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miércoles, 4 de enero de 2012


Buscamos a Jesús pero hemos de saber llevar a Jesús a los demás

1Jn. 3, 7-10; Sal. 97; Jn. 1, 35-42
Cuando tenemos conocimiento de algo importante o una experiencia extraordinaria que de alguna marca nuestra vida, sería egoísta el guardarlo para nosotros mismos y no ser capaces de comunicarlo a los demás. Lo bueno, el bien, como el amor es algo expansivo de por sí y tiende a trasmitirse, a comunicarse, a hacerse saber de alguna manera. Una persona que tiene su corazón lleno de amor es difícil que lo disimule porque de alguna manera lo expresa exteriormente en sus actitudes, en su alegría, en su manera de ser o estar y pronto lo hace saber a los demás.
Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio y que tendría que ser una buena pauta para nuestra vida de creyentes, si en verdad sentimos el gozo de la fe y del amor de Dios en nuestro corazón.
La misión del Bautista era, por supuesto, anunciar la inminente llegada del Mesías y preparar los corazones para ello. Así realizaba su misión allá en la orilla del Jordán. Pero tras la experiencia de haber contemplado la gloria de Dios que se manifestaba de forma extraordinaria en el bautismo de Jesús, ahora ya no podía hacer otra cosa que señalar a quien lleno del Espíritu divino era el Cordero de Dios que venía a quitar el pecado del mundo.
‘Estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijandose en Jesús que pasaba, dice: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Y ya hemos escuchado como aquellos dos discípulos de Juan quieren ser discípulos también de Jesús, se van con El y al final se quedaran con Jesús.
Pero será lo que le sucederá a Andrés, uno de aquellos dos primeros discípulos, que cuando encuentra a su hermano Simón enseguida le comunicará la noticia. ‘Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús’. La experiencia de estar con Jesús había transformado su corazón para reconocerle ya como el Mesías esperado. Se habían ido él y Juan, el hermano de Santiago, tras Jesús preguntando: ‘Rabí (Maestro) ¿dónde vives?’. Jesús se había limitado a contestar que fueran con El y vieran por si mismo. Grande fue el impacto de ese encuentro de manera que el evangelista recordará hasta la hora en que sucedió. ‘Serían las cuatro de la tarde’, nos dice.
En dos aspectos podemos fijarnos en este texto del evangelio: la búsqueda, la inquietud del corazón por una parte. De lejos se habían venido hasta la orilla del Jordán para escuchar a Juan. Se habían hecho sus discípulos porque seguramente con la palabra de Juan se avivaban sus esperanzas en el Mesías que pronto había de venir. Y se dejan conducir. Cuando el Bautista les señala a Jesús que pasa como quien viene como Salvador y Redentor – el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo – se van tras El. Quieren conocerle, quieren estar con El. Y lo logran. Y se sentirán transformados.
Inquietud en el corazón, búsqueda de la luz y del sentido de la vida, deseos de plenitud avivados en lo más hondo de  nosotros mismos. Y en esa búsqueda y en ese camino arriesgarse por los caminos de Dios que nunca nos defraudará.
Y el otro aspecto al que venimos haciendo mención desde el principio de la reflexión, la luz no la podemos guardan bajo la mesa u ocultarla. La luz tiene que iluminar. Hay que trasmitir aquello que vivimos, aquello con lo que nos hemos encontrado. Hemos de saber llevar esa luz de Jesús a los demás. Hemos de saber conducir a los demás hasta Jesús, señalando el camino como hacia el Bautista, o como hizo Andrés con su hermano Simón.
Que el Señor siembre esa inquietud en el corazón y nos dé fortaleza y valentía para llevar la luz a los demás.  

martes, 3 de enero de 2012


Todo nos lleva a confesar nuestra fe en Jesús en cuyo nombre alcanzamos la salvación

1Jn. 2, 29-3,6; Sal. 97; Jn. 1, 29-34
Todo nos lleva a confesar nuestra fe en Jesús. Es importante que lo hagamos. No nos puede parecer superfluo que insistamos en ello porque es necesario que lo tengamos bien claro. Y en medio de estas fiestas navideñas lo proclamemos con toda claridad, para no desvirtuar su sentido en ese mundo nuestro en que se va secularizando todo y ya se celebra hasta navidad sin Jesús. Pero nuestro gozo lo tenemos en El y nuestra verdadera fiesta tiene que partir de esa fe que tenemos en Jesús.
‘Al ver Juan a Jesús que viene hacia él, exclama: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Juan había venido a preparar los caminos del Señor, pero ya había sido testigo de la manifestación de la gloria de Dios en el bautismo. Por eso ahora podrá señalarlo claramente. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre El’.
Nosotros el próximo domingo vamos a contemplar la gloria de Dios se que manifiesta sobre Jesús cuando celebremos el Bautismo del Señor. Pero ya vamos escuchando a Juan que nos lo va señalando. A nosotros también nos está ayudando a preparar nuestro corazón para que se abra a la fe en Jesús. Por eso escuchamos también con atención sus palabras que nos van ayudando a crecer en nuestra fe. ‘Yo lo he visto’, nos dice, ‘y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’.
Como decíamos al principio, todo nos lleva a confesar nuestra fe en Jesús. Es el Cordero de Dios, es el Hijo de Dios, es el que está lleno del Espíritu divino para hacernos a nosotros también partícipes de su vida divina. Es Jesús, en quien encontramos la salvación. Así había sido señalado desde el cielo y es el nombre que el ángel de Dios tanto a María como a José les manda poner al niño recién nacido. ‘Porque El salvará a su pueblo de sus pecados’. O como luego ya nos dirá san Pedro, ‘no hay otro nombre que pueda salvarnos’.
En este día 3 de enero la liturgia nos permite hacer memoria del santo nombre de Jesús. Así lo recordamos y lo estamos celebrando también nosotros. Dulce y bendito  nombre que nos llena de gracia y de salvación.
San Bernardino de Siena fue muy devoto del santo nombre de Jesús y propagador de su devoción. Bellas cosas dijo del nombre de Jesús, de la que vamos a entresacar algunas cosas. ‘Éste es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lagrimas, donado al llegar la plenitud de la gracia… No hay otro fundamento fuera de Jesús, luz y puerta, guía de los descarriados, lumbrera de la fe para todos los hombres, único medio para encontrar de nuevo al Dios indulgente, y, una vez encontrado, fiarse de él; y poseído, disfrutarle. Esta base sostiene la Iglesia, fundamentada en el nombre de Jesús.
¡Oh nombre glorioso, nombre regalado, nombre  amoroso y santo! Por ti las culpas se borran, los enemigos huyen vencidos, los enfermos sanan, los atribulados y tentados se robustecen, y se sienten gozosos todos. Tú eres la honra de los creyentes, tú el maestro de los predicadores, tú la fuerza de los que trabajan, tú el valor de los débiles. Con el fuego de tu ardor y de tu celo se enardecen los ánimos, crecen los deseos, se obtienen los favores, las almas contemplativas se extasían; por ti, en definitiva, todos los bienaventurados del cielo son glorificados’.
Que sepamos en verdad invocar el santo nombre de Jesús, porque es sentir su presencia, llenar de gozo el alma y sentirnos fortalecidos con su gracia frente a todos los peligros. 

lunes, 2 de enero de 2012


Contemplamos la gloria del Señor para llenarnos de vida eterna

1Jn. 2, 22-28; Sal. 97; Jn. 1, 19-28
‘Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios’, hemos repetido en el salmo. Con todo sentido lo hemos rezado en el salmo, porque es lo que estos días estamos viviendo, celebrando, sintiendo en lo más hondo de nosotros mismos. Todos podemos contemplar la gloria del Señor.
El resplandor de Belén en el nacimiento de Jesús ha de llegar a todos porque para todos llega la salvación. Primero serían los pastores a los que los ángeles entre resplandores de cielo anuncian el nacimiento de un Salvador. Un responsorio que decimos con todo sentido precisamente cuando estamos iniciando esta semana en la que vamos a celebrar la Epifanía del Señor dentro de unos días.
La luz de la estrella que conduce a Belén será anuncio de salvación para todos los pueblos porque ‘el Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia’. En la Epifanía vamos a contemplar a aquellos hombres que vienen de lejos guiados por la estrella para adorar a Jesús. Nos sentimos invitados a cantar al Señor, a darle gracias por la salvación que llega a nuestra vida, justicia y salvación para todos los pueblos.
En el evangelio en estos días que preceden a la celebración de la Epifanía iremos escuchando diversos testimonios que nos conducen a nuestra fe en Jesús. Escucharemos el testimonio del Bautista que señala a sus discípulos el paso de Jesús para que le sigan.
Hoy hemos escuchado cómo vienen de Jerusalén hasta el Bautista en el desierto pidiéndole explicaciones de lo que hace y anuncia allá junto al Jordán. ‘Tú, ¿quién eres?... ¿eres el Mesías? ¿Eres el profeta? ¿Qué dices de ti mismo?...’ No es ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta pero si bautiza con agua es porque ha venido como precursor para preparar los caminos del Señor. Pero ‘en medio de vosotros hay uno que vosotros no conocéis’, les dice. El no se siente digno ni de desatarla la correa de su sandalia. Ya hemos comentado este texto no hace muchos días.
En medio de nosotros está. Nosotros ya lo estamos celebrando. Hemos de reconocer en ese Niño recién nacido en Belén al Mesías de Dios, al Salvador de nuestra vida, a nuestro Redentor. Todo tiene que llevarnos a esa confesión de fe en Jesús. Hemos de hacer crecer nuestra fe. Tenemos que saber reconocerle, pero también que cada día le conozcamos más para que así alcancemos la vida eterna. Es importante esto, el conocimiento de Jesús, el conocimiento de su evangelio, de su mensaje de salvación. Es importante ir profundizando cada vez más en ello. Cómo tendríamos que tener la inquietud de escuchar profundamente su palabra, de leer el evangelio.
Es necesaria esa fortaleza de la fe para que no dudemos ni nos echemos para detrás y así podamos alcanzar la salvación, la vida eterna. Como  nos indicaba Juan en su carta, que estamos leyendo en la primera lectura ‘lo que habéis oído desde el principio que permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que El mismo os hizo: la vida eterna’.
No perdamos nunca de vista esta esperanza de vida eterna que anima nuestra vida. Nuestro gozo y nuestro premio lo tendremos siempre en el Señor.

domingo, 1 de enero de 2012

Nos encontramos con María y celebramos a la Madre de Dios



Núm. 6, 22-27;
 Sal. 66;
 Gál. 4, 4-7;
 Lc. 2, 16-21
‘Los pastores fueron corriendo y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre’. Seguimos encontrándonos con Jesús. Seguimos celebrando a Jesús. Seguimos celebrando el misterio de la Navidad. No nos cansamos en nuestra alegría y nuestra fiesta. No nos cansamos de dar gracias a Dios porque nos ha dado a su Hijo. Tanto es el amor que nos tiene que nos lo entregó.
Pero si todo se centra en Jesús en estos días – como tiene que ser siempre en la vida del cristiano que no tiene otro centro que Jesús y más en estos días de la Navidad – hoy miramos de manera especial a María. Nos encontramos con María, como aquellos pastores que corrieron a Belén para ver lo que les había anunciado el ángel del Señor. Es la madre del Niño recién nacido que lo acuna en sus brazos maternales, pero es que es la Madre del Señor, la Madre de Dios. ¡Cuánta maravilla!
Como nos sucede en nuestros comportamientos humanos cuando en nuestro entorno nace un niño, nos alegramos y nos festejamos en aquel nacimiento y vamos a ver al niño recién nacido, pero vamos también a ver a la madre, a felicitarla, a regalarla con nuestro aprecio, nuestro cariño y nuestras atenciones. Así la liturgia a los ocho días del nacimiento de Jesús, aunque no hemos dejado de contemplar a la madre en todo momento siempre al lado de Jesús, hoy de manera especial la Iglesia quiere festejarla, por eso, porque es la Madre de Jesús, porque es la Madre de Dios.
Como nos decía san Pablo ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer (María), nacido bajo la ley… para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Qué hermoso lo que nos dice el Apóstol ‘nacido de una mujer’, por medio de María nos viene quien viene a hacernos hijos, a rescatarnos y a salvarnos, a regalarnos la vida de Dios.
Recordamos en la historia la alegría de los cristianos de Éfeso cuando en el concilio se declaró que siendo Jesús verdadero Hijo de Dios, María era verdaderamente la Madre de Dios. Se organizaron inmediatamente grandes desfiles procesionales y la gente se congregó para aclamar llena de alegría a la Teotokos, a la Madre de Dios. Es lo que hoy estamos celebrando.
Ahí está María, en silencio como ella sabe hacerlo, contemplando, meditando, guardando en su corazón todo cuanto está aconteciendo. En silencio seguirá cantando a Dios desde su corazón porque grandes son las maravillas que Dios está obrando en ella. No podemos pensar que aquel hermoso cántico de María cuando lo de la visita a su prima Isabel fuera sólo algo que saliera de su corazón en aquel momento, sino que hemos de reconocer que era el cántico permanente del corazón de María.
María estará desbordando su corazón de gozo en el Señor por cuanto sucede pero es que está viendo ante sus ojos aquello que proféticamente había proclamado en aquel canto del Magnificat. Se había fijado el Señor en su pequeñez y eso la había llevado a cantar al Señor. ‘Ha hecho el Poderoso obras grandes en mí; su nombre es Santo’, cantaba María. Pero es que ahora son los pobres, los pequeños, los humildes, los pastores de Belén los que han recibido la noticia del cielo y los que vienen alabando al Señor que así se manifiesta a los pequeños y los humildes.
‘Desplegó la fuerza de su brazo… y ensalzó a los humildes y a los pobres colmó de bienes’. Mucha gente importante podría haber en Belén en aquellos días o en la no tan lejana Jerusalén, pero será a los pastores a los que llevó la Buena Noticia el ángel del Señor. Son los pobres que son evangelizados, los pobres a los que llega la Buena Noticia. Así son las maravillas del Señor. ‘Y los pastores se volvieron dando gloria y alabanza al Señor por lo que habían visto y oído, todo como les habían dicho’.
Nosotros también queremos cantar al Señor con María y como los pastores de Belén. María nos enseña a cantar y bendecir al Señor. Y le damos gracias por cuantas maravillas hace el Señor con nosotros y en favor nuestro. No podemos dejar de bendecir al Señor. A nosotros que somos pequeños y humildes también se nos manifiesta el amor del Señor. Aquí estamos con nuestra pobreza, nuestras carencias y llenos de debilidades. El listado de nuestras flaquezas humanas sería grande al que tenemos que unir nuestros muchos pecados. Pero el Señor nos ama. El Señor a nosotros también nos está regalando su amor a través del amor de cuantos nos rodean. Sepamos ver la mano del Señor.
Y además el Señor nos ha regalado a María, su Madre, la Madre de Dios, que es también nuestra madre a la que queremos amar con todo nuestro corazón. María, la Madre del Señor que está ahí delante de nuestros ojos enseñándonos tantas cosas con su vida, siendo un estímulo grande en el camino de nuestra santidad y superación personal, pero que también nos está alcanzando la gracia del Señor con su poderosa intercesión maternal.
En la octava de la Navidad hoy estamos celebrando a María pero no somos ajenos al discurrir de la vida y de los tiempos en este día que es también el comienzo del Año. Es un día en que todos se felicitan y se desean lo mejor para el año nuevo. Es un día en que imploramos las bendiciones del Señor para nosotros y para nuestro mundo. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros, como nos decía la bendición de libro de los Números, porque bien que necesitamos su favor y su gracia. No vamos ahora a hacer aquí un listado de cuantos problemas afectan a nuestro mundo que todos somos bien conscientes de ello, pero sí pedimos la gracia y la bendición del Señor para que los hombres tengamos la sabiduría de encontrar los caminos que nos conduzcan por caminos de luz, nos conduzca por caminos de paz y de progreso para todos para que nadie sufra, para que todos en verdad tengan una vida digna.
Este día primero del Año desde hace mucho tiempo que ha convertido en la Iglesia en una Jornada de oración por la paz. Es la paz anunciada por los ángeles en el nacimiento de Jesús porque para todos es la paz, porque todos somos amados de Dios. Como siempre el Papa nos ha enviado un hermoso mensaje para esta Jornada de la Paz con el título ‘educar a los jóvenes en la justicia y en la paz’.
No podemos detenernos aquí con todo detalle en dicho mensaje y solo entresacamos algunos párrafos. ‘La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef. 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor. Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad…
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz’.
Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. María, Madre y Reina de la paz nos la alcance del Señor.

sábado, 31 de diciembre de 2011

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo


1Jn. 2, 18-21;
 Sal. 95;
 Jn. 1, 1-18
‘La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’.
Maravilla del misterio de Dios que se nos revela. Maravilla de evangelio, de Buena Noticia que recibimos en Jesús, por Jesús. Podría parecernos que  nos perdemos en la inmensidad del misterio de Dios. Por nosotros mismos somos incapaces de penetrar en ese misterio de Dios. Nos supera en su inmensidad y grandeza. Pero se nos revela, se nos da a conocer.
Cuando nos falta la luz no podemos saber ni descubrir que es lo que está detrás. Con la luz llega la revelación del misterio. Hoy nos dice el inicio del evangelio de san Juan en esta página sublime y maravillosa que la Palabra que está junto a Dios es Luz, y es Vida, y es Revelación, y se convierte en gracia para nosotros. En el regalo del amor de Dios nos descubre su misterio, su inmensidad. En Jesús se nos da a conocer a Dios, y podemos amarle de un modo nuevo y llenarnos de su vida. Es Palabra creadora; es Palabra de Vida; es Palabra que nos habla; es Palabra que nos llena de Luz. Es Dios mismo que llega hasta nosotros para descubrirnos la verdad de Dios.
‘En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres… la Palabra es la luz verdadera, que alumbra a todo hombre…’ Y nosotros finalmente decimos es Jesús, es el Hijo de Dios hecho hombre, es nuestro Redentor y nuestro Salvador.
Pero tendríamos que dejarnos iluminar por esa luz. Diríamos que sería lo lógico cuando tanta hambre y sed de Dios hay en nuestro corazón. Tendríamos que querer la luz para alcanzar la verdad. Tendríamos que desearla para llenarnos de vida. Pero ‘vino a los suyos y los suyos no la recibieron… al mundo vino y en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la conoció… la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió’. Triste tragedia del ser humano que es nuestro pecado, nuestro rechazo de la luz, nuestro olvido de Dios.
Tendríamos mucho que reflexionar. Todos estamos alegres y dichosos en estos días de la navidad. Todo es fiesta y alegría por el nacimiento de Jesús. Cantamos y nos alegramos y por unos momentos parece que en verdad comienza a dar frutos en nosotros el nacimiento del Señor porque deseamos cosas buenas, queremos hacer felices a los demás, porque al menos para todos tenemos deseos de dicha y de felicidad. Y eso lo hacemos un año y otro.
Pero qué pronto olvidamos toda la alegría de la navidad y qué rápido vuelven a aperecer las sombras de nuestros egoísmos e insolidaridades, de nuestras violencias y nuestros orgullos. Teníamos la luz a nuestra mano iluminando nuestra vida y pronto preferimos una vez más las tinieblas y las sombras.
En los días previos a la navidad habíamos reflexionado y nos habíamos dicho que queríamos que nuestra navidad fuera diferente y más auténtica; que no nos pasara como en otras ocasiones que pronto olvidábamos el mensaje de la navidad. Yo diría que estamos a tiempo. Sigamos haciendo que la navidad sea auténtica, que sea alegría con la que cantamos en estos días sea verdadera, porque nos empeñemos en vivir el mensaje de la navidad, en vivir en esa luz que Jesús nos ha traido, esa vida nueva que nos ha regalado.
‘La gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo…’ Que en verdad vivamos esa gracia. Que en verdad nuestra vida a partir del nacimiento de Jesús sea distinta, porque seamos más santos, porque pongamos más amor en nuestra vida, porque repartamos entre los que nos rodean más luz con nuestro amor.

viernes, 30 de diciembre de 2011


Fiesta de la Sagrada Familia

Gén. 15, 1-6; 21, 1-13
; Sal. 104;
 Hb. 11, 8.11-2.17-19;
 L. 2, 22-40
‘Se volvieron a su ciudad de Nazaret’, nos dice el evangelista, después de cumplir todo lo que prescribía la ley del Señor. Es el texto que la liturgia nos ofrece en este día en que estamos celebrando la fiesta de la Sagrada Familia. Habitualmente se celebra el domingo siguiente a la Navidad, pero al coincidir domingo este año, el siguiente domingo con la Octava de la Navidad y la Solemnidad de María, la Madre de Dios, es por lo que esta fiesta de la Sagrada Familia celebra en este día del 30 de Diciembre.
Contemplando el hogar santo de Nazaret nos viene bien celebrar este jornada y reflexionar sobre la familia tomando como modelo aquella Sagrada Familia de Nazaret de Jesús, José y María.  Celebramos, reflexionamos y oramos. Nos gozamos en nuestras familias en las que hemos nacido y nos hemos desarrollado humana y cristianamente como personas y como creyentes en Jesús. Damos gracias a Dios por esa familia en la que vivimos o a la que hemos pertenecido o hemos formado, reconociendo también cuánto de Dios hemos recibido por su medio.
Y oramos por las familias, por todas las familias que también se ven tan amenazadas con tantos peligros. Pedimos al Señor su bendición sobre las familias, como diremos en la bendición del año nuevo, que vuelve su rostro sobre nuestras familias y nos conceda su favor, su paz, su amor, su gracia.
Riqueza maravillosa de la familia que no podemos permitir que sea destruida. Verdadero patrimonio de la humanidad que hemos de saber conservar. Necesitamos verdaderas familias, auténticos hogares que sean lugar de encuentro y de amor, lugar de crecimiento y maduración, auténtica base del desarrollo del hombre, del bien de la humanidad, de la paz para nuestro mundo.
En el caldo amoroso y al calor del amor de la familia tenemos todos los ingredientes para ese desarrollo y crecimiento de nuestra vida, de nuestra persona. Al calor del amor podemos desarrollando lo mejor de nosotros mismos; allí aprendemos a querernos y respetarnos, a aceptarnos y perdonarnos, a ser felices desde los pequeños detalles que tenemos los unos con los otros y desde esa ayuda desinteresada que busca siempre el bien del otro. Ahí, sabremos vencernos a nosotros mismos para lograr la mejor armonía y convivencia y nos damos cuenta que lo que nos hace felices es el bien que hacemos a los demás. Auténtico caldo de cultivo de la paz para todos.
Alguien podría decirme que son palabras hermosas, pero utópicas, si miramos la realidad de lo que es la vida. Partiendo precisamente de la realidad de la vida en su lado mas hermoso me atrevo a decir todo esto, aunque veamos familias rotas y destrozadas porque no hayamso dejado entrar el verdadero amor o no lo hayamos cuidado lo suficiente. Es cierto que el mal del egoísmo y de los orgullos se nos meten muchas veces en el corazón y destrozan las cosas más bellas. Pero es que cuando contemplamos la realidad de la familia hemos de saber descubrir su lado más trascendente y que precisamente desde amor fuertemente vivido nos hace descubrir a Dios, volvernos a Dios, encontrar a Dios en nuestra vida.
Un autentico hogar lleno de amor siempre nos abrirá a la trascendencia, y es en el hogar y en la familia donde aprendemos a abrirnos a Dios. La familia es no solo ese lugar de encuentro de los miembros de la familia entre si, sino el lugar donde podemos realizar, donde aprendemos a realizar un encuentro un encuentro vivo y profundo con Dios.
Los cristianos llamamos a la familia verdadera Iglesia doméstica. Es ahí donde aprendemos a conocer a Dios, donde aprendemos a relacionarnos con El, donde aprendemos de la manera más plástica y práctica todo lo que es ese amor de entrega total que nos enseña Jesús en el Evangelio. Alli nuestros padres nos hablaron de Dios por primera vez y nos enseñaron a hablar con Dios con las primeras oraciones aprendidas. De su mano nos llevaron a la práctica de las devociones religiosas y a la vivencia del culto litúrgico. Nos enseñaron el santo nombre de Jesús y el dulce nombre de María nuestra madre.
La familia es escuela de encuentro con Dios y escuela de aprendizaje de los más altos valores cristianos que arrancan desde el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús y que aprendemos a vivir en todo lo que es la relación familiar entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos y entre todos los miembros de la familia.
Pero es además que ahí en la familia aprendemos que todo eso no lo realizamos por nosotros mismos y si queremos vivir toda aquella maravilla que es la familia y el hogar lo podemos hacer con la fuerza y la gracia del Señor. Por eso el amor matrimonial se convierte en sacramento de Dios, en signo cierto y santo de lo que es la presencia de Jesús junto a nosotros que con su gracia nos fortalece, nos ayuda, nos previene frente a tantos peligros como pueden atentar contra la santidad del matrimonio, de la familia y de un hogar cristiano. Es lo que llamamos la gracia del sacramento.
Hoy a la sombra de la Sagrada Familia de Nazaret, cuando contemplamos al Hijo de Dios que al encarnarse lo ha querido hacer siendo miembro de una familia, siendo parte de un hogar humano, reflexionamos sobre todo ello y queremos pedir al Señor que derrame su bendición sobre nuestras familias, sobre nuestros hogares. Que vuelva su rostro amoroso sobre aquellas familias que se encuentran en mayores dificultades para que les fortalezca con su gracia. Que vuelva su rostro sobre nosotros y nos enriquezca con su amor.

jueves, 29 de diciembre de 2011



1Jn. 2, 3-11;
 Sal. 95;
 Lc. 2, 22-35
En estos días en que seguimos celebrando la Natividad del Señor en el evangelio se nos van ofreciendo distintos textos todos ellos referentes a los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús y su infancia para seguir ayudándonos a profundizar en el misterio de Jesús, Dios que se ha hecho carne, se ha hecho hombre como nosotros.
El texto del evangelio de hoy nos ofrece la presentación de Jesús en el templo, como estaba prescrito para todo primogénito varón que había de ser ofrecido al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. En su momento, cuarenta días después de la navidad, el 2 de febrero, volveremos a escucharlo y a celebrarlo, pero hoy se nos ofrece en esta lectura continuada de los hechos de la infancia de Jesús.
Es la ofrenda que todo piadoso judío hacía al Señor junto al reconocimiento de que toda vida nos viene de Dios y por eso la primicia es para el Señor. Una expresión de un pueblo creyente que sabe hacer ofrenda de lo mejor para Dios. Allí están, pues, José y María en esa consagración a Dios de su hijo primogénito y haciendo la ofrenda de los pobres. Así quiso encarnarse Dios entre nosotros entre la humildad de los pobres, que luego tanto nos enseñaría este gesto humilde a través de todo el evangelio.
Pero ahí podemos contemplar a Jesús, como nos dirá luego la carta a los Hebreos, haciendo ofrenda de si mismo, de quien viene en todo a hacer la voluntad del Padre. Quien en otro momento del evangelio – allá junto al pozo de Jacob – que su alimento es hacer la voluntad del Padre, quien en el momento supremo de la Cruz gritará poniendo en las manos del Padre su espíritu, o quien ante la inminencia de la pasión en la agonía de Getsemaní aunque le pida al Padre que le libre de aquella hora, de aquel cáliz, sin embargo dirá que no se haga su voluntad sino la voluntad del Padre, es el que en el momento de entrar en el mundo, como expresa la carta a los Hebreos dirá ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Pero en algo más podríamos fijarnos en este texto del evangelio. Allí se están manifestando las mejores esperanzas del pueblo de Israel expresadas en aquel santo anciano, Simeón, que acude al templo y da gloria al Señor porque sus ojos han podido contemplar al Salvador. ‘Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en él’, como nos lo presenta el evangelista.
‘Había recibido un oráculo del Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Ahora impulsado por el Espíritu Santo fue al templo’. Y aquel hombre, lleno de esperanza, de la más pura y honda esperanza, bendice ahora al Señor porque allí está quien es ‘presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.
Es lo que  nosotros estamos viviendo y celebrando en estos días. Las esperanzas de la humanidad están cumplidas en Jesús, el niño recién nacido que vemos entre pajas en Belén. Ha llegado la luz que disipa todas nuestras tinieblas. Con Jesús toda nuestra vida tiene que estar llena de luz. La alegría que tanto manifestamos en estos días de tantas formas tiene que nacer de esa presencia de Cristo en nuestro corazón. Nos sentimos luminosos para iluminar también a los demás porque estamos llenos de la luz de Dios. No es nuestra luz, sino la luz del Señor que reflejamos en nuestras obras, en  nuestra fe y en nuestro amor.
No caben en nosotros los pesimismos que oscurecen y llenan de muerte nuestra vida. En nuestro corazón brotan y florecen todas esas flores llenas de color y de vida que nos hacen mirar la vida y el mundo de manera nueva. Por eso queremos trasmitir alegría, ilusión por lo nuevo, esperanza de un mundo nuevo. Es más, desde nuestra fe en Jesús tenemos la obligación de trasmitirla. No saben en nosotros las tristezas y las desesperanzas porque tenemos a Jesús con nosotros. Y El  nos enseña a hacer esa ofrenda de nuestro yo y nuestra voluntad al Padre para hacer siempre el querer de Dios.

miércoles, 28 de diciembre de 2011



1Jn. 1,5-2,2;
 Sal. 123;
 Mt. 2, 13-18
‘Levántate, coge al Niño y a su madre y huye a Egipto… porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo’. Es el ángel del Señor que se manifiesta una vez más a José. Un día se le había manifestado para disipar sus dudas sobre lo que sucedía en María y le señala lo que ha de hacer; ahora se le manifiesta para que huya a Egipto para salvar la vida del Niño.
Y José obedece la voz de Dios. Aunque hoy hemos de reflexionar sobre el significado de la matanza de los niños inocentes, no podemos menos que admirarnos de dos cosas en la figura de José, como hombre creyente y como padre de familia.
Ahí está la fe de José que se fía de Dios, que se pone en sus manos y que se deja conducir por El. Modelo de hombre creyente con el corazón siempre abierto para Dios. Modelo también de padre de familia atento y preocupado por el bien de la familia y la vida del hijo que Dios le ha confiado. Ya tendremos oportunidad de reflexionar algo más en este sentido en unos días cuando celebremos el día de la Sagrada Familia.
Volvamos a lo que es el centro de la celebración de hoy. Los orgullos de los hombres ya sabemos cuánto daño pueden hacer a los demás. Ya fue una inquietud para Herodes, como veremos en la fiesta de la Epifanía, el que le hablaran de un recién nacido rey de los judíos. Se podía poner en peligro su poder.
Como escucharemos en la fiesta de los Reyes Magos indaga para saber más de aquello de lo que le están hablando; las Escrituras hablan de Belén como lugar del nacimiento del Esperado de las naciones. Allí envía a los Magos de Oriente con el encargo de que vuelvan para saber el lugar concreto y también él ir a adorar al niño.
Al verse en cierto modo burlado porque los Magos, por indicación del ángel del cielo, se vuelven por otro camino y no vendrán a avisar a Herodes, éste montará en cólera y se originará la matanza de los niños pequeños de Belén y sus alrededores, como hemos escuchado. Son los Santos Inocentes que hoy celebramos porque derramaron su sangre por Cristo y es por lo que la Iglesia los considera también mártires. Es lo que hoy celebramos.
Vuelve a aparecernos junto al pesebre donde nace Jesús y la alegría navideña que nosotros estamos celebrando y viviendo la cruz, la pasión y la muerte. Contemplamos el pesebre en que es recostado el niño Jesús en su nacimiento con lo que tiene también de pasión y de pascua en su pobreza y en su austeridad.
Celebramos a Esteban, el protomártir; ayer al celebrar la fiesta de san Juan Evangelista recordábamos su presencia junto a la Pascua de Cristo, junto a la cruz pero también acudiendo al sepulcro de la resurrección. Hoy contemplamos y celebramos a estos inocentes que derraman su sangre por Cristo. La Pascua, en lo que es pasión y cruz pero en lo que es también vida y resurrección siempre estará presente en nuestra vida en todo momento. Quienes seguimos a Jesús, a quien estos días estamos contemplando hecho niño en Belén, sabemos que ese Jesús es el que se va a entregar en su pasión y en su muerte para arrancarnos de la muerte, para llenarnos de la vida divina, para alcanzarnos la salvación.
Pero quizá también la celebración de los Santos Inocentes en este día nos obligue a tener una mirada para contemplar el sufrimiento de tantos inocentes en el mundo en que vivimos. Podíamos pensar en los niños que no llegan a nacer porque sus vidas se ven truncadas ya en el seno de sus madres. Podríamos pensar en tantos que a lo largo y a lo ancho del mundo mueren a causa de la miseria, el hambre, las enfermedades o las guerras como consecuencia de la injusticia con que construimos nuestro mundo y nuestra insolidaridad.
Podríamos pensar también en tantos que mueren como consecuencia del odio, de la intolerancia y del fanatismo en muchos niveles, en muchos casos también desde lo religioso. Estos mismos días hemos escuchado como en distintos lugares grupos de cristianos han sido masacrados simplemente por eso, por ser cristianos, y en concreto en el mismo día de navidad cuando se dirigían a celebrar la Misa del Nacimiento del Señor.
Santos inocentes que celebramos su fiesta en este día en el entorno de la Navidad y ya no sólo los caídos bajo la espada de Herodes, sino los de todos los tiempos y los que están muriendo también en el mundo de hoy. Que el Señor nos dé una sensibilidad especial para descubrir y hacernos solidarios con el sufrimiento de tantos inocentes, y nos dé valentía y fortaleza para dar un auténtico testimonio cristiano frente a todos esos problemas y situaciones.

martes, 27 de diciembre de 2011



1Jn. 1, 1-4;
 Sal. 96;
 Jn. 20, 2-8
‘Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó’. No era necesario decir quien era el otro discípulo. Un día se había ido tras Jesús cuando el bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’, había sido la pregunta. Se fueron y se quedaron con El. Por eso cuando Jesús al pasar por la orilla del lago junto a la barca de su padre Zebedeo con quien estaban recogiendo y remendando las redes le invita a seguirle, ‘inmediatamente dejaron la barca y a su padre con los jornaleros’y se fueron con El.
‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar… os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó’. No lo habían podido callar tampoco cuando el Sanedrín se los prohibía, porque eran testigos y los testigos no pueden estar con la boca callada, tienen que decir lo que han visto, lo que han experimentado.
Grande sería la experiencia de Juan desde aquel día en que se fueron con el y se quedaron aquella tarde, hasta tantos otros momentos de intimidad con Jesús, en el Tabor, en la resurrección de la hija de Jairo, en Getsemaní, como antes cuando se atreve incluso a reclinarse sobre el pecho de Jesús. Mucho aprendería Juan al sentir incluso los latidos del corazón de Cristo. Sería quizá lo que le daría fuerza para subir hasta el Gólgota y estar a los pies de la cruz para recoger el último latido, el último suspiro, su última palabra, como un notario que da fe de lo allí sucedido, para ser testigo para siempre. Pero no sólo subió hasta el Calvario con Jesús, sino que sería el primero en llegar hasta la tumba del resucitado y el primero en decir que vio y creyó.
Qué profundidad de vida de Juan aprendida allí junto al corazón de Cristo para dejarnos las bellas páginas del evangelio con la belleza y profundidad de su mensaje. Qué descripción más hermosa nos hace de la encarnación de Dios en la primera página de su evangelio. No necesita él describirnos los detalles del nacimiento de Jesús allá en Belén como haría Lucas, porque ya nos lo ha dejado plasmado en la altura teológica de esa página que nos habla del Verbo, de la Palabra de Dios que viene a nosotros, que se encarna en el seno de María y planta su tienda entre nosotros.
Si ayer escuchábamos el mensaje de la vida y de la muerte de Esteban, el protomártir, hoy se nos presenta al discípulo amado, escogido de una manera especial por Jesús y que lleno del Espíritu nos deja las hermosas páginas de su evangelio. Celebramos a Juan, el hermano de Santiago, el hijo del Zebedeo, el pescador de Galilea que un día lo dejó todo por seguir a Jesús pero que volaría alto como un águila para terminar por dejarnos esa visión del cielo que nos llena tanto de esperanza que es el libro del Apocalipsis.
‘vio y creyó’, y lo que vio y lo que creyó no lo pudo callar, nos lo trasmitió para que alcanzáramos la luz que nos ilumina para siempre, para que llegáramos a conocer al Verbo de Dios y aprendiéramos a plantarlo en nosotros o mejor dejan que plante su tienda en nosotros para que nos llenemos de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros; para que tuviéramos vida eterna. Es lo que desea Jesús y lo que pide para nosotros, que lleguemos al conocimiento de Dios y conociéndolo nos llenemos de su vida, tengamos vida para siempre en nosotros.
Esta fiesta del apóstol y evangelista Juan vivida y celebrada en medio de la octava de la Navidad a eso tiene que ayudarnos: a que conozcamos la vida, a que nos dejemos iluminar por su luz, a que alcancemos la verdad de Dios; a que tengamos vida eterna, vida para siempre, porque los que creen en Jesús no morirán sino que tendrán vida para siempre.

lunes, 26 de diciembre de 2011



Hechos, 6, 8-10; 7, 54-57;
 Sal. 30;
 Mt. 10, 17-22
A primera vista podría parecer un contrasentido cuando estamos viviendo las alegrías de las fiestas de la Navidad del Señor el que dentro de toda la solemnidad de la Octava en el primer día que sigue a la Navidad celebremos la fiesta de un martirio. Pero todo tiene su sentido y, podríamos decir, que esta celebración del martirio de san Esteban no merma la alegría de la solemnidad de la octava de la Navidad. Nos puede ayudar a descubrir muchas cosas en torno a las exigencias de nuestro seguimiento de Jesús.
Merece ocupar este primer lugar en las celebraciones navideñas porque es el protomártir, el primer mártir que derramó su sangre en el martirio por el nombre de Jesús. Uno de los siete diáconos escogidos en aquella primera comunidad de Jerusalén, hombres escogidos de buena reputación, llenos de Espíritu santo y sabiduría para el servicio de la comunidad sobre todo en la atención a los huérfanos y a las viudas; pronto impulsado por ese mismo Espíritu le veremos enfrentarse a todos en el anuncio del Evangelio con gran espíritu de sabiduría, de manera que no podían resistirle lo que le llevaría a ser conducido ante el Sanedrín y como hemos escuchado hasta el martirio. Es el testimonio del amor el que nos ofrece en el cumplimiento de la misión para la que había sido elegido, pero es el testimonio que con su palabra y su vida dará hasta el límite glorioso del martirio.
La fe que confesamos en ese Niño recién nacido que contemplamos en Belén estos días tiene que llevarnos al testimonio valiente de que sólo en Cristo alcanzamos la vida y la salvación. Testimonio con nuestra palabra, y con nuestras obras. Ese niño que contemplamos en brazos de María o recostado en el pesebre es el Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación. Es el Jesús, Mesías salvador y redentor a quien queremos seguir y de cuya salvación queremos hacernos partícipes recibiendo su gracia salvadora. Es el Jesús que veremos entregarse hasta el final en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros. Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios y que lo constituye con su sangre derramada en la Cruz. Es el Jesús por el que estaríamos dispuestos a darlo todo, si fuera necesario también nuestra vida.
Es lo que nos está enseñando el martirio de san Esteban en este primer día de Navidad. Queremos seguir a ese Jesús y de El recibimos también la misión del servicio y del amor, la misión del anuncio del Evangelio y del testimonio valiente con toda nuestra vida. Y sabemos que podríamos poner en peligro nuestra vida porque por Jesús la podemos perder pero que eso será ganarla realmente, como el mismo Jesús nos enseñará en el evangelio. ‘El que pierda su vida por mi la ganará para la vida eterna’.
El testimonio del martirio de san Esteban nos está recordando un camino que nosotros hemos de seguir, una entrega que hemos de vivir en nuestra vida, un amor que tenemos que repartir, un mensaje que hemos de trasmitir siendo anunciadores de evangelio, evangelizadores con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida.
Una tarea en la que no estamos solos, porque siempre estaremos asistidos por la fuerza y la presencia del Espíritu Santo. Hoy el texto sagrado nos lo repite continuamente. ‘Esteban, lleno del Espíritu Santo…’ se nos dice. Y Jesús nos había prometido, como escuchamos en el evangelio que ‘cuando os arresten, no os preocupéis por lo que vais a decir o de cómo lo diréis… no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’.
No es contradictorio que celebramos esta fiesta en medio de las celebraciones de navidad, porque nos está recordando ya desde el primer momento que nos encontramos con Jesús cuál de de ser nuestra misión, cuál nuestra tarea, y hasta donde ha de llevarnos el testimonio que demos por Jesús. 

domingo, 25 de diciembre de 2011


Ante el misterio de Belén confesamos nuestra fe y contagiamos de alegría y amor

Aunque el tiempo metereológico estuviera hoy con densos nubarrones sin embargo hoy es el día en que más resplandece el Sol. Ya entendemos que no es el sol que brilla en lo alto del firmamente sino el Sol que nos ha venido de lo Alto y que ha brillado con luz divina incluso en lo más denso de la noche.
Todo nos habla hoy de luz. Todo resplandece con un nuevo resplandor. Entre nosotros ha nacido el que es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre. Por eso en medio de la noche de Belén había resplandores de cielo, porque allí estaba el cielo, allí estaba Jesús recién nacido que viene a iluminarnos con su luz. Por eso la liturgia puede decir ‘hoy brillará una luz sobre nosotros porque nos ha nacido el Señor’.
Es lo que los ángeles anunciaban en la noche de Belén a los pastores. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y ahí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y costado en un pesebre’. Los pastores corrieron a Belén entre los resplandores del cielo mientras los ángeles cantaban la gloria de Dios y la paz para los hombres. Ya no necesitaban otra luz de luminarias de la tierra, porque les iluminaba la luz que venía del cielo y que se había posado en Belén. Y lo encontraron todo como les habian dicho los ángeles.
‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre’, nos dirá san Pablo. Se ha manifestado la gloria de Dios. ‘Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios… el Señor da a conocer su victoria’. Es el Señor, es el Rey, es el Mesías redentor que nos ha nacido, es el Salvador que viene a nosotros, es luz que viene a iluminarnos cuando tantas veces quizá rechazamos la luz, es el Hijo de Dios que se ha encarnado tomando nuestra naturaleza humana en el seno de María, es ‘la Palabra de Dios que se ha hecho carne y ha plantado su tienda entre nosotros. y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Y es que ‘en el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente de un modo nuevo entre nosotros’, que decimos con la liturgia. Así pues, ‘la luz de la gloria de Dios brilló ante nosotros con un nuevo resplandor’. Dios se hace visible, Dios está entre nosotros. Dios se hace Emmanuel y así podremos podremos contemplar la gloria de Dios, así podremos conocer a  Dios. Nos llega la Palabra, se hace presente entre nosotros el Verbo de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, nos habla con palabras divinas que se hacen humanas para que lleguemos a comprender todo el misterio de Dios que es Amor.
Ante el misterio de Dios que se  nos revela y se nos manifiesta no nos queda otra cosa que confesar nuestra fe. Nos postramos y adoramos. Reconocemos y damos gracias. Confesamos nuestra fe con alegría y convencimiento y nos sentimos renovados y transformados. Admirable intercambio que se realiza y nos llena de salvación. El Hijo de Dios ha tomado nuestra frágil condición humana para levantarnos, para elevarnos, para sobrenaturalizarnos al llenarnos de la vida de Dios. La gracia de Dios llega a nuestra vida y nos hace hijos en el Hijo, porque viene a traernos el perdón pero viene a regalarnos su vida.
Sí, es momento para detenernos ante el Misterio, contemplarlo, meditarlo, rumiarlo en el corazón. Cuántas consideraciones podemos hacernos, cuánto amor tenemos que sentir en nuestro corazón. No  nos podemos cansar de contemplar y meditar, de hacerlo vida y hacerlo oración. Es momento para ponernos ante aquel pequeño pesebre y contemplar allí al Hijo de Dios y cantar al Señor, y darle gracias, y gritar nuestra fe.
Y bien alta tenemos que confesar nuestra fe para que todos lleguemos a reconocer en verdad a Jesús y sepamos acoger su salvación. Tenemos que gritarla muy fuerte para que no haya confusiones y no cambiemos la navidad por lo que no es Navidad. Lo que estamos celebrando no es otra cosa que el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Tenemos que celebrar la verdadera navidad.
Por eso es día de dicha y felicidad, por cuanto nos regala Dios con su amor que nos entrega a su Hijo único. De ese amor Dios que así experimentamos en nosotros nace toda esa dicha y felicidad para que sea la más verdadera, la más profunda, la que nunca se acaba. Y, claro, nuestra dicha y felicidad tendrá que desbordarse para que alcance a los demás y todos puedan llegar a descubrir la salvación de Dios. Es importante para nosotros la navidad porque estamos llenándonos e inundándonos del amor de Dios. Por ahí tenemos que comenzar para celebrar una verdadera navidad. Qué lástima los que celebran fiestas de Navidad sin acordarse de Jesús, sin tener presente a Jesús.
Es la fiesta del amor de Dios que se desborda sobre nosotros y claro tenemos que hacerla la fiesta del amor, del amor compartido, del amor que desde Dios llevamos a los demás para que todos nos sintamos hermanos, para que aprendamos entonces a querernos con un amor verdadero, para que entonces encontremos la verdadera paz de los corazones. Por eso nos felicitamos, nos alegramos mutuamente, nos deseamos lo mejor que es amarnos y querernos, y sentirnos hermanos, y llenarnos de paz. Que no sean sólo palabras que se queden en buenos deseos de un día. Que no sean sonrisas forzadas u ocasionales de un día las que brillen en nuestros rostros, sino que reflejemos la alegría verdadera que llevamos en el corazón.
Todo esto que estamos contemplando, meditando, rumiándo en nuestro corazón y haciéndolo oración y alabanza al mismo tiempo nos compromete. Todo ese inmensa maravilla de amor que descubrimos no nos la podemos quedar para nosotros. Porque si a nosotros nos llena de alegría y de esperanza grande el misterio de la Navidad que estamos celebrando, por qué no trasmitir esa alegría y esperanza a cuantos nos rodean cuando sabemos cuantos son los que caminan llenos de sufrimientos y desesperanzas a nuestro lado.
Esa luz que nos ha iluminado tenemos que llevarla también a los demás. Tenemos que disipar tantos negros nubarrones que se abaten sobre nuestro mundo. Si decíamos al principio que para nosotros brilla de manera especial el sol hoy porque nos ha nacido el Salvador, que ese Sol ilumine también a los que nos rodean, ilumine y llene de esperanza a todo nuestro mundo.
Sí, el mundo está necesitando esa luz; hay muchos hambrientos de paz y de amor; mucha sed de la verdadera alegría hay a nuestro alrededor. En nuestra mano está esa luz, esa paz y ese amor, esa alegría verdadera. De nosotros depende, de nuestra forma de vivir nuestra fe, el que la puedan encontrar. Gritemos nuestra fe en Jesús al mundo para que todo puedan encontrar esa gracia y esa salvación.
Permítanme que termine esta reflexión con unos versos que he tomado prestados y que os sirvan como mi felicitación de navidad:
En Navidad Dios quiere nacer en ti
para iluminar tu vida
y ayudarte a ser luz para los demás.
Acoge este rayo de luz que llega hasta ti:
Viene en forma de ternura:
déjate llevar por ella.
Viene en forma de alegría:
camina a su lado y contágiala.
Viene en forma de paz:
ofrécela a todos sin distinción.
Viene en forma de comprensión:
que sea alimento de la acción.
Viene con sencillez:
no la busques en las cosas complicadas.
Viene como generosidad:
entrégate intensamente a los demás.
Viene como perdón:
repártelo a todos y sé puente de unión.
Viene como armonía:
deja que llene tu corazón.
Viene como gratuidad:
sé agradecido en toda ocasión.
En esta Navidad y siempre te deseo…
ojos para ver el Misterio,
manos para ser buen samaritano,
olfato para rastrear lo nuevo,
pies veloces para acercarte al hermano,
gusto para saborear lo bueno,
oídos para escuchar al que está a tu lado,
presencias que acompañen en la vida,
acontecimientos que te ayuden a madurar
y ser más humano,
entrañas de misericordia,
y una vida plena que ofrezcas como regalo.
¡Feliz Navidad!

Una gran noticia: nos ha nacido Dios, nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz


Ya la noticia se ha producido. Acabamos de escuchar su anuncio. Es la Buena Noticia, el Evangelio que esta noche se proclamó solemne por los ángeles en Belén; es la Buena Noticia, el Evangelio que se repite esta noche en todos los lugares del mundo. Mensajeros nos la habían ido anunciando y para este momento nos habíamos venido preparando; los profetas, Juan el Bautista, María nos habían poniendo las señales y nos habían ido señalando el camino que habíamos de recorrer.
‘Mirad que yo envío mi mensajero para que prepare el camino ante mí’, habían anunciado los profetas. El mensajero llegó finalmente preparando los caminos y quienes escuchaban el mensaje purificaban su vida con la conversión del corazón. Juan Bautista lo señalaba ya bien cercano, porque nos decía que ya estaba entre nosotros y habíamos de aprender a reconocerlo.
Ha llegado el momento en que la Luz ha comenzado a brillar con fuerza y la noche ya no es noche, porque las estrellas han dejado paso al Sol que viene de lo alto y que todo lo ilumina. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos  ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor’.
‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombra y una luz les brilló’, había dicho el profeta. ‘La gloria del Señor los envolvió con su claridad’, y los ángeles cantaban a gloria. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que nos trae la salvación para todos los hombres’ nos diría san Pablo para hablarnos del momento de la salvación, de la gloria, de la gracia que con Jesús nacía para todos nosotros.
Y nosotros también nos llenamos de alegría. Hoy es fiesta. Hoy es la fiesta grande del Nacimiento de Jesús. Todos se llenan de alegría y ya no sabemos ni cómo celebrarlo; tanta fiesta hacemos que hasta los que no terminan de creer en el Salvador también hacen fiesta. Todos nos contagiamos. Todos tendríamos que conocer bien la gran noticia, la Buena Nueva de Salvación que para todos nos llega. Tendríamos que saber contagiar de nuestra fe para que todos lleguen a descubrir la Luz verdadera que viene a este mundo y nos trae la salvación. Tendría que ser un compromiso de quienes hemos puesto toda nuestra esperanza en el Salvador que nos ha nacido.
La luz que esta noche brilla con tanto resplandor tiene que de verdad iluminar a todos los hombres. Las tinieblas de la desesperanza tendrían que desaparecer para siempre. Si escuchamos de verdad en lo  hondo del corazón esta gran noticia que se nos comunica tendrían que desaparecer para siempre tantas negruras que nos atormentan y nos hacen sufrir.
El Niño recién nacido que contemplamos esta noche entre las pajas de un pesebre o en los brazos de María es nuestro consuelo y nuestra fortaleza en nuestros sufrimientos y en nuestras debilidades; es nuestra vida y el que nos llena de paz que nos resucitará de tanta muerte y hará brotar en nuestros corazones nuevos sentimientos de entendimiento y de armonía para que sepamos entendernos y querernos, de humildad y de generosidad para saber ir al encuentro con los demás; es el que nos despierta para una vida nueva y pone en nuestros corazones gérmenes de paz y de amor para que llenos de esperanza y de ilusión todos comencemos a hacer un mundo nuevo.
Ese Niño recién nacido que es anunciado a los pastores como el Salvador, el Mesías y el Señor, es el Hijo del Altísimo encarnado en las entrañas de María para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. El profeta lo había anunciado y el ángel así se lo comunicó a María en la Anunciación de Nazaret. ‘La Virgen concebirá y dará a luz un  hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’, había dicho entonces el profeta. ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo’, había anunciado el ángel.
No podemos olvidarnos. No podemos pensar en otra cosa ni darle otro nombre. Nuestra fiesta ya no es simplemente la fiesta del solsticio del invierno. El Sol que nos ha brillado con su luz no es una luz cualquiera, porque quien brilla entre nosotros es el Hijo del Altísimo, es el Hijo de Dios hecho hombre. No nos felicitamos por una fiesta cualquiera sino que nos felicitamos porque está Dios con nosotros. Nos felicitamos en el amor de Dios que se ha derramado sobre nosotros y nos trae la vida y la salvación. Nos felicitamos en el mundo nuevo de esperanza y amor que con Jesús nos ha nacido. Y esto tenemos que decirlo muy alto y muy claro para que no haya confusión.
Es navidad, es el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios lo que nosotros estamos celebrando y lo que tenemos que proclamar a los cuatro vientos. Es la fe que profesamos esta noche con rotundidad y es la fe que tenemos que trasmitir y contagiar a los demás. Nuestra alegría no es una alegría cualquiera. Es la alegría que nace de nuestra fe; es la alegría que nace del misterio que contemplamos y celebramos y que da sentido y valor a nuestra vida. Es el anuncio lleno de alegría que tenemos que llevar a los demás. Un anuncio alegre y entusiasta que nace del convencimiento de nuestra fe hasta contagiar a los demás.
Profesamos una fe que nos llena de esperanza para ver auroras de luz para nuestro mundo anunciadoras de tiempos mejores si en verdad nos disponemos a seguir a este Salvador que nos ha nacido. Por eso decíamos que las negruras tienen que desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo. Queremos celebrar la Navidad con tanto hondura y profundidad que ya nuestra vida tiene que ser distinta después de la vivencia de la presencia de Dios en medio de nosotros que experimentamos.
No puede ser una navidad cualquiera; no puede ser una navidad triste porque en el mundo haya problemas; tiene que ser una navidad llena de esperanza porque creemos que en Cristo es posible ese mundo nuevo y en el Niño recién nacido que contemplamos en Belén tenemos toda la fuerza de la gracia para nuestra lucha y para nuestro trabajo por hacer un mundo nuevo y mejor.
Es la gran noticia que esta noche recibimos, que nos llena de alegría y que nos pone en camino. Vayamos y comuniquemos a nuestro mundo que nos ha nacido un Salvador y que el mundo tiene ya esperanza, todos hemos de tener esperanza porque en Jesús nos nace un mundo nuevo que es el Reino de Dios.
Alegría, hermanos, que nos ha nacido Dios. Es nochebuena: nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz.