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martes, 27 de diciembre de 2011



1Jn. 1, 1-4;
 Sal. 96;
 Jn. 20, 2-8
‘Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó’. No era necesario decir quien era el otro discípulo. Un día se había ido tras Jesús cuando el bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’, había sido la pregunta. Se fueron y se quedaron con El. Por eso cuando Jesús al pasar por la orilla del lago junto a la barca de su padre Zebedeo con quien estaban recogiendo y remendando las redes le invita a seguirle, ‘inmediatamente dejaron la barca y a su padre con los jornaleros’y se fueron con El.
‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar… os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó’. No lo habían podido callar tampoco cuando el Sanedrín se los prohibía, porque eran testigos y los testigos no pueden estar con la boca callada, tienen que decir lo que han visto, lo que han experimentado.
Grande sería la experiencia de Juan desde aquel día en que se fueron con el y se quedaron aquella tarde, hasta tantos otros momentos de intimidad con Jesús, en el Tabor, en la resurrección de la hija de Jairo, en Getsemaní, como antes cuando se atreve incluso a reclinarse sobre el pecho de Jesús. Mucho aprendería Juan al sentir incluso los latidos del corazón de Cristo. Sería quizá lo que le daría fuerza para subir hasta el Gólgota y estar a los pies de la cruz para recoger el último latido, el último suspiro, su última palabra, como un notario que da fe de lo allí sucedido, para ser testigo para siempre. Pero no sólo subió hasta el Calvario con Jesús, sino que sería el primero en llegar hasta la tumba del resucitado y el primero en decir que vio y creyó.
Qué profundidad de vida de Juan aprendida allí junto al corazón de Cristo para dejarnos las bellas páginas del evangelio con la belleza y profundidad de su mensaje. Qué descripción más hermosa nos hace de la encarnación de Dios en la primera página de su evangelio. No necesita él describirnos los detalles del nacimiento de Jesús allá en Belén como haría Lucas, porque ya nos lo ha dejado plasmado en la altura teológica de esa página que nos habla del Verbo, de la Palabra de Dios que viene a nosotros, que se encarna en el seno de María y planta su tienda entre nosotros.
Si ayer escuchábamos el mensaje de la vida y de la muerte de Esteban, el protomártir, hoy se nos presenta al discípulo amado, escogido de una manera especial por Jesús y que lleno del Espíritu nos deja las hermosas páginas de su evangelio. Celebramos a Juan, el hermano de Santiago, el hijo del Zebedeo, el pescador de Galilea que un día lo dejó todo por seguir a Jesús pero que volaría alto como un águila para terminar por dejarnos esa visión del cielo que nos llena tanto de esperanza que es el libro del Apocalipsis.
‘vio y creyó’, y lo que vio y lo que creyó no lo pudo callar, nos lo trasmitió para que alcanzáramos la luz que nos ilumina para siempre, para que llegáramos a conocer al Verbo de Dios y aprendiéramos a plantarlo en nosotros o mejor dejan que plante su tienda en nosotros para que nos llenemos de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros; para que tuviéramos vida eterna. Es lo que desea Jesús y lo que pide para nosotros, que lleguemos al conocimiento de Dios y conociéndolo nos llenemos de su vida, tengamos vida para siempre en nosotros.
Esta fiesta del apóstol y evangelista Juan vivida y celebrada en medio de la octava de la Navidad a eso tiene que ayudarnos: a que conozcamos la vida, a que nos dejemos iluminar por su luz, a que alcancemos la verdad de Dios; a que tengamos vida eterna, vida para siempre, porque los que creen en Jesús no morirán sino que tendrán vida para siempre.

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