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martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


lunes, 21 de abril de 2025

Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

 


Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

Tenemos nuestros esquemas, nos hacemos nuestros planes, disponemos cómo han de ser o hacerse las cosas, seguimos un ritual o una costumbre, como siempre se hecho decimos, pero pronto quizás nos viene la sorpresa de que las cosas no son como nosotros pensábamos o nos lo habíamos programado, el mundo se nos viene abajo porque no sabemos qué hacer o como reaccionar, vienen los miedos y las angustias, como tantas veces nos sucede ante la incertidumbre de lo que se nos presenta, pero ¿todo se puede transformar en alegría cuando nos damos cuenta del sentido de la novedad?

Son nuestros trabajos, son nuestros proyectos de vida, es la organización de la vida que nos hemos planteado, son las rutinas de siempre, de lo que siempre ha sido así, pero la vida está llena de sorpresas; algunas veces nos inquietan, nos hacen tomar otros caminos a los que estábamos acostumbrados, quizás se abren otros horizontes en esos caminos nuevos, merecerá la pena ese cambio, aunque en nuestra tozudez seguimos encerrados en nosotros mismos y en nuestras cosas.

Nos cuenta el evangelio hoy que las mujeres fueron muy de mañana al sepulcro, porque en la tarde del viernes no habían podido realizar con las prisas de la llegada del sábado con la caída del sol todos los ritos funerarios; habían observado bien donde y cómo habían colocado el cuerpo de Jesús; una cosa no habían pensado quizás lo suficiente era quien les iba a ayudar a correr la piedra de la entrada del sepulcro, pues mujeres como eran no tendrían fuerza para realizarlo ellas solas; pero la piedra estaba corrida y el cuerpo difunto de Jesús allí no estaba.

¿Sorpresas? No era para menos, no era lo que esperaban encontrar. ¿Temores y angustias? No sabían donde estaba el cuerpo de Jesús y qué habían hecho con él, o quienes. ¿Quién se lo habría llevado? ¿Dónde lo habían puesto? Había algo que hacer, lo primero contarlo a los discípulos.

Pero ahora sí estaba la sorpresa delante de ellas. El mismo Jesús les sale al encuentro invitándolas a que se llenen de alegría, aunque todavía con sus temores interiores porque todo les resultaba extraño. Y Jesús las envía – los envíos tan repetidos de Jesús – a que vayan a anunciar todo esto a los discípulos y que vayan a Galilea. Aunque todavía el evangelista nos seguirá contando de la presencia de Jesús con ellos allí en Jerusalén, es importante que vayan allí donde empezó todo, donde fueron los primeros anuncios y de donde surgieron los primeros discípulos.

¿Será recordar lo que era en verdad el primer anuncio de Jesús del Reino de Dios que ahora ya se estaba constituyendo? ¿Será un comenzar a abrir caminos que no se quedarán ni en Jerusalén ni en Galilea sino que Jesús luego les enviará por todo el mundo? Estas mujeres serán las primeras portadoras de buenas noticias, que ya no son solo los discípulos más cercanos, y que nos recordará la misión que todos los que tenemos la experiencia de Jesús tenemos que cumplir, tenemos que realizar.

Del sepulcro vacío parten dos comitivas, estas mujeres convertidas en las primeras misioneras de la Buena Noticia de la resurrección de Jesús, pero también aquella otra comitiva que no supieron ver el sentido del sepulcro vacío y también marchaban con unas inquietudes y unos miedos por una misión que no habían podido cumplir pero se convertiría en un contra testimonio contra ellos mismos cuando se dejaron sobornar por la mentira.

Arrancamos nosotros también nuestro camino cuando comenzamos la celebración de esta Pascua también del sepulcro vacío, pero marchamos con otras certezas, marchamos con otras vivencias, marchamos con la experiencia de que nosotros sí sentimos a Cristo vivo en nuestra vida; nuestro camino lo hacemos como testigos, nuestro camino lo hacemos con Cristo vivo y presente en nuestra vida y ese es el anuncio que tenemos que hacer.

Marchamos  a la Galilea de nuestra vida de cada día después de la intensidad de lo vivido en esta semana santa, quizás también con nuestros miedos e inquietudes de cómo nos van a recibir, pero ya nosotros vamos con una misión, ser misioneros, portadores de una buena noticia que llevamos reflejada en la cara y en nuestra vida, porque vamos desbordando alegría, porque en nuestro corazón hay un nuevo entusiasmo, porque sintiendo el gozo de la presencia de Jesús resucitado con nosotros queremos también sentir el gozo del anuncio.

¿Seremos semilla que haga brotar una nueva planta y unos nuevos frutos para y en nuestro mundo? ¿Nos damos cuenta de los nuevos horizontes que se abren ante nosotros?

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!

sábado, 19 de abril de 2025

Un día de silencio que en la esperanza se convierte en germen de pascua al inundarnos con la alegría de la resurrección

 


Un día de silencio que en la esperanza se convierte en germen de pascua al inundarnos con la alegría de la resurrección

 

La tarde se quedó en silencio, los alborotos y los gritos de los que habían contemplado lo que para ellos parecía un espectáculo se fueron acallando poco a poco, las sombras de la oscuridad se fueron adueñando de los últimos resplandores de la tarde la pequeña comitiva pronto había acabado sus tareas porque comenzaba el sábado y aunque aquel sábado era muy especial para otros fue de un silencio intenso.

Jesús había muerto en la cruz y parecía que para muchos las esperanzas también se apagaban, por eso aquel sábado, en el que nada podían hacer, el silencio llegaba a lo más hondo de cada uno de ellos.

Nosotros, la iglesia toda está viviendo hoy ese silencio, la tumba está sellada y hasta le han puesto una guardia que la custodie, pero los que creemos en Jesús, a pesar del silencio que de alguna manera parece oscuridad, no hemos perdido la esperanza; es un día para pensar, para meternos dentro de nosotros mismos, para volver a rumiar cuanto hemos contemplado, cuanto hemos recibido, cuanto hemos escuchado, en el corazón hay cosas que no podemos olvidar; fueron buena noticia para nuestra vida, cosas que nos impulsaban a algo nuevo y, aunque en este silencio parece que todo se detiene, sabemos que nosotros tenemos que seguir al camino y no nos faltará la luz, tenemos la certeza de un nuevo amanecer porque así él nos lo prometió, solo queda esperar manteniendo suficiente aceite en las alcuzas de nuestra vida para que con vigor encendamos la luz de nuevo a su llegada.

Es la espera de este sábado que también llamamos Santo, porque pregustamos incluso en este silencio las mieles del gozo de la resurrección, momentos para mantener la vigilancia, para estar atentos, para estar a la escucha, para estar como vigías que están esperando el momento.

Es silencio pero en el corazón podemos y tenemos que seguir escuchando su voz, en el corazón seguimos preparando ese momento definitivo de la Pascua.

Que no se apague la lámpara de nuestra fe para mantener esa vigilancia en la vida, porque el Señor llega en cualquier momento y donde menos lo esperamos, no vamos a buscar en un sepulcro vacío porque él se sentará en nuestra mesa, nos saldrá al paso en el camino, nos sorprenderá cuando menos lo esperemos.

No es un silencio que nos cae encima como una loza fría, es un silencio que vivimos con intensidad en el corazón, es el germen de vida que comienza a brotar como la semilla sembrada en tierra, es el amor que ponemos para que florezcan las nuevas flores que llenarán de encanto la vida, es el silencio de Pascua que lo transformará todo con la alegría de la resurrección.

viernes, 18 de abril de 2025

quédate con nosotros Señor

Quédate, con nosotros

 

Cuando en esta tarde de jueves Santo hemos llevado el sacramento del Cuerpo de Cristo al monumento Eucarístico te hemos querido decir una vez más ‘quédate con nosotros Señor’.

Quédate con nosotros que te necesitamos, nuestra vida sin ti es una vida sin luz, demasiadas veces caminamos por la vida al tuntuneo sin saber muchas veces a donde vamos cuando queremos hacer el camino por nosotros mismos y sin contar contigo; quédate con nosotros porque eres nuestro aliento y nuestra fuerza, para que se despierte de nuevo intensamente nuestra fe en medio de las dudas y oscuridades que nos van apareciendo en la vida.

Quédate con nosotros porque queremos tu luz, queremos que estés con nosotros para que nos arda de nuevo el corazón cuando escuchamos tu palabra; no queremos volver a sufrir la soledad de tu ausencia, sabemos que tú no nos fallas, somos nosotros los que tantas veces nos apartamos para hacer nuestra vida por nuestra cuenta; quédate con nosotros para que aprendamos a saborear tu presencia. 

Quédate con nosotros en este mundo que estamos convirtiendo en un desierto porque poco a poco lo vamos destruyendo; que tu presencia sea como un rocío que nos haga reverdecer de vida, haciendo desaparecer vacíos y sequedades, despertando humanidad en nuestros corazones para que surjan de nuevo brotes que hagan florecer la alegría y la esperanza.

Quédate con nosotros, tú que eres Príncipe de la Paz para que de nuevo encontremos caminos de reconciliación que nos hagan olvidar tanta violencia en la que nos vemos envueltos, tantas palabras agresivas e hirientes que ya parecen normales en las conversaciones, tantas posturas intransigentes que se convierten en abismos insalvables que ponen distancias en el trato entre unos y otros.

Quédate con nosotros Señor porque te necesitamos a nuestro lado para abrirnos a caminos de reconciliación y de reencuentro que en nuestro orgullo tan difíciles se nos hacen.

Quédate con nosotros para que sintamos paz en nuestro corazón y reaparezca la alegría en nuestra vida, para superar tensiones y malos entendimientos, para que los recelos y las envidias no pongan nubes en nuestra mente que nos implican ver con claridad las luces de las buenas obras de los demás.

Quédate con nosotros para gozarnos en tu amor y tu misericordia, sintamos el gozo del perdón que nos ofreces y con la misma generosa alegría seamos también capaces de ser compasivos y misericordiosos con los que tropiezan a nuestro lado. 

Quédate con nosotros para que los sufrimientos que tantas veces nos aparecen en la vida con enfermedades y con soledades no nos hagan perder el sentido de la vida a pesar de todo y la esperanza de que algo nuevo puede brotar de nuevo en nosotros.

Quédate con nosotros, Señor, que el atardecer de la vida no nos llene de oscuridad e incertidumbre porque tú siempre eres nuestra luz y nuestra esperanza de un nuevo amanecer.

 

Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

 


Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

Isaías,  52, 13-53,12; Sal, 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1-19, 42

Todos ansiamos encontrar una sombra que son su brisa refrescante alivie los ardores del camino; hay lugares que nos pueden resultar más agradables y estaremos ansiosos por llegar a ellos para nuestro descanso y para recuperar las fuerzas que necesitamos para continuar hasta la meta que nos hayamos propuesto, sin embargo puede haber algunos que evitamos, que nos repugnan quizás porque nos pueden traer recuerdos de sufrimientos y dolores que no son siempre agradables.

Hoy queremos acogernos bajo una sombra especial porque sí sabemos que ahí vamos a encontrar esa vida que ansiamos y no la vamos a rehuir aunque nos recuerde lo dura y dolorosa que puede resultarnos muchas veces la vida, pero es que esa sombra para nosotros se convierte en luz que nos guía en nuestro sendero pero que además nos ilumina la mente y el corazón para comprender el verdadero sentido de la vida. Hoy nos queremos acoger bajo la sombra de la cruz.

Es una cruz muy especial que aunque su madera tenga la dureza del dolor y del sufrimiento, del sacrificio e incluso el aroma de la muerte, está regada de vida en la sangre de quien por amor en ella dio su vida por nosotros. Hoy queremos no solo contemplar sino también abrazar ese madero de la cruz que nos habla de entrega hasta la muerte, pero que nos habla de amor y nos llena de vida.

Miramos a lo alto para contemplar como en el espejo de los sufrimientos de la pasión y muerte de Jesús nuestra vida y nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros sacrificios, nuestros desánimos y cansancios tantas veces en ese camino de la vida que vamos haciendo y que no siempre nos resulta tan agradable, esos momentos oscuros por los que todos pasamos, pero mirando al que muere clavado en una cruz encontramos un sentido y una fuerza porque nos estamos encontrando el amor.

Es el amor que se convierte en brisa refrescante en ese ardor del camino, es el amor el que nos da sentido a nuestras luchas y a nuestros sufrimientos, es el amor que nos impulsa a seguir adelante en nuestras responsabilidades y en nuestras tareas, es el amor que viene a suavizar esas tensiones que pueden aparecer en las incomprensiones de nuestras relaciones, es el amor que viene a sanar las heridas del corazón que tantas molestias nos proporcionan, es el amor que va a poner dulzura en nuestra vida para dejar a un lado tantas amarguras, es el amor que fortalece nuestro animo y nuestro corazón para seguir amando y seguir dándonos por los demás, es el amor que nos llena de vida y nos hace sentir la satisfacción de lo bueno que vamos realizando para hacer que nuestro mundo sea mejor, es el amor que pone amplios horizontes en nuestra vida y nos hace caminar aunque ahora el camino nos parezca difícil y que nos hace encontrar salidas aun cuando todo nos parezca perdido, es el amor que nos hace llegar el perdón para tantos errores y tantas caídas que tenemos en el camino, es el amor que nos hace vivir de verdad.

Nos puede parecer que la cruz está envuelta por las sombras porque nos recuerda el dolor y el sufrimiento, pero la cruz es el rayo más luminoso que puede llegar a nuestra vida porque en ella encontramos a Jesús, porque en ella encontramos a Dios, porque en ella hemos encontrado la vida, por en ella encontramos el camino del perdón y de la reconciliación, porque de ella se desborda el amor, porque ella nos regala la paz. 

Es lo que contemplamos de manera especial en este día del Viernes Santo, que ya no puede ser para nosotros un día de luto y de tristeza. Leamos detenidamente hoy la lectura de la pasión de Jesús, pero más que leerla contemplémosla desde el corazón. Podemos, es cierto, sentirnos ensombrecidos por la muerte que siempre produce desgarros en el alma, pero como sabemos que detrás brilla el amor y la vida nuestro canto se llena de alegría, porque es un canto de triunfo; la muerte y el pecado han sido vencidos por el amor, vislumbrados detrás de la cruz las resplandores de la resurrección y de la vida. No temamos apoyarnos en la cruz porque de ella fluye la energía de la vida, ella desprende los ardores del amor.

jueves, 17 de abril de 2025

Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

 




Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

Éxodo, 12, 1-8. 11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jun. 13, 1-15

‘No tengo palabras para agradecer, no tengo con que pagarte todo lo que has hecho por mi’, es la expresión agradecido con que alguna vez quizás nos hemos expresado ante lo que alguien ha hecho por nosotros. Recordaremos siempre agradecidos lo que han hecho por nosotros y cuando los traemos a la memoria los revivimos con tal intensidad como si en aquel momento estuvieran sucediendo.

De alguna manera pueden ser los sentimientos con que nosotros hoy nos podemos disponer a celebrar este día del Jueves Santo con el que comenzamos las celebraciones del triduo pascual. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?, diremos con el salmista en la celebración de este día. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

Son recuerdo pero es algo tan intenso que lo hacemos de nuevo vida en nosotros. No es como recordar hechos pasados sino que es algo que seguimos viviendo, seguimos sintiéndolo presente en nosotros, haciéndose vida nuestra. Hoy san Pablo en la Palabra de Dios proclamada recuerda aquella tradición recibida del Señor y lo hace de tal manera que la describe con todo detalle, como nosotros haremos hoy, pero como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía. Algo que no podremos quitar de nuestra vida, ese Cuerpo entregado por nosotros que por nosotros se hace pan y alimento de nuestra vida, esa Sangre derramada que sentimos seguir cayendo sobre nosotros para ser nuestra redención y nuestra salvación.

Será para nosotros ya para siempre el signo de la Alianza de amor de Dios con nosotros. No lo podremos olvidar, lo proclamamos como nuestro misterio de fe, nos hará sentir para siempre esa presencia de Dios con nosotros. Sentiremos para siempre la emoción del momento, nos sentiremos sobrecogidos ante el misterio, pero rebosaremos con la alegría nueva que nace en nosotros  en la seguridad de la presencia del Señor.

Por eso tiene tan emotivo significado la celebración del Jueves Santo para los cristianos, estamos celebrando la Cena del Señor, no estamos haciendo un recuerdo, lo estamos viviendo ahora misteriosamente como si fuéramos alguno de aquellos discípulos del Señor que en aquella noche estuvieron en aquella cena pascual. Es lo bonito de nuestra fe porque nos introducimos en el misterio, dejamos que nos envuelva ese misterio de Dios, dejamos que se inunde nuestro corazón de esa presencia de Dios.

Pero en ese recuerdo y en esa vivencia están los gestos y los signos con los que Jesús quiso comenzar aquella cena y que nosotros también tenemos que estar realizando. Antes de comenzar aquella cena pascual que tanto había deseado Jesús, consciente del momento, consciente de que había llegado la Hora, se despojó de su manto, se ciñó un paño a su cintura y se puso a lavar los pies a cada uno de los presentes, y  nos dice también el evangelista, secándoselos con el paño que se había ceñido.

Es bien significativo. Pedro porfiará que no se dejará lavar los pies porque eso no es tarea del Maestro sino de los servidores. Pero Jesús les lavará los pies a todos y cada uno sin diferencia ni distinción. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le dice a Pedro. Se ciñe el que se dispone a trabajar para que sus vestiduras no le sean un tropiezo en la tarea que va a realizar. Jesús se ciñe que no es solo para ese momento significativo de lavarles los pies sino por lo grande que va a realizar.

Está emprendiendo el camino que le llevará a la cruz, que tendrá que cargar sobre sus hombros hasta el Calvario. Está señalándonos también lo que tiene que ser el camino de nuestra vida y nosotros por la fe sí queremos tener parte con El. Por eso nos dirá que si El, el Maestro y el Señor, se ha ceñido para lavarles los pies, es lo que nosotros también tenemos que hacer. Luego nos dirá que se mandamiento es el del amor. Ahora nos está enseñando a ceñirnos nosotros para cumplir ese mandamiento, porque también tenemos que ir lavando los pies, porque también con ese paño que llevamos ceñido tenemos que irlos secando como lo hizo Jesús.

Que no fue solo de aquella noche, es lo que le hemos venido viendo hacer en cada página del Evangelio. ¿No era Jesús el que se acercaba al paralítico que se sentía abandonado en la piscina, o se detenía junto al camino para poner el barro amasado con su saliva al ciego que mandaba a Siloé a lavarse? ¿No era el que dejaba que le rompieran el techo de la casa para que llegara a sus pies el paralítico o tocaba con su mano al leproso que se acercaba a El para curarse? ¿No era El quien se ponía en camino a casa de Jairo o quería ir a la casa del centurión, o se dejaba tocar la orla del manto por la mujer llena de impureza por sus hemorragias? ¿No era el que sentaba tanto a la mesa de Simón el fariseo como comía también con los publicanos y las prostitutas?

Eso que he hecho con vosotros, para que vosotros también lo hagáis. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?’ también como Pedro hoy le vamos a decir ‘no solo los pies… lávanos, Señor’, que lo necesitamos porque tantas veces nos cuesta ceñirnos para ponernos en tu camino. No es cualquier cosa lo que hoy Jueves Santo celebramos. Hoy es un día especial del Amor que tenemos que hacer vivo y presente en el día a día de nuestra vida. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

miércoles, 16 de abril de 2025

Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

 


Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Hay momentos que son de preparativos; es un acontecimiento que se avecina y al que queremos darle la importancia que juzgamos que ha de tener y allá nos creamos comisiones de trabajo para que todo este a punto, para que lo tengamos todo preparado, nos trazamos planes, vemos las cosas que son necesarias, lo que no nos puede faltar lo buscamos por donde sea, nos hacemos listas de las cosas que necesitamos; pero es la madre que prepara la comida para sus hijos que se reúnen y quiere ofrecerles lo mejor y allá anda afanada con las comidas, con los adornos de la casa, la preparación de la mesa y no sé cuantas cosas más; es un viaje que vamos a emprender y reunimos todo aquello que creemos necesitar aunque no nos quepa en las maletas, hacemos previsiones de todo tipo, pero queremos tenerlo todo preparado y que no nos falle nada.

¿Preparativos de qué? ¿Preparativos de las cosas que creemos necesitar para ese acto? ¿Cuál tendría que ser lo importante que preparemos? Quizás sea bueno hacernos estas preguntas pero no solo para cosas como hemos querido reflejar en unos ejemplos anteriormente sino en este momento presente que vivimos como cristianos. También llega la hora de los preparativos ahora que estamos en semana santa en vísperas ya de celebrar la pascua. En otros tiempos nuestras madres nos preparaban la ropa de la semana santa que además quizás había la costumbre de estrenar algo. ¿En qué andamos afanados? ¿Será lo más importante lo que nos ocupa en la preparación de estos días?

El evangelio hoy nos ayuda. Se acercaba el día de celebrar la cena de pascua, están por Jerusalén lejos de sus viviendas habituales, y es la pregunta que le hacen al Maestro. ‘¿Dónde quieres que te prepararemos la Pascua?’ Jesús les da instrucciones muy concisas de cómo llegar a la persona que les ofrecería el sitio para la cena pascual. Los discípulos encontraron todo como les había dicho Jesús y allí lo prepararon.

Pero el evangelio nos dice algo más de esos preparativos. Ya Judas Iscariote se había dejado ver con los pontífices para ver en lo que quedaban para entregarle; las gestiones estaban hechas. Al comienzo de la cena Jesús manifiesta la congoja que lleva en el alma. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Como hemos comentado en otra ocasión la inquietud queda sembrada en todos los presentes. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ todos se preguntan y le preguntan. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Pero todos estaban comiendo del mismo plato, porque eran las costumbres y era la forma de comer el cordero pascual. ¿Estaban todos provocando esa entrega? Una buena pregunta para que nos miremos por dentro, como les estaba sucediendo en aquel momento al grupo de los apóstoles sentados a la mesa con Jesús.

Conocemos la conclusión del relato del evangelio, pero nosotros nos tenemos que quedar con esas preguntas que han ido siendo base y carril por donde va discurriendo esta reflexión que nos tenemos que hacer en estos momentos en que también nosotros nos disponemos a celebrar la Pascua.

La pregunta que nos hacemos más que en donde es decirnos como vamos a celebrar la Pascua y también como yo soy actor de esa Pascua. Ni nos podemos quedar fuera contemplando a los otros ni nos podemos quedar en las cosas que hemos de preparar. Demasiado tiempo le dedicamos estos días a las cosas, a los preparativos de las cosas y quizás no estemos pensando en cómo hemos de prepararnos nosotros. Soy yo también actor en esa Pascua, pero no como una representación a la manera de teatro que tengamos que hacer sino en la medida en que con Cristo nosotros también vamos a subir al Calvario, a la cruz, a pasar por la muerte. Si no lo hacemos así no llegaremos a la Pascua, seguiremos siendo unos espectadores o unos tramoyistas que preparan cosas para que otros contemplen o vivan.

¿Estaré dispuesto de verdad a vivir toda la Pascua con Jesús pasando de la muerte a la vida, asumiendo la cruz en todo su sentido clavada a nuestra vida para poder llegar a la resurrección de una nueva vida? Muchas cosas, algunas veces inesperadas o no deseadas van apareciendo en nuestra vida que tienen que convertirse en Pascua en nosotros.

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

lunes, 14 de abril de 2025

Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

 


Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

Isaías 42, 1-7; Salmo 26;  Juan 12, 1-11

Cuando a nuestro lado alguien hace algo que no cae dentro de nuestros esquemas tenemos la tentación de minimizar aquello que haya hecho o incluso a la persona que lo ha hecho, porque nos puede parecer que son cosas de gente simple, gente que no consideramos a nuestra altura o pensamos que haciéndolo a nuestra manera o si lo hacemos nosotros sí tendría valor o podría ser significativo; es como si solo nosotros sabemos hacer las cosas bien y que tienen su valor. Descartamos lo que pudieran hacer los que no piensan como nosotros y si estuviera en nuestras manos lo destruiríamos; así vamos por la vida destruyendo en lugar de construir, arrimando a un lado lo que es obra de nuestros oponentes en lugar de aprovechar lo bueno que siempre podemos encontrar; siempre vemos torcidas intenciones en lo que hacen los otros cuando quizás seamos nosotros los que tenemos el corazón retorcido.

El hecho que nos narra hoy el evangelio sucedió después de lo del episodio de la resurrección de Lázaro; la familia le ofrece una comida a Jesús y a sus discípulos; ¿una forma de mostrar su gratitud por las maravillas que Dios obró en ellos a través de la acción de Jesús? La hermana de Lázaro que en otras ocasiones que había quedado postrada a los pies de Jesús para no dejar de escucharle, es ahora la que de nuevo se postra a sus pies pero para ungírselos con un caro perfume.

Podríamos pensar en una forma de realizar el gesto de la hospitalidad de ofrecer agua y perfumes a los huéspedes recibidos en casa, como eran tan propio de las gentes de aquel tiempo. Pero aquel perfume era tan intenso, lo que significaría lo costoso que podría haber resultado, que los envolvió a todos en la sala y de ahí surgirían los comentarios como suele suceder.

Pero el comentario que podría hacer más daño fue el de Judas Iscariote. Aquello parecía un derroche de dinero innecesario; cuántas cosas buenas se podían hacer con el precio de aquel perfume, a cuántos pobres se podría alimentar. Pero ya el evangelista hace un apunte a estas palabras del Iscariote ‘Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando’. Es también lo que en principio habíamos comentado, cuando las cosas de los demás no van en consonancia con nosotros qué prontos estamos para desprestigiar, para quitar valor, para restarle importancia a los gestos que entonces para nosotros nos pueden parecer innecesarios.

Pero importantes son las palabras de Jesús. ‘Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis’. Jesus sí valora el gesto de aquella mujer como un día también había valorado el gesto de la mujer pecadora que también le había no solo lavado los pies con sus lágrimas sino que también se los había ungido. Valoraba el valor de aquella mujer que se sentía pecadora pero que ahora envolvía su vida con el manto del amor. Había amado mucho, como ahora también María de Betania.

Algunas veces se interpretan estas palabras de Jesús para gastarnos dineros y esfuerzos en vanas ostentaciones, en la riqueza de unos ornamentos o en los gastos en flores que hagamos por ostentaciones y vanidad en nuestras iglesias en muchas ocasiones. Lo mejor para el Señor, decimos. Y está bien, pero ¿qué es lo mejor y lo más valioso?

¿No nos estará señalando la Palabra de Dios escuchada a los pobres a los que tendríamos que ungir? Es cierto que recordamos aquello otro del evangelio de que vendamos lo que tengamos para repartirlo entre los pobres para tener un tesoro en el cielo, pero algo más que dinero podemos y tenemos que ofrecer que muchas veces nos pueda resultar más costoso. Quizás damos una limosna pero no miramos a los ojos del aquel con quien compartimos. ¿Será esa la forma de hacerlo? Detente más en el camino de la vida y ponte a hablar con el caminante o con aquel que está al borde de ese camino. Si fuéramos más atentos por la vida nos daríamos cuenta de la cantidad de personas que están al borde del camino con quienes nadie se detiene, con quienes nadie habla, por quienes nadie muestra interés. Cuántas soledades podemos encontrar, cuantos desahogos que escuchar, cuántas palabras buenas que podemos decir, cuántos silencios podemos compartir, cuánto perfume tenemos que derramar.

domingo, 13 de abril de 2025

Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

 


Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

¿Podríamos decir que estamos contemplando un mosaico? Aunque de forma ordinaria y popular llamamos mosaicos a las piezas con que adornamos o alicatamos nuestros pisos y paredes, sabemos bien que un mosaico esta formado por diferentes piezas de variados colores con los que realizamos la composición de una imagen con sus luces y con sus sombras de una forma, diríamos, artística y de gran belleza. Pues bien, así quiero pesar cuando escuchamos este relato que hoy nos ofrece la liturgia en este domingo de Ramos en la pasión, pero un mosaico donde podemos entremezclar, vamos intercalando las piezas de nuestra vida con esos momentos de la pasión que en este texto del evangelio de san Lucas se nos relata.

Hay como una serie de contraposiciones en este texto que bien van reflejando lo que es el camino de nuestra vida en contraste con el evangelio de Jesús. Momentos de tragedia como momentos de entusiasmo y euforia, momentos grandiosos de luz que contrastan con otros momentos de sombra como lo es la vida misma, una solemnidad por el momento trascendental que se vive contrapuesto con esos pasos renqueantes que vamos dando tanta veces cuando nos dejamos adormilar por la vida o cuando no somos valientes para afrontar con decisión el momento en que hemos de dar la cara, testimonio que nos ofrecen los que menos podrían parecer proclives a estar en el lado de Jesús, mientras los que nos decimos que seriamos capaces de dar la vida por Jesús nos escondemos o negamos que estamos del lado de Jesús.

Comienza el relato diciéndonos Jesús cuanto ha deseado llegar a este momento de la Pascua que es como una primera invitación que nos hace para que nos dispongamos en este comienzo de la semana de pasión a desear vivir y celebrar también con intensidad esta Pascua, en concreto la de nuestra vida y en este año. Y es Jesús quien nos deja la forma de vivirla y celebrarla, en su Cuerpo entregado que se hace Pan de vida para nosotros y en su Sangre derramada como signo de esa entrega que nosotros hemos de vivir. Es el estilo del servicio que Jesús nos ofrece como sentido de vida, de la suya y de la nuestra. ‘Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’. Por eso nos dirá que ‘el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve’, como tantas veces nos había enseñado a lo largo del evangelio.

Es fácil en un momento de fervor hacer propósitos y promesas. Tras lo que iban viviendo en aquella cena pascual y los anuncios y las palabras de Jesús estamos prontos para los buenos propósitos. ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte’, son las palabras de Pedro, pero pronto será el primero que se duerme en Getsemaní en los momentos de la oración de Jesús - ¿no le había sucedido algo así también en el Tabor cuando Jesús los llevó para orar en lo alto de la montaña? – y cuando llegue el momento de dar la cara negará incluso el conocer a Jesús. ¿No nos dice nada de nuestros altos y bajos, de los momentos de entusiasmo cuando parece que todas las cosas marchan bien y de los momentos de decaimiento y zozobra cuando aparece la oscuridad del sufrimiento?

Podríamos seguir haciendo así una lectura detallada en confrontación con nuestra vida de cada uno de los momentos de la pasión de Jesús. Nos daría para abundantes y profundas reflexiones. Vamos a fijarnos brevemente en algunos de los momentos de Jesús en la cruz y en sus palabras. Quien cuando había proclamado en las Bienaventuranzas la meta ideal del que es su discípulo y le sigue señalándonos que los misericordiosos alcanzarán misericordia y casi como una primera consecuencia el que tenemos que ser misericordiosos con los demás amando incluso a los enemigos, ahora mientras lo crucifican pide al Padre perdón y misericordia para quienes lo están clavando al madero ‘porque no saben lo que hacen’. Es la piedra preciosa del mosaico que nos manifiesta lo que es el rostro misericordioso de Dios frente a nuestro corazón endurecido que de tantos abismos de rencores y resentimientos vamos llenando la vida.

Otra pieza brillante de ese mosaico aunque nos pueda parecer contradictorio la encontramos en uno de aquellos malhechores que eran crucificados junto a Jesús. Aquel corazón que podríamos contemplar endurecido por la maldad que le había llevado a aquella condena ¿qué pudo contemplar en quien con ellos estaba crucificado incongruentemente como rey de los judíos para pedir estar con El en su Reino? Los caminos de Dios son inescrutables hemos escuchado muchas veces y los caminos de la gracia estaban regando el corazón de aquel malhechor. ¿No había dicho Jesús que el médico no era para los que se creían sanos sino para los que sentían enfermos? ‘Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, porque así de pronta es la misericordia del Señor. Y nosotros que le damos tantas vueltas al paso de perdonar y de restablecer el amor y la amistad.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, fueron las últimas palabras de Jesús. Un día había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Nos había enseñado para nuestra oración que fuéramos capaces de pedir que se hiciera siempre la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Aunque había pedido en Getsemaní que pasara de El aquel cáliz había permanecido en su deseo de que por encima de todo estuviera siempre lo que era la voluntad de Dios. Quien se pone en las manos de Dios sabe que nunca se podrá sentir abandonado porque Dios es siempre nuestra fortaleza y nuestro refugio. ¿Qué podía decir Jesús en este momento supremo de su muerte? Encomendarse a las manos del Padre.

El claroscuro de nuestra vida está en nuestras angustias y desesperanzas cuando nos llegan de una manera u otra los momentos oscuros de la vida donde todo lo vemos turbio, donde nos parece que el túnel al final se queda sin luz, donde no somos capaces de ver más allá de ese momento de tormento esa luz que pone paz en el corazón, ser capaces de ver los resplandores de bien y de bondad que podemos encontrar en los que están a nuestro lado. En aquella tarde de tormento el centurión supo descubrir el actuar de Dios porque confesaría ante la muerte de Jesús que era un justo.

Dejémonos invitar, como decíamos antes, por Jesús para comer esta Pascua con El. Ha de ser una Pascua especial, en ese mosaico tenemos que saber descubrir el verdadero colorido de la vida que solo en Jesús podemos encontrar. Estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua.

sábado, 12 de abril de 2025

Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

 


Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

Ezequiel 37, 21-28; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

También nosotros nos preguntamos muchas veces ¿es que no hay nadie que haga nada? Cuando somos conscientes de la problemática que vive nuestro mundo, cuando nos sentimos confundidos con tantas cosas que vemos que no marchan a nuestro gusto y que mucha gente anda descontenta, nos hacemos la pregunta. Y se trata de lo que es la vida social ordinaria que vivimos en la cercanía a nosotros con tantas violencias, con tanta corrupción, con el desorden moral que estamos contemplando como va en crecida, con la gente desilusionada por tantos problemas a los que no encuentran solución, y contemplamos la vida política, la marcha de nuestros dirigentes con actuaciones que no terminamos de comprender aunque aceptemos la disparidad de criterios que podamos tener, nos preguntamos quien va a salvar a nuestra sociedad, quien va a salvar a nuestro mundo. Pensamos en personajes carismáticos que puedan convencer, pensamos en verdaderos dirigentes de nuestra sociedad que nos saquen del atolladero, ¿Dónde podemos encontrar quien encuentre solución al mundo en que vivimos?

He querido comenzar mi reflexión de hoy en las vísperas del inicio de la semana santa palpando de alguna manera la situación en que vivimos en el hoy de nuestra vida, como también tendríamos que palpar lo que es nuestra vida personal con sus problemas y sus inquietudes, con las incertidumbres que se nos plantean muchas veces y los interrogantes que tenemos dentro de nosotros mismos porque pienso que lo que vamos a celebrar tiene que ser luz para esa situación que vivimos en todos los ámbitos de la vida. Es como haremos verdadera celebración de nuestra fe.

En la Palabra que hoy se nos ha proclamado el profeta describe también una situación difícil que vivió en muchos momentos el pueblo de Dios, divisiones entre ellos, destierros lejos de su patria, momentos en que parecía que habían perdido toda esperanza; tenemos que saber leer el lenguaje profético que se trasluce también en lo que en aquel momento estaban viviendo los judíos. La presencia de Jesús les había llenado de interrogantes y también de dudas por lo que Jesús anunciaba; quienes estaban bien situados se sentían seguros con su manera de vivir y veían quizás un peligro incluso de revolución desde las palabras y anuncios de Jesús; ellos no podían perder su influencia, que aunque estaban bajo el dominio de los romanos los dirigentes del pueblo tenían asegurado su puesto. ¿Qué podía suceder?

No buscaban ellos realmente quien viniera como salvador a dar un nuevo rumbo a las cosas; los pensamientos que tenían de lo que seria el Mesías también estaba confuso en sus mentes. Se atisbaban los peligros; más tarde les sucedería, no muchos años después, que Jerusalén y el templo serían aniquilados. Era lo que en el fondo temían, por eso como se atreve a decir el Sumo Sacerdote ‘es mejor que muera uno solo por todo el pueblo’. No era consciente del sentido profético de sus palabras, que el evangelista nos recordará.

¿Quién va a ser esa luz que nos guíe? ¿Quién va a ser ese salvador que nos libere de todos esos momentos oscuros? ¿Quién será el que pueda dirigir nuestra vida por caminos nuevos donde encontremos la paz y tengamos respuesta a nuestras inquietudes? El evangelista nos está diciendo que las palabras del Sumo Sacerdote tenían valor profético. En Jesús encontrarán cumplimiento.

Y es lo que vamos a celebrar, pero no solo contemplando a Jesús como el Salvador esperado solo en otros tiempos, sino como quien es el verdadero camino de salvación en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Ojalá supiéramos escuchar y supiéramos dejarnos conducir por las palabras de Jesús. Para nuestros miedos, para nuestras dudas e incertidumbres, para esa desorientación que vivimos en nuestra vida, para esos momentos tormentosos que seguimos viviendo donde sigue reinando la violencia y la injusticia, donde sigue imperando la corrupción y la maldad, para esos momentos en que no sabemos dialogar y ponernos de acuerdo Jesús es la luz que nos ilumina.

La pascua que vamos a celebrar tiene que seguir teniendo sentido en nuestras vidas. Pero no la podemos vivir de una forma superficial, no nos podemos quedar en exterioridades llenas de vanidad, no podemos tener una alegría superficial que se desvanece pronto como el humo de nuestros incensarios; tenemos que vivir la Pascua de una forma honda; y eso tiene que pasar por una renovación de nuestra vida, por dejar que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme; por dejar que Cristo cargue sobre sí todas esas maldades nuestras, toda esa superficialidad y vanidad y la ponga junto a su cruz, nos ponga a nosotros junto a su cruz, porque será la forma de que todo eso lo transformemos en vida, porque será la forma en que nosotros lleguemos a transformarnos en esos hombres nuevos, será la mejor forma de vivir y celebrar la Pascua.

viernes, 11 de abril de 2025

La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

 


La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

A fuer de sinceros muchas veces nos encontramos con muchas incongruencias en la vida, porque da la impresión que no están muy acordes las cosas que pensamos o que decimos con lo que luego realmente hacemos. Somos buenos para establecer principios y reglas pero a la hora de la verdad cuando llega el momento de ver lo que vivimos parece que hay mucha distancia entre eso que establecemos y lo que luego haremos. Nos escudamos quizás en nuestras propias debilidades, nos decimos que tampoco que tenemos que ir a rajatabla con lo que tenemos que hacer ni tenemos que ser tan radicales, nos procuramos algunas rebajas de manera que descafeinamos tanto el café que al final no será café, descafeinamos tanto nuestra vida religiosa y cristiana que al final se parece poco al evangelio. Aparecen las incongruencias, como decíamos.

En la hora en que Jesús les repartió pan para que pudieran comer todos en abundancia allá en el descampado cuando se habían acabado las provisiones, todos estaban entusiasmados queriendo proclamarlo rey; cuando daba la vista a los ciegos o curaba a los leprosos decían que Dios había visitado a su pueblo; cuando curaba a los que llamaban endemoniados o hacia caminar a los tullidos el poder de Dios estaba con El y todos se entusiasmaban porque era para ellos una señal de la venida del Mesías; pero cuando Jesús les decía que eran otras cosas las que tenían que pedir o buscar, que no todo estaba en el milagro fácil sino que había que comenzar a actuar de una manera nueva en las mutuas relaciones o en su relación con Dios, ya eso costaba entenderlo porque aquel estilo nuevo de vivir podía echar abajo muchas cosas que había que transformar, signo de ello fue la expulsión de los vendedores del templo.

Cuando Jesús en sus palabras y en su actuar estaba manifestando claramente el rostro de Dios que era algo muy distinto de lo que habían imaginado, como Jesús se presentaba como el enviado del Padre, se atrevía a llamar Padre a Dios además de enseñarnos que esa era la nueva relación que con Dios habíamos de tener porque El era el Hijo de Dios y porque a nosotros nos quería hacer también hijos de Dios, entonces ya Jesús eran un blasfemo al que había que apedrear.

Es lo que se nos presenta hoy en el evangelio. ‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ les pregunta Jesús. ‘No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios’, le dicen. No había terminado de conocer a Jesús, no habían querido entender sus palabras. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’, les vuelve a insistir Jesús. Palabras solemnes de Jesús que nos vienen a manifestar claramente que es el Hijo de Dios. Como dirá en otro momento ‘el Padre y yo somos uno’.

Se escabulló de sus manos, porque aun seguían queriendo detenerlo y se fue a la otra orilla del Jordán, allá donde Juan había estado bautizando.  ‘Y muchos creyeron en El allí’, nos dice el evangelista.

Estamos ya a las puertas de la semana de Pasión que culminará con la celebración de la Pascua para lo que hemos venido preparándonos durante todo el camino cuaresmal. Momento ha sido todo este recorrido para repasar muchas cosas de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús, de la autenticidad que tiene que haber en nuestra vida y de la necesaria renovación que hemos de hacer. Hoy se nos está preguntando por la congruencia de nuestra fe y nuestra vida.

¿Creemos para una procesión o para hacer grandes manifestaciones religiosas cargadas de mucha pomposidad o creemos como verdadero alimento de nuestra vida, como motor de una transformación de nuestras costumbres, como fermento de un nuevo sentido de iglesia que hemos de vivir, como un compromiso que tenemos también con la vida y con la sociedad que estamos construyendo?

¿Se notará allí donde estamos, donde desarrollamos nuestra vida diaria que en nosotros hay una fe y hay unos valores distintos aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo y la sociedad en la que vivimos? ¿En qué se nota que hay unos cristianos que son fermento de una sociedad nueva?