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viernes, 4 de febrero de 2011

El martirio de Juan nos habla de testimonio valiente y de congruencia en la vida


Hebreos, 13, 1-8;

Sal. 26;

Mc. 6, 14-29


‘Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él’. ¿Quién es este Jesús? ¿quién es este hombre? Se preguntaba Herodes. Las preguntas y posibles respuestas se parecen a lo que un día Jesús preguntara a sus discípulos, como nos cuenta Mateo, y las respuestas que estos le daban. ¿Será un profeta, como los antiguos, que habrá aparecido? ¿será el Mesías anunciado y prometido? ¿será Juan Bautista que ha vuelto a la vida? ‘Herodes, al oírlo, decía: es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado’.

Esto motiva al evangelista a narrarnos el martirio de Juan y a establecer de nuevo una estrecha relación entre Juan y Jesús, entre el que había sido el precursor y el Mesías Salvador; de alguna manera a corroborar con el testimonio del Bautista hasta derramar su sangre y dar su vida en fidelidad a la verdad y al bien, y la entrega de Jesús para conducirnos a la verdad de la vida eterna y verdadera. Cuánto nos puede enseñar.

Ya hemos escuchado el evangelio y conocemos los detalles. Muchas veces habremos reflexionado sobre el. Juan en la cárcel encandenado por denunciar la vida corrupta del rey Herodes. Al mismo tiempo una incongruencia: ‘Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía’, pero lo tenía en la cárcel, terminaría decapitándolo dejándose arrastrar por las insidias de Herodías. Ya vemos cómo los respetos humanos y las alegres promesas de momentos de euforia, le llevan a claudicar y mandarlo a decapitar. El mal que aparentemente parece que vence sobre el bien, porque el odio de una persona lleva a la muerte al Bautista. El odio, la incongruencia, la cobardía…

Pero la sangre derramada no será inútil e infructuosa, porque es un testimonio, es un testigoPublicar entrada que nos despierta para el bien. Es la sangre de la fidelidad como lo será a lo largo de la historia la sangre de tantos mártires que por la fe y por la verdad han entregado su vida. Es un anuncio también del camino de Jesús que le llevaría hasta la cruz.

Creo que tiene que hacernos pensar. Nos daría para muchas reflexiones. Nos tiene que animar mucho en nuestra fe y en el testimonio que de ella tenemos que dar en todo momento aunque sea costoso. Porque además en el fondo nos está hablando de un triunfo final. Nos podrá ser doloroso ese testimonio de nuestra fe que tenemos que dar, pero con Cristo tenemos asegurada la victoria, porque para eso El nos da su Espíritu, como tantas veces hemos reflexionado.

Pero esas incongruencias de Herodes también nos hacen pensar en esas incongruencias que muchas veces tenemos en nuestra vida. Cuando sabemos el bien que tenemos que hacer, pero no lo hacemos; el testimonio que tendríamos que dar de nuestra fe, y nos echamos atrás; ese mal que tendríamos que evitar, pero que sin embargo nos dejamos arrastrar.

¿Debilidad? ¿cobardía? ¿respeto humano? ¿miedo al qué dirán? ¿falta de decisión? ¿tentaciones que no dominamos? Muchas cosas se nos atraviesan en el alma tantas veces y no hacemos lo que tendríamos que hacer. Y eso nos pasa en muchas situaciones de la vida. Nos decimos cristianos, seguidores de Jesús pero luego no comportamos en consecuencia con esa fe que decimos que tenemos. Y las consecuencias de esa fe pasan por el camino del amor, y ya sabemos cuánto nos cuesta a veces.

Pidámosle al Señor que nos dé valentía y fortaleza para dar en todo momento ese testimonio cristiano de nuestra fe. Que no nos dejemos enturbiar por esos miedos o cobardías, sino que siempre brillemos con esa luz de nuestra fe y de nuestro amor. Tenemos que ser unos testigos que demos testimonio valiente de Jesús por todas las obras buenas que realicemos. Congruencia de una fe manifestada en la vida y con las obras.

jueves, 3 de febrero de 2011

Generosidad, disponibilidad, libertad de todo apego porque nuestra fuerza es el Señor


Hebreos, 12, 18-19.21-24;

Sal. 47;

Mc. 6, 7-13

Un nuevo aspecto podemos encontrar hoy en el texto del evangelio de la acción salvadora de Jesús. Hasta ahora le hemos visto a El recorriendo caminos y pueblos de Galilea y Palestina anunciando el Reino, curando de todo tipo de mal. Ha escogido un grupo de discípulos que le siguen más de cerca y le acompañan por todas partes. Ahora El quiere prolongar su acción misionera y salvadora a través de sus discípulos.

‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’. Jesús envía a sus discípulos, a los que ahora llamará apóstoles con su misma misión y para que realicen las mismas obras que El realizaba. Anunciar la Buena Nueva y curar enfermos, liberar a los que sufrían de todo mal. La misma obra de Jesús. Es la misión y el envío de los Apóstoles.

A alguien le podría parecer extraño las recomendaciones que hace Jesús en su envío. Sólo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias, pero nada más. ‘Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja… ni una túnica de repuesto’.

¿Qué significarán esas recomendaciones que les hace y esa pobreza con que han de ir? Decimos es la misma obra y misión de Jesús; ha de ser, entonces, la misma manera de actuar de Jesús. Es el desprendimiento total que evita apegos o deseos de poder, como en otros momentos recomendará. Como caminaba Jesús. Recordamos que no hubo ni sitio en la posada para su nacimiento. ‘El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, le dijo en una ocasión a alguien que quería seguirle.

No podemos buscar seguridades humanas. Nosotros que cuando emprendemos cualquier tarea queremos tenerlo todo previsto y los medios necesarios para poder realizarlo. Pero la obra evangelizadora no se apoya en medios o fuerzas humanas. Algunas veces en nuestra tarea evangelizadora olvidamos estas recomendaciones del Señor. ¿Nos faltará a los apóstoles una profunda identificación con el Señor para llegar a tener su mismo desprendimiento y su misma generosidad? Nuestro apoyo y nuestra fuerza tiene que ser el Señor.

Cuando reflexionaba sobre este texto en primer lugar para mí mismo y también en cómo comentarlo con ustedes, me surgió una conversación con un amigo misionero en Colombia que me hablaba de la escasés de medios con la que tenía que realizar su trabajo apostólico; cómo dependía por una parte principalmente de la generosidad y acogida de las gentes a las que visitaba en las veredas de su extenso territorio misionero para poder llegar hasta ellos y compartir con ellos lo poco que podían ofrecerle, y de las ayudas que desde acá en ocasiones recibía para poder tener lo indispensable para su tarea.

Como nos dice hoy Jesús ‘Quedáos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio… comed lo que os pongan’, que nos dice en otro texto paralelo. Nos podrán recibir y acoger o podrán hacernos el vacío. No hemos de temer porque la confianza la tenemos puesta en el Señor. Mucho nos enseña para esa generosidad de nuestro corazón, para esa disponibilidad que hemos de tener en nuestra vida para seguir al Señor.

‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. Es la tarea de la Iglesia, que en tantos apóstoles, en tantos misioneros, sacerdotes, religiosos y religiosas, en tantas personas comprometidas con su fe se sigue haciendo hoy. Que el Señor nos dé generosidad. Y pidamos para que la Iglesia pueda seguir realizando la obra de Jesús con esa misma libertad interior.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La presentación en el templo un anuncio de Pascua


Mal. 3, 1-4;

Sal. 23;

Hebreos, 2, 14-18;

Lc. 2, 22-40

La celebración litúrgica de este día tiene aún rememoraciones de la Navidad, pero de alguna manera puede ser anticipo y anuncio de Pascua; nos recuerda ofrendas y sacrificios de acción de gracias como los ofrecidos en el templo de jerusalén con motivo del nacimiento de todo primogénito varón que había de ser consagrado al Señor, pero nos está adelantando lo que va a ser el sacrificio definitivo del Cordero Pascual.

Por otra parte nos aparece la figura de María a la que se le está anunciando la Pascua desde el propio nacimiento de su hijo, y que para nosotros los canarios tiene un significado especial esa presencia de María porque a ella la contemplamos en todo lo que ha representado y seguirá representando su figura de Candelaria, de portadora de la luz para nuestra tierra y nuestra fe.

La liturgia de este día que ya ha tenido un significativo inicio con la bendición de las candelas y esa procesión luminosa hasta el altar al encuentro del que viene como luz de las naciones, nos ofrece por otra parte un salmo en medio de la proclamación de la Palabra con ciertos aires de triunfo y de gloria. ‘¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿quién es ese Rey de la gloria?’

Si hubieran sido conscientes los sacerdotes y levitas del templo, como lo fueron el anciano Simeón y la profetisa Ana, de quién era aquel niño que en brazos de José y María era presentado al Señor con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones, hubieran mandado a llamar a todos los cantores del templo de Jerusalén y hubieran convocado al pueblo para aclamarle con este salmo de triunfo.

Aquel niño no era solamente el hijo de aquellos galileos pobres que ahora venían al templo como mandaba la ley de Moisés para hacer la presentación y la ofrenda sino que aquel niño era en verdad el Señor al que había que aclamar y recibir. Era el que había anunciado el profeta. ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscais, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar’. Los angeles en su nacimiento así lo habían anunciado a los pastores, ‘en la ciudad de David os ha nacido un salvador, es el Mesías, es el Señor’. Claro que tenemos que cantar con el Salmo: ‘Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria’

Pero allí estaba sí aquel niño primogénito por quien se iba a pagar la ofrenda de los pobres, pero que en verdad era el Cordero que se iba a inmolar y que un día sería señalado como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Era el Sacerdote, el Pontífice, pero era también la Víctima que se iba a ofrecer, como Cordero inmaculado del que eran signos aquellos corderos que cada pascua se inmolaban y se comían. Este si que es el verdadero Cordero, que se inmola, que nos quita el pecado, pero que además se nos da en comida cuando se nos da en la Eucaristía.

Por eso decía que tiene esta celebración rememoraciones de la navidad, pero tiene también esa connotación pascual, porque además así se estará anunciando a María profeticamente por aquel anciano Simeón. Anciano que recogía en sí lo que eran todas las esperanzas de Israel, el deseo profundo de todos los corazones que quieren sentir a Dios, vivir su salvación. ‘Hombre honrado y piadoso que aguardaba el Consuelo de Israel y en quien moraba el Espíritu Santo’.

Hombre de fe y de esperanza firme que confiaba poder ver un día con sus ojos al Salvador porque así se lo había revelado el Espíritu en lo hondo de su corazón. Allí estaba siendo testigo, el más cualificado lleno como estaba del Espíritu del Señor, de la entrada del ‘mensajero de la Alianza’, de aquel en cuya sangre se iba a realizar la Alianza nueva y eterna, la Alianza definitiva.

El sería el que anunciaría a María la Pascua. ‘Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma’. María feliz y dichosa por ser la Madre del Señor, feliz y dichosa por su fe y porque ha plantado como nadie la Palabra de Dios en su corazón se convertirá en Madre dolorosa, porque si ahora está con su hijo haciendo esta primera ofrenda al Padre - ¿estará diciendo Jesús lo que nos dice la carta a los Hebreos, ‘aquí estoy, oh, Padre, para hacer tu voluntad’? –; pero María estará también en el momento supremo de la Pascua, en el momento de la ofrenda definitiva de la Sangre de la Nueva Alianza en el Altar de la Cruz junto a su Hijo, el Pontífice y Sacerdote, pero junto a su Hijo que es también la Víctima, Cordero Inmaculado que se ofrece al Padre.

Y a María la contemplamos hoy conduciéndonos a Jesús. En sus manos está la luz, porque en sus manos está Jesús. Con su Si hizo posible la encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas y que el Enmanuel estuviera con nosotros. En sus manos está la luz porque ella siempre nos lleva hasta Jesús para que en El encontremos la Palabra de vida y nos llenemos de su salvación.

Bendita imagen de María de Candelaria presente en nuestras tierras canarias incluso antes de que llegaran los primeros misioneros a anunciarnos la Buena Nueva de la Salvación, el Evangelio de Jesús. María con la luz en sus manos fue la primera misionera en estas tierras porque hacía mirar a lo alto para que viendo en ella la Madre del Sol, pudiera un día contemplar a quien era el verdadero sol, la verdadera luz de nuestra salvación. Así esa imagen bendita de María fue la primera misionera, la que preparó los caminos cual precursora para que un día pudiéramos conocer, seguir y amar a Jesús.

Así ha estado María siempre presente entre nosotros y así surge esa devoción filial a la Madre que nos cuida y nos protege y nos alcanza la gracia salvadora del Señor para nosotros. Es la Madre más hermosa que tenemos y a quien amamos desde lo más profundo de nuestro corazón porque es la Madre del Señor y porque es nuestra Madre. Que no se enturbie ni se difumine nunca esa presencia de María de Candelaria en medio de nuestro pueblo, que no la desterremos nunca de nuestro corazón. Tenemos que cuidar mucho nuestra devoción a María, purificándola quizá de muchas impurezas y confusiones, y manteniendo lo más puro posible nuestro amor a María.

Que nos dejemos iluminar por su luz que no es otra que la de Cristo. Hemos comenzado hoy con la liturgia en esa procesión de entrada con nuestras luces encendidas porque queremos que así el Señor nos encuentre cuando venga a nosotros porque mantengamos encendida nuestra fe, porque en verdad resplandezcamos siempre por nuestras obras de amor, y así nos haga pasar al Banquete eterno de su gloria, al Banquete del Reino de los Cielos; podamos ser presentados ante el Señor con el alma limpia, como pedíamos en la oración litúrgica.

Que María nos ayude a mantenernos en esa fe, en ese amor y en esa santidad.

Se celebra también la jornada de la vida consagrada

martes, 1 de febrero de 2011

Ven, pon tu mano sobre mí, para que sane y tenga vida


Hebreos, 12, 1-4;

Sal. 21;

Mc. 5, 21-43

Este texto del evangelio está todo él lleno de gestos humanos. Todo el evangelio está cargado de humanidad ya en fin de cuentas Dios ha querido hacerse hombre, acercándose al hombre y haciéndose hombre, para así hacernos llegar su salvación. Así en esa cercanía, de Dios al hombre, y al mismo tiempo acercándose el hombre a Dios vivimos su gracia y su salvación.

Llega Jesús de nuevo a Cafarnaún y se le acerca un hombre, ‘Jairo, el jefe de la sinagoga, y se echó a sus pies’. Tiene una hija enferma y es a Jesús a quien acude. ‘Mi hija está en las últimas; ven, pon tu mano sobre ella, para que se cure y viva’. Primer gesto por parte de Jairo, pero gesto que le pide a Jesús ‘pon tu mano sobre ella’. Y Jesús se va con él. Había fe en aquel hombre, aunque luego Jesús tenga que decirle que se mantenga firme en esa fe. ‘No temas, basta que tengas fe’, le dirá Jesús.

Un nuevo gesto. Una mujer viene y toca el manto de Jesús. ‘Padecía de flujos de sangre desde hacía años… oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría…’ Se acerca a Jesús y siente la necesidad de extender su mano y al menos tocarle el manto. Jesús querrá saber quien le ha tocado, aunque los discípulos le digan ‘ves cómo te apretuja la gente y preguntas ¿quién me ha tocado?’ Es la mujer la que quiere sentir la cercanía de Jesús, pero es toda la gente la que rodea a Jesús mientras va caminando a casa de Jairo, y todos también quieren estar cerca de El.

Pero aquella mujer tocó el manto de Jesús y se ha curado. Como Jesús le dirá cuando por fin la mujer temblorosa se acerque de nuevo a Jesús echándose a sus pies y confesando lo que ha hecho, ‘hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’. Se ha curado, la gracia de Dios se ha derramado sobre ella, en Jesús encontrará la paz para su corazón.

Finalmente llegarán a la casa a pesar de los avisos de que la niña ha muerto, del alboroto y de los lloros de los que se lamentaban a gritos. Jesús está en medio de todos aquellos que sufren. Sigue alentado la fe y la esperaza. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida’. Aunque la gente no lo entiende. En otra ocasión hablará también del sueño haciendo referencia a la muerte, cuando anuncia a sus discípulos la muerte de Lázaro de Betania.

Jesús se abre paso y ‘con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes – otro evangelista nos dirá que son Pedro, Santiago y Juan – entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Contigo hablo, niña, levántate’. El gesto de Jesús de llegar hasta donde estaba la niña y tomarla de la mano. De nuevo vemos la cercanía de Jesús. Les dirá incluso que le den de comer.

Así llega el Señor a nuestra vida, directamente, de una forma personal a cada uno de nosotros. Así tenemos nosotros que disponernos a acoger y recibir al Señor y su salvación. Es nuestra fe personal, aunque es cierto que la vivimos en comunión con los hermanos, en comunidad, en Iglesia. Pero hemos de poner ese aspecto personal de querer encontrarnos con el Señor, de querer escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra. Es esa oración que aunque hagamos comunitariamente la tenemos que hacer muy viva y que salga de verdad de nuestro corazón.

Tenemos que sentir directamente sobre nosotros esa mano del Señor, esa gracia de Dios. No es algo abstracto, algo que vivamos como fuera de nosotros mismos, sino algo que tiene que salir de lo más hondo de nosotros. Esa oración litúrgica, por ejemplo, que tiene sus fórmulas y su manera de expresarse, tiene que tener en cada uno de nosotros ese, llamémosle así, toque personal, hacerla personal, hacerla nuestra, y que quizá en la voz del Sacerdote que la pronuncia, tiene que estar el corazón personal de cada uno de nosotros que con esa oración ora al Señor. Que no nos falte la fe.

lunes, 31 de enero de 2011

¿También rechazamos o nos oponemos a la acción salvadora de Jesús?


Hebreos, 11. 32-40;

Sal. 30;

Mc. 5, 1-20

Como escuchamos el pasado sábado Jesús había marchado a la otra orilla con los discípulos. Ya recordamos las incidencias del huracán que se desató en el lago y el milagro de Jesús. Ahora llega a tierras que quedan fuera en cierto modo de la influencia de los judios, ‘la región de los Gerasenos’, como dice el evangelista.

Aquí se va a manifestar también el poder de Jesús y podríamos decir en cierto modo el sentido de su misión. Es nuestro Salvador y Redentor, el que nos viene a liberar de todo mal, nos quiere arrancar de la muerte del pecado para darnos una vida nueva. Lo que aquí sucede nos lo ayuda a comprender pero también lo que es la realidad de nuestra vida de pecado, de la que nos cuesta arrancarnos; en cierto modo, dejándonos arrastrar por la tentación del maligno, como que rechazamos o nos oponemos a la acción salvadora de Jesús.

Cuántas veces nos hacemos oídos sordos a la llamada de la gracia; cuántas veces aunque sabemos que hacemos mal nos empecinamos en él y no queremos reconocer ese error de nuestra vida. Algo así se nos manifiesta en todo ese episodio que nos narra el evangelio.

‘Apenas desembarcó, le salió al encuentro un hombre poseído de espíritu inmundo’. El evangelista nos da muchos detalles y circunstancias de lo que sucedía a aquel hombre poseído por el espíritu del maligno. ‘Viendo de lejos a Jesús se echó a correr, se postró ante El y gritó a voz en cuello: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?... no me atormentes’. Reconoce a Jesús y reconoce lo que Jesús quiere hacer con él. Jesús estaba queriendo expulsar aquel espíritu maligno de aquel hombre. Pero habia un rechazo, no quería, y al final le pide que lo arroje a la piara de cerdos que se despeñarán roca abajo sobre el lago.

Pero el episodio no termina aquí, porque viniendo las gentes de aquel lugar, al enterarse de lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos, le van a pedir a Jesús que se marche de aquel sitio. No quieren la presencia de Jesús.

Creo que todo ello es buena imagen de lo que nos pasa tantas veces, como ya decíamos. Allí estaba la Palabra de vida y de salvación y aquellas gentes no quieren oírla, rehúsan esa salvación porque no quieren que Jesús se quede con ellos. ¿Quizá la presencia de Jesús había trastocado sus planes o sus negocios? Si había aquellas piaras de cerdos era señal de que a eso a lo que se dedicaban los habitantes de aquel lugar; pero con lo sucedido habían tenido pérdidas en sus negocios y ganancias. ¿Qué era en verdad lo importante para aquellas gentes?

¿Qué es lo importante en nuestra vida? También en muchas ocasiones sucede que no queremos que la religión, los principios morales puedan afectar a nuestra vida o a nuestros negocios. Los olvidamos o los queremos olvidar, porque como decimos tantas veces las ganancias son las ganancias. Me viene a la mente aquella otra frase de Jesús en el evangelio ‘¿De que le vale a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma, si pierde la vida que en verdad es importante?’ Por eso algunas veces no queremos dejarnos conducir por la gracia del Señor, no queremos escuchar de verdad su palabra; tantos que se alejan de una vida religiosa y cristiana por no esforzarse por hacer un buen ordenamiento moral de su vida.

Aquel hombre curado quiere irse con Jesús, pero Jesús no se lo permitió. ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. Y el hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él’. Sería en cierto modo un apóstol de Jesús. como nosotros tenemos que serlo también contando y comunicando a los demás cuántas maravillas hace el Señor en nosotros.

domingo, 30 de enero de 2011

Las bienaventuranzas, un mensaje de esperanzas entonces y hoy


Sof. 2, 3; 3, 12-13;

Sal. 145;

1Cor. 1, 26-31;

Mt. 5, 1-12

Hasta ahora en estos primeros domingos del tiempo ordinario que nos han ido presentando a Jesús en sus primeros momentos de su vida pública casi no hemos oído hablar a Jesús. Invitaba a la conversión porque llegaba el Reino de Dios; el evangelista nos decía que iba por las sinagogas enseñando y ha llamado a seguirle a los primeros discípulos, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, pero pocas son las palabras que le hemos escuchado hablándonos en concreto del Reino de Dios anunciado y cuya aceptación requería la conversión.

¿En que consistía el Reino de Dios que anunciaba? El evangelista Mateo nos dice hoy: ‘Al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándoles…’ Es el llamado sermón del monte que viene a ser como un compendio de todo el mensaje de Jesús. El escenario, por decirlo de alguna manera, nos recuerda a Moisés también en lo alto del monte, para traer las tablas de la ley del Señor. Sentado como un maestro enseña a sus discípulos dándoles las características de ese Reino de Dios anunciado y que llegaba. Nos dice cuáles han de ser nuestras actitudes y valores, cuál ha de ser el estilo de vida y comenzará haciéndonos el anuncio gozoso de las bienaventuranzas. Tendremos oportunidad este año, en los domingos que nos restan hasta que llegue la Cuaresma, de escuchar prácticamente entero el sermón del monte.

Comienza, decíamos, haciendo el anuncio gozoso de las bienaventuranzas. Palabras de dicha y de gozo, palabras que suscitan esperanza, palabras que nos hacen levantar la mirada hacia una vida nueva. Porque nos anuncia dicha y felicidad, - ¿quién no quiere ser dichoso y feliz? -; porque para todos aquellos que tienen inquietud en el corazón se les abre una puerta que los conduce a una dicha de plenitud; porque para los que se sienten atormentados por el dolor o la pobreza se les promete consuelo y esperanza de algo nuevo; porque nos abren un camino que nos lleva a la plenitud de un Dios que nos mira como hijos y que colmará todas nuestras más hondas esperanzas; porque nos dice que es posible la luz de la dicha y la felicidad a pesar de las negruras de nuestros sufrimientos.

¿Quiénes son los que escuchan a Jesús aquel día? ¿a quiénes dirige su mensaje? Ya conocemos la situación del pueblo por lo que vemos en el resto del evangelio. Son los pobres y los humildes; los enfermos y los que sufren por tantas causas; los que sienten arder su corazón en el deseo de algo nuevo; los que están ansiosos de paz y de misericordia porque sienten que les duele el corazon por la violencia o el mal que han dejado meter en él, pero los que también la desean y la buscan para los demás; los que quieren caminar con rectitud, pero que se les hace difícil por el ambiente perturbado por el mal que los rodea; los que algunas veces son incomprendidos y, como un anuncio profético de lo que van a padecer sus discípulos, son perseguidos a causa de la verdad y la justicia.

Pobres, enfermos aquejados de diversos males – las listas que nos ofrecen los evangelistas son bien largas -, muchos marginados a causa quizá de su propio mal – recordemos los leprosos o cualquier discapacitado encerrado en su soledad sin que nadie le tuviera en cuenta -, la gente sencilla y humilde de Galilea, pero también los que han venido de lejos. En medio o al margen, como queramos mirarlos, tantos otros que sólo quieren mirar desde la distancia como si aquello no fuera para ellos, porque se sienten justos y se sitúan por encima de los demás. Sus esperanzas, si las tienen, van por otro camino porque son otras las satisfacciones que buscan, aunque para ellos es también este mensaje de Jesús. Es un variopinto panaroma el que ofrecen todos aquellos que al pie del monte le escuchan.

Pero quizá no sólo tengamos que preguntar por quienes entonces le escucharon, sino por quienes hoy le escuchamos y a quien nos dirige hoy también su mensaje. Mirémonos a nosotros y veamos o seamos conscientes de nuestra propia realidad. ¿En qué lado nos ponemos de toda esa variopinta gama de personas que vinieron a escuchar a Jesús entonces? Seamos de verdad de aquellos a quienes nos llena de esperanza el mensaje de Jesús a pesar, o por eso mismo, de que nos veamos abrumados por tantas cosas que quizá nos hagan sufrir.

No vengamos hasta Jesús con un corazón saciado y complacido en sí mismo; no nos pongamos a analizar las palabras de Jesús como quien mira desde la distancia, sino vayamos con un corazón pobre y humilde, siendo conscientes de nuestras carencias y de tantas cosas que nos hacen que nos duela el alma; sintamos primero que nada que necesitamos esa misericordia y compasión porque somos los primeros pecadores, pero que eso nos haga tener también un corazón sensible y delicado para compadecer y para perdonar, para consolar y buscar simpre primero el bien del otro; que el ansia que sintamos en el corazón no sea por la posesión de cosas sino la búsqueda del bien y de la verdad, de la paz y de la justicia para todos, aunque eso nos haga sufrir o eso tenga consecuencias para nuestra vida. Es Jesús el que nos saciará plenamente, el que nos hará alcanzar misericordia, el que nos llenará de Dios para verle y poder ser sus hijos. ‘Verán a Dios… se llamarán hijos de Dios… de ellos es el Reino de los cielos’.

Sólo así podremos sentir el consuelo que Jesús nos ofrece a nuestras lágrimas y sufrimientos; sólo con ese corazón limpio seremos capaces de conocer y de ver a Dios que se nos manifiesta y llega a nuestra vida; sólo así seremos dignos del Reino de los cielos que Jesús nos promete y es como alcanzaremos la plenitud que nos anuncia; sólo así podremos aspirar a esa recompensa eterna, esa herencia eterna que nos promete, porque sabemos que sólo allí junto a El, en el reino de los cielos podremos alcanzar esa vida y esa dicha sin fin.

Para nosotros es también el mensaje de Jesús. Para nosotros es esa dicha y felicidad que nos promete. También nuestro corazón tiene que llenarse de esperanza cuando oímos a Jesús. Escuchémosle con sinceridad de corazón, con espíritu abierto, con humildad y con muchos deseos de conocer a Dios y todo el misterio que Jesús nos revela. ‘Buscad al Señor los humildes… buscad la justicia… dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor’, nos decía el profeta Sofonías.

Dejémonos soprender por el mensaje de Jesús y no caigamos en la rutina de los que ya todo se lo saben. Escuchemos su mensaje como si fuera la primera vez que se nos proclamara. Además no es un mensaje para escucharlo una vez y luego pasar página para ir a otra cosa. Es un mensaje que tendremos que rumiar con calma una y otra vez en lo hondo de nosotros mismos y cada día descubriremos algo nuevo, un paso más que dar, una actitud nueva que poner en el corazón. Repasemos de nuevo sin cansarnos ese maravilloso texto de las bienaventuranzas.

Por algo cuando comenzó su predicación a lo primero que nos invitaba era a la conversión y a creer en El. Si lo hacemos así se nos moverá y conmoverá de verdad el corazón, tendremos deseos de seguirle, surgirá ese compromiso entonces de luchar por ese mundo nuevo que llamamos Reino de Dios.

sábado, 29 de enero de 2011

Vamos a la otra orilla, pero se desató un fuerte huracán

Hebreos, 11, 1-2.8-19;

Sal.: Lc. 1, 68-75;

Mc. 4, 35-40

‘Al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: vamos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban’.

Con Jesús siempre en camino. Sea por tierra o sea por mar. En camino, a otro lugar, a algo nuevo, al encuentro con otras personas, a prolongar la misión en algo nuevo. Con Jesús siempre en camino. ‘Venid conmigo…’ es la invitación constante del Señor. Seguir a Jesús, nuestra tarea. Y ya sabemos con todas las consencuencias, porque no siempre es fácil.

Ahora iban en barca a la otra orilla, pero la travesía no iba a ser fácil. No sabían las tormentas con que se iban a encontrar, aunque los comentaristas nos digan que eran habituales por un montón de razones en aquel lago de Galilea. Que si los vientos que bajan del Hermón, que si el aire caliente de la depresión del Jordán. Lo de menos serían los vientos y las olas que levantaban y zarandeaban la barca. Se iba a poner a prueba su fe.

‘Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Pero no eran solo las olas y el viento. Es que Jesús parecía ajeno a todo aquello y dormía. ‘El estaba a popa, dormido sobre un almohadón’. Así que gritan los discípulos. ‘Lo despertaron diciéndole: ¿no te importa que nos hundamos?’ Dudaban, tenían miedo, les faltaba confianza.

Estamos en camino con Jesús, atravesamos el mar de la vida. Frases fáciles y bonitas palabras. Pero la vida nos zarandea. Las cosas no son tan fáciles como a veces nos gustaría. Las tentaciones nos acosan por todos lados. El mundo que nos rodea con su manera de ver las cosas nos es adverso. Algunas veces pudiera ser porque molestamos con nuestra presencia o nuestro testimonio. Otras veces hay quien se aprovecha de todo para sacarle tajada y ante la menor debilidad ya nos están cayendo encima. Están también nuestros fallos, las cosas que no hacemos bien. Y en ocasiones parece que nos sentimos solos. Solos porque quizá no encontramos el apoyo a nuestro alrededor que hubiéramos deseado. Terribles soledades. Solos porque parece como si el Señor se nos escondiera. ‘Estaba a popa dormido sobre un almohadón’. Son nuestras debilidades y nuestras dudas.

Pero el Señor está ahí. Aunque nos parezca que duerme, no duerme. El, aunque no lo veamos o sintamos en ocasiones, nos está llevando sobre la palma de sus manos. Aunque en las huellas del camino pareciera que son sólo nuestros pasos los que han dejado la señal, miremos bien porque quizá no son nuestras huelas sino la de los pies del Señor porque El en esos momentos duros nos está llevando en sus brazos o sobre sus hombres y las únicas huellas que veamos sean las suyas.

Espera nuestro grito, nuestra súplica, o que despertemos nuestra fe, para verle, para sentirle, para sentir la caricia de su amor que no nos abandona. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ recriminó Jesús a los discípulos que iban asustados en la barca. ¿Nos recriminará a nosotros también? Por eso decíamos que tenemos que despertar nuestra fe.

Lo escuchamos y lo reflexionamos como algo que nos atañe a nuestra vida personal. Pero podemos hacer una lectura por los momentos que pasa la Iglesia. Muchas cosas que nos hacen dudar y sufrir. Acciones pastorales que parece que no dan fruto, frialdad y desencanto muchas veces en los miembros de la misma Iglesia, ataques y guerras desde el exterior queriendo hundir a la Iglesia…

Quien guía a la Iglesia y la asiste en todo momento es la fuerza del Espíritu. Pasarán los vendavales, los malos momentos como han pasado otros a lo largo de la historia en todos los tiempos, y la nave de la Iglesia seguirá adelante porque el Espíritu suscita santos y profetas, hombres de Dios que la guíen, la lleven a buen puerto. No podemos perder la confianza, ni la esperanza. Ponemos toda nuestra fe en el Señor y seguimos caminando a su paso.

viernes, 28 de enero de 2011

Cada día sembremos una semilla de amor y de bondad

Cada día sembremos una semilla de amor y de bondad

Hebreos, 10, 32-39; Sal. 36; Mc. 4, 26-34

Una semilla echada en tierra que germina y va creciendo hasta dar fruto; un pequeño e insignificante grano de mostaza que nos dará una esbelta planta. Así compara Jesús el Reino de Dios, que tiene que nacer en nuestros corazones, crecer y dar fruto. Así es el misterio del Reino de Dios.

Jesús nos propondrá otras parábolas que también nos hablan de la semilla que ha de encontrar buena tierra para que pueda dar fruto, o de la semilla que ha de crecer rodeada de malas plantas porque otros habrán sembrado malas semillas. Todo ello nos está hablando del misterio oculto del Reino de Dios plantado en nuestro corazón a través de la Palabra que nos llega. Misterio por otra parte de humildad y sencillez porque no hemos de buscar cosas grandiosas ni espectaculares para vivir ese Reino de Dios.

Ese Reino de Dios que se manifiesta en esos pequeños gestos de bondad y de paz que podemos tener cada día con los que nos rodean; esa humildad y sencillez de la que hemos de rodear nuestra vida; esa generosidad que ha de brotar de nuestro corazón para hacer el bien, para ayudar, para perdonar, para buscar la paz, para tener ese corazón misericordioso y compasivo que sabe compartir y que sabe hacer suyo el sufrimiento de los demás.

Ese Reino de Dios que nosotros hemos de ir sembrando también cada día en los que nos rodean con esa palabra buena y amable, con ese consejo que ayuda a hacer el bien, con ese perdón nacido del amor que siempre disculpa; ese Reino de Dios que sembramos cuando trasmitimos evangelio en nuestra vida, nuestras palabras y nuestros gestos buenos; ese Reino que vamos sembrando cuando hablamos de Dios a los demás, cuando queremos sembrar inquietud en los corazones con deseos de cosas grandes, cuando cultivamos virtudes en nuestra vida o luchamos por superarnos cada día más en los defectos o vicios que podamos tener.

Cuántas cosas buenas podemos hacer cada día para hacer más felices a los que están a nuestro lado; con cuántos resplandores de luz podemos iluminar a los otros para que descubran a Dios, para que lleguen a conocer la Buena Nueva del Evangelio. Recordemos lo que nos dice Jesús de que seamos luces que iluminemos con nuestras buenas obras para que los hombres puedan glorificar a nuestro Padre del cielo.

Que cada día sembremos una semilla; que cada día intentemos ser luz para los demás con nuestro amor. Esa pequeña semilla que nos puede parecer insignificante en ese pequeño gesto que podamos tener con el otro se puede multiplicar en muchos frutos. Si cada uno de verdad nos comprometiéramos a sembrar esa pequeña semilla cada día de nuestra bondad y nuestro amor, ¿habéis calculado cuantas obras buenas se realizarían cada día en nuestro entorno?

Qué felices podríamos ser porque crecería nuestro amor, nuestra buena convivencia, la armonía y la paz. Cuánto consuelo podríamos dar a los que lloran y sufren a nuestro lado y cuantas lucecitas podríamos encender en los corazones de los demás. Cómo se iluminaría el mundo con todas esas lucecitas encendidas juntas. Qué resplandor más grande podríamos dar. Sería el brillo del Reino de Dios en medio de nosotros.

Vamos a intentarlo. Haremos en verdad un mundo mejor.

jueves, 27 de enero de 2011

La Palabra que recibimos allá en lo escondido del corazón es para que salga a la luz


Hebreos, 10, 19-25;

Sal. 23;

Mc. 4, 21-25

El candil no se mete debajo de la mesa, sino que se pone en alto para que ilumine a todos y todos puedan beneficiarse de su luz. No tendría ningun sentido encender una luz para ponerla en un lugar oculto. Una imagen muy sencilla que tiene un hermoso significado.

Eso fue Jesús para todos cuando apareció por los caminos de Palestina, por los pueblos y aldeas de Galilea. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande’. Ya hemos escuchado como los discípulos recordaban lo anunciado por los profetas cuando Jesús comenzó a predicar. Y la gentes se sentían atraídas por esa luz.

Pero Jesús nos está diciendo más. Eso tenemos que ser nosotros cuando hayamos encontrado esa luz, cuando nos hemos llenado de esa luz. No podemos escondernos. No podemos esconderla. En otros lugares nos dirá Jesús que tenemos que ser luz para las gentes y que vean nuestras buenas obras para que glorifiquen al Padre del cielo. ‘Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal de la tierra’.

Es cierto que todo arrancará quizá allá en lo secreto de nuestro corazón. Porque será allá en lo más hondo de nosotros mismos donde sentiremos esa Palabra del Señor que nos habla, que nos ilumina, que nos hace recapacitar, que nos hará levantarnos de nosotros mismos con un sentido nuevo, con un valor nuevo, con una gracia nueva que nos habrá transformado profundamente. Qué importante abrir el corazón para escuchar la Palabra que se nos proclama.

Ahora mismo se nos está proclamando públicamente, en alta voz podíamos decir, la Palabra del Señor. No basta sólo que la oigamos como tantas otras palabras que oímos a lo largo del día o de la vida. No es una Palabra más ni una Palabra cualquiera. Es la Palabra del Señor que siempre es palabra de vida. Tendrá que ser una Palabra que dejemos penetrar allá en lo más hondo de nosotros mismos, escuchándola lejos de tantos otros ruidos. Con suavidad como mansa lluvia, o como espada penetrante que va hundiéndose en nuestro corazón hemos de dejar que llegue allá a lo más secreto de nuestro yo.

Ponemos nuestros sentidos o toda la fuerza de nuestro amor para escucharla, y dejar que nos hable, y nos diga cosas, y nos manifieste el amor de Dios, y nos interrogue por dentro, y nos señale cosas o pautas para nuestro camino. Es importante la actitud con que la acojamos. Nunca podemos dejarnos llevar por la rutina o el simple ritualismo de hacerlo porque hay que hacerlo y nada más. Es la Palabra de Dios que se nos proclama y que tenemos que saber escuchar.

Creo que también cuando la proclamamos en nuestra celebración tenemos que cuidar mucho en la manera de hacerlo el que pueda llegar esa palabra a lo más hondo de nosotros. Y es una lástima que no siempre se haga así. Y no podemos andar con prisas. Y no podemos temer los silencios para la reflexión, para masticar una y otra vez esa Palabra que el Señor nos dice. Hay gente que le tiene miedo al silencio, pero si no hacemos ese silencio difícilmente podremos escuchar ese susurro de amor de Dios que se nos comunica en la Palabra. Con generosidad grande abrimos el corazón a lo que el Señor quiera decirnos.

Pero todo eso que vamos a sentir por dentro no es para guardarlo ahí sólo para nosotros. Sino que será una luz que brille en nuestro interior pero que tendrá que reflejarse también en lo que vivamos por fuera. Porque con esa luz tenemos que ir a iluminar también a los demás. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Porque con esa misma medida de generosidad tenemos que llevar esa luz a los demás. Eso que allá en lo escondido de nuestro corazón hemos sentido y hemos vivido, ‘es para que salga a la luz’, como nos dice Jesús.

miércoles, 26 de enero de 2011

Una fe nacida y alimentada en la familia y una fe compartida que nos lleva a comunión de Iglesia

2Tim. 1, 1-8; Tito, 1, 1-5;

Sal. 95;

Mc. 4, 1-20

Al día siguiente de haber celebrado la fiesta de la conversión de san Pablo la liturgia de la Iglesia nos ofrece celebrar la memoria de Timoteo y Tito, dos santos muy queridos y relacionados con el apóstol. Convertidos en sus colaboradores desde el momento de su incorporación a la fe finalmente les confía las Iglesias de Éfeso y Creta a uno y otro, como Obispos de aquellas comunidades.

El principio de la carta a Timoteo que hoy hemos escuchado, la segunda, es enternecedora por la ternura que se manifiesta del apóstol a su discípulo Timoteo. Si hubiéramos leído el principio de la carta a Tito que también nos ofrecía esa posibilidad la liturgia lo veríamos de la misma manera. Hijo querido llama a Timoteo, y verdadero hijo en la fe que compartimos le dice a Tito. En las diferentes cartas del apóstol y lo mismo en los Hechos de los Apóstoles aparecen repetidamente como colaboradores muy estrechos del actuar de san Pablo.

Tanto las dos cartas que dirige a Timoteo como la que dirige a Tito son llamadas cartas pastorales porque fundamentalmente en ellas el apóstol trata de orientar a ambos discípulos suyos que ha puesto al frente de las citadas iglesias sobre lo que podríamos llamar su gobierno pastoral.

Es de destacar algo que le dice a Timoteo valorando su fe, y la fe de su abuela Loida y su madre Eunice. ‘He sabido de tu fe sincera, esa fe que tuvieron primero tu abuela Loida y tu madre Eunice y que, estoy seguro, tienes tu también’. Aunque el conocimiento de Jesús y su incorporación a la fe cristiana partió del anuncio del Evangelio de Pablo en sus viajes, sin embargo podemos deducir que vivía en un ambiente familiar de fe; fe en Dios recibida desde esa educación familiar, de su madre y de su abuela.

La familia el mayor caldo de cultivo donde puede nacer la fe en nuestros corazones. Qué importancia y qué responsabilidad de unos padres cristianos de trasmitir desde su propia vida esa fe a los hijos. De una familia cristiana que vive con intensidad su religiosidad y su fe cristiana allí en el seno del hogar no pueden sino surgir bendiciones para nuestras familias.

Pero cómo tristemente constatamos que ya muchas veces eso no se da en nuestros hogares. Quizá se sigue pidiendo el bautismo para los hijos recién nacidos, pero luego no aprenden a conocer el nombre de Dios en el seno del hogar. Algo que tiene que preocuparnos a todos, algo que preocupa hoy mucho a la iglesia que en su labor pastoral quiere trabajar mucho con las familias para que eso no suceda así. Creo que entre nosotros, al menos, tendría que ser preocupación y motivo para orar mucho al Señor por nuestras familias para que en su seno se viva en verdad la fe cristiana y se sepa trasmitir de una generación a la otra.

Y de la carta a Tito, aunque no la hayamos proclamado hoy, destacar algo que ya subrayamos más arriba cuando el apóstol llamaba Tito, ‘verdadero hijo mío en la fe que compartimos’. Eso, ‘la fe que compartimos’, que vivimos en comunión los unos con los otros. La fe, sí, esa respuesta personal que cada uno hemos de dar al amor de Dios, pero una fe que no vivimos aislados de los demás, sino que vivimos en comunión los unos con los otros; como dice hoy el apóstol, ‘la fe que compartimos’.

Así hemos de sentirnos unidos en una misma fe. Una característica fundamental de nuestra fe cristiana es que siempre nos lleva a la comunión con los hermanos, siempre nos conduce a vivirla en Iglesia. Algunas veces pareciera que cada uno vamos por nuestro lado con nuestra fe. Y eso no puede ser así. Creemos en el mismo Dios y Señor, creemos en el mismo Jesucristo que es nuestro Señor y nuestro Salvador y al creer también en el Espíritu Santo, en ese mismo Espíritu nos tenemos que sentir en profunda comunión con Dios y entre los unos y los otros. Repito, es nuestro sentirnos Iglesia.

martes, 25 de enero de 2011

Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia


Hechos, 22, 3-16;

Sal. 116;

Mc. 16, 15-18

‘Soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Son palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la última cena, y palabras que toma la liturgia para acompañar la aclamación del aleluya del Evangelio en esta fiesta de la conversiön de san Pablo.

Palabras que vemos reflejadas también en lo que le dice Ananías a Saulo cuando este llega a Damasco después de la maravillosa experiencia que ha tenido de encuentro con el Señor. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído’. Y vaya si iba a dar fruto abundante en la vida de Pablo y en bien de la Iglesia de Dios.

Elegido del Señor para ser su testigo. Saulo que había destacado – él mismo lo cuenta – por el fanatismo con el que perseguía a los que seguían el camino del Señor. ‘Yo perseguí a muerte este nuevo camino metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres’. Era la razón de su viaje a Damasco. Pero el Señor le había elegido y le había salido al paso en el camino. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues’. Y su vida cambió. Cegado por el resplandor de la luz divina que como un relámpago hirió sus ojos, pronto comenzaría a ver otra luz. Al recibir el Bautismo sus ojos se abrirían para siempre.

Perseguía Saulo a todo el que creyera en el nombre de Jesús, pero era Jesús a quien perseguía. Como comenta san Agustín: ‘No dice Cristo: ¿Por qué persigues a mis siervos? Sino: ¿Por qué me persigues? La cabeza se quejaba por sus miembros y los transfigura en ella misma’. Nos recuerda lo dicho Jesús en otro lugar del evangelio ‘todo lo que hicisteis a uno de estos humildes hermanos, a mí me lo hicísteis’.

Conoce ahora Saulo lo que es la voluntad del Señor y tras esa experiencia viva de encuentro con Jesús, se convierte en testigo. ‘No podemos callar lo que hemos visto y oído’ dirían otros apóstoles cuando les prohiben hablar del nombre de Jesús. No podrá callar de ahora en adelante lo que Pablo, asi será su nuevo nombre, ha visto y ha oído. Es un testigo que irá hasta los confines del mundo. Ya conocemos sus viajes, sus caminos, su predicación de la Buena Nueva de Jesús por todas partes. Hasta nuestra tierra española la tradición lo trae a predicar el evangelio, porque ese deseo había manifestado en la carta a los cristianos de Roma. Es el cumplimiento del mandato de Cristo que hemos escuchado en el evangelio: ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’.

Algun comentarista ha dicho que hasta san Pablo se prolonga la Epifanía del Señor,- recordamos que hace poco celebrábamos la Epifanía como culminación de las fiestas de Navidad - y es que hoy estamos contemplando cómo Cristo resucitado se le manifiesta a Pablo en el camino de Damasco. Pero es que Pablo con su ardiente palabra se convertirá en Epifanía de Jesús porque por todas partes ira manifestando su nombre, proclamando su salvación, anunciando el camino nuevo del Reino de Dios.

En las oraciones de esta celebración hemos pedido que ‘como él lo ha sido, nos convirtamos nosotros en testigos de tu verdad ante el mundo’. Por otra parte hemos pedido que ‘nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol Pablo a la propagación de tu evangelio’. Y finalmente que ‘estos sacramentos nos enciendan en el fuego de amor que abrasaba el corazón de Pablo y le impulsaba solícito al servicio de todas las iglesias’. Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia.

lunes, 24 de enero de 2011

La malicia del corazón nos impide el perdón


Hebreos, 9, 15.24-28;

Sal. 97;

Mc. 3, 22-30

Hay que ver cómo nos cegamos cuando dejamos meter la malicia en nuestro corazón. Malicia que es maldad, inclinación a hacer el mal, perversidad, intención malévola e disimulada, propensión a pensar mal. Al contemplar la malicia con que actúan los letrados contra Jesús en el texto que hemos escuchado, se me ocurrió ir al diccionario para buscar más exactamente el significado de esa palabra y esas son algunas de las acepciones que he encontrado. Por eso comenzaba diciendo cómo nos cegamos cuando dejamos llenar de malicia nuestro corazón. Y un corazón ciego y lleno de maldad cuánto daño puede hacer, a sí mismo y a los demás.

Hemos encontrado rechazo de Jesús, no entender las cosas que Jesús hacía e incluso llamarle blasfemo, pero ahora en su malicia vemos algo más. Intención malévola porque llegar a querer señalar que todo aquello bueno que Jesús hacía era obra del maligno. Quien no es capaz de ver la obra salvadora de Dios en Jesús, atribuyéndolo más bien al espíritu del mal, se está cerrando a esa salvación que Jesús nos ofrece, es un pecado muy fuerte contra el Espíritu Santo, como nos dice Jesús que no va a encontrar perdón, porque en esa maldad se está cerrando frente a ese perdón. La malicia en el corazón nos impide el perdón, porque no seremos incluso de ser capaces de reconocer ese mal en nosotros por el que pedir perdón.

Es dura la actitud de aquellos letrados contra Jesús. Por demás incomprensible en un corazón que quiere obrar con rectitud, porque además, como Jesús les hace ver, carecería de toda lógica y sentido. ‘Cómo va a echar Satanás a Satanás?’, se pregunta Jesús. Sería un reino en guerra civil, nos viene a decir Jesús, una familia dividida, es hacerse la guerra a sí mismo.

Pidámosle al Señor que no dejemos meter una maldad así en nuestro corazón. Que llenemos nuestros ojos de luz para saber apreciar y valorar cuanto de bueno hace el Señor con nosotros. Que nuestra fe nos ayude a descubrir las maravillas del Señor. Sepamos apreciar y valorar pero sepamos también darle gracias a Dios en todo momento que está junto a nosotros con ese regalo de su amor, con ese regalo de su salvación.

Pero creo, además, que esto puede enseñarnos mucho para las actitudes que hemos de tener en nuestra vida en relación a los demás. Primero para tener esos ojos luminosos para ver siempre primero lo bueno que hay en los otros. Claro, para no dejar meter esa malicia en nuestro corazón, porque es una tentación a la que nos vemos sometidos con demasiada frecuencia.

Cuando las personas no nos caen bien, o nos sentimos molestos por alguna cosa, que fáciles somos para ver lo negro y negativo, qué propensos a la sospecha y a la desconfianza, qué fácil ver malas intenciones o intenciones ocultas en lo que hacen los demás, qué malévolos nos volvemos, cómo podemos caer fácilmente por la pendiente de la perversidad. Cuánto daño hacemos a los demás, pero cuánto daño, tenemos que reconocer, nos hacemos a nosotros mismos.

No dejemos meter nunca esa malicia en nuestro corazón. Seamos siempre de relaciones limpias y de trato sincero y lleno de amor. No dejemos nunca introducir en nuestra mente la sospecha que nos hace desconfiar. Seamos siempre capaces de disculpar, de disimular, de perdonar, de amar, en una palabra.

Bien podríamos recordar aquí aquello que nos dice san Pablo en la carta a los corintios cuando nos habla de las cualidades del amor. ‘Es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta, no se irrita y no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Ojalá esas cualidades brillaran siempre en nuestra vida.

domingo, 23 de enero de 2011

Con Jesús llega la luz y se disipan las tinieblas


Is. 8, 23-9, 3;

Sal. 26;

Mt. 4, 12-23

En la navidad escuchamos que ‘la Palabra era la Luz y que la Luz vino a las tinieblas…’ Ese ha sido un mensaje repetido desde entonces muchas veces de una forma o de otra en la Palabra que hemos ido escuchando y podríamos decir que de alguna manera es el mensaje que hoy escuchamos.

Vuelve a hablársenos de tinieblas y de luz, de manera que incluso la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es la misma que escuchamos en la noche del nacimiento del Señor. Y Mateo en el evangelio para hablarnos de lo que significó la aparición de Jesús anunciando el Reino de Dios en Galilea viene a citarnos también ese mismo texto. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló’. Y continúa el evangelista diciéndonos: ‘Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos’.

Ha aparecido la luz que viene a disipar todas las tinieblas. Ha aparecido la vida que viene a arrancarnos de las sombras de la muerte. Comienza Jesús su predicación, los signos y las llamadas. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Pero había pasado también por la orilla del lago y había invitado a los primeros discípulos. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’.

Es todo un signo de gran significado que Jesús comience por Galilea y en concreto por Cafarnaún. Podía haber ido directamente al templo y hablar con los sacerdotes y los maestros de la ley donde se enseñaban las Escrituras; podría haber comenzado por buscar a personajes influyentes que le hicieran caso y así atrajera a mucha gente para el Reino de Dios que anunciaba. Sin embargo comienza por ‘la Galilea de los gentiles’, por Cafarnaún una zona en cierto modo históricamente muy paganizada. Allí estaban las tinieblas, y allí tenía que comenzar a brillar la luz.

Era el que se había desprendido de su categoría de Dios, no hacía alarde de su categoría de Dios, sino que se había hecho el último pasando por uno de tantos; había nacido entre los pobres como un desplazado que no tenía ni sitio en la posada para su nacimiento, y un día diría que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar la cabeza; era el que se había escondido en la pequeña aldea de Nazaret perdida entre los valles de Galilea, y ahora se había venido a estar con los pequeños, los pobres, los que sufren, los pobres y sencillos pescadores del mar de Galilea.

Así brillaría la luz de Dios; la luz que un día había envuelto con su resplandor a los sencillos pastores de Belén en su nacimiento; la luz que comenzaría ahora brillar en la Galilea de los gentiles pero no desde la fuerza del poder o de las grandezas, sino desde la misericordia y el amor de quien se compadecía de los que andaban como ovejas sin pastor y de quien ofrecía ese amor y misericordia hecho salud, hecho perdón y hecho vida a quienes quisieran escucharle y seguirle.

¿Quiénes iban a ser sus primeros seguidores y compañeros de camino? Unos humildes pescadores que se entregaban con todo afán a sus tareas de la pesca, pero en cuyo corazón había comenzado a arder la esperanza cuando le escuchaban anunciar el Reino Nuevo que estaba llegando, y en quienes surgiría el fuego de la generosidad y de la entrega para dejarlo todo y seguirle porque comprendían que era algo grande lo que les anunciaba y a lo que les invitaba.

‘Pasando junto a la orilla del lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón al que llaman Pedro y a Andrés su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores… y más adelante, vio a otros dos hermanos; a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre… venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres…’

Las tinieblas comenzaron a disiparse en sus corazones porque en ellos nacía la generosidad y la disponibilidad. ‘Inmediatamente dejaron las redes y la barca y lo siguieron’. Comenzaba una tarea nueva para ellos, pero era algo luminoso porque era estar con Jesús. Tenía que haber una alegría nueva en sus corazones como decía el profeta: ‘Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar…’

¿Será esa nuestra alegría también? ¿Sentiremos en verdad que Jesús es esa luz para nuestra vida que nos arranca de las tinieblas? Creo que al escuchar hoy esta Palabra del Señor a eso tendría que conducirnos. A encontrarnos con esa luz, a llenarnos de esa alegría; a disipar todo lo que sea tinieblas en nuestra vida desde el encuentro con Jesús. Y es que encontrarnos con Jesús y tener la disposición de seguirle es la alegría más grande que podamos alcanzar. Que sintamos de verdad la alegría de la fe, la alegría de seguir a Jesús.

Ojalá tuviéramos nosotros el ardor de la generosidad y de la disponibilidad que tuvieron aquellos primeros discípulos. No es fácil como no les fue a ellos, porque muchas veces los veremos a lo largo del evangelio aún con resabios de tinieblas en su vida cuando pensaban quizá en primeros puestos o estaban midiendo hasta donde llegaba su entrega y los beneficios que pudieran alcanzar. ‘Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va a alcanzar, qué vamos a ganar?’, se preguntaban alguna vez. Y es que la tentación de las tinieblas siempre nos está acechando.

Pueden aparecernos muchas tinieblas que nos llenen de tristeza, pero sabemos que Jesús es nuestra luz y nuestra alegría. También como les sucedería a los discípulos en el largo camino que hicieron con Jesús a nosotros nos pueden aparecer las tinieblas de la duda, de la envidia, del orgullo, de las discordias, de las aspiraciones egoístas, del individualismo y hasta de las divisiones. San Pablo llama la atención de la Iglesia de Corinto en la que iban apareciendo cosas así. Pero que prevalezca la luz sobre la oscuridad en nuestra vida; que no abandonemos nuestra fe en Jesús y desde ahí encontremos fuerzas para mantenernos siempre en su luz.

Pero, bueno, intentemos ponernos en marcha tras Jesús para conocerle y seguirle, para aprender de su amor y amar con un amor como el de El, para llenar de verdad nuestro corazón de esperanza desde la Buena Nueva del Evangelio que escuchamos, para que lleguemos a comprender el camino de cruz que quizá tengamos que tomar. Pero aunque nos puedan aparecer las tinieblas de la duda, que al final nos reafirmemos en nuestro deseo de estar con Jesús, porque seamos capaces de decir como diría un día Pedro ‘Señor, ¿adónde vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna?’

‘El Señor es mi luz y mi salvación'. ¿A quién temeré?... ¿qué me hará temblar?’ fuimos diciendo el salmo responsorial. Que gocemos en verdad de la dicha de su luz, de su presencia, de su vida.