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sábado, 4 de agosto de 2012

Que no nos ciegue la pasión ni nos dejemos envolver por el mal

Que no nos ciegue la pasión ni nos dejemos envolver por el mal
Jer. 26, 11-16.24; Sal. 68; Mt. 14, 1-12

La pasión ciega el corazón y nos hace caer por una pendiente interminable en la que se van sucediendo toda clase de maldades y que nos va hundiendo más y más en esa maldad y muerte de la que se nos hace difícil salir. Decir de entrada que no imposible porque desde nuestra fe siempre contamos con la gracia del Señor.

Es la pendiente por la que vemos rodar a Herodes como nos refleja este texto del evangelio y en la que podemos caer nosotros tantas veces cuando dejamos que el orgullo y el mal envenenen nuestro corazón. Primero fue una vida irregular, pero en la que se van desatando las pasiones y las envidias, las cobardías y respetos humanos para llegar al crimen abominable de la muerte del inocente.

Herodías que es la mujer de su hermano con la que convive, la ambición y la envidia de ésta, una vida en la que se deja arrastrar por los placeres y el brillo engañoso del poder, las apariencias con las que queremos encandilar a los demás, pero que realmente es a nosotros a quienes nos ciegan, la cobardía para enfrentarse a lo que se considera injusto… son algunas de las cosas injustas que le arrastran por la pendiente de la maldad que conduce a la muerte.

Enfrente, la valentía del profeta fiel a sí mismo y a la misión recibida del Señor que no teme la cárcel ni la muerte para denunciar lo que considera injusto e inmoral. ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías la mujer de su hermano Filipo… quería mandarlo matar pero temía a la gente que lo tenía por profeta’.

Es esa maldad que ciega los ojos y el corazón para que, aunque sepamos lo que está bien y lo que está mal, sin embargo aparezcan en nuestra vida los temores y las cobardías que nos hacen caer en esa pendiente del pecado. Y las ocasiones se van a suceder para hundirnos cada vez más, como le sucedió a Herodes. Ya lo hemos escuchado; con motivo de la fiesta, el baile de la hija de Herodías, sus juramentos e imprudentes promesas, los temores y las vergüenzas, al final será decapitado Juan.

No decapitamos nosotros a Juan ni quizá hemos caído en esas terribles maldades que contemplamos en Herodes, pero cuántas veces nos hemos aflojado en nuestra lucha contra el mal, la tentación y el pecado y hemos ido rodando también por esa pendiente de la frialdad, la indiferencia, el abandono de nuestras obligaciones y nuestros principios, y también terminamos por dejar que el pecado se nos meta en nuestra vida.

El cristiano que quiere mantenerse fiel en su camino del seguimiento de Jesús ha de cuidar mucho esa espiritualidad que sustenta nuestra vida, que nos hace mantenernos alertas frente a toda tentación, que busca los medios para ir creciendo espiritualmente por dentro, que desea cada día más vivir en la intimidad grande de la oración con el Señor. No podemos aflojar en esa tensión espiritual que nos hace mantenernos despiertos frente a la tentación para vencer todos los peligros.

Y si en ocasiones resbalamos por esa pendiente del mal porque dejamos meter el pecado en nuestra vida, hemos de saber levantarnos para salir de esa situación con la ayuda de la gracia del Señor que nunca nos faltará. No es una pendiente fatídica e irremediable, sino que podemos liberarnos de ese mal porque siempre con nosotros está la gracia y la fuerza del Señor.

Que el Señor nos ayude para que pasión nunca nos ciegue el corazón y podamos caminar en caminos de fe y de amor ayudando también a los demás a hacer ese mismo camino que nos lleve hasta Dios. Escuchemos la voz del Señor que nos llama continuamente a la conversión.

viernes, 3 de agosto de 2012

Las contradicciones a la hora de escuchar y acoger a Jesús en la vida
Jer. 26, 1-9; Sal. 68; Mt. 13, 54-58

La reacción y la postura de las gentes de Nazaret nos pueden parecer muy contradictorias. En los versículos anteriores escuchamos que Jesús después de enseñarles con parábolas partió de allí y se fue a otra parte. Y en concreto el evangelista ahora nos dice que ‘fue a su ciudad y se puso a enseñarles en la sinagoga’, aunque no nos menciona directamente que fuera Nazaret pero lo deducimos fácilmente por lo que continúa diciéndonos.

En un primer momento surge la admiración, aunque veremos que comienzan a hacerse sus consideraciones y le rechazan de manera que ‘no hizo allí ningún milagro por su falta de fe’. Lo contradictorio está en esa primera reacción de admiración por su enseñanza y sus milagros y la posterior reacción. ‘¿De donde saca éste esa sabiduría y esos milagros?’ Luego reconocen su enseñanza y su poder. Pero pronto comenzarán las pegas.

Una pegas, podríamos decir, para rebajar el valor de lo que Jesús hace. Es uno de ellos. Allí están sus parientes. ‘¿De donde saca todo esto? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí sus hermanas?’ No insistimos en la interpretación de las palabras hermano y hermana, que ya lo hemos comentado recientemente. Pero era una manera de rebajar la autoridad y hasta el poder de Jesús. ‘Desconfiaban de Él… sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Es el comentario del evangelista.

No nos extraña porque así se había hecho con los profetas anteriores, y eso se sigue haciendo de parecida manera. Ya escuchamos en la primera lectura cómo rechazan a Jeremías y hasta tratan de matarlo. Así lo hicieron con los profetas, como en alguna ocasión incluso Jesús recordará.

Pero ¿no seguimos haciendo de manera semejante en el mundo moderno? Pensemos cómo se trata de desprestigiar a la Iglesia y su magisterio por cualquier motivo. Se elige a este Papa y se sacan a relucir todos los prejuicios que sean necesarios para quitarle valor y hasta autoridad; indagan incluso en su vida y hasta en su niñez.

Hace unos años la Iglesia quiso celebrar un año sacerdotal y cómo surgió una campaña bien orquestada desde todos los rincones del mundo contra la figura del sacerdocio resaltando los errores o fallos humanos que pudieran haber habido con tal de descalificar de la forma que fuera a todos los sacerdotes. Y así podríamos recordar muchas cosas. De cuántos prejuicios llenamos nuestra mente contra los sacerdotes, contra la acción de la Iglesia, contra los que hacen el bien sean quienes sean.

Con qué facilidad se juzga, se critica a la Iglesia, se la mira con lupa pero desde criterios hasta políticos. Cuando la Iglesia en la voz de su magisterio quiere expresar claramente su doctrina y los planteamientos éticos y morales fundamentados en el evangelio, se le quiere quitar autoridad, se le dice que está fuera de lugar y se le quiere quitar el derecho de poder expresar claramente su pensamiento.

Cualquiera en nombre de la libertad de expresión puede decir lo que quiera, pero a la Iglesia no se le permite esa misma libertad de expresión para poder enseñar los principios del evangelio y hay que buscar la forma de cómo acallarla. Son las contradicciones de la vida y de la historia que se siguen dando ahora como entonces, como hemos escuchado hoy en el evangelio.

Con actitudes y posturas así qué difícil nos es que llegue la salvación de Jesús a nuestra vida y a nuestro mundo. Como sucedió en Nazaret. Dice el evangelista que ‘no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe’. Lo de menos, podríamos decir, es lo de hacer muchos o pocos milagros, pues diríamos que es una forma de expresar cómo así, si nos falta fe y nos llenamos de esos prejuicios, tampoco va a llegar la salvación a nosotros.

Que al menos en nosotros se despierte la fe para acoger a Jesús, su Palabra y su salvación. No cerremos nuestro corazón a la gracia de Dios.

jueves, 2 de agosto de 2012


Yo quiero ser como el barro en manos del alfarero…
Jer. 18, 1-6; Sal. 145; Mt. 13, 47-53

‘Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra’. Así lo hizo el profeta Jeremías. Lo hemos venido escuchando estos días con toda la riqueza de imágenes con las que nos habla el profeta, aunque a la hora de escoger el texto para el comentario hemos preferido en los últimos días fijarnos en el evangelio. No quiero dejar pasar esta bella imagen que nos ofrece hoy la profecía de Jeremias con toda la riqueza de su mensaje, que incluso la utilizamos muchas veces en los cantos que acompañan nuestras celebraciones litúrgicas.

Bajó el profeta al taller del alfarero y contempló cómo hacía y deshacía con sus manos aquellas vasijas de barro que iba confeccionando según quedaran a su gusto o no. Allí estaba trabajando con sus manos, amasando y estrujando el barro entre sus manos para prepararlo y darle la conveniente forma de la que saliera la hermosa y fuerte vasija después de pasar por el horno.

Y ahí encuentra el profeta la imagen para hablarnos del hacer de Dios en nuestra vida. Como decimos en el canto citado, somos como el barro en manos del alfarero. Pero dicho barro tiene que pasar por un proceso duro siendo amasado y formado por las manos del alfarero para que pueda salir esa hermosa vasija.

Nos quejamos a veces que la vida nos es dura, que tenemos problemas, que la vida se nos llena de sufrimientos, que pasamos por momentos duros de prueba. ¿Por qué no pensar que estamos en las manos del Señor que nos va amasando y formando a través de todo eso que nos sucede, aunque algunas veces no nos sea agradable porque quiere hacer de nosotros la más hermosa obra de la creación?

‘Entonces me vino esta palabra del Señor, dice el profeta: ¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Mirad, como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’. Estamos en las manos del Señor.

En estos mensajes que ahora recibimos por las modernas redes sociales hace unos días leía el siguiente texto: ‘No siempre salen las cosas que tú esperas, pero confía en Dios, El tiene siempre algo mejor para ti’. Dios siempre tiene algo mejor para nosotros, aunque hayamos de pasar por pruebas o momentos duros. Con El estamos asegurados, con El estamos a salvo, porque es nuestra salvación. Confiamos en el Señor.

Cuando sabemos aprovechar nuestro paso por el crisol del sufrimiento tenemos la posibilidad de crecer más y más en lo hondo de nuestra vida y de madurar de verdad. El paso por ese crisol no lo podemos hacer desde la amargura sino desde la esperanza y la confianza. La amargura endurece las fibras del corazón y nos puede llenar de resentimiento y desconfianza. Pero si sabemos ir viviendo cada momento, aunque sea difícil con serenidad y queriendo aprender bien las lecciones que nos va dando la vida en ese mismo sufrimiento seguro que madurará nuestro corazón en ternura, en amor, en comprensión.

Nos veremos a nosotros mismos y veremos a los demás de forma distinta. Nos sentiremos en verdad purificados, como el oro se purifica en el crisol que en fin de cuentas es una potente llama para quemar todo lo que sobra; así nos vamos nosotros purificando, quitando los malos ardores de nuestra vida y limando tantas asperezas que muchas veces tenemos en nuestro carácter o en nuestra manera de ser. Por eso decía que irá llenando de más ternura las fibras de nuestro corazón y hará en consecuencia que nuestras relaciones con los demás sean distintas. Cuánto tenemos que aprender.

Toma mi vida, hemos de decirle al Señor, como el alfarero que toma en sus manos la masa para fabricar la vasija; yo quiero ser, Señor, amado como el barro en las manos del alfarero. Toma mi vida y hazla de nuevo, que tú siempre tienes para mí el mejor de los proyectos. Así de grande es el amor que Dios nos tiene.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida
Jer. 15, 10.16-21; Sal. 58; Mt. 13, 44-46

Ojalá llegáramos a descubrir de verdad que creer en Jesús y seguirle es el más preciado tesoro que nosotros podamos alcanzar. Nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús pero quizá no siempre en nuestra vida con lo que hacemos, en la manera de comportarnos, expresamos realmente la radicalidad que tendría que significar el seguimiento de Jesús, que en verdad la fe que tenemos en Jesús es el tesoro más grandioso que tenemos. ¿Seremos capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús?

Como nos dicen las parábolas escuchadas en el evangelio el que encuentra un tesoro hará todo lo posible por obtenerlo. Como dice la parábola vende todo lo que tiene para poder comprar aquel tesoro, o aquella perla preciosa que ha encontrado. En las cosas materiales somos interesados y ponemos todos nuestros empeños, pero ¿será así en el seguimiento de Jesús?

Pero es necesario, para comenzar, que estemos convencidos del valor de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús? Creer no es un barniz que le damos a nuestra vida como si fuera un adorno, lo hemos reflexionado en muchas ocasiones. Creer en Jesús para seguirle y llegar a llamarnos cristianos de verdad no es simplemente dejarnos llevar por unos sentimientos primarios de religiosidad con los que quisiéramos contentar a Dios para que El nos ayude y nos salgan las cosas bien en nuestra vida.

Es por eso, quizá, por lo que esa fe no está empapando totalmente nuestra vida para que todo nuestro actuar y nuestro vivir sea conforme al evangelio; es por lo que los comportamientos de nuestra vida cristiana los volvemos ocasionales y como decimos muchas veces, primero está la obligación que la devoción, como si la fe fuera solo una cosa de devoción; es por lo que nuestro compromiso es poco firme y nos contentamos simplemente con unas migajas de nuestra vida; es por eso por lo que somos poco generosos en nuestra entrega, en nuestro darnos en nuestra vida cristiana; es por lo que incluso la expresión religiosa de nuestra fe, en nuestros rezos y oraciones y también en nuestras celebraciones y devociones, se vuelve en ocasiones tan superficial sin llegar a lo hondo de nuestra vida.

Las parábolas nos hablan de la radicalidad del seguimiento de Jesús. Jesús y su reino es lo más importante de nuestra vida. Como nos dirá en otra ocasión ‘el que no está conmigo, está contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’. Jesús en verdad tiene que ser el centro de nuestra vida y nuestra razón de ser. Buscar el Reino de Dios y su justicia, nos dirá, ha de ser lo primero, que lo demás se nos dará por añadidura. Por eso siempre hemos de estar buscando lo que es la voluntad de Dios. Descubrir desde Dios el verdadero valor de la vida, de las cosas; descubrir los valores del evangelio para convertirlos en fundamento de nuestro actuar. Buscar en todo momento lo que es la gloria del Señor ha de ser siempre nuestra tarea.

¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo lo que es más fundamental? Así nos dirá Jesús en otros momentos. Es lo que nos viene a decir en cierto modo con estas parábolas; vendemos todo por alcanzar la perla preciosa, por obtener ese tesoro. Por eso, por seguir a Jesús dejamos todo atrás, nada nos puede restar ni retener en ese camino de su seguimiento. En alguna ocasión nos habla de dejar atrás padre, madre, hermano, mujer, hijos, casa para seguirle, porque el que no es capaz de negarse a si mismo no es digno del Reino de Dios. Para eso Jesús nos ha liberado, para eso nos redimido y salvado, para eso nos da su gracia que nos fortalece en ese camino de fe y de amor que hemos de recorrer.

Que el Señor ponga generosidad y valentía en nuestro corazón.

martes, 31 de julio de 2012

Acláranos el sentido de la parábola

Acláranos el sentido de la parábola


Jer. 14, 17-22; Sal. 78; Mt. 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’. Nos parece algo muy elemental. Pero tenemos oídos y no siempre oímos. Y no es sólo porque materialmente haya ruidos o gritos que nos confunda, o no estemos atentos a lo que se nos dice y como no prestamos atención es que ni oímos, sino que algunas veces incluso cerramos nuestros oídos para no escuchar. Como solemos decir, nos hacemos sordos.

Pero puede sucedernos también que entendemos lo que queremos escuchar, o escuchamos las cosas conforme a las ideas que tengamos de antemano en la cabeza, nos llenamos de prejuicios, pasamos las cosas y las ideas que se nos trasmiten por el tamiz de nuestras propias ideas y así nos hacemos nuestras propias y particulares interpretaciones. Es una forma, en cierto modo, de manipular. Y en ocasiones manipulamos tanto, que hasta manipulamos la propia Palabra de Dios.

Por eso tenemos que saber oír; es más, tenemos que pedirle al Señor que sea su Espíritu el que nos aclare las cosas. Y es que a la Palabra de Dios tenemos que ir dejándonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mejor nos guía y nos hace escuchar realmente lo que el Señor quiere decirnos.

El Sacerdote interiormente antes de proclamar el Evangelio, en algo que quizá pasa desapercibido para la mayoría de los presentes en la celebración, pide al Señor su bendición y su gracia para proclamar dignamente, con toda claridad y fidelidad la Palabra del Señor. No proclama el sacerdote su propia palabra; él pone la voz, podíamos decir, pero la Palabra que nos dice no es su palabra sino la Palabra de Dios. Por eso interiormente invoca al Señor para que pueda hacerlo con toda fidelidad.

Hoy hemos escuchado a los discípulos pedirle a Jesús que les explique la parábola. ‘Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’. Jesús les explica. Ya escuchamos nosotros hace unos días la proclamación de esta parábola y reflexionamos sobre ella, en esta lectura continuada que vamos haciendo, y hoy escuchamos la petición de los discípulos y la explicación de Jesús.

Los discípulos andaban confusos, como los criados que no entendían cómo no había que arrancar la cizaña que había aparecido entre el trigo sembrada maliciosamente por el enemigo. Es la confusión en la que nos vemos envueltos muchas veces en la vida en que debido a tantas influencias tan diversas que recibimos de un lado y de otro muchas veces no nos aclaramos lo suficiente y tenemos el peligro de considerar bueno lo que no es tan bueno.

‘Como todo el mundo lo hace’, escuchamos decir tantas veces. Pero no porque todo el mundo lo haga o porque sea una costumbre que tengan muchos eso puede significar que todo sea bueno. Ideas y conceptos de cómo considerar la religión o cómo hemos de expresar nuestra vida cristiana, la moralidad de los actos que hacemos, etc. entran en este mundo de confusión.

Tenemos que ir, podíamos decir, al fondo de las cosas, objetivamente a ver lo que realmente es bueno o no, y la referencia para la moralidad de nuestros actos y de lo que hacemos en la vida nosotros lo tenemos en la ley del Señor, en los mandamientos de Dios, en lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Es ahí donde tenemos que acudir. Muchas veces nos falta la formación debida porque hemos vivido nuestra vida así sin más, sin reflexionarla debidamente, sin estudiar a fondo lo que es para nosotros la voluntad de Dios, la Palabra del Señor.

Se nos mezcla el trigo con la cizaña y el enemigo malo se aprovecha de nuestra debilidad para inducirnos a esa confusión, para perder ese sentido moral de las cosas, para olvidar lo que son realmente nuestros principios cristianos. Tenemos que pedirle como los discípulos a Jesús ‘acláranos el sentido de la parábola’, acláranos bien lo que hemos de hacer en la vida.

Que aprendamos a buscar siempre lo que es la voluntad del Señor. Pidamos continuamente la asistencia y la fuerza del Espíritu, antes de emprender aquellas cosas que queremos hacer, y también, cuando al final del día revisamos nuestra vida y hacemos nuestro examen de conciencia, pidamos la asistencia del Espíritu que nos ilumine para que veamos la verdad de nuestra vida y así podamos emprender ese camino de renovación, de crecimiento espiritual en el que tenemos que estar bien comprometidos. Que el Señor nos ilumine.

lunes, 30 de julio de 2012

Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe


Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe


Jer. 13, 1-11; Sal.: Deut. 12, 18-21; Mt. 13, 31-35

Una masa sin levadura que la haga fermentar no es la masa que nosotros desearíamos para la confección de nuestros alimentos y no podrá darnos el sabroso alimento que quisiéramos hacer. Necesitamos mezclarla bien con la harina que nos dé el sabroso pan, pues sin ella pareciera que le faltara cuerpo. La carencia de esa levadura para hacer fermentar la masa sería una señal de pobreza y precariedad, como lo fue para el pueblo de Israel en los momentos de su salida de Egipto y sería recordarían siempre en cada pascua comiendo el pan sin levadura como señal de aquellos momentos duros de la esclavitud y de su camino por el desierto. El pan ázimo sin levadura les recordaba muchas cosas a los judíos.

Se convierte así la levadura en una imagen que Jesús utilizará en sus parábolas para llegarnos a decir por una parte lo que significa su presencia en medio de nosotros, pero también lo que nosotros desde la fe que tenemos en Jesús y la vida nueva que vivimos hemos de ser en medio de nuestro mundo. También nos previene Jesús para que utilicemos buena levadura y no nos dejemos contagiar por la vieja y corrompida levadura de los fariseos.

Es una de las parábolas que hoy escuchamos. Jesús les habla en parábolas a la gente para que a través de las imágenes llegaran a comprender mejor el misterio que quiere revelarnos. Para hablarnos del Reino de Dios nos propone hoy dos parábolas, la del grano de mostaza, que recientemente ya hemos comentado, y la parábola de la levadura a la que estamos haciendo referencia en nuestro comentario. ‘Jesús exponía todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo’.

Es hermoso el mensaje que quiere trasmitirnos con esta parábola. Por una parte nos está diciendo lo que significa Jesús y la fe que tenemos en El para nuestra vida y para nuestro mundo. Con Jesús nos sentimos transformados y llevados a vivir una nueva vida. La fe no es cualquier cosa en nuestra vida; ni es un adorno que podamos poner o quitar, ni es una cosa de poco valor que no va a repercutir para nada en nuestra vida. Todo lo contrario, por la fe en Jesús nos sentimos, como decíamos, transformados.

No es lo mismo tener fe o no tener fe; no es lo mismo vivir conforme al sentido de la fe, como vivir ajeno a ella. Jesús no es indiferente para nosotros. Ante El tenemos que hacer una opción radical, y cuando nos decimos por Jesús nuestra vida, nuestros valores, nuestras actitudes, nuestros comportamientos tienen que ser distintos. Es la levadura que transforma nuestra vida, que la fermenta y le hace vivir la verdadera vida.

Pero eso, además, es lo que quiere que seamos nosotros en medio del mundo. Tenemos que ser levadura para nuestro mundo, que lo transforme, que lo llene de vida y de sabor nuevo, de sentido nuevo. Con nuestra fe en Jesús, con nuestras obras de amor, con el sentido nuevo que adquiere nuestra vida desde que ponemos toda nuestra fe en Jesús, nosotros tenemos que ser la levadura de nuestro mundo para que en verdad sea el Reino de Dios.

Esto tendría que hacernos pensar. Nos llamamos cristianos, estamos bautizados, decimos que tenemos fe en Jesús y no logramos contagiar esa fe a los que nos rodean. Más bien parece a veces que cada vez importa menos la fe, la religión, el cristianismo al mundo que nos rodea. ¿Qué hacemos para atraer a los demás hasta la fe? ¿Qué es lo que ven en nosotros? O podríamos preguntarnos también, ¿qué es lo que no ven? ¿Se nos habrá estropeado nuestra levadura? ¿Se nos habrá enfriado y en consecuencia echado a perder?

Algo que toca la fibra más intima de nuestra conciencia y tendría que hacernos despertar para ser esa buena levadura en medio de la masa de nuestro mundo para atraer a los demás a la fe, hasta Jesús. Es una llamada muy seria la que hoy Jesús nos está haciendo a través de estas parábolas. Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe para fermentar la masa de nuestro mundo.

domingo, 29 de julio de 2012

La fe y la esperanza de santa Marta aliciente y alimento de todas las virtudes


La fe y la esperanza de santa Marta aliciente y alimento de todas las virtudes


Según sean nuestras metas será nuestro amor a la vida, nuestras luchas y esfuerzos, nuestros deseos de superación. Cuánto más altas y más grandes, será más grande la trascendencia que le demos a nuestra vida, porque no nos quedaremos en una vida ramplona, sólo de lo que pase a ras de tierra o de lo más inmediato que nos pueda suceder. Por alcanzar esas metas no nos importan las luchas y sacrificios porque lo que nos espera supera todo deseo.

Un ejemplo, que además tenemos que trascender, lo tenemos estos mismos días en que se celebran las olimpiadas; cuantas horas de sacrificios y entrenamientos de esos atletas que quieren llegar más alto, más allá y más lejos por alcanzar el honor de una medalla, que a la larga será vil metal que un día también se ha de corroer. Son grandes metas que les hacen tener también un inmenso amor a la vida. Quieren ser los mejores en su especialidad y para eso no se han ahorrado esfuerzos, y algunos incluso quieren abarcar varias disciplinas deportivas porque así serán el atleta más dotado y preparado, más completo.

Cuánto orgullo y gozo alcanzan cuando logran la meta deseada y nos gozamos con ellos cuando los contemplamos dichosos en sus triunfos, aunque sean meramente humanos, pero que nos pueden servir a nosotros también como un poderoso estímulo.

Pero lo del atleta lo ponemos como ejemplo de lo que ha de ser todo en nuestra vida, y también en la búsqueda de esas metas que nos trasciendan y que colmen las mejores ansias de nuestro espíritu. Porque no vamos a buscar el oro que brilla y que fugaz pronto puede perder su brillo, queremos buscar lo que dé la más honda y perfecta plenitud al hombre.

San Pablo también nos compara en ocasiones la vida como una carrera para la que tenemos que prepararnos, por la que tenemos que luchar sabiendo bien cuál es la recompensa que un día vamos a alcanzar. Nos habla de plenitud y de vida eterna; nos habla de vivir a Cristo de tal manera que nuestro vivir ya no sea otro sino Cristo. Nos invita a mirar a lo alto, porque es mirar a Dios en quien podemos alcanzar la total plenitud.

Hoy estamos celebrando a Santa Marta en la que vemos resplandecer entre todas sus virtudes la fe y la esperanza, que serán el aliciente y el alimento de todas esas otras virtudes que en ella podemos contemplar. La contemplamos haciendo una hermosa confesión de fe en Jesús como el único Salvador que había de venir al mundo, pero profesión de fe que estaba precedida y acompañada de una profunda esperanza. A las palabras de Jesús ante la muerte de su hermano Lázaro que anuncian vida y resurrección - ‘tu hermano resucitará’ le dice Jesús - ella confieza su fe, casi como de antemano, proclamando su esperanza en la resurrección futura. ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Hay una meta grande en su vida desde la fe que ha puesto en Dios y que la llena de esperanza.

Alguien que no haya terminado de comprender el sentido de una fe verdadera y de una verdadera esperanza podía alegarnos que precisamente porque creemos y esperamos la vida futura no amamos lo suficiente la vida presente. Nada más equivocado. Sabemos que la plenitud total de nuestra vida la alcanzaremos en la vida eterna y eso anima nuestra esperanza, pero eso anima también nuestra fe y nuestro amor a la vida presente que también hemos de vivir en la mayor plenitud que ahora en el tiempo limitado podamos alcanzar.

Ni la fe ni la esperanza cristiana nos aislan o separan de la vida presente, sino todo lo contrario, nos obligan, por así decirlo, a vivirla con una mayor responsabilidad y dedicación. Queremos vivir con toda intensidad cada instante de nuestra vida buscando en el amor lo que le va a dar a todo mayor sentido de plenitud. Por eso nos sentimos siempre en camino de superación, de crecimiento, de búsqueda de plenitud. Y todo eso lo sabemos vivir con la alegría de la esperanza.

Es un don de Dios que tenemos que saber agradecer, pero también acoger para darle la mayor hondura, dignidad y plenitud que aquí podamos alcanzar. Por eso el creyente, y el creyente cristiano es una persona comprometida con la vida, con su dignidad, con su valor. Nuestra esperanza de vida eterna no nos desentiende de esta vida nuestra de cada día con sus luchas, con sus problemas, con sus alegría, con su dolor, con todo lo que es.

Por eso defendemos toda vida aunque la podamos ver llena de muchas limitaciones a causa de dolor o de otras discapacidades físicas o siquicas que por distintos motivos podamos tener. Amamos la vida, toda vida y defendemos la vida, toda vida. Amamos la vida y luchamos por la dignidad de toda persona, de toda vida humana. Por eso nos duele quienes atentan contra la vida - y de cuántas maneras se atenta contra la vida -; nos duele quienes no la cuidan, ni la suya propia ni la de los demás, porque la destrozan y la queman de tantas maneras como ya bien sabemos y no hace falta entrar en más detalles.

Es la fe y la esperanza que ponen metas grandes en nuestra vida, pero que nos hace vivir la vida hasta en los más pequeños detalles dándole toda la intensidad de nuestro amor a todo lo que hacemos. Es lo que hará que cada momento y cada detalle sea importante para nosotros y así estaremos con un corazón atento y vigilante para ir viendo en cada momento donde podemos poner un poco más de amor. Es lo que nos hará serviciales hasta en los pequeños detalles, acogedores y abiertos a todo el que se acerque a nosotros por cualquier motivo, pero también para acercanos y abrir bien los ojos para ver donde haya una necesidad que atender, una tristeza que consolar, un dolor que mitigar, una ilusión y esperanza que despertar.

La fe y la esperanza que animan nuestra vida nos hará estar abiertos a Dios y atentos a su actuar de amor sobre nuestra vida para saber reconocerlo y agradecerlo. Marta era una mujer acogedora y servicial, pero era sobre todo una mujer abierta a Dios y tuvo la dicha de poder acoger en su hogar a Jesús, contar con su amistad y su presencia. Son los ojos de la fe que nosotros hemos de saber abrir también para descubrir cómo Dios llega a nosotros, cómo es ese actuar de Dios en nuestra vida.

La vemos en el hogar de Betania atareada preparando cosas, para tenerlo todo bien dispuesto porque ha llegado Jesús a su casa, y hasta se queja de que María se haya quedado embelesada escuchando a Jesús, pero es el amor el que la mueve y aunque sus manos están en hacer de todo lo que tiene que preparar sus ojos y su corazón están puestos en Jesús y seguro que sus oídos estarán bien atentos para no perder ni una de sus palabras.

Todos quizá recordamos a nuestra madre toda afanosa haciendo mil cosas a la vez porque quería contentar a todos y a cuantos llegaran a nuestra casa quería atenderles con la mayor dedicación del mundo; pero aunque estuviera haciendo mil cosas a la vez, como decíamos, sus ojos y sus oídos estaban atentos para no perder ningun detalle y hasta para poder seguir una conversación con el hijo que allí estuviera sentado o con cualquiera que llegara a nuestra casa. Es lo que contemplamos en Marta, afanada en tantas cosas, que aunque Jesús le dice que María ha escogido una parte mejor, seguro que ella no se perdería las palabras del Maestro.

Comenzábamos resaltando y destacando la fe y la esperanza de Marta que ponían altas metas de plenitud en su vida, pero se han ido como desgranando todas esas otras virtudes que brillaban con no menor resplandor en su corazón: la acogida, la hospitalidad, el servicio, el sacrificio, la entrega, la escucha, el amor que rebosaba de su corazón. Son breves las pinceladas que nos hace el evangelio del hogar de Betania, pero enormente enriquecedoras. Es la lección que en su fiesta queremos aprender, copiar para nuestra vida. Es un hermoso ramillete de virtudes el que resplandece en Santa Marta.

Por algo las Hermanitas la tienen como especial protectora de sus vida y como ejemplo también para la acogida y la hospitalidad tan imporantes en su quehacer de cada día en la atención a los ancianos y los abandonados. Ellas también quieren como santa Marta hacer que su fe y su esperanza sean el pilar sólido sobre el que se asienten sus vidas y del que manen todas esas otras virtudes que ellas quieren hacer resplander con su actuar. Por eso las vemos rezarle con tanto fervor y celebrar su fiesta con tanta alegría.

Si son capaces, como las vemos cada día, de estar siempre atentas a las necesidades y problemas de cada uno de los ancianos de nuestro hogar, si las vemos callada y humildemente estar siempre esa actitud de servicio y de acogida, es porque antes han hincado sus rodillas ante el Sagrario en muchos ratos de oración casi contemplativa, aunque nosotros no las veamos, para poner allí, en el Señor, su corazón, para poder levantar la mirada hacia el cielo donde ponen toda su esperanza como meta de plenitud total para sus vidas, y para en Jesús encontrar la fuerza y la gracia para saber ir, caminando con los pies bien fijos en la tierra que pisan, a desvivirse por la vida de cada uno de sus ancianos, cuidándolos con amor, dándeles ese cariño de madres, acompañándolos en sus soledades, poniendo una sonrisa de consuelo en sus penas y tristezas, curando las heridas de sus dolores y llevándoles siempre el amor de Jesús que es el que verdaderamente nos salva.

Celebremos con alegría la fiesta de santa Marta. Tomemos el ejemplo de su vida y como ella pongamos grandes y altas metas en nuestra vida que nos trasciendan, nos eleven y nos hagan pensar en la vida eterna, pero que nos hagan amar con intensidad esta vida de cada día poniendo siempre en ella el amor que le dé mayor plenitud. Que sea grande nuestra fe y nuestra esperanza para que, como en santa Marta, resplandezcan luego todas esas virtudes que nos hagan amables y acogedores, solidarios y generosos, alegres por la esperanza que llena nuestra vida y por la presencia del Señor que está siempre con nosotros fortaleciéndonos en nuestra debilidad y alegrando el corazón.

Que crezca más y más nuestra fe, que se avive nuestra esperanza y arda fuertemente nuestro corazón con el fuego de su amor.

Caminos de solidaridad y generosidad que nos llevan a la comunión verdadera

2Rey. 4, 42-44; Sal. 144; Ef. 4, 1-6; Jn. 6, 1-15

Jesús se había a un lugar apartado y tranquilo con los apóstoles, como escuchábamos el pasado domingo, y se había encontrado con una multitud que lo esperaba. ‘Le dio lástima de ellos y se puso a enseñarles con calma’, nos decía el evangelista Marcos.

Ahora es el evangelio de Juan el que nos dice que estaba en la otra orilla y ‘lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Se vuelve a manifestar el corazón compasivo y misericordioso de Jesús. Toma la iniciativa y pregunta a Felipe ‘¿con qué compraremos panes para que coman todos?’

La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera. Cuando los problemas se agolpan y surgen las necesidades podemos tener la tendencia a querer ir cada uno por su lado y cada uno busca su solución. Esto nos puede llevar a divisiones o a enfrentamientos, a una lucha de los unos contra los otros y quizá así los problemas se crecen y nos puede ser más difícil la solución.

Si somos capaces de dejar de pensar cada uno en sí mismo y comenzar a pensar en los demás, o ver el problema que también tienen los otros, de darnos cuenta de que si cada uno ponemos nuestro grano de arena por pequeño que sea se puede crear la montaña que nos abre caminos para algo distinto, comenzaremos a amarnos más, a preocuparnos por los otros y el amor nos dará inventivas, aunque nos parezcan insignificantes que nos puedan descubrir algo distinto.

Jesús solamente hace una pregunta que va a despertar inquietud en los que le rodean que se preguntarán también por caminos de solución, aunque nos puedan parecer difíciles o imposibles. Pero alguien aparecerá con el pequeño grano de arena que comienza a hacer el montón que lo transformará todo. Ya alguien vendrá diciendo que allí ‘hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…’ aunque también se preguntará ‘¿Qué es eso para tantos?’.

Jesús sabía lo que iba a hacer porque en su corazón había amor hasta el infinito y El era Dios que realiza maravillas cuando está entre nosotros los hombres. Jesús realiza el milagro pero no solo fue la multiplicación milagrosa de los panes sino la inquietud por el amor y la solidaridad que sembró en aquellos corazones. Así quiere hacerlo en nosotros también cuando nos acercamos sinceramente a El dispuestos a compartir nuestros pequeños cinco panes de cebada y sin hacernos reservas para nosotros mismos.

‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’. El evangelista nos dirá que eran cinco mil hombres y que lo que recogieron de sobra a la indicación de Jesús para que no se perdiera fueron doce canastas.

Este milagro es signo y tipo, anticipo de la Eucaristía que va a instituir. Los próximos domingos escucharemos su anuncio en la Sinagoga de Cafarnaún. Pero conviene fijarnos en lo que significa este signo, este milagro de Jesús y todo lo que nos enseña. La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera dijimos hace unos momentos. Dicho de otra manera no podemos llegar a la verdadera comunión si no vamos por los caminos de la solidaridad y del amor. Sería un contrasigno que nos atreviéramos a celebrar la Eucaristía sin amor, sin estar abiertos a la solidaridad.

Por eso nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda ante el altar no hay amor verdadero en nuestro corazón, porque quizá no nos hemos reconciliado debidamente con el hermano, porque vivamos en la división y el desencuentro con los que nos rodean, con los más cercanos a nosotros, si no hemos sabido romper las corazas de la indiferencia, la insolidaridad y el odio, vayamos primero a reconciliarnos con el hermano, vayamos a ese encuentro vivo de amor con el otro para que podamos sentarnos dignamente en la mesa del Señor.

Vayamos siempre a la Eucaristía con la disponibilidad de poner nuestros cinco panes de pobres - los panes de cebada eran los de los pobres - porque, aunque nos parezca que es poca cosa lo que podemos poner, el Señor sabrá multiplicarlo porque siempre con el Señor el amor se crece y se aumenta más y más para provocar el incendio del amor que transformará de verdad nuestro mundo. Nuestras pequeñas chispas de amor provocarán esa hoguera grande del amor que contagiará a todos los que se sientan iluminados por su luz.

Y de la misma manera no podemos salir de la Eucaristía si no hemos alimentado debidamente ese amor; tenemos que salir siempre de la Eucaristía con un amor más fuerte y más grande, más abiertos a los demás, con mejor disposición para el encuentro y la comunión con los otros, más comprometidos para luchar por lo bueno, por hacer un mundo mejor y más fraterno, sintiéndonos más hermanos que nos queremos más y estamos dispuestos a perdonarnos siempre.

Los problemas que afectan hoy a nuestra sociedad son grandes; estamos contemplando mucho sufrimiento y muchas angustias a nuestro alrededor. Los que creemos en Jesús no nos podemos quedar insensibles pensando quizá que la solución tiene que venir de otros, de los grandes y poderosos. Hoy Jesús nos está enseñando que tenemos que aprender a mirar con una mirada distinta lo que nos rodea con sus problemas. Jesús quiere sembrar también inquietud en nuestro corazón preguntándonos quizá ¿qué es lo que podemos hacer nosotros ante la magnitud de los problemas? ¿No hará falta que aparezca el chiquillo de los cinco panes de cebada y los dos peces? ¿No podrás ser tú, ser yo el que con mi pobreza, mis pocas cosas comience a ofrecerme solidario y a hacer algo?

Todo, menos quedarnos impasibles. El Señor quiere poner inquietud en el corazón. Si hemos venido a la Eucaristía al encuentro con El, seguro que nos estará pidiendo una actitud nueva, un nuevo gesto de solidaridad, una disponibilidad generosa. Esos pequeños gestos solidarios crearán más auténtica comunión. ¿Nos daremos la vuelta para no ver?

sábado, 28 de julio de 2012

Un mundo bueno creado por Dios, destrozado por nuestra maldad pero que estamos llamados a reconstruir


Jer. 7, 1-11; Sal. 83; Mt. 13, 24-30

Una parábola que nos propone Jesús como un retrato de lo querido por Dios desde la creación del mundo, pero de lo que hemos hecho nosotros de ese mundo con nuestra maldad y nuestro pecado.

Cuando leemos la primera página de la Biblia que nos habla de la creación hecha por Dios nos suele sorprender algo que se repite casi como una muletilla tras cada uno de los días de la creación. ‘Y vio Dios que era bueno’. Y cuando termina toda la obra de la creación, habiendo creado también al hombre, vuelve a insistir y como remarcándolo ‘y vio Dios que todo era muy bueno’.

La creación, el hombre salido de las manos de Dios era algo bueno. Pero pronto entra la maldad que viene a destruir toda esa obra creada por Dios. Es la imagen del tentador que cautiva a Eva y que terminará cautivando al hombre con el pecado, la desobediencia a Dios. Entra el mal en el corazón del hombre despertando el orgullo y la ambición que le hará luego insolidario culpabilizándose uno al otro y queriendo escabullir toda responsabilidad. Vendrá el sufrimiento y todo lo que sea muerte para el hombre y para toda la creación.

Es, me atrevo a interpretar, lo que nos retrata la parábola. El hombre de la parábola sembró buena semilla en su campo, pero pronto aparecerá la cizaña sembrada por el maligno que pondrá en peligro la cosecha de la buena semilla sembrada. Y en los detalles de la parábola veremos como semilla buena, planta buena y mala semilla, mala cizaña van a crecer juntos hasta el último día.

¿No es esa la realidad de nuestra vida y de nuestro mundo? Ojalá todo fuera bueno, todos fuéramos buenos. Pero se nos mete en el corazón, lo sufrimos en nosotros y lo contemplamos a nuestro alrededor junto a mucho bueno que hay en el hombre, que hay en el mundo también está la maldad con sus injusticias y sus males a su lado. Queremos hacer las cosas bien, pero como nos enseñaba san Pablo no hacemos lo que queremos o hacemos lo que no queríamos hacer; queremos hacer lo bueno, pero la ambición y el orgullo se nos meten también en nuestro corazón como mala cizaña y terminamos haciendo el mal.

Ya quisiéramos arrancar esa mala cizaña de nuestra vida y de nuestro mundo, pero no terminamos de desterrarla de él ni de nuestro corazón. Pero sí hay una cosa que podemos hacer con la gracia del Señor que es mantenernos en fidelidad al Señor luchando contra el mal, tratando de superarnos nosotros para vencer toda tentación de pecado que nos aceche, y tratando también de ir sembrando buenas semillas allá donde podamos a nuestro alrededor. Y podemos hacerlo, porque no nos faltará la gracia del Señor.

Ojalá cuando llegue la hora final podamos presentar al Señor un mundo que hemos intentado hacer un poquito mejor cada día. Ojalá podamos llevar en nuestras manos la ofrenda de muchas cosas buenas, de muchas obras de amor, que el Señor sabrá ver y recompensar también nuestros esfuerzos, nuestra lucha por lo bueno, por el bien, por la justicia y por la verdad.

Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en nuestra vida de cada día. Aquel mundo bueno que salió de las manos de Dios El lo puso en nuestras manos para que lo continuáramos construyendo. Es cierto que se ha metido el maligno destructor por medio, pero nuestra misión y nuestra tarea es la de construir para lo bueno. Y eso podemos y debemos hacerlo cada día y en cada momento allá donde estemos. No podemos permitir que se nos meta el demonio de la insolidaridad, del egoísmo, de la mala ambición, de la envidia, del orgullo y la violencia ni en nosotros ni en quieres nos rodean. Por eso tenemos que seguir sembrando siempre cada día semillas de amor y de bondad.

viernes, 27 de julio de 2012

Las malas raíces que nos impiden que fructifique la semilla de la Palabra

Las malas raíces que nos impiden que fructifique la semilla de la Palabra
Jer. 3, 14-17; Sal. :Jer. 31; Mt. 13, 18-23

Nos ha venido hablando el evangelio de la parábola del sembrador. Debido a las celebraciones que hemos tenido en estos días no habíamos podido seguir en lectura continuada el evangelio de cada día y no escuchamos la parábola del sembrador proclamada por Jesús. Los discípulos le han preguntado por qué les habla en parábolas y hoy hemos escuchado cómo al llegar a casa a ellos en particular se las explica.

Recordemos que la parábola habla de la semilla sembrada a voleo y que cae en diferentes tierras, incluso al borde del camino, unas más preparadas que otras, y en consecuencia da pocos frutos en unos casos mientras en la tierra preparada puede llegar hasta el ciento por uno.

En las imágenes que nos propone la parábola se nos está diciendo cuáles son esos motivos por los que la Palabra de Dios no siempre da fruto en nuestra vida. Entender o no entender la Palabra qu se nos proclama, la constancia o no constancia en llevarla a la práctica en nuestra vida, los afanes y esclavitudes que pudiera haber en nosotros a causa de nuestros apegos, pueden ser algunos de los motivos para que no dé frutos en nosotros.

La semilla de la Palabra hay que acogerla con entusiasmo y cariño, con deseos verdaderos de querer captar en toda profundidad lo que nos quiere decir, y es necesario desapegarnos de muchas cosas que se convierten en obstáculos fuertes en nuestro corzón para que pueda llegar a dar fruto.

Muchas veces escuchamos y no queremos entender. Nos da miedo quizá a lo que nos pueda comprometer, o no nos dejamos guiar por quien pueda ayudarnos a entenderla y plantarla de verdad en nuestro corazón. Puede haber también la actitud del orgullo y la autosuficiencia de creernos sabérnoslas todas y por eso ya de alguna manera nos hacemos oídos sordos a esa Palabra y quien pueda ayudarnos. O nos ponemos ya de antemano en una actitud negativa y de rechazo. Con posturas así no podrá llegar a nuestro corazón, no producirá fruto en nuestra vida. Y hemos de reconocer que venimos muchas veces con esos oídos sordos.

Luego por otra parte está nuestra debilidad, esa flojera, esa rutina de nuestra vida, donde buscamos el menor esfuerzo, somos como mariposas que vamos de flor en flor, en que nos falta constancia para continuar con la tarea emprendida de renovación de nuestra vida, que nos pide la Palabra del Señor que llega a nosotros. Así, una vez más, se queda infructuosa en nuestra vida.

Y no digamos nada cuando nuestro corazón está endurecido por el pecado, por las malas costumbres, por el vicio del que no queremos arrancarnos. Es que esa semilla no podrá brotar  y si brota no tendrá la suficiente fuerza para llegar a florecer y fructificar en nuestra vida.

Es necesario cultivar la tierra de nuestro corazón, teniendo verdaderos deseos de superación, de cambio, de renovación. Cultivar esa tierra es ir arrancando de raíz todo ese mal que se ha enraizado en nuestro corazón, arrancándonos del pecado, alejándonos de la tentación. Cultivar esa tierra es regarla con la gracia divina y para eso es necesario espíritu de oración, acercarnos a los caudales de gracia que son los sacramentos que nos purifican y nos llenan de vida, dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos habla allá en lo más hondo del corazón y que nos va moviendo con su gracia.

Que no nos cansemos de escuchar la Palabra, de rumiarla una y otra vez en el corazón. a
Sólo así podremos ser esa tierra buena que dé fruto al ciento por uno.

jueves, 26 de julio de 2012

San Joaquín y Santa Ana y el homenaje de nuestro amor a nuestros mayores

Eclesiástico, 44, 1.10-18; Sal. 131; Mt. 13, 16-17

La liturgia nos invita a celebrar en este día a san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Desde los primeros siglos del cristianismo, cuando la Iglesia comenzó a honrar a aquellos que habían vivido una vida santa para la gloria del Señor, y cuando comenzó a hacer memoria también de los mártires que habían dado su vida y derramado su sangre por el nombre del Señor, comenzó a surgir también la devoción y el culto a la fue la madre de la Virgen, santa Ana. El culto a san Joaquín se introduciría en la Iglesia siglos más tarde.

San Joaquín y Santa Ana fueron los padres de María, la Madre del Señor, en consecuencia los abuelos de Jesús. Su vida y el nacimiento de María, fruto de este santo matrimonio, está unido a bellas tradiciones que no tienen ningún fundamento en el evangelio, pero en las que se contempla el eslabón entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento a través de la había de ser escogida por el Señor para ser la Madre de Jesús, la Madre de Dios que nos regalaría también Jesús como nuestra madre. En san Joaquín y Santa Ana los padres antiguos contemplan la anunciada raíz de Jesé que había de florecer, dejándonos el hermoso fruto de María de la que había de nacernos el Salvador.

Como decíamos, en el evangelio no encontramos ninguna referencia a los padres de María, pero si nos habla el evangelio de san Lucas de otros santos ancianos, Simeón, hombre justo y piadoso que esperaba el futuro consuelo de Israel, y Ana, aquella viuda profetisa que no se apartaba del templo día y noche con ayunos y oraciones en la esperanza cierta de la llegada del Salvador que traería la liberación a Jerusalén. En ellos podemos ver personificados en el evangelio las esperanzas del corazón de Joaquín y Ana, como decíamos, eslabones necesarios entre el Antiguo y Nuevo Testamento, porque de su descendencia había de nacer el Mesías esperado.

Por eso san Juan Damasceno en sus sermones podrá hablar en estos términos de Joaquín y de Ana: ‘¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó… conseguisteis por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural ya que engendrasteis para el mundo a la que fue la madre de Dios sin conocer varón… una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles…’

Es a quienes estamos celebrando en este día, con la particularidad hoy de que al hacer memoria y fiesta en su honor reconocemos en ellos a los que fueron los abuelos de Jesús. Es por eso, por lo que este día queremos convertirlo en el día de todos los abuelos. Personas mayores, ya muchos quizá en el ocaso de sus vidas, aunque el ser abuelo no tenga que significar necesariamente el tener mucha edad, pero sí queremos convertir este día en homenaje y reconocimiento a todos vosotros, mayores, que nos habéis precedido en el camino de la vida y que nos habéis dejado muchas cosas hermosas que tendríamos que saber reconocer y valorar.

Muchos quizá piensan o sólo se fijan en la debilidad de vuestros cuerpos llenos de años y en los que aparecen numerosos achaques y enfermedades, pero sin pensar quizá que ha sido el desgaste de vuestra vida en los trabajos duros que habéis realizado siempre pensando en lo mejor que deseabais dejarnos como herencia. No era siempre la búsqueda de riquezas y ganancias materiales, aunque sí la búsqueda de lo necesario para ofrecernos una vida digna; pero cuántos valores espirituales, de altruismo, de generosidad, de sacrificio, de entrega nos habéis dejado como la más hermosa riqueza.

No importan los achaques y debilidades físicas, sino la riqueza envidiable de vuestro corazón generoso que se ha desgastado por los hijos, por los que os rodeaban, en fin de cuentas para hacer un mundo mejor para todos. A vuestra manera, según vuestros criterios, pero siempre ansiosos de bien y de verdad, cuántas cosas hermosas podemos aprender de vosotros.

En esas historias que nos contáis, que algunas veces en nuestro egoísmo nos puedan resultar cansinas y repetitivas, si abriéramos bien los ojos y los oídos del corazón, serían muchas las cosas que podríamos aprender y que si siguiéramos vuestros consejos e intuiciones seguro que estaríamos trabajando por un mundo mejor. En nuestra autosuficiencia nos creemos a veces que nada nos podéis enseñar. No serán conocimientos científicos, pero sí será una sabiduría de la vida que es la que en verdad nos hará ricos desde lo más profundo.

Queremos aprender de vosotros; queremos escuchamos; queremos contemplar vuestras vidas, vuestros corazones atormentados que son siempre por el amor que hay en ellos, vuestras manos encallecidos o vuestros rostros llenos de arrugas, pues cada una de esas arrugas, de esos callos, o de esos sufrimientos han sido unos actos de amor porque queríais dejarnos de verdad un mundo mejor.

Sois vosotros también un eslabón importante en el camino de la fe; ha sido quizá una fe sencilla y sin demasiadas profundidades de conocimientos teológicos, pero seguramente tenéis más conocimiento de Dios del que nosotros podemos imaginar, tenéis un sentido de Dios y de la fe que ya quisiéramos para nosotros que nos decimos conocer tantas cosas. Seguid manifestándonos el testimonio y el ejemplo de vuestra fe. En la medida en que la vais compartiendo con nosotros también vuestra fe irá creciendo y alcanzando esa hondura que os hace estar cerca de Dios.

Sí os queremos decir que os queremos y hacemos todo lo que está en nuestras manos desde nuestras posibilidades que a veces son escasas, para haceros más felices, que nada os falte, y que al menos no os falte nunca el cariño de quienes os atendemos y queremos hacer mucho por vosotros aunque algunas veces no acertemos a hacerlo todo bien. Pero no os faltará nuestro cariño que queremos recibáis hoy de manera especial en esta celebración en la que con vosotros oramos, con vosotros queremos dar gracias a Dios por vuestra vida, por todo lo que recibís de quienes os atienden y por todo lo que también nosotros recibimos de vosotros.

No os olvidéis de nosotros en vuestras oraciones, que con todo cariño queremos atenderos y ofreceros todo lo mejor. Gracias, queridos abuelos y abuelas.

miércoles, 25 de julio de 2012


El camino de santiago nos lleva peregrinos hasta Jesús 
Hechos, 4, 33; 512.27-33; 12, 2; Sal. 66; 2Cor. 4, 7-15; Mt. 20, 20-28

El no estaba allá junto al Jordán cuando los primeros discípulos comenzaron a seguir a Jesús. Estaba su hermano Juan igual que Andres el hermano de Simón cuando el profeta del Jordán había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se habían ido con él. Probablemente de la misma manera que Andrés fue pronto a anunciarle a su hermano Simón que habían encontrado el Mesías, por qué no Juan también habría venido a comunicarle a su hermano lo que habían descubierto.

Ahora junto a la orilla del lago cuando aquel profeta que había surgido les invitó a él y a su hermano, - ‘venid conmigo’- , como lo había hecho con los hermanos Simón y Andrés, a seguirle para hacerlos pescadores de hombres, lo habían dejado todo, las redes, la barca, su padre, los jornaleros, para irse con Jesús. De nuevo en las agua de aquel mismo lago tras una pesca milagrosa en la que habían ido a echar una mano a Simón y Andrés por la redada tan grande que habían cogido, que se les rompían las redes, habían escuchado de nuevo la invitación. ‘Os haré pescadores de hombres’.

El seguimiento a partir de entonces había sido constante. Su camino era ya el camino de Jesús. Formaría parte del número de los doce elegidos para ser apóstoles y enviados, pero con una predilección especial junto con su hermano y Simón Pedro Jesús los llevaría consigo a momentos especiales para ser especiales testigos de las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús. 

Caminarían al paso de Jesús con todo lo que eso podría significar y los caminos nuevos que se abrirían para sus vidas. Subirían con Jesús a lo alto del Tabor para verle transfigurado y contemplar la gloria de Dios que se les manifestaba en maravillosa teofanía. Caminos de ascensión y de mirada hacia lo alto para llenarse de trascendencia y llenarse de Dios. Serían escogidos de manera especial en la casa de Jairo para ser testigos de la resurrección de la niña. Caminos abiertos al amor y a la solidaridad ante el sufrimiento que impulsan siempre a actuar para la vida. Pero Santiago, Juan y Pedro serían extraordinarios testigos de la agonía y de la oración de Jesús en el huerto antes de la pasión, pero a quienes se les pediría además una vigilancia especial. Caminos de interiorización e iluminación que solo en la oración podemos encontrar.

Su camino quería ser el camino de Jesús aunque no siempre fuera fácil, porque surgían confusiones en lo que se esperaba del Mesias y las ambiciones aparecen facilmente en el corazón. siempre surgía entre los discípulos aunque estuvieran muy cerca de Jesús los sueños y aspiraciones por primeros puestos a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado. Lo hemos escuchado  hoy en el evangelio.

Pero estaban dispuestos a beber el cáliz. Los primeros puestos serían los del servicio y los del amor. Desde ese amor caminaría Santiago lleno del Espíritu los caminos del mundo anunciando el evangelio. La tradición nos lo sitúa en España en corto tiempo después de Pentecostes y así nos consideramos nosotros herederos de la fe que él anunció. 

Dispuesto a beber el cáliz sería el primero de los apóstoles que diera su vida por el nombre de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles nos narran las dificultades y persecusiones que tuvieron los apóstoles desde el primer momento plor anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. Con detalle nos hablan de las prisiones y las comparecencias ante el Sanedrín de Pedro y Juan tras la curación del paralítico de la Puerta Hermosa, y más tarde el martirio de Esteban, el protomártir. Pero pronto aparecerá, como hemos escuchado hoy, el martirio también de Santiago. ‘El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, el hermano de Juan’. 

Una tradición secular situará la tumba del Apóstol en Compostela allá en las cercanías de Finisterre, el fin del mundo conocido entonces. Historias, quizá llenas de leyendas, nos traen los restos del apóstol hasta Galicia, donde tras manifestaciones prodigiosas se encuentra la tumba del Apóstol en torno a la cual se levanta la catedral que se convertiría en centro de peregrinaciones para el mundo cristiano ya desde la edad media junto con Roma y los Santos lugares, como sigue siéndolo hoy día. 

El camino de Santiago es el que trajo a los peregrinos y penitentes desde todos los rincones de Europa entonces, y ahora tendríamos que decir que desde todo el mundo, buscando la gracia y el perdón de los pecados tras ese camino penitente en el encuentro con el Señor. Desde muchas motivaciones se hace hoy el camino de Santiago, pero en su origen era un camino de penitencia en la búsqueda del perdón y de la gracia del Señor por los propios pecados. Hoy se tiende a mirar como un trasiego y encuentro de culturas en gentes que recorren el camino desde los diferentes lugares del mundo. 

Sin negar todo ese valor cultural que puede tener, y que fue base también de la construcción de Europa, creo que como creyentes tendríamos que fijarnos mejor en el camino interior que hace cada persona en ese ir hasta la tumba del apóstol. He tenido la suerte de ser testigo y confidente de corazones que han hecho ese camino. Es camino de encuentro con uno mismo, de encuentro con Dios y de encuentro con los demás haciendo resaltar las cosas y los valores más hermosos que llevamos dentro de nosotros.  

Hagamos o no hagamos fisicamente ese camino de Santiago - no todos estamos en condición de poderlo hacer - sin embargo ese otro camino interior que nos lleve a la búsqueda de una profunda espiritualidad, a la búsqueda del verdadero sentido de la vida, el verdadero sentido del hombre, creo que es un camino al que todos si estamos invitados a hacer. 

Cuando fuimos haciendo un repaso por esos momentos del evangelio donde va apareciendo la figura de Santiago, como la del resto de los apóstoles, hablamos de un camino que iba haciendo Santiago que era seguir el camino de Jesús. No sin dificultades, decíamos, porque dentro de cada uno van surgiendo muchas cosas, muchos tropiezos y obstáculos a ese camino. Santiago, con sus dudas, confusiones y ambiciones incluso, sin embargo se dejó conducir por el Señor. Fue decidido su ‘podemos’, ante la pregunta de Jesús sobre beber el cáliz que El había de beber.

De la mano y con el ejemplo del apóstol intentemos hacer nosotros también ese camino, camino de Santiago, que es realmente el camino que nos lleva hasta Jesús. Un camino de crecimiento interior, de purificación y de iluminación de nuestra vida. Un camino hecho de silencios, como es en parte el camino de Santiago, porque en ese silencio podremos escuchar la verdad de nuestro corazón, pero podremos escuchar la verdad de la voz de Dios que nos habla. Un camino de apertura a lo trascendente, porque quienes hacen ese camino miran mucho a las estrellas, miran mucho a lo alto, pero un camino abierto también a la solidaridad porque no es un camino de solitarios, aunque cada uno hace su camino, pero lo hacemos juntos caminando hacia una misma meta.

Creo que estos pensamientos nos vienen bien en este día en que celebramos la fiesta del Apóstol que trajo el primero el anuncio del evangelio de Jesús a nuestras tierras y al que proclamamos patrono y cuidador de nuestra fe, de nuestro camino de creyentes. Que todo ese camino nos lleve siempre al encuentro con Jesús. Dejémonos encontrar por El.

martes, 24 de julio de 2012


La familia de los que creemos en Jesús y hacemos la voluntad del Padre
Miqueas, 7, 14-15.18-20; Sal. 84; Mt. 12, 46-50

‘Oye, que tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’, vinieron a decirle a Jesús mientras El estaba enseñando a la gente. 

Esta expresión a muchas personas les resulta confusa, no sólo por la respuesta de Jesús que a alguno le podría parecer en una muy particular interpretación que Jesús no hace caso de su propia familia. La confusión y en lo que muchos se fundamentan para decirnos que los católicos enseñamos cosas que no son verdad y que de María decimos cosas que el evangelio contradice cuando hablamos de la Virginidad de María. 

Nos dicen Jesús tuvo más hermanos, porque ahora le dicen que allí están sus hermanos esperándole, o porque en la sinagoga de Nazaret cuando sus convecinos se admiran de la sabiduría de Jesús hacen referencia a sus hermanos y hermanas. Muchas discusiones habremos escuchado o tenido por este motivo cuando nos vienen de otras iglesias cristianas o desde algunas sectas a decirnos que nosotros estamos equivocados. 

No merma para nada la grandeza de María y el papel que Dios quiso asignarle en la historia de nuestra salvación como Madre de Jesús nuestro Redentor y como Madre de Dios el que María tuviera o no tuviera más hijos. Dejando esto como una premisa de nuestra reflexión, sí tenemos que saber interpretar el sentido que muchas palabras o conceptos podían tener para una gente de una cultura distinta como son las gentes de Oriente o las gentes del entorno semítico.

Decir que el concepto y la valoración que de la familia se hacían los semitas y los orientales es mucho más grande que el que nosotros en nuestra cultura, incluso nuestra cultura ya postmoderna, podemos tener. La familia en su conjunto y en toda su amplitud era algo muy valorado y muy sagrado. Los vínculos familiares creaban una unión muy profunda en todos los miembros de la familia, de manera que todos se consideraban hermanos. No solo son hermanos los nacidos del mismo padre y madre, sino todo el ámbito familiar era así considerado. Que a nosotros también en ocasiones nos sucede que tenemos parientes, primos con los que quizá mantengamos un vínculo mucho más estrecho que los propios hermanos por diferentes circunstancias que nos hayan surgido en la vida.

Esos son pues los hermanos de los que hablan quienes le anuncian a Jesús que allí están sus parientes buscándole o al hacer referencia en Nazaret a todos los parientes, a toda la familia que allí tenía Jesús. 

Aclarado esto, que nos conviene de vez en cuando explicar para quitar dudas y confusiones de nuestra cabeza, vamos a fijarnos también en el nuevo sentido que Jesús quiere darle a la palabra familia desde la respuesta que les da a quienes habían venido a traerle la noticia de la presencia allí de su madre y de sus parientes.

Ante lo que vienen a comunicarle Jesús se pregunta: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando a los discípulos dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’. 

En Jesús nace una nueva familia. Somos los que creemos en El y a El  nos hemos unido desde el Bautismo. En la Catequesis cuando hablamos de los efectos del Bautismo siempre decimos que nos hace hijos de Dios, hermanos de todos los hombres y miembros de la Iglesia, miembros de la familia de todos los que creemos en Jesús y formamos la Iglesia.

Es necesario creer en Jesús, escucharle, seguirle, querer vivir su vida. Cuando creemos en Jesús buscamos siempre y en todo hacer la voluntad del Padre. Como lo hizo Jesús, como nos lo enseña hacer a nosotros, como nos enseña a que esa sea siempre una petición en nuestra oración al Padre. ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’, decimos, pedimos en el padrenuestro. Así formamos la familia de Jesús. 

De María aprendemos a cumplir en todo la voluntad del Padre, ella que se llamó a sí mismo la humilde esclava del Señor con el deseo que se cumpliera siempre en ella la palabra de Dios, la voluntad del Padre.

lunes, 23 de julio de 2012

Vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí
Gal. 2, 19-20; Sal. 33; Jn 15, 1-8

‘Ahora vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí’. Hermosa confesión de fe que no se queda en palabras sino que se refleja en una vida. ‘Vivo de la fe en Cristo Jesús’, nos dice. Esa fe que tenemos en Jesús, y ¿cómo no vamos a poner en El toda nuestra fe si ‘me amó y se entregó por mi?’

¿Dónde ponemos el sentido de nuestra vida? ¿Por qué y para qué vivimos? Nos pueden parecer preguntas fáciles, pero quizá todos no respondan de la misma manera. San Pablo nos está diciendo que vive de la fe, que ahí está todo el sentido de su vida, todo su vivir. Pero no todos quizá piensan de la misma manera.

Hay quien vive solo para disfrutar de la vida y todo es sensualidad, pasarlo bien a costa de lo que sea; quien vive por la posesión de las cosas materiales y se vuelve avaricioso y usurero; quien vive sólo para sí mismo y no piensa para nada en los demás haciéndose egoísta e insolidario, o se aísla de la forma que sea para no tropezar con nadie ni nadie le pueda molestar; quien vive por el afán del poder y no le importará destruir lo que sea o a quienes sean con tal de llegar a conseguir sus ambiciones; así podríamos pensar en muchas cosas. ¿Será eso un sentido de nuestro vivir que en verdad nos haga verdaderamente felices?

Cuando hemos descubierto a Cristo y nace la fe en nuestro corazón seguro que descubrimos otro sentido de vivir mucho más hondo, más humano, más noble. Desde la fe que tenemos en Jesús descubrimos otros valores, otras cosas por las que luchar y que, aunque ocasiones en que nos sea costoso, sin embargo llevan nuestra vida a una mayor plenitud. Es lo que nos aporta el evangelio.
Es lo que tiene que ser la vida de un cristiano.

Es lo que había descubierto san Pablo cuando llega a decir que su vivir es Cristo. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí’. Su vida sin Cristo ya no tendría sentido; su vida sin Cristo ya no sería vida. Por eso buscamos a Cristo, queremos conocerle, queremos llenarnos de El, queremos impregnarnos de su vida, queremos que su vida ya sea para siempre nuestra vida.

Pero aquí tenemos que recordar lo que nos dice el Evangelio. Para llegar a vivir así tenemos que estar unidos a Cristo. Hoy nos habla de la vid y de los sarmientos, y que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar fruto. Como nos dice ‘sin no podéis hacer nada’. La savia de la vida divina, de la gracia tiene que circular desde Cristo hasta nosotros, como la savia de la vid recorre todos los sarmientos para que puedan florecer y dar fruto.

Es la espiritualidad que tiene que guiar nuestra vida, que tiene que enriquecer nuestra vida. Espiritualidad es llenarnos del Espíritu. Podremos vivir esa espiritualidad, llenarnos así del Espíritu divino que enriquezca nuestra vida si estamos verdaderamente unidos al Señor. Ahí la necesidad de nuestra oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de la vivencia sacramental donde Cristo nos regala su gracia continuamente en cada momento que la necesitemos y así podremos ir creciendo en nuestra vida.

Aprovechemos tantos cauces de gracia que están a nuestro alcance. Sería triste que teniendo a nuestra mano todos esos cauces de gracia divina en nuestra oración, en los sacramentos, realmente no vayamos creciendo espiritualmente. Necesitamos de mucha oración, de mucha reflexión en nuestra vida sobre todo el misterio de Dios, de mucho revisarnos para ir corrigiendo cuando pueda ser un obstáculo para ese crecimiento.

Como escuchábamos ayer irnos con Jesús a ese lugar tranquilo y apartado donde sintamos y vivamos de manera especial su presencia; llevar a Cristo a nuestra vida, tenerlo con nosotros en cada momento y en cada circunstancia para sentir así la fuerza de su gracia. Sin Cristo nada podríamos llegar a ser; por la fe en Cristo Jesús vivimos y ayudaremos a vivir también a los demás.

domingo, 22 de julio de 2012


Llevemos a Jesús a nuestra vida, a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado…
Jer. 23, 1-6; Sal. 22; Ef. 2, 13-18; Mc. 6, 30-34

Jesús había enviado a los Apóstoles de dos en dos ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’, como escuchamos el pasado domingo. Hoy los vemos regresar. ‘Volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. 

‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’, les dice Jesús. ‘No tenían tiempo ni para comer’, comenta el evangelista. Y trata de llevarlos en barca a ese lugar tranquilo y apartado, aunque como hemos visto allí también se encuentran con las gentes que los esperando. Pero ya comentaremos ese detalle también.

Escuchamos y contemplamos un gesto muy humano que nos repetimos muchas veces. En medio del ajetreo de la vida necesitamos en ocasiones detenernos, hacer un alto en el camino, desconectarnos de lo que estamos haciendo como solemos decir. Es el momento de descanso, el momento de retomar fuerzas, o el momento de ponernos a pensar para no dejarnos absorber por la rutina de lo que hacemos cada día, no quedarnos en la materialidad de las cosas o tratar de tener una mirada en cierto modo distinta y distante de aquello que es la tarea de cada día. 

Son momentos de descanso material pero pueden y deben ser momentos de recuperación también de nuestro espíritu. En estos días - precisamente en nuestro hemisferio - estamos en época de vacaciones en las que tratamos de descansar y de desconectar, como decíamos, de la rutina de la vida diaria, aunque también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener esas vacaciones. 

Sea que estemos de vacaciones o sea que no las podamos tener y sigamos en nuestro propio ambiente, creo que el Evangelio nos puede dar pautas para nuestra vida que nos ayuden. De una forma o de otra, todos, como hemos venido diciendo, necesitamos esos momentos de pausa en nuestra vida. Y decir pausa, como decir vacaciones, no significará una total inactividad, aunque también tengamos el descanso. Y decir pausa no es simplemente dejar a un lado por un tiempo nuestras actividades materiales, que nunca las responsbilidades. Creo que en esa pausa nos cabría algo más. 

La imagen que estamos contemplando en el evangelio en la que es el propio Jesús el que se lleva consigo a los apóstoles a ese lugar tranquilo y apartado para ese descanso nos puede ayudar a los creyentes a pensar que, porque estemos en ese momento de descanso, no significa que tengamos que desconectar de Dios. En nuestras parroquias desgraciadamente muchas veces constatamos que, con los niños o con los jóvenes, e incluso también muchas veces con los mayores, pareciera que le diéramos vacaciones a Dios. Vemos cómo merma toda actividad pastoral y como merma también la asistencia a la Iglesia para nuestro culto y para las celebraciones religiosas, para la participación en la Eucaristía del día del Señor.

Se fueron con Jesús a aquel sitio tranquilo y apartado. Llevemos a Jesús a nuestra vida también a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado, de descanso que nos podamos tomar. Sepamos encontrar ese momento para ese silencio interior, para encontrar esos momentos de soledad para estar con el Señor, para sentirlo junto a nosotros. 

Momentos de reflexión, momentos de hacer una mirada interior, momentos de repaso de lo que es nuestra vida, momentos de contarle al Señor eso que hacemos o que desearíamos hacer, momentos para hacer proyectos, momentos para encontrar una luz que en el ajetreo de la vida muchas veces se nos puede ocultar detrás de las materialidades que nos abruman, del consumismo que nos envuelve o de las sensualidades placenteras que tanto nos atraen. Es bueno, sí, que lo pasemos bien, pero tratemos de darle hondura grande a nuestra vida.

Momentos de oración, si, en un encuentro vivo con el Señor para sentir su fuerza, su gracia, y la luz de su Palabra que nos habla allá en lo secreto del corazón. Momentos que pueden ser de renovación y de crecimiento interior en nuestra propia espiritualidad que tanto necesitamos.

Todo esto que estamos comentando a partir de este texto del evangelio no es sólo por la ocasión de la coincidencia del tiempo de verano, de vacaciones que se vive en nuestras latitudes. Nos da pie, es cierto, a que con esta reflexión nos planteemos seriamente el saber aprovechar este tiempo, que puede ser para nosotros una gracia grande del Señor. Pero este ir con el Señor, porque El quiere que estemos con El, en medio de nuestras tareas y actividades de cada día de nuestra vida es algo que siempre todo cristiano ha de plantearse seriamente. 

Sí, en nuestra misión como cristianos de dar testimonio de Jesús ante los que nos rodean, necesitamos ir desde Jesús, desde ese encuentro, desde esa vida que nosotros vivamos unidos a Jesús. No podemos ir a los demás para hablarles de Jesús, si antes no hemos estado nosotros con Jesús, no solo para hablarles de ellos, de ese mundo que nos rodea y que está hambriento de Dios aunque no siempre quiera reconocerlo, sino también para nosotros llenarnos de Dios, llenarnos de vida, de su gracia. Mucho tendríamos que reflexionar en estos aspectos.

Pero, decíamos antes que hay un detalle que no podemos dejar pasar desapercibido en este episodio del evangelio. Es la mirada de Jesús cuando al llegar a aquel sitio se encuentra con aquella multitud que lo espera, que han ido por todos los caminos para llegar hasta donde estuviera Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles’.

No se desentendió Jesús de aquella gente, aunque allí fuera con otras intenciones con los apóstoles. Y es lo que tiene que sucedernos a nosotros, estemos donde estemos, cualquiera que sea la situación. Es la mirada que tenemos que hacer siempre al mundo que nos rodea. Ya decíamos antes que también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener las vacaciones de las que hablábamos. Un pensamiento y una mirada para ese mundo que nos rodea y que bien sabemos cuántos en estos momentos lo están pasando mal. Una mirada, un pensamiento, es cierto, hemos de tener, porque tampoco podemos nosotros desentendernos nunca, y menos en estos momentos difíciles. 

La solidaridad siempre tendrá que aparecer en nuestro corazón y más cuando nos decimos seguidores de Jesús. Hay muchas maneras de expresarla. Cuando nos vamos con el Señor para estar con El, como nos invita hoy, seguro que El inspirará allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchos gestos y hechos de compartir, suscitará mucha generosidad en nuestro corazón. Si estamos con el Señor seguro que nunca podremos cerrar los ojos ante la necesidad o los problemas de los demás.  

Vayamos, sí, ese sitio de descanso al que Jesús quiere llevarnos. Llevemos a Jesús allá donde estemos porque en El siempre encontraremos esa paz que El nos da, pero con Jesús nos sentiremos también siempre impulsados y comprometidos a más amar, a más entregarnos por los demás.