Vistas de página en total

domingo, 22 de abril de 2012


Está en medio de nosotros y nos sentimos enviados a llevar el anuncio del evangelio

Hechos, 3, 13-15.17-19;
 Sal. 4
; 1Jn. 2, 1-5;
 Lc. 24, 35-48
‘Contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’.
Se presenta Jesús en medio de ellos. Estaban desconcertados porque aun no acaban de asimilar todo lo sucedido en esos días. Aquel primer día de la semana había sido muy intenso. Que el sepulcro estaba vacío; que las mujeres contaban visiones de ángeles que les decían que estaba vivo; que Simón contaba que se le había aparecido Jesús; ahora vienen estos que han marchado a Emaús narrando todo lo sucedido; y de repente, allí está Jesús en medio. Son muchas las emociones; ‘llenos de miedo por la sorpresa, creen ver un fantasma’.
Pero allí está Jesús en medio. ‘¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies, palpadme… y dicho esto les mostró las manos y los pies…’ Allí está Jesús resucitado. Viene a despertar la fe y la esperanza. Que se disipen los nubarrones, que desaparezcan las dudas, no hay lugar para las tinieblas.
Allí está El para hacerles comprender. Les explica las escrituras. Ya lo había hecho con los discípulos del camino de Emaús. Les abrió la inteligencia para que comprendieran. Necesitaban la firmeza de un sí, una afirmación clara, una proclamación sin ningún tipo de dudas. Como tendrán que hacerlo de ahora en adelante. Como lo vemos haciendo ya a Pedro en la primera lectura. Allí está Jesús en medio.
‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’. Allí está Jesús en medio y han de ser testigos de ello. En todas partes. A todos los pueblos. Será el anuncio de salvación que han de hacer. Todo lo que ha sucedido ha sido conforme al plan de Dios. Los hombres en su maldad han actuado llevando a Jesús hasta la cruz, pero detrás de todo eso estaba el plan de Dios. Era el amor de Dios que llegaba a nosotros y nos traía la salvación.
Les costó mucho comprender. Estaban asustados y tenían miedo. No acababan de creer. Estaban atónitos. Sus mentes estaban cerradas. Aunque le ven comer; le han ofrecido pan y un trozo de pez asado. Aunque pueden palparlo. Aunque Jesús se los explica todo. Un día Jesús les enviará el Espíritu Santo y podrán salir a hacer el anuncio, como ya escuchamos a Pedro en la primera lectura.
Allí está Jesús en medio; aquí está Jesús en medio. Hemos de confesarlo. Aquí estamos reunidos en su nombre y aquí está Jesús en medio de nosotros. Nos lo había dicho: cuando estuviéramos reunidos en su nombre, El estaría en medio de nosotros. También a nosotros nos trae la paz; sobre nosotros derrama su gracia; a nosotros también nos explica las Escrituras; nos regala y nos infunde su Espíritu para que le conozcamos, le confesemos, le podamos vivir con toda intensidad dentro de nosotros mismos.
Aquí está con nosotros y camina a nuestro lado, como con aquellos discípulos que marchaban a Emaús; está en medio de nosotros y para nosotros también parte el pan para que le comamos y vivamos; está en medio de nosotros y viene a avivar nuestra fe muchas veces mortecina; está en medio de nosotros y nos sentimos llenos de esperanza de que es posible una vida nueva, un mundo mejor, un mundo donde todos  nos queramos y nos respetemos, y vivamos en armonía y paz, y nos ayudemos mutuamente a caminar y a hacer las cosas bien.
Está en medio de nosotros y nos hemos llenado de alegría y hemos querido contagiarla en esta pascua queriendo hacer felices a los demás haciéndoles el anuncio de que ha resucitado y nos ha traído la salvación; está en medio de nosotros y nos sentimos más iglesia, más comunidad de hermanos que nos queremos y deseamos de verdad vivir unidos y que nunca más haya divergencias ni enfrentamientos entre nosotros, y que queremos hacer felices los unos a los otros.
Sí, Jesús está en medio de nosotros abriendo el entendimiento, aumentando la comunión, renovando la alegría y el perdón, animando la oración. Se hace presente en nuestras celebraciones litúrgicas, cuando escuchamos su Palabra – esa Palabra que nos enardece el corazón – y cuando partimos el pan de la Eucaristía, porque es a El a quien comemos, de quien nos alimentamos, quien nos regala su vida y su gracia.
Se hace presente en medio de nosotros e ilumina nuestra vida y transforma nuestro corazón, nos llena de la fortaleza y la alegría del Espíritu y nos da valentía para ir a anunciarlo a los demás. Los discípulos tras el encuentro con Cristo resucitado se sintieron profundamente transformados, se disiparon sus dudas, se acabaron los miedos y cobardías y las puertas se abrieron para llenos de alegría  salir inmediatamente a llevar la Buena Noticia a los demás.
Es lo que tiene que ser ya nuestra vida. Es a lo que nos sentimos enviados. La luz ya no podemos esconderla. La Buena Noticia hay que comunicarla. Nadie podrá ya prohibirnos que hablemos de Jesús y en su nombre queramos transformar nuestro mundo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Para eso nos envía su Espíritu. Por eso nos enviará a que vayamos hasta los confines del mundo, comenzando por la Jerusalén de los que están a nuestro lado, anunciando en su nombre la conversión y el perdón de los pecados. Somos ya nosotros también unos testigos, porque Cristo está vivo y presente en medio de nosotros y por la fe ya no tenemos ninguna duda; unos testigos que hemos de hacer el anuncio del nombre de Jesús.
Cuando termina nuestra celebración el sacerdote nos dice: ‘podéis ir en paz’. ¿Qué significa eso? Vamos en paz porque vamos llenos de Dios, llenos de Cristo y de su gracia, porque hemos vivido y celebrado su presencia en medio de nosotros. Pero significa también cómo hemos de llevar esa paz de Cristo a los demás.
Se nos envía a llenar la tierra de luz, a sembrar alegría y esperanza, a proclamar la amnistía y el perdón – el año de gracia del Señor -, a trabajar por la paz, a consolar a los que sufren; se nos envía a llevar la buena noticia del evangelio que nos llena de alegría a los pobres y a los que están tristes; se nos envía a ser testigos de resurrección manifestando con nuestras vida que estamos resucitados, que Cristo nos ha resucitado a nosotros también; se nos envía a asegurar a todos los hombres que Dios nos ama y que la vida verdadera consiste en amar.
Y todo eso lo podemos hacer, porque Cristo está en medio de nosotros.

sábado, 21 de abril de 2012


Está siempre junto a nosotros a pesar de los nubarrones que nos puedan enturbiar la vida

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
La comunidad de los que creían en Jesús iba creciendo. ‘La Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos’. Pero en su crecimiento van apareciendo nuevos problemas y dificultades que pueden poner en peligro la armonía y la comunión que entre todos se vivía.
Ante las dificultades hay quienes se acobardan y se encierran sin saber buscar soluciones a los problemas; otros se crecen y hace que surjan valores y virtudes que ayudarán más aún a su crecimiento; pero también ante las dificultades y problemas hay que saber tener una visión distinta, la visión del creyente que puede ver en esas mismas dificultades una llamada del Señor y una invitación a descubrir cosas nuevas, que el mismo Espíritu divino va haciendo surgir en el interior de las personas.  
Cuando crece el número de los discípulos comienzan las quejas y malentendidos por el servicio que se les presta a los diferentes sectores y necesidades. Hay creyentes en Jesús que provienen del judaísmo porque son de allí mismo de Jerusalén o Palestina, pero también están los de lengua griega, como dice el texto, para referirse a los provenientes de la gentilidad o de aquellos judíos de la diáspora que al venir a Jerusalén con motivo de la pascua y ante todo lo sucedido se van abriendo a la fe en Jesús.
En la dificultad no nos sentimos solos porque siempre nos sentimos asistidos por la fuerza del Espíritu del Señor, por la presencia de Dios junto a nosotros, aunque a veces nos cueste comprender. Es lo que nos expresa hoy el evangelio. Los apóstoles iban remando con gran dificultad queriendo atravesar el lago para llegar a Cafarnaún, pero se les había hecho de noche, el viento soplaba fuerte y en contra y parecía que se podían encontrar en dificultades y se encontraban solos. Pero allí estaba el Señor; aparece caminando sobre el agua. ‘No temáis, soy yo’, les dice.
Pero allí en medio de aquella comunidad está el Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia, la guió hace dos mil años y la sigue guiando en la actualidad. El creyente ha de saber discernir, tener la mirada de Dios en sus ojos y en su corazón para descubrir los caminos por donde quiere llevarnos el Señor. Así surgió la diaconía dentro de la comunidad cristiana; aquellos cristianos con el don y el ministerio del servicio, en este caso para atender a los huérfanos y a las viudas, como dice el texto sagrado, porque reflejan las situaciones de mayor desamparo y pobreza en que podían verse envueltos; la mujer que pierde a su marido o el niño o joven que se queda sin la protección de los padres.
Los apóstoles han de dedicarse a la misión concreta que han de realizar en medio de la comunidad, del anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y ser aglutinadores de la comunidad dirigiendo la oración de los hermanos. Por eso los apóstoles les piden que elijan a ‘siete de entre vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y los encargaremos de esa tarea, mientras nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra’.
Es así como nace la dianonía, el diaconado en la Iglesia de Jesús. ‘Los apóstoles les impusieron las manos orando’ e invocando el Espíritu divino sobre ellos, en lo que vemos lo que va a ser la base de la ordenación sacerdotal o de los diferentes ministerios dentro de la Iglesia. Pues ¿qué es realmente una ordenación sacerdotal? No es simplemente elegir a unas personas a las que se les confía un encargo, sino que es fundamentalmente invocar al Señor para saber quienes han de ser elegidos y en la oración y en la imposición de las manos del Obispo invocando al Espíritu Santo consagrarlos para una misión.
Este texto nos ofrece por una parte lo que es el crecimiento de la comunidad cristiana ayudándonos a entender cómo van surgiendo los diferentes ministerios dentro de la Iglesia, y por otra parte nos puede ayudar también para saber descubrir la presencia del Señor junto a nosotros, a pesar de los nubarrones en que nos veamos envueltos en la vida. Nunca nos deja el Señor. Está siempre a nuestro lado y la fuerza de su Espíritu no nos faltará.

viernes, 20 de abril de 2012


Un signo de Jesús que nos plantea un estilo nuevo de vida

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26; Jn. 6, 1-15
‘Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo’, exclama la gente ‘al ver el signo que había hecho’. No era para menos. Una multitud grande que lo había seguido hasta lugares descampados que es alimentada milagrosamente por Jesús multiplicando aquellos pocos panes y peces. Y aún sobró. ‘Recojan los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie’. ¡Cuántos detalles que merecerían muchos comentarios!
‘Estaba cerca la fiesta de la Pascua’, nos dice el evangelista para situarnos bien el tiempo en que sucedieron las cosas. Nosotros, sin embargo escuchamos este evangelio, esta Buena Nueva de Jesús en medio de nuestras celebraciones pascuales. Si el hecho de la multiplicación de los panes fue un anuncio – un signo como le gusta señalar al evangelista Juan – nosotros celebrada la Pascua escuchamos este evangelio que nos ayudará a vivir y a profundizar en el sentido de la pascua.
No es sólo el milagro en sí sino lo que tiene de anuncio y significado para nosotros. Ese pan multiplicado con el que Cristo da de comer a toda aquella multitud que le seguía nos está anunciando cómo es El mismo el que quiere dársenos en comida para que tengamos vida y vida para siempre. Seguiremos en los próximos días escuchando lo que sigue en el evangelio de Juan tras la multiplicación de los panes que será el discurso del pan de vida que Jesús pronuncia en Cafarnaún. Nos está, pues, adelantando cómo Cristo quiere dársenos como comida, como alimento, como vida de nuestra vida.
En la Pascua estamos contemplando y celebrando todo el misterio de la entrega de amor de Jesús. Cristo que se da y que se entrega hasta el final realizando su pascua salvadora en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Esa entrega redentora de Jesús nos llena de gracia, nos llena de vida, nos llena de salvación. Una gracia, una vida y una salvación que hemos de vivir en el mismo amor de Jesús.
Cuando celebramos la Eucaristía – y la multiplicación de los panes es figura de la Eucaristía en que Cristo se nos dará como comida – estamos celebrando, haciendo presente en nosotros, en la iglesia y en el mundo todo el misterio de la muerte y resurrección del Señor, todo el misterio de su pascua. Anunciamos y proclamamos la muerte y la resurrección del Señor mientras esperamos su venida gloriosa. Por eso pedimos ‘¡Ven, Señor Jesús!’ Celebramos la Eucaristía y hacemos presente, actual el mismo sacrificio de Cristo.
Celebramos la Eucaristía y hemos de vivir en su mismo amor, porque hemos de vivir su misma vida. Celebramos la Eucaristía y nosotros con Cristo queremos hacer la misma ofrenda de amor, nos unimos a la ofrenda y al sacrificio de Cristo. Por eso no la podemos celebrar de cualquier manera. Nos compromete. Nos pone en camino de entrega de amor.
Por eso, cuando hoy escuchamos este relato con todos sus detalles irán surgiendo preguntas en nuestro interior que nos lleven a la reflexión y al compromiso. Hay detalles como la generosidad de quien puso a disposición aquellos cinco panes y el par de peces. Está el hecho de la preocupación de los discípulos porque a aquella gente no le faltara qué comer. O podemos fijarnos en lo que dice Jesús que recojan los pedazos que han sobrado para que nada se desperdicie.
¿Actuaremos así nosotros en las pequeñas cosas de cada día de nuestra vida? ¿No nos estará enseñando a abrir los ojos para ver las necesidades de los demás y no sólo las propias y tratar de buscar remedio? En nuestro mundo tan consumista y donde todo es de pronto uso y tanto se tira y desperdicia, mirando las necesidades que hay a nuestro alrededor ¿no tendríamos que aprender a aprovechar mejor lo que tenemos y ser capaces de desprendernos con generosidad de nuestras cosas para compartir con los demás?
No está lejos el evangelio de nuestra vida concreta y es luz que nos ayuda a comprender cómo mejor podemos hacer las cosas sobre todo pensando con generosidad y amor en los demás. Nos está planteando un estilo nuevo de vida.

jueves, 19 de abril de 2012


Con la Palabra de Dios proclamada nos sentimos alentados y fortalecidos en nuestra fe

Hechos, 5, 27-33; Sal. 33; Jn. 3, 31-36
La Palabra de Dios que se nos proclama y escuchamos cada día es una palabra viva, llena de vida y que nos da vida. Por la Palabra nos vamos introduciendo cada vez en el misterio de Dios, porque sólo si El se nos revela podemos conocerle; pero a través de esa Palabra vamos escuchando también lo que Dios quiere de nosotros, nos va señalando los caminos de nuestra vida y cómo hemos de dar respuesta a lo que Dios nos pide; y en la Palabra nos sentimos alentados en nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios que así quiere revelársenos y estar con nosotros. Con ese gozo, con ese deseo y con esa esperanza venimos cada día a escuchar la Palabra del Señor.
Es Jesús, verdadero Verbo de Dios, el que nos ayuda a conocer a Dios,  nos revela el misterio de Dios. Ya nos lo decía El mismo que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y nadie conoce al Hijo sino el Padre y aquel a quien se lo quiere revelar’. Es el Verbo de Dios que está en Dios desde toda la eternidad pero que viene a nosotros como Palabra, como Revelación que hemos de escuchar para encontrar así el camino de salvación que Dios quiere ofrecernos.
De ahí la fe que tenemos que poner en Jesús para alcanzar la vida eterna. Es lo que nos ha dicho hoy. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Fue levantado en lo alto, como Moisés levantó la serpiente en el desierto, para que todo el que cree en El alcance la vida eterna. Lo  hemos meditado muchas veces, pero estos días en la conversación de Jesús con Nicodemo lo hemos escuchado una vez más. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.
La Palabra de Dios que hoy hemos escuchado, como en todos estos días de Pascua, quiere avivar y alentar nuestra fe. Cuando venimos a la celebración queremos dar gloria al Señor y cantar su alabanza, queremos darle gracias por tantos beneficios que de El recibimos – ya es un regalo de amor que nos ofrezca cada día también la riqueza de su Palabra - y le presentamos también todas nuestras necesidades y las necesidades del mundo, pero en nuestra celebración nos sentimos reconfortados en nuestra fe; alimentamos nuestra fe, nos sentimos fortalecidos para poder hacer con toda seguridad el camino de nuestra vida cristiana.
El texto que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura eso pretende también, para eso nos vale. Una vez más escuchamos una confesión de fe, una proclamación de la fe en Cristo resucitado que Pedro hace valientemente ante el Sanedrín cuando una vez más es apresado y conducido a presencia del Sumo Sacerdote y el Sanedrín. No pueden dejar de obedecer a Dios y por eso no pueden dejar de hablar de Jesús, de confesar y proclamar ante todos la fe que tienen en Jesús. Ellos son testigos que no pueden callar. El Espíritu Santo está en ellos fortaleciéndoles.
‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndole jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’. Es la proclamación clara y valiente que hace Pedro. No se arredra ante las prohibiciones y los obstáculos que le están poniendo.
Cómo tendría que alentarnos un testimonio así. El mundo que nos rodea ni cree en Jesús resucitado como nuestro salvador ni quiere escuchar este mensaje. Más bien muchas veces vamos a encontrar muchos obstáculos cuando queremos proclamarlo valientemente. Pero ‘somos testigos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’. A nosotros no nos falta tampoco la fuerza y la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida para que tengamos la valentía de proclamar nuestra fe. Que sintamos en verdad la fuerza del Señor.

miércoles, 18 de abril de 2012


Dios mandó a su Hijo al mundo… para que el mundo se salve por El

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
‘Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Así es el amor que Dios nos tiene. No podemos ponerle límites ni fronteras al amor de Dios. Es un amor infinito. Es tanto lo que nos ama que nos entrega a su Hijo.
Estamos celebrando la Pascua y bien reciente tenemos en las retinas del corazón hasta donde llega ese amor. Hemos contemplado la pasión y muerte de Jesús. Hemos contemplado la expresión más hermosa de lo que es el amor. El amor más grande; el que se da sin límites; el que se da hasta la muerte. No perdonó a su propio Hijo pero porque quería perdonarnos a nosotros. Que pase de mí este cáliz, gritaba en su angustia Jesús en Getsemaní, pero la voluntad de Dios estaba por encima de todo. Y la voluntad de Dios era mostrarnos su amor. Un amor extremo, infinito por el que murió Jesús en la cruz por nosotros, porque nos amaba.
¿Qué hemos de hacer nosotros? Poner toda nuestra fe en El y responder con nuestro amor. ‘El que cree en El,  no será condenado’, nos dice Jesús. Poner toda nuestra fe en El y dejarnos iluminar por su luz. No cometer el error y el pecado de querer volver a las tinieblas. Lo hacemos tantas veces. ‘Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas, pues todo el que obra perversamente detesta la luz para no verse acusado por sus obras’.
Hay que ver cómo somos; podemos estar iluminados por la luz, pero tantas veces preferimos las tinieblas. Nos escondemos en las tinieblas con nuestro pecado. Por el pecado rehusamos la luz prefiriendo las tinieblas. Es una idea que desde el principio del evangelio de Juan se nos ha ido repitiendo. ‘La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció’. Así nos decía san Juan en la primera página del evangelio. Nos dejamos embaucar por el príncipe de las tinieblas que nos tienta y nos confunde. No tendríamos que confundirnos si escucháramos de verdad a Jesús, si viviéramos siempre a su luz. Es lo que tenemos que hacer.
Jesús es la luz verdadera por quien hemos de dejarnos iluminar. ‘Yo soy la luz del mundo’, nos dice, ‘el que me sigue no camina en tinieblas’. Es la verdad y la salvación de nuestra vida. Es la manifestación del amor salvador de Dios, como ya hemos dicho y repetido. Hemos de caminar, pues, a su luz.
Simbólicamente estamos ahora en Pascua iluminados constantemente por la luz del Cirio Pascual, que siempre permanece encendido delante de nosotros en todas las celebraciones. Nos recuerda a Cristo; es signo de Cristo de quien tomamos su luz. Por eso simbólicamente en la noche de la vigilia pascual de la resurrección del Señor una vez que encendimos el fuego nuevo y de él encendimos el cirio pascual, luego todos fuimos tomando de su luz, para dejarnos nosotros iluminar y para iluminar también nosotros a los demás.
Era hermoso cómo cuando íbamos entrando en el templo en la medida en que encendíamos nuestras luces del cirio pascual nuestro templo se iba iluminando hasta que llegó como una explosión de luz en el momento en que cantábamos a Cristo en su resurrección. Pero esa luz no podemos dejar que se nos apague. Hemos de mantenerla encendida. Es nuestra fe y son las obras de nuestro amor. Es la señal de que nos mantenemos en esa gracia salvadora que recibimos de Jesús. No dejemos introducir el pecado en el corazón para que no se nos apague esa luz. Renovémosla continuamente con la gracia de los sacramentos.
Mantengamos viva nuestra fe y dejémonos iluminar por su luz. El nos garantiza su salvación.

martes, 17 de abril de 2012


Bebamos en la fuente del amor de Jesús para vivir una auténtica comunión con los hermanos

Hechos, 4, 32-37; Sal. 92; Jn. 3, 11-15
 ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía’. Es el segundo resumen y descripción que nos hacen los Hechos de los Apóstoles de lo que era la vida de la comunidad cristiana.
Hemos ido escuchando en la lectura de los textos escogidos ahora en la Pascua de los Hechos de los Apóstoles el anuncio valiente que van haciendo los apóstoles de la Buena Nueva de Jesús, de la Buena Nueva de la resurrección. Hoy mismo hemos escuchado cómo ‘los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor’. Ya hemos escuchado las primeras reacciones en contra y hemos contemplado a Pedro y Juan en la cárcel, después de la curación del paralítico de la puerta Hermosa y la oración de la comunidad cristiana, ayer, al ser liberados, aunque con la prohibición de hablar del nombre de Jesús.
Pero el libro de los Hechos además de querernos manifestar el crecimiento de la comunidad de los que creían en Jesús por la predicación de los apóstoles, también quieren expresarnos lo que era la vida de aquellas primeras comunidades de los que creían en el camino nuevo de Jesús. ‘Los que seguían el camino’, dirá en algún momento. Y es que aceptar la fe en Jesús como nuestro Salvador desde su muerte y resurrección implicaba todo un estilo y sentido de vida. Ya nos había dicho Jesús cuál había de ser el distintivo de los que creyeran en él y nos dejó el mandamiento del amor.
Por eso la señal clara del seguimiento de Jesús implicaba el ir creando esa comunidad de amor que tenía y tiene que ser la Iglesia de Jesús. Son las obras de nuestro amor las que van a hablar de nuestra fe, ya hemos dicho en algún momento. Por eso en estas descripciones que nos hace de la vida de aquella primera comunidad de Jerusalén en lo que más incide es en la vida de comunión que se vivía entre ellos. Nos hablará del compartir generoso, de manera ‘que nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía’, pero lo más importante es esa comunión fraternal que entre todos se había ido creando. ‘Todos pensaban y sentían lo mismo’, nos decía el texto de hoy.
Ya decíamos que esta era el segundo resumen en este sentido. El domingo segundo de pascua, en la primera lectura, ya se nos ofreció el primer resumen descripción. ‘Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones’, nos decía entonces. ‘Los creyentes Vivian todos unidos y lo tenían todo en común’, seguía diciéndonos. Comían juntos… y eran bien vistos por todo el pueblo’.
Esa comunión de amor que se habían creado entre ellos les llevaba a que nadie pasara necesidad, a compartirlo todo entre ellos. Hoy nos narra el caso ya más extremo, por así decirlo, del levita Bernabé  ‘que tenía un campo y lo vendió, llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles’. Serán muchos lo que lo hagan de la misma manera. En una comunidad así era normal que fueran bien vistos por todos. Y es que las obras del amor son el mayor atractivo, la mejor predicación que se podía hacer del nombre de Jesús.
Queremos nosotros también seguir a Jesús, confesar nuestra fe en Cristo resucitado, como venimos haciéndolo de manera intensa en este tiempo de pascua. Crezcamos en nuestro amor, que resplandezcan las obras de nuestro amor; son el mejor testimonio de nuestra fe. Sintamos allá en lo más hondo de nosotros mismos el ardor del amor que nos lleve a vivir en esa armonía y en esa convivencia llena de paz con nuestros hermanos.
Llenemos nuestro corazón del amor de Dios y amémonos de verdad los unos a los otros. Quienes se aman y se quieren de verdad siempre buscarán lo bueno para el otro, siempre sabrán ser comprensivos con las debilidades de los demás, aprenderemos de verdad lo que es el perdón, tendremos generosidad en nuestro corazón para acercarnos al hermano y compartir. Si no hemos llenado de amor nuestro corazón, y la fuente la tenemos en Jesús, poco podremos compartir, poco podremos ser generosos con los demás, poco podemos vivir esa comunión que tiene que ser nuestro distintivo como cristianos. 

lunes, 16 de abril de 2012


Jesús le habla a Nicodemo de nacer de nuevo del agua y del Espíritu

Hechos, 4, 23-31; Sal. 2; Jn. 3, 1-8
‘Un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío fue a ver a Jesús de noche…’ Un hombre inquieto, con una cierta visión de Dios para apreciar donde está lo bueno; un hombre importante, magistrado significa que pertenecería al Sanedrín o consejo de los ancianos, pues le veremos que intervendrá con una opinión bien ponderada cuando están tramando prender a Jesús.
Ser fariseo no significa ser malo, sino que tenía una visión de las cosas por pertenecer a ese grupo, pero en él no había falsedad y ni doblez de corazón aunque se sintiera indeciso a la hora de tomar un camino. No todos los fariseos son malos ni podemos medirlos a todos por el mismo rasero. Bien nos viene tener en cuenta esto antes de hacer muchos juicios que nos sentimos tentados a hacer en nuestra relación con los demás todos los días.
Vislumbra que Jesús es alguien que viene de Dios y que tiene que estar acompañado por Dios en su vida. Se entabla así un diálogo hermoso con Jesús que viene a dar respuesta a los interrogantes más profundos que tiene el  hombre en su corazón. Y Jesús comenzará a hablar de nueva vida, de nacer de nuevo, del Reino de Dios y de las exigencias que tienen para entrar en él. Es necesario nacer de nuevo, porque aceptar el Reino de Dios, ver el Reino de Dios, vivir el Reino de Dios exige un nuevo vivir, una transformación profunda. No es sólo ponernos un vestido por fuera, sino que es un renacer desde dentro. Tienen que ser nuevas las actitudes, las posturas, la manera de vivir. Es una nueva vida. ‘Te lo aseguro el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios’, le dice Jesús.
A Nicodemo le cuesta entender porque se toma las cosas con demasiada literalidad y piensa que volver al seno de la madre para nacer de nuevo es algo difícil. ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’ Claro que difícil es la radicalidad de un cambio de rumbo en la vida, de un cambio de vida. Por eso  no será cosa que hagamos a la manera de las cosas de aquí abajo, sino que es algo superior a nosotros, que nos sobrepasa; es algo propio del Espíritu de Dios que es quien en verdad nos puede así transformar.
‘Te lo aseguro, le dice Jesús, el que no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. No es obra nuestra, sino que es obra de Dios. No es obra nuestra, aunque nosotros tengamos que poner nuestra parte, sino que será algo que podremos hacer con la fuerza del Espíritu divino. Hemos de querer nacer de nuevo; hemos de querer vivir esa vida nueva y le damos nuestro sí a Dios; el Seños nos acompañará luego con su gracia, no nos faltará la fuerza del Espíritu divino que es el que nos hace nacer a esa vida nueva que no es una vida terrena, sino que es una vida que viene de Dios.
La liturgia con mucho acierto, nos atrevemos a decir, nos hace reflexionar en medio de este tiempo de pascua en el Bautismo. Lo que Jesús le está anunciando a Nicodemo es el Bautismo y el significado profundo que ha de tener para nuestra vida. La cuaresma ha sido todo un camino que conduce a los cristianos a la renovación de su condición de Bautizados en la noche de Pascua – es el momento también del bautismo de los catecúmenos – y ahora en la pascua como aquellas catequesis de los santos padres de la antigüedad nos hacen reflexionar en esa nuestra condición de bautizados. La liturgia nos ayuda, pues, a esa renovación de nuestra condición de bautizados, de cristianos y nos impulsa a que vivamos esa vida nueva que por el Espíritu hemos recibido desde el día de nuestro bautismo.
En la liturgia del segundo domingo de pascua pedíamos precisamente que ‘se acrecienten en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido’. No olvidemos, pues, que en esa vida nueva hechos sido hechos hijos de Dios. Vivamos en consecuencia como tales hijos de Dios. Que ‘se acreciente en nosotros el espíritu filial’, hemos pedido hoy en la oración de la misa.

domingo, 15 de abril de 2012


Para que creais que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios

 Hechos, 4, 32-35;
 Sal. 117;
 1Jn. 5, 1-6;
 Jn. 20, 19-31
‘Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Es el final del evangelio de Juan proclamado en esta octava de Pascua de la Resurrección del Señor. Es, podemos decir también, la finalidad del propio evangelio, para que creamos en Jesús y tengamos vida eterna en su nombre.
Nos resume también muy bien lo que estos días hemos venido celebrando y que es también como el modelo de lo que tiene que ser toda celebración cristiana, proclamar nuestra fe en Jesús, nuestro Salvador. Lo hemos hemos celebrando los misterios de su pasión, muerte y resurrección en todas las celebraciones del Triduo pascual que se ha prolongado solemne e intensamente en esta octava de Pascua; lo que celebramos también en cada Eucaristía y en cada sacramento que nos hace partícipes de la vida de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección’, decimos y pedimos una y otra vez que venga el Señor a nuestra vida, ‘Ven, Señor Jesús’, terminamos aclamando.
Como decíamos, seguimos queriendo vivir con toda intensidad la Pascua de resurrección; por eso, este domingo tiene como un sentido especial al ser la octava del primer día, del día de la resurrección del Señor. Quienes hemos participado cada día en esta semana en la celebración de la Eucaristía, fuimos escuchando los diferentes textos que nos ofrecen los evangelio de la manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos.
En este domingo la liturgia nos ofrece un doble texto, en las dos apariciones de Cristo a los discípulos en el Cenáculo; una en el primer día de la semana, el mismo día de la resurrección del Señor, y el otro texto a los ochos días cuando de nuevo se les manifiesta estando ya todo el grupo de los apóstoles.
El mensaje que se  nos ofrece quiere ayudarnos a reafirmar bien nuestra fe en Jesús y a fortalecernos en ella para que seamos capaces de dar valiente testimonio ante los demás. Está por una parte, tras el estupor del primer momento, la alegria de los discípulos por el encuentro con Cristo resucitado; alegría que se trasforma en anuncio de esa buena noticia a quien no tuvo la experiencia de ese encuentro con el Señor. ‘Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús’, nos comenta el evangelista. ‘Hemos visto al Señor’, le comunican enseguida a Tomás.
Pero está al mismo tiempo la duda de Tomas con su deseo de palpar por si mismo las llagas del Señor en su pasión. ¿Necesitaría él pasar por la pasión para poder llegar a la alegría verdadera de la resurrección del Señor? Un buen pensamiento también para nuestras dudas y exigencias. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos; si no meto el dedo en el agujero de los claros y no meto la mano en su costado, no lo creo’, será su duda y su exigencia.
Volverá Jesús y Tomás estará allí. Con la presencia de Jesús ya no hará falta meter los dedos en los agujeros ni la mano en el costado. Surgirá pronto la confesión de fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Y es que el encuentro vivo con Cristo resucitado ha transformado su vida. Todo ya es distinto para él.
Sucede siempre que tenemos un encuentro con el Señor. No siempre esa experiencia de encuentro será verlo con los ojos o palparlo con las manos. De muchas maneras se nos manifiesta el Señor y podemos encontrarnos con El. por eso Jesús dirá: ‘Dichosos los que crean sin haber visto’. Creemos nosotros, no porque hayamos visto con los ojos de la cara o palpado con nuestras manos, sino porque nos fiamos de quienes nos han trasmitido esa fe; esa fe que Dios ha plantado en nuestro corazón y que por la fuerza de su Espíritu nos lleva a confesar que Jesús es el Señor.
Confesión de fe que nos llena de alegría y que nos llena de paz. No en vano, ese fue el primer saludo de Jesús resucitado cuando se encuentra con sus discípulos. ‘Paz a vosotros’, les dice y nos dice. Es algo constante en el evangelio. Nunca hemos de temer en los encuentros con el Señor. ‘No temáis’, es también un saludo repetido. Ahora con Jesús nos llega la paz al corazón, a nuestra vida y a través de nosotros en ese anuncio que hagamos de Jesús esa paz ha de llegar también a los demás.
Es la paz que van sembrando los que aman y aman de verdad; es la paz que es fruto del amor; es la paz que siempre tenemos que sembrar los discípulos de Jesús. Es la paz que vivimos en el Reino de Dios, cuando hemos optado seriamente por hacer que Jesús sea el único Señor de nuestra vida. Es la paz tan fundamental, tan esencial entre los valores del Reino que hemos de vivir y trasmitir. Allí donde haya un cristiano, donde esté un seguidor de Jesús siempre tendría que brillar con un brillo especial la paz.
‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, nos dice y no da su Espíritu. ‘Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo…’ Nos da su Espíritu para que vivamos siempre en esa paz; nos da su Espíritu para que se mantenga viva nuestra fe y podamos proclamarlo siempre y con toda nuestra vida como el Señor; nos da su Espíritu para darnos el perdón, que nos manifiesta su misericordia, que nos llena a nosotros también de misericordia y de compasión, que nos hace ser repartidores de perdón, de compasión, de misericordia con los demás.
Entre los seguidores de Jesús no cabe ya otra cosa que la misericordia, el amor, la compasión, el perdón. No se entiende un seguidor de Jesús que no ame, que no sea misericordioso, que cierre su corazón al perdón. Es amor y esa misericordia, esa compasión y ese perdón ni lo vamos a dar ni a vivir si no es desde la fuerza del Espíritu. No es cosa nuestra. Es la acción del Espíritu divino, del Espíritu de Cristo resucitado en nosotros. La Iglesia siempre será la comunidad de la misericordia porque es el regalo que le ha dado Jesús en la Pascua cuando la ha instituido; los cristianos tendremos que ser siempre los hombres y las mujeres de la misericordia cuando queremos parecernos a Jesús.
A cuánto nos lleva y nos compromete nuestra fe en Cristo resucitado. Pero no tengamos miedo al compromiso sino asumamos generosa y alegremente nuestra fe y las consecuencias de amor que tenemos que vivir. Cristo resucitado está con nosotros y nos regala el don de su Espíritu. Sigamos proclamando con toda nuestra vida, con nuestras palabras y con nuestras obras en el actuar de cada día esa fe que tenemos en Jesús. Que las obras del amor y de la misericordia hablen de nuestra fe.

sábado, 14 de abril de 2012


Con la presencia de Cristo resucitado todo será distinto

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15
El mensaje del evangelio de Marcos sobre la resurrección de Jesús es el más breve de todos los evangelistas. Es prácticamente lo que hoy hemos escuchado. Nos hace un resumen de las distintas apariciones de Cristo resucitado y nos trasmite el envío a la misión. ‘Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación’.
Hemos venido toda esta semana de pascua escuchando los relatos de los distintos evangelistas, y aun nos queda lo que en el domingo de la octava escucharemos. Nos ha venido ayudando la Palabra del Señor que cada día se nos ha proclamado a caldear bien nuestro corazón en nuestra fe y en nuestro entusiasmo por Cristo resucitado.
Todo ha sido como un gran día que se prolonga ocho días, hasta mañana, porque así de grande es lo que estamos celebrando. Con la misma solemnidad y ojalá que con el mismo fervor hemos ido viviendo todas estas celebraciones. Todo esto tiene que ayudarnos a seguir viviendo la intensidad de nuestra fe. Como hemos repetido en más de una ocasión no podemos dejar enfriar el ardor de nuestro corazón. Mantener la tensión espiritual; mantener el espíritu pronto. Y a eso nos ayuda toda la luz que brota de Cristo resucitado que nos llena de luz y nos llena de vida.
Y es bueno que meditemos una y otra vez todos estos textos de la resurrección del Señor. Igual que en la semana de pasión intensamente queríamos contemplar todo el misterio de la pasión y muerte del Señor, ahora hemos de hacer con la misma intensidad este camino de luz que es toda la celebración de la resurrección del Señor.
Aparecen en el texto hoy proclamado las luces que brotan de la resurrección del Señor, pero van apareciendo también al mismo tiempo las sombras que muchas veces se nos meten dentro de nosotros con nuestras dudas e indecisiones. María Magdalena venía con todo su entusiasmo después de haber encontrado con Cristo resucitado y comunicaba la noticia al resto de los discípulos; venían también los discípulos que se habían ido a una finca, Emaús, y comunicaban todo lo que a ellos les había pasado; y en una y otra ocasión los discípulos no acababan de creer, de aceptar que Cristo estuviera resucitado. Necesitan por sí mismos tener la experiencia de la resurrección del Señor. Jesús les echará en cara la incredulidad y la dureza del corazón, pero al final creyeron. Cuando ellos viven la presencia de Cristo resucitado entre ellos todo será distinto.
Nos pasa de manera semejante a nosotros. Queremos creer y nos llenamos de dudas; queremos seguir al Señor con entusiasmo y pronto nos enfriamos; nos prometemos que vamos a vivir la vida nueva, la luz que brota de Cristo resucitado y pronto volvemos a las sombras de la muerte y del pecado.
Necesitamos reafirmar nuestra fe, nuestra confianza, nuestro darnos totalmente a Cristo. Tenemos que vivir con toda intensidad todos los momentos, toda ocasión que tengamos de sentirnos en su presencia, tenemos que aprovechar debidamente la gracia que tienen que ser para nosotros nuestras celebraciones. Tenemos que llenarnos de Cristo resucitado, de su luz, de su vida, de su gracia, de su amor.
Nada nos puede impedir el que vivamos a Cristo resucitado y demos testimonio con nuestra vida y con nuestras palabras. Hemos visto en la lectura de los Hechos cómo querían prohibirles hablar de Jesús, pero ellos no podían callar lo que habían visto y oído, lo que había sido la experiencia grande de su vida. ‘¿Podrá aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a El?’ replicaban los apóstoles ante las prohibiciones. Se sentían fuertes y seguros porque estaban llenos del Espíritu de Cristo resucitado. Así tiene que ser en nuestra vida. Hemos recibido una misión que hemos de cumplir; su evangelio ha de ser anunciado.

viernes, 13 de abril de 2012


Serán los ojos del amor los que reconocerán a Jesús

Hechos, 4, 1-12; Sal. 117; Jn. 21, 1-14
¡Cuántas cosas habían sucedido en el lago de Tiberíades! En torno a él se desarrolló en gran parte la actividad de Jesús. Junto al lago pasaría e invitaría a los pescadores que estaban remendando sus redes o arreglando la barca a seguirle para ser pescadores de hombres. Muchas veces en su orilla había anunciado el Reino y allí había realizado hechos prodigiosos como la pesca milagrosa o en sus alrededores la multiplicación de los panes y los peces. Muchas más cosas podríamos recordar.
Ahora junto al lago nos dirá Juan en su evangelio que será la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos. De alguna manera allí habían sido convocados a través de los mensajes recibidos a través de las mujeres en el día de la resurrección. ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’. Ahora se habían ido de pesca y una vez más habían pasado la noche sin coger nada.
A la voz de quien estaba en la orilla – otra vez no lo reconocen  – echarán la red a la derecha de la barca y la redada de peces será grande. Como en la otra ocasión. Entonces Jesús estaba en la barca y Pedro fiándose de la palabra de Jesús echará la red. Ahora se fían también de quien desde la orilla les dice por donde han de echarla.
La lección está ya aprendida porque en el nombre de Jesús será como Pedro levantará al paralítico de la puerta hermosa. ‘No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En el nombre de Jesús echa a andar’, dirá; y nos explicará que en el nombre de Jesús lo ha curado, como hemos escuchado en la primera lectura. ‘Quede bien claro a vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno… a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre se presenta éste sano ante vosotros… bajo el cielo no se  nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos’.
Y serán luego los ojos del amor los que reconocerán a Jesús. Aquel discípulo a quien Jesús tanto quería - y que tanto quería a Jesús, tenemos que decir – será el que le diga a Pedro ‘es el Señor’. El amor hará ahora salvar las distancias para estar pronto a los pies de Jesús. Y el amor será el que encenderá de nuevo la llama de la fe. ‘Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quien era porque sabían bien que era el Señor’, dirá el evangelista.
Que se encienda esa llama del amor en nuestro corazón; que se encienda fuertemente esa luz de la fe; no la dejemos apagar. En el nombre del Señor hemos alcanzado también nosotros la salvación y el perdón de nuestros pecados. Que no se ahogue nunca ese amor en nuestro corazón, que no se nos apague esa luz de la fe. Más bien, hemos de ponerla bien alta, para que no solo nos ilumine a nosotros sino a cuantos  nos rodean. En el nombre de Cristo resucitado hemos de saber ir a los demás para iluminar nuestro mundo.
Las obras del amor que vayamos realizando harán a todos encontrar esa luz; las obras del amor que vayamos realizando también nos ayudarán a mantener encendida siempre en nosotros esa lámpara de la fe. A cuántos tenemos que levantar con nuestro amor; cuantos sufrimientos podemos mitigar con el bien que hagamos a cuantos nos rodean. Cuando estás amando al otro, aunque te cueste, estás haciendo presente a Dios en su vida, le estás anunciando el nombre de Jesús en quien tenemos la salvación.
En el mar de Tiberíades de nuestra vida Cristo quiere seguir saliéndonos al encuentro. Algunas veces parece que está turbio el día y nos cuesta reconocer a quien está en la orilla de nuestra vida. Encendamos la luz del amor en nuestro corazón y se hará de día del todo para nosotros porque nos encontraremos con Jesús. Ahí está siempre el Señor para enseñarnos el camino a seguir y para invitarnos a irnos con El.

jueves, 12 de abril de 2012


Sorpresa, miedo, dudas, alegría se suceden ante la presencia de Cristo resucitado

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Jn. 24, 35-48
Sorpresa y hasta en cierto modo miedo, dudas y preguntas en el corazón, alegría que en cierto modo les deja paralizados, y finalmente un gozo grande en el alma porque están sintiendo y viviendo algo nuevo, son los sentimientos que se van sucediendo en los apóstoles en el relato del evangelio que hoy hemos escuchado, que nos habla una vez más de Cristo resucitado que se manifiesta en medio de los discípulos.
Alguien extraño o ajeno a lo que nosotros estamos viviendo y celebrando en estos días de pascua, le podría parecer repetitivo que una y otra vez hablemos, cantemos y celebremos a Cristo resucitado. Lo malo sería también que, incluso entre cristianos y cristianos que se dicen que tienen fe y son religiosos, tengan sentimientos o actitudes semejantes de cansancio ante la celebración que queremos vivir.
Pero es que si consideramos bien todo lo que significa el que Cristo haya resucitado aún nos quedamos cortos en nuestra celebración y en nuestra vivencia. Por eso, como hemos dicho muchas veces, tenemos que despertar nuestra fe de esa modorra rutinaria en la que muchas veces tenemos la tentación de caer y con entusiasmo sigamos viviendo y celebrando nuestra fe en Cristo resucitado.
Es el gran anuncio que tenemos que seguir haciendo en nuestro mundo, porque es lo más grande que nos haya sucedido y ahí encontramos todo el sentido y valor para nuestra vida, y ahí encontramos también toda la fuerza que necesitamos para ese compromiso cristiano en nuestra vida. Que no nos cansemos nunca de proclamar con entusiasmo y valentía nuestra fe.  
El texto que escuchamos hoy en el evangelio es continuación literal y en el tiempo del que escuchamos ayer. Aún estaban comentando los discípulos que habían vuelto de Emaús todo  lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan, cuando ‘se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’.
Ya decíamos al principio de nuestro comentario los distintos sentimientos que se van sucediendo. ‘Llenos de miedo por la sorpresa, nos dice el evangelista, creían ver un fantasma’. Tendrá que convencerles Jesús. ‘¿Por qué os alarmáis?’ Les muestra las manos y los pies. Allí están las señales de su pasión y crucifixión. En el evangelio de Juan cuando se nos narra esta aparición falta uno de los discípulos que poco menos que luego exigirá meter sus dedos en las llagas de las manos y su mano en la llaga del costado. Ya lo escucharemos en otra ocasión. Ahora Jesús incluso les pedirá algo de comer. ‘Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado y El lo tomó y comió delante de ellos’, nos dice el evangelista con todo detalle.
Les explicará, como ya lo hizo con los discípulos del camino de Emaús, que todo estaba anunciado en la Escritura. Les abrirá el entendimiento para que entiendan, pero explica con todo detalla. ‘Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
De nuevo la misión que nos confía. No podemos callar. Somos testigos que tenemos que anunciar la fe que vivimos y que nos trae la salvación para que la salvación llegue a todos. Es nuestro compromiso. No nos podemos quedar paralizados ante todo lo que estamos viviendo, sino todo lo contrario. Ya le escucharemos el envío que hará para que vayamos a todas partes, a todo el mundo a anunciar el evangelio.
No nos podemos callar y no podemos dejar de vivirlo con toda intensidad. Es que desde Cristo resucitado nos sentimos transformados, nos sentimos hombres nuevos llenos de la gracia que Cristo nos ha regalado. Y el entusiasmo y la alegría de la fe tenemos que manifestarlo para que el mundo crea. 

miércoles, 11 de abril de 2012


Sentemos a Jesús en la mesa de nuestro corazón desde la acogida y el amor

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
‘Dos discípulos iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Cuando nos llenamos de dudas por dentro y de desconfianza qué oscuridad se nos pone en los ojos que hasta nos impide ver y comprender lo más conocido. No estaban muy seguros en lo que habían de creer. La muerte de Jesús había sido algo muy duro de asimilar. Costaba entender y aceptar las palabras de Jesús. Aunque venga alguien que nos trate de ayudar y nos ilumine con respuestas, seguimos en la duda y la desconfianza y no terminamos de creer por mucho que les digan.
Algo así les pasaba a aquellos dos discípulos que desalentados marchaban a Emaús. No les servía que las mujeres hubieran ido al sepulcro y lo encontraran vacío y vinieron diciendoles que unos ángeles les habian anunciado que Jesús había resucitado. ‘Nosotros esperábamos que el fuera el futuro libertador de Israel’, comentan, pero como si ya se les hubieran agotado todas las esperanzas. Esperábamos, dicen, pero parece que ya no esperan.
Y Jesús estaba con ellos. Y les explicaba todo lo que había sucedido porque así estaba anunciado en las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. Allí estaban corroborando todo lo sucedido la ley y los profetas, los dos pilares de la fe judía. Y seguían con los ojos cerrados para reconocerle. Aunque luego reconozcan que el corazón comenzaba a ardeles por dentro seguían con las esperanzas perdidas y la fe bien lejos de sus corazones.
Les sirvió que de lo que habían aprendido del Maestro quedaban las buenas costumbres de la hospitalidad. No querían que siguiera adelante porque comenzaba a anochecer y los caminos no eran seguros. ‘Le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’.
Sería cuando se sentó a la mesa y partió el pan… entonces ‘se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Correrían de nuevo a Jerusalén aunque ahora no importaba que fuera tarde y el camino se hiciese en la noche. Ellos llevaban ya luz suficiente en sus corazones. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ En Jerusalén ya contaban lo mismo porque Jesús se había aparecido ya a Simón. ‘Ellos contaron lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
El Señor está haciendo el camino también a nuestro lado y muchas veces no lo reconocemos. Serán las dudas y las desconfianzas que se nos meten por dentro, o será en ocasiones que nos cerramos al amor y a la gracia. De tantas maneras el Señor nos va hablando una y otra vez. Su Palabra es proclamada continuamente a nuestro lado y son muchas las señales que el Señor va dejando de su presencia a nuestro lado.
Pero tenemos cerrados los ojos. Estamos entretenidos en nuestras cosas. Pareciera que hubiera cosas más importantes para nosotros que Jesús y su Palabra. Nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestros prejuicios contra los otros, de esos orgullos que se nos meten por dentro, superar esas pasiones que nos dominan, poner voluntad para arrancarnos de nuestro pecado, y no dejamos sitio en nuestro corazón para el Señor.
Abramos las puertas de nuestro corazón. Comencemos a iluminarlo poniendo un poquito de más amor en lo que hacemos o en nuestro trato y relación con los demás. Abramos las puertas de la hospitalidad sabiendo acoger con sencillez, con humildad y con amor a los que pasan a nuestro lado. Cuando sepamos escuchar al otro, ser comprensivo con él, poniendo amabilidad en nuestra vida estaremos sentando a Jesús en la mesa de nuestro corazón.
Ojalá sepamos reconocerle. El está ahora mismo dispuesto a explicarnos las Escrituras y a partir el pan para nosotros. Ahora mismo se nos está dando en la Eucaristía.

martes, 10 de abril de 2012


Un anuncio que nos convoca e invita a la fe y que hace crecer a la Iglesia

Hechos, 2, 36-41; Sal. 32; Jn. 20, 11-18
‘Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’. Es el anuncio de Pedro en la mañana de Pentecostés. Es el anuncio que escuchamos nosotros gozosos mientras seguimos celebrando la resurrección del Señor, mientras seguimos celebrando la Pascua, pero que es el eje y centro de nuestra fe y de toda nuestra vida cristiana.
Es el anuncio que nos convoca, que nos invita a la conversión constante al Señor y que hace crecer la Iglesia. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?’ Yo sinceramente me pregunto qué fuerza tenía la Palabra de Dios que anunciaba Pedro para que la gente se sintiera así inmediatamente impulsada a hacer lo que fuera para confesar aquella fe. Es por supuesto la fuerza de la propia Palabra del Señor. Pero, pienso, que tiene que ser también el convencimiento, la firmeza, la alegría y el entusiasmo con que Pedro proclamaba aquella palabra. Lo cual, confieso, me interpela a mí mismo el primero sobre la fuerza de convicción que ha de tener el anuncio que yo también tengo que hacer con la gracia del Señor.
La respuesta de Pedro es clara: ‘Convertios y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibiréis el Espíritu Santo’. Creer en el Señor Jesús, muerto y resucitado y volver nuestra vida totalmente a El. Proclamar nuestra fe con toda nuestra vida queriendo así llenarnos de verdad de su vida. Es a lo que nos sentimos invitados también nosotros.
Un anuncio, como decíamos también, que hace crecer la Iglesia. Eran muchos los que aceptaban la Palabra del Señor y se bautizaban. Es el anuncio que nos convoca, que sigue convocando e invitando a la fe y a la conversión. Es el anuncio misionero que en todo momento tenemos que seguir haciendo. No fue fácil para Pedro enfrentarse a toda aquella multitud para hablarles tan claramente como ahora lo hacía, cuando antes había negado a su Maestro. Pero allí estaba con la fuerza del Espíritu. Fuerza del Espíritu del Señor que a nosotros también nos acompaña y nos fortalece. Tenemos que saber dejarnos encontrar por el Señor y dejarnos inundar con la fuerza de su Espíritu.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Qué distinta era la postura de María Magdalena antes y después de encontrarse con el Señor.  Primero solo eran lágrimas y desconsuelo. ‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’, es su respuesta. Es cierto que estaría dispuesta a cargar incluso con el cuerpo de Jesús con tal de encontrarlo. Es lo que responde a quien está a su lado y ella confunde con el encargado del huerto. ‘Si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’.
Pero no será así como se encuentre con el Señor. Jesús está allí, y la llama por su nombre. ‘Jesús le dice: María’. Y ella lo reconoce: ‘¡Maestro!’ Y su tristeza se convierte en alegría, sus lágrimas se transformar para ahora convertirse en mensajera de buena nueva. ‘María fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto’.
¡Qué importante ese encuentro con el Señor! Qué importante que abramos los ojos del corazón para reconocer al Señor. El también nos llama por nuestro nombre. También a nosotros nos está manifestando su amor para venir a hacerse presente en nuestra vida. También a nosotros nos está confiando la misión de ser testigos, apóstoles, misioneros de su nombre a los que nos rodean.
Sigamos viviendo con intensidad esta fiesta de pascua. Vivamos el entusiasmo de nuestra fe que se ha de traslucir en nuestra vida, en nuestras palabras, en ese anuncio que hacemos también a los demás. Que no se nos merme la alegría de la pascua, porque esa alegría se transformará en el amor con que tratemos a los demás y nos convirtamos por nuestras obras de amor en verdaderos testigos de Cristo resucitado.

lunes, 9 de abril de 2012


Todos nosotros somos testigos

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’. Es el mensaje que oiremos repetidamente en estos días en la Palabra del Señor.
Se nos van ofreciendo textos por una parte en esta semana en los evangelios de cada día que nos van narrando las distintas apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos. Y en la primera lectura por otra parte iremos escuchando el texto de los Hechos de los Apóstoles durante todo este tiempo de Pascua, y en estos días diversos hechos del comienzo de la predicación de los Apóstoles con el anuncio repetido del mensaje central de la resurrección de Jesús.
Decíamos que es el mensaje que oiremos repetidamente en la palabra de Dios, el mensaje de la resurrección de Jesús. Pero es que por otra parte tendríamos que decir que es el mensaje que también nosotros tenemos que ir haciendo una y otra con nuestra palabra y nuestra vida. Es el mensaje central de nuestra fe, de manera que nos llegará a decir san Pablo que si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Esa es la afirmación capital de nuestra fe, como nos decía Pedro en su discurso, ‘Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Cuando dice todos nosotros somos testigos, en primer lugar se está refiriendo al testimonio de los discípulos que fueron testigos de la resurrección de Jesús. Pero en ese nosotros hemos de estar incluidos nosotros. Alguien podría pensar, que nosotros no estuvimos allí; pero tenemos que decir que la fe nos hace testigos; testigos porque por la fe hay algo muy profundo que nosotros podemos vivir y es la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, en la Iglesia, y en la vida de tantos cristianos que lo son en medio del mundo con su palabra y su vida.
Por la fe podemos llegar a vivencias hondas, que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. La fe no es una ilusión ni un sueño; la fe nos da una certeza y es la seguridad de que el Señor se hace presente en nuestra vida. Abriendo los ojos a la fe podemos descubrirlo, sentirlo, vivirlo, por ejemplo en nuestras celebraciones. No son un simple rito que realizamos. Son algo vivo, que pertenece a nuestra vida, que implica nuestra  vida. Y, maravilla de Dios, El se hace sentir presente en nuestra vida. Eso nos exige actuar desde la fe, abrir los ojos a la fe, dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu del Señor.
En el evangelio se nos narran dos hechos. Por un lado nos habla de cómo ‘Jesús salió al encuentro’ de aquellas mujeres que habían ido al sepulcro, se lo habían encontrado vacío y unos ángeles les habían dicho que Jesús había resucitado y no había que buscar entre los muertos al que estaba vivo. ‘Impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos cuando de pronto Jesus les salió al encuentro’.
La invitación de Jesús es a la alegría y a confiar, a no tener miedo. ‘Alegraos’, les dice. ‘No tengáis miedo’. Y les confía la misión de irlo a anunciar a los discípulos que han de ir a Galilea donde Jesús se les manifestará. Aquellas mujeres serán testigos y apóstoles. Testigos porque el Señor resucitado les sale al encuentro; apóstoles porque llevan una misión y la misión es ir a dar testimonio. Tendrán la alegría del Señor y también su fortaleza para cumplir la misión.
El otro hecho que nos narra hoy el evangelista es el engaño y soborno de los guardias para que no sean testigos. Ellos han sido testigos del momento. Pero los tratan de hacer callar con el engaño de que han de decir que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús. El maligno que quiere seguir manifestando su poder con el engaño y la mentira. Pero el anuncio de la resurrección del Señor será algo más fuerte y luminoso y la noticia correrá por los espacios y a través de los tiempos. La luz no se puede apagar, la verdad no se puede acallar. La mentira siempre estará en la sombra, pero  nosotros estamos llamados a vivir en la luz. Es lo que nos hace testigos.

domingo, 8 de abril de 2012


¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’

Juan 20, 1-9
‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
Así bellamente proclaman los versos de la secuencia la resurrección del Señor en esta mañana luminosa de la Pascua. ‘¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
El evangelio que hemos escuchado nos lo ha relatado. Las mujeres habían ido al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús, nos narraban los otros evangelistas. Juan nos habla de María Magdalena que cuando encuentra ‘quitada la losa del sepulcro echa a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería… Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo  han puesto…’ Es su primera impresión. Es lo primero que comunicará a los apóstoles que corren también al sepulcro.
Ya hemos escuchado. Cuando ven las vendas en el suelo, el sudario doblado aparte creen, pero no que se hayan llevado el cuerpo de Jesús, sino que la palabra de Jesús en verdad se ha cumplido. Era verdad, ha resucitado el Señor. Leemos el evangelio no en un solo texto, sino que en el conjunto de los evangelistas corroboramos todos los datos. Y tenemos que decir con los versos de la secuencia, en labios de María Magdalena, que más tarde tendrá la experiencia del encuentro con el Señor resucitado ‘¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’
Es lo que desde anoche, cuando en la Vigilia Pascual celebramos la resurrección del Señor, nos hemos venido repitiendo y nos ha llenado de alegría. Ha crecido  nuestra fe, se ha consolidado la esperanza, nos hemos puesto en el nuevo camino del amor.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Es lo que ha sido fundamento de nuestra fe y lo que generación tras generación desde aquellos primeros testigos de la resurrección la Iglesia ha continuado proclamando.
Es lo que da sentido último y profundo a toda nuestra vida. Es lo que sustenta toda nuestra fe y todo nuestro actuar cristiano. Es lo que nos ha hecho testigos de la luz y de la vida; es lo que en verdad nos compromete a ser testigos de Cristo con nuestro amor y con todo  nuestro compromiso cristiano.
Es lo que dio fuerza a los mártires que fueron capaces de dar su vida por la fe en Jesús. Es lo que ha dado y sigue dando empuje a tantos cristianos que como  misioneros se han lanzado por el mundo en el anuncio del evangelio.
Es lo que da fuerza y coraje para luchar por un mundo nuevo y mejor transformado desde el amor. ¡Cuántos cristianos, anónimos muchas veces, van dando testimonio de la resurrección del Señor con su palabra, con su trabajo, con su compromiso!
Es lo que nos da sentido para no perder nunca la esperanza y la alegría de vivir aunque la vida pueda llenarse de nubarrones por los problemas y dificultades que nos aparezcan o el dolor y el sufrimiento nos envuelvan. ¡Qué ejemplo más hermoso hemos tenido en nuestro recordado don Felipe – obispo emérito de Tenerife - en su enfermedad y que el Señor precisamente en la tarde del Viernes Santo ha querido llevarse a participar ya de la pascua eterna del cielo!
Es la gracia que sustenta el trabajo de tantos cristianos comprometidos por los demás y que generosamente comparten lo que son y lo que tienen porque no soportan el sufrimiento de tantos en sus carencias y necesidades en momentos difíciles. Compromisos con los pobres, con los enfermos, con los ancianos, con los discapacitados, con los enfermos de SIDA, con los esclavizados en el mundo de la droga, con los últimos del mundo y de la sociedad…
Es lo que nos convierte en levadura buena que quiere hacer fermentar la masa de nuestro mundo para que vayan brotando cada vez más las flores y los frutos del amor, suscitando almas generosas y desprendidas para hacer el bien y ser capaces de sacrificarse por los otros.
Es la fuerza de Cristo resucitado que inunda nuestras vidas y quiere rebosar sobre nuestro mundo para hacerlo mejor. Y cuando estamos celebrando el triunfo de Cristo en su resurrección tenemos que hacer ese cántico también a tantos comprometidos desde su fe para anunciar con su vida la Buena Nueva de Jesús en este mundo concreto en que vivimos.
Y es que los cristianos ni nos encerramos en nosotros mismos, ni sólo nos contentamos en cantar nuestra alegría. No somos seres utópicos que nos contentemos con soñar, sino que sabemos arremangarnos para trabajar por hacer un mundo mejor, por sembrar la semilla de la fe y del amor en medio del mundo.
La luz de Cristo resucitado que hoy ilumina nuestras vidas es fuerza y es gracia que nos pone en camino, que implica toda nuestra vida, que nos hace ser mejores nosotros superando tentaciones y egoísmos, que nos convierte en fermento de nuestro mundo, que nos hace ir sembrando las semillas de los valores del evangelio en el amplio campo que nos rodea.
La luz y la fuerza de Cristo resucitado no nos hace quedarnos con los brazos cruzados sino que nos compromete hondamente para ser siempre y en todo lugar esos testigos entusiastas y convencidos de nuestra fe, de que Cristo verdaderamente ha resucitado.
Hoy estamos celebrando con gozo grande el día de la Resurrección del Señor. Es la Pascua. Hemos venido queriendo abrir nuestro corazón a lo largo de toda la cuaresma para este momento pascual, para acoger de verdad a Dios que llega a nuestra vida en la muere y resurrección de Jesús para inundarnos de su vida y de su salvación, de su gracia y de su amor. Todos esos pasos que hemos ido dando, que en ocasiones habrán podido ser costosos en esa tarea de superación, nos traen a que ahora vivamos esta alegría de la pascua, a que ahora podamos cantar con tanto entusiasmo que Cristo resucitó, a que repitamos una y otra vez sin cansarnos el aleluya de la resurrección.
‘Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da tus fieles parte en tu victoria santa’, proclamamos con la secuencia. Estamos celebrando, sí, la victoria de Cristo resucitado, pero que es celebrar también nuestra victoria en El en la medida que nos unimos a El, en la medida en que participamos plenamente de su muerte y resurrección, en la medida en que queremos vivir en su amor y por su amor. Hemos de resucitar con Cristo. Hemos de dejarnos transformar por la luz de Cristo resucitado para vivir la vida nueva de la gracia.
Vivamos el gozo de la resurrección del Señor. Que por el entusiasmo de nuestra alegría y nuestra fe todos puedan conocer de verdad que Cristo verdaderamente ha resucitado. Feliz pascua de resurrección. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’