunque no nos demos cuenta muchas veces quizá él nos está llevando sobre la palma de su mano, aunque nos parezca lo contrario. Es necesario despertar nuestra fe, poner nuestra confianza en El, tener la seguridad y la certeza que por la fe podemos tener que el Señor está a nuestro lado y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer. No perdamos la paz. Es un don que el Señor nos concede en el corazón.