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domingo, 30 de noviembre de 2008

Adviento, esperanza, luz, vida nueva con Cristo que viene

Is. 63, 16-17.19; 64, 2-7;
Sal. 79;
1Cor. 1, 3-9;
Mc. 13, 33-37

Cuando comenzamos el adviento decimos que comenzamos un tiempo de esperanza, porque llega la navidad. Una cosa fácil de decir es que hoy los hombres viven sin esperanza. ¿Será en verdad eso así? ¿hay esperanza en la vida? ¿cuáles son nuestras esperanzas?
Si miramos a nuestro alrededor sí que podemos decir que hay algún tipo de esperanza en las gentes que nos rodean. ¿No espera el enfermo curarse y alcanzar la salud? ¿No espera el padre o la madre la vuelta del hijo que se marchó, o el anciano o la anciana que entre por la puerta el hijo o al ser querido que viene todos o que hace tanto tiempo que no ve?
¿No esperamos todos que esta situación de crisis económica en que nos vemos envueltos se resuelva y acaben todos los problemas que están surgiendo en todos los ámbitos? ¿no espera el parado encontrar trabajo, el estudiante aprobar los exámenes o acabar sus estudios? ¿No esperamos ahora que viene la navidad que nos toque la lotería, nos hagan muchos regalos o toda la familia coma unida?
Esperanza… podíamos seguir haciendo lista con cada uno de los problemas que nos afectan y en los que tenemos esperanza de encontrar soluciones.
Pero todo esto, ¿qué tiene que ver la esperanza en la navidad que se nos acerca? O acaso, ¿esperamos navidad sólo porque son unos días especiales o son días de vacaciones y de fiesta?
Dios ¿qué tiene que ver el adviento y la navidad con todas nuestras esperanzas? O también podríamos preguntar ¿en nuestras esperanzas hay algún lugar para Dios?
Creo que es en lo que tendríamos que reflexionar, y darle un poquito de profundidad a la vida, a nuestra fe, a la navidad que se acerca o a lo que realmente somos como cristianos.
Muchas veces las preocupaciones las ponemos en cosas fuera de nosotros mismos y quizá esperamos que las soluciones nos vengan desde fuera, desde otros que sean los que tienen que darla, o, a lo más, desde arriba.
Dios quiere que nos metamos allá en lo más hondo de nosotros mismos y seamos capaces de ver la luz que El quiere poner ahí, dentro de nosotros. Y que esa luz nos ayude a descubrir cuál tiene que ser nuestra auténtica esperanza y cuál es el trasfondo verdadero que tienen esas nuestras humanas esperanzas.
Como creyentes tenemos que decir que viene el Señor, que es nuestra luz y nuestra salvación, y que esa luz y esa salvación que El nos trae tiene que tocar, iluminar, salvar y sanar allá en lo que hay más dentro de nosotros. Esa luz y esa salvación que el Señor nos ofrece nos es, ni algo impuesto a nuestra vida desde fuera, ni algo ajeno a lo que es nuestra vida de cada día.
En la lectura profética que hoy hemos escuchado en primer lugar, el profeta está hablando al pueblo que pasa por unos momentos difíciles en su historia; es la vuelta del destierro, la hora de reconstruir en todos los sentidos aquel pueblo que estaba destrozado y dividido. El profeta les hace mirar dentro de sí mismo para ver las cosas que no marchan bien en su vida, reconocer sus infidelidades, su olvido de Dios, sus divisiones y enfrentamientos.
‘Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebatan como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti…’
El profeta les ayuda a sentir la presencia de Dios, que viene como lluvia que empapa la tierra, como fuego que derrite y purifica, y que se sientan como barro en manos del alfarero para dejarse trabajar por Dios. ‘¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia… Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero, somos todos obra de tu mano…’ Invoca la misericordia del Señor pero quiere ponerse en sus manos y dejarse transformar por él.
Pedimos también nosotros que venga el Señor y nos transforme, nos restaure, nos haga nuevos. Y el Señor quiere venir a nuestra vida, aunque nosotros muchas veces estamos ciegos y son otras las cosas que esperamos. El Evangelio nos habla de vigilancia, de estar atentos para sentir al Señor que llega a nuestra vida. ‘Mirad, vigilad… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos… velad’.
Iniciamos el tiempo del Adviento en este domingo. Es la presencia ya iniciada del Señor en nuestra vida. Nos preparamos es cierto para la Navidad, que no es sólo repetir aquellos acontecimientos de Belén. La llegada del Señor en la historia para hacerse hombre y traernos la salvación ya se realizó, por eso decimos presencia ya iniciada. Nos preparamos ahora nosotros porque queremos sentir esa presencia y esa salvación en nuestra vida, hoy y en nuestro mundo concreto.
Presencia del Señor que viene a colmar nuestras esperanzas más hondas. Presencia del Señor que nos hace anhelar también su venida gloriosa al final de los tiempos, donde lo alcancemos a El en toda plenitud. Porque esta triple dimensión tiene el tiempo del Adviento y la Navidad que se acerca.
Que de la misma manera que en ese signo de la corona del Adviento vamos enciendo una luz nueva cada semana, así vayamos dejándonos iluminar por el Señor y nos llenemos de la más honda esperanza de la salvación que el Señor nos trae a nuestra vida. Iniciamos un camino, un camino que tenemos que ir sembrando de luz y de esperanza. Luz que nos ilumine en las sombras mas hondas que podamos tener dentro de nosotros. Luz que nos haga mejores cada día. Luz que nos ayude a llenar de auténtica esperanza a nuestro mundo. Luz que nos ayude a descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Dios nos ha preparado una felicidad eterna en los cielos

Apoc. 22, 1-7

Sal. 94

Lc. 21. 34-36

Dios nos ha creado para la felicidad. Y quiere para nosotros una dicha y una felicidad eterna, sin fin. Nos tiene reservado un cielo nuevo y una tierra nueva de dicha y de felicidad junto a El.

Pero esa voluntad de Dios la encontramos desde las primera página de la Biblia cuando nos habla de la creación y de la creación del ser humano. ‘Luego Dios plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Y puso en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Del Edén salía un río que lo regaba…’ Así se expresa la primera página de la Biblia para decirnos en tan bellas imágenes el deseo de Dios de la felicidad del hombre.

Ahora en la última página de la Biblia encontramos una descripción semejante para hablarnos de ese cielo nuevo que tiene reservado para el hombre. De esa dicha y felicidad eterna que Dios quiere para el hombre que ha creado y ha redimido. ‘El ángel del Señor me mostró a mí, Juan, el río de agua viva, luciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En la mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Allí ya no habrá nada maldito… ya no habrá más noche ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos’.

Es la descripción rica en imágenes de la felicidad eterna de ver a Dios cara a cara. ‘Lo verán cara a cara’, dice el Apocalipsis. ‘Lo veremos tal cual es’, nos dirá san Juan en sus cartas. Los vencedores, los que formarán parte de ese cortejo celestial, los que están marcados en la frente con la señal de la sangre del Cordero, podrán contemplar a Dios, podrán gozar de la dicha de la visión de Dios por toda la eternidad y por toda la eternidad cantarán el cántico nuevo de la alabanza al Señor.

Queremos llegar a esa dicha y a esa felicidad. Ahora nos toca seguir caminando en este mundo pero en la fidelidad al Señor. Pedimos al Señor, como termina el Apocalipsis, ‘Marana Tha, ven Señor Jesús’. Que gocemos ya anticipadamente de su presencia y de su gracia que nos fortalezca en nuestro camino.

El evangelio de hoy nos previene para que estemos preparados. ‘Tened cuidado…’, nos dice Jesús. Hay muchas cosas que se pueden apegar a nuestro corazón, muchas pasiones que se desbordan, muchas cosas que nos pueden esclavizar. ‘Tened cuidado… no se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

Esperanza y vigilancia. Atención para no dejarnos enrollar por la tentación y el pecado. Cuidado para vivir santamente de manera que un día podamos gozar de la visión de Dios y cantar eternamente sus alabanzas.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Cielos nuevos y tierra nueva

Apoc. 20, 1-4.11 -21, 1

Sal. 83

Lc. 21, 29-33

‘Somos un pueblo que camina… buscando otra ciudad…. ciudad de eternidad…’ Es un canto que utilizamos muchas veces en nuestras celebraciones. Hoy nos habla el Apocalipsis de esa ciudad que no termina, de eternidad. ‘Y ví la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’.

Hermosa visión la que nos ofrece hoy Juan en el Apocalipsis. Ha sido derrotado el dragón maligno y enviado al abismo. ‘Agarró al dragón, que es la antigua serpiente, el diablo o satanás, y lo encadenó para mil años…’ Nos recuerda la serpiente del Génesis que tentó a Eva, el diablo tentador que se atrevió a tentar también a Jesús, el maligno que tantas veces nos ha llevado y arrastrado por el camino del pecado.

Llega el momento del juicio universal y la entrada en la gloria. ‘Y ví también unos tronos y en ellos se sentaron los encargados de juzgar…’ Allí estaban en primer lugar los mártires ‘los decapitados por el testimonio de Jesús y el mensaje de Dios… éstos volvieron a la vida y reinaron con Cristo…’ Recordamos lo que ya hemos escuchado: ‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’.

Es el momento de la resurrección final. Es un artículo de nuestra fe. ‘Creo en la resurrección de la carne’, decimos en el Credo. ‘Ví a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono… el mar entregó sus muertos… y todos fueron juzgados según sus obras’.

La hora de la resurrección y la hora del juicio final. ‘Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el registro de los vivos…’ Recordamos lo que escuchamos en el evangelio de Mateo sobre el juicio final. Y sabemos de qué vamos a ser juzgados, qué es lo que nos va a tener en cuenta Jesús. Por eso quienes están escritos en el libro de la vida, porque en verdad hayan llenado su vida de amor que es vida, serán llevados al cielo nuevo y a al tierra nueva, que nos tiene preparado. Quienes hayan llenado su vida de muerte, que no estén inscritos en el libro de la vida ‘serán arrojados al lago de fuego’.

Todo esto no es para el temor, sino para movernos al amor. Para que sintamos dentro de nosotros esos hondos deseos de cielo. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres’, hemos repetido en el salmo. Pero allí también manifestábamos esas ansias y deseos de cielo, de poder contemplar cara a cara Dios, de gozar de su presencia, de iluminarnos con su luz. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo…’

Que un día nosotros podamos ser de los que estemos inscritos en el libro de la vida. Que podamos vivir ese cielo nuevo y esa tierra nueva. Que podamos gozar de la dulzura del Señor. Que podamos con todos los santos en el cielo cantar eternamente la gloria del Señor.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Se acerca la liberación y seremos dichosos de comer en el banquete de bodas del Cordero

Apoc. 18, 1-2.21-23, 19, 1-3.9

Sal. 99

Lc. 21, 20-28

‘Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación…’ Con estas palabras ha terminado el texto del evangelio de este día. Jesús ha hablado de la destrucción de Jerusalén con todo detalle – cuando el evangelista escribió este evangelio ya se habían cumplido los anuncios de Jesús – y a continuación habla del final de los tiempos.

Ya sabemos el leguaje apocalíptico, como así se le llama – aunque sabemos que Apocalipsis es mucho más que eso -, que se suele emplear lleno de ricas imágenes para hablarnos del final de los tiempos. Pero lo importante no son la materialidad de esas señales, sino la aparición gloriosa de Jesucristo al final de los tiempos. ‘Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’. Es una imagen que se repite en distintos momentos del evangelio, como en el texto del Juicio final de Mateo que escuchamos el domingo, o cuando ante el Sanedrín Jesús dice que lo verán venir entre las nubes del cielo sentado a la derecha de la gloria de Dios.

Esto es lo importante, esa venida gloriosa del Señor, que es la señal del triunfo de Cristo, de nuestra total liberación. Es con lo que podemos conectar con el texto del Apocalipsis de este día. ‘¡Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero!’, nos ha dicho. Es el signo de la plenitud del Reino de Dios. Es la señal del triunfo del Cordero frente a la Bestia y al maligno. Participar en el banquete del Reino de los cielos, porque la victoria es de Cristo. Sabemos que en el Apocalipsis para hacer referencia a Cristo se menciona siempre el Cordero.

De esa victoria nos habla hoy el texto del Apocalipsis cuando nos habla de la caída de Babilonia. El nombre de esta ciudad es sinónimo de maldad y de pecado. La caída de babilonia es la victoria del bien sobre el mal, de Cristo sobre el pecado y la muerte. Por eso una vez más se prorrumpe en un cántico de alabanza.

‘Oí después en el cielo algo que recordaba el vocerío de una gran muchedumbre, cantaban: ¡Aleluya! La victoria, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios; porque sus sentencias son rectas y justas…¡Aleluya!’

Participamos ya de la victoria de Cristo. Pero es una lástima que habiendo vencido Cristo el pecado y la muerte con su muerte y resurrección nosotros sigamos volviendo a la muerte y al pecado. Nos dejemos seducir una y otra por la tentación del maligno y volvamos a ser derrotados con el pecado. Por eso, con qué intensidad tenemos que pedir una y otra vez ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Es nuestra lucha contra el pecado pero fortalecidos con la gracia del Señor que nunca nos falta. Los que fallamos somos nosotros dejándonos arrastrar por el pecado.

Aquí estamos ahora queriendo participar del banquete de la Eucaristía, el banquete de bodas del Cordero, que ahora como primicia y como prenda de la gloria futura nosotros celebramos aquí en la tierra. No somos dignos, tenemos que decirlo una y otra vez como el centurión del evangelio, pero aun así nos atrevemos a acercarnos porque confiamos en la palabra de Jesús que nos salva. No somos dignos, pero queremos sentir su fuerza y su gracia, por eso queremos alimentarnos del Pan de la Eucaristía que es Cristo mismo que como viático quiere venir a nuestro camino para ser nuestra fuerza.

‘Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero’. Dichosos nosotros sí que ahora podemos participar de la Eucaristía pero que deseamos un día participar en ese banquete eterno en el cielo. Que allí podamos gozarnos por toda la eternidad. Que allí eternamente cantemos ese cántico nuevo a nuestro Dios.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El cántico del Cordero

El cántico del Cordero

Apoc. 15, 1-4

Sal. 97

Lc. 21, 12-19

‘En la orilla estaban de pie los que habían vencido a la bestia…. Tenían en la mano las arpas que Dios les había dado. Cantaban el Cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el Cántico del Cordero…’

Hasta aquí el Apocalipsis ha hablado de luchas y persecuciones; nos ha hablado del dragón y de la bestia, signos del mal que nos acecha; pero al mismo tiempo siempre hemos vislumbrado la gloria de Dios: al que está sentado en el trono, al Cordero degollado, el único que podía abrir el libro con los siete sellos; en torno al que está sentado en el trono y al Cordero hemos contemplado también los cuatro seres vivientes, los veinticuatro ancianos sentados en veinticuatro tronos, los ciento cuarenta y cuatro mil que estaban marcados en la frente con la señal del Cordero para hablarnos de los mártires y de los testigos, y finalmente una multitud considerable que nadie podía contar. Hoy nos habla de los que han vencido a la bestia.

Progresivamente hemos ido contemplando la gloria del Señor y ahora comienzan los cánticos, el cántico nuevo, el cántico de Moisés y el cántico del Cordero. ‘Grandes y maravillosas son sus obras, Señor Dios Soberano de todo; justos y verdaderos tus caminos…’

Al hablarnos del cántico de Moisés – y antes nos ha hablado también de las siete plagas – está haciéndonos una referencia a la liberación de Egipto y a la Pascua. Este cántico de Moisés fue en el prorrumpió el pueblo que se veía liberado de la esclavitud de Egipto cuando ya atraviesan entre obras portentosas de Dios el mar Rojo. Atrás ha quedado la esclavitud y se abre ante ellos el camino de la libertad. Atrás ha quedado el enemigo derrotado y entonan la acción de gracias a Dios que hace tantas maravillas. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria; carros y caballos ha arrojado al mar…’

Es el canto de la victoria el que ahora también escuchamos. Atrás han quedado también las persecuciones y el mal, porque en el Cordero todo es triunfo de la gloria de Dios.

Precisamente en el evangelio de este día Jesús anuncia persecuciones para los que quieren ser fieles discípulos. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel… así tendréis ocasión de dar testimonio…’ Pero Jesús no nos deja solos. Con nosotros estará siempre la presencia de su Espíritu. ‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro…’ Y nos invita y nos da seguridad: ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.

Jesús nos garantiza la victoria. ‘Yo he vencido al mundo’. Podemos también nosotros entonar el cántico nuevo, el cántico del Cordero. ‘¿Quién no te respetará? ¿Quién no dará gloria a tu nombre, si tú sólo eres santo?’

Es el cántico de la victoria. Es el cántico de la esperanza. ¡Qué bien lo vivieron aquellos cristianos de los primeros tiempos en las persecuciones! Así tenemos que vivirlo nosotros hoy también en un mundo muchas veces adverso. Pero siempre queremos cantar la gloria del Señor. Siempre queremos vivir en fidelidad y en esperanza.

martes, 25 de noviembre de 2008

Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo

Apoc. 14, 14-19

Sal. 95

Lc. 21, 5-11

‘Miré y vi una nube blanca; sentado encima uno con aspecto de hombre, llevando en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada’. Extraña imagen la que nos presenta el Apocalipsis. Una nube blanca, símbolo de la presencia y de la majestad divina. Una hora que nos hablaría de segar o de recoger cosechas. Uno con aspecto de hombre, nos viene a recordar al Hijo del hombre que aparece con gloria entre los ángeles para realizar el juicio de Dios.

Todo nos está hablando de la majestad y el poder de Dios. Esta imagen nos puede conectar con lo escuchado el pasado domingo sobre el juicio final. ‘El Hijo del Hombre sentado en su trono de gloria con todos sus ángeles’.

En estos días del final del año litúrgico y luego al comenzar el adviento también la Iglesia nos recuerda una y otra vez la última venida del Señor. Lo escucharemos también en los evangelios de estos días, aunque hoy nos habla por una parte de la destrucción de Jerusalén, aunque deja entrever también esa venida final. Es una parte de nuestra fe que no podemos olvidar, ni sólo pensar en ello en contadas ocasiones de nuestra vida. Cuando nos llegue la hora de nuestra muerte hemos de presentarnos ante Dios para el juicio. Y de eso nos está hablando hoy el Apocalipsis cuando nos habla de la siega y de la vendimia.

‘Ha llegado la hora de la siega, pues la mies de la tierra está más que madura. Y el que estaba sentado encima de la nube acercó su hoz y la segó’. Más adelante nos dirá de nuevo. ‘Arrima tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque las uvas están en sazón’.

Recordemos que en la Eucaristía, en una de sus oraciones, la dicha como embolismo al Padrenuestro, decimos. ‘…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’. Y en una de las plegarias eucarísticas mientras hacemos el ofrecimiento del Sacrificio de Cristo expresamos también esa esperanza: ‘Mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo’. Sería interesante repasar esta expresión de nuestra fe y esperanza en toda la liturgia, cosa que dejamos para otro momento.

Es la esperanza de la venida del Señor al final de los tiempos, de ese encuentro en plenitud con Dios, que es encuentro para el juicio, aunque tenemos la esperanza que sea en misericordia y benevolencia por parte de Dios. Pero que esta esperanza nos tiene que hacer pensar en nuestra vida, hacer que nos preparemos para ese encuentro y que entonces nos preocupemos de hacer buenas obras que llevemos en nuestras manos al vivir ese encuentro con el Señor.

Pero una cosa sí que hay que tener en cuenta y es que nuestra esperanza no la podemos vivir en parámetros de angustia y desesperación, sino que es esperanza en al amor. Llenemos nuestra vida de amor para que en el amor vivamos ese juicio de Dios. Muchas son, es cierto nuestras debilidades, flaquezas y caídas, pero grande es el amor y la misericordia del Señor. Aunque también tenemos que evitar la presunción de decir que vivimos nuestra vida de cualquiera manera, porque como al fin el Señor es misericordioso, siempre vamos a tener el perdón. Tenemos garantía de perdón porque es así el amor de Dios, pero por nuestra parte tenemos que llenar nuestra vida de obras de amor.

Que no nos falte nunca la paz en nuestro corazón.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Apoc. 14, 1-5

Sal. 23

Lc. 21, 1-4

‘Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor’. Es lo que hemos repetido en el salmo. ¿Cuál es ese grupo? ¿a quiénes se refiere?

Podemos decir de entrada que se está refiriendo a nosotros. Cada mañana nos acercamos al Señor ya sea en nuestro oración con la que ofrecemos nuestro día al Señor, o ya sea en la participación en la celebración de la Eucaristía Venimos al encuentro con el Señor. Queremos sentirnos en su presencia. Queremos sentirnos inundados de su presencia.

Pero a algo más quiere referirse este salmo que hemos recitado a continuación de escuchar la proclamación del libro del Apocalipsis. Juan tiene una nueva visión. Contempla la gloria del Señor y al Cordero. ‘Yo, Juan, miré y vi al Cordero de pie sobre el monte Sión…’ A su alrededor los cuatro vivientes, los veinticuatro ancianos, y una multitud de bienaventurados, ‘y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre’. Todos entonan un cántico nuevo, ‘que nadie podía aprender fuera de los cientos cuarenta y cuatro mil…’

Son los bienaventurados del cielo. Son los que han sido fieles y en aquel momento se podía decir que eran los mártires que habían dado su vida, derramado su sangre por su fidelidad. ‘Ellos son el cortejo del Cordero a donde quiera que vaya’.

Nosotros también queremos unirnos a ese ‘cortejo del Cordero’. Quisiéramos también poder entonces ese cántico nuevo. Y podemos recordar una cosa. También nosotros estamos marcados. Recordemos nuestro bautismo. Una y otra vez volvemos a nuestro bautismo porque su espiritualidad es esencial para la espiritualidad del cristiano. Recordemos que lo primero que se nos hizo cuando fuimos introducidos a la Iglesia fue marcarnos con la señal de Cristo Salvador, con la señal de la cruz, aunque después también fuimos ungidos con el óleo y el crisma santo. Somos también los marcados. Podemos formar parte de ese cortejo.

Sin embargo reconocemos que nos falta algo, porque en nuestra vida no siempre hemos sido irreprensibles. Nos hemos llenado de pecado. ‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’, se preguntaba el salmista. ‘El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ése recibirá la bendición del Señor. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia’, responde el mismo salmo.

Pero recordemos otro texto del Apocalipsis, que estos días no vamos a escuchar, pero que sí lo hicimos el día de todos los santos. Nos describía entonces ‘una muchedumbre inmensa que nadie podía contar de toda raza, lengua y nación, con vestiduras blancas y con palmas en sus manos… ¿Quiénes son y de dónde han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero’.

Una referencia a los que venían del martirio. Pero una referencia a nosotros también, que aunque pecadores, queremos ser fieles y nos lavamos y purificamos en la sangre del Cordero. En Cristo nos sentimos purificados, limpios, hechos dignos de participar en ese cortejo y poder también cantar ese cántico nuevo.

No sabemos si el Señor nos concederá la gracia y la gloria del martirio – eso está oculto en el misterio de la voluntad de Dios – pero sí sabemos que nosotros podemos ser testigos en nuestras luchas, venciendo en la tentación, haciéndonos fuertes en nuestras debilidades, caminando con firmeza fortalecidos con la gracia del Señor frente a adversidades y contrariedades, frente a sufrimientos y también a incomprensiones por parte de los demás. Ahí tenemos que ser testigos, ahí tenemos que ser mártires.

Que el Señor nos conceda la gracia de que un día podamos unirnos a ese cántico eterno, formar parte de ese número de los escogidos ‘el grupo que busca al Señor’, que podamos cantar en ese ‘cortejo del Cordero’ ese cántico nuevo por toda la eternidad.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Heredad el Reino preparado para vosotros…


Ez. 14, 11-12. 15-17; Sal- 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46

Llegamos a la finalización del año litúrgico y en este último domingo celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Cristo, Señor del tiempo y de la historia, meta hacia la que camina toda la humanidad y toda la creación. El próximo domingo iniciamos un nuevo ciclo con el Adviento disponiéndonos a hacer de nuevo el recorrido por todo el misterio de Cristo.
¿Qué significa que proclamemos a Jesucristo, Rey del Universo? ¿Qué sentido tiene nuestra celebración? Este domingo es la culminación del todo el año litúrgico y podríamos decir que es como un resumen de todo lo que hemos ido viviendo y celebrando a través del año litúrgico.
Comenzamos escuchando la invitación a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Un primer anuncio y un primer paso en nuestra vida, convertirnos al Señor. Terminamos diciendo, el Reino de Dios está aquí; es una realidad comenzada y que avanza progresivamente en nuestra vida, para llegar a la total madurez y plenitud al final de los tiempos.
Llega el Reino de Dios. Jesús lo anuncia y lo realiza. Nos invita a creer en El y convertir nuestra vida. Porque llega el Reino de Dios. Sus palabras, sus obras, su vida, su amor, su entrega lo realizan.
Nosotros estamos en camino. Creemos en Jesús y queremos vivir su Reino. Nos convertimos a El y le reconocemos como nuestro Rey y Señor. Algo más hondo que aquel reconocimiento de las gentes que querían hacerle rey porque les daba a comer pan milagrosamente en el desierto. Nosotros queremos hacerlo realidad en nuestra vida de cada día con nuestras obras, con nuestro amor, con nuestra nueva forma de vivir queriendo acomodarnos al sentido de su Evangelio.
Caminamos hacia la plenitud final donde ya sabemos de qué nos va a examinar El. Sabemos cuál es la pregunta de ese examen final. No vamos a ser preguntados por lo que creemos sino por lo que hemos amado. Por eso nos preparamos y es lo que queremos vivir a pesar de todas nuestras limitaciones y debilidades.
‘Heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, nos dirá. Y ¿qué es lo que nos ofrece? La vida eterna, el Reino eterno. Cristo es la garantía de que vamos a alcanzar esa vida eterna, ese Reino eterno. ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’, nos decía el apóstol Pablo. Es cierto que con Adán entró la muerte en el mundo, pero ha venido Cristo para traernos la vida, y la vida eterna. ‘Por un hombre, por Adán vino la muerte… murieron todos; por Cristo ha venido la resurrección… todos volverán a la vida’. El es la primicia, pero con él será aniquilado el último enemigo la muerte. Por eso con Cristo todos estamos llamados a la heredad eterna, a la vida y el Reino eterno.
¿Por qué podemos merecer heredar el Reino en plenitud? Porque en el camino de la vida eso es lo que hemos querido vivir, el Reino de Dios. Pero no ha sido solo el voluntarismo de decir que queremos vivir el reino de Dios, sino que hemos querido poner de verdad amor en nuestra vida para hacerlo realidad en nosotros y cada día un poquito más en nuestro mundo. Hemos entrado a formar parte del Reino porque hemos querido vivir en el amor. Ese es el eje vertebrador del Reino de Dios. Es, como decíamos antes, de lo que en ese momento de la plenitud final se nos va a examinar y lo que hemos ido queriendo hacer en nuestra vida, incluso con nuestras debilidades y flaquezas.
‘Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme… ¿Cuándo te vimos hambriento… sediento… forastero… desnudo… enfermo o en la cárcel?... os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’
¿Has compartido un pedazo de pan o un vaso de agua? ¿has sido acogedor con el otro, ya fuera de color o inmigrante, ya fuera de tu agrado o quizá más antipático o repulsivo, fuera quien fuera? ¿Has sido capaz de abrir los oídos del corazón para escuchar y para secar unas lágrimas de soledad o para calmar un sufrimiento del alma o del cuerpo? ¿has sabido detenerte a la vera del camino de la vida sin prisas para hablar con el que pasa o para ayudarle a encontrar un camino? ¿has sabido ser cireneo que ayuda a cargar con la cruz de los demás haciéndoles menos penoso el camino? Lo hiciste con el hermano, lo hiciste a Cristo también.
Para compartir no hacen falta muchas riquezas ni muchas cosas sino solamente un corazón compasivo y misericordioso, un corazón que sabe escuchar, unos ojos que saben mirar con una mirada nueva, una disponibilidad para saber acoger y un deseo de poner el corazón a tono para amar siempre.
Hoy proclamamos que Jesucristo es en verdad el Rey de nuestra vida. Lo proclamamos y lo celebramos.
Lo hemos sentido como buen Pastor que ha caminado a nuestro lado dándonos el mejor alimento para nuestra vida y el mayor consuelo para nuestros necesidades y sufrimientos.
Lo hemos visto subir como Sacerdote eterno, ungido con el óleo de la alegría, hasta el altar de la Cruz para ofrecerse como víctima de expiación para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte y consumar así el misterio de la redención humana.
Hoy lo contemplamos como Rey de todo el universo que presenta la creación entera ante el Padre, como el reino eterno y universal, como el reino de la verdad y de la vida, como el reino de la santidad y de la gracia, como el reino de la justicia, el amor y la paz.
Hoy lo proclamamos con toda nuestra vida, lo cantamos con la mejor alabanza, lo celebramos con la más hermosa acción de gracias, porque por Cristo, en Cristo y con Cristo queremos en la unidad del Espíritu rendir todo honor y toda gloria a Dios Padre por los siglos de los siglos.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Profecía y lectura de la historia

Profecía y lectura de la historia

Apoc. 11, 4-12

Sal. 143

Lc. 20, 27-40

Dos testigos, como dos olivos o dos lámparas. Unas imágenes que nos hablan de los que son fieles y por eso serán perseguidos. Podíamos decir casi como resumen, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo se vuelven a repetir en los testigos, en los mártires. Es el mensaje final de este texto del Apocalipsis.

Se les da a estos dos testigos las características de dos grandes figuras o profetas del Antiguo Testamento: Elías y Moisés. ‘Tiene poder para cerrar el cielo, de modo que no llueva mientras dure su profecía’. Es una referencia clara al profeta Elías, que no dejó llover sobre la tierra. ‘Poder para trasformar el agua en sangre y herir la tierra a voluntad con plagas de toda especie’, en referencia a Moisés y las plagas de Egipto.

La misión del profeta y la misión del que iba a ser el caudillo de Israel que lo sacase de la esclavitud de Egipto y lo condujese a la tierra prometida no fue fácil. Elías vive en momentos difíciles de idolatría a los baales y fuerte será su lucha por mantener la fe en Yavé incluso en contra de los poderes humanos. No fue fácil la misión de Moisés, enfrentado al faraón para liberar a su pueblo de la esclavitud y enfrentado también muchas veces a su mismo pueblo mientras lo conducía por el desierto, siempre tentado a la vuelta, a la idolatría, al abandono de la alianza que habían hecho con Yavé.

Habla el Apocalipsis de momentos de persecución y de muerte. ‘Cuando termine su testimonio la bestia que sale del abismo les hará la guerra, los derrotará y los matará… los cadáveres yacerán en las calles, no permitirá que les den sepultura… todos se felicitarán con su muerte’.

Pero habla también de resurrección y de triunfo. ‘Al cabo de los tres días y medio, un aliento de vida los hará ponerse en pie en medio de todos los que los veían… subirán al cielo en una nube a la vista de sus enemigos…’

Apocalipsis es una profecía o una lectura de la historia en momentos de persecución y muerte, pero es anuncio de vida, de resurrección y de triunfo.

No sólo lo fue en aquellos momentos difíciles para la Iglesia en aquellos primeros siglos de persecuciones de la Iglesia, sino que sigue siendo profecía y lectura de nuestra historia. Son necesarios momentos de fidelidad y de testimonio de los creyentes. No podemos decaer por muchas que sean las cosas que tengamos en contra. Momentos difíciles porque nos cuesta también dar testimonio. Miremos lo que nos cuesta hoy. El rechazo de sectores de la sociedad a la religión y a la fe; cómo se busca de todas formas desprestigiar a la iglesia y a los creyentes, la indiferencia que se va infiltrando y haciendo decaer incluso la fe de los creyentes; la laicidad que quiere imponerse cada vez más; las costumbres que cambian y que se manifiesta incluso hasta en las leyes de nuestra sociedad civil; el materialismo y la sensualidad como forma y estilo de vida, la confusión que se pretende crear en la religión pretendiendo que todo sea igual, haciendo que la gente dude incluso hasta los más fieles… y así tantas cosas más de nuestra sociedad de hoy. Decimos las cosas no son como antes. La sociedad cambia y eso nos afecta.

Pero el cristiano no puede dudar del triunfo de Cristo. Fracaso más grande parecía la muerte de Jesús en la cruz, pero resucitó. La esperanza, pues, no nos puede faltar.

Es la esperanza que en el libro del Apocalipsis se quería suscitar en aquellos momentos de las persecuciones y es la esperanza que se quiere insuflar también en nuestro corazón.

‘Bendito el Señor, mi roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo, mi refugio, que me somete los pueblos’. Es lo que orábamos con el salmo. Recemos con fe y esperanza.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Al paladar será dulce como la miel

Apoc. 10, 8-11
Sal. 118
Lc. 19, 45-48

‘¡Qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca!
’ Es la respuesta del salmo a lo escuchado en el Apocalipsis. Texto que nos recuerda también al profeta Ezequiel. Podríamos decir que de alguna manera el texto del Apocalipsis está calcado en el profeta.
‘Hijo del hombre, come lo que te presentaron… Come este libro y anda a hablar a la gente de Israel… Aliméntate y llena tus entrañas con este libro que te doy… Lo comí y en la boca lo sentí dulce como la miel’. Es lo que dice la profecía.
De la misma manera hemos escuchado en el Apocalipsis. ‘Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está sobre el mar y la tierra… cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor… tienes que profetizar todavía contra pueblos, naciones, lenguas y pueblos’.
Es como una parábola. Todo son signos de algo profundo que tiene que realizarse dentro de nosotros.
Hemos de comer la Palabra de Dios, la ley y los mandatos del Señor. Y comerlo es asimilarlo en nuestra vida, hacerlo vida nuestra. De la misma manera que cuando tomamos nuestros alimentos. Los asimilamos. Se hacen vida en nosotros, porque serán nuestra energía para lo que hacemos y vivimos. Es hermosa la imagen. Cómo tenemos que asimilar dentro de nosotros la Palabra de Dios. No es sólo oírla, es más, escucharla para plantarla en nuestra vida y sea nuestra razón de vivir. No puede ser, entonces, algo superficial. Tiene que meterse en lo más hondo de nosotros mismos.
Esto nos llevaría a hacernos muchas preguntas, examinar a fondo nuestra vida, para ver cuál es la actitud que tenemos ante la Palabra que se nos proclama cada día. ¿La hemos hecho cosa nuestra para el resto del día? ¿Dentro de un rato la recordaremos? ¿O se convertirá quizá en un rito que hay que hacer, y que pase pronto para pronto acabar también porque tenemos otras cosas que hacer?
Es dulce como la miel la Palabra del Señor, la ley de Dios, lo que es su voluntad sobre nuestra vida. Es que en la Palabra encontramos vida y salvación. Tiene que ser un gozo y una dicha. Es lo que tiene que ponernos en camino de la verdadera felicidad.
Pero en el estómago produce ardor. En el fondo del corazón, en lo hondo de nuestra vida. Algunas veces nos hiere o nos molesta, como esa piedrita que se nos mete en el calzado. O como ese bisturí con que el médico tiene que tocar la herida para limpiarla y hacer que sane. Así la Palabra llega a nuestra vida y tiene que hacernos reflexionar, ver la realidad, lo que tenemos que mejor o cambiar. Y se nos hace duro y costoso. Nos exige ponernos en el camino de la cruz, del sacrificio, de la renuncia. Y eso cuesta. Eso duele como cuando hay que arrancar un vendaje que se nos ha pegado a la herida. Se nos pegan tantas cosas en el corazón que tenemos que arrancar y nos duele.
Será Pascua en nuestra vida. Y la Pascua es muerte y resurrección. Y esa Pascua tiene que estar presente en el día a día de nuestra vida.
Además la Palabra comida y asimilada hay que llevarla a los demás. ‘Come el libro y anda a hablar a los demás… profetiza…’ Algunas veces no es fácil. En muchas ocasiones encontraremos rechazo. Si continuáramos leyendo el texto del profeta al que hicimos mención al principio, veríamos cuánto le costó al profeta el cumplir con su misión.
Asimilemos de verdad la Palabra de Dios en nuestro corazón para que podamos hacerla vida y llevarla a los demás.

Hagamos como María, la dichosa porque ha creído, la dichosa por escucha la Palabra de Dios y la cumple, la que guardaba todo en su corazón.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes


Apoc. 5, 1-10

Sal. 149

Lc. 19, 41-44

Un libro con sus sellos, un Cordero degollado, una Sangre derramada, un rescate y una nueva dignidad (dinastía sacerdotal)… Son cosas que aparecen en este texto sagrado del Apocalipsis que hoy hemos escuchado y en el que seguimos contemplando la visión de la gloria de Dios que se manifiesta.

¿Quién puede abrir el sello, revelarnos el misterio de Dios? ‘Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: ¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos? Y nadie… podía abrir el rollo y ver su contenido…’

‘Nadie conoce al Padre… nadie conoce al Hijo…’ escuchamos en una ocasión decir a Jesús en el Evangelio.

‘Pero uno de los ancianos me dijo: No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos’. ¿De quién nos está hablando? A lo que antes escuchábamos a Jesús, sabemos bien cómo terminaba la frase. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, y nadie conoce al Hijo sino el Padre…’ Es Jesús es que nos viene a revelar el misterio de Dios. El Verbo de Dios, la Palabra de Dios que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Mesías de Dios que de la tribu de Judá había de nacer, y de la familia de David, como bien sabemos.

Por eso sigamos escuchando lo que contemplamos en el Apocalipsis. ‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado…’ ¡Cuántas cosas nos recuerda del evangelio. Juan Bautista lo señala a sus discípulos como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y ya Isaías lo había señalado cuando nos hablaba del Siervo de Yavé, ‘como cordero llevado al matadero… enmudecía y no abría la boca… torturado en el sufrimiento... entrega su vida como expiación…’ Y pensamos también en el Cordero Pascual inmolado, cuya sangre liberó a los judíos de la muerte y se convirtió en el signo de la Pascua que cada año celebraban.

‘Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume, son las oraciones del pueblo santo, y entonaron un cántico: eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, pueblo y nación; has hecho de ellos un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra’.

La sangre de Cristo derramada en la Cruz es la Sangre de la Alianza nueva y eterna. Su entrega y su sangre derramada nos ha rescatado del poder del enemigo, pero no solo eso sino que nos ha elevado a una dignidad nueva y distinta. Nos ha hecho partícipes de su vida; nos ha unido a El para que con El seamos una sola cosa; nos ha configurado con el para hacernos sacerdotes, profetas y reyes, como recordamos, desde nuestro Bautismo. ‘Has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes’, hemos repetido hoy en el salmo. ‘A los vencedores los sentaré en mi trono junto a mí…’ escuchábamos que le decía a las Iglesias. ‘A los vencedores los vestiré con vestiduras blancas…’ como en el Bautismo fuimos revestidos con la vestidura blanca signo de nuestra dignidad de cristianos, de hijos de Dios.

Demos gracias a Dios. Cantemos también nosotros la alabanza del Señor. Entonemos también ese cántico nuevo. ¡Cuántas cosas recibimos en Cristo!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Llenos de esperanza y con deseos de cielo

Apoc. 4, 1-11

Sal. 150

Lc. 19, 11-28

¿Cómo no llenarnos de esperanza y sentir deseos de cielo cuando vislumbramos la gloria de Dios que nos describe el Apocalipsis? Concluido el mensaje del Espíritu a las siete Iglesia que hemos tenido en los capítulos anteriores, ahora aparece una visión de la gloria del cielo. Decíamos que era un libro de esperanza que venía a iluminar y a dar fuerza a los cristianos en el momento en que estaban viviendo de grandes dificultades. Con esta visión de la gloria de Dios se sienten alentados en su camino y llenos de esperanza, lo que nos vale a nosotros también.

En este capítulo que hoy se nos ha proclamado tenemos una primera visión de la gloria de Dios en el cielo donde ya contemplamos a todas las criaturas cantando la gloria de Dios.

‘Santo, santo, santo es el Señor, soberano de todo; el que era, el que es y el que viene’, hemos escuchado lo que es el canto del cielo. ‘Digno eres, Señor y Dueño nuestro, de recibir la gloria, el honor y la fuerza, por haber creado el universo; por tu voluntad fue creado y existe…’

Nos recuerdan estas palabras lo que nosotros queremos hacer anticipando con nuestra liturgia terrena la liturgia celestial. Es el canto del Santo tras el prefacio que inicia la plegaria eucarística, pero que también tiene su resonancia en el gloria que cantamos los domingos y fiesta en el inicio de la Eucaristía. Pero es que toda la liturgia está llena de esos cánticos de alabanza y de búsqueda de la gloria de Dios.

Se repiten los Aleluyas y alabanzas en la celebración y llegamos a la culminación en la doxología final de la plegaria Eucarística donde con Cristo, en Cristo y por Cristo queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre. Para el Señor la gloria y la alabanza. Hoy también en el salmo hemos querido cantar la alabanza del Señor con trompetas, arpas y cítaras, tambores y danzas, platillos sonoros y platillos vibrantes.

Nos describe el Apocalipsis la gloria del cielo. Ayer escuchábamos que estaba a nuestra puerta llamando y a quien le abriese lo invitaría a comer del Banquete del Reino de los cielos. Ahora nos dice Juan: ‘Yo miré y vi en el cielo una puerta abierta. La voz con timbre de trompeta me estaba diciendo: Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder… Caí en éxtasis. En el cielo había un trono y uno sentado en el trono…’

Luego nos habla de ‘los veinticuatro ancianos sentados alrededor en veinticuatro tronos con ropajes blancos y con coronas de oro en la cabeza…’ Ayer escuchábamos cómo a los vencedores los vestiría con vestiduras blancas y los haría sentar en su trono junto a sí. Es lo que hoy contemplamos. Estos ancianos que son imagen de los santos del Antiguo Testamento y que representan al pueblo fiel que canta la gloria de Dios.

Y habla también de otros seres vivientes que también adoran a Dios y cantan su alabanza. Los ángeles del cielo que adoran y alaban a Dios. ‘En el centro, alrededor del trono , había cuatro seres vivientes… el primero se parecía a un león, el segundo a un toro, el tercero tenía cara de hombre, y el cuarto parecía un águila en vuelo…’ Son imágenes que están tomadas de los profetas de Isaías, de Ezequiel. Y estas cuatro figuras han servido en el arte cristiano para representar a los cuatro evangelistas.

Todos alababan a Dios. ‘Los ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adorando al que vive por los siglos de los siglos… y arrojan sus coronas ante el trono…’

Todo nos habla del resplandor de la gloria de Dios. ‘El arco iris que brilla como una esmeralda, el trono que brilla como jaspe y granate, los relámpagos que salían del trono y los truenos, las siete lámparas que ardían, la especie de mar transparente que parecía un cristal…’ Todo para expresar el resplandor de la gloria del cielo.

¿Cómo no tener deseos de cielo? ¿Cómo no llenarnos de esperanza, aunque ahora vivamos en nuestras luchas, si sabemos que saldremos vencedores y podemos sentarnos en su trono de gloria? Por eso queremos ahora que toda nuestra vida sea siempre para alabanza de su gloria. Aquí en la tierra mientras peregrinamos nos hacemos partícipes de su gloria cada vez que celebramos la Eucaristía. Que siempre la vivamos con sentido y que siempre sepamos unirnos con toda nuestra vida a los coros celestiales que eternamente alaban a Dios.

martes, 18 de noviembre de 2008

A los vencedores los sentaré en mi trono junto a mí

Apoc, 3, 1-6. 14-22
Sal. 14
Lc. 19, 1-10

Hay que ver cómo nos ponemos cuando nos corrigen o nos llaman la atención por algo que no hacemos bien. No nos gustan las correcciones. Pero fijémonos en lo que nos dice hoy el Señor. ‘A los que yo amo, los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y conviértete’. Es una manifestación del amor que el Señor nos tiene que quiere para nosotros lo mejor y entonces corrijamos aquellas cosas que no van bien en nuestra vida.
Seguimos escuchando el mensaje del Espíritu en el Apocalipsis a las distintas Iglesias. Hoy a la de Sardes y a la de Laodicea. Es hermosa la promesa que hace a una y otra Iglesia para los que salgan vencedores. ‘Al que venza lo vestiré todo de blanco y no borraré su nombre del libro de la vida’, le dice a Sardes. ‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mì’, le dice a Laodicea.
Pero la lucha es grande. Muchas son las cosas que tienen que cambiar en una y otra Iglesia. ‘No he encontrado tus obras perfectas a los ojos de mi Dios... si no estás en vela, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti...’ le dice a Sardes, mientras a Laodicea le dice: ‘Conozco tu manera de obrar y no eres frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio, y no eres frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca...’
¿Serán nuestras obras perfectas a los ojos de Dios? ¿cuál es la intensidad con que vivimos el amor de Dios? La tibieza en nuestra vida espiritual es algo bastante malo. Es caer en la indiferencia, en la desgana, pendiente que nos lleva a abandonar todo y al pecado con mucha facilidad. Es una tentación fácil que además nos lleva a caer en muchas tentaciones. No le damos importancia a las cosas; nos da igual una cosa que otra, rehuimos lo que nos pueda comprometer, queremos nadar entre dos aguas, como suele decirse, y así nos va al final. Es un gran pecado de muchos cristianos, en el que todos podemos caer casi sin darnos cuenta. Por eso el cristiano tiene que estar siempre vigilante. Porque la intensidad de nuestro amor tiene que ser siempre grande. Tenemos que caldearnos de verdad en el fuego del Espíritu.
El Espíritu le dice cosas muy concretas a ambas iglesias: ‘Acuérdate de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete... te aconsejo que me compres oro refinado en el fuego, y así serás rico; y un vestido blanco, para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez; y colirio para untártelo en los ojos y ver...’
La Palabra de Dios que hemos de escuchar y saber guardar en nuestro corazón. El oro refinado de nuestra santidad purificada a fuego para limpiar nuestra vida de toda impureza y de todo pecado, como el oro que se purifica en el fuego del crisol para quitarle toda mancha. La vestidura blanca y reluciente que recibimos en el bautismo con nuestra dignidad de cristianos e hijos de Dios y que hemos de cuidar de mantener siempre inmaculada. El colirio del Espíritu de amor que nos haga mirar con una mirada nueva, tanto al misterio de Dios que se nos revela, como a los demás para verlos como unos hermanos a quien amar.
‘Estoy a la puerta llamando: si alguien me oye y me abre, entraré y comeremos juntos’. ‘Pasa al banquete de tu Señor’, escuchábamos el domingo en la parábola de los talentos para aquellos que supieron ser fieles al menos en lo poco. Pero hoy en el evangelio también escuchamos cómo Jesús se detiene ante Zaqueo sumergido entre las hojas de la higuera para decirle: ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.
Cristo quiere hospedarse en nuestra casa. Cristo llama a las puertas de nuestra vida. Nos invita al banquete del amor, al banquete de la Eucaristía, al banquete del Reino de Dios. Quiere vestirnos con la vestidura blanca y sentarnos junto a sí. Que como Zaqueo abramos pronto la puerta de nuestra vida y lo recibamos muy contentos.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Esta es la revelación... Apocalipsis

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5
Sal. 1
Lc. 18, 35-43

‘Esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo...’ Así comienza el libro de la Revelación, el libro del Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento, que vamos a leer de forma continua durante las dos semanas que nos quedan del tiempo ordinario.
Cuando decimos Apocalipsis seguramente pensamos en calamidades, catástrofes, cosas portentosas y normalmente es un libro de la Biblia que nos cuesta leer porque nos parecen habitualmente ininteligibles las imágenes que van apareciendo en él. De entrada decir que la palabra Apocalipsis no significa nada de eso. Significa revelación. Fijémonos que es así como ha comenzado. ‘Esta es la revelación...’
Es cierto que todo el texto está muy lleno de imágenes, muchas de ellas impactantes, y visiones celestiales. Es un lenguaje propio del Oriente y que nos quiere expresar precisamente esa grandiosidad del Misterio de Dios que se nos revela. Pero todas esas imágenes quieren ser reflejo de una situación que vive la comunidad cristiana en aquellos momentos, pero también de la esperanza que quiere infundir esta Revelación. Todo está ordenado al triunfo de Cristo. Frente a las persecuciones que están sufriendo los cristianos en aquellos momentos, finales del siglo primero donde ya han arreciado las persecuciones del imperio romano sobre los cristianos, está el anuncio de la victoria final. Como decíamos en el salmo, ‘al que salga vencedor, le daré a comer del árbol de la vida’.
Juan es testigo y quiere dar testimonio de esa revelación que en sus visiones ha recibido de Cristo. Un testimonio para el ánimo y para la esperanza. ‘Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Una palabra profética de ánimo y de esperanza, porque viene a hacer una interpretación profética de la historia.
A partir del capítulo segundo se va a dirigir a las siete Iglesias de la antigüedad. En la lectura continuada sólo veremos la profecía para algunas. Hoy escuchamos las palabras dirigidas a la Iglesia de Éfeso. Como siempre iremos viendo, son palabras de aliento que parten de un reconocimiento de lo bueno que esas iglesias hay, para luego tener también unas palabras de denuncia o de corrección para que no olviden cosas esenciales y caminen por el camino recto.
Alaba las obras de la Iglesia de Éfeso. ‘Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza...’ Reconoce como no puede ‘soportar a los malvados, tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar...’ Pero al mismo tiempo hay algo que corregir. Se trata de que su amor no es tan intenso como al principio, ha perdido calor. ‘Has dejado enfriar el amor primero’. Invita a la conversión, a realizar una transformación en nuestra vida, ‘cambia tu actitud y vuelve a tu conducta primera’.
No se trata ahora en nuestra reflexión de hacer un estudio a qué cosas concretas de aquella comunidad de Efeso se está refiriendo. Pero creo que lo que dice nos afecta a nosotros también. Hay cosas buenas en nuestra vida; siempre nos fijamos en nuestros lados negativos, pero necesitamos también hacer un reconocimiento del camino recorrido, de las cosas buenas que hacemos, de los pasos que hemos ido dando con ayuda de la gracia de Dios. Sería quizá un orgullo no hacerlo.
Luego tenemos que reconocer lo que a nosotros también nos sucede parecido a lo que se denuncia de aquella Iglesia. No mantenemos el mismo ardor del principio en nuestra vida. Tras un momento de intenso fervor, viene el enfriamiento espiritual, y para que ya nuestra fe y nuestro amor no es el mismo de antes. Por eso tenemos que escuchar esta palabra profética dicha también para nosotros. ‘Cambia tu actitud y vuelve a tu conducta primera’.Tenemos que pedirle hoy al Señor como el ciego de Jericó que hemos contemplado en el Evangelio. ‘Señor, que vea otra vez... ten compasión de mí’. Que alcancemos esa luz de la Revelación para que descubramos el misterio de Dios. Para que nos llenemos de su luz, de su vida y de su amor. Para que vuelva a ser intenso de nuevo nuestro amor como lo era en el principio.

domingo, 16 de noviembre de 2008

¿Qué hacemos con nuestros talentos?


Proverbios 31,10-13; Salmo: 127; 1 Ts 5, 16-6; Mt 25,14-30
Tenemos que conjugar en nuestra reflexión la Palabra de Dios proclamada, sobre todo la parábola de los talentos que hemos escuchado, y la celebración, que en nuestra Iglesia española tenemos este domingo, del Día de la Iglesia Diocesana.
‘Un hombre al irse de viaje dejó a sus empleados encargados de sus bienes... a cada cual según su capacidad’, nos dice la parábola. No es difícil entender su significado. Cada uno de nosotros tiene sus valores y cualidades. Como creyentes somos conscientes de esos dones que Dios nos ha confiado al darnos la vida. Unos dones, cualidades, carismas, capacidades que son nuestra mayor riqueza, porque no pensamos esencialmente en cosas o riquezas materiales.
Dones y cualidades de nuestra vida que tenemos que saber desarrollar porque ahí estamos expresando lo que realmente somos. Unos dones que sabemos recibidos de Dios en nuestro ser y naturaleza para nuestro desarrollo personal pero que también tienen su función en nuestra relación con los demás y en el bien en consecuencia de esa sociedad o ese mundo en el que vivimos.
En el desarrollo de la parábola nos dice que ‘al cabo del tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar cuentas con ellos’. Cada uno había de rendir cuentas según los talentos recibidos y a aquellos que los habían ‘negociado’ bien –valga la palabra – les valora la creatividad de cada uno en hacerlos fructificar y les dice: ‘como has sido fiel en lo poco... pasa al banquete de tu Señor’, mientras reprueba a quien por miedo ni siquiera había intentado hacer fructificar el talento que le había confiado su señor.
No se trababa, pues, de aguardar la vuelta de su señor guardando pasivamente el talento recibido para no perderlo, sino que la espera tenía que ser una espera positiva y constructiva. Es lo que nos pide Dios con aquellos dones y cualidades con El nos ha enriquecido en la vida. Nos habla, pues, el evangelio de la responsabilidad con que hemos de asumir nuestra vida y las responsabilidades igual que los dones que se nos han confiado – la primera lectura es un ejemplo de esa laboriosidad con que hemos de vivir nuestra vida -. Como en el fondo nos está hablando también de esa virtud de la esperanza tan necesaria en la vida del cristiano, que nunca puede ser una actitud pasiva.
Precisamente en la segunda lectura de este domingo san Pablo nos habla de la venida del Señor ‘que llegará como ladrón en la noche’, cuando menos lo esperemos. Pero nos dice también ‘no nos durmamos... sino que estemos vigilantes y despejados’. Es un tema que se nos repite en estos últimos domingos del año litúrgico y que volverá a aparecer en los primeros domingos del Adviento.
Esta imagen de los talentos de la parábola nos ayuda también en esta celebración del Día de la Iglesia Diocesana. Una Jornada instituida en la Iglesia de España para ayudarnos a tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, y a esa Iglesia particular que es la Diócesis presidida por nuestro Obispo, como sucesor de los Apóstoles.
Como tantas veces hemos reflexionado, Cristo quiso constituirnos así en comunidad, en Iglesia, en esa comunión de fe y de amor donde nos sentimos hermanos, miembros de una misma familia, formando parte de ese pueblo de Dios que peregrina aquí en la tierra. La Iglesia, la familia de los hijos de Dios; la Iglesia, pueblo de Dios y comunidad que nos acoge; pueblo de Dios en el que hemos nacido a la fe, en el que alimentamos la fe con la escucha de la Palabra y celebración de los Sacramentos; comunidad o pueblo de Dios en el que crecemos y desarrollamos la fe recibida y desde donde nos sentimos enviados al mundo a hacer ese anuncio de Jesús con nuestras palabras y nuestras obras.
Comunidad, la Iglesia, de la que no nos podemos sentir ajenos o lejanos, sino que la sentimos como algo nuestro; comunidad en la que tenemos que ser unos miembros vivos y a la que hacemos crecer con nuestra vida, con nuestra participación, con nuestro compromiso, con nuestro amor. Es nuestra Iglesia, nuestra familia, nuestra casa, nuestro hogar de la fe. La Iglesia no es sólo cosa del Obispo o de los sacerdotes y de algunas personas de buena voluntad que colaboran en algunas cosas, como si estuvieran ayudando o haciendo un favor. La Iglesia somos todos, cada uno en su función o ministerio, cada uno con sus talentos y valores con los que la hace crecer y dar vida cuando los hace fructificar.
Por eso cuando trabajamos en la Iglesia es algo nuestro, de nuestra responsabilidad, lo que estamos haciendo. Todos tenemos que sentirnos Iglesia. Unos con más participación, otros quizá con menos, según sean sus valores o talentos, su posibilidad o su disponibilidad. Y aquí tenemos que volver a la parábola de los talentos que se nos ha ofrecido hoy en la Palabra de Dios. ¿Estaré yo poniendo todos mis talentos y mis posibilidades al servicio del pueblo de Dios al que pertenezco?
Unos lo vivirán en un compromiso apostólico concreto, otros en cualquiera de los servicios que se pueden y tienen que realizar en la Iglesia, siempre con una participación viva en las celebraciones de la comunidad, también con su oración y el ofrecimiento de su vida, de sus sacrificios e incluso sus sufrimientos que son así corredentores también con Cristo. Tendríamos que conocer un poco más – mucho tendríamos que decir - nuestra Iglesia, lo que es su vida, lo que son las acciones que realiza, para descubrir también la colaboración que en lo económico tendría que realizar para que se pudieran llevar a cabo todas esas obras de la Iglesia.
Hoy se nos está diciendo como lema: TU ERES TESTIGO DE LA FE DE LA IGLESIA ¡PARTICIPA! Que así lo hagamos siendo testigos de fe y participando con toda nuestra vida.