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jueves, 12 de abril de 2012


Sorpresa, miedo, dudas, alegría se suceden ante la presencia de Cristo resucitado

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Jn. 24, 35-48
Sorpresa y hasta en cierto modo miedo, dudas y preguntas en el corazón, alegría que en cierto modo les deja paralizados, y finalmente un gozo grande en el alma porque están sintiendo y viviendo algo nuevo, son los sentimientos que se van sucediendo en los apóstoles en el relato del evangelio que hoy hemos escuchado, que nos habla una vez más de Cristo resucitado que se manifiesta en medio de los discípulos.
Alguien extraño o ajeno a lo que nosotros estamos viviendo y celebrando en estos días de pascua, le podría parecer repetitivo que una y otra vez hablemos, cantemos y celebremos a Cristo resucitado. Lo malo sería también que, incluso entre cristianos y cristianos que se dicen que tienen fe y son religiosos, tengan sentimientos o actitudes semejantes de cansancio ante la celebración que queremos vivir.
Pero es que si consideramos bien todo lo que significa el que Cristo haya resucitado aún nos quedamos cortos en nuestra celebración y en nuestra vivencia. Por eso, como hemos dicho muchas veces, tenemos que despertar nuestra fe de esa modorra rutinaria en la que muchas veces tenemos la tentación de caer y con entusiasmo sigamos viviendo y celebrando nuestra fe en Cristo resucitado.
Es el gran anuncio que tenemos que seguir haciendo en nuestro mundo, porque es lo más grande que nos haya sucedido y ahí encontramos todo el sentido y valor para nuestra vida, y ahí encontramos también toda la fuerza que necesitamos para ese compromiso cristiano en nuestra vida. Que no nos cansemos nunca de proclamar con entusiasmo y valentía nuestra fe.  
El texto que escuchamos hoy en el evangelio es continuación literal y en el tiempo del que escuchamos ayer. Aún estaban comentando los discípulos que habían vuelto de Emaús todo  lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan, cuando ‘se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’.
Ya decíamos al principio de nuestro comentario los distintos sentimientos que se van sucediendo. ‘Llenos de miedo por la sorpresa, nos dice el evangelista, creían ver un fantasma’. Tendrá que convencerles Jesús. ‘¿Por qué os alarmáis?’ Les muestra las manos y los pies. Allí están las señales de su pasión y crucifixión. En el evangelio de Juan cuando se nos narra esta aparición falta uno de los discípulos que poco menos que luego exigirá meter sus dedos en las llagas de las manos y su mano en la llaga del costado. Ya lo escucharemos en otra ocasión. Ahora Jesús incluso les pedirá algo de comer. ‘Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado y El lo tomó y comió delante de ellos’, nos dice el evangelista con todo detalle.
Les explicará, como ya lo hizo con los discípulos del camino de Emaús, que todo estaba anunciado en la Escritura. Les abrirá el entendimiento para que entiendan, pero explica con todo detalla. ‘Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
De nuevo la misión que nos confía. No podemos callar. Somos testigos que tenemos que anunciar la fe que vivimos y que nos trae la salvación para que la salvación llegue a todos. Es nuestro compromiso. No nos podemos quedar paralizados ante todo lo que estamos viviendo, sino todo lo contrario. Ya le escucharemos el envío que hará para que vayamos a todas partes, a todo el mundo a anunciar el evangelio.
No nos podemos callar y no podemos dejar de vivirlo con toda intensidad. Es que desde Cristo resucitado nos sentimos transformados, nos sentimos hombres nuevos llenos de la gracia que Cristo nos ha regalado. Y el entusiasmo y la alegría de la fe tenemos que manifestarlo para que el mundo crea. 

miércoles, 11 de abril de 2012


Sentemos a Jesús en la mesa de nuestro corazón desde la acogida y el amor

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
‘Dos discípulos iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Cuando nos llenamos de dudas por dentro y de desconfianza qué oscuridad se nos pone en los ojos que hasta nos impide ver y comprender lo más conocido. No estaban muy seguros en lo que habían de creer. La muerte de Jesús había sido algo muy duro de asimilar. Costaba entender y aceptar las palabras de Jesús. Aunque venga alguien que nos trate de ayudar y nos ilumine con respuestas, seguimos en la duda y la desconfianza y no terminamos de creer por mucho que les digan.
Algo así les pasaba a aquellos dos discípulos que desalentados marchaban a Emaús. No les servía que las mujeres hubieran ido al sepulcro y lo encontraran vacío y vinieron diciendoles que unos ángeles les habian anunciado que Jesús había resucitado. ‘Nosotros esperábamos que el fuera el futuro libertador de Israel’, comentan, pero como si ya se les hubieran agotado todas las esperanzas. Esperábamos, dicen, pero parece que ya no esperan.
Y Jesús estaba con ellos. Y les explicaba todo lo que había sucedido porque así estaba anunciado en las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. Allí estaban corroborando todo lo sucedido la ley y los profetas, los dos pilares de la fe judía. Y seguían con los ojos cerrados para reconocerle. Aunque luego reconozcan que el corazón comenzaba a ardeles por dentro seguían con las esperanzas perdidas y la fe bien lejos de sus corazones.
Les sirvió que de lo que habían aprendido del Maestro quedaban las buenas costumbres de la hospitalidad. No querían que siguiera adelante porque comenzaba a anochecer y los caminos no eran seguros. ‘Le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’.
Sería cuando se sentó a la mesa y partió el pan… entonces ‘se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Correrían de nuevo a Jerusalén aunque ahora no importaba que fuera tarde y el camino se hiciese en la noche. Ellos llevaban ya luz suficiente en sus corazones. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ En Jerusalén ya contaban lo mismo porque Jesús se había aparecido ya a Simón. ‘Ellos contaron lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
El Señor está haciendo el camino también a nuestro lado y muchas veces no lo reconocemos. Serán las dudas y las desconfianzas que se nos meten por dentro, o será en ocasiones que nos cerramos al amor y a la gracia. De tantas maneras el Señor nos va hablando una y otra vez. Su Palabra es proclamada continuamente a nuestro lado y son muchas las señales que el Señor va dejando de su presencia a nuestro lado.
Pero tenemos cerrados los ojos. Estamos entretenidos en nuestras cosas. Pareciera que hubiera cosas más importantes para nosotros que Jesús y su Palabra. Nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestros prejuicios contra los otros, de esos orgullos que se nos meten por dentro, superar esas pasiones que nos dominan, poner voluntad para arrancarnos de nuestro pecado, y no dejamos sitio en nuestro corazón para el Señor.
Abramos las puertas de nuestro corazón. Comencemos a iluminarlo poniendo un poquito de más amor en lo que hacemos o en nuestro trato y relación con los demás. Abramos las puertas de la hospitalidad sabiendo acoger con sencillez, con humildad y con amor a los que pasan a nuestro lado. Cuando sepamos escuchar al otro, ser comprensivo con él, poniendo amabilidad en nuestra vida estaremos sentando a Jesús en la mesa de nuestro corazón.
Ojalá sepamos reconocerle. El está ahora mismo dispuesto a explicarnos las Escrituras y a partir el pan para nosotros. Ahora mismo se nos está dando en la Eucaristía.

martes, 10 de abril de 2012


Un anuncio que nos convoca e invita a la fe y que hace crecer a la Iglesia

Hechos, 2, 36-41; Sal. 32; Jn. 20, 11-18
‘Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’. Es el anuncio de Pedro en la mañana de Pentecostés. Es el anuncio que escuchamos nosotros gozosos mientras seguimos celebrando la resurrección del Señor, mientras seguimos celebrando la Pascua, pero que es el eje y centro de nuestra fe y de toda nuestra vida cristiana.
Es el anuncio que nos convoca, que nos invita a la conversión constante al Señor y que hace crecer la Iglesia. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?’ Yo sinceramente me pregunto qué fuerza tenía la Palabra de Dios que anunciaba Pedro para que la gente se sintiera así inmediatamente impulsada a hacer lo que fuera para confesar aquella fe. Es por supuesto la fuerza de la propia Palabra del Señor. Pero, pienso, que tiene que ser también el convencimiento, la firmeza, la alegría y el entusiasmo con que Pedro proclamaba aquella palabra. Lo cual, confieso, me interpela a mí mismo el primero sobre la fuerza de convicción que ha de tener el anuncio que yo también tengo que hacer con la gracia del Señor.
La respuesta de Pedro es clara: ‘Convertios y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibiréis el Espíritu Santo’. Creer en el Señor Jesús, muerto y resucitado y volver nuestra vida totalmente a El. Proclamar nuestra fe con toda nuestra vida queriendo así llenarnos de verdad de su vida. Es a lo que nos sentimos invitados también nosotros.
Un anuncio, como decíamos también, que hace crecer la Iglesia. Eran muchos los que aceptaban la Palabra del Señor y se bautizaban. Es el anuncio que nos convoca, que sigue convocando e invitando a la fe y a la conversión. Es el anuncio misionero que en todo momento tenemos que seguir haciendo. No fue fácil para Pedro enfrentarse a toda aquella multitud para hablarles tan claramente como ahora lo hacía, cuando antes había negado a su Maestro. Pero allí estaba con la fuerza del Espíritu. Fuerza del Espíritu del Señor que a nosotros también nos acompaña y nos fortalece. Tenemos que saber dejarnos encontrar por el Señor y dejarnos inundar con la fuerza de su Espíritu.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Qué distinta era la postura de María Magdalena antes y después de encontrarse con el Señor.  Primero solo eran lágrimas y desconsuelo. ‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’, es su respuesta. Es cierto que estaría dispuesta a cargar incluso con el cuerpo de Jesús con tal de encontrarlo. Es lo que responde a quien está a su lado y ella confunde con el encargado del huerto. ‘Si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’.
Pero no será así como se encuentre con el Señor. Jesús está allí, y la llama por su nombre. ‘Jesús le dice: María’. Y ella lo reconoce: ‘¡Maestro!’ Y su tristeza se convierte en alegría, sus lágrimas se transformar para ahora convertirse en mensajera de buena nueva. ‘María fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto’.
¡Qué importante ese encuentro con el Señor! Qué importante que abramos los ojos del corazón para reconocer al Señor. El también nos llama por nuestro nombre. También a nosotros nos está manifestando su amor para venir a hacerse presente en nuestra vida. También a nosotros nos está confiando la misión de ser testigos, apóstoles, misioneros de su nombre a los que nos rodean.
Sigamos viviendo con intensidad esta fiesta de pascua. Vivamos el entusiasmo de nuestra fe que se ha de traslucir en nuestra vida, en nuestras palabras, en ese anuncio que hacemos también a los demás. Que no se nos merme la alegría de la pascua, porque esa alegría se transformará en el amor con que tratemos a los demás y nos convirtamos por nuestras obras de amor en verdaderos testigos de Cristo resucitado.

lunes, 9 de abril de 2012


Todos nosotros somos testigos

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’. Es el mensaje que oiremos repetidamente en estos días en la Palabra del Señor.
Se nos van ofreciendo textos por una parte en esta semana en los evangelios de cada día que nos van narrando las distintas apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos. Y en la primera lectura por otra parte iremos escuchando el texto de los Hechos de los Apóstoles durante todo este tiempo de Pascua, y en estos días diversos hechos del comienzo de la predicación de los Apóstoles con el anuncio repetido del mensaje central de la resurrección de Jesús.
Decíamos que es el mensaje que oiremos repetidamente en la palabra de Dios, el mensaje de la resurrección de Jesús. Pero es que por otra parte tendríamos que decir que es el mensaje que también nosotros tenemos que ir haciendo una y otra con nuestra palabra y nuestra vida. Es el mensaje central de nuestra fe, de manera que nos llegará a decir san Pablo que si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Esa es la afirmación capital de nuestra fe, como nos decía Pedro en su discurso, ‘Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Cuando dice todos nosotros somos testigos, en primer lugar se está refiriendo al testimonio de los discípulos que fueron testigos de la resurrección de Jesús. Pero en ese nosotros hemos de estar incluidos nosotros. Alguien podría pensar, que nosotros no estuvimos allí; pero tenemos que decir que la fe nos hace testigos; testigos porque por la fe hay algo muy profundo que nosotros podemos vivir y es la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, en la Iglesia, y en la vida de tantos cristianos que lo son en medio del mundo con su palabra y su vida.
Por la fe podemos llegar a vivencias hondas, que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. La fe no es una ilusión ni un sueño; la fe nos da una certeza y es la seguridad de que el Señor se hace presente en nuestra vida. Abriendo los ojos a la fe podemos descubrirlo, sentirlo, vivirlo, por ejemplo en nuestras celebraciones. No son un simple rito que realizamos. Son algo vivo, que pertenece a nuestra vida, que implica nuestra  vida. Y, maravilla de Dios, El se hace sentir presente en nuestra vida. Eso nos exige actuar desde la fe, abrir los ojos a la fe, dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu del Señor.
En el evangelio se nos narran dos hechos. Por un lado nos habla de cómo ‘Jesús salió al encuentro’ de aquellas mujeres que habían ido al sepulcro, se lo habían encontrado vacío y unos ángeles les habían dicho que Jesús había resucitado y no había que buscar entre los muertos al que estaba vivo. ‘Impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos cuando de pronto Jesus les salió al encuentro’.
La invitación de Jesús es a la alegría y a confiar, a no tener miedo. ‘Alegraos’, les dice. ‘No tengáis miedo’. Y les confía la misión de irlo a anunciar a los discípulos que han de ir a Galilea donde Jesús se les manifestará. Aquellas mujeres serán testigos y apóstoles. Testigos porque el Señor resucitado les sale al encuentro; apóstoles porque llevan una misión y la misión es ir a dar testimonio. Tendrán la alegría del Señor y también su fortaleza para cumplir la misión.
El otro hecho que nos narra hoy el evangelista es el engaño y soborno de los guardias para que no sean testigos. Ellos han sido testigos del momento. Pero los tratan de hacer callar con el engaño de que han de decir que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús. El maligno que quiere seguir manifestando su poder con el engaño y la mentira. Pero el anuncio de la resurrección del Señor será algo más fuerte y luminoso y la noticia correrá por los espacios y a través de los tiempos. La luz no se puede apagar, la verdad no se puede acallar. La mentira siempre estará en la sombra, pero  nosotros estamos llamados a vivir en la luz. Es lo que nos hace testigos.

domingo, 8 de abril de 2012


¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’

Juan 20, 1-9
‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
Así bellamente proclaman los versos de la secuencia la resurrección del Señor en esta mañana luminosa de la Pascua. ‘¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
El evangelio que hemos escuchado nos lo ha relatado. Las mujeres habían ido al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús, nos narraban los otros evangelistas. Juan nos habla de María Magdalena que cuando encuentra ‘quitada la losa del sepulcro echa a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería… Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo  han puesto…’ Es su primera impresión. Es lo primero que comunicará a los apóstoles que corren también al sepulcro.
Ya hemos escuchado. Cuando ven las vendas en el suelo, el sudario doblado aparte creen, pero no que se hayan llevado el cuerpo de Jesús, sino que la palabra de Jesús en verdad se ha cumplido. Era verdad, ha resucitado el Señor. Leemos el evangelio no en un solo texto, sino que en el conjunto de los evangelistas corroboramos todos los datos. Y tenemos que decir con los versos de la secuencia, en labios de María Magdalena, que más tarde tendrá la experiencia del encuentro con el Señor resucitado ‘¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
Es lo que desde anoche, cuando en la Vigilia Pascual celebramos la resurrección del Señor, nos hemos venido repitiendo y nos ha llenado de alegría. Ha crecido  nuestra fe, se ha consolidado la esperanza, nos hemos puesto en el nuevo camino del amor.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Es lo que ha sido fundamento de nuestra fe y lo que generación tras generación desde aquellos primeros testigos de la resurrección la Iglesia ha continuado proclamando.
Es lo que da sentido último y profundo a toda nuestra vida. Es lo que sustenta toda nuestra fe y todo nuestro actuar cristiano. Es lo que nos ha hecho testigos de la luz y de la vida; es lo que en verdad nos compromete a ser testigos de Cristo con nuestro amor y con todo  nuestro compromiso cristiano.
Es lo que dio fuerza a los mártires que fueron capaces de dar su vida por la fe en Jesús. Es lo que ha dado y sigue dando empuje a tantos cristianos que como  misioneros se han lanzado por el mundo en el anuncio del evangelio.
Es lo que da fuerza y coraje para luchar por un mundo nuevo y mejor transformado desde el amor. ¡Cuántos cristianos, anónimos muchas veces, van dando testimonio de la resurrección del Señor con su palabra, con su trabajo, con su compromiso!
Es lo que nos da sentido para no perder nunca la esperanza y la alegría de vivir aunque la vida pueda llenarse de nubarrones por los problemas y dificultades que nos aparezcan o el dolor y el sufrimiento nos envuelvan. ¡Qué ejemplo más hermoso hemos tenido en nuestro recordado don Felipe – obispo emérito de Tenerife - en su enfermedad y que el Señor precisamente en la tarde del Viernes Santo ha querido llevarse a participar ya de la pascua eterna del cielo!
Es la gracia que sustenta el trabajo de tantos cristianos comprometidos por los demás y que generosamente comparten lo que son y lo que tienen porque no soportan el sufrimiento de tantos en sus carencias y necesidades en momentos difíciles. Compromisos con los pobres, con los enfermos, con los ancianos, con los discapacitados, con los enfermos de SIDA, con los esclavizados en el mundo de la droga, con los últimos del mundo y de la sociedad…
Es lo que nos convierte en levadura buena que quiere hacer fermentar la masa de nuestro mundo para que vayan brotando cada vez más las flores y los frutos del amor, suscitando almas generosas y desprendidas para hacer el bien y ser capaces de sacrificarse por los otros.
Es la fuerza de Cristo resucitado que inunda nuestras vidas y quiere rebosar sobre nuestro mundo para hacerlo mejor. Y cuando estamos celebrando el triunfo de Cristo en su resurrección tenemos que hacer ese cántico también a tantos comprometidos desde su fe para anunciar con su vida la Buena Nueva de Jesús en este mundo concreto en que vivimos.
Y es que los cristianos ni nos encerramos en nosotros mismos, ni sólo nos contentamos en cantar nuestra alegría. No somos seres utópicos que nos contentemos con soñar, sino que sabemos arremangarnos para trabajar por hacer un mundo mejor, por sembrar la semilla de la fe y del amor en medio del mundo.
La luz de Cristo resucitado que hoy ilumina nuestras vidas es fuerza y es gracia que nos pone en camino, que implica toda nuestra vida, que nos hace ser mejores nosotros superando tentaciones y egoísmos, que nos convierte en fermento de nuestro mundo, que nos hace ir sembrando las semillas de los valores del evangelio en el amplio campo que nos rodea.
La luz y la fuerza de Cristo resucitado no nos hace quedarnos con los brazos cruzados sino que nos compromete hondamente para ser siempre y en todo lugar esos testigos entusiastas y convencidos de nuestra fe, de que Cristo verdaderamente ha resucitado.
Hoy estamos celebrando con gozo grande el día de la Resurrección del Señor. Es la Pascua. Hemos venido queriendo abrir nuestro corazón a lo largo de toda la cuaresma para este momento pascual, para acoger de verdad a Dios que llega a nuestra vida en la muere y resurrección de Jesús para inundarnos de su vida y de su salvación, de su gracia y de su amor. Todos esos pasos que hemos ido dando, que en ocasiones habrán podido ser costosos en esa tarea de superación, nos traen a que ahora vivamos esta alegría de la pascua, a que ahora podamos cantar con tanto entusiasmo que Cristo resucitó, a que repitamos una y otra vez sin cansarnos el aleluya de la resurrección.
‘Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da tus fieles parte en tu victoria santa’, proclamamos con la secuencia. Estamos celebrando, sí, la victoria de Cristo resucitado, pero que es celebrar también nuestra victoria en El en la medida que nos unimos a El, en la medida en que participamos plenamente de su muerte y resurrección, en la medida en que queremos vivir en su amor y por su amor. Hemos de resucitar con Cristo. Hemos de dejarnos transformar por la luz de Cristo resucitado para vivir la vida nueva de la gracia.
Vivamos el gozo de la resurrección del Señor. Que por el entusiasmo de nuestra alegría y nuestra fe todos puedan conocer de verdad que Cristo verdaderamente ha resucitado. Feliz pascua de resurrección. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’

sábado, 7 de abril de 2012


Que las trompetas anuncien la salvación ¡Cristo ha resucitado!

Marcos. 16, 1-7
‘Exulten por fin los coros de los ángeles… que las trompetas anuncien la salvación… goce toda la tierra inundada de tanta claridad… alégrese toda la iglesia revestida de luz tan brillante por la victoria de rey tan poderoso…’
Así hemos comenzado hoy nuestra liturgia en esta vigilia gloriosa de la resurrección del Señor proclamando el pregón de Pascua. Un pregón que tiene que resonar muy fuerte para que llegue a todos los rincones porque todos han de conocer que Cristo ha resucitado y El es nuestra luz y nuestra vida, en El hemos encontrado nuestra salvación y nuestra gloria.
Llenos de alegría, inundados de luz cantamos a Cristo resucitado. Hemos ido escuchando la Palabra de Dios que nos trasmitía la historia de la salvación preparándonos para este momento. La luz de Cristo resucitado brilla con todo resplandor iluminando no sólo este templo, sino inundando de luz y de alegría nuestros corazones que queremos contagiar a todos. Por eso hemos comenzado con ese rito del fuego nuevo y de la luz, porque es la luz nueva de Cristo resucitado la que ilumina nuestra vida.
Es el anuncio gozoso que resuena en esta noche en toda la Iglesia. ¡Cristo ha resucitado! ¡resucitó el Señor! Es nuestro grito y nuestro canto. Es la alegría más honda que queremos trasmitir a toda la tierra.
Como nos contaba el evangelio las piadosas mujeres iban al sepulcro pensando en embalsar el cuerpo muerto de Jesús y preocupadas por quién les ayudaría a correr la piedra grande que cerraba la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba corrida y eso que era muy grande, como comenta el evangelista. Pero el sepulcro estaba vacío.
Allí no estaba el cuerpo de Jesús. ‘Vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco y se asustaron’. No era para menos. Buscaban el cuerpo muerto de Jesús y lo que se encuentran es aquel joven. ‘No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado No está aquí. ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron’.
Ha resucitado, Es el anuncio que disipa todos sus temores. Las palabras que había anunciado Jesús tenían su pleno cumplimiento. Habia anunciado que iba a ser entregado y que moriría en la cruz, pero que al tercer día resucitaría. ‘El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’, había dicho. Ahí está el cumplimiento ¡Ha resucitado! Ya no podemos buscar entre los muertos al que vive. No nos quedamos en la muerte sino que queremos llegar a la vida. Por eso es Pascua, porque es paso de la muerte a la vida, porque es el paso de Dios por nosotros en Cristo Jesús que ha muerto pero que Dios ha resucitado constituyéndolo Señor y Mesías.
Es nuestra alegría. La alegría que esta noche cantamos a todo pulmón. Es el gozo y la alegría que queremos trasmitir. En la tarde del viernes levantábamos los ojos a lo alto y aprendíamos la gran lección del amor que daba sentido y valor a todo sufrimiento y dolor. El amor nunca será vencido. El amor será el triunfador final. Aunque podría haber parecido una derrota el contemplarlo muerto colgado del madero, es la gran victoria del amor que ahora tiene su realización plena. No buscamos sólo al crucificado sino al Señor que vive y vive para siempre; buscamos al Señor que vive y que nos ha llenado de vida; buscamos al Señor que nos amó hasta el extremo y nos está enseñando lo que es la victoria del amor.
Este acontemiento que estamos celebrando es algo que nos está transformando totalmente nuestra vida. Desde ahora todo tiene que ser distinto. Primero ha llegado la redención y la salvación a nuestra alma con la muerte y resurrección de Jesus que ha borrado toda muerte y todo pecado. Nuestra vida tiene que ser distinta porque el pecado y el mal han sido vencidos, la muerte ha sido derrotada por el amor. Nuestra vida tiene que ser distinta porque ahora sí comprendemos bien todo el sentido y el valor del amor. Nuestra vida tiene que ser distinta porque de ahora en adelante va a estar siempre envuelta por el amor.
Desde Cristo resucitado ya no podemos vivir sino para amar; desterrados lejos de nosotros tienen que estar todos nuestros orgullos y nuestros egoismos, todo ese mal que tantas veces ha anidado en nuestro corazón; nuestro vivir ha de ser para amar, para compartir, para lavar los pies, para ser para siempre solidarios con los demás, para ayudar a alejar del corazón de los hombres cualquier sombra de sufrimiento, para vivir en una nueva comunión con los hermanos, para hacer en verdad un mundo nuevo lleno de paz y de justicia.
Nuestra alegría no solo tiene que manifestarse con nuestros cantos sino con las obras de nuestro amor. Tenemos que contagiar a los que nos rodean de la alegría de Cristo resucitado, y contagiar de esa alegría es contagiar de amor; es decir que es posible vivir amándonos, y perdonándonos, y haciéndonos el bien los unos a los otros.
No podemos permitir que las sombras de la muerte sigan inundando nuestro mundo. Las fuerzas del mal siguen con su batalla y son una tentación fuerte y constante para nuestra vida. Pero por muy fuertes que sean las fuerzas del mal no nos desalentamos en nuestra lucha por hacer un mundo mejor porque creemos en el que venció la muerte, el mal, el pecado con su amor cuando dio su vida por nosotros en la cruz; porque creemos en Cristo resucitado y en El tenemos nuestra fuerza y nuestra luz.
Es Cristo resucitado, al que esta noche estamos cantando con tanta alegría, quien nos pone en camino y ese camino en búsqueda del amor, en búsqueda de hacer un mundo mejor ya no se puede detener. Tenemos la fuerza de Cristo resucitado con nosotros que para eso nos da su Espíritu. Será el regalo de pascua que hará a sus discípulos en el Cenáculo para el perdón de los pecados.
El mundo tiene que llenarse de luz. Y nosotros que hemos encendido esta noche nuestra luz en la luz de Cristo resucitado, en la luz del Cirio Pascual estamos obligados a llevarla a los demás, a llevarla a nuestro mundo para disipar toda tiniebla. Esa luz que no podemos esconder debajo del celemín sino que tenemos que ponerla muy alto para que ilumine a todos.
Tenemos que trasmitir esa luz. Tenemos que trasmitir esa alegría. Tenemos que comunicar al mundo que Cristo ha resucitado. Que ese sea nuestro saludo, nuestro anuncio, nuestro deseo, nuestra verdadera felicitación que vayamos trasmitiendo a los demás.
¡Cristo ha resucitado! Verdaderamente ha resucitado. Resucitemos con El. Hagamos resucitar a nuestro mundo con el amor.

viernes, 6 de abril de 2012


Levantamos nuestra mirada hacia la cruz y contemplamos una luz del amor

Is. 52, 13-53,12;
 Sal. 30;
 Hb. 4, 14-16; 5, 7-9;
 Jn. 18, 1-19,42
‘Se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y El, cargando con la cruz, salió al sitio llamado de la Calavera donde lo crucificaron…’ Ahí lo contemplamos en lo alto del Gólgota, en lo alto de la cruz. Hacia lo alto levantamos hoy los ojos porque fue levantado en lo alto para que todo el que crea en El alcance la salvación. ‘Cuando el Hijo del Hombre sea levantado en lo alto atraeré a todos hacia mí’, había dicho.
El mismo lo había anunciado aunque a los discípulos les costaba comprender. Es difícil aceptar la cruz, comprender el sentido del dolor y del sufrimiento. Pedro trataba de quitarle la idea de la cabeza. Fue una tentación más de Jesús que le dirá ‘apártate de mi que me estás tentando como Satanás’. El había subido decidido a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado y sería clavado en una cruz.
Ahí lo contemplamos, como nos decía el profeta, ‘desfigurado, no parecía hombre… sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ No podría ser otra la figura de quien había sido abofeteado, maltratado, azotado, coronado de espinas, agotado y destrozado en su caminar bajo el peso de la cruz y ahora traspasado de pies y manos cosido al madero.
Quizá convendría preguntarnos en este momento ¿No nos damos la vuelta también cuando en la vida nos vamos encontrando a personas crucificadas en el dolor y el sufrimiento, en sus carencias y en sus penas? Cerramos los ojos o miramos a otro lado cuando nos encontramos a quien nos tiende la mano para pedirnos desde su necesidad; nos duele el sufrimiento de quien se retuerce en el dolor de una enfermedad incurable y preferimos no enterarnos; nos hacemos insensibles tantas veces ante las lágrimas del que se siente solo y apenado; cuántos rodeos vamos dando en la vida. ¿No nos estará pidiendo el crucificado del Calvario que aprendamos a mirar nuestro alrededor sin cerrar los ojos a cuanto sufrimiento nos rodea?
Todo en la vida se nos llena de oscuridad cuando nos vemos envueltos por el dolor y la muerte. Rehuimos esas sombras que parece que nos hacen daño y nos ciegan el corazón. Pero tenemos que mirar a lo alto de frente a frente para que sepamos encontrar la luz. Hoy levantamos nuestra mirada hacia la cruz y contemplamos a quien en ella está clavado para encontrar un sentido y un valor, una luz que nos ilumine. Tras todo ese dolor y sufrimiento de Jesús hay una fuerte luz que tenemos que saber descubrir sin dejar oscurecer el corazón en las tinieblas. Es la luz del amor.
Miramos al que ‘soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestros crímenes, decía el profeta; nuestro castigo saludable vino sobre él y sus cicatrices nos curaron… voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero… el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación…’
No hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Y es ese amor el que descubrimos en la cruz. Voluntariamente se había entregado, había subido a Jerusalén y subido a la Cruz. Es el amor el que lo guiaba porque sólo buscaba nuestra salvación. Así de inmenso e infinito es su amor porque es amor divino, porque es el amor de Dios que siempre nos busca y nos llama para ofrecernos la vida y la salvación. Es el Cordero que se inmola, verdadero cordero pascual que se sacrifica y nos trae el perdón. Así lo anunciaba el Bautista, ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
Esa es la luz fuerte que brilla desde la cruz y que nos da sentido y valor. Es el amor de un Dios que nos redime, que nos levanta, que nos llena de vida, que nos inunda de su luz, que quiere contagiarnos de su amor. Por eso levantamos los ojos a lo alto de la cruz, para ver el amor que nos salva. Y porque creemos en quien de esa manera nos ama encontraremos el amor, encontraremos la vida, encontraremos la salvación.
La noche del jueves, en la cena pascual, había comenzado llena de solemnidad porque se comenzaban a suceder muchas cosas asombrosas. Todo eran pasos que nos iban conduciendo cada vez a algo más hondo y más especial. Era la comida del cordero pascual que celebraba y recordaba una pascua importante para el pueblo, pero pronto poco a poco se iba abriendo el camino a una Pascua más profunda. Dios se hacía presente cada vez con mayor intensidad en todos los signos de amor que se iban realizando, el lavatorio de los pies, la eucaristía, el sacerdocio que dejaba instituido. Todo conducía a este momento grande que hoy estamos viviendo, a este paso de Dios salvador desde la cruz en el amor más grande.
Allí nos dejaba su Cuerpo entregado y su Sangre derramada en el sacrificio de amor de su vida en la Eucaristía. Ahora contemplamos esa entrega hasta el final, esa sangre derramada que será la señal de la Alianza de amor definitiva y eterna de Dios con nosotros. Por ya desde ahora cada vez que comemos aquel Pan y bebemos de aquella copa estaremos proclamando para siempre la muerte de Jesús, la victoria de amor de Cristo definitiva y eterna que nos garantiza para siempre el amor de Dios.
Nos sentimos abrumados y en cierto modo confundidos ante todo lo que sucede y contemplamos. Nos sentimos inmensamente impresionados y hasta sorprendidos a los pies de la cruz de Jesús ante tanto amor. Pero, aún en la pena y dolor por nuestro pecado, nos sentimos gratamente emocionados y con gozo en el alma por tanto amor que nos perdona y nos llena de vida.
Proclamemos nuestra fe, llenémonos de esperanza, cantemos nuestro amor viviendo la vida nueva que brota de la cruz. Al que contemplamos en esta tarde colgado del madero lo sabemos victorioso. Ya es victoria sobre el pecado y la muerte, su muerte en la cruz. Pero al tercer día resucitará y completaremos el ciclo de la Pascua, de ese paso de Dios hoy y ahora por nuestra vida. ‘Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente’.
Contemplemos y oremos; contemplemos y escuchemos allá en lo hondo del corazón; contemplemos y salgamos por el mundo repartiendo amor, mitigando dolor, compartiendo la vida y la esperanza a cuantos crucificados contemplamos a la vera del camino. Anunciémosle a todos con nuestra vida y con nuestro amor que en Jesús encontraremos la paz, la vida, la salvación. Que desde la Cruz de Jesús nuestro mundo se llene de esperanza.

jueves, 5 de abril de 2012


Hacemos Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros

Éxodo, 12, 1-8.11-14;
 Sal. 115;
 1Cor. 11, 23-26;
 Jn. 13, 1-15
Todo estaba debidamente preparado. Los discípulos siguiendo las instrucciones de Jesús habían ido a la ciudad y le habían trasmitido el encargo. Allí estaba la sala alta de la casa arreglada con divanes y ahora con todo lo necesario para celebrar la Pascua, el cordero, los panes ácimos, las lechugas amargas, el vino, el agua para las purificaciones, todo tal como prescribía la ley de Moisés.
Pero en el ambiente había algo distinto, una especial solemnidad. ‘Se acerca el momento’, había dicho Jesús y el evangelista ya nos dirá que ‘había llegado la hora’.  Aquella pascua iba a ser distinta porque además Jesús comienza haciendo algo inesperado. Normal era ofrecer agua para lavarse, pero era inusual que el que presidiera la mesa se fajara una toalla para ponerse a lavar los pies de los comensales. Ese oficio le correspondía a otros. Bueno, hasta entonces.
Los apóstoles asombrados no saben qué hacer y Pedro – siempre el impulsivo Pedro el primero en hablar – se resiste. ‘No me lavarás los pies jamás’. Pero si no le lavaba los pies no tendría parte con El, y el amor pudo más: el amor de quien se había puesto a los pies de los discípulos y el amor del discípulo que impulsivo y todo como era sin embargo amaba mucho a Jesús y quería hasta dar su vida por El, aunque ya sabemos.
Había llegado la hora y Dios había de ser glorificado. Había llegado la hora e iba a comenzar a manifestarse todo lo que era su entrega de amor sin límites. Comienzan los signos y las lecciones que se prolongarán en la entrega más absoluta de quien es capaz de dar su vida por aquellos a los que ama. Y así hacía Jesús. Así era su amor. ‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dirá el evangelista como cronista y testigo de ese amor. El que siendo Dios se había hecho hombre para ser como nosotros, toma además la condición de esclavo, la condición del servidor para lavar los pies, porque quería además lavar el corazón y transformar la vida.
Es el momento de lavar los pies; el primer signo que tiene que indicar una predisposición especial. El que es capaz de los pequeños detalles será capaz de llegar a las cosas grandes. Como Pedro algunas veces nos resistimos a esos pequeños detalles; quizá estaríamos dispuestos a grandes cosas, pero los caminos de Jesús son distintos y hemos de aprender a entenderlos y seguirlos. Sólo se puede lavar los pies al hermano desde el amor y la humildad; no caben en los discípulos de Jesús las actitudes de la prepotencia y el orgullo; sólo amando, que es acercarnos al otro para estar a su altura, para saber estar a su lado es cómo podemos llegar a lavar los pies al hermano.
Tenemos que aprender la lección, comprender bien lo que ha hecho y sigue haciendo Jesús. ‘¿Comprendéis bien lo que he hecho con vosotros? Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Es el mandamiento del amor. Es el distintivo de quien sigue a Jesús que no ha de hacer otra cosa que lo que hace Jesús.
¿Qué ha hecho el Señor con nosotros? ¿Sólo lavarnos los pies? Eso ha sido solo el pórtico de esta noche y de esta cena. Eso, podríamos decir, es el primer minuto de esa hora que ha llegado. Es el pequeño detalle presagio de cosas mayores y más trascendentales. Seguirá dándonos señales de su entrega. Partirá el pan, bendecirá la copa, nos los repartirá. ‘Tomad, comed… Tomad, bebed… es mi Cuerpo entregado por vosotros… es mi Sangre derramada por vosotros, la de la nueva y eterna alianza, por el perdón de los pecados’.  Nos lo ha recordado Pablo tal como ya lo vivían las primeras comunidades cristianas.
Se nos está dando Jesús para que le comamos, para que nos unamos a El, para que vivamos su misma vida, para que tengamos vida para siempre. Lo había anunciado en Cafarnaún y entonces no habían entendido. Nos pregunta ahora ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿Comprenderemos de verdad todo lo que está sucediendo? Es una hora muy solemne. Es mucho lo que está haciendo. Lo de lavar los pies es un signo que nosotros, es cierto, tenemos que repetir porque hemos de tener sus mismas actitudes, repetir sus mismos actos, vivir su mismo amor, entregarnos con su misma entrega. Es pasar por el camino de la humildad y de la sencillez que nos lleva al verdadero amor.
Estamos todavía en los signos que nos abren a cosas mayores. Porque comerle a El significará unirnos a El en la unión más íntima y más profunda; comerle a El es ser capaz de hacer como El, vivir una entrega como la suya. Y es que cada vez que comemos de su cuerpo y bebemos de su cáliz estamos anunciando su muerte hasta que vuelva. La cena de la pascua no se queda en hacer la comida del Cordero Pascual. Sigue siendo un pórtico que nos lleva a más. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Y esa entrega se realizó subiendo al madero de la Cruz; y esa sangre se derramó en lo alto del Calvario. Ese Cuerpo entregado y esa Sangre derramada son el signo del amor que es capaz de llegar hasta el extremo. Esa es la hora de la gloria, de la glorificación de Dios.
Es algo grande y maravilloso lo que hoy sucede. Es un misterio de amor lo que estamos contemplando y celebrando. Es el misterio del amor de Dios que se derrama sobre nosotros como el más hermoso perfume y a todos nos envuelve. Nos sentimos envueltos por el amor de Dios y nos sentimos impulsados a amar con un amor semejante.  Nos lo dejó como señal. Quedó para nosotros como un mandamiento imborrable. Es el gran signo permanente de su presencia y de su amor para siempre. Es el Sacramento que adoramos y que nos alimenta, que nos da fuerzas y nos sirve de viático en nuestro caminar. Es la Eucaristía. Es el amor.
‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice. Ya nos había dicho antes ‘haced vosotros lo mismo’. Tenemos que repetirlo. Tenemos que vivirlo continuamente. Y celebramos la Eucaristía y estamos haciendo presente su sacrificio redentor. Y nos alimentamos de la Eucaristía y aprendemos lo que es el amor verdadero. Y nos reunimos en Eucaristía y sentimos para siempre su presencia que nos hace entrar en comunión y querernos como hermanos. Y vivimos la Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros en el servicio y en la fraternidad evangélica. Es el compromiso de la Eucaristía que celebramos.
Es el Sacrificio y la entrega de Cristo en la cruz. Es el amor de Dios por nosotros y será para siempre el amor de hermanos que nos vamos a tener. Es el Sacramento que hoy Cristo en una locura de amor ha instituido para hacerse comida y alimento de nuestra vida y de nuestro amor, y para ser viático, acompañante, de nuestro camino. Qué maravilla lo que hoy celebramos.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles reunidos en torno a El e instituye el Sacerdocio del Nuevo Testamento que nos hace partícipes de su mismo Sacerdocio. Hoy día de la Eucaristía y del amor fraterno es también día del Sacerdocio. Para que podamos tener Eucaristía nos ha dejado a los sacerdotes que participando del sacramento de Cristo nos hacen posible la Eucaristía y presidirán en el amor y en el nombre de Cristo a la comunidad para ofrecernos el alimento de su gracia divina a través de su ministerio sacerdotal.
Algo distinta fue aquella cena pascual. Algo especial estaba allí sucediendo. Algo grandioso estamos nosotros hoy celebrando. Es la cena del Señor. Aquí está el verdadero Cordero Pascual inmolado por nosotros. Ya no es aquella cena en que comían el cordero pascual como recuerdo de una pascua. Ahora para nosotros es pascua porque es el paso del Señor hoy y aquí para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo.
Es Cristo mismo, verdadero Cordero de Dios, que está en medio nuestro, que quiere llegar a nuestro corazón porque también nosotros tenemos una misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ir a llevar su amor, tenemos que ir a lavar los pies en tantos hermanos que sufren y a los que tenemos que llevar la luz de Jesús. No olvidemos que celebrar la Eucaristía nos compromete a llevar ese amor de Jesús al mundo que nos rodea y tan falto de él está.
El signo que va a realizar el sacerdote repitiendo el gesto de Jesús tiene que reflejar lo que la comunidad, la Iglesia quiere hacer en medio de nuestro mundo. Es el día del amor. Impregnemos nuestro mundo de ese amor. Tenemos tantos motivos para creer en El.

miércoles, 4 de abril de 2012


Quiero celebrar la Pascua en tu corazón…

Is. 50, 4-9; Sal. 68; Mt. 26, 14-25
‘El momento está cerca: deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’, es el recado que Jesús envía a aquel hombre de Jerusalén en cuya casa quiere Jesús celebrar la Pascua. Las gentes de Jerusalén solían ser muy hospitalarios con los que venían de fuera a celebrar la Pascua; es una virtud y cualidad que se destaca mucho por cultura entre las gentes de Oriente. Eran muchos los forasteros llegados a Jerusalén cada año para la Pascua y el rito mosaico mandaba celebrarla con especial cuidado. Ya vemos, luego, como los discípulos dispusieron de todo lo necesario, todo lo que era importante, para la celebración de la cena pascual.
Para esta pascua eran muchas otras cosas las que se venían preparando, pues las autoridades judías, sumos sacerdotes, escribas y fariseos venían tramando la forma de acabar con Jesús y era llegado también el momento. Ya escuchamos la decisión que había tomado Caifás, el sumo sacerdote, en que uno habría de morir por todo el pueblo. Y habían encontrado también un colaborar en el discípulo que traicionaría a Jesús. ‘¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Se ajustaron con él en treinta monedas y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo’. Todo estaba preparado, podemos decir.
Nos viene muy bien escuchar este evangelio en estos días, en medio de la semana santa  y a las vísperas de iniciar la celebración del triduo pascual que se inicia con la Eucaristía de la Cena del Señor del Jueves Santo. También en nuestras parroquias estos días son de ajetreos y preparativos para las diversas celebraciones y procesiones. En nuestros templos todo son trabajos y preparativos, adornos florales, limpiezas especiales, gentes que van de un lado para otro en mil cosas que hay que hacer.
¿Todo está preparado para la celebración del triduo pascual? También tenemos que preguntárnoslo y ver si los preparativos que hacemos son los necesarios o son los más importantes. Tenemos el peligro de correr mucho de acá para allá en preparación de cosas externas (que por supuesto también habrá que preparar) pero de olvidar lo que es más fundamental y esencial. ¿Nos preparamos nosotros? ¿Estamos dispuestos en verdad a celebrar la Pascua? ¿Tenemos el corazón y el espíritu abierto para descubrir y acoger al Señor que pasa, que llega a nuestra vida, que viene con su salvación?
Es en esa preparación espiritual en la que tendríamos que ocupar más tiempo. Tensar nuestro espíritu, abrir nuestro corazón, prepararnos purificándonos bien para recibir la gracia del Señor. Estamos a las puertas del triduo pascual. Sepamos encontrar momentos de silencio, de interiorización, de oración. Que incluso los actos de piedad popular en los que podamos participar nos ayuden porque seamos capaces de interiorizar todo el misterio de Cristo que contemplamos en sus imágenes.
No temamos coger en nuestras manos la Biblia, los evangelios y pasar ratos leyendo la pasión del Señor, contemplándola desde lo hondo del corazón. Y purifiquemos nuestro corazón no dejando que se meta en él ni la superficialidad, ni la rutina, ni las prisas y agobios con que a veces hacemos las cosas que les hacen perder su hondo sentido. Purifiquemos nuestro corazón arrancándonos de todo pecado para vivir la vida nueva que Cristo nos ofrece. Que seamos capaces de morir de verdad a todo pecado para poder renacer a la vida nueva de la gracia. Solo así podremos vivir la alegría pascual de la resurrección del Señor que tiene que ser en lo que culmine todo lo que vivimos estos días.
El Señor quiere llegar a nuestra vida. Quiere celebrar la Pascua en nuestro corazón. Estemos atentos a ese paso del Señor, a esa llegada de la gracia del Señor a nuestra vida para no echarla en saco roto, como otras veces hemos reflexionado. Tengamos el corazón de verdad preparado para ese encuentro vivo y profundo con el Señor.

martes, 3 de abril de 2012


La negrura de la noche de Judas y la negación de Pedro tienen que movernos al amor y la conversión

Is. 49, 1-6; Sal. 70; Jn. 13, 21-33.36-38
Qué sensación más dura y hasta indescriptible sentimos dentro de  nosotros mismos cuando queremos amar y seguir a Jesús pero al mismo tiempo nos damos cuenta de nuestra debilidad, de nuestras negaciones y traiciones, a causa de nuestro pecado. Ante el evangelio que escuchamos en este martes santo sensaciones o sentimientos así tenemos en nuestro interior porque al ver la debilidad de los apóstoles que tanto querían a Jesús al mismo tiempo nos vemos nosotros reflejados.
Cuando Judas salió del Cenáculo, aparentemente a los ojos de los demás discípulos como si fuera a hacer algún encargo de Jesús,  nos dice el evangelista que era de noche. ‘Lo que has de hacer hazlo pronto’, le dijo Jesús y al verlo salir pensaron que iba a preparar algo para la fiesta o acaso a compartir algo con los pobres. Pero qué negruras había en su corazón, aunque hasta entonces el resto de los discípulos no había caído en la cuenta.
Jesús había comenzado diciendo ‘profundamente conmovido: os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Estas palabras de Jesús produjeron su conmoción, pero luego no supieron interpretar ni las palabras ni los gestos de Jesús. Se preguntaban quien podía ser y hasta Pedro le hace señas a Juan, que es el que está más cerca de Jesús, para que le preguntara. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado’, le responde. ‘Y untando el pan se lo dio a Judas’, con la frase que antes mencionábamos. Pero nadie entendió.
‘Era de noche’, dice simplemente el evangelista. La negrura se había apoderado del corazón de Judas. Cuántas negruras en el alma. Porque era también la conmoción que había en el corazón de Cristo que más tarde se manifestaría fuertemente en la oración del Huerto. Y Jesús sigue haciendo anuncios, y ante la insistencia de Pedro – ‘daré mi vida por ti’, le dice – le responde: ‘¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’.
Es la conmoción que sentimos nosotros en el alma también a las puertas de la pasión de Jesús. Nosotros sí entendemos – tenemos que aprender a reconocerlo bien con mucha humildad pero también con mucho amor – cuántas son nuestras negaciones y traiciones. Prometemos mucho en tantas ocasiones, pero nos aparecer la debilidad. Como nos dirá Jesús en Getsemani ‘el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, pero eso tenemos que orar y orar con insistencia para no caer en la tentación. Ya hemos dicho que mucho tenemos que orar en estos días contemplando la pasión y muerte del Señor para que se mueva de verdad nuestro corazón a la conversión, al amor, al encuentro vivo y profundo con el Señor.
Escuchamos decir a Jesús: ‘Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en El. Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo; pronto lo glorificará’. Volvemos a escuchar estas palabras que hace días escuchamos a Jesús. ‘Ahora es glorificado…’ ¿qué significa? Es la hora de la pasión, de la entrega, del amor más extremo. Ahí está la gloria del Señor, aunque nos pudiera parecer un contrasentido. Ahí se manifiesta la gloria del Señor porque ahí se manifiesta bien palpable todo lo que es el amor de Dios.
Si Cristo sube a la cruz, hace el camino del calvario bajo el peso de la cruz, se entrega hasta morir, es porque nos ama; y porque nos ama nos redime, nos perdona, transforma nuestra vida; y cuando nos sintamos así transformados por el amor del Señor nuestra respuesta no puede ser otra que la gloria del Señor. Respondemos con amor y comenzamos a vivir una vida nueva, en la que todo lo que hagamos o digamos será siempre, ha de ser siempre para la gloria de Dios.
Por eso necesitamos orar tanto, escuchar su Palabra, recibir la gracia de los sacramentos. Así llegará a nosotros esa salvación que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros, cuando ha llegado a dar la vida por nosotros. Tenemos que acercarnos a Dios; tenemos que acercarnos a los sacramentos; tenemos que buscar la gracia salvadora del Señor; tenemos que dejarnos transformar por Cristo para vivir su vida nueva de la gracia. Será así cómo en verdad vivamos el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección.

lunes, 2 de abril de 2012


Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones

Is. 42, 1-7; Sal. 26; Jn. 12, 1-11
‘Mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero. Sobre El he puesto mi espíritu…’ Así comienza el cántico del Siervo de Cavé de Isaías en la primera lectura de este lunes santo.
Estos días desde ayer domingo de ramos en la primera lectura escuchamos diversos fragmentos de los cánticos del siervo de Yahvé de Isaías hasta el viernes santo, salvo el jueves santo que tiene un sentido distinto la liturgia. Son cánticos del profeta que nos describen la misión del Mesías y que algunos de ellos son también como una descripción profética de la pasión, en alguno de ellos con mayor intensidad descriptiva. Nos pueden ayudar mucho en las meditaciones que en torno a la pasión del Señor nos hacemos en estos días. En ello incidía de manera especial el texto que ayer escuchábamos y el que escucharemos sobre todo el viernes santo.
El texto de hoy, sin embargo, nos recuerda más lo leído por Jesús en su presentación en la Sinagoga de Nazaret. Viene en cierto modo a definirnos su misión. Lleno del Espíritu del Señor viene a realizar una alianza nueva con su pueblo y nos describe también las obras que realizaría Jesús como señales del Reino nuevo de Dios que nos anuncia e instaura.
‘Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones’. Es lo que Cristo viene a realizar con nosotros con su sangre derramada en la cruz. Como hemos venido reflexionando estos días viene a reunirnos de todos los pueblos y naciones. Quiere hacernos una sola familia, una sola comunión entre todos nosotros.
Pero viene también a arrancarnos de nuestras tinieblas y oscuridades. Los milagros que Jesús realiza son signos y señales de esa luz que tiene que haber en nuestra vida. Lo hemos escuchado y meditado en muchos textos. Hoy nos dice: ‘Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas’. Nos lo dijo en Nazaret leyendo el texto del profeta y nos lo confirma cuando van los enviados de Juan a preguntarle si El es el que ha de venir o han de esperar a otro. Una de las señales que Jesús les da es que a los ciegos se les devuelve la vista.
Por ahí han de ir los frutos de esta Pascua que nos disponemos a celebrar. Así tiene que ser iluminada nuestra vida y así hemos de sentirnos liberados de toda esclavitud y de todo pecado. Cuántas cosas oscurecen nuestra vida; cuántas cosas nos llenan de esclavitudes; cuántas cosas nos separan unos de otros y crean división en nuestra vida y en nuestra relación con los demás. Son las cosas que tenemos que transformar en nuestra vida con la gracia de Dios.
Dudas, olvidos de Dios, orgullos que nos endiosan, egoísmos que nos aíslan, desconfianzas, resentimientos y envidias que nos alejan de los demás. Son los pecados que se nos van metiendo en el corazón y nos alejan de Dios al tiempo que nos alejan de los demás. Muchas cosas tenemos que ir examinando una y otra vez a la luz de la Palabra del Señor que vamos escuchando y contemplando en estos días. Cristo derrama su sangre porque quiere poner paz entre nosotros. Cristo muere en la cruz para ser nuestra reconciliación. Cristo se entrega por amor en su pasión para llenarnos de nueva vida y hacernos resucitar a la gracia y a la santidad.
El evangelio del lunes santo nos habla de la comida ofrecida a Jesús en Betania, después de lo de la resurrección de Lázaro, donde María derramó el frasco de perfume de nardo sobre los pies de Jesús. Es el texto paralelo que ayer escuchábamos en la pasión de Marcos y entonces ya comentábamos. Sí hemos de decir que el perfume que inunde nuestra vida cuando estamos cerca de Jesús sea el perfume del amor. Porque es que al lado de Cristo de su amor tenemos que sentirnos siempre rebosantes, llenos, inundados para amar con su mismo amor. Sentimos su amor sobre nosotros, pero con ese amor nosotros queremos amar a los demás. Ya decíamos ayer que la predisposición del amor es la mejor que podemos poner en nuestra vida cuando nos disponemos a contemplar la pasión de Cristo y a sentirnos renovados por su gracia.

domingo, 1 de abril de 2012


Con amor generoso, con disponibilidad, con fe nos disponemos a celebrar la Pascua

Mc. 11, 1-10; Is. 50, 4-7; Sal. 21; Flp. 2, 6-11; Mc. 14, 1-15, 17
Casi al principio del relato de la pasión hemos escuchado a los discípulos preguntar a Jesús: ‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la Pascua?’
Puede ser la pregunta que también nos hagamos en este primer día de la semana de Pasión, en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nos estamos en el pórtico de esta semana que culmina en la Pascua del Señor. Más que dónde hemos de preparar la Pascua, quizá tendríamos que preguntarnos cómo tenemos que preparar la Pascua; cuáles han de ser las disposiciones que hemos de tener en nuestro corazón y nuestra vida para vivir esta semana de pasión y de celebración del misterio pascual de Cristo.
Ya hemos comenzado hoy conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén con nuestros hosannas y nuestros cánticos de aclamación, pero al mismo tiempo la liturgia ya nos ha ofrecido la lectura de la pasión. Es domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Las dos cosas tenemos que saber aunarlas en nuestra celebración y en nuestra vivencia. Cantamos el ‘hosanna al Hijo de David’; bendecimos al viene en el nombre del Señor, pero al mismo tiempo contemplamos su pasión.
Eso es la fundamental que hemos de hacer: contemplar, quedarnos como extasiados ante el misterio de la pasión y muerte del Señor. No es momento de muchas palabras ni muchas reflexiones sino de impregnarnos de todo el misterio de Dios que contemplamos en la pasión de Jesús.
Contemplar la pasión de Jesús es contemplar la pasión de amor de Dios por el hombre, por nosotros. Contemplado la pasión nos damos cuenta hasta donde llega ese amor de Dios que así nos ha entregado a su Hijo. Así nos salva. Así nos redime. Así nos hace hombre nuevo en el amor.
Van apareciendo personajes en torno a la pasión de Jesús que pueden ser un ejemplo y aliciente para nosotros en ese irnos encendiendo, caldeando nuestro corazón en el amor. Pudieran parecernos personajes secundarios en el relato de la pasión, pero sus actitudes, su generosidad y disponibilidad, su fe valientemente proclamada son hermosa lección para nuestra vida. Disposiciones que nos ayudarán también en este momento para la vivencia de todo el triduo pascual.
Cuando le preguntan a Jesús donde quiere que preparen la pascua, como hemos comenzado recordando y reflexionando, nos encontramos a alguien con una entera disponibilidad para Jesús. No sabemos siquiera su nombre aunque los comentaristas nos puedan hablar de parientes más o menos cercanos de Jesús, pero aquel hombre generosamente ofrece a Jesús ‘la sala grande del piso de arriba, arreglada con divanes’. Será allí donde se prepare y se celebre la cena pascual y será en adelante lugar de encuentro de los discípulos en la pasión y después de la pasión, y más tarde para la espera de Pentecostés y probablemente para todo el inicio de la comunidad cristiana de Jerusalén. Destacamos, pues, la generosidad y la disponibilidad. 
Antes habíamos contemplado el derroche de amor de María de Betania en casa de Simón, el leproso. ‘Llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús’. Ya escuchamos los comentarios interesados de Judas, pero también la réplica de Jesús. ‘Se ha adelantado a embalsamar el cuerpo para la sepultura’. Igual que el perfume intenso del nardo inunda y envuelve totalmente el ambiente allí donde es derramado, es el perfume del amor del que tenemos que dejarnos inundar y envolver para poder celebrar con toda hondura el misterio de la pasión y muerte de Jesús. Una hermosa predisposición, la del amor, para entrar en esta semana de pasión que nos lleva a la vida y a la resurrección.
Podríamos destacar muchas cosas en esta contemplación de la pasión y sus personajes. Dando como un salto – no podemos entrar en demasiados detalles – caminamos al lado de Jesús por la calle de la Amargura camino del calvario. El evangelio de Marcos es muy parco en esta referencia, pero creo que puede ser suficiente. ‘Lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz’. Hoy nosotros pensamos ¡qué dicha la de Simón de Cirene el llevar la cruz de Jesús! Sin embargo dice, ‘lo forzaron’. Pero seguro que aquel cargar la cruz junto a Jesús no fue algo que le dejara insensible. Si el evangelista nos dice con detalle que era el padre de Alejandro y de Rufo, es porque probablemente serían cristianos conocidos en aquella comunidad de Jerusalén. Algo tendría que ver el haber llevado Simón de Cirene la cruz de Jesús camino del calvario.
¿Lo consideraríamos para nosotros una dicha el llevar la cruz de Jesús? Recordemos que El nos había puesto como condición para seguirle, el negarnos a nosotros mismos y llevar la cruz en pos de El. Que esa sea ahora nuestra postura, nuestro deseo, nuestro compromiso. Que aprendamos a llevar la cruz, a cargar con nuestra cruz de cada día.
Que haya en nuestro corazón también la disposición a querer ayudar a los demás a llevar su cruz. Miramos mucho en ocasiones nuestra propia cruz y hasta nos quejamos que es pesada, pero no somos capaces de mirar la cruz de los que están a nuestro lado y que quizá necesitan una mano que les ayude, les levante un poco el peso de esa cruz. ¿Seremos capaces de hacerlo cuando ahora nos disponemos a entrar en esta semana de pasión que nos lleva a la cruz, al calvario, pero para culminar en vida y resurrección?
Finalmente nos fijamos en el centurión y su proclamación de fe. ‘El centurión, que estaba enfrente, al ver como había expirado, dijo: Realmente este hombre era Hijo de Dios’. había seguido paso a paso la condena y pasión de Jesús hasta su ejecución en el calvario. Lo había contemplado en su silencio y en la serenidad de su vida, como ‘cordero llevado al matadero’, que había anunciado el profeta. No es fácil encontrar luz en el dolor y en el sufrimiento, pero el centurión había descubierto la luz. En la muerte de Jesús había contemplado la profundidad de su vida y esto le llevaba ahora a la confesión de fe más hermosa. ‘Realmente este hombre es Hijo de Dios’.
Es a lo que tiene que llevarnos también la contemplación de la pasión y muerte de Jesús que estamos haciendo. En ese sufrimiento, en esa muerte tenemos que descubrir la profundidad de la vida de Jesús que tiene que llevarnos a la luz, porque nos llevará a descubrir el amor. Sólo quien ama con un amor como el de Jesús, que es el amor de Dios, podrá llegar a esa entrega, a esa donación tan generosa de si mismo. Por eso descubrimos a Dios; por eso confesamos nuestra fe en Jesús proclamándolo desde lo más hondo de nosotros mismos, es el Hijo de Dios que nos está regalando su amor, nos está regalando su vida, nos está regalando la salvación.
¿Nos llevará eso también a descubrir el sentido de nuestro dolor? ¿Seremos capaces nosotros de hacer también una ofrenda de nuestra vida como lo hizo Jesús? aprendamos de las lecciones de la pasión para que lleguemos a participar de la gloriosa resurrección.