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sábado, 25 de enero de 2014



Como san Pablo, nosotros también instrumentos elegidos para anunciar el nombre de Jesús a todos los pueblos

Hechos, 22, 3-16; Sal. 116; Mc. 16, 15-18
Hemos escuchado el relato de su encuentro con el Señor y su conversión en sus propios labios. Por tres veces nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles este acontecimiento que hoy estamos celebrando, la conversión de Saulo, la conversión de san Pablo.
‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes y al pueblo de Israel; yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre’ es lo que el Señor le dice a Ananías cuando le pide que vaya a ver a un tal Saulo de Tarso, ante la resistencia de Ananías ‘porque he oído a muchos hablar del daño que ese hombre ha hecho en Jerusalén a los que creen en ti’. Con esas intenciones Saulo, como era su nombre original que más tarde cambiará por el más romano de Pablo, iba a Damasco ‘con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a cuantos invocan el nombre de Jesús’. Saulo no lo conocía y ahora le sale al encuentro a las puertas de la ciudad. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿quién eres, Señor? Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’.
Fue suficiente ese encuentro con el Señor. Qué importante es encontrarse de verdad con el Señor.  viene a nuestro encuentro tantas veces y de tantas maneras y nosotros no lo conocemos. También alguna vez llegamos a preguntarnos, aunque quizá muchas veces ignoremos su presencia, ‘¿Quién eres, Señor?’. Sería importante y necesario que nos hiciéramos la pregunta, porque sería señal de que algo nos está sucediendo y comenzamos a darnos cuenta.
No vamos ahora a entretenernos a describir una vez más lo que ya hemos escuchado de la conversión de Saulo y cómo su vida cambió. Era un elegido del Señor y él respondió a la voz del Señor; y respondió a las expectativas que Dios tenía de él. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido, le dice Ananías, para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído’. Y recibió el bautismo y comenzó a ser de verdad un hombre nuevo, como él más tarde nos enseñaría en el mensaje de sus cartas que tenía que ser nuestra vida a partir del momento de nuestro encuentro con Jesús y de poner toda nuestra fe en El.
‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio’, hemos escuchado que fue el mandato de Jesús y lo hemos ido repitiendo con el salmo. Es lo que hizo Pablo. Testigo para siempre ante todos los hombres recorrería los caminos del mundo anunciando el  Evangelio, anunciando el nombre de Jesús ante el que hemos de doblar toda rodilla porque es el Señor, porque el único nombre en quien encontramos salvación.
Saquemos conclusiones para nuestra vida. Es necesario que nos dejemos encontrar por el Señor. Viene a nosotros, se nos manifiesta en acontecimientos, sale a nuestro paso en los caminos de la vida allí donde estamos con nuestras alegrías y con nuestros sufrimientos, nos deja su Palabra que quiere llegar a nuestro corazón, nos ofrece su gracia sacramental que quiere llenarnos de vida. ¿Seremos capaces de dejarnos encontrar por El? ¿Seremos capaces de ver las señales que va poniendo a nuestro paso de su presencia y de su gracia que son llamadas para nosotros? Abramos los ojos y los oídos del corazón. Seamos sensibles a esas llamadas del Señor y no huyamos, no nos cerremos, no tengamos miedo a lo que nos pueda decir o nos pueda pedir. Con nosotros estará siempre la fuerza de su Espíritu.
Hay algo que se repite en todos los textos oracionales de la liturgia de este día; nos recuerda que nosotros tenemos que ser testigos ante el mundo de esa fe que ilumina nuestra vida; que ‘nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol San Pablo a la propagación de tu Evangelio’, pediremos en una de las oraciones. Que por la gracia de los sacramentos que estamos celebrando ‘se encienda en nosotros el fuego del amor que abrasaba el corazón de san Pablo y le impulsaba, solícito, al servicio de todas las Iglesias’.
Ha de ser nuestra oración, para que nos encendamos en el fuego de ese amor y para que todas las Iglesias vivamos en la unidad y comunión, como pedimos en esta semana de oración que hoy concluimos.

viernes, 24 de enero de 2014



Irnos con el Señor para sentirnos en su presencia e inundados en su amor

1Sam. 24, 3-21; Sal. 56; Mc. 3, 13-19
‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que El quiso, y se fueron con El’. El texto del Evangelio de hoy lo podemos considerar la llamada del Señor a sus discípulos para elegir de manera especial a doce de entre ellos y constituir el grupo de los Apóstoles; aquellos que iban a estar más cerca de Jesús y a los que de manera especial les iba a confiar su misma misión. ‘A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios’. Y nos da el evangelista la relación de los Doce que fueron elegidos.
Van a ser piedra fundamental de la Iglesia que Jesús está instituyendo y en ella van a ser sus especiales enviados; eso significa en sí misma la palabra ‘apóstol’. Veremos a ese grupo de los Doce estar de manera especial con Jesús, a quienes Jesús les explica con mayor detalle lo que a todos va enseñando y les dará incluso especiales instrucciones, pero en quienes primero ha de verse reflejada esa comunidad que Jesús quiere constituir que es la Iglesia.
Por eso será tan importante y significativo lo que a ellos en especial va enseñando y veremos como en ocasiones, incluso, se los lleva a lugares apartados para estar a solas con ellos, o como a ellos de manera especial les va instruyendo cuando van de camino o en casa.
Pero este es un texto del evangelio que a todos nos dice algo, porque el don de la fe que anima nuestra vida es también una llamada y elección especial que a nosotros también nos ha hecho el Señor. No es un texto que solo haga referencia a quienes han recibido una llamada, una vocación o una misión especial dentro de la Iglesia, como puedan ser sacerdotes, misioneros o quienes estén llamados a una consagración especial. Es cierto que para ellos tiene un significado bien especial este texto, pero a todos nos puede enriquecer.
‘Llamó a los que El quiso y se fueron con El’, vimos que decía el evangelista. Por la fe, que es un don y un regalo de Dios porque es un don sobrenatural, nosotros somos también especialmente llamados y elegidos por el Señor. Ser cristiano es un don de Dios, una elección y predilección especial del Señor que nos concede el don de la fe. Y la fe no es simplemente aceptar unas ideas o una manera de pensar, sino que la fe entraña una nueva manera de vivir. ¿Y sabéis cual es esa manera de vivir que entraña el tener fe? Sencillamente estar con el Señor. Los llamó y se fueron con El. Nos llama el Señor, despierta en nosotros ese don maravilloso de la fe y queremos vivir con El, queremos estar con El con todo lo que eso implica.
Recordamos lo que hemos venido viendo en estas primeras páginas del Evangelio de Marcos que ahora estamos escuchando. La gente poco menos que se daba de codazos por estar cerca del Señor. Recordemos lo que se nos decía ayer que Jesús les decía que tuvieran preparada una barca no lo fuera a estrujar la gente. Querían estar con Jesús. Se despertaba la fe en Jesús en aquellos corazones y el primer deseo era ese, estar con Jesús. Como ahora a los que especialmente llama, ‘se fueron con El’.
Por la fe, nosotros queremos estar con Jesús; y estar con Jesús entraña muchas cosas, porque no queremos perdernos ni una sola de sus palabras, porque queremos estar aprendiendo continuamente de su vida, porque deseamos parecernos a El, porque queremos gozar y disfrutar de su presencia continuamente y nunca queremos separarnos de El. 
Cuando hablamos de cómo hemos de vivir nuestra vida cristiana una de las cosas que enseguida decimos que nos es necesario es el orar; la oración como algo fundamental de nuestra vida. Tendríamos que decir es una necesidad, es algo sin lo que no nos podríamos pasar, porque orar no es solamente hacer unos rezos, recitar unas oraciones, sino que orar es estar con el Señor; y estando con el Señor le hablamos y le escuchamos, entramos en ese diálogo entrañable de amor. Eso tendría que ser siempre nuestra oración.
Ojalá nosotros sepamos hacer lo mismo que hicieron aquellos primeros llamados, de los que nos habla hoy el Evangelio, ‘se fueron con El’, sepamos irnos así con el Señor, para sentirnos siempre en su presencia e inundados de su amor.

jueves, 23 de enero de 2014



El Señor está en medio nuestro con su gracia y su salvación

1Sam. 18, 6-9; 19,1-7; Sal. 55; Mc. 3, 7-12
La escena que nos describe el evangelio podría parecer de película; y digo podría parecer de película porque con la hermosa descripción que nos hace podríamos quedarnos nosotros como meros espectadores contemplando admirados las multitudes que vienen hasta Jesús no solo de Galilea, sino también desde Judea y Jerusalén y hasta de más allá del Jordán con los apretujones correspondientes por querer todos estar cerca de Jesús, hacerle llegar sus enfermos para que los cure y todos los gritos y aclamaciones de admiración que salían de aquellas gargantas, incluso de los poseídos por espíritus inmundos.
Pero bien sabemos que el evangelio no es para que lo miremos así, como si de unas imágenes de película se tratara y pasaran delante de nuestros ojos entreteniéndonos o a lo más queriendo decirnos algo. Sí, quieren decirnos algo, pero no desde fuera, sino que podríamos decir nosotros hemos de meternos dentro de esa acción. No para soñar si nosotros hubiéramos estado allí y llenarnos de nostalgias y de buenos deseos. Es algo más el Evangelio para nosotros.
Es que allí hemos de estar nosotros. O mejor aún, eso mismo podemos vivirlo nosotros aquí y ahora, tenemos que vivirlo aquí y ahora. ¿Qué significa la presencia sacramental del Cristo? ¿Un recuerdo de algo sucedido en otro momento? Eso sería muy empobrecedor. Cristo está aquí y ahora con nosotros, de la misma manera que estaba allí entonces rodeado de toda aquella gente que acudía de todas partes queriendo escuchar su palabra, sentir su presencia, recibir la gracia de la curación de sus dolencias y enfermedades.
El  signo del  sacramento viene a significar que, aunque los ojos de nuestra cara no vean sino el signo, con los ojos de la fe vemos y sentimos su presencia; con los ojos de la fe, podemos afirmar que Cristo esté con nosotros, en nosotros,  y nos cura y  nos alimenta, y nos regala su Palabra y nos enriquece con su gracia. Y eso es lo que vivimos cuando celebramos la Eucaristía. Lo que necesitamos es abrir bien abiertos los ojos de nuestra fe.
También nosotros ahora venimos hasta Jesús para escucharle, para escuchar su Palabra. ¿Qué es lo que hemos venido haciendo en nuestra celebración? No hemos leído simplemente un texto de unas historias bonitas, se nos ha proclamado la Palabra de Dios, la Palabra que Dios aquí y ahora quiere dirigirnos, con la que quiere alimentarnos nuestra vida, que quiere ser luz para nuestro caminar, que despierta nuestra fe y nuestra esperanza,  que nos mueve cada día a más amor. No es una palabra cualquiera, es la Palabra de Dios. Así la hemos aclamado cuando se nos ha proclamado. Con fe hemos querido también nosotros alabar al Señor por la Palabra que hemos recibido. ¿Qué es lo que hemos dicho? ‘Te alabamos, Señor… gloria a ti, Señor Jesús’. Es nuestra confesión de fe en esa Palabra de Dios y nuestra alabanza al Señor.
Así seguiremos sintiendo y viviendo su presencia a través de toda la Eucaristía. No son unos simples ritos lo que hacemos. Estamos celebrando el Sacramento, el Misterio de nuestra fe. Estamos proclamando que Jesús está en medio de nosotros y es nuestro alimento y nuestra vida. Estamos proclamando nuestra fe en Jesús que es nuestro Salvador. Celebramos el memorial de su pasión, muerte y resurrección, el memorial de su Pascua, que no es un recuerdo o una memoria que hacemos, sino un hacer presente en medio nuestro, igual que si estuviéramos en la última cena o al pie de la cruz en el calvario, la presencia salvadora de Jesús.
Con qué entusiasmo tendríamos que vivir nuestras celebraciones; con qué fe tendríamos que expresar nuestra alegría y nuestro gozo por la salvación que el Señor nos ofrece. Pongamos a tope toda nuestra fe. No nos quedamos en contemplar una escena, como decíamos al principio, como si estuviéramos contemplando una película que pasa delante de nuestros ojos, sino que estamos viviendo la presencia salvadora y llena de gracia del Señor. Cuánto tenemos que amarle.

miércoles, 22 de enero de 2014

La gloria de Dios es el bien del hombre



La gloria de Dios es el bien del hombre

1Sam. 17, 32-33.37.40-51; Sal. 143; Mc. 3, 1-6
La gloria de Dios es el bien del hombre. Quizá alguno podría pensar que buscar la gloria de Dios es algo que solo atañe o hace referencia a la divinidad y nada tiene que ver con el hombre, con la persona,  con su bien. Es una confusión demasiado frecuente. Lo vemos en aquellos que quieren ser profundamente religiosos pero se desentienden totalmente de aquellas personas que están a su alrededor, con quienes conviven o los que están sufriendo cada día a su lado miles de problemas. No es ese el sentido de Jesús, de vida, de lo que hace o de lo que es su mensaje.
Podríamos comenzar por recordar aquello que nos dice el evangelio de san Juan, que tanto era el amor que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo único. ¿Para qué nos ha entregado a Jesús? ¿Para qué Dios se ha hecho hombre? En el credo confesamos que ‘por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación se hizo hombre’, por nuestra salvación. Esa salvación que el Señor viene a ofrecernos es la gloria de Dios. Luego lo que Jesús quiere siempre es el bien del hombre, el bien de la persona.
No podemos desentendernos nunca del bien de la persona, porque digamos que estamos buscando la gloria de Dios. Es más, el buscar la gloria de Dios nos obligará mucho más a buscar el bien de la persona, de toda persona. Es lo que vemos hacer a Jesús a lo largo del Evangelio. Cura, sana, llena de esperanza los corazones, busca y quiere la felicidad para todos, no quiere que haya sufrimiento de ningún tipo en nadie, va sembrando paz en los corazones, nos ofrece continuamente su perdón y nos enseña cómo nosotros hemos de hacer lo mismo con los demás, nos enseña cómo tenemos que amarnos buscando siempre el bien del amado, porque eso es verdadero amor, llegará hasta el amor supremo de dar su vida por aquellos a quienes ama, por nosotros. ¿Qué más pruebas queremos de que siempre quiere el bien del hombre, el bien de toda persona?
Es lo que hoy hemos escuchado también en el evangelio. Se crea el conflicto en algunos muy legalistas  para quienes el sábado, día del Señor, era tan sagrado, que les impedía realizar cualquiera cosa buena incluso en bien de los demás. Hoy nos puede resultar difícil de entender este episodio del evangelio, pero quizá mucho de esto pueda quedar aún en nuestro corazón.
Era un sábado y fue como de costumbre a la sinagoga. Era la hora de la oración y de la escucha de la Ley y los Profetas que cada sábado en la sinagoga se proclamaban. Ya iba siendo habitual que estando Jesús fuera El quien hiciera la proclamación de la Palabra y su comentario.  Pero en esta ocasión le estaban acechando, pendientes de lo que ya había hecho en otras ocasiones. Donde estuviera un hombre  lleno de sufrimiento, con sus enfermedades o limitaciones, allí estaba Jesús manifestando su poder y curando de toda dolencia y enfermedad. En esta ocasión hay un hombre con parálisis en un brazo. ¿Qué hará Jesús?
Jesús lo que quiere siempre es el bien del hombre. Allí, en el bien del hombre, estaba la gloria del Señor. Por eso notando que estaban esperando su reacción porque ya comenzaban a haber cosas en Jesús que a algunos no les gustaban,  como a los fariseos y otros grupos afines, Jesús le dice al hombre del brazo paralítico que se ponga en medio y hace la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado? ¿hacer lo bueno o lo malo? ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’
No tenían nada que decir. No se atrevían. Y Jesús curó a aquel hombre. Así se estaba dando gloria a Dios. Aprendamos la lección. Lo que siempre tenemos que hacer es buscar el bien de la persona, de toda persona, sea quien sea. No es la muerte sino  la vida lo que tenemos que buscar; y buscar la vida es buscar el bien, hacer el bien, amar con toda generosidad y desprendimiento, como lo hizo Jesús y como tiene que ser nuestra vida siempre. Es el estilo de la vida de Jesús y será el estilo que ha de tener nuestro amor si en verdad nos llamamos sus discípulos.
Que con las obras buenas que vayamos haciendo en cada momento, vayamos dando gloria al Señor. Démosle el sentido más hondo a nuestra religiosidad y vivamos intensamente el amor de nuestra vida cristiana.

martes, 21 de enero de 2014



Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Sam. 16, 1-13, Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso…’ Así repetimos con el salmo. Una referencia clara a lo que hemos escuchado en la primera lectura. Comienza a narrarnos la historia de David, el que iba a ser un gran rey de Israel, en el que se fundaría la dinastía davídica en una importante relación con el mesianismo que marcaría toda la historia de Israel.
Hemos venido escuchando a grandes trazos desde su nacimiento la presencia y la figura del profeta Samuel que ante la petición del pueblo y, aunque él no lo veía claro, le había dado como rey a Saúl. Ya escuchamos en días anteriores cómo Saúl no fue agradable al Señor y fue reprobado por su desobediencia a la voluntad de Dios. ‘Obedecer al Señor vale más que un sacrificio, ser dócil más que grasa de carneros…’
Hoy escuchamos cómo Dios le dice a Samuel que les dé un nuevo rey y lo envía a Belén, a la casa de Jesé, para que entre sus hijos encuentre el elegido del Señor. Ya escuchamos con detalle el relato. Aunque pasan todos los hijos de Jesé por delante del profeta ninguno es el elegido del Señor, porque ‘la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. 
Mensaje hermoso que nos daría para hacernos una hermosa reflexión y aprender a hacer esa mirada profunda cuando nos acercamos o nos relacionamos con los demás, para no quedarnos en las apariencias, ni para hacer el juicio fácil que con tanta frecuencia nos sale y nos lleva desde la apariencia a la crítica y a la condena sin conocer realmente lo que pasa dentro del corazón de cada persona. Cómo tendríamos que aprender para fijarnos en lo que de verdad vale en la persona, aunque esté oculto a nuestros ojos y no quedarnos nunca en lo superficial, porque lo esencial es invisible a los ojos, pero sí podemos percibirlo desde el corazón cuando nos acercamos con rectitud, sin malicia, con buenos ojos e intenciones al prójimo.
Pero centrémonos en el texto, aunque este comentario que hemos hecho ante esa sentencia también nos puede ayudar mucho. Será el más pequeño, el que parece que no es tenido en cuenta ni siquiera por su padre que ha convocado a todos sus hijos para participar en el sacrificio y posterior comida que se está haciendo con Samuel, el que va a ser el elegido del Señor. ‘¿No quedan ya más muchachos?’, le pregunta Samuel cuando han pasado todos los hijos presentes. ‘Todavía falta el más pequeño que está guardando el rebaño… Manda que lo traigan, le dice Samuel, que no comeremos hasta que haya venido’.
Es el elegido del Señor y sobre el que Samuel va a derramar la cuerna del aceite para ungirlo como rey de Israel. Así son los designios de Dios. Así hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de toda la historia de la salvación cómo Dios elige a sus preferidos para los que tiene misiones especiales. Lo que puede parecer pequeño e insignificante no lo es para el Señor. La mirada del Señor no es como la nuestra, porque el Señor mira el corazón.
Y es que, como hemos repetido muchas veces con lo que nos dice el Evangelio, Dios se revela a los pequeños y a los humildes y a ellos se les manifiesta y les confía misiones especiales. Porque no será la acción humana la que realiza maravillas, sino es el poder y la gracia del Señor. Nunca podemos decir que no valemos para nada y que nada sabemos hacer porque si el Señor nos ha elegido El hará brillar su gracia sobre nosotros y podremos también realizar maravillas, no las nuestras sino las maravillas del Señor.
Aprendamos de María la que se sentía tan pequeña que se llamaba a sí misma la esclava del Señor y cuántas maravillas realizó el Señor en ella y a través de ella sigue realizando a favor nuestro. Dejémonos conducir por el Señor; dejémonos hacer por el Señor; que se cumpla siempre su voluntad sobre nosotros. Como hemos repetido estos días hemos de decir una y otra vez: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Somos nosotros también los ungidos del Señor, elegidos y amados de Dios. Algo querrá el Señor de nosotros.

lunes, 20 de enero de 2014



Seguir a Jesús no es hacer remiendos sino comenzar a vivir una vida nueva

1Sam. 15, 16-23; Sal. 49; Mc. 2, 18-22
La  presencia de Jesús, su mensaje, sus obras y palabras van provocando diversas reacciones en aquellos que le contemplan y le escuchan. Ya vemos por una parte el entusiasmo de quienes le siguen llevando sus enfermos para que los cure o queriendo estar cerca de El para no perderse ni una palabra  de su mensaje que les va enardeciendo por dentro, sembrando esperanza de algo nuevo que anuncia y por ese mundo nuevo del que va hablando cuando anuncia la llegada del Reino de Dios.
Pero también vamos viendo que en otros se produce un desconcierto ante lo nuevo que va proponiendo y que va realizando, incluso por la manera cómo se va presentando. El que haya llegado a tocar con su mano a un leproso, que haya ofrecido primero que nada el perdón de los pecados al paralítico que le llevaron para curar atribuyéndose poderes divinos o se siente a la mesa rodeado de publicanos y pecadores serán cosas que muchos no entenderán y les hará surgir dudas e interrogantes en su interior.
Acostumbrados a oír hablar quizá de la vida extremadamente rigurosa  de los esenios que vivían entre penitencias y ayunos allá en el desierto en las orillas del mar Muerto, o recordando la figura del Bautista que había surgido allá junto al Jordán también con una vida austera y penitencial, y estando por otra parte la vida exigente en normas y preceptos y en ayunos rigurosos de los fariseos allí mismo en Jerusalén o a través de toda Palestina el estilo nuevo que Jesús va impregnando en aquellos que le siguen más de cerca, sus discípulos, hará que vengan hasta Jesús preguntando, como hoy hemos escuchado, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o lo hacen los discípulos de los fariseos.
‘¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?’ Es una referencia que pone como ejemplo a lo que eran las fiestas de las bodas en la que el novio estaba rodeado de todos sus amigos en días felices para él y en los que precisamente lo que tenía que predominar era la fiesta y la alegría. Eso significa la presencia de Jesús. Con Jesús a nuestro lado nuestro corazón se tiene que llenar de fiesta y de alegría. Es la alegría de la fe, de la que tantas veces hemos hablado.
Es el gozo que sentimos en nuestro corazón cuando nuestra vida está impregnada por la fe y sentimos tan de cerca la presencia del Señor. El cristiano, el verdadero creyente en Jesús, tiene que tener siempre cara de fiesta. La fe que tenemos en Jesús es una riqueza grande para nuestra vida y nos hace mirar las cosas y la vida misma con un sentido nuevo del que tiene que estar alejada para siempre la tristeza y la amargura. No sé si esto lo habremos entendido bien muchos cristianos que parece que vamos por la vida siempre con cara de funeral.
Es por lo que a continuación Jesús nos habla de que no podemos andar con remiendos en la vida ni usando recipientes o estilos viejos, que no nos valdrían para nada. Es un vestido nuevo el que tenemos que vestir cuando nos revestimos de Cristo. Porque es un sentido nuevo de la vida lo que tenemos con El. Demasiadas veces vamos queriendo hacer componendas,  arreglitos por aquí y por allá, pero no llegamos a ser ese hombre nuevo de la gracia que tendríamos que ser a partir de nuestro Bautismo. Por algo Jesús le hablará a Nicodemo de nacer de nuevo, aunque a Nicodemo le cueste entender.
Nos habla hoy Jesús de vestido nuevo, no de remiendos, y de odres nuevos para el vino nuevo de la gracia que recibimos en nuestra vida. Si el vino nuevo lo queremos poner en odres viejos, estos se reventarán y de nada nos servirá el vino nuevo porque se  perderá. Es lo que muchas veces nos sucede en nuestra vida  cristiana, en nuestra vida de fe. No terminamos de entender y aceptar el mensaje de Jesús. Por algo ha comenzado su predicación invitándonos a la conversión; y la conversión no son unos arreglitos que tenemos que hacer en nuestra vida, sino un darle la vuelta al completo a nuestra vida, para vivir la vida nueva de la gracia. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice el Señor.

domingo, 19 de enero de 2014




Es el Cordero de Dios, Hijo amado del Padre, que quita el pecado del mundo

Is. 49, 3.5-6; Sal. 39; 1Cor. 1, 1-3; Jn. 1, 29-34
Me atrevo a comenzar diciendo que siempre el Evangelio es Epifanía, porque siempre nos trasmite la Buena Nueva de Dios, siempre nos está manifestando quien es Jesús y nos ayudará siempre a hacer una profunda confesión de fe en Jesús. Aunque litúrgicamente terminamos el pasado domingo con la celebración del Bautismo de Jesús la celebración de la Epifanía y de la Navidad, hoy ya en el tiempo Ordinario se nos prolonga esa manifestación de quién es Jesús y seguimos sintiendo esa Epifanía salvadora del Señor para nuestra vida.
Podemos decir que se nos prolonga de alguna manera lo celebrado el pasado domingo porque en el Evangelio precisamente Juan Bautista está haciéndonos referencia a lo que él vivió y experimentó en el momento del Bautismo de Jesús en el Jordán. De alguna manera es el relato que el evangelista Juan nos hace de ese episodio del misterio de Cristo que los sinópticos nos lo describen más detalladamente.
Hoy escuchamos que ‘al ver a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Más tarde empleará esa misma expresión para señalárselo a dos de sus discípulos que se irán con Jesús.
¿Qué podían entender los que estaban escuchando al Bautista con estas palabras? El Cordero tiene una gran resonancia bíblica y pascual para todo judío. La primera evocación podría llevarles a su liberación de Egipto y la noche de la primera pascua. Allí entonces se sacrificó un cordero con cuya sangre iban a ser marcadas las puertas de los judíos que les liberaría del paso del ángel exterminador. Pero sería el cordero, ya para siempre llamado cordero pascual, que cada año en la celebración de la pascua judía habría de sacrificarse y comerse recordando y celebrando aquella liberación de la esclavitud de Egipto.
El cordero era también uno de los animales que cada día se sacrificaba en las ofrendas del templo, como es la imagen con la que se compara al siervo de Yahvé que nos describe el profeta Isaías que ‘cargó con nuestros crímenes y pecados y no abría la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca’, como se nos proclama en las lecturas del Viernes Santo.
Ahora Juan, quizá tomando la imagen de ese sentido bíblico y pascual, señala a Jesús como ‘el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Es también un anuncio profético de pascua; es una manifestación de quién es Jesús que como Mesías de Dios, como el Ungido por la fuerza del Espíritu, en la imagen de la paloma que bajó sobre El, era el Hijo amado y preferido de Dios, cuya obediencia iba a llegar hasta el final, hasta el sacrificio de sí mismo para ser nuestra salvación. La Pascua siempre presente en la vida de Jesús, no en vano Jesús es ese paso permanente de Dios junto a nosotros para llenarnos de la salvación.
Así nos lo señala el Bautista. En pocos renglones, en apenas seis versículos nos hace una manifestación muy completa de quien es Jesús y cual es su misión. Ha comenzado llamándolo el Cordero de Dios, y ya vemos su significado; luego nos ha dicho que es el que está Ungido por el Espíritu, que es lo mismo que decirnos que es el Mesías de Dios esperado, que El nos había anunciado y cuya misión  - la suya - era  la de preparar los caminos para su llegada; pero nos señalará también entonces que será quien nos va a bautizar en el Espíritu, en un nuevo Bautismo, que como más tarde Jesús explicaría a Nicodemo significa comenzar a vivir una nueva vida; finalmente da testimonio Juan de que es el Hijo de Dios, porque así lo había señalado la voz desde el cielo, como el Hijo amado y preferido. ¿No podemos decir entonces con toda razón que estamos viviendo una nueva Epifanía?
Todo esto nos lleva a una confesión de fe en toda profundidad. Reconocemos quién es Jesús y estamos dispuestos a escucharle y a seguirle. Si el Bautista así nos lo señala es para que lo reconozcamos con toda nuestra vida como nuestro Señor y Salvador. Esto, repito, nos tiene que llevar a querer conocerle más, con mayor profundidad. Que crezca nuestra fe y crecerá nuestra vida cristiana. Conociendo cada más con mayor profundidad a Jesús más queremos parecernos a El, vivir su vida, vivir de su amor. Y eso se va a traducir en la intensidad de nuestra vida cristiana.
Juan el Bautista nos decía primero que ‘no lo conocía’, pero que se dejó guiar por el Espíritu del Señor y lo reconoció. ‘Aquel que me envió a bautizar con agua’, dice haciendo referencia a su propia vocación y haciendo referencia que de la misma manera que un día sintió en su corazón esa llamada para ser el precursor del Mesías, ahora le había revelado cómo habría de reconocerle. Por eso, tras contar su experiencia de lo sucedido allá en el Jordán en los momentos del Bautismo de Jesús con toda la teofanía que los otros evangelistas describen más detalladamente, ahora nos dirá: ‘Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que es el Hijo de Dios’.
Como hemos venido diciendo toda esta experiencia de Evangelio y de Teofanía nos lleva a conocer más a Jesús, pero ha de llevarnos también, como le sucediera al Bautista, a que también nosotros hemos de dar testimonio de nuestra fe. También nosotros hemos de decir ‘yo lo he visto…’ con los ojos de la fe lo he visto y lo he sentido de verdad en mi corazón, y ahora puedo dar testimonio de lo que ha sido mi vida a partir de que he sentido a Jesús; doy testimonio de que El es el Hijo de Dios y mi Salvador; doy testimonio de que bautizado en el Espíritu ahora me hace participar de una vida nueva y yo también soy hijo de Dios.
Quien ha conocido a Cristo ya no puede callar su fe sino que tiene que proclamarla y testimoniarla. Como decía san Pablo ‘llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’. O como decía el profeta ‘desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel… te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra’. Y es que esa fe que tenemos en Jesús, ese regalo de Dios que es mi fe, me compromete, no puede dejar quieto, ni ocultar lo que es la mayor riqueza de mi vida. Tenemos que anunciar al que es la luz de las naciones.
Sí, tengo que dar testimonio de mi fe, de la vida nueva que hay en mí; tengo que dar testimonio cómo desde esa fe que tengo en Jesús mi vida se va transformando día a día y desde esa fe en Jesús quiero amar más y quiero vivir con mayor intensidad el compromiso de mi vida cristiana; desde esa fe que tengo en Jesús he aprendido lo que es el amor verdadero y aunque a veces me cuesto quiero ser capaz de desprenderme de mi para compartir más generosamente con los demás; desde esa fe que tengo en  Jesús lo siento siempre a mi lado, lo siento en mi corazón y ya no me siento solo, ya se acaban para siempre los temores en mi vida, y en mi corazón siento una nueva alegría y una nueva esperanza e ilusión; desde esa fe que tengo en Jesús me enfrento a los problemas de una forma diferente, porque siento la fuerza de su Espíritu conmigo y cuando los problemas se pueden convertir en dolor y en sufrimiento sé hacer de ellos también una ofrenda de amor a Dios.
Así queremos expresar y vivir con alegría y entusiasmo desbordante nuestra fe. Muchas veces nos cuesta, porque las tentaciones nos enfrían la intensidad de nuestra fe. Pero  queremos vivirla, queremos proclamarla. Queremos que el Espíritu del Señor venga sobre nosotros y nos llene de fortaleza y de entusiasmo. Que la alegría con que vivimos nuestra fe contagie a los demás. Nuestro compromiso y nuestra alegría tienen que ser siempre evangelizadores de nuestro mundo, que necesita de la luz de la fe.

sábado, 18 de enero de 2014

No  nos creamos justos incapacitándonos para la misericordia y el amor

1Sam. 9, 1-4.17-19; 10, 1; Sal. 20; Mc. 2, 13-17
Ante Jesús siempre tenemos que decantarnos, tomar una decisión; no podemos andar a medias tintas, sino que nuestra opción hay que tomarla con decisión y radicalidad. Pero además la presencia de Jesús provocará que quienes estén a su lado hayan de tomar una decisión clara también, aunque muchas veces veamos que haya muchos que se pongan en contra, o queriendo pasar indiferentes ante El, al final tengan que aclarar cual es la postura que toman. Bien constatamos que aquellos que se dicen indiferentes ante la persona y la presencia de Jesús al final lo que hagan es una guerra sorda, por decirlo de una forma suave, en la que quieran eliminar todo vestigio de su presencia o de su mensaje.
¿Por qué tiene que molestarte, si dices que no eres cristiano ni creyente y entonces para ti no signifique nada un signo religioso como pueda ser la cruz, la presencia de la cruz o de otros signos religiosos en lugares públicos? Hemos escuchado hace unos días la noticia de que en una exposición que se hacía en un lugar público de la figura de la madre Teresa de Calcuta, alguien pretendía y exigía que se quitase de allí todo lo que pudiera tener una connotación religiosa. ¿Es que la madre Teresa de Calcuta sería lo que realmente es si no fuera su fe en Jesús de la que arrancaba todo su dinamismo, toda su obra y toda su vida?
En el evangelio de hoy por una parte vemos la vocación de Mateo. ‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y la dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’, nos dice el Evangelio. Ante la Palabra y la invitación de Jesús su decisión fue rápida. ‘Se levantó y lo siguió’. Admirable su fe y su disponibilidad; se dejó conducir por el Señor ante su llamada. Admirable testimonio que nos tendría que hacer pensar en la forma cómo nosotros respondemos a la llamada del Señor. ¿Será así nuestra disponibilidad?
Pero el episodio del evangelio tiene una segunda parte. ‘Estando a la mesa de Leví, de entre los muchos que lo seguían un grupo de recaudadores (publicanos, como los llamaban) y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos’. Aquí surge la controversia, porque aquellos que se consideraban justos y puros no podían ver con buenos ojos que Jesús se sentara a la mesa con toda aquella gente y allí estaban trasladándoles sus murmuraciones a los discípulos. Ya conocemos al final la sentencia de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’.
Los que se consideraban justos no serán capaces nunca de reconocer que necesitan salvación.  Pero es que además los que se consideran justos nunca serán capaces de poner misericordia en su corazón, casi podríamos decir que están incapacitados para amar de verdad. Lo que saben hacer siempre es  juzgar y condenar. No podrán entender entonces el mensaje del evangelio porque parece que están incapacitados para la ternura.
Por eso no entienden la postura de Jesús, su amor y su misericordia. Parece que les molesta que Jesús sea misericordioso, nos muestre el rostro misericordioso de Dios que es clemente y misericordioso, como tantas veces repetimos en nuestros salmos. Jesús viene para traernos la salvación y esa salvación es para todos porque todos estamos marcados por el pecado. No nos podemos considerar justos y puros, para que en consecuencia seamos capaces también de tener amor, compasión y misericordia con los demás.

Cuando nos sentimos amados y perdonados, como hemos reflexionado recientemente, nos sentimos impulsados a mostrar ese amor y esa misericordia también con los demás. Por eso con humildad nos ponemos ante Jesús - así lo hacemos por ejemplo siempre en el comienzo de nuestras celebraciones - sintiendo que somos enfermos, que somos pecadores, que estamos necesitados de la misericordia del Señor. Todo esto tendría que hacernos pensar mucho para analizar nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros juicios y condenas que tan pronto y fácilmente nos salen cuando vemos algo que no nos gusta en los demás. Llenemos nuestro corazón de amor y de misericordia y así podremos repartir amor y misericordia con todos los que están a nuestro lado.

viernes, 17 de enero de 2014

Jesús había anunciado el año de gracia del Señor para el perdón de nuestros pecados

1Sam. 8, 4-7.10-22; Sal. 88; Mc. 2, 1-12
El cuadro que estamos contemplando cuando escuchamos este texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado nos habla del entusiasmo de la gente que se agolpa allí donde está Jesús porque quiere escucharlo y estar cerca de El; pero nos habla de fe y de amor solidario, como nos hablará también de la verdadera salvación que viene a ofrecernos Jesús.
‘Cuando a los pocos días se supo que Jesús había vuelto a Cafarnaún acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta’. Allí están queriendo no perderse ni una palabra de Jesús. Allí se despierta la fe y se despierta el amor. Acuden unos hombres portando en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure. Es imposible entrar, pero ellos quieren llegar como sea hasta los pies de Jesús con aquel enfermo. Y la fe y el amor se las ingenian; ‘levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y por allí descolgaron la camilla con el paralítico’. Alguien podría estar pensando en el dueño de la casa al que le están destrozando el techo. Pero lo importante ahora es la fe de aquellos  hombres. ‘Viendo la fe que tenían’, dice el evangelista, ‘le dijo al paralítico: hijo, tus pecados quedan perdonados’.
Siempre nos fijamos en la reacción de los letrados que por allí andaban que no entienden las palabras de Jesús; es más, dirán que blasfema, porque ‘¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Pero, siendo sinceros, ¿cuál hubiera sido nuestra reacción si  nosotros hubiéramos estado en su lugar? Lo que aquellos hombres venían buscando era la curación del paralítico y de eso, de entrada, no dice nada Jesús. Tenían fe, les gustaba escuchar sus palabras y su corazón se enardecía y se llenaba de esperanza cuando lo escuchaban; pero ellos aún no habían descubierto quien era realmente Jesús. A lo más podían pensar que era un profeta o un hombre de Dios.
Pero ¿no sigue siendo la reacción de muchos hoy cuando le hablamos de la confesión de los pecados y del sacramento de la penitencia? Yo a ningun hombre le voy a contar mis pecados para que me los perdone, yo le pido perdón a Dios cuando hago mis oraciones y no necesito nada más, dicen muchos y de alguna manera allá en nuestro interior ponemos nuestras dificultades y reticencias a la hora de confesar nuestros pecados.
Jesús curará a aquel paralítico; al final le dirá: ‘Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Pero aquel hombre no solo ha recobrado el movimiento de sus miembros para incluso poder cargar con su camilla, sin que nadie tenga ya que ayudarle, sino que aquel hombre se sentirá salvado en lo más profundo de si mismo. Jesús le había dicho ‘tus pecados están perdonados’, y la salvación había llegado a su vida. Jesús quiere dejarnos claro que es lo más hondo, lo más grande que viene a ofrecernos.
En la sinagoga de Nazaret había proclamado aquel texto del profeta que anunciaba el año de gracia del Señor. El año de gracia del perdón era el año del jubileo, el año en que todas las penas quedaban condonadas, en que todo era perdonado, porque era como comenzar de nuevo una vida nueva. Y Jesús venía a traernos ese año de gracia universal, de una vez para siempre. El venía a traernos la gracia y el perdón. Ahora nos lo estaba manifestando para que lo tuviéramos claro desde el principio. La salud, la salvación que venía a ofrecernos era algo profundo que transformaba totalmente nuestra vida. Porque quien se siente perdonado, se siente amado y se siente transformado por ese amor y ya su vida no puede ser de la misma manera.

Cómo tenemos que aprender nosotros a gustar ese perdón que el Señor nos ofrece, saborear ese amor tan grande que Dios nos tiene que nos inunda con su misericordia. No siempre valoramos y vivimos con la intensidad que deberíamos el sacramento de la Penitencia donde recibimos el perdón del Señor. Tendría que ser siempre una fiesta para nosotros, porque fiesta tenemos que sentir en el corazón cuando así nos sentimos amados del Señor.

jueves, 16 de enero de 2014

El amor de Jesús nos contagia y nos hace fructificar en el amor

1Sam. 4, 1-11; Sal. 41; Mc. 1, 40-45
Qué fuerza más poderosa tiene el amor. Desde un amor verdadero cuánto podemos hacer y cuando vivimos impregnados por el amor vemos cómo en torno de nosotros van como surgiendo y ramificándose nuevas plantas de amor que van impregnando todo cuanto nos rodea.
Hace unos días en las redes sociales circulaba un video muy hermoso que quise también compartir con mis amigos. Es difícil que ahora en palabras pueda expresar la fuerza de aquellas imágenes tan hermosas que nos ofrecía el video. Todo arrancaba de un gesto muy sencillo que fue una persona que se acercó a levantar a un muchacho que circulando en medio de la gente, de repente cayó al suelo y quedó como mal herido. El que aquella persona desconocida le ayudara a levantarse sin más provocó que aquel muchacho ayudara a una anciana que caminaba con dificultad con sus bolsos y paquetes hasta llegar a su portal; pero luego seria aquella anciana la que ofreció ayuda a un pobre que estaba sentado en el suelo del portal, y así se fue desencadenando una serie de gestos hermosos en que unas personas al sentirse ayudadas al tiempo hacían lo mismo con los que iban encontrando a su paso. El amor provocó el amor e hizo que se fuera ramificando en muchos otros gestos de amor y de solidaridad. Eran muy hermosas las imágenes de aquel video.http://mundoconsejos.com/un-chico-se-cae-de-su-patineta-y-produce-una-cadena-de-eventos-hermosos/
Escuchando hoy el evangelio y lo que venimos escuchando en estas primeras páginas del evangelio de Marcos es lo que vemos que va significando la presencia de Jesús en medio de las gentes. Desde el amor de Jesús que podíamos decir se desprendía de su persona, ya ayer veíamos que primero le llevan a casa de Simón y de Andrés donde la suegra de Simón está enferma y Jesús la levanta de su postración. Más tarde veremos cómo la población entera se agolpaba a la puerta del casa donde estaba Jesús, porque todos querían estar con El, no solo escucharle sino sentir sobre ellos lo que era su amor, su misericordia, su acogida cuando a todos atendía, para todos tenía una palabra, y a todos liberaba de sus males.
Cuántas veces el ser escuchados y valorados, el ser tenidos en cuenta nos vale mucho más que cualquier medicina para curar nuestras enfermedades. Cuánto nos tendría que hacer pensar todo esto para nuestras actitudes y posturas ante el sufrimiento de los demás, porque hemos de reconocer que son cosas que muchas veces nos cuesta hacer.
No era ya solo el milagro donde se veían libres de su enfermedad o su invalidez sino que tendríamos que decir era la acogida de Jesús a cuantos con sufrimiento llegaban hasta él. Hoy en el evangelio escuchamos que es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús, pero lo más hermoso es el amor y la cercanía de Jesús que se acerca hasta él, extiende su mano y lo toca – lo que era inconcebible para los puritanos porque el tocar a un leproso era una impureza legal que se cometía – y, por supuesto, lo cura.
El amor de Jesús provoca el amor, porque, como escuchamos ayer y en ese sentido escucharemos mañana, la solidaridad se despertaba en todos, que traían a sus enfermos, a los impedidos hasta Jesús para que los curara, como mañana veremos la inventiva del amor en aquellos que traen el paralítico y lo descolgarán desde la azotea hasta los pies de Jesús.
Estamos contemplando, es cierto el poder de Jesús, pero tendríamos que descubrir detrás de todo ello cómo se manifiesta lo que es el amor que el Señor nos tiene. Y contemplando ese amor de Dios eso provoque nuestro amor, despierte nuestro amor, nuestra capacidad de solidaridad y de acogida a cuantos están a nuestro lado. No estará en nuestras manos la curación de una enfermedad, pero sí está en nosotros la capacidad del amor con que hemos de saber acoger a los demás.

Que así vaya fructificando el amor, se vaya ramificando, como decíamos antes, y contagiemos a cuantos nos rodean de ese amor. Con ello seremos signos ante los demás del amor de Dios.

miércoles, 15 de enero de 2014

Escuchar con prontitud a Dios verdadera sabiduría del creyente

1Sam. 3, 1-10.19-20; Sal. 39Mc. 1, 29-39
Saber escuchar a Dios sin ninguna confusión, podríamos decir que es la verdadera sabiduría del creyente. Muchas veces  no nos es fácil distinguir la voz del Señor en medio de tantas cosas que suenan a nuestro alrededor. Muchas cosas nos hacen ruido en la vida, bien porque nosotros equivocadamente las busquemos, o bien porque el espíritu maligno siempre quiere crear confusión en nuestro interior para así apartarnos de Dios y apartarnos de lo que es su voluntad.
Y no nos basta una buena voluntad por nuestra parte. Es un don y una gracia del Señor que también se  nos puede manifestar de muchas maneras. Es una sabiduría que tenemos que saber pedirle al Señor. Es precisamente lo que nos hace creyentes, nos distingue como creyentes, el saber escuchar a Dios sin ninguna confusión.
Es lo que podemos descubrir en esta lectura del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Ya nos dice el texto sagrado que ‘por aquellos días las palabras del Señor era raras y no eran frecuentes las visiones’. Más adelante nos dirá que ‘Samuel aún no conocía al Señor, pues no le había sido revelada la Palabra del Señor’.
En las lecturas de los días pasados se nos preparaba para escuchar la historia de quien iba a ser un gran profeta que guiase en momentos decisivos e importantes al pueblo de Israel. El texto que hoy escuchamos podríamos llamarlo la historia de la vocación de Samuel, porque es cuando siente esa llamada del Señor, pero es un texto que nos viene bien reflexionar sobre cómo nosotros abrir nuestro corazón a Dios para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos y descubrir los designios de Dios para nuestra vida y para nuestra historia.
Samuel era aún un niño. Recordamos cómo Ana, su madre, en su petición al Señor del don de la maternidad había prometido consagrar el niño al Señor. Lo contemplamos niño en el entorno del templo, en Silo, junto al Sacerdote Elí. Y es allí, en la noche, cuando escucha la llamada del Señor. Pero Samuel no conocía la voz del Señor. Por eso acude corriendo a donde estaba el sacerdote. ‘Aquí estoy. Vengo porque me has llamado’ Así una y otra vez, varias veces, en que el sacerdote le manda acostarse porque no le ha llamado. Pronto el anciano sacerdote comprenderá que es la voz del Señor el que está llamando al niño y le enseñará a abrir su corazón a Dios. ‘Habla, Señor, que tu siervo te escucha’.
 Será la respuesta del niño Samuel cuando de nuevo escucha la voz del Señor que le llama. ‘Habla, Señor, que tu siervo te escucha’. Abre sus oídos, abre su corazón para escuchar la voz del Señor. No es solo oírla; ese escuchar entraña mucho más; significa querer cumplir, querer realizar en la vida, querer obedecer al Señor.
El Señor nos habla; el Señor nos llama; el Señor tantas veces se nos manifiesta allá en el corazón. Es necesario, como decíamos, tener esa sabiduría del Espíritu para saber discernir la voz del Señor, para oír y escuchar al Señor. Es necesario dejarse conducir, porque cuando el Señor nos habla enriquece nuestra vida con su gracia pero para ponernos en camino. No siempre sabemos escuchar, pero  no siempre sabemos ponernos en camino, realizar en nuestra vida aquello que el Señor nos pide, aquello que el Señor nos dice.
Que haya esa prontitud en nuestra corazón, en nuestra vida, como la del niño Samuel, para acudir a escuchar la voz del Señor. Que nada nos distraiga, que nada nos entretenga; tenemos el peligro de estar entretenidos, distraídos, ajenos a esa voz del Señor. Que tengamos la fuerza del Espíritu divino, que nos ilumine y nos envuelva ese Espíritu de Sabiduría, de la Sabiduría de Dios. Y que el Espíritu divino nos llene de su fortaleza para que con prontitud realicemos todo aquello que nos pide el Señor.


martes, 14 de enero de 2014

Una Buena Noticia que llega con la autoridad de la salvación para todos

1Sam. 1, 9-20; Sal. 132; Mc. 1, 21-28
Si ayer escuchábamos el primer anuncio que Jesús hacía del Reino de Dios invitando a la conversión y a creer en El, hoy le vamos ya acudir a la Sinagoga a enseñar. Ayer contemplábamos a los primeros discípulos que escuchaban su palabra y su invitación y cautivados por El se decidían a dejarlo todo por seguirle. Hoy vemos cómo la gente se quedaba asombrada de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad.
Su Palabra es Palabra de vida y Palabra de salvación. Su Palabra hace enardecer los corazones y llegaba a lo más hondo de ellos haciendo renacer la esperanza y los deseos de una vida nueva. Pero su Palabra era una Palabra salvadora. Con autoridad expulsaba los demonios, como señal de esa victoria sobre el mal y sobre el pecado que iba a significar su vida.
‘Había en la sinagoga un hombre que poseía un espíritu inmundo y se puso a gritar’, nos dice el evangelista. La presencia de Jesús es una presencia llena de gracia y de salvación. Y el mal se resiste. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret?’
Un signo maravilloso que se realiza con la presencia y la palabra de Jesús. ‘Cállate y sal de él’, le dice Jesús. ‘Y el espíritu inmundo lo retorció y dando un grito muy fuerte, salió. Todos se quedaron estupefactos. ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo’, es la reacción de la gentes cuando contemplan lo sucedido. ‘Y su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.
Se nos está manifestando quién es Jesús. Lo hemos venido meditando al finalizar el tiempo de Navidad y Epifanía y ahora cuando comenzamos a leer el principio del evangelio de Marcos lo estamos viendo con toda claridad. Esto tiene que ayudarnos mucho en el crecimiento de nuestra fe y en la respuesta de vida que hemos de darle al Señor; la respuesta que hemos de darle con toda nuestra vida.
No contemplamos estos hechos que nos va narrando el evangelio de una manera fría como quien simplemente lee o escucha una historia. Para nosotros tiene que ser mucho más, porque para nosotros es la Palabra del Señor. Una Palabra que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros con lo que es nuestra vida porque así quiere llenarnos de su gracia y así quiere ir transformando cuando de mal hay en nosotros. Decimos, confesamos que es nuestro salvador, pero decir que es nuestro Salvador es decir que nosotros queremos llenarnos de esa salvación.
También tantas veces hemos dejado que se meta el mal en nuestra vida; la tentación nos acecha y no siempre somos lo buenos que tendríamos que ser y el pecado nos domina, llena nuestro corazón. Nos cuesta reconocerlo, no tenemos siempre la suficiente humildad. Algunas veces también nos resistimos a la gracia del Señor. Dejémonos conducir por su Espíritu, dejemos que su gracia salvadora llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su salvación. Que seamos capaces de sentir la novedad de vida que su Palabra tiene en cada momento para nosotros. Como aquella gente que sentía y reconocía lo nuevo que había en la Palabra de Jesús y en su manera de enseñar. Era en verdad Buena Nueva, Buena Noticia de Salvación, era Evangelio para su vida, como lo es siempre para nosotros.

Y una palabra en referencia a la primera lectura. Es la súplica confiada que Ana hace al Señor en su oración. Mucho era el dolor que sentía en su alma, pero mucha era la confianza que ponía en el Señor. Su oración estaba llena de lágrimas por su sufrimiento y su dolor, pero su oración estaba también llena de confianza y de esperanza. Y el Señor escuchó su oración. Con la misma confianza hemos de acercarnos al Señor desde nuestras necesidades, desde nuestro dolor, pero siempre con mucho amor.

lunes, 13 de enero de 2014

Convertirnos a la Buena Noticia para comenzar a vivir una vida nueva

1Sam. 1, 1-8; Sal. 115; Mc. 1, 14-20
Terminadas las celebraciones de Navidad y Epifanía iniciamos el tiempo ordinario. Es el tiempo que media ahora hasta que comencemos la Cuaresma que nos prepare para la Pascua. No hay celebraciones especiales del misterio de Cristo en estos domingos que siguen, pero nosotros siempre estamos celebrando a Cristo, porque estamos celebrando su salvación y su amor. Siempre tenemos muchos motivos para dar gracias y para alabar al Señor y la Palabra de Dios que se nos va proclamando va alimentando nuestra fe, nuestra vida cristiana y tiene siempre para nosotros la novedad del Evangelio, la Buena Noticia de nuestra Salvación.
Como sabemos a lo largo del tiempo ordinario, en las eucaristías en medio de la semana, se va haciendo una lectura continuada de la Palabra de Dios ya sea en el Evangelio como en la primera lectura. Quienes seguimos con interés y escuchamos con fe la Palabra que se  nos va proclamando vamos enriqueciendo nuestra vida y vamos adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo del mensaje del evangelio, del mensaje de nuestra salvación. Es una riqueza grande para nuestra vida y nos va haciendo saborear la sabiduría de Dios.
En el evangelio comenzamos por el evangelio de Marcos, mientras en la primera lectura ahora en el año par iremos escuchando en principio el libro de Samuel del Antiguo Testamento. Se comienza con la historia de Samuel, presentándonos hoy su familia, por así decirlo, y las circunstancias de su nacimiento, que iremos escuchando en los próximos días.
En el mensaje bíblico es normal que la presentación de quienes fueron especialmente llamados por Dios para una función especial dentro de la vida del pueblo de Dios, su nacimiento vaya rodeado de las maravillas de Dios. Así descubrimos no obras humanas, sino con fe hemos de saber descubrir la acción y la fuerza de la gracia del Señor. Es todo lo que rodea el nacimiento y la infancia de Samuel que iba a ocupar un lugar muy importante en la historia del pueblo de Dios.
Por su parte en el evangelio - son casi los primeros versículos del primer capítulo tras la presentación del Bautista y el relato del Bautismo de Jesús -, se nos presenta a Jesús haciendo el primer anuncio del Evangelio y su invitación a la conversión para creer en la Buena Noticia que nos proclama Jesús, la Buena Noticia que es Jesús mismo. Precisamente ese es el sentido del primer versículo del evangelio: ‘Comienzo de la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios’. La Buena Noticia, el Evangelio es Jesús; Jesús que es el Cristo, el Mesías, el Ungido del Señor y que es el Hijo de Dios. Aunque hoy no hemos escuchado esas palabras, porque comenzamos unos versículos posteriores, tendría que darnos para mucho meditar y reflexionar.
‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’, es el primer anuncio de Jesús. E invita a la conversión y a creer en El. Y como una señal de quienes escuchan ese anuncio, se dejan cautivar por ese evangelio, por esa Buena Noticia, a continuación nos narra la vocación de los primeros discípulos. Ahí estamos contemplando quienes escuchan ese anuncio; quienes escuchan y se ponen en camino.
Convertirse es darle la vuelta a la vida para comenzar a vivir de una forma nueva. Es lo que contemplamos en aquellos primeros discípulos. Comenzarán a vivir algo nuevo. Son invitados a seguir a Jesús y de pescadores en aquellos lagos son invitados a ser pescadores de una pesca nueva. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’ Y creyeron, y cambiaron de vida, y lo dejaron todo, y se fueron con Jesús.

¿Es así nuestra fe? ¿Es así nuestra disponibilidad para seguir al Señor, cuando tantas reservas nos estamos haciendo tantas veces? ¿Estaremos dispuestos a abrir de verdad los oídos de  nuestro corazón para escuchar la invitación y la llamada del Señor?