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jueves, 7 de agosto de 2014

Por la revelación del Padre del cielo en nuestro corazón podremos llegar en verdad a conocer el misterio de Jesús

Por la revelación del Padre del cielo en nuestro corazón podremos llegar en verdad a conocer el misterio de Jesús

Jer. 31,31-34; Sal.50; Mt. 16, 13-23
Para llegar a un verdadero conocimiento de Jesús no nos es suficiente ni lo que le podamos oír decir a la gente ni simplemente dejarnos llevar por una apreciación muy subjetiva de lo que a mi parece que es o que debiera ser. Esto que nos vale en nuestra mutua relación con aquellos que convivimos o con los que nos relacionamos  humanamente en el día a día, con mucho mayor razón tenemos que decirlo del conocimiento de Jesús que tiene mucha mayor trascendencia para nuestra vida el llegar a conocer el misterio de su ser.
Mucho podríamos comentar en este sentido cuando pretendemos conocer a las personas por los chismes que otros puedan traernos de ellas, como tampoco podemos encajarlas en lo que a mi me parece que son desde una observación externa y subjetiva o lo que yo desearía que fueran. Y ya sabemos que somos muy fáciles a los juicios y a los prejuicios, a encasillar a las personas porque decimos no son como nosotros, y ya sabemos cómo nos va.
Pero vayamos a lo que es un auténtico conocimiento de Jesús y que es lo que ahora nos estamos planteando. Las gentes que le escuchaban y que le seguían y hasta los mismos discípulos más cercanos ya se iban haciendo una idea de Jesús muchas veces también desde lo que eran los deseos de su corazón o desde las esperanzas que su presencia suscitaba en ellos. Jesús viene a hacer como una encuesta, pues les pregunta a los discípulos más cercanos qué es lo que piensa la gente de El. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’
En la medida en que vamos recorriendo el evangelio vemos cómo la gente se admira de sus enseñanzas y de sus milagros, de la autoridad y libertad con que actúa y del poder con que se manifiesta. Muchas llegarían a decir que era una visita de Dios; pero aún así se quedaban con la idea de que era un profeta distinto y poderoso, porque los profetas a lo largo de los tiempos así se habían manifestado como la voz de Dios que les hablaba, corrigiendo o señalando caminos.
En ese sentido van las respuestas que le dan los discípulos. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’. Cercana tenían la presencia del Bautista, del que Jesús podía aparecer como una continuación, no en vano Juan había preparado sus caminos; pero por el poder y autoridad con que se manifiesta podían recordar a grandes profetas como Elías, que era paradigma de todos los profetas o como Jeremías. Y claro nos preguntamos, al hilo de lo que decíamos al principio, ¿era eso Jesús tal como la gente decía?
Ahora la pregunta es más directa a ellos y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?... Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios’. Aquí hay una respuesta más certera, porque en verdad era el Mesías Salvador, el enviado de Dios, el Hijo del Dios vivo, como ya incluso habían escuchado la voz del cielo allá en el Jordán o en el Tabor, como lo escuchamos nosotros ayer.
Pero ¿Pedro por sí mismo podía haber llegado a esa revelación? Ese mismo Pedro que ahora hace afirmación tan brillante y tan tajante, cuando Jesús a continuación comience a hablar de que tenía que subir a Jerusalén donde iba a ser entregado por parte de los ancianos, sacerdotes y escribas e iba a ser ejecutado, ya no entiende que a Jesús le pueda pasar todo eso y tratará de quitarle la idea de su cabeza. Tiene otra idea del mesianismo de Jesús. Será Jesús el que le diga que se aparte de El porque está haciendo de tentador.
Ahora será el Pedro que hable por sí mismo, porque lo que a él le parecía que no le podía pasar a Jesús y lo que él quisiera que fuera el sentido del mesianismo de Jesús era lo que estaba expresando y entonces no manifestará que conozca bien a Jesús. Si antes había llegado a aquella afirmación tan hermosa, no era por sí mismo, sino por la revelación de Dios. ‘Dichoso, Simón, le dirá Jesús, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
Llegar a conocer a Jesús no será algo que dependa de nosotros mismos o solo de lo que otros nos puedan decir; para llegar a conocer a Jesús de verdad tenemos que abrir nuestro corazón al misterio de Dios que se nos revela allá en lo más hondo de nosotros mismos. Es el Padre del cielo el que nos lo revela, quien se nos da a conocer. Para eso infunde en nosotros al Espíritu Santo, al Espíritu de Sabiduría y Entendimiento que será el que nos lo revele todo y el que nos va a ayudar a descubrir ese misterio de Dios.
Nos pueden ayudar a conocer a Dios quienes están a nuestro lado, es cierto, porque somos herederos de una tradición cristiana, y será en el seno de la Iglesia donde tenemos el contenido de esa revelación y con la asistencia del Espíritu divino ese magisterio de la Iglesia nos ayudará a ese conocimiento de Dios. Pero nuestro corazón se tiene que abrir a ese actuar de Dios, a ese revelación de Dios que se irá produciendo en nuestros corazones, no para creer en Dios a mi manera o en las cosas que a mi me parezca o simplemente por lo que otros digan, sino para dejarnos conducir por el Espíritu divino que nos conducirá a la verdad plena.

Fijémonos que en el mismo momento en que Pedro hace esa hermosa confesión de fe que Jesús le dice que es una revelación del Padre en su corazón, Jesús constituye a Pedro en piedra fundamental de la Iglesia dándole las llaves del Reino de los Cielos, para que nos confirme en esa fe. Es la Iglesia la que nos va a ayudar a discernir esa revelación del misterio de Dios en nuestro corazón por la fuerza y la sabiduría del Espíritu.

miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Nos gustaría decir también como Pedro ‘qué hermoso es estar aquí’?

¿Nos gustaría decir también como Pedro ‘qué hermoso es estar aquí’?

2Pd. 1, 16-19; Sal. 96; Mt. 17, 1-9
¿Nos gustaría decir también como Pedro ‘qué hermoso es estar aquí’? Decir de entrada que ojalá ése fuera nuestro sentimiento y nuestro deseo cuando venimos a celebrar la Eucaristía. ¿Puede haber algo más hermoso y más grandioso? Por ahí podríamos seguir haciéndonos hermosas consideraciones.
En otra ocasión del momento litúrgico escuchamos - se nos proclama - este mismo texto del Evangelio. Siempre en el segundo domingo de Cuaresma, diferente según el evangelista, en cada uno de los tres ciclos, escuchamos el relato de la Transfiguración.
Entonces, como expresábamos en la liturgia de aquel día se nos quería mostrar ‘que la pasión es el camino de la resurrección’. En la inminencia de la celebración de la Pascua se nos proponía ese evangelio, igual que Jesús en la medida en que iba anunciándoles su pasión y muerte cercana se les transfiguró en lo alto del Tabor para fortalecer la fe de los apóstoles y sobrellevasen el escándalo de la cruz.
Cuarenta días nos faltan ahora para la celebración de la exaltación de la Santa Cruz el catorce de septiembre, y la liturgia con el mismo sentido nos propone hoy esta fiesta de la Transfiguración del Señor. Ya hemos escuchado el relato del evangelio; ‘Jesús que tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. En el Tabor, una montaña de gran significado en la historia de Israel en medio de las llanuras de Galilea la tradición ha situado siempre esa montaña alta de la que habla el evangelista. Jesús se los llevó a orar y ‘se transfiguró delante de ellos  y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’.
Es entonces, cuando aparecen Moisés y Elías conversando con Jesús, cuando Pedro entusiasmo exclama,  como le hemos escuchado: ‘¡qué hermoso es estar aquí!’. Se olvida de si mismo y de sus compañeros, sólo piensa en lo que está contemplando que quiere que dure para siempre. Esta dispuesto a hacer un altar o un templo, levantar tres chozas o lo que haga falta; pero que aquello no se acabe. Y se oye la voz del Padre que desde la nube que los envolvía les decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle’. Aunque se llenan de temor al oír la voz del cielo, allí está Jesús y con Jesús siempre la paz: ‘Levantaos, no temáis’.
¿Qué sentido nos quiere dar la liturgia, entonces, a esta nueva celebración de la Transfiguración del Señor? Siempre todas nuestras celebraciones cristianas son una celebración y una proclamación de nuestra fe. No lo podemos olvidar. Celebramos el misterio de Cristo y estamos celebrando nuestra fe, gozándonos de nuestra fe, dándole gracias y gloria al Señor por esa fe que profesamos. Pero al tiempo que la celebramos la proclamamos; al tiempo que la celebramos y la proclamamos alimentamos también nuestra fe. Como recordábamos antes ‘fortaleció la fe de los apóstoles’, fortalece nuestra fe. Bien que lo necesitamos en medio del mundo de turbulencias en que vivimos.
Pero más cosas podemos ver y aprender, por así decirlo, en nuestra celebración de hoy. Contemplando a Cristo transfigurado estamos contemplando la gloria a la que estamos llamados. En la transfiguración de Jesús se está prefigurando de forma maravillosa, como expresábamos en la oración litúrgica, nuestra perfecta adopción como hijos de Dios desde nuestro bautismo. Tiene también en esta ocasión la celebración de la Transfiguración del Señor un hondo sentido pascual; nos recuerda nuestro bautismo; nos recuerda la transfiguración que se realiza en nuestra vida por la acción del Espíritu Santo que nos hace partícipes de la vida divina, nos hace hijos de Dios.
Es una invitación a la transfiguración de nuestra vida a imagen de Cristo; es una invitación a que vivamos para siempre purificados de nuestros pecados y resplandezca entonces en nosotros la gloria del Señor. Es una invitación a la santidad. ‘Cuando se manifieste Cristo, decía san Juan en sus cartas en un texto que se utiliza como antífona también en esta fiesta, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’, nos llenaremos de su gloria y de su resplandor.
Recordemos que cuando Moisés bajó de la montaña después de haber visto cara a cara a Dios, venía con su rostro resplandeciente, de manera que se lo cubría con un velo porque aquel resplandor hería los ojos de los israelitas. Así resplandecía de Dios; así tenemos nosotros que resplandecer de Dios.
Vivamos con intensa alegría y gozo en el alma esta fiesta de la Transfiguración del Señor. Pero no olvidemos a lo que estamos llamados. Es una invitación a la santidad, a transfigurarnos en Cristo y con Cristo, a alentar la esperanza de la Iglesia porque nos revela en si mismo la claridad con que un día, por toda la eternidad, ha de brillar todo el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

‘¡Qué hermoso es estar aquí!’, decía san Pedro contemplando la transfiguración del Señor. ‘¡Qué hermoso es estar aquí!’ tenemos que decir nosotros cuando vivimos con toda intensidad nuestra celebración porque también contemplamos la gloria del Señor. Pero es también con lo que un día tendríamos que exclamar en el cielo contemplando y gozando de la gloria del Señor por toda la eternidad. ‘¡Qué bien se está aquí!’ ¡Cuántos deseos de cielo tendría que haber en nuestra alma!

martes, 5 de agosto de 2014

Dios nos dé un corazón humilde y agradecido como el de María

Dios nos dé un corazón humilde y agradecido como el de María

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
Popularmente esta fiesta de la Virgen en el cinco de agosto es la fiesta de la Virgen de las Nieves; más en nuestra tierra que no solo la tiene como patrona en la isla de La Palma sino también en otras localidades se venera a la Virgen con esta advocación de las Nieves. Litúrgicamente sabemos que es la fiesta de la Dedicación de una de las Basílicas papales o mayores de Roma que es Santa María, la Mayor, hermosísima Basílica situada en una de las siete colinas de Roma, en el Monte o Colina del Esquilino.
¿Por qué este nombre o esta advocación con la que invocamos a la Madre de Dios como Virgen de las Nieves? Tenemos que hacer referencia precisamente a lo que es el título de la fiesta litúrgica de la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor y a los orígenes casi legendarios de la construcción de la primitiva Iglesia, que precisamente hace referencia a la nieve.
Un noble matrimonio romano, en el siglo IV, que era muy generoso con sus limosnas para atender a los necesitados, queriendo dar el mejor uso a sus riquezas recibieron en un sueño el encargo de levantar un templo a la Virgen María en aquel lugar que apareciera a la mañana con un manto de nieve. Era el amanecer de un cinco de agosto en medio del bochornoso verano de Roma cuando apareció precisamente ese manto de nieve en el monte Esquilino. Allí se edificó la primitiva Iglesia, que luego tras el Concilio de Éfeso, ya en el siglo V, en que se proclamó a la maternidad divina de María, el Papa Sixto III dedicaría en ese lugar lo que se considera la primera Iglesia de Occidente dedicada a María, la Madre de Dios, la Basílica de santa María, la Mayor, como hoy se conoce. Ahí tenemos, reseñado brevemente, el origen de la Advocación de la Virgen de las Nieves dedicado a María, la Madre de Dios.
Queremos, pues, nosotros en esta fiesta tan hermosa de la Virgen y que tanta devoción despierta en el pueblo cristiano, cantar las glorias del Señor con María recogiendo el espíritu del cántico de María, con el que ella también quería dar gloria al Señor que había querido fijarse en la humildad de la que se consideraba la esclava del Señor para elegirla como su Madre.
Desborda de gozo el corazón de María, porque aunque se siente pequeña y así pequeña y humilde quiere ella presentarse delante del Señor, sin embargo reconoce las maravillas que el Señor ha hecho en ella. ‘El Poderoso ha hecho en mi cosas grandes’, reconoce María, y por eso bendice el santo nombre de Dios. La humildad de María no la anula y la hace esconderse, sino precisamente en nombre de esa humildad reconoce la grandeza de las obras de Dios en ella.
Se siente instrumento en las manos de Dios que va a derramar su misericordia y su bondad sobre todos los hombres. Ella solamente ha dicho ‘sí’ y se ha puesto en las manos de Dios, pero sabe María cómo Dios quiere contar con ella, y por eso ella abre su corazón a Dios para servir de cauce de esa gracia divina que se va a derramar sobre todos los hombres.
Reconoce María que todos los hombres, de todas las generaciones en ella y con ella se van a alegrar, pero siente que aunque todos la van a llamar bendita, las bendiciones son para Dios, porque Dios es el que obra maravillas y es de Dios de donde proviene toda gracia para hacer presente su misericordia con todos los hombres, que va a hacer posible un mundo nuevo y distinto donde todo se va a transformar y las escalas de valores van a ser distintas, porque no serán los que se creen poderosos y ricos los que van a ser considerados importantes, sino los pequeños y los humildes van a ser ensalzados y los hambrientos van a ver saciados y satisfechos los deseos más profundos del corazón.
Cuando hoy cantamos a Dios con María utilizando su mismo cántico de alabanza y de acción de gracias nosotros estamos queriendo también aprender de María. Es de su humildad generosa y agradecida de la que tenemos que impregnar nuestro corazón y nuestra vida; no para escondernos y anularnos porque nos sentimos pequeños, sino que nos sentimos pequeños porque reconocemos que lo que somos se lo debemos al Señor que así nos ha enriquecido con sus dones y con sus valores.
Nunca la humildad puede anularnos, como tampoco podemos decir que vivimos humildes en la apariencia llenando de orgullo el corazón; la humildad nos hará reconocer precisamente esos dones que nos ha regalado el Señor pero para hacerlos fructificar, porque todo ha de ser siempre para el bien común dando así gloria al Señor. El guardarnos para sí esos dones pudiera convertirse en un orgullo solapado de humildad y con eso no agradaríamos al Señor. La gloria del Señor está en que esas gracias que hemos recibido del Señor las empleemos como hizo María en la preocupación y en el servicio a los demás. ¡Cuánto podemos aprender de María!

Damos gracias a Dios por María, por ese Sí de María que la hizo la Madre del Señor; por ese sí de María expresión de un corazón abierto a Dios, pero abierto también siempre a los demás; ojalá aprendamos de María y así sea nuestro corazón siempre abierto a Dios y con esa humildad generosa y agradecida como ella tuvo, para saber con ella cantar siempre la gloria del Señor.

lunes, 4 de agosto de 2014

Una imagen del camino de nuestra vida cristiana con sus luces y con sus sombras

Una imagen del camino de nuestra vida cristiana con sus luces y con sus sombras

Jer. 28, 1-17; Sal. 118; Mt. 14, 22-36
La travesía que realizaron los discípulos a través del lago de Galilea o Tiberíades desde el lugar donde se había realizado la multiplicación de los panes hasta tocar tierra en Genesaret, como nos narra san Mateo, es bien significativa y puede ser una imagen de lo que es el camino de nuestra vida cristiana con sus luces y con sus sombras.
‘Jesús apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla’. Con el entusiasmo de lo que habían vivido aquella tarde emprendieron la travesía. Jesús que nos pone en camino; un camino que emprendemos también con entusiasmo tras una intensa vivencia en nuestro interior, en ese deseo y voluntad de querer ser fieles siguiendo el camino que Jesús nos señala. Cada uno puede pensar en alguna experiencia religiosa intensa que haya vivido en algún momento de su vida que le haya impulsado a vivir con mayor entusiasmo el camino de nuestra vida cristiana, el camino del seguimiento de Jesús.
Pero la travesía aquella tarde y aquella noche en el lago fue azarosa y estuvo muy llena de incidentes. No avanzaba la barca como ellos esperaban, porque era sacudida por las olas y el viento era contrario. Bella imagen que nos refleja lo que nos pasa tantas veces. Nos prometemos muchas cosas pero luego cuando comenzamos a caminar no nos resultan tan fáciles como esperábamos y deseábamos. Vientos en contra, situaciones difíciles, incomprensiones de quienes están a nuestro lado, oposición a lo bueno que queremos hacer, tentaciones que nos acechan por doquier, cansancio que nos aparecen en la vida. Las olas sacuden nuestra barca y tenemos el viento en contra. En cuántas cosas podemos pensar.
Pero allí estaba Jesús, a pesar de las oscuridades y las confusiones. ‘De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua’. Vienen los miedos y las dudas. El querer poner a prueba aquello que están viendo, o el taparse la cabeza para tratar de quitar los miedos. Pero es Jesús. ‘No tengáis miedo… soy yo’.
Cuántas veces llega Jesús a nuestro lado en medio de esas turbulencias que vamos teniendo en la vida y nos cuesta reconocer su presencia. ¿Será un fantasma? ¿serán imaginaciones mías? ¿de verdad puedo sentir a Jesús caminando a mi lado aunque todo me parezca oscuro? Son las dudas que se nos meten en el alma tantas veces. Y aunque le pedimos a Jesús que queremos ir hacia El, a pesar de todo muchas veces nos hundimos en nuestros tropiezos, porque no hemos puesto de verdad toda nuestra fe y nuestra confianza en El.
Decimos que creemos en El, pero nos asaltan las dudas; decimos que queremos poner toda nuestra confianza en Dios y ante la más mínima ola de la tentación sucumbimos; nos parece quizá que el viento de la tentación es más fuerte de lo que son nuestras fuerzas olvidando que la verdadera fuerza de nuestra vida está en el Señor.
Pero ahí está el Señor que nos tiende su mano para hacernos salir de la tentación y del peligro. ‘¡Qué poca fe!, nos recrimina Jesús. ¿Por qué has dudado?’ Forman parte de nuestra vida. Son los claroscuros que nos acompañan en ese camino de nuestra vida cristiana con tropiezos, dudas, y caídas. Pero el Señor está a nuestro lado.
Al final dice que los que estaban en la barca lo reconocieron. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, le dicen postrándose ante El. Y ‘también los hombres de aquel lugar lo reconocieron y pregonaron la noticia por toda aquella comarca…’ También nosotros tras nuestros altibajos terminaremos reconociendo que sin el Señor nada somos y todo lo que nos va sucediendo nos puede ayudar a madurar en nuestra fe y a fortalecernos para vivir con toda intensidad nuestra vida cristiana.
Pero hay un detalle que no nos puede pasar desapercibido, porque ha de formar parte además de nuestra respuesta y nuestro compromiso. Y es que ‘Jesús después de despedir a la gente, subió al monte para orar y, llegada la noche, estaba El allí sólo’ orando. Es lo que nosotros necesitamos para poder realizar esa travesía de nuestra vida cristiana, fortalecernos en el Señor.

¡Qué importante, que necesaria e imprescindible es la oración en nuestra vida! no es por nosotros mismos, porque lo sepamos hacer o porque nos creamos capaces de hacerlo es cómo podemos mantenernos a flote en esa dura travesía de la vida. No nos suceda como a Pedro que se creía muy seguro pero al primer peligro comenzó a hundirse. Se repetirá más tarde cuando lo de las negaciones. Nuestro salvavidas es la oración, porque El único salvador de nuestra vida es el Señor y a El hemos de estar unidos siempre con nuestra oración. Será así como reconoceremos la presencia del Señor a nuestro lado y tendremos la fuerza necesaria para realizar ese camino de la vida.

domingo, 3 de agosto de 2014

El amor es multiplicador y la solidaridad contagia y despierta solidaridad

El amor es multiplicador y la solidaridad contagia y despierta solidaridad

Is. 55, 1-3; Sal. 144; Rm. 8, 35.37-39; Mt. 14, 13-21
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y compren de comer’, le dicen los discípulos a Jesús. Jesús se los había llevado ‘a un sitio tranquilo y apartado’. Pero la gente busca a Jesús. Cuando desembarcan se encuentran con una multitud considerable y allí está Jesús curando enfermos, anunciando de palabra y de obra el Reino de Dios. Se hace tarde y es cuado surge la petición de los discípulos, movidos a compasión.
Pero, ¿es que ellos no habían escuchado lo anunciado por el profeta? ‘Sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero… inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis…’ Allí estaba aquella multitud sedienta y hambrienta. Eran sus males y enfermedades, eran sus problemas y sus sufrimientos, era el ansia de algo nuevo y distinto que con la presencia de Jesús se despertaba en sus corazones. Y buscaban a Jesús. ¿Cómo se les iba a despedir? Allí está Jesús curando, sanando cuerpos y corazones. Allí está Jesús queriendo dar vida a todos.
Pero Jesús quería enseñar algo más a sus discípulos más cercanos,  ahora preocupados por aquella multitud hambrienta y en la circunstancia de que allí no había donde comprar pan para alimentarlos. ‘No hace falta que se vayan. Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. Pero allí no había sino cinco panes y dos peces...
‘Dadle vosotros de comer’. Hermoso reclamo el que les hace Jesús, pero un reto comprometedor.  No basta decir que el problema es grande, que la multitud está hambrienta, que hay crisis y problemas, que las cosas andan mal, que hay mucha gente sufriendo. Eso es fácil. Pero Jesús nos pide algo más.
Ya vimos en el evangelio cómo se solucionaron las cosas. Alguien había por allí con cinco panes - panes de cebada que es el pan de los pobres, nos dirá otro evangelista - y dos peces que los puso a disposición, aunque la multitud era grande. El amor hace posible cosas grandes aunque sean pobres y limitadas las cosas que tengamos a mano, porque el amor es capaz de hacer grande lo que nos parece pequeño. Allí está  el amor de Jesús, que era el amor de Dios y el milagro se produjo.
‘Mandó a la gente que se recostara en la hierba’, nos dice el evangelista y realizando un gesto que nos recordará al que más tarde realizará en la última cena, bendiciendo el pan, lo partió y lo repartió. Los discípulos se lo repartieron a la gente - vuelven a aparecer las mediaciones de las que Cristo quiere valerse - y todos comieron hasta quedarse satisfechos. Incluso sobró, ‘recogieron doce cestos llenos del pan que había sobrado’.
Allí está Jesús que nos alimenta. ‘Venid… comed sin pagar, vino y leche de balde’, había dicho el profeta. ‘Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos’. No es un alimento cualquiera el que Cristo nos ofrece, porque se nos está dando a si mismo, nos da su propia vida. El se ha hecho pan en la Eucaristía para que comamos su carne, para que nos alimentemos de El y tengamos vida eterna. Ya no es un pan cualquiera el que vamos a comer sino que es a Cristo mismo que se nos da.
Pero cuando Cristo así se nos da nos está diciendo mucho más. Es lo que hemos visto reflejado en este texto del evangelio, en este episodio de la multiplicación de los panes allá en el descampado. Recordemos sus distintos momentos. Está la inquietud de los discípulos; está el mandato de Jesús de que sean ellos los que les den de comer; está el gesto del desprendimiento de quien poco tiene pero lo comparte; está la comunión nueva que nace entre todos los que comieron aquel nuevo pan recostados allá en la hierba formando una nueva comunidad en torno a Cristo.
Todo esto nos está diciendo muchas cosas. Porque creemos en Jesús y entonces estamos llenándonos de su amor tiene que aparecer esa nueva inquietud en nuestro corazón no solo por lo que a nosotros nos pueda suceder, sino por lo que le pueda estar sucediendo a cuantos nos rodean. Pero la inquietud no es para ver, llorar y lamentarse, sino para poner manos a la obra.
No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Hay muchas urgencias en este mundo en el que vivimos que no nos pueden dejar tranquilos ni esperar a que otros den solución. Estamos hablando una y otra vez de la crisis que vivimos; nos quejamos de la falta de paz de nuestro mundo; constatamos cuanto sufrimiento hay en muchos corazones llenos de amargura. Es la realidad pero a la que tenemos que dar respuesta. Ya sea en los problemas grandes de nuestra sociedad, o en esos problemas que nos pueden parecen más pequeños o sencillos por la cercanía a nosotros, pero que son amarguras y tragedias en el corazón de tantos.
Siempre estamos pidiendo que hagan, que haya leyes que obliguen, que los otros comiencen a hacer y no sé cuantas cosas más. Pero, nosotros tenemos que poner nuestro pequeño pan de cebada si es solo eso lo que tenemos; pero tenemos que ponerlo. Nos puede parecer poco lo que nosotros podemos hacer y eso no se va notar. Estamos equivocados.
Es que el amor es multiplicador. El amor se contagia. La solidaridad despierta más solidaridad. No esperemos a los otros sino que comencemos nosotros. Comienza con el que está a tu lado con el que puedes compartir al menos una sonrisa que le alegre el día; comienza compartiendo eso que tu eres o tienes o simplemente dándole la mano para que pueda caminar.
Es la lección que les dio Jesús a sus discípulos más cercanos cuando les dijo que ellos les dieran de comer y es la lección que a nosotros también nos está dando. Encontrarnos con Cristo y escuchar su Palabra no nos puede dejar de cualquier manera. Y es que Jesús quiere valerse de nosotros para incendiar el mundo con su amor.
El encuentro con Jesús tiene que despertar lo mejor que pueda haber en nuestro corazón; el encuentro con Jesús al tiempo que nos llena de su paz, también nos siempre inquietud en el corazón; el encuentro con Jesús nos pone siempre en camino de algo nuevo, de un amor nuevo, de una actitud de servicio más comprometida; el encuentro con Jesús dinamiza nuestra vida para que sepamos encontrarnos de verdad con los otros hombres nuestros hermanos, sentándonos en la hierba con ellos para compartir sus inquietudes y sus dolores, sus esperanzas y también sus alegrías.
Cristo es nuestra fuerza. De El aprendemos, porque para eso contemplamos su vida y escuchamos su Palabra, pero de El nos alimentamos porque quiere darnos su vida misma. Nunca podremos salir de la Eucaristía sin que se haya caldeado de verdad nuestro corazón en su amor; siempre hemos de salir de la Eucaristía queriendo prender del fuego de ese amor con que hemos incendiado nuestro corazón a todo el mundo que nos rodea para hacerlo en verdad mejor. No olvidemos aquello que le hemos escuchado a Jesús ‘fuego he venido a traer a este mundo y lo que quiero es que arda’. 

sábado, 2 de agosto de 2014

La valentía y la fidelidad de los profetas como Jeremías o el Bautista un estímulo y ejemplo para la misión profética bautismal

La valentía y la fidelidad de los profetas como Jeremías o el Bautista un estímulo y ejemplo para la misión profética bautismal

Jer. 26, 11-16.24; Sal. 68; Mt. 14, 1-12
 ‘El Señor me envió a profetizar… las palabras que habéis oído… yo por mi parte estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca’. Así con valentía responde el profeta Jeremías a las acusaciones que le hacían en Jerusalén.
¿No es la misma la actitud de Juan Bautista, aunque no escuchemos sus palabras, al estar en manos de Herodes, que lo había mandado prender y meter en la cárcel y que terminaría decapitándolo desde las instigaciones de Herodías? Es la postura y la actitud de quien se sabe en las manos de Dios y quiere ser fiel hasta el final en la misión que se le ha encomendado; es la postura valiente de los profetas que han de anunciar con toda fidelidad la palabra de Dios.
Hemos venido escuchando estos días en la primera lectura al profeta Jeremías. Se siente seguro en su misión aunque sabe que sus palabras no gustan al pueblo ni a las autoridades, que quieren hacerlo callar. Pero es fiel a su misión y a través de toda su profecía vemos cuantas persecuciones tuvo que sufrir en las que atentaban contra su vida.
Hoy de manera especial en el evangelio hemos escuchado el relato del martirio del Bautista. Con un hermoso recurso nos introduce el evangelista el episodio, donde aparece reflejado cómo la conciencia de Herodes, a pesar de lo sanguinario que es, no está tranquila. Ha oído hablar de Jesús y piensa que si es Juan que ha vuelto a la vida, porque él lo había mandado matar. Ya sabemos por otros lugares del evangelio el interés que Herodes tenía por conocer a Jesús que finalmente seria llevado a su presencia en la pasión enviado por Pilatos, pero donde Jesús no quiso responder a nada de lo que le decía o pedía Herodes que pretendía tomarlo casi como un juguete para diversión de su corto. Pero Jesús no le respondió nada.
Hoy en el evangelio se nos reflejan las pasiones descontroladas de los hombres, pero que ante la denuncia profética, en este caso del Bautista, reaccionan tratando de acallar a quienes denuncian el pecado y la injusticia. El Bautista denunciaba que la vida que estaba llevando Herodes con la mujer de su hermano era inmoral y terminará en la cárcel; ante la sucesión de una serie de hechos que se desencadenan como en espiral, en medio de aquellos banquetes y orgías surge la petición por parte de la hija de Herodías de la cabeza de Juan. Herodes le había prometido que le daría cuanto le pidiese aunque fuera la mitad de su reino.  Surgen las cobardías y los temores humanos y se desencadena la injusticia de la muerte de un inocente, siendo Juan decapitado.  La voz del profeta pretendía ser acallada para siempre, pero vemos que la conciencia de Herodes no quedará por eso tranquila.
Muchas cosas nos pueden enseñar estos textos que hoy se nos han proclamado, tanto del profeta Jeremías, como el evangelio con el martirio del Bautista. Ahí está por una parte el testimonio valiente de los profetas en su fidelidad a su misión hasta el final, sea cual sea. Fieles en su misión de anunciar el bien y denunciar lo malo y lo injusto, no pueden callar ni nada los hará callar. Un estímulo para esa fidelidad que hemos de vivir nosotros como cristianos que también con Cristo hemos de ser profetas, pues para eso hemos sido ungidos, marcados por Cristo con el signo del crisma en nuestro Bautismo y en nuestra confirmación. Y nunca podemos conchabarnos con el mal y la injusticia, sino que con el testimonio de nuestra vida recta y también con nuestra palabra denunciar allí donde está ese mal.
Por otra parte nos puede ser una llamada de atención esa espiral del mal en que se ve envuelto Herodes para que estemos atentos en nuestra vida y no nos dejemos confundir ni arrastrar por las pasiones. Qué fácil es caer en las redes del mal y dejarnos arrastrar por la tentación. Y hemos de reconocer también que muchas veces cuando nos señalan esas cosas en las que podemos fallar, esos errores que podemos cometer, esas posturas y actitudes que pueden no ser buenas, no nos gusta, no nos agrada la corrección y, o nos hacemos oídos sordos a esa llamada de atención, o pretendemos de alguna manera acallar a quien trata de ayudarnos a corregir nuestras posturas o nuestros errores.

Cuánto nos cuesta aceptar la corrección fraterna. Qué espíritu de humildad necesitamos tener en nuestro corazón para aceptar lo que se nos señala o también para nosotros señalar lo que es malo para ayudar a los demás.

viernes, 1 de agosto de 2014

Admiración, sí, pero confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada

Admiración, sí, pero confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada

Jer. 26,1-9; Sal. 68; Mt.13, 54-58
Solo la admiración no es suficiente para una confesión de fe, aunque necesitamos saber admirarnos de las maravillas de Dios y así llegar a una confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada.
Es cierto que hemos de saber admirarnos ante las maravillas que podemos contemplar ante nosotros. Es necesario, sí, saber admirarnos de las maravillas que Dios realiza a favor nuestro. Es importante dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que se nos manifiesta en todo lo grandioso de la obra de su creación, cómo en esa cercanía que nos manifiesta en Jesús que camina a nuestro lado porque se hace hombre y uno como nosotros viviendo nuestra propia vida. Pero no nos podemos quedar ahí, hemos de saber dar un paso adelante en el camino de la fe para reconocer la grandeza del amor de Dios y saber acoger la salvación que El nos ofrece en Jesús. Y entonces expresar esa fe y celebrarla con toda intensidad.
Las gentes de Nazaret se admiraron ante las palabras de Jesús cuando va a la sinagoga el sábado hace la lectura de la Escritura y les enseña. Pero no pasaron de ahí, no llegaron a la fe. Comenzaron pronto sus pegas y su resistencia; era solo ‘el hijo de María’,  ‘el hijo del carpintero’, aquel cuyos familiares estaban allí entre ellos. ‘¿De donde saca esta sabiduría y estos milagros?’ Si nosotros desde chiquito lo conocemos, porque aquí siempre estuvo entre nosotros, poco menos que se decían. ‘Y desconfiaban de él’, dice el evangelista, que terminará recalcando ‘que no hizo allí Jesús muchos milagros, por su falta de fe’.
Se extrañaba Jesús de su falta de fe, porque desconfiaban de él. Quien no confía - desconfianza - es porque no cree. No habían llegado a descubrir que el hijo de María era el Hijo de Dios que venía a traerles la salvación. Como dirían en otra ocasión ‘si éste es el hijo de María y de José, ¿cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?... ¿cómo es posible que un hombre sepa tanto sin haber estudiado?’ Será algo que vemos que repite en diferentes momentos del Evangelio ante las enseñanzas y ante el actuar de Jesús.
Cuando hay fe las maravillas de Dios se multiplican, aunque sea en ocasiones desde gestos pequeños y sencillos. Cuando acuden a Jesús pidiendo milagros El les preguntará por su fe, o en otras ocasiones, les explicará que todo ha sucedido ‘conforme a su fe’, porque han creído. Ahora en Nazaret sin embargo le rechazan.
Pero siempre nosotros tenemos que hacernos la pregunta, y ¿cómo verá Jesús nuestra fe? ¿Sabremos maravillarnos ante las obras de Dios, pero sabremos dar el paso adelante para reconocer en verdad lo que es la acción de Dios en nuestra vida?
Las pegas que ponían las gentes de Nazaret y muchos de los judíos como hemos visto a lo largo del evangelio, era que para ellos Jesús era simplemente el hijo del carpintero y no veían nada más para admirar la obra de Dios en El. Nosotros quizá afirmamos muy bien todo lo que dice el Credo y somos capaces de decir todo muy hermoso acerca de Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías salvador y todo lo demás que podemos confesar con nuestra fe.
Pero nos puede suceder algo. Que nos acostumbremos a hacer esa confesión de fe y ya nuestro corazón no se admire de la obra de Dios; que podamos caer en rutina e incluso cuando venimos a nuestras celebraciones no le demos en verdad intensidad de vida a lo que es la celebración de nuestra  fe. Lo vemos todo tan normal porque cada día forma parte del rito de  la celebración, que no somos capaces de admirarnos del milagro grande y maravilloso de la Eucaristía que ante nosotros se realiza. Y cuando nos acostumbramos a las cosas les hacemos perder intensidad; cuando nos acostumbramos tenemos el peligro de la rutina que es camino de frialdad y es poner en peligro a la larga nuestra fe.
Pidámosle al Señor que no nos sucede algo de eso. Que vivamos intensamente la celebración de nuestra fe cantando las maravillas del Señor y así nuestra misma celebración sea una proclamación gozosa que hacemos frente al mundo que nos rodea.

jueves, 31 de julio de 2014

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero

Jer. 18,1-6; Sal.145; Mt. 13, 47-53
Era familiar la imagen de los pescadores, sentados a la orilla del lago de Tiberíades después de las faenas de la pesca con las redes repletas de pescados de todas clases que luego tendrían que seleccionar. Jesús aprovecha la imagen para indicarnos como todos estamos llamados, todos somos invitados a participar en su Reino, pero hemos de dar respuesta; pero no siempre nuestra respuesta es buena. Más que para que nos tomemos estas palabras para llenarnos de temor son una invitación al amor, al amor de nuestra respuesta, al amor con que hemos de responder en nuestra vida al amor que nos está manifestando el Señor.
Jesús les pregunta ‘¿entendéis  todo esto?’; los discípulos entusiasmados por lo que Jesús les va diciendo, por el camino que se abre ante sus vidas con la llegada del anuncio del evangelio dan una respuesta positiva. Bien sabemos que no siempre entienden, que hay momentos en los que les cuesta entender; ahora con las parábolas que les ha ido proponiendo Jesús, les parece que entienden mejor y de ahí la respuesta positiva que están dando a la pregunta de Jesús.
¿Nos hará también a nosotros esa misma pregunta? ¿entendéis todo esto? Claro que nos damos cuenta que este entender no se trata solo de un pensamiento racional, con la cabeza por así decirlo. La pregunta que el Señor nos estaría diciendo podría ser ¿seréis capaz de vivir todo esto? ¿seremos capaces de llevar a la vida todo este mensaje plantando de verdad en la tierra de vuestra vida la Palabra para dar fruto?
Nos puede, nos tiene que ayudar también a nuestra reflexión el mensaje que le hemos escuchado al profeta. Es también como una parábola, cuya imagen hemos tomado en la liturgia para nuestros cantos al Señor. Es la imagen del barro amasado en las manos del alfarero para hacer una vasija nueva en el gusto y en el estilo del Señor.
Nos podría hacer pensar mucho. Somos nosotros la hechura de Dios, aunque algunas veces nos queremos nosotros hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza. Es precisamente el camino por donde van los que no creen o no quieren creer en Dios, pues dicen que Dios es ‘algo’ que nosotros los hombres nos hemos imaginado a nuestra manera para satisfacer deseos nuestros o darle respuesta a lo que por nosotros mismos no sabemos dar respuesta.
Es cierto que si observamos toda la mitología de los pueblos antiguos, y si queremos pensar también en los ídolos o falsos dioses que nos creamos los hombres de todos los tiempos, esa podría ser la imagen que se diera. Se crean muchos dioses que vienen como a justificar las pasiones y hasta los desordenes que los hombres nos creamos en nuestra vida, y lo mismo que hay el dios del amor lo hay de la guerra, el dios del viento y de la tempestad como el dios del sol o del mar, por citar algunos.
El misterio de Dios es algo mucho más profundo y más hermoso, porque no somos nosotros los que nos creamos los dioses sino que es Dios el que se nos revela y nos da a conocer el misterio de su ser; no creamos nosotros a Dios, sino que Dios es nuestro Creador y nosotros somos sus criaturas. Dios no es un ser extraño al hombre que alojamos allá en la inmensidad del firmamento, sino que es Dios de amor que se nos hará presente en nuestra vida y en nuestro corazón, en nuestra historia y allí donde nosotros estamos y vivimos para traernos su salvación y llenarnos de su gracia.
Ahí tenemos, entonces, esa hermosa imagen que nos ofrece el profeta cuando nos dice que nosotros somos ese barro en las manos del alfarero, como luego cantamos también en nuestros cantos litúrgicos, para dejarnos moldear por las manos de Dios en el infinito amor que Dios le tiene al hombre.
‘Como está el barro en las manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’, termina diciéndonos el Señor por medio del profeta. Barro queremos ser en las manos del Señor para dejarnos hacer y transformar por su gracia. No significa eso que Dios nos quite la libertad o nosotros renunciemos a ella, sino que queremos así ponernos en las manos de Dios; cuando  nos dejamos guiar por el Señor, moldear por sus manos y por su gracia, podremos en verdad transformar nuestra vida para quitar de ella toda maldad. Cristo ha venido a dar su vida por nosotros para arrancarnos del pecado, pero somos nosotros, como decíamos antes, los que tenemos que dar respuesta a esa oferta de gracia que nos hace el Señor.

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero; toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.

miércoles, 30 de julio de 2014

Estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado

Estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado

Jer. 15, 10.16-21; Sal.58; Mt. 13, 44-46
Volvemos a encontrarnos con las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa. Al estar escuchando en el ciclo A los domingos el evangelio de san Mateo, nos hace esta coincidencia con las lecturas en medio de la semana en las que en estos días escuchamos también el Evangelio de San Mateo; por ello hemos escuchado y meditado hace pocos días estas mismas parábolas.
Nos habla de un tesoro que alguien se encuentra, por así decir, de improviso en el campo; o de la perla preciosa y de gran valor que también en un momento determinado casi sin buscarla la encuentra un comerciante que se dedica a esos negocios. Harán todo lo posible por conseguir tanto fuera el tesoro escondido o la perla preciosa y de gran valor.
Podía hablarnos así de entrada de lo que es la gratuidad del Reino de Dios o de la fe. Es un don de Dios; gracia, decimos, lo que significa gratuito. Así es el amor del Señor. El nos amó primero y es El quien nos regala su vida, quien además cuando nosotros no habíamos obrado bien sigue buscándonos y ofreciéndonos su gracia, ofreciéndonos su perdón. Creo que podría ser un primer aspecto que tendríamos que destacar y que nos ha de mover a ser agradecidos con el Señor por todo el regalo de su amor.
Pero hemos de estar atentos a esa gracia del Señor, llamadas de amor que el Señor continuamente nos está haciendo. Es el corazón humilde del que busca y además se deja guiar. Nunca el orgullo ni la autosuficiencia fueron buenos para encontrar a Dios. Aquellos hombres de los que nos hablan las parábolas, tanto el que encontró el tesoro en el campo como el comerciante, estaban atentos a cuanto pudieran encontrar. Muchos pasaron quizá por aquel campo y no vieron el tesoro; muchos quizá tuvieron aquella piedra preciosa en sus manos y no supieron discernir su valor. Hay que aprender a descubrir ese tesoro. Hay que tener sensibilidad para descubrir y discernir las cosas de Dios.
Cuántas veces nos sucede en la vida que pasamos al lado de algo valioso, o al lado de alguien de quien pudiéramos recibir algo, aprender algo que fuera beneficioso para nosotros y no nos damos cuenta; vamos entretenidos en nuestras cosas que nuestros ojos pudieran ver, pero no ven. Cuantas señales de su amor va poniendo Dios junto a nosotros y no las vemos porque nuestros ojos están cegados, porque no sabemos discernir los signos y señales que Dios pone a nuestro paso. Es la atención y la búsqueda, pero son también los ojos limpios para ver, los ojos que no se dejan cegar, el corazón que sabe discernir lo que sucede y sabe entrar en sintonía con lo que es el amor de Dios.
Una vez encontrado tenemos que saberlo valorar. Los hombres de las parábolas vendieron cuanto tenían porque querían tener aquel tesoro o aquella perla preciosa. Nada tenía ya valor para ellos sino ese tesoro que habían encontrado por el que merecía la pena desprenderse de cuanto hasta entonces tenían. ¿Seremos capaces de actuar así en lo que se refiere a nuestra fe? ¿será en verdad importante la vida eterna que Jesús nos ofrece? ¿será para nosotros importante nuestra fe? ¿consideraremos seriamente que el Evangelio de Jesús es el verdadero tesoro de nuestra vida?
Pidámosle al Señor que nos dé ojos de fe para saber descubrir lo que es el verdadero sentido de nuestra vida. Que sepamos estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado. Es un don de Dios, pero un don de Dios que luego nosotros hemos de cultivar; como la semilla que cae en tierra pero que luego hemos de cultivar, como la viña que tenemos que atender en los múltiples trabajos que hay que realizar para que al final pueda dar fruto y tengamos buena cosecha. Tenemos que cultivar esa fe, rumiándola y madurándola, buscándola ansiosos, pero cuidándola luego para que no la perdamos y alimentándola para que llegue a dar fruto en nuestra vida.

Que el Señor nos ayude para que sepamos valorar ese tesoro de gracia que cada día nos regala.

martes, 29 de julio de 2014

Haciéndole sitio a Dios en nuestra vida, le haremos sitio a los hermanos

Haciéndole sitio a Dios en nuestra vida, le haremos sitio a los hermanos

Hebreos, 13, 1-3. 14-16; Sal. 33; Lc. 10, 38-42
Quien no tiene sitio para Dios en su vida, tampoco tendrá sitio para los demás en su corazón. Con este pensamiento quiero comenzar mi reflexión en esta fiesta de santa Marta que hoy estamos celebrando y aquí con especial gozo y solemnidad. Podría ser un resumen del mensaje que hoy recibiéramos y hasta convertirse casi en algo así como un lema para el desarrollo de nuestra entrega y nuestra vida cristiana, un lema de espiritualidad.
Como bien sabemos todos las Hermanitas sienten un especial patronazgo y protección en Santa Marta, porque en aquel hogar de Betania que Jesús tantas veces visitara, como se puede desprender fácilmente del Evangelio y donde Jesús prodigara su amistad y sus gracias especiales, al tiempo que también se sentía acogido, encuentran un modelo para los hogares de los Ancianos y en especial en santa Marta y su admirable espíritu de servicio un estímulo para sus vidas entregadas por los demás, desde el amor de Dios.
Eran los amigos de Jesús. Como tantas veces hemos comentado, quizá por su situación en el camino que sube de Jericó a Jerusalén y que era el habitual que hacían los galileos que bajaban por el valle del Jordán en su subida a la ciudad santa y que podría servir de descanso haciendo un alto en el larga y fatigoso camino, o también por otras relaciones que habrían surgido desde su apertura a la predicación de Jesús y la conversión de sus corazones al Reino de Dios por Jesús anunciado, hoy contemplamos en el evangelio esa escena donde Jesús y sus discípulos son acogidos con tanto cariño en aquel hogar de Betania. Bien sabemos que cuando Lázaro enfermó y Jesús está lejos en la otra Betania quizá, más allá del Jordán, el aviso que le hace Marta a Jesús es decirle que aquel a quien ama, su amigo, está enfermo.
Siempre pensamos en Betania como en un remanso de paz, un lugar cálido de acogida donde se abren los corazones a la hospitalidad, al servicio y al amor, donde se siente el gozo de la amistad. Siempre nos es fácil imaginar Betania en ese sentido, precisamente desde este pasaje del Evangelio hoy escuchado. Allí están los corazones abiertos para la acogida, para el servicio, para la hospitalidad, para el compartir la amistad. Casi podríamos sentir una sana envidia de aquel hogar y aquella familia que sabían abrir así sus puertas a la llegada de Jesús a sus vidas.
Una imagen de nuestros hogares. Marta que se afana por tener todo preparado es el signo de la madre que siempre está pendiente de lo que pueda faltar en el hogar, en la familia, en los hijos. A María,por su parte, siempre la vemos en esa  actitud casi contemplativa de la escucha, de la apertura del corazón para saber sentir la presencia de una manera especial, de la escucha para prestar atención y no perderse ni una palabra que llenara sus corazones de paz.
Pero no podemos contraponer a Marta y María sino que juntas vienen a enseñarnos cómo nuestro corazón siempre ha de estar dispuesto para la acogida, para la escucha, para el servicio. Aunque las palabras de Marta pareciera que recriminaran la actitud de María, o las palabras de Jesús pareciera que dieran prevalencia a la actitud de escucha de María, no podemos hacer divisiones ni partes estancas, como si cada una fuera por su lado.
Marta en sus afanes también era una mujer atenta a Jesús y a cuanto decía, tenía también una finura en el alma, para entrar en la sintonía de Jesús aunque al tiempo corriera de un lado para otro en su servicio; la veremos luego que será la que acuda a Jesús en la enfermedad de su hermano poniendo toda su confianza en El, la que le salga al encuentro y la que termine haciendo una hermosa confesión de fe, en la resurrección y en la vida, en Cristo y en su salvación; confesión que solo podría salir desde un corazón muy abierto a Dios y que había sabido también plantar en él su Palabra.
Porque su corazón estaba abierto a Dios era capaz de prestar aquel servicio; acogía a Jesús y sus discípulos porque acogía a Dios en su corazón; tenía sitio para Dios en su corazón y entonces siempre habría sitio para cuantos pasaran a su lado en el camino de su vida, en esa virtud tan hermosa de la hospitalidad que contemplamos resplandecer en aquel hogar de Betania. Es como decíamos al principio la gran lección que hoy podemos aprender en esta fiesta de Santa Marta.
Y es que algunas veces andamos como confundidos o divididos en nuestro interior contraponiendo cosas que no tendríamos nunca que contraponer. Desde una buena voluntad e incluso desde un celo misionero, apostólico o de servicio a los demás, vemos cuanto hay que hacer en nuestro entorno; contemplamos sufrimientos en los que quisiéramos ser consuelo, necesidades y carencias ante las que sentimos el ardor y la urgencia de buscar un remedio o una solución, un mundo de violencias e injusticias ante el que nos rebelamos porque quisiéramos que las cosas fueran de otra manera, tantos problemas que agobian a quienes están a nuestro alrededor y que nos pueden contagiar también con esos agobios y hacernos perder la paz, quisiéramos estar en todo y en todos los sitios para ayudar, para hacer el bien y nos parece que el tiempo no nos da para todo lo que tendríamos o quisiéramos hacer.
Pero nosotros decimos que nuestra fuerza está en el Señor. Que es cierto que son muchos los problemas a resolver y que no nos da el tiempo para comprometernos a todo, pero a nosotros no nos puede faltar el tiempo para Dios. No podemos contentarnos con decir que ya todo ese trabajo es oración y que lo que nos pide Dios es que trabajemos y nos comprometamos por los demás y el tiempo para rezar lo dejamos para otro momento. Para que lleguemos a hacer de verdad que todo ese trabajo que realicemos sea en verdad oración, porque sea una respuesta que demos a lo que nos habla o nos dice el Señor, antes tenemos que pararnos a escuchar a Dios, a estar con Dios.
Sí, hemos de tener nuestro tiempo para Dios, para que luego en verdad podamos tener nuestro tiempo para los demás. Hemos de saber abrir las puertas de nuestro corazón a Dios para que venga y esté con nosotros y en nosotros - es lo que contemplamos hoy en Betania - para que luego de verdad podamos abrir las puertas de nuestro corazón a nuestros hermanos y ellos también estén en nuestro corazón. Ya hemos dicho en otra ocasión que amar al hermano es ponerlo en nuestro corazón. Pero podremos ponerlo de verdad en nuestro corazón, cuando hayamos puesto a Dios en él.
Es que además tenemos otros peligros si nos falta esa presencia y esa sintonía de Dios en nuestro corazón. Tenemos el peligro de que nuestra mirada se enturbie y en lugar de mirar al otro con verdadera amor, comencemos por ver negruras en el alma de los otros y es el principio de irlos quitando de nuestro corazón y ya nuestro amor no sea tan universal, tan generoso, tan desinteresado, tan inmenso como tiene que ser el amor cristiano.
Y está el peligro también de nuestros cansancios, de nuestras desilusiones ante los fracasos que podamos cosechar, las rutinas que se nos pueden meter en el alma que harán que se nos enfrié el amor, la entrega, la generosidad. Pero si hemos puesto de verdad a Dios en nuestro corazón tenemos asegura la presencia y la fuerza de su Espíritu que estará siempre caldeando nuestro corazón.
Hagamos de nuestro corazón una nueva Betania para todo aquel que se pueda acercar a nosotros, porque en verdad le hayamos abierto las puertas a Dios en nuestra vida. Y abrir las puertas a Dios en nuestra vida es saber tener tiempo para orar, para escuchar su Palabra, para celebrar y alimentar nuestra fe. Será algo que nunca tendrá que faltar en nuestra vida. Sin ello nuestra vida carecería de profundidad y perdería también el sentido de trascendencia que queremos darle a todo nuestro amor y a todo lo que hacemos.
Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados siempre lo han entendido muy bien y es el motor fuente de su espiritualidad y de su servicio. Si podemos ver en ellas esos corazones siempre abiertos al amor y al servicio, que se desviven en atenciones por los ancianos y nunca le cierran la puerta a nadie mientras haya un lugar donde poder atenderle, es porque ellas cada día tienen mucho tiempo para Dios. Y como tienen mucho tiempo para Dios, siempre tendrán mucho tiempo para el servicio, para la atención de los ancianos acogidos en sus hogares, pero también para cuantos nos acercamos a su alrededor donde siempre encontraremos su cariño, su acogida, su tiempo para escucharnos o para decirnos también una palabra de ánimo y de consuelo. Por eso celebran ellas con tanto entusiasmo y devoción esta fiesta de santa Marta porque en aquel hogar de Betania tienen un modelo y una referencia para su vida y para su espiritualidad.

Que Santa Marta interceda por nosotros para que llevemos de verdad a la vida este mensaje. Que Santa Marta proteja a las Hermanitas y a sus Hogares para que puedan ser siempre fieles a su vocación de servicio con la ayuda y la gracia del Señor.

lunes, 28 de julio de 2014

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Jer. 13, 1-11; Sal.: Deut. 32, 18-21; Mt. 13, 31-35
Un corazón humilde, un corazón que se hace pequeño y sencillo, será un corazón que pueda llenarse de amor, porque se olvidará de sí mismo para estar siempre abierto a que los demás se puedan acoger en él. Así quiero resumir el mensaje que hoy podemos encontrar en las parábolas que nos propone Jesús en el evangelio.
Las hemos escuchado y meditado recientemente, pero como tantas veces hemos dicho, la riqueza  de la Palabra de Dios es tan grande que siempre que nos acercamos a ella, con verdadera humildad y con deseos de dejarnos iluminar vamos a encontrar un mensaje de vida y de luz que llene las ansias más profundas de nuestra vida.
Nos habla la parábola de la pequeña semilla de la mostaza y del puñado de levadura echado a la masa. Cosas pequeñas y aparentemente insignificantes pero de gran significado como tantas veces hemos meditado. Yo me preguntaría de entrada ¿llegaré a ser en verdad semilla mostaza? ¿en qué medida soy levadura de Dios en medio del mundo que me rodea?
Fijémonos en la parábola de la semilla de la mostaza; pequeña e insignificante pero que hará brotar una planta, como nos explica Jesús en la parábola, que se hará la más grande en medio de las demás hortalizas, de manera que bajo sus ramas llegan a acogerse los pajarillos que anidan en sus ramas.
¿Qué nos puede enseñar? Cuando sabemos ser humildes y sencillos, como decíamos al principio, vamos a tener un corazón capaz de acoger a cuantos nos rodean, pero será un corazón, como decíamos, muy dispuesto para el amor. Y ¿qué es amar al otro? Dejar que se introduzca en nuestro corazón. Cuando decimos que amamos a los demás estaríamos diciendo que vamos poniendo a esas personas en nuestro corazón;  y todo el que se siente amado se siente acogido.
¡Qué a gusto nos sentimos al lado de las personas humildes y sencillas! No encontraremos nunca en ellas ningún signo de superioridad, la vanidad estará lejos de sus vidas, no habrá nunca desplantes ni acritud ni en sus actitudes ni en sus palabras, todo lo que realicen en el trato con nosotros estará lleno de delicadeza y cariño, siempre tendrán para nosotros una palabra amable, nos sentiremos en verdad bien acogidos, nos sentiremos contagiados de su dicha y de la alegría que siempre llevan en el corazón. Como la planta de la mostaza, nacida de una pequeña semilla pero que permitirá que incluso los pajarillos aniden bajo sus ramas.
¿Entendemos ahora la pregunta que nos hacíamos cuando comenzamos a reflexionar sobre la parábola? ¿Seremos en verdad esa semilla de la mostaza o esa planta que sea capaz de acoger siempre a los demás? ¡Qué distintas y qué hermosas por humanas serían nuestras relaciones mutuas! ¡Qué agradable se convertiría nuestra convivencia de cada día!
En un mismo sentido podríamos reflexionar sobre la otra parábola, la de la levadura.  La levadura se mezcla y se hace una con la masa, se amasa para hacerla fermentar. Es lo que es capaz de hacer posible el amor, cuando hay amor verdadero, en nuestras relaciones con los demás. Es el amor el que va a transformar nuestro mundo, transformando antes nuestros corazones. No será sólo a partir de normas o leyes como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor, si nosotros no estamos dispuestos a dejar transformar nuestros corazones. Pongamos esa levadura del amor en nuestra vida, en lo que hacemos, en nuestras relaciones con los demás, en nuestro trato con los otros.

Es la levadura que nos hará amables y generosos, quitará acritud y violencia en nuestro trato, nos dará capacidad para aceptarnos y al mismo tiempo fuerza para arrancar de nosotros actitudes orgullosas que tanto daño harían a los demás. El amor desterrará de nosotros todo lo que sea vanidad, porque actuará de forma callada como sin apenas dejarse notar la levadura se mezcla con la masa para fermentarla. Así iremos fermentando nuestro mundo para hacerlo un mundo lleno de amor donde brillará para siempre la paz y la armonía.

domingo, 27 de julio de 2014

Que Dios nos dé sabiduría para que al encontrarnos con el tesoro del evangelio lo vendamos todo por alcanzar el Reino de Dios

Que Dios nos dé sabiduría para que al encontrarnos con el tesoro del evangelio lo vendamos todo por alcanzar el Reino de Dios

1Reyes, 3, 5. 7-12; Sal. 118; Rm. 8,28-30; Mt. 13, 44-52
Seguimos escuchando parábolas de Jesús. Es importante el mensaje que Jesús nos va dejando con sus parábolas. Nos van ayudando a comprender bien el verdadero sentido del Reino que nos anuncia y qué es lo que verdaderamente tenemos que buscar, qué es lo importante porque sería lo que nos daría verdadera plenitud humana, cuáles han de ser los verdaderos intereses de nuestra vida por los que en verdad merece la pena luchar, cueste lo que nos cueste, si en verdad queremos vivir el Reino de Dios.
Os confieso que reflexionando con toda sinceridad en lo que hoy hemos escuchado y con lo que hemos orado tendríamos que preguntarnos si oramos con sinceridad o solamente repetimos unas palabras, si escuchamos con corazón bien abierto o simplemente nos contentamos con oír unas palabras de unas lecturas que toca hacer, y todo se queda ahí.
Salomón tiene la oportunidad de pedirle a Dios lo que sea. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor. ¿Y qué pide Salomón? ¿riquezas? Pide sabiduría para poder gobernar rectamente a su pueblo. ‘Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien… discernimiento para escuchar y gobernar’. Y el Señor le dará ‘un corazón sabio e inteligente’, nos dice el texto sagrado.
Y nosotros hemos orado a continuación con el salmo expresando cómo estimamos más ‘los preceptos salidos de la boca de Dios, que miles de monedas de oro y plata… yo amo tus mandatos más que el oro purísimo’. ¿Hemos orado estas cosas y nosotros al mismo tiempo pidiendo sacarnos la lotería o el cupón de la Once, y cuanto mejor el extraordinario, porque así lo tendríamos todo resuelto? Podéis pensar que estoy reflexionando con mucha radicalidad, pero es que me quiero preguntar si en verdad somos sinceros en nuestro corazón, y hay de verdad convergencia entre lo que expresamos, por ejemplo, en la oración litúrgica, y lo que son de verdad nuestros intereses y deseos. Me lo pregunto yo a mi mismo, el primero.
En este sentido de querer enfrentarnos con sinceridad a lo que nos dice el Señor en su Palabra tendríamos que referirnos a lo que se nos manifiesta con las parábolas de hoy y las interpretaciones que nos podemos hacer. Claro, como se habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas de gran valor, podemos quedarnos en lo que llamaríamos la anécdota de encontrar riquezas sin fijarnos de verdad en lo que quiere decirnos el Señor.
Habla, es cierto, de un tesoro escondido que alguien encuentra, por el que será capaz de vender todo lo que tiene para adquirir aquel campo y poder quedarse con el tesoro; y nos habla en el mismo sentido de la perla fina y preciosa de gran valor, que para poderla obtener será capaz de vender todo lo que tiene. Pero, ¿qué nos quiere decir? ¿se trata de hacer negocios para obtener riquezas o ganancias extraordinarias o qué nos querrá decir? ¿qué significa ese tesoro o esa perla preciosa? ¿cuál es ese tesoro del que nos está hablando Jesús?
Creo que todos nos damos cuenta fácilmente, si nos paramos a pensar un poco, que no nos está hablando aquí Jesús de cosas materiales. En principio fijémonos que al enunciar la parábola nos dice ‘el Reino de los cielos se parece…’ y así nos dice en las tres parábolas. O sea que Jesús al hablarnos del Reino de los cielos, del que ya desde el principio nos había dicho que habíamos de convertirnos para creer en él, nos está diciendo todo lo que ha de significar en nuestra vida el llegar a comprender lo que es el Reino de Dios para vivir en ese Reino. Habría que venderlo todo.
Vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia y para lo que El ha venido a traernos la salvación nos está exigiendo una transformación total de nuestra vida, de manera que aquellas cosas que hasta ahora considerábamos importantes porque por nosotros mismos nos parecía que debían ser así, o porque simplemente es el estilo del mundo, el estilo de cuantos están a nuestro alrededor, habríamos de dejarlas radicalmente atrás para comenzar a vivir eso nuevo que Jesús nos está ofreciendo. Vender todo, desprenderse de todo, para poder alcanzar eso nuevo que hemos encontrado, eso nuevo que se nos ofrece en el Evangelio de Jesús.
Esto no es fácil de hacer ni de vivir, es cierto. Primero que nada porque hay que descubrirlo.  Es Evangelio es algo nuevo y distinto que tenemos que descubrir. Nos hemos acostumbrado al evangelio y al final lo hemos devaluado; ya no le damos importancia; ya nos da vivirlo de la forma que sea, pero a mi que no me toquen mis costumbres, mi manera de hacer las cosas. Eso significará que aun no lo hemos descubierto de verdad; no nos hemos dejado conducir por el Espíritu del Señor, no ha impactado de verdad en nosotros, porque siempre queremos permanecer con nuestros criterios, con nuestras maneras de hacer o de pensar de siempre.
Algunos incluso se quejarán, porque nos están cambiando las cosas, nos dicen. Pero es que hemos entrado en una rutina muy peligrosa porque entrar en rutina es como poner una coraza a nuestro alrededor que nos impedirá escuchar de verdad en el corazón, y entonces la palabra del Señor nos resbala por fuera. En los domingos pasados se nos hablaba de la tierra reseca o endurecida, o la llena de abrojos o de piedras, que haría que no termináramos de dar fruto; pues seguimos con tantos abrojos, malas hierbas, o callos en el corazón.
Si en verdad nos dejáramos impresionar por la Palabra de Jesús, por el Evangelio, ¿sería posible que siguiéramos con nuestros egoísmos y cerrazones, con nuestra insolidaridad o violencia, con nuestros odios o con nuestros orgullos, con nuestras falsedades e hipocresías, con nuestras ambiciones de todo tipo o con nuestra avaricia, por mencionar algunas cosas que desgraciadamente seguimos viendo tan palpables en tantos que nos llamamos cristianos y hasta venimos a misa, pero luego actuamos de esa forma con el corazón tan lleno de maldad?
Si de verdad nos encontráramos con ese tesoro del evangelio ya habríamos vendido todas esas actitudes no buenas que llenan nuestro corazón y no dejan paso a que sea Dios el que reine de verdad en nuestra vida.
Por eso comentaba ya desde el principio, y eso primero que a nadie me lo digo a mi mismo, que es necesario que con toda sinceridad nos pongamos ante la Palabra de Dios y lo que pedimos en nuestra oración sea en verdad con congruencia entre lo que es de verdad nuestra y lo que es nuestra vida.
También nos habla Jesús en la otra parábola de la red arrojada al mar y que recoge toda clase de peces, buenos y malos, pero que luego habrá que ponerse a separar unos de otros. En el mar de la vida habemos buenos y malos ¿en qué parte estaríamos nosotros? No nos es fácil responder si lo queremos hacer con toda sinceridad, porque en nuestro corazón se nos entremezclan muchas cosas.
Con la luz de la Palabra del Señor tenemos que enfrentarnos de verdad a lo que es nuestra vida para separar y arrancar de nosotros todo lo que sea un contrasigno a la fe que profesamos; aquí se trata de transformar en verdad nuestro corazón, purificando, limpiando, arranco de nosotros todos los malos sentimientos o las malas pasiones que nos puedan dominar y hacernos caminar no por caminos buenos, sino por los caminos del mal.

Podemos escuchar que el Señor también nos dice a nosotros, como le decía a Salomón, ‘pídeme lo que quieras’.   Que el Señor nos dé esa sabiduría, esa capacidad de discernimiento, esa valentía del corazón, para separar lo malo de lo bueno para que obremos siempre con rectitud, para que sea en verdad el amor el que fundamente nuestra vida, para que con la gracia del Señor resplandezcamos en santidad, porque al encontrarnos con el tesoro del Evangelio de verdad lo hemos vendido todo,  nos hemos despojado de todo eso que es como un rémora, para seguir los caminos del Reino de Dios. Recordemos,  como antes decíamos, que para aceptar, creer y vivir el Reino de Dios, ya desde el principio Jesús nos pedía conversión. Que no nos falte esa sabiduría de Dios.