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viernes, 4 de julio de 2014

¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Las posturas de un verdadero cristiano

¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Las posturas de un verdadero cristiano

Amós, 7, 10-17; Sal. 18; Mt. 9, 9-13
¿Con quién me sentaría yo o con quien no me sentaría? Es una pregunta que me surge después de escuchar este evangelio para tratar de llevar su mensaje de forma concreta a mi vida.
Alguien podría pensar, así de primera impresión, que el evangelio que hemos escuchado poca relación puede tener con la pregunta que me hago, porque de lo que nos habla el evangelio es de la vocación de Mateo. Es cierto. De eso comienza hablándonos el evangelio y con toda razón nos podría hacer reflexionar sobre la vocación, las llamadas que nos hace el Señor y preguntarnos si damos una pronta respuesta a esa llamada como hizo Mateo, el publicano.
Pero precisamente fijándonos en que el llamado es un publicano nos puede dar mucho que pensar en el sentido de la pregunta. Los publicanos no eran personas bien vistas en los tiempos de Jesús entre los judíos; les cobraban los impuestos; y no es ya la cosita o el rechazo que a todos nos da el que tengamos que pagar unos impuestos, sino que en el caso de los judíos los impuestos los imponían los romanos; el publicano era un colaboracionista con los poderes de Roma. Pero además, como todos bien sabemos, tenían mala fama porque abusaban en el cobro de los impuestos haciéndose unas ganancias para ellos a costa de los abusivos impuestos que cobraban a los demás.
No hace acepción de personas Jesús a la hora de la llamada, pues igual que un día fue a hospedarse en casa de Zaqueo el publicano de Jericó, ahora Mateo, un cobrador de impuestos es un llamado del Señor para formar parte del grupo de los apóstoles.
Y es aquí donde entra de lleno ese otro aspecto del mensaje del evangelio. ‘Estando a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos’, nos narra sencillamente y con toda naturalidad el evangelista. Parece lo normal, eran los amigos de Mateo y si este había ofrecido una comida a Jesús y sus discípulos de cuyo grupo iba a comenzar a formar parte, también estarían allí los que habían sido sus amigos de siempre, otros publicanos, otros recaudadores de impuestos.
Pero por allá andaban los fariseos, siempre tan puntillosos y mirando hasta el último detalle para tener de donde sacar punta. Me recuerda la actitud de muchos que siempre están con el ojo avizor para ver los comportamientos de los demás y hacer sus juicios no precisamente muy laudatorios. ‘¿Cómo es que vuestro maestro se sienta a la mesa y come con publicanos y pecadores?’ Además no dan la cara; el comentario es por detrás metiendo cizaña entre los discípulos.
Pero Jesús conoce el corazón del hombre y sabía bien cuales eran los juicios que estaban haciendo contra El. ‘No tienen necesidad de medico los sanos, sino los enfermos… misericordia quiero y no sacrificios… que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Es la salvación que Jesús nos ofrece, viene a traernos el perdón a los que nos sentimos pecadores y queremos reconocerlo. Somos los enfermos que necesitamos ser curados por Jesús, pero hay que reconocer que lo necesitamos.
Pero aquellos fariseos no se sentarían nunca a la mesa con un publicano ni con un pecador… podían quedar contaminados.  Pero aquí está la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque reconozcamos que muchas veces vamos por la vida haciendo discriminaciones. Con este me mezclo y con aquel no; éste me cae mal, o aquel me repugna su presencia; este es de color y con gentes de otra raza yo no me siento nunca, o aquel es de aquel lugar donde todos son… y nos hacemos nuestros prejuicios y condenas, este tiene buena facha, pero con aquel yo no me uniría nunca porque tiene mala fama… son cosas que pensamos muchas veces, son actitudes que se nos pueden meter en el corazón, son posturas que nos hacen difícil la convivencia, son discriminaciones que vamos haciendo en la vida de cada día con aquellos con los que nos encontramos o incluso con aquellos con los que convivimos.
Un cristiano que se llama seguidor de Jesús no puede tener nunca esas posturas ni esas actitudes en la vida. Y nos cuesta aceptarnos, respetarnos, valorarnos. Qué de orgullos se nos meten en el alma y cuanto daño nos hacen, además de hacer daño también a los demás. Pidámosle al Señor que nos dé un corazón siempre abierto para acoger a todos y que nos dé la fuerza de su Espíritu para que aprendamos siempre a amarnos todos sin distinción.

jueves, 3 de julio de 2014

Desde nuestras dudas buscamos una fe más madura con verdadero sentido eclesial



Desde nuestras dudas buscamos una fe más madura con verdadero sentido eclesial

Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20,24-29
Todos tenemos dudas, aunque nos cueste reconocerlo. Nos podría parecer que somos más débiles por tenerlas y hasta tememos que alguien nos llame rebeldes por hacernos preguntas; las ocultamos quizá no queriendo enfrentarnos a ese hecho porque quizá queremos  aparecer como muy seguros, o dejamos que vayan minando nuestra conciencia si no hay una búsqueda sincera que nos ayude a encontrar respuestas. Somos humanos y en nosotros no está la sabiduría perfecta que solo está en Dios, y aunque el Señor quiera revelársenos desde nuestras propias limitaciones nos cuesta muchas veces entender y encontrarnos con la verdad.
Las dudas y los interrogantes que se nos puedan plantear en cualquiera de los aspectos de la vida y sobre todo en este ámbito de la fe nos deben llevar a una búsqueda sincera que nos ayude a profundizar de verdad. Tendrían que conducirnos a una mayor madurez en la vida. Pero hemos de saber pedir la fe, dejarnos guiar y acompañar, dejar que la acción del Espíritu del Señor vaya actuando en nuestro corazón, tener humildad para abrirnos al misterio de Dios y caminar de mano de la Iglesia en esa búsqueda y en ese camino que queremos hacer.
Estamos celebrando hoy a Santo Tomás, el Apóstol; siempre nos fijamos en sus dudas y su querer pedir respuestas a lo que no entendía. Nos quedamos mucho en lo que el evangelio pone en sus labios de querer palparlo todo para comprobarlo y así creer, pero creo que no habría mirarlo siempre con un sentido negativo, porque además a nosotros nos han ayudado mucho sus dudas para también fundamentar bien nuestra fe.
Hemos de reconocer que santo Tomás es el paradigma del hombre inquieto que se hace preguntas. Ya en la cena pascual hay cosas que no ve claras y no termina de entender y por eso le pedirá a Jesús que le muestre el camino, que le muestre al Padre. Yo diría que es una expresión de la inquietud de un corazón que busca, que no quiere caminar ciegamente sino en la medida en que pueda comprender.
Lo mismo sucede ahora cuando el resto de los apóstoles le habla de que Jesús resucitado ha estado con ellos; ‘si no lo veo no lo creo’, se dice y le responde a los compañeros hablando de que quiere palparlo todo para estar seguro; él no ha tenido aun la experiencia de la resurrección del Señor y es comprensible que no termine de comprender que un muerto vuelva a vivir, a pesar de todo lo que Jesús lo había anunciado. Será necesaria esa intensa experiencia de encontrarse con Cristo resucitado para que proclame con toda intensidad su fe.
Creo que esta celebración del apóstol santo Tomás que hoy estamos viviendo podría ayudarnos mucho en este sentido; para que no tengamos miedo a nuestras dudas, pero para que tengamos la humildad y la valentía de buscar respuestas, de dejarnos conducir, de saber acudir también a la fe de la Iglesia que con la sabiduría de Dios por la fuerza del Espíritu nos puede ayudar a madurar en nuestra fe; creo que tendríamos que tener unos deseos grandes y profundos de profundizar más y más en nuestra fe; confiar en Dios y poner nuestra fe en El no es solamente cerrar los ojos para decir sí, sino abrirnos al misterio de Dios y a su Espíritu para que se nos vaya revelando en nuestro corazón.
Ya nos decía san Pablo en la carta a los Efesios que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Es la fe de la Iglesia, cuya una de sus características es precisamente la apostolicidad. Por eso tendríamos que tener ese deseo de conocer lo que es la fe de la Iglesia más y más. Porque no somos cristianos viviendo nuestra fe cada uno por su lado y a lo que a cada uno le parezca, sino que somos cristianos en esa comunión de la fe de la Iglesia, garantía segura de una auténtica fe en Jesús.
Pidámosle al Señor que crezca más y más nuestra fe; que el Espíritu del Señor nos ayude a disipar las dudas que puedan ir apareciendo en nuestro corazón para que cada día tengamos una fe más madura, más viva y más comprometida.

miércoles, 2 de julio de 2014

Jesús pone señales del Reino de Dios en nosotros con su salvación que no siempre aceptamos y vivimos



Jesús pone señales del Reino de Dios en nosotros con su salvación que no siempre aceptamos y vivimos

Amós, 5, 14-15.21-24; Sal. 49; Mt. 8, 28-34
El mal y la muerte están en fuerte oposición al Reino de Dios. Que el Reino de Dios está llegando se manifiesta en cómo Jesús con su presencia y con los signos que hace va haciendo desaparecer ese mal. La propia enfermedad es un signo de ese mal que afecta al hombre y es por lo que en el evangelio se llama endemoniados a los que hoy consideraríamos con enfermedades de tipo epiléptico; lo que no quita por otra parte de que también haya la posesión diabólica.
Cuando vemos a Jesús en el evangelio realizar los milagros de las curaciones de los enfermos o la resurrección de los muertos, se nos está manifestando como Jesús quiere que el Reino de Dios vaya llegando a todos y de la misma manera que va venciendo ese mal de la enfermedad corporal o de la muerte, quiere vencer también ese mal más profundo que con el pecado se mete en nuestro corazón.
Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino y a curar enfermos, que es manifestar con signos cómo se va realizando ese Reino de Dios en la medida en que aceptarnos a Jesús, recibimos su mensaje y nos dejamos transformar por su salvación. Como el enfermo que se cura, quien cree en Jesús se deja transformar por la salvación de Jesús para hacernos tener esa vida nueva en nuestros corazones.
Pero ¿aceptamos ese Reino de Dios? ¿nos dejamos en verdad transformar por esa salvación de Jesús? ¿aceptamos a Jesús y su mensaje queriendo en verdad dejar impregnar nuestra vida por ese sentido del Reino de Dios? Algunas veces nos cuesta, tenemos que reconocer; en ocasiones tenemos el peligro que por nuestras posturas y nuestras actitudes incluso lo rechacemos.
Veíamos ayer que Jesús iba atravesando el lago para llegar al otro lado; era la región de los Gerasenos; propiamente no era tierra de judíos, pues bien sabemos que los territorios de Palestina estaban ocupados por diversos pueblos antes de la llegada de los judíos y muchos quedaban en los alrededores. Esta zona a la que Jesús llega es tierra de gentiles, no son judíos.
Y allí vemos a Jesús realizar un signo de la llegada del Reino de Dios con la curación de aquellos endemoniados; en los textos paralelos de los otros evangelistas se habla de un endemoniado pero poseído por muchos espíritus inmundos, recordemos que su nombre era Legión, porque eran muchos. A la  llegada de Jesús hay un rechazo, signo del rechazo del mal a la llegada del bien. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿vienes a atormentarnos antes de tiempo?’ Bien sabían que se anunciaba la victoria de Jesús sobre el mal. Y Jesús los expulsa, apoderándose aquellos espíritus malignos de ‘la piara de cerdos que se abalanzó acantilado abajo y se ahogo en el agua’. Era una señal de la victoria del Reino de Dios sobre el maligno.
Sin embargo no todos van a aceptar a Jesús y las señales del Reino que allí llegan. ‘El pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país’. Por las razones que fueran - podían pensar que era una ruina para ellos la presencia de Jesús porque les destruía lo que era la fuente de su sustento con la muerte de los cerdos, que ellos cuidaban, pero que los judíos rechazaban como inmundos - no quisieron aceptar el mensaje del Reino.
Pero esto puede hacernos reflexionar a nosotros también. El Señor va poniendo señales de su llamada junto a nosotros ¿y qué respuesta vamos dando? Hemos de reconocer que no siempre queremos escuchar su Palabra y plantarla hondamente en nuestra vida; podemos pensar cuánto nos cuesta ese camino de superación que hemos de recorrer para ser mejores cada día y que muchas veces abandonamos el esfuerzo; podemos pensar en cuántos tropiezos tenemos una y otra vez en las mismas cosas a pesar de las llamadas que el Señor va haciendo a nuestro corazón. De alguna manera nos estamos pareciendo a aquellas gentes del territorio de Ceraza, no aceptamos a Jesús, no llevamos su Palabra a nuestra vida, no vivimos con toda intensidad su salvación, preferimos muchas veces seguir con tantos apegos del corazón.
Pidámosle al Señor, no se que se vaya a otra parte, sino que de verdad venga a nuestra vida y nos llene de la fuerza de su Espíritu para plantar de verdad su palabra en nuestro corazón y que demos las señales del Reino de Dios con la santidad de nuestra vida, alejándonos más y más del pecado.

martes, 1 de julio de 2014

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada hemos de temer

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer

Amós, 3, 1-8; 4, 11-12; Sal. 5; Mt. 8, 23-27
¿Cómo se puede dormir en medio de un temporal? Podría parecer una pregunta ocurrente, después de escuchar el evangelio. Pero quizá la pregunta podríamos transformarla diciendo, ¿cómo se puede seguir teniendo paz en el corazón a pesar los problemas y crisis de todo tipo en que nos vemos envueltos en la vida?
Creo que a la hora de reflexionar en el evangelio que escuchamos tenemos que ir más allá de lo que podríamos llamar la anécdota. Jesús había decidido atravesar el lago hacia la otra orilla; ‘subió a la barca y los discípulos le siguieron’, nos dice el evangelista. ‘Pero de pronto se levantó un fuerte temporal, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía’, nos puntualiza  el relato evangélico.
El llamado mar de Galilea o lago de Tiberíades habitualmente está en calma; no es mucha su extensión y nos podría parecer normal esa calma, pero su situación cercana a altas montañas y en el inicio de la depresión del Jordán, con lo que ya está más bajo que el  propio nivel del mar mediterráneo, hace que se produzcan cambios de temperaturas y surjan los vientos y temporales. Es lo que sucede en esta ocasión.
Pero entendemos muy bien que al relatársenos este hecho en el evangelio hay un profundo sentido catequético y ya a continuación se nos hace referencia a la falta de fe de los discípulos que Jesús les echa en cara y la admiración que se produce cuando Jesús hace que venga de nuevo la calma. ‘El dormía’, nos dice el evangelista Mateo escuetamente. Lo despiertan. ‘¡Señor, sálvanos que nos hundimos!’ es el grito de los discípulos. ‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’ les echa en cara Jesús. ‘Se puso  en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma’. Luego vendrán los gestos y palabras de admiración de los discípulos. ‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’
Entendemos perfectamente el relato evangélico. Se nos quiere despertar la fe. Jesús va siempre a nuestro lado y no podemos desconfiar. Pero no nos podemos quedar solo en problemas que podríamos llamar materiales desde los que acudimos a Jesús cuando tenemos miedo por algo que nos pueda suceder. Creo que es necesario tratar de profundizar un poco más en el tema de la confianza que tenemos en Jesús. Y pensamos en esa nave de la Iglesia en la que estamos todos embarcados desde nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia, o pensamos en los problemas que cada día tenemos cuando queremos ser mejores y superar tentaciones y pecados. El Señor está ahí, aunque nos pueda parecer oculto.
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio para no quedarnos en la anécdota de si Jesús podía seguir durmiendo en medio de aquella tempestad mientras los discípulos estaban atemorizados  porque la barca se podía hundir, como quizás en otras ocasiones les habría sucedido en temporales semejantes en aquel lago. Nos preguntábamos por la paz del corazón en medio de las tormentas de los problemas de la vida.
Cuando nos vemos zarandeados por problemas y dificultades una cosa que podemos perder fácilmente es esa paz del corazón. Son los miedos que aparecen, es la inestabilidad en que nos vemos en la vida, son las indecisiones y las dudas que nos hacen temer y no saber qué hacer o qué camino tomar. Y todo eso nos hace perder la paz. Como aquellos discípulos llenos de miedo en medio de la tormenta y que no terminaban de comprender que Jesús siguiera durmiendo allí en medio de aquellas dificultades que estaban pasando y pareciera que nos les importaba. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

Uno de los miedos que podamos sentir en esos momentos es la soledad, el sentirnos solos y que nos parece que no tenemos fuerzas para salir adelante. Nos hace temblar, nos sentimos agobiados, todo nos parece negro, nos falta la paz. Y es precisamente lo que un creyente no debería perder. Sabemos que Jesús está ahí, aunque parezca callado o dormido. Aunque no nos demos cuenta muchas veces quizá él nos está llevando sobre la palma de su mano, aunque nos parezca lo contrario. Es necesario despertar nuestra fe, poner nuestra confianza en El, tener la seguridad y la certeza que por la fe podemos tener que el Señor está a nuestro lado y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer. No perdamos la paz. Es un don que el Señor nos concede en el corazón.

lunes, 30 de junio de 2014

Exigencias en el camino de Jesús pero también senda de plenitud



Exigencias en el camino de Jesús pero también senda de plenitud


Amos, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22
‘Se le acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas’. Cuántas veces nos hacemos promesas así. Sentimos un fuerte impulso en nuestro interior, nos entusiasmamos por algo que nos llama la atención y nos gusta, vemos quizá el ejemplo de alguien que está haciendo una cosa buena y pensamos que nosotros también seríamos capaces de hacerlo, y así muchas cosas por el estilo.
Quizá después en el día a día de la vida, en la continuidad en el cumplimiento de aquella promesa nos dimos cuenta que fuimos demasiado impulsivos, que quizá teníamos que habérnoslo pensado mejor, que las cosas había que reflexionarlas despacio antes de tomar decisiones que podrían comprometernos fuertemente, o la rutina y el cansancio nos hacen abandonar pronto los buenos propósitos.
Hoy es un letrado, un maestro de la ley que quizá ha escuchado las palabras de Jesús en el sermón del monte y le parecieron sublimes y de gran enseñanza, es el que acude a Jesús con ese impulso grande en su corazón por seguir a Jesús. También un día Pedro entusiasmado por Jesús, el Pedro que había hecho una hermosa confesión de fe en Jesús, que había sido testigo excepcional de la vida de Jesús, aunque había escuchado de labios de Jesús que habría momentos de pascua, de pasión y de muerte, le había dicho a Jesús que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. Ya sabemos lo que le pasó horas después en el patio de la casa del Pontífice.
Jesús no quiere apagar los entusiasmos de aquel letrado que viene con buena voluntad, pero quiere hacerle reflexionar que no es solo la buena voluntad, que no siempre es fácil seguirle, que ir tras los pasos de Jesús no es un camino de rosas y comodidades, que hace falta entrega y coraje para seguirle hasta el final, que es necesario un desprendimiento grande para poder hacer como Jesús. La cosas hay que pensarlas bien hasta ver si en verdad somos capaces de seguir ese camino del evangelio.
Jesús le dirá ‘las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. La vida de Jesús fue siempre pobre; pobre había nacido en Belén y pobre  se había criado en Nazaret, donde las labores de un artesano como José no servirían para enriquecer a nadie; de pobreza había sido su vida como la de un desterrado que apenas nacer tendrá que huir a Egipto porque su vida corre peligro; ahora le vemos en el evangelio de un lado para otro recalando en la casa de sus amigos, como los de Betania, o en la de sus discípulos como la de Simón Pedro en Cafarnaún. Cuando envíe a sus discípulos a anunciar el Reino los envía sin alforjas y sin dinero en la faja, quedándose en las casas donde los reciban, porque lo único que han de llevar siempre es el mensaje de la paz del Evangelio. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. ¿Estará dispuesto el letrado a vivir una vida así?
Hay otro discípulo al que Jesús invita a seguirle. Ya es discípulo, luego es de los que han estado más cerca de Jesús, pero le pide que le deje a ir a enterrar a su padre. La respuesta de Jesús nos puede parecer dura y no es que Jesús no quiere que atendamos a los seres queridos. Pero en el seguimiento de Jesús no podemos ir haciendo concesiones a las cosas que nos puedan llevar a la muerte. Las palabras de Jesús van más allá de si enterrar o no a su padre que ha muerto. Es que todo lo que nos conduzca a la muerte tendría que estar lejos de nosotros porque nosotros estamos con Jesús y con Jesús siempre tenemos vida, estamos llamados a la vida y a compartir vida. ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos’.
Tenemos que tener claro lo que significa seguir a Jesús y vivir su vida. No nos podemos tomar las cosas a la ligera ni dejarnos llevar por unos primeros impulsos. Es necesario que conozcamos bien a Jesús y su mensaje. Un cristiano que de verdad quiere vivir su vida cristiana con toda intensidad ha de preocuparse por profundizar mucho en el evangelio, en el mensaje de Jesús para descubrir cuales son todas sus exigencias, pero para darnos cuenta también cuánto de vida podemos alcanzar.
No son solamente las renuncias, que también las habrá en cuanto haya de egoísmo y de muerte en nosotros, sino cuanto de vida alcanzamos cuando estamos con Jesús, cuando vivimos a Jesús. Y todo lo que podamos hacer por seguir a Jesús no lo hacemos con amargura ni tristeza, porque son las cosas que nos hacen las personas más felices del mundo. La Buena Nueva del Evangelio es para nosotros un camino de plenitud, un camino de dicha y felicidad, porque cuando nos damos seremos las personas más felices del mundo.

domingo, 29 de junio de 2014

Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia



Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia

Hechos, 12. 1-11; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’, confiesa Pedro. ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mí Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’.
Ciertamente el momento es solemne y de suma trascendencia. Jesús les pregunta por su fe y es Pedro el que se adelanta a confesarla. ‘No te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’, le dice Jesús. Pero ‘así como mi Padre me ha enviado, así os envío yo’, dirá Jesús en otra ocasión, pero de ahora en adelante Pedro tiene una misión, ha sido enviado, se le confiado la Iglesia, ha de mantenerse firme, porque ha de confirmar para siempre en la fe a sus hermanos.
Desde el principio del evangelio los encuentros de los primeros discípulos, y, si queremos, en especial de Pedro van a ser impactantes y Pedro se va a sentir sobrecogido por lo que el Señor le va revelando y le va confiando. Será su hermano Andrés el que lo lleve a Jesús ‘porque hemos encontrado al Mesías’, pero desde el primer momento ya Jesús lo llama por su nombre, aunque le anunciará que va a ser piedra, una piedra fundamental en la futura Iglesia. ‘Tú eres Simón, el hijo de Jonás; en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)’. El cambio de nombre significa el anuncio o la concesión de una misión especial.
Será junto al lago, cuando estén remendando las redes o limpiando la barca y los llame para seguirle, o será después de la pesca milagrosa en la que ya Pedro adelanta una confesión de confianza en la palabra de Jesús -‘por tu nombre, porque tú me lo dices, aunque yo sé que no hay pesca porque he estado toda la noche bregando, echaré las redes’- cuando Pedro impresionado se siente pecador en la presencia de Jesús al que ya está contemplando como una presencia extraordinaria y maravillosa de Dios, pero Jesús los llamará para ser pescadores de hombres. ‘Apártate de mi, que soy un pecador’, le había dicho Pedro postrándose ante Jesús, pero Jesús les dirá en una y otra ocasión: ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Otro momento de sentirse impresionado por la manifestación de la gloria del Señor será en lo alto del Tabor. Grande y maravilloso es el misterio de luz que están contemplando y merece la pena quedarse allí para siempre. ‘Haremos tres chozas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías’, será el deseo de Pedro. Pero allí se estará confirmando desde el cielo todo el misterio de Dios que se revela en Jesús. ‘Este es mi hijo amado, escuchadlo’, será la voz que se escucha.
Habrán de escuchar a Dios, escuchar a Jesús, pero habrá que volver a la llanura de la vida, y aunque ahora aun no puedan hablar de ello, después de la resurrección de la que es un signo y un anticipo aquella teofanía que habían contemplado, Pedro confesará valientemente con la fuerza del Espíritu ante todos que aquel Jesús que todos habían conocido Dios lo había constituido Señor y Mesías.
Todavía habrían de venir las dudas, las cosas difíciles de comprender y hasta las cobardes negaciones. Aunque cuando Jesús anunciaba su pasión le decía que se quitara eso de la cabeza que eso no podía suceder, sin embargo estaba dispuesto a todo por Jesús hasta dar la vida por El. Habría de pasar por el sueño, la oscuridad y la soledad de Getsemaní, que le debilitaría hasta ceder con su negación ante los criados del Pontífice, pero más tarde su confesión ya sería de amor, y de un amor tan grande que solo Jesús podía saber hasta donde podía llegar. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’. Y tras esa confesión no solo de fe sino de amor, vendría la confirmación de la misión que él tendría en la Iglesia. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos’.
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia, habíamos dicho al principio de nuestra reflexión. Y es lo que hoy en esta fiesta de los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo estamos en cierto modo celebrando. Hoy es una fiesta muy eclesial, muy con sentido de Iglesia. Al celebrar a san Pedro estamos celebrando también el día del Papa, sucesor de Pedro,  con la misma misión de Pedro en medio de la comunidad eclesial.
Una buena ocasión para que nosotros también proclamemos con toda intensidad nuestra fe. Nos sentimos sobrecogidos también por la experiencia de nuestra fe, porque no es algo meramente humano lo que vivimos y en lo que creemos. Es algo sobrenatural que a nosotros también nos envuelve, porque en la medida en que vamos siendo conscientes de la fe que confesamos nos vamos viendo envueltos por el misterio de Dios que se nos manifiesta e invade totalmente nuestra vida. Es algo que también a nosotros nos sobrepasa cuando vemos el misterio de Dios tan cerca de nuestra vida, como lo iba sintiendo Pedro. No es algo frió que solo confesemos con nuestras palabras, sino que al ir confesando nuestra fe, desde lo más hondo de nosotros mismos tenemos que irnos abriendo al misterio de Dios.
¿Nos sentiremos pequeños y pecadores, como se sentía Pedro? ¿Nos sentiremos indignos como Isaías cuando contempló en una visión todo el misterio de la gloria de Dios? ¿Nos sentiremos entusiasmados quizá como Pedro en el Tabor y querremos quedarnos allí embelesados sin darnos cuenta que tenemos que bajar de la montaña y volver a la llanura de la vida donde está nuestra tarea de hacer presente a Dios en medio del mundo? ¿Tendremos el entusiasmo de Pedro de decir que estamos dispuestos a todo por seguirle, pero que luego veremos que no es tan fácil dar la cara, que vendrán momentos de dolor y de pasión y eso es duro y que casi preferiríamos rehuirlos y tendremos la tentación de echarnos para detrás?
Toda esa mezcolanza de cosas nos pueden suceder y muchas más. Pero tenemos que saber seguir hasta el final con nuestra confesión de fe y con nuestra confesión y porfía de amor, como Pedro. Y es que ahora nosotros sabemos que no estamos solos, porque sabemos que no nos va a faltar nunca la presencia del Espíritu que nos fortalece y nos hace ver las cosas con mayor claridad.
Pero además nosotros sabemos otra cosa y es que la fuerza del Espíritu del Señor está en su Iglesia y tenemos a Pedro a nuestro lado en la persona del Papa y de los pastores de la Iglesia que nos ayudan y nos animan, que nos iluminan con la luz de la Palabra del Señor; pero sabemos también que en esa tarea de proclamar y anunciar nuestra fe nos sentimos en comunión de Iglesia, que es una tarea de toda  la Iglesia y allí donde yo esté confesando y proclamando mi fe conmigo está la Iglesia, están mis hermanos creyentes formando todos juntos como una piña para hacer ese anuncio misionero.
Como hemos venido diciendo con Pedro también nuestra confesión de fe nos abre el camino de la Iglesia. Es así como nos quiso Jesús. No ha venido Cristo con su salvación para que sigamos encerrados en nuestros egoísmos e individualidades, viviendo la fe cada una por su lado y ajeno a los demás. Cuando Cristo viene a traernos la salvación ya se nos dice que con su sangre vino a traer la reconciliación y la paz. Vino a destruir los muros que nos separaban. Y no es que simplemente nos reconciliemos con Dios y en lo demás sigamos de la misma manera. Nuestra reconciliación y nuestra paz pasa por nuestra vuelta a Dios, es cierto, pero también nuestra vuelta al encuentro con los demás para vivir una nueva comunión y un nuevo amor entre todos nosotros.
Por eso nuestra fe no la vivimos tan individualizada que no nos importen los demás; todo lo contrario nuestra fe en Jesús tiene siempre  un sentido de comunión y en comunión con los demás hermanos hemos de vivirla. Por eso venimos diciendo que la confesión de nuestra fe en Jesús nos abre a los caminos de la Iglesia.

sábado, 28 de junio de 2014

Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor



Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor

Is. 61, 9-11; Lc. 2, 41-51
Si ayer contemplábamos el Sagrado Corazón de Jesús meditando sobre el tesoro inagotable de su amor por nosotros, hoy la liturgia nos invita a hacer esta memoria de la Virgen queriendo fijarnos en su Corazón Inmaculado.
Nos vamos a atrever a acercarnos calladamente a María para abrir ese cofre precioso de su Corazón y tratar de descubrir cuáles son los tesoros maravillosos que allí guarda. En el evangelio repetidamente se nos dice que ante todo lo que le iba sucediendo o iba sucediendo ante sus ojos ella ‘conservaba todo en su corazón’.
¿Qué podemos encontrarnos en el Corazón de María? Primero que nada nos damos cuenta que es la mujer llena de Dios. Como la llena de gracia la había saludado el ángel que le decía que Dios estaba con ella y así la vemos poseída de Dios. Si ayer cuando contemplábamos el corazón de Cristo escuchábamos que si nos amamos los unos a los otros, Dios habita en nosotros y nosotros en El, ¿qué podemos decir, entonces, del Corazón de María, rebosante siempre de fe y de amor?
Iremos, pues, contemplando cómo se suceden todas las virtudes en el corazón de María. Allí vemos resplandecer su fe, la fe de la mujer abierta siempre al misterio de Dios, que se dejaba asombrar por su presencia y por las maravillas que Dios iba realizando en ella. Es la mujer de la fe humilde, porque reconoce las maravillas del Señor y siempre se sentirá pequeña - ahí y así se manifiesta su grandeza - para estar siempre en disponibilidad total para Dios y para los demás.
Se llama a sí misma la humilde esclava del Señor, que siempre estará buscando y rumiando en su corazón cuanto le sucede para descubrir lo que es la voluntad del Señor. Recordemos cómomeditababa en su corazón las palabras del saludo del ángel o cómo preguntaba para entender lo que era la voluntad de Dios.  Se llamará a sí misma también la humilde esclava siempre dispuesta al servicio y correrá a la montaña de Judá donde sabe que podrá prestar sus servicios, o estará atenta allá donde pueda haber alguna necesidad para buscarle solución, como la vemos en las Bodas de Caná.
Y contemplamos la pureza y la santidad de vida en la que resplandecerán todas las virtudes. Ella es la imagen de la mujer fuerte y trabajadora, de la que nos había hablado la Biblia, pero contemplaremos de manera especial su fortaleza en los momentos de la prueba y del dolor. De pie la contemplamos junto a la cruz de Hijo en el momento de la entrega, como la mujer fuerte que también sabe hacer su ofrenda de amor, el sacrificio de su entrega en el sufrimiento con el que se une a la pasión redentora de Cristo; porque se siente fortalecida por la fuerza del Espíritu divino para realizar con firmeza esa suprema ofrenda del sacrificio de lo que más amaba, su Hijo; porque bien sabía que aquel dolor, aquella muerte en la cruz tendría un valor redentor para todos nosotros ya que bien entendía el significado del nombre de Jesús que salvará a todos de sus pecados.
Pero en esa fortaleza en el dolor y el sufrimiento florece también la virtud de la esperanza en la confianza total y absoluta en las palabras de Jesús que anunciaban tras aquella muerte vida y resurrección. No faltaba la esperanza y la confianza en el corazón de María, como quien se pone en las manos de Dios porque así se siente protegida y sostenida por el Señor confiando en el cumplimiento de sus promesas salvadoras. Es la esperanza de María en ese mundo nuevo del Reino de Dios que ella ya canta en el Magnificat porque sabe que todo puede cambiar, todo va a cambiar donde los hambrientos se van a ver colmados de bienes mientras los ricos van a ser despedidos sin nada. Es el cántico de la esperanza en el Reino nuevo que en Jesús se va a realizar.
Podríamos seguir ahondando en el Corazón de María porque se convierte para nosotros en una fuente inagotable de virtudes y valores que podemos imitar. Tratemos nosotros de meternos en ese corazón maternal de María, donde sabemos bien que tenemos nuestro lugar - todos cabemos en su corazón porque así lo hace grande el amor - porque es la madre que nos ha acogido como hijos desde que Jesús nos confiara en la cruz a su amor de Madre y así ya para siempre la podemos sentir junto a nosotros, o más bien, nosotros metidos en su corazón. No olvidemos que amar es meter en el corazón a aquellos que amamos y es lo que hace María con nosotros.
Sí, metámonos en el corazón María para empaparnos de sus virtudes y sus gracias. Cuanto necesitamos aprender de María, llenarnos de María, para así llenarnos de Dios. Nos dejamos contagiar por su fe, para abrir nuestro corazón y nuestra vida a Dios, para saber estar atentos como María a la acción de Dios que de tantas maneras se nos va manifestando en nuestra vida, pero que algunas veces andamos como ciegos y no sabemos sentir se presencia llena de amor.
Empapados en su amor, en el amor de María, aprenderemos mejor lo que es el amor verdadero, el servicio desinteresado, la entrega humilde y generosa, la disponibilidad total porque así podremos aprender a estar más cerca de los otros, que nada nos aleje de los hermanos, porque amándolos los metemos en nuestro corazón, pero es que además si aprendemos a amarnos así, sentiremos cómo Dios habita en nosotros para que nosotros habitemos también en El.
Metiéndonos de verdad en el corazón de María aprenderemos a ser fuertes en las tribulaciones y en las pruebas; el corazón Inmaculado de María, siempre lo contemplamos rodeado de una corona de espinas que florecen porque siempre en María estuvo la esperanza, sabía que tras la pasión y la muerte estaba la vida y la resurrección; aprendamos, pues, del corazón de María que por muy punzantes que puedan ser las espinas del dolor, del sufrimiento, de los problemas a los que tengamos que enfrentarnos en la vida siempre hay la esperanza de que todo tiene un sentido, siempre hay la esperanza de que si sabemos hacer una ofrenda de amor de nuestro sufrimiento nuestro dolor se convierte en corredentor con el de Cristo en la cruz, y que esas espinas van a florecer en el amor porque estamos contribuyendo con esa ofrenda y con nuestra oración desde el dolor a hacer ese mundo nuevo del Reino de Dios.
Mucho más podríamos seguir meditando al calor del corazón de María; simplemente sintamos su presencia de amor que nos habla de Dios, que nos llena de Dios, que nos conducirá siempre a la paz y al amor de Dios.

viernes, 27 de junio de 2014

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor



Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor

Deut. 7, 6-11; Sal. 102; 1Jn. 4, 7-16; Mt. 11, 25-30
Podría uno atreverse a decir que enamorarse es una locura de amor. ¿Por qué se enamora uno de alguien? Se le pregunta a dos enamorados por qué se han enamorado y quizá no sabrán responderte claramente; tratarán quizá de decirte que vieron algo en la otra persona que les atrajo y les llamó la atención, podrán enumerarte luego una serie de cualidades o bellezas que hayan descubierto en la otra persona, pero en el fondo quizá no saben bien por qué, cómo empezó, cuales son los motivos sino que apareció el amor, ese  fuego del amor que de alguna manera nos enloquece.
Me hago esta consideración de entrada - quizá alguien se dirá que no viene a cuento - precisamente en este día que estamos celebrando la fiesta del amor de Jesús; sí, es la fiesta del amor, porque decimos que es la fiesta del Corazón de Jesús y representamos la imagen de Cristo emergiendo de su pecho un corazón en medio de una llamarada. El fuego del amor de Dios por nosotros que así se nos manifiesta en Jesús y que lo centramos en esa imagen pero que quiere ir a algo muy hondo que es todo el amor que nos tiene hasta dar su vida por nosotros. ¿No es eso una locura de amor?
He comenzado mi reflexión con estas imágenes o ideas, partiendo precisamente de lo que se nos decía Moisés en el libro del Deuteronomio. Comienza diciéndonos que somos el pueblo elegido por el Señor para que fuéramos pueblo de su propiedad. ¿Por qué esa elección? Una locura de amor de Dios por su pueblo, tendríamos que responder. Así nos dice: ‘Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor vuestro…’
Sí, por puro amor; y les recuerda Moisés que no son un pueblo tan especial ni tan numeroso ni tan poderoso -‘sois el pueblo más pequeño’, les recuerda - sino simplemente por el amor que el Señor les tenía. Es hermosa la imagen, Dios que se enamoró de su pueblo, y en su locura de amor cuánto hizo por su pueblo, cuanto hace por todos nosotros, por toda la humanidad.
Algunas veces podemos pensar que somos nosotros los que amamos a Dios, es cierto, que reconociendo sus grandezas y su poder, pero san Juan nos viene a decir algo muy importante: el amor primero es el de Dios, la iniciativa la toma Dios. ‘En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es lo que tenemos que empezar a reconocer, el amor de Dios en nuestra vida.
¿Por qué nos ama Dios? Simplemente tenemos que decir, por puro amor suyo, no por nuestros merecimientos. Como nos dirá el apóstol en otro lugar de la Escritura ‘el amor de Dios consiste, en que siendo nosotros pecadores, El dio su vida por nosotros’. ¿Queremos mayor maravilla que nos manifiesta cómo Dios está enamorado de nosotros? Somos su criatura preferida.
Pero el amor ha de ser correspondido; es cuando nosotros hemos de dar nuestra respuesta de amor; y ahora, sí, que tenemos que decir que cuando contemplamos tales maravillas de amor de Dios por nosotros hemos de enamorarnos nosotros de Dios. No lo hacemos desde el temor, sino desde una respuesta de amor; pero una respuesta de fe y de amor que va a repercutir de manera maravillosa en nuestra vida.
¿Cuál es esa repercusión? Que por ese amor Dios quiere habitar en nosotros, permanecer para siempre en nuestro corazón y en nuestra vida. No tenemos que hacer otra cosa que abrir las puertas de nuestra fe y de nuestro amor.  Como nos dice hoy san Juan ‘si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud…’  Y volverá a decirnos más adelante ‘quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios’. Maravilloso, ‘Dios permanece en nosotros, nosotros en Dios’.
El amor siempre lleva a la unión más profunda entre aquellos que se aman. Profunda e intima unión de amor, podemos decir ahora, entre Dios y su criatura, entre el Padre que nos ama y el hijo que le responde con fe y amor. Termina diciéndonos: ‘Dios es amor,  y quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él’. Es el arrobamiento más pleno por el amor porque es la locura de amor de Dios por nosotros, que ha de corresponderse, entonces, en una locura de amor por nuestra parte hacia Dios. 
De aquí podemos sacar ya todas las conclusiones en esta fiesta tan bonita del Corazón de Jesús. Dios nos manifiesta así su ternura y su amor por nosotros. ‘Te colma de gracia y de ternura’, como decíamos en el salmo, porque ‘el Señor siempre es compasivo y misericordioso’. Por eso nos invita a que vayamos con confianza hasta El porque no vamos a encontrar otra cosa que amor. Es el descanso de nuestra vida, el alivio en nuestros sufrimientos y tormentos, la dicha y la paz para nuestros agobios, la brisa fresca que nos suaviza en nuestras sequedades interiores, la salud y la vida para nuestro dolor y para tanta muerte como se nos mete en el corazón, el perdón para nuestros pecados, la gracia que nos fortalece, la luz que nos ilumina, la verdad que dará el sentido último a nuestra vida. ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice.
Pero también hemos de pensar cómo hemos de imitar en nuestra vida ese amor que el Señor nos tiene; es el modelo de nuestro amor, la plantilla sobre la que hemos de construir nuestro amor para que sea verdadero. ‘Aprended de mí que soy manso y humilde corazón y encontraréis vuestro descanso’, nos dirá también. Mansedumbre, humildad, ternura, compasión, misericordia no son adornos que pongamos por fuera sino que serán cualidades hondas e indispensables que tengamos en lo más hondo de nuestra vida.
También nosotros hemos de desprender esos rayos del fuego del amor que contemplamos en el corazón de Jesús, porque así a todos hemos de amar, como a todos ama Cristo. Y no será porque vayamos a fijarnos solo en las cosas buenas para por esos motivos amar a los demás, sino como el enamorado, como lo hizo el Señor con nosotros, a todos sin distinción nosotros hemos de amar, por puro amor, como lo hizo el Señor.
Celebrar, pues, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús no es para quedarnos simplemente embelesados contemplando su corazón como si ya nos desentendiéramos de todos y de todo, sino aprender de su amor, copiar su estilo de amor en nosotros para hacerlo de la misma manera y tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Porque si creemos en El como el Hijo de Dios y amamos, en que Dios se está apoderando de nosotros, - somos el pueblo de su propiedad, nos decía Moisés - está tomando posesión de nuestro corazón, habita y permanece en nosotros y nosotros en El, y ya no podremos amar sino con el mismo amor de Dios.
Démosle gracias a Dios por tanto amor y por esa revelación maravillosa que nos hace de lo más profundo de su ser. Con espíritu humilde, con corazón sencillo y sintiéndonos pequeños acudamos a Jesús.

jueves, 26 de junio de 2014

Unos fundamentos para nuestra vida que nos llevarán a la plenitud de nuestra existencia los encontramos en Dios



Unos fundamentos para nuestra vida que nos llevarán a la plenitud de nuestra existencia los encontramos en Dios

2Reyes, 24, 8-17; Sal. 78; Mt. 7, 21-29
¿Cuáles son los cimientos sobre los que fundamentamos nuestra vida? Uno en la vida se va haciendo unos criterios que son los que uno se rige y motiva para aquello que quiere hacer o cómo quiere hacerlo. En la medida en que vamos madurando vamos encontrando esos valores que son importantes para nosotros por los que luchar y los que le van a dar sentido a aquello que hacemos y vivimos.
Sin esos valores, sin esos principios caminaríamos como a la deriva y sin rumbo porque sería señal de que no hemos encontrado el norte y sentido de nuestra vida. Uno tiene que saber por qué lucha, qué es lo que busca y para qué trabaja, porque es encontrar sentido para nuestro vivir. Sin eso parece como que la tierra fuera arena movediza debajo de nuestros pies que nos hace que nos hundamos o no sepamos a qué agarrarnos o en qué apoyarnos. Lo malo sería que pasaran los años por nuestra vida pero aun andemos como infantilizados sin saber donde encontrar ese fundamento de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús de la construcción de un edificio que puede estar hecho sobre arena o sobre roca. Cuando lleguen los vendavales y las lluvias según sean los cimientos podrá o no podrá aguantar sus embates. Pero es una imagen que nos propone Jesús para que pensemos cuáles son nuestros fundamentos, nuestros cimientos. Es el edificio de nuestra vida, pero en su sentido más hondo; es el edificio de nuestra vida cristiana y es entonces cuando tenemos que plantearnos cuál ha de ser el fundamento de nuestro ser cristiano. Es en el fondo preguntarnos por nuestra fe; es preguntarnos donde encontramos el sentido y la razón de ser de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Algo que no podemos tomarnos a la ligera.
No nos basta decir que nosotros somos muy religiosos y que tenemos mucha fe si eso luego no se traduce en actitudes de nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Ya nos dice Jesús ‘no todo el que me dice > entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en cielo’. Buscar la voluntad de Dios, cumplir la voluntad de Dios.
Decir que somos creyentes y en nuestro caso decir que somos cristianos no es simplemente una aceptación teórica de Dios sin mayores repercusiones para nuestra vida. No es simplemente contentar a Dios porque un día le hicimos unas promesas y ahora las cumplimos porque le habíamos pedido que nos ayudara en nuestros apuros. Tiene que ser algo mucho mas hondo, algo que cale hondo de verdad en nuestra vida. Es querer buscar la gloria de Dios, porque sintiendo que Dios es verdaderamente el centro de nuestra vida, queremos que luego todo lo que hacemos gire, por así decirlo, en torno al sentido de Dios.
¿Qué hizo Jesús? ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, proclamó en una ocasión, como había dicho en su entrada en el mundo como nos dice la carta a los Hebreos ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. El nos va manifestando continuamente a lo largo del Evangelio que es el enviado del Padre y como en todo hace lo que le dice el Padre. Y cuando llega el momento supremo de su entrega al inicio de la pasión, aunque desde su dolor pide que pase de El aquel cáliz que va a beber, sin embargo aceptará no que se haga su voluntad, sino la voluntad del Padre.
Es nuestro camino; es el fundamento ultimo que le vamos a dar a nuestra vida, porque además cuando nos sentimos amados de Dios hasta el punto de enviarnos a Jesús para darnos la salvación y hacernos por la fuerza del Espíritu sus hijos, nuestra respuesta no puede ser otra que buscar en todo lo que es la voluntad de Dios para cumplirla. Es lo que nos está enseñando hoy.
Por eso con la imagen del edificio construido sobre arena o sobre roca, nos está enseñando que lo haremos sobre uno u otro en la medida que escuchemos su Palabra y la pongamos en práctica.  ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca…’ Por muchos que fueran los vendavales y tormentas no se hundiría la casa. Si edificamos nuestra vida en la Palabra de Dios, en lo que es la voluntad de Dios la tendremos bien fundamentada, porque en verdad habremos encontrado el sentido profundo de nuestra vida que nos dará la mayor felicidad como habíamos comenzado reflexionando.
Busquemos entonces los verdaderos fundamentos de nuestra vida, que solo en Cristo encontraremos en plenitud.

miércoles, 25 de junio de 2014

Quiere el Señor que demos fruto y que el fruto dure siempre para la gloria del Señor



Quiere el Señor que demos fruto y que el  fruto dure siempre para la gloria del Señor

                                                                                           2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3; Sal.118; Mt. 7, 15-20
‘Por sus frutos los conoceréis’, viene a decirnos Jesús. Quiere el Señor que demos fruto y que el  fruto dure. Como nosotros, si tenemos un árbol frutal en nuestra huerta o nuestro jardín, lo que queremos es que dé fruto y que no esté dañado para que nos dé buenos frutos.
Si nos fijamos, de una forma o de otra, de esto nos habla repetidas veces Jesús en el Evangelio. La semilla arrojada a la tierra se siembra para que broten nuevas plantas que nos den frutos; si el propietario tiene una viña y la prepara debidamente y la encarga al cuidado de unos labradores es porque quiere al final recoger sus frutos; cuando en el mismo terreno se mezclan plantas buenas y malas hiervas, se espera a la hora de la recolección del fruto para separar la buena cosecha de lo que está dañado esperando tener buen resultado; el propietario que va a buscar higos a la higuera que tiene plantada en su huerta lo que quiere es encontrar fruto, si no da fruto se corta o se arranca, aunque habrá el buen labrador que la podará, la abonará y la cuidará con la esperanza de que al año siguiente pueda recoger buenos frutos.
Como vemos, muchas son las imágenes repetidas que se nos ofrecen en el evangelio aunque no siempre sea con temas agrícolas, por así decirlo, porque el rey que entrega los talentos a sus empleados, espera recoger sus frutos, sus ganancias a la vuelta. No quiere el Señor que seamos unos inútiles e inservibles que no demos fruto. Pero, ¿cómo nos dirá el Señor que hemos de hacer para que al final demos buenos frutos?
En las distintas imágenes que hemos ido repasando en el evangelio podemos decir que ya vamos v viendo cuáles han de ser las pautas. Un árbol para que dé buen fruto ha de ser cuidado, debidamente podado para quitar lo inservible o que pueda causar daño, y además debidamente abonado. Es lo que el Señor está pidiendo de nosotros y ofreciéndonos para nuestra vida.
Hay otro momento en el evangelio en que Jesús nos hablará de la vid y de los sarmientos y como los sarmientos han de estar bien unidos a la vida para que puedan dar fruto. Y nos habla de la poda para que todo sarmiento seco que no dé fruto se corte y se elimine, pero nos habla también de cómo nosotros tenemos que estar unidos a El  para poder dar fruto. ‘Sin mí no podéis hacer nada’, nos viene a decir.
En lo que hemos escuchado hoy en el evangelio viene a prevenirnos contra ‘los falsos profetas que se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos’. Y nos dirá que por sus frutos los conoceréis, porque un árbol dañado no puede dar frutos buenos, pero un árbol sano tendría que dar siempre frutos buenos. Nos previene para que no  nos dejemos engañar y sepamos discernir bien quien son los que están de parte del Señor.
Pero nos puede venir bien la reflexión para nuestra propia vida, para los frutos que nosotros hemos de dar a tanta gracia que recibimos del Señor. ¿Cuáles son los frutos que damos en nuestra vida? podríamos preguntarnos. Ya sabemos que han de ser frutos de santidad y de amor, serán nuestras buenas obras y la justicia y rectitud con que vivamos nuestra vida, será nuestro compromiso con nuestra fe y desde nuestra fe con el mundo que nos rodea para hacerlo mejor; pero eso nos exigirá cómo hemos de vivir nosotros unidos a El con nuestra oración, escuchando su Palabra, abriéndonos a su gracia, alimentándonos continuamente de sus sacramentos, dejándonos conducir por el Espíritu del Señor, viviendo nuestra comunión de Iglesia.
El camino de santidad que hemos de vivir no lo podemos hacer solo por nosotros mismos y solo con nuestras fuerzas. Será la fuerza de la gracia, la fuerza del Espíritu de Dios que mueva nuestros corazones y nuestra voluntad. Por eso es tan necesaria nuestra unión con el Señor. Pidámosle al Señor que no nos falte nunca su gracia, que sintamos la fortaleza de su Espíritu en nosotros para que lleguemos a  dar esos buenos frutos que nos pide.

martes, 24 de junio de 2014

La fiesta de san Juan Bautista nos hace a nosotros también precursores para hacer un anuncio nuevo del Evangelio

La fiesta de san Juan Bautista nos hace a nosotros también precursores para hacer un anuncio nuevo del Evangelio

Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-66.80
‘Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban… y corrió la noticia por toda la montaña de Judea…’ No podemos menos que comenzar recordando estas palabras del evangelio porque están en plena sintonía con la alegría con que el pueblo cristiano celebra también el nacimiento de Juan el Bautista. Fue una conmoción por toda la montaña de Judea, todos se alegraban en su nacimiento y parece que nosotros queremos seguir prolongando esa alegría en este día de fiesta que con muchas tradiciones incluso algunas no tan cristianas, también hemos de decirlo, seguimos celebrando hoy la fiesta del nacimiento del Precursor.
Era el precursor, el que venía delante; así estaba anunciado por los profetas - y no es necesario recordarlo ahora con todo detalle porque muchas veces a lo largo del año, sobre todo en Adviento, lo recordamos - y así lo proclamaría Zacarías en su cántico de alabanza al Señor a la hora de la circuncisión. ‘Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación por medio del perdón de los pecados’.
El venía delante, y tendríamos que decir, que nosotros hemos de ir detrás; no solo porque hemos de ir realizando en nuestra vida lo que Juan nos señala y la Iglesia nos reitera una y otra vez para prepararnos  para acoger al Señor en nuestra vida, sino que además vamos detrás porque realmente queremos seguir a Cristo - El va delante señalándonos caminos - y queremos seguir sus huellas, por así decirlo, pisar en las misma huellas que nos va dejando el paso de Jesús que es lo mismo que imitar su vida.
Nos alegramos nosotros, sí, en la fiesta del nacimiento de Juan, pero por todo lo que Juan va a significar para nosotros, como para la vida de la Iglesia, en su mensaje que nos prepara para acoger el mensaje de Cristo en nuestra vida. Porque eso es lo importante, acoger el mensaje de Cristo; estamos cansados ya de celebrar muchas fiestas que llamamos cristianas, pero que se quedan en lo superficial, porque no ahondamos lo suficiente en lo que es el mensaje de Cristo por el que nos queremos alegrar y por el que queremos realizar nuestra acción de gracias al Señor. 
Se multiplican las fiestas en nuestro entorno - y no digamos nada con lo festejeros que somos los de nuestra tierra -, fiestas que decimos celebramos en torno a una imagen sagrada, ya sea del mismo Señor, de la Virgen o de cualquiera de los santos. Y ¿en qué consisten esas fiestas que realizamos? Mucha alegría, sí, y mucha fiesta, mucho jolgorio y mucho despilfarro en muchas ocasiones en gastos de cosas que al final poco nos van a dar, pero el mensaje del evangelio, los motivos hondos por los que tendríamos que celebrar esa fiesta recordando algún aspecto del misterio de Cristo o los ejemplos que podemos tomar de la Virgen o de los santos que celebramos, se nos quedan en nada, se quedan diluidos en medio de otras cosas.
Hemos de reconocer que es buena la fiesta y la alegría compartida, los encuentros que realizamos y las cosas juntas que hacemos; es cierto que tendríamos que promover muchas cosas  que busquen ese encuentro profundo entre las personas, porque tenemos el peligro del individualismo y de que, a pesar de que hoy tenemos tantos medios para comunicarnos, sin embargo vivamos en profundas y tremendas  soledades. Hay al peligro también de que muchas de esas fiestas que tendrían que provocar esos encuentros, al final tampoco lo logren y sigamos tan aislados como siempre.
Pero  una fiesta cristiana tendría que ser mucho más que eso, primero porque su sentido religioso tendríamos que vivirlo con profundidad, y luego porque desde el mensaje del evangelio que empapa o tiene que empapar nuestra vida mucho más tendríamos que hacer para que Cristo en verdad esté más presente en la vida de los hombres, mucho más allá de una imagen que podamos tener de mucha devoción, o quizá unas medallas u otros signos religiosos que llevemos colgados al cuello.
Con esto estoy llegando a otro punto de reflexión en sintonía con lo que decíamos al principio de que Juan iba delante y nosotros habríamos de ir detrás. Sin desdecir nada de lo que entonces decíamos sí me atrevo a dar un paso más en nuestra reflexión; ante este mundo que nos rodea, que además hemos de reconocer que está tan paganizado, nosotros también como Juan Bautista tendríamos que ser precursores; sí, nosotros también tendríamos que ir delante, porque con nuestra vida y con nuestra manera de  pensar y actuar tendríamos que ser signos ante los que nos rodean que hablen de Cristo, que hablen de una nueva trascendencia de la vida; signos que nos convirtamos en revulsivos para que otros se sientan atraídos por el mensaje del evangelio, o para que por nuestras palabras y nuestra vida alguna vez escuchen esa Buena Nueva de Jesús.
Creo que es misión que también tenemos ante nuestro tiempo, porque es necesaria esa nueva evangelización, ese nuevo anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo que tantas veces se ha hecho oídos sordos ante  su mensaje.
La fiesta de san Juan nos llena de alegría, pero también es un mensaje provocador para nosotros, para que descubramos un sentido nuevo para nuestra vida desde la fe, pero también para que ayudemos a los demás a encontrarse con Cristo que quiere llegar a sus vidas y se va a valer de nosotros.