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viernes, 27 de febrero de 2009

El ayuno que yo quiero es...

Is. 58, 1-9

Sal. 50

Mt. 9, 14-15

En la oración litúrgica de este viernes de la semana de la ceniza hemos pedido al Señor ‘que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón’. No unos actos externos, sino algo que brote de lo hondo del corazón. Precisamente hacemos esta oración en el día penitencial de la semana que es el viernes, que en la cuaresma tiene la especial indicación de la abstinencia de carne.

En este sentido podemos decir que van las lecturas de la Palabra de Dios hoy proclamada. Por una parte en el evangelio ‘los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ Parecía que no se podía ser discípulo de un profeta, un hombre de Dios o un maestro espiritual sin realizar el ayuno. Pero ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?’ El sentido está claro. La llegada del Mesías es como un banquete de bodas – recordemos las parábolas de Jesús – y estando con el Mesías todo ha de ser la fiesta del banquete, no cabe el luto.

El profeta que hemos escuchado es un fuerte toque de atención, un grito que tiene que sonar fuerte en los corazones. ‘Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta…’ Así de fuerte tiene que resonar la Palabra de Dios, como una trompeta que toca a arrebato. Es una llamada de atención, una denuncia y un señalarnos un sentido nuevo. Decimos que queremos estar cerca del Señor y comenzamos a ofrecerle cosas. Surgen las ofrendas, los sacrificios, los ayunos. Pero mientras no escuchamos al Señor. Nos es tan fácil ofrecer cosas. Más difícil ofrecer los corazones, el hacer ofrenda de nuestra voluntad.

¿Qué es lo que nos pide el Señor? Quizá más bien tendríamos que preguntarnos qué es lo que nos ofrece. Pero miremos también lo que es el discurrir de nuestra vida mientras decimos que ayunamos o queremos oír la voz del Señor. Primero nos ha denunciado lo que nosotros hacemos. ‘Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad…’ Seguimos siendo interesados, no buscamos sino nuestro propio bien. Seguimos dejándonos arrastrar por nuestros orgullos y violencias, no terminamos de tener un dominio sobre nuestra propia vida. ‘¿Es ese el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?...¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?’

¿Cuál es el ayuno agradable al Señor? Lo que el Señor quiere es la misericordia y el amor en nuestro corazón. No nos contentemos con ofrecer cosas, sino ofrezcamos un corazón humilde, misericordioso y compasivo. Nos puede ser muy fácil ofrecer cosas, pero es mucho más costoso saber aceptar al otro, aunque no me caiga bien o me haya ofendido; controlarme para no dejarme llevar por la ira o por el orgullo, perdonar al que me ha tratado mal o me ha hecho daño.

‘El ayuno que yo quiero es éste. Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne’. ¡Cuántos cepos que romper, cuántas ataduras que desatar, cuantas barreras que eliminar, cuánto es lo que tengo que saber con partir con los demás! Cuando llenemos el corazón de amor y misericordia ‘entonces nacerá una luz como la aurora…’ alcanzaremos la verdadera salvación y daremos gloria a Dios con toda nuestra vida.

Es que un corazón humilde y lleno de amor es agradable al Señor. Como decíamos en el Salmo ‘un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’.

Haremos sí sacrificios y ayunos privándonos de muchas cosas, pero como un aprendizaje para saber poner nuestro corazón a tono para el Señor. Como decimos en los prefacios y ya hemos reflexionado ‘con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas… a dominar nuestro afán de suficiencia… refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu… nos enseñas a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad…nos das fuerza y recompensa…’ Aprendemos a decirnos no a nosotros mismos, para decir siempre Si a lo que es la voluntad del Señor que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida.

jueves, 26 de febrero de 2009

Os pongo delante la vida y la muerte

jueves de ceniza

Deut. 30, 15-20

Sal. 1

Lc. 9, 22-25

Jesús nos habla en el evangelio de hoy de ganar la vida y de perder la vida; que quien quiere ganar, pierde y que quien es capaz de perderla, gana. Visto así a primera vista podría parecer un juego de palabras, pero es mucho más. Sus palabras son: ‘Porque el que quiere salvar la vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’.

Por eso tendríamos quizá que preguntarnos ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús? ¿Qué es perder la vida para Jesús y qué es ganarla?

Nuestros parámetros o categorías son bien diferentes. Ganar será tener más, salir vencedor, y perder será ser derrotado o quedarnos sin nada. Vivimos en este mundo de locas carreras porque siempre queremos ser los primeros y los vencedores.

Por su parte el libro del eclesiástico nos ponía en dilema: ‘Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… os pongo delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición…’ Es cierto que todos queremos la vida; nadie quiere morir. Pero ¿cuál será ese vivir o ese morir?

¿Dónde está nuestra vivir? ¿el vivir sólo para sí o el ser capaz de vivir para los demás? Tenemos que contemplar la vida de Jesús, su actuar, sus palabras, sus obras, para darnos cuenta lo que en verdad era vivir para El. Nos enseñó a amar, pero El amó primero.

Si hoy escuchamos que Jesús nos dice ‘el que quiere seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’, es que ante El nos había dicho cuál era el camino que El había escogido. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Después que nos había dicho cuál era el camino de su vida, nos pide a nosotros seguirle por el mismo camino.

El sube libremente a Jerusalén sabiendo lo que allí le espera. ‘Doy mi vida libremente, nadie me la quita’, había dicho. Y sabiendo que en Jerusalén le esperaba la cruz, sube allá, aunque los apóstoles no lo entiendan y, como hemos reflexionado tantas veces, Pedro incluso quiera disuadirlo de subir a Jerusalén, porque eso no le puede pasar. Escogió el camino de la vida y de la bendición, vivir no para sí, sino para los demás.

Si nos dijeran a nosotros, a ti o a mí, tienes que morir, pero con tu muerte vas a salvar muchas vidas, ¿cuál sería nuestra reacción? Así, en frío, ¿qué es lo que haríamos? Porque podemos ser héroes en un momento extraordinario que seríamos capaces de arriesgarnos a meternos en un edificio en llamas por salvar la vida de los que están dentro. Podemos morir en el intento, pero no es que lo busquemos. Distinto es que nos digan que vamos a morir irremediablemente para salvar unas vidas. Se necesitaría un heroísmo especial. Y hasta quizá intentáramos buscar otras soluciones o remedios o ver si se puede salvar esas vidas sin tener que perder yo la mía. Pero el caso de Jesús es distinto.

‘El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’, nos está diciendo Jesús. Es necesario el heroísmo del amor de cada día. Pero no podemos amar con un amor así si no estamos bien plantados en el Señor. ‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor… será como un árbol plantado al borde de la acequia; da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin’.

Tenemos que enraizar nuestra vida en esa fuente de vida. Tenemos que meter hondamente nuestras raíces, nuestra vida, en el Señor. Sin esa fuente de agua viva de la gracia seríamos incapaces de amar con un amor como el que el Señor nos pide.

Que este camino cuaresmal que estamos iniciando sea ese ahondar las raíces de nuestra vida profundamente en el Señor para que nos falten nunca los frutos del amor.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Camino de un nuevo éxodo que nos lleva a la Pascua definitiva

Miércoles de Ceniza

Joel, 2, 12-18

Sal. 50

2Cor. 5, 20-6, 2

Mt. 4, 1-6.16-16

Todo se centra en la Pascua del Señor, en su muerte y su resurrección. Es el centro de la vida del cristiano, el centro de la vida de la Iglesia y en torno a lo cual gira toda la liturgia de la Iglesia. Por eso el camino que hoy iniciamos tiene esa meta, la Solemnidad de la Resurrección del Señor.

Como expresaremos en uno de los prefacios de este tiempo cuaresmal ‘por Cristo concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua’. Así iniciamos este camino de cuarenta días que nos recuerda el éxodo por el desierto del pueblo de Israel o también los cuarenta días de oración y ayuno en el desierto antes de comenzar la vida pública. ‘Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza…’

Es lo que expresamos en diferentes oraciones de la liturgia de estos días. Que podamos ‘llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual… merezcamos celebrar piadosamente los misterios de la pasión’ de Cristo. Por eso todo es una invitación a la renovación de nuestra vida, a la conversión. Es tiempo de gracia ‘para renovar en santidad a tus hijos…’ diremos en otro de los prefacios.

De ahí la importancia que tendrá en nuestro camino cuaresmal la Palabra de Dios que cada día escucharemos y asimilaremos en nuestro corazón. La liturgia es rica en la Palabra de Dios que cada día nos ofrece como un itinerario, con una gran catequesis que nos irá conduciendo a esa respuesta que hemos de dar al Señor con la santidad de nuestra vida.

Ello nos hará descubrir el gran regalo, el gran don que Dios nos hace con su gracia. Esa escucha de la Palabra, esa respuesta que iremos dando con nuestra vida, esa penitencia que realicemos en primer lugar nos enseña a reconocer y agradecer los dones que Dios nos da – ‘con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones’ – pero también será una buena escuela de aprendizaje para esa superación personal que día a día tenemos que realizar. ‘Dominar nuestro afán de suficiencia… refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa… y repartir nuestros bienes con los necesitados’. Cuántas cosas entran aquí en ese plan de renovación de nuestra vida cristiana que queremos emprender.

Hoy hemos escuchado con fuerza esa llamada del Señor a la conversión. ‘Convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones no las vestiduras… convertíos al Señor Dios vuestro’, nos repetía el profeta. ‘Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación’, nos gritaba el apóstol. De ahí esa respuesta que nosotros tenemos que dar con la autenticidad de nuestra vida como nos enseña por otra parte el evangelio. ‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’. ¡Qué hermosa imagen! No seamos ese saco roto que desaprovecha la gracia de Dios.

Pero fijémonos en el detalle. Nos dice ‘ahora es tiempo de gracia’. Ahora, hoy, en este momento, no mañana. Ahora tenemos que aprovechar esa gracia que Dios nos da, esa llamada que nos hace. No podemos pensar, mañana comenzaremos. Es ahora cuando el Señor nos llama y es ahora cuando tenemos que comenzar ya a darle nuestra respuesta. Un ahora y una respuesta que tiene que tener toda la carga y el compromiso personal.

Cuando el sacerdote ponga la ceniza de nuestra cabeza, como un reconocimiento de nuestra condición pecadora, nos dice: ‘Conviértete y cree en el evangelio’. Es el Señor el que te lo dice a ti de manera personal. No es un plural que se puede diluir pensando que es cosa que se dice a los demás. Es un tú personal que nos dirige el Señor al que tenemos que responderle con nuestro yo personal. Luego seremos la comunidad que se siente pecadora y que juntos hacemos ese camino penitencial y de conversión. Pero no podrá ser esa comunidad, si no está el yo de nuestra respuesta personal. Escuchemos, pues, esa llamada directa que el Seños nos hace a cada uno de nosotros. Conviértete, dale la vuelta al corazón. Conviértete y cree en la Buena Noticia de Jesús. Conviértete e inicia esa nueva vida que nos viene con la salvación que Jesús nos ofrece.

Así llegaremos a la celebración de la Pascua con corazón limpio y renovado, llenos de santidad y de gracia y podremos gustar profundamente toda la alegría de la resurrección del Señor.

martes, 24 de febrero de 2009

El oro se acrisola en el fuego

Eclesiástico, 2, 1-13

Sal. 36

Mc. 9, 20-36

‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mi y yo para Cristo’. Esta aclamación que hemos hecho al evangelio está tomada de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y en verdad que nos gloriamos en la Cruz de Cristo porque en ella está nuestra salvación. Pero nos gusta mirar a la Cruz cuando la lleva Cristo, pero ¿y cuando nos toca llevarla a nosotros? ¿La aceptamos de igual manera o nos rebelamos contra ella?

Efectivamente cuando aparece el dolor y el sufrimiento en nuestra vida, ya sea por la enfermedad, porque nos veamos llenos de incapacidades y debilidades, o porque los problemas nos acosan, bien que nos rebelamos, tratamos de quitarnos la cruz de encima, o nos preguntamos por qué ese castigo, qué hemos hecho para merecerlo.

La palabra hoy proclamada puede ayudarnos. Ayer comenzamos a leer unos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, el Eclesiástico, que ya mañana no seguiremos escuchando porque iniciamos la cuaresma con su ritmo propio de lecturas. Ayer se nos hablaba de la Sabiduría de Dios manifestada sobre todo en la Creación. Pero en lo que hoy hemos escuchado nos da luz para lo que nos planteábamos al principio.

Nos habla del oro que se purifica en el crisol. Efectivamente el oro cuando lo sacamos de la mina donde haya sido encontrado está lleno de escorias que sólo al fuego se pueden eliminar. Ha de pasar por el crisol del fuego que lo purifique y lo abrillante. Pues así nos dice de nosotros. ‘Porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama en el horno de la pobreza…’

Ese dolor, ese sufrimiento, esos problemas a los que nos tenemos que enfrentar tendrían que servirnos para purificar nuestra vida, para madurar. ‘No te asustes en el momento de la prueba… acepta cuando te suceda, aguanta enfermedad y pobreza…’ nos decía el libro del eclesiástico.

Pero, ¿dónde encontrar la fuerza para ello? ‘Confía en Dios que El te ayudará, espera en El y te allanará el camino…’ En el Señor vamos a encontrar nuestra fuerza y nuestra sabiduría. El Señor premia a los que confían en El a pesar de las pruebas y dificultades. Por eso hay que saber perseverar. Perseverar en la humildad y en la paciencia. ‘Fijate en las generaciones pretéritas: ¿quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿quién esperó en El y quedó abandonado? ¿quién gritó a El y no fue escuchado? Porque el Señor es clemente y misericordioso…’

Y del evangelio escuchado tres palabras clave: humildad, servicio y acogida. Es lo que contemplamos en Jesús antes de que El nos lo pida a nosotros. Anuncia hoy su entrega hasta la cruz y hasta la muerte. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado… lo matarán, y después de muerto a los tres días resucitará’. Es el que llevó el amor hasta el final, hasta el sacrifico, hasta la muerte.

Servicio. Después de este anuncio de Jesús que los discípulos no acaban de entender como siempre que nos sucede cuando se nos habla de sufrimiento y de entrega, todavía andaban discutiendo sobre quién iba a ser el mayor y más importante. Por eso cuando llega a casa, les dirá ‘que quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos’. Pero nos lo dice quien se hizo esclavo y lo contemplamos por ejemplo con el oficio de los esclavos lavándoles los pies a los discípulos en la última cena.

Acogida. Como Jesús acoge a todos, hasta el más pequeño o el más pecador. Es algo repetido en el evangelio. Y nos dice hoy: ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

¿Seremos así nosotros acogedores para los demás? ¿terminaremos de entender el valor que le damos a nuestra vida cuando la llenamos de amor?

lunes, 23 de febrero de 2009

Todo es posible para el que tiene fe

Eclesiástico, 1, 1-10

Sal. 92

Mc. 9, 13-28

El hecho que nos narra hoy el evangelio viene a ser para nosotros como una parábola o un ejemplo de lo que nos sucede en nuestra vida. Es ciertamente un hecho real lo que pos cuenta el evangelista, no es una parábola en el sentido estricto de las otras parábolas que Jesús nos propone en el evangelio, pero dada la ejemplaridad que tiene para nuestra vida cristiana digo es ‘como’ una parábola.

Muchas veces en la vida nos vemos zarandeados por las tentaciones que nos acosan y nos atraen al mal y nos sentimos como sin fuerzas y débiles para no dejarnos vencer por la pasión o por los apegos que pueda haber en nuestro corazón y de los que quisiéramos arrancarnos; o podríamos hablar también de las dificultades que tenemos que afrontar cuando quizá tenemos un proyecto bueno en nuestra vida pero que no sabemos cómo llevarlo adelante y todo son problemas a los que no vemos en principio un camino de solución; o simplemente pensamos en ese camino de superación y de crecimiento en nuestra vida como personas y como cristianos, pero donde nos cuesta avanzar y nos sentimos algunas veces débiles y desorientados.

Jesús baja de la montaña con los tres discípulos que han sido testigos de un hecho extraordinario que fue la Transfiguración. Se encuentran con gran revuelo entre el grupo de los discípulos restantes y la gente que los rodea. ¿Qué ha sucedido? ‘Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no le deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces’.

‘No han sido capaces…’ No somos capaces. Nos sucede igual tantas veces. Y Jesús se queja. ‘¡Gente sin fe!...’ ¿Inseguridad? ¿falta de creer en sí mismo? ¿dudas de que la victoria es posible? Hoy se nos dice continuamente que tenemos que creer en nosotros mismos. Que somos capaces de muchas cosas. Se nos habla de la autoestima y de valorarnos a nosotros. Todo eso está bien y es necesario. Pero también tenemos que caminar por un piso superior. No sólo vemos las cosas de tejas abajo. Hay un ámbito espiritual y sobrenatural que realmente nos sobrepasa. Tendremos que valorarnos, es cierto, pero también tenemos que saber a dónde tenemos que acudir, quién es de verdad nuestra fortaleza que nos dará esa autoestima pero que nos dará también la gracia sobrenatural que nos ayudará a vencer el mal.

Jesús entra en diálogo con aquel hombre. Hermosos detalles de la conversación de Jesús que se interesa por la situación concreta de aquel hombre y de su niño. Pero surge la súplica, hermosa súplica, de aquel hombre con dolor en su alma por lo que le pasa a su hijo. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’. Súplica hermosa, pero también con una duda en el alma. ‘Si algo puedes…’ De ahí la respuesta de Jesús. ‘¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe’.

Y viene ahora otra súplica si cabe más hermosa por la sinceridad y la humildad con que está expresada. ‘Entonces el padre del muchacho le gritó: Tengo fe, pero dudo, ayúdame’. Que bueno es que vayamos con humildad hasta Jesús. ‘Tengo fe, pero dudo…’ Dudamos, es cierto, tantas veces cuando pedimos. ¿Me lo concederá o no? ¿me escuchará el Señor o no? ¿será posible? ¿se realizará lo que pido? Somos débiles en nuestra fe y tenemos que reconocerlo. Somos débiles pero tenemos que pedir la fortaleza de la fe.

Dudo, Señor, se me llenan los ojos de tinieblas. Dudo, porque no he puesto toda mi confianza en ti. Dudo, Señor, porque quizá confíe más en mi mismo que en ti. Dudo, Señor, pero ayúdame a arrojarme en tus brazos, a confiar ciegamente en ti. Tú eres mi fuerza, mi fortaleza, mi roca de salvación. Dame la fuerza de tu Espíritu. Que me acompañe siempre tu gracia.

‘Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? El les respondió: Este espíritu solo puede salir con oración…’ Los discípulos observaban. Quizá se sentían frustrados porque no habían conseguido hacer aquello que Jesús les había enseñado e incluso mandado realizar. ‘Curad enfermos, expulsad demonios…’ Por eso preguntan. Pero la respuesta está en esas dos palabras clave: Fe y oración. No somos nosotros ni por nosotros mismos. Lo haremos en el nombre del Señor. A El hemos de estar unidos entonces por nuestra fe y por nuestra oración. Ya nos había día: ‘Sin mí no podéis hacer nada’. ¿Tenemos respuesta a lo que nos planteábamos al principio?

domingo, 22 de febrero de 2009

Levántate... y vete a anunciar la Buena Noticia de la Salvación

Is. 43, 18-19.21-22.24-25;

Sal. 40;

2Cor. 1, 18-22;

Mc. 2, 1-12


‘Nunca hemos visto una cosa igual…’ decían las gentes de Cafarnaún. La Buena Noticia de lo que Jesús decía y hacía corría de boca en boca y ‘cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún y se supo que estaba en casa, acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta’.

Algo nuevo estaba sucediendo, como decía el profeta. ‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?...’ Y en verdad era algo nunca visto. Jesús no sólo sana, sino que salva; no sólo cura, sino que perdona. Distintas eran las reacciones. Pero allí estaba Jesús y era una Buena Noticia su presencia, su vida, su Palabra, la gracia que derramaba, el perdón que ofrecía, la salvación que llegaba.

Vayámonos fijando en los detalles del Evangelio que hemos escuchado. La gente se agolpaba a la puerta de la casa y ‘Jesús les proponía la Palabra’. ‘Llegaron cuatro llevando un paralítico…’ y pronto se encontraron con la dificultad para poder llevarlo ante Jesús. Un paralítico en sus angarillas. La gente que no quiere dar paso porque todos querían estar cerca para escuchar. Luego será la desconfianza de algunos que aunque están allí cerca de Jesús están con recelo mirando lo que sucede e interpretando lo que Jesús hace.

Ya podemos descubrir la solidaridad de quienes conducen a aquel pobre hombre discapacitado. Y el amor toma iniciativas valientes y arriesgadas. Es lo propio del amor que no se duerme. Es el arrojo de una fe grande nacida del amor solidario. ‘Como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico’.

Jesús se admira de la fe de aquellos hombres y cuando todos pensaban que lo que iba a hacer Jesús era curarlo para que pudiera marchar restablecido, lo único que dice es ‘hijo, tus pecados quedan perdonados’. Y allí está la reacción de los que miraban recelosos a Jesús. ‘Unos letrados que estaban allí sentados pensaron para sus adentros: ¿Por qué habla así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’

‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?’ Allí estaba la salvación y el perdón. Allí estaba quien era nuestro Salvador y que venía a derramar su Sangre para el perdón de los pecados. ¿Era difícil de entender? ¿Harían falta ojos de fe para ver? ¿Habría que pedir más señales a Jesús para descubrir todo lo que El venía a hacer por nosotros? Un día esas señales serán claras. Ahora quedaba solamente el obsequio de la fe. ‘Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados… le dijo al paralítico; Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’.

Lo que hizo Jesús entonces lo sigue haciendo ahora con nosotros. No nos quedemos en lo antiguo, como nos decía el profeta. Tenemos que ver lo nuevo que está brotando ahora en nosotros, en la Iglesia, en el mundo. Y tenemos que comenzar por reconocer nuestras parálisis y discapacidades. Las que tenemos en el alma, en nuestro espíritu. ¡Cuántas cosas nos paralizan también! Habrá que pensarlo y analizarlo. Pero siempre habrá a nuestro lado hombres solidarios como aquellos que llevaron el paralítico hasta Jesús, que también quieran ayudarnos a que nosotros lleguemos también hasta Jesús.

También hay obstáculos y dificultades, es cierto. Como entonces, quizá algunas veces se creen barreras en torno a Jesús, a la Iglesia, a lo sagrado que quieran impedir que se pueda llegar hasta Jesús. Habrá también quienes no entiendan que nosotros acudamos a Dios, que tengamos fe, que pongamos nuestra confianza en el Señor, que vivamos unas actitudes y unos actos de índole religiosa. Bien conocemos campañas de ateismo que de una forma u otra quieran minimizar el hecho religioso en nuestra sociedad o quieran reducirlo simplemente al ámbito de lo privado.

Pero nosotros tenemos que seguir queriendo vivir nuestra fe, proclamarla con total valentía frente a los embates paganos de nuestro mundo. Tenemos que saber saltar todas las barreras que quieran interponerse porque queremos llegar hasta Jesús porque en El sabemos que está nuestra salvación y nuestra vida.

Jesús sigue ofreciéndonos su perdón y su salvación. A nosotros y a nuestro mundo, a todos los hombres. El perdón que Jesús nos ofrece libera al hombre en sus raíces más profundas. La curación que libera de ataduras al paralítico nos está hablando del sentido profundo de la salvación. Jesús nos libera del pecado que nos esclaviza y nos pone a caminar un camino nuevo de vida. Nos hace un hombre nuevo perdonado y liberado; un hombre nuevo que se deja conducir por la gracia y por el Espíritu; un hombre nuevo abierto a la solidaridad y al amor.

Ahora cuando nos sentimos así liberados por Jesús con su salvación, tendremos que ser nosotros los que traigamos a ese mundo paralizado por el pecado y por tanto mal hasta Jesús para que también Jesús lo libere y lo salve. El quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. ¿Qué barreras tendremos que saltar? ¿Qué techos que romper para que la gracia y el perdón de Jesús lleguen a todos? Aquí nosotros, como aquellos hombres del evangelio, tendremos que tener la iniciativa, el arrojo y valentía de la fe y del amor para buscar esos caminos, para buscar esa forma de que la Buena Noticia de Jesús pueda llegar todos y todos puedan alcanzar un día la salvación.

A nosotros Jesús también nos dice: ‘Levántate, coge tu camilla y vuelve a casa…’ vuelve a tu mundo, a los tuyos, a esa sociedad que te rodea y llévale la Buena Noticia de la salvación que tú has recibido. Recordemos que siempre que salimos de escuchar la Palabra y de celebrar la Eucaristía vamos enviados al mundo para hacer el anuncio del Evangelio de salvación de Jesús.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Nos recordarán por nuestra fe?

Hebreos, 11, 1-7

Sal. 144

Mc. 9, 2-13

¿Nos recordarán por nuestra fe? Sí, esa es la pregunta. Podrían recordarnos por muchas cosas. Pero ¿lo harán por nuestra fe?

‘Por su fe son recordados los antiguos’, nos decía la carta a los Hebreos. ‘La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve?' Por la fe nos fiamos de Dios, confiando en su Palabra. No vemos, pero creemos. Esperamos, porque creemos. Creemos, con amor y con esperanza.

Al concluir lo que podríamos llamar la primera parte del Génesis en esta lectura continuada de todos los días, hoy la liturgia nos ofrece este texto de la Carta a los Hebreos. No hace mucho tiempo la hemos escuchado en lectura continuada. Pero si hoy se nos ofrece este texto es porque hace como una lectura de aquellas primeras páginas de la Biblia.

Por la fe descubrimos la grandeza de la creación, pero más aún la grandeza e inmensidad del Creador. Pero nos habla también de la fe de Abel, que ofrecía el sacrificio más agradable al Señor. De Henoc, en quien Dios se complacía por su fe; de Noé, que creyó a Dios y construyó un arca para salvar a su familia… '' consiguió la justicia (la salvación) por su fe’. Una fe que ilumina, que hace la mejor ofrenda al Señor desde lo más hondo del corazón, que pone toda su confianza en Dios.

Pero de la fe nos habla también el evangelio escuchado. Siempre el Evangelio, la Palabra de Dios, es alimento de nuestra fe. Pero podríamos decir que en este acontecimiento que hoy nos narra, la Transfiguración del Señor que volveremos a escuchar en dos semanas una vez iniciada la Cuaresma, se fortalece la fe de los apóstoles.

Precisamente en textos anteriores contemplábamos la proclamación de su fe por parte de Pedro. El amor que sentía por Jesús, como entonces reflexionamos, le llevó a hacer aquella intensa declaración de fe. ‘Tu eres el Mesías’. Pero también recordamos cuánto le costaba entender a Pedro lo que anunciaba entonces Jesús. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado… ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya Pedro trataba de quitarle eso de la cabeza a Jesús porque no le podía suceder. Pero Jesús lo aparta diciéndole que lo está tentando como Satanás, ‘tu piensas como los hombres, no como Dios’.

Pero si el Hijo del Hombre tendrá que subir hasta la Cruz, el que le sigue no tiene mejor camino. Ha de tomar la cruz también para seguirle, escuchábamos ayer. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga’. Aquellas cosas desestabilizaban la fe de los apóstoles. No cabía en sus esquemas ni el sufrimiento para Jesús, ni el sufrimiento para quienes siguieran a Jesús. Pero es lo que Jesús nos anuncia. Es el camino para seguirle con toda fidelidad.

Por eso hoy escuchamos este texto, la transfiguración del Señor en lo alto del Tabor. Allí se manifestaba la gloria del Señor. Allí podríamos descubrir muy bien quién era Jesús, el Jesús que tenía que pasar por la pasión y la muerte. Allí se estaba vislumbrando la gloria de la resurrección, aunque los discípulos no entendieran eso de la resurrección. Pero el hecho quedaría grabado en sus almas y eso alentaría su fe cuando llegara el momento de su propia pasión. Porque Jesús iba a pasar por la pasión y la cruz, y para ellos era también pasión cuando no terminaban de entender el significado de todo lo que estaba sucediendo. ‘Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Pero la voz del cielo lo había señalado: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.

Necesitamos nosotros reafirmar nuestra fe, sentirnos seguros en ella. La necesaria fortaleza de la fe. Pueden venir tiempos difíciles como cada día nos aparece la tentación. Pero el camino por el que hemos optado de seguir a Jesús tiene que tener una certeza absoluta para nuestra vida. Nosotros sí podemos entender lo que significa la resurrección de entre los muertos, pero igualmente muchas veces nos podemos también sentir débiles en nuestra fe. Por eso necesitamos la fortaleza que nos da la gracia.

¿Nos recordarán por nuestra fe?

viernes, 20 de febrero de 2009

¿Cuál es la ganancia que me ha de preocupar de verdad?

Gén. 11, 1-9

Sal. 32

Mc. 8, 34-35

‘¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?’, se preguntaba Jesús. Ganar el mundo entero. Todos buscamos ganar. Pero ¿cuáles son las ganancias que nos preocupan o que más apetecemos? Dinero, riqueza, poder, fama, honores, suerte. Salud, pasarlo bien ahora, disfrutar de todo… Por ahí van las aspiraciones de muchos. ¿Nuestras aspiraciones también? Cuidado que no estamos exentos de esos deseos allá en lo más íntimo y oculto de nosotros mismos.

Bueno hoy lo vemos reflejado también el texto de la torre de Babel. Los hombres querían llegar al cielo. Se sentían poderosos y capaces de hacer grandes cosas. ‘Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra’.

El orgullo de querer ser grande nunca ha estado lejos de las aspiraciones de los hombres de todos los tiempos. ¿Qué es lo que leemos en las noticias todos los días? Cuántas manipulaciones y cuántas corruptelas con tal de ganar más o tener más influencia o para alcanzar el poder. Serán los políticos, serán los hombres de la economía, serán los del deporte, serán… la lista se nos haría interminable.

Pero ¿cuál es la ganancia que nos ofrece Cristo? ¿Ganar este mundo terreno, finito y caduco o ganar una vida eterna dichosa y feliz? ‘¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿qué podrá hacer para recuperarla?’ Es la pregunta de Jesús. Es el planteamiento de Jesús que nos habla de perder la vida para ganarla, que nos habla de que, quien busca una ganancia terrena como única meta, la perderá; que nos habla de cargar la cruz, de negarse a sí mismo para seguirle.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará’.

Esto de negarse a si mismo, de cargar con la cruz, ¿suena a masoquismo? Ni mucho menos. No es sufrir por sufrir. Es algo mucho más hondo. Se trata de dar un sentido a la vida desde el amor. Como lo hizo El. Es el amor el que da profundidad a la vida, el que le da verdadero sentido. Y si lo llegamos a comprender entenderemos bien las palabras de Jesús.

Cuando uno se da y se olvida de sí mismo es verdaderamente feliz. Algunos piensan en la felicidad simplemente como recibir para sí para engordar su bolsillo o su ego. Pero algo que nos enriquece mucho más. Es todo lo que podamos hacer por los demás. Esa es la mayor riqueza, la del amor. El darse y el amor es la riqueza más grande que le podemos dar al corazón.

Si amo, querré hacer feliz al otro, aunque eso me haga olvidarme de mi mismo. Pero no voy a perder, sino que voy a ganar porque mi amor incluso se vera enriquecido y tendré la más honda satisfacción dentro de mi mismo. Crecerá el amor, crecerá mi vida, crecerá, en consecuencia, mi felicidad.

Cristo se olvidó de sí mismo, no temiendo la cruz. Si seguimos su ejemplo, tomamos también nuestra cruz, lo hacemos con amor, podremos alcanzar la felicidad sin fin, eterna. Tendremos a Dios y es El quien nos llenará de la vida y de la dicha más plena. ¿De qué me valen las riquezas materiales, la fama o los honores si no soy capaz de darle plenitud a mi vida? Ya sabemos a cuánta confusión, división, enfrentamiento nos lleva cuando dejamos guiar la vida solo por el egoísmo y la ambición. El texto de la Torre de Babel nos lo refleja en la confusión de lenguas que es mucho más que hablar idiomas diferentes.

La plenitud la alcanzamos en el amor.

jueves, 19 de febrero de 2009

El amor verdadero es camino que nos lleva a la fe

Gén. 9. 1-13

Sal. 101

Mc. 8, 27-33

El amor es un camino que nos lleva a la fe, nos hace descubrir, nos hace sentir la fe; pero lo que algunas veces nos resulta más difícil es comprender toda la profundidad del amor que se hace entrega hasta el final, hasta el sacrificio.

Esto me ha hecho pensar el texto del evangelio de este día. Porque cuando vamos experimentando en nuestra lo que es el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta de tantas maneras, terminamos haciendo una profesión de fe en ese Dios que así nos ama, y queriendo darle la mejor respuesta de nuestro amor.

Los apóstoles habían convivido con Jesús, habían escuchado sus mensajes, contemplado su vida, admirado su entrega y su cercanía a todos, y no menos se habían sentido impresionado por sus milagros. Esta convivencia con Jesús que les hacía llegar a un conocimiento grande despertaba en ellos el amor pero les llevaría también a proclamar con toda intensidad su fe en El.

Tenía que ser alguien que venía de Dios. ‘Nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él’, exclamaría Nicodemo en su visita nocturna a Jesús. Y era lo que los apóstoles iban vislumbrando, como era también la impresión que iba quedando en todos los que conocían a Jesús y contemplaban sus obras.

Por eso cuando Jesús pregunta qué es lo que la gente piensa de El, esa fue la primera respuesta de los apóstoles constatando la opinión de las gentes. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?.... Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas…’

Pero Jesús quería saber más. Quería saber cómo pensaban ellos. ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’

El Pedro que un día dijera ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna’ El Pedro que rotundamente le dijera a Jesús, ‘Te seguiré a donde quiera que vayas’. El Pedro que finalmente hiciera aquella triple profesión de amor. ‘Tú sabes que te quiero…’ es el que ahora primero salta para proclamar desde su amor su fe en Jesús. ‘Tú eres el Mesías’. En el relato del evangelio de Mateo – más amplio – dirá que Jesús es el Hijo de Dios.

Es el amor quien se lo ha revelado. Allá en su corazón el Padre del cielo le puso esta revelación, pero fue un corazón lleno de amor por Jesús el que supo captar ese mensaje divino en su corazón.

Pero ahora vendrá lo más difícil. Porque Jesús le dice que sí, que ese amor será entrega hasta el final; que ese amor será el más grande cuando se es capaz de dar la vida por el amado; que el vivirá esa entrega, que El dará su vida; que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser entregado y condenado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y los letras, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.

Un amor así es difícil de comprender. Por eso Pedro tratará de convencerlo de lo contrario, de que a Jesús no le puede pasar nada de eso. ‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero Jesús se volvió… e increpó a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!’ Apártate de mí que me estás tentando como el diablo.

Y es que para entender un amor así hay que tener algo de Dios en el corazón. Ser capaces de negarnos a nosotros mismos, llegar incluso a entregar la vida, sólo se puede hacer cuando estamos llenos de Dios. Nos rebelamos también nosotros tantas veces, cuando llega la hora del sacrificio, del amor hasta el final, de poner amor hasta ser capaz de dar generosamente el perdón, de olvidarnos de nosotros mismos o de nuestros intereses.

Pero ese es el camino de amor en el que nos pone Jesús. El caminó delante de nosotros. Y tenemos que seguir sus pasos, aunque sea muchas veces poner los pies de nuestra vida en las huellas que El nos va dejando en el camino. Pero sólo así podemos hacer la más hermosa profesión de fe, porque estará unida a la más honda profesión de amor. Pero para ello dejemos que Dios actúe en nuestra vida, sea El quien mueva nuestro corazón. Descubriremos entonces que no está tan lejos la fe del amor, sino todo lo contrario, tienen que estar íntimamente unidas.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El Diluvio prefigura el nacimiento de una humanidad nueva en Cristo

El Diluvio prefigura el nacimiento de una humanidad nueva en Cristo

Gen. 8, 6-13. 20-22

Sal. 115

Mc. 8, 22-26

El creyente sabe tener una mirada de fe para saber leer con una mirada distinta. Una mirada creyente, la vida, los acontecimientos, la historia personal, todo lo que lo rodea. Se es creyente no solo por que se admita la existencia de un Ser Superior que está por encima de todo al que llamamos Dios, sino porque tenemos la certeza de que ese Dios en el que creemos interviene en nuestra historia y en nuestra vida. El creyente sabe descubrir ese actuar de Dios, sabe oír su voz y también lo que es la voluntad divina sobre su vida.

La historia de la salvación que nos trasmite la Biblia viene a ser así esa lectura creyente del pueblo de Dios sobre su historia y su vida. Lectura creyente inspirada por el mismo Dios para hacer entonces que lo contenido y revelado en la Biblia se convierta para nosotros en Palabra de Dios. Así los grandes acontecimientos de su historia igual que todo lo acontecido como las grandes catástrofes naturales como el diluvio universal que hoy hemos escuchado en el libro del Génesis.

¿Qué significado tuvo el diluvio universal y qué significado sigue teniendo para nosotros los cristianos hoy? Podemos pensar que algo ocurrido allá en la penumbra de los tiempos poco puede significar para nosotros hoy.

En el texto que estos días venimos escuchando – ayer el propio relato del diluvio, hoy su conclusión y la vuelta a la tierra firme de Noé, su familia y todos los animales recogidos en el Arca, mañana el pacto o Alianza realizado por Dios con la humanidad – se nos habla de esa purificación de una humanidad que se había vuelto perversa y se había apartado de los caminos de Dios. ‘Al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra, y que todo su modo de pensar era siempre perverso…’ nos dice el texto sagrado.

Pero hoy hemos escuchado que Dios dice que ‘no volveré a maldecir la tierra a causa del hombre, porque el corazón humano piensa mal desde su juventud…’ como queriendo anunciarnos que no será el castigo sino la salvación lo que Dios nos ofrecerá. Podemos vislumbrar aquí cómo Dios nos entregará a su Hijo para que derramando su Sangre en la Cruz seamos purificados de esa maldad que existe en el corazón del hombre. Por eso hará un pacto, una alianza, que es figura de la Alianza que un día hará en el Sinaí, pero que tendrá su culminación en la Sangre de la nueva y eterna Alianza realizada por Cristo con su muerte en la Cruz.

Y aquí es donde podemos encontrar el significado que pueda tener para nosotros. Es una referencia al Bautismo y a nuestra incorporación a Cristo por nuestra participación en el Misterio Pascual en el Bautismo. En la noche de la Vigilia Pascual, al bendecir el agua bautismal, precisamente se proclama. ‘Oh Dios, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad’. Una figura, pues, el diluvio de nuestro bautismo que nos hace nacer a una humanidad nueva, nos hace hombres nuevos. Una figura del Bautismo que nos purifica y no ya en el agua ni del diluvio ni del Jordán, sino en la Sangre derramada de Cristo por nosotros. Somos ese hombre nuevo, lavado y purificado, arrancado del pecado, llamado a la gracia y a la santidad.

Maravilla de nuestro Bautismo que no acabamos de meditar y comprender lo suficiente. Por eso con la antífona del Aleluya a la aclamación del Evangelio y con palabras de san Pablo en la carta a los Efesios, que el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos la esperanza a la que nos llama.

El evangelio nos ha hablado de la curación de un ciego por parte de Jesús. Tocado por Jesús aquellos ojos se llenaron de luz para comenzar a ver. Que nosotros tocados igualmente por Jesús, nuestra vida se llene de Luz, para que comprendamos el misterio de gracia que nos viene en Jesús y del que nos hemos hecho partícipes desde el Bautismo.

martes, 17 de febrero de 2009

¡Cuidado con la levadura de los fariseos y la de Herodes!

Gén. 6, 5-8; 7, 1-5.10

Sal. 28

Mc. 8, 14-21

¡Bien necesitaríamos nosotros escuchar esa recomendación que Jesús hace hoy! ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’.

Sin embargo, como vemos, los discípulos no acaban de entender y ya están pensando que Jesús se los dice porque no fueron precavidos y no llevaban sino un pan en la barca. Y ¿qué era un pan para tantos? se preguntan igual que allá en el desierto. Pero Jesús les recuerda que en las dos ocasiones de la multiplicación de los panes sólo tenían unos pocos y recogieron buena cantidad de sobras en cestos. ‘¿Es que no acabáis de entenderlo?’

La levadura es lo que se utiliza para que la masa pueda en verdad ser buen pan a la hora de cocerlo, con su propio sabor y su propia contextura. Por eso Jesús quiere decirles mucho más de lo que ellos están pensando. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’. Tened cuidado con que se os metan en la vida las costumbres y la manera de hacer de los fariseos o de Herodes. Cuidado no penséis en la vida solo como una fiesta y un pasarlo bien en continuas orgías como Herodes. Cuidado con la falsedad y las hipocresías, las apariencias o el contentarse con el cumplimiento de minucias, como hacen los fariseos.

Tener cuidado hemos de tener nosotros también no se nos pegue el espíritu del mundo; caigamos en la superficialidad, en la frialdad del espíritu, en no darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Para mucha gente todo es igual o tiene la misma importancia. Muchos como filosofía de la vida lo piensan en pasarlo bien y rehuyen todo sacrificio o toda entrega comprometida. Es que todo lo hacen. Es que yo no voy a ser diferente. Es que yo no soy el que me voy a comprometer. Es que… y ponemos mil disculpas.

Estamos expuestos a muchas influencias. Hay muchas formas diferentes de pensar a nuestro alrededor. Se habla de la libertad de pensamiento y de opinión. Pero nosotros, si nos llamamos cristianos, hemos de tener bien claros nuestros principios. Saber donde está de verdad nuestro sentido y nuestra razón de ser y no dejarnos influenciar por nada ni por nadie. Porque sutilmente se nos van metiendo las ideas, las costumbres, y hacemos dejación de lo que para nosotros es fundamental.

Por eso el cristiano tiene que buscar el sentirse seguro de sí mismo, de su fe. Lo que llevaría a un preocuparnos por formarnos seriamente en nuestra fe. Hemos de saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Mucha será entonces la reflexión que nos hagamos. Mucho en lo que tenemos que profundizar. Mucho en lo que tenemos que escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón el mensaje de los evangelio. Mucho lo que tenemos que buscar unos buenos y verdaderos cauces de formación. Para que lleguemos a una fe madura, una fe comprometida, una fe que llegue a dar el fruto que el Señor nos pide, a que lleguemos a ser entonces también nosotros buena levadura, levadura del evangelio, en la masa de nuestro mundo.

Será, entonces, la oración, la reflexión, el estudio, la formación profunda. Para que podamos llevar la auténtica fe a los demás. Para que podamos entrar en diálogo también con los hombres de nuestro tiempo. Para que logremos así impregnar del Espíritu de Jesús, del espíritu del Evangelio – evangelizar – ese mundo en el que vivimos.

lunes, 16 de febrero de 2009

Pon una fuente de alegría en el desierto de mi corazón

Gén. 4, 1-15.25

Sal. 49

Mc. 8, 11-15

Con el pecado entró la muerte en el corazón del hombre. Lo contemplábamos en versículos anteriores cuando nos narraba la tentación de Adán y Eva y su pecado. La página del Génesis que hoy escuchamos nos habla de Caín y Abel. Y nos habla de las consecuencia de ese pecado y de la maldad que se va introduciendo en el corazón de los hombres, en este caso de Caín.

No era agradable la ofrenda que hacía Caín al Señor, mientras que la de Abel que ofrecía las primicias y la grasa de sus ovejas – imagen que quiere expresar cómo ofrecía lo mejor de sí mismo y de su trabajo – sí era agradable al Señor.

‘Caín se enfureció y andaba abatido… ¿Por qué te enfureces y andas abatido?, le dice el Señor…. Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero si no obras bien, el pecado acecha a tu puerta; y aunque viene a ti, tú podrás dominarlo…’ La tentación acecha, pero la tentación se puede vencer. Caín se dejó vencer. Ya conocemos cómo continúa la escena con el crimen de Abel. Pero la conciencia le remordía. ‘Mi culpa es demasiado grande para soportarla… tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo…’ Vuelve a repetirse la reacción de Adán y Eva que se ocultaron de Dios entre los árboles del jardín.

Nosotros tenemos una seguridad y una certeza: la misericordia del Señor que es infinita y nos ofrece su perdón. Ya allí mismo en el paraíso Dios había prometido un Redentor, quien iba a escachar la cabeza de la serpiente y del mal. Tenemos un Salvador, Cristo Jesús, que nos redime de nuestra culpa, pero que aún más es nuestra fortaleza y nuestra defensa frente a la tentación del mal y del pecado. Cristo nos ha redimido. Cristo nos deja su gracia.

Andamos también errantes y como por un desierto inhóspito cuando nos vemos envueltos por el pecado. Cardos y espinos envuelven nuestra vida y todo se convierte en un sequedal cuando nos alejamos del Señor y nos metemos en el mal y en el pecado. Pero podemos acudir al Señor para que El nos conceda su perdón y su gracia.

Esta página es bien reflejo de nuestra vida y de la realidad de nuestro mundo. Violencias, discordias, orgullos no apagados, envidias que nos corroen, zancadillas que quieren hacer caer a los demás, amarguras y resentimientos, luchas y rivalidades… En nuestra vida personal, en lo que contemplamos a nuestro alrededor; en el pequeño ámbito de los que están más cerca de nosotros en la familia, entre vecinos, en el mundo del trabajo en el que nos movemos. Pero también a los grande que provoca guerras y contiendas, luchas por el poder ya sea político, económico o en la vida social… Los periódicos cada día nos traen noticias de todo ello.

Hay un Himno en la liturgia de las horas que nos dice: ‘Hoy sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón. Para que nunca la amargura sea en mi vida más fuerte que el amor, pon, Señor, una fuente de alegría en el desierto de mi corazón…’

Cada día lo pedimos al Señor, pero hagámoslo de forma consciente. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Ponemos nuestro esfuerzo y nuestra voluntad, nuestra determinación y la lucha personal, pero pensemos que no lo hacemos solos. Lo podremos lograr, la victoria del amor y de la gracia, con la fuerza del Señor.

domingo, 15 de febrero de 2009

¿De qué lepra tendrá que limpiarnos Jesús?


Lev. 13, 1-2.44-46;
Sal. 31;
1Cor. 10, 31-11, 1;
Mc. 1, 40-45

Lo primero que se me ocurre decir tras escuchar este evangelio es que Jesús viene rompiendo moldes porque lo que quiere es darnos una nueva vida. Y es que tenemos que decir que también para los leprosos era la Buena Noticia de Jesús. Una Buena Noticia que les ofrecía algo nuevo y distinto. Los pobres son evangelizados, a los pobres se les anuncia una Buena Noticia, proclamaba Jesús al inicio de su vida pública en la Sinagoga de Nazaret.

Los gestos de Jesús que hoy contemplamos en el Evangelio, dejando que el leproso se acerque hasta El e incluso tocándole directamente con su mano, vienen a expresar toda ese rompimiento de moldes que decíamos y lo nuevo que Jesús quiere realizar. La lectura del levítico nos ha explicado perfectamente lo que eran las costumbres o la forma en que eran tratados los leprosos. Se les consideraba seres impuros y habían de vivir aislados del resto de la comunidad apartándose de todos. Pero en el hecho del evangelio de hoy todo eso se cae por tierra cuando ‘se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas’. Pero aún más cuando Jesús, ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó…’

La situación del leproso es una buena imagen de lo que significa para todos la Buena Noticia de Jesús. Y la Buena Noticia de Jesús no es una palabra que se lleva el viento sino que era Palabra encarnada en la vida del hombre; Palabra transformadora que nos pone en un nuevo camino; Palabra que anuncia vida y que da vida; Palabra que sana y que salva; Palabra creadora de un hombre nuevo. Y es que la presencia de Jesús va transformando la vida y los corazones.

El leproso, como decíamos, por sí mismo, por su enfermedad, era considerado impuro y se le impedía vivir en medio de la comunidad, pero al sentirse limpio por Jesús y reintegrado de nuevo a la vida de la comunidad, y es, en consecuencia, una buena imagen del hombre que necesita ser redimido y salvado. Esa transformación que se produce desde su encuentro con Jesús nos está hablando de esa transformación que también se produce en nosotros cuando nos encontramos con Cristo en nuestra vida.

Pero ¿de qué lepra querrá limpiarnos hoy Jesús? ¿qué lepras pueden seguir habiendo los discípulos de Jesús?, o ¿de qué lepras tendremos que limpiar al mundo que nos rodea?

Es fácil responder que del pecado. Por supuesto que Cristo viene a limpiarnos del pecado que para eso ha derramado su sangre por nosotros. Siempre el pecado produce ruptura no sólo con Dios sino también con nuestros hermanos, con la Iglesia y por eso el sacramento que nos da el perdón de los pecados lo llamamos sacramento de la reconciliación, porque es reencuentro con el Señor pero reencuentro también con los hermanos, con la comunidad, con la iglesia.

Pero creo que tenemos ver esa realidad de pecado de una forma concreta en nuestra vida o en nuestro mundo. Por ejemplo, si decíamos que la lepra discriminaba al leproso produciendo una separación o un rompimiento con los demás, tendríamos que preguntarnos ¿qué cosas hay en nosotros, en nuestra vida que nos separan o nos distancian de los otros?, o ¿en cuántas cosas nosotros podemos ser causa de separación o distanciamiento que se tengan hacia los demás?

Muchas veces con nuestras actitudes ponemos barreras y distancias en nuestra relación y trato con los otros y algunas veces casi no nos damos cuenta. Por ahí anda metido en muchas ocasiones nuestro orgullo que nos hace creernos en una postura superior. Puede ser muchas veces la indiferencia que mostramos hacia los otros. Hacemos discriminación entre quien nos cae bien y quien no nos es tan agradable, entre quien piensa como nosotros o tiene opiniones distintas y esto en muchos aspectos de la vida. O también nos puede suceder que nos aislamos nosotros quizá desde nuestros complejos de inferioridad encerrándonos en nosotros mismos.

Jesús, que es el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, lo veremos siempre con esa actitud acogedora, de compasión y de amor, de misericordia y de perdón. Cuánto nos enseña para ese estilo acogedor que hemos de tener siempre para el hermano, sea quien sea, venga de donde venga, pase por la situación que pase de enfermedad, de discapacidad o de lo que sea. Que este punto sigue siendo aún muy candente en la sociedad en la que vivimos.

Vivimos, es cierto, en un mundo donde ya hay mucho intercambio de personas de unos lugares a otros, pero algunas veces puede costarnos esa acogida a los que no son como nosotros porque son de otra raza, de otra lugar o de otra religión. Surgen muchas veces brotes de racismo o xenofobia en nuestra sociedad que decimos tan globalizada. Y en eso no podemos caer nosotros los cristianos.

Acudamos también nosotros hasta Jesús como el leproso del Evangelio. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decimos también nosotros. También muchas cosas tendrá que Jesús que limpiarnos y perdonarnos. También queremos escuchar la Palabra de Jesús que nos dice ‘quiero, queda limpio’. Una Palabra de Jesús que nos sane, que nos dé vida, que nos transforme. Una Palabra de Jesús que nos impulse a nosotros también a ir hacia los demás para ayudar, para llevar amor y comprensión; una Palabra comprometedora que nos haga acercarnos a nuestro mundo, a ese mundo que tenemos que transformar en el nombre de Jesús poniendo amor y poniendo esperanza.