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viernes, 15 de noviembre de 2013

Que se nos abran los ojos de la fe para descubrir el hondo sentido de nuestra vida

Sab. 13, 1-9; Sal. 18; Lc. 17, 26-37
‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del Hombre’. Hemos de reconocer que el texto del evangelio hoy nos deja desconcertados e inquietos. Pudiera parecer que se han cargado todos los tintes negros.
¿De qué nos está hablando Jesús? ¿De la sorpresa y desconcierto que se produce en nosotros cuando nos suceden cosas desagradables? ¿Nos está hablando el momento final de la historia, del final del mundo donde podría parecer que todo acaba en una catástrofe que todo lo destruye?  ¿Nos está hablando del final de nuestros días que bien sabemos, aunque nos lo queramos ocultar o al menos  no pensar en ello, que no sabemos cuando sucederá y nos va a coger desprevenidos? ¿Nos estará hablando el Señor de cómo quiere llegar a nuestra vida en cualquier momento y a la hora que menos lo pensemos y esto es una llamada del Señor a estar preparados?
Muchas preguntas quizá nos podremos hacer ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. Pero bien sabemos que en la vida nos suceden cosas así, de forma imprevista y que también en muchas ocasiones, como se suele decir hoy, nos dejan descolocados, o desconcertados como decíamos al principio. Puede ser la muerte repentina de alguien cerca de nosotros y quizá estaba en la flor de la vida; puede ser un accidente repentino en el que unos mueren y quizá a otros a su lado no les ha pasado nada; puede ser una catástrofe, como vemos muchas veces en las noticias como ahora mismo que se nos habla de lo sucedido en Filipinas, y nos preguntamos por qué suceden allí estas cosas y no suceden aquí; una enfermedad que afecta a una persona a la que nos parecía ver rebosante de salud pero que de la noche a la mañana la vemos consumirse en un terrible cáncer o cualquier otra enfermedad. Y así tantas cosas.
También ante todo eso nos podemos hacer muchas preguntas: por qué le sucedió a él y a mí no; qué nos vale la vida o de qué nos valen esas cosas que quizá con tanto trabajo habíamos acumulado y ahora tenemos que dejarlas atrás porque no nos sirven para nada en el momento presente y con lo que nos sucede. Y quizá podemos darnos cuenta de lo que vale de verdad y lo que es verdaderamente importante en la vida; o quizá pudiera ser que nos angustiáramos y perdiéramos la esperanza. Podríamos reaccionar de muchas maneras.
Nos preguntábamos al principio qué nos quería decir Jesús con sus palabras que hemos escuchado hoy en el texto del evangelio y luego nos hemos seguido haciendo en nuestros desconciertos o nuestra desorientación muchas preguntas. En medio de lo que Jesús recordaba que sucedió en tiempos de Noé con el diluvio o con Lot en Sodoma cuando fueron destruidas aquellas ciudades, aparecía repetido como una muletilla: ‘Así sucederá cuando se manifieste el Hijo del Hombre’. Y nos hablaba de no preocuparnos de las cosas que podríamos dejar en casa, y nos hablaba de perder la vida para ganarla.
¿Será que nos quiere hacer que pensemos en lo que verdaderamente tiene valor en nuestra vida? ¿No nos estará hablando de la esperanza que hemos de tener de ese encuentro con el Señor que viene a nuestra vida y para lo que hemos de estar preparados porque no sabemos cuando será ese momento?
También hemos de contemplar cuanto sucede a nuestro alrededor, y lo que mencionábamos antes era solo una muestra, para saber leer la vida con ojos de fe y descubrir al Dios del amor que está detrás de cuanto sucede porque siempre hay una llamada de amor que el Señor continuamente nos está haciendo y a la que hemos de saber responder. Esa lectura con ojos de fe de cuanto nos sucede ha de ser precisamente lo que nos ha de distinguir como creyentes.
Y no solo porque pensemos en el final de nuestra vida, para lo cual claro que hemos de estar preparados si vivimos con total trascendencia nuestra existencia, sino porque el Señor continuamente nos está haciendo esas llamadas de amor para que seamos fieles, para que pongamos más amor en nuestra vida, para que sepamos encontrar ese sentido profundo de las cosas precisamente desde esa fe que tenemos en El, para que nos dejemos iluminar por el evangelio.
No ceguemos los ojos del alma; despertémonos a esa fe que tiene que animar nuestra vida y darle profundo sentido a cuanto hacemos y vivimos. Seguro que no viviríamos de forma tan materialista como muchas veces vivimos; seguro que le sabremos dar el justo valor a las cosas de las que nos valemos en la vida de cada día y nunca nos dejaríamos esclavizar por apegos del corazón a las cosas que tienen el peligro de convertirse muchas veces en ídolos de nuestra vida.

Que el Señor nos conceda ese Espíritu de Sabiduría que nos haga admirar de verdad las maravillas del amor de Dios que El va realizando en nuestra vida de cada día.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Reconozcamos que el Reino de Dios está dentro de nosotros

Sab. 7, 22-8, 1; Sal. 118; Lc. 17, 20-25
‘Unos fariseos le preguntaban cuando iba a llegar el Reino de Dios’. Una pregunta que puede resultar interesante. Jesús venía hablando continuamente del Reino de Dios. Fue su primer anuncio invitando a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. ‘Convertios y creed en la Buena Noticia. Está cerca el Reino de Dios’, anunciaba Jesús. Pero a lo largo del Evangelio continuamente sigue hablando del Reino de Dios que nos explica en parábolas y que va realizando señales de cómo se realiza y cómo hemos de comprender el Reino de Dios.
Ellos no terminaban de comprender las palabras de Jesús, porque además había un rechazo, sordo en ocasiones y de manera abierta y directa en otros momentos, contra la persona de Jesús. Ellos quería ver ese Reino de Dios que Jesús les anunciaba y ver en qué cosas concretas se realizaba. Por eso preguntan.
Pero además cuando oían hablar del Reino en sus mentes lo que ellos tenían era el esplendor de tiempos pasados del Reino de Judá y de Israel y la esperanza que tenían en el Mesías que esperaban era de que iba a ser el que había de restaurar aquel antiguo reino de esplendor que habían vivido sus antepasados y que ahora no podían vivir porque estaban sometidos a poderes extranjeros. La liberación de que les hablaba Jesús recogiendo el sentir de los profetas era entendido por ellos de manera distinta a la liberación que Jesús quería realizar para el hombre, pero hombre entero.
Recogiendo algunos anuncios de algunos profetas esperaban una restauración del Reino de Israel bajo formas espectaculares y con grandes signos y señales de poder humano. Pero no era ese el anuncio que Jesús hacía. No era ese el Reino de Dios del que Jesús hablaba y anunciaba.
Les dirá que no hay que buscarlo con esos signos espectaculares; de esa manera no se realiza el Reino de Dios. No habrá que correr de acá para allá porque nos anuncien apariciones o cosas extrañas en este lugar o en aquel, porque el Reino de Dios tenemos que buscarlo de forma distinta. ‘Mirad, les dice, el Reino de Dios está dentro de vosotros’.
Recordemos que lo comparaba con una pequeña semilla sembrada en tierra y que habría de germinar silenciosamente en el interior de la tierra para que pudiera brotar y dar fruto; nos hablaba de un puñado de levadura que se oculta y mezcla en la masa para hacerla fermentar y darnos buen pan; nos hablaba de señales y signos con lo que habría de manifestarse a la manera de un banquete donde todos están invitados y donde todos van a participar sintiendo una nueva hermandad y comunión.
Y todo eso se tiene que realizar en el corazón del hombre. Esas señales que se nos dan nos estarán manifestando cómo se va transformando el corazón del hombre desde el momento en que ponemos a Dios como centro de nuestra vida y comenzará una nueva relación con Dios, pero comenzará también un nuevo estilo y sentir en relación con los que nos rodean a los que ya tenemos que amar porque los sentimos hermanos. Y cuando vayamos realizando todo eso en nosotros, todo eso que Jesús a lo largo del evangelio nos ha ido enseñando, estará viniendo el Reino de Dios a nosotros, estará haciéndose presente en nuestro mundo a través de nuestras nuevas actitudes, a través de nuestro nuevo actuar.
Y no podremos decir que está aquí o está allá, porque esa transformación de los corazones, esa nueva iluminación de la vida de los hombres se irá contagiando de unos a otros y se ira extendiendo más y más para querer abarcar a todos los hombres igual que la luz de un relámpago a todos nos ilumina al instante estemos donde estemos. Y todo eso  nos llenará de esperanza porque un día podremos vivirlo en plenitud.
Y no temeremos que haya momentos en que nos sea duro o difícil porque esa transformación muchas veces puede ser dolorosa por las cosas de las que tenemos que arrancarnos, pero es que miramos a Jesús el que para llevar a plenitud el Reino de Dios pasó por la pascua, pasó por la pasión y la muerte, pero con la culminación de la victoria de la resurrección.

No querremos andar nosotros confundidos buscándolo de acá para allá porque sabremos sentir que el Reino de Dios está en nosotros  cuando llenemos nuestro corazón de amor y de paz y ese amor y esa paz seamos capaces, en el nombre del Señor, de trasmitirla a los demás. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Un encuentro con Jesús que nos lleve a reconocer que es nuestro Salvador

Sab. 6, 2-12; Sal. 81; Lc. 17, 11-19
Todo el camino de Jesús por la vida es un encuentro con la miseria humana, un triunfo de su misericordia y su poder sobre el mal, movido por la fe y la obediencia a su Palabra. Es Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que camina a nuestro lado, viene a nuestro encuentro derrochando su amor y su misericordia sobre nosotros. Le hemos de acoger con fe y, ahí está la maravilla, en el encuentro con El ha de crecer esa fe y se han de suscitar en nosotros deseos verdaderos de salvación.
El encuentro del Señor con nosotros produce el milagro de la gracia, porque nuestro corazón se siente inundado de su amor, pero hemos de saber tener ojos atentos, corazón abierto de verdad, para que lleguemos a descubrir y sentir toda la salvación que nos ofrece. En ese encuentro con el Señor puede producirse el hecho milagroso y extraordinario en que nos veamos escuchados en eso primero que le pedimos, muchas veces quedándonos en pedirle por nuestra salud o por la solución de esos problemas primarios que nos aparecen en nuestra vida.
Pero ha de ser otro el milagro que se ha de producir en nuestro corazón y es que deseemos en verdad alcanzar su salvación. Nos pudiera suceder que nos quedamos en el milagro de la salud de nuestro cuerpo y de la curación incluso de nuestras enfermedades o de la solución de esos problemas humanos que tengamos, pero no lleguemos a alcanzar la salvación. Es lo que el Señor nos ofrece, pero algunas veces podemos estar cegados y no dar ese paso para llegar a reconocer en verdad que Jesús es nuestra salvación, nuestro único Salvador.
Nos sucede tantas veces en las expresiones de nuestra religiosidad que no damos el paso profundo a vivir la salvación que nos llegue a transformar por dentro nuestra vida. Acudimos al Señor con la intercesión de la Virgen rogándole por nuestras necesidades y/o nuestros problemas o la de aquellos que queremos; nos vemos beneficiados con esa gracia del Señor, porque sentimos que nuestra oración ha sido escuchada y nos hemos visto liberados de esos males, pero aunque luego quizá le ofrecemos un ramo de flores a la Virgen o tenemos un momento de religiosidad, sin embargo no damos el paso más allá para llegar a vivir plenamente el sentido del evangelio que ha de impregnar toda nuestra vida cristiana. Muy devotos de nuestras devociones del fervor quizá de unos momentos, pero luego nuestras actitudes y nuestras posturas en la vida muy distantes del evangelio y del sentir de Cristo.
Lo estamos viendo en el evangelio de hoy. ‘Iba Jesús camino de Jerusalén y pasaba entre Samaría y Galilea…’ hemos escuchado. Y unos leprosos - diez en concreto nos dice el evangelista - le gritan desde lejos: ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. Conocían bien lo que era el amor y la misericordia de Jesús porque hasta ellos habría llegado la noticia de tantos que eran curados por la palabra de Jesús. Jesús les manda a presentarse a los sacerdotes para que cumplan lo prescrito cuando un leproso ha sido curado; lo hemos comentado muchas veces. ‘Mientras iban de camino, quedaron limpios’.
Ahora viene el momento importante y que nos tiene que hacer reflexionar. Se ha hecho presente la misericordia y la compasión del Señor y aquellos hombres ven sus cuerpos limpios de la lepra, se han curado. Pero uno se vuelve a Jesús. Reconoce que en él se ha obrado algo grande y maravilloso y se despierta una fe más honda en su corazón para reconocer a Jesús como Salvador. ‘Se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias’. Estaba reconociendo el poder de Jesús; estaba reconociendo la salvación que llegaba a su vida, y que era más que la curación de su cuerpo, por la Palabra de Jesús.
Ya escuchamos las palabras de Jesús. ‘¿No han quedado limpios los diez? ¿No eran diez los que se habían curado?... solo éste extranjero ha vuelto para dar gloria a Dios’. Y fijémonos en la palabra de Jesús. ‘Levántate, vete; tu fe te ha salvado’. Todos se habían curado. Solo éste alcanzó la salvación. Creyó en Jesús como su Salvador. El había dado el paso. Ahora vivía también la salvación de Jesús en su vida.

Que no nos ceguemos nosotros; que se nos abran los ojos del alma para reconocer en verdad que Jesús es nuestro salvador. Recordamos aquella confesión de fe de Marta antes de la resurrección de Lázaro: ‘Yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’. Que así proclamemos nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador, pero no sólo con palabras sino con toda nuestra vida. Que podamos sentir también esa palabra de Jesús: ‘Tu fe te ha salvado’.

martes, 12 de noviembre de 2013

Dos valores que se pudieran estar perdiendo: la gratuidad y el sentido del deber

Sab. 2, 23-3, 9; Sal. 33; Lc. 17, 7-10
Algunas veces mirando con ojos observadores lo que sucede en nuestro entorno, fijándonos en las actitudes de muchas veces o las razones o motivaciones que manifiestan para hacer las cosas, da la impresión que de todo lo que hacemos queremos sacar una ganancia extra. Nada se hace muchas veces gratuito sino que por todo nos mueve un interés de un beneficio que podamos obtener.
Muchas veces pareciera que lo de la gratuidad haya desaparecido de nuestro vocabulario o de nuestra manera de actuar, porque incluso de aquello que tendríamos que hacer por deber y responsabilidad queremos también obtener un beneficio. Gratuidad y cumplimiento del deber parecieran cosas olvidadas en muchas ocasiones.
Siempre recuerdo una anécdota que me contaba un sacerdote; era capellán de un centro sanitario y tenía la costumbre de repartir unas estampas o tarjetas por navidad o por pascua para felicitar a la gente que estaba allí hospitalizada; me contaba que en más de una ocasión alguna persona se la rechazaba porque decía que no tenía dinero suelto para darle algo por aquella tarjeta, o en otras ocasiones enseguida la persona comenzaba a buscar en el monedero una monedas para darle algo. No entendían que aquello era una felicitación y una felicitación es un buen deseo que no hay que corresponder pagando. No entendían que fuera algo gratuito lo que le estaban dando.
Creo que es algo que nos puede ayudar a reflexionar en torno a este evangelio que hemos escuchado. Jesús pone el ejemplo de la persona que está al servicio de aquel señor y que cuando termina de realizar sus servicios, sus trabajos sencillamente dice: ‘Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’.
Es el cumplimiento de unas responsabilidades o deberes de lo que simplemente hemos de sentir la satisfacción del deber cumplido y nos buscar interesadamente que por aquello que es nuestra obligación tengamos que tener un beneficio extra. Parece que siempre estuviéramos con la mano tendida para alcanzar algo. No quita, por supuesto, la necesaria gratitud de quien ha recibido ese servicio, por ejemplo en razón de la función pública que aquel servidor realiza. Pero ya sabemos a donde nos está conduciendo este mundo de corrupción en el que vivimos. Cuántas cosas oímos continuamente en este sentido. Siempre hay que dar algo extra para conseguir lo que quizá por derecho nos corresponde.
Y está por otra parte la satisfacción de aquel que es generoso y servicial y está siempre dispuesto a ayudar, a prestar un servicio, a tender una mano con total generosidad y altruismo. Es la gratuidad de la que antes hablábamos, porque lo que motiva esos servicios que podamos prestar a los demás es el amor, el amor que contemplamos resplandecer en Jesús por nosotros.
¿Cómo es ese amor que Dios nos tienes? El amor de Dios es siempre un amor gratuito. Nos ama porque nos lleva en su corazón desde antes de la creación del mundo, desde toda la eternidad. Nos ama porque quiere considerarnos sus hijos y así nos levanta y nos llena siempre de nueva dignidad. No olvidemos que la palabra que utilizamos para expresar lo que el Señor nos regala con su amor es ‘gracia’, es el don gratuito del amor de Dios que nos hace partícipes de su vida para hacernos sus hijos, que nos llena de la fuerza del Espíritu, que está con nosotros siempre. Esa gracia, ese regalo del amor de Dios, que nos enseña a vivir nosotros también en gracia, en actitud siempre de gratuidad, de amor generoso para los que nos rodean.

Rescatemos esos dos conceptos, esos valores para nuestra vida: gratuidad y sentido del deber. Son unas relaciones basadas en la justicia y en el amor.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Porque seguir a Jesús no es cosa fácil le pedimos: Auméntanos la fe

Sab. 1, 1-7; Sal. 138; Lc. 17, 1-6
‘Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe’. Querían los discípulos creer en Jesús. Queremos creer en Jesús. Hay ocasiones en que parece que las cosas se nos oscurecen, se nos oscurece la fe. No es que no tengamos fe en el Señor, pero nos cuesta creer. Nos cuesta creer cuando quizá vemos que lo de creer no es solo cuestión de palabras o de buena voluntad. No es solo cuestión de aceptar unas ideas o de la realidad de la existencia de Dios. Es mucho más. Es mucho más porque implica nuestra vida.
Cuando nos damos cuenta de que la fe nos compromete. Nos exige algo distinto y superior. Con la fe, podíamos decir que andamos en otra órbita. Nos exige unas posturas distintas, una nueva forma de actuar. Tiene sus exigencias también en el sentido que le damos a las cosas y en la valoración moral de las mismas. Le pedimos al Señor también como los discípulos: ‘Auméntanos la fe’.
Fijémonos en el momento en que hoy los apóstoles le hacen esta petición al Señor. Ha venido hablando Jesús de la gravedad del escándalo, de la gravedad que significa poner en peligro la fe de los demás, de la gravedad de que por nuestras actitudes y posturas, de nuestra manera de actuar estemos arrastrando a los demás, y en especial a los más pequeños y débiles, al pecado, a vivir una vida apartada de Dios.
Ha venido Jesús hablando también de la corrección fraterna cuando cometemos errores en la vida, y cómo en ese sentido, con nuestra corrección, con nuestras buenas palabras tenemos que ayudar a los demás, lo que no es nada fácil en muchas ocasiones; no es fácil porque quizá no sabemos encontrar palabras y momentos para hacerlo bien sin herir a nadie; no es fácil porque siempre cuesta la corrección que nos pueda hacer el hermano, aunque la haga con el mayor cariño del mundo.
Pero ha hablado Jesús de nuestra capacidad de comprensión y de perdón. El corazón de quien sigue a Jesús siempre ha de estar dispuesto a perdonar. El corazón de quien sigue a Jesús siempre tiene que estar rebosante de compasión y de misericordia. No nos podemos negar a perdonar, porque sería además encerrarnos en nosotros mismos y cuando no perdonamos nos estamos haciendo daño a nosotros mismos porque no vaciamos el corazón de los sentimientos malos del rencor, del resentimiento o de los deseos de venganza. Y Jesús nos dice que siempre que el hermano nos diga ‘lo siento’, siempre tenemos que nosotros ofrecer generoso perdón. ‘Si te ofende siete veces al día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’.
Recordemos el planteamiento que un día le había hecho Pedro de si hemos de perdonar hasta siete veces y la respuesta de Jesús. ‘Te digo que no solo siete veces, sino setenta veces siete’. Y esto no es algo que hagamos fácilmente y por nosotros mismos. Esto solo seremos capaces de hacerlo si nos llenamos del mismo espíritu de Jesús, si hacemos que nuestro corazón se parezca cada vez más al corazón lleno de misericordia de Dios.
Por esto, después de escuchar a Jesús estos planteamientos para nuestra vida, es cuando los apóstoles le piden: ‘Auméntanos la fe’. No es ahora pedir ese crecimiento en la fe para pedir milagros o cosas extraordinarias. Es pedir ese crecimiento en la fe para que lo que ha de ser nuestra vida desde ese seguimiento de Jesús y lo que nos enseña en el evangelio lo podamos realizar. Todo ha de ser fruto de la fe. Todo lo podremos realizar con la gracia del Señor.
Es lo que nosotros ahora queremos pedirle también. No son cosas las que le pedimos al Señor; no milagros o hechos extraordinarios. Es simplemente que se nos abran más y más los ojos del alma para ver esa acción de Dios y para descubrir y tener fuerzas para realizar el camino que Jesús nos va realizando. Que el Señor ponga en nuestros ojos, en los ojos del alma el colirio de la fe.

‘Señor, auméntanos la fe’.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, estamos llamados a la resurrección y la vida

2Mac. 7, 1-2.9-14; Sal. 16; 2Tes. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38
‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas’.
Es casi como un saludo, en el estilo de san Pablo en sus cartas; es un deseo profundo que nos llena de consuelo y de esperanza cuando nos sabemos así amados de Dios; es la constatación de que cuando nos sentimos consolados en la esperanza muchas pueden ser las cosas que nos sucedan aunque fueran dolorosas y llenas de muerte, pero nos sentimos seguros en esa fe que profesamos e impulsados aún con mayor ardor a vivirla con intensidad en cada momento de nuestra vida.
Es lo que podemos sentir en lo más hondo de nosotros mismos tras esta Palabra de vida que se nos ha proclamado en este domingo. Palabra que nos anuncia la vida y la vida para siempre; palabra viva de Dios que nos hace sentir el consuelo de la esperanza en la resurrección a la que todos estamos llamados, porque todos estamos llamados a participar para siempre de la vida de Dios. A eso nos lleva toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado.
Está por una parte el testimonio de los jóvenes macabeos de la primera lectura. La esperanza que tienen puesta en Dios que es el Señor de la vida y que da vida para siempre a los que creen en El les hace soportar con valentía cualquier tipo de tormento aunque les lleve a la muerte y al martirio. Se sienten seguros en el Señor. Son hermosas las respuestas que van dando cada uno de los jóvenes macabeos al verdugo. La fidelidad al Señor está por encima de todo y están dispuestos a morir, porque ‘el Señor del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’
Es una esperanza firme en la resurrección que ya nos encontramos en el Antiguo Testamento, aunque, como veremos en el evangelio, por allá andan los saduceos negando la resurrección. Pero en el evangelio encontramos una confesión así de fe en la resurrección en la respuesta que Marta le dará a Jesús cuando tras su queja por no haber estado allí en su enfermedad, Jesús le anuncie que su hermano resucitará. ‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. A lo que ella replicará: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Ahí se manifiesta esa convicción de la resurrección.
Pero Jesús quiere hablarle de un sentido más profundo de resurrección cuando creemos en El. Jesús le dirá: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Entonces Marta hará una profesión de fe mucho más profunda porque pone toda su fe en Jesús, el que es la resurrección y la vida, el que viene a traernos la vida y la salvación.
En el evangelio que hoy se nos ha proclamado escuchamos las pegas de los saduceos a la fe en la resurrección - ya decíamos antes que negaban la resurrección - partiendo de la ley del levirato en relación a lo que había de hacerse cuando un hombre moría sin descendencia. Los saduceos pretenden llevar la casuística hasta el extremo, pero Jesús no quiere entrar en sus juegos sino dejarnos la afirmación de que, por una parte, la vida eterna no la podemos contemplar desde medidas y aspectos terrenos - ‘los que sean juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, no se casarán’, les dice Jesús -, y por otra parte de que ‘Dios es un Dios de vivos y no de muertos; porque para El todos están vivos’; es el Señor de la vida que quiere vida para siempre para nosotros, como ya nos expresara en el diálogo previo a la resurrección de Lázaro, como hemos comentado.
Creemos en Jesús y creemos en su palabra. Y porque a El le contemplamos resucitado de entre los muertos, sabemos que estamos llamados a resucitar con El, a vivir su misma vida. ‘Para eso vivió y murió Cristo, para ser Señor de vivos y muertos’, como diría san Pablo en otro lugar. Y el Señor de la vida a nosotros nos llama a la vida. ‘Porque, como antes recordamos, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá’.
Y qué distinta se ve la vida, toda la existencia humana desde esta perspectiva de la resurrección. Nuestra vida no se queda truncada con la muerte, porque tenemos esperanza de resurrección y de vida eterna, estamos llamados a vivir nuestra plenitud total en Dios. Cuando muere una persona en la flor de la vida, ya sea un joven o una persona adulta pero aún de pocos años, sentimos pena y lástima porque pensamos que aquella vida con muchas esperanzas aun de futuro y de una realización de su vida con mayor plenitud se ha quedado truncada en esas esperanzas y no se ha visto plenamente realizada. Pero esos son nuestros planes y pensamientos humanos a los que damos quizá unos horizontes de unos pocos años, pero los planes y los pensamientos de Dios son distintos.
Esa vida no se ha quedado truncada sino que ha comenzado precisamente a vivir en una plenitud mayor, una plenitud de eternidad. Y esa es precisamente la esperanza que tiene que animarnos y que nos da sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Desde esa trascendencia de la vida, desde esa esperanza de plenitud en Dios que es la mayor plenitud que podemos desear y alcanzar, nuestra vida, nuestras luchas, nuestros sueños y compromisos, todo lo que vamos realizando aquí tienen otro sentido y otro valor, que solo en Dios podemos encontrar.
Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado el consuelo de la esperanza, recordábamos al principio en palabras de san Pablo, pues esa esperanza de vida en plenitud, esa esperanza de resurrección para vida eterna no nos desentiende de este mundo con sus luchas y trabajos, sino todo lo contrario; desde ese consuelo y desde esa esperanza, como nos decía el apóstol, nos sentimos consolados internamente, no sentimos fortalecidos internamente, sentimos la fuerza del Señor para toda clase de palabras y obras buenas, nos decía; nos sentimos fortalecidos internamente para trabajar con mayor ahínco por hacer este mundo en el que vivimos mejor; nos sentimos fortalecidos internamente para ir llenando de amor, de justicia, de paz, de autenticidad y verdad todo nuestro mundo, cada una de las cosas que hacemos, y nuestras mutuas relaciones, haciendo así un mundo mejor con la esperanza de todo eso solo en Dios podremos vivirlo en plenitud total.
 Demos gracias a Dios por ese amor, por ese consuelo, por esa esperanza. Démosle gracias a Dios porque en El nuestra vida tiene trascendencia y está llamada a la plenitud, a la resurrección, a la vida para siempre. Démosle gracias a Dios y sintámonos confortados interiormente porque en El encontramos un sentido que de otra manera nuestra vida no podría tener. Démosle gracias a Dios porque sentimos su fuerza en nosotros para hacer ese mundo nuevo y en el evangelio nos ha dejado el camino. Que el Espíritu del Señor llene nuestra vida y nos haga vivir para siempre en la plenitud total de Dios.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Sintiéndonos Iglesia vivimos la alegría de la gracia de Dios que a través de ella nos llega

Ez.  ; Salmo 45; Jn. 2, 13-22
‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios’, es el responsorio que hemos ido repitiendo en el salmo, como un eco del manantial que vimos manar debajo de la puerta del templo llenando de vida allá por donde pasaba, como hemos escuchado en la primera lectura.
Qué hermoso es el sonido del correr del agua por las acequias, como sentimos en nuestros campos; qué alegre melodía no solo para los oídos sino para el alma escuchar el cantarino brotar del agua de un manantial, el que haya disfrutado de esa experiencia puede hablarnos de su belleza; qué insinuante el discurrir del agua de un arroyo en medio de los campos o de los bosques.
Es la imagen que nos motiva para ese responsorio que repetíamos hecho oración y que manifiesta la alegría de nuestro corazón cuando sentimos el fluir de la gracia de Dios sobre nuestra vida y que nos ofrece la liturgia en este día en que celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán, Catedral de Roma y del Papa.
Una celebración la de este día de hondas connotaciones eclesiales que por una parte nos hace vivir en comunión con el Papa, el Obispo de Roma cuando celebramos la Dedicación de su Catedral, pero que nos hace reflexionar sobre el misterio de la Iglesia, del misterio de gracia y de vida divina que a través de ella fluye para enriquecer la vida de los fieles. Celebramos, es cierto, la Dedicación de un templo, pero no es un templo cualquiera, es de una gran resonancia eclesial, porque es la madre de todas las Iglesias cristianas.
Esa imagen que nos ha ofrecido la primera lectura de ese manantial de agua que va purificando y llenando de vida allí por donde pasa nos está hablando de lo que en la Iglesia celebramos y vivimos, de esa gracia del Señor que a través de ella nos llega. Contemplamos ese templo de donde brota ese manantial de agua viva que nos describe en el profeta y pensamos sí en la realidad mística que es la Iglesia, pero pensamos lo que en la Iglesia, en el templo santo del Señor, recibimos con la gracia de los sacramentos y con la Palabra de Dios que se nos proclama.
Es en el templo donde se reúne la Iglesia, la comunidad eclesial para celebrar al Señor, aunque ese templo material es como un signo de ese templo que somos nosotros, bautizados, que somos los que con nuestra vida santa queremos dar culto al Señor, dar gloria al Señor. El templo signo de la Iglesia, signo de lo que nosotros somos, porque hemos sido hechos templos del Espíritu Santo.
Es en ese templo donde celebramos los sacramentos, caudales de gracia y de vida para los creyentes que así veremos fortalecida nuestra fe, pero también llenos de la gracia del Señor cada día queriendo vivir más intensamente una vida santa. En el templo nos congregamos en Iglesia, manifestamos que somos una comunidad, que hay unión y comunión entre nosotros; reunidos en nuestros templos estamos siendo imagen de esa Iglesia, una y universal.
Será en ese templo donde al celebrar los sacramentos nos llenamos de la gracia del Señor que nos fortalece en el camino de la vida para apartarnos del mal y del pecado con la ayuda de la gracia divina y nos impulsa a una vida cada vez más comprometida en el amor. Es la imagen que nos ofrece hoy el profeta.
¡Cómo hemos de acudir a la Iglesia, porque en ella recibimos la gracia del Señor! Así quiso Cristo que fuera la Iglesia para nosotros; así se nos manifiesta como madre que nos alimenta, porque nos hace llegar, en la proclamación de la Palabra y en la celebración de los Sacramentos, la gracia del Señor, la gracia que Cristo nos ganó con su muerte redentora en la Cruz y con su Resurrección.

Que sintamos esos deseos de ser Iglesia, de vivir en comunión de Iglesia, estar siempre vinculados a la Iglesia. Es un hermoso regalo del Señor. ‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios’.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Que tengamos la astucia de la fe para alcanzar la vida eterna

Rom. 15, 14-21; Sal. 97; Lc. 16, 1-8
Jesús nos pone el ejemplo de algo malo para que aprendamos a sacar conclusiones para la bueno. Es en cierto modo desconcertante. Nos habla de un administrador injusto - además emplea esa expresión - que actúa de una forma injusta en la administración de los bienes de su amo pretendiendo salvar las espaldas, como suele decirse, manipulando los recibos de la administración para tener luego de que agarrarse, porque sabe que las cuentas que ha de presentar no le van a ser favorables. Y dice la parábola que aquel señor felicitó al injusto administrador por su astucia; no, por supuesto, porque le defraudara en la administración de su hacienda.
Y es ahí donde tenemos que aprender la lección. ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. ¿Es que los hijos de la luz tenemos que actuar por astucia de manera injusta? De ninguna manera. Pero la cuestión está en si sabemos darle el valor que tiene a lo que tiene verdadera importancia. ¿Sabremos buscar el Reino de Dios y su justicia por encima de todo, como nos enseña en otro lugar del Evangelio?
Ciertamente nos dejamos engullir por nuestro mundo y nos volvemos materialistas, insensibles a lo espiritual, perdemos el sentido de la trascendencia que tendríamos que darle a nuestra vida, y al final miramos solo por nuestro propio interés en lo terreno o en nuestras ganancias materiales. Nos afanamos por el disfrute de esta vida terrena perdiendo de vista lo que es la vida futura. Tan apegados estamos a esta vida en nuestro mundo que, aunque a veces lo pasamos mal, sin embargo no tenemos ansias verdaderas de vida eterna y cuando pensamos en la muerte nos llenamos de angustias y de temores por todo lo que vamos a dejar aquí sin pensar en lo que Dios tiene preparado en plenitud en la vida eterna. 
Como decíamos antes, vivimos tan apegados a lo material que los valores del espíritu las dejamos para un segundo lugar y no dándole ninguna importancia. Ahí están, por ejemplo, nuestras prácticas religiosas para las que nunca tenemos tiempo, porque siempre tenemos muchas cosas que hacer y de ahí esa frase con la que queremos justificarnos que primero está la obligación que la devoción. ¿Es que los asuntos del espíritu, de nuestro cultivo espiritual, de nuestro trato con Dios, de nuestra oración y de la vivencia de los sacramentos para el cristiano son cosas exclusivamente de devoción? Eso está significando cómo vamos poniendo a Dios en un segundo plano en nuestra vida, del que nos valemos o al que trataremos de utilizar solamente cuando me vea apurado porque ya no tenga de qué o de quien echar mano.
Qué lástima que esa sea la relación que mantengamos con Dios tan pobre y tan interesada, olvidando al Dios que nos creó porque nos amó desde toda la eternidad, que nos buscó y nos llamó cuando nos apartamos de Él con nuestro pecado y en su infinito amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para ser nuestro Salvador y Redentor. Ese Dios que nos ama porque es nuestro Padre; ese Dios que ha querido hacernos sus hijos y así nos ama aunque nosotros no lo merezcamos; ese Dios que siempre está a nuestro lado, aunque nosotros nos olvidemos de El, regalándonos siempre con la gracia de su amor.
Un día habremos de presentarnos ante Dios para el juicio de nuestra vida. ‘Entrégame el balance de tu gestión’, también se nos va a decir, porque tenemos que reconocer somos administradores de esa vida que Dios nos ha dado y con nuestra vida, si en verdad creemos en El, lo que tendríamos que saber buscar siempre es la gloria del Señor. No podemos vivir ausentes de Dios, poniendo a Dios al margen de nuestra vida. Ese es nuestro gran error tantas veces que nos decimos cristianos y creyentes y vivimos como si  no lo fuéramos, porque no tenemos presente a Dios en lo que hacemos y en lo que vivimos.
Es una incongruencia de nuestra vida después que conocemos cuánto es el amor que Dios nos tiene y de cuántas gracias nos va regalando en cada momento de nuestra vida. Sin olvidar, por supuesto, nuestras humanas responsabilidades, hemos de aprender a darle verdadera trascendencia a nuestra vida, a lo que hacemos, a lo que vivimos en cada momento. Y seguro que desde esa trascendencia, desde esa fe y desde esa esperanza que anima nuestra vida aquello que hacemos y vivimos lo haremos con un nuevo sentido y valor, dándole importancia a lo que verdaderamente tiene importancia en nuestra vida. 
Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que vivamos cada momento de nuestra vida desde el sentido de la fe. Que tengamos la astucia de encontrar ese sentido de nuestra fe a lo que hacemos y vivimos para que así podamos alcanzar la vida eterna. ¿Seremos capaces de sacrificarnos de verdad por alcanzar lo que vale y nos puede dar la vida eterna?

jueves, 7 de noviembre de 2013

Ternura y amor de Dios que nos busca y nos enseña a tenerla nosotros también con los demás

Rom. 14, 7-12; Sal. 26; Lc. 15, 1-10
¿Os habéis fijado que a veces hay quien nos compara con una manzana o nosotros comparamos también a los demás con una manzana? ¿Por qué digo esto? Sí, por aquello de que una manzana podrida pudre todo el cesto de manzanas. ¿No es lo que decimos cuando aconsejamos a alguien que no se mezcle con cualquiera porque ‘esa persona’, decimos, no es buena y lo que va a hacer es que nosotros nos hagamos igual? ¡Cuánta desconfianza encerramos a veces en nuestro corazón!
La manzana podrida, es cierto, no se va a volver sana, pero el corazón del hombre, aunque se haya llenado de maldad, sí puede cambiar. Pero nos sucede es que algunas veces no creemos en la posibilidad del cambio del corazón del hombre. Esto tendría que hacernos pensar porque tiene muchas consecuencias tanto para lo que nosotros somos y tendríamos que ser, pero también para las actitudes y posturas, el trato que nosotros tengamos con los demás.
Cuando hoy escuchamos en el evangelio que los fariseos y los letrados murmuraban porque Jesús dejaba que los publicanos y los pecadores se acercasen a El e incluso Jesús como con ellos, nos parece quizá una actitud ruin la de aquellos fariseos y letrados con sus actitudes, murmuraciones y condenas. Pero siguiendo al hilo de lo que decíamos antes de la manzana podrida, mirad si acaso nosotros no estamos teniendo actitudes negativas de la misma manera hacia los que consideramos más pecadores que nosotros o más despreciables.
Jesús nos enseña muchas cosas hoy en este texto del evangelio. Primero nos está mostrando lo que es su corazón, lo que es el corazón de Dios. Bien nos viene considerarlo porque así sentiremos ese amor de Dios que siempre nos busca y nos llama, nos invita a la conversión y espera de nosotros esa respuesta de amor cuando El además nos ofrece su misericordia y su perdón.
Dios ama al pecador. Dios nos ama a cada uno de nosotros con nuestro nombre personal, y cuando decimos nuestro nombre personal queremos significar todo lo que es la realidad de nuestra vida en sus aspectos positivos que también los tendremos pero en sus aspectos negativos con el pecado que tantas veces hemos dejado meter en nuestro corazón. Fijémonos cuanto nos ama el Señor que en las parábolas que hoy nos propone nos está diciendo cómo nos busca allá donde nos hayamos perdido. Como el pastor que busca la oveja perdida, o la mujer que rebusca hasta encontrar la moneda extraviada.
Nos está hablando de la ternura de Dios. Textos que se completarían en los versículos siguientes a estos que hoy hemos escuchado en que nos hablará de la parábola del hijo pródigo que a la vuelta a su casa se va a encontrar un padre misericordioso y lleno de amor que no solo le ofrece su abrazo de perdón sino que lo restituye en la dignidad perdida porque sigue considerándolo y llamándolo hijo.
Es la ternura de Dios; es el amor misericordioso del Padre bueno que nos ama. Pero no solo nos busca como el pastor a la oveja perdida, sino que además ha dado su vida por nosotros. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo único, lo entregó para nosotros para que ninguno perezca sino que todos tengan vida eterna.
No somos la manzana podrida que habrá que tirar sino somos el hijo amado de Dios que puede convertir su corazón al Señor cambiando totalmente su vida por una vida de amor y de santidad. No somos el que está perdido para siempre y no tiene remedio, sino que somos el hijo amado de Dios que nos riega con su gracia y nos da el don de su Espíritu para que alcancemos el perdón y rehagamos nuestra vida para vivir en toda la dignidad de hijos de Dios.
Y es la alegría de Dios a nuestra vuelta. El pastor avisa a sus amigos llevando sobre sus hombros la oveja perdida; la mujer llama a sus vecinas para invitarlas a alegrarse con ella porque encontró la moneda extraviada; el padre hace banquete de fiesta en la alegría del hijo muerto y recuperado, vuelto a la vida.
Será también nuestra alegría y la ternura de nuestro corazón, porque serán las actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. También nosotros hemos de saber esperar y saber confiar en el hermano; no somos nadie para condenar. Porque seguimos a Jesús hemos de tener las mismas actitudes de Jesús; porque amamos a Jesús hemos de hacer que nuestro corazón se llene también de ternura y misericordia para parecernos a su corazón.

Lejos de nosotros para siempre las actitudes que se parezcan a las de aquellos fariseos y letrados. Porque hemos de aprender bien las nuevas actitudes que hemos de tener con los demás, para asemejarnos más y más al corazón de Dios que siempre nos ama. ¿Has pensado cuantas veces te ha perdonado el Señor? Ha tenido paciencia con nosotros, ¿no podemos tenerla también nosotros con los demás esperando también de ellos el cambio del corazón?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

No a golpe de impulsos momentáneos sino como fruto de un amor verdadero seguimos a Jesús

Rom. 13, 8-10; Sal. 111; Lc. 14, 25-33
Es cierto que en la vida, en todas las facetas de la vida humana, las cosas no se pueden hacer a la ligera, sino que tenemos que pensar bien lo que hacemos; y cuando tenemos que tomar decisiones que afectan al sentido de nuestra vida y en consecuencia a nuestra felicidad y a la felicidad también de los que nos rodean, pues estamos todos interrelacionados, las cosas hay que tomárselas muy en serio sopesando bien todas sus consecuencias. Las decisiones serias no se toman a impulsos del fervor o entusiasmo de un momento. Ese fervor y entusiasmo  nos pueden ayudar, pero luego tiene que estar esa voluntad y esa racionalidad con que hagamos las cosas.
Esto que decimos en un plano meramente humano cuanto más hemos de decirlo en el ámbito de nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús porque ahí si está en juego todo el sentido más profundo del ser de la persona y por ende su felicidad y también en juego nuestra vida eterna, la felicidad eterna que todos ansiamos. El seguimiento de Jesús no es fruto de fervores momentáneos que se pueden apagar pronto, sino de decisiones tomadas en lo más hondo del corazón; son, han de ser, frutos de un amor verdadero.
Es a lo que nos invita hoy Jesús en el Evangelio. Y nos pone dos ejemplos, el del constructor que quiere edificar una torre y ha de sopesar todas las posibilidades que tiene para acabarla, los medios con que cuenta, etc., para que no se vaya a quedar a la mitad y no vengan a burlarse los que vean que no somos capaces de acabarla; y habla también de rey que va a hacer la guerra y tiene que ver con qué ejército cuenta y las posibilidades de ganar la batalla.
Las consideraciones que nos hace Jesús parte de lo que nos dice el evangelista de entrada, ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. No se trata solo de acompañar en unos momentos o en unos trozos del camino fruto de un entusiasmo pasajero, se trata de hacer camino con Jesús, siguiendo sus pasos, viviendo su misma vida. Y esto no es cualquier cosa. Hay que tomárselo en serio. Porque el amor que le hemos de tener a Dios no es un amor cualquiera.
Estamos acostumbrados a repetir el primero de los mandamientos de Dios ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’, que casi no le damos importancia al sentido total que tienen estas palabras. Decimos ‘sobre todas las cosas’, o como se nos dice en el Biblia, ‘amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Es decir, el amor a Dios es lo primero, ha de estar por encima de todo. Nada podemos amar más que a Dios. Es un amor que es adoración al Dios único y verdadero.
Por eso dirá Jesús a los que quieren seguirle, nos dirá a nosotros: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso, a si mismo, no puede ser discípulo mío’. Posponer que no es negar; me explico, que no es decir que no tenemos que amar al padre o la madre, a la mujer o al hijo, al hermano o a la hermana, e incluso tengamos amor a nosotros mismos. Está diciéndonos que el amor primero es para Dios, el amor primero es para Jesús. Y desde ese amor que le tenemos a Dios, desde ese amor por el que seguimos a Jesús luego le vamos a dar sentido y verdadero valor a ese amor que le tengamos a los demás. Pero el primero, la raíz de todo, a Dios.
Y eso significará también el uso que le daremos a las cosas materiales. Nunca las podemos convertir en dioses de nuestra vida. Por eso Jesús nos pide que sepamos capaz de desprendernos de todo por amor a su nombre. Tendremos que usar de esos bienes materiales, pero dándole función propia y la función justa que han de tener. De ahí que seamos capaces de desprendernos de ellas y de compartir con generosidad.
Claro que esto no sale así espontáneo en la vida, ni es fruto del fervor de un momento. Son decisiones serias, tomadas con profundidad. De ahí las recomendaciones que nos hace Jesús. De ahí la responsabilidad y seriedad con que nos hemos de tomar el seguimiento de Jesús. Que nos acompañe siempre la sabiduría y la fortaleza del Espíritu Santo en esa decisión nuestra de seguir con toda nuestra vida a Jesús. 

martes, 5 de noviembre de 2013

Estamos invitados a una gran fiesta, ¿cuál es nuestra respuesta?

Rom. 12, 5, 16; Sal. 130; Lc. 14, 15-24
‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Es el grito como el deseo o como la alegría nacida de la esperanza, con que alguien en un momento determinado se expresa en medio de todos. Mucho habría escuchado quizá a Jesús y los anuncios que Jesús hacía del Reino de Dios y algo pretendía comprender de lo que Jesús iba enseñando. Algo así también nosotros decimos o pensamos en un momento de fervor y de entusiasmo cuando escuchamos a Jesús, cuando tenemos una hermosa experiencia espiritual. También nos llenamos de deseos de participar en ese banquete del Reino de los cielos y suspiramos de alguna manera por ello.
¡Dichoso, dices, el que coma en el banquete del Reino de Dios!, parece responderle Jesús, pero sin embargo no todos han querido participar en ese banquete que para todos estaba preparado. Estaba preparado, nos dice Jesús, pero sin embargo no todos quisieron participar cuando les llegó la invitación; tenían sus preocupaciones, tenían sus ocupaciones y trabajos, había negocios quizá que atender, había cosas que consideraban más importantes o compromisos que tenían de antemano y que ahora no iban a dejar por mucho que se les invitara al banquete; algunos quisieron quizá dejarlo para otro momento, ya tendrían tiempo; y ya ves, no todos quisieron venir.
Pero el banquete no se deja de celebrar; si aquellos invitados del principio no quieren venir, vamos a buscar a otros, vamos a salir a los caminos y a esos que nos parecen más infelices, esos que están llenos de limitaciones y debilidades, esos que parecía que no iban a escuchar ni atender a la invitación, a esos vamos a traer.
¿No había dicho Jesús que había que invitar a los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos? Esos serán los que llenarán la sala del banquete. Es que la Buena Noticia es para los pobres, para los que nada tienen, para los que por su situación parece que han perdido toda esperanza, para aquellos que nadie quiere ni nadie valora. Lo había anunciado Jesús desde la sinagoga de Nazaret, porque a esos oprimidos por la pobreza o por el mal que atenaza su corazón se les anuncia la libertad y la amnistía, el perdón total. Para ellos es el año de gracia del Señor.
Es la parábola con la que Jesús le está respondiendo a aquel comensal de los buenos deseos y del corazón lleno de esperanza. Es la parábola que nos está proponiendo Jesús a nosotros también porque podemos tener buenos deseos en el corazón, pero cuando llega el momento de dar la respuesta que nos pide el Señor también estamos atareados, tenemos tantas cosas que hacer, o hay otras preocupaciones que consideramos más importantes.
Es fácil que ahora digamos, bueno yo no soy así y yo quiero responder fielmente a la llamada del Señor, pero, sin culpabilizarnos de forma excesiva, miremos sin embargo lo que ha sido la historia de nuestra vida y lo que le hemos ido respondiendo al Señor en tantas ocasiones que nos ha llamado. La tentación siempre nos ha estado acechando y tantas veces hemos preferido hacernos la vida a nuestra manera, lejos de lo que es el espíritu del Evangelio y de lo que es vivir el reino de Dios. También hemos dejado de responder por muchas cosas o porque aún no le habíamos dado toda la importancia a lo que es vivir en el espíritu del Reino de Dios.
Esta es una nueva llamada, una nueva invitación que nos hace el Señor. Quizá no nos consideremos dignos porque nos vemos tan débiles y tan limitados en nuestra vida, pero es a los que busca el Señor. No temamos considerar que somos de esos pobres, lisiados o cojos y ciegos, que son invitados a participar del banquete del Reino. Con nuestra pobreza, con nuestra pequeñez, con nuestras limitaciones y también con nuestra vida llena de defectos y de errores, somos amados de Dios, del Dios bueno que es nuestro Padre y siempre nos busca.

Que no demos largas una vez más a la respuesta que hemos de dar a la invitación a participar en el Banquete del Reino. Estamos invitados a una gran fiesta. ¿No tendríamos que pasar la voz a los demás para que también participen de la fiesta del banquete del Reino de los cielos?

lunes, 4 de noviembre de 2013

Tu generosidad te lleve a compartir con los que nada tienen y no te pueden pagar

Rom. 11, 29-35; Sal. 68; Lc. 14, 12-14
El pasaje del evangelio que hoy se nos ha proclamado viene a ser como la culminación de un conjunto de detalles que se fueron sucediendo, y que no hemos escuchadio por coincidirnos las festividdades de Todos los Santos y la conmemoración de los difuntos del pasado sábado.
Había invitado a Jesús a comer en su casa un hombre principal. Muchos otros habían sido invitados también y Jesús observa que todos corren para ocupar los mejores puestos de la mesa. De ahí parte Jesús para decirnos que no andemos preocupados por ocupar puestos principales en la mesa. Colócate el último, les dice Jesús y si el que te invitó considera que has de ocupar otro puesto mejor ya te subirá más arriba.
Pero hoy quiere decirnos más. ¿A quienes invitamos a nuestra mesa? Es normal que invitemos a aquellos que son más cercanos a nosotros, nuestros amigos; claro que ahí pueden entrar nuestras ambiciones y busquemos invitar a alguien que luego también nos invite a nosotros. Es aquí donde Jesús quiere hacernos reflexionar. ¿Por qué hemos de reducirnos a invitar a nuestros amigos ricos que a su vez nos inviten? Pareceria que estamos buscando el ser pagados por aquello que hemos hecho y que tendría que ser una ocasión hermosa para compartir, para establecer buenas relaciones amistosas con los demás.
Pero Jesús nos dice más. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites  tus amigos ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú que no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los justos’.
‘Vende lo que tienes y da el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo’, nos ha dicho en otra ocasión. Recordamos, por ejemplo, al joven rico.
Y es que en la vida muchas veces actuamos por aquello de que yo te doy para que tú me des. Nada queremos dar de forma gratuita porque siempre estamos esperando qué es lo que nos van a dar a cambio de lo bueno que hemos hecho. ¿Eso se llama generosidad y desprendimiento? Cuántas veces hemos escuchado a esa persona no la ayuda nadie porque ella tampoco ayuda a los demás. Pero el estilo del amor que nos enseña a tener Jesús es bien distinto. No hacemos las cosas por el interes. Lo que buscamos siempre es la gloria de Dios y que se vaya realizando el Reino de los cielos.

Que el Señor nos dé ese espíritu de desprendimiento y generosidad. Pidámoslo con ganas al Señor. Muchas mas cosas podríamos reflexionar. Que el Señor ilumine nuestra vida.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Zaqueo quería ver a Jesús y se dejó sorprender por El

Sab. 11, 23-12, 2; Sal. 144; 2Tes. 1, 11-2, 2; Lc. 19, 1-10
En ocasiones, aunque estemos deseando que suceda una cosa, cuando sucede un poco nos deja descolocados, casi sin saber como reaccionar. Podemos estar deseando algo con toda intensidad, pero quizá pensamos que no va a suceder, pero cuando nos llega el momento y se realiza aquello que queríamos, nos sentimos de alguna manera turbados y pareciera que en el fondo no deseábamos que nos sucediera.
Zaqueo quería ver a Jesús; sentía curiosidad, pero no sabía bien lo que iba a significar un encuentro con El; aunque lo deseaba quizá se exculpaba en el hecho de que era de baja estatura y por la cantidad de gente él se tenía que quedar como a un lado, detrás, no iba a estar en primera fila; se refugia en la higuera, desde allí lo puede ver, sin que quizá lo vean a él, pero no piensa que Jesús se va a detener para ponerse a hablar con él e incluso para auto invitarse a su casa. Jesús sí lo ve, Jesús quiere ir a su casa.
Cuantas excusas ponemos muchas veces para no enfrentarnos a la realidad, para no reconocer lo que quizá tengamos que reconocer de nuestras limitaciones o de nuestras cobardías y nos parapetamos detrás de cualquier cosa que presentamos como excusa. ¿Tendremos miedo? ¿Nos hacemos oídos sordos? ¿No queremos llegar a algo que nos comprometa sino quedarnos constatando las cosas pero de lejos? Nos puede suceder algo así.
¿Sentimos también curiosidad por Jesús? El hecho de que vengamos aquí cada domingo o cada día - o el hecho de que estemos dándole un tiempo a la lectura de estas reflexiones a través de estos medios por los que llegan a nosotros - puede significar, de hecho significa ¿por qué no?, que estamos deseando conocer más a Jesús y queremos escuchar su palabra que vaya iluminando nuestra vida. Aunque nos sucede también que muchas veces nos parapetamos tras nuestras rutinas, nuestras costumbres, la monotonía con que viven tantos a nuestro lado y nosotros no vamos a ser distintos, nuestras propias cobardías, y podemos tener el peligro o la tentación de quedarnos en un conocimiento superficial. En muchas higueras nos subimos para verlo pasar desde la distancia, o  ponemos muchas hojas de higuera como una celosía para que quizá no vean nuestro interés, porque quizá puedan decir muchas cosas de nosotros.
Jesús se detuvo delante de la higuera donde se había subido Zaqueo. Quizá le diera un vuelco en el corazón porque no esperaba que Jesús le viera y se detuviera a hablar con él. El, en su curiosidad, se contentaba con verlo pasar, pero Jesús le está pidiendo que baje de la higuera porque quiere ir a hospedarse en su casa. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No le decía, me gustaría ir a tu casa, sino tengo que alojarme en tu casa.
No se lo esperaba, pero reaccionó. Era mucho lo que deseaba conocer a Jesús que ahora le parece mentira. ‘El bajó enseguida, y lo recibió muy contento’. Se habían acabado los temores y su corazón se llenaba de alegría. Jesús se había detenido ante él. La gente murmuraría después porque Jesús se alojaba en casa de un pecador. Pero ahí está cercanía de Dios que se había querido hacer Emmanuel, Dios con nosotros. No solo había tomado nuestra carne, nuestra naturaleza humana sino que ahora se estaba acercando a aquellos que consideraban parias y despreciables. Y muchas más cosas se iban a suceder una tras otra.
Pero conviene que al mismo que vamos repasando el episodio del evangelio vayamos haciendo una lectura de nuestra vida a su luz. Cuántas veces Jesús se ha detenido a las puertas de nuestra vida llamando porque quiere llegar a hospedarse en nuestra casa. ¿Cómo le hemos respondido?
Hay una imagen que corre por las redes sociales en la que se ve a Jesús delante de una puerta en la que parece que está llamando, está tocando a la puerta y en espera de que le abran. Jesús no puede abrir porque no se ve ninguna llave ni ningún medio con el que se pueda abrir la puerta desde fuera. Solo se puede abrir por dentro, y se supone que por dentro estoy yo, estamos nosotros que tenemos que ser  los que abramos la puerta para que Jesús pueda hospedarse dentro de nosotros. La imagen se queda ahí porque parece que está esperando que nosotros pongamos la segunda parte, abriendo desde nuestro interior la puerta de nuestra vida a Jesús. ¿Abriremos gozosos la puerta como gozoso bajó Zaqueo de la higuera para recibir a Jesús en su casa?
Del episodio del evangelio conocemos ya el final. ‘Zaqueo se puso en pie, en medio de la cena, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Los encuentros con el Señor transforman el corazón. Tras un encuentro vivo con Jesús nuestra vida no puede ser la misma, y cambiarán nuestras actitudes, cambiarán nuestras formas de actuar, habrá un revolcón grande en la vida para hacer que todo sea distinto.
El abrir la puerta de nuestro corazón al Señor hará que se iluminen hasta los más oscuros rincones pero esa luz que recibimos del Señor es una luz purificadora y transformadora, es una luz que destruye las tinieblas de la muerte y del pecado, pero es al mismo tiempo una luz que nos llena de vida.  Es lo que le pasó a Zaqueo. No pensaba él quizá que conocer a Jesús, como tenía deseos de conocerle, iba a cambiarle la vida de esa manera, pero aun así se dejó encontrar por Jesús. El no opuso resistencia, sino que se dejó guiar por el impulso de la gracia del Señor y así su vida fue distinta ya para siempre.
‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán’, dirá Jesús. Y por aquellos que murmuraban ante el hecho de que Jesús se hospedara en casa de un pecador, sentenciará Jesús: ‘Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. Allí estaba la salvación que Jesús venía a ofrecernos. Allí estaba el generoso perdón de Dios que busca siempre al pecador para ofrecerle la salvación.
‘Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan’, que nos decía el libro de la Sabiduría.  ‘A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida… a los que pecan les recuerdas su pecado para que se conviertan y crean en ti, Señor’. Es lo que estamos viendo en esta escena del encuentro entre Zaqueo y Jesús. No viene Jesús a recriminar a Zaqueo, sino viene a buscarle; todo son signos y señales de ese amor del Señor que todo lo perdona. Y Zaqueo entiende y escucha la llamada del Señor. Da el paso respondiendo a la llamada del Señor. ¿Haremos nosotros lo mismo?
Démosle gracias al Señor porque nos sigue saliendo al paso de la vida y sigue llamándonos y buscándonos. Este episodio del evangelio que hoy se nos ha proclamado y estamos ahora meditando nos puede parecer hermoso y entrañable, pero que nos quedemos solamente en considerar lo sucedido entonces con Zaqueo. Si nos quedamos ahí es como quedarnos detrás de las hojas de la higuera para ver lo que sucede pero poniendo barreras por nuestra parte. Nos quedaríamos en meros espectadores y ante Jesús no podemos ser nunca unos simples espectadores. Jesús está llegando a nosotros y poniéndosenos enfrente para decirnos también una y otra vez que quiere venir a nuestra casa, a nuestro corazón.
Hay cosas que nos sucedes que quizá nos impresionan o nos dejan descolocados porque quizá no las esperamos, como decíamos al principio. En este orden de la fe, de nuestra vivencia cristiana y nuestro seguimiento auténtico de Jesús nos puede suceder también. Pero veamos ahí las llamadas del Señor y no nos encerremos en nosotros mismos. Sintamos la admiración, sí, pero también la alegría de que Jesús llegue a nosotros y nos diga que quiere entrar en nuestra vida. Sí, la alegría de la fe, la alegría del encuentro con el Señor, aunque eso nos comprometa, nos haga darle la vuelta a nuestra vida, o nos exija que tengamos muchas cosas de las que despojarnos o que compartir. Zaqueo lo comprendió porque se dejó sorprender por esa luz de Jesús.
Hagamos nosotros otro tanto. Que tras este encuentro con el Señor en esta Eucaristía de este domingo también se pueda decir: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida y con esa gracia y esa salvación saldré para transformar también nuestro mundo.