Vistas de página en total

sábado, 9 de febrero de 2013


Cuando se está con Jesús siempre nos llenamos de paz

Hebreos, 13, 15-17.20-21; Sal. 22; Mc. 6, 30-34
‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco… se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado’. Habían llegado después del envío que había hecho de dos en dos a anunciar el Reino con los mismos poderes y misión de Jesús. Ahora regresan, vienen contando todo lo que les ha sucedido, pero Jesús quiere que estén a solas con El en un lugar tranquilo y apartado.
Estar con Jesús. Llenarse de paz. A solas con Jesús. Cuando se está con Jesús siempre nos llenamos de paz. Cuando volvemos con la misión cumplida venimos con paz en el corazón. Cuando se desgrana sobre nosotros la Palabra de Dios va apareciendo la paz en el corazón.
En torno a este momento en que Jesús se lleva a los apóstoles a ese lugar apartado y tranquilo sucedieron más cosas, pues antes no les dejaban tiempo ni para comer, y ahora también en aquel lugar se van a encontrar multitudes que vienen es búsqueda de Jesús como ovejas sin pastor y para ellos siempre tendrá Jesús el alimento de la Palabra de Dios, pues ‘se puso a enseñarle con calma’.
Pero quisiera detenerme en ese gesto de Jesús de quererse llevar a los apóstoles a un lugar tranquilo y apartado. Los otros detalles los podemos dejar, a pesar de su riqueza, para otro momento de reflexión. Y es que necesitamos nosotros saber encontrar esos momentos en que nos llenemos de la paz de Jesús. Es cierto que hay muchas cosas que hacer, tenemos tantas señales que dar con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos para anunciar el Reino de Dios, para llevar a los demás hasta Jesús. Pero Jesús quiere también aposentarse en nuestro corazón. Que le hagamos sitio en nuestro espíritu; que disfrutemos de su presencia que nos llena de gracia y de paz.
Es necesario saber quedarnos a solas con El, para hacer silencio en nuestro interior dejando atrás tantos ruidos que  nos ensordecen y aturden, o tantas cosas que nos llenan de preocupaciones que tenemos el peligro de convertirlas en centro de nuestra vida. Pero el centro tiene siempre que ser Jesús. Hacer que su Palabra sea la única que resuene en nuestro corazón, sabiendo antes estar en ese sitio tranquilo y apartado, sabiendo antes hacer ese silencio en nuestro interior para poder oír la voz de Dios que nos habla.
Muchas veces podemos pensar que rezamos y rezamos, que le pedimos una y otra vez tantas cosas que necesitamos al Señor, pero decimos que el Señor no nos escucha, pero pudiera suceder que decimos eso porque somos nosotros los que no escuchamos a Dios. Vamos a la oración pero no hacemos ese diálogo de amor con Dios, sino que somos nosotros los que hablamos y hablamos, los que rezamos y rezamos una y otra oración, pero no sabemos detenernos para poder oír y escuchar al Señor que quiere hablarnos.
Detente. Haz silencio. Vete a ese sitio apartado y tranquilo que puedes encontrar en tu propio corazón. Párate un poco de rezar y rezar tantas oraciones preocupado quizá por tus necesidades o las cosas que queramos pedirles para los demás, y haz silencio dentro de ti para que veas como el Señor te ha escuchado, cómo el Señor te habla y te está dando respuestas; ponte en esa disponibilidad interior para experimentar esa presencia de Dios en tu vida y entonces descubrirás cuantas cosas el Señor quiere decirte, cuantas cosas te está señalando quizá para que sean mejores en tu vida, cuántos caminos se están abriendo delante de ti, y cuanta paz puedes sentir en tu corazón.
Vayamos con Jesús a ese lugar tranquilo y apartado. Nos llenaremos de su paz y podremos llevar luego la paz a los demás. Nos llenaremos de Dios y es como mejor luego podremos hablar de Dios a los demás.

viernes, 8 de febrero de 2013


Los testigos como el Bautista nos estimulan y ayudan a mantener nuestra fidelidad

Hebreos, 13, 1-8; Sal. 26; Mc. 6, 14-29
El testimonio de quien mantiene su fidelidad hasta el final, aunque eso signifique la muerte y el martirio, es un aliciente grande y un motivo de gran esperanza en nuestra propia y personal lucha que hemos de mantener cada día por la fidelidad.
Aunque alguien pudiera pensar que la contemplación de quien llega a la muerte por mantener su fidelidad pudiera más bien desalentarnos porque nos podía parecer un sacrificio inútil y un fracaso, sin embargo es la mayor prueba de la victoria y es el mejor estímulo para no echarnos atrás y mantenernos por contrario en nuestra lucha. No nos acobarda sino que nos llena de valentía. Siempre se ha dicho que la sangre de los mártires es semilla de cristianos porque eso nos da más fuerza para mantenernos en nuestro camino.
Es un hecho cruel el que nos narra el evangelio si lo miramos con miras humanas. Está la crueldad de la muerte del Bautista, pero es que detrás contemplamos un mundo lleno de maldad, de cobardías, de injusticias, de corrupción y de muchos males y pecados. La situación de Herodes y su estilo de vida todo eso nos manifiesta como hemos escuchado en el evangelio y no es necesario volver a repetir.
Las envidias por una parte y el orgullo por sentirse denunciados por su mal desde la vida íntegra del bautista y desde su palabra valiente conducen como en una espiral a la muerte de Juan. Aunque es un mundo de oscuridad y tiniebla a causa del pecado, sin embargo no deja de resplandecer la luz porque Juan se convierte en testigo y profeta del bien de la justicia.
Resplandores de luz como los de Bautista con profetas y testigos valientes que sepan denunciar el mal que corroe a nuestra sociedad seguimos necesitando hoy. Con un mínimo de sensibilidad en la conciencia nos sentimos abrumados por las noticias de maldad y de injusticia, de corrupción y de tantas hipocresías y falsedad que continuamente nos están trayendo los medios de comunicación.
Y en medio de todo ese mundo nos vemos envueltos nosotros y podemos sentir la tentación del desaliento o de la cobardía porque nos puede parecer que nada se puede hacer. Pero quienes creemos en Jesús ni podemos callar, ni nos podemos cruzar de brazos, ni mucho menos dejarnos arrastrar por tanta maldad que envuelve nuestro mundo.
Ojalá nos sintamos en verdad estimulados con testimonios como los del Bautista que escuchamos en el evangelio que le llevan a ser testigo hasta la muerte y el martirio. Ojalá nos sintamos en verdad estimulados para mantenernos en una fidelidad a lo bueno, a lo justo, a la verdad, a los valores del evangelio, en una palabra a nuestra fe en Jesús. El mundo necesita esos testigos y esos testigos tenemos que ser nosotros los que creemos en Jesús y queremos vivir nuestra vida cristiana.
¿Qué podemos hacer nosotros que quizá nos sentimos pequeños y nos puede parecer que ni nuestras vidas ni nuestras obras pudieran ser ese grito profético que necesita el mundo? Podemos hacer mucho; nos puede parecer un testimonio silencio pero quizá no lo sea tanto. Mantengamos nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestros principios. Vivamos nuestra unión con el Señor como cada día lo queremos hacer con nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía. Y no dejemos meter el mal en nuestra vida. Seamos honrados y sinceros en cada una de las cosas que hagamos o que vivamos; alejemos de nosotros todo lo que sea falsedad o mentira; vayamos sembrado semillas de amor en nuestro trato y en nuestra relación con las personas con las que convivimos cada día. Nos pueden parecer pequeñas e insignificantes cosas pero son semillas de justicia, de bondad que sembramos cada día y esas semillas un día germinarán y pueden producir hermosos frutos.
Es el ejemplo callado de fidelidad que hemos de vivir cada día, que sabemos bien cómo muchas veces nos cuesta tanto. Pero mantengamos la fidelidad. Que sintamos el estímulo que nos ofrece el Bautista, pero que nos ofrecen también muchos testigos y profetas de lo bueno que podemos también encontrar en nuestro mundo alrededor nuestro. Que tengamos ojos bien abiertos y ojos de fe para descubrirlos.

jueves, 7 de febrero de 2013


Ungir con el bálsamo del amor al que sufre para hacerlo renacer a nueva vida

Hebreos, 12, 18-19.21-24; Sal. 47; Mc. 6, 7-13
‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’. Hasta ahora habíamos visto a Jesús que iba anunciando el Reino, dándonos las señales de cómo el Reino de Dios llega a nuestra vida y a nuestro mundo y de cómo hemos de acogerlo. Escuchamos sus palabras pero vemos también sus signos. En parábolas y con muchas imágenes nos va explicando como es el Reino de Dios y los signos que realiza nos están diciendo cómo el Reino de Dios está en nosotros.
Pero el Reino de Dios es expansivo, ha de extenderse por su misma fuerza, ha de crecer como la pequeña que semilla que se planta para hacer surgir una planta nueva en la que hasta las aves del cielo puedan cobijarse entre sus ramas. Así todos estamos llamados a pertenecer al Reino de Dios y hemos de dar señales de que el Reino de Dios ha llegado a nuestra vida. Pero estamos llamados a algo más: ese Reino de Dios hemos de hacerlo llegar a todos. Recibimos también la misión de anunciar y propagar el Reino.
‘Los fue enviando de dos en dos’, nos dice el evangelio. No es la tarea de uno solo ni la tarea que hemos de hacer solos y por nuestra cuenta. El Reino de Dios expresa la comunión nueva que se crea entre todos los hombres, entre todos los que creemos en Jesús y con las señales de la comunión lo hemos de dar a conocer e ir instaurando en medio de los hombres. ‘Los fue enviando de dos en dos’.
Estamos recibiendo la misma misión de Jesús; somos una prolongación de Jesús que hemos de hacer el mismo anuncio del Reino con nuestras palabras y con nuestras obras. Hemos de anunciar la conversión y el perdón de los pecados. Hemos de anunciar la vida nueva que nos llena de la gracia de Dios. Hemos de hacer posible que todos los hombres reconozcan que Dios es nuestro único Señor. Ningún mal ya para siempre jamás podrá dominar al hombre. El poder del Señor de ser liberados del mal lo hemos recibido para ir realizando ese milagro, esa transformación, primero de nuestro corazón, pero también la transformación del corazón de cuantos nos rodean.
Es lo que vemos realizar a aquellos primeros enviados de Jesús que es lo mismo que nosotros tenemos que realizar. ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. Cuánto podemos y tenemos que hacer. El anuncio de la conversión porque llega el Reino de Dios, pero también los signos de cómo ese Reino de Dios se está haciendo presente.
Es el anuncio y la proclamación de la palabra, pero serán también las señales del amor. Es el bálsamo del amor que tenemos que repartir y compartir. Cuantas cosas en nuestras palabras y en nuestros gestos, en el compromiso de nuestra vida diaria y con los signos que manifestamos con nuestra presencia podemos ir haciendo para hacer presente y visible el Reino de Dios en nuestro mundo.
‘Ungir con aceite a los enfermos’, que no solo es el sacramento, signo sagrado que en el nombre de Jesús realicemos - nos referimos al sacramento de la unción de los enfermos - sino en cuantas obras de amor en el nombre de ese mismo Jesús tenemos que ir realizando. Nuestro amor, nuestra ilusión y esperanza, tantos gestos pequeños o grandes que podemos tener con los que están a nuestro lado, con los que sufren, con los que se sienten solos, con los que pasan necesidad, nuestras palabras que despiertan la fe y las ganas de vivir o siembran esperanza son bálsamos para corazones atormentados que en el nombre de Jesús podemos poner en cuantos nos rodean.
Haz sonreír a una persona que sufre y lo estás curando; siembra esperanza en su corazón y le estás dando vida; hazle sentirse amado y valorado y realmente lo estás resucitando. Y esos milagros, en pequeños gestos que realicemos, los podemos hacer cada día con los que nos rodean. Y a eso nos ha enviado Jesús. Y nuestra fe llena de alegría y entusiasmo se hace evangelizadora para cuantos nos rodean porque estamos así anunciando a Jesús en quien creemos.

miércoles, 6 de febrero de 2013


Tenemos que revisar y fortalecer nuestra fe

Hebreos, 12, 4-7. 11-15; Sal. 102; Mc. 6, 1-6
‘Desconfiaban de él… se extrañó de su falta de fe…’ nos dice repetidamente el evangelista. Hoy estamos escuchando a san Marcos y estos domingos pasados hemos escuchado el relato de esta visita a Nazaret que nos hace san Lucas y le hemos dedicado grandes comentarios.
Pero siempre hay un mensaje de vida en la Palabra del Señor cada vez que la escuchemos; siempre hay algo que nos puede ayudar en nuestra fe, en el camino de nuestra vida cristiana; siempre hay algo que nos ayuda a revisar nuestra vida; siempre hay algo que enriquece nuestro corazón.
Ya hemos comentado las reacciones primero de admiración, después de interrogantes y desconfianzas y finalmente de rechazo porque como nos relataba san Lucas hasta quisieron despeñarlo por un barranco que había junto al pueblo. San Marcos no entra en esos detalles, pero sí nos habla de la extrañeza por la falta de fe. Se admiraban de lo que Jesús y hacía pero al mismo tiempo había una desconfianza en su corazón porque lo habían conocido de siempre, conocían su familia y lo que había vivido allí con ellos en su pueblo, y aun no terminaban de entender todo el misterio de Dios que se manifestaba en Jesús.
¿Qué buscaban en Jesús o por qué lo buscaban? ¿Podrían llegar a descubrir ese misterio de Dios que en Jesús se les revelaba? Es necesario desprenderse quizá de ideas preconcebidas; es necesario una apertura y una disponibilidad del corazón; es necesario ser capaz de confiar en Jesús y en su palabra para comenzar a caminar los caminos de la fe. Como tantas veces hemos dicho es necesario caminar caminos de humildad, porque solo desde esa humildad de corazón podemos llegar hasta Dios. El Papa el pasado domingo en este sentido nos decía: Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret’.
Es nuestro camino, el camino que nosotros hemos de hacer también para crecer en nuestra fe. Porque tampoco nos vale decir es que yo he creído de siempre, a mi no hay quien me cambie, yo ya estas cosas de la religión y de Dios ya me las sé. Hemos de descabalgarnos de estas actitudes autosuficientes y dejarnos conducir. El Señor nos habla al corazón, pero también pone a nuestro lado quienes en su nombre nos ayuden a recorrer esos caminos.
A la gente de Nazaret le costaba llegar a reconocer las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús por su falta de fe. Tenemos que pedirle al Señor que nos  haga crecer más y más en nuestra fe. Es un don de Dios, es una gracia de Dios, es un don sobrenatural, pero nosotros hemos de responder a esa gracia de Dios, colaborar dejándonos conducir por su Espíritu, queriendo conocer más y más nuestra fe y dejándonos enseñar.
Este año de la fe al que nos ha convocado el Papa y que vamos recorriendo a eso tiene que llevarnos. Como nos decía el Papa en su convocatoria es ‘exigencia de la misma fe que profesamos el redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo’. La fe que para nosotros no ha de ser nunca una carga pesada, sino algo que hemos de vivir siempre con entusiasmo y alegría.
Esa fe que tenemos que hacer vida nuestra, porque es la que moverá y dará sentido profundo a nuestra existencia. Así nos dice el Papa: ‘Gracias a la fe, esta vida nueva de Jesús plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre’.
Que crezca así la fe en nuestro corazón. Aceptemos a Cristo y a su evangelio y dejémonos conducir por el Espíritu del Señor.

martes, 5 de febrero de 2013


Aprendamos a decir Sí al misterio de Dios llenando de trascendencia la vida

Hebreos, 12, 1-4; Sal. 21; Mc. 5, 21-43
En este relato del doble milagro que realiza Jesús podemos descubrir hermosas enseñanzas que nos hagan crecer en nuestra fe y en nuestra vida cristiana. El carril por donde circula todo el relato del evangelio es la petición de Jairo de que cure a su hija que se está muriendo, pero surge en paralelo o en medio de dicho relato la curación de la mujer de las hemorragias que se atreve a acercarse a Jesús por detrás para obtener la curación de su mal.
En principio podríamos destacar la cercanía de Jesús para estar allí donde nosotros le necesitamos o donde El quiere ofrecernos su gracia y salvación. Allí está en medio de la gente a su regreso desde la otra orilla. ‘Se reunió mucho gente a su alrededor y se quedó junto al lago’. Pero allí está Jesús siempre atento al sufrimiento y necesidades de los demas, por lo que Jairo sabrá que allí puede encontrarlo. ‘Se le acercó un jefe de la sinagoga, llamado Jairo que se echó a sus pies rogándole con insistencia: Mi niña está en las últimas ; ven, pon tu mano sobre ella, para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba’.
Repetimos, Jesús en medio de la gente. Lo apretujaban. Eran muchos los que querían estar cerca de Jesús. Allí donde hay dolor y sufrimiento siempre encontraremos a Jesús. Por eso se acercan a Jesús los enfermos y los que sufren. Jesús se deja apretujar por cuantos se acercan a El. Tienen la seguridad y certeza de que en Jesús encontrarán lo que buscan. Una mujer se acerca por detrás; tiene la seguridad de que con solo tocarle la orla de su manto podrá curarse. Así se acerca a Jesús. así se sentirá curada.
Esa cercanía de Jesús hará deseable ese contacto físico. La mujer toca la orla del manto, pues quizá no se atreve a más. Jesús tomará de la mano a la niña de Jairo para levantarla. Como en tantos otros momentos, tocará con su mano al leproso para que se cure, tocará con sus dedos la lengua y los oídos del sordomudo, pondrá barro en los ojos del ciego, como hará soltar las vendas de Lázaro en su resurrección y así en tantos otros momentos.
Pero no es el milagro mágico;  nos estará mostrando esa cercanía de Jesús que va envuelta en ese ropaje de la delicadeza y del amor, pero que tiene que ir siempre precedida de nuestra fe. Con fe se había acercado Jairo a Jesús y cuando le digan que no moleste al maestro porque la niña ha muerto, Jesús le dirá que no tema porque basta con que tenga fe. Con fe se acercó a aquella mujer a tocar a Jesús y Jesús alabará su fe, la fe que le ha curado y que le hará ir de ahora en adelante en paz y con salud.
Jesús querrá despertar la fe en nuestros corazones, para que alejemos de nosotros toda duda o todo racionalismo que nos pueda alejar del misterio de Dios. Cuando se encuentra con las plañideras que pronto han venido ante la noticia de la muerte de la pequeña, les dirá que no está muerta sino dormida, aunque ellos no quieran comprender y más aún traten a Jesús como un iluso. Cuántas veces nos cegamos en nuestra fe, y solo queremos buscar pruebas o cosas que podamos palpar con nuestras manos. Cuantas veces nos llenamos de dudas para desconfiar del misterio de Dios que se nos manifiesta.
Tenemos que aprender a poner toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abriendo nuestro corazón a Dios y a las obras maravillosas que El quiere realizar en nuestra vida. Tenemos que saber poner a un lado todas esas certezas humanas, para saber decir sí al misterio de Dios y saberle dar trascendencia verdadera a nuestra vida. Al final los que antes dudaban ‘se quedaron viendo visiones’, porque ante la evidencia del misterio de Dios que se acercaba al hombre para salvarlo con su amor ya no cabían dudas ni desconfianzas.
El Señor también nos tiende su mano para que nos agarremos a El y nos levantemos de nuestras oscuridades y nos dejemos iluminar por la fe. Que sintamos también nosotros como aquella mujer del evangelio que a nosotros ha llegado la paz y la salvación.

lunes, 4 de febrero de 2013

La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


Hebreos, 11, 32-40; Sal. 30; Mc. 5, 1-20

En la medida en que nos vamos introduciendo en el evangelio vamos escuchando la invitación que Jesús nos hace a que vivamos el Reino de Dios aceptándolo en nuestro corazón, dejándonos transformar por la gracia para hacer que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

Jesús nos explica lo que es el Reino de Dios con las parábolas de una manera muy especial aparte de irnos diciendo cuales han de ser las actitudes profundas que hemos de tener en nuestro corazón. Pero también en los milagros que va realizando nos va dando las señales de lo que ha de ser el Reino de Dios en nuestra vida, liberándonos de toda atadura y de todo mal.

El milagro que hoy escuchamos en el Evangelio es uno de esos signos claros de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Ahora están en la otra orilla del lago, la región de los Gerasenos nos dice el evangelista, un lugar donde no predominaban entre sus habitantes precisamente los judíos. Hemos de recordar que en aquel territorio de Palestina no solo había judíos, sino que recordamos que cuando se establecieron allí después de su salida de Egipto y peregrinar por el desierto aquellos lugares estaban habitados por otros pueblos, lo mismo que las regiones vecinas.

Al llegar a aquel lugar se encuentran con un hombre poseído por un espíritu que además era muy violento; todos le tenían miedo, y ni siquiera con cadenas y cepos podían dominarlo, tal era la fuerza del espíritu maligno que lo poseía. Pero reconoce a Jesús; reconoce a quien viene a liberar del mal a aquel hombre. ‘¿Qué tienes que ver conmigo; Jesús Hijo de Dios Altísimo?... no me atormentes’. A hemos escuchado los detalles de la liberación de aquel hombre.

Nos extrañan las reacciones, por una parte de la gente que viene y le pide a Jesús que se marche de su país, y el deseo del hombre liberado de aquel mal que quiere seguir a Jesús pero al que Jesús le dice que se quede allí con los suyos y les cuente lo que Dios ha hecho con él. Liberado del mal Jesús lo convierte en anunciador del Evangelio, de la buena noticia de su liberación en medio de los suyos.

El Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor. Nada puede ser señor o dios de nuestra vida. Nada tendría que llenarnos de ataduras, porque quien se ha encontrado con Cristo y recibido su salvación ha alcanzado la libertad verdadera. El nos anuncia y nos trae la verdad que nos hace libres, como nos dirá en otros lugares del evangelio. Este milagro que Jesús realiza es un signo claro de la libertad que Jesús quiere darnos.

A aquel hombre dominado por el espíritu inmundo le dominaba la violencia y el mal de manera que se presencia se convertía en terror para todos sus convecinos. De ello lo libera Jesús. ¿De qué nos quiere liberar Jesús? ¿cuáles son las ataduras que hay en nuestra vida y en nuestro mundo?

Podríamos hablar de la violencia o de la hipocresía y falsedad; si hiciéramos un análisis de nuestra vida o de la situación que vivimos en nuestro mundo podríamos hablar de muchas mas cosas. ¿De qué estamos oyendo hablar continuamente a nuestro alrededor? Es cierto que hablamos de la crisis por la que pasa nuestra sociedad con todas sus consecuencias de pobreza y de injusticia; pero es que en la raíz de todas esas cosas detectamos cómo la maldad se ha ido metiendo en el corazón de los hombres y todo es ambición de poder o de tener, y surgen corruptelas de todo tipo por todas partes, y falta honradez muchas veces en quienes tienen responsabilidades en nuestra sociedad; vivimos en un mundo de vanidad y de hipocresía y cuando no podemos mantener el tipo aparece la corrupción y el robo y la injusticia, y la insolidaridad y así podríamos seguir haciendo un listado de tantos males que afectan a nuestra sociedad.

¿No es el espíritu del mal que se ha metido en el corazón de los hombres? ¿Y no ha venido Jesús para liberarnos de ese espíritu del mal? Pero reconozcamos que nos hacemos fácilmente oídos sordos a la llamada y a la invitación de Jesús. Si no le decimos como aquellos gerasenos que se marche del país, sí estamos nosotros dándole la espalda o cerrando nuestros oídos para no dejar que el espíritu del evangelio impregne nuestras vidas.

Leamos con ojos de fe nuestra vida. Escuchamos la llamada e invitación del Señor a vivir el Reino de Dios convirtiendo nuestro corazón a él.

domingo, 3 de febrero de 2013


Te consagré, te nombre profeta… no les tengas miedo, yo estoy contigo

Jer. 1, 4-5.17-19; Sal. 70; 1Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30
‘Será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones’, escuchamos ayer profetizar al anciano Simeón cuando Jesús fue presentado en el templo. Jesús, como un signo de contradicción, porque ante Jesús hay que decantarse, hay que hacer opción.
No siempre va a ser comprendido su mensaje. Pronto lo vemos en el evangelio, casi en sus primeras páginas. Es lo que estamos contemplando que sucede en la sinagoga de Nazaret. El texto que hoy hemos escuchado es continuación literal del que escuchamos el pasado domingo. Fue la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde se había criado. Entonces escuchamos como toda la sinagoga tenía puestos los ojos en El y muchos se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, escuchamos el comentario y explicación que Jesús hacía del texto de Isaías proclamado. Hoy, nuestro texto, comienza a partir de esas palabras de Jesús, pero ya vemos que dentro de la admiración y hasta orgullo que sentían por sus palabras, pronto comienzan a preguntarse ‘¿no es este el hijo de José, el carpintero?’ Como se  nos dirá en textos paralelos  ‘¿de donde le viene a éste todo esto? ¿Qué es esa sabiduría… y esos milagros?’ Y finalmente, ante las palabras de Jesús, terminarán ‘poniéndose furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
‘Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’, les dice Jesús. Y les recuerda episodios de los profetas, de Elías y de Eliseo, hechos que tenían allí contenidos en la Escritura Santa, que alimentó uno a una fenicia, y el otro curó a un sirio de la lepra, mientras en Israel había muchos que padecían hambre o sufrían el mal de la lepra.
Jesús no se arredra ante la indiferencia o la oposición que pueda surgir ante sus palabras y ante su mensaje. Sus palabras son claras y firmes porque además grande es el amor que nos está manifestando. Podemos recordar al profeta Jeremías que escuchábamos en la primera lectura. ‘Te consagré, te nombre profeta de las gentes… Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando; no les tengas miedo… te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo…’ Hermosas palabras del profeta que nos manifiestan la firmeza y claridad con que se ha de proclamar la Palabra de Dios. Así se presente Jesús ante sus gentes.
Muchas cosas nos quiere decir Jesús en este texto y con estas menciones que hace. La obra de la salvación que Jesús viene a realizar ni se reduce a un pueblo ni solo a unas gentes determinadas. Ya, desde el principio del evangelio, se va manifestando la universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Todos están llamados a esa salvación, para todos es la gracia del Señor; por nuestra parte, por parte de todos los hombres, sean de la nación que sean, no queda sino la acogida a ese mensaje de salvación. Su sangre derramada, como decimos en la Eucaristía, es para el perdón de los pecados de todos los hombres y lo que el Señor quiere es que todos los hombres alcancen dicha salvación.
Hay una cosa a destacar. No podemos intentar manipular el mensaje salvador de Jesús. Quizá la gente de su pueblo, en el orgullo que pudieran sentir por la fama que les llegaba de Jesús de cómo era acogido por todas partes y de los milagros que hacía, podían sentirse con derecho, podríamos decir, de que a ellos les tocara la mejor parte. Jesús era uno de ellos, era el hijo del José el carpintero y allí se había criado. Podrían ser beneficiarios especiales de las obras de Jesús, de los milagros de Jesús; pero como se nos dirá en otro lugar allí Jesús no realizó ningún milagro por su falta de fe.
Como recordábamos al principio de nuestra reflexión con las palabras de Simeón en la presentación de Jesús en el templo, ‘será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones’. ¿Cuál es la actitud con la que nosotros  nos acercamos a Jesús y a su palabra?
Es necesaria una apertura del corazón, una disponibilidad total desde lo más hondo de nosotros mismos para acoger a Jesús y a su mensaje, una generosidad grande en el sí que le demos a Jesús y a su evangelio; generosidad, disponibilidad, apertura pero para acoger a Jesús no como nosotros nos lo imaginemos o solo en aquellas cosas que nos pudieran parecer mejor para nuestro beneficio sino en la totalidad del Evangelio, sin distingos, sin divisiones, sin elecciones interesadas de parte del mensaje.
Cuántas veces  nos sucede así. Cuántas veces queremos hacer como rebajas en el mensaje cristiano y en la moralidad de nuestra vida. Cuántas veces nos decimos que hay cosas que cambiar, que hay que modernizarse y ponerse con los tiempos. O cuántas veces le ponemos ‘peros’ según quién sea el que nos está trasmitiendo el mensaje. Nuestra respuesta a Jesús y al evangelio tiene que ser siempre radical, con la totalidad de nuestra vida. No nos valen las rebajas cuando se trata de seguir a Jesús.
A la gente de Nazaret les costaba aceptar que aquel que entre ellos se había criado ahora pudiera presentarse ante ellos como maestro que les enseñara. Aunque sentían admiración y hasta orgullo, como antes decíamos, sin embargo sus mentes se cerraban para aceptar el mensaje de vida y de salvación que Jesús les pudiera ofrecer. Como nos puede suceder a veces a nosotros que no tenemos la humildad suficiente para aceptar el mensaje que se nos trasmite.
Olvidamos fácilmente que es el Espíritu del Señor el que está detrás de esa enseñanza, de ese mensaje; que nuestras garantías de verdad no son garantías humanas, sino que es la garantía del Espíritu de Dios que está en su Iglesia, que está en aquellos que en la Iglesia nos trasmiten la Palabra de Dios. La Iglesia, asistida por el Espíritu, se presenta ante nuestros ojos, se ha de presentar ante el mundo como esa Iglesia profética que nos anuncia ese mensaje de vida que en verdad nos conducirá a la mayor plenitud. El mundo necesita de esa Iglesia profética, necesita de esos profetas que nos trasmitan la Palabra de Dios con claridad y con valentía.
Tenemos, pues, que saber reconocer la voz profética de nuestros pastores y dar gracias a Dios porque no faltan profetas en nuestro mundo que levanten esa voz que despierte las conciencias, que abran la mente y los corazones a la trascendencia, que ayuden a descubrir esos valores más altos que eleven nuestra vida en búsqueda de plenitud, que nos ayuden a descubrir a Dios.
Hemos de reconocer y dar gracias a Dios por esos grandes profetas que en los últimos tiempos se han levantado ante nuestros ojos, un Juan XXIII con su visión profética para convocar un concilio, un Pablo VI que supo llevarlo a término y aplicarlo, un Juan Pablo I que cautivo en poco tiempo al mundo con su sonrisa que levantaba esperanza, un Juan Pablo II con esa voz valiente que recorrió el mundo, nuestro Papa actual, una Teresa de Calcuta y tantos y tantos más profetas de nuestro tiempo que haríamos interminable la lista.
Eso nos recuerda también que nosotros hemos de ser profetas, porque estamos también participando de la misión de Cristo, y no nos hemos de acobardar ni esconder porque sabemos que Dios también está con nosotros. 

sábado, 2 de febrero de 2013


Integridad en nuestra fe, prontitud en nuestra esperanza y luz resplandeciente en el amor

Varias facetas tiene la fiesta que hoy estamos celebrando. Está en primer lugar la fiesta litúrgica de este día a la que nos ha hecho referencia la Palabra de Dios proclamada. Las promesas del Señor se han cumplido. ‘Mis ojos han visto a tu salvador’, dice el anciano Simeón en su acción de gracias al Señor.
Simeón y Ana vienen a expresar con su presencia en el templo en el momento de la presentación de Jesús, como lo prescribia la ley de Moisés para todo primogénito varón, vienen a expresar digo, todas las expectativas y esperanzas del antiguo pueblo de Dios. ‘Ven, Señor…, que la tierra germine al Salvador…’ eran las súplicas y oraciones que salían fervosotas de los creyentes esperando la pronta venida del Mesías.
A Simeón el Espíritu le había revelado en su corazón que ‘no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor’. Ahora podía tenerlo en sus brazos; en aquellos galileos que llegaban al templo con el Niño para presentarlo al Señor y la ofrenda de los pobres en sus manos supo reconocer, como lo saben hacer los ojos de la fe, que llegaba el Mesías de Dios. ‘Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz’, cantaba emocionado el anciano Simeón. Y la profetisa Ana ‘daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’. Las promesas del Señor se ven cumplidas y las promesas colmadas.
Nosotros venimos también a esta celebración de la presentación del Niño Jesús en el templo llenos de gozo porque sabemos también que venimos al encuentro del Señor. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, fue el grito de Cristo al entrar en el mundo, como nos recuerda y enseña la carta a los Hebreos. Está ya de antemano significado este grito de Cristo el que se sometiera a la ley de Moisés para hacer también la ofrenda de los primogénitos. No era solo someterse a un rito prescrito, sino era la expresión de Cristo de que siempre y en todo hacía la voluntad del Padre, de manera que llegaría a decir allá en Samaria junto al pozo de Jacob que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Esa quiere ser tambien nuestra actitud; esa es la ofrenda que nosotros queremos hacer al Señor; ese es el mejor cántico de alabanza que podemos cantar al Señor.
Esta fiesta profundamente cristológica se convierte para nosotros los canarios también en una fiesta mariana. Y esta es otra de las facetas de la celebración y fiesta de este día. La eucaristía la comenzamos con la procesión de las candelas, porque así con las luces de nuestra fe y de nuestro amor encendidas queremos ir al encuentro del Señor. Pero es una fiesta que por eso mismo ha recibido el nombre de la candelaria que es el nombre con que nosotros invocamos en nuestra tierra a la madre del Señor y madre nuestra.
Celebramos, pues, a la virgen de la Candelaria. Contemplamos y cantamos a María; con ella queremos también nosotros aprender a decir sí que siempre la voluntad del Padre sea la norma y el sentido de nuestra vida y con ella nos alegramos en esta fiesta en la que recordamos también como ella fue la primera misionera, la primera evangelizadora de nuestra tierra canaria. Hoy también todos los caminos de nuestras islas confluyen en Candelaria a los pies de la Virgen y nos unimos a su ofrenda, nos unimos a la fe y al amor con que ella acogió a Dios en su corazón, al Hijo de Dios en su seno para convertirse así en la Madre del Señor.
Y finalmente el tercer aspecto que hoy la Iglesia quiere destacarnos es la Jornada de la Vida Consagrada que el Papa Juan Pablo II instituyó para celebrar en este día. ‘Desde el año 1997, por iniciativa del beato Juan Pablo II, se  celebra ese día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, y los consagrados, con su modo carismático de vivir el seguimiento de Jesucristo, son puestos en el candelero de la Iglesia para que, brillando en ellos la luz del Evangelio, alumbren a todos los hombres y estos den gloria al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
En el presente Año de la fe convocado por el papa Benedicto XVI, la vida consagrada, en sus múltiples formas, aparece ante nuestros ojos como un signo de la presencia de Cristo resucitado en medio del mundo, expresión tomada de la carta apostólica Porta fidei (n. 15) y lema de dicha Jornada’.
Así se nos dice en el mensaje de presentación de esta fiesta. ‘Qué significa que los consagrados son un signo para el mundo de la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros?’ Se nos explica a continuación: ‘Los religiosos y religiosas, las vírgenes consagradas, los miembros de los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica, los monjes y monjas de vida contemplativa, y todos cuantos han sido llamados a una nueva forma de consagración, hacen del misterio pascual la razón misma de su ser y su quehacer en la Iglesia y para el mundo. Ellos y ellas, con su vida y misión, son en esta sociedad tantas veces desierta de amor, signo vivo de la ternura de Dios. Nacidos de la Pascua, ellos y ellas, por el Espíritu de Cristo resucitado, pueden entregarse sin reservas a los hermanos y a todos los hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, por el ejercicio de la caridad, en las escuelas y hospitales, en los geriátricos y en las cárceles, en las parroquias y en los claustros, en las ciudades y en los pueblos, en las universidades y en los asilos, en los lugares de frontera y en lo más oculto de las celdas’.
Nos queremos unir desde nuestra celebración a la acción de gracias de cuantos se han consagrado al Señor y quieren ser signo de la presencia de Cristo resucitado en medio del mundo. Nos unimos con nuestra oración pidiendo al Señor que derrame su bendición sobre sus corazones y no les falte la fuerza de la gracia para cumplir con este compromiso e ideal de sus vidas. Como queremos también pedir por el aumento de vocaciones; que muchos sean los llamados por el Señor que con la fortaleza de la gracia respondan a esta invitación del Señor.
Como termina diciendo el mensaje para esta jornada: ‘Tenemos ante nosotros, pues, un magnífico programa para este Año de la fe: renovar con entusiasmo la consagración, reavivar con alegría la comunión, y testimoniar a Cristo resucitado en la misión evangelizadora’.
Que María de Candelaria, nuestra madre y patrona, les alcance y nos alcance todas las bendiciones del Señor para que mantengamos siempre integra nuestra fe, intacta nuestra esperanza y resplandeciente nuestra vida por las obras del amor.

viernes, 1 de febrero de 2013


Una pequeña semilla que germina, crece y llega a dar fruto
Hebreos, 10, 32-39; Sal. 36; Mc. 4, 26-34
‘Con muchas parábolas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas…’ Quiere Jesús que entendamos bien su mensaje, que lleguemos a comprender en toda su hondura lo que es el Reino de Dios que nos anuncia y que viene a constituir. Pedagogo divino, lo podemos llamar, nos habla con imágenes, con parábolas acomodándose a nuestro entender. Así quiere ir sembrando día a día esa semilla del Reino en nuestro corazón que poco a poco ha de ir transformándonos por dentro para transformar también nuestro mundo.
Si en la parábola del sembrador de todos conocida y muchas veces reflexionada nos habla de las actitudes necesarias en nuestro corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios, hoy nos dice que sin embargo la fuerza del Reino de Dios no está en nosotros ni en quien nos lo proclama, sino que está en si mismo. Es una Palabra viva y llena de vida; una palabra que nos transforma interiormente. Nosotros solo tenemos que ser esa buena tierra que la acojamos.
‘El Reino de Dios, nos dice, se parece a un hombre que echa la simiente en la tierra…’ Una semilla que germina, que crece, que llega a dar fruto. Es la fuerza de la Palabra de Dios; es la fuerza de la gracia de Dios. Es la fuerza del Espíritu divina que está actuando en nosotros, en nuestro corazón. Es la gracia de Dios que  nos llena de vida. Hemos de tener fe en la Palabra de Dios; hemos de tener fue en el poder de Dios que se manifiesta en su gracia.
Y es que Dios actúa en nuestro interior, mueve nuestros corazones, nos inspira lo bueno que hemos de hacer, nos fortalece con gracia para que podamos responder. Sólo hemos de dejarnos llevar, conducir por la fuerza del Espíritu. Cuántas veces en la vida nos hemos dado cuenta de que hemos llegado a hacer una cosa buena que no nos creíamos capaces de hacerla, hemos superado unos obstáculos o dificultades que nos parecía que nos excedían, nos hemos sentido impulsados interiormente a hacer algo que quizá nunca se nos había ocurrido que podríamos hacer. ¿Simple casualidad o suerte? ¿Por qué no creemos en la gracia de Dios? ¿Por qué no creemos en la presencia del Espíritu que está actuando en nosotros?
En el Catecismo y en la teología hablamos de la gracia santificante que recibimos en los sacramentos y que por ejemplo en el Bautismo nos ha hecho hijos de Dios; pero hablamos también de las gracias actuales que son esas mociones del Espíritu que en cada momento o en cada situación vamos recibiendo para que en aquel momento con esa fuerza de la gracia podamos hacer el bien o superar aquella mala tentación. Ahí está esa fuerza de Dios, que aunque algunas veces parece que no somos del todo conscientes, sin embargo ahí está presente en nuestra vida para mantener esa fidelidad o para realizar ese bien que tenemos que hacer.
Nos habla de la pequeña semilla, insignificante en el caso del grano de mostaza, pero que puede producir mucho fruto, que como nos dice la parábola puede hacer brotar una planta grande en la que incluso puedan cobijarse las aves del cielo, según nos dice. Es la gracia de Dios que parte quizá de pequeñas cosas que nos puedan parecer insignificantes en nuestra vida, pero que son obras inmensas de la gracia con las que podemos dar gloria a Dios.
Pero es también lo que nosotros podemos hacer por los demás; es la pequeña semilla que nosotros podemos ir sembrando también en el corazón de los que están a nuestro lado a partir esas obras de amor que realicemos. No solo las cosa grandes o heroicas tienen su importancia, sino que a través del más pequeño detalle nosotros podemos hacer llegar la gracia de Dios a los demás, despertar su fe, ayudarles a caminar hacia Jesús.
No dejemos de sembrar esa pequeña semilla de nuestro amor cada día. Con la gracia del Señor pueden convertirse en obras grandes en los demás. Una simple palabra, como una sonrisa que surge de nuestros labios, un sencillo consejo o el ejemplo de nuestra fidelidad pueden ser momentos de gracia no solo para nosotros sino también para los demás. El Señor a nosotros también nos convierte en sembradores de buena simiente en el corazón de los que nos rodean.

jueves, 31 de enero de 2013


Con orgullo y alegría iluminados por Jesús queremos contagiar de fe a los demás

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Mc. 4, 21-25
La luz no es para esconderla debajo de la cama sino para ponerla bien alta para que ilumine, nos viene a decir Jesús. Un mensaje hermoso y comprometedor.
Ayer escuchábamos que ‘Jesús les enseñó mucho rato con parábolas como El solía enseñar’. Continuamos con las parábolas y las imágenes que son bien significativas. Nos habla de la luz, de la luz que no se puede esconder; de la luz que tiene que iluminar y para ello hay que ponerla en el mejor lugar. No se puede andar con luces tenues y que no iluminan; no podemos andar escondiendo la luz como si nos diera miedo de ella. Los que andan en tinieblas será porque no quieren que se vean sus obras porque quizá no son buenas.
Estas palabras de Jesús están dichas inmediatamente después de la parábola del sembrador. Podría haber sucedido que algunos se sintieran aludidos por la parábola en las diferentes tierras o preparación para recibir la semilla, y quizá no les gustara las palabras de Jesús que eran lo suficientemente claras. Por eso no dice que la luz tiene que iluminar. Su mensaje es un mensaje luminoso; el evangelio que Jesús está proclamando viene a traer luz y sentido a nuestra vida y a nuestro mundo.
Si es luz, tiene que iluminar; no lo podemos acallar ni ocultar; no nos podemos acobardar; no podemos tener miedo a la luz, sino todo lo contrario. Hemos de dejarnos iluminar, porque quizá pudiera haber muchas oscuridades en nuestra vida; porque quizá en esas oscuridades ocultamos cosas de nuestra vida que sabemos que no están bien pero que nos da miedo reconocerlo y cambiarlo; porque muchas veces tenemos el peligro de ir como sin rumbo por la vida, desorientados y dejándonos engatusar por falsas luces.
Necesitamos de esa luz de Jesús, de su evangelio, de su mensaje de salvación. Con Jesús a nuestro lado ya nunca estaremos desorientados. El es la luz y es el camino; El es la verdad y es la vida. Cómo necesitamos encontrarnos con Jesús; cómo necesitamos escucharle y seguirle; cómo tenemos que poner toda nuestra fe en El. La fe que tenemos en Jesús ilumina totalmente nuestra vida. Es el gozo y la alegría de la fe, el gozo y la alegría de habernos encontrado con Jesús.
Jesús nos dirá que El es la luz del mundo y que quien vaya a El y le siga no andará en tinieblas. Así tenemos que acudir a Jesús para dejarnos iluminar por su luz. ‘La Palabra era la luz verdadera venida a este mundo’, nos dirá Juan en el principio de su evangelio. ‘Y en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres’. Queremos iluminarnos por Jesús, queremos llenarnos de su vida. El se ha entregado por nosotros precisamente para arrancarnos de las tinieblas, para llenarnos de su luz y de su vida.
Pero Jesús nos dirá también que nosotros tenemos que llevar esa luz a los demás, que nosotros hemos de ser luz. ‘Vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra’. Con orgullo y con alegría al mismo tiempo que con humildad y con mucho amor hemos de mostrarnos llenos de luz. Tenemos que iluminar a los demás con la luz de Jesús. No podemos quedarnos de forma egoísta con esa luz solo para nosotros. La fe que ilumina nuestra vida ha de iluminar también a los demás. La alegría con que vivimos nuestra fe ha de contagiar de luz a los que nos rodean.
¿No sentimos tristeza cuando vemos a tantos que han perdido la fe y andan como sin rumbo por la vida? Ayudémosles a encontrarse con Jesús. Que no nos falte el ardor de ese espíritu misionero.

miércoles, 30 de enero de 2013


Las nuevas actitudes de nuestro corazón para acoger la sementera de la Palabra de Dios

Hebreos, 10, 11-18; Sal. 109; M. 4, 1-20
Hace unos días escuchábamos que ante la aglomeración de la gente que venía a escuchar a Jesús pidió que le ‘tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío’. Ya comentábamos entonces que en otros momentos del evangelio lo veríamos sentarse en la barca a la orilla del lago para enseñar a la gente. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. ‘Se puso a enseñar otra vez junto al lago y acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y el gentío quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato en parábolas como El solía enseñar’.
Les hablaba en parábolas del Reino de Dios. En ese lenguaje tan sencillo de las parábolas llenas de imágenes enseñaba a los pobres y a los sencillos que eran los que mejor sabían acoger la Palabra de Dios. Se complace en los humildes. Y serán los sencillos y los pequeños a los que se les revelará el Misterio de Dios, el Misterio del Reino de Dios.
Son necesarias unas actitudes nuevas en el corazón para poder acoger los misterios del Reino. Es una semilla que es sembrada en todo campo y todo campo debería de ser apto para acoger en su seno esa semilla que germine y llegue a dar fruto. La semilla es buena, pero sucede que no siempre esa tierra está debidamente preparada. Hoy nos está queriendo enseñar Jesús cual ha de ser la preparación de esa tierra, cuáles han de ser las actitudes de nuestro corazón.
La tierra arada y preparada para la sementera es una tierra abierta y limpia para que pueda en ella caer la semilla enterrarse para germinar y poder llegar a dar fruto. Los corazones endurecidos con la caparazón del orgullo o de la autosuficiencia, los corazones maleados por el pecado, los corazones que no tienen metas que vayan más allá de lo que tienen inmediatamente delante para buscar una satisfacción pronta y fácil, no son precisamente una tierra buena.
Es necesario dejar meter la reja del arado que revuelva la tierra y arranque todas las malas hierbas, abrojos y zarzales que ahogarán la buena semilla o la planta que comience a surgir o las tijeras de poda que limpiarán de ramajes inútiles que harían infructuosa la planta sembrada. Podría pensar la tierra que es dolorosa esa reja que desgarra la tierra, pero será lo único que la urdirá y la limpiará para que pueda ser tierra preparada. Pensemos en lo que tiene que hacer el buen agricultor para preparar la tierra para la siembra y cuántos sacrificios además han de hacer para el buen cultivo de la tierra y poder llegar a obtener generosos y abundantes frutos.
Dolorosa nos puede resultar la postura y la actitud de la penitencia y de la conversión del corazón que nos hará dar la vuelta la vida arrancando los vicios y las malas costumbres que se nos hayan enraizado, pero es el camino que nos llevará a ser esa tierra buena. Trabajoso será el camino que hemos de recorrer cuando queremos vivir nuestra vida cristiana con toda intensidad, pero solo los esforzados alcanzarán el Reino de los cielos, como nos sugiera Jesús en el Evangelio. ‘Dad los frutos que pide la conversión’, les decía el Bautista a quienes iban a él y los invitaba a preparar sus caminos para la llegada del Señor.
La parábola que nos describe esos tipos distintos de tierras en las que podrá germinar o no esa semilla plantada es muy rica en sugerencias para todo lo que hemos de hacer en nuestra vida para ser esa tierra buena que acoja la semilla de la Palabra de Dios. Vamos a querer acogerla con espíritu humilde y de sinceridad, reconociendo también cuantas cosas quizá haya que renovar en nuestra vida. Vamos a pedirle a pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría del Espíritu divino para que podamos en verdad no solo comprender mejor, sino mejor llevar a nuestra vida todo ese mensaje de salvación que Jesús nos anuncia cuando nos invita a vivir el Reino de Dios.
Mucho nos hace reflexionar esta parábola, como mucho será la que tengamos que cambiar en nuestro corazón para ser esa tierra buena. Que el Señor nos conceda el don de la conversión del corazón.

martes, 29 de enero de 2013


Estos son mi madre y mis hermanos, los que hacen siempre la voluntad de Dios

Hebreos, 10. 1-10; Sal. 39; Mc. 3, 31-35
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ La han venido a decir a Jesús que su madre y sus hermanos - su familia - están fuera y quieren hablar con El. Pero entonces surge la pregunta de Jesús. Entendemos claramente que no es que Jesús desprecie o no tenga en cuenta a su familia. Pero si entendemos que con Jesús se va formando una nueva familia.
El mensaje de Jesús quiere aunarnos a todos los que creemos en El. Todo lo que nos irá enseñando Jesús con las características del Reino de Dios que va anunciando y que quiere constituir con todos los que le seguimos quiere hacer surgir entre nosotros los lazos y los vínculos del amor. Un amor que nos llevará a sentirnos en una nueva comunión; un amor que nos hará sentirnos verdaderamente como  hermanos.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando una mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y miss hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Cumplir la voluntad de Dios; entrar en esos nuevos caminos de amor y de comunión; saber aceptarnos y comprendernos, ayudarnos mutuamente como si fuéramos hermanos, perdonarnos cuando tengamos alguna queja los unos con los otros, buscar siempre lo bueno para los otros.
Una verdadera familia, y en una familia siempre estará fundamentada en un amor auténtico y sincero, caminará siempre por esos derroteros. Los que seguimos a Jesús ya no solo porque haya unos vínculos de sangre y de afectividad entre unos y otros vamos a vivir ya siempre con ese nuevo estilo de vida, en esa comunión de amor. Somos la nueva familia de Jesús. La fe en Jesús nos une porque la fe en Jesús hará que nos amemos con toda sinceridad.
‘El que cumple la voluntad de Dios, la voluntad del Padre del cielo’. ¿Decimos que creemos en Jesús y en el Evangelio? ¿Aceptamos a Jesús porque llega el Reino de Dios? Creer en el Evangelio, aceptar el Reino de Dios significará que ya para siempre Dios es nuestro único Señor y en consecuencia lo que es su voluntad será para siempre la norma de nuestra vida. ¿No es eso lo que pedimos en la oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús? ‘Venga a nosotros tu reina… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’. Así pedimos. Pero no solo así pedimos sino que eso es lo que queremos hacer siempre.
Lo que hemos escuchado en la carta a los Hebreos tendría que ser como nuestra gran afirmación en todos los momentos de nuestra vida. Porque no es hacer otra cosa que lo que hizo Jesús. No es la ofrenda de cosas lo que tenemos hacer al Señor; no son los sacrificios ni los holocaustos. La verdadera ofrenda es nuestra vida, es nuestra voluntad. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Es lo que tiene que ser también nuestra oración, la afirmación rotunda que hagamos con nuestra vida, lo que ha de ser nuestro propósito para siempre: hacer la voluntad de Dios por encima de todo. No siempre será fácil. Nos sentiremos tentados muchas veces por muchas cosas. El orgullo y el egoísmo se nos meterán fácilmente en el corazón. Pero también en el padrenuestro pedimos la gracia del Señor para no caer en la tentación, para vernos siempre libres del mal.
Queremos ser la familia de Jesús porque queremos siempre y en todo momento hacer la voluntad de Dios. Que en verdad eso lo vivamos. Que en verdad nos sintamos así una sola familia. Que con toda sinceridad nos amemos y nos sintamos verdaderos hermanos. Nos gozaremos así del amor del Señor.

lunes, 28 de enero de 2013


Cristo Mediador de una Alianza Nueva

Hebreos, 9, 15.24-28; Sal. 97; Mc. 3, 22-30
 ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas’, hemos cantado y repetido con el salmo. Sí, un cántico nuevo, cantamos las maravillas del Señor. Cantamos a Cristo Jesús nuestro único Salvador, nuestro único Mediador, que ha derramado su sangre por nosotros, que intercede por nosotros y para eso ofrece su vida hasta derramar su sangre. ¿Queremos más motivos para cantar al Señor? Tiene que surgir ese cántico, esa alabanza, esa acción de gracias al Señor.
Nos ha dicho la carta a los Hebreos: ‘Cristo es el Mediador de una alianza nueva… con su muerte nos ha redimido de los pecados cometidos… ha entrado en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros’. No es el sacrificio de la antigua alianza en la que cada día se ofrecían sacrificios de animales queriendo ser gratos a Dios; es el Sacrificio de la nueva Alianza en su Sangre derramada de una vez para siempre para alcanzarnos el perdón de los pecados. Ya es el único y definitivo sacrificio; ya es la nueva y definitiva, eterna, Alianza. ‘De hecho, El se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’.
El autor sagrado en esta como catequesis que es toda la llamada carta a los Hebreos hace una comparación entre los sacrificios de la Antigua Alianza en la que los sacerdotes entraban cada día en el Santuario - como dice construido por hombres - para ofrecer los sacrificios que querían impetrar el perdón y la clemencia de Dios, con el Sacrificio único y definitivo de Cristo. Por eso nos dice que es ‘el Mediador de una Alianza Nueva’. Porque Cristo derramó su sangre de una vez para siempre.
Cuando nosotros celebramos la Eucaristía que estamos celebrando el Sacrificio de Cristo, porque estamos celebrando su pasión, muerte y resurrección, no estamos ofreciendo un nuevo sacrificio; estamos celebrando, haciendo presente, haciendo actual el único sacrificio de Cristo. Sobre el altar no se ofrece un nuevo Sacrificio. Se ofrece el Sacrificio de Cristo, el que El ofreció de una vez para siempre en el altar de la Cruz. Por eso lo llamamos memorial, como decimos en la plegaria eucarística. No es solo  hacer memoria, sino hacer presente aquel sacrificio de Cristo con todo su valor redentor.
Cristo se ofreció por nosotros, intercede por nosotros. Es el único Mediador porque solo de Cristo nos viene la gracia, nos viene la salvación que El ganó para nosotros en el sacrificio de la Cruz. Por eso ahora, como decíamos al principio recordando el salmo, queremos cantar ese cántico nuevo, esa alabanza al Señor, recordando las maravillas de su gracia y de su amor.
Finalmente una palabra del Evangelio. Seguimos contemplando la oposición a la obra y al mensaje de Jesús. Es el maligno que se resiste. Cristo viene a instaurar una vida nueva arrancándonos de las garras del mal, pero el mal sigue acechando y resistiéndose. Aquellos que ya no tienen argumentos para oponerse a la obra de Cristo, cuando además ven que todos vienen a buscar a Jesús, quieren escucharle y seguirle, se valdrán de todas las argucias posibles para hacerle frente; una actitud muy fácil pero también muy cobarde por la falta de argumentos es el querer desprestigiar. Cuántas veces actuamos nosotros así también en nuestra relación con los demás que cuando no tenemos nada bueno que decir, lo que queremos es desprestigiar, destruir corrosivamente al otro con nuestras críticas y nuestros juicios.
Por eso le acusan de que Jesús no está obrando rectamente, que detrás de lo que Jesús está haciendo está el maligno. ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios’, dicen con un argumento que en sí mismo no tiene sentido. ‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?’ les replica Jesús. Su pecado es mayor, imperdonable podríamos decir porque no ofrecen capacidad de arrepentimiento con lo que dicen. Y Jesús les explica y les da argumentos que en su ceguera no quieren reconocer.

domingo, 27 de enero de 2013


Despertemos la sensibilidad de nuestro espíritu para escuchar el hoy de la Palabra de Dios


‘Toda la gente seguía con atención la lectura del libro de la ley’, nos narra Nehemías en la primera lectura. ‘Toda la asamblea tenía los ojos fijos en El’, nos dice san Lucas de la sinagoga de Nazaret. ‘Y el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley’, se nos narra de aquella liturgia que ‘desde el amanecer hasta el mediodía’ se celebraba en medio de la plaza de la Puerta del Agua. ‘No estéis tristes, se les dice, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’.
Admirable lo que nos narra hoy la Palabra de Dios tanto de aquella hermosa liturgia del libro de Nehemías, como de la asamblea del sábado en la sinagoga de Nazaret. ‘Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… tus palabras son espíritu y vida… la ley del Señor es descanso del alma… instruye al ignorante y da luz a los ojos’. Así fuimos meditando y orando con el salmo mientras se nos iba proclamando la Palabra del Señor. ‘Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: Amén, amén. Y adoraron al Señor rostro en tierra’.
Esta liturgia que nos narran los textos sagrados, tanto en uno como en otro texto, nos viene bien contemplarla para tratar también nosotros de llenarnos del mismo fervor, entusiasmo, amor como expresa aquella gente por la Palabra de Dios. Era algo que les llenaba de alegría; se les ve ansiosos de escuchar la Palabra del Señor y no les importa que pasen las horas - desde el amanecer hasta el mediodía - y sin perder ni una palabra ‘seguían con atención la lectura de la ley del Señor’. Muchas preguntas quizá tendríamos que hacernos con sinceridad allá dentro de nuestro corazón.
Al iniciar los domingos, ahora en este tiempo ordinario, la lectura de evangelio de Lucas que nos va a acompañar todo este año, se nos propone por una parte el inicio, los primeros versículos, y por otra lo que sería luego su presentación pública en la Sinagoga de Nazaret. Hace referencia el evangelista a que ya otros han intentado dejarnos por escrito los hechos y dichos del Señor, y él ahora nos lo ofrece, ‘después de haberlo comprobado todo exactamente desde el principio’ nos lo deja escrito por su orden para que conozcamos la solidez de las enseñanzas recibidas.
Aparece una dedicatoria a Teófilo - que significa algo así como amigo de Dios -, personaje quizá importante en las primeras comunidades cristianas, pero que de alguna manera nos está personificando a todos - que nos podíamos llamar también los amigos de Dios - los que escuchamos y recibimos este evangelio, esta Buena Noticia de Jesús.
‘Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga el sábado como era su costumbre, y se puso en pie para hacer la lectura’. Cualquiera podía hacer la lectura y el comentario. El encargado de la sinagoga podía ofrecerlo a alguien que viniera de fuera o a quien se supiera que era maestro de la Ley. Quizá ya había llegado noticia de lo que Jesús hacía por otros lugares, porque ‘su fama se extendía por toda la comarca y enseñaba en las sinagogas y ya todos lo alababan’. Todo esto motivará el que se adelantara así para hacer la lectura en aquella ocasión.
El texto proclamado es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi porque El me ha ungido…’ Así comienza el texto. Allí está el ungido del Señor, efectivamente. Lo contemplamos hace dos domingo en el Bautismo del Jordán. ‘Mientras oraba se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma, y vino una voz del cielo; Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Así lo escuchamos entonces. De ello dará testimonio el Bautista. Hoy Jesús con las palabras de Isaías lo proclama: ‘El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido’.
Jesús es el que está lleno del Espíritu del Señor y nos viene a traer la Buena Nueva de la Salvación. ‘Creed en el evangelio, porque está cerca el Reino de Dios’, nos dirá por otra parte. ‘Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Es la Buena Noticia de la misericordia del Señor; es la Buena Noticia del amor infinito de Dios; es la Buena Noticia que libera nuestras vidas, que nos llena de luz, que nos hace vivir una vida nueva, que nos inunda la gracia del Señor.
Es la Buena Noticia que ahora se proclama con palabras - allí la Palabra de Salvación que es Jesús -, pero que luego veremos actuando llevando esa vida y ese perdón, inundándonos de la misericordia del Señor y de un amor que no tiene fin, cuando pasa en medio de nosotros haciendo el bien. Es la Buena Noticia de que borrará para siempre nuestras culpas y ya nunca tenemos que vernos oprimidos por el mal y por el pecado porque ha proclamado una amnistía total, ‘el año de gracia del Señor’.
Jesús está proclamando el texto de Isaías que no son simplemente palabras pronunciadas en otro tiempo sino que es Palabra que se realiza, que se hace presente ahora en el hoy de la salvación. La gente está a la expectativa, ‘fijos los ojos en El’, esperando una explicación que les va a resultar sorprendente. No les va a decir que eso que ha proclamado es anuncio de futuro para el que hay que prepararse. Les va a decir que eso es algo que ahora y allí, como ahora y aquí, se está realizando. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice.
Esa es la Buena Noticia: hoy, allí está la salvación; allí está el salvador. Es Jesús, el ungido por el Espíritu Santo. Todos tendrán que alegrarse. Los pobres reciben esa Buena Noticia; y veremos desfilar ante Jesús a los ciegos y a los cojos, a los sordos y a los paralíticos, a los leprosos y a todos los aquejados por algún mal, y los que se sienten atormentados en su espíritu y a los que les pesa el mal en el corazón, a los publicanos y a las prostitutas, a todos los que se sienten pecadores y quieren verse liberados del mal.
‘Ten compasión de mí’, le gritaran los ciegos y los enfermos; ‘si quieres puedes limpiarme’, le pedirán los leprosos; ‘ten compasión de este pecador’, confesará el publicano sin atreverse a levantar los ojos; ‘acuérdate de mi en tu reino’, le suplicará el ladrón a su lado desde su cruz; y la mujer pecadora llorará a sus pies y se los ungirá con caros perfumes y besos de amor; y Pedro llorará lágrimas amargas después de su negación tras la mirada de Jesús.
Será Jesús el que nos hablará de la misericordia del padre que acoge al hijo pródigo o del pastor que va a buscar la oveja perdida; será el que dirá a los pecadores ‘vete en paz y no peques más’, y al ladrón arrepentido ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’; será Jesús el que levantará al paralítico de su camilla diciéndole ‘tus pecados quedan perdonados’ y a la mujer pecadora le dirá que ‘sus muchos pecados quedan perdonados porque ha amado mucho’; el que le dirá a Zaqueo ‘hoy ha entrado la salvación a esta casa’, porque El no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Con toda razón fue la explicación que Jesús dio en aquel momento en la sinagoga de Nazaret. Pero es la misma palabra, hoy, que nosotros ahora escuchamos, porque también hoy llega la salvación de la misma manera a nuestra vida.
¿Lloramos nosotros de alegría por esta Palabra que estamos escuchando? ¿Sentimos la misma emoción en el corazón cuando escuchamos esta Palabra de salvación que también hoy se cumple en nosotros? Cuidado nos acostumbremos y ya no sea Buena Noticia que nos llena de alegría. Sería lo peor que nos podría pasar. Podría estar indicando la pobreza de nuestra fe. Despertemos nuestra fe en la Palabra del Señor; despertemos esa sensibilidad que hemos perdido en nuestra alma cuando nos acostumbramos a las cosas y ya no nos dicen nada. Sí, Despertemos la sensibilidad de nuestro espíritu para escuchar el hoy de la Palabra de Dios.